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No fue difícil encontrar la cosa.
Damaris reprendía a Albia con una constancia
que habría resultado cómica de no haber algo cruel detrás. Bastaba una jarra
colocada dos dedos demasiado cerca del borde de una mesa, una túnica que otra
criada había doblado mal, unas migas olvidadas bajo un banco o un cuenco que ni
siquiera había pasado por las manos de la pelirroja. Damaris encontraba siempre
la forma de convertirlo en culpa suya. A veces eran palabras; otras, un tirón
brusco del brazo, un empujón para hacerla apartarse, los dedos clavándose con
demasiada fuerza donde nadie prestaba atención. Albia bajaba la cabeza, se
disculpaba incluso cuando no entendía qué había hecho y esperaba a que
terminara. Eso fue lo que Marco descubrió primero: no había misterio
complicado, ni enemigo oculto detrás de varias capas de clientes y sirvientes.
Estaba ocurriendo delante de todos porque todos se habían acostumbrado a que
ocurriera.
Una tarde, Damaris encontró una excusa
particularmente insignificante. Una de las muchachas había dejado caer un
recipiente de harina y Albia, que ni siquiera estaba en la habitación cuando
ocurrió, recibió la culpa por no haber vigilado suficientemente a quienes
trabajaban allí. La anciana avanzó hacia ella con esa energía sorprendente que
parecía reservar exclusivamente para reprender a otros, levantando ya una mano
mientras Albia retrocedía por reflejo. Entonces se detuvo.
Marco estaba en la puerta.
No dijo nada.
Eso fue peor.
Damaris conocía aquella mirada. La había visto
cuando el niño despertó de la fiebre, cuando todavía apenas hablaba y sus ojos
parecían mirar las cosas sin colocar entre ellas y él la capa normal de miedo,
vergüenza o deseo de agradar. Antes podía convencerse de que aquello era
estupidez, enfermedad o alguna presencia impía dentro de un cuerpo vacío. Ya
no. La lengua del muchacho se había vuelto ágil. Leía. Preguntaba. El médico lo
llevaba de un lado a otro de su laboratorio. Y todas las mañanas, durante una
hora completa, el viejo Aecio lo recibía en la torre.
Aquello era lo verdaderamente insoportable.
Por Dios santo, Aecio no había hecho algo
semejante ni con el mayor de la casa. Lucio había recibido instructores,
oficiales, caballos y disciplina, como correspondía a un heredero. Juliano
había sido siempre un muchacho bien dispuesto, obediente cuando quería serlo,
hermoso, fácil de comprender incluso en sus excesos. Pero este niño subía cada
mañana a sentarse frente al viejo mientras Leoncio esperaba fuera, y después
bajaba haciendo preguntas nuevas. Preguntas sobre quién administraba qué. Quién
podía ordenar a quién. Qué pertenecía a la casa y qué pertenecía personalmente
a cada miembro de ella. Quién respondía si un esclavo sufría daño. Quién tenía
autoridad para castigar.
Damaris dejó caer lentamente la mano.
—Marco...
El muchacho continuó mirándola.
Albia tampoco se movió. Había comprendido algo
antes que la anciana: Marco no había llegado allí por casualidad.
Damaris intentó recuperar la dignidad.
—Esta muchacha necesita aprender obediencia.
Siempre ha sido demasiado...
Marco bajó los ojos hacia la mano todavía
levantada de Damaris y después volvió a mirarla a la cara.
La anciana la bajó por completo.
No había amenaza pronunciada. No hacía falta.
Por primera vez, Damaris comprendió que el
niño al que durante años había podido alimentar mal, apartar, reprender y
considerar poco más que una carga ya no estaba fuera de la maquinaria de la
casa. El viejo lo estaba introduciendo dentro.
Y el muchacho acababa de descubrir una de sus
primeras palancas.
Make
Damaris’s fear more concreteStrengthen Albia’s emotional perspective
—Yo la castigaré. Dime su crimen, nutrix. Luego retírate.
La palabra cayó con una naturalidad que hizo más daño que un grito. Damaris
conocía demasiado bien aquel título. Había sido nodriza, cuidadora y autoridad
doméstica antes de que Marco pudiera recordar su propio nombre; durante años,
aquella función le había permitido hablar por encima de otras esclavas,
corregirlas, ordenar, decidir qué era apropiado para los niños de la casa e
incluso discutir con libertos cuando consideraba que invadían terrenos que le
pertenecían por antigüedad. Pero el muchacho acababa de emplear nutrix
no como una muestra de afecto, sino como una delimitación. Tú eres esto. Nada
más. Y frente a ella estaba el nieto de Aecio, con una lengua que ya no
tropezaba y una mirada de la que había desaparecido aquella vulnerabilidad que
durante tantos años le había permitido tratarlo como una criatura incapaz de
comprender lo que sucedía a su alrededor.
Damaris tragó saliva y señaló a Albia, aunque el gesto perdió firmeza a
mitad de camino.
—La harina, domine. Una de las muchachas ha desperdiciado harina de la
despensa y ésta debía vigilar el trabajo. Le corresponde responder por las
menores que tiene alrededor. Si no se corrigen estas cosas, luego todas hacen
lo que desean. Siempre ha sido descuidada, demasiado blanda con las otras,
demasiado...
Albia levantó apenas los ojos. Marco podía verla inmóvil junto a la mesa,
con las manos juntas delante del cuerpo. No discutía. No se defendía. Aquello,
después de observarla durante varios días, era en sí mismo una respuesta: Albia
había aprendido que defenderse frente a Damaris solo prolongaba el castigo.
—¿Ella derramó la harina? —preguntó Marco.
Damaris vaciló.
—No, pero...
—¿La estaba vigilando cuando ocurrió?
—No exactamente, pero debería haber...
La anciana calló. Por primera vez parecía comprender que las pequeñas
ambigüedades con las que construía sus acusaciones no sobrevivían bien cuando
alguien las separaba una por una.
Marco la contempló.
—Entonces su crimen es que otra esclava derramó harina mientras Albia no
estaba presente.
—Domine, no puede reducirse así. Una casa necesita disciplina. Tu abuelo...
Damaris se detuvo sola.
Había pronunciado aquellas palabras demasiadas veces.
Aecio.
El nombre que había utilizado durante años como una segunda vara: tu
abuelo no permitiría esto, el señor Flavio espera aquello, yo
servía esta casa antes de que vosotros nacierais. Pero ahora recordaba
demasiado bien qué ocurría cada mañana en aquella torre.
Marco no necesitaba decirlo.
El viejo escuchaba al muchacho.
Una hora diaria.
Damaris bajó la cabeza.
—He explicado la falta, domine.
Hubo unos segundos de silencio.
—Entonces retírate.
La anciana obedeció.
No rápidamente, porque hacerlo habría parecido miedo; tampoco lentamente,
porque podía parecer desafío. Damaris consiguió llegar hasta la puerta
conservando una dignidad casi perfecta, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Solo cuando desapareció por el corredor, Albia permitió que sus hombros
descendieran.
La pelirroja miró a Marco con inquietud.
—Domine... no hace falta que me castigues.
Había algo extraño en la manera de decirlo. No alivio. Tampoco miedo
exactamente. Era la preocupación de alguien que creía que acababa de cambiar de
juez, no de escapar del juicio.
Y Marco comprendió otra cosa que su abuelo no había necesitado explicarle.
Damaris no solo había acostumbrado a los demás a verla maltratar a Albia.
Había conseguido que Albia considerara normal merecer algún castigo.
—De ahora en adelante cumplirás tu función verdadera —dijo Marco—. Debes
seguirme como una sombra. Si estoy con mi abuelo, esperarás en la puerta junto
a Leoncio, con un ánfora de agua y vino. Si estoy en mis lecciones, estarás a
mi lado. Siempre a mi lado. ¿Entiendes?
Albia lo miró como si hubiera tardado un instante en comprender que no se
trataba de una amenaza. Sus labios se entreabrieron apenas, y luego bajó la
cabeza por reflejo.
—Sí, domine.
Marco no apartó la mirada.
—No. Mírame cuando te hablo.
Ella obedeció. Había cautela en sus ojos, pero también algo distinto, una
tensión que empezaba a ceder.
—Tu función no es recibir castigos por errores de otras criadas. Tu función
es estar conmigo. Si alguien te manda hacer otra cosa, dices que estás asignada
a mi servicio. Si insisten, vienen conmigo.
Albia tragó saliva.
—¿Incluso Damaris?
—Especialmente Damaris.
La respuesta salió demasiado rápida.
Marco continuó.
—Y si alguien te toca, te golpea, te empuja o te castiga cuando yo no lo he
ordenado, me lo dices.
Albia bajó un poco la voz.
—Domine, algunas personas podrían decir que una esclava no debe...
—No me importa lo que digan.
Aquello la hizo callar.
Marco pensó unos segundos.
—Tampoco quiero que respondas ni que provoques a nadie. No quiero que esto
se convierta en una pelea de cocina. Tú haces tu trabajo. Me sigues. Cumples
mis órdenes. Y si alguien tiene un problema contigo, entonces tiene un problema
conmigo.
Albia lo observó en silencio.
Por primera vez, la palabra domine pareció pesarle de otra forma.
—Sí, domine.
Marco señaló la puerta por la que Damaris había desaparecido.
—Y no vuelvas a aceptar un castigo por algo que no hiciste solo porque
alguien grita más fuerte.
Albia esbozó una sonrisa mínima.
—Eso va a ser más difícil.
—Entonces aprenderás.
Ella respiró hondo y asintió.
Marco se dio la vuelta.
—Bien. Ven conmigo.
Albia dio un paso tras él.
Luego otro.
Y, por primera vez desde que había sido comprada para acompañarlo, empezó
realmente a hacerlo.
—sabes fingir lagrimas y llanto?
Albia parpadeó.
—¿Fingirlas?
—Sí. Lágrimas, sollozos, respiración entrecortada. Que parezca que alguien
te ha hecho daño aunque no sea así.
La muchacha lo observó con cautela. Luego inclinó un poco la cabeza.
—Sí, domine. Puedo hacerlo.
—¿Bien?
Una sombra de orgullo apareció en su rostro.
—Lo bastante bien para que una matrona crea que me ha roto el corazón y un
sacerdote piense que necesito consuelo.
Marco guardó silencio un instante.
—Enséñame.
Albia inspiró lentamente. Su expresión cambió casi de inmediato: los hombros
cayeron, los labios comenzaron a temblar y los ojos se humedecieron con una
rapidez inquietante. Después dejó escapar un pequeño sonido quebrado, apenas
audible, y dos lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas.
Marco la contempló.
—Eso ha sido rápido.
Albia se secó una lágrima con el dorso de la mano y recuperó su expresión
habitual.
—Aprendí hace mucho que llorar en el momento adecuado puede ser más útil que
explicar la verdad.
Marco esperó a que Albia se secara la última lágrima verdadera de la
demostración y señaló la puerta.
—Sal detrás de mí. Sollozando. Como si te hubiera reprendido y me
detestaras.
Albia lo miró durante un segundo, comprendió y una chispa casi divertida
apareció en sus ojos.
—Sí, domine.
—Tengo que ir a mis clases de medicina.
Marco salió primero. Albia esperó lo suficiente para que pareciera que había
necesitado recomponerse y después apareció tras él con los hombros encogidos,
respiración entrecortada y el rostro vuelto parcialmente hacia el suelo. Para
cuando alcanzaron el corredor principal ya había conseguido que las lágrimas
volvieran a humedecerle las mejillas. Dos criadas que pasaban cerca miraron
primero a Albia y luego al muchacho; una de ellas apartó la vista enseguida. La
historia empezaba a construirse sola: el joven amo había sorprendido una falta
y castigado personalmente a su esclava. Nada extraordinario. Nada que Damaris
necesitara examinar con demasiada atención.
La encontraron cerca de la entrada del ala doméstica. Damaris observó a
Albia y durante un instante algo parecido a satisfacción suavizó su expresión.
—Domine —dijo con prudencia.
Marco se detuvo.
—Ya me ocupé de ella. A partir de ahora Albia queda exclusivamente asignada
a mi persona. Me seguirá durante el día. Si estoy con mi abuelo, aguardará
fuera junto a Leoncio con agua y vino. Si estudio con Menas, estará conmigo. No
tendrá obligaciones ordinarias de cocina, lavandería ni servicio general salvo
que yo las ordene.
La satisfacción desapareció.
—Eso no corresponde a...
—Son órdenes directas del señor Aecio.
Damaris lo miró fijamente.
Marco casi podía ver el cálculo detrás de sus ojos. Era natural que no
creyera a un muchacho que aún no había cumplido once años, especialmente a
aquel muchacho. Durante demasiado tiempo había sido alguien sobre quien se
decidía, no alguien que decidiera.
—Mi señor Aecio no acostumbra...
—Puedes corroborarlo.
Damaris titubeó.
Marco inclinó ligeramente la cabeza.
—Aunque te aconsejaría preguntárselo con mucho respeto.
La anciana frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Marco dejó que apareciera una pequeña sonrisa.
No era una sonrisa infantil. Apenas una deformación de los labios, demasiado
quieta y demasiado consciente.
—Que es peligroso molestar a un león cuando está descansando.
Damaris se santiguó.
Fue un gesto rápido, casi involuntario.
Marco mantuvo aquella diminuta sonrisa un instante más.
—Pero si deseas subir a la torre y preguntarle si su nieto está mintiendo en
su nombre, adelante.
Damaris palideció ligeramente.
—No he dicho que mientas.
—Entonces nos entendemos.
Albia soltó detrás de él un pequeño sollozo perfectamente calculado.
Damaris volvió los ojos hacia ella. Durante una fracción de segundo pareció
debatirse entre la costumbre de reprenderla y el recuerdo de las palabras que
acababa de escuchar. Finalmente inclinó la cabeza.
—Como ordenes, domine.
Marco reanudó el camino hacia el laboratorio de Menas.
Albia lo siguió tres pasos detrás, todavía llorando.
Solo cuando doblaron el corredor y quedaron fuera de la vista de Damaris
dejó escapar un susurro.
—Domine...
—¿Sí?
La voz de Albia había recuperado de repente toda su normalidad.
—Creo que se lo ha creído.
Marco siguió caminando.
—Ésa era la idea.
Marco soltó un suspiro cuando doblaron el
corredor.
—Pero no durará mucho.
Albia dejó de fingir el llanto.
—¿Domine?
—Es vieja. Sabe más de la vida que nosotros
dos juntos. Hoy se lo creyó porque no esperaba que hiciera nada. Mañana
empezará a pensar. Después probará hasta dónde llegan mis órdenes.
Albia bajó un poco la voz.
—Damaris lleva mucho tiempo en esta casa.
—Lo sé. Tendremos que encontrar la manera de
que mi abuelo se deshaga de ella.
La muchacha lo miró de reojo.
—Eso no será fácil.
—No. —Marco continuó caminando hacia el ala de
Menas—. Pero ya pensaremos en eso después.
Aquella mañana había un problema mejor.
Cuando entraron al taller anexo al
laboratorio, Menas ya estaba allí, junto a dos hombres cubiertos de hollín y un
tercero cuya barba chamuscada parecía demostrar que había tenido demasiadas
discusiones con hornos. Sobre la mesa descansaban los primeros resultados de
varias semanas de trabajo: discos pequeños de vidrio, algunos verdosos, otros
llenos de burbujas, otros deformados en los bordes. Ninguno era verdaderamente
bueno, pero dos lograban aumentar letras y fibras con suficiente claridad como
para demostrar que la idea funcionaba.
La Casa Aecia había dejado de esperar las
lentes de Alejandría.
Marco había planteado algo mucho más propio de
su abuelo: si dependían de artesanos extranjeros para cada pieza, nunca
controlarían el instrumento. Había que fabricar el vidrio en Ferrata.
La idea no era absurda. El vidrio soplado
llevaba siglos formando parte del mundo romano; arena rica en sílice, álcalis
como el natrón y cal permitían fabricar el vidrio sodocálcico típico del
Mediterráneo, y añadir vidrio roto al horno ayudaba a fundir la mezcla más
fácilmente. El verdadero desafío no consistía en producir una copa, sino en
fabricar vidrio suficientemente limpio y homogéneo para una lente, sin
demasiadas burbujas, vetas o impurezas.
—El problema —dijo Menas señalando uno de los
discos— es éste.
Lo sostuvo contra la ventana.
Una nube de pequeñas burbujas cruzaba el
interior.
—Para beber vino serviría. Para mirar sangre,
no.
Marco tomó otra pieza.
—Entonces necesitamos controlar mejor la
mezcla y mantenerla fundida más tiempo.
El maestro vidriero hizo una mueca.
—Y combustible. Mucho.
—Tenemos bosques.
—Tenemos administradores que me asesinarán
cuando descubran cuánto bosque quiero quemar.
Marco lo miró.
—Mi abuelo tiene administradores.
El hombre calló.
Menas sonrió.
—Está aprendiendo rápido.
Habían comenzado construyendo un horno pequeño
cerca de los talleres de Ferrata, utilizando ladrillo refractario, arcilla y
una cámara inferior de combustión. Nada revolucionario: los hornos de vidrio ya
existían desde hacía siglos y los artesanos romanos llevaban generaciones
utilizando sopletes y cañas para trabajar masas fundidas. La innovación estaba
en el objetivo. No querían producir vasos deprisa. Querían seleccionar las
porciones más transparentes de cada fundición, volverlas a calentar, eliminar
impurezas visibles, probar diferentes proporciones y registrar cada lote. El
vidrio roto de mejor calidad se reservaba cuidadosamente para refundirlo,
porque incorporar cullet reducía el esfuerzo necesario para llevar la
mezcla nuevamente al estado fundido.
Y para todo aquello hacían falta manos.
Marco había encontrado la solución examinando
las cuentas de la finca con Leoncio.
Había esclavos que, por una razón u otra,
producían poco en el campo: un hombre con una pierna mal soldada después de una
fractura; otro con una lesión antigua en la espalda que le impedía cargar
sacos; dos muchachos demasiado débiles para seguir el ritmo de las cuadrillas
agrícolas; una mujer cuya mano izquierda había quedado deformada por una herida
pero que podía manejar herramientas pequeñas con extraordinaria precisión; un
anciano que ya no soportaba jornadas enteras bajo el sol y había pasado a trabajos
menores en los almacenes.
Para la agricultura eran considerados cargas.
Para Marco eran mano de obra sin utilizar.
—No necesito que puedan arar —había
explicado—. Necesito que puedan permanecer junto a un horno, girar una caña,
clasificar vidrio, machacar materias primas, alimentar el fuego, mantener
registros o aprender a pulir.
Menas había comprendido inmediatamente la
lógica.
El trabajo se dividió. Los más fuertes
alimentaban el horno y manipulaban los crisoles. Los que tenían mejor
coordinación aprendían a soplar pequeñas burbujas y formar cilindros o discos.
Los de manos finas se dedicaban al pulido con abrasivos progresivamente más
delicados. Los que sabían leer —o podían aprender— registraban proporciones,
tiempos aproximados, origen de la arena, cantidad de vidrio reciclado y aspecto
final de cada lote.
Aecio autorizó todo después de escuchar una
sola frase:
«Son esclavos que ahora cuestan más de lo que
producen.»
A la semana siguiente dejaron de pertenecer a
las cuadrillas agrícolas.
Marco caminó entre ellos aquella mañana. No
eran todavía vidrieros. Quemaban piezas, rompían otras, producían discos
torcidos y soplaban ampollas que parecían frutas enfermas. Pero estaban
aprendiendo. Un hombre que antes era considerado inútil porque cojeaba había
resultado especialmente hábil manteniendo el vidrio girando de forma uniforme
al extremo de la caña. La mujer de la mano deformada tenía una paciencia
extraordinaria para pulir pequeñas superficies.
Sobre la mesa había ya cuatro lentes
utilizables.
Menas tomó la mejor.
Era pequeña, ligeramente verdosa y todavía
imperfecta. En sus bordes persistía una deformación considerable, pero el
centro era limpio.
—Ésta aumenta aproximadamente tres veces sin
convertirlo todo en niebla.
Marco la tomó y examinó a través de ella una
hebra de lino.
Las fibras aparecieron como cuerdas.
—Hay que hacerlas más pequeñas.
—Eso llevo diciéndoles.
—Y con mayor curvatura.
El vidriero negó lentamente.
—Cuanto más curva, más difícil de pulir bien.
Marco sonrió.
—Entonces tendremos que desperdiciar muchas.
El hombre lo miró horrorizado.
Menas soltó una carcajada.
—Ahora comprendes por qué su abuelo es rico.
Albia permanecía detrás de Marco, tal como
había ordenado, sosteniendo el ánfora de agua y vino. Miró las mesas, el horno,
las caras sudorosas y las pequeñas piezas transparentes que todos trataban como
si fueran joyas.
—¿Todo esto para mirar una gota de sangre?
Marco levantó una de las lentes.
—Para empezar.
Menas lo oyó.
Y aquella respuesta le gustó demasiado.
Strengthen
Marco’s ethical conflictReduce the explanatory historical passages
Marco sonrió mientras hacía girar la lente entre los dedos.
—Con esto podemos conseguir mejor financiación.
Menas lo miró con inmediata sospecha.
—Esa frase, dicha por un niño de diez años, nunca trae nada bueno.
Marco dejó la lente sobre la mesa.
—Dime una cosa. ¿Qué necesita alguien para ser un buen mercader de telas?
Menas frunció el ceño, sorprendido por el cambio.
—¿Telas?
—Sí. ¿Qué tiene que saber? ¿Cómo reconocer calidad? ¿Procedencia? ¿Tejidos?
¿Tintes? ¿Precios? ¿Qué hace que alguien gane dinero y otro pierda una fortuna
comprando la misma lana?
Menas cruzó los brazos.
—No soy mercader.
—Pero conoces materiales.
—Eso sí.
Marco señaló entonces los paños que cubrían algunas de las mesas, los
cordeles, los filtros improvisados y las bolsas donde almacenaban sustancias
pulverizadas.
—Y nuestra familia tiene inversiones en ese negocio, ¿no?
Menas tardó un momento antes de responder.
—Sí. Bastantes más de las que probablemente imaginas. No directamente en
todas. La Casa Aecia posee tierras que producen lana, participa en talleres
mediante clientes, financia cargamentos, presta dinero a comerciantes,
garantiza rutas y cobra deudas en especie cuando conviene. Hay paños que pasan
por manos aecianas sin llevar nunca nuestro nombre.
Marco asintió lentamente.
—Entonces podemos usar eso.
—¿Para fabricar lentes?
—Para pagar por ellas.
Menas levantó una ceja.
Marco continuó.
—Si podemos mejorar cómo se examinan las telas, podemos demostrar que estas
lentes sirven para algo que un mercader entiende inmediatamente: dinero.
Menas miró una de las piezas de vidrio.
—¿Examinar fibras?
—Fibras, defectos, suciedad, mezcla de lanas distintas, quizá calidad del
tejido. Si una lente permite ver cosas que a simple vista cuestan más, entonces
un comprador podría detectar fraude antes de pagar.
Menas comenzó a interesarse.
—También desgaste.
—Y tintes.
—Eso sería más difícil.
—Pero no imposible.
Menas tomó un retazo de tela teñida y lo acercó a la luz.
—Un mercader competente ya observa el hilo, la densidad del tejido, el
tacto, el olor, la uniformidad del tinte, cómo responde al agua, cuánto pelo
pierde una lana, si ha sido bien lavada, si el paño está demasiado cargado de
aceite para aparentar mejor acabado...
Marco señaló la lente.
—Entonces nosotros le damos otro ojo.
Eso hizo sonreír a Menas.
—Ahora entiendo.
Marco también.
El laboratorio necesitaba vidrio mejor, hornos mejores, combustible,
artesanos, tiempo y materias primas. Todo aquello costaba dinero. Pedirlo para
«mirar sangre» podía parecer una extravagancia del médico y del nieto extraño
de Aecio. Pero si la misma herramienta podía ayudar a detectar fraudes en
tejidos, clasificar fibras y proteger inversiones comerciales, dejaba de ser un
juguete de sabios.
Se convertía en una herramienta de la casa.
Marco miró a Albia.
—Necesitamos a alguien que sepa de telas.
Menas respondió antes que ella.
—Entonces no me necesitas a mí.
—No. Necesito a Leoncio.
Menas hizo una mueca.
—Eso es peor.
—Y necesito saber qué parte del negocio controla realmente mi familia.
El médico lo miró con atención.
—¿Quieres financiar el laboratorio vendiéndole la idea a tu propio abuelo?
Marco negó.
—No.
La sonrisa volvió.
—Quiero demostrarle que no financiarlo sería perder dinero.
Dos semanas después, Marco subió a la torre con una pequeña caja de madera
bajo el brazo y Albia detrás de él, como siempre, cargando agua y vino. Aecio
estaba sentado en su silla, revisando una carta con el papel demasiado cerca
del rostro y los ojos entrecerrados. Marco no dijo nada al principio. Solo dejó
la caja sobre la mesa y la abrió. Dentro había una lupa funcional y varias
monturas ligeras con lentes distintas, ordenadas por aumento. No eran
elegantes. Algunas estaban sostenidas con bronce fino, otras con hueso pulido y
una todavía conservaba una pequeña imperfección en uno de los bordes. Pero
funcionaban. Marco había tenido que adivinar la graduación de su abuelo
observándolo durante días: a qué distancia apartaba las cartas, cuánto acercaba
una tablilla, cuándo empezaba a fruncir el ceño y qué tamaño de letras parecía
resultarle incómodo.
—Pruébalos.
Aecio levantó una ceja.
—¿Qué son?
—Ojos de repuesto.
El anciano resopló, pero tomó el primero. No le sirvió. El segundo deformaba
demasiado. Con el tercero se quedó quieto. Marco vio cómo su expresión cambiaba
apenas. Aecio tomó la Biblia que descansaba junto a una pila de documentos, la
abrió por una página cualquiera y pasó lentamente la mano sobre las líneas
antes de comenzar a leer.
No dijo nada durante varios segundos.
Leyó otra línea.
Después otra.
Habían pasado años desde la última vez que podía hacerlo sin acercar el
texto hasta casi tocarse la nariz.
Aecio levantó la vista hacia Marco.
—¿Qué quieres, mocoso?
Marco sonrió.
—Plata, supongo.
El anciano soltó una risa seca.
—Naturalmente.
—Más hornos. Mejor arena. Más combustible. Artesanos. Tiempo de trabajo. Y
gente que pueda aprender a pulir y soplar vidrio.
Aecio volvió a mirar la Biblia.
—A cambio, yo controlo esta tecnología para enriquecerme.
Marco negó.
—Enriquecernos.
El viejo lo miró por encima de las nuevas lentes.
La sonrisa que apareció en su rostro fue lenta.
—Mucho mejor.
Aecio dejó la Biblia abierta y examinó la lupa.
—¿Quién más sabe hacer esto?
—Menas entiende el principio. Los trabajadores de Ferrata saben producir
algunas piezas. Pero nadie sabe todavía qué proporciones, qué curvaturas y qué
métodos son los mejores. Estamos anotándolo todo.
—Entonces todavía es nuestro.
—Sí.
—Por ahora.
Marco asintió.
Aecio suspiró y golpeó dos veces el brazo de la silla.
—¡Leoncio!
El escriba entró pocos momentos después con una tablilla bajo el brazo.
—Mi señor.
Aecio señaló la caja.
—El niño acaba de venderme mis propios ojos.
Leoncio miró primero a Marco y luego los anteojos.
—No estoy seguro de entender.
—Yo sí.
Aecio se colocó nuevamente la montura.
—Y por primera vez en años puedo leer tu letra sin desear estrangularte.
Leoncio abrió mucho los ojos.
—¿Funcionan?
—Demasiado bien.
El anciano señaló a Marco.
—Quiere plata.
Leoncio miró al muchacho.
—Naturalmente.
—Y yo quiero saber cuánta.
Aecio empujó hacia él una de las lentes.
—Calcula cuánto podemos ganar.
Leoncio tomó la pieza.
—¿Vendiendo lentes?
—Vendiendo visión.
El escriba permaneció callado.
Aecio continuó.
—Ancianos ricos. Senadores. Obispos. Escribas. Mercaderes. Administradores.
Cualquiera que haya pasado cuarenta años leyendo hasta arruinarse los ojos y
todavía tenga suficiente dinero para lamentarlo.
Marco añadió:
—Y lupas para telas, joyas, sellos, manuscritos, heridas, plantas,
minerales.
Leoncio empezó a comprender.
—Eso cambia el mercado.
—Exactamente —dijo Aecio—. Quiero costos de producción, capacidad de los
hornos, número de trabajadores, rutas comerciales y qué clientes pueden recibir
las primeras piezas sin descubrir cómo las fabricamos.
Leoncio ya estaba escribiendo.
—¿Precio?
Aecio miró a Marco.
—Eso lo decidirá él.
Leoncio levantó la cabeza.
Marco parpadeó.
El anciano sonrió.
—Querías plata, mocoso. Ahora aprende a ganarla.
