NEMEA

 Anfidamante, Atalía y Alcides se dispusieron a visitar los templos de Atenea y Hera. La atmósfera del lugar estaba impregnada de la historia y el comercio que habían prosperado en sus calles empedradas. Frente a cada templo se alzaba una imponente estatua de un león, símbolo de la fuerza y el poder que estas deidades representaban. Los leones parecían guardianes silenciosos, observando a quienes entraban en los recintos sagrados con una mirada penetrante y vigilante.

Con paso sereno, Anfidamante, Atalía y Alcides cruzaron el umbral del templo de Atenea. La arquitectura imponente del lugar y las columnas esculpidas con detalles meticulosos creaban una sensación de asombro. Ante la estatua de la diosa, cuyos ojos parecían alcanzar los rincones más profundos de la mente, Anfidamante colocó con reverencia una de las ovejas que había adquirido en el mercado temprano. Sus palabras de plegaria, aunque inaudibles, llevaban consigo sus deseos y respeto.

Dentro del imponente templo de Atenea; Atalía, Anfidamante y Alcides se encontraron con una visión sorprendente: Mina estaba allí, vestida con un atuendo carmesí que resplandecía como la puesta de sol, una elección que contrastaba con la seriedad del lugar sagrado. Sus ropas parecían dignas de la realeza, y las botas de cuero fino que llevaba, evidentemente de fabricación ateniense, hablaban de su atención al detalle y su deseo de lo mejor. Los ojos de Anfidamante se encontraron con los de Mina, y un destello de reconocimiento pasó entre ellos. Ella sonrió con calidez, su rostro iluminado por la luz que entraba a través de las altas ventanas. Los gestos elegantes y seguros que acompañaban su presencia no pasaron desapercibidos.

Junto a Mina, siempre estaba presente la princesa Mégara, siempre algo tímida al principio, pero cuya serenidad y gracia ya auguraban la nobleza que la acompañaría en su crecimiento. Vestida de manera similar a Mina, pero en una versión más juvenil y adecuada para su edad, llevaba un atuendo que imitaba el carmesí resplandeciente de su compañera mayor. El vestido, con detalles adaptados para su edad, fluía suavemente a su alrededor mientras se movía, emulando la majestuosidad de Mina de una manera más inocente y tierna.

A pesar de su corta edad, la princesa Mégara irradiaba una tranquilidad que parecía ir más allá de sus años. Su mirada, curiosa y atenta, absorbió cada detalle del templo con una mezcla de admiración y respeto. Aunque su figura era diminuta en comparación con la de Mina, su presencia al lado de la doncella era innegablemente complementaria, como si simbolizara la conexión entre el pasado y el futuro de su linaje.

Las ropas de Mégara, confeccionadas con el mismo cariño y cuidado que las de Mina, eran un reflejo de su estatus real. Su vestido, adornado con motivos florales y delicados bordados, se combinaba perfectamente con una capa ligera que caía sobre sus hombros, agregando un toque de elegancia juvenil. Aunque no llevaba las botas de cuero fino como Mina, sus zapatos de estilo similar reflejaban la misma atención al detalle y al refinamiento.

Mientras Mina emanaba una serenidad y confianza maduras, la princesa Mégara añadía a la escena un aire de frescura y promesa. Sus ojos brillantes y curiosos exploraban cada rincón del templo, capturando la esencia de la experiencia de manera única. Si bien las diferencias entre ellas eran evidentes, la conexión entre Mina y Mégara trascendía la edad y se manifestaba en la armonía de sus presencias complementarias en ese sagrado recinto.

Sin embargo, en medio de aquel pequeño templo dedicado a Atenea, las miradas de Atalía y Mégara chocaron con tensión. Atalía no podía evitar sentirse inferior en ese momento. Su vestimenta seguía siendo la misma de siempre: la túnica de cazadora y las botas de viaje, mientras que Mégara, con su elegante atuendo, parecía emanar gracia y sofisticación.

Atalía desvió la mirada hacia Alcides, pensando que él podría estar observando a Mégara con admiración. Sin embargo, se sorprendió al darse cuenta de que Alcides estaba completamente enfocado en Mina. Sus ojos seguían cada uno de los movimientos de la joven, especialmente su mirada se centraba en sus labios y en la elocuencia de su voz. La manera en que Mina hablaba y se expresaba atraía la atención de Alcides de una manera que Atalía nunca había experimentado.

Esta situación hacía que Atalía se sintiera aún más incómoda. No solo se veía eclipsada por la presencia de Mina, sino que también sus palabras simples no podían competir con la musicalidad y la elocuencia de la joven. Se preguntaba cómo podía ganarse la atención de Alcides en medio de esta competencia involuntaria.

En un intento por recuperar la atención de Alcides, Atalía tomó suavemente el brazo del joven y se aferró a él, mirando con desaprobación a Mégara. Sus ojos lanzaron un mensaje claro: "Alcides es mío". Aunque Atalía sabía que no era correcto sentir celos, no podía evitarlo en ese momento en el que su corazón estaba en juego. La tensión en el pequeño templo de Atenea era palpable, y las emociones de los presentes se enredaban en un torbellino de rivalidad y deseo.

"Anfidamante, Atalía, Alcides, qué sorpresa encontraros aquí", dijo Mina con una voz suave y melodiosa, teñida de genuina alegría. "El templo de Atenea es un lugar sagrado para mí, como la guardiana de mi ciudad de origen. Venir aquí me reconforta y me llena de inspiración".

Anfidamante asintió, impresionado por la conexión de Mina con la diosa de la sabiduría y la guerra estratégica. "Es admirable que encuentres consuelo y fuerza en estos muros venerados. Atenea es una deidad poderosa, y tu devoción hacia ella es evidente en tu presencia".

Mina asintió, sus ojos brillando con pasión. "Sí, Atenea representa muchas cualidades que admiro y trato de incorporar en mi vida y decisiones. La sabiduría, la estrategia, la justicia y la protección son aspectos fundamentales de lo que ella personifica. Como guardianes de nuestro hogar y nuestras empresas, necesitamos esos dones para enfrentar los desafíos que el comercio y la vida nos presentan". Alcides, aunque no era dado a la palabra, observaba con interés la conversación entre Anfidamante y Mina. Sus ojos reflejaban una mezcla de respeto y curiosidad ante la pasión de Mina por su diosa. Anfidamante asintió de nuevo, su respeto hacia Mina creciendo aún más. "Tu dedicación es evidente, Mina. Tu conexión con Atenea es una inspiración para todos los que te rodean. Como soldado, también valoro la sabiduría y la estrategia en el campo de batalla y en la vida cotidiana".

Mina asintió con gratitud, y sus ojos se desviaron hacia la estatua de Atenea que se alzaba con majestuosidad en el centro del templo. "Cuando enfrentamos desafíos, ya sea en el campo de batalla o en los mercados, podemos encontrar fuerza en las enseñanzas de Atenea. Es un honor poder rendir tributo a ella en este lugar sagrado". La conversación entre ellos fluía con una naturalidad que parecía reflejar la admiración mutua. En ese instante, el templo parecía transformarse en un espacio de intercambio no solo entre mortales, sino también entre las fuerzas divinas que observaban desde lo alto.

La princesa Mégara miró a Mina con ojos llenos de entusiasmo y le dijo: "Mina, ¿crees que podría acompañarlos en su viaje? Sería emocionante ver los templos y explorar nuevos lugares con Anfi y Alci". Sin embargo, mientras hablaba, Mégara omitió deliberadamente a Atalía como si fuera parte del servicio, una esclava o algo por el estilo, y esto no pasó desapercibido para Atalía.

Atalía captó la indirecta, pero antes de que pudiera reaccionar, el brazo poderoso de Alcides la aferró suavemente. Cuando miró a la cara de Alcides, vio que el muchacho le indicaba con la mirada que no reaccionara de manera negativa ante las palabras de Mégara. En ese momento, Atalía comprendió que Alcides podía hablar poco, pero entendía muchas cosas. La mirada de complicidad entre ellos hablaba más que las palabras.

Atalía asintió con una sonrisa forzada ante la sugerencia de Mégara, tratando de mantener la calma y la compostura. Sabía que no podía dejar que los celos y la rivalidad arruinaran el viaje, y que la presencia de Mina era una realidad con la que tendría que lidiar. Aunque por dentro sentía una mezcla de emociones, estaba decidida a disfrutar del viaje y demostrar que tenía mucho que ofrecer, incluso si no era tan elocuente como Mina.

Mégara, por su parte, había aprendido a sentirse más libre cuando hablaba con Atalía. En la compañía de su amiga, podía soltarse, fruncir el ceño, y dejar de lado su papel de princesa para ser más ella misma. Disfrutaba de provocar a Atalía, incluso sabiendo que podía enfadarla. Esta dinámica entre ellas, aunque a veces tensa, era una forma de romper con las formalidades y permitir que su verdadera personalidad saliera a la luz. Mégara encontraba en Atalía una amiga con la que podía ser auténtica, y esto hacía que su amistad fuera única y especial, aunque algo venenosa.

Mina, aunque quería ser amable y considerada con Mégara, se sintió incómoda ante la idea de tener a la princesa como compañera de viaje de dos hombres, aunque fuera en una ciudad pequeña, no quería ofenderlos tampoco.

Mina, con una expresión ligeramente incómoda en el rostro, se dirigió a Anfidamante con una propuesta. "Sería muy molesto que los acompañaran dos de mis guardias. Les prometo que no hablarán mucho", dijo con sinceridad. Sabía que introducir a dos extraños en el grupo podía generar cierta tensión, pero tenía buenas razones para hacerlo.

Luego, Mina cambió su tono para compartir una historia sobre los guardias que había seleccionado. "En Esparta, les cortaron la lengua y los tenían cargando excrementos de vacas", comenzó, y notó cómo las miradas de sorpresa y desagrado se extendían entre los presentes. "Pero son fuertes y saben pelear. Creo que aprendieron viendo a los espartanos practicar, por lo que sé que son fuertes", agregó con orgullo.

Mina levantó su delicado brazo para mostrar sus músculos, que a pesar de tener la gracia de una mujer esbelta, demostraban una sorprendente fortaleza. Anfidamante observó detenidamente los músculos de Mina, notando que no eran para nada débiles.

Sin embargo, la mirada de desaprobación de Atalía no pasó desapercibida. Ella creía que Mina estaba tratando de llamar la atención con su cuerpo en lugar de basarse en sus habilidades y capacidades, y esto solo aumentó la tensión en el grupo. Cada uno tenía sus propias preocupaciones y opiniones sobre la propuesta de Mina y los nuevos acompañantes que quería agregar al viaje.

Anfidamante decidió aceptar la oferta de Mina, viendo el potencial que los dos guardias podían aportar al grupo durante su viaje. Mientras tanto, Mégara salió corriendo del templo con una alegría contagiosa. Se detuvo en el dintel del templo, detrás de unas columnas casi ocultas, donde estaban los dos guardias, dos hombres de tez aceitunada, uno con una barba gruesa al estilo espartano y otro perfectamente afeitado, ambos llevando armas de bronce y escudos argivos. Mégara los llamó con entusiasmo, anunciando la noticia.

"¡Ya escucharon, Pacu y Iso, nos vamos de paseo!" gritó Mégara, y los dos guardias asintieron con una sonrisa, listos para unirse al grupo en esta emocionante aventura.

Mina hizo una venia elegante y se dirigió al grupo con una sonrisa encantadora. "Tengo algunos asuntos que dialogar con el secretario de esta ponderada ciudad", anunció con una voz melodiosa y elegante. "Así que debo despedirme de ustedes por el momento, pero en la noche nos veremos nuevamente en el 'León Sonriente'".

Su expresión jovial y alegre iluminó su rostro mientras hablaba, pero Anfidamante, con el tiempo, había aprendido a reconocer que esta alegría a menudo ocultaba profundos designios y planes insondables. Mina era una maestra en el arte de mantener sus pensamientos ocultos detrás de una fachada de amabilidad y entusiasmo.

El grupo asintió en respuesta a las palabras de Mina, conscientes de que la noche en el "León Sonriente" prometía sorpresas y quizás revelaciones intrigantes. Mina se alejó con una gracia que solo una verdadera noble podía mostrar, dejando al grupo anticipando con curiosidad lo que les deparaba la noche por delante.

El grupo continuó su camino hacia el templo de Hera. El camino estaba bordeado por altos árboles y flores silvestres, y el aire llevaba consigo el aroma fresco de la naturaleza. A medida que avanzaban, la silueta imponente del templo de Hera se perfilaba en el horizonte.

Mégara, con una sonrisa astuta, apretó suavemente la mano de Atalía y le susurró al oído con suficiente malicia para que solo ella escuchara: "Recuerda, Atalía, si el bobito de Alcides no demuestra la fuerza que dijiste que tenía, tendrás que regresar conmigo a Tebas como mi esclava personal".

Las palabras de Mégara estaban llenas de veneno, pero su intención iba más allá de la malicia. En su mente, planeaba cubrir a Atalía con joyas y vestidos exquisitos, permitiéndole acceder a un mundo de lujos y comodidades que nunca había experimentado. Además, anhelaba la amistad de Atalía, deseando tener a alguien con quien compartir sus pensamientos más sinceros, lejos de las máscaras de cortesía que todos usaban a su alrededor. Sin embargo, Mégara no era capaz de expresar estas intenciones de manera cordial, y en cambio, optaba por la provocación y el desafío.

Atalía, por su parte, la miró de soslayo con una mezcla de rabia y determinación. "Mi señor no es ningún bobo, y cuando lo veas demostrar su fuerza, sabrás que es el más fuerte del mundo", respondió con vehemencia, defendiendo la honra de Alcides. Sus ojos destellaron con una determinación feroz mientras continuaba: "No necesito ser tu esclava, yo soy igual o mejor que tú en cualquier aspecto, Mégara".

La tensión entre las dos amigas era palpable, pero también subyacía una rivalidad amigable que las mantenía en constante competencia. Ambas eran conscientes de las expectativas que habían puesto en Alcides y estaban dispuestas a demostrar su punto de vista, sin importar las consecuencias.

Alcides marchaba en medio de Pacu e Iso, mirando con admiración a los dos soldados a su lado. Aunque era solo un niño, su deseo de emular a los guerreros era evidente. Con una ramita que había encontrado en el suelo, intentaba imitar el movimiento de sus lanzas, apuntando y avanzando con cuidado, como si estuviera participando en un entrenamiento militar.

Además, sostenía un pedazo de tablón que había recogido de la calle como si fuera un escudo, tratando de copiar la postura firme y segura de Pacu e Iso. Aunque sus "armas" improvisadas eran mucho más pequeñas y endebles que las auténticas, su determinación era innegable.

Cada vez que los soldados se detenían, Alcides aprovechaba la oportunidad para practicar sus movimientos, balanceando su ramita y su tablón con seriedad y concentración. Aunque no podía igualar la fuerza y destreza de los soldados, estaba decidido a aprender todo lo que pudiera de ellos durante el viaje. Su admiración por Pacu e Iso era palpable, y su deseo de ser como ellos lo impulsaba a seguir practicando y mejorando su técnica.

Los agudos sentidos de Alcides, que en su infancia habían contribuido a su tartamudez inicial, eran ahora una parte fundamental de su ser. Había luchado por acostumbrarse a los ruidos y sensaciones abrumadoras del mundo exterior, ya que sus sentidos agudos a veces lo desorientaban, lo que había dificultado su aprendizaje de la lengua de los hombres en sus primeros años. Sin embargo, estos mismos sentidos eran los que lo convertían en un cazador sobresaliente. Era capaz de percibir las sutilezas del entorno, anticipando amenazas invisibles para los demás. Se acercó a Anfidamante con una pregunta directa, señalando los muros circundantes con un gesto inquisitivo. "¿Leones dentro?, ¿lobos dentro?" Alcides había aprendido a confiar en sus instintos y en su capacidad para detectar peligros ocultos, y su pregunta revelaba su constante vigilancia y preocupación por la seguridad del grupo.

Anfidamante esbozó una sonrisa mientras observaba los imponentes muros que rodeaban la ciudad. "Estos muros," comenzó, su voz resonando con una autoridad tranquila, "han sido reconstruidos en varias ocasiones después del embate del gran León de Nemea. Ese monstruo era algo mucho más grande y feroz que los leones con los que nos cruzamos en el bosque. Pero, mi joven amigo, no es probable que nos encontremos con semejante bestia aquí." Sus palabras eran pronunciadas con sabiduría, mientras su mirada se posaba en el horizonte.

Alcides asintió, sus ojos grises centelleando con un destello de respeto por la experiencia de Anfidamante. "Lo-lo enti-tiendo, ma-maestro," respondió con determinación, "pe-pero si-siempre esta-taré alerta."

Atalía, quien había estado escuchando con atención, no pudo evitar añadir su propia perspectiva. "Exacto," dijo con firmeza, "y no importa si es un león, un lobo o cualquier otro peligro, siempre estaremos listos para defendernos y proteger a los demás." Sus palabras llevaban consigo un aire de valentía y resolución.

Mientras tanto, el grupo continuó avanzando por el camino que se extendía ante ellos, adentrándose cada vez más en la ciudad pequeña.

Mientras tanto, Pacu e Iso caminaban con largas zancadas, pero se tomaban el tiempo para detenerse ocasionalmente y mantenerse al lado de las dos doncellas que caminaban juntas. Observaban con una mirada de complicidad cómo Mégara y Atalía discutían, reían, se enojaban, volvían a reír y ocasionalmente tenían pequeñas peleas verbales.

Las dos amigas compartían una relación única, llena de altibajos emocionales, rivalidades amigables y un profundo aprecio mutuo que se esforzaban por ocultar. Mientras caminaban, sus conversaciones iban desde discutir sobre Alcides y la apuesta hasta las diferencias entre sus respectivos reinos. A pesar de sus diferencias, encontraban alegría en su amistad y se complementaban de manera única.

Alcides observaba en silencio mientras continuaba marchando, sosteniendo su ramita con determinación y preparándose para el momento en que tendría que demostrar su fuerza ante sus compañeros de viaje y, especialmente, ante Mégara.

La arquitectura majestuosa del templo era una oda a la grandeza y la majestuosidad de la diosa. Las columnas esculpidas se alzaban como guardianes silentes, y la entrada estaba decorada con detalles intrincados que hablaban de la dedicación y el arte que habían sido invertidos en su construcción.

En medio del camino hacia el templo, un grito repentino y amenazador llenó el aire cuando una perra rabiosa surgió de entre los árboles. La bestia, con los ojos desorbitados y la espuma en la boca, se abalanzó hacia Mégara con ferocidad y sigilo abrumadores, sus dientes afilados destellando en busca de su presa. Anfidamante sintió un nudo en la garganta al ver la situación. Conocía bien la rabia y sus terribles efectos. Sabía que incluso una pequeña mordida podía llevar a una agonía lenta y dolorosa, y sus instintos de soldado se activaron. Llevó su mano al puñal en su cinturón, preparándose para intervenir. Mientras Pacu e Iso intentaban inútilmente reaccionar, erab hombres después de todo, ¿Cómo un hombre mortal puede compararse a los instintos de una bestia salvaje?

Mégara apenas tuvo tiempo de percibir la súbita aparición de un perro rabioso que emergía de entre los árboles, cuando la criatura ya se abalanzaba sobre ella con una ferocidad salvaje. Sus ojos azules, tan claros como el cielo, se enfocaron de inmediato en la siniestra silueta de la bestia mientras esta se cernía en el aire, pareciendo una sombra de muerte en movimiento. El aliento le quedó atrapado en la garganta, y el latido de su corazón se aceleró con la inminente amenaza.

Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar ante el peligro inminente, sintió un impacto violento en su espalda que la hizo tambalearse hacia adelante. En ese instante, Atalía se interpuso valientemente entre Mégara y la furiosa bestia, tomando el lugar de la joven princesa como blanco del ataque. La cazadora se mostró decidida a enfrentar al peligro con determinación, protegiendo a Mégara con un acto de valentía que irradiaba un sentido de lealtad inquebrantable.

Atalía había actuado por instinto, extrayendo el puñal que siempre llevaba oculto en su cintura. Aunque había visto bestias rabiosas en el pasado, su experiencia generalmente implicaba que sus hermanos las abatieran desde la distancia con sus arcos expertos. Ahora, en ese momento de inminente peligro, se enfrentaba a la criatura sin la protección de su arco y flechas.

Mientras el perro rabioso se abalanzaba hacia ella, Atalía no podía evitar recriminarse internamente. Recordaba las palabras sabias de su padre que siempre le decía: "Tu arco es una extensión de ti, siempre contigo, en todas partes. Cuando duermes, cuando comes, cuando comercias, cuando eres feliz, porque en esos momentos eres vulnerable y nunca sabes cuándo lo necesitarás".

En ese preciso instante, lamentó no tener su arco a su lado, pero sabía que debía confiar en su instinto y en el puñal que empuñaba. Su determinación y valentía la impulsaron a enfrentar a la bestia con una mezcla de miedo y determinación mientras se preparaba para el inminente enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

En la posada "El León Sonriente", diez hombres ingresaron en silencio, su presencia inmediatamente llamando la atención de los presentes. Vestían armaduras ligeras de cuero, armados con puñales y arcos cortos, y llevaban capas que ocultaban parte de sus rostros. Los murmullos y las miradas furtivas se extendieron por la habitación mientras se dirigían con paso firme hacia el posadero. Sus ojos reflejaban una hostilidad palpable. "Posadero", habló uno de los hombres con una voz ronca y desconfiada, "¿has visto a un anciano de cabello cano y a un muchacho de cabello negro, ojos grises y tez ligeramente aceitunada? El muchacho habla como si tuviera un retraso mental."

El posadero, nervioso ante la presencia de estos hombres armados, tragó saliva antes de responder. "No, no he visto a nadie que se ajuste a esa descripción", respondió, tratando de parecer calmado. Sus ojos evitaban el contacto visual directo con los hombres, consciente de que algo estaba fuera de lugar en esa situación.

El líder del grupo sacó un puñal y su afilada hoja se posó amenazadoramente en la garganta del posadero. La habitación quedó sumida en un silencio tenso mientras todos observaban la escena con expectación. "Tal vez recuerdes más ahora, anciano", pronunció el líder con un tono implacable, su mirada fija en el posadero. El posadero empezó a temblar, sintiendo la punta fría del puñal en su piel. La presión del momento era abrumadora, y su mente giraba tratando de encontrar una respuesta que satisficiera a esos hombres peligrosos. Sin embargo, en ese instante crítico, el posadero recordó algo que ellos no sabían: él era un amigo leal de Anfidamante, y su lealtad hacia su amigo era inquebrantable.

A pesar de su miedo palpable, el posadero decidió aferrarse a esa lealtad. Miró al líder con determinación en sus ojos y, aunque su voz tembló, respondió: "No puedo ayudarles. No sé nada de lo que buscan."

El líder del grupo frunció el ceño, claramente desconcertado por la negativa del posadero. La mirada firme del posadero y su negativa resuelta dejaron en claro que no cedería ante la amenaza. Los demás hombres del grupo compartieron miradas de frustración, como si estuvieran evaluando la situación. Finalmente, el líder retiró el puñal de la garganta del posadero y dio un paso atrás. La tensión en la habitación se disipó gradualmente a medida que los hombres se dieron la vuelta y abandonaron la posada, dejando atrás un ambiente cargado y tenso. El posadero soltó un suspiro de alivio, sintiendo una mezcla de orgullo y gratitud por haber mantenido su lealtad a Anfidamante. Sabía que había enfrentado un peligro inmenso, pero su firmeza había prevalecido.

Una figura oscura había estado observando la situación desde las sombras, y en cuanto todo ocurrió, corrió rápidamente para informar a Mina, quien se dirigía de regreso al ágora después de su visita al templo de Atenea. Al llegar a Mina, la figura le relató lo que había visto en la posada. Mina asintió con gravedad y rápidamente tomó medidas.

Con solo una mirada, Mina dio una orden a Mastir, el gigante de ébano en su imponente armadura de bronce dorado. Mastir, leal y disciplinado, se arrodilló ante Mina como si estuviera en presencia de una deidad. Luego, se puso de pie y alzó su lanza en una posición que alertaría a los guardias que siempre estaban siguiendo a Mina y Mégara.

Sin perder tiempo, Mastir comenzó a moverse con zancadas largas y poderosas, avanzando en un trote rápido para interceptar a los asesinos. Su presencia imponente y su determinación eran una clara señal de que Mina no toleraría ningún intento de dañar a aquellos que le eran leales. Los guardias que habían sido alertados se unieron a la marcha, siguiendo a Mastir con la misma urgencia en su paso. Mina no dejó que la preocupación o el peligro nublaran su juicio. Su mente estaba enfocada en proteger a aquellos a quienes valoraba y en enfrentar cualquier amenaza que se interpusiera en su camino. La tensión y la intriga crecían en la ciudad mientras todos se preparaban para lo que vendría a continuación.

Mastir avanzaba con confianza por las calles de la ciudad, sus pisadas resonaban como el eco de un gigante en movimiento. Su señora, Mina, le había instruido meticulosamente sobre cómo comportarse en entornos urbanos. A medida que avanzaba, Mastir cerraba los ojos por un momento, sumiéndose en sus recuerdos.

Recordaba con claridad cómo, apenas tres años atrás, una niña de apenas doce años, a la que inicialmente había considerado como una mandona y rica joven, le había impartido enseñanzas que lo habían marcado profundamente. Aquella doncella, con su sabiduría más allá de sus años, le había hablado en palabras melódicas y serias, compartiendo conocimientos que resonaban en su mente en ese momento crucial.

"Las tácticas en una ciudad son similares a las de un bosque", recordaba las palabras de la doncella con asombrosa claridad. "No puedes agrupar a tus hombres en una sola línea, ya que el espacio es limitado. Debes guiarlos de acuerdo al terreno, segmentarlos de manera que cubran las rutas de escape, y luego ejerces presión. Los hombres enemigos se descorazonan al ver que no pueden huir, incluso cuando tienen ventaja numérica y de armamento. Esas son las palabras del sabio Erictonio que hoy te comparto mi guardián"

La sabiduría impartida por Mina había dejado una profunda impresión en Mastir. A medida que avanzaba, se esforzaba por aplicar esas lecciones en la práctica. Observaba el terreno a su alrededor, calculando las posiciones estratégicas que podría tomar su grupo para asegurar una emboscada efectiva.

Las palabras de Mina resonaban en su mente mientras avanzaba, guiando a los guardias que lo acompañaban. Con cada paso que daba, estaba comprometido a proteger a su señora y a garantizar la seguridad de quienes estaban bajo su cuidado. La ciudad se convirtió en su nuevo terreno de batalla, y él estaba determinado a demostrar la eficacia de las enseñanzas que había recibido, incluso en un entorno tan diferente al bosque que solía considerar su hogar.

Los diez asesinos avanzaban por una calle estrecha, sintiéndose confiados y seguros en su papel de depredadores en territorio desconocido. Sin embargo, su arrogancia se vio interrumpida cuando sus miradas se toparon con la imponente figura de Mastir. El gigante de ébano avanzaba como una pantera, su armadura de bronce dorado y su yelmo crestado le conferían un aire divino, como si fuera una estatua viviente de Ares.

A medida que Mastir se acercaba, su presencia física imponía respeto y temor. Los músculos de sus brazos y su porte majestuoso daban testimonio de su fuerza y habilidad en la batalla. Incluso los asesinos más confiados comenzaron a sentir una incertidumbre inusual, una chispa de miedo que encendía sus instintos de supervivencia. Bajo la sombra de su yelmo, Mastir observaba a los asesinos con una intensidad inquebrantable. El mensaje era claro: no había escapatoria. Los más débiles de espíritu comenzaron a evaluar sus opciones de huida, pero se dieron cuenta rápidamente de que estaban rodeados. El espacio angosto de la calle se convirtió en una trampa mortal mientras los guardias armados con bronce y la multitud detrás de ellos bloqueaban cualquier posible salida.

La multitud en sí misma era una fuerza intimidante. A simple vista, podrían parecer esclavos, pero su porte y determinación sugerían lo contrario. Eran libertos armados dispuestos a defender a su señora y a aquellos a quienes ella apreciaba. La tensión en el aire era palpable mientras los asesinos se daban cuenta de que habían subestimado la situación y se encontraban en una desventaja abrumadora.


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