EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

 

 Atalía protestaba con firmeza mientras los viajeros avanzaban hacia el norte, adentrándose aún más en el bosque maldito. "Es peligroso, anciano", repetía, contrariada por la dirección del viaje. Su cabello rojo como las llamas ondeaba con cada palabra, y las pecas en sus mejillas resaltaban aún más debido a la tensión en su rostro. Sus ojos castaños, llenos de la chispa de la curiosidad y la valentía, destellaban con preocupación. Con una nariz respingona y cejas finas que enmarcaban sus ojos, su expresión aniñada expresaba su profunda inquietud.

"El camino más corto a la civilización es hacia el este, hacia Zara", continuaba, su voz llena de urgencia y determinación. Sus cejas se fruncían ligeramente mientras hablaba, y sus ojos centelleaban con determinación y asombro. A pesar de su corta edad, mantenía una postura erguida y segura de sí misma, una postura que reflejaba su virtud innata: la valentía. "Estaríamos allí en menos de un día, asumiendo que no nos ataque un león monstruoso".

La terquedad y la curiosidad insaciable de Atalía a veces la llevaban a situaciones donde su valentía se ponía a prueba, y esta era una de esas ocasiones. Su determinación por encontrar el camino más seguro y directo hacia la civilización era evidente en cada palabra y gesto.

Unas horas antes, los viajeros habían tenido la oportunidad de explorar el palacio del señor de la aldea. Atalía, siempre dispuesta a aventurarse y ansiosa por aprender más sobre el mundo que la rodeaba, se había adueñado de botas de cacería que le ajustaban perfectamente, un manto que le daba un aire más maduro, y un sombrero de ala ancha que la protegía del sol y le daba un toque de intriga. Además, había conseguido un carcaj nuevo y flechas de calidad, aunque había decidido conservar su arco confiable.

Anfidamante, el general conocido por su astucia y su capacidad para detectar lo extraordinario, no podía evitar dedicar miradas furtivas a ese instrumento tan peculiar. Era diferente de todos los arcos que había visto en Helade. Recordaba haber encontrado arcos similares en una expedición que realizó en su juventud temprana, cuando se enfrentó a reyes de la lejana Escitia. Eran arcos compuestos, pequeños pero extraordinariamente potentes, hechos de diversos materiales que le eran desconocidos en su tierra natal. Las reminiscencias de aquel viaje le hacían reflexionar sobre las posibilidades que aquel arco único podría ofrecer en su futuro incierto en el bosque maldito. Su mente calculaba estrategias mientras continuaban su peligrosa travesía hacia lo desconocido.

"¿Tu padre hizo ese arco?", preguntó Anfidamante, tratando de cambiar el foco de la conversación y distraer a Atalía de sus protestas constantes. La muchacha, siempre dispuesta a compartir sus conocimientos y orgullosa de su herencia, se dejó llevar por este recurso retórico.

"Lo hizo mi mamá", respondió ella con un brillo de orgullo en sus ojos. "Y ella lo aprendió de mi abuela, que vino a estas tierras como esclava desde las tierras en el lejano norte. Mi abuelo la liberó y se fueron a vivir a este bosque, cuando aún era seguro", agregó con emoción en su voz.

"Señori, se, señorita, Ata", tartamudeó Alcides con cierta timidez, dirigiéndose a Atalía. "Tú saber, su sabes cómo hacerlos?" Sus palabras salían con cierta dificultad debido a su tartamudez, pero su expresión mostraba un genuino interés y curiosidad.

Atalía respondió con una sonrisa amable, notando la inquietud de Alcides. "Sí, sé cómo hacerlos", dijo con seguridad. "Fue lo último que aprendí de mi madre antes de que 'El Grande' acabara con nuestra comunidad allá". Atalía señaló hacia las montañas de Parthina al oeste, apenas visibles entre el denso dosel del bosque. Su voz estaba llena de nostalgia por los tiempos pasados y de determinación para preservar las tradiciones que habían sido parte de su herencia familiar. La conversación tomaba un giro más tranquilo mientras la niña compartía sus conocimientos sobre la fabricación de arcos y flechas con Alcides, estableciendo un vínculo entre ellos a través del deseo de aprender y preservar las habilidades de su comunidad.

Alcides miró a Atalía con sorpresa y gratitud en sus ojos mientras ella tomaba sus manos grandes y fornidas en las suyas, un gesto que denotaba la confianza y el respeto que compartían. "Como tú ahora eres Mi Señor", dijo Atalía con determinación, "te haré uno, pero necesito materiales adecuados y tu ayuda. Tú eres lo bastante fuerte para doblar un modelo que mi madre alguna vez me contó, un arco que ningún hombre vivo podría tensar o encordar, pero sé que tú serás capaz de hacerlo".

La idea de crear un arco tan poderoso y único despertó la emoción en Alcides, y su rostro se iluminó con un brillo de determinación. Asintió con entusiasmo. "Estoy… estoy… lis… listro para ayudarte, Ata", dijo Alcides con convicción, aceptando el desafío que le había sido encomendado. La conexión entre estos dos jóvenes, unidos por la curiosidad y la voluntad de mantener viva una tradición, se fortalecía con cada palabra y gesto compartido.

Los tres viajeros avanzaban en silencio por el bosque, siguiendo una leve pendiente ascendente. Anfidamante caminaba con una expresión preocupada en el rostro, sus pensamientos vagando en el pasado. La última vez que había cruzado este bosque, el lugar estaba lleno de fuentes de agua corriente, lo suficientemente fuertes como para mantener alejados a los leones y proporcionarles un recurso esencial para su travesía. Sin embargo, ahora se encontraban con un paisaje diferente.

Anfidamante notó que muchas de las fuentes que antes fluían con fuerza eran ahora apenas hilillos cristalinos, a penas suficientes para llenar adecuadamente sus cantimploras.

Alcides, luchando con su tartamudeo, preguntó con curiosidad, "Si gatos de oro temen agua, ¿cómo beber agua?"

Atalía, con su voz segura y su conocimiento sobre las criaturas del bosque, respondió con confianza, "Mi tatarabuelo le contó a mi papá que los dorados parecen beber todo el líquido sanguíneo de sus presas. En nuestra aldea, ningún cazador los ha visto nunca beber agua corriente, por lo que ese ha sido el acuerdo entre todos".

Alcides, satisfecho con la respuesta, miró a Anfidamante en busca de una segunda opinión. El general, respetando la sabiduría de Atalía en cuestiones de caza, se encogió de hombros y asintió. "En cuestiones de caza, la sabiduría de una cazadora es más grande que la mía, muchacho", admitió con humildad. El grupo continuó su camino, confiando en los conocimientos locales para lidiar con los desafíos que el bosque maldito les presentaba.

La mirada constante de Atalía hacia Alcides mientras él acarreaba a la mula no pasaba desapercibida. Era evidente que el vínculo entre el muchacho y su fiel mascota era especial. La mula, a pesar de ser un animal de carga, estaba lejos de ser solo una herramienta para Alcides. Era una compañera leal que había compartido muchas aventuras en el bosque maldito.

Lo que más admiraba Atalía era cómo Alcides cuidaba de la mula. Nunca la maltrataba ni la golpeaba, y la bestia parecía confiar en él por completo. Cuando se detenía, lo hacía de manera suave y controlada, lo que mostraba la profunda conexión que existía entre el niño y su compañera de viaje. Era un recordatorio constante de la naturaleza compasiva y gentil de Alcides, lo que aumentaba la admiración de Atalía por él y fortalecía su unión en esta peligrosa travesía a través del bosque maldito.

El sol alcanzaba su punto más alto en el cielo cuando los viajeros decidieron detenerse en un claro del bosque. En ese lugar, afortunadamente, aún fluía una fuente de agua, proporcionándoles un valioso recurso para saciar su sed. Sin embargo, no podían evitar notar que los bordes de la fuente estaban rodeados de manzanos que comenzaban a crecer, como en otros lugares del bosque. Alcides observaba con curiosidad, mientras una pregunta persistente rondaba en su mente: ¿por qué ocurría esto?

Se acercó a Atalía y Anfidamante, quienes estaban descansando cerca de la fuente, y compartió sus pensamientos. "¿mi parece extraño?", comenzó Alcides, su voz aún con rastros de tartamudeo. "¿Raíces de manzana secan bosque?"

“El manzano es el árbol consagrado a Hera, la reina de los dioses” dijo Anfidamante meditabundo. Luego las palabras de Atalía llenaron el claro del bosque con un sombrío silencio. La revelación sobre la maldición de Hera y cómo había afectado la tierra y la vida de las personas en el bosque maldito pesaba sobre los viajeros como una losa.

Atalía completó la idea de Anfidamante con la voz entrecortada por el dolor y la tristeza de sus recuerdos: "Mi madre me dijo que los manzanos crecían rápidamente y secaban las fuentes de agua, pero no mataban al bosque, lo cual era extraño. Eso hizo que viajar por aquí se hiciera poco a poco más inseguro, ya que los encuentros con los leones dorados se hacían más frecuentes. Ellos temen las corrientes de agua fresca, pero hace casi un mes, los manzanos crecieron casi por todo el bosque de manera abrupta".

Sus palabras resonaron en la mente de los presentes, dejando en claro la magnitud de la maldición que había caído sobre la tierra que ahora atravesaban. Atalía, visiblemente afectada por el recuerdo de su madre y la tragedia que había sufrido, no pudo evitar que las lágrimas inundaran sus ojos.

Anfidamante, conocido por su astucia y habilidad para enfrentar desafíos, miró a Atalía con compasión y determinación. "Lamento mucho lo que has pasado", dijo con sinceridad. "Pero estamos aquí juntos, y encontraremos una manera de superar esta maldición y salir del bosque maldito. No permitiremos que los leones dorados nos detengan".

Con estas palabras, el grupo se reunió en torno a Atalía, uniendo sus fuerzas y su determinación para enfrentar los peligros que les aguardaban y poner fin a la maldición de Hera que asolaba el bosque. El doloroso recuerdo de la tragedia se mezclaba con la esperanza de un futuro mejor mientras continuaban su travesía.

Atalía, decidida a sobreponerse al dolor de sus recuerdos, se secó las lágrimas y se levantó con resolución. Se acercó a uno de los frondosos manzanos cargados de frutas y tomó una de ellas, dándole un mordisco con fuerza. "Al menos no son venenosas", comentó con un ligero tono de alivio en su voz, antes de lanzar otra manzana hacia Alcides.

El niño, con reflejos rápidos y habilidades de caza, atrapó la manzana sin siquiera mirarla, demostrando su destreza innata.

"¿Qué ser Hera?" preguntó Alcides después de un rato, mientras acariciaba a Mytia, la mula, como buscando consuelo en su presencia.

Atalía tomó un momento para pensar en cómo explicar la historia de Hera y la maldición que afectaba al bosque. "Hera es una de las diosas del Olimpo", comenzó a explicar. "Ella es conocida por su temperamento y sus celos. En este caso, parece que lanzó una maldición sobre este bosque, haciendo que los manzanos crezcan rápidamente y sequen las fuentes de agua, lo que ha causado problemas a todos nosotros. Nadie sabe exactamente por qué lo hizo, pero estamos atrapados aquí debido a esa maldición".

Anfidamante, con su profunda sabiduría y conocimiento sobre los dioses y sus caprichos, respondió a la reflexión de Alcides con una afirmación que resonaba con determinación. "Los dioses son caprichosos e inhumanos, por eso son los dioses", dijo con solemnidad. "Nuestro deber es esforzarnos para confrontar sus retos".

 

Con esta resolución, el grupo se preparó para pasar la noche en el claro del bosque. Mientras caía la tarde, Anfidamante dedicó su tiempo a enseñar a Alcides cómo empuñar y usar adecuadamente la espada que le había entregado. Pero no se limitó a la enseñanza básica de combate; Anfidamante también incluyó un desafío adicional.

Hizo que Alcides cantara poemas épicos mientras practicaba con la espada, sincronizando los versos con movimientos precisos de ataque, defensa, estocada, evasión y avance. Esta práctica no solo fortalecía la habilidad de combate de Alcides, sino que también mejoraba su capacidad para mantener la concentración y el ritmo en medio del combate, una habilidad esencial en la lucha contra los peligros del bosque maldito.

La tarde se convirtió en una lección intensa y desafiante, donde las palabras y las espadas se entrelazaban en una danza de habilidad y poesía, preparando a Alcides para los desafíos que les esperaba. Mientras la tarde continuaba su curso, y Atalía se encontraba casi absorta en la admiración del físico de Alcides mientras este practicaba con la espada y afrontaba sus frustraciones debido a su tartamudez. Sus ojos brillaban con ternura cada vez que el muchacho se enfrentaba a un desafío con valentía y perseverancia, y su sonrisa reflejaba el orgullo que sentía por él.

Sin embargo, en un instante, mientras su mirada seguía a Alcides, Atalía demostró que su atención se extendía más allá de su compañero. En un movimiento fluido y preciso, tomó su arco compuesto, tensó una flecha y la liberó, atravesando a una liebre que había estado merodeando en el borde del claro. El impacto fue certero, y la liebre quedó inmovilizada instantáneamente.

Tanto Anfidamante como Alcides observaron la situación con asombro, admirando la habilidad de Atalía para prestar atención a todo su alrededor, incluso cuando parecía concentrada en ellos. Esta demostración de destreza y agudeza sensorial recordó a todos la importancia de estar alerta y listo para enfrentar los peligros que acechaban en el bosque maldito. La admiración en los ojos de sus compañeros era un testimonio de la confianza que tenían en Atalía como una guía experta en el entorno del bosque.

"Yo me encargo de la comida", dijo Atalía con tono vivaz después de su impresionante muestra de habilidad con el arco, mientras Alcides se sonrojaba momentáneamente y evitaba mirarla directamente. La noche comenzó a caer sobre el bosque maldito, y los rugidos de los leones dorados comenzaron a elevarse en las sombras, llenando el aire con una sensación de peligro inminente.

Atalía, consciente de la tensión que rodeaba al grupo debido a los rugidos amenazantes, se aferró al brazo de Alcides con firmeza, encontrando en su compañía un refugio en medio de la oscuridad y el peligro. A su lado, logró encontrar el consuelo necesario para conciliar el sueño.

Con la noche avanzada y la tranquilidad que llegó con el sueño, Alcides finalmente encontró la oportunidad para plantear una pregunta que le había estado rondando la mente desde hace tiempo. Mirando a su maestro, Anfidamante, quien estaba terminando de mordisquear los huesos de la liebre, preguntó con curiosidad: "¿Quién es Hera?"

Anfidamante, conocedor de las historias y mitos de los dioses, respondió con calma: "Hera es la esposa de Zeus y madre de dioses y hombres. Ella es conocida como la diosa del matrimonio y la familia. Sin embargo, algunos dicen que su amor como madre solo se compara con el odio que experimenta por aquellos que nacen fuera de un matrimonio, ya que considera un sacrilegio cualquier unión que no esté respaldada por el vínculo del matrimonio".

La pregunta de Alcides sobre el significado del matrimonio reveló su curiosidad y su deseo de entender conceptos que aún le resultaban desconocidos. Anfidamante, consciente de la necesidad de dar una respuesta adecuada, se encontró un poco incómodo al principio, ya que para un niño de diez años, esos conceptos ya deberían haber sido abordados. Sin embargo, comprendió que Alcides necesitaba una explicación más detallada y clara.

Con paciencia, Alcides continuó con su pregunta, pronunciando cada palabra lentamente para evitar errores de dicción. "Yo sé que el matrimonio es como mi mama y mi papa, pero no entiendo su importancia. ¿Por qué una diosa tan elevada lo resguardaría?"

Anfidamante respiró profundamente antes de continuar, su voz resonando con autoridad. "El matrimonio, mis amigos, es un pacto, un acuerdo sagrado entre familias con el propósito de compartir lazos o fortalecerlos. Estas uniones no solo son un medio para evitar guerras y conflictos, sino que también traen prosperidad a nuestras tierras. Además, garantizan que la herencia de la familia pase de manera adecuada y ordenada de una generación a la siguiente".

Hizo una pausa, enfatizando su punto. "Cuando se rompe este pacto al engendrar hijos bastardos, se perturba el orden cósmico que rige nuestras vidas. Se fractura la cohesión de la comunidad y debilita nuestras estructuras sociales y políticas. Las disputas y las divisiones surgen, y la paz se ve amenazada".

Alcides, con su pregunta cada vez más precisa, expresó: "O sea, Hera trata de evitar muertes y guerras, eso es lo que hace mi madre. Pero ¿por qué engendrar bastardos? ¿Por qué romper lazos de matrimonio?"

Anfidamante, riendo ante la curiosa pregunta de Alcides, reconoció la complejidad de la cuestión. Mientras señalaba a Atalía, explicó: "No puedo responderte eso en este momento, muchacho. Deberás esperar unos cinco años y observar a esta niña aquí", señalando a Atalía, "cuando pase el tiempo, verás cómo su belleza se desarrolla y florece, de una manera que quizás no puedas imaginar ahora".

Anfidamante continuó con paciencia: "Entenderás más sobre las relaciones humanas y las complejidades que rodean el matrimonio y las uniones cuando hayas ganado experiencia. Hasta entonces, esta pregunta seguirá siendo un enigma. Ahora, descansa, que mañana nos espera un largo viaje".

Con estas palabras, Anfidamante reconoció la profunda curiosidad de Alcides y lo alentó a seguir explorando y cuestionando el mundo a medida que creciera y ganara experiencia. La noche cayó sobre el claro del bosque, y los tres viajeros se prepararon para un merecido descanso antes de continuar con su peligroso viaje en el bosque maldito al día siguiente.

Alcides frunció el ceño mientras observaba el rostro de Atalía iluminado por la luz de la luna. Su belleza era innegable, y la manera en que ella respiraba profundamente mientras se aferraba a su brazo izquierdo con fuerza lo dejó perplejo. Era una imagen que nadie habría asociado con su temperamento mandón y su actitud decidida.

Mientras reflexionaba sobre lo que Anfidamante había dicho sobre esperar cinco años para comprender algunas cuestiones, Alcides decidió dejar pasar su pregunta por el momento. En lugar de eso, optó por dormirse, confiando en que el tiempo y la experiencia eventualmente le proporcionarían las respuestas que buscaba.

Mientras Alcides cerraba los ojos y se entregaba al sueño, Anfidamante permanecía en vigilia, asegurándose de que su sueño fuera tranquilo y sin perturbaciones, listo para enfrentar los desafíos que les esperaban en su peligroso viaje por el bosque maldito al día siguiente.

La mañana transcurrió sin incidentes mientras avanzaban a través del bosque maldito. Sin embargo, al llegar el mediodía, el entorno se volvió cada vez más húmedo y sofocante. El terreno se volvió más irregular y empinado, con raíces gruesas y enredadas que dificultaban el avance. Mytia, la mula, avanzaba con lentitud, pero lo que más preocupaba a los viajeros era una amenaza que los acechaba.

Atalía se acercó sigilosamente a Anfidamante, pero él hizo una señal de que no dijera nada. Si Alcides se enteraba de la presencia del monstruo, podría lanzarse sobre la bestia impulsivamente, y aunque sus golpes si que eran lo suficientemente fuertes como para herir a los leones dorados, enfrentar al monstruo no era la mejor opción en ese momento. Atalía, siendo lo suficientemente astuta a pesar de su corta edad, comprendió el plan con solo una mirada de Anfidamante y asintió antes de continuar la caminata en silencio.

Los tres viajeros se movían con precaución, conscientes de la presencia acechante del monstruo en el bosque, mientras continuaban su peligroso viaje por el bosque maldito.

Caminaron durante horas mientras el león los acechaba, un macho adulto de gran tamaño. Aunque Atalía sabía que no se trataba del mismo que había destruido la aldea de Esterma, era un ejemplar poderoso, un vástago menor pero imponente. Su melena tenía un dorado metálico que hacía que la mayoría de las armas mortales fueran ineficaces contra él.

Los dos viajeros avanzaban en silencio, pensando que Alcides no se había dado cuenta de la situación, cuando Alcides rompió su silencio habitual y dijo sus primeras palabras sin tartamudear: "Hay uno grande que nos está siguiendo desde el mediodía".

La tensión en el aire aumentó al instante. Atalía y Anfidamante intercambiaron miradas preocupadas, sabiendo que la situación se había vuelto más peligrosa de lo que esperaban. Ahora, con la conciencia de Alcides sobre la amenaza, debían tomar decisiones cruciales para enfrentar al león dorado que los acechaba en el bosque maldito.

Anfidamante hizo una señal con la mano a Alcides, instándolo a no lanzarse impulsivamente contra el monstruo. Sin embargo, Alcides, esforzándose por imponerse a su tartamudez, habló lentamente: "Aunque intentara golpearlo, no hay espacio", luego miró a su alrededor y agregó: "Árboles obstaculizan".

Las palabras de Alcides revelaron su comprensión de la situación. Era evidente que su capacidad para evaluar estratégicamente el entorno y la amenaza superaba sus dificultades con la comunicación verbal. Anfidamante se reprendió a sí mismo nuevamente por menospreciar inconscientemente a su príncipe. Aunque Alcides pudiera ser inocente en asuntos humanos, en el campo de batalla demostraba ser un genio que nacía una vez cada cien años.

Atalía se convirtió en la voz de la razón y compartió su conocimiento: "Estamos cerca del sistema de acueductos de Nemea. Si llegamos al claro, no nos atacarán. Incluso 'El Grande' evita esa zona".

 

Anfidamante, curioso, preguntó: "¿Acueductos?"

"Atalía explicó: "Así lo llamaba papá. El rey de Nemea hizo tratos con sabios de Atenas y construyó un sistema que desvía algunos ríos menores, expandiendo el río que avanza por Nemea. Ahora es un río caudaloso. De hecho, si te concentras, ya podemos escucharlo".

Alcides cerró los ojos y, luchando con su tartamudez, logró decir: "Pu-puedo... escuchar", señalando hacia el norte. Anfidamante comprendió la señal y urgieron a acelerar el paso, conscientes de que la tensión en el aire era palpable. Mientras avanzaban, Anfidamante mantenía un ojo en esa presencia dorada que podía percibir a unos metros a la derecha, acechándolos en el bosque maldito.

El sonido del río caudaloso, indicando su cercanía al sistema de acueductos de Nemea, se volvía cada vez más claro y reconfortante a medida que avanzaban hacia la seguridad relativa que ofrecía ese lugar. Sin embargo, debían mantenerse alerta y continuar avanzando con cautela hasta llegar al claro donde esperaban encontrar refugio de la amenaza del león dorado.

Cuando la salida del bosque se hizo visible, Alcides golpeó fuertemente el muslo de Mytia, la mula, que relinchó y comenzó a correr. Alcides, instintivamente, se llevó la mano a la empuñadura de su espada, pero recordó las palabras de Anfidamante: su filo no podría cortar la piel del monstruo que acechaba en medio del bosque, sigiloso y silencioso.

El león dorado se movía con agilidad, con un rostro inexpresivo y sus ojos castaños fijos en la mula. Ante esta situación, Anfidamante se concentró instintivamente en proteger a Atalía, y por un breve instante, en la mente de Anfidamante, Alcides, parecía adquirir la presencia y responsabilidad de un hombre adulto.

El grupo continuaba su frenética carrera hacia la salida del bosque, con el león dorado acechándolos de cerca. La adrenalina corría por sus venas mientras luchaban por escapar de la amenaza que los perseguía en el bosque maldito.

No es que Anfidamante pensara que Alcides ya fuera un hombre de forma consciente, pero era como si el instinto de proteger a la niña se impusiera en un acuerdo no escrito. Anfidamante tomó a Atalía en brazos y comenzó a correr, mientras Alcides respiraba profundamente.

Anfidamante estaba concentrado en la luz que marcaba la salida del claro y no pudo verlo, pero pudo sentirlo: un calor sobrecogedor y una corriente de aire que impactaba en su espalda. De alguna manera, sabía que todo estaría bien. La determinación y la valentía que Alcides había demostrado en ese momento de peligro lo habían sorprendido y llenado de confianza en la capacidad de su príncipe para proteger a la niña.

Los ojos de Alcides comenzaron a brillar con un destello azulado, mientras el polvo y la tierra eran alejados de los pies de Alcides, como si esas partículas fueran indignas de ser pisadas por sus sandalias desgastadas. Los movimientos del león eran rápidos, pero para Alcides, parecían moverse lentamente, como en un sueño.

Cuando la bestia se lanzó sobre él, el niño se abalanzó sobre el león de manera recíproca, pero más rápido, golpeándolo violentamente en el estómago. El impacto hizo que el león dorado retrocediera con un rugido de dolor, sorprendido por la fuerza y la velocidad de Alcides. Sus ojos azules brillaban intensamente mientras enfrentaba al monstruo en el combate, y su determinación era evidente en cada movimiento.

Pronto, el cuerpo de Alcides estaba rodeado por un aura luminosa, y sus músculos tensos parecían adquirir un mayor volumen. La cicatriz en su mejilla izquierda comenzó a sanar aceleradamente mientras el león se retorcía en el suelo. Cuando la bestia se recuperó y volvió a ponerse en guardia, comenzó a acechar a Alcides.

Este último empuñó sus pequeñas manos nuevamente y avanzó. La bestia, acostumbrada a que los seres del mundo huyeran de ella, no supo cómo responder, y Alcides le golpeó en la cara con fuerza. El impacto fue verdaderamente poderoso, y Alcides pudo sentir que algo se fracturaba bajo su mano antes de caer de pie detrás del monstruo. El león se levantó nuevamente, con un hilo de sangre corriendo sobre sus ojos enrojecidos por el impacto.

La lucha entre Alcides y el león dorado continuaba, y la valentía y la fuerza del niño parecían sorprender incluso a la feroz bestia. Ambos, Alcides y el león dorado, comenzaban a respirar jadeando, pero la bestia empezaba a mostrar signos de debilidad en su postura. Finalmente, el león dorado decidió que esta presa tan pequeña y desafiante no valía el riesgo y se retiró a la densidad del bosque. Alcides recuperó la cordura y comenzó a correr hacia el claro, dejando atrás el peligroso enfrentamiento con la bestia.

El bosque maldito pronto quedó atrás, y los tres viajeros llegaron al sistema de acueductos de Nemea, donde finalmente se sintieron seguros. La tensión de la persecución y el combate se disipó, y la sensación de alivio los invadió mientras continuaban su camino hacia Nemea. La valentía y la fuerza de Alcides habían demostrado ser un recurso invaluable en su peligroso viaje a través del bosque. El bosque de Nemea, o como había sido llamado en años recientes, el Bosque de los Leones Dorados, quedaba atrás. Frente a ellos se alzaba un caudaloso río que avanzaba lentamente, con una pendiente controlada, un artefacto humano construido con precisión por expertos albañiles y matemáticos. Todos bebieron de esas aguas protectoras y descansaron, mientras Alcides abrazaba a Mytia, pidiéndole perdón por la palmada que le había dado mientras sollozaba. El grupo se sentía aliviado de haber dejado atrás el peligroso bosque y se preparaba para continuar su viaje hacia Nemea, sabiendo que, con la valentía y la destreza de Alcides, estaban un paso más cerca de su destino.

El principio del anochecer los encontró llegando a las puertas de la pequeña ciudad fortificada de Nemea. Las murallas de piedra se alzaban en torno a la ciudad, una defensa sólida contra las amenazas que acechaban en los bosques circundantes. Torres de vigilancia se erguían en puntos estratégicos, y el aire estaba impregnado del aroma de incienso que se elevaba desde los altares dispersos por las calles empedradas. En la entrada principal de la ciudad, una estatua imponente de un león dorado se alzaba como símbolo de protección y advertencia.

Los habitantes de Nemea vivían bajo la sombra constante de los leones dorados, cuyos rugidos resonaban en los límites del bosque. Motivados por su temor y respeto a estas bestias míticas, sus creencias religiosas se centraban en honrar a los dioses para obtener su protección. En los templos dedicados a Hera y a Atenea, realizaban rituales y ofrendas para aplacar la ira de los dioses y evitar que los leones dorados descendieran sobre la ciudad. La necesidad de fortificaciones y de prácticas religiosas reflejaba la constante amenaza que estas criaturas imponían sobre la vida cotidiana de los habitantes de Nemea.

Nemea se alzaba como un importante punto en la ruta comercial que conectaba las ciudades de Argólida y con las ciudades de Efira, dos grandes regiones de Helade con un intercambio constante de bienes y cultura. La ciudad de Nemea habría sido aún más grande y próspera si no fuera por su peculiar geografía. A pesar de su riqueza, Nemea estaba atravesada por varios ríos pequeños que fluían en todas direcciones, dando lugar a una serie de puentes y caminos que cruzaban los cursos de agua.

Esta red de ríos, tanto naturales como creados artificialmente, tenía un propósito estratégico. Las corrientes servían como límites naturales y como defensa, creando claros en el bosque y manteniendo a raya a los temibles leones dorados, criaturas míticas que a menudo asolaban las regiones circundantes. Sin embargo, un león en particular, conocido como "El Grande", desafiaba estas barreras y cruzaba los ríos para atacar Nemea en intervalos de diez o veinte años. Este majestuoso pero aterrador depredador era considerado la gran sombra que acechaba sobre la ciudad y su gente. Este León de Nemea era tanto una fuente de temor como un recordatorio de la resistencia de la ciudad. Aunque su presencia era amenazante, su infrecuente aparición permitía a Nemea florecer en los intervalos entre sus ataques. Durante generaciones, los habitantes habían tejido leyendas en torno a esta criatura, y los mitos y cuentos pasaban de padres a hijos. En los últimos 25 años, no se había avistado al León de Nemea, lo que creó un sentimiento de relativa tranquilidad en la ciudad.

A pesar de los desafíos que presentaban los ríos y la amenaza ocasional del León de Nemea, la ciudad se mantenía como un nodo crucial en la ruta comercial entre Corinto y Micenas. La población se enorgullecía de su capacidad para sobrevivir y prosperar en un entorno tan desafiante, y los vínculos comerciales y culturales que forjaban con otras ciudades enriquecían la vida en Nemea y la convertían en un centro vibrante de intercambio y actividad.

En ese momento, Alcides interrumpió sus rimas con una pregunta curiosa. "¿Dónde ahora?" inquirió, mirando al interior de la ciudad. "Iremos a una posada", respondió el viejo soldado con una sonrisa. "Un lugar donde los viajeros pueden descansar en camas suaves y disfrutar de un poco de vino civilizado. Así que esta noche podremos descansar adecuadamente y mañana haremos sacrificios a Hera. Al día siguiente, continuaremos nuestro camino."


 

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