SUSURROS
Alectrión,
rey de Micenas, yace en su cama suntuosa, una estructura robusta tallada en
madera oscura y enriquecida con intrincados diseños geométricos. La cama se
eleva sobre patas esculpidas en forma de criaturas mitológicas y está cubierta
con finos tejidos de lino bordados con hilos dorados que caen en pliegues
elegantes. A sus casi setenta años, Alectrión muestra las marcas del tiempo en
su rostro y cuerpo. Su barba, antes imponente, es ahora rala y blanca como la
nieve, en contraste con sus cabellos que ya han menguado y plateado con los
años. El rey, cuya visión ha sido eclipsada por la ceguera, descansa con
dignidad en la cama. Sus ropas son de una opulencia acorde a su rango. Viste
una túnica larga y fluida de tono carmesí intenso, tejida con hilos de oro que
crean patrones intrincados de figuras míticas y motivos geométricos. Sobre su
pecho descansa un manto pesado, tejido con la misma maestría y decorado con
gemas incrustadas que parpadean como estrellas en la oscuridad. Alectrión
aprieta con suavidad el borde de su manto con una mano arrugada mientras su
otra mano descansa sobre su pecho, palpando el latir de su corazón cansado. El
crepúsculo tiñe la habitación con tonos dorados y cálidos, iluminando los
detalles esculpidos de los muebles y reflejando destellos dorados en las joyas
que adornan al rey. El aire lleva consigo un suave aroma a incienso y aceites
aromáticos, que se mezcla con la madera pulida y los tejidos lujosos.
Alectrión, el anciano rey de Micenas, enfrenta sus últimos días con una dignidad
serena, una figura venerable que ha sido testigo de los caprichos de los dioses
y de la grandeza de su ciudad estado en una era pasada.
A la
cabecera de la cama, el hijo de Alectrión, Perseo, se encuentra sumido en la
tristeza, sus lágrimas humedeciendo las manos arrugadas de su padre. A su
alrededor, sus cabellos oscuros y bien cortados enmarcan un rostro de rasgos
suaves y bonachones, aunque marcado por la pena y la incertidumbre. Perseo, con
sus veinte y cinco años, lleva consigo la carga de la próxima sucesión al trono
de Micenas, una responsabilidad que ahora pesa aún más ante la inminente
pérdida de su amado padre. Vestido con ropas que reflejan su posición como
príncipe heredero y la opulencia de su familia, Perseo lleva una túnica de lino
de un tono azul profundo, teñida con tintes naturales y resplandeciente bajo la
luz que penetra por las ventanas. La túnica cae en pliegues elegantes alrededor
de su figura, sostenida por una faja de lana tejida con motivos ornamentales.
Sobre sus hombros descansa una capa de rica lana, forrada con pieles suaves que
añaden un toque de confort y lujo. Sus sandalias, cuidadosamente tejidas con
cuero y decoradas con adornos metálicos, reposan en el suelo cerca de su
asiento, mientras que delicadas joyas de oro y plata adornan sus manos y
cuello. Perseo lleva consigo el peso de la tradición y el legado familiar, y
sus ropas reflejan la influencia de la prosperidad y la posición de su linaje.
Mientras llora la inminente pérdida de su padre, Perseo se encuentra en un
momento de transición, enfrentando no solo el duelo sino también las
responsabilidades que le esperan como futuro rey de Micenas.
En la sala
contigua, el aire estaba cargado con la presencia de los nobles de renombre, y
entre ellos destacaba la figura imponente de Leandro, recientemente coronado
Rey de la antigua Argos. Su presencia era como un río serpenteante, sus ojos grises
como joyas frías y penetrantes que exploraban cada rincón, y su cabello negro y
largo caía en ondas hasta sus hombros, acentuando sus rasgos afilados que
parecían tallados en mármol. Vestido con ropas que exudaban el lujo y la
autoridad de un príncipe de su estirpe, Leandro llevaba una túnica de seda
tejida en tonos suaves de negro tormentoso y blanco, que recordaban la calma de
las aguas tranquilas. La túnica caía con gracia alrededor de su figura,
destacando su porte regio y su dominio de la sala. Una capa de lana fina, de un
gris más claro, estaba cuidadosamente dispuesta sobre sus hombros, adornada con
patrones que evocaban la elegancia y la serenidad del mar. Un cinturón de cuero
trabajado rodeaba su cintura, sosteniendo su túnica en su lugar y añadiendo un toque
de sobriedad a su atuendo. Sus sandalias, también de cuero pero adornadas con
detalles dorados, completaban el conjunto. El símbolo de su realeza, una joya
de plata en forma de serpiente, reposaba sobre su pecho como un recordatorio
constante de su poder y su astucia. Mientras susurros y miradas se entretejían
entre los nobles, Leandro emanaba una sensación de control y maestría, como si
cada palabra y movimiento suyo estuviera cuidadosamente calculado para alcanzar
sus objetivos. Sus ropas, a pesar de su lujosa apariencia, evocaban una
tranquilidad aparente que ocultaba la estrategia y las intenciones ocultas
detrás de su fachada regia.
Leandro,
con su presencia sigilosa y calculada, se movía entre los nobles como una
serpiente astuta que se desliza entre la hierba. Sus pasos eran suaves y su
figura imponente parecía desvanecerse en la multitud, permitiéndole escuchar
conversaciones y tejer su red de influencia en la penumbra de las palabras
susurradas. Sus labios apenas se movían, liberando palabras que flotaban como
hojas llevadas por la brisa, aparentemente inocentes pero cargadas de
intenciones ocultas. Los aliados y espías eran sus instrumentos en este sutil
juego de poder. Sus palabras, meticulosamente elegidas, se plantaban en las
mentes de los presentes como semillas que germinaban en la oscuridad. Como una
lluvia ligera que cae imperceptiblemente, las ideas que él sembraba comenzaban
a crecer, tejiendo una tela de pensamientos que se entrelazaban unos con otros.
Poco a poco, las voces individuales se unían en un murmullo constante, como una
tormenta en formación, hasta que la conclusión se alzaba casi unánime en la
mente de aquellos que lo escuchaban. El mensaje era claro y su significado
reverberaba en cada rincón de la sala. Era hora de que el príncipe Perseo
cediera el liderazgo de la liga de los descendientes del héroe Perseo, su
propio ancestro. Leandro, con su tacto sutil y sus palabras ingeniosamente
plantadas, había conseguido influenciar la opinión de los nobles de manera que
parecía ser más su voluntad que la de él mismo.
Mientras Leandro manejaba hábilmente las marionetas de la opinión, sus
ojos grises se encontraron con los de la princesa Anaxo. Una belleza
cautivadora y una elegancia natural la rodeaban mientras se movía entre los
nobles. Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un
rostro de rasgos finos y expresivos. Sus ojos grises reflejaban la sabiduría y
la determinación inherentes a su posición de realeza. A pesar de la fachada de
inocencia, Leandro pudo percibir el brillo de inteligencia que emanaba de sus
ojos. La princesa Anaxo se encontraba vestida con un atuendo que irradiaba
tanto poder como decoro, honrando la posible muerte de su padre, el rey. Su
vestido, confeccionado en un tono oscuro y elegante, caía en pliegues suaves
que fluían alrededor de su figura alta y esbelta. La tela rica y lujosa tenía
un brillo sutil que parecía capturar la luz de manera mágica, simbolizando su
posición real y su conexión con la herencia de su linaje.
El diseño
del vestido reflejaba una combinación de fortaleza y sensibilidad. Los detalles
intrincados bordados en el corpiño formaban patrones de hojas y ramas, como
símbolo de la vida que persiste incluso en los momentos más oscuros. Las mangas
largas y ajustadas hasta los codos se abrían en delicados volantes, evocando la
idea de alas de mariposa en reposo, una metáfora de la transformación y la
renovación que podían emerger de la adversidad. Una cinta ancha y negra ceñía
su cintura, marcando su presencia dominante y su conexión con el luto. Un
broche elaborado, engarzado con piedras preciosas en tonos oscuros, adornaba el
centro de la cinta, transmitiendo tanto su posición de liderazgo como la
solemnidad de la ocasión.
Su cabello
oscuro, suelto y caído en suaves ondas, parecía enmarcar su rostro en un halo
de misterio y determinación. Sin embargo, el adorno más notable era la diadema
que llevaba en la cabeza. Una banda de metal trabajada con filigranas, en tonos
plateados y negros, sostenía en su centro una piedra oscura que irradiaba un
brillo apagado. Esta diadema era un tributo a la memoria de su padre, pero
también una expresión de su compromiso de seguir adelante y liderar con fuerza
y gracia.
Los
zapatos, elegantes y funcionales, reflejaban la dualidad de su papel. Eran
cómodos para moverse con facilidad y seguridad, pero también estaban adornados
con pequeños detalles que reflejaban su posición real. Su postura alta y su
mirada decidida hablaban de la autoridad que llevaba consigo, incluso en medio
de las posibles turbulencias.
En medio de
la agitación de la multitud, Leandro se acercó a la princesa Anaxo, su mirada
aguda encontrando la de ella. Con un gesto sutil, indicó un lugar apartado
donde podrían hablar con discreción. Anaxo asintió levemente, su curiosidad
mezclada con cautela. Se alejaron de la multitud, encontrando un rincón donde
las sombras proporcionaban un velo de privacidad.
"Princesa
Anaxo", susurró Leandro, su voz llevando consigo un tono de respeto y
cautela. "Es un honor tener la oportunidad de hablar con usted en este
evento tan distinguido."
Anaxo le
miró con atención, evaluando sus palabras y su expresión. "Leandro,
vuestro tacto en estos asuntos es conocido por todos. ¿Qué os trae a mi lado en
esta noche?"
Leandro
inclinó ligeramente la cabeza, una sonrisa suave jugando en sus labios.
"He notado que la opinión de los nobles está en constante cambio, como las
corrientes en el mar. Pero vuestro hermano, el príncipe Perseo, parece ajeno a
estos cambios."
Anaxo
arqueó una ceja, su interés claramente captado. "¿Qué queréis decir?"
Leandro
continuó con cautela. "Vos sois una voz influyente en la corte, Princesa
Anaxo. Vuestra sabiduría y determinación son admiradas por todos. Si vuestra
voz se uniera a los susurros de cambio, podría inclinar la balanza en una
dirección que beneficie no solo a la liga, sino también a vuestro
hermano."
Los ojos
grises de Anaxo se estrecharon, evaluando las palabras de Leandro. "¿Y qué
os hace pensar que mi voz debería alinearse con estos susurros?"
"Porque
veo en vos la capacidad de comprender los matices de la situación",
respondió Leandro, su mirada intensa. "Porque en estos momentos de cambio,
una nueva narrativa podría surgir. Una que no solo reafirme la grandeza de
vuestro linaje, sino que también asegure un futuro fuerte y unido para
todos."
Anaxo
guardó silencio por un momento, sus ojos grises buscando los de Leandro.
"Sois un intrigante, Leandro. Vuestras palabras son como hilos invisibles
que tejen tramas ocultas."
Leandro le
devolvió la mirada con una expresión tranquila. "Solo busco lo mejor para
todos, Princesa Anaxo. Y si juntos podemos influir en el curso de los
acontecimientos, quizás podamos guiar a esta liga hacia un nuevo liderazgo que
beneficie a todos."
Anaxo
asintió con una elegancia medida, su mirada revelando una enigmática mezcla de
cautela y consideración. "Habéis encendido mi curiosidad, Leandro",
murmuró con una sonrisa que escondía mucho más de lo que mostraba. "Pero
recordemos que estamos en compañía."
Leandro
siguió su mirada y notó al marido de Anaxo observando discretamente desde un
rincón, su expresión impenetrable. Aunque Anaxo mantenía su fachada de una
princesa superficial y femenina, Leandro intuía la complejidad de su juego.
"Por
supuesto, Princesa Anaxo", respondió Leandro con una inclinación de
cabeza, reconociendo la situación. "Encontraremos un momento más apropiado
para continuar nuestra conversación."
En ese
momento, en medio de las sombras y los susurros de cambio, la danza de
estrategias y percepciones se entrelazó entre Leandro, la princesa Anaxo y su
marido observador. Tejieron una red de influencia en la que cada uno tenía sus
motivos ocultos y sus agendas entrelazadas en un juego de ajedrez que
trascendía las apariencias. Juntos, podrían cambiar el destino de la liga de
los descendientes del héroe Perseo de maneras impredecibles, pero Leandro sabía
que debía estar alerta en cada paso, ya que la superficie delicada que rodeaba
a Anaxo escondía un abismo de inteligencia y astucia que debía explorar con
precaución.
En un arrebato de furia, la Princesa Anaxo irrumpió en la habitación, su
rostro reflejando una mezcla de enojo y preocupación. Sus ojos grises, llenos
de determinación, se posaron directamente en el Príncipe Perseo, quien se
encontraba junto a la cama de su debilitado padre, Electrion.
"Te
está socavando con los nobles y tú aquí", dijo con voz cargada de
reproche, sin ocultar su frustración.
El Príncipe
Perseo enderezó su postura y le respondió con calma, su mirada amable pero
firme. "Anaxo, hermana, comprendo tus preocupaciones. Pero los asuntos del
reino pueden esperar. Padre necesita cuidados, y estoy aquí para asegurarme de
que los reciba", explicó con serenidad.
Anaxo,
cruzando los brazos en un gesto de impaciencia, frunció el ceño con intensidad.
"No
puedo quedarme pasiva mientras Leandro de Argos intenta minar nuestra
influencia en la corte. No ves sus maquinaciones, ¿o es que tus lujos te nublan
la vista ante la amenaza?", exclamó con vehemencia.
Perseo bajó
la mirada por un instante, reflexionando sobre las palabras de su hermana.
Luego, alzó la mirada con determinación.
"Está
bien, Anaxo. Saldré y enfrentaré a Leandro. Defenderé a Micenas y protegeré lo
que nos corresponde. Pero recuerda que cada uno tiene su forma de enfrentar las
amenazas", respondió con decisión.
Anaxo lo
miró con incredulidad, sus ojos reflejando un escepticismo frustrado.
"¿Cómo
puedes ser tan ciego, Perseo? ¿Olvidas que Leandro te ha hospedado y te trata
con cortesía? No entiendes las maquinaciones y la intriga que se esconden tras
sus acciones", argumentó con agitación.
Perseo la
miró con confusión en su rostro, sin captar la implicación detrás de las
palabras de su hermana.
"Anaxo,
no puedes dudar de la hospitalidad de Leandro. Ha sido amable conmigo, y no veo
razón para pensar que tenga intenciones ocultas", defendió Perseo, sin
reconocer la sospecha que rodeaba a Leandro.
La
incredulidad en el rostro de Anaxo se intensificó, mezclándose con una pizca de
exasperación.
"Perseo,
Leandro no es lo que parece. Debes abrir los ojos a las intrigas y las
ambiciones que acechan en nuestro reino. De lo contrario, podríamos perder todo
lo que hemos trabajado por mantener", insistió Anaxo, su voz temblorosa de
preocupación.
Perseo la
miró con una mezcla de confusión y desconfianza.
"Anaxo,
entiendo tus temores, pero no puedo ignorar el trato que he recibido. Confío en
que Leandro busca el bienestar de Micenas", afirmó Perseo, su convicción
en su propia perspectiva evidentemente firme.
La mirada
de Anaxo reveló su desánimo ante la perspectiva cerrada de su hermano.
"Espero
que algún día veas más allá de la superficie, Perseo. Nuestro reino merece un
líder que comprenda las complejidades de la corte y las verdaderas intenciones
de aquellos que nos rodean", concluyó Anaxo, con un tono cargado de
resignación.
A pesar de
las palabras de su hermana, Perseo mantuvo su postura, incapaz de concebir la
idea de que Leandro pudiera estar tramando algo en su contra. La tensión en la
habitación era palpable mientras las palabras de Anaxo quedaban suspendidas en
el aire. Perseo la miró con determinación, pero también con una mirada de
incredulidad, incapaz de conciliar la imagen amable que tenía de Leandro con
las sospechas de su hermana.
"Anaxo,
entiendo tu preocupación, pero no puedo permitir que esas sospechas empañen mi
juicio. Leandro ha sido amable y hospitalario conmigo, y hasta que tenga
pruebas concretas de lo contrario, no puedo acusarlo de nada", expresó
Perseo con una firmeza que revelaba su convicción.
Anaxo dejó
escapar un suspiro frustrado, resignándose momentáneamente a la realidad que
enfrentaba.
"Perseo,
solo espero que algún día puedas ver más allá de las apariencias y considerar
todas las posibilidades. El juego de la política y la intriga no es tan simple
como crees", respondió Anaxo con un matiz de tristeza en su voz.
Perseo se
mantuvo firme en su posición, sin mostrar signos de ceder ante las dudas de su
hermana.
"Anaxo,
te entiendo, pero mi lealtad a Leandro es genuina. Por ahora, mi enfoque está
en cuidar de Micenas y nuestro reino. Si hay algo que deba enfrentar, lo haré,
pero no permitiré que las suspicacias nublen mi juicio", reiteró Perseo,
reafirmando su postura.
Anaxo
asintió lentamente, aceptando que por el momento, las diferencias de opinión
entre ellos prevalecerían.
"Espero
que no tengamos que lamentar una decisión apresurada en el futuro, hermano. Por
el bien de Micenas, mantente alerta", advirtió Anaxo, sus ojos grises
mostrando una mezcla de preocupación y advertencia.
Perseo
asintió en respuesta, sus ojos reflejando la determinación de mantener su
posición.
"Siempre
actuaré con el mejor interés de Micenas en mente, Anaxo. No te preocupes por
eso", aseguró Perseo, tratando de calmar las preocupaciones de su hermana.
La
conversación parecía haber llegado a un punto de estancamiento, cada uno
aferrado a su perspectiva, incapaz de ceder ante las preocupaciones del otro.
En medio de la habitación, Electrion observaba a sus hijos con una mirada
cargada de esperanza y deseo de unidad, pero también consciente de que el
camino que tenían por delante no sería fácil.
Así, en
medio de la tensión y las diferencias de opinión, los destinos de Anaxo y
Perseo continuaron entrelazados, mientras el reino de Micenas enfrentaba
amenazas que quizás solo el tiempo y la verdad podrían revelar.
Perseo salió a la sala de los nobles, quienes entraron en silencio,
esperando con expectación las palabras de su futuro monarca. Sin embargo, al
enfrentar sus miradas expectantes, Perseo sintió cómo las palabras quedaban
atrapadas en su garganta. Su corazón latía con fuerza y el sudor perlaban su
redondo rostro, traicionando su aparente confianza.
El silencio
pesaba en la sala hasta que, de repente, Leandro dio un paso adelante. El toque
reconfortante en el hombro de Perseo hizo que este volviera su atención hacia
él. Leandro le dirigió una mirada amable, como si compartieran un secreto, y
luego extendió su mirada hacia los nobles congregados.
Con voz
suave y llena de autoridad, Leandro comenzó un monólogo que resonó en la sala.
"Hace
poco, Argos también enfrentó una pérdida profunda, un gran rey dejó este mundo.
Me encontré en una situación similar a la que estamos ahora, con el miedo
anidando en mi corazón. ¿Cómo podía yo asumir tal responsabilidad?"
Las
palabras de Leandro captaron la atención de los nobles, quienes escuchaban
atentos, sin saber la dirección que tomaría su discurso.
"Fue
entonces cuando el Príncipe Perseo, con su sabiduría y experiencia, me brindó
consejo", continuó Leandro, aunque Perseo notó un matiz de falsedad en sus
palabras. Era como si Leandro estuviera tejendo una narrativa que no coincidía
con los hechos reales. El sudor continuaba deslizándose por el rostro de
Perseo, pero su atención se mantuvo en las palabras de Leandro mientras este
continuaba hablando. Y entonces, algo cambió. La voz de Leandro se volvió más
fuerte, más firme. Ya no era el siseo de serpiente que Perseo creía haber
percibido en su tono antes. Era una voz llena de convicción y autoridad.
"Perseo
es la elección correcta para nuestro reino", proclamó Leandro con pasión.
"Su dedicación a Micenas y su habilidad para comprender las complejidades
de la gobernabilidad son cualidades que no pueden pasarse por alto. Durante su
tiempo en mi natal Argos, he llegado a conocerlo y apreciarlo como un líder
nato, alguien capaz de guiar a nuestro reino hacia un futuro brillante."
Los nobles
asentían con aprobación mientras Leandro hablaba, sus palabras resonando en la
sala como un himno de apoyo a Perseo.
"Confío
en que bajo su liderazgo, Micenas prosperará. Así como él me brindó consejo en
mi momento de necesidad, estoy seguro de que será un rey sabio y compasivo para
todos vosotros", concluyó Leandro, dirigiendo una mirada significativa
hacia Perseo antes de volver su atención a los nobles.
La sala
estalló en aplausos y muestras de aprobación, y Perseo, aún aturdido por las
palabras de Leandro, sintió cómo su corazón latía con una mezcla de gratitud y
confusión. Aunque su inseguridad seguía presente, el apoyo de Leandro y los
nobles al menos le brindaba un respiro momentáneo mientras asimilaba las
palabras que habían sido pronunciadas en su nombre.
Perseo
escuchó atentamente mientras Leandro continuaba su monólogo, sus palabras
fluyendo con una habilidad manipuladora que no podía pasar desapercibida. A
medida que Leandro hablaba, Perseo se sentía halagado y su confianza crecía. No
veía más allá de las elogiosas palabras de Leandro, incapaz de detectar las
insinuaciones y el juego político que había detrás.
"El
camino del liderazgo está plagado de desafíos, y enfrentar esos desafíos
requiere habilidades particulares", comenzó Leandro, sus ojos oscuros
mirando a los nobles con un brillo persuasivo. "Habilidad para tejer
alianzas, comprensión de los entresijos políticos, y la capacidad de tomar
decisiones difíciles en momentos cruciales."
Perseo
asentía con una sonrisa, sintiéndose cada vez más seguro de su capacidad para
guiar a Micenas. Leandro estaba resaltando sus cualidades y Perseo estaba
dispuesto a aceptar elogios tan merecidos.
"Mi
primo Perseo es un hombre valiente y apasionado", continuó Leandro, sus
palabras llevando un matiz de admiración, "y no dudo de su deseo sincero
de ver a Micenas prosperar."
Perseo se
sentía orgulloso al escuchar estas palabras. Se sentía respaldado y apreciado
por alguien que había ganado su confianza.
"Sin
embargo, no podemos ignorar que la gobernabilidad requiere más que valentía y
pasión", continuó Leandro con un tono de voz que parecía de reflexión.
"Requiere una comprensión profunda de las complejidades de la corte y las
relaciones políticas."
Perseo
asintió de nuevo, tomando en serio las palabras de Leandro. Aunque no se daba
cuenta de las implicaciones más amplias, estaba dispuesto a aprender y crecer.
"La
estabilidad de nuestro reino depende de tomar decisiones informadas y de trazar
un rumbo estratégico", prosiguió Leandro, su tono elegante y persuasivo.
"La experiencia y la intuición son virtudes que no pueden
subestimarse."
Perseo
asintió con entusiasmo, convencido de que podía adquirir esas cualidades y
enfrentar cualquier desafío que se presentara.
"Confío
en que mi primo Perseo seguirá creciendo y desarrollándose", concluyó
Leandro con una sonrisa que parecía genuina. "Doy la bienvenida a su
liderazgo y espero que, con el tiempo, adquiera las habilidades necesarias para
enfrentar los desafíos que se presenten."
Los nobles
estallaron en aplausos, alabando a Perseo en voz alta por su valentía y
dedicación. Perseo se sintió abrumado por la respuesta positiva y agradeció a
todos con una sonrisa. Miró a Leandro, quien le dirigió una sonrisa
tranquilizadora antes de volver su atención a la audiencia.
Perseo no
se dio cuenta de las sutilezas del juego político que había tenido lugar.
Estaba contento de haber recibido el apoyo y las palabras elogiosas de Leandro,
sintiéndose aún más seguro en su papel como futuro líder de Micenas.
En el acto
final, mientras la atención de la multitud se centraba en Leandro, Anaxo
observaba desde las sombras, sus ojos grises llenos de preocupación y sospecha.
Leandro continuó controlando hábilmente a la muchedumbre, su voz resonando con
autoridad.
"Mis
señores, por favor, recordemos que estamos ante el cuarto del rey, quien
agoniza aún. ¿No sería una afrenta a su regio lecho elevar nuestras voces
así?" Su tono era sereno pero persuasivo, logrando que los murmuros y el
alboroto se calmaran gradualmente.
Los nobles
parecían reflexionar sobre las palabras de Leandro, la influencia de su
discurso acallando cualquier ruido inapropiado. Anaxo observaba con atención,
sintiendo que algo más estaba ocurriendo, algo que iba más allá de las simples
palabras que se pronunciaban en ese momento.
Luego, los
ojos de Leandro se posaron en Perseo, como si buscara que él continuara con un
discurso similar. Perseo, sintiendo la mirada de Leandro sobre él, se aclaró la
garganta y miró a los nobles con una mezcla de inseguridad y nerviosismo.
"Uhm,
sí, por supuesto. Quiero decir, mis estimados señores, deberíamos... quizás
considerar la delicadeza de la situación. Nuestro rey, uh, está pasando por un
momento difícil, y tal vez no sea adecuado... elevar nuestras voces",
balbuceó Perseo, sus palabras careciendo del mismo impacto y autoridad que las
de Leandro.
Anaxo
apretó los puños, sintiendo frustración y preocupación ante la manera en que
Leandro estaba manejando la situación. Sus sospechas se intensificaron al ver
cómo Perseo parecía estar siguiendo el guion de Leandro, sin darse cuenta de
las implicaciones detrás de sus palabras. Luego, Leandro se retiró, volviendo a
encerrarse en las sombras, y los murmullos comenzaron a surgir nuevamente entre
la multitud. Anaxo observó con ojos agudos, su mente trabajando mientras
trataba de entender el juego que estaba teniendo lugar ante sus ojos. Sentía
que había algo más profundo y siniestro que se ocultaba detrás de las palabras
aparentemente inocentes de Leandro, y estaba decidida a descubrir la verdad.
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