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El amplio patio interior de la domus que su padre había ocupado al llegar a Roma ofrecía un espectáculo extraño, mitad grandeza exhausta y mitad resurrección forzada. Las galerías porticadas conservaban todavía columnas de mármol agrietadas, capiteles mordidos por la humedad y mosaicos en los que las viejas escenas mitológicas apenas sobrevivían bajo capas de polvo, yeso desprendido y maleza arrancada a medias por los esclavos. En otros tiempos aquella casa debió de haber pertenecido a una familia tan rica que podía permitirse fuentes cantoras, estatuas importadas de Grecia y cuadrillas enteras dedicadas exclusivamente al cuidado de los jardines; ahora, como tantas otras villas romanas, había permanecido medio deshabitada durante años, víctima de esa lenta ruina económica que no derribaba de golpe los palacios, pero sí les vaciaba el corazón hasta convertirlos en cáscaras demasiado costosas para ser habitadas dignamente. Por todas partes se veían obreros, albañiles, carpinteros y esclavos, unos levantando andamios, otros retirando escombros, otros discutiendo en voz alta mientras medían vigas torcidas o arrastraban ánforas, y entre aquel hervidero de restauración improvisada la figura de Riginalda dominaba la escena con la naturalidad fiera de quien no había nacido para pedir permiso.
Había plantado un blanco de paja reforzada contra un muro descascarado y,
con túnica corta ceñida para permitir el movimiento, brazo firme y el cabello
claro medio recogido para que no le estorbara el rostro, lanzaba jabalinas con
una violencia exacta que obligaba a varios trabajadores a apartarse
prudentemente de la trayectoria. No entrenaba como juegan las muchachas nobles
cuando imitan a las amazonas por capricho; entrenaba con la concentración seca,
testaruda, casi hostil, de alguien que encontraba placer en el golpe limpio, en
la vibración del asta al salir de la mano y en el sonido hueco con que el
hierro mordía la paja comprimida. Una de las jabalinas se clavó tan cerca del
centro que hizo temblar las anteriores, y Riginalda sonrió apenas, con esa expresión
breve y salvaje que la embellecía más de lo que convenía a la tranquilidad de
quienes soñaban con verla convertida en esposa dócil de algún aliado útil.
—Eso no son ocupaciones para una doncella romana, niña —protestó detrás de
ella su nutrix, una mujer ya entrada en años, de rostro ancho y severidad
fatigada, que llevaba demasiado tiempo intentando domesticar un espíritu que
nunca había pedido ser domado—. Hilar sí, bordar sí, dirigir esclavas sí,
aprender salmos y modales sí; pero andar aquí, entre obreros, sudando como un
mozo de cuadra y lanzando hierros como si quisieras alistarte con los hombres
de tu padre... eso no. No y no. Si tu madre te viera, pediría a todos los
santos que te enderezaran el juicio. Riginalda tomó otra jabalina sin volverse,
la equilibró un instante sobre la palma y respondió con una calma insolente que
revelaba cuánto disfrutaba la discusión. —Si mi madre me viera, quizá pediría
más bien que me dieran un blanco más digno. Este parece un senador romano:
recibe un golpe y aun así sigue en pie por pura costumbre. La nutrix chasqueó
la lengua, escandalizada. —No hagas bromas impías. Y deja de escuchar a los
soldados. Cada vez hablas peor.
Riginalda giró entonces el torso, midió la distancia y lanzó de nuevo. El
asta salió silbando y se incrustó por encima de las otras, arrancando un
murmullo de admiración a dos obreros que fingieron inmediatamente no haber
dicho nada cuando la nutrix los fulminó con la mirada. —Peor sería hablar como
ciertas romanas que no saben hacer nada salvo sonreír, bajar los ojos y esperar
a que un hombre las cambie de casa como se cambia un cofre de habitación
—replicó la muchacha, y en su voz apareció por un momento una dureza más vieja
que sus años—. Si he de vivir en esta ciudad de muros rajados y linajes
podridos, al menos sabré sostenerme recta. No seré una estatua bien peinada
para que la miren y la negocien. La nodriza avanzó hasta colocarse casi a su
lado, bajando la voz con ese tono de súplica autoritaria que solo emplean las
mujeres que han criado a una criatura desde la cuna y se saben medio madres por
costumbre, medio siervas por condición. —No entiendes, pequeña fiera. No se
trata solo de decoro. Se trata de sobrevivir. Las muchachas de sangre alta no
siempre eligen su destino; a veces lo sobreviven. Y para sobrevivir en Roma
conviene más una lengua prudente que un brazo fuerte.
Riginalda volvió el rostro hacia ella entonces, y durante un instante la luz
de la mañana cayó de lleno sobre sus facciones, revelando aquella belleza
bárbara, joven y todavía indómita que en otra mujer habría parecido mera
gracia, pero en ella parecía casi una advertencia. —Entonces aprenderé ambas
cosas —dijo al fin—. La lengua prudente para cuando haga falta mentirles, y el
brazo fuerte para cuando intenten obligarme de verdad. Después arrancó de un
tirón una jabalina del cesto, se colocó de perfil y la arrojó con tanta
violencia que el blanco se venció hacia atrás y la punta atravesó la paja hasta
quedar temblando en la madera del soporte. Varios trabajadores se volvieron a
mirar el impacto; la nutrix alzó los ojos al cielo como si pidiera paciencia; y
en medio de aquella domus medio arruinada, donde Roma intentaba seguir
fingiendo que todavía podía sostener la carga de su propio pasado, Riginalda
parecía una criatura mucho más viva que todas las estatuas del patio juntas,
demasiado orgullosa para ser una doncella ejemplar y demasiado joven para
comprender aún cuánta guerra habría de librar, no contra enemigos extranjeros,
sino contra las manos bien perfumadas que algún día querrían ponerle un yugo
con nombre de matrimonio.
El estrépito de cascos y el tintineo de arreos interrumpieron las protestas
de la nodriza cuando, desde el pórtico principal, llegó el anuncio de que el
magister militum Ricimero acababa de regresar a su residencia. Los trabajadores
abandonaron apresuradamente los lugares de paso, los esclavos domésticos
corrieron a disponer agua y refrigerios, y un administrador comenzó a gritar
instrucciones contradictorias acerca de los aposentos que todavía no estaban
preparados. Riginalda permaneció junto a su blanco, sosteniendo una última
jabalina, hasta que su nutrix prácticamente la arrastró hacia las habitaciones.
Habían transcurrido ocho años desde la última vez que vio a su padre,
exactamente la mitad de su vida, y aquella separación había convertido al
hombre más poderoso de Occidente en una figura extrañamente distante, presente
en las conversaciones, en las órdenes que llegaban por escrito y en las
decisiones que determinaban su existencia, pero ausente de sus recuerdos
cotidianos. Mientras dos esclavas la ayudaban a cambiar su túnica corta por una
estola de lino fino, arreglaban su cabello y sustituían sus sencillos adornos
por joyas apropiadas para una hija de tan elevada condición, la muchacha
soportó aquellas atenciones con una irritación que su nodriza confundió
deliberadamente con nerviosismo. —Sonríe, hija, y recuerda que no estás
recibiendo a un capitán cualquiera, sino a tu padre —le recomendó—. Y, por el
amor de Dios, no empieces a discutir sobre matrimonios antes de que haya tomado
asiento.
Cuando Riginalda apareció finalmente en el atrio, Ricimero acababa de
atravesar el umbral acompañado por varios oficiales. La primera impresión de la
muchacha fue decepcionante. Había imaginado hombres extraordinarios, quizá
gigantes cubiertos de cicatrices, guerreros de esos que los poetas describían
atravesando ejércitos enemigos; en cambio, encontró soldados de apariencia
bastante corriente, algunos canosos, otros de estatura mediana, muchos con
rostros curtidos y maneras poco elegantes. Su propio padre le pareció más viejo
de cuanto recordaba. Los cabellos oscuros mostraban hebras grises, su rostro
había adquirido una dureza desconocida para la niña que lo había despedido ocho
años atrás y sus ojos conservaban aquella vigilancia constante de los hombres
acostumbrados a mandar incluso cuando se encuentran entre familiares. Ricimero
se detuvo al verla. Durante un instante pareció buscar en aquella joven de
dieciséis años los rasgos de la pequeña que había dejado atrás y, cuando
finalmente sonrió, hubo en su expresión una emoción sincera que ningún senador
romano habría reconocido en el severo generalísimo. —¡Riginalda! ¡Por Dios,
pequeña, habéis crecido más de lo que esperaba! —Examinó su rostro con evidente
satisfacción, aunque no tardó en reparar en el blanco de jabalinas visible al
fondo del patio—. Veo que todavía conserváis las costumbres de nuestros
antepasados. Vuestra nodriza debe de estar desesperada.
La presentación de los oficiales comenzó poco después, y Riginalda descubrió
que sus nombres resultaban considerablemente más impresionantes que sus
apariencias. Había veteranos de las campañas contra los vándalos, comandantes
que habían servido en la Galia y hombres cuya lealtad personal a Ricimero se
había forjado durante décadas de guerras civiles y fronterizas. La muchacha
respondió a sus saludos con la cortesía aprendida, aunque difícilmente habría
podido distinguir a unos de otros al terminar las presentaciones. Solo uno
llamó poderosamente su atención: un joven extraordinariamente alto y ancho de
hombros, rubio, de ojos azules y facciones sorprendentemente hermosas para
alguien de semejante corpulencia. Parecía un héroe de los antiguos relatos
germanos al que hubieran vestido con ropas romanas, pero su expresión desmentía
aquella imagen magnífica. Tenía el rostro pálido, los ojos ligeramente hundidos
y una rigidez fatigada en los movimientos, como si hubiera pasado la noche
entregado a una juerga interminable. Riginalda incluso intentó percibir el olor
característico del vino, sin encontrarlo. Aquello empeoró su opinión: si no
estaba borracho, debía de ser uno de esos oficiales jóvenes que confundían el
agotamiento con una demostración de virilidad. —Y este —anunció Ricimero,
reservando para el final una presentación que parecía complacerlo
particularmente— es Lucio Aeciano, primogénito de la Casa Aecia y descendiente
del gran Flavio Aecio. Ha demostrado poseer un valor extraordinario y espero
mucho de él. Lucio, os presento a mi hija menor, Riginalda.
El joven alcanzó a inclinar respetuosamente la cabeza, pero cuando recuperó
la postura su expresión cambió súbitamente. La fatiga que había estado
disimulando durante toda la recepción terminó por vencerlo. Sus rodillas
cedieron, una mano buscó inútilmente el apoyo de una columna y su enorme cuerpo
se desplomó sobre el pavimento con un golpe que hizo gritar a varias esclavas.
Durante un instante reinó un silencio atónito, roto inmediatamente por la voz
de Ricimero. —¡Lucio! ¡Por Cristo, traed un médico! ¡Víctor, ayudadme a
levantarlo! —El generalísimo se arrodilló junto al joven con una rapidez que
Riginalda jamás habría esperado de un hombre de su rango. Le tomó el rostro
entre las manos, comprobó que respiraba y ordenó a los oficiales apartarse para
permitir la entrada de aire. Su preocupación era tan manifiesta que habría
parecido la de un padre ante la enfermedad de su propio hijo. —¡Os dije que
debíais descansar, muchacho! —murmuró con evidente angustia, aunque el
desvanecido no podía escucharlo—. ¡Maldita sea vuestra obstinación! —Víctor,
que había acompañado al patricio durante la terrible noche de las catacumbas,
intervino para explicar que Lucio llevaba demasiadas horas sin dormir, había
combatido, recibido golpes y apenas había probado alimento desde el día
anterior. Ricimero levantó hacia él una mirada fulminante—. ¿Y nadie consideró
oportuno informarme de que estaba en semejante estado?
Riginalda observaba la escena con creciente desconcierto. Aquel hombre que
había permanecido ocho años ausente de su vida se encontraba ahora arrodillado
junto a un oficial prácticamente desconocido, prodigándole una preocupación que
ella nunca había tenido ocasión de recibir personalmente. Cuando los criados
consiguieron levantar al gigantesco patricio y trasladarlo hacia los aposentos
interiores, Ricimero se incorporó, ordenó preparar la mejor habitación
disponible y, volviéndose hacia su hija, pronunció unas palabras que la dejaron
todavía más perpleja. —Riginalda, quiero que os ocupéis personalmente de que no
le falte nada. Que los médicos lo examinen, que disponga de alimentos
apropiados y que nadie lo moleste hasta que se recupere. —Su expresión adquirió
entonces una gravedad distinta, casi calculadora, aunque todavía conservaba la
preocupación de los últimos instantes—. Lucio Aeciano no es un huésped
cualquiera. Pertenece a una de las casas más ilustres de Roma, y su bienestar
me importa tanto como el de cualquiera de los nuestros. Tratadlo como si fuera
de vuestra propia familia.
Ricimero hizo una pausa antes de añadir, con una ligera sonrisa que no llegó
a ocultar completamente la intención de sus palabras: —Después de todo, hija
mía, no sería extraño que algún día llegase a serlo de una manera mucho más
estrecha. —La nutrix, situada discretamente detrás de Riginalda, abrió los ojos
con una expresión de súbita comprensión, mientras una de las esclavas
intercambiaba una mirada alarmada con su compañera. Desde el corredor llegaban
todavía las voces de los médicos y el ruido de los pasos apresurados. El
generalísimo, satisfecho de haber dispuesto cuanto consideraba necesario,
volvió su atención hacia los oficiales, dejando a su hija frente a una
perspectiva que nadie se había molestado en consultarle: aquella misma mañana
había conocido a su padre después de ocho años, a un extraño que se había
desmayado a sus pies y, posiblemente, al hombre con quien pretendían decidir el
resto de su existencia.
Riginalda no necesitó que su padre pronunciara la palabra matrimonio para
comprender sus intenciones. La pausa deliberada, aquella sonrisa satisfecha y,
sobre todo, la manera en que había presentado al joven Aeciano como alguien que
podría pertenecer muy pronto a la familia constituían señales demasiado
evidentes. Su padre llevaba ocho años sin verla y, antes de que hubieran
compartido siquiera una conversación verdaderamente privada, ya parecía
dispuesto a negociar su porvenir con la misma naturalidad con que distribuía
mandos militares. La muchacha sintió que la indignación le ascendía por el
pecho hasta enrojecerle las mejillas. Su nutrix, que conocía demasiado bien
aquella expresión, intentó sujetarla discretamente por el antebrazo, pero
Riginalda se desprendió de su mano y contempló con manifiesto desprecio el
corredor por el que acababan de llevar al gigantesco huésped. Si su padre
esperaba que se enamorase de un hombre por el simple hecho de que fuera alto,
rubio, aristócrata y descendiente de un general famoso, estaba a punto de
descubrir que los años de separación no habían contribuido precisamente a
volverla más obediente.
—¡Ocho años! ¡Ocho años sin verme, y ahora pretende entregarme al primer
gigante que encuentra por el camino! —protestó entre dientes, procurando que su
padre, todavía ocupado con los oficiales, no alcanzara a escucharla. La nodriza
adoptó inmediatamente aquella expresión de resignación que precedía a sus
sermones más extensos. —No es el primer gigante que encuentra, criatura. Es un
Aeciano, y eso significa mucho entre los romanos. Además, vuestro padre no ha
anunciado compromiso alguno. —¡No necesita anunciarlo! ¡Lo conozco lo
suficiente para saber cuándo está negociando algo! —replicó Riginalda, y
aquella afirmación resultó particularmente amarga porque, en realidad, apenas
conocía al hombre que acababa de regresar. La anciana quiso responder, pero su
protegida ya había descubierto a uno de los soldados que acompañaron al
desvanecido y se dirigía hacia él con la determinación de quien acaba de
encontrar una explicación que exigir.
Víctor estaba junto a una fuente inutilizada, bebiendo agua de un pequeño
recipiente que le había proporcionado un esclavo. El veterano panonio parecía
considerablemente más cansado de lo habitual, aunque conservaba la compostura
propia de un hombre acostumbrado a responder por sus decisiones ante superiores
exigentes. Riginalda se detuvo frente a él, examinó las manchas oscuras que
todavía ensuciaban el borde de su cinturón militar y señaló con la mirada hacia
los aposentos interiores. —Decidme, soldado, ¿qué le ocurrió a vuestro
comandante? ¿Una pelea de taberna, quizá? ¿Una noche de vino y rameras que
terminó peor de lo esperado? Porque, si ese hombre es tan extraordinario como
asegura mi padre, debo confesar que su primera demostración ha resultado bastante
decepcionante. —Víctor casi se atragantó con el agua. Dejó el recipiente sobre
la fuente y contempló a la joven con una expresión en la que se mezclaban la
sorpresa y una indignación que su disciplina militar apenas consiguió contener.
—¡Mi señora! —exclamó, persignándose apresuradamente—. Os aseguro que
nuestro comandante no ha pasado la noche entre mujeres de mala vida, ni
bebiendo, ni peleando por asuntos indignos de su nombre. —Bajó la voz y miró
hacia ambos extremos del patio antes de continuar—. Los sacerdotes me obligaron
a prestar juramento de silencio sobre lo que encontramos, y no pienso faltar a
una promesa hecha ante hombres santos. Pero puedo deciros una cosa, y os ruego
que no me pidáis más explicaciones: esta noche hemos combatido por Cristo
contra... contra cosas que no deberían nombrarse. —El panonio volvió a
santiguarse, esta vez con mayor lentitud, y durante un instante su mirada se
perdió en algún recuerdo desagradable—. He visto a hombres despedazados en los
campos de batalla, mi señora. He visto morir caballos, he enterrado compañeros
y he combatido contra enemigos que parecían salidos de las peores pesadillas de
nuestras abuelas. Pero jamás había visto lo que encontramos anoche.
La expresión del veterano fue suficiente para hacer callar incluso a la
nutrix, que había seguido a Riginalda hasta la fuente. Víctor continuó hablando
con aquella gravedad sencilla que caracteriza a los soldados cuando recuerdan
algo que preferirían olvidar. —Vuestro padre nos confió al patricio Aeciano, y
ese muchacho terminó protegiéndonos a todos. Nos ordenó retirarnos cuando
comprendió que necesitábamos ayuda y permaneció solo para cubrir nuestra
espalda. Pensamos que no volveríamos a verlo. Cuando regresamos con hombres
enviados por la Iglesia, lo encontramos todavía en pie. Agotado, sí, pero vivo.
—El veterano vaciló antes de añadir—. Mi señora, vuestro huésped no se
desvaneció porque le faltaran fuerzas para comportarse decorosamente durante
una recepción. Se desvaneció porque había gastado cuanto tenía protegiendo a
hombres como yo, que apenas somos nombres en las listas de paga del ejército.
Si deseáis despreciarlo, hacedlo después de conocerlo.
Riginalda encontró particularmente irritante aquella última observación, no
solamente por la libertad que el soldado se había permitido al dirigirse a
ella, sino porque la admiración que manifestaba resultaba demasiado sincera
para atribuirla a la adulación. Víctor no parecía tener interés alguno en
conseguir su favor y, de hecho, comenzaba a lamentar haber hablado tanto. Antes
de que la muchacha pudiera replicar, Gundulf apareció desde el corredor
llevando una jarra de agua y añadió, con su habitual falta de delicadeza: —¡Y
si queréis saber qué clase de hombre es nuestro comandante, señora, os diré que
tiene peor juicio que vuestro padre! ¡El generalísimo nos manda a investigar
problemas, pero el patricio insiste en resolverlos personalmente, aunque tenga
que dejarse la vida! —Víctor lo fulminó con la mirada—. ¡Gundulf, cierra esa
boca antes de que te condenen por romper el juramento! —¡No he dicho nada de lo
que vimos! —protestó el germano—. ¡Solo digo que el muchacho tiene más valor
que sentido común!
Desde los aposentos interiores llegó entonces un médico, acompañado por una
esclava que transportaba vendas y un recipiente de agua. El hombre informó que
Lucio no presentaba síntomas de embriaguez ni enfermedad contagiosa, sino un
agotamiento extremo, numerosas contusiones y una deshidratación considerable.
Necesitaba descanso, alimentos y tranquilidad, y esperaba que ninguna visita
inoportuna interrumpiera su recuperación. La nutrix aprovechó inmediatamente
aquella declaración para recordar a Riginalda que su padre había confiado
personalmente a ella la atención del huésped. Víctor inclinó respetuosamente la
cabeza y se dispuso a retirarse, aunque antes de hacerlo volvió hacia la
muchacha una última mirada. —Mi señora, no sé qué pretende vuestro padre con la
presencia del patricio en esta casa. Esas son cuestiones de grandes señores y
no me corresponde juzgarlas. Pero, si deseáis conocer una verdad sobre Lucio
Aeciano, os diré que anoche tuvo la oportunidad de salvarse abandonándonos y
prefirió correr el riesgo de morir para que nosotros pudiéramos regresar. Eso,
al menos entre soldados, significa bastante.
Riginalda contempló cómo Víctor se alejaba acompañado por Gundulf y decidió
que aquellos soldados eran, después de todo, unos aduladores incorregibles.
Conocía suficientemente las costumbres de los séquitos aristocráticos para
saber que cualquier oficial ambicioso podía convertir a su comandante en un
segundo Alejandro Magno si con ello obtenía mejores alojamientos, una paga
extraordinaria o el favor de algún poderoso. Aquel relato sobre criaturas
innombrables, sacerdotes y sacrificios heroicos le pareció una exageración
especialmente elaborada para justificar que un joven de buena familia hubiese
llegado a casa de su padre en condiciones lamentables. ¿Acaso no conocía Roma
las borracheras de sus aristócratas? ¿No se contaban historias de senadores que
necesitaban tres esclavos para abandonar un banquete? La sola idea de que Lucio
Aeciano hubiera descendido a los infiernos para salvar a cuatro soldados le
resultaba tan absurda como conveniente para su reputación. Se volvió hacia su
nutrix con una expresión desdeñosa. —¡Qué hombres tan serviciales! Si ese
Aeciano se cayera de un caballo, seguramente dirían que se arrojó
voluntariamente para proteger a una hormiga.
La anciana apenas tuvo tiempo de reprenderla, porque Riginalda ya había
emprendido el regreso hacia sus habitaciones, atravesando las galerías donde
continuaban trabajando los albañiles. Allí la aguardaba Alba, su esclava
personal, una muchacha de edad semejante a la suya, de movimientos discretos y
mirada despierta, que conocía tanto las costumbres de su señora como las
dificultades de sobrevivir entre las órdenes contradictorias de una casa
aristocrática. Llevaba entre las manos un conjunto de lienzos limpios, pequeños
recipientes de ungüentos y una bandeja con alimentos preparados para el
huésped. Su expresión bastó para despertar inmediatamente las sospechas de
Riginalda. —No me digas que también tú has venido a explicarme las virtudes de
ese gigante desmayado —murmuró la joven, deteniéndose frente a ella. Alba
inclinó respetuosamente la cabeza antes de responder—. No, mi señora. Vengo
porque el administrador ha recibido nuevas instrucciones de vuestro padre. Ha
ordenado que los mejores aposentos estén a disposición del patricio Aeciano y
que vos superviséis personalmente cuanto necesite durante su recuperación.
También ha indicado que vuestra presencia será requerida cuando el huésped
despierte.
—¡Magnífico! —exclamó Riginalda, levantando los brazos con una indignación
que hizo retroceder prudentemente a una esclava que pasaba cerca—. ¡Ahora soy
enfermera de un hombre que no conozco! ¿Qué vendrá después? ¿Tendré que
alimentarlo con una cuchara, contarle cuentos para que duerma y felicitarlo
cuando consiga mantenerse de pie sin caerse? —Alba bajó los ojos para ocultar
una sonrisa inoportuna, aunque la seriedad regresó inmediatamente a su rostro cuando
añadió que las instrucciones no habían terminado allí. El administrador había
transmitido también una advertencia muy precisa: el generalísimo esperaba
encontrar a su hija comportándose como correspondía a su nacimiento, mostrando
cortesía hacia sus invitados y abandonando ciertas actividades que consideraba
impropias de una doncella destinada a representar dignamente a su familia. —Mi
señora —continuó Alba, acercándose lo suficiente para que nadie más pudiera
escucharla—, el administrador dijo que vuestro padre no está dispuesto a
tolerar nuevas desobediencias. Y mencionó... mencionó que, si vuestra conducta
continúa preocupándolo, quizá convenga considerar una temporada de recogimiento
religioso. Habló de un convento, mi señora. Y también de un claustro.
La palabra claustro produjo un efecto mucho más profundo que todas las
amenazas anteriores. Riginalda conocía historias de muchachas aristocráticas
enviadas a comunidades religiosas para proteger su reputación, disciplinar su
carácter o apartarlas discretamente de matrimonios inconvenientes. Algunas
abrazaban sinceramente aquella vida; otras habían sido conducidas hasta ella
por padres y tutores que consideraban más sencillo encomendar su educación a
una superiora que discutir diariamente con sus hijas. La sola posibilidad de
verse encerrada entre muros, sometida a horarios de oración y privada de
caballos, armas y espacios abiertos, le resultaba insoportable. Su nutrix, que
había alcanzado a escuchar la advertencia, aprovechó la oportunidad con una
satisfacción apenas disimulada. —¿Lo ves, pequeña? Tu padre puede ser
indulgente, pero no es un hombre acostumbrado a que se contradigan sus órdenes.
Y créeme que las hermanas de un monasterio tienen mucha menos paciencia con las
jabalinas que yo. —Alba añadió prudentemente—: El administrador dijo que
vuestro padre prefiere mil veces veros convertida en una dama respetada antes
que obligaros a una vida de clausura. Pero quiere comprobar que podéis
comportaros como tal.
La joven permaneció un momento contemplando los lienzos y ungüentos que Alba
sostenía entre las manos, como si aquellos objetos constituyeran los
instrumentos de una rendición particularmente humillante. Al otro extremo de la
galería, unos carpinteros trabajaban reparando las contraventanas de la
habitación asignada al huésped, y podía escucharse a un médico impartiendo
instrucciones sobre reposo, alimentación y vigilancia. Alba, que conocía
perfectamente la aversión de su señora a dejarse dominar, se permitió ofrecerle
una salida que no comprometiera abiertamente su orgullo. —Podemos ocuparnos
nosotras de casi todo, mi señora. Vos solamente tendríais que presentaros de
vez en cuando, preguntar por su salud y permitir que vuestro padre vea que
habéis cumplido sus deseos. Nadie os exige pasar el día entero junto a su
lecho. —La nutrix asintió inmediatamente—. Y quizá descubras que el muchacho
tiene alguna cualidad aparte de su tamaño. Después de todo, ni siquiera habéis
intercambiado una conversación.
Alba dispuso la bandeja sobre una mesa próxima y comenzó a organizar los
ungüentos mientras aguardaba las instrucciones de su señora. Detrás de la
puerta de los aposentos destinados a Lucio, el médico continuaba examinándolo,
y una esclava salió para comunicar que el joven patricio dormía profundamente,
aunque su respiración se había estabilizado y no parecía encontrarse en
peligro. Riginalda tenía ahora ante sí una alternativa particularmente
desagradable: soportar durante unos días la presencia de aquel desconocido y
representar el papel de anfitriona obediente, o provocar una disputa con su
padre que podía terminar privándola de la libertad que tanto apreciaba. Por
primera vez desde su llegada a Roma, las jabalinas abandonadas en el patio
parecieron quedar infinitamente lejos.
La llegada de un nuevo visitante interrumpió los preparativos domésticos
cuando el administrador anunció que un sacerdote oriental solicitaba audiencia
urgente con el generalísimo. Se trataba de Zacarías de Emesa, cuya reputación
como estudioso de los demonios y exorcista había llegado a Roma mucho antes que
él. El anciano atravesó el atrio acompañado por un diácono y dos servidores
pontificios, vestido con una túnica oscura y un manto de lana que contrastaban
con el lujo de los oficiales y aristócratas reunidos en la residencia. Ricimero
lo recibió en una estancia contigua al patio, donde todavía podían escucharse
los golpes de los albañiles que reparaban las columnas. Riginalda, sorprendida
por la deferencia con que su padre saludaba a aquel desconocido, permaneció
cerca de la galería junto a su nutrix y Alba, lo bastante lejos para no
participar en la audiencia, pero suficientemente próxima para escuchar buena
parte de la conversación.
—Son cuestiones de la Iglesia, mi señor, y no pretendo involucraros
innecesariamente en nuestros asuntos espirituales —comenzó Zacarías, aceptando
el asiento que le ofrecían—. Sin embargo, después de los acontecimientos de
esta noche, considero indispensable informaros de ciertos hechos que afectan
directamente a la seguridad de Roma. Las criaturas encontradas en las galerías
funerarias no eran hombres disfrazados, animales conocidos ni simples productos
de una imaginación alterada. Hemos examinado sus restos y comprobado que
reaccionan violentamente al contacto con objetos y lugares consagrados. Pero
también hemos confirmado algo que resulta igualmente importante: atacan,
sangran y mueren. Las armas ordinarias pueden herirlas y, como ha demostrado
vuestro joven oficial, incluso destruirlas. Eso significa que la Iglesia
necesitará la colaboración de hombres armados cuando vuelva a enfrentarse a
semejantes abominaciones, y espero que podamos contar con vos llegado el
momento. —Ricimero, que había escuchado con los brazos cruzados, perdió
ligeramente el color al recordar la palidez de Lucio y el estado en que lo
habían traído sus soldados. —Ya tengo suficientes enemigos entre los vivos,
padre. Preferiría no tener que organizar campañas contra los muertos.
Zacarías permitió que una sonrisa discreta suavizara su expresión.
—Comprendo vuestra preocupación, pero quizá debamos acostumbrarnos a contemplar
ciertas cosas de manera diferente. Ha llegado hasta nosotros una noticia
procedente de las tierras de los galos, todavía sin confirmación suficiente
para considerarla un testimonio definitivo. Se dice que Juliano Aeciano,
hermano menor de vuestro oficial, ha realizado una proeza semejante al combatir
contra una criatura monstruosa en los dominios del rey Teodorico. No conocemos
todavía los detalles, y sería imprudente conceder crédito a todos los rumores
que atraviesan las fronteras, pero si ambos relatos resultan verdaderos, quizá
estemos presenciando el comienzo de algo extraordinario. —El anciano contempló
brevemente el crucifijo que llevaba sobre el pecho antes de continuar—. ¿Quién
sabe, mi señor? Tal vez Dios permita que nuestros tiempos conozcan una nueva
edad de los héroes. Una edad en la que los hombres vuelvan a enfrentarse con
monstruos como aquellos de los que hablaban Homero y Virgilio, pero esta vez
bajo la protección de Cristo, como corresponde a una civilización que ha
conocido la verdadera fe.
—Como corresponde —repitió Ricimero, aunque su expresión distaba mucho de
compartir el entusiasmo del sacerdote. Se levantó y comenzó a caminar
lentamente junto a una mesa cubierta de documentos, con las manos entrelazadas
a la espalda—. Padre Zacarías, llevo buena parte de mi vida procurando impedir
que el Imperio se despedace entre generales ambiciosos, pueblos federados,
senadores codiciosos y emperadores que rara vez comprenden sus propias
limitaciones. Tengo dificultades para mantener abastecidas nuestras
guarniciones, los vándalos continúan representando una amenaza y cada familia
aristocrática de Italia parece convencida de que sus intereses particulares
constituyen la voluntad de Dios. Si ahora debo añadir demonios, criaturas
monstruosas y sacerdotes cazadores de abominaciones a esta mezcla, terminaré
considerando que el fin del mundo sería una solución administrativa bastante
conveniente. —Zacarías soltó una breve carcajada, mientras Ricimero recuperaba
su habitual gravedad—. Decidme al menos que no pensáis anunciar todo esto
públicamente. Roma no necesita otro motivo para entregarse al pánico.
—Su Santidad todavía está deliberando sobre esa cuestión —respondió el
sacerdote—. Por ahora preferimos mantener la confidencialidad, al menos hasta
comprender el alcance del fenómeno y determinar si existen otros lugares
afectados. No deseamos que los charlatanes conviertan estos acontecimientos en
espectáculos, ni que las sectas utilicen nuestras investigaciones para ganar
adeptos. Aunque, naturalmente, siempre existe la posibilidad de que el rey de
Tolosa decida escribir una carta a todos los soberanos de la cristiandad
anunciando a los cuatro vientos que los monstruos demoníacos han regresado al
mundo. —Ricimero se detuvo, contempló al anciano durante un instante y terminó
por soltar una carcajada incrédula. —¡Por todos los santos, eso suena
exactamente a algo que haría Teodorico! Lo veo perfectamente enviando huesos
por medio mundo, convocando obispos y proclamándose protector de la humanidad
antes de consultar con ninguno de sus vecinos. —Zacarías inclinó la cabeza con
una ironía casi imperceptible—. Confiemos en que, si lo hace, tenga la
delicadeza de incluir también algunos testimonios verificables.
El generalísimo regresó a su asiento y apoyó ambas manos sobre la mesa. —En
cualquier caso, tendré que hablar con el emperador. Un asunto semejante no
puede permanecer exclusivamente entre la Iglesia y mis oficiales. ¿Ha sido
informado ya? —Sí, mi señor —respondió Zacarías, y aquella sencilla afirmación
bastó para que Ricimero alzara lentamente las cejas—. Las noticias han llegado
a la corte imperial por los canales correspondientes. Su Majestad conoce la
existencia de los restos y ha recibido un informe preliminar acerca de lo
sucedido en las catacumbas. —Durante unos instantes, el generalísimo permaneció
inmóvil, asimilando la desagradable circunstancia de que el emperador hubiera
sido informado antes de que él pudiera decidir cómo presentar los acontecimientos.
Zacarías, perfectamente consciente de la incomodidad que acababa de provocar,
añadió con amabilidad—: Os aseguro que nadie pretende disputaros vuestra
autoridad militar. Pero cuando los asuntos afectan por igual a la seguridad de
los hombres y a la salvación de sus almas, incluso los emperadores deben
acostumbrarse a compartir algunas preocupaciones con los obispos.
Desde la galería, Riginalda había alcanzado a escuchar lo suficiente para
comprender que los relatos de Víctor quizá no fueran simples adulaciones. Su
padre, que jamás parecía intimidado por las amenazas de otros hombres, había
palidecido ante las palabras de aquel sacerdote, y ahora discutía seriamente
sobre monstruos, demonios y héroes cristianos como si tales asuntos
pertenecieran a la misma realidad que los impuestos y las campañas militares.
Alba permanecía junto a ella, sosteniendo todavía los lienzos destinados al
huésped, mientras la nutrix observaba con creciente inquietud la puerta de los
aposentos donde Lucio descansaba. Dentro de la estancia, Zacarías se disponía a
despedirse cuando Ricimero formuló una última pregunta, mucho más personal que
las anteriores. —Padre, antes de marcharos, decidme una cosa. ¿Ese muchacho
corre algún peligro por haber estado en contacto con esas criaturas? —El
anciano tardó unos segundos en responder—. No hemos encontrado indicios de que
su contacto provoque enfermedad o corrupción, mi señor, pero todavía sabemos
demasiado poco. Conviene vigilar su recuperación. Y, si me permitís un consejo,
no le exijáis nuevas hazañas inmediatamente. Incluso los héroes necesitan
dormir.
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