ALCIDES DE TEBAS

 

Después de un rato, Mégara regresó al templo con Pacu siguiéndola. Detrás de ella, el sacerdote notó la presencia de un enorme buey manso, magnífico en todas sus proporciones. Mégara entregó el buey al ayudante del sacerdote, explicando: "Esta es una ofrenda de Alcides...". Sin embargo, en ese momento, Mégara se dio cuenta de que apenas sabía el nombre de su compañero, lo que la hizo reflexionar sobre cuánto conocía realmente a aquel joven misterioso que la había acompañado en esta extraña aventura.

Mégara, sin rodeos, se dirigió a Alcides con una pregunta directa: "¿Cuál es tu ciudad y quién es tu padre?" El rostro de Alcides palideció, y el templo de Hera parecía cobrar un aire de solemnidad aún mayor. Las columnas antiguas se alzaban majestuosas alrededor de ellos, mientras la luz del sol se filtraba suavemente desde el techo, bañando el interior del templo en un resplandor divino.

Alcides, sintiéndose abrumado por la magnitud de la situación, buscó la mirada de Anfidamante en busca de orientación. El maestro miró a Mégara con seriedad antes de responder cuidadosamente: "Mi joven señorita, me temo que eso es algo que solo un rey puede conocer".

Mégara resopló con orgullo y afirmó con determinación: "Mi papi es un rey". Sus palabras resonaron en el majestuoso templo de Hera, como un eco de la realeza que había sido proclamada en aquel lugar sagrado durante generaciones. Sin embargo, mientras pronunciaba esas palabras, un atisbo de duda cruzó por su mente. Recordó las palabras de Mina, la misteriosa mujer que los había conducido a Nemea sobre pensar siempre y hablar después, "qué mal pudo haber hecho Alcides para requerir la expiación de un rey".

Mégara conocedora de los rituales de la realeza recordó: El destierro generalmente se produce debido a algún acto grave o delito que ha cometido un cioudadano, como traición, asesinato o desobediencia al rey. Sin embargo, solo el benevolente rey de otra ciudad vecina tiene el poder de absolver al noble desterrado de su culpa y permitir su regreso a la sociedad. Este proceso de redención se lleva a cabo a través de un antiguo ritual conocido como "La Purificación del Desterrado". En este ritual, el noble desterrado debe presentarse ante el rey, confesar sus pecados y arrepentirse sinceramente. Luego, el rey, como símbolo de perdón y reconciliación, debe rociar al infractor con agua purificadora de un manantial sagrado y pronunciar palabras de absolución. Este acto simbólico no solo lava la culpa, sino que también restaura su honor y le permite regresar a su ciudad natal como un individuo redimido.

 La sombra de la incertidumbre nubló brevemente los ojos azules de Mégara.

Anfidamante, el maestro y guardián de Alcides en este misterioso viaje, también percibió la duda en la expresión de la princesa. Bajó la mirada, consciente de la complejidad de la situación. El silencio en el templo se hizo más profundo, como si los dioses mismos estuvieran observando este intercambio crucial.

Mégara, con su corazón noble y su deseo de hacer lo correcto, había tomado una decisión que podría cambiar el destino de Alcides y de todos los que los rodeaban.

Mégara miró a Anfidamante con una determinación que reflejaba su noble corazón y su deseo de hacer lo correcto. Sus ojos azules se encontraron con los del sabio maestro, y ella habló con claridad: "Escuché decirte que debían ir a Atenas, ¿no es así? Bien, hagamos una cosa. Dejaré que Alcides se presente como 'Alcides de Tebas', el sirviente de la magnífica y hermosa princesa Mégara", dijo, pronunciando sus propios títulos con orgullo y vanidad, pero con un objetivo claro en mente. Sabía que de esta manera, Alcides podría evadir preguntas incómodas en el viaje restante y, al mismo tiempo, cumplir con su misión.

Luego, Mégara continuó con su propuesta: "A cambio, viajarán a Tebas antes de dirigirse a Atenas, para que mi papi pueda conocerlos". Sus palabras revelaban su deseo de que su padre, el rey, pudiera ofrecer expiación y seguridad a Alcides, además de brindarles su bendición en este misterioso viaje.

Alcides y Anfidamante intercambiaron miradas de entendimiento antes de asentir ante la propuesta de Mégara. La princesa había encontrado una solución que beneficiaba a todos.

Luego, Mégara se dirigió a Atalía y a Alcides. A Atalía le dijo con una sonrisa amigable: "De aquí en adelante, llámame solo 'Még', como lo hace la señorita Mina". Luego, su mirada se posó en Alcides con un aire altivo y juguetón: "Y tú, zopenco", se refirió a él con un toque de malicia, "de ahora en adelante, hasta que lleguemos a Tebas, deberás referirte a mí como 'mi princesa' o 'su alteza'".

Atalía se molestó por el trato despectivo que Mégara le brindaba a Alcides, pero él rápidamente la frenó con un gesto y una mirada, mostrando que comprendía las ventajas de este acuerdo instantáneamente.

Alcides trató de articular palabras en medio de su tartamudeo: "Si... sí, mi p-p-princesa", respondió con una voz entrecortada. Mégara le sonrió con satisfacción, apreciando su gesto de sumisión.

Luego, Mégara extendió su mano suave y pálida, adornada con anillos de oro y plata con cristales de colores engarzados. Alcides, con timidez pero también con respeto, besó el anillo que adornaba su dedo índice. La expresión en el rostro de Atalía se tornó roja de cólera, pero Mégara no perdió la oportunidad de provocarla con su venenoso sarcasmo: "¿Qué sucede, Ata?", preguntó de manera juguetona y desafiante, "si quieres, puedo comprarte un anillo también a ti".

Atalía, sin volverse para enfrentarla, respondió en tono tranquilo pero afilado: "Esas cosas me obstaculizarían para engarzar una flecha a mi arco... pero podría usarlo en la noche, Meg". La tensión entre las dos mujeres era evidente, pero por el momento, la atención estaba en el recién nombrado Alcides de Tebas y en el nuevo rumbo que tomaría su viaje hacia Tebas y Atenas.

Mégara regresó al lado del anciano sacerdote con el majestuoso buey en su compañía. Con una voz clara y segura, anunció: "Este buey es un sacrificio de Alcides de Tebas y su maestro Anfidamante a la diosa". El sacerdote, cuyos ojos se iluminaron de alegría al ver la ofrenda, respondió con gratitud: "Es un sacrificio que agradará a la diosa sin dudarlo, mi joven señora".

El anciano sacerdote, frágil y tembloroso debido a su avanzada edad, continuó: "Que el amor y la fortuna de Hera se extiendan con ustedes en sus viajes y desafíos". Sus palabras resonaron con una bendición cargada de significado, y todos los presentes sintieron una profunda conexión con lo divino en ese momento.

Con la ofrenda realizada y las palabras del sacerdote como guía, el grupo se preparó para continuar su viaje hacia Tebas, donde se encontrarían con el rey y comenzarían a desentrañar los misterios que rodeaban a Alcides y su destino.

Una vez cumplido este acto de respeto a las deidades, el grupo de aventureros observó a su alrededor, maravillados por la riqueza histórica que la ciudad de Nemea tenía para ofrecer. Los leones dorados que custodiaban los templos parecían cobrar vida bajo la luz del sol, recordándoles la importancia de la protección y la valentía en un mundo de comercio y desafíos constantes.

Mina se sentaba en su habitación, sumida en sus pensamientos, mientras sostenía una pluma de ganzo que mojaba en un pigmento rojizo. El cuarto estaba impregnado de un ambiente de concentración y misterio. A su espalda, una figura envuelta en un manto oscuro se mantenía en silencio, ocultando su rostro y su atuendo. Esa figura era Kallista, una espía y asesina al servicio de Mina, cuyas habilidades y lealtad eran inquebrantables.

Kallista narró con voz firme lo que había presenciado, detallando los acontecimientos con precisión. "El niño no es normal, mi señora. Es sumamente peligroso. Es el individuo más amenazante que he visto en toda mi vida, y créame, he enfrentado a grandes guerreros en mi tiempo. Debe alejarse de esos dos, mi señora."

A pesar de la gravedad de las palabras de Kallista, Mina mantuvo una calma aparente mientras continuaba con su tarea de teñir la pluma de ganzo. Respondió como si no estuviera prestando toda su atención a las palabras de Kallista, aunque su mente estaba claramente en sintonía con la conversación. "Los kemetios son una civilización curiosa", comenzó, su voz tranquila y reflexiva. "Fue una elección sabia haber adquirido a Memaatre en el mercado de esclavos de Esparta. Esta 'escritura' que menciona podría resultar útil. Sin embargo, estoy de acuerdo en que necesitamos encontrar una forma de simplificar estos signos, hacerlos más accesibles y comprensibles para nuestros propios propósitos."

Mina, utilizando su elocuencia e inteligencia sobresalientes, comenzó a hablar con una voz que resonaba con sabiduría. Sus palabras estaban impregnadas de autoridad y conocimiento profundo, como si estuviera tocando las cuerdas mismas del universo.

"Kallista", dijo Mina con serenidad, "si Alcides es en efecto un ser divino o el hijo de uno, eso solo refuerza la importancia de nuestra intervención. Como bien dices, su naturaleza podría desencadenar consecuencias impredecibles. Si permitimos que la ira de los dioses se manifieste, podría traer calamidades a nuestra tierra y nuestra gente. Es en nuestro interés prevenirlo."

Elevando la pluma de ganzo teñida, Mina trazó un patrón en el aire, como si estuviera dibujando las soluciones en las hebras invisibles del destino. "Los dioses son caprichosos y poderosos, y es sabio conceder sus deseos, sobre todo cuando están ligados a alguien de sangre divina. Pero también sabemos que sus deseos no siempre son simples. A menudo requieren astucia y creatividad para cumplirse sin provocar conflictos mayores."

Kallista escuchaba atentamente, asintiendo en reconocimiento de la lógica implacable de Mina. Mina continuó, su voz como una cascada de razón y prudencia. "Debemos encontrar la manera de ayudar a Alcides sin llamar la atención no deseada. Los hilos del destino son complejos, y enmarañarlos de manera deliberada es un arte que debemos dominar. La paciencia y la planificación son nuestras herramientas más valiosas."

Kallista, maravillada por la sabiduría y la presencia de su señora, la adoraba como a una diosa en la tierra y se postró siguiendo la costumbre oriental, expresando su respeto y lealtad inquebrantables. Con una voz reverente, preguntó cuáles eran los pasos a seguir en esta situación. Mina, que emanaba una autoridad y una visión que trascendían lo común, respondió con determinación.

"Debemos asegurar la seguridad y el tránsito sin problemas del joven príncipe de Tirinto", declaró Mina con una serenidad implacable. "Acompañaré a Alcides personalmente hasta Atenas, asegurándome de que no haya contratiempos en su camino."

La atención de Kallista se desplazó hacia el tema de los diez hombres que habían sido capturados esa misma mañana. Como siempre, Mina tenía una visión clara de la situación. Kallista informó sobre los asesinos contratados para matar a Alcides y planteó la cuestión de qué hacer con ellos.

La respuesta de Mina llegó como una sentencia irrevocable, un eco de su poder y determinación. Con los ojos verdes como esmeraldas, Mina miró al cielo y, con una voz que carecía de cualquier rastro de sentimiento, pronunció una única palabra: "Mátalos."

Las palabras resonaron en el aire como un veredicto final. Kallista, consciente de la naturaleza implacable de su señora, asintió en reconocimiento y se preparó para llevar a cabo la orden con la precisión y eficiencia que se esperaba de ella. El destino de esos hombres estaba sellado por la voluntad de Mina, y Kallista estaba lista para cumplir su papel en este juego de poder y misterio que se estaba desarrollando.

Desde el momento en que habían salido de la posada, Mina había dado instrucciones precisas a sus siervos. Ordenó que compraran todo tipo de manjares y que buscaran los ingredientes más exquisitos disponibles en Nemea. Además, contrató a los mejores cocineros de la ciudad, conocidos por su habilidad en la preparación de platos deliciosos y elaborados.

La atención de Mina también se centró en el ambiente del lugar. Contrató a hábiles mamposteros para llevar a cabo renovaciones en "El León Sonriente", asegurándose de que la sala de banquetes estuviera en perfectas condiciones para la ocasión. Con su propio dinero, financió las mejoras y las decoraciones necesarias para convertir el lugar en un entorno acogedor y festivo.

Cuando finalmente Alcides y Anfidamante llegaron, se encontraron con una transformación asombrosa. La sala de banquetes estaba iluminada por candelabros que derramaban una luz cálida sobre los detalles suntuosos de la decoración. La atmósfera rebosaba de festividad, y el delicioso aroma de los manjares recién cocinados inundaba el aire. Con una sonrisa acogedora, Mina los recibió y los invitó a tomar asiento en lugares destacados.

La mesa estaba cubierta con una variedad de platos, desde exquisitas carnes asadas hasta coloridas ensaladas frescas, y desde frutas exóticas hasta dulces postres elaborados. Era un festín digno de reyes, un gesto generoso de hospitalidad y amistad que Mina había planeado meticulosamente. A medida que transcurría la velada, los comensales compartieron risas, historias y momentos de camaradería. Mina, Alcides, Mégara y Anfidamante, así como los huéspedes ordinarios disfrutaron no solo de la deliciosa comida, sino también de la compañía mutua. La celebración se convirtió en un recordatorio del fuerte vínculo que compartían y del aprecio que tenían el uno por el otro.

La atmósfera en la posada era de celebración y alegría, tanto entre los comensales habituales como entre los propios trabajadores. La generosidad de la rica señora ateniense no tenía límites esa noche, y parecía que todo fluyera sin costo alguno. El vino fluía en abundancia, los platos de carne se servían con generosidad y los presentes disfrutaban del festín como si estuvieran bendecidos por alguna deidad. Los comensales se deleitaban con los manjares exquisitos, riendo y charlando animadamente. El posadero, con una sonrisa que no dejaba su rostro, observaba con gratitud cómo todo estaba siendo costeado por la misteriosa y generosa dama ateniense. Era un momento de pura felicidad para él y para aquellos que trabajaban en la posada.

Sin embargo, entre los rincones más oscuros y en conversaciones susurradas, algunos murmuraban a escondidas. Los rumores corrían con sigilo, como hojas arrastradas por el viento. Algunos observaban al niño y lo comparaban con el joven dios que se rumoreaba había enfrentado a la bestia rabiosa que había estado aterrorizando a la gente durante semanas.

Las palabras se pasaban de boca en boca, como secretos compartidos entre conspiradores. ¿Era solo una coincidencia que el niño y el dios compartieran similitudes? ¿O había algo más en juego? Las conversaciones eran susurradas en voz baja, en un intento de mantenerlas ocultas de aquellos que celebraban despreocupados. La sospecha se mezclaba con el festín, creando una sensación de intriga y misterio en medio de la felicidad general.

La noche pasó entre conversaciones animadas y risas compartidas, creando recuerdos que permanecerían en sus corazones. Mina había logrado que esa noche fuera especial, demostrando su afecto y amistad a través de un festín que trascendía las palabras. La unión entre ellos se fortaleció aún más, sellada por la gratitud y la alegría compartida en esa memorable celebración.

En medio de la celebración, Mégara decidió llevar a cabo un acto secreto de generosidad. Aunque su relación con Atalía estaba llena de rivalidades y tensiones, en ese momento, Mégara quería hacerle un gesto de amistad. Con una mirada furtiva hacia su amiga-enemiga, Mégara extrajo un anillo de oro macizo y pulido de su vestimenta. Era una joya impresionante, brillante y hermosa, digna de una princesa.

Sin embargo, Mégara, incapaz de ofrecer el regalo de manera directa debido a su orgullo, ideó un plan para hacerlo de manera secreta. Con agilidad y destreza, deslizó el anillo en la copa de jugo de uvas que tenía delante. El anillo se hundió en el líquido carmesí, oculto de las miradas curiosas.

 

Después de este acto sigiloso, Mégara alzó la copa de jugo de uvas y, con una sonrisa disimulada, se la entregó a Atalía. "Aquí tienes, Ata", dijo con un tono amigable. "Prueba este jugo de uvas, es realmente delicioso". Atalía, ajena al regalo oculto en su copa, aceptó la bebida con una sonrisa y comenzó a beberla.

La sorpresa se reflejó en el rostro de Atalía cuando, al beber el jugo de uvas, sintió algo sólido y metálico en su boca. Con una expresión de desconcierto, escupió el contenido de su boca en un gesto involuntario. El anillo de oro macizo cayó sobre la mesa, haciendo un leve ruido al chocar con la superficie de madera pulida.

 

Atalía miró con asombro el anillo que ahora descansaba frente a ella. Sus ojos se ensancharon al ver la belleza y la calidad de la joya. Era pesado, lustroso y tenía un fino grabado de hojas y arcos de flecha, un símbolo que estaba vinculado a su habilidad como cazadora. Nunca había visto una joya de ese calibre en su vida, y su corazón latía con emoción mientras lo sostenía en la mano.

 

Mégara, con su característico toque de veneno en su voz, rompió el momento de asombro. "Dijiste que podrías usarlo en la noche", le recordó con sarcasmo. "Es grueso, para que cuando tus manos crezcan, puedas mandarlo a engrosar de ser necesario". Sus palabras eran un recordatorio de la diferencia en el estatus y las expectativas entre ellas, pero también tenían un tono de humor, como si Mégara estuviera disfrutando del asombro de su amiga-enemiga.

Atalía, sin embargo, estaba demasiado ocupada admirando el anillo para preocuparse por la actitud venenosa de Mégara. Sosteniendo el anillo con cuidado, lo examinó detenidamente y luego lo deslizó en su dedo anular. Encajó perfectamente, como si estuviera destinado a estar allí.

"Es hermoso", murmuró Atalía, con una mirada agradecida hacia Mégara. A pesar de sus diferencias, había recibido un regalo que nunca olvidaría. Era un gesto sorprendente de la princesa, uno que revelaba una capa inesperada de generosidad en medio de su competitividad. El anillo de oro se convirtió en un símbolo de esa noche, un recordatorio de la complejidad de su relación y de la posibilidad de la amistad entre ellas, incluso en las circunstancias más inusuales.

Atalía, con humildad, intentó devolver el anillo a Mégara, argumentando: "Mi señor es digno de esto, no yo". Sus palabras reflejaban su profundo respeto por Alcides y su reconocimiento de que él era la verdadera figura destacada de la noche.

Sin embargo, Mégara rechazó la oferta con una determinación inquebrantable. "Tú me empujaste primero de la bestia", señaló con una sonrisa juguetona, recordando el incidente en el que Atalía la había empujado para salvarla de la perra rabiosa. "Y no eres una diosa", agregó con una mirada divertida. Para Mégara, el anillo era un símbolo de reconocimiento y gratitud por la valentía de Atalía en la batalla.

Luego, Mégara reflexionó en voz alta sobre el dilema de qué regalarle a alguien tan excepcional como Alcides. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire mientras consideraba las opciones. "No sé qué regalarle a un dios como él", confesó. "O al menos no completamente". La expresión en su rostro se volvió pensativa mientras recordaba las palabras de Atalía durante la noche anterior.

"No es un mortal, o al menos no completamente", continuó Mégara, expresando la extrañeza que sentía hacia la verdadera naturaleza de Alcides. Recordó las palabras de Atalía durante su conversación nocturna y la profunda impresión que habían dejado en ella. "Claro que lo sabes", murmuró para sí misma. "Me lo dijiste toda la noche anterior. Me dijiste que era fuerte, pero creo que te faltaron palabras para decir que tenía la fuerza de los dioses".

El enigma de Alcides y su conexión con lo divino seguía siendo un misterio intrigante para Mégara. Aunque aún no entendía por completo quién era él, estaba decidida a acompañarlo en su viaje y descubrir la verdad detrás de su misteriosa existencia.

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