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El gran salón de recepciones de la residencia de los Anicios resplandecía
bajo centenares de lámparas de aceite, cuyos reflejos se multiplicaban sobre
las copas de plata, los pavimentos de mármol y los mosaicos que representaban
las antiguas victorias de Roma. Entre columnas de pórfido y cortinajes de
púrpura, senadores, oficiales, obispos y aristócratas intercambiaban cumplidos,
noticias y maledicencias con aquella elegancia cuidadosamente ensayada que
permitía a los romanos insultarse sin abandonar jamás las buenas maneras. Lucio
Aeciano, cuya extraordinaria estatura sobresalía incluso entre los oficiales
germanos presentes, se había apartado discretamente de la concurrencia y
contemplaba la ciudad a través de una ventana abierta hacia los tejados del
Aventino. Desde allí distinguía las siluetas de los templos abandonados, las
iglesias iluminadas y las extensas barriadas donde la oscuridad parecía devorar
los últimos vestigios de la antigua magnificencia imperial. Roma le producía
una incomodidad que no sabía explicar. No era el deterioro de sus edificios ni
la pobreza que había descubierto durante sus recorridos, sino algo menos
preciso, una impresión de enfermedad escondida bajo los perfumes, los himnos y
las ceremonias. Había conocido ciudades fronterizas mucho menos espléndidas
cuyos habitantes parecían conservar una confianza en el porvenir que aquí se
había extinguido hacía generaciones.
—¡Lucio Aeciano! ¡Por las venerables barbas de nuestros antepasados,
muchacho, estáis desperdiciando una velada magnífica! —La voz jovial de Fausto
Anicio precedió al propio senador, que apareció llevando dos copas de vino y
luciendo una túnica de seda bordada con discreta magnificencia—. Cuando un
joven de vuestra talla permanece junto a una ventana durante tanto tiempo, las
damas empiezan a preguntarse si contempla las estrellas o si intenta escapar de
sus madres. Os aseguro que ambas actividades pueden resultar igualmente
peligrosas. —Le entregó una copa y siguió la dirección de su mirada—. Decidme,
¿qué os parece nuestra incomparable Roma? Ya sé que los hombres del norte
encontráis insoportable nuestro clima, pero espero que no compartáis también la
opinión de esos bárbaros que consideran que una ciudad solamente merece respeto
cuando está rodeada de bosques.
—Me parece hermosa, senador, y precisamente por eso me resulta desagradable
contemplarla de noche. Hay demasiados edificios vacíos, demasiadas calles donde
nadie parece querer caminar después del crepúsculo. En Rávena se habla
constantemente de recuperar la grandeza de Roma, pero aquí tengo la impresión
de que sus habitantes se han acostumbrado a vivir entre los restos de ella.
—Lucio bebió apenas un sorbo antes de volver la mirada hacia el anfitrión—.
Quizá sea una impresión injusta. Llevo poco tiempo en la ciudad y mis
conocimientos de sus costumbres son inferiores a los de cualquier hombre que
haya nacido entre estas murallas.
—¡Oh, no, no sois injusto! Sois joven, que es muchísimo peor para nosotros,
los viejos, porque todavía tenéis la costumbre de mirar las cosas directamente.
—Fausto soltó una carcajada y apoyó una mano sobre el antepecho—. Roma ha
sobrevivido a incendios, pestes, emperadores dementes y generales ambiciosos.
También sobrevivirá a nuestros actuales administradores, aunque confieso que
estos últimos parecen particularmente empeñados en poner a prueba la
misericordia divina. Pero comprendo vuestra inquietud. Últimamente circulan
historias desagradables, especialmente entre nuestros criados. Hablan de
reuniones nocturnas en antiguos sepulcros, de hombres que adoran al Sol Invicto
y de ceremonias que, según las mujeres del servicio, incluyen sacrificios de
sangre. Una de mis esclavas asegura que su hermano desapareció después de
asistir a cierta festividad subterránea. Naturalmente, el muchacho también
tenía deudas de juego, una circunstancia que su desconsolada hermana considera
irrelevante. —El senador hizo un gesto desdeñoso, aunque su sonrisa perdió algo
de espontaneidad—. Hay además un predicador, Aureliano Corvino, del que
comienzan a hablar incluso algunos hombres respetables. Dicen que vive como un
asceta, que rechaza los regalos y que denuncia los vicios de nuestra
aristocracia. Eso último, como comprenderéis, le garantiza una audiencia
abundante entre quienes desean escuchar críticas contra sus vecinos.
Lucio apartó finalmente la vista de la ciudad y observó al senador con
renovado interés, aunque Fausto pareció interpretar aquella atención como una
preocupación militar y se apresuró a tranquilizarlo. —No os inquietéis
demasiado por esas extravagancias religiosas. Roma produce profetas con la
misma facilidad con que produce abogados, y en ambos oficios abundan los
charlatanes. Además, ahora que contamos entre nosotros con oficiales tan
corpulentos y célebres como vos, estoy convencido de que todos podremos dormir
tranquilamente. ¡Por Hércules, muchacho, si un demonio os encontrara en un
corredor oscuro, sería él quien pediría auxilio! —Fausto rio satisfecho de su
ocurrencia y levantó la copa en dirección a Lucio—. Especialmente tranquila
debería sentirse mi hija menor. La pobre Fausta ha desarrollado una imaginación
extraordinaria desde que comenzaron esos rumores, aunque sospecho que sus
temores desaparecerán si sabe que el ilustre descendiente de Flavio Aecio se
encuentra dispuesto a defender Roma. Es una muchacha inteligente, quizá
demasiado para mi tranquilidad, y últimamente insiste en que las cosas más
peligrosas de esta ciudad no son aquellas que se esconden bajo tierra, sino las
que reciben invitaciones a nuestros banquetes. No sé de dónde ha sacado
semejantes ideas, pero os agradecería que no la animarais a repetirlas delante
de sus tíos.
La conversación entre Lucio y Fausto Anicio quedó interrumpida cuando un
soldado penetró en el salón por una de las puertas laterales. El hombre llevaba
la capa militar recogida sobre el hombro izquierdo y el rostro desencajado por
una prisa que había intentado disimular al encontrarse entre tantos personajes
ilustres. No buscó al anfitrión ni se dejó distraer por las miradas ofendidas
de algunos convidados, sino que atravesó discretamente la concurrencia hasta
detenerse junto a Ricimero, quien conversaba con dos senadores cerca de una
mesa cargada de frutas y dulces. El generalísimo escuchó el mensaje que el
soldado le transmitió al oído y, aunque apenas modificó su expresión, Lucio
advirtió inmediatamente que algo desagradable acababa de suceder. No poseía
todavía la experiencia política necesaria para interpretar los silencios de los
grandes hombres, pero había aprendido a reconocer la actitud de un comandante
que recibe noticias de una emboscada, una derrota o una calamidad imprevista.
Ricimero dejó su copa intacta sobre la mesa, despidió a sus interlocutores con
un gesto y comenzó a formular preguntas breves al mensajero.
—Os ruego que me disculpéis, noble Fausto. Creo que mi general acaba de
recibir noticias que requieren atención militar —dijo Lucio, inclinando
respetuosamente la cabeza ante el senador—. Ha sido un placer conversar con
vos, y espero tener ocasión de presentar mis respetos a vuestra familia antes
de abandonar Roma. —Fausto, que también había advertido la llegada del
mensajero, correspondió a la despedida con una sonrisa algo menos despreocupada
que las anteriores, mientras Lucio cruzaba el salón procurando no interrumpir a
los invitados. Al aproximarse a Ricimero, cuadró los hombros y adoptó la
postura respetuosa de un oficial ante su superior—. General, ¿puedo serviros en
algo?
Ricimero levantó los ojos hacia aquel joven gigantesco y lo examinó durante
un instante, como si estuviera decidiendo si convenía confiarle una tarea
desagradable o enviarlo de regreso a las diversiones propias de su edad. Su
rostro, habitualmente severo y difícil de interpretar, mostraba una palidez
poco habitual. Despidió al soldado con una indicación de que permaneciera
disponible y tomó a Lucio por el brazo para conducirlo hasta un rincón
apartado, donde las conversaciones y la música impedían que sus palabras fueran
escuchadas por terceros. —Han encontrado a un hombre en unas galerías
funerarias, cerca de la vía Apia. Un hombre, o lo que queda de él. Según el
oficial que ha enviado el informe, lo han despedazado de una manera que ninguno
de sus soldados sabe explicar. Hay sangre por todas partes, señales de una
ceremonia y varias cosas que preferiría no repetir delante de nuestras
distinguidas damas. —Ricimero guardó silencio mientras observaba el vino de una
copa cercana y añadió en voz mucho más baja—. El mensajero ha visto cadáveres
en los campos de batalla, Aeciano. No es un muchacho impresionable, y aun así
casi ha vomitado mientras me contaba lo sucedido.
—¿Bandidos, general? ¿Alguna disputa entre esclavos? —preguntó Lucio, cuya
expresión se había endurecido al escuchar la localización del hallazgo.
Ricimero negó lentamente con la cabeza—. Eso es precisamente lo que quiero
saber. Los hombres que encontraron el cuerpo hablan de símbolos trazados con
sangre, restos de animales y una cámara que alguien había preparado para
celebrar un banquete. También mencionan ciertas heridas que no parecen hechas
por armas, aunque no pienso convertir las fantasías de un soldado asustado en
una cuestión de Estado. Tengo suficientes problemas reales para añadir demonios
a la nómina del ejército. —El generalísimo recuperó parte de su habitual
aspereza y miró directamente a Lucio—. Si tenéis estómago para investigar
semejante carnicería, podéis ir. Llevad una escolta pequeña, identificad al
muerto, interrogad a los testigos y averiguad quién frecuenta esas galerías.
Quiero respuestas antes de que algún senador descubra el asunto y decida
convertirlo en una controversia religiosa.
Lucio aceptó las órdenes con una inclinación de cabeza, aunque Ricimero
todavía no había terminado. —Y una cosa más, Aeciano. Si encontráis sacerdotes,
nobles o miembros de alguna de esas malditas fraternidades mistéricas, no os
precipitéis a arrestarlos delante de media Roma. Tomad sus nombres y
comunicádmelos. No necesito una guerra entre obispos porque un cadáver haya
aparecido donde no debía. —Se apartó entonces, recompuso los pliegues de su
manto y regresó hacia los convidados con una naturalidad que habría resultado
admirable si Lucio no hubiera visto la tensión que todavía endurecía sus
mandíbulas. El joven oficial quedó junto al mensajero, quien esperaba con dos
compañeros armados cerca de la salida. Al preguntarle por el lugar exacto, el
soldado respondió que el cuerpo había sido encontrado en un hipogeo antiguo,
junto a una necrópolis abandonada, y que los hombres destinados a vigilar su
entrada se negaban a descender nuevamente sin refuerzos. Aquella última
circunstancia interesó a Lucio más que todos los rumores de sacrificios y
cultos prohibidos, pues sabía que un soldado podía temer a los muertos, pero
cuando varios hombres armados rehusaban obedecer una orden después de haber
visto algo, convenía averiguar exactamente qué habían visto.
El soldado intentó describir nuevamente el interior del sepulcro, pero su
relato resultó tan confuso que Lucio apenas consiguió extraer información útil.
Hablaba de una mesa cubierta de sangre, de huesos dispersos y de una figura
humana que parecía haber sido despedazada por varios animales, aunque ninguno
de sus compañeros había encontrado huellas de fieras. Cuando Lucio le preguntó
cuántos hombres habían participado en la inspección, el mensajero respondió
primero que seis, después que ocho, y finalmente admitió que dos habían
permanecido fuera. Tampoco pudo precisar si las manchas que cubrían las paredes
eran recientes. Aquel desorden irritó al joven oficial, acostumbrado a recibir
informes sobre posiciones, distancias y número de enemigos; sin embargo, no
logró determinar si el hombre ocultaba información o si sencillamente estaba
demasiado asustado para recordar los acontecimientos con claridad.
Poco después, Lucio abandonó la residencia de los Anicios acompañado por
cuatro soldados y el mensajero, quien recibió la orden de conducirlos hasta la
necrópolis. El aire nocturno resultaba considerablemente más fresco que el
ambiente perfumado del banquete, y las calles del Aventino, todavía transitadas
por algunos criados y clientes que regresaban a sus viviendas, fueron quedando
atrás conforme la pequeña comitiva avanzaba hacia el sur. Uno de los soldados,
un veterano panonio llamado Víctor, comentó que aquellos subterráneos tenían
mala reputación incluso entre los sepultureros, pues algunas galerías habían
sido utilizadas por ladrones de tumbas y otras permanecían abandonadas desde
hacía generaciones. El mensajero añadió que, según los vecinos, últimamente se
escuchaban cánticos durante la noche. Lucio no concedió demasiada importancia a
esa afirmación: Roma estaba llena de asociaciones religiosas, fraternidades
funerarias y grupos de devotos cuyas ceremonias podían resultar incomprensibles
para los extraños.
Al llegar encontraron a tres soldados apostados junto a la entrada de un
hipogeo excavado en la roca. Habían encendido dos antorchas y mantenían sus
escudos apoyados contra un muro antiguo, pero ninguno parecía dispuesto a
aproximarse a la escalinata descendente. El centinela de mayor graduación
saludó a Lucio con evidente alivio y explicó que el cadáver continuaba donde lo
habían encontrado, pues nadie se había atrevido a moverlo. El olor que ascendía
desde el interior era desagradable, aunque no correspondía enteramente al hedor
habitual de la descomposición. Había algo dulzón entremezclado con el aroma de
aceites perfumados y sangre reciente. Víctor encendió una tercera antorcha,
desenvainó su espada y aguardó instrucciones.
—Hay algo más, mi señor —intervino finalmente el centinela, mirando de reojo
hacia la abertura—. No se lo dijimos al mensajero porque pensamos que eran
imaginaciones nuestras. Cuando salimos de allí, después de encontrar al muerto,
escuchamos un ruido en una de las galerías. Como si alguien arrastrara las uñas
por la piedra. Uno de mis hombres quiso regresar, pero entonces oímos llorar a
un niño. Os juro por Cristo que aquello parecía un niño pequeño, aunque ninguno
de nosotros había visto entrar a nadie. —El soldado bajó la voz, avergonzado de
su propia confesión—. Después comenzó a reírse. No hemos vuelto a escuchar nada
desde entonces.
Desde las profundidades llegó un golpeteo tenue, semejante al sonido de una
pequeña piedra que rebotara contra el suelo. Víctor levantó la antorcha y
observó la oscuridad de la escalinata, mientras el centinela se santiguaba
precipitadamente. La entrada era lo bastante estrecha para obligar a los
hombres a descender en fila, y desde allí no podían distinguirse más de seis o
siete escalones antes de que el corredor girase hacia la izquierda.
—¡Antorchas y escudos! El más grande después de mí irá al final, siempre
hablando mierda con el segundo. Nunca nos separamos a más de un insulto. ¿Me
escucharon, señores? —ordenó Lucio con aquella voz profunda que parecía todavía
más autoritaria cuando resonaba entre paredes de piedra.
—¡Sí, señor! —respondieron los soldados casi al unísono. Víctor, el veterano
panonio, soltó una carcajada mientras ajustaba las correas de su escudo—. ¡Ya
habéis oído al patricio, desgraciados! ¡Quiero escuchar vuestras hermosas voces
hasta que me sangren las orejas! —Gundulf, un germano de hombros enormes que
solamente cedía en estatura ante Lucio, fue enviado a la retaguardia. El hombre
miró con manifiesto disgusto al compañero que marcharía delante de él, un
hispanorromano llamado Silvano—. ¿También tengo que hablar con este imbécil?
—Especialmente con ese imbécil —replicó Víctor—. Si deja de responderte,
comprueba que conserve la cabeza. —Entonces espero que se la arranquen pronto.
Lleva tres días hablándome de su mujer y todavía no entiendo por qué demonios
se casó con ella.
La formación comenzó a descender por los escalones húmedos. El resultado
favorable de la observación previa había permitido a Lucio advertir algo que
los centinelas, dominados por el miedo, habían pasado por alto: las paredes de
la entrada presentaban rozaduras recientes, producidas por objetos pesados que
habían sido introducidos en el hipogeo. También distinguió restos de cera
fresca y pequeñas manchas oscuras sobre los bordes de algunos peldaños. Aquello
no era simplemente una tumba profanada por vagabundos. Alguien había
transportado lámparas, muebles y posiblemente recipientes de considerable
tamaño hasta las profundidades. El olor dulzón se intensificaba conforme
avanzaban y, junto con él, apareció el perfume inconfundible del incienso.
—Mi suegra dice que soy demasiado pobre para su hija —continuaba Silvano
desde el fondo—. Pero cuando necesita que alguien arregle su tejado, entonces
sí que soy un hombre respetable. —Tu suegra tiene razón en lo primero
—respondió Gundulf—. Y en lo segundo debe de estar ciega. —¡Por las llagas de
Cristo, Gundulf, algún día voy a partirte los dientes! —Inténtalo cuando
salgamos. Aquí necesito que sigas hablando. —Víctor sonrió sin volver la
cabeza, aunque su expresión cambió cuando las antorchas iluminaron una cámara
funeraria considerablemente más amplia que los corredores anteriores. Había
nichos abiertos en las paredes, antiguos sarcófagos desplazados y un mosaico
parcialmente cubierto por una alfombra de procedencia oriental. En el centro se
levantaba una mesa de piedra alrededor de la cual alguien había colocado siete
asientos. Todavía quedaban copas, platos con restos de comida y varias lámparas
apagadas. El lugar parecía haber acogido un banquete aristocrático, salvo por
la cantidad de sangre que cubría el pavimento.
El cadáver descansaba sobre la mesa, dispuesto cuidadosamente sobre su
espalda. Era un hombre adulto, de cabello oscuro, cuyo cuerpo mostraba
mutilaciones espantosas. Sin embargo, el detalle más perturbador no era la
violencia de las heridas, sino la aparente tranquilidad con que los
participantes habían abandonado el lugar: las copas permanecían ordenadas, una
jarra conservaba algo de vino y alguien había colocado una corona de laurel
sobre la cabeza del difunto. Víctor levantó la antorcha para examinarlo sin
acercarse demasiado. —Esto no lo hicieron unos ladrones, mi señor. —En aquel
momento, desde el corredor situado al otro extremo de la cámara, llegó
nuevamente aquel llanto infantil, débil y prolongado. Gundulf dejó de insultar
a Silvano durante un instante, pero enseguida recuperó la voz—. ¡Eh,
desgraciado! ¡No me digas que has traído a tu suegra! —El comentario provocó
una risa nerviosa entre los hombres, que se extinguió cuando el llanto se
transformó en una sucesión de pequeños chasquidos, como si alguien estuviera
golpeando dos huesos entre sí.
Uno de los soldados alzó la antorcha hacia la entrada del corredor y
descubrió, a la altura de sus rodillas, dos diminutos reflejos amarillentos que
desaparecieron inmediatamente en la oscuridad. Víctor adelantó el escudo
mientras el olor a sangre fresca parecía hacerse más intenso. Sobre la mesa,
entre los dedos rígidos del difunto, se distinguía una pequeña pieza metálica
que ninguno de los hombres había advertido al entrar.
—¡El muerto muerto está! ¡Vamos por el mocoso! —ordenó Lucio, señalando con
la espada el corredor del que procedían aquellos inquietantes sonidos. Víctor
hizo una mueca de disgusto ante la perspectiva de abandonar una cámara
relativamente amplia para introducirse en otro pasadizo estrecho, pero obedeció
sin discutir y levantó el escudo hasta protegerse el pecho. Los demás soldados
conservaron la formación, mientras Gundulf reanudaba su interminable discusión
con Silvano acerca de las desgracias del matrimonio. El corredor descendía
suavemente y sus paredes conservaban fragmentos de pinturas funerarias que
representaban jardines, aves y banquetes de difuntos. Sin embargo, alguien
había intervenido recientemente aquellas imágenes, cubriendo los rostros humanos
con pequeños discos solares trazados en una sustancia rojiza.
El llanto parecía proceder de una cámara situada unos veinte pasos más
adelante, pero cambiaba extrañamente de intensidad, como si el supuesto niño se
apartara y volviera a acercarse sin producir el menor ruido de pasos. Lucio no
consiguió distinguir nada entre las sombras, pese a que las antorchas
iluminaban buena parte del corredor. La escasa altura del techo obligaba a
Gundulf y a él a inclinar ligeramente la cabeza, circunstancia que Víctor
observó con evidente preocupación. —¡Magnífico lugar para una emboscada!
—murmuró el veterano—. Quien haya construido estas malditas tumbas debía de
odiar a los hombres altos. —¡Entonces vos estaréis perfectamente a salvo!
—replicó Silvano, provocando las carcajadas de sus compañeros. El humor, sin
embargo, no logró ocultar el hecho de que todos habían comenzado a sujetar sus
escudos con mayor firmeza.
Al alcanzar una bifurcación, el llanto cesó bruscamente. En su lugar
escucharon una vocecilla ronca, casi un susurro, que parecía repetir una sola
palabra: Mater... mater... Víctor se detuvo y levantó la antorcha hacia una
abertura situada a la derecha. Allí había una pequeña estancia funeraria,
apenas lo bastante grande para contener tres sarcófagos, uno de los cuales
había perdido la tapa. Sobre su borde descansaba una muñeca infantil de madera,
con los brazos articulados mediante cordeles. El objeto parecía antiguo, aunque
alguien había renovado recientemente las pinturas de su rostro. La boca estaba
representada mediante una sonrisa exageradamente amplia. —No me gusta esto,
señor —advirtió Víctor—. No hay niño alguno. Alguien está jugando con nosotros.
Entonces, desde el interior del sarcófago abierto, surgió una mano diminuta,
de dedos excesivamente largos, que se aferró al borde de piedra. Una segunda
mano apareció inmediatamente después, seguida por una cabeza redondeada
cubierta de un vello oscuro y ralo. La criatura tenía aproximadamente el tamaño
de un niño de dos años, pero sus ojos eran grandes, amarillentos y carentes de
expresión humana. Su mandíbula inferior se abrió hasta revelar dos hileras de
pequeños dientes puntiagudos, mientras de su garganta escapaba nuevamente aquel
lastimero mater que los había atraído hasta allí. Permaneció inmóvil durante un
instante, observando a los soldados con una curiosidad casi animal, antes de
emitir un chillido agudo que hizo estremecer las llamas de las antorchas.
—¡Por todos los santos! —exclamó Silvano, retrocediendo contra Gundulf,
quien lo sostuvo de la capa para impedir que rompiera la formación—. ¡Eso no es
un niño! —¡Extraordinaria observación, imbécil! —rugió el germano. La criatura
se agazapó sobre el sarcófago y, con un movimiento sorprendentemente veloz,
saltó hacia una abertura oscura situada en la parte superior de la pared.
Víctor alcanzó a levantar el escudo, pero el pequeño monstruo desapareció entre
las sombras antes de que ninguno pudiera interceptarlo. Un ruido de uñas contra
la piedra recorrió el techo del pasadizo, desplazándose hacia la espalda de los
soldados. Entonces se escuchó otro llanto, procedente esta vez de la dirección
contraria, y después un tercero, mucho más cercano. Gundulf dejó de reír.
—Mi señor —dijo Víctor, manteniendo la espada levantada—, me parece que el
mocoso tiene hermanos.
—¡Mantened la formación! ¡Dagas en lugar de espadas! ¡El espacio es
demasiado estrecho y terminaríamos hiriéndonos unos a otros! ¡Si conseguís
herir a esas cosas, cortadles la cabeza inmediatamente! —ordenó Lucio, mientras
los soldados obedecían con la rapidez de hombres que agradecían recibir
instrucciones comprensibles ante una amenaza incomprensible. Víctor envainó su
espada y desenvainó el pugio, manteniendo el escudo elevado para proteger el
cuello. Detrás de él, Silvano y Gundulf hicieron lo mismo, aunque el germano
necesitó inclinar todavía más la cabeza para evitar que su casco golpeara el
techo. —¡Espero que esos engendros tengan el cuello tan blando como el de tu
suegra! —gruñó Gundulf. —¡Dejad a mi suegra fuera de esto, condenado animal!
—respondió Silvano, cuya indignación consiguió imponerse momentáneamente al
miedo.
El primer ataque llegó desde arriba. Una de aquellas pequeñas criaturas se
dejó caer sobre el escudo de Víctor, produciendo un golpe seco que hizo
retroceder al veterano medio paso. Sus dedos, terminados en uñas negras y
curvas, se aferraron al borde de madera mientras intentaba introducir la cabeza
por encima de la protección. Víctor reaccionó golpeándola contra la pared y
descargó una cuchillada que alcanzó uno de sus brazos. El monstruo soltó un
chillido penetrante, pero en lugar de desprenderse del escudo comenzó a
morderlo furiosamente, arrancando pequeñas astillas con una dentadura impropia
de cualquier niño. —¡Por Cristo, tiene dientes de perro! —exclamó el panonio,
mientras Lucio observaba que la herida del brazo desprendía una sangre
extraordinariamente oscura. Aquella criatura no parecía comprender el peligro
ni experimentar el dolor de manera normal.
La segunda apareció a espaldas de la formación, avanzando por el techo con
el vientre casi pegado a la piedra. Gundulf consiguió advertirla cuando sus
uñas rasparon una juntura del muro y levantó el escudo justo antes de que se
precipitara sobre él. El impacto fue sorprendentemente violento para un
organismo tan pequeño. —¡Silvano, maldito seas, tenemos compañía! —rugió el
germano, mientras intentaba mantener al monstruo apartado de su rostro. —¡Estoy
delante de ti, grandísimo idiota! ¡No puedo atravesarte para ayudarte! —La
criatura respondió con un chillido casi idéntico al llanto de un recién nacido
y comenzó a introducir sus dedos entre el escudo y la pared. La formación
resistió, pero el corredor impedía maniobrar con libertad, y ninguno de los
soldados podía auxiliar simultáneamente a ambos extremos.
Lucio advirtió entonces una particularidad decisiva: las criaturas no
estaban atacando al azar. La primera mantenía ocupado a Víctor, mientras la
segunda intentaba provocar que Gundulf abandonara su posición. Desde una grieta
lateral, situada aproximadamente a la altura de la cintura, surgió una tercera
cabeza de ojos amarillos. Permaneció inmóvil durante unos instantes,
contemplando al joven patricio, antes de abrir una boca desproporcionada y
emitir una imitación grotesca de voz humana: —Mater... veni... —Sus pequeños
brazos comenzaron a salir de la abertura, revelando una piel grisácea
atravesada por venas oscuras. A diferencia de sus compañeras, esta criatura
llevaba alrededor del cuello una pequeña cinta de lino manchada de sangre, de
la que pendía un disco metálico grabado con un sol de numerosos rayos.
—¡Mi señor, decidid pronto! —gritó Víctor, que acababa de conseguir
atravesar la mandíbula de su atacante con el pugio. El monstruo se retorcía
violentamente sobre el escudo, pero todavía intentaba morderle la muñeca.
Gundulf, por su parte, había logrado aplastar contra el techo una de las
extremidades de la segunda criatura, aunque esta continuaba forcejeando con una
tenacidad espantosa. La tercera terminó de introducirse en el corredor y se
agazapó frente a Lucio, enseñando sus dientes en una expresión que parecía una
sonrisa infantil. Por primera vez, el joven oficial pudo apreciar que sus
miembros no guardaban proporciones humanas: los brazos eran demasiado largos,
las piernas demasiado cortas y la caja torácica sobresalía bajo la piel como la
de un animal hambriento.
La tercera criatura se abalanzó sobre Lucio con las fauces abiertas, pero el
joven patricio reaccionó con una rapidez que sus compañeros apenas consiguieron
seguir. Su mano izquierda atrapó al engendro por el cuello en pleno salto y lo
levantó del suelo como si hubiera capturado a un gato particularmente
desagradable. Las pequeñas garras arañaron inútilmente su protección de cuero
mientras los dedos de Lucio se cerraban sobre aquella garganta deforme. El
monstruo pataleó desesperadamente, incapaz de superar la fuerza de un hombre
que parecía gigantesco en comparación con su cuerpo diminuto. Un instante
después, el pugio penetró limpiamente por su frente y la criatura quedó
inmóvil. Lucio retiró el arma y dejó caer el cadáver sobre el pavimento con la
indiferencia de quien acaba de despachar una alimaña encontrada en un granero.
Aquella demostración produjo un efecto extraordinario entre sus hombres. Lo
que hasta entonces había parecido una manifestación infernal, una pesadilla
salida de los sepulcros para devorar cristianos, acababa de morir de la manera
más vulgar imaginable: estrangulada y apuñalada. Lucio no había pronunciado
exorcismos, invocado santos ni mostrado el menor temor. Su serenidad, unida a
aquella fuerza casi desproporcionada, deshizo en segundos el terror que había
comenzado a dominar a la formación. —¡Por las barbas de mis antepasados!
—exclamó Gundulf, contemplando de reojo el pequeño cadáver—. ¡Si eso es un
demonio, mi abuela parió cosas más espantosas! —¡Entonces entiendo por qué eres
tan feo! —respondió Silvano, y esta vez la carcajada que recorrió la formación
fue franca, vigorosa y enteramente humana.
Víctor aprovechó el renovado ánimo de sus compañeros para empujar a su
atacante contra la pared. Con una torsión del escudo consiguió inmovilizarlo y
descargó el pugio sobre su cuello, separándole la cabeza después de varios
golpes. La criatura dejó de forcejear inmediatamente. En la retaguardia,
Gundulf agarró por una pierna al segundo engendro, lo arrancó del techo y lo
estrelló contra las losas del pavimento, donde Silvano terminó el trabajo con
dos cuchilladas certeras. —¡Miradlo! ¡Todo ese escándalo por una rata sin cola!
—proclamó el germano, mientras recuperaba el aliento. —Una rata que casi te
arranca la nariz —replicó Silvano—. Habría sido una tragedia. Es lo único de tu
cara que todavía parece humano. —Víctor, limpiando su daga, negó lentamente con
la cabeza, aunque una sonrisa involuntaria apareció bajo su bigote—. Nuestro
patricio acaba de enseñarnos algo, muchachos. Si una cosa tiene carne, huesos y
sangre, quizá también tenga una manera de morir. Recordadlo la próxima vez que
escuchéis llorar a un demonio.
El propio veterano examinó entonces uno de los cuerpos con creciente
curiosidad. Había combatido contra hombres de numerosos pueblos y visto
deformidades producidas por enfermedades y heridas de guerra, pero jamás había
encontrado semejante anatomía. Las criaturas poseían manos capaces de agarrar
objetos, uñas semejantes a las de las aves rapaces y mandíbulas cuya
articulación permitía abrir la boca mucho más que cualquier ser humano. Sus
ojos, privados ya de aquel brillo amarillento, parecían casi ordinarios. —No sé
qué clase de animales son, mi señor, pero animales son —concluyó, levantando
con la punta de su daga uno de los brazos desproporcionados—. Y alguien los ha
alimentado. Mirad el vientre de este: no está precisamente hambriento. —En el
cuello del ejemplar abatido por Lucio permanecía la cinta de lino con su
pequeño disco solar, ahora manchado por la sangre oscura que había descendido
desde la herida de la frente.
La victoria había devuelto a los soldados su confianza, pero también había
confirmado que aquellas galerías ocultaban algo mucho más grave que un
asesinato ritual. Al fondo del corredor, detrás de la abertura por la que había
aparecido la primera criatura, se escuchó el sonido de un objeto metálico
arrastrándose lentamente sobre la piedra. No era un llanto infantil ni el
correteo de pequeñas garras, sino un ruido pesado y deliberado, seguido por
tres golpes separados a intervalos regulares. Víctor levantó la antorcha hacia
la oscuridad y frunció el ceño. —Sea lo que sea, mi señor, ya sabe que estamos
aquí. Y después de lo que acabamos de hacerles a sus cachorros, sospecho que no
estará precisamente contento.
—¡Buscad mantas! Nos llevaremos a estas criaturas directamente a la
secretaría del Santo Oficio. Si es necesario, levantaremos de la cama a algún
obispo o a cualquier hombre santo que entienda de demonios y esas cosas.
¡Necesitamos respuestas! —ordenó Lucio, limpiando la sangre oscura de su pugio
antes de devolverlo a la vaina. Sus hombres recibieron la orden con evidente
alivio, especialmente Gundulf, que ya comenzaba a discutir con Silvano sobre
cuál de los tres cadáveres hedía peor. Sin embargo, aquella tranquilidad duró
poco, pues el joven patricio levantó una mano y añadió con una serenidad
desconcertante—: Pero os marcharéis sin mí. Yo me quedo.
Víctor volvió inmediatamente la cabeza. —Mi señor, con todo respeto, eso es
una estupidez. No sabemos cuántas criaturas quedan ahí dentro, ni qué demonios
está haciendo ese ruido. —El veterano señaló con su daga el corredor oscuro,
donde todavía resonaba ocasionalmente aquel arrastrar metálico—. Si insistís en
continuar, iremos todos. Para eso somos soldados. —¡Y para eso nos pagan!
—añadió Gundulf, aunque su expresión revelaba que habría preferido estar
cobrando aquella noche en cualquier otro lugar de Roma. Silvano, por su parte,
permaneció callado, observando alternativamente a Lucio y a las tinieblas que
se extendían más allá del alcance de las antorchas.
—Hispano, dame la antorcha —pidió Lucio, extendiendo la mano hacia Silvano.
El soldado vaciló apenas un instante antes de obedecer, y la luz iluminó el
rostro del joven Aeciano, cuya determinación contrastaba con las expresiones
inquietas de sus acompañantes—. Si no regreso, decidle a mi madre que morí
peleando por algo más grande que la política y las intrigas de los grandes
señores. Y vosotros recordadme como alguien que estuvo dispuesto a cubriros las
espaldas durante una retirada. Os confío esta misión. Corred si es necesario,
pero, por Cristo, me aseguraré de que nadie os ataque mientras abandonáis estas
galerías.
Durante unos segundos nadie respondió. Incluso Gundulf pareció haber
olvidado sus habituales obscenidades. Víctor contempló al muchacho que tenía
delante, aquel aristócrata de diesiocho años cuya estatura y fuerza podían
hacerlo pasar por un veterano, aunque su rostro conservaba todavía la juventud
de quien apenas comenzaba a conocer las realidades de la guerra. El panonio
había servido a hombres que sacrificaban centenares de soldados para preservar
su reputación, y ahora se encontraba ante el descendiente de una de las casas
más ilustres del Imperio, dispuesto a permanecer solo en una tumba infestada de
monstruos para garantizar la retirada de cuatro subordinados. Aquello le
pareció admirable y profundamente insensato. —Vuestra madre va a mandar a
crucificarme si regreso sin vos —murmuró finalmente—. Y os aseguro que prefiero
enfrentarme a cualquier engendro de estas galerías antes que explicarle a una
matrona de la Casa Aecia cómo perdí a su hijo.
Víctor terminó por inclinar la cabeza y comenzó a organizar la retirada.
Gundulf recogió dos de los pequeños cadáveres, mientras Silvano envolvía el
tercero con un pedazo de su propio manto. Antes de marcharse, el germano se
volvió hacia Lucio y levantó su enorme puño cerrado en señal de respeto. —Si
encontráis algo demasiado grande para matarlo, mi señor, procurad que os siga
hasta la entrada. Allí estaremos con las lanzas. —¡Y no os dejéis morder el
trasero! —añadió Silvano, intentando recuperar el humor, aunque su voz sonó
menos firme de lo acostumbrado. Los soldados emprendieron el regreso por el
corredor, manteniendo la formación y lanzando ocasionales miradas hacia atrás
hasta que la luz de sus antorchas desapareció tras el primer recodo.
Lucio quedó solo entre los sepulcros, acompañado por el crepitar de su
antorcha y el olor penetrante de la sangre. Durante unos instantes reinó un
silencio absoluto. Después, desde las profundidades, volvió a escucharse aquel
objeto pesado que se arrastraba sobre las losas, seguido por tres golpes lentos
y deliberados. Algo acababa de advertir que el joven patricio había permanecido
allí. El sonido cesó, y una voz extraordinariamente grave, tan profunda que
parecía surgir de las propias paredes, pronunció una palabra en un latín
deformado por una garganta que difícilmente podía ser humana:
—Solus...
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