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Los tres soldados corrieron desde la necrópolis de la vía Apia hasta las dependencias pontificias de Letrán, sin detenerse más que para cambiar de hombro los bultos ensangrentados que transportaban. Víctor había tomado la delantera, mientras Gundulf y Silvano se turnaban para cargar los tres pequeños cadáveres, envueltos en mantas que comenzaban a humedecerse con un líquido oscuro y maloliente. Cuando alcanzaron las puertas del palacio episcopal, los guardias les cerraron el paso y exigieron conocer el motivo de semejante irrupción nocturna. —¡Traemos demonios, maldita sea! —bramó Gundulf, quien había perdido la paciencia después de recorrer media Roma cargando aquellos engendros—. ¡Y si no nos dejáis entrar, os los dejamos aquí para que les deis cristiana sepultura! —Uno de los guardias comenzó a protestar, pero Silvano desenvolvió parcialmente una de las mantas y dejó al descubierto una cabeza de ojos amarillentos, mandíbula desproporcionada y dientes semejantes a los de una pequeña fiera. El hombre retrocedió, invocó a Cristo y ordenó abrir las puertas sin exigir ninguna explicación adicional.
El alboroto despertó a numerosos servidores y clérigos. Un obispo auxiliar,
vestido apresuradamente con una túnica sobre la ropa de dormir, apareció
acompañado por dos diáconos y varios portadores de lámparas. Al contemplar las
criaturas, su expresión pasó de la indignación al espanto, aunque tuvo
suficiente presencia de ánimo para ordenar que nadie tocara directamente los
cuerpos. —¡Por la misericordia del Salvador! ¿De dónde habéis sacado semejantes
abominaciones? —Víctor explicó que procedían de unas galerías funerarias
próximas a la vía Apia, donde el patricio Lucio Aeciano, oficial del
generalísimo Ricimero, había descubierto un cadáver humano aparentemente
sacrificado y varios organismos monstruosos que atacaron a su destacamento. La
mención del nombre Aeciano provocó nuevas preguntas, especialmente cuando el
veterano admitió que el joven patricio había permanecido solo en las catacumbas
para proteger la retirada de sus hombres. El obispo ordenó entonces trasladar
las criaturas a una cámara de piedra utilizada antiguamente para conservar
documentos y objetos bajo custodia eclesiástica, mientras enviaba mensajeros
para avisar a las autoridades superiores del palacio.
Los cadáveres fueron depositados sobre una mesa, bajo la luz de seis
lámparas, y examinados inicialmente sin que nadie se atreviera a descubrirlos
por completo. Poco después llegaron doce hombres armados pertenecientes a la
guardia palatina pontificia, quienes rodearon la cámara con escudos y lanzas,
mientras dos sacerdotes recitaban salmos junto a la entrada. El obispo ordenó
cerrar las ventanas, disponer recipientes de agua bendita y colocar una cruz de
plata sobre la mesa, aunque los tres cuerpos permanecieron absolutamente
inmóviles. Gundulf observó los preparativos con una mezcla de cansancio y
diversión. —¡Doce guardias para tres bichos muertos! —susurró a Silvano—.
Nuestro patricio mató al suyo con una mano. —Y nosotros casi dejamos que nos
comieran vivos —respondió el hispanorromano—. Así que cierra la boca antes de
que alguno de estos santos varones decida interrogarnos sobre nuestra cobardía.
Víctor, sin embargo, no compartía su tranquilidad. Había cumplido la orden de
transportar las pruebas, pero cada minuto transcurrido aumentaba su
preocupación por el joven oficial que continuaba bajo tierra.
Cuando finalmente los condujeron a una sala de audiencias, los aguardaban
dos hombres de aspecto muy diferente. El primero era el secretario del papa
Hilario, un eclesiástico romano de edad madura, rostro severo y vestiduras
cuidadosamente dispuestas, que sostenía entre los dedos una tablilla encerada.
A su lado permanecía un sacerdote oriental de unos sesenta años, delgado, de
barba gris cuidadosamente recortada y ojos oscuros que parecían estudiar a los
tres soldados antes incluso de que comenzaran a hablar. Se trataba de Zacarías
de Emesa, natural de Siria y descendiente de una antigua familia de clérigos,
estudiosos de los espíritus malignos y exorcistas cuya reputación se extendía
desde Antioquía hasta Constantinopla. Había dedicado décadas al examen de
posesiones, prácticas teúrgicas, cultos prohibidos y testimonios sobre
criaturas consideradas demoníacas, hasta convertirse, según sus contemporáneos,
en el hombre más instruido del Imperio en aquella materia. Su presencia en Roma
obedecía precisamente a la creciente preocupación de las autoridades
eclesiásticas por ciertas manifestaciones religiosas que comenzaban a
extenderse entre las familias aristocráticas.
—Antes de que alguno de vosotros pronuncie nuevamente la palabra demonio,
deseo saber exactamente qué habéis visto —comenzó Zacarías, hablando un latín
correcto, aunque marcado por su acento oriental—. No lo que creéis haber visto,
ni lo que vuestros compañeros os contaron, sino aquello que contemplaron
vuestros propios ojos. —El secretario pontificio hizo una señal al escribiente
para que registrara las declaraciones. Víctor relató entonces el descubrimiento
de la cámara funeraria, el cadáver humano dispuesto sobre una mesa, las copas
utilizadas en un banquete y los pequeños monstruos que imitaban el llanto de
los niños. Zacarías escuchó sin interrumpir hasta que el veterano describió
cómo Lucio había sujetado a uno de los engendros por el cuello y atravesado su
frente con una daga. —¿Lo mató de esa manera? ¿Sin oraciones, sin reliquias,
sin agua consagrada? —preguntó el sacerdote, inclinándose hacia delante. —Con
su mano izquierda y un pugio, reverendo. Lo levantó como si fuera un cachorro.
—Zacarías intercambió una mirada con el secretario y después formuló una
pregunta que ninguno de los soldados esperaba—: ¿Y las otras criaturas?
¿Dejaron de moverse cuando les separasteis la cabeza? ¿Habéis observado si su
sangre cambiaba de color o si sus heridas comenzaban a cerrarse?
El interrogatorio adquirió entonces una gravedad inesperada. Zacarías pidió
que describieran las inscripciones, la disposición de los cadáveres y cualquier
objeto que hubieran encontrado, prestando especial atención al disco solar que
Víctor entregó al secretario. El anciano sacerdote lo examinó bajo una lámpara,
acercándolo tanto a sus ojos que la luz iluminó las pequeñas arrugas de su
rostro. Durante varios segundos permaneció inmóvil. —Esto no es un símbolo
ordinario del antiguo culto solar —murmuró finalmente—. He visto algo semejante
en ciertos manuscritos procedentes de Oriente, aunque esperaba no volver a
encontrarlo. —El secretario pontificio le preguntó en voz baja si consideraba
necesario informar inmediatamente a Su Santidad. Zacarías respondió afirmativamente,
pero antes volvió su atención hacia los soldados—. Decidme una última cosa,
hijos míos. Habéis dicho que vuestro comandante permaneció solo en aquellas
galerías. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que os separasteis de él?
—¡Demasiado tiempo, vuestra reverencia! —respondió Víctor, adelantándose un
paso con una vehemencia que hizo levantar la cabeza al secretario pontificio—.
Nuestro comandante permanece solo en esas malditas galerías mientras nosotros
estamos aquí, sanos y salvos, hablando de lo que vimos. ¡Deseamos regresar
inmediatamente, aunque tengamos que morir allí! Si el patricio ha caído, creo
que lo más honorable sería caer a su lado, y si todavía vive, por Cristo que no
pienso permitir que continúe peleando sin nosotros. —El veterano volvió la
cabeza hacia sus compañeros, buscando una confirmación que quizá no necesitaba.
Gundulf asintió con gravedad, mientras Silvano, habitualmente dispuesto a
convertir cualquier desgracia en una broma, se limitó a apoyar una mano sobre
la empuñadura de su espada—. Pero solicitamos vuestra ayuda, tanto militar como
espiritual. Hemos comprobado que esas criaturas pueden morir como cualquier
animal, aunque ignoramos qué otras abominaciones habitan bajo tierra.
El secretario pontificio contempló a los tres soldados con una expresión en
la que comenzaba a mezclarse la preocupación con cierto respeto. —Habéis
cumplido con vuestra obligación al traer estas pruebas —declaró—. Nadie podrá
acusaros de cobardía por obedecer las órdenes de vuestro superior. —¡Con el
debido respeto, reverendo, nuestro superior es un muchacho de dieciocho años
que se ha quedado solo para salvarnos el pellejo! —replicó Gundulf—. Si
pretendéis convencernos de que lo correcto es abandonarlo, necesitaréis mejores
argumentos. —Zacarías de Emesa levantó una mano para interrumpir la discusión,
aunque antes de pronunciar palabra volvió su atención hacia la cámara donde
habían depositado los cadáveres. Desde allí acababa de escucharse un grito,
seguido por el estrépito de una vasija que se rompía contra el pavimento.
Los presentes acudieron apresuradamente y encontraron a los guardias
retrocediendo alrededor de la mesa. Uno de los diáconos había comenzado a
rociar las criaturas con agua bendita, mientras otro recitaba las primeras
palabras de un salmo. El efecto había sido inmediato y espantoso. Allí donde
las gotas tocaron los cadáveres, la piel grisácea comenzó a ennegrecerse y
desprender un vapor blanquecino, acompañado por un siseo semejante al del
hierro candente introducido en agua. Las superficies alcanzadas se agrietaron,
formando pequeñas ampollas que estallaban y dejaban al descubierto tejidos
rojizos. En cuestión de segundos, buena parte de la piel de uno de los
monstruos se desprendió en jirones, revelando los músculos, tendones y vasos
sanguíneos que todavía conservaban bajo aquella envoltura. El olor a carne
quemada llenó la habitación, mientras el diácono responsable permanecía
inmóvil, sosteniendo el recipiente con ambas manos y contemplando horrorizado
lo que acababa de provocar.
—¡Apartaos de la mesa! —ordenó Zacarías con una autoridad que hizo obedecer
incluso a los guardias. El anciano se acercó cuidadosamente a los restos,
recogió una de las pequeñas ampollas desprendidas con unas pinzas de bronce y
examinó el tejido ennegrecido bajo la luz de las lámparas. Después solicitó
otro recipiente con agua ordinaria y dejó caer unas gotas sobre una zona
intacta del segundo cadáver. No ocurrió absolutamente nada. Repitió entonces la
operación con agua bendecida, y la superficie comenzó a quemarse ante los ojos
de todos. —No son simples animales —murmuró, mientras una inquietud profunda
sustituía su anterior curiosidad—. Tampoco se comportan como los cuerpos de
hombres poseídos, pues en estos la carne continúa siendo humana. Aquí tenemos
algo distinto. Algo cuya propia sustancia rechaza aquello que ha sido
consagrado. —El secretario pontificio se persignó lentamente—. ¿Estáis diciendo
que son demonios, padre Zacarías? —Estoy diciendo que debemos actuar como si lo
fueran, hasta que sepamos qué son realmente. Y os aseguro que preferiría
encontrarme equivocado.
Víctor se adelantó inmediatamente. —Entonces, ¿vendréis con nosotros?
—Zacarías levantó la mirada hacia el veterano y, por primera vez desde el
comienzo del interrogatorio, su expresión adquirió una gravedad casi paternal—.
Hijo mío, si cuanto habéis contado es cierto, vuestro joven comandante ha
demostrado más valor que muchos hombres que se proclaman defensores de la fe.
No permitiremos que permanezca abandonado. —Se volvió hacia el secretario—.
Necesito seis clérigos capaces de mantener la serenidad bajo amenaza, agua
consagrada en cantidad suficiente, cruces procesionales y hombres armados que
sepan combatir en corredores estrechos. Nada de espadas largas ni lanzas de
caballería. Escudos, cuchillos y armas cortas. Que nadie descienda solo y que
los sacerdotes permanezcan protegidos en el centro de la formación. —El
secretario comenzó a transmitir las órdenes, mientras el anciano añadió, con
una dureza inesperada—: Y despertad al obispo encargado de las necrópolis.
Quiero saber quién ha permitido celebrar ceremonias en esos sepulcros y por qué
nadie informó de semejantes profanaciones.
Gundulf se inclinó hacia Silvano mientras los criados corrían por los
corredores llevando lámparas y recipientes de agua. —¿Has visto cómo se les cae
el pellejo? —susurró—. Voy a pedir que me llenen el casco con esa agua. —¡Y
después quédate quieto para que te la eche encima! —respondió el
hispanorromano—. Quizá también se te desprenda la cara y descubramos qué hay
debajo. —Víctor no intervino en la discusión. Había comenzado a preparar su
equipo y observaba impaciente la puerta por la que debían salir. Zacarías,
entretanto, sostenía el disco solar recuperado del cuello de una de las
criaturas y examinaba sus inscripciones con creciente preocupación. Aquellos
símbolos le recordaban fragmentos de un antiguo manuscrito siríaco que había
estudiado durante su juventud, en el que se mencionaban ciertos servidores de
una divinidad solar devoradora. Sin embargo, decidió reservar sus sospechas
hasta disponer de pruebas más concluyentes. Antes de abandonar la cámara,
contempló una última vez los cadáveres despellejados y pronunció en voz baja
una oración en griego.
Zacarías de Emesa demostró aquella noche que su reputación no descansaba
únicamente sobre sus conocimientos de demonología. El anciano conocía los
laberintos de la administración eclesiástica con la desenvoltura de un escualo
entre bancos de peces, y allí donde otros habrían necesitado presentar
súplicas, aguardar audiencias y discutir precedencias, él encontraba al diácono
adecuado, recordaba una obligación olvidada o pronunciaba discretamente el
nombre de algún benefactor cuya autoridad nadie se atrevía a cuestionar. Sus
instrucciones atravesaron las dependencias pontificias con una rapidez
prodigiosa. Bastaron unas palabras al secretario personal de Hilario para que
la noticia llegara hasta los aposentos del pontífice, sin que Zacarías tuviera
siquiera que solicitar una audiencia. Antes de que terminara la primera hora,
los depósitos eclesiásticos habían sido abiertos, los comandantes de la guardia
convocados y varios presbíteros experimentados en exorcismos despertados de sus
lechos. El secretario regresó finalmente con una autorización sellada y una
advertencia: Su Santidad esperaba recibir noticias antes del amanecer.
Víctor, Gundulf y Silvano fueron conducidos a una estancia donde varios
servidores les proporcionaron agua caliente, túnicas limpias, mantos de lana y
alimento suficiente para compensar las fatigas de la noche. Un diácono les
entregó después tres espadas de hoja corta, cuidadosamente conservadas en
vainas revestidas de cuero oscuro. Sobre sus empuñaduras aparecían pequeñas
cruces de plata, mientras unas inscripciones latinas recorrían discretamente
las hojas. Zacarías supervisó personalmente la entrega y, antes de permitir que
los soldados las ciñeran, habló con una solemnidad que contrastaba con su
anterior diligencia administrativa. —Escuchadme cuidadosamente, hijos míos.
Estas armas han sido consagradas para combatir aquello que se levanta contra la
creación y contra las almas de los hombres. No son regalos, ni recompensas, ni
instrumentos destinados a dirimir querellas humanas. Jamás debéis utilizarlas
contra otro hombre, aunque sea pagano, infiel, blasfemo o enemigo de Roma. Si
tenéis que combatir soldados, bandidos o criminales, emplead vuestras armas
ordinarias. Estas espadas pertenecen al servicio de la fe, y únicamente para
ese propósito os son confiadas. —Gundulf contempló su nueva espada con una
reverencia poco habitual en él, mientras Silvano la besaba discretamente antes
de ajustarla al cinturón. Víctor inclinó la cabeza y prometió responder
personalmente por el uso que hicieran de aquellas armas.
Cuando finalmente salieron al patio principal, los tres soldados
descubrieron que Zacarías había reunido algo mucho más formidable que una
patrulla de rescate. Ochenta hombres armados aguardaban perfectamente formados,
distribuidos en centurias incompletas bajo el mando de oficiales veteranos. Su
equipamiento había sido dispuesto deliberadamente según la antigua tradición
militar altoimperial: grandes escudos rectangulares, cascos de hierro, corazas,
cinturones militares y armas cortas apropiadas para mantener una formación
compacta. Los estandartes mostraban cruces cristianas allí donde antaño habrían
figurado las águilas de las legiones, pero la disciplina y la precisión de sus
movimientos evocaban los tiempos en que Roma todavía dominaba incontestablemente
las provincias. Entre las filas se encontraban doce clérigos escogidos por su
experiencia en exorcismos, acompañados por ayudantes que transportaban
recipientes sellados de agua bendita, lámparas, vendas, reliquias y pequeñas
cruces procesionales. El comandante de aquella fuerza, un tribuno de cabello
gris llamado Severiano, saludó a Zacarías y comunicó que sus hombres estaban
preparados para marchar.
—Ochenta soldados... —murmuró Silvano, contemplando aquella formación con
los ojos desmesuradamente abiertos—. ¡Por todos los santos, solamente
encontramos tres de esas cosas! —¡Tres que casi te arrancan la cabeza! —replicó
Gundulf, aunque él mismo parecía impresionado—. ¡Y todavía no sabemos qué
demonios hay al fondo! —Víctor, en cambio, observaba la disposición de los
escudos y las armas con evidente aprobación. Aquellos hombres no parecían
guardias ceremoniales reclutados para impresionar a los senadores, sino
soldados preparados para avanzar en espacios cerrados, protegerse mutuamente y
mantener sus posiciones bajo presión. Severiano explicó que las unidades se
dividirían en grupos menores para recorrer las galerías, mientras una reserva
permanecería en la superficie para impedir cualquier fuga. Zacarías escuchó
atentamente y añadió que ningún destacamento debía internarse sin al menos un
clérigo preparado para reconocer manifestaciones demoníacas. También ordenó que
los recipientes de agua consagrada permanecieran distribuidos entre las
distintas unidades, pues no permitiría que una sola pérdida dejara indefensa a
toda la expedición.
El anciano descendió los escalones del palacio acompañado por el secretario
pontificio, quien le entregó una última tablilla con la autorización para
inspeccionar los sepulcros y requerir la cooperación de las autoridades
civiles. Zacarías la guardó entre los pliegues de su manto y avanzó hasta
situarse frente a Víctor y sus compañeros. —Ahora, hombres, guiadnos —declaró
con serenidad—. Nuestro hermano Lucio Aeciano permanece allí abajo, y mientras
exista una posibilidad de encontrarlo con vida, no abandonaremos su búsqueda.
—Después recorrió con la mirada las filas de soldados, elevando lo suficiente
la voz para que todos pudieran escucharlo—. ¡Recordad que aquello que hagáis
esta noche puede valer más ante Dios que toda una vida de confesiones
pronunciadas sin verdadero arrepentimiento! Pero no confundáis el valor con la
santidad, ni la victoria con la absolución. ¡Y, por supuesto, confesaos mañana!
—La inesperada conclusión provocó algunas sonrisas entre los veteranos, que
desaparecieron cuando el tribuno Severiano ordenó ponerse en marcha. Las
puertas del recinto se abrieron y la columna comenzó a avanzar por las calles
oscuras de Roma, mientras las lámparas de sus acompañantes iluminaban las
cruces de los estandartes.
A lo lejos, sobre las colinas que rodeaban la vía Apia, todavía no aparecía
la primera claridad del amanecer. Zacarías caminaba junto a los tres soldados,
escuchando una vez más las indicaciones de Víctor acerca de las galerías y las
cámaras funerarias. El anciano llevaba una pequeña cruz de madera oscura
colgada del cuello y un códice siríaco sujeto bajo el brazo, cuyo contenido
había consultado apresuradamente antes de salir. A medida que se aproximaban a
la necrópolis, comenzó a distinguirse una columna tenue de humo que ascendía
desde algún punto cercano a los sepulcros. Severiano la señaló con inquietud,
pues ninguno de los centinelas apostados en el exterior había recibido órdenes
de encender hogueras. Víctor aceleró el paso, temiendo que aquella señal
anunciara un incendio bajo tierra, mientras Zacarías permanecía atento al
extraño silencio que dominaba los alrededores. La pequeña expedición había
partido para rescatar a un joven oficial, pero el sacerdote de Emesa comenzaba
a sospechar que aquella noche Roma había descubierto apenas el umbral de algo
mucho más antiguo y terrible.
La columna avanzó por las calles oscuras de Roma, mientras las lámparas de
sus acompañantes iluminaban las cruces de los estandartes. Cuando alcanzaron la
necrópolis y descendieron por la escalinata del hipogeo, el silencio los
recibió con una pesadez casi sobrenatural. No había nuevos llantos infantiles,
ni arañazos contra la piedra, ni ecos de pasos apresurados en las galerías.
Encontraron, sí, varias de aquellas pequeñas abominaciones abatidas en
corredores laterales y junto a los nichos, algunas con la cabeza separada del
tronco, otras atravesadas limpiamente por hoja o daga. Aquella ausencia de
ruido resultaba, para hombres curtidos en la guerra, mucho más aterradora que
cualquier griterío. Los soldados apretaron con más fuerza los escudos, y hasta
Gundulf contuvo sus bromas al advertir que avanzaban por un sepulcro que
parecía haber sido purgado por una sola voluntad.
Al internarse en la galería principal, una luz tenue comenzó a perfilar una
figura inmóvil al fondo del corredor. Durante un instante, la sola sombra de
aquel hombre alto y erguido bastó para tensar las filas, pues proyectada contra
la pared parecía la de una estatua guerrera puesta a custodiar los muertos.
Pero Víctor fue el primero en reconocerlo y soltó el aire contenido. Era Lucio.
Permanecía de espaldas a ellos, ligeramente inclinado hacia delante, con la
antorcha en una mano y la respiración profunda, demasiado profunda para alguien
que acabara de salir ileso de un paseo por tumbas. El veterano avanzó unos
pasos, bajando por fin el escudo. —Mi señor, ¿qué os sucede? —preguntó con una
mezcla de alivio y cautela. Lucio volvió apenas el rostro, y a la luz del fuego
su semblante mostró cansancio verdadero, no miedo, sino el agotamiento de quien
se ha visto obligado a emplear hasta la última reserva de fuerza.
Solo entonces repararon en lo que tenía delante. Un segundo cuerpo se alzaba
apoyado contra la pared del corredor, tan alto que incluso entre aquellos
hombres habría destacado. Era un ser calvo, de hombros vastísimos, piel
cenicienta y miembros que parecían exageraciones deformes de la anatomía
humana. En los brazos todavía sostenía una enorme bola de hierro con mango
corto, como si hubiera muerto sin terminar de comprender que estaba vencido.
Del cuello le sobresalía la lanza de Lucio, clavada con tal violencia que había
atravesado carne, tráquea y piedra, fijándolo al muro como una ofrenda
monstruosa. Sus orejas, demasiado largas, y sus uñas, gruesas y oscuras como
garras recortadas a medias, terminaban de darle un aire inhumano. Cuando uno de
los clérigos se adelantó temblorosamente y dejó caer unas gotas de agua bendita
sobre su pecho y sus hombros, la piel empezó a arder del mismo modo que en las
criaturas menores: se ennegreció, se agrietó y acabó retrayéndose entre siseos,
dejando al descubierto músculo vivo y fibras tensas de un rojo antinatural. Un
murmullo de horror recorrió a los presentes, mientras varios soldados alzaban
instintivamente sus cruces.
Lucio señaló entonces la pared contigua, donde a la altura de la cabeza del
gigante podían verse inscripciones trazadas en latín arcaico, mezcladas con
signos solares y fórmulas apenas comprensibles. —Había varias más en las
cámaras del fondo —dijo con voz grave, todavía recobrando el aliento—. Esto
habla del Sol Invictus, sí, pero no del modo habitual. No parece la propaganda
ordinaria de un culto urbano ni las necedades que repiten los iniciados
ignorantes. Aquí hay otra cosa: fórmulas más antiguas, invocaciones de
victoria, pureza y devoración. Como si tomaran al Sol Invictus que Roma conoció
y lo hubieran mezclado con algo más viejo y más oscuro. Zacarías de Emesa, que
ya había llegado a su lado acompañado por dos presbíteros, estudió los signos
con atención minuciosa, recorriéndolos primero con la vista y luego con la yema
de los dedos, sin tocar directamente las partes ensangrentadas. Finalmente
asintió despacio. —Veo que sois verdaderamente refinado en materias importantes
—dijo, volviendo la mirada hacia Lucio con una aprobación poco común—. Cosa
rara en nuestro patriciado hoy en día. Muchos de vuestra clase saben distinguir
un vino de otro, pero no un símbolo corrupto de una reliquia antigua. Vos, en
cambio, habéis sabido mirar.
El anciano permaneció unos instantes en silencio, contemplando la lanza
clavada, el monstruo inmovilizado y al joven Aeciano cubierto de sangre ajena
en mitad de los sepulcros. Después alzó la voz para que la oyeran el tribuno
Severiano, los exorcistas y los soldados. —Este lugar no albergaba solo un
banquete sacrílego. Era un santuario de tránsito y prueba. Estas criaturas
menores no eran sino guardianes, y este ser... —miró al gigante fijado a la
pared— ...era un custodio mayor, quizá un ministro brutal de alguien más
importante. No hemos llegado al final, sino apenas a una de las puertas. Luego
volvió sus ojos a Lucio. —Ahora decidme, patricio: ¿qué hallasteis más allá de
este engendro, y por qué tengo la impresión de que lo verdaderamente peligroso
no está ya aquí, sino un poco más adentro?
—Más adentro hay tierra consagrada —respondió Lucio, apoyándose un instante
contra la pared mientras recuperaba el aliento—. No toda esta necrópolis está
maldita, padre. Hay corredores que pertenecieron a los cristianos y otros que
fueron excavados mucho antes de que nuestros antepasados conocieran al
Salvador. Creo que estas catacumbas están divididas entre lugares santos y
otros que han sido profanados deliberadamente. Esa cosa no podía entrar en una
de las cámaras que hay más adelante. Lo descubrí por accidente, cuando me
arrojó contra ella con su enorme maza. Pensé que me había roto todos los
huesos, pero cuando intentó seguirme, su carne comenzó a quemarse al tocar el
suelo. No necesitó agua bendita. Bastó la tierra. Permanecimos allí durante
horas, él aguardando al otro lado y yo buscando una oportunidad para salir sin
que me aplastara la cabeza. Finalmente conseguí atravesarle el cuello con mi
lanza. Fue pura suerte, padre, os lo aseguro. —Víctor contempló la enorme masa
del cadáver, después la lanza profundamente incrustada en la piedra y
finalmente a su comandante. Parecía tener una opinión bastante distinta acerca
de aquella supuesta fortuna, aunque tuvo el buen juicio de guardársela.
Zacarías solicitó que le mostrasen la cámara y avanzó acompañado por dos
exorcistas. A pocos pasos encontraron una estancia funeraria cuyos muros
conservaban restos de pinturas cristianas: un pastor llevando una oveja sobre
los hombros, una figura femenina con los brazos elevados en oración y varias
inscripciones funerarias dedicadas a hombres y mujeres que habían muerto en la
esperanza de la resurrección. El pavimento había sido cubierto parcialmente por
escombros, pero todavía conservaba pequeños signos de consagración junto a los
sepulcros. Al aproximar una de las manos desprendidas del gigante a la entrada,
utilizando unas tenazas de hierro, observaron cómo la carne comenzaba a
ennegrecerse antes incluso de tocar las losas. Zacarías ordenó retirar inmediatamente
los restos y permaneció largo rato contemplando la estancia. —Extraordinario
—murmuró—. No estamos ante una simple aversión a los símbolos sagrados. La
propia materia de estos seres parece incompatible con los lugares santificados.
Esto explicaría por qué han elegido determinadas galerías y evitado otras. —El
sacerdote volvió entonces hacia Lucio una mirada particularmente intensa—.
Habéis descubierto algo que podría salvar incontables vidas, patricio. Y lo
habéis hecho sobreviviendo a un enemigo al que difícilmente habrían conseguido
abatir diez hombres ordinarios.
—También encontré esto —continuó Lucio, extrayendo de entre sus pertenencias
un pequeño colgante de oro que entregó cuidadosamente al sacerdote—. Estaba en
una cámara próxima al lugar donde apareció el gigante. No parece pertenecer a
ninguno de esos monstruos. Reconocí el emblema, aunque preferiría que lo
examinaseis vos mismo. —Zacarías sostuvo la joya bajo la luz de una antorcha y
descubrió un medallón de oro trabajado con notable delicadeza. Sobre su
superficie aparecía una representación de la Victoria alada sosteniendo una
corona, acompañada por un monograma familiar que el anciano reconoció
inmediatamente: el emblema de una rama de los Ceionios, una de las antiguas
familias senatoriales de Roma, cuyos miembros habían ocupado consulados,
prefecturas y dignidades imperiales durante generaciones. El secretario
pontificio, que se había acercado para observar la pieza, palideció al
reconocerla. —Padre Zacarías, esa casa mantiene vínculos con varias de las
familias más importantes del Senado. Algunos de sus miembros son benefactores
de iglesias y monasterios. Una acusación precipitada podría provocar un
escándalo formidable. —El sacerdote asintió lentamente, aunque sus dedos
continuaron examinando los delicados grabados del colgante—. Precisamente por
eso debemos proceder con cuidado. Una joya perdida demuestra que alguien estuvo
aquí, pero no que su propietario participara en estos horrores.
Lucio contempló a ambos religiosos antes de expresar la conclusión a la que
había llegado. —Soy servidor del generalísimo Ricimero, y mi deber consiste en
obedecer sus órdenes y proteger los intereses del Imperio. Sin embargo, si
presento personalmente esta prueba y comienzo a interrogar a los miembros de
semejante familia, el asunto dejará de ser una investigación sobre monstruos y
se convertirá en una disputa entre los grandes señores de Roma. Cualquier
acusación podría interpretarse como una maniobra política de mi comandante,
incluso si resultara cierta. Por eso prefiero dejar esta cuestión en manos de
la Iglesia. Vosotros podéis investigar sin que mi presencia convierta
inmediatamente todo esto en una controversia entre el Senado y el ejército.
—Zacarías recibió formalmente el medallón y ordenó al secretario envolverlo en
lino limpio, sellarlo y registrar dónde había sido encontrado. Después inclinó
ligeramente la cabeza ante el joven patricio, reconociendo en aquella decisión
una prudencia poco habitual entre los aristócratas que deseaban distinguirse
mediante hazañas públicas.
—Habéis obrado con sensatez, hijo mío. Hay victorias que se consiguen
empuñando una espada y otras que consisten en saber cuándo debe permanecer
envainada. —El anciano observó una vez más las inscripciones solares y el
enorme cadáver clavado contra el muro—. No sé todavía quién organiza estas
ceremonias ni qué relación guarda con esa familia, pero os prometo que
investigaremos. La Iglesia dispone de sus propios medios para interrogar,
verificar testimonios y seguir el rastro de las donaciones que circulan entre
ciertas fraternidades religiosas. Entretanto, sería prudente que vos no
mencionarais públicamente el colgante. Ni siquiera todos los que visten
nuestros hábitos son necesariamente dignos de confianza. —Aquella última
advertencia hizo que el secretario pontificio levantara la mirada con visible
incomodidad, pero Zacarías continuó sin concederle importancia—. Y no creáis
que vuestra participación termina aquí, patricio Aeciano. Habéis contemplado a
estas criaturas, sobrevivido a sus ataques y descubierto una de sus
debilidades. Quizá llegue el día en que volvamos a necesitar vuestra
experiencia.
La expedición comenzó entonces a asegurar las galerías, estableciendo puestos de vigilancia junto a las cámaras consagradas y retirando cuidadosamente los restos monstruosos para su examen. Víctor se aproximó a Lucio con una manta limpia y una expresión que mezclaba el alivio con el cansancio de toda una noche de sobresaltos. —Mi señor, si vuestra madre pregunta, pienso decirle que os encontramos descansando tranquilamente en una capilla, rodeado de santos y perfectamente a salvo. —Gundulf soltó una carcajada—. ¡Y que aquel gigante se atravesó solo con la lanza por pura vergüenza de conocerlo! —Zacarías, que había escuchado aquellas palabras, permitió que una sonrisa fugaz suavizara su expresión. Sin embargo, cuando volvió a examinar el medallón bajo la luz de su lámpara, descubrió en el reverso una diminuta inscripción que hasta entonces había pasado inadvertida: SOL INVICTUS RENASCETUR. El Sol Invicto renacerá. Aquella frase no pertenecía a las fórmulas habituales que conocía del antiguo culto romano, y por primera vez el sacerdote de Emesa comenzó a sospechar que alguien estaba intentando resucitar una religión muerta bajo una forma enteramente nueva.
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