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La cabaña de Marin ocupaba un terreno apartado
en las afueras del Santuario. Desde allí, los templos centrales se veían a lo
lejos, recortados contra las laderas de la montaña y bañados por la luz del
atardecer. Las columnas de mármol parecían elevarse hasta tocar las nubes, pero
en torno a la vivienda de piedra el paisaje era más sencillo: un patio pequeño,
un sendero irregular y varias plantas aromáticas que crecían junto a la pared.
La casa estaba lejos de la magnificencia de
los edificios sagrados. No tenía pórticos monumentales ni puertas talladas,
aunque guardaba una dignidad propia. Sus muros habían resistido muchos
inviernos; las vigas oscuras conservaban el olor de la madera añeja, y el humo
del brasero impregnaba las telas y los muebles. Cerca de la entrada, un manojo
de hierbas colgaba de un clavo. El viento movía sus hojas secas cada vez que
atravesaba el patio.
En el interior, la luz del sol entraba por las
rendijas de las contraventanas y se extendía en franjas doradas sobre el suelo.
La cocina era humilde, pero cálida. Había una mesa robusta, estantes con
recipientes de cerámica y bronce, una repisa donde se apilaban platos de
distintos tamaños y un fuego que Marin mantenía vivo mientras preparaba la
comida.
Aquel espacio recordaba un gineceo, una
habitación reservada a las mujeres del Santuario y a las tareas cotidianas que
sostenían la vida de la comunidad. Los tapices de las paredes mostraban
constelaciones, héroes antiguos y episodios de las guerras santas. Algunos
habían perdido el color; otros conservaban todavía el azul profundo del cielo
nocturno y el rojo de las capas de los guerreros. La vajilla, cuidadosamente
ordenada, era más noble que el resto del mobiliario: cuencos de bronce, copas
de cerámica esmaltada y fuentes heredadas de generaciones anteriores.
Marin dirigía la cocina con la naturalidad de
quien había organizado equipos de entrenamiento y patrullas durante años. Su
cabello rojizo le caía sobre los hombros y atrapaba el resplandor del fuego.
Esa noche no llevaba la máscara. La cicatriz de su mejilla izquierda permanecía
visible, una línea pálida que cruzaba sus rasgos sin disminuir su belleza ni su
fuerza. La herida recordaba una batalla antigua, pero también la determinación
con que había sobrevivido a ella.
Las doncellas del Santuario la ayudaban a
preparar la comida. Vestían túnicas sencillas, ceñidas con cordones o
cinturones de cuero, y se movían entre la mesa y el fogón sin interrumpirse.
Las más jóvenes intercambiaban susurros y sonrisas cuando creían que Marin no
las veía. Ella las dejaba hablar mientras no descuidaran el trabajo.
—¿Ya está lista la sopa? —preguntó una de
ellas.
—Casi —respondió Marin—. Si sigues levantando
la tapa, nunca lo estará.
La muchacha soltó una risa discreta y volvió a
la mesa.
Afuera, en el pequeño patio, varios hombres
del Santuario conversaban en voz baja. No pertenecían a las órdenes de los
Santos, pero eran respetados por el trabajo que realizaban y por el
conocimiento que habían reunido. Algunos llevaban armaduras menores, sencillas
y gastadas, que no correspondían a ninguna constelación. Sus piezas metálicas
reflejaban la luz de las últimas horas del día y dejaban percibir, bajo la
superficie, el débil pulso de su Cosmos.
Desde la cocina llegaban fragmentos de sus
voces, mezclados con el ruido de las ollas y el movimiento de las doncellas. La
cabaña parecía apartada de las grandes preocupaciones del Santuario. Allí no se
escuchaban órdenes de batalla ni proclamaciones solemnes. Solo los sonidos de
una comida que se preparaba, del fuego que ardía y de la gente que compartía
una tarde corriente.
En una habitación contigua, Seiya permanecía
sentado ante la Caja de Pandora del León Menor.
El cofre descansaba sobre una mesa robusta
cubierta con un paño de lino blanco. Su superficie metálica reflejaba la luz
que entraba por la ventana. Las líneas que formaban la figura del león estaban
grabadas en la tapa con una precisión que hacía difícil saber dónde terminaba
la decoración y comenzaba el metal. Seiya apoyó los dedos sobre uno de los
relieves y los deslizó por el contorno de la melena.
La Caja era más antigua que cualquier objeto
que hubiese poseído. Su peso y su quietud parecían esconder una historia que él
apenas empezaba a comprender. Había visto cómo la Armadura lo aceptaba; había
sentido su luz en el Coliseo y escuchado el rugido de la multitud cuando el
Patriarca lo nombró vencedor. Sin embargo, tenerla cerca le producía más
preguntas que orgullo.
La Caja de Pandora era un vínculo con su
futuro. También con un pasado que no conocía y con una misión que quizá nunca
había elegido por completo. Marcaba su entrada al mundo de los Santos, pero no
le decía qué debía hacer una vez dentro.
Desde la cocina llegaban las risas de las
doncellas y los murmullos de los hombres reunidos en el patio. Seiya podía
distinguir algunas palabras, pero no prestar atención a ninguna conversación.
Escuchaba aquellos sonidos desde la habitación como si pertenecieran a otra
vida, una vida cotidiana que continuaba alrededor de él mientras su destino se
estrechaba en torno a la Caja.
No estaba seguro de sentirse preparado.
Había llegado al Santuario nueve años antes,
cuando todavía era un muchacho. En ese tiempo había aprendido a pelear, a
resistir el dolor y a despertar su Cosmos. También había aprendido a obedecer a
sus maestros, a confiar en Marin y a buscar consejo en el Patriarca. Pero nunca
había logrado resolver qué lugar ocupaba dentro de todo aquello. Algunas
personas parecían haber elegido su destino desde el nacimiento. Él, en cambio,
se sentía como una obra incompleta.
La Armadura del León Menor reposaba encerrada
en su caja, paciente. Seiya no conocía todas las obligaciones que acompañaban a
ser un Santo de Atena. Tampoco sabía qué esperaba de él Mitsumasa Kido. Solo
sabía que el anciano lo había enviado al Santuario y que, durante años, le
había dicho que debía entrenarse para obtener una de las Armaduras de Bronce.
Ahora que lo había conseguido, la orden seguía
pesando sobre él.
Seiya retiró la mano de la tapa y la dejó
sobre su rodilla. Desde la ventana alcanzaba a ver una parte del patio, donde
uno de los hombres examinaba la correa de su armadura menor. Más allá
comenzaban los senderos que conducían hacia los templos. Las figuras de piedra,
doradas por el sol poniente, parecían observarlo desde la distancia.
La separación entre la habitación, la cocina y
el patio representaba algo más que una diferencia física. Seiya estaba rodeado
por personas que habían elegido sus destinos o que, al menos, habían aprendido
a vivir con ellos. Marin era una maestra y una guerrera. Las doncellas
sostenían la vida de la comunidad. Los soldados servían al Santuario. El
Patriarca guiaba a los Santos. Él, en cambio, no sabía si debía quedarse o
regresar a Japón.
Afuera, el sol se ocultó tras las montañas.
La luz cálida que había llenado la cabaña se
retiró poco a poco. Las sombras avanzaron desde las esquinas, y el fuego se
convirtió en la principal fuente de claridad. Marin continuaba en la cocina,
concentrada en los últimos preparativos. Las doncellas llevaron los platos a la
mesa y se retiraron para atender otras tareas. Los hombres del patio se
despidieron entre sí y se dispersaron por los senderos.
Seiya permaneció junto a la Caja. De vez en
cuando, le parecía que el metal vibraba bajo sus dedos, aunque no podía
asegurar si se trataba de una respuesta del objeto o de su propio Cosmos. El
silencio de la habitación se había vuelto más profundo. El viento agitaba las
contraventanas, y cada tanto una ráfaga hacía crujir las vigas.
Entonces una estrella fugaz cruzó el cielo.
Seiya la vio desde la ventana. La luz apareció
sobre las montañas, rápida y brillante, y trazó una curva sobre la oscuridad
que comenzaba a cubrir el Santuario. Su estela pareció dirigirse hacia la
región celeste del León Menor. Por un instante, la constelación brilló con una
intensidad distinta, como si respondiera al paso de aquella luz.
Seiya se quedó inmóvil.
La estrella fugaz desapareció, pero el fulgor
del León Menor persistió unos segundos más. El resplandor atravesó la ventana y
se reflejó en la Caja de Pandora. La figura grabada en la tapa brilló con un
destello fugaz que iluminó la habitación.
Solo quienes poseían un Cosmos extraordinario
podían percibir aquel fenómeno con claridad. Para los habitantes de la cabaña,
no fue más que una luz en el cielo. Para Seiya, fue una llamada que le recorrió
la piel.
Marin sintió la energía antes de verla.
En la cocina, se detuvo con un plato entre las
manos. El fuego siguió ardiendo, las doncellas continuaron moviéndose, pero
para ella todo lo demás se desvaneció. Un poder antiguo atravesó el Santuario y
rozó su Cosmos con una fuerza que no podía confundir. La sensación le subió por
los brazos y se instaló en el centro del pecho.
Marin dejó el plato sobre la mesa.
—¿Qué ocurre? —preguntó una de las doncellas.
—Terminen aquí —dijo Marin—. No salgan de la
cabaña.
No esperó una respuesta. Cruzó la puerta con
una velocidad que hizo ondear la tela de su túnica. El viento de la noche le
golpeó el rostro. En su mente no había espacio para la duda: algo importante
acababa de suceder y Seiya estaba junto a la Caja del León Menor.
Recorrió el pasillo de piedra casi sin tocar
el suelo. Las sombras de las columnas se deslizaron a su alrededor. La energía
de su Cosmos se encendió bajo la piel, no como una explosión, sino como una
certeza que la impulsaba hacia la habitación.
Al llegar, encontró a Seiya de pie junto a la
mesa. La luz de la estrella fugaz se había extinguido, pero el joven aún miraba
por la ventana. La Caja de Pandora permanecía cerrada.
Marin no perdió tiempo. Se acercó a la cadena
que colgaba junto al cofre y tiró de ella.
La cadena respondió con un brillo plateado. El
resplandor se extendió sobre la superficie de la Caja y dibujó el símbolo del
Águila. Un suave crujido recorrió el cuarto cuando los cierres se soltaron. La
tapa se abrió, revelando la Armadura de Plata de Marin.
El metal reposaba en el interior del cofre con
una elegancia que parecía desafiar la oscuridad. La diadema del águila ocupaba
el centro; las alas plateadas, plegadas como si estuvieran a punto de
extenderse, recogían los últimos reflejos de la luz. Las placas de la armadura
resplandecían con un brillo frío, aunque algo en ellas parecía vivo, atento a
la llamada del Cosmos de su portadora.
Seiya retrocedió un paso.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé —respondió Marin.
La armadura empezó a desintegrarse en un
estallido de luz.
Las piezas no cayeron al suelo. Se separaron
en partículas brillantes que giraron por la habitación y se reunieron alrededor
de Marin. El resplandor la envolvió de pies a cabeza; durante un segundo, su
figura quedó oculta tras una cortina plateada. Las ropas civiles se disolvieron
bajo el fulgor y la energía fue tomando su lugar.
Primero apareció una malla metálica flexible,
de tono rojizo, que se ajustó sobre su cuerpo como una segunda piel. El
material parecía compuesto de pequeñas placas superpuestas, capaces de
acompañar sus movimientos sin limitar la fuerza de sus músculos. Un pañuelo
blanco se formó a su cintura, ondeando apenas bajo la corriente de energía.
Luego llegaron las placas. Los hombros, el
pecho, los brazos y las piernas quedaron cubiertos por piezas plateadas que
emergían en sucesión, como si la armadura se construyera alrededor de ella
desde el centro de la luz. Cada placa encontró su posición y encajó con las
demás. No hubo correas ni hebillas visibles; las partes se unieron mediante la
voluntad de la Cloth y el Cosmos de Marin.
La última pieza descendió sobre su cabeza. La
diadema del Águila se asentó con las alas extendidas, listas para el vuelo. El
resplandor se atenuó. Marin quedó frente a Seiya, completamente transformada.
El joven la miraba con los ojos muy abiertos.
La sorpresa le había borrado por un instante el cansancio y las dudas. Sabía
que los Santos podían vestir sus armaduras mediante sus Cajas de Pandora, pero
nunca había visto de cerca la transformación. La Cloth no parecía una
vestimenta que alguien se pusiera. Era una presencia que acudía, reconocía a su
portadora y se fusionaba con ella.
—¿Por qué te has armado? —preguntó.
Marin miró hacia la ventana. Su expresión,
antes de transformarse, ya era resuelta; ahora la urgencia brillaba también en
sus ojos.
—Toma la Caja —ordenó—. Debemos irnos. Ahora.
—¿Irnos adónde?
—Seiya, toma la Caja.
No había tiempo para explicaciones. Seiya
obedeció. El cofre del León Menor pesaba sobre sus hombros cuando pasó las
correas alrededor de su cuerpo. Sintió el metal frío contra la espalda y, bajo
él, el pulso de la armadura que había ganado ese mismo día.
Marin le agarró la muñeca y lo condujo fuera
de la cabaña.
Las doncellas se apartaron al verla cruzar la
cocina con la Cloth puesta. Una de ellas tenía un cucharón suspendido sobre una
olla; otra permanecía junto a la mesa, con un paño entre las manos. Ninguna
preguntó nada. La expresión de Marin bastaba para dejar claro que no debían
interponerse.
Los hombres que habían estado en el patio
miraron hacia la salida cuando Marin y Seiya cruzaron el umbral. Algunos
reconocieron la armadura y se pusieron en pie; otros intentaron seguirlos con
la mirada mientras la pareja se alejaba por el sendero.
—¡Marin! —llamó uno.
Ella no se volvió.
El viento comenzó a levantarse. El Cosmos de
la Santa del Águila se extendió a su alrededor, agitando las hojas secas y
haciendo vibrar las lámparas de aceite. Seiya tuvo que esforzarse para seguirle
el ritmo. La Caja se balanceaba en su espalda, golpeando con suavidad sus
hombros a cada zancada.
—¿Le dijiste a alguien más que viniste a
robarla? —preguntó Marin mientras corrían.
Seiya la miró de reojo. La pregunta le resultó
tan inesperada que tardó en contestar.
—No… no le dije a nadie.
Su mente se llenó de preguntas. ¿Qué estaba
ocurriendo? ¿Por qué había que huir? ¿La estrella fugaz tenía relación con la
armadura? ¿Marin había sabido algo antes de que él hablara con ella? La máscara
no estaba puesta, pero la determinación de su rostro era más difícil de leer
que cualquier gesto oculto por el metal.
—¿Qué ha pasado? —insistió.
—No lo sé.
—¿Y aun así vamos a salir corriendo?
—Sí.
—Eso no es una explicación.
—Es lo que puedo darte ahora.
La cabaña quedó atrás. El camino descendía por
una pendiente accidentada y rocosa, en dirección al valle que daba acceso a
Atenas. Las piedras estaban irregulares, y algunas sobresalían del sendero como
dientes. Marin corría sin vacilar. Seiya tuvo que concentrarse para no
tropezar, procurando que la Caja de Pandora no le golpeara la espalda con
demasiada fuerza.
A su alrededor, el Santuario dormía bajo la
oscuridad. Las columnas proyectaban sombras largas sobre el camino; las
antorchas ardían en sus soportes y el resplandor de las casas se apagaba una a
una. El silencio de la noche no era completo. Se oían insectos entre las rocas,
el viento en los cipreses y el eco de sus pasos sobre el suelo.
La energía cósmica se mezclaba con la tensión.
Seiya sentía el Cosmos de Marin como una corriente que lo arrastraba hacia
delante. A cada paso, la presión de la Caja se volvía más perceptible. No sabía
si la armadura estaba respondiendo al peligro o si era él quien buscaba una
señal en cada vibración del metal.
Marin sentía algo más. Las estrellas fugaces
no habían sido una simple coincidencia. La luz había trazado un rumbo, y la
respuesta del Santuario le había parecido una advertencia. Sin embargo, no
tenía tiempo para analizarla. Lo único claro era que no podían quedarse en la
cabaña.
—¿Vamos hacia Atenas? —preguntó Seiya.
—Hacia el valle.
—¿Y después?
—Primero saldremos del Santuario.
—¿Por qué?
—Seiya, no puedo responderte todavía.
El joven apretó los labios y continuó
corriendo. No estaba satisfecho, pero tampoco discutió. El camino se estrechó
al pasar entre dos peñascos. Marin lo guio por una ruta lateral que evitaba los
senderos más transitados. La Caja rebotó contra la espalda de Seiya y las
correas le rozaron el cuello.
—Si quieres que corra más rápido, vas a tener
que dejar de arrastrarme —dijo.
Marin aflojó un poco la mano, aunque no soltó
su muñeca.
—No te estoy arrastrando.
—Entonces mis piernas han decidido seguirte
por su cuenta.
—Tus piernas deberían agradecerlo.
—¿Por qué?
—Porque todavía no he tenido tiempo de
reprenderlas por quedarse atrás.
Seiya casi sonrió, pero la expresión se le
apagó antes de completarse. El tono de Marin había sido el de siempre, pero la
urgencia en sus movimientos no había disminuido.
La noche se extendía sobre ellos. Detrás, el
Santuario se elevaba como una ciudad suspendida entre las montañas. Sus
templos, iluminados por las antorchas, parecían vigilar el valle. Seiya miró
una vez por encima del hombro y vio la silueta del Templo de Atena en la cima.
No sabía si aquello era una despedida o solo una pausa en su vida allí.
Mientras avanzaban, el Cosmos de Marin ardió
con fuerza renovada. Las estrellas visibles entre las nubes parecían más
brillantes que antes. Algunas trazaban estelas fugaces sobre el cielo,
demasiado rápidas para que una persona común las distinguiera. Para Marin, cada
una era una señal que se acumulaba sobre la primera. No podía determinar su
significado, pero el conjunto le oprimía el pecho con una certeza difícil de
ignorar.
Algo se acercaba.
No sabía qué era ni desde dónde vendría. No
podía asegurar si el peligro estaba dentro o fuera del Santuario. Solo sabía
que quedarse quieta no era una opción.
Seiya corría junto a ella, todavía abrumado
por el giro repentino de los acontecimientos. La Caja del León Menor le
golpeaba la espalda con cada zancada. El cofre había sido su premio al ganar el
combate; ahora parecía pesar como una decisión que aún no sabía tomar.
Sus destinos se entrelazaban más que nunca.
Marin había sido su maestra y su compañera de entrenamiento. Seiya había sido
su alumno, su responsabilidad y, sin que ninguno de los dos lo hubiera dicho en
voz alta, alguien a quien ella no estaba dispuesta a abandonar. Pero esa noche
corrían juntos sin tener claro en quién podían confiar.
El sendero descendía hacia el valle. Atenas se
extendía más allá de las montañas, oculta por la oscuridad y la distancia. Aún
no habían llegado al paso entre las rocas cuando un rugido de energía cósmica
hendió el aire.
Marin se detuvo de golpe.
Seiya estuvo a punto de chocar contra ella. El
sonido de unos pasos resonó sobre el camino pedregoso, acercándose desde el
frente. Una figura emergió de la penumbra.
Shaina de Ofiuco.
Su armadura púrpura reflejaba la luz de la
luna. La diadema serpentina brillaba sobre su frente, y las placas de la Cloth
parecían ondular con el movimiento de su Cosmos. Su presencia era tan imponente
como siempre, pero algo había cambiado en ella. La furia y la determinación que
ardían tras la máscara no dejaban lugar a dudas.
La mirada de Shaina se clavó en Marin.
—¡Alto! —gritó.
Detrás de ella, un grupo de soldados del
Santuario formó una barrera sobre el sendero. Algunos llevaban armaduras
menores, gastadas por años de servicio; otros portaban sus armas con una
incomodidad evidente. No todos comprendían la situación. Sabían que Shaina, una
Santa de Ofiuco respetada y temida, había ordenado impedir el paso de Marin y
Seiya. Eso les bastaba para obedecer, aunque no para comprender por qué.
Dos soldados intercambiaron una mirada. Uno de
ellos soltó una risa nerviosa, que murió enseguida cuando Shaina giró hacia él
la máscara.
—¡En formación! —ordenó.
Las risas cesaron. Los hombres ajustaron sus
posiciones, cerrando el espacio entre los peñascos. Sus armas no parecían
suficientes para detener a dos Santos, pero la fila numerosa y el Cosmos de
Shaina convertían el sendero en una barrera difícil de atravesar sin combatir.
Algunos observaban a Seiya con desconcierto.
Otros reconocían la Caja de Pandora que llevaba sobre la espalda y comprendían
que algo relacionado con las Armaduras estaba ocurriendo. La presencia de
Marin, ahora vestida con la Cloth del Águila, hacía más grave el espectáculo.
Una mujer que huía con un aspirante y una Armadura de Bronce no podía pasar
inadvertida.
Marin no retrocedió. Sus ojos se fijaron en
Shaina y su Cosmos respondió a la presión de la otra Santa. El aire pareció
tensarse entre ambas. Una corriente fría recorrió el sendero y agitó los
extremos de sus ropas.
Seiya permaneció un paso detrás de Marin,
sosteniendo las correas de la Caja. Sentía la tensión de los soldados y la
fuerza de Shaina, pero todavía no entendía por qué se habían colocado en su
camino. La mención de los robos de Armaduras seguía resonando en su mente. La
orden de Mitsumasa Kido pesaba sobre él; la misión de Marin permanecía oculta,
y ahora Shaina parecía dispuesta a detenerlos por la fuerza.
—No pasarás —dijo Shaina.
Marin dio un paso adelante.
—No quiero luchar contigo.
—No me interesa lo que quieras.
—Entonces tendrás que apartarte.
—No lo haré.
El Cosmos de Shaina se elevó. El aire a su
alrededor se contrajo, como si el tiempo se hubiera detenido antes del choque.
La fuerza de su presencia hizo que algunos soldados tensaran los brazos y
afirmaran los pies. Marin respondió con un destello de energía propio. El
Cosmos del Águila se desplegó alrededor de su armadura y agitó el polvo de las
piedras.
Las dos Santos estaban a punto de enfrentarse.
Seiya observó en silencio. Podía ver la
tensión en los hombros de Marin y la manera en que Shaina mantenía el peso
listo para lanzarse hacia delante. También podía distinguir el temor de los
soldados, aunque la mayoría intentaba ocultarlo. Una pelea allí no terminaría
sin heridos.
—¡No lucharemos! —gritó.
Alzó la Caja de Pandora para que todos
pudieran verla. El gesto le tiró de los hombros y las correas se tensaron
contra sus manos.
—No queremos pelear con ustedes.
Shaina volvió la máscara hacia él. La
declaración la desconcertó por un instante, pero la resolución en sus ojos no
se debilitó.
—¿Por qué huyen? —exigió—. ¿Qué les pasa a
ustedes dos?
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