sábado, 17 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los hijos de las tinieblas: La cohorte doméstica

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 Durante los primeros días de su administración, Lucio Aeciano demostró poseer una virtud que los grandes señores de Roma solían elogiar en sus discursos y practicar muy raramente en sus propias casas: la austeridad. No introdujo reformas espectaculares, no destituyó a los administradores para colocar hombres de su confianza y tampoco consideró necesario justificar su autoridad mediante órdenes interminables. Conservó en sus puestos a los responsables masculinos y femeninos de la servidumbre, respetó las atribuciones de quienes llevaban años ocupándose de los almacenes, cocinas, talleres y habitaciones, y estableció una rutina tan sencilla que pronto dejó de resultar novedosa. Durante las mañanas examinaba las cuentas, escuchaba las solicitudes de los libertos, revisaba contratos y estampaba el sello de Ricimero sobre los documentos que consideraba satisfactorios; durante las tardes recorría los mercados acompañado por Cayo Septimio, comprobaba personalmente la calidad de los materiales adquiridos y regresaba para inspeccionar las obras. Descubrió que buena parte de los problemas de aquella residencia no requerían ingeniosos procedimientos administrativos, sino pagar oportunamente a los trabajadores, evitar compras innecesarias y dejar de modificar los planes cada vez que algún aristócrata proponía una extravagancia. Los albañiles, inicialmente desconcertados por aquel administrador que examinaba personalmente los sillares y discutía el precio de la cal, terminaron apreciando que sus decisiones rara vez cambiaban después de haber sido comunicadas.

La única intervención de cierta importancia afectó al aspecto de la domus. Lucio consideraba que la antigua arquitectura romana poseía una armonía que las nuevas preferencias ornamentales de ciertos nobles godos estaban comenzando a oscurecer. Ordenó conservar los capiteles originales, restaurar los mosaicos que todavía podían salvarse y reconstruir las galerías conforme a sus proporciones antiguas, prescindiendo de algunos motivos animales entrelazados, remates excesivamente cargados y adornos de inspiración germánica que los artesanos habían propuesto introducir. Riginalda recibió aquellas decisiones con sentimientos encontrados. Había crecido entre costumbres godas y apreciaba profundamente su vigor, la libertad de sus mujeres y ciertos motivos artísticos que le recordaban los palacios de su infancia; sin embargo, tampoco ignoraba que una familia destinada a gobernar sobre romanos debía demostrar respeto por la civilización que pretendía administrar. Aquella contradicción la irritaba especialmente porque el joven Aeciano defendía la recuperación de la arquitectura clásica sin manifestar el menor desprecio por las tradiciones de sus anfitriones. Una tarde, mientras observaba cómo retiraban un friso moderno para recuperar una composición antigua de hojas de acanto, comentó a Alba que el gigante parecía decidido a reconstruir Roma piedra por piedra, siempre que nadie le exigiera hacerlo mediante discursos. —Al menos tiene el buen gusto de no convertir la casa en un campamento militar —concedió finalmente—. Aunque sigo pensando que algunos de nuestros artesanos godos poseen más imaginación que todos esos escultores empeñados en copiar a sus abuelos.

La llegada de dos visitantes pertenecientes a la familia de los Anicios interrumpió aquella rutina durante una tarde particularmente calurosa. Lucina Anicia y su pariente más joven, Fausta Anicia, aparecieron acompañadas por una pequeña escolta y varias esclavas, provocando entre los servidores el movimiento habitual que acompañaba a las damas de semejante posición. Lucina era una mujer acostumbrada a los salones senatoriales, donde había aprendido que las noticias podían convertirse en instrumentos mucho más eficaces que las amenazas, mientras Fausta conservaba aquella inteligencia vivaz que llevaba a su padre a lamentarse continuamente de que su hija menor escuchara demasiadas conversaciones políticas. Ambas conocían a Riginalda desde los años en que había vivido bajo la protección de los Anicios, y Lucina, en particular, estaba perfectamente familiarizada con su rechazo a los proyectos matrimoniales de Ricimero. Por eso, después de intercambiar saludos, elogiar discretamente las mejoras de la residencia y aceptar una copa de vino diluido, decidió abordar el asunto que verdaderamente la había llevado hasta allí. —Mi querida Riginalda, debo felicitaros. Vuestro padre parece haber encontrado un administrador extraordinariamente diligente, y vos habéis adquirido una reputación bastante peculiar entre nuestras conocidas. Algunas dicen que habéis conseguido que un descendiente de Flavio Aecio trabaje para vos como si fuera vuestro mayordomo. Otras aseguran que dentro de poco será necesario hablaros con el respeto debido a una futura señora de la Casa Aecia. Naturalmente, yo les he recordado que jamás permitiríais que semejante decisión se tomase sin vuestra aprobación.

Fausta ocultó una sonrisa detrás de su copa, mientras Riginalda entrecerraba los ojos, perfectamente consciente de que aquella conversación estaba siendo conducida hacia una trampa. Lucina dejó transcurrir unos instantes antes de inclinarse ligeramente hacia ella y añadir con estudiada indiferencia: —Aunque supongo que todavía no habéis escuchado las noticias procedentes de Letrán. Su Santidad ha solicitado personalmente que se examine el levantamiento del destierro impuesto a la Casa Aecia. No se trata todavía de una restitución formal, desde luego; el asunto deberá pasar por las autoridades imperiales correspondientes y habrá quienes recuerden antiguas disputas con bastante menos generosidad que el pontífice. Pero una petición de esa naturaleza, procedente del propio obispo de Roma, tiene un peso considerable. Se habla incluso de permitir que determinados miembros de la familia recuperen honores y derechos que durante años permanecieron restringidos. —Lucina contempló la reacción de Riginalda con una satisfacción apenas disimulada—. Imagino que vuestro padre estará encantado. Un matrimonio con un oficial prometedor siempre resulta conveniente, pero un matrimonio con el heredero de una casa restaurada por intervención pontificia constituye una cuestión enteramente distinta. Especialmente cuando esa casa lleva el nombre de Aecio.

—¡Lucina, por favor! —intervino Fausta, incapaz de contener la risa—. Habéis venido a visitarla y apenas habéis probado el vino antes de comenzar a organizarle la boda. ¡Dejad que nuestra pobre Riginalda disfrute al menos de una tarde sin escuchar hablar de esposos! —La dama mayor fingió sentirse profundamente ofendida, aunque sus ojos brillaban de diversión. —Querida Fausta, únicamente comparto noticias importantes. Si nuestra anfitriona decide interpretar cualquier acontecimiento político como una conspiración contra su libertad, difícilmente podré impedirlo. —Después volvió su atención hacia la muchacha goda—. Además, existe un detalle delicioso. Según cuentan en ciertos círculos eclesiásticos, el papa ha quedado impresionado por la conducta reciente de los jóvenes Aecianos. Del mayor se habla por unos servicios prestados a la Iglesia que nadie parece dispuesto a describir abiertamente; del menor comienzan a llegar rumores extraordinarios desde Tolosa. Me pregunto qué habrá ocurrido para que una familia que durante años despertó tantas suspicacias se encuentre de pronto bajo una mirada tan favorable.

Fausta dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia Riginalda con aquella familiaridad que solamente podía permitirse alguien que la conocía desde hacía años. —Entre nosotras, querida, creo que deberíais preocuparos menos por las intenciones de vuestros padres y más por las nuestras. Hay unas cuantas damas romanas que estarían encantadas de robaros a ese hombre, y no todas tienen la delicadeza de esperar a que decidáis si os interesa. —Lucina soltó una risita y acomodó los pliegues de su estola antes de intervenir—. No exageréis, Fausta. Aunque debo confesar que comprendo perfectamente el entusiasmo. ¿Os he contado que ese muchacho me salvó la vida durante una misión que tuve que realizar en los Alpes? Todo el mundo aseguraba que los caminos estaban pacificados, que las guarniciones vigilaban los pasos y que podíamos viajar sin mayor protección que una escolta discreta. ¡Mentiras, naturalmente! Nos emboscaron en un desfiladero, y todavía recuerdo las piedras cayendo sobre nuestros carruajes y los gritos de los hombres cuando comprendieron que estábamos rodeados. —La dama hizo una pausa, saboreando la atención de sus oyentes—. Aunque, francamente, Lucio me parece algo joven para mi gusto. Mi prima es quien parece verdaderamente prendada de él.

Fausta enderezó inmediatamente la espalda y depositó su copa con una delicadeza tan estudiada que resultó mucho más reveladora que cualquier protesta. —Querida Lucina, no creo que sea necesario convertir una conversación sobre asuntos familiares en un inventario de preferencias personales —observó, componiendo una sonrisa que apenas consiguió disimular su irritación—. Admiro al patricio Aeciano como admiraría a cualquier oficial que hubiera prestado servicios distinguidos al Imperio. Si algunas personas consideran que la gratitud y el reconocimiento constituyen síntomas de enamoramiento, temo que pronto ninguna dama podrá felicitar a un soldado sin que comiencen a anunciarse sus esponsales. —Lucina contempló a su pariente con una satisfacción maliciosa—. Naturalmente, querida. Y estoy convencida de que vuestra insistencia en distinguir la gratitud del afecto constituye una preocupación puramente filosófica. —Riginalda, que había seguido aquel intercambio con creciente disgusto, dejó escapar un bufido—. Pues podéis quedároslo las dos. A mí no me parece particularmente valiente. Hasta ahora lo único extraordinario que le he visto hacer es desmayarse delante de mi padre y dormir durante casi un día entero.

—Oh, pero lo es, querida. Os lo juro por mi salvación —replicó Lucina, perdiendo por primera vez parte de su habitual ligereza—. Yo misma lo vi combatir contra un germano que le sacaba casi dos cabezas, ¡y eso que vuestro Aeciano ya parece una torre levantada sobre dos piernas! El hombre llevaba una enorme hacha y había conseguido derribar a uno de nuestros guardias. Recuerdo perfectamente que Lucio todavía no tenía la experiencia de los veteranos que lo acompañaban, pero avanzó para impedir que aquel bárbaro alcanzara nuestro carruaje. No fue una de esas demostraciones elegantes que los jóvenes aristócratas ensayan en los patios de entrenamiento. Fue una pelea espantosa, con barro hasta los tobillos, caballos desbocados y hombres intentando matarse a una distancia en la que apenas podían maniobrar con sus armas. —Lucina se llevó una mano al pecho, como si el recuerdo continuara produciéndole cierta opresión—. Pensé que aquel gigante lo despedazaría. Sin embargo, vuestro huésped resistió lo suficiente para que sus compañeros reorganizaran la defensa. De no haber intervenido, quizá ninguna de nosotras estaría celebrando hoy esta agradable conversación.

Riginalda arqueó una ceja, poco dispuesta a conceder semejante victoria a su interlocutora. —¡Qué extraordinario! Primero mata gigantes en los Alpes, después combate monstruos debajo de Roma y finalmente se desploma a mis pies. Supongo que mañana me diréis que también derrotó personalmente a Atila mientras aprendía a caminar. —Fausta dejó escapar una carcajada antes de poder contenerse, aunque Lucina recibió la observación con una sonrisa indulgente—. Os burláis porque no lo habéis visto en combate, pequeña. Pero hay algo que deberíais saber: los soldados que lo acompañaban no eran hombres dados a la adulación, y aun así hablaban de él con una devoción que me sorprendió. Cuando terminó aquel enfrentamiento, Lucio no buscó nuestros agradecimientos ni solicitó recompensa alguna. Se preocupó primero por los heridos, después por los animales y finalmente por averiguar cómo habían conseguido los asaltantes penetrar en un paso supuestamente vigilado. No tuvo siquiera la cortesía de advertir que algunas damas estaban profundamente impresionadas por su actuación. —Fausta intervino con una sonrisa más sincera—. Esa es precisamente una de sus peculiaridades. Puede mostrarse extraordinariamente atento cuando se habla de deberes, estrategia o filosofía, pero parece incapaz de reconocer cuándo una mujer está intentando coquetear con él.

Aquella última observación provocó una mirada particularmente venenosa de Riginalda, quien comenzaba a sospechar que las dos Anicias habían decidido entretenerse a costa de su paciencia. —Entonces es un necio muy grande, además de un héroe muy celebrado. ¡Qué fortuna la mía! —Lucina rio abiertamente—. Quizá, querida, pero no olvidéis que un hombre capaz de ignorar los encantos de una dama puede representar una ventaja considerable para una esposa celosa. —¡No soy su esposa! —protestó Riginalda, golpeando el brazo de su asiento—. ¡Ni su prometida, ni su enamorada, ni ninguna de esas cosas que lleváis media tarde insinuando! Mi padre puede entregarle las llaves de esta casa, sus almacenes y hasta sus malditos caballos, pero no pienso aceptar que también le haya entregado mi persona. —Fausta, cuya expresión había recuperado una tranquilidad casi afectuosa, inclinó ligeramente la cabeza—. Entonces procurad no decírselo con demasiada crueldad cuando lo conozcáis mejor. Por lo que sabemos, quizá el pobre Lucio tampoco haya sido consultado acerca de los grandiosos proyectos matrimoniales de nuestros mayores.

Lucina guardó silencio durante unos instantes y contempló a Riginalda con una expresión menos burlona. —En eso Fausta tiene razón. Los hombres que gobiernan el Imperio suelen olvidar que sus hijos no son provincias que puedan intercambiarse mediante tratados. Pero tampoco os aconsejaría despreciar a alguien solamente porque vuestro padre lo considera conveniente. Eso sería permitir que Ricimero determinara vuestros sentimientos incluso cuando pretendéis rebelaros contra él. —La muchacha goda no respondió inmediatamente, pues aquella última observación le resultó bastante más molesta que todas las bromas anteriores. Desde el patio llegó entonces la voz de Cayo Septimio, quien discutía con un proveedor acerca del precio de unas columnas recuperadas de una villa abandonada. Poco después se escucharon pasos en la galería y un servidor anunció que el patricio Aeciano acababa de regresar de inspeccionar las obras. Lucina acomodó su manto con evidente interés, Fausta enderezó discretamente la espalda y Riginalda contempló a ambas con una expresión de absoluto fastidio. Si aquellas romanas estaban tan dispuestas a disputarse al gigante, quizá convenía permitirles conocerlo mejor. Después de todo, nada le habría complacido tanto como descubrir que podía librarse de los planes matrimoniales de su padre sin necesidad de terminar encerrada en un monasterio.

Lucio Aeciano apareció por la galería occidental acompañado de un hombre tan bajo y corpulento que el contraste entre ambos provocaba cierta comicidad. El acompañante, llamado Tino, era un liberto de rostro redondeado, mejillas sonrosadas y vientre prominente, vestido con una túnica de excelente lana que parecía haber sido confeccionada para un hombre considerablemente más delgado. Caminaba con pasitos rápidos para mantenerse junto al gigantesco patricio, gesticulando sin descanso mientras le explicaba las particularidades del comercio de antigüedades romano. Por lo que podía escucharse desde el patio, estaba aconsejándole desconfiar de ciertos vendedores que atribuían cualquier fragmento de mármol a los tiempos de los Escipiones y cualquier busto deteriorado a los talleres de Praxíteles. Cuando ambos se detuvieron frente al proveedor, un comerciante de antigüedades acompañado por dos esclavos, la actitud de este cambió inmediatamente. Había discutido durante casi una hora con los administradores acerca del precio de dos piezas escultóricas, pero bastó contemplar la extraordinaria estatura del joven Aeciano y escuchar su apellido para que sus exigencias se volvieran considerablemente más razonables. Tino aprovechó aquella docilidad con la satisfacción profesional de quien acaba de encontrar la ocasión perfecta para concluir una negociación.

Riginalda observó el intercambio desde su asiento junto a las Anicias y decidió que ya había tolerado suficientes conversaciones acerca de su posible matrimonio. Lo que se estaba negociando allí pertenecía a la residencia de su padre y, por tanto, también afectaba a los intereses de su familia; no pensaba permanecer sentada mientras un grupo de hombres decidía cómo gastar el dinero doméstico. Se levantó sin esperar a que Lucina terminara una observación sobre los modales de los proveedores romanos y atravesó el patio con paso resuelto. —¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó, examinando las piezas parcialmente descubiertas sobre una carreta. Tino se volvió inmediatamente hacia ella y ejecutó una reverencia tan elaborada que su vientre amenazó con desequilibrarlo. —¡Ah, noble Riginalda! Precisamente estábamos celebrando una pequeña victoria del buen gusto sobre la codicia mercantil. Hemos convenido un precio justo por dos obras de exquisito arte pertenecientes a la época republicana: una estatua de mármol que representa a Minerva armada y un relieve funerario de extraordinaria factura, cuya composición conserva la sobriedad característica de nuestros antepasados. Nada de esas extravagancias que ciertos aristócratas modernos consideran indispensables para demostrar su riqueza. Vuestro padre recuperará así parte de la dignidad histórica de esta residencia sin necesidad de arruinar sus arcas.

El liberto no tardó en advertir que Riginalda mostraba mucho más interés por la estatua de Minerva que por el relieve funerario. La diosa aparecía representada con casco, égida y lanza, en una postura marcial que conservaba una elegancia severa pese a los daños sufridos durante años de abandono. Tino, que había sobrevivido a numerosos patronos gracias a su talento para reconocer las debilidades ajenas, comprendió inmediatamente que aquella muchacha no deseaba escuchar elogios sobre su belleza, sus vestidos o sus posibilidades matrimoniales. —Debo confesaros, mi señora, que esta representación me parece especialmente adecuada para una casa donde reside una joven de vuestro carácter. Minerva no fue venerada únicamente por su sabiduría, sino también por su dominio de las artes militares, su prudencia estratégica y su capacidad para proteger las ciudades. Los romanos de mejores tiempos comprendían que la virtud no consistía en permanecer inmóvil mientras otros decidían el destino de la república. —Riginalda lo examinó con renovado interés. —Al menos alguien en esta casa recuerda que las mujeres también pueden admirar algo distinto de los bordados. —Tino inclinó la cabeza con expresión beatífica—. Mi señora, sería una ofensa a vuestra inteligencia suponer que una descendiente de los grandes linajes godos encuentra su mayor satisfacción contemplando agujas y madejas.

Desde el otro extremo del patio, Lucina observaba aquella conversación con una diversión creciente. —Miradlo, Fausta. Ese pequeño hombre acaba de conquistar en tres minutos una fortaleza que vuestro querido patricio lleva días intentando gobernar sin comprender siquiera dónde están sus murallas. —Fausta sonrió, aunque procuró que Riginalda no la escuchara. Tino, entretanto, continuaba desplegando sus talentos diplomáticos con una desenvoltura admirable. —Naturalmente, mi señora, una educación verdaderamente aristocrática debe cultivar tanto el juicio como la fortaleza. Los antiguos espartanos, por ejemplo, permitían a sus mujeres realizar ejercicios físicos rigurosos, convencidos de que una comunidad fuerte necesitaba madres igualmente vigorosas. No sugiero que abandonemos nuestras venerables costumbres romanas para imitar enteramente a los lacedemonios, pero tampoco veo razón para despreciar toda práctica que contribuya a desarrollar la disciplina corporal. —La nutrix, que había llegado detrás de Riginalda, abrió la boca para protestar, pero el liberto se adelantó con una inclinación conciliadora—. Desde luego, bajo la vigilancia correspondiente, con acompañamiento femenino y sin comprometer jamás el decoro de una dama de su condición. Vuestra prudencia, honorable nutrix, resulta indispensable para garantizarlo.

Habiendo conseguido que incluso la nodriza encontrara dificultades para contradecirlo, Tino volvió su atención hacia Lucio con una expresión de respetuosa inspiración. —De hecho, mi señor, quizá sería conveniente que acompañaseis ocasionalmente a la noble Riginalda durante sus ejercicios. He observado que practica el lanzamiento de jabalina con notable dedicación, y sería una pena que semejante entusiasmo careciese de orientación militar apropiada. Nada demasiado violento, por supuesto, pues el generalísimo ha ordenado que descanséis y os abstengáis de nuevas aventuras. Pero algunos ejercicios de precisión, equitación moderada o incluso prácticas inspiradas en la antigua educación espartana podrían resultar provechosos para ambos. Siempre en presencia de su nutrix, de alguna dama respetable y, si las circunstancias lo aconsejan, de un eunuco de confianza. —La anciana asintió lentamente al escuchar aquella última condición, mientras Riginalda comenzaba a sospechar que el obeso liberto era considerablemente más peligroso de lo que aparentaba. —Hay damas, mi señor, que encuentran mayor satisfacción en una vida vigorosa y disciplinada que en las languideces de los salones. Sería poco prudente exigir a una naturaleza semejante que se comportase como una estatua de mármol, por hermosa que esta pudiera resultar.

—¡Tino, sois un hombre extraordinariamente sensato! —declaró Lucina desde su asiento, incapaz ya de permanecer al margen—. Propongo que os nombremos consejero de todas las familias senatoriales que tengan hijas difíciles de casar. Aunque sospecho que terminaríais arruinando el negocio de los monasterios. —Fausta dejó escapar una carcajada, mientras Riginalda fulminaba a ambas con la mirada. Tino respondió con otra reverencia, tan profunda que parecía dispuesto a besar el pavimento. —Mi señora, únicamente soy un humilde servidor de la armonía doméstica. Si mis palabras contribuyen a que nuestros nobles jóvenes encuentren ocasiones decorosas para conocerse, consideraré suficientemente recompensados mis modestos esfuerzos. —Después se volvió hacia las esculturas y comenzó a discutir con los esclavos dónde convenía instalarlas, dejando flotando en el aire una propuesta que había conseguido presentar como ejercicio físico, recuperación de las virtudes clásicas y conveniente entretenimiento aristocrático, aunque cualquiera familiarizado con las costumbres matrimoniales de Roma habría reconocido inmediatamente su verdadera intención.

Riginalda permaneció junto a la estatua de Minerva, contemplando alternativamente al liberto y al joven Aeciano. No había olvidado que su padre pretendía disponer de su futuro, pero la idea de que aquel gigante aceptara acompañarla en sus ejercicios resultaba bastante menos desagradable que la perspectiva de pasar interminables tardes escuchando conversaciones sobre bordados y alianzas familiares. Además, si verdaderamente poseía las extraordinarias habilidades militares que todos le atribuían, quizá hubiera llegado finalmente la oportunidad de comprobarlas sin depender de los relatos interesados de sus subordinados. La nutrix, sin embargo, acababa de comprender que Tino había logrado transformar una propuesta potencialmente escandalosa en una actividad casi respetable, y observaba al pequeño liberto con la misma desconfianza que habría reservado a un zorro descubierto dentro de un gallinero.

Al concluir la tercera semana, Ricimero regresó a su residencia romana acompañado por varios oficiales y una pequeña escolta, esperando encontrar las obras todavía en marcha, los patios ocupados por montones de escombros y a Cayo Septimio dispuesto a justificar nuevos gastos. En cambio, apenas atravesó el pórtico principal, descubrió un espectáculo tan extraordinario que detuvo su caballo y permaneció contemplándolo durante varios segundos. La servidumbre estaba formada en el atrio con una precisión casi militar, distribuida en grupos perfectamente ordenados según sus responsabilidades domésticas. Los encargados de las cocinas llevaban bandas de color rojo oscuro, los responsables de almacenes lucían distintivos verdes, los servidores de las habitaciones vestían pequeñas franjas azules y los trabajadores dedicados al mantenimiento habían recibido insignias amarillas. Cada grupo disponía de un emblema propio y de responsables subordinados a los administradores generales, una especie de suboficialidad doméstica que había convertido a cocineros, jardineros, lavanderas y esclavos de servicio en una organización que recordaba irresistiblemente a una cohorte romana. El resultado era tan cómico que uno de los oficiales de Ricimero tuvo que disimular una carcajada detrás de la mano, especialmente cuando una anciana encargada de la ropa blanca corrigió la postura de dos muchachos con la severidad de un centurión veterano.

Sin embargo, detrás de aquella representación casi teatral había una eficacia imposible de ignorar. Los mosaicos habían sido limpiados y reparados, las fuentes volvían a correr, los jardines presentaban senderos cuidadosamente delimitados y las galerías recuperaban la dignidad de una residencia aristocrática de tiempos republicanos. Las antiguas esculturas ocupaban nuevamente sus pedestales, los almacenes estaban inventariados y las cocinas podían atender una recepción numerosa sin improvisar compras de última hora. Ricimero recorrió lentamente el atrio mientras Cayo Septimio explicaba que el joven Aeciano apenas había modificado las responsabilidades tradicionales de la casa: simplemente había establecido distintivos, responsables intermedios, horarios de inspección y procedimientos claros para comunicar necesidades sin convertir cada dificultad menor en un asunto reservado al administrador principal. —¿De manera que ahora mis cocineros tienen decuriones? —preguntó el generalísimo, contemplando a una robusta matrona que llevaba un pequeño emblema bordado sobre el hombro. —En cierto sentido, mi señor —respondió Septimio, esforzándose por conservar la seriedad—. Aunque debo aclarar que todavía no hemos autorizado a las lavanderas a imponer castigos militares. —Ricimero soltó finalmente una carcajada que resonó bajo los pórticos. —¡Por Cristo, Aeciano! ¡Habéis convertido mi casa en una legión! Y lo peor es que parece funcionar mejor que algunas de las verdaderas.

La satisfacción del generalísimo aumentó cuando descubrió que los gastos permanecían dentro de lo previsto y que la mayor parte de las mejoras habían sido realizadas mediante recuperación de materiales, renegociación de contratos y conservación de los elementos originales. Septimio le mostró las cuentas, los inventarios y las autorizaciones selladas, explicando que las compras extraordinarias habían sido relativamente escasas y que los trabajadores habían recibido sus salarios puntualmente. Ricimero escuchó con creciente complacencia, pues conocía perfectamente el estado de la residencia destinada a Antemio, cuyos preparativos continuaban generando discusiones entre arquitectos, proveedores y funcionarios imperiales. Su propia domus estaba lista para recibir a un emperador, a un obispo o a medio Senado antes que la del soberano al que oficialmente servía. Aquella pequeña victoria doméstica le produjo un placer que ningún triunfo administrativo habría conseguido igualar. —Magnífico —murmuró, contemplando las columnas restauradas—. Cuando Antemio venga a cenar, procuraré que se siente frente a la fuente principal. Así podrá recordar durante toda la velada que mi casa funciona y la suya todavía necesita albañiles.

Fue entonces cuando Ricimero reparó en una ausencia que ninguna de las explicaciones anteriores había logrado justificar. —¿Y mi hija? —preguntó, volviéndose hacia la nutrix, que aguardaba discretamente junto a las administradoras de las habitaciones. La anciana inclinó la cabeza con una expresión preocupada, como si aquella pregunta hubiera sido precisamente la que llevaba toda la mañana intentando evitar. —La noble Riginalda se encuentra en el jardín oriental, mi señor. Está leyendo a Homero junto a la estatua de Minerva que el patricio hizo instalar recientemente. —Ricimero arqueó una ceja, sorprendido—. ¿Leyendo a Homero? ¿Mi hija? —La nutrix asintió, aunque consideró necesario añadir una precisión—. En griego, mi señor. Y en voz alta, cuando algún pasaje le resulta particularmente emocionante. Últimamente parece muy interesada en Aquiles, Héctor y las hazañas de los antiguos héroes. Debo confesar que preferiría verla dedicar semejante entusiasmo a las Escrituras, pues no estoy completamente convencida de que aquellas lecturas contribuyan a fortalecer su disciplina espiritual. Además, ha desarrollado cierta costumbre de conversar con la estatua, aunque asegura que solamente está ensayando sus argumentos.

Ricimero contempló a la anciana con una mezcla de desconcierto y diversión antes de volverse hacia Septimio. —Decidme una cosa, ¿eso es romano? ¿Leer poemas griegos a los pies de una diosa pagana mientras el resto de la familia intenta comportarse como cristianos respetables? —El administrador encogió ligeramente los hombros, adoptando la expresión resignada de quien sabe que una respuesta demasiado precisa puede resultar políticamente peligrosa. —Mi señor, entre las familias antiguas todavía existen numerosas costumbres heredadas de los tiempos anteriores a la conversión. Algunas conservan representaciones de las divinidades clásicas por razones artísticas o familiares; otras interpretan ciertas figuras como alegorías de las virtudes, y no faltan quienes establecen asociaciones entre antiguos dioses, ángeles y santos. No diría que tales prácticas sean universalmente aprobadas, pero resultan relativamente comunes en determinados círculos aristocráticos. —Septimio se inclinó un poco más hacia su señor y añadió confidencialmente—. Sin embargo, os recomendaría no mencionar esas equivalencias delante de ningún clérigo particularmente celoso. Algunos consideran que Minerva es simplemente una representación de la sabiduría; otros pensarían que vuestra hija está a dos pasos de restaurar los sacrificios a Júpiter.

Ricimero dejó escapar un suspiro y contempló el jardín oriental, donde podía distinguirse entre las columnas la silueta de una joven sentada sobre un banco de piedra, con un volumen abierto sobre las rodillas y una jabalina apoyada contra el pedestal de una estatua. La imagen resultaba tan inesperadamente familiar que permaneció inmóvil durante unos instantes. Recordaba a la madre de su esposa, aquella formidable mujer de sangre goda que había discutido con sacerdotes, generales y administradores sin demostrar jamás el menor temor reverencial, y que consideraba perfectamente compatible enseñar a sus nietas las virtudes domésticas y exigirles que supieran montar a caballo. —¡Por todos los santos! —murmuró finalmente—. Es su abuela. Hasta en la manera de sentarse. —La nutrix, interpretando aquello como una censura, se apresuró a explicar que había hecho cuanto estaba en sus manos para inculcar modestia y obediencia, pero Ricimero levantó una mano para interrumpirla—. Tranquilizaos, buena mujer. Si mi hija ha pasado de lanzar jabalinas contra los muros a leer a Homero junto a una estatua de Minerva, quizá el muchacho haya conseguido más en tres semanas que todos nosotros en ocho años.

El generalísimo volvió entonces hacia Lucio una mirada de satisfacción apenas disimulada. Había encontrado su residencia reconstruida, sus servidores disciplinados, sus cuentas en orden y a su hija entregada a una actividad que, aunque extraña para los gustos de la nutrix, resultaba perfectamente digna de una aristócrata educada en las tradiciones clásicas. No era poca cosa para un joven a quien había encargado descansar y mantenerse alejado de la guerra. —Decidme, Aeciano —preguntó finalmente, cruzándose de brazos con una sonrisa que anunciaba una nueva indiscreción—, ¿habéis conseguido también que mi hija obedezca alguna orden sin discutir, o debo reservar ese milagro para cuando vuelva a presentarse un obispo por esta casa?

 

 

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