EL LEÓN DE NEMEA
En las
colinas, Alcides y Anfidamante observaban con atención la situación que se
desarrollaba en el campo de batalla. En medio del panorama que se les
presentaba, Anfidamante decidió aprovechar el momento para compartir su
perspicacia con Alcides. Ambos se encontraban en un punto elevado, desde donde
podían observar cómo el ejército de Micenas se agrupaba en el campo de batalla.
Anfidamante señaló con un gesto hacia el campo y comenzó a hablar, su voz era
convincente y segura, como si cada palabra estuviera diseñada para influir en
la mente de su joven interlocutor.
"Observa,
Alcides", comenzó Anfidamante, su tono tranquilo pero lleno de
significado. "La costumbre entre reyes y líderes en estas tierras es
enfrentarse en campos de batalla abiertos y planos. Es una exhibición de poder
y valentía, una forma de ganar el respeto de los súbditos y rivales por
igual."
Mientras
hablaba, sus ojos se mantenían fijos en el campo de batalla, donde
la preparación de las tropas continuaba. "Pero no debemos olvidar que la
guerra es mucho más que fuerza bruta. La astucia y la estrategia también juegan
un papel crucial en el resultado de una batalla. Verás, Alcides, la batalla es
un juego de engaños y percepciones, donde la apariencia a menudo puede ser
engañosa."
Anfidamante
se detuvo por un momento, como si estuviera permitiendo que sus palabras fueran
asimiladas. Luego, continuó con una sonrisa sutil. "No todos los
encuentros en la guerra deben seguir el patrón preestablecido. A veces, una
retirada estratégica puede ser tan efectiva como un avance audaz. El arte de la
guerra reside en el conocimiento y la adaptación a las debilidades del enemigo,
así como en el aprovechamiento de tus propias fortalezas."
Anfidamante
desenvainó su espada con un gesto decidido, y la luz del sol se reflejó en su
hoja afilada mientras hablaba con determinación. "Esta no es el arma
principal para ganar batallas", continuó, "ni las lanzas ni los
arcos. Es el miedo y la incertidumbre, es Fobos, dios del miedo, quien decide
el resultado de la batalla. Como comandante, debes encontrar una forma de
aterrar a tus oponentes, de sembrar el temor en sus corazones. Cuando ellos
escapan y el campo es tuyo, ahí es cuando ganas el combate."
Alcides
miró la espada de Anfidamante y asintió lentamente, absorbido por las palabras
de su mentor. "Pe-Pero, ¿cómo-mo se-se logra eso-so?", preguntó con
curiosidad.
Anfidamante
sonrió nuevamente, esta vez con un brillo de sabiduría en sus ojos. "El
miedo se crea a través de la incertidumbre y la sorpresa. Debes ser
impredecible, como una tormenta que se desata repentinamente. Utiliza
estratagemas y tácticas que desconcierten al enemigo. Juega con sus
expectativas, y cuando menos lo esperen, golpea con fuerza y determinación.
También es crucial mantener la moral de tus propias tropas alta, para que estén
dispuestas a seguirte en la oscuridad."
Alcides
asintió nuevamente, absorbiendo las lecciones de Anfidamante. Sabía que estas
enseñanzas serían fundamentales en su camino hacia la grandeza como líder y
guerrero.
"Recuerda,
Alcides," concluyó Anfidamante mientras volvía a guardar su espada,
"en la guerra, la mente es tan importante como la fuerza. La verdadera
victoria se logra no solo derrotando al enemigo en el campo de batalla, sino
también conquistando sus mentes y sus corazones."
Alcides
asintió, empapándose de las enseñanzas de Anfidamante. A medida que los dos
observaban el campo de batalla, se dieron cuenta de que la guerra no era solo
una cuestión de fuerza física, sino también de inteligencia y percepción aguda.
Con esta nueva perspectiva en mente, continuaron observando la escena, con los
ojos y las mentes abiertos a las lecciones que la batalla y la estrategia les
ofrecían.
"Y no
debes olvidar que tooodo eso se mueve con oro", repuso Menmaatre el
Kemenita, interrumpiendo la conversación de Anfidamante y Alcides. Su voz tenía
un tono ladino que parecía resonar con un conocimiento oculto en las palabras.
Anfidamante
frunció el ceño levemente, intrigado por la interrupción y la actitud del
comerciante. Sin embargo, decidió escuchar lo que Menmaatre tenía que decir.
"¿A qué te refieres, Kemenita?" preguntó con cierta suspicacia.
El
comerciante sonrió con picardía y se acercó un poco más al grupo. "El oro,
mi estimado Anfidamante, es el motor que impulsa a estos reinos y sus guerras.
Las espadas pueden cortar, las lanzas pueden perforar, pero el verdadero poder
detrás de todo eso es el oro."
Alcides
observaba atentamente, su mirada fija en Menmaatre mientras intentaba procesar
las palabras del comerciante. "¿Por qué el o-oro es tan impo-portante,
señor?" preguntó Alcides, con su característico tartamudeo que denotaba su
juventud y curiosidad genuina.
Anfidamante
suspiró y le dirigió una mirada comprensiva a Alcides. "El oro, joven
Alcides, es la moneda de intercambio que asegura la lealtad de los soldados y
la continuidad de los ejércitos. Sin oro, los hombres no pueden ser pagados por
sus servicios, y sin pago, no hay razón para luchar y arriesgar sus vidas en el
campo de batalla."
Menmaatre
asintió, complacido por la atención que recibía. "Y no solo se trata de
los soldados. El oro también mueve a los líderes, a los generales y a los
reyes. Los pactos, las alianzas y las lealtades pueden ser tan volátiles como
el viento, pero el oro tiene un poder duradero para mantener a los hombres en
pie."
Alcides se
esforzaba por comprender la magnitud de lo que estaba escuchando. "¿Ento-tonnces
todo se trata de co-codicia? ¿El deseo de más y más o-oro?" preguntó, con
un atisbo de indignación en su voz.
Menmaatre
soltó una risa suave y reposada. Luego, señaló hacia su propia panza con gesto
cómico. "Los hombres no caminan si no comen, y si no caminan, no pelean.
Mil hombres pueden caminar una vida sin un pago, pero no caminan tres días sin
alimentos, niño. No se trata solo de codicia, se trata de necesidad, de
supervivencia."
Anfidamante
asintió, captando el mensaje detrás de las palabras del Kemenita. "Tienes
razón, Menmaatre. El valor puede ganar batallas, pero el oro mantiene a los
hombres en pie."
Los tres
compartieron un momento de reflexión antes de que Menmaatre continuara con su
sonrisa ladina. "Y yo, mi estimado Anfidamante, soy el intermediario entre
esos hombres y su tan preciado oro."
Los tres
observaban desde las colinas cómo la batalla se desarrollaba en la distancia.
Anfidamante explicó a Alcides que su padre estaría liderando a los hombres
alineados en el frente, enfrentando la masa de enemigos que se aproximaba desde
el norte. "Es como ver un hormiguero chocando contra otro", comentó
Menmaatre con su tono característico de astucia. "Mi padre estudiaba las
hormigas en Kemet. Una vez me mostró una batalla entre hormigas. No me agradaba
mucho la variedad que él estudiaba, eran las que picaban. Pero ahora, no veo
mucha diferencia. Espero que la señora..."
Sin
embargo, sus pensamientos se vieron interrumpidos por los gritos de las mujeres
que corrían hacia donde se encontraba Anfidamante. La conmoción se extendió
cuando vieron a los libertos que habían quedado para cuidar el campamento caer
bajo una lluvia de flechas que surgían de los árboles como abejorros
ponzoñosos. La sorpresa y el pánico inundaron el ambiente.
"A
cubierta", gritó Anfidamante en un intento de organizar una defensa
improvisada. Los tres se lanzaron detrás de las colinas, buscando refugio en la
tierra ondulada. Los arqueros enemigos eran precisos y no dudaban en aprovechar
cualquier oportunidad para disparar sus flechas mortales. El sonido agudo de
las flechas cortando el aire y el impacto en los cuerpos cercanos resonaba en
sus oídos.
Menmaatre
estaba agachado junto a Anfidamante y Alcides, tratando de protegerse de la
lluvia de flechas. "Parece que alguien estaba preparado para esta
emboscada", murmuró con un dejo de frustración.
Anfidamante
asintió con la mandíbula tensa mientras evaluaba la situación. "No,
¿enserio?... No podemos quedarnos aquí indefinidamente. Tenemos que buscar una
manera de contraatacar o escapar de esta trampa."
Alcides
observaba con ojos abiertos de sorpresa y miedo. La realidad de la guerra y el
peligro inminente le golpeaban de lleno. "¿Qué podemos hacer?"
preguntó con voz temblorosa.
Anfidamante
miró al joven y apretó el hombro de Alcides con firmeza. "Primero, manten
la cabeza baja y el cuerpo cubierto. Segundo, tenemos que intentar llegar al
campamento y reunir a los hombres que quedan. Si trabajamos juntos, podemos
superar esto."
Menmaatre
asintió y, con un gesto de determinación, se prepararon para moverse en medio
de la emboscada. La lluvia de flechas continuaba, pero su resolución era más
fuerte. Juntos, se dirigieron hacia el campamento, esperando encontrar aliados
y una oportunidad de contraatacar en medio del caos y la incertidumbre de la
batalla.
Atalía no se dejaba intimidar por la emboscada que habían sufrido. Con
rapidez y sigilo, se ocultó entre los montículos de trigo, desde donde tenía
una vista privilegiada de sus enemigos sin correr el riesgo de ser detectada.
Firmemente empuñó su arco compuesto y tomó sus flechas, las cuales eran sus más
leales aliadas en el combate, y aguardó el momento perfecto para lanzar su
ataque.
Cuando
divisó una oportunidad en la defensa enemiga, liberó una flecha que
certeramente atravesó el cuello de uno de los emboscadores. Sin perder tiempo,
apuntó hacia otro que se acercaba por el flanco y lo derribó de un certero
disparo en el pecho. Sus tiros eran velozmente precisos, sembrando el pánico
entre los atacantes, quienes se encontraban confundidos y sin saber cómo
responder.
Mientras
tanto, varios libertos que habían conseguido escapar de la emboscada se unieron
a Atalía. Portaban escudos arguivos y lanzas de batalla, listos para defenderse
y contraatacar. La unidad entre ellos era palpable mientras se preparaban para
repeler a los emboscadores y tomar represalias.
En medio
del caos, los agudos oídos de Alcides captaron la melodiosa y diáfana voz de la
princesa Mégara. El corazón del joven latió con fuerza cuando vio a la princesa
siendo arrastrada a la fuerza por un bandido despiadado. Sin pensarlo dos
veces, el príncipe emprendió la carrera, su determinación le daba un impulso
feroz. Las flechas enemigas silbaban en el aire, rozando su piel, pero ninguna
conseguía alcanzarlo. Alcides corría como un dardo, zigzagueando entre tiendas
y cajas con una fluidez divina que parecía desafiar la gravedad misma.
Con
valentía y furia desenfrenada, Alcides se abría paso entre los enemigos que
surgían como espectros de la oscuridad, ávidos de arrebatar a la bella princesa
de Tebas. Cada tajo de su espada se convirtió en una danza siniestra de sangre
y desesperación, mientras sus rivales caían ante su ira implacable. Sus manos
se empapaban de la sangre de los malhechores, y su mirada ardiente transmitía
una determinación que helaba los corazones de quienes se atrevían a
enfrentarlo, pero en cierto momento su espada se rompió ante su indomable
fuerza.
Su fiel
compañera, Atalía, danzaba con la muerte con cada certero dardo que lanzaba.
Sus proyectiles, afilados como las garras de un depredador, caían como una
lluvia escarlata sobre los bandidos que intentaban flanquear a Alcides o
dispararle desde la distancia. Los gritos agonizantes se mezclaban con el
estruendo de la batalla, y los cuerpos caían en un macabro tapiz en el suelo,
mientras Atalía se mantenía firme, una visión de implacable destreza.
A pesar de
su valentía, el tiempo no estaba de su lado. Alcides, impulsado por una pasión
feroz, se abalanzaba hacia la princesa dorada, arrastrada por su melena hacia
el oscuro abismo del bosque. Ignorando el peligro que acechaba en cada sombra,
estaba dispuesto a enfrentar al mismísimo Hades con tal de salvar a la doncella
y restaurar la luz en el sombrío camino de la tragedia que se cernía sobre
ellos.
Cada paso
lo acercaba más a Mégara y al bandido que intentaba escapar con su rehén. La
adrenalina recorría sus venas mientras sus músculos respondían con precisión y
agilidad. Los sonidos de la batalla y las flechas que se perdían en la
distancia se desvanecían a medida que Alcides se enfocaba en su objetivo.
Mégara
luchaba por liberarse del agarre del bandido, sus ojos reflejaban el miedo pero
también una chispa de esperanza al ver al príncipe corriendo hacia ella. Su voz
resonó con urgencia mientras gritaba su nombre. "¡Alcides!"
El bandido
se dio cuenta de la inminente amenaza y aceleró su paso, arrastrando a Mégara
consigo. Pero Alcides no se detenía, sus pies golpeaban el suelo con
determinación, sus músculos se tensaban y flexionaban con cada movimiento. La
velocidad y agilidad del joven príncipe eran asombrosas, y su mente estaba
completamente centrada en rescatar a Mégara.
Los caminos
que Alcides trazaba entre las tiendas y cajas parecían iluminados por una
energía sobrenatural. A medida que se acercaba al bandido, evaluaba cada paso y
movimiento con precisión, anticipando las acciones del enemigo. Las flechas
continuaban silbando a su alrededor, pero él las eludía con movimientos rápidos
y ágiles, como si estuviera sincronizado con el ritmo del combate.
El bandido
aferró con fuerza a la princesa Mégara, cuyos intentos de liberarse resultaban
en golpes impotentes contra su captor. El viento susurraba entre las hojas,
creando una atmósfera tensa y cargada. Justo cuando parecía que la situación no
podía ser más desesperada, los ojos de Alcides captaron algo que lo dejó
atónito y congelado en su lugar. Emergiendo de la fronda del bosque, como una
figura de pesadilla forjada por mitos antiguos, surgió un ser de aspecto
asombrosamente extraño. Dos cabezas se alzaban sobre su cuerpo, cada una con su
propia expresión y gestos. Una cabeza, como la de un caballo salvaje,
relinchaba inquieta mientras sus ojos oscuros escudriñaban los alrededores. La
otra cabeza, una réplica del rostro de un hombre curtido por la intemperie,
mostraba una mirada severa y penetrante.
El ser
avanzaba en cuatro patas, moviéndose de manera coordinada y fluida como un
caballo en pleno galope. El torso humano emergía de lo que debería haber sido
el lomo de un caballo, envuelto en pieles de lobo que ondeaban al viento. Las
ropas eran crudas y toscas, en perfecta armonía con la imagen de un ser que
habitaba la naturaleza salvaje. Armas, un arco tensado, flechas y una lanza,
estaban atadas hábilmente a los arreos en su cuerpo híbrido.
Con un
movimiento calculado y coordinado, el ser avanzó hacia el bandido que sostenía
a la princesa. Con manos ágiles y hábiles, soltó una de las flechas que tenía
preparadas, y esta voló en un arco certero hacia Alcides, que tuvo que
esconderse detrás de un costal de arina.
El ser,
aprovechando el desconcierto de Alcides, avanzó velozmente. Con un rápido
movimiento, tomó a Mégara en sus brazos y se retiró hacia la protección del
espeso bosque, donde su figura se desvaneció entre la maleza.
Mientras
tanto, el bandido sacó un gran puñal de su cinturón, enfrentando a Alcides con
una mirada de desafío. La tensión en el claro se volvió palpable mientras los
dos se enfrentaban. Alcides, a pesar del peligro inminente y la incertidumbre,
avanzó hacia el bandido con determinación. Cada paso que daba era una
manifestación de su valentía y coraje en medio del caos.
Las flechas
seguían zumbando a su alrededor, pero Alcides se movía con una agilidad nacida
de la necesidad. Los sonidos de la batalla y el choque de las armas quedaban en
un segundo plano mientras su enfoque se centraba en el bandido que tenía
delante. La mirada de Alcides se entrelazó con la del bandido, ambos
reconociendo la determinación en los ojos del otro.
El bandido
se lanzó con ferocidad hacia Alcides, el brillo asesino en su mirada y el puñal
empuñado con determinación. La hoja del arma estaba a punto de encontrar su
objetivo en la barriga de Alcides, pero en un instante, el príncipe demostró
una agilidad instintiva digna de las criaturas más ágiles de las tierras al sur
de Kemet. Como un mono experto en el arte de moverse entre la maleza, Alcides
se contorsionó y giró en el aire con la gracia de un acróbata.
La hoja del
puñal se encontró con nada más que el aire, y Alcides aterrizó con destreza en
el suelo, a un costado del bandido desconcertado. La sorpresa paralizó al
agresor por un momento, permitiendo que Alcides aprovechara la apertura. Con
movimientos rápidos y decididos, el príncipe se abalanzó hacia el bandido,
quien intentó desesperadamente abanicar el puñal para alcanzarlo.
Sin
embargo, los reflejos y la agilidad de Alcides lo protegieron una vez más. Los
movimientos del bandido solo resultaron en la destrucción de una caja cercana,
dejando a Alcides ileso. Aprovechando la oportunidad, el príncipe realizó un
movimiento audaz. Con toda la fuerza que pudo reunir, golpeó con precisión la
rodilla del bandido.
El impacto
resonó en el claro como un trueno, y el bandido emitió un grito agudo de dolor
mientras se derrumbaba al suelo. La rodilla del agresor se rompió con un sonido
que recordaba al chasquido de un hueso grueso quebrándose. La pierna se separó
del muslo en una explosión de sangre y dolor desgarrador.
El bandido
se retorció en el suelo, su agonía llenando el aire. El puñal cayó de sus manos
temblorosas, y su mirada de desafío se desvaneció en un rictus de dolor.
Mientras tanto, Alcides se erguía, su aliento agitado pero su mirada firme. A
pesar de las adversidades y el peligro que lo rodeaba, había demostrado su
habilidad, valentía y la fortaleza de su espíritu.
Mientras el
bandido caía al suelo, Alcides siguió con determinación su persecución. Su
corazón latía tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho. A medida que
avanzaba, un grupo de libertos y guardias se unieron a él, habiendo eliminado a
varios bandidos que se habían quedado en el campamento en un intento de saqueo.
Aunque las heridas eran menores, la amenaza que representaban había sido
eliminada.
La razón
detrás de la incursión de los bandidos estaba clara: habían venido por la
princesa. Alcides se encontraba lleno de una determinación ardiente mientras se
adentraba en el espeso bosque, guiado por su instinto y el anhelo de rescatar a
Mégara. Los árboles altos y las sombras se cerraban a su alrededor, como si el
mismo bosque quisiera mantener ocultos sus secretos.
Atalía
había salido en busca de más flechas para su arco, ya que había agotado su
munición en la encarnizada batalla contra los bandidos. Al llegar al borde del
campamento, se percató de que Alcides se había aventurado en el bosque,
persiguiendo el rastro de algún enemigo. Sin dudarlo, sintió la inmediata
necesidad de acompañarlo, pues Alcides era su amigo y compañero de innumerables
aventuras.
Pero antes
de que pudiera cruzar el umbral del bosque, dos fornidos libertos la agarraron
con firmeza, sujetándola por los brazos y arrastrándola hacia atrás. Los
libertos la sujetaron con firmeza, a la espera de la llegada de Anfidamante,
Leotiquides y Menmaatre. No podían permitirse el lujo de perder a otro de los
huéspedes de su señora en ese oscuro bosque. A pesar de los vehementes
reproches, gritos, maldiciones y hasta mordiscos de la joven, los sirvientes
permanecieron imperturbables, aguardando la llegada de alguien que tuviera la
autoridad suficiente para tomar una decisión sobre su destino.
Cuando
Anfidamante llegó, aprobó la decisión de aquellos humildes hombres y, con una
mirada comprensiva hacia la joven, dijo: "Mi joven dama, cazar hombres en
el bosque puede ser una habilidad que te distinga, pero deja que esas
responsabilidades las afrontemos los más experimentados. Tu tiempo llegará en
su debido momento". Aunque en su interior, Anfidamante esperaba que cuando
ella alcanzara la adultez, estuviera más ocupada criando a uno o dos bastardos
de Alcides que arriesgándose en aventuras peligrosas. Luego, procedió a dar
órdenes y a examinar a los caídos, cumpliendo con su deber de líder y protector
de su grupo en medio de la intrincada situación en la que se encontraban.
Anfidamante,
con la mirada fija en el bandido herido con la pierna amputada, experimentó un
momento de asombro renovado ante la demostración de la formidable fuerza y
habilidad de Alcides. Reconoció la destreza del príncipe como algo más que mera
casualidad; era evidente que el joven estaba dotado de una agilidad y
habilidades físicas excepcionales. Sin embargo, no tenía tiempo para dejarse
llevar por reflexiones más profundas en ese momento.
La urgencia
de la situación era palpable, y Anfidamante sabía que debía mantenerse alerta y
enfocado en el objetivo inmediato: encontrar a Mégara y asegurar su seguridad.
Los eventos habían llevado al grupo a adentrarse en un terreno desconocido y
peligroso, y cada paso que daban parecía sumergirlos más en las sombras del
bosque.
Con el corazón latiendo en su pecho, Anfidamante ajustó su agarre en su
arma y siguió a Alcides. El príncipe avanzaba con determinación, siendo el faro
que guiaba a todos los presentes en esta búsqueda. Aunque Anfidamante estaba
impresionado por las habilidades físicas de Alcides, también reconocía la
responsabilidad que descansaba sobre sus hombros. Como consejero y aliado,
estaba decidido a apoyar al joven príncipe en esta empresa, enfrentando los
peligros que surgieran con coraje y astucia.
Mientras el
grupo avanzaba por el bosque, los sonidos del follaje susurrante y los crujidos
de ramas bajo sus pies se mezclaban con la tensión en el aire. Las sombras
danzaban a su alrededor, como entidades vivas que ocultaban tanto amenazas como
posibilidades. La urgencia del momento hacía que cada momento fuera crucial, y
Anfidamante estaba decidido a no perder de vista a Alcides en ningún momento.
Entre las
sombras del bosque, Alcides se movía con una agilidad y destreza que reflejaba
una profunda conexión con la naturaleza que lo rodeaba. Sus pasos eran casi
inaudibles, sus movimientos entre las ramas y las rocas fluían como una danza
coreografiada por la misma esencia del bosque. A medida que avanzaba, las
distantes llamadas de la princesa se desvanecían, pero eso no impedía que
Alcides siguiera su rastro con una determinación férrea.
El espacio
en el que se encontraba estaba encajonado entre formaciones rocosas y árboles
entrelazados, creando un laberinto natural. Sin embargo, Alcides se movía a
través de este obstáculo como si lo hubiera conocido toda su vida. Cada rama
que esquivaba y cada grieta de roca que aprovechaba para apoyarse eran
movimientos que fluían de manera instintiva y armónica.
En medio de
la persecución, hubo un instante en el que Alcides pareció sentirse uno con el
bosque. El viento susurraba entre las hojas y las sombras se estiraban como
aliadas, ocultándolo de cualquier observador casual. En ese momento,
experimentó una conexión profunda con el entorno, como si hubiera encontrado un
hogar en medio de la naturaleza salvaje. Pero no era el momento para
contemplaciones profundas ni reflexiones filosóficas.
La urgencia
del rescate seguía siendo su prioridad principal. Las reflexiones sobre su vida
y su destino podrían esperar, porque en ese momento estaba dedicado a la tarea
de encontrar a Mégara y asegurar su seguridad. Cada paso lo acercaba más a su
objetivo, y cada vez más se convencía de que su papel iba más allá del mero
príncipe real.
El bosque
era un desafío, un escenario que ponía a prueba sus habilidades y resolución.
Las sombras y los sonidos del entorno eran aliados y enemigos a la vez, y
Alcides estaba decidido a usarlos a su favor. A medida que avanzaba, sus
sentidos estaban en alerta máxima, su mente centrada en el presente y en el
objetivo que tenía entre manos. El susurro de las hojas y el crujido de las
ramas formaban un fondo constante para su determinación implacable mientras
continuaba adentrándose en el corazón del bosque.
Alcides se
dio cuenta de que seguir la ruta directa de la bestia con cuerpo de caballo y
torso de hombre no sería efectivo. La criatura se movía con una velocidad y
agilidad sorprendentes, y estaba claro que alcanzarla sería una tarea difícil.
En su lugar, el príncipe tomó una decisión audaz: internarse en la densidad del
bosque para acortar camino y tratar de sorprender al monstruo.
El bosque
se cerró a su alrededor, envolviéndolo en sombras y vegetación. Alcides
avanzaba entre los árboles con una mezcla de cautela y determinación. En un
momento, se vio obligado a saltar entre los troncos para sortear obstáculos
naturales en su camino. La destreza que había demostrado previamente se puso a
prueba nuevamente mientras esquivaba ramas bajas y se deslizaba entre los
espacios estrechos.
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