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Flavia permaneció junto a una de las ventanas del corredor, desde donde podía observar el patio interior y parte de las galerías destinadas a la instrucción de los jóvenes Aecianos. Había dejado las tablillas de cuentas sobre el alféizar, aunque su atención estaba puesta en Marco, cuya recuperación había transformado las costumbres de toda la familia. Nadie discutía ya que su hermano menor poseía una inteligencia extraordinaria, capaz de desconcertar a Cassiano, entusiasmar a Menas y despertar la curiosidad del propio abuelo. Sin embargo, Flavia había conocido al muchacho mucho antes de que comenzaran a llamarlo prodigio, y sabía reconocer bajo aquella brillantez repentina algunas características que ninguna enfermedad había conseguido borrar. Marco continuaba siendo profundamente obstinado en sus afectos, capaz de dedicar una atención casi absoluta a cuanto despertaba su interés y de olvidar durante días enteros aquello que no consideraba importante. Había cambiado su capacidad para comprender el mundo, pero no necesariamente su manera de quererlo.
En aquel momento, por ejemplo, sus preocupaciones parecían concentrarse en
tres propósitos que Flavia encontraba tan entrañables como exasperantes:
complacer al abuelo, conseguir que su madre sonriera y mantener cerca a aquella
esclava pelirroja que lo acompañaba prácticamente a todas partes. La primera
ambición lo llevaba a las herrerías, a los talleres y a conversaciones
interminables con hombres que le triplicaban la edad; la segunda lo había
convertido, sin proponérselo, en el remedio más eficaz contra las melancolías
de Valeria; y la tercera explicaba por qué Albia había pasado de ser una
muchacha casi invisible entre las sirvientas a recibir lecciones de lectura y
ejercicios musicales bajo la protección de un joven patricio. Flavia no
ignoraba que las tres inclinaciones podían resultar beneficiosas, pero
comprendía también que ninguna conducía naturalmente hacia las tablillas de
gastos, las entregas de aceite o los recibos sospechosos que tanto la
preocupaban. Su hermano podía descubrir secretos extraordinarios del hierro y,
aun así, permanecer indiferente ante un administrador que llevaba años robando
a pocos corredores de distancia.
La joven volvió a examinar las cifras y sintió una irritación que no
procedía únicamente del dinero desaparecido. Cateuncio era un cerdo, de eso
estaba convencida, aunque todavía necesitaba demostrarlo; y Damaris, con su
autoridad sobre los almacenes y su habilidad para intervenir en los momentos
oportunos, parecía decidida a protegerlo. Nabira podía proporcionarle registros
independientes, Marope había demostrado poseer una agudeza considerable y ella
misma tenía suficientes conocimientos para reconocer contradicciones, pero
ninguna de aquellas ventajas resolvía el problema fundamental: descubrir un
desfalco no equivalía a conseguir que alguien castigara a sus responsables. Las
palabras de una joven aristócrata podían ser desestimadas como entusiasmo juvenil;
las de dos esclavas, como resentimiento contra sus superiores. Cateuncio, en
cambio, llevaba años administrando documentos que parecían perfectamente
legítimos, y Damaris podía presentar cualquier acusación como una disputa
doméstica nacida de la inexperiencia.
«Necesito a uno de mis hermanos», pensó Flavia, apoyando los dedos sobre el
borde de la tablilla. Lucio habría podido presentarse ante Cateuncio y exigirle
explicaciones con aquella autoridad natural que parecía acompañarlo incluso
cuando permanecía en silencio, pero estaba demasiado lejos y probablemente
habría considerado el asunto indigno de una investigación prolongada. Juliano
poseía una astucia política que Flavia admiraba a regañadientes, aunque
conseguir que regresara de Tolosa por unas cuentas sospechosas resultaba tan
improbable como convencerlo de abandonar una buena fiesta. Quedaba Marco,
precisamente el hermano más cercano y, al mismo tiempo, el menos previsible. No
necesitaba comprender las intrigas domésticas para resultar útil: bastaba con que
examinara una contradicción, formulara la pregunta adecuada y despertara la
curiosidad del abuelo. Pero si sospechaba que pretendían utilizarlo para
perjudicar a alguien, quizá se negara a colaborar. Y Flavia no deseaba
convertirlo en instrumento de una disputa que todavía no había conseguido
probar.
Recordó entonces la manera en que Valeria había interrumpido sus argumentos
aquella mañana, mientras los aplausos de Cassiano habían bastado para
devolverle una energía que ninguna de sus advertencias consiguió despertar.
Flavia amaba a su madre y adoraba a Marco; precisamente por eso le resultaba
tan desagradable reconocer que las mismas palabras adquirían distinto valor
según la boca que las pronunciara. Si ella señalaba una discrepancia, era una
muchacha entrometida; si Marco la encontraba, sería otra demostración de su
genio. La injusticia la irritaba, pero no estaba dispuesta a desperdiciar una
ventaja por orgullo. En la política doméstica, como en las partidas de
estrategia que había observado jugar a los hombres de su familia, convenía
conocer el valor de cada pieza y comprender que la victoria no pertenecía
necesariamente a quien daba el golpe final.
Flavia recogió las tablillas, las ordenó cuidadosamente y volvió la mirada
hacia el corredor por donde Nabira había desaparecido en busca de los registros
originales. Antes de solicitar la intervención de Marco, necesitaba construir
una acusación que resistiera incluso la mirada desconfiada de Leoncio; después
podría decidir cómo obtener el respaldo de su hermano sin despertar sospechas
prematuras. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios al imaginar la
indignación de Cateuncio cuando descubriera que aquella muchacha a la que había
considerado demasiado insignificante para comprender sus cuentas llevaba días
reconstruyéndolas a sus espaldas. No obstante, se guardó de celebrar antes de
tiempo. Los hombres que robaban durante años sin ser descubiertos rara vez
caían por una sola equivocación, y Damaris conocía los corredores de aquella
casa mejor que cualquier enemigo extranjero. Flavia tendría que aprender a
moverse con una prudencia semejante.
—Veamos, cerdito —murmuró mientras regresaba a la mesa—. ¿Cuánto aceite
puede beber una lámpara antes de que alguien descubra que tiene sed de monedas?
Flavia apenas había recorrido la mitad de la galería occidental cuando
escuchó un estrépito procedente del patio de las herrerías, seguido de una voz
tan profunda y furiosa que hizo detenerse a dos sirvientes cargados de leña.
Reconoció inmediatamente a Brannus Ferrus, aunque rara vez lo había oído
emplear semejante tono fuera de los ejercicios militares. Al doblar una arcada
descubrió una escena extraordinaria: el enorme herrero había sujetado a
Cateuncio por el cuello de la túnica y lo mantenía suspendido contra uno de los
pilares, con los pies apenas rozando el suelo. El administrador agitaba los
brazos, intentando aferrarse a la muñeca que lo sostenía, mientras varios
aprendices contemplaban el espectáculo con una mezcla de fascinación y prudente
temor. A sus pies descansaban tres lingotes de hierro, uno de ellos partido por
una fractura irregular que dejaba al descubierto una masa oscura, atravesada
por inclusiones de escoria.
—¡Me has dado hierro malo, pendejo estúpido! —rugió Brannus, aproximando su
rostro al del liberto—. ¡Te he dicho cien veces que quien decide qué hierro
sirve para mi fragua soy yo, no tú! ¡Tú manejas las malditas cuentas y pagas lo
que yo autorizo! ¿Quién autorizó esta mierda? ¿Quién permitió que esos hijos de
puta nos vendieran escoria al precio del buen hierro? —Apretó un poco más la
tela, hasta que Cateuncio quedó prácticamente de puntillas. El hombre trató de
responder, pero la presión sobre el cuello convirtió sus primeras palabras en
un sonido estrangulado. Brannus aflojó apenas lo suficiente para dejarlo
hablar, sin devolverle todavía la libertad.
—¡Señor Ferrus, os lo suplico! ¡La partida cumplía con las cantidades
convenidas! ¡El proveedor aseguró que procedía de las mismas minas que las
entregas anteriores! ¡Yo solamente atendí una autorización debidamente
registrada!
El herrero golpeó con su otra mano el pilar, produciendo un ruido seco que
hizo estremecerse al administrador—. ¡Las cantidades! ¡Siempre las malditas
cantidades! ¡Una espada hecha con hierro podrido pesa lo mismo que una buena,
imbécil, hasta que se rompe y deja a un soldado abierto desde el ombligo hasta
la garganta!
Flavia se detuvo bajo la arcada, procurando no anunciar todavía su
presencia. Conocía suficientemente a Brannus para comprender que su furia no
procedía de una simple pérdida económica. El viejo había pasado buena parte de
su existencia fabricando armas destinadas a hombres cuyos nombres, familias y
heridas recordaba perfectamente, y consideraba casi una traición entregarles
materiales defectuosos. Sin embargo, algo en las explicaciones de Cateuncio
despertó inmediatamente la atención de la muchacha. El administrador no negaba
que el hierro fuera malo, ni siquiera intentaba discutir el criterio del
herrero; insistía exclusivamente en que la adquisición había sido autorizada y
que las cantidades coincidían con lo registrado. Aquella defensa podía servir
ante un escribiente, pero no explicaba por qué un proveedor había conseguido
introducir material inferior en una fragua donde Brannus inspeccionaba
personalmente los suministros.
—Escúchame bien, pedazo de mierda —continuó el herrero, bajando la voz hasta
convertirla en un gruñido que resultó más amenazador que sus gritos
anteriores—. Llevo cuarenta años reconociendo hierro por su aspecto, su
fractura y el sonido que produce cuando lo golpeo. He visto comerciantes
intentar venderme basura de tres provincias distintas, y ninguno ha conseguido
hacerlo dos veces. Pero esta partida llegó ayer con mi marca de aprobación en
las tablillas, y yo no había visto uno solo de esos lingotes. —Cateuncio
palideció todavía más. Brannus lo aproximó lentamente, hasta que sus rostros
quedaron separados por apenas unos centímetros—. Así que voy a preguntártelo
otra vez, y esta vez quiero una respuesta que no me obligue a arrancarte los
dientes. ¿Quién puso mi autorización en esos documentos?
—¡Soltadlo inmediatamente! —La voz de Damaris resonó bajo las arcadas con
aquella autoridad cortante que durante tantos años había bastado para imponer
silencio entre los servidores de la villa. La vilica avanzaba apresuradamente,
con el manojo de llaves golpeándole la cintura y dos esclavos siguiéndola a
prudente distancia. Al descubrir a Cateuncio suspendido por la túnica entre las
enormes manos de Brannus, su rostro adquirió una expresión de indignación casi
maternal—. ¡Ferrus, os ordeno que soltéis a ese hombre! Leoncio ha caído
enfermo con fiebres y nadie sabe cuándo podrá reincorporarse a sus
obligaciones. La villa no puede detenerse porque su administrador esté
postrado, y alguien debe autorizar las adquisiciones necesarias para mantener
los talleres. ¡Cateuncio ha cumplido con su deber y no permitiré que lo
maltratéis por ello! —Brannus volvió lentamente la cabeza hacia ella, sin
modificar un ápice la presión de su mano.
Su expresión, endurecida por décadas de campañas y por una vida entera
trabajando frente al fuego, perdió hasta el último vestigio de paciencia—.
Escúchame bien, perra. El único que autoriza las compras de hierro para mi
fragua, aparte de mí mismo y del señor Aecio, es Leoncio. No tú, ni tu
fornicador, ni el mismísimo emperador si se presenta aquí con una tablilla mal
escrita.
—¡Ferrus! —exclamó Damaris, llevándose una mano al pecho—. ¡No toleraré
semejante lenguaje! ¡Soy la vilica de esta casa y merezco respeto!
—Me importa una mierda que te ofendas, perra —replicó el herrero con una
tranquilidad mucho más amenazadora que sus anteriores gritos—. Este desgraciado
ha comprado hierro que no sirve ni para fabricar clavos, y alguien ha puesto mi
autorización donde jamás puse mi mano.
Damaris enderezó la espalda y alzó el mentón, recuperando parte de su
aplomo—. Hablaré con el dominus. No permitiré que un hombre de vuestra posición
cuestione públicamente mi autoridad ni humille a un administrador que actúa
bajo mis instrucciones. —Brannus soltó una carcajada seca y señaló el corredor
con su mano libre—. ¡Magnífico! ¡Vamos ahora mismo! Llevo demasiados años
sirviendo a ese viejo cabrón para que le sorprenda verme discutir con alguien.
¡Adelante, vayamos a preguntarle quién gobierna mis fraguas!
La administradora vaciló apenas un instante, aunque consiguió ocultarlo
detrás de una expresión afligida. —El señor también se encuentra indispuesto.
Ha tenido una mañana difícil y necesita reposo. No podéis molestar a toda la
familia por una cuestión de suministros, especialmente cuando domina Valeria
atraviesa uno de sus habituales estados de abatimiento. Los demás patricios
presentes son menores de edad y, mientras Leoncio permanece enfermo, alguien
debe asumir las responsabilidades que nadie más puede atender. Esa persona soy
yo.
Brannus dejó escapar un resoplido tan sonoro que uno de los aprendices bajó
la cabeza para ocultar una sonrisa—. ¡Ah, ahora resulta que todos están
enfermos! Leoncio tiene fiebre, Aecio necesita reposo y la señora Valeria no
puede levantarse del lecho. ¡Qué conveniente epidemia! ¿También han enfermado
los caballos, los perros y las gallinas, o solamente quienes podrían
preguntarte por qué demonios compramos hierro podrido? —Se inclinó hacia ella,
todavía sosteniendo a Cateuncio—. Tú no me mandas, perra. Mandas a las esclavas
domésticas, a quienes limpian los suelos y administran las habitaciones. No
mandas a los hombres de armas, ni a los veteranos de esta casa, ni mucho menos
a mí. No confundas las llaves que llevas en la cintura con el bastón de mando
de un general. Fuiste una esclava, y aunque ahora seas liberta y vilica, eso no
te convierte en nuestra señora.
—¡Exijo el respeto que corresponde a mi cargo! —replicó Damaris,
enrojeciendo hasta las orejas—. ¡Y os advierto que informaré de cada una de
vuestras insolencias al dominus cuando se encuentre en condiciones de
escucharme!
Brannus parecía dispuesto a responder con alguna obscenidad particularmente
elaborada cuando una voz femenina, juvenil y perfectamente educada interrumpió
la disputa desde el extremo del corredor. —Me temo que existe un pequeño error
en vuestra información, mater Damaris. —Flavia Aeciana Minor acababa de
aparecer bajo la arcada, sosteniendo unas tablillas contra el pecho. Había
presenciado suficiente de la discusión para comprender sus circunstancias, y su
rostro mostraba aquella expresión de inocencia aristocrática que solía preceder
a sus observaciones más incómodas—. Mi madre no está abatida en estos momentos.
De hecho, hace apenas un rato la he visto levantarse, arreglarse el cabello y
dirigirse a las estancias de mi hermano Marco. Parecía encontrarse considerablemente
mejor. Estoy segura de que recibirá con mucho gusto a Brannus si necesita
consultarle algún asunto importante.
Durante un instante nadie habló. Damaris contempló a la muchacha con una
expresión en la que se mezclaban sorpresa, resentimiento y una alarma que
difícilmente habría conseguido disimular ante un observador atento. Flavia, por
su parte, inclinó cortésmente la cabeza y, mientras la administradora procuraba
encontrar una respuesta, dirigió al herrero un guiño rápido, casi infantil,
antes de recoger los pliegues de su vestido y alejarse corriendo por la
galería. Brannus la siguió con la mirada y una sonrisa enorme apareció
lentamente entre su barba gris. Había conocido a Flavia desde su nacimiento,
pero hasta aquella mañana no había tenido ocasión de apreciar cuánto se parecía
a su abuelo cuando encontraba una manera de ganar una disputa sin levantar la
voz. Finalmente abrió los dedos y dejó caer a Cateuncio, que aterrizó
torpemente sobre sus pies y retrocedió hasta apoyarse contra el pilar,
demasiado agradecido por recuperar la libertad para protestar por la
humillación.
—Bueno, vilica —declaró Brannus, acomodándose el cinturón y recogiendo del
suelo el lingote defectuoso—. Parece que tenemos una señora perfectamente sana
a quien consultar. Vamos a visitarla. Estoy seguro de que le interesará
muchísimo saber por qué sus administradores compran basura con mi nombre. —Sin
esperar respuesta, emprendió el camino hacia la residencia principal con
aquellas zancadas enormes que obligaban a los demás a apresurarse para
seguirlo. Damaris avanzó detrás, procurando conservar una dignidad que el
tintineo furioso de sus llaves desmentía a cada paso, mientras Cateuncio
permanecía junto al pilar, frotándose el cuello dolorido y contemplando con
creciente desesperación la dirección que habían tomado. Por primera vez en
muchos años, la vilica descubría que su autoridad doméstica podía desmoronarse
no por una orden del patriarca, sino por la intervención aparentemente inocente
de una muchacha a la que había considerado demasiado joven para representar un
peligro.
—¡Mi señor Brannus! ¡Por favor, escuchadme! —La voz de Flavia llegó desde el
extremo de la galería cuando el herrero estaba a punto de atravesar el último
arco que conducía a las habitaciones familiares. La muchacha había regresado
apresuradamente, con las mejillas ligeramente encendidas por la carrera y las
tablillas apretadas contra el pecho—. Os ruego que me concedáis un instante. De
lo contrario, mucho me temo que tendremos que seguir aguantando a nuestra
querida bruja. —Damaris, que caminaba detrás del enorme veterano, levantó
inmediatamente la cabeza. Por un momento creyó que aquella interrupción le
proporcionaría la oportunidad que necesitaba: si conseguía adelantarse, podría
presentar a Valeria el incidente como otra de las habituales explosiones de
temperamento de Brannus, un hombre excelente para golpear hierro, pero poco
apropiado, según ella, para discutir cuestiones administrativas. La vilica
comenzó a ordenar mentalmente sus argumentos, sin advertir que Flavia no había
regresado para impedir la denuncia, sino para asegurarse de que resultara
imposible desestimarla.
—Dime, mi pequeña dama —respondió Brannus, deteniéndose. El herrero dejó el
lingote defectuoso sobre un banco y, con una naturalidad que sorprendió incluso
a Damaris, dobló una rodilla para situar su rostro a la altura de la joven
patricia. Flavia sintió aquella satisfacción íntima que nunca dejaba de
producirle semejante gesto. Brannus era uno de los hombres más grandes de la
casa, un veterano que había sobrevivido a guerras cuyo recuerdo hacía
estremecer a los oficiales jóvenes, y sin embargo estaba dispuesto a
arrodillarse ante ella y escuchar sus palabras como si merecieran toda su
atención. La muchacha inclinó graciosamente la cabeza, correspondiendo con una
cortesía exquisita al respeto que acababa de recibir.
—Os agradezco vuestra paciencia, señor Ferrus. No pretendo enseñaros nada
sobre minerales, porque sería tan ridículo como intentar explicar a Menas las
propiedades de sus hierbas. Pero he escuchado que mi hermanito posee ciertos
conocimientos sobre el hierro que han despertado vuestro interés.
Brannus soltó una carcajada que resonó entre las columnas. —¡Interés, dice!
Por los cojones de Vulcano, pequeña señora, vuestro hermano me ha dejado
pensando en cosas que jamás había imaginado después de cuarenta años golpeando
metal. No sé de dónde saca la mitad de sus conocimientos, pero empiezo a
sospechar que sabe más que yo sobre lo que ocurre dentro de una barra de
hierro. —Flavia abrió los ojos con fingida admiración.
—¿Entonces sabría reconocer una pieza
defectuosa?
—¡Claro que sí! Y seguramente podría explicarnos por qué es defectuosa con
tantos detalles que terminaríamos necesitando a tres escribientes para
comprenderlo. Aunque primero tendríamos que escuchar alguna historia sobre
pergaminos mágicos.
La muchacha ladeó la cabeza, divertida. —¿De esos que se deshacen
misteriosamente después de que solamente él los haya leído?
—Brannus la observó durante un instante antes de estallar en una carcajada
todavía más estruendosa. —¡Esos mismos, por todos los dioses! ¡Veo que el
pequeño embustero tampoco consigue engañar a su hermana!
—Flavia rio con él, disfrutando de aquella complicidad inesperada, mientras
Damaris contemplaba el intercambio con una inquietud cada vez más difícil de
disimular.
—Entonces os propongo algo —continuó Flavia, acercándose lo suficiente para
hablar en un tono que obligó al herrero a prestar todavía mayor atención—.
Cuando entréis a ver a mi madre, mostrad primero ese hierro a Marco. Decidle
que deseáis poner a prueba sus conocimientos y que, además, se trata de una
cuestión administrativa que complementará las lecciones de su preceptor.
Cassiano lleva días enseñándole sobre obligaciones, contratos y
responsabilidades, ¿no es cierto? Pues aquí tenéis un contrato verdadero, un
material que no corresponde con lo adquirido y una autorización que nadie
recuerda haber concedido. ¿Qué mejor oportunidad para comprobar si nuestro
pequeño sabio comprende también los asuntos prácticos de una casa romana?
—Brannus fue perdiendo lentamente la sonrisa conforme comprendía el propósito
de aquellas palabras. La joven no pretendía utilizar la fuerza del herrero
contra Damaris, ni siquiera persuadir directamente a Valeria de que sus
administradores eran deshonestos. Pretendía colocar ante Marco un problema que
despertara su curiosidad y permitir que el propio muchacho hiciera las
preguntas que nadie se atrevía a formular.
—Y cuando mi dulce hermanito comience a hablar —añadió Flavia, acercándose
un poco más al oído del veterano—, veréis cómo los hechizos de nuestra bruja se
deshacen sin que ninguno de nosotros tenga que pronunciar una sola acusación.
Mi madre podrá ignorar mis sospechas y disculpar vuestros modales, pero dudo
mucho que se desentienda de una explicación de Marco, especialmente si descubre
que alguien ha utilizado vuestro nombre para autorizar una compra.
Brannus se incorporó despacio, recogió el lingote y contempló a Flavia con
una expresión de reconocimiento que pocas veces concedía a los jóvenes de la
familia. —Por todos los diablos, pequeña señora... —murmuró, dejando escapar
una risa grave—. Vuestro abuelo debería enseñaros a mandar ejércitos. Tenéis
bastante más talento para escoger el campo de batalla que muchos generales que
he conocido. —Flavia correspondió al elogio con una reverencia tan elegante que
habría satisfecho al propio Cassiano.
—Os ruego que no se lo digáis todavía. Prefiero que continúen creyendo que
solamente me interesan los vestidos y las lecciones de retórica.
Damaris observó cómo Brannus reanudaba la marcha hacia las habitaciones de
Valeria, sosteniendo ahora el lingote defectuoso con una satisfacción que le
resultó infinitamente más inquietante que su anterior furia. La vilica se
apresuró a seguirlo, comprendiendo demasiado tarde que Flavia acababa de
transformar una disputa entre administradores en una prueba destinada al
muchacho más celebrado de la casa. La joven patricia permaneció bajo la arcada
hasta verlos desaparecer y después volvió tranquilamente a sus tablillas,
satisfecha de haber encontrado una manera de intervenir sin necesitar que nadie
reconociera públicamente su inteligencia. Había conseguido que Brannus
escuchara, que Damaris perdiera la iniciativa y que la siguiente palabra
importante pudiera pertenecer a Marco. Lo demás dependería de cuanto su hermano
decidiera observar al recibir aquel trozo de hierro, porque ni siquiera Flavia
podía saber con certeza adónde lo conduciría su extraordinaria curiosidad.
—¡Pero si esto ni siquiera es hierro! —exclamó Marco, soltando una carcajada
mientras examinaba el lingote que Brannus había depositado sobre la mesa—. Es
prácticamente mineral de hierro sin refinar, una masa de óxidos, escoria y
fragmentos de hierro metálico mal consolidados. ¡Por todos los santos, parece
una piedra pesada a la que alguien ha convencido de que es un lingote! —El
muchacho señaló las irregularidades de la superficie y después la fractura que
Brannus había dejado al descubierto—. Mirad estos huecos, estas manchas oscuras
y la manera en que se separan las capas. Aquí hay materiales que nunca debieron
permanecer juntos. No puedo determinar su composición exacta solamente con los
ojos, pero puedo aseguraros que nadie ha hecho un trabajo de refinación
aceptable. ¿Cuánto habéis pagado por esta porquería?
Brannus dejó escapar una carcajada tan estruendosa que Valeria, sentada
junto a su hijo, levantó las cejas con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
Hacía apenas unos minutos el herrero había presentado sus disculpas por el
escándalo del corredor, mientras Damaris explicaba que la enfermedad de Leoncio
había obligado a la administración a tomar decisiones urgentes para garantizar
el suministro de los talleres. La matrona había escuchado aquella justificación
sin mostrar especial interés, más preocupada por la salud del anciano
administrador que por las disputas entre sus servidores. Ahora, sin embargo,
contemplaba cómo Marco examinaba aquella masa oscura con el entusiasmo que
otros muchachos reservaban para las carreras de caballos.
—¡Eso mismo llevo diciendo desde que abrí la maldita entrega! —celebró
Brannus—. Pero parece que necesitábamos a un niño para explicar a nuestros
administradores que las piedras no se convierten en espadas porque alguien las
apunte en una tablilla. ¡Vamos, pequeño señor! ¡Cuéntales qué ocurriría si
intentara fabricar una hoja con semejante basura!
—Las inclusiones de escoria actuarían como puntos débiles —continuó Marco,
señalando con un dedo la superficie rota—. Si intentamos forjarlo sin separar
adecuadamente las impurezas y consolidar el metal, algunas zonas podrían
abrirse o fracturarse. Incluso si conseguimos darle forma, no tendríamos
ninguna garantía de que su resistencia fuera uniforme. Podríamos obtener una
pieza que pareciera útil y que después se rompiera bajo un golpe. Aunque
supongo que parte del material podría recuperarse mediante trabajo adicional en
la fragua, eso significa gastar más combustible, más tiempo y más esfuerzo para
conseguir algo que supuestamente ya habíamos comprado preparado. —El muchacho
volvió a mirar el lingote con evidente diversión—. Sería como comprar pan y descubrir
que el panadero nos ha vendido trigo mezclado con tierra, con la generosa
promesa de que todavía podemos limpiarlo, molerlo y hornearlo nosotros mismos.
La comparación consiguió arrancar una sonrisa incluso a Valeria, aunque la
matrona comenzó finalmente a comprender las implicaciones de aquella visita.
—¿Y cuánto hemos pagado por ese material, Brannus? —preguntó, volviendo la
mirada hacia el herrero. El veterano extrajo de su cinturón una pequeña
tablilla de adquisición y la depositó junto al lingote.
—Lo mismo que habríamos pagado por hierro de buena calidad, domina. Una
partida considerable, además. Y aquí figura una autorización extendida en mi
nombre que jamás concedí. —Valeria tomó el documento, pero sus conocimientos
sobre el abastecimiento de las fraguas eran limitados. Damaris se adelantó
inmediatamente, inclinando la cabeza con respetuosa preocupación.
—Domina, como ya he explicado, Leoncio se encuentra enfermo y hubo que
resolver ciertas necesidades urgentes. El proveedor garantizó la calidad de la
mercancía. Si ha incumplido el contrato, naturalmente exigiremos una
compensación. No considero justo responsabilizar a Cateuncio por una falta
cometida por terceros.
—¡Ah, entonces el problema es todavía más interesante! —observó Marco, que
había levantado la cabeza al escuchar la explicación—. Si hemos pagado por
hierro refinado y nos han entregado mineral mal trabajado, alguien tiene que
responder por la diferencia. Pero no bastaría con devolver unas monedas, porque
también hemos perdido el tiempo de los herreros, el transporte y quizá la
oportunidad de fabricar lo que necesitábamos. ¿Quién inspeccionó la entrega
cuando llegó? ¿Y cómo pudo autorizarse en nombre de Brannus si Brannus asegura
que nunca la vio? —El herrero cruzó los brazos con una expresión de
satisfacción apenas disimulada, mientras Valeria dejaba lentamente la tablilla
sobre la mesa. Aquellas preguntas ya no concernían únicamente a los secretos
del hierro. Eran cuestiones de obligaciones, representación y responsabilidad
contractual, precisamente las materias que Cassiano había estado enseñando al
muchacho durante los últimos días.
—Son preguntas razonables —admitió Valeria, cuya voz recuperó la firmeza
habitual de la señora de la casa—. Vilica Damaris, quiero conocer el nombre del
proveedor, quién recibió la mercancía y quién autorizó el pago. Hasta entonces,
ninguna otra compra de hierro será realizada sin aprobación expresa de Brannus
o Leoncio. —Damaris inclinó la cabeza, aunque sus dedos se cerraron con fuerza
alrededor del manojo de llaves. Cateuncio, situado discretamente junto a la
puerta, palideció al comprender que la discusión había pasado de la calidad de
un lingote a la autenticidad de los documentos. Brannus permaneció inmóvil,
disfrutando de una victoria que todavía no había terminado de producirse. Y
Valeria, observando alternativamente al herrero, al administrador y a su hijo,
comenzó a sospechar que aquella mañana había algo considerablemente más
importante que un simple desacuerdo entre servidores.
Cateuncio había permanecido junto a la puerta con la expresión
cuidadosamente afligida de un hombre injustamente acusado, pero, cuando Valeria
exigió conocer al responsable de la recepción, comprendió que todavía disponía
de una salida. Se adelantó con una reverencia y explicó que los lingotes habían
sido aceptados por un liberto vándalo llamado Gundemaro el flaco, empleado
desde hacía varios años en las entregas de los almacenes exteriores. El hombre
gozaba de una reputación lamentable: frecuentaba las tabernas de los caminos,
gastaba sus jornales en burdeles y algunos aseguraban haberlo visto consumir
preparados de adormidera. Cateuncio no necesitó inventar demasiadas
acusaciones; le bastó con reunir aquellas murmuraciones alrededor de un hecho
verdadero, pues Gundemaro había estampado su señal en el comprobante de
recepción. —Si hubo negligencia, domina, fue suya —concluyó con una tristeza
admirablemente representada—. Yo tramité el pago porque la mercancía figuraba
como recibida y conforme. Jamás imaginé que un hombre empleado durante tantos
años por vuestra casa pudiera comprometer de semejante manera la seguridad de
nuestros talleres. Naturalmente, responderé por no haber advertido antes su
falta.
Brannus observó al administrador con manifiesto desprecio, aunque no pudo
negar que Gundemaro había intervenido efectivamente en aquella entrega. La
cuestión de la autorización falsificada seguía sin resolverse, pero Cateuncio
había conseguido desplazar la atención hacia un culpable plausible, ausente e
incapaz de defenderse. Damaris intervino entonces con admirable oportunidad,
recordando que Leoncio se encontraba enfermo y que, en circunstancias normales,
semejante error habría sido descubierto antes de autorizar el pago. Valeria
escuchó las explicaciones con creciente impaciencia. Su hijo estaba sano, su
casa parecía funcionar y el problema del hierro, aunque desagradable, no le
resultaba tan urgente como para convertir aquella mañana en un interrogatorio
de administradores.
—Bien. Que Gundemaro responda por su negligencia cuando Leoncio pueda
examinar el asunto —resolvió finalmente—. Y que nadie vuelva a pagar una
entrega sin comprobar primero qué demonios nos han traído. No pienso escuchar
otra disputa semejante mientras desayuno. —Cateuncio inclinó la cabeza con una
gratitud que parecía sincera; Damaris, por su parte, reconoció que habían
escapado de un peligro inmediato, aunque no ignoraba que Brannus continuaba
demasiado furioso para considerar cerrado el incidente.
Valeria contempló nuevamente el lingote, después a Marco, y dejó escapar un
suspiro resignado. —Brannus, decidme una cosa. ¿Creéis que mi hijo podría
supervisar la calidad del hierro? Os seré franca: entiendo de tejidos, de
tintes, de bordados y de cuanto permite distinguir una buena seda de una tela
miserable. Pero los metales son asuntos que siempre he dejado en manos de los
hombres de esta familia, y no tengo intención de fingir conocimientos que no
poseo.
El herrero se acarició la barba, mirando alternativamente la pieza
defectuosa y al joven Aeciano. —Puede, domina. Todavía necesita aprender mucho
sobre el trabajo de una fragua, pero conoce cosas sobre los metales que ni
siquiera yo sabía explicar. No le confiaría la compra de una partida entera sin
supervisión, porque un buen acero no se reconoce solamente recitando las
propiedades de sus componentes. Sin embargo, si trabaja conmigo y con los
oficiales, pronto podrá detectar engaños que pasarían inadvertidos a otros.
Tiene buenos ojos y una cabeza que vale más que todas las tablillas de
Cateuncio juntas. —El administrador recibió el comentario con una sonrisa
rígida, mientras Damaris permanecía inmóvil junto a la pared.
—Pero hay otra cosa que deberíais saber, señora —añadió Brannus, cuyo rostro
adquirió una expresión inesperadamente seria—. Conviene que escuchéis más a
vuestra pequeña Flavia.
Valeria levantó las cejas. —¿Flavia? ¿Qué tiene que ver mi hija con los
lingotes? —Fue ella quien me aconsejó traer esta pieza ante el muchacho. Me
hizo comprender que, si presentaba el asunto como una prueba relacionada con
sus lecciones de contratos, obtendría una respuesta más útil que entrando aquí
a gritos. La niña sabía perfectamente lo que hacía. La matrona soltó una risa
breve y negó con la cabeza. —Ah, ya comprendo. Te dije que gritas demasiado, tú
te ofendiste, y mi hija encontró una manera de conseguir que alguien te
escuchara sin necesidad de amenazarlo con romperle los dientes. —Brannus abrió
la boca para protestar, pero Valeria levantó una mano con una sonrisa divertida
— Sí, sí, ya sé que tenías razón sobre el hierro. También sé que
probablemente habrías arrojado a Cateuncio por una ventana si nadie te detenía.
¡Por el amor de Dios, Brannus, llevas más años discutiendo con mi señor suegro
de los que yo llevo gobernando esta casa! No necesitas explicarme cómo funciona
tu temperamento.
El enorme herrero dejó escapar un resoplido, aunque terminó aceptando la
burla con una sonrisa torcida. —Lo importante, domina, es que vuestra hija
consiguió algo que yo no habría logrado tan fácilmente. Entendió a quién
debíamos acudir y cómo presentar el problema. No es poca cosa para una muchacha
de su edad. —Valeria permaneció unos instantes en silencio, considerando
aquellas palabras. Recordó la discusión de aquella mañana, las tablillas que
Flavia había colocado sobre la mesa y la irritación con que la había acusado de
perder el tiempo. Su hija no había abandonado el asunto después de ser
despedida; había buscado otra vía, encontrado un aliado y convertido una
disputa administrativa en una cuestión que su propia madre no podía ignorar.
Una sonrisa lenta, orgullosa y ligeramente culpable apareció en el rostro de
la matrona. —Bien, bien. Vosotros, hombres fuertes, encargaos de las compras de
hombres. Revisad vuestros metales, vuestros contratos y todas esas cosas que
tanto os apasionan. Yo tengo otro asunto que atender, y sospecho que será
bastante más entretenido.
Valeria se levantó, acomodó los pliegues de su vestido y depositó un beso
afectuoso sobre la cabeza de Marco antes de dirigirse hacia la puerta. —Voy a
felicitar a mi pequeña serpiente. Al parecer, lleva toda la mañana deslizándose
entre los asuntos de esta casa mientras yo pensaba que solamente quería
discutir conmigo. —Brannus soltó una carcajada satisfecha, mientras Cateuncio
inclinaba nuevamente la cabeza, agradecido de que la señora hubiera decidido
marcharse sin ordenar una investigación más profunda. Damaris, sin embargo, no
compartía su alivio. Había conocido a Flavia desde niña y siempre había
considerado su curiosidad una molestia manejable, pero acababa de descubrir que
la joven patricia podía influir sobre los veteranos de Aecio sin necesidad de
imponerse abiertamente. Peor todavía, Valeria parecía haber comenzado a
comprenderlo. Mientras la matrona desaparecía por el corredor en busca de su
hija, la vilica intercambió una mirada fugaz con Cateuncio y advirtió que su
amante sonreía como un hombre que se creía definitivamente salvado. Aquella
confianza le pareció mucho más peligrosa que los gritos de Brannus.