jueves, 15 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los hijos de las tinieblas: Los designios del generalísimo

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El amplio patio interior de la domus que su padre había ocupado al llegar a Roma ofrecía un espectáculo extraño, mitad grandeza exhausta y mitad resurrección forzada. Las galerías porticadas conservaban todavía columnas de mármol agrietadas, capiteles mordidos por la humedad y mosaicos en los que las viejas escenas mitológicas apenas sobrevivían bajo capas de polvo, yeso desprendido y maleza arrancada a medias por los esclavos. En otros tiempos aquella casa debió de haber pertenecido a una familia tan rica que podía permitirse fuentes cantoras, estatuas importadas de Grecia y cuadrillas enteras dedicadas exclusivamente al cuidado de los jardines; ahora, como tantas otras villas romanas, había permanecido medio deshabitada durante años, víctima de esa lenta ruina económica que no derribaba de golpe los palacios, pero sí les vaciaba el corazón hasta convertirlos en cáscaras demasiado costosas para ser habitadas dignamente. Por todas partes se veían obreros, albañiles, carpinteros y esclavos, unos levantando andamios, otros retirando escombros, otros discutiendo en voz alta mientras medían vigas torcidas o arrastraban ánforas, y entre aquel hervidero de restauración improvisada la figura de Riginalda dominaba la escena con la naturalidad fiera de quien no había nacido para pedir permiso.

Había plantado un blanco de paja reforzada contra un muro descascarado y, con túnica corta ceñida para permitir el movimiento, brazo firme y el cabello claro medio recogido para que no le estorbara el rostro, lanzaba jabalinas con una violencia exacta que obligaba a varios trabajadores a apartarse prudentemente de la trayectoria. No entrenaba como juegan las muchachas nobles cuando imitan a las amazonas por capricho; entrenaba con la concentración seca, testaruda, casi hostil, de alguien que encontraba placer en el golpe limpio, en la vibración del asta al salir de la mano y en el sonido hueco con que el hierro mordía la paja comprimida. Una de las jabalinas se clavó tan cerca del centro que hizo temblar las anteriores, y Riginalda sonrió apenas, con esa expresión breve y salvaje que la embellecía más de lo que convenía a la tranquilidad de quienes soñaban con verla convertida en esposa dócil de algún aliado útil.

—Eso no son ocupaciones para una doncella romana, niña —protestó detrás de ella su nutrix, una mujer ya entrada en años, de rostro ancho y severidad fatigada, que llevaba demasiado tiempo intentando domesticar un espíritu que nunca había pedido ser domado—. Hilar sí, bordar sí, dirigir esclavas sí, aprender salmos y modales sí; pero andar aquí, entre obreros, sudando como un mozo de cuadra y lanzando hierros como si quisieras alistarte con los hombres de tu padre... eso no. No y no. Si tu madre te viera, pediría a todos los santos que te enderezaran el juicio. Riginalda tomó otra jabalina sin volverse, la equilibró un instante sobre la palma y respondió con una calma insolente que revelaba cuánto disfrutaba la discusión. —Si mi madre me viera, quizá pediría más bien que me dieran un blanco más digno. Este parece un senador romano: recibe un golpe y aun así sigue en pie por pura costumbre. La nutrix chasqueó la lengua, escandalizada. —No hagas bromas impías. Y deja de escuchar a los soldados. Cada vez hablas peor.

Riginalda giró entonces el torso, midió la distancia y lanzó de nuevo. El asta salió silbando y se incrustó por encima de las otras, arrancando un murmullo de admiración a dos obreros que fingieron inmediatamente no haber dicho nada cuando la nutrix los fulminó con la mirada. —Peor sería hablar como ciertas romanas que no saben hacer nada salvo sonreír, bajar los ojos y esperar a que un hombre las cambie de casa como se cambia un cofre de habitación —replicó la muchacha, y en su voz apareció por un momento una dureza más vieja que sus años—. Si he de vivir en esta ciudad de muros rajados y linajes podridos, al menos sabré sostenerme recta. No seré una estatua bien peinada para que la miren y la negocien. La nodriza avanzó hasta colocarse casi a su lado, bajando la voz con ese tono de súplica autoritaria que solo emplean las mujeres que han criado a una criatura desde la cuna y se saben medio madres por costumbre, medio siervas por condición. —No entiendes, pequeña fiera. No se trata solo de decoro. Se trata de sobrevivir. Las muchachas de sangre alta no siempre eligen su destino; a veces lo sobreviven. Y para sobrevivir en Roma conviene más una lengua prudente que un brazo fuerte.

Riginalda volvió el rostro hacia ella entonces, y durante un instante la luz de la mañana cayó de lleno sobre sus facciones, revelando aquella belleza bárbara, joven y todavía indómita que en otra mujer habría parecido mera gracia, pero en ella parecía casi una advertencia. —Entonces aprenderé ambas cosas —dijo al fin—. La lengua prudente para cuando haga falta mentirles, y el brazo fuerte para cuando intenten obligarme de verdad. Después arrancó de un tirón una jabalina del cesto, se colocó de perfil y la arrojó con tanta violencia que el blanco se venció hacia atrás y la punta atravesó la paja hasta quedar temblando en la madera del soporte. Varios trabajadores se volvieron a mirar el impacto; la nutrix alzó los ojos al cielo como si pidiera paciencia; y en medio de aquella domus medio arruinada, donde Roma intentaba seguir fingiendo que todavía podía sostener la carga de su propio pasado, Riginalda parecía una criatura mucho más viva que todas las estatuas del patio juntas, demasiado orgullosa para ser una doncella ejemplar y demasiado joven para comprender aún cuánta guerra habría de librar, no contra enemigos extranjeros, sino contra las manos bien perfumadas que algún día querrían ponerle un yugo con nombre de matrimonio.

El estrépito de cascos y el tintineo de arreos interrumpieron las protestas de la nodriza cuando, desde el pórtico principal, llegó el anuncio de que el magister militum Ricimero acababa de regresar a su residencia. Los trabajadores abandonaron apresuradamente los lugares de paso, los esclavos domésticos corrieron a disponer agua y refrigerios, y un administrador comenzó a gritar instrucciones contradictorias acerca de los aposentos que todavía no estaban preparados. Riginalda permaneció junto a su blanco, sosteniendo una última jabalina, hasta que su nutrix prácticamente la arrastró hacia las habitaciones. Habían transcurrido ocho años desde la última vez que vio a su padre, exactamente la mitad de su vida, y aquella separación había convertido al hombre más poderoso de Occidente en una figura extrañamente distante, presente en las conversaciones, en las órdenes que llegaban por escrito y en las decisiones que determinaban su existencia, pero ausente de sus recuerdos cotidianos. Mientras dos esclavas la ayudaban a cambiar su túnica corta por una estola de lino fino, arreglaban su cabello y sustituían sus sencillos adornos por joyas apropiadas para una hija de tan elevada condición, la muchacha soportó aquellas atenciones con una irritación que su nodriza confundió deliberadamente con nerviosismo. —Sonríe, hija, y recuerda que no estás recibiendo a un capitán cualquiera, sino a tu padre —le recomendó—. Y, por el amor de Dios, no empieces a discutir sobre matrimonios antes de que haya tomado asiento.

Cuando Riginalda apareció finalmente en el atrio, Ricimero acababa de atravesar el umbral acompañado por varios oficiales. La primera impresión de la muchacha fue decepcionante. Había imaginado hombres extraordinarios, quizá gigantes cubiertos de cicatrices, guerreros de esos que los poetas describían atravesando ejércitos enemigos; en cambio, encontró soldados de apariencia bastante corriente, algunos canosos, otros de estatura mediana, muchos con rostros curtidos y maneras poco elegantes. Su propio padre le pareció más viejo de cuanto recordaba. Los cabellos oscuros mostraban hebras grises, su rostro había adquirido una dureza desconocida para la niña que lo había despedido ocho años atrás y sus ojos conservaban aquella vigilancia constante de los hombres acostumbrados a mandar incluso cuando se encuentran entre familiares. Ricimero se detuvo al verla. Durante un instante pareció buscar en aquella joven de dieciséis años los rasgos de la pequeña que había dejado atrás y, cuando finalmente sonrió, hubo en su expresión una emoción sincera que ningún senador romano habría reconocido en el severo generalísimo. —¡Riginalda! ¡Por Dios, pequeña, habéis crecido más de lo que esperaba! —Examinó su rostro con evidente satisfacción, aunque no tardó en reparar en el blanco de jabalinas visible al fondo del patio—. Veo que todavía conserváis las costumbres de nuestros antepasados. Vuestra nodriza debe de estar desesperada.

La presentación de los oficiales comenzó poco después, y Riginalda descubrió que sus nombres resultaban considerablemente más impresionantes que sus apariencias. Había veteranos de las campañas contra los vándalos, comandantes que habían servido en la Galia y hombres cuya lealtad personal a Ricimero se había forjado durante décadas de guerras civiles y fronterizas. La muchacha respondió a sus saludos con la cortesía aprendida, aunque difícilmente habría podido distinguir a unos de otros al terminar las presentaciones. Solo uno llamó poderosamente su atención: un joven extraordinariamente alto y ancho de hombros, rubio, de ojos azules y facciones sorprendentemente hermosas para alguien de semejante corpulencia. Parecía un héroe de los antiguos relatos germanos al que hubieran vestido con ropas romanas, pero su expresión desmentía aquella imagen magnífica. Tenía el rostro pálido, los ojos ligeramente hundidos y una rigidez fatigada en los movimientos, como si hubiera pasado la noche entregado a una juerga interminable. Riginalda incluso intentó percibir el olor característico del vino, sin encontrarlo. Aquello empeoró su opinión: si no estaba borracho, debía de ser uno de esos oficiales jóvenes que confundían el agotamiento con una demostración de virilidad. —Y este —anunció Ricimero, reservando para el final una presentación que parecía complacerlo particularmente— es Lucio Aeciano, primogénito de la Casa Aecia y descendiente del gran Flavio Aecio. Ha demostrado poseer un valor extraordinario y espero mucho de él. Lucio, os presento a mi hija menor, Riginalda.

El joven alcanzó a inclinar respetuosamente la cabeza, pero cuando recuperó la postura su expresión cambió súbitamente. La fatiga que había estado disimulando durante toda la recepción terminó por vencerlo. Sus rodillas cedieron, una mano buscó inútilmente el apoyo de una columna y su enorme cuerpo se desplomó sobre el pavimento con un golpe que hizo gritar a varias esclavas. Durante un instante reinó un silencio atónito, roto inmediatamente por la voz de Ricimero. —¡Lucio! ¡Por Cristo, traed un médico! ¡Víctor, ayudadme a levantarlo! —El generalísimo se arrodilló junto al joven con una rapidez que Riginalda jamás habría esperado de un hombre de su rango. Le tomó el rostro entre las manos, comprobó que respiraba y ordenó a los oficiales apartarse para permitir la entrada de aire. Su preocupación era tan manifiesta que habría parecido la de un padre ante la enfermedad de su propio hijo. —¡Os dije que debíais descansar, muchacho! —murmuró con evidente angustia, aunque el desvanecido no podía escucharlo—. ¡Maldita sea vuestra obstinación! —Víctor, que había acompañado al patricio durante la terrible noche de las catacumbas, intervino para explicar que Lucio llevaba demasiadas horas sin dormir, había combatido, recibido golpes y apenas había probado alimento desde el día anterior. Ricimero levantó hacia él una mirada fulminante—. ¿Y nadie consideró oportuno informarme de que estaba en semejante estado?

Riginalda observaba la escena con creciente desconcierto. Aquel hombre que había permanecido ocho años ausente de su vida se encontraba ahora arrodillado junto a un oficial prácticamente desconocido, prodigándole una preocupación que ella nunca había tenido ocasión de recibir personalmente. Cuando los criados consiguieron levantar al gigantesco patricio y trasladarlo hacia los aposentos interiores, Ricimero se incorporó, ordenó preparar la mejor habitación disponible y, volviéndose hacia su hija, pronunció unas palabras que la dejaron todavía más perpleja. —Riginalda, quiero que os ocupéis personalmente de que no le falte nada. Que los médicos lo examinen, que disponga de alimentos apropiados y que nadie lo moleste hasta que se recupere. —Su expresión adquirió entonces una gravedad distinta, casi calculadora, aunque todavía conservaba la preocupación de los últimos instantes—. Lucio Aeciano no es un huésped cualquiera. Pertenece a una de las casas más ilustres de Roma, y su bienestar me importa tanto como el de cualquiera de los nuestros. Tratadlo como si fuera de vuestra propia familia.

Ricimero hizo una pausa antes de añadir, con una ligera sonrisa que no llegó a ocultar completamente la intención de sus palabras: —Después de todo, hija mía, no sería extraño que algún día llegase a serlo de una manera mucho más estrecha. —La nutrix, situada discretamente detrás de Riginalda, abrió los ojos con una expresión de súbita comprensión, mientras una de las esclavas intercambiaba una mirada alarmada con su compañera. Desde el corredor llegaban todavía las voces de los médicos y el ruido de los pasos apresurados. El generalísimo, satisfecho de haber dispuesto cuanto consideraba necesario, volvió su atención hacia los oficiales, dejando a su hija frente a una perspectiva que nadie se había molestado en consultarle: aquella misma mañana había conocido a su padre después de ocho años, a un extraño que se había desmayado a sus pies y, posiblemente, al hombre con quien pretendían decidir el resto de su existencia.

Riginalda no necesitó que su padre pronunciara la palabra matrimonio para comprender sus intenciones. La pausa deliberada, aquella sonrisa satisfecha y, sobre todo, la manera en que había presentado al joven Aeciano como alguien que podría pertenecer muy pronto a la familia constituían señales demasiado evidentes. Su padre llevaba ocho años sin verla y, antes de que hubieran compartido siquiera una conversación verdaderamente privada, ya parecía dispuesto a negociar su porvenir con la misma naturalidad con que distribuía mandos militares. La muchacha sintió que la indignación le ascendía por el pecho hasta enrojecerle las mejillas. Su nutrix, que conocía demasiado bien aquella expresión, intentó sujetarla discretamente por el antebrazo, pero Riginalda se desprendió de su mano y contempló con manifiesto desprecio el corredor por el que acababan de llevar al gigantesco huésped. Si su padre esperaba que se enamorase de un hombre por el simple hecho de que fuera alto, rubio, aristócrata y descendiente de un general famoso, estaba a punto de descubrir que los años de separación no habían contribuido precisamente a volverla más obediente.

—¡Ocho años! ¡Ocho años sin verme, y ahora pretende entregarme al primer gigante que encuentra por el camino! —protestó entre dientes, procurando que su padre, todavía ocupado con los oficiales, no alcanzara a escucharla. La nodriza adoptó inmediatamente aquella expresión de resignación que precedía a sus sermones más extensos. —No es el primer gigante que encuentra, criatura. Es un Aeciano, y eso significa mucho entre los romanos. Además, vuestro padre no ha anunciado compromiso alguno. —¡No necesita anunciarlo! ¡Lo conozco lo suficiente para saber cuándo está negociando algo! —replicó Riginalda, y aquella afirmación resultó particularmente amarga porque, en realidad, apenas conocía al hombre que acababa de regresar. La anciana quiso responder, pero su protegida ya había descubierto a uno de los soldados que acompañaron al desvanecido y se dirigía hacia él con la determinación de quien acaba de encontrar una explicación que exigir.

Víctor estaba junto a una fuente inutilizada, bebiendo agua de un pequeño recipiente que le había proporcionado un esclavo. El veterano panonio parecía considerablemente más cansado de lo habitual, aunque conservaba la compostura propia de un hombre acostumbrado a responder por sus decisiones ante superiores exigentes. Riginalda se detuvo frente a él, examinó las manchas oscuras que todavía ensuciaban el borde de su cinturón militar y señaló con la mirada hacia los aposentos interiores. —Decidme, soldado, ¿qué le ocurrió a vuestro comandante? ¿Una pelea de taberna, quizá? ¿Una noche de vino y rameras que terminó peor de lo esperado? Porque, si ese hombre es tan extraordinario como asegura mi padre, debo confesar que su primera demostración ha resultado bastante decepcionante. —Víctor casi se atragantó con el agua. Dejó el recipiente sobre la fuente y contempló a la joven con una expresión en la que se mezclaban la sorpresa y una indignación que su disciplina militar apenas consiguió contener.

—¡Mi señora! —exclamó, persignándose apresuradamente—. Os aseguro que nuestro comandante no ha pasado la noche entre mujeres de mala vida, ni bebiendo, ni peleando por asuntos indignos de su nombre. —Bajó la voz y miró hacia ambos extremos del patio antes de continuar—. Los sacerdotes me obligaron a prestar juramento de silencio sobre lo que encontramos, y no pienso faltar a una promesa hecha ante hombres santos. Pero puedo deciros una cosa, y os ruego que no me pidáis más explicaciones: esta noche hemos combatido por Cristo contra... contra cosas que no deberían nombrarse. —El panonio volvió a santiguarse, esta vez con mayor lentitud, y durante un instante su mirada se perdió en algún recuerdo desagradable—. He visto a hombres despedazados en los campos de batalla, mi señora. He visto morir caballos, he enterrado compañeros y he combatido contra enemigos que parecían salidos de las peores pesadillas de nuestras abuelas. Pero jamás había visto lo que encontramos anoche.

La expresión del veterano fue suficiente para hacer callar incluso a la nutrix, que había seguido a Riginalda hasta la fuente. Víctor continuó hablando con aquella gravedad sencilla que caracteriza a los soldados cuando recuerdan algo que preferirían olvidar. —Vuestro padre nos confió al patricio Aeciano, y ese muchacho terminó protegiéndonos a todos. Nos ordenó retirarnos cuando comprendió que necesitábamos ayuda y permaneció solo para cubrir nuestra espalda. Pensamos que no volveríamos a verlo. Cuando regresamos con hombres enviados por la Iglesia, lo encontramos todavía en pie. Agotado, sí, pero vivo. —El veterano vaciló antes de añadir—. Mi señora, vuestro huésped no se desvaneció porque le faltaran fuerzas para comportarse decorosamente durante una recepción. Se desvaneció porque había gastado cuanto tenía protegiendo a hombres como yo, que apenas somos nombres en las listas de paga del ejército. Si deseáis despreciarlo, hacedlo después de conocerlo.

Riginalda encontró particularmente irritante aquella última observación, no solamente por la libertad que el soldado se había permitido al dirigirse a ella, sino porque la admiración que manifestaba resultaba demasiado sincera para atribuirla a la adulación. Víctor no parecía tener interés alguno en conseguir su favor y, de hecho, comenzaba a lamentar haber hablado tanto. Antes de que la muchacha pudiera replicar, Gundulf apareció desde el corredor llevando una jarra de agua y añadió, con su habitual falta de delicadeza: —¡Y si queréis saber qué clase de hombre es nuestro comandante, señora, os diré que tiene peor juicio que vuestro padre! ¡El generalísimo nos manda a investigar problemas, pero el patricio insiste en resolverlos personalmente, aunque tenga que dejarse la vida! —Víctor lo fulminó con la mirada—. ¡Gundulf, cierra esa boca antes de que te condenen por romper el juramento! —¡No he dicho nada de lo que vimos! —protestó el germano—. ¡Solo digo que el muchacho tiene más valor que sentido común!

Desde los aposentos interiores llegó entonces un médico, acompañado por una esclava que transportaba vendas y un recipiente de agua. El hombre informó que Lucio no presentaba síntomas de embriaguez ni enfermedad contagiosa, sino un agotamiento extremo, numerosas contusiones y una deshidratación considerable. Necesitaba descanso, alimentos y tranquilidad, y esperaba que ninguna visita inoportuna interrumpiera su recuperación. La nutrix aprovechó inmediatamente aquella declaración para recordar a Riginalda que su padre había confiado personalmente a ella la atención del huésped. Víctor inclinó respetuosamente la cabeza y se dispuso a retirarse, aunque antes de hacerlo volvió hacia la muchacha una última mirada. —Mi señora, no sé qué pretende vuestro padre con la presencia del patricio en esta casa. Esas son cuestiones de grandes señores y no me corresponde juzgarlas. Pero, si deseáis conocer una verdad sobre Lucio Aeciano, os diré que anoche tuvo la oportunidad de salvarse abandonándonos y prefirió correr el riesgo de morir para que nosotros pudiéramos regresar. Eso, al menos entre soldados, significa bastante.

Riginalda contempló cómo Víctor se alejaba acompañado por Gundulf y decidió que aquellos soldados eran, después de todo, unos aduladores incorregibles. Conocía suficientemente las costumbres de los séquitos aristocráticos para saber que cualquier oficial ambicioso podía convertir a su comandante en un segundo Alejandro Magno si con ello obtenía mejores alojamientos, una paga extraordinaria o el favor de algún poderoso. Aquel relato sobre criaturas innombrables, sacerdotes y sacrificios heroicos le pareció una exageración especialmente elaborada para justificar que un joven de buena familia hubiese llegado a casa de su padre en condiciones lamentables. ¿Acaso no conocía Roma las borracheras de sus aristócratas? ¿No se contaban historias de senadores que necesitaban tres esclavos para abandonar un banquete? La sola idea de que Lucio Aeciano hubiera descendido a los infiernos para salvar a cuatro soldados le resultaba tan absurda como conveniente para su reputación. Se volvió hacia su nutrix con una expresión desdeñosa. —¡Qué hombres tan serviciales! Si ese Aeciano se cayera de un caballo, seguramente dirían que se arrojó voluntariamente para proteger a una hormiga.

La anciana apenas tuvo tiempo de reprenderla, porque Riginalda ya había emprendido el regreso hacia sus habitaciones, atravesando las galerías donde continuaban trabajando los albañiles. Allí la aguardaba Alba, su esclava personal, una muchacha de edad semejante a la suya, de movimientos discretos y mirada despierta, que conocía tanto las costumbres de su señora como las dificultades de sobrevivir entre las órdenes contradictorias de una casa aristocrática. Llevaba entre las manos un conjunto de lienzos limpios, pequeños recipientes de ungüentos y una bandeja con alimentos preparados para el huésped. Su expresión bastó para despertar inmediatamente las sospechas de Riginalda. —No me digas que también tú has venido a explicarme las virtudes de ese gigante desmayado —murmuró la joven, deteniéndose frente a ella. Alba inclinó respetuosamente la cabeza antes de responder—. No, mi señora. Vengo porque el administrador ha recibido nuevas instrucciones de vuestro padre. Ha ordenado que los mejores aposentos estén a disposición del patricio Aeciano y que vos superviséis personalmente cuanto necesite durante su recuperación. También ha indicado que vuestra presencia será requerida cuando el huésped despierte.

—¡Magnífico! —exclamó Riginalda, levantando los brazos con una indignación que hizo retroceder prudentemente a una esclava que pasaba cerca—. ¡Ahora soy enfermera de un hombre que no conozco! ¿Qué vendrá después? ¿Tendré que alimentarlo con una cuchara, contarle cuentos para que duerma y felicitarlo cuando consiga mantenerse de pie sin caerse? —Alba bajó los ojos para ocultar una sonrisa inoportuna, aunque la seriedad regresó inmediatamente a su rostro cuando añadió que las instrucciones no habían terminado allí. El administrador había transmitido también una advertencia muy precisa: el generalísimo esperaba encontrar a su hija comportándose como correspondía a su nacimiento, mostrando cortesía hacia sus invitados y abandonando ciertas actividades que consideraba impropias de una doncella destinada a representar dignamente a su familia. —Mi señora —continuó Alba, acercándose lo suficiente para que nadie más pudiera escucharla—, el administrador dijo que vuestro padre no está dispuesto a tolerar nuevas desobediencias. Y mencionó... mencionó que, si vuestra conducta continúa preocupándolo, quizá convenga considerar una temporada de recogimiento religioso. Habló de un convento, mi señora. Y también de un claustro.

La palabra claustro produjo un efecto mucho más profundo que todas las amenazas anteriores. Riginalda conocía historias de muchachas aristocráticas enviadas a comunidades religiosas para proteger su reputación, disciplinar su carácter o apartarlas discretamente de matrimonios inconvenientes. Algunas abrazaban sinceramente aquella vida; otras habían sido conducidas hasta ella por padres y tutores que consideraban más sencillo encomendar su educación a una superiora que discutir diariamente con sus hijas. La sola posibilidad de verse encerrada entre muros, sometida a horarios de oración y privada de caballos, armas y espacios abiertos, le resultaba insoportable. Su nutrix, que había alcanzado a escuchar la advertencia, aprovechó la oportunidad con una satisfacción apenas disimulada. —¿Lo ves, pequeña? Tu padre puede ser indulgente, pero no es un hombre acostumbrado a que se contradigan sus órdenes. Y créeme que las hermanas de un monasterio tienen mucha menos paciencia con las jabalinas que yo. —Alba añadió prudentemente—: El administrador dijo que vuestro padre prefiere mil veces veros convertida en una dama respetada antes que obligaros a una vida de clausura. Pero quiere comprobar que podéis comportaros como tal.

La joven permaneció un momento contemplando los lienzos y ungüentos que Alba sostenía entre las manos, como si aquellos objetos constituyeran los instrumentos de una rendición particularmente humillante. Al otro extremo de la galería, unos carpinteros trabajaban reparando las contraventanas de la habitación asignada al huésped, y podía escucharse a un médico impartiendo instrucciones sobre reposo, alimentación y vigilancia. Alba, que conocía perfectamente la aversión de su señora a dejarse dominar, se permitió ofrecerle una salida que no comprometiera abiertamente su orgullo. —Podemos ocuparnos nosotras de casi todo, mi señora. Vos solamente tendríais que presentaros de vez en cuando, preguntar por su salud y permitir que vuestro padre vea que habéis cumplido sus deseos. Nadie os exige pasar el día entero junto a su lecho. —La nutrix asintió inmediatamente—. Y quizá descubras que el muchacho tiene alguna cualidad aparte de su tamaño. Después de todo, ni siquiera habéis intercambiado una conversación.

Alba dispuso la bandeja sobre una mesa próxima y comenzó a organizar los ungüentos mientras aguardaba las instrucciones de su señora. Detrás de la puerta de los aposentos destinados a Lucio, el médico continuaba examinándolo, y una esclava salió para comunicar que el joven patricio dormía profundamente, aunque su respiración se había estabilizado y no parecía encontrarse en peligro. Riginalda tenía ahora ante sí una alternativa particularmente desagradable: soportar durante unos días la presencia de aquel desconocido y representar el papel de anfitriona obediente, o provocar una disputa con su padre que podía terminar privándola de la libertad que tanto apreciaba. Por primera vez desde su llegada a Roma, las jabalinas abandonadas en el patio parecieron quedar infinitamente lejos.

La llegada de un nuevo visitante interrumpió los preparativos domésticos cuando el administrador anunció que un sacerdote oriental solicitaba audiencia urgente con el generalísimo. Se trataba de Zacarías de Emesa, cuya reputación como estudioso de los demonios y exorcista había llegado a Roma mucho antes que él. El anciano atravesó el atrio acompañado por un diácono y dos servidores pontificios, vestido con una túnica oscura y un manto de lana que contrastaban con el lujo de los oficiales y aristócratas reunidos en la residencia. Ricimero lo recibió en una estancia contigua al patio, donde todavía podían escucharse los golpes de los albañiles que reparaban las columnas. Riginalda, sorprendida por la deferencia con que su padre saludaba a aquel desconocido, permaneció cerca de la galería junto a su nutrix y Alba, lo bastante lejos para no participar en la audiencia, pero suficientemente próxima para escuchar buena parte de la conversación.

—Son cuestiones de la Iglesia, mi señor, y no pretendo involucraros innecesariamente en nuestros asuntos espirituales —comenzó Zacarías, aceptando el asiento que le ofrecían—. Sin embargo, después de los acontecimientos de esta noche, considero indispensable informaros de ciertos hechos que afectan directamente a la seguridad de Roma. Las criaturas encontradas en las galerías funerarias no eran hombres disfrazados, animales conocidos ni simples productos de una imaginación alterada. Hemos examinado sus restos y comprobado que reaccionan violentamente al contacto con objetos y lugares consagrados. Pero también hemos confirmado algo que resulta igualmente importante: atacan, sangran y mueren. Las armas ordinarias pueden herirlas y, como ha demostrado vuestro joven oficial, incluso destruirlas. Eso significa que la Iglesia necesitará la colaboración de hombres armados cuando vuelva a enfrentarse a semejantes abominaciones, y espero que podamos contar con vos llegado el momento. —Ricimero, que había escuchado con los brazos cruzados, perdió ligeramente el color al recordar la palidez de Lucio y el estado en que lo habían traído sus soldados. —Ya tengo suficientes enemigos entre los vivos, padre. Preferiría no tener que organizar campañas contra los muertos.

Zacarías permitió que una sonrisa discreta suavizara su expresión. —Comprendo vuestra preocupación, pero quizá debamos acostumbrarnos a contemplar ciertas cosas de manera diferente. Ha llegado hasta nosotros una noticia procedente de las tierras de los galos, todavía sin confirmación suficiente para considerarla un testimonio definitivo. Se dice que Juliano Aeciano, hermano menor de vuestro oficial, ha realizado una proeza semejante al combatir contra una criatura monstruosa en los dominios del rey Teodorico. No conocemos todavía los detalles, y sería imprudente conceder crédito a todos los rumores que atraviesan las fronteras, pero si ambos relatos resultan verdaderos, quizá estemos presenciando el comienzo de algo extraordinario. —El anciano contempló brevemente el crucifijo que llevaba sobre el pecho antes de continuar—. ¿Quién sabe, mi señor? Tal vez Dios permita que nuestros tiempos conozcan una nueva edad de los héroes. Una edad en la que los hombres vuelvan a enfrentarse con monstruos como aquellos de los que hablaban Homero y Virgilio, pero esta vez bajo la protección de Cristo, como corresponde a una civilización que ha conocido la verdadera fe.

—Como corresponde —repitió Ricimero, aunque su expresión distaba mucho de compartir el entusiasmo del sacerdote. Se levantó y comenzó a caminar lentamente junto a una mesa cubierta de documentos, con las manos entrelazadas a la espalda—. Padre Zacarías, llevo buena parte de mi vida procurando impedir que el Imperio se despedace entre generales ambiciosos, pueblos federados, senadores codiciosos y emperadores que rara vez comprenden sus propias limitaciones. Tengo dificultades para mantener abastecidas nuestras guarniciones, los vándalos continúan representando una amenaza y cada familia aristocrática de Italia parece convencida de que sus intereses particulares constituyen la voluntad de Dios. Si ahora debo añadir demonios, criaturas monstruosas y sacerdotes cazadores de abominaciones a esta mezcla, terminaré considerando que el fin del mundo sería una solución administrativa bastante conveniente. —Zacarías soltó una breve carcajada, mientras Ricimero recuperaba su habitual gravedad—. Decidme al menos que no pensáis anunciar todo esto públicamente. Roma no necesita otro motivo para entregarse al pánico.

—Su Santidad todavía está deliberando sobre esa cuestión —respondió el sacerdote—. Por ahora preferimos mantener la confidencialidad, al menos hasta comprender el alcance del fenómeno y determinar si existen otros lugares afectados. No deseamos que los charlatanes conviertan estos acontecimientos en espectáculos, ni que las sectas utilicen nuestras investigaciones para ganar adeptos. Aunque, naturalmente, siempre existe la posibilidad de que el rey de Tolosa decida escribir una carta a todos los soberanos de la cristiandad anunciando a los cuatro vientos que los monstruos demoníacos han regresado al mundo. —Ricimero se detuvo, contempló al anciano durante un instante y terminó por soltar una carcajada incrédula. —¡Por todos los santos, eso suena exactamente a algo que haría Teodorico! Lo veo perfectamente enviando huesos por medio mundo, convocando obispos y proclamándose protector de la humanidad antes de consultar con ninguno de sus vecinos. —Zacarías inclinó la cabeza con una ironía casi imperceptible—. Confiemos en que, si lo hace, tenga la delicadeza de incluir también algunos testimonios verificables.

El generalísimo regresó a su asiento y apoyó ambas manos sobre la mesa. —En cualquier caso, tendré que hablar con el emperador. Un asunto semejante no puede permanecer exclusivamente entre la Iglesia y mis oficiales. ¿Ha sido informado ya? —Sí, mi señor —respondió Zacarías, y aquella sencilla afirmación bastó para que Ricimero alzara lentamente las cejas—. Las noticias han llegado a la corte imperial por los canales correspondientes. Su Majestad conoce la existencia de los restos y ha recibido un informe preliminar acerca de lo sucedido en las catacumbas. —Durante unos instantes, el generalísimo permaneció inmóvil, asimilando la desagradable circunstancia de que el emperador hubiera sido informado antes de que él pudiera decidir cómo presentar los acontecimientos. Zacarías, perfectamente consciente de la incomodidad que acababa de provocar, añadió con amabilidad—: Os aseguro que nadie pretende disputaros vuestra autoridad militar. Pero cuando los asuntos afectan por igual a la seguridad de los hombres y a la salvación de sus almas, incluso los emperadores deben acostumbrarse a compartir algunas preocupaciones con los obispos.

Desde la galería, Riginalda había alcanzado a escuchar lo suficiente para comprender que los relatos de Víctor quizá no fueran simples adulaciones. Su padre, que jamás parecía intimidado por las amenazas de otros hombres, había palidecido ante las palabras de aquel sacerdote, y ahora discutía seriamente sobre monstruos, demonios y héroes cristianos como si tales asuntos pertenecieran a la misma realidad que los impuestos y las campañas militares. Alba permanecía junto a ella, sosteniendo todavía los lienzos destinados al huésped, mientras la nutrix observaba con creciente inquietud la puerta de los aposentos donde Lucio descansaba. Dentro de la estancia, Zacarías se disponía a despedirse cuando Ricimero formuló una última pregunta, mucho más personal que las anteriores. —Padre, antes de marcharos, decidme una cosa. ¿Ese muchacho corre algún peligro por haber estado en contacto con esas criaturas? —El anciano tardó unos segundos en responder—. No hemos encontrado indicios de que su contacto provoque enfermedad o corrupción, mi señor, pero todavía sabemos demasiado poco. Conviene vigilar su recuperación. Y, si me permitís un consejo, no le exijáis nuevas hazañas inmediatamente. Incluso los héroes necesitan dormir.

 

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