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Durante los primeros días de su administración, Lucio Aeciano demostró poseer una virtud que los grandes señores de Roma solían elogiar en sus discursos y practicar muy raramente en sus propias casas: la austeridad. No introdujo reformas espectaculares, no destituyó a los administradores para colocar hombres de su confianza y tampoco consideró necesario justificar su autoridad mediante órdenes interminables. Conservó en sus puestos a los responsables masculinos y femeninos de la servidumbre, respetó las atribuciones de quienes llevaban años ocupándose de los almacenes, cocinas, talleres y habitaciones, y estableció una rutina tan sencilla que pronto dejó de resultar novedosa. Durante las mañanas examinaba las cuentas, escuchaba las solicitudes de los libertos, revisaba contratos y estampaba el sello de Ricimero sobre los documentos que consideraba satisfactorios; durante las tardes recorría los mercados acompañado por Cayo Septimio, comprobaba personalmente la calidad de los materiales adquiridos y regresaba para inspeccionar las obras. Descubrió que buena parte de los problemas de aquella residencia no requerían ingeniosos procedimientos administrativos, sino pagar oportunamente a los trabajadores, evitar compras innecesarias y dejar de modificar los planes cada vez que algún aristócrata proponía una extravagancia. Los albañiles, inicialmente desconcertados por aquel administrador que examinaba personalmente los sillares y discutía el precio de la cal, terminaron apreciando que sus decisiones rara vez cambiaban después de haber sido comunicadas.
La única intervención de cierta importancia afectó al aspecto de la domus.
Lucio consideraba que la antigua arquitectura romana poseía una armonía que las
nuevas preferencias ornamentales de ciertos nobles godos estaban comenzando a
oscurecer. Ordenó conservar los capiteles originales, restaurar los mosaicos
que todavía podían salvarse y reconstruir las galerías conforme a sus
proporciones antiguas, prescindiendo de algunos motivos animales entrelazados,
remates excesivamente cargados y adornos de inspiración germánica que los
artesanos habían propuesto introducir. Riginalda recibió aquellas decisiones
con sentimientos encontrados. Había crecido entre costumbres godas y apreciaba
profundamente su vigor, la libertad de sus mujeres y ciertos motivos artísticos
que le recordaban los palacios de su infancia; sin embargo, tampoco ignoraba
que una familia destinada a gobernar sobre romanos debía demostrar respeto por
la civilización que pretendía administrar. Aquella contradicción la irritaba
especialmente porque el joven Aeciano defendía la recuperación de la
arquitectura clásica sin manifestar el menor desprecio por las tradiciones de
sus anfitriones. Una tarde, mientras observaba cómo retiraban un friso moderno
para recuperar una composición antigua de hojas de acanto, comentó a Alba que
el gigante parecía decidido a reconstruir Roma piedra por piedra, siempre que
nadie le exigiera hacerlo mediante discursos. —Al menos tiene el buen gusto de
no convertir la casa en un campamento militar —concedió finalmente—. Aunque
sigo pensando que algunos de nuestros artesanos godos poseen más imaginación
que todos esos escultores empeñados en copiar a sus abuelos.
La llegada de dos visitantes pertenecientes a la familia de los Anicios
interrumpió aquella rutina durante una tarde particularmente calurosa. Lucina
Anicia y su pariente más joven, Fausta Anicia, aparecieron acompañadas por una
pequeña escolta y varias esclavas, provocando entre los servidores el
movimiento habitual que acompañaba a las damas de semejante posición. Lucina
era una mujer acostumbrada a los salones senatoriales, donde había aprendido
que las noticias podían convertirse en instrumentos mucho más eficaces que las
amenazas, mientras Fausta conservaba aquella inteligencia vivaz que llevaba a
su padre a lamentarse continuamente de que su hija menor escuchara demasiadas
conversaciones políticas. Ambas conocían a Riginalda desde los años en que había
vivido bajo la protección de los Anicios, y Lucina, en particular, estaba
perfectamente familiarizada con su rechazo a los proyectos matrimoniales de
Ricimero. Por eso, después de intercambiar saludos, elogiar discretamente las
mejoras de la residencia y aceptar una copa de vino diluido, decidió abordar el
asunto que verdaderamente la había llevado hasta allí. —Mi querida Riginalda,
debo felicitaros. Vuestro padre parece haber encontrado un administrador
extraordinariamente diligente, y vos habéis adquirido una reputación bastante
peculiar entre nuestras conocidas. Algunas dicen que habéis conseguido que un
descendiente de Flavio Aecio trabaje para vos como si fuera vuestro mayordomo.
Otras aseguran que dentro de poco será necesario hablaros con el respeto debido
a una futura señora de la Casa Aecia. Naturalmente, yo les he recordado que
jamás permitiríais que semejante decisión se tomase sin vuestra aprobación.
Fausta ocultó una sonrisa detrás de su copa, mientras Riginalda entrecerraba
los ojos, perfectamente consciente de que aquella conversación estaba siendo
conducida hacia una trampa. Lucina dejó transcurrir unos instantes antes de
inclinarse ligeramente hacia ella y añadir con estudiada indiferencia: —Aunque
supongo que todavía no habéis escuchado las noticias procedentes de Letrán. Su
Santidad ha solicitado personalmente que se examine el levantamiento del
destierro impuesto a la Casa Aecia. No se trata todavía de una restitución
formal, desde luego; el asunto deberá pasar por las autoridades imperiales
correspondientes y habrá quienes recuerden antiguas disputas con bastante menos
generosidad que el pontífice. Pero una petición de esa naturaleza, procedente
del propio obispo de Roma, tiene un peso considerable. Se habla incluso de
permitir que determinados miembros de la familia recuperen honores y derechos
que durante años permanecieron restringidos. —Lucina contempló la reacción de
Riginalda con una satisfacción apenas disimulada—. Imagino que vuestro padre
estará encantado. Un matrimonio con un oficial prometedor siempre resulta
conveniente, pero un matrimonio con el heredero de una casa restaurada por
intervención pontificia constituye una cuestión enteramente distinta.
Especialmente cuando esa casa lleva el nombre de Aecio.
—¡Lucina, por favor! —intervino Fausta, incapaz de contener la risa—. Habéis
venido a visitarla y apenas habéis probado el vino antes de comenzar a
organizarle la boda. ¡Dejad que nuestra pobre Riginalda disfrute al menos de
una tarde sin escuchar hablar de esposos! —La dama mayor fingió sentirse
profundamente ofendida, aunque sus ojos brillaban de diversión. —Querida
Fausta, únicamente comparto noticias importantes. Si nuestra anfitriona decide
interpretar cualquier acontecimiento político como una conspiración contra su
libertad, difícilmente podré impedirlo. —Después volvió su atención hacia la
muchacha goda—. Además, existe un detalle delicioso. Según cuentan en ciertos
círculos eclesiásticos, el papa ha quedado impresionado por la conducta
reciente de los jóvenes Aecianos. Del mayor se habla por unos servicios
prestados a la Iglesia que nadie parece dispuesto a describir abiertamente; del
menor comienzan a llegar rumores extraordinarios desde Tolosa. Me pregunto qué
habrá ocurrido para que una familia que durante años despertó tantas suspicacias
se encuentre de pronto bajo una mirada tan favorable.
Fausta dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia Riginalda con aquella
familiaridad que solamente podía permitirse alguien que la conocía desde hacía
años. —Entre nosotras, querida, creo que deberíais preocuparos menos por las
intenciones de vuestros padres y más por las nuestras. Hay unas cuantas damas
romanas que estarían encantadas de robaros a ese hombre, y no todas tienen la
delicadeza de esperar a que decidáis si os interesa. —Lucina soltó una risita y
acomodó los pliegues de su estola antes de intervenir—. No exageréis, Fausta.
Aunque debo confesar que comprendo perfectamente el entusiasmo. ¿Os he contado
que ese muchacho me salvó la vida durante una misión que tuve que realizar en
los Alpes? Todo el mundo aseguraba que los caminos estaban pacificados, que las
guarniciones vigilaban los pasos y que podíamos viajar sin mayor protección que
una escolta discreta. ¡Mentiras, naturalmente! Nos emboscaron en un
desfiladero, y todavía recuerdo las piedras cayendo sobre nuestros carruajes y
los gritos de los hombres cuando comprendieron que estábamos rodeados. —La dama
hizo una pausa, saboreando la atención de sus oyentes—. Aunque, francamente,
Lucio me parece algo joven para mi gusto. Mi prima es quien parece
verdaderamente prendada de él.
Fausta enderezó inmediatamente la espalda y depositó su copa con una
delicadeza tan estudiada que resultó mucho más reveladora que cualquier
protesta. —Querida Lucina, no creo que sea necesario convertir una conversación
sobre asuntos familiares en un inventario de preferencias personales —observó,
componiendo una sonrisa que apenas consiguió disimular su irritación—. Admiro
al patricio Aeciano como admiraría a cualquier oficial que hubiera prestado
servicios distinguidos al Imperio. Si algunas personas consideran que la
gratitud y el reconocimiento constituyen síntomas de enamoramiento, temo que
pronto ninguna dama podrá felicitar a un soldado sin que comiencen a anunciarse
sus esponsales. —Lucina contempló a su pariente con una satisfacción
maliciosa—. Naturalmente, querida. Y estoy convencida de que vuestra
insistencia en distinguir la gratitud del afecto constituye una preocupación
puramente filosófica. —Riginalda, que había seguido aquel intercambio con
creciente disgusto, dejó escapar un bufido—. Pues podéis quedároslo las dos. A
mí no me parece particularmente valiente. Hasta ahora lo único extraordinario
que le he visto hacer es desmayarse delante de mi padre y dormir durante casi
un día entero.
—Oh, pero lo es, querida. Os lo juro por mi salvación —replicó Lucina,
perdiendo por primera vez parte de su habitual ligereza—. Yo misma lo vi
combatir contra un germano que le sacaba casi dos cabezas, ¡y eso que vuestro
Aeciano ya parece una torre levantada sobre dos piernas! El hombre llevaba una
enorme hacha y había conseguido derribar a uno de nuestros guardias. Recuerdo
perfectamente que Lucio todavía no tenía la experiencia de los veteranos que lo
acompañaban, pero avanzó para impedir que aquel bárbaro alcanzara nuestro
carruaje. No fue una de esas demostraciones elegantes que los jóvenes
aristócratas ensayan en los patios de entrenamiento. Fue una pelea espantosa,
con barro hasta los tobillos, caballos desbocados y hombres intentando matarse
a una distancia en la que apenas podían maniobrar con sus armas. —Lucina se
llevó una mano al pecho, como si el recuerdo continuara produciéndole cierta
opresión—. Pensé que aquel gigante lo despedazaría. Sin embargo, vuestro
huésped resistió lo suficiente para que sus compañeros reorganizaran la
defensa. De no haber intervenido, quizá ninguna de nosotras estaría celebrando
hoy esta agradable conversación.
Riginalda arqueó una ceja, poco dispuesta a conceder semejante victoria a su
interlocutora. —¡Qué extraordinario! Primero mata gigantes en los Alpes,
después combate monstruos debajo de Roma y finalmente se desploma a mis pies.
Supongo que mañana me diréis que también derrotó personalmente a Atila mientras
aprendía a caminar. —Fausta dejó escapar una carcajada antes de poder
contenerse, aunque Lucina recibió la observación con una sonrisa indulgente—.
Os burláis porque no lo habéis visto en combate, pequeña. Pero hay algo que
deberíais saber: los soldados que lo acompañaban no eran hombres dados a la
adulación, y aun así hablaban de él con una devoción que me sorprendió. Cuando
terminó aquel enfrentamiento, Lucio no buscó nuestros agradecimientos ni solicitó
recompensa alguna. Se preocupó primero por los heridos, después por los
animales y finalmente por averiguar cómo habían conseguido los asaltantes
penetrar en un paso supuestamente vigilado. No tuvo siquiera la cortesía de
advertir que algunas damas estaban profundamente impresionadas por su
actuación. —Fausta intervino con una sonrisa más sincera—. Esa es precisamente
una de sus peculiaridades. Puede mostrarse extraordinariamente atento cuando se
habla de deberes, estrategia o filosofía, pero parece incapaz de reconocer
cuándo una mujer está intentando coquetear con él.
Aquella última observación provocó una mirada particularmente venenosa de
Riginalda, quien comenzaba a sospechar que las dos Anicias habían decidido
entretenerse a costa de su paciencia. —Entonces es un necio muy grande, además
de un héroe muy celebrado. ¡Qué fortuna la mía! —Lucina rio abiertamente—.
Quizá, querida, pero no olvidéis que un hombre capaz de ignorar los encantos de
una dama puede representar una ventaja considerable para una esposa celosa.
—¡No soy su esposa! —protestó Riginalda, golpeando el brazo de su asiento—. ¡Ni
su prometida, ni su enamorada, ni ninguna de esas cosas que lleváis media tarde
insinuando! Mi padre puede entregarle las llaves de esta casa, sus almacenes y
hasta sus malditos caballos, pero no pienso aceptar que también le haya
entregado mi persona. —Fausta, cuya expresión había recuperado una tranquilidad
casi afectuosa, inclinó ligeramente la cabeza—. Entonces procurad no decírselo
con demasiada crueldad cuando lo conozcáis mejor. Por lo que sabemos, quizá el
pobre Lucio tampoco haya sido consultado acerca de los grandiosos proyectos
matrimoniales de nuestros mayores.
Lucina guardó silencio durante unos instantes y contempló a Riginalda con
una expresión menos burlona. —En eso Fausta tiene razón. Los hombres que
gobiernan el Imperio suelen olvidar que sus hijos no son provincias que puedan
intercambiarse mediante tratados. Pero tampoco os aconsejaría despreciar a
alguien solamente porque vuestro padre lo considera conveniente. Eso sería
permitir que Ricimero determinara vuestros sentimientos incluso cuando
pretendéis rebelaros contra él. —La muchacha goda no respondió inmediatamente,
pues aquella última observación le resultó bastante más molesta que todas las
bromas anteriores. Desde el patio llegó entonces la voz de Cayo Septimio, quien
discutía con un proveedor acerca del precio de unas columnas recuperadas de una
villa abandonada. Poco después se escucharon pasos en la galería y un servidor
anunció que el patricio Aeciano acababa de regresar de inspeccionar las obras.
Lucina acomodó su manto con evidente interés, Fausta enderezó discretamente la
espalda y Riginalda contempló a ambas con una expresión de absoluto fastidio.
Si aquellas romanas estaban tan dispuestas a disputarse al gigante, quizá
convenía permitirles conocerlo mejor. Después de todo, nada le habría
complacido tanto como descubrir que podía librarse de los planes matrimoniales
de su padre sin necesidad de terminar encerrada en un monasterio.
Lucio Aeciano apareció por la galería occidental acompañado de un hombre tan
bajo y corpulento que el contraste entre ambos provocaba cierta comicidad. El
acompañante, llamado Tino, era un liberto de rostro redondeado, mejillas
sonrosadas y vientre prominente, vestido con una túnica de excelente lana que
parecía haber sido confeccionada para un hombre considerablemente más delgado.
Caminaba con pasitos rápidos para mantenerse junto al gigantesco patricio,
gesticulando sin descanso mientras le explicaba las particularidades del
comercio de antigüedades romano. Por lo que podía escucharse desde el patio,
estaba aconsejándole desconfiar de ciertos vendedores que atribuían cualquier
fragmento de mármol a los tiempos de los Escipiones y cualquier busto
deteriorado a los talleres de Praxíteles. Cuando ambos se detuvieron frente al
proveedor, un comerciante de antigüedades acompañado por dos esclavos, la
actitud de este cambió inmediatamente. Había discutido durante casi una hora
con los administradores acerca del precio de dos piezas escultóricas, pero
bastó contemplar la extraordinaria estatura del joven Aeciano y escuchar su
apellido para que sus exigencias se volvieran considerablemente más razonables.
Tino aprovechó aquella docilidad con la satisfacción profesional de quien acaba
de encontrar la ocasión perfecta para concluir una negociación.
Riginalda observó el intercambio desde su asiento junto a las Anicias y
decidió que ya había tolerado suficientes conversaciones acerca de su posible
matrimonio. Lo que se estaba negociando allí pertenecía a la residencia de su
padre y, por tanto, también afectaba a los intereses de su familia; no pensaba
permanecer sentada mientras un grupo de hombres decidía cómo gastar el dinero
doméstico. Se levantó sin esperar a que Lucina terminara una observación sobre
los modales de los proveedores romanos y atravesó el patio con paso resuelto.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó, examinando las piezas parcialmente
descubiertas sobre una carreta. Tino se volvió inmediatamente hacia ella y
ejecutó una reverencia tan elaborada que su vientre amenazó con desequilibrarlo.
—¡Ah, noble Riginalda! Precisamente estábamos celebrando una pequeña victoria
del buen gusto sobre la codicia mercantil. Hemos convenido un precio justo por
dos obras de exquisito arte pertenecientes a la época republicana: una estatua
de mármol que representa a Minerva armada y un relieve funerario de
extraordinaria factura, cuya composición conserva la sobriedad característica
de nuestros antepasados. Nada de esas extravagancias que ciertos aristócratas
modernos consideran indispensables para demostrar su riqueza. Vuestro padre
recuperará así parte de la dignidad histórica de esta residencia sin necesidad
de arruinar sus arcas.
El liberto no tardó en advertir que Riginalda mostraba mucho más interés por
la estatua de Minerva que por el relieve funerario. La diosa aparecía
representada con casco, égida y lanza, en una postura marcial que conservaba
una elegancia severa pese a los daños sufridos durante años de abandono. Tino,
que había sobrevivido a numerosos patronos gracias a su talento para reconocer
las debilidades ajenas, comprendió inmediatamente que aquella muchacha no
deseaba escuchar elogios sobre su belleza, sus vestidos o sus posibilidades
matrimoniales. —Debo confesaros, mi señora, que esta representación me parece
especialmente adecuada para una casa donde reside una joven de vuestro
carácter. Minerva no fue venerada únicamente por su sabiduría, sino también por
su dominio de las artes militares, su prudencia estratégica y su capacidad para
proteger las ciudades. Los romanos de mejores tiempos comprendían que la virtud
no consistía en permanecer inmóvil mientras otros decidían el destino de la
república. —Riginalda lo examinó con renovado interés. —Al menos alguien en
esta casa recuerda que las mujeres también pueden admirar algo distinto de los
bordados. —Tino inclinó la cabeza con expresión beatífica—. Mi señora, sería
una ofensa a vuestra inteligencia suponer que una descendiente de los grandes
linajes godos encuentra su mayor satisfacción contemplando agujas y madejas.
Desde el otro extremo del patio, Lucina observaba aquella conversación con
una diversión creciente. —Miradlo, Fausta. Ese pequeño hombre acaba de
conquistar en tres minutos una fortaleza que vuestro querido patricio lleva
días intentando gobernar sin comprender siquiera dónde están sus murallas.
—Fausta sonrió, aunque procuró que Riginalda no la escuchara. Tino, entretanto,
continuaba desplegando sus talentos diplomáticos con una desenvoltura
admirable. —Naturalmente, mi señora, una educación verdaderamente aristocrática
debe cultivar tanto el juicio como la fortaleza. Los antiguos espartanos, por
ejemplo, permitían a sus mujeres realizar ejercicios físicos rigurosos,
convencidos de que una comunidad fuerte necesitaba madres igualmente vigorosas.
No sugiero que abandonemos nuestras venerables costumbres romanas para imitar
enteramente a los lacedemonios, pero tampoco veo razón para despreciar toda
práctica que contribuya a desarrollar la disciplina corporal. —La nutrix, que
había llegado detrás de Riginalda, abrió la boca para protestar, pero el
liberto se adelantó con una inclinación conciliadora—. Desde luego, bajo la
vigilancia correspondiente, con acompañamiento femenino y sin comprometer jamás
el decoro de una dama de su condición. Vuestra prudencia, honorable nutrix,
resulta indispensable para garantizarlo.
Habiendo conseguido que incluso la nodriza encontrara dificultades para
contradecirlo, Tino volvió su atención hacia Lucio con una expresión de
respetuosa inspiración. —De hecho, mi señor, quizá sería conveniente que
acompañaseis ocasionalmente a la noble Riginalda durante sus ejercicios. He
observado que practica el lanzamiento de jabalina con notable dedicación, y
sería una pena que semejante entusiasmo careciese de orientación militar
apropiada. Nada demasiado violento, por supuesto, pues el generalísimo ha
ordenado que descanséis y os abstengáis de nuevas aventuras. Pero algunos
ejercicios de precisión, equitación moderada o incluso prácticas inspiradas en
la antigua educación espartana podrían resultar provechosos para ambos. Siempre
en presencia de su nutrix, de alguna dama respetable y, si las circunstancias
lo aconsejan, de un eunuco de confianza. —La anciana asintió lentamente al
escuchar aquella última condición, mientras Riginalda comenzaba a sospechar que
el obeso liberto era considerablemente más peligroso de lo que aparentaba. —Hay
damas, mi señor, que encuentran mayor satisfacción en una vida vigorosa y
disciplinada que en las languideces de los salones. Sería poco prudente exigir
a una naturaleza semejante que se comportase como una estatua de mármol, por
hermosa que esta pudiera resultar.
—¡Tino, sois un hombre extraordinariamente sensato! —declaró Lucina desde su
asiento, incapaz ya de permanecer al margen—. Propongo que os nombremos
consejero de todas las familias senatoriales que tengan hijas difíciles de
casar. Aunque sospecho que terminaríais arruinando el negocio de los
monasterios. —Fausta dejó escapar una carcajada, mientras Riginalda fulminaba a
ambas con la mirada. Tino respondió con otra reverencia, tan profunda que
parecía dispuesto a besar el pavimento. —Mi señora, únicamente soy un humilde
servidor de la armonía doméstica. Si mis palabras contribuyen a que nuestros
nobles jóvenes encuentren ocasiones decorosas para conocerse, consideraré
suficientemente recompensados mis modestos esfuerzos. —Después se volvió hacia
las esculturas y comenzó a discutir con los esclavos dónde convenía
instalarlas, dejando flotando en el aire una propuesta que había conseguido
presentar como ejercicio físico, recuperación de las virtudes clásicas y
conveniente entretenimiento aristocrático, aunque cualquiera familiarizado con
las costumbres matrimoniales de Roma habría reconocido inmediatamente su
verdadera intención.
Riginalda permaneció junto a la estatua de Minerva, contemplando
alternativamente al liberto y al joven Aeciano. No había olvidado que su padre
pretendía disponer de su futuro, pero la idea de que aquel gigante aceptara
acompañarla en sus ejercicios resultaba bastante menos desagradable que la
perspectiva de pasar interminables tardes escuchando conversaciones sobre
bordados y alianzas familiares. Además, si verdaderamente poseía las
extraordinarias habilidades militares que todos le atribuían, quizá hubiera
llegado finalmente la oportunidad de comprobarlas sin depender de los relatos
interesados de sus subordinados. La nutrix, sin embargo, acababa de comprender
que Tino había logrado transformar una propuesta potencialmente escandalosa en
una actividad casi respetable, y observaba al pequeño liberto con la misma
desconfianza que habría reservado a un zorro descubierto dentro de un
gallinero.
Al concluir la tercera semana, Ricimero regresó a su residencia romana
acompañado por varios oficiales y una pequeña escolta, esperando encontrar las
obras todavía en marcha, los patios ocupados por montones de escombros y a Cayo
Septimio dispuesto a justificar nuevos gastos. En cambio, apenas atravesó el
pórtico principal, descubrió un espectáculo tan extraordinario que detuvo su
caballo y permaneció contemplándolo durante varios segundos. La servidumbre
estaba formada en el atrio con una precisión casi militar, distribuida en
grupos perfectamente ordenados según sus responsabilidades domésticas. Los
encargados de las cocinas llevaban bandas de color rojo oscuro, los
responsables de almacenes lucían distintivos verdes, los servidores de las
habitaciones vestían pequeñas franjas azules y los trabajadores dedicados al
mantenimiento habían recibido insignias amarillas. Cada grupo disponía de un
emblema propio y de responsables subordinados a los administradores generales,
una especie de suboficialidad doméstica que había convertido a cocineros,
jardineros, lavanderas y esclavos de servicio en una organización que recordaba
irresistiblemente a una cohorte romana. El resultado era tan cómico que uno de
los oficiales de Ricimero tuvo que disimular una carcajada detrás de la mano,
especialmente cuando una anciana encargada de la ropa blanca corrigió la
postura de dos muchachos con la severidad de un centurión veterano.
Sin embargo, detrás de aquella representación casi teatral había una
eficacia imposible de ignorar. Los mosaicos habían sido limpiados y reparados,
las fuentes volvían a correr, los jardines presentaban senderos cuidadosamente
delimitados y las galerías recuperaban la dignidad de una residencia
aristocrática de tiempos republicanos. Las antiguas esculturas ocupaban
nuevamente sus pedestales, los almacenes estaban inventariados y las cocinas
podían atender una recepción numerosa sin improvisar compras de última hora.
Ricimero recorrió lentamente el atrio mientras Cayo Septimio explicaba que el
joven Aeciano apenas había modificado las responsabilidades tradicionales de la
casa: simplemente había establecido distintivos, responsables intermedios,
horarios de inspección y procedimientos claros para comunicar necesidades sin
convertir cada dificultad menor en un asunto reservado al administrador
principal. —¿De manera que ahora mis cocineros tienen decuriones? —preguntó el
generalísimo, contemplando a una robusta matrona que llevaba un pequeño emblema
bordado sobre el hombro. —En cierto sentido, mi señor —respondió Septimio,
esforzándose por conservar la seriedad—. Aunque debo aclarar que todavía no
hemos autorizado a las lavanderas a imponer castigos militares. —Ricimero soltó
finalmente una carcajada que resonó bajo los pórticos. —¡Por Cristo, Aeciano!
¡Habéis convertido mi casa en una legión! Y lo peor es que parece funcionar
mejor que algunas de las verdaderas.
La satisfacción del generalísimo aumentó cuando descubrió que los gastos
permanecían dentro de lo previsto y que la mayor parte de las mejoras habían
sido realizadas mediante recuperación de materiales, renegociación de contratos
y conservación de los elementos originales. Septimio le mostró las cuentas, los
inventarios y las autorizaciones selladas, explicando que las compras
extraordinarias habían sido relativamente escasas y que los trabajadores habían
recibido sus salarios puntualmente. Ricimero escuchó con creciente
complacencia, pues conocía perfectamente el estado de la residencia destinada a
Antemio, cuyos preparativos continuaban generando discusiones entre
arquitectos, proveedores y funcionarios imperiales. Su propia domus estaba
lista para recibir a un emperador, a un obispo o a medio Senado antes que la
del soberano al que oficialmente servía. Aquella pequeña victoria doméstica le
produjo un placer que ningún triunfo administrativo habría conseguido igualar.
—Magnífico —murmuró, contemplando las columnas restauradas—. Cuando Antemio
venga a cenar, procuraré que se siente frente a la fuente principal. Así podrá
recordar durante toda la velada que mi casa funciona y la suya todavía necesita
albañiles.
Fue entonces cuando Ricimero reparó en una ausencia que ninguna de las
explicaciones anteriores había logrado justificar. —¿Y mi hija? —preguntó,
volviéndose hacia la nutrix, que aguardaba discretamente junto a las
administradoras de las habitaciones. La anciana inclinó la cabeza con una
expresión preocupada, como si aquella pregunta hubiera sido precisamente la que
llevaba toda la mañana intentando evitar. —La noble Riginalda se encuentra en
el jardín oriental, mi señor. Está leyendo a Homero junto a la estatua de
Minerva que el patricio hizo instalar recientemente. —Ricimero arqueó una ceja,
sorprendido—. ¿Leyendo a Homero? ¿Mi hija? —La nutrix asintió, aunque consideró
necesario añadir una precisión—. En griego, mi señor. Y en voz alta, cuando
algún pasaje le resulta particularmente emocionante. Últimamente parece muy
interesada en Aquiles, Héctor y las hazañas de los antiguos héroes. Debo
confesar que preferiría verla dedicar semejante entusiasmo a las Escrituras,
pues no estoy completamente convencida de que aquellas lecturas contribuyan a
fortalecer su disciplina espiritual. Además, ha desarrollado cierta costumbre
de conversar con la estatua, aunque asegura que solamente está ensayando sus
argumentos.
Ricimero contempló a la anciana con una mezcla de desconcierto y diversión
antes de volverse hacia Septimio. —Decidme una cosa, ¿eso es romano? ¿Leer
poemas griegos a los pies de una diosa pagana mientras el resto de la familia
intenta comportarse como cristianos respetables? —El administrador encogió
ligeramente los hombros, adoptando la expresión resignada de quien sabe que una
respuesta demasiado precisa puede resultar políticamente peligrosa. —Mi señor,
entre las familias antiguas todavía existen numerosas costumbres heredadas de
los tiempos anteriores a la conversión. Algunas conservan representaciones de
las divinidades clásicas por razones artísticas o familiares; otras interpretan
ciertas figuras como alegorías de las virtudes, y no faltan quienes establecen
asociaciones entre antiguos dioses, ángeles y santos. No diría que tales
prácticas sean universalmente aprobadas, pero resultan relativamente comunes en
determinados círculos aristocráticos. —Septimio se inclinó un poco más hacia su
señor y añadió confidencialmente—. Sin embargo, os recomendaría no mencionar
esas equivalencias delante de ningún clérigo particularmente celoso. Algunos
consideran que Minerva es simplemente una representación de la sabiduría; otros
pensarían que vuestra hija está a dos pasos de restaurar los sacrificios a
Júpiter.
Ricimero dejó escapar un suspiro y contempló el jardín oriental, donde podía
distinguirse entre las columnas la silueta de una joven sentada sobre un banco
de piedra, con un volumen abierto sobre las rodillas y una jabalina apoyada
contra el pedestal de una estatua. La imagen resultaba tan inesperadamente
familiar que permaneció inmóvil durante unos instantes. Recordaba a la madre de
su esposa, aquella formidable mujer de sangre goda que había discutido con
sacerdotes, generales y administradores sin demostrar jamás el menor temor
reverencial, y que consideraba perfectamente compatible enseñar a sus nietas
las virtudes domésticas y exigirles que supieran montar a caballo. —¡Por todos
los santos! —murmuró finalmente—. Es su abuela. Hasta en la manera de sentarse.
—La nutrix, interpretando aquello como una censura, se apresuró a explicar que
había hecho cuanto estaba en sus manos para inculcar modestia y obediencia,
pero Ricimero levantó una mano para interrumpirla—. Tranquilizaos, buena mujer.
Si mi hija ha pasado de lanzar jabalinas contra los muros a leer a Homero junto
a una estatua de Minerva, quizá el muchacho haya conseguido más en tres semanas
que todos nosotros en ocho años.
El generalísimo volvió entonces hacia Lucio una mirada de satisfacción
apenas disimulada. Había encontrado su residencia reconstruida, sus servidores
disciplinados, sus cuentas en orden y a su hija entregada a una actividad que,
aunque extraña para los gustos de la nutrix, resultaba perfectamente digna de
una aristócrata educada en las tradiciones clásicas. No era poca cosa para un
joven a quien había encargado descansar y mantenerse alejado de la guerra.
—Decidme, Aeciano —preguntó finalmente, cruzándose de brazos con una sonrisa
que anunciaba una nueva indiscreción—, ¿habéis conseguido también que mi hija
obedezca alguna orden sin discutir, o debo reservar ese milagro para cuando
vuelva a presentarse un obispo por esta casa?
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