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Carta de Marco Aeciano a su hermano Juliano Aeciano
Dada en la Domus de Ferrata, a 18 de julio del año 1218 desde la fundación
de Roma, 465 de Nuestro Señor.
A mi querido hermano Juliano, en la corte de Tolosa.
Hermano mío:
Sé que recibir una carta escrita de mi propia mano debe resultarte extraño, especialmente
porque, hasta donde alcanzan mis recuerdos, nunca hemos mantenido una
conversación que yo pudiera conservar íntegramente en la memoria. Mi antigua
enfermedad era semejante a una niebla espesa, una oscuridad de la razón a
través de la cual mis pensamientos apenas podían abrirse camino. Cuando intento
recordar nuestros años de infancia encuentro rostros incompletos, voces que no
consigo reconocer y acontecimientos que se desvanecen precisamente cuando creo
estar a punto de comprenderlos. Quizá tú me recuerdes mejor de lo que yo puedo
recordarte. Sospecho, sin embargo, que la imagen que conservas de mí no debe
ser especialmente halagadora, pues durante mucho tiempo fui poco más que un
pobre zoquete, un mentecato incapaz de comprender aquello que los demás
consideraban evidente.
Afortunadamente, la Providencia, la fortuna o alguna combinación de ambas ha
tenido a bien liberarme de aquellas ataduras. He recuperado mis facultades y,
con ellas, una salud física que creíamos perdida. Todavía encuentro
extraordinario poder levantarme cada mañana sin experimentar aquella antigua
debilidad, estudiar un problema sin que mis pensamientos se extravíen y
expresar una idea sin descubrir, a mitad de la frase, que he olvidado lo que
pretendía decir. Madre considera mi recuperación un milagro, y no me
corresponde contradecirla. Por mi parte, he descubierto que el mundo contiene
una cantidad verdaderamente considerable de cosas interesantes, y que una vida
entera quizá resulte insuficiente para examinarlas todas.
Te escribo también porque deseo enviarte un obsequio que he preparado
especialmente para ti. Acompañan esta carta una espada y un pugio, ambos
fabricados en nuestros talleres bajo mi supervisión y con la indispensable
colaboración de Brannus y Menas. Los dos ancianos refunfuñaron durante casi
todo el proceso, especialmente cuando les pedí que abandonaran ciertos
procedimientos que habían utilizado satisfactoriamente durante décadas. Debo
reconocer que tenían razones para desconfiar de un muchacho que apenas comienza
a aprender el oficio de los metales. Sin embargo, demostraron una paciencia
considerable y aportaron conocimientos prácticos sin los cuales difícilmente
habríamos obtenido un resultado satisfactorio. Les debo mucho más de lo que
probablemente admitirán jamás.
He decidido llamar acero de Damasco al material empleado, pues encontré
algunos indicios sobre su fabricación en un antiguo papiro de esa ciudad
conservado en nuestra biblioteca. Desgraciadamente, el documento se encontraba
tan deteriorado que comenzó a deshacerse poco después de que terminara de
leerlo. Es una pérdida lamentable, aunque tuve la fortuna de retener lo
esencial de su contenido. He dedicado buena parte de estos meses a comprobar
aquellas indicaciones y a introducir ciertas modificaciones que, según nuestras
pruebas, mejoran las propiedades del metal. Todavía nos encontramos ante un
procedimiento experimental y sería imprudente afirmar que conocemos todas sus
posibilidades; sin embargo, los resultados han sido suficientemente estables
para permitirnos fabricar las dos piezas que ahora pongo en tus manos.
La espada es de un diseño algo distinto al de las spathae que acostumbráis
utilizar entre los godos. He procurado hacerla más larga, pero relativamente
ligera, conservando un equilibrio que permita moverla con rapidez sin
sacrificar la firmeza de los golpes. Considero que su principal ventaja será el
alcance, especialmente frente a adversarios que utilicen armas más cortas. No
obstante, desconozco hasta qué punto esta diferencia resultará beneficiosa en
un combate verdadero, por lo que agradecería sinceramente que, una vez
recuperado por completo de tus heridas, la sometieras a prueba y me comunicaras
tus observaciones. Tu experiencia con las armas es considerablemente superior a
la mía, y cualquier defecto que descubras será más útil que una alabanza inmerecida.
El pugio ha sido fabricado con el mismo acero y pensado como complemento de
la espada, para situaciones en las cuales un arma larga resulte incómoda.
Observarás en ambas hojas ciertos dibujos ondulados, semejantes a corrientes de
agua o vetas de madera oscura. Espero que encuentres agradables estos patrones
atigrados, porque me temo que no constituyen un adorno que podamos eliminar a
voluntad: son consecuencia de la propia hechura del metal. Personalmente los
considero hermosos, aunque Brannus afirma que solamente un muchacho demasiado
aficionado a contemplar sus propios experimentos puede perder tanto tiempo
admirando una espada antes de comprobar si corta.
He recibido también las noticias de tu victoria sobre aquella criatura
extraordinaria encontrada en las ruinas de Aquitania. Algunas de las
representaciones que nos han enviado son verdaderamente impresionantes, aunque
sospecho que los artistas han competido entre sí por hacer al monstruo cada vez
más espantoso. Si siquiera una parte de aquellas imágenes corresponde a la
realidad, debo felicitarte por una hazaña que difícilmente podrá repetirse en
nuestra época. Confieso que me cuesta comprender cómo conseguiste abatir
semejante animal, especialmente si es cierto que las flechas ordinarias apenas
conseguían penetrar su piel. Espero que algún día puedas explicármelo
personalmente y, sobre todo, que hayas recuperado la salud. Madre todavía se
altera cuando escucha mencionar tu aventura, aunque después no pierde ocasión
de recordar a sus amistades que su hijo ha realizado una proeza digna de los
héroes antiguos.
No sé si nuestras circunstancias nos permitirán conocernos como deberían
hacerlo dos hermanos. Tú has pasado buena parte de tu vida entre los godos y yo
apenas comienzo a descubrir una existencia que durante años me estuvo vedada.
Sin embargo, me agradaría pensar que todavía tenemos tiempo para remediarlo. Me
gustaría escucharte hablar de Tolosa, de tus amigos, de las costumbres de
aquella corte y de las cosas que has aprendido lejos de Italia. A cambio, puedo
mostrarte nuestros talleres, explicarte algunos experimentos y, si tienes
paciencia suficiente, enseñarte ciertas máquinas que quizá encuentres
interesantes. Prometo no obligarte a leer tratados enteros, pues madre me ha
informado de que consideras semejante actividad una forma particularmente
refinada de tormento.
Recibe, querido hermano, mis mejores deseos para tu recuperación y la
seguridad de mi afecto. Aunque mis recuerdos no me permitan conocerte como
quisiera, sé que pertenecemos a la misma familia, y espero que los años
venideros nos concedan ocasiones suficientes para convertir ese parentesco en
una verdadera amistad.
Con respeto y cariño,
Marco Aeciano
Tu hermano menor.
Posdata: Me gustaría visitarte en Tolosa, o que tú pudieras venir a Ferrata,
durante las próximas festividades de Saturnalia. He escuchado que conserváis
algunas de nuestras antiguas celebraciones entre los godos, y me agradaría
comprobar cuánto tienen de romanas y cuánto habéis cambiado. También quisiera
mostrarte personalmente cómo fabricamos tu espada.
Segunda posdata: ¿Es verdad que llamaste al abuelo «viejo carcamal» durante
vuestra última discusión? Madre afirma que exageran el incidente, pero se ha
reído al mencionarlo, lo cual me hace sospechar que la historia contiene una
parte considerable de verdad. No te preocupes: no pienso repetirlo delante de
él. Por ahora.
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