sábado, 17 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Carta 18 de julio del año 1218

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Carta de Marco Aeciano a su hermano Juliano Aeciano

Dada en la Domus de Ferrata, a 18 de julio del año 1218 desde la fundación de Roma, 465 de Nuestro Señor.

A mi querido hermano Juliano, en la corte de Tolosa.

Hermano mío:

Sé que recibir una carta escrita de mi propia mano debe resultarte extraño, especialmente porque, hasta donde alcanzan mis recuerdos, nunca hemos mantenido una conversación que yo pudiera conservar íntegramente en la memoria. Mi antigua enfermedad era semejante a una niebla espesa, una oscuridad de la razón a través de la cual mis pensamientos apenas podían abrirse camino. Cuando intento recordar nuestros años de infancia encuentro rostros incompletos, voces que no consigo reconocer y acontecimientos que se desvanecen precisamente cuando creo estar a punto de comprenderlos. Quizá tú me recuerdes mejor de lo que yo puedo recordarte. Sospecho, sin embargo, que la imagen que conservas de mí no debe ser especialmente halagadora, pues durante mucho tiempo fui poco más que un pobre zoquete, un mentecato incapaz de comprender aquello que los demás consideraban evidente.

Afortunadamente, la Providencia, la fortuna o alguna combinación de ambas ha tenido a bien liberarme de aquellas ataduras. He recuperado mis facultades y, con ellas, una salud física que creíamos perdida. Todavía encuentro extraordinario poder levantarme cada mañana sin experimentar aquella antigua debilidad, estudiar un problema sin que mis pensamientos se extravíen y expresar una idea sin descubrir, a mitad de la frase, que he olvidado lo que pretendía decir. Madre considera mi recuperación un milagro, y no me corresponde contradecirla. Por mi parte, he descubierto que el mundo contiene una cantidad verdaderamente considerable de cosas interesantes, y que una vida entera quizá resulte insuficiente para examinarlas todas.

Te escribo también porque deseo enviarte un obsequio que he preparado especialmente para ti. Acompañan esta carta una espada y un pugio, ambos fabricados en nuestros talleres bajo mi supervisión y con la indispensable colaboración de Brannus y Menas. Los dos ancianos refunfuñaron durante casi todo el proceso, especialmente cuando les pedí que abandonaran ciertos procedimientos que habían utilizado satisfactoriamente durante décadas. Debo reconocer que tenían razones para desconfiar de un muchacho que apenas comienza a aprender el oficio de los metales. Sin embargo, demostraron una paciencia considerable y aportaron conocimientos prácticos sin los cuales difícilmente habríamos obtenido un resultado satisfactorio. Les debo mucho más de lo que probablemente admitirán jamás.

He decidido llamar acero de Damasco al material empleado, pues encontré algunos indicios sobre su fabricación en un antiguo papiro de esa ciudad conservado en nuestra biblioteca. Desgraciadamente, el documento se encontraba tan deteriorado que comenzó a deshacerse poco después de que terminara de leerlo. Es una pérdida lamentable, aunque tuve la fortuna de retener lo esencial de su contenido. He dedicado buena parte de estos meses a comprobar aquellas indicaciones y a introducir ciertas modificaciones que, según nuestras pruebas, mejoran las propiedades del metal. Todavía nos encontramos ante un procedimiento experimental y sería imprudente afirmar que conocemos todas sus posibilidades; sin embargo, los resultados han sido suficientemente estables para permitirnos fabricar las dos piezas que ahora pongo en tus manos.

La espada es de un diseño algo distinto al de las spathae que acostumbráis utilizar entre los godos. He procurado hacerla más larga, pero relativamente ligera, conservando un equilibrio que permita moverla con rapidez sin sacrificar la firmeza de los golpes. Considero que su principal ventaja será el alcance, especialmente frente a adversarios que utilicen armas más cortas. No obstante, desconozco hasta qué punto esta diferencia resultará beneficiosa en un combate verdadero, por lo que agradecería sinceramente que, una vez recuperado por completo de tus heridas, la sometieras a prueba y me comunicaras tus observaciones. Tu experiencia con las armas es considerablemente superior a la mía, y cualquier defecto que descubras será más útil que una alabanza inmerecida.

El pugio ha sido fabricado con el mismo acero y pensado como complemento de la espada, para situaciones en las cuales un arma larga resulte incómoda. Observarás en ambas hojas ciertos dibujos ondulados, semejantes a corrientes de agua o vetas de madera oscura. Espero que encuentres agradables estos patrones atigrados, porque me temo que no constituyen un adorno que podamos eliminar a voluntad: son consecuencia de la propia hechura del metal. Personalmente los considero hermosos, aunque Brannus afirma que solamente un muchacho demasiado aficionado a contemplar sus propios experimentos puede perder tanto tiempo admirando una espada antes de comprobar si corta.

He recibido también las noticias de tu victoria sobre aquella criatura extraordinaria encontrada en las ruinas de Aquitania. Algunas de las representaciones que nos han enviado son verdaderamente impresionantes, aunque sospecho que los artistas han competido entre sí por hacer al monstruo cada vez más espantoso. Si siquiera una parte de aquellas imágenes corresponde a la realidad, debo felicitarte por una hazaña que difícilmente podrá repetirse en nuestra época. Confieso que me cuesta comprender cómo conseguiste abatir semejante animal, especialmente si es cierto que las flechas ordinarias apenas conseguían penetrar su piel. Espero que algún día puedas explicármelo personalmente y, sobre todo, que hayas recuperado la salud. Madre todavía se altera cuando escucha mencionar tu aventura, aunque después no pierde ocasión de recordar a sus amistades que su hijo ha realizado una proeza digna de los héroes antiguos.

No sé si nuestras circunstancias nos permitirán conocernos como deberían hacerlo dos hermanos. Tú has pasado buena parte de tu vida entre los godos y yo apenas comienzo a descubrir una existencia que durante años me estuvo vedada. Sin embargo, me agradaría pensar que todavía tenemos tiempo para remediarlo. Me gustaría escucharte hablar de Tolosa, de tus amigos, de las costumbres de aquella corte y de las cosas que has aprendido lejos de Italia. A cambio, puedo mostrarte nuestros talleres, explicarte algunos experimentos y, si tienes paciencia suficiente, enseñarte ciertas máquinas que quizá encuentres interesantes. Prometo no obligarte a leer tratados enteros, pues madre me ha informado de que consideras semejante actividad una forma particularmente refinada de tormento.

Recibe, querido hermano, mis mejores deseos para tu recuperación y la seguridad de mi afecto. Aunque mis recuerdos no me permitan conocerte como quisiera, sé que pertenecemos a la misma familia, y espero que los años venideros nos concedan ocasiones suficientes para convertir ese parentesco en una verdadera amistad.

Con respeto y cariño,

Marco Aeciano

Tu hermano menor.

Posdata: Me gustaría visitarte en Tolosa, o que tú pudieras venir a Ferrata, durante las próximas festividades de Saturnalia. He escuchado que conserváis algunas de nuestras antiguas celebraciones entre los godos, y me agradaría comprobar cuánto tienen de romanas y cuánto habéis cambiado. También quisiera mostrarte personalmente cómo fabricamos tu espada.

Segunda posdata: ¿Es verdad que llamaste al abuelo «viejo carcamal» durante vuestra última discusión? Madre afirma que exageran el incidente, pero se ha reído al mencionarlo, lo cual me hace sospechar que la historia contiene una parte considerable de verdad. No te preocupes: no pienso repetirlo delante de él. Por ahora.

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