EL ECLIPSE
En medio
del solemne funeral de Esteneleo, cuando el aire vibraba con el eco de los
lamentos y las miradas se posaban sobre la pira funeraria, un sonido distintivo
cortó el silencio. Las trompetas del heraldo resonaron, llenando el espacio con
su llamado ceremonial. Desde la penumbra, emergió el heraldo, vestido con ropas
que marcaban su posición de autoridad en la corte de Micenas. Su presencia
comandó la atención de todos, mientras el eco de su trompeta se desvanecía y su
voz se alzaba para anunciar la llegada anticipada del príncipe heredero.
"¡Oh,
nobles y valientes presentes! ¡El Rey de Micenas, alto señor de Argolia y líder
insigne de la liga de los perseidas, lamentablemente no puede presentarse en
este acto sagrado!" Su voz resonaba con una mezcla de respeto y pesar.
"Un
accidente, como una sombra inesperada, ha cruzado su camino. El bravo rey de
Tirinto, sin intención alguna, le infligió una herida en la contienda que
sostuvo contra las fuerzas enemigas hace ya años. Así, aunque su corazón y su
deseo le guían a estar aquí, su cuerpo debe reposar en tranquilidad y sanación.
Su deber para con su reino y sus súbditos le obliga a atender su
restablecimiento."
El heraldo
se tomó un momento para permitir que estas palabras se asentaran en la
conciencia de los asistentes. Se podía sentir la comprensión y el respeto en el
aire, así como un atisbo de preocupación por la salud del rey.
"Sin
embargo, en representación del Rey y para honrar a los caídos, el príncipe
heredero Perseo, la alegría de los micenios, se aproxima a este lugar de
duelo." El tono del heraldo cambió, inyectando un matiz de esperanza en
sus palabras.
"Perseo,
cuyo nombre evoca el heroísmo de los dioses y cuya promesa ilumina nuestro
futuro. Aunque su llegada se retarda, es porque aún se encuentra inmerso en el
acto de preparar una ofrenda digna para honrar al noble Esteneleo. Sus pasos
serán precedidos por las huellas de la gratitud y el respeto que él, en nombre
de Micenas, rinde ante la memoria de aquellos que han caído."
El heraldo
había invocado los títulos y honores con una reverencia que reflejaba la
importancia de la ocasión. En ese momento, la multitud se preparaba para
recibir al príncipe Perseo, la esperanza y la promesa de un futuro aún por
escribir. Las palabras del heraldo habían teñido el ambiente con un tono de
respeto, anticipación y comprensión por las circunstancias que habían retrasado
la llegada del rey y el príncipe.
Mientras las miradas de desaprobación se dirigían hacia Anfitrión en ese
momento, su mente regresó a aquel día final de la guerra contra los Tafios.
Había sido un día de victoria y triunfo, donde sus acciones habían resonado
como un eco de heroísmo a lo largo del campo de batalla. Pero ese recuerdo fue
acompañado por otro, el recuerdo de aquel consejo que se había llevado a cabo
después de la batalla, cuando el rey Electrión se había recuperado lo
suficiente para estar presente.
En ese
consejo, Esteneleo, el hermano del rey y un hombre de sabiduría y experiencia,
había intervenido. Anfitrión recordó las palabras de Esteneleo, palabras que
carecían de malicia y estaban guiadas por un sentido profundo de
responsabilidad noble.
"En
medio de nuestras celebraciones y alabanzas, no debemos olvidar el peso de
nuestras acciones y decisiones", comenzó Esteneleo en un tono que
reflejaba su carácter sereno y ponderado. "Anfitrión, sin duda has
demostrado ser un héroe en esta batalla, y tu valentía y liderazgo han sido
notables. Sin embargo, debemos recordar que la grandeza no solo se mide en el
campo de batalla, sino también en la responsabilidad que asumimos por nuestras
acciones."
Las
palabras de Esteneleo resonaban en la mente de Anfitrión, impregnadas de un
sentido de deber y consideración por las consecuencias de sus actos. Esteneleo
continuó: "Mi hermano Electrión, debido a las heridas sufridas en la
batalla, enfrenta ahora una vida en la que el simple acto de caminar requiere
la ayuda de esclavos y un bastón. Su sufrimiento y limitaciones nos recuerdan
que nuestros deberes como nobles van más allá de la gloria y la victoria en el
campo de batalla."
"La
nobleza implica responsabilidad y consideración. Nuestro estatus nos otorga
influencia sobre aquellos que nos siguen, y nuestras decisiones pueden impactar
sus vidas de maneras que quizás no comprendamos plenamente. Anfitrión, tu
valentía es innegable, pero también debes enfrentar las consecuencias de tus
acciones."
Esteneleo
había hablado con calma y con un sentido profundo de equidad. No había señalado
a Anfitrión con el dedo acusador, sino que había expresado una verdad universal
que debía ser recordada. Anfitrión había sentido una mezcla de emociones en ese
momento, una comprensión de que la grandeza conlleva responsabilidad, y que los
nobles debían ser ejemplos de honor y justicia para sus súbditos.
Con
humildad en su voz y en su mirada, Anfitrión tomó un momento para hablar,
reconociendo la sabiduría y el peso de las palabras de Esteneleo. Se dirigió a
todos los presentes, especialmente al rey Electrión, con una sinceridad que
reflejaba su comprensión de la responsabilidad que conllevaba su posición.
"Honorables
señores, mis hermanos de armas y líderes de esta tierra que amamos. Esteneleo,
tus palabras son un recordatorio valioso de lo que significa llevar la insignia
de la nobleza. No puedo borrar ni negar las acciones que he tomado, y no busco
perdón fácil o evasiones. Mi corazón late con la fuerza del deber y la
aceptación de las consecuencias."
Anfitrión
pausó por un instante, sintiendo el peso de la decisión que estaba a punto de
tomar. "Rey Electrión, noble y respetado, aquí me presento ante ti con la
humildad que me dicta la comprensión de mis acciones. Aunque el valor y la
valentía son compañeros de mi espíritu, también reconozco que no están exentos
de la responsabilidad que conllevan. Tu dolor y tu limitación, resultantes de
las secuelas de aquella batalla, son una prueba constante de que nuestras
decisiones pueden tener efectos profundos y duraderos."
Sus ojos se
encontraron con los del rey, mostrando respeto y determinación. "No pido
clemencia, ni apelo por indulgencia. Asumo mi responsabilidad por lo que he
hecho, y me someto a tu juicio, rey Electrión. Si consideras que la justicia
demanda un castigo, lo aceptaré con la misma dignidad que enfrenté la
batalla."
El silencio
llenó el espacio mientras las palabras de Anfitrión resonaban en el aire. No
había rastro de arrogancia en su tono, solo una aceptación serena y una
disposición a enfrentar las consecuencias de sus actos. Había aprendido que la
grandeza no solo yacía en la victoria en el campo de batalla, sino también en
la forma en que asumía la responsabilidad por sus decisiones y cómo seguía
adelante con honor y humildad.
Electrión,
rey de Micenas, guardaba sus pensamientos detrás de una máscara de impasividad,
consciente de que no podía permitir que sus verdaderos anhelos fueran
descubiertos con facilidad. Aunque Anfitrión no era culpable de sus heridas ni
de la limitación que ahora lo aquejaba, había otras prioridades en juego, y las
implicaciones más amplias de la situación debían manejarse con cautela.
Mientras los ojos de la corte estaban puestos en él, Electrión comenzó su
monólogo, tejiendo sus palabras con habilidad retórica para expresar sus
pensamientos ocultos.
"Amados
súbditos, nobles líderes y compañeros de armas. En medio de estas
circunstancias, donde la victoria se yuxtapone con la reflexión y el deber, es
mi obligación como rey considerar las ramificaciones de nuestras acciones.
Anfitrión, tu valentía en el campo de batalla es innegable, y no recae sobre ti
la responsabilidad directa de mi estado actual. Pero la justicia demanda una
respuesta, y debemos seguir el camino de la equidad y la rectitud."
Un momento
de pausa permitió que sus palabras resonaran en el aire, su tono
meticulosamente calculado para mantener la atención y la expectación de
aquellos presentes. Electrión continuó, tejiendo un enigma en sus palabras,
cuidando cada frase para que no revelara más de lo que era necesario.
"Ante
la trascendencia de la situación, he decidido que mi deber primordial es con mi
familia, con la continuidad de la línea que asegura el futuro de las tierras de
Argólida. En ese sentido, antes de considerar cualquier otra acción, debo
asegurar que mis deberes sagrados con la familia sean cumplidos."
Las miradas
curiosas y expectantes se fijaron en el rey, mientras él continuaba tejiendo su
red de palabras. "Por lo tanto, he decidido que Anfitrión será desterrado
a Beocia, bajo el cuidado y supervisión del rey Creon de Tebas. Allí, se
impondrá el castigo adecuado, en consonancia con la gravedad de la
situación."
Electrión
sabía que las implicaciones de sus palabras resonarían entre los nobles y la
corte. Sabía que Creon, su amigo y aliado, tenía influencia sobre los
sacerdotes de Delfos, y que podría manipular las circunstancias para que el
castigo de Anfitrión no fuera tan severo como parecía. En su mente, visualizaba
un camino que permitiera que las aguas se calmaran, que los resentimientos se
mitigaran y que las cosas volvieran a la normalidad, sin dañar la cohesión de
los nobles ni poner en peligro su posición.
Mientras
sus palabras concluían, Electrión mantenía su máscara de impasividad, ocultando
sus verdaderos deseos y planes detrás de una fachada calculada. La corte seguía
atenta, sin sospechar la complejidad de los hilos que él tejía con cada
palabra.
La segunda
parte del monólogo de Electrión se desplegó con una destreza que reflejaba su
maestría en el arte de la política y la manipulación de las palabras.
Manteniendo su expresión imperturbable, comenzó a torcer el hilo retórico de
sus palabras en una dirección sorprendente, mientras los oídos atentos de la
corte se inclinaban hacia sus palabras.
"Sin
embargo, noble Anfitrión, en medio de las decisiones que debemos tomar, hay un
aspecto que no puede ser pasado por alto. Como protector y promotor del linaje
real, recae sobre nosotros un deber que no puede ser eludido. Un deber que se
relaciona con la continuidad y la estabilidad de nuestro reino, una carga que
recae sobre tus hombros, Anfitrión."
Los
presentes miraban con asombro, algunos frunciendo el ceño en confusión mientras
intentaban descifrar las palabras de Electrión. Este continuó, guiando
hábilmente sus pensamientos en una dirección específica.
"Es
imperativo que el vínculo entre las casas reales se fortalezca, que las
conexiones se entrelacen con más fuerza que nunca. Por lo tanto, es mi
veredicto que, en cumplimiento de tu deber, deberás asegurar la continuidad de
nuestra línea real"
Los
presentes comenzaron a captar el matiz de las palabras del rey. Una mezcla de
sorpresa y murmullos se apoderó de la corte. Electrión continuó, tejiendo su
red de retórica con maestría.
"Sé
que esta carga no es liviana y que la consideración de la privacidad de los
nobles debe ser tomada en cuenta. Sin embargo, el deber prevalece sobre todas
las consideraciones personales. Es necesario, para el bien de nuestra estirpe y
la fortaleza de nuestro reino, que Anfitrión y Alcmena estrechen los lazos de
nuestra sangre real. Un hijo que emerja de esta unión asegurará un futuro más
sólido y próspero para Micenas."
Las
palabras de Electrión resonaron en los oídos de todos, llevando consigo una
mezcla de sorpresa, asombro y comprensión. El rey había tejido una narrativa
que giraba en torno al deber y la responsabilidad, enfocando la atención en la
necesidad de asegurar la continuidad de la dinastía. Aunque la naturaleza
placentera de la situación no se mencionaba directamente, estaba implícita en
las palabras que describían a Alcmena como una diosa de la belleza.
Mientras la
corte procesaba las palabras de Electrión, este mantuvo su máscara impasible,
sabiendo que había sembrado las semillas de un compromiso que, aunque estaba
envuelto en el disfraz del deber, tenía la intención de forjar lazos más
fuertes y asegurar el futuro de Micenas.
Anfitrión regresó a su presente, sus ojos fijos en el tapiz estelar que
adornaba el cielo nocturno. Las estrellas parpadeaban como los avatares
divinos, testigos silenciosos de las historias humanas que se tejían en la
Tierra. Sin embargo, su mirada se posó en una estrella en particular, la
estrella de Zeus, que brillaba con un resplandor distintivo. Esta estrella
evocaba recuerdos que se desplegaban en su mente, remontándose a un tiempo
previo a su unión con Alcmena.
A medida
que su memoria retrocedía, Anfitrión recordaba cómo, a tan solo tres días de su
encuentro en el lecho nupcial con Alcmena, la estrella de Zeus había adquirido
una intensidad y luminosidad asombrosas. Ese cambio celestial había sido un
presagio, el precursor de días extraños y misteriosos que habían afectado a la
naturaleza misma.
Las
jornadas que habían seguido habían estado teñidas por un aura antinatural. El
sol parecía haberse apagado, y el día se sumía en una penumbra anormal, como si
la luz misma hubiera sido robada. Las noches eran densas y oscuras, y el mundo
parecía envuelto en una sombra que no tenía lugar en el ciclo natural. Los días
eran cortos, y una sensación de oscuridad perpetua lo invadía todo, como si una
tormenta eterna hubiera sido convocada por fuerzas invisibles. La energía vital
parecía haber abandonado a los animales de tiro, que se negaban a avanzar, y a
los esclavos, que encontraban dificultades incluso para moverse bajo el látigo.
Las mismas manos que solían caer con dureza parecían reticentes a infligir
castigo. Ante estas señales inusuales, Anfitrión y sus leales compañeros habían
decidido detenerse en Corinto, buscando respuestas en medio de este fenómeno
extraño.
Anfitrión,
sin embargo, se había negado a caer en la apatía que parecía haber caído sobre
la tierra. Con la determinación y el valor que lo habían llevado a través de
innumerables batallas, había superado la influencia de aquel hechizo
antinatural. Con la ayuda de aquellos que también habían roto el yugo de aquel
encantamiento, se habían dirigido a Micenas, enfrentando el anormal y opresivo
oscuro que parecía aferrarse al mundo.
En ese
momento de oscuridad, mientras luchaba contra la sensación de desesperación y
aturdimiento que lo rodeaba, Anfitrión recordó cómo la estrella de Zeus se
alzaba en el firmamento. Brilla, intensa y poderosa, como un faro en la
oscuridad. La estrella parecía guiarlo hacia su hogar, hacia Micenas.
En la oscuridad de la noche, en medio de la solemnidad del funeral de Esteneleo,
Perseo de Micenas llegó a las puertas de la acrópolis. La plaza frente al
majestuoso templo de Hera se encontraba iluminada por la llama ardiente de la
pira funeraria, que proyectaba sombras danzantes sobre las antiguas piedras. En
este escenario cargado de emociones y reverencia, la figura de Perseo se
destacaba como un punto de luz en la oscuridad. Su cabello negro, tan oscuro
como la noche misma, caía en mechones ordenados sobre su frente. Sus ojos
grises, chispeantes y vivaces, reflejaban una mezcla de respeto por la
solemnidad del momento y una chispa de su característica alegría. En su
aspecto, Perseo compartía rasgos familiares con sus primos presentes,
estableciendo un vínculo silencioso entre ellos, como si las líneas de sangre
que los unían fueran evidentes incluso a simple vista.
A pesar de
la ocasión y el entorno solemne, Perseo mantenía una complexión que, aunque
estaba destinada a la posibilidad de una apariencia digna de los dioses, se
inclinaba hacia la blandura física. Alto y regordete, su figura parecía haber
sido diseñada para abrazar la comodidad y la ternura en lugar de la dureza de
la batalla. Aunque su apariencia física pudiera contrastar con el estereotipo
de un guerrero noble, la autenticidad de Perseo brillaba a través de su
expresión y su manera de ser. Vestido con ropas elegantes pero notoriamente
cómodas, Perseo desafiaba las normas de vestimenta formales que muchos nobles
guerreros consideraban esenciales. Su elección de atuendo hablaba de una
prioridad por la autenticidad sobre el protocolo. Aunque las ropas que llevaba
no eran las más adecuadas para satisfacer las expectativas de los nobles, esto
solo resaltaba su naturaleza relajada y su disposición a ser fiel a sí mismo,
incluso en medio de un evento tan importante.
Mientras
cruzaba la plaza, la presencia de Perseo irradiaba una especie de brillo
singular en el aire. Era como si llevara consigo una estrella de alegría y
vitalidad que iluminaba incluso los momentos más sombríos. Aunque la solemnidad
del funeral de Esteneleo prevalecía en el ambiente, la figura de Perseo parecía
desafiar la tristeza con su característica risa fácil y su sentido del humor
contagioso. Su llegada a la plaza frente al templo de Hera resonó con un aire
de autenticidad y desenfado en medio de la seriedad del momento. Mientras
algunos nobles podían cuestionar su apariencia o su adecuación como líder, la
imagen de Perseo dejó una huella en la mente de un joven espectador: el hermano
menor de Leandro, el joven Euristeo. A través de los ojos de Euristeo, la
personalidad única de Perseo brillaba como una luz en la oscuridad, dejando una
impresión que perduraría mucho después de su encuentro en ese funeral nocturno.
El príncipe Euristeo, un niño de cabello oscuro y ojos grises, se
encontraba en medio de la multitud, destacando por su delgadez y su estatura
más baja para su edad. Su figura parecía en contraste con la presencia
imponente de su hermano Leandro, cuya sombra parecía caer sobre él. Euristeo
llevaba un manto militar negro y una capa azabache, como habían ordenado sus
mayores, pero cada prenda parecía pesar sobre sus hombros como un recordatorio
incómodo de su posición y la sombra que su hermano proyectaba sobre él.
El
resentimiento palpitaba en su interior, esa pregunta latente de por qué él,
Euristeo, debía ser relegado a la sombra de su hermano mayor, mientras Leandro
era destinado a ser el rey. Aunque tales pensamientos bullían en su mente, se
quedaron atascados en su garganta mientras Leandro, una figura que emanaba
autoridad y astucia, se dirigía a la multitud congregada.
El tono de
Leandro era afilado y cortante, preciso en sus palabras. Como si encarnara una
figura mitológica de rigor y sabiduría, sus palabras parecían tener un peso y
una intención que trascendían el mero discurso. Con la actitud de alguien que
sabe lo que quiere y cómo obtenerlo, Leandro rindió sus respetos a su padre, el
difunto rey Esteneleo de Argos, reconociendo su legado y la historia de su
reino.
En esa noche
solemne, Leandro alzó la mirada hacia el cielo, buscando la aprobación de los
dioses en sus acciones. "Rindo mis más sinceros respetos al gran rey Esteneleo
de Argos," pronunció con una serenidad que parecía emanar de su interior.
Sus manos se entrelazaron con calma calculada, mientras su mirada profunda y
directa atrapaba la atención de todos los presentes en la plaza.
Con el
cetro firmemente sostenido, Leandro simbolizó la carga que llevaba sobre sus
hombros. "Esta responsabilidad que he recibido es un recordatorio
constante," afirmó con una postura erguida que irradiaba una confianza
innegable. Sus palabras fluían con un énfasis controlado, como si cada una
fuera un eslabón en una cadena que tejía con determinación.
La promesa
de reinar con frugalidad y rectitud emergió de sus labios con seguridad,
mientras su mano derecha trazaba un gesto hacia el horizonte, delineando un
sendero claro hacia el futuro. En su expresión, se reflejaba una serenidad
impenetrable, como si hubiera convertido la duda en una mera sombra que no
podía tocarle.
Con un
movimiento de cabeza decidido, Leandro afirmó: "No busco aplausos
efímeros," mientras su mirada recorría los rostros de la multitud,
estableciendo una conexión magnética con cada par de ojos. Su voz era clara y
firme, cada palabra pronunciada con un ritmo pausado que subrayaba su
importancia.
Su mano
derecha reposó sobre su pecho con dignidad y determinación, como si estuviera
sellando un pacto invisible. "La sombra de la duda no encuentra lugar en
mis palabras," proclamó, mientras su mirada se volvía más intensa, como si
pudiera enfrentar cualquier desafío con una confianza inquebrantable.
"Mi
camino está trazado," afirmó con una mano izquierda en alto, marcando una
dirección inalterable. "La promesa de restaurar la antigua gloria de
Argos" fluyó de sus labios con un tono desafiante y apasionado. Sus ojos
grises, magnéticos e intensos, sostenían la atención de todos, buscando
encontrar la verdad en cada mirada.
La voz de
Leandro no vaciló mientras declaraba: "Con justicia y prosperidad como mis
guías," mientras su mano derecha se posaba sobre su corazón, sellando cada
palabra con un juramento silente. Su mirada permanecía fija en el horizonte,
visualizando un futuro brillante para Argos.
Los gestos
de sus manos, extendidas hacia el cielo, invocaron a los dioses como testigos
de sus palabras. "La sabiduría y el coraje serán mi constante
compañía," afirmó, formando un puente entre las dos virtudes con una
seguridad innegable. Su mirada reflejaba una profunda reflexión, como si
pudiera vislumbrar más allá de lo superficial.
"Mi
compromiso es irrompible," declaró, con una expresión decidida en sus
rasgos. La magnética austeridad de su figura se convirtió en un faro de
autoridad en medio de la plaza, un testimonio silencioso de su liderazgo.
"Esteneleo,
tu legado vive en mí," pronunció con reverencia, su mirada dirigida hacia
el suelo en un gesto de respeto. Luego, su voz se tornó suave y emotiva, como
si la memoria de su padre inspirara una cadencia melancólica en sus palabras.
Pero sus ojos se alzaron de nuevo, intensos y determinados, para pronunciar con
solemnidad las palabras finales: "Que Argos florezca nuevamente bajo mi
mando, y que nuestros logros honren tu nombre y tu honor."
Mientras
Leandro hablaba, Euristeo se sintió aún más incómodo en su atuendo, como si
esas ropas militares no reflejaran su verdadero yo ni su lugar en el mundo. A
pesar de sus dudas y sentimientos contradictorios, no podía evitar sentir una
mezcla de fascinación y, tal vez, algo parecido a la admiración por la
seguridad y la capacidad de liderazgo que su hermano mayor mostraba en ese
momento.
La figura
de Euristeo permanecía en un segundo plano, su voz y sus pensamientos apenas
audibles en comparación con la presencia imponente de Leandro. Aunque tal vez
no tuviera el carisma o la confianza de su hermano, su historia aún estaba por
escribirse, y las sombras de la duda y la envidia podrían algún día ceder ante
la luz de su propia identidad y potencial.
Los
aplausos resonaron en la plaza, un eco resonante que celebraba la enérgica
promesa de Leandro. Mientras la multitud se unía en un coro de aprobación,
Perseo, con su característico aire alegre y despreocupado, dejó escapar un
comentario que era tan inocente como mordaz. "Se ha pasado de lacónico,
aunque de tal palo tal astilla," dijo con una sonrisa que insinuaba un
humor juguetón. Su voz, suave y musical, se deslizó entre las palabras,
capturando la atención de aquellos cercanos que prestaban oído.
Las
palabras de Perseo provocaron una reacción instantánea. Anactor, apodado
"el peli rojo," rey de Limnes y cuñado de Perseo debido a su
matrimonio con la princesa Anaxo, hermana de Alcmena, quien estaba a su lado,
apenas pudo contener la risa. Inclinándose hacia adelante, luchó por no
estallar en carcajadas. La alusión a los laconios, conocidos por su estilo de
comunicación directa y sin rodeos, parecía haber sido un comentario ingenioso
que capturó el espíritu de la ocasión. Aquella comparación inesperada resonó en
el aire, aportando un toque de ligereza a la solemnidad del momento y
provocando sonrisas en algunos de los presentes que captaron el matiz.
El príncipe Perseo, alto y regordete, avanzó con jovialidad a través de
la multitud reunida frente a la imponente pira funeraria del rey Esteneleo. La
llama danzante iluminaba los rostros de los nobles, creando una atmósfera
solemne y sombría. Perseo buscó con la mirada a su hermana mayor, la divina
Alcmena, entre la multitud.
Finalmente,
la divisó entre la penumbra, de pie junto al imponente Anfitrión. Sin embargo,
antes de abrazarla, Perseo esperó a que las llamas de la pira del rey Esteneleo
se redujeran y los susurros de los nobles comenzaran a llenar el aire, como si
quisieran ahogar la mortalidad que tan presente se encontraba en un funeral
real.
Una vez que
el momento fue propicio, Perseo se acercó a Alcmena y la saludó con solemnidad.
"Hermana mía, aunque este sea un día de luto, he venido con noticias que
llenarán de esperanza nuestros corazones".
Alcmena le
miró con curiosidad y pesar en sus ojos, pero asintió para indicarle que podía
hablar. "Habla, Perseo, estoy atenta a tus palabras".
Perseo
continuó, con voz más baja para no perturbar el ambiente fúnebre que les
rodeaba. "Esta mañana, en medio de la tristeza que nos embarga, mi esposa
ha dado a luz a nuestra primera hija. Espero que pronto puedas venir a Micenas
para conocerla y ser su querida tía".
El
semblante de Alcmena se iluminó momentáneamente con una sonrisa cálida antes de
que el peso de la situación volviera a caer sobre ellos. "¡Eso es
maravilloso, Perseo! Pero ahora, honremos la memoria de nuestro tio Esteneleo
en su último adiós".
Perseo se
acercó al imponente Anfitrión y, con todo el cariño y fuerza que pudo reunir en
su regordete cuerpo, lo abrazó con firmeza. A pesar de su esfuerzo, se sintió
como una nube en comparación con la robustez del rey. Anfitrión, acostumbrado
al dolor físico de la guerra y los desafíos de la realeza, aceptó el abrazo con
calma, reconociendo el gesto de su querido cuñado.
Mientras
Perseo mantenía su abrazo, Anfitrión tuvo que alzar la mirada para poder
encontrarse con los ojos grises, siempre alegres, del príncipe regordete. La
diferencia de altura entre los dos era notoria, pero eso no impedía que
compartieran un lazo profundo y fraternal.
Con una
sonrisa tranquila en su rostro, Anfitrión habló a Perseo mirándolo a los ojos.
"Querido Perseo, siempre tan efusivo. Aunque los dioses nos hayan otorgado
diferentes estaturas, nuestra amistad es lo que realmente nos hace
iguales."
Perseo
asintió con cariño y soltó a Anfitrión, aunque su expresión seguía siendo
jovial. "Tienes razón, mi querido cuñado. Nuestra amistad es más grande
que cualquier diferencia física. Ahora, honremos al rey Esteneleo como se
merece en este día triste pero necesario."
Alcmena,
con un gesto serio, pidió a Anfitrión y Perseo que guardaran silencio en señal
de respeto por su tío Esteneleo, cuya pira funeraria ardía ante ellos. La
multitud de nobles y ciudadanos se había reunido en la plaza frente al templo
de Hera para rendir homenaje al difunto rey. Ambos, Perseo y Anfitrión,
asintieron solemnemente y bajaron la voz, obedeciendo a la divina Alcmena.
Sin
embargo, a medida que el bullicio de los murmullos comenzó a crecer nuevamente
entre la multitud, Alcmena rompió ella misma el silencio. Lanzando una mirada
de desaprobación hacia la redonda cintura de Perseo, lo reprendió con un tono
maternal y mandón.
"Perseo,
hermano mío", comenzó Alcmena con un suspiro, "necesitas cuidar más
de tu cuerpo. No puedes seguir así." Su mirada se posó en el cuerpo
regordete de Perseo. "Deberías ir a Tirinto, donde mi esposo Anfitrión
puede entrenarte y ayudarte a ponerte en forma, como nuestro homónimo ancestro.
No es apropiado para un príncipe de Micenas estar en este estado."
Perseo bajó
la cabeza en un gesto de sumisión y respondió: "Tienes razón, hermana.
Tomaré tu consejo en serio y buscaré la ayuda de Anfitrión para mejorar mi
forma física."
La
conversación entre los hermanos continuó mientras las últimas llamas de la pira
de Esteneleo crepitaban en el fondo, y la multitud volvía a sumirse en un
respetuoso silencio.
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