domingo, 11 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. La pequeña serpiente de Ferrata

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 Flavia permaneció junto a una de las ventanas del corredor, desde donde podía observar el patio interior y parte de las galerías destinadas a la instrucción de los jóvenes Aecianos. Había dejado las tablillas de cuentas sobre el alféizar, aunque su atención estaba puesta en Marco, cuya recuperación había transformado las costumbres de toda la familia. Nadie discutía ya que su hermano menor poseía una inteligencia extraordinaria, capaz de desconcertar a Cassiano, entusiasmar a Menas y despertar la curiosidad del propio abuelo. Sin embargo, Flavia había conocido al muchacho mucho antes de que comenzaran a llamarlo prodigio, y sabía reconocer bajo aquella brillantez repentina algunas características que ninguna enfermedad había conseguido borrar. Marco continuaba siendo profundamente obstinado en sus afectos, capaz de dedicar una atención casi absoluta a cuanto despertaba su interés y de olvidar durante días enteros aquello que no consideraba importante. Había cambiado su capacidad para comprender el mundo, pero no necesariamente su manera de quererlo.

En aquel momento, por ejemplo, sus preocupaciones parecían concentrarse en tres propósitos que Flavia encontraba tan entrañables como exasperantes: complacer al abuelo, conseguir que su madre sonriera y mantener cerca a aquella esclava pelirroja que lo acompañaba prácticamente a todas partes. La primera ambición lo llevaba a las herrerías, a los talleres y a conversaciones interminables con hombres que le triplicaban la edad; la segunda lo había convertido, sin proponérselo, en el remedio más eficaz contra las melancolías de Valeria; y la tercera explicaba por qué Albia había pasado de ser una muchacha casi invisible entre las sirvientas a recibir lecciones de lectura y ejercicios musicales bajo la protección de un joven patricio. Flavia no ignoraba que las tres inclinaciones podían resultar beneficiosas, pero comprendía también que ninguna conducía naturalmente hacia las tablillas de gastos, las entregas de aceite o los recibos sospechosos que tanto la preocupaban. Su hermano podía descubrir secretos extraordinarios del hierro y, aun así, permanecer indiferente ante un administrador que llevaba años robando a pocos corredores de distancia.

La joven volvió a examinar las cifras y sintió una irritación que no procedía únicamente del dinero desaparecido. Cateuncio era un cerdo, de eso estaba convencida, aunque todavía necesitaba demostrarlo; y Damaris, con su autoridad sobre los almacenes y su habilidad para intervenir en los momentos oportunos, parecía decidida a protegerlo. Nabira podía proporcionarle registros independientes, Marope había demostrado poseer una agudeza considerable y ella misma tenía suficientes conocimientos para reconocer contradicciones, pero ninguna de aquellas ventajas resolvía el problema fundamental: descubrir un desfalco no equivalía a conseguir que alguien castigara a sus responsables. Las palabras de una joven aristócrata podían ser desestimadas como entusiasmo juvenil; las de dos esclavas, como resentimiento contra sus superiores. Cateuncio, en cambio, llevaba años administrando documentos que parecían perfectamente legítimos, y Damaris podía presentar cualquier acusación como una disputa doméstica nacida de la inexperiencia.

«Necesito a uno de mis hermanos», pensó Flavia, apoyando los dedos sobre el borde de la tablilla. Lucio habría podido presentarse ante Cateuncio y exigirle explicaciones con aquella autoridad natural que parecía acompañarlo incluso cuando permanecía en silencio, pero estaba demasiado lejos y probablemente habría considerado el asunto indigno de una investigación prolongada. Juliano poseía una astucia política que Flavia admiraba a regañadientes, aunque conseguir que regresara de Tolosa por unas cuentas sospechosas resultaba tan improbable como convencerlo de abandonar una buena fiesta. Quedaba Marco, precisamente el hermano más cercano y, al mismo tiempo, el menos previsible. No necesitaba comprender las intrigas domésticas para resultar útil: bastaba con que examinara una contradicción, formulara la pregunta adecuada y despertara la curiosidad del abuelo. Pero si sospechaba que pretendían utilizarlo para perjudicar a alguien, quizá se negara a colaborar. Y Flavia no deseaba convertirlo en instrumento de una disputa que todavía no había conseguido probar.

Recordó entonces la manera en que Valeria había interrumpido sus argumentos aquella mañana, mientras los aplausos de Cassiano habían bastado para devolverle una energía que ninguna de sus advertencias consiguió despertar. Flavia amaba a su madre y adoraba a Marco; precisamente por eso le resultaba tan desagradable reconocer que las mismas palabras adquirían distinto valor según la boca que las pronunciara. Si ella señalaba una discrepancia, era una muchacha entrometida; si Marco la encontraba, sería otra demostración de su genio. La injusticia la irritaba, pero no estaba dispuesta a desperdiciar una ventaja por orgullo. En la política doméstica, como en las partidas de estrategia que había observado jugar a los hombres de su familia, convenía conocer el valor de cada pieza y comprender que la victoria no pertenecía necesariamente a quien daba el golpe final.

Flavia recogió las tablillas, las ordenó cuidadosamente y volvió la mirada hacia el corredor por donde Nabira había desaparecido en busca de los registros originales. Antes de solicitar la intervención de Marco, necesitaba construir una acusación que resistiera incluso la mirada desconfiada de Leoncio; después podría decidir cómo obtener el respaldo de su hermano sin despertar sospechas prematuras. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios al imaginar la indignación de Cateuncio cuando descubriera que aquella muchacha a la que había considerado demasiado insignificante para comprender sus cuentas llevaba días reconstruyéndolas a sus espaldas. No obstante, se guardó de celebrar antes de tiempo. Los hombres que robaban durante años sin ser descubiertos rara vez caían por una sola equivocación, y Damaris conocía los corredores de aquella casa mejor que cualquier enemigo extranjero. Flavia tendría que aprender a moverse con una prudencia semejante.

—Veamos, cerdito —murmuró mientras regresaba a la mesa—. ¿Cuánto aceite puede beber una lámpara antes de que alguien descubra que tiene sed de monedas?

Flavia apenas había recorrido la mitad de la galería occidental cuando escuchó un estrépito procedente del patio de las herrerías, seguido de una voz tan profunda y furiosa que hizo detenerse a dos sirvientes cargados de leña. Reconoció inmediatamente a Brannus Ferrus, aunque rara vez lo había oído emplear semejante tono fuera de los ejercicios militares. Al doblar una arcada descubrió una escena extraordinaria: el enorme herrero había sujetado a Cateuncio por el cuello de la túnica y lo mantenía suspendido contra uno de los pilares, con los pies apenas rozando el suelo. El administrador agitaba los brazos, intentando aferrarse a la muñeca que lo sostenía, mientras varios aprendices contemplaban el espectáculo con una mezcla de fascinación y prudente temor. A sus pies descansaban tres lingotes de hierro, uno de ellos partido por una fractura irregular que dejaba al descubierto una masa oscura, atravesada por inclusiones de escoria.

—¡Me has dado hierro malo, pendejo estúpido! —rugió Brannus, aproximando su rostro al del liberto—. ¡Te he dicho cien veces que quien decide qué hierro sirve para mi fragua soy yo, no tú! ¡Tú manejas las malditas cuentas y pagas lo que yo autorizo! ¿Quién autorizó esta mierda? ¿Quién permitió que esos hijos de puta nos vendieran escoria al precio del buen hierro? —Apretó un poco más la tela, hasta que Cateuncio quedó prácticamente de puntillas. El hombre trató de responder, pero la presión sobre el cuello convirtió sus primeras palabras en un sonido estrangulado. Brannus aflojó apenas lo suficiente para dejarlo hablar, sin devolverle todavía la libertad.

—¡Señor Ferrus, os lo suplico! ¡La partida cumplía con las cantidades convenidas! ¡El proveedor aseguró que procedía de las mismas minas que las entregas anteriores! ¡Yo solamente atendí una autorización debidamente registrada!

El herrero golpeó con su otra mano el pilar, produciendo un ruido seco que hizo estremecerse al administrador—. ¡Las cantidades! ¡Siempre las malditas cantidades! ¡Una espada hecha con hierro podrido pesa lo mismo que una buena, imbécil, hasta que se rompe y deja a un soldado abierto desde el ombligo hasta la garganta!

Flavia se detuvo bajo la arcada, procurando no anunciar todavía su presencia. Conocía suficientemente a Brannus para comprender que su furia no procedía de una simple pérdida económica. El viejo había pasado buena parte de su existencia fabricando armas destinadas a hombres cuyos nombres, familias y heridas recordaba perfectamente, y consideraba casi una traición entregarles materiales defectuosos. Sin embargo, algo en las explicaciones de Cateuncio despertó inmediatamente la atención de la muchacha. El administrador no negaba que el hierro fuera malo, ni siquiera intentaba discutir el criterio del herrero; insistía exclusivamente en que la adquisición había sido autorizada y que las cantidades coincidían con lo registrado. Aquella defensa podía servir ante un escribiente, pero no explicaba por qué un proveedor había conseguido introducir material inferior en una fragua donde Brannus inspeccionaba personalmente los suministros.

—Escúchame bien, pedazo de mierda —continuó el herrero, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido que resultó más amenazador que sus gritos anteriores—. Llevo cuarenta años reconociendo hierro por su aspecto, su fractura y el sonido que produce cuando lo golpeo. He visto comerciantes intentar venderme basura de tres provincias distintas, y ninguno ha conseguido hacerlo dos veces. Pero esta partida llegó ayer con mi marca de aprobación en las tablillas, y yo no había visto uno solo de esos lingotes. —Cateuncio palideció todavía más. Brannus lo aproximó lentamente, hasta que sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros—. Así que voy a preguntártelo otra vez, y esta vez quiero una respuesta que no me obligue a arrancarte los dientes. ¿Quién puso mi autorización en esos documentos?

—¡Soltadlo inmediatamente! —La voz de Damaris resonó bajo las arcadas con aquella autoridad cortante que durante tantos años había bastado para imponer silencio entre los servidores de la villa. La vilica avanzaba apresuradamente, con el manojo de llaves golpeándole la cintura y dos esclavos siguiéndola a prudente distancia. Al descubrir a Cateuncio suspendido por la túnica entre las enormes manos de Brannus, su rostro adquirió una expresión de indignación casi maternal—. ¡Ferrus, os ordeno que soltéis a ese hombre! Leoncio ha caído enfermo con fiebres y nadie sabe cuándo podrá reincorporarse a sus obligaciones. La villa no puede detenerse porque su administrador esté postrado, y alguien debe autorizar las adquisiciones necesarias para mantener los talleres. ¡Cateuncio ha cumplido con su deber y no permitiré que lo maltratéis por ello! —Brannus volvió lentamente la cabeza hacia ella, sin modificar un ápice la presión de su mano.

Su expresión, endurecida por décadas de campañas y por una vida entera trabajando frente al fuego, perdió hasta el último vestigio de paciencia—. Escúchame bien, perra. El único que autoriza las compras de hierro para mi fragua, aparte de mí mismo y del señor Aecio, es Leoncio. No tú, ni tu fornicador, ni el mismísimo emperador si se presenta aquí con una tablilla mal escrita.

—¡Ferrus! —exclamó Damaris, llevándose una mano al pecho—. ¡No toleraré semejante lenguaje! ¡Soy la vilica de esta casa y merezco respeto!

—Me importa una mierda que te ofendas, perra —replicó el herrero con una tranquilidad mucho más amenazadora que sus anteriores gritos—. Este desgraciado ha comprado hierro que no sirve ni para fabricar clavos, y alguien ha puesto mi autorización donde jamás puse mi mano.

Damaris enderezó la espalda y alzó el mentón, recuperando parte de su aplomo—. Hablaré con el dominus. No permitiré que un hombre de vuestra posición cuestione públicamente mi autoridad ni humille a un administrador que actúa bajo mis instrucciones. —Brannus soltó una carcajada seca y señaló el corredor con su mano libre—. ¡Magnífico! ¡Vamos ahora mismo! Llevo demasiados años sirviendo a ese viejo cabrón para que le sorprenda verme discutir con alguien. ¡Adelante, vayamos a preguntarle quién gobierna mis fraguas!

La administradora vaciló apenas un instante, aunque consiguió ocultarlo detrás de una expresión afligida. —El señor también se encuentra indispuesto. Ha tenido una mañana difícil y necesita reposo. No podéis molestar a toda la familia por una cuestión de suministros, especialmente cuando domina Valeria atraviesa uno de sus habituales estados de abatimiento. Los demás patricios presentes son menores de edad y, mientras Leoncio permanece enfermo, alguien debe asumir las responsabilidades que nadie más puede atender. Esa persona soy yo.

Brannus dejó escapar un resoplido tan sonoro que uno de los aprendices bajó la cabeza para ocultar una sonrisa—. ¡Ah, ahora resulta que todos están enfermos! Leoncio tiene fiebre, Aecio necesita reposo y la señora Valeria no puede levantarse del lecho. ¡Qué conveniente epidemia! ¿También han enfermado los caballos, los perros y las gallinas, o solamente quienes podrían preguntarte por qué demonios compramos hierro podrido? —Se inclinó hacia ella, todavía sosteniendo a Cateuncio—. Tú no me mandas, perra. Mandas a las esclavas domésticas, a quienes limpian los suelos y administran las habitaciones. No mandas a los hombres de armas, ni a los veteranos de esta casa, ni mucho menos a mí. No confundas las llaves que llevas en la cintura con el bastón de mando de un general. Fuiste una esclava, y aunque ahora seas liberta y vilica, eso no te convierte en nuestra señora.

—¡Exijo el respeto que corresponde a mi cargo! —replicó Damaris, enrojeciendo hasta las orejas—. ¡Y os advierto que informaré de cada una de vuestras insolencias al dominus cuando se encuentre en condiciones de escucharme!

Brannus parecía dispuesto a responder con alguna obscenidad particularmente elaborada cuando una voz femenina, juvenil y perfectamente educada interrumpió la disputa desde el extremo del corredor. —Me temo que existe un pequeño error en vuestra información, mater Damaris. —Flavia Aeciana Minor acababa de aparecer bajo la arcada, sosteniendo unas tablillas contra el pecho. Había presenciado suficiente de la discusión para comprender sus circunstancias, y su rostro mostraba aquella expresión de inocencia aristocrática que solía preceder a sus observaciones más incómodas—. Mi madre no está abatida en estos momentos. De hecho, hace apenas un rato la he visto levantarse, arreglarse el cabello y dirigirse a las estancias de mi hermano Marco. Parecía encontrarse considerablemente mejor. Estoy segura de que recibirá con mucho gusto a Brannus si necesita consultarle algún asunto importante.

Durante un instante nadie habló. Damaris contempló a la muchacha con una expresión en la que se mezclaban sorpresa, resentimiento y una alarma que difícilmente habría conseguido disimular ante un observador atento. Flavia, por su parte, inclinó cortésmente la cabeza y, mientras la administradora procuraba encontrar una respuesta, dirigió al herrero un guiño rápido, casi infantil, antes de recoger los pliegues de su vestido y alejarse corriendo por la galería. Brannus la siguió con la mirada y una sonrisa enorme apareció lentamente entre su barba gris. Había conocido a Flavia desde su nacimiento, pero hasta aquella mañana no había tenido ocasión de apreciar cuánto se parecía a su abuelo cuando encontraba una manera de ganar una disputa sin levantar la voz. Finalmente abrió los dedos y dejó caer a Cateuncio, que aterrizó torpemente sobre sus pies y retrocedió hasta apoyarse contra el pilar, demasiado agradecido por recuperar la libertad para protestar por la humillación.

—Bueno, vilica —declaró Brannus, acomodándose el cinturón y recogiendo del suelo el lingote defectuoso—. Parece que tenemos una señora perfectamente sana a quien consultar. Vamos a visitarla. Estoy seguro de que le interesará muchísimo saber por qué sus administradores compran basura con mi nombre. —Sin esperar respuesta, emprendió el camino hacia la residencia principal con aquellas zancadas enormes que obligaban a los demás a apresurarse para seguirlo. Damaris avanzó detrás, procurando conservar una dignidad que el tintineo furioso de sus llaves desmentía a cada paso, mientras Cateuncio permanecía junto al pilar, frotándose el cuello dolorido y contemplando con creciente desesperación la dirección que habían tomado. Por primera vez en muchos años, la vilica descubría que su autoridad doméstica podía desmoronarse no por una orden del patriarca, sino por la intervención aparentemente inocente de una muchacha a la que había considerado demasiado joven para representar un peligro.

—¡Mi señor Brannus! ¡Por favor, escuchadme! —La voz de Flavia llegó desde el extremo de la galería cuando el herrero estaba a punto de atravesar el último arco que conducía a las habitaciones familiares. La muchacha había regresado apresuradamente, con las mejillas ligeramente encendidas por la carrera y las tablillas apretadas contra el pecho—. Os ruego que me concedáis un instante. De lo contrario, mucho me temo que tendremos que seguir aguantando a nuestra querida bruja. —Damaris, que caminaba detrás del enorme veterano, levantó inmediatamente la cabeza. Por un momento creyó que aquella interrupción le proporcionaría la oportunidad que necesitaba: si conseguía adelantarse, podría presentar a Valeria el incidente como otra de las habituales explosiones de temperamento de Brannus, un hombre excelente para golpear hierro, pero poco apropiado, según ella, para discutir cuestiones administrativas. La vilica comenzó a ordenar mentalmente sus argumentos, sin advertir que Flavia no había regresado para impedir la denuncia, sino para asegurarse de que resultara imposible desestimarla.

—Dime, mi pequeña dama —respondió Brannus, deteniéndose. El herrero dejó el lingote defectuoso sobre un banco y, con una naturalidad que sorprendió incluso a Damaris, dobló una rodilla para situar su rostro a la altura de la joven patricia. Flavia sintió aquella satisfacción íntima que nunca dejaba de producirle semejante gesto. Brannus era uno de los hombres más grandes de la casa, un veterano que había sobrevivido a guerras cuyo recuerdo hacía estremecer a los oficiales jóvenes, y sin embargo estaba dispuesto a arrodillarse ante ella y escuchar sus palabras como si merecieran toda su atención. La muchacha inclinó graciosamente la cabeza, correspondiendo con una cortesía exquisita al respeto que acababa de recibir.

—Os agradezco vuestra paciencia, señor Ferrus. No pretendo enseñaros nada sobre minerales, porque sería tan ridículo como intentar explicar a Menas las propiedades de sus hierbas. Pero he escuchado que mi hermanito posee ciertos conocimientos sobre el hierro que han despertado vuestro interés.

Brannus soltó una carcajada que resonó entre las columnas. —¡Interés, dice! Por los cojones de Vulcano, pequeña señora, vuestro hermano me ha dejado pensando en cosas que jamás había imaginado después de cuarenta años golpeando metal. No sé de dónde saca la mitad de sus conocimientos, pero empiezo a sospechar que sabe más que yo sobre lo que ocurre dentro de una barra de hierro. —Flavia abrió los ojos con fingida admiración.

 —¿Entonces sabría reconocer una pieza defectuosa?

—¡Claro que sí! Y seguramente podría explicarnos por qué es defectuosa con tantos detalles que terminaríamos necesitando a tres escribientes para comprenderlo. Aunque primero tendríamos que escuchar alguna historia sobre pergaminos mágicos.

La muchacha ladeó la cabeza, divertida. —¿De esos que se deshacen misteriosamente después de que solamente él los haya leído?

—Brannus la observó durante un instante antes de estallar en una carcajada todavía más estruendosa. —¡Esos mismos, por todos los dioses! ¡Veo que el pequeño embustero tampoco consigue engañar a su hermana!

—Flavia rio con él, disfrutando de aquella complicidad inesperada, mientras Damaris contemplaba el intercambio con una inquietud cada vez más difícil de disimular.

—Entonces os propongo algo —continuó Flavia, acercándose lo suficiente para hablar en un tono que obligó al herrero a prestar todavía mayor atención—. Cuando entréis a ver a mi madre, mostrad primero ese hierro a Marco. Decidle que deseáis poner a prueba sus conocimientos y que, además, se trata de una cuestión administrativa que complementará las lecciones de su preceptor. Cassiano lleva días enseñándole sobre obligaciones, contratos y responsabilidades, ¿no es cierto? Pues aquí tenéis un contrato verdadero, un material que no corresponde con lo adquirido y una autorización que nadie recuerda haber concedido. ¿Qué mejor oportunidad para comprobar si nuestro pequeño sabio comprende también los asuntos prácticos de una casa romana? —Brannus fue perdiendo lentamente la sonrisa conforme comprendía el propósito de aquellas palabras. La joven no pretendía utilizar la fuerza del herrero contra Damaris, ni siquiera persuadir directamente a Valeria de que sus administradores eran deshonestos. Pretendía colocar ante Marco un problema que despertara su curiosidad y permitir que el propio muchacho hiciera las preguntas que nadie se atrevía a formular.

—Y cuando mi dulce hermanito comience a hablar —añadió Flavia, acercándose un poco más al oído del veterano—, veréis cómo los hechizos de nuestra bruja se deshacen sin que ninguno de nosotros tenga que pronunciar una sola acusación. Mi madre podrá ignorar mis sospechas y disculpar vuestros modales, pero dudo mucho que se desentienda de una explicación de Marco, especialmente si descubre que alguien ha utilizado vuestro nombre para autorizar una compra.

Brannus se incorporó despacio, recogió el lingote y contempló a Flavia con una expresión de reconocimiento que pocas veces concedía a los jóvenes de la familia. —Por todos los diablos, pequeña señora... —murmuró, dejando escapar una risa grave—. Vuestro abuelo debería enseñaros a mandar ejércitos. Tenéis bastante más talento para escoger el campo de batalla que muchos generales que he conocido. —Flavia correspondió al elogio con una reverencia tan elegante que habría satisfecho al propio Cassiano.

—Os ruego que no se lo digáis todavía. Prefiero que continúen creyendo que solamente me interesan los vestidos y las lecciones de retórica.

Damaris observó cómo Brannus reanudaba la marcha hacia las habitaciones de Valeria, sosteniendo ahora el lingote defectuoso con una satisfacción que le resultó infinitamente más inquietante que su anterior furia. La vilica se apresuró a seguirlo, comprendiendo demasiado tarde que Flavia acababa de transformar una disputa entre administradores en una prueba destinada al muchacho más celebrado de la casa. La joven patricia permaneció bajo la arcada hasta verlos desaparecer y después volvió tranquilamente a sus tablillas, satisfecha de haber encontrado una manera de intervenir sin necesitar que nadie reconociera públicamente su inteligencia. Había conseguido que Brannus escuchara, que Damaris perdiera la iniciativa y que la siguiente palabra importante pudiera pertenecer a Marco. Lo demás dependería de cuanto su hermano decidiera observar al recibir aquel trozo de hierro, porque ni siquiera Flavia podía saber con certeza adónde lo conduciría su extraordinaria curiosidad.

 

—¡Pero si esto ni siquiera es hierro! —exclamó Marco, soltando una carcajada mientras examinaba el lingote que Brannus había depositado sobre la mesa—. Es prácticamente mineral de hierro sin refinar, una masa de óxidos, escoria y fragmentos de hierro metálico mal consolidados. ¡Por todos los santos, parece una piedra pesada a la que alguien ha convencido de que es un lingote! —El muchacho señaló las irregularidades de la superficie y después la fractura que Brannus había dejado al descubierto—. Mirad estos huecos, estas manchas oscuras y la manera en que se separan las capas. Aquí hay materiales que nunca debieron permanecer juntos. No puedo determinar su composición exacta solamente con los ojos, pero puedo aseguraros que nadie ha hecho un trabajo de refinación aceptable. ¿Cuánto habéis pagado por esta porquería?

Brannus dejó escapar una carcajada tan estruendosa que Valeria, sentada junto a su hijo, levantó las cejas con una mezcla de sorpresa y satisfacción. Hacía apenas unos minutos el herrero había presentado sus disculpas por el escándalo del corredor, mientras Damaris explicaba que la enfermedad de Leoncio había obligado a la administración a tomar decisiones urgentes para garantizar el suministro de los talleres. La matrona había escuchado aquella justificación sin mostrar especial interés, más preocupada por la salud del anciano administrador que por las disputas entre sus servidores. Ahora, sin embargo, contemplaba cómo Marco examinaba aquella masa oscura con el entusiasmo que otros muchachos reservaban para las carreras de caballos.

—¡Eso mismo llevo diciendo desde que abrí la maldita entrega! —celebró Brannus—. Pero parece que necesitábamos a un niño para explicar a nuestros administradores que las piedras no se convierten en espadas porque alguien las apunte en una tablilla. ¡Vamos, pequeño señor! ¡Cuéntales qué ocurriría si intentara fabricar una hoja con semejante basura!

—Las inclusiones de escoria actuarían como puntos débiles —continuó Marco, señalando con un dedo la superficie rota—. Si intentamos forjarlo sin separar adecuadamente las impurezas y consolidar el metal, algunas zonas podrían abrirse o fracturarse. Incluso si conseguimos darle forma, no tendríamos ninguna garantía de que su resistencia fuera uniforme. Podríamos obtener una pieza que pareciera útil y que después se rompiera bajo un golpe. Aunque supongo que parte del material podría recuperarse mediante trabajo adicional en la fragua, eso significa gastar más combustible, más tiempo y más esfuerzo para conseguir algo que supuestamente ya habíamos comprado preparado. —El muchacho volvió a mirar el lingote con evidente diversión—. Sería como comprar pan y descubrir que el panadero nos ha vendido trigo mezclado con tierra, con la generosa promesa de que todavía podemos limpiarlo, molerlo y hornearlo nosotros mismos.

La comparación consiguió arrancar una sonrisa incluso a Valeria, aunque la matrona comenzó finalmente a comprender las implicaciones de aquella visita. —¿Y cuánto hemos pagado por ese material, Brannus? —preguntó, volviendo la mirada hacia el herrero. El veterano extrajo de su cinturón una pequeña tablilla de adquisición y la depositó junto al lingote.

—Lo mismo que habríamos pagado por hierro de buena calidad, domina. Una partida considerable, además. Y aquí figura una autorización extendida en mi nombre que jamás concedí. —Valeria tomó el documento, pero sus conocimientos sobre el abastecimiento de las fraguas eran limitados. Damaris se adelantó inmediatamente, inclinando la cabeza con respetuosa preocupación.

—Domina, como ya he explicado, Leoncio se encuentra enfermo y hubo que resolver ciertas necesidades urgentes. El proveedor garantizó la calidad de la mercancía. Si ha incumplido el contrato, naturalmente exigiremos una compensación. No considero justo responsabilizar a Cateuncio por una falta cometida por terceros.

—¡Ah, entonces el problema es todavía más interesante! —observó Marco, que había levantado la cabeza al escuchar la explicación—. Si hemos pagado por hierro refinado y nos han entregado mineral mal trabajado, alguien tiene que responder por la diferencia. Pero no bastaría con devolver unas monedas, porque también hemos perdido el tiempo de los herreros, el transporte y quizá la oportunidad de fabricar lo que necesitábamos. ¿Quién inspeccionó la entrega cuando llegó? ¿Y cómo pudo autorizarse en nombre de Brannus si Brannus asegura que nunca la vio? —El herrero cruzó los brazos con una expresión de satisfacción apenas disimulada, mientras Valeria dejaba lentamente la tablilla sobre la mesa. Aquellas preguntas ya no concernían únicamente a los secretos del hierro. Eran cuestiones de obligaciones, representación y responsabilidad contractual, precisamente las materias que Cassiano había estado enseñando al muchacho durante los últimos días.

—Son preguntas razonables —admitió Valeria, cuya voz recuperó la firmeza habitual de la señora de la casa—. Vilica Damaris, quiero conocer el nombre del proveedor, quién recibió la mercancía y quién autorizó el pago. Hasta entonces, ninguna otra compra de hierro será realizada sin aprobación expresa de Brannus o Leoncio. —Damaris inclinó la cabeza, aunque sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del manojo de llaves. Cateuncio, situado discretamente junto a la puerta, palideció al comprender que la discusión había pasado de la calidad de un lingote a la autenticidad de los documentos. Brannus permaneció inmóvil, disfrutando de una victoria que todavía no había terminado de producirse. Y Valeria, observando alternativamente al herrero, al administrador y a su hijo, comenzó a sospechar que aquella mañana había algo considerablemente más importante que un simple desacuerdo entre servidores.

Cateuncio había permanecido junto a la puerta con la expresión cuidadosamente afligida de un hombre injustamente acusado, pero, cuando Valeria exigió conocer al responsable de la recepción, comprendió que todavía disponía de una salida. Se adelantó con una reverencia y explicó que los lingotes habían sido aceptados por un liberto vándalo llamado Gundemaro el flaco, empleado desde hacía varios años en las entregas de los almacenes exteriores. El hombre gozaba de una reputación lamentable: frecuentaba las tabernas de los caminos, gastaba sus jornales en burdeles y algunos aseguraban haberlo visto consumir preparados de adormidera. Cateuncio no necesitó inventar demasiadas acusaciones; le bastó con reunir aquellas murmuraciones alrededor de un hecho verdadero, pues Gundemaro había estampado su señal en el comprobante de recepción. —Si hubo negligencia, domina, fue suya —concluyó con una tristeza admirablemente representada—. Yo tramité el pago porque la mercancía figuraba como recibida y conforme. Jamás imaginé que un hombre empleado durante tantos años por vuestra casa pudiera comprometer de semejante manera la seguridad de nuestros talleres. Naturalmente, responderé por no haber advertido antes su falta.

Brannus observó al administrador con manifiesto desprecio, aunque no pudo negar que Gundemaro había intervenido efectivamente en aquella entrega. La cuestión de la autorización falsificada seguía sin resolverse, pero Cateuncio había conseguido desplazar la atención hacia un culpable plausible, ausente e incapaz de defenderse. Damaris intervino entonces con admirable oportunidad, recordando que Leoncio se encontraba enfermo y que, en circunstancias normales, semejante error habría sido descubierto antes de autorizar el pago. Valeria escuchó las explicaciones con creciente impaciencia. Su hijo estaba sano, su casa parecía funcionar y el problema del hierro, aunque desagradable, no le resultaba tan urgente como para convertir aquella mañana en un interrogatorio de administradores.

—Bien. Que Gundemaro responda por su negligencia cuando Leoncio pueda examinar el asunto —resolvió finalmente—. Y que nadie vuelva a pagar una entrega sin comprobar primero qué demonios nos han traído. No pienso escuchar otra disputa semejante mientras desayuno. —Cateuncio inclinó la cabeza con una gratitud que parecía sincera; Damaris, por su parte, reconoció que habían escapado de un peligro inmediato, aunque no ignoraba que Brannus continuaba demasiado furioso para considerar cerrado el incidente.

Valeria contempló nuevamente el lingote, después a Marco, y dejó escapar un suspiro resignado. —Brannus, decidme una cosa. ¿Creéis que mi hijo podría supervisar la calidad del hierro? Os seré franca: entiendo de tejidos, de tintes, de bordados y de cuanto permite distinguir una buena seda de una tela miserable. Pero los metales son asuntos que siempre he dejado en manos de los hombres de esta familia, y no tengo intención de fingir conocimientos que no poseo.

El herrero se acarició la barba, mirando alternativamente la pieza defectuosa y al joven Aeciano. —Puede, domina. Todavía necesita aprender mucho sobre el trabajo de una fragua, pero conoce cosas sobre los metales que ni siquiera yo sabía explicar. No le confiaría la compra de una partida entera sin supervisión, porque un buen acero no se reconoce solamente recitando las propiedades de sus componentes. Sin embargo, si trabaja conmigo y con los oficiales, pronto podrá detectar engaños que pasarían inadvertidos a otros. Tiene buenos ojos y una cabeza que vale más que todas las tablillas de Cateuncio juntas. —El administrador recibió el comentario con una sonrisa rígida, mientras Damaris permanecía inmóvil junto a la pared.

—Pero hay otra cosa que deberíais saber, señora —añadió Brannus, cuyo rostro adquirió una expresión inesperadamente seria—. Conviene que escuchéis más a vuestra pequeña Flavia.

Valeria levantó las cejas. —¿Flavia? ¿Qué tiene que ver mi hija con los lingotes? —Fue ella quien me aconsejó traer esta pieza ante el muchacho. Me hizo comprender que, si presentaba el asunto como una prueba relacionada con sus lecciones de contratos, obtendría una respuesta más útil que entrando aquí a gritos. La niña sabía perfectamente lo que hacía. La matrona soltó una risa breve y negó con la cabeza. —Ah, ya comprendo. Te dije que gritas demasiado, tú te ofendiste, y mi hija encontró una manera de conseguir que alguien te escuchara sin necesidad de amenazarlo con romperle los dientes. —Brannus abrió la boca para protestar, pero Valeria levantó una mano con una sonrisa divertida

— Sí, sí, ya sé que tenías razón sobre el hierro. También sé que probablemente habrías arrojado a Cateuncio por una ventana si nadie te detenía. ¡Por el amor de Dios, Brannus, llevas más años discutiendo con mi señor suegro de los que yo llevo gobernando esta casa! No necesitas explicarme cómo funciona tu temperamento.

El enorme herrero dejó escapar un resoplido, aunque terminó aceptando la burla con una sonrisa torcida. —Lo importante, domina, es que vuestra hija consiguió algo que yo no habría logrado tan fácilmente. Entendió a quién debíamos acudir y cómo presentar el problema. No es poca cosa para una muchacha de su edad. —Valeria permaneció unos instantes en silencio, considerando aquellas palabras. Recordó la discusión de aquella mañana, las tablillas que Flavia había colocado sobre la mesa y la irritación con que la había acusado de perder el tiempo. Su hija no había abandonado el asunto después de ser despedida; había buscado otra vía, encontrado un aliado y convertido una disputa administrativa en una cuestión que su propia madre no podía ignorar.

Una sonrisa lenta, orgullosa y ligeramente culpable apareció en el rostro de la matrona. —Bien, bien. Vosotros, hombres fuertes, encargaos de las compras de hombres. Revisad vuestros metales, vuestros contratos y todas esas cosas que tanto os apasionan. Yo tengo otro asunto que atender, y sospecho que será bastante más entretenido.

Valeria se levantó, acomodó los pliegues de su vestido y depositó un beso afectuoso sobre la cabeza de Marco antes de dirigirse hacia la puerta. —Voy a felicitar a mi pequeña serpiente. Al parecer, lleva toda la mañana deslizándose entre los asuntos de esta casa mientras yo pensaba que solamente quería discutir conmigo. —Brannus soltó una carcajada satisfecha, mientras Cateuncio inclinaba nuevamente la cabeza, agradecido de que la señora hubiera decidido marcharse sin ordenar una investigación más profunda. Damaris, sin embargo, no compartía su alivio. Había conocido a Flavia desde niña y siempre había considerado su curiosidad una molestia manejable, pero acababa de descubrir que la joven patricia podía influir sobre los veteranos de Aecio sin necesidad de imponerse abiertamente. Peor todavía, Valeria parecía haber comenzado a comprenderlo. Mientras la matrona desaparecía por el corredor en busca de su hija, la vilica intercambió una mirada fugaz con Cateuncio y advirtió que su amante sonreía como un hombre que se creía definitivamente salvado. Aquella confianza le pareció mucho más peligrosa que los gritos de Brannus.

 

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Las llaves del engaño

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 —¡Te digo que ese catecúmeno es un idiota o te está robando, madre! —exclamó Flavia Aeciana Minor, dejando sobre la mesa una tablilla de cuentas—. ¡Y si no te roba, entonces debería hacerlo, porque ni siquiera sabe sumar correctamente lo que nos deben! —La muchacha se encontraba de pie ante Valeria, indignada por ciertas irregularidades descubiertas en los registros de una propiedad familiar. Sin embargo, la matrona apenas parecía escucharla. Reclinada sobre un diván, sostenía una copa de vino entre los dedos y contemplaba distraídamente los jardines a través de las ventanas abiertas. Aquella mañana había sufrido uno de sus episodios de abatimiento, cada vez más esporádicos y menos intensos, pero todavía capaces de arrebatarle durante horas su habitual energía. En otros tiempos, aquellos ataques la habían mantenido postrada durante días enteros, incapaz de ocuparse de sus hijos o de los asuntos domésticos, y Damaris había aprendido a aprovechar esas ausencias para gobernar buena parte de la casa. Últimamente, sin embargo, las recaídas duraban menos, y la anciana administradora recibía con creciente irritación cada nueva muestra de independencia de su señora.

—Mi querida Flavia, los hombres llevan siglos robándose unos a otros y llamándolo administración —murmuró Valeria, dibujando una sonrisa cansada—. No comprendo por qué hemos de descubrirlo precisamente esta mañana. —La muchacha abrió la boca para protestar, pero Damaris, que había entrado discretamente con una bandeja, intervino antes de que pudiera hacerlo.

—Domina Flavia, vuestra madre necesita tranquilidad, no disputas sobre cuentas que pueden esperar. Además, creo recordar que vuestro preceptor os aguardaba esta mañana para continuar las lecciones de retórica. Sería impropio que una joven de vuestra posición descuidara su formación por cuestiones que corresponden a los administradores.

Flavia la fulminó con una mirada cargada de desprecio, perfectamente consciente de que la mujer había desviado deliberadamente la conversación. Valeria, demasiado fatigada para sostener otra discusión, levantó una mano con delicadeza. —Ve, querida. Después examinaremos esas tablillas juntas, te lo prometo. No deseo que Cassiano vuelva a escribirnos una carta sobre la decadencia intelectual de nuestra juventud. —Flavia recogió los documentos con evidente disgusto y abandonó la estancia, no sin dedicar a Damaris una última mirada que prometía una continuación menos agradable del asunto.

Cuando quedaron solas, la anciana ama de llaves se aproximó al diván con una solicitud que habría parecido maternal a quien no conociera sus ambiciones.

—¿Qué os ocurre esta mañana, domina? Llevabais varios días mucho mejor. ¿Os ha incomodado alguna noticia? —Valeria contempló la copa, haciendo girar lentamente el vino contra sus paredes.

—Nada que pueda remediarse, Damaris. Hoy he recordado a mi esposo. A veces me parece que todavía escucho sus pasos en el corredor y, cuando levanto la mirada, recuerdo que lleva tantos años muerto. —Su voz perdió por un instante aquella elegancia cuidadosamente teatral con que acostumbraba a dominar los salones—. Es una melancolía pasajera. Creo que esta tarde estaré bien. Siempre termino estándolo. —Damaris asintió con expresión compasiva y acercó la jarra.

—Un poco más de vino podría aliviaros, señora. No deberíais obligaros a soportar semejante tristeza cuando podéis descansar. Yo me ocuparé de cuanto sea necesario, como siempre he hecho.

Valeria permitió que le sirviera otra copa, aunque apenas llegó a acercársela a los labios. Desde el otro extremo de la residencia llegaron unas voces animadas, seguidas de un aplauso perfectamente audible. Era Flavio Cassiano Varro, cuyo entusiasmo resultaba tan infrecuente que incluso Damaris volvió la cabeza.

—¡Excelente, joven señor! ¡Excelente! ¡Eso es precisamente lo que esperaba! —exclamaba el preceptor desde la estancia destinada a las lecciones de Marco—. ¡Una argumentación digna de un verdadero Aeciano! —Valeria se incorporó ligeramente. La expresión de su rostro cambió con una rapidez que sorprendió a la propia administradora. Aquella voz hablaba de su hijo menor, del muchacho al que durante tantos años había visto consumirse entre fiebres y enfermedades, y cuyo reciente despertar parecía haber devuelto a la casa una alegría que ella había llegado a considerar perdida.

—¿Mi Marco? —preguntó, enderezándose definitivamente. Dejó la copa sobre la mesa con tanta brusquedad que parte del vino se derramó sobre el mantel—. ¡Basta de este veneno por hoy! —Apartó la jarra con un gesto de abierta repugnancia y se levantó del diván, obligando a Damaris a apresurarse para acomodarle el vestido. La matrona se observó brevemente en un espejo de plata, alisó los pliegues de su túnica y corrigió un mechón oscuro que había escapado de su peinado. El abatimiento no había desaparecido por completo, pero su postura recuperó aquella dignidad orgullosa que hacía difícil imaginarla vencida por la tristeza.

—No, Damaris. No necesito dormir, ni beber, ni pasar el día escuchando cómo envejezco. Voy a ver a mi Marco bello. Quiero saber qué ha hecho para conseguir que ese hombre tan estirado aplauda como una doncella en los juegos.

Damaris permaneció junto al diván, sosteniendo la jarra que ya nadie deseaba. Valeria atravesó la estancia con pasos todavía algo inseguros, pero cada vez más firmes, mientras una sonrisa auténtica comenzaba a iluminarle el rostro. La administradora contempló la copa abandonada y comprendió, con una mezcla de resentimiento y alarma, que la recuperación del muchacho estaba transformando también a su madre. Durante años, la enfermedad de Marco había debilitado a Valeria y fortalecido la autoridad doméstica de quienes asumían sus responsabilidades. Ahora el niño corría por los corredores, discutía con sus maestros y arrancaba aplausos a hombres que jamás habían tenido motivos para celebrarlo, mientras su madre encontraba razones cada vez más poderosas para abandonar el diván. Desde el pasillo llegó nuevamente la voz satisfecha de Cassiano, seguida del sonido de una puerta al abrirse. Damaris dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco y comenzó a limpiar el vino derramado.

Cateuncio apareció en el corredor cuando Damaris terminaba de recoger la copa abandonada por Valeria. Era un hombre de mediana edad, cuidadosamente vestido, de manos suaves y barba recortada, cuya expresión adquirió una ternura inmediata al descubrirla. —Amor mío, precisamente estaba buscándote... —comenzó, pero la administradora lo hizo callar con una mirada tan feroz que las palabras murieron en sus labios.

—Tú vienes conmigo —ordenó sin detenerse a escucharlo. Lo condujo a través de las dependencias de servicio hasta una pequeña estancia situada detrás de las cocinas, donde se guardaban documentos, monedas y ciertos objetos de valor. Sacó de su cintura una llave pesada, abrió la cerradura y lo hizo entrar antes de cerrar tras ellos. La puerta, reforzada con hierro, encajó en el grueso muro de piedra con un golpe sordo. Allí podían hablar sin temor a que sus voces atravesaran las paredes.

—Tus desfalcos son cada vez mayores, imbécil —comenzó Damaris, volviéndose hacia él con los puños apretados—. Y los ojos de la domina Flavia son cada vez más agudos. Esta mañana ha estado a punto de convencer a su madre de que revise las cuentas personalmente. ¿Sabes lo que significa eso? —Cateuncio abrió las manos con una sonrisa conciliadora, pero ella no le permitió intervenir—. Y ahora tenemos otro problema. El pequeño diablo ha recuperado la salud, hace cálculos sin ábaco y consigue que Cassiano Varro lo felicite como si fuera el mismísimo Euclides. Menas lo llama prodigio, Brannus lo adora y el viejo Aecio comienza a prestarle una atención que no concedía a nadie desde hace años. Si ese muchacho se interesa por la administración, estaremos perdidos.

—¡Pero, dulcísima mía, exageras! —protestó Cateuncio, llevándose una mano al pecho—. Los dos hermanos mayores están lejos, ocupados en sus asuntos militares y cortesanos. Flavia no es más que una muchacha, y bien sabes que Valeria jamás ha prestado demasiada atención a sus sospechas. Además, Marco tiene once años. ¿Desde cuándo un niño se preocupa por las cuentas de una villa? —Damaris dejó escapar una carcajada desprovista de alegría.

—Precisamente ahí está la desgracia de las mujeres de esta casa. Las matronas pasan media vida quejándose de vivir en un mundo gobernado por hombres, pero en cuanto sus propias hijas comienzan a demostrar inteligencia, las mandan a bordar, rezar o estudiar retórica. Luego se preguntan por qué nada cambia. ¡Flavia podría descubrirte mañana mismo con esas tablillas, y Valeria seguiría pensando que su querida niña necesita distraerse con un matrimonio!

La administradora se acercó hasta quedar frente a Cateuncio, obligándolo a retroceder contra la mesa. —Pero Marco es varón. Es un Aeciano, y ahora todos lo llaman genio, mente prodigiosa, pequeño filósofo y quién sabe cuántas estupideces más. Su abuelo le permite entrar en sus talleres, sus maestros escuchan sus opiniones y su madre recupera las fuerzas en cuanto oye pronunciar su nombre. Imagínate, pedazo de idiota, lo que sucedería si esa mente prodigiosa comenzara a revisar las cuentas que tú llevas años falsificando. No necesitaría convencer a su madre de nada: bastaría con acudir al viejo Aecio y mostrarle dos cifras que no coinciden. ¡Y tú sabes perfectamente cómo resuelve ese hombre los problemas cuando dejan de parecerle divertidos!

Cateuncio carecía de argumentos capaces de refutar semejante razonamiento. Conocía los registros, las cantidades desviadas y las firmas que había imitado, y sabía que Damaris tenía razón. Sin embargo, poseía otros talentos. Su expresión se volvió dolorida, como si las acusaciones de su amante hubieran herido un corazón excepcionalmente sensible, y comenzó a recitar unos versos improvisados sobre la crueldad del destino, la fidelidad de los enamorados y las mujeres que sostenían el mundo mientras los hombres se apropiaban de sus honores. Se aproximó despacio, tomó una de sus manos y la besó con una delicadeza estudiada. —Mi amada Damaris, ¿crees que permitiría que la mujer que gobierna mi corazón cayera por unas miserables monedas? Te prometo austeridad. Reduciré los gastos, corregiré los registros y no volveré a comprometer nuestra seguridad. Por ti renunciaría incluso a las riquezas de Creso. —Después depositó un beso en su cuello, precisamente donde sabía que aquella mujer, tan acostumbrada a mandar y tan poco habituada a recibir ternura, resultaba más vulnerable.

—Eres un mentiroso... —murmuró Damaris, aunque su voz había perdido buena parte de la dureza anterior. Cateuncio sonrió contra su piel y continuó susurrándole promesas de prudencia, fidelidad y un retiro confortable lejos de los Aecianos. La administradora cerró los ojos unos instantes antes de apartarlo con una indignación que ya parecía más ceremonial que verdadera. —Más te vale cumplirlo, miserable. No pienso acabar colgada porque te guste vivir como un senador. —Cateuncio juró solemnemente que no volvería a ocurrir, aunque mientras ella guardaba la pesada llave ya estaba calculando cómo cubrir el próximo faltante sin renunciar a sus comodidades. Damaris abrió finalmente la puerta y comprobó que el corredor permanecía vacío. Había conseguido mantener su autoridad sobre la casa durante muchos años, pero mientras regresaba a las cocinas no pudo apartar de su pensamiento una imagen desagradable: un niño de ojos grises examinando tranquilamente una tablilla de cuentas y descubriendo, sin necesidad de mover una sola ficha del ábaco, aquello que ella había dedicado tanto esfuerzo a ocultar.

Damaris había introducido ya la pesada llave en la cerradura cuando se detuvo y volvió la cabeza hacia Cateuncio. —Una cosa más. Tendrás que reducir los desvíos, y hacerlo inmediatamente. La Roja ya no está disponible para cargar con nuestras desgracias. Antes podíamos atribuirle una jarra rota, una pieza de vajilla desaparecida o cualquier pequeño faltante de los almacenes. Ahora vive prácticamente a la sombra del joven Marco, y nadie se atreverá a castigarla sin preguntarle primero. —Cateuncio, que todavía conservaba aquella sonrisa satisfecha de quien cree haber ganado una discusión amorosa, se encogió de hombros.

—Pues ordénale que haga otra cosa, querida. En una casa como esta sobran esclavas que pueden sustituirla.

Damaris lo contempló con una incredulidad fatigada. —No entiendes nada, ¿verdad? El dominus ha dispuesto que permanezca cerca del muchacho.

—¡Eso es impropio! —exclamó él—. ¡Una bárbara tan joven compartiendo tantas horas con un patricio!

—Sí, es impropio. Pero es el dominus quien lo ha decidido, y aquí su voluntad pesa más que todas nuestras opiniones juntas.

Cateuncio soltó una risita maliciosa y se acomodó el cinturón.

—Supongo que el viejo Aecio desea asegurarse un bastardo cuanto antes. Deja que crezcan juntos, que se acostumbren el uno al otro, y dentro de unos años tendremos otro pequeño Aeciano correteando por los corredores. ¡Es una inversión familiar, amor mío! —Damaris torció la boca con manifiesto disgusto.

 —Qué asco. Una bárbara de pelo rojo. Como si no existieran suficientes muchachas de buena sangre entre las familias libres de Italia. —Su desprecio resultaba desproporcionado incluso para alguien tan celoso de las jerarquías domésticas, pero Cateuncio, demasiado ocupado celebrando su propia ocurrencia, no reparó en el súbito endurecimiento de sus facciones.

El cabello rojizo de Albia había despertado en Damaris una repugnancia antigua desde el primer día que la vio. Muchos años atrás, cuando todavía era una muchacha libre, su aldea había sido alcanzada por una incursión de guerreros hunos. Recordaba el humo elevándose sobre los tejados, los animales desbocados, los gritos que llegaban desde las casas y el olor insoportable de la madera incendiada. Entre aquellos hombres sobresalía uno de cabellos rojizos, rostro endurecido por las cicatrices y una risa que Damaris jamás había conseguido olvidar. Lo había visto saquear, golpear y cometer atrocidades contra quienes no podían defenderse. Después llegaron el cautiverio, los comerciantes de esclavos y los años durante los cuales su vida perteneció a hombres que ni siquiera se molestaban en aprender su nombre. Había sobrevivido, había aprendido a obedecer y finalmente había conseguido convertir su posición servil en una autoridad doméstica considerable, pero ninguna de aquellas victorias había conseguido borrar el rostro del guerrero pelirrojo.

A veces, durante la noche, aquel recuerdo regresaba con una claridad insoportable. Bastaba el olor de una antorcha, una carcajada masculina demasiado fuerte o cierta expresión de los ojos para que Damaris volviera a sentirse como la muchacha aterrorizada de su juventud. Incluso en la intimidad con Cateuncio podía sorprenderla aquella memoria, arrebatándole cualquier posibilidad de placer y dejándola rígida, furiosa y avergonzada de una vulnerabilidad que detestaba reconocer. Albia, con sus pecas, sus ojos verdes y los rasgos heredados de los pueblos de la estepa, se había convertido involuntariamente en el rostro cotidiano de aquella pesadilla. Damaris sabía que la esclava no podía ser responsable de hechos ocurridos antes de su nacimiento, pero eso no impedía que imaginara, con una mezcla de horror y resentimiento, que pudiera llevar la sangre de aquel monstruo. La idea carecía de pruebas; precisamente por ello podía regresar una y otra vez sin encontrar nada que la desmintiera definitivamente.

—Damaris... —La voz de Cateuncio la devolvió a la estancia. El hombre había dejado de sonreír y la observaba con cierta inquietud—. Estás blanca como la cal. ¿He dicho algo que te haya molestado? —La administradora apartó su mano antes de que pudiera acariciarle el rostro.

—No vuelvas a hablarme de esa pelirroja como si fuera una diversión. Y reduce los desvíos. No quiero otro faltante en las cuentas del aceite ni nuevas explicaciones sobre jarrones rotos. Si Flavia encuentra otra contradicción, o si al pequeño demonio se le ocurre examinar nuestros registros, ninguno de tus versos nos salvará. —Abrió finalmente la puerta y salió al corredor con la espalda erguida, recuperando la expresión severa que tantos sirvientes temían. Cateuncio permaneció unos instantes en la penumbra, desconcertado por aquella reacción que no comprendía, antes de apresurarse a seguirla.

La pesada puerta del almacén se abrió con un chirrido prolongado, dejando escapar el aire frío y estancado de aquella estancia sin ventanas. Damaris salió primero, con el manojo de llaves todavía entre los dedos, seguida por Cateuncio, que se apresuraba a acomodarse los pliegues de la túnica. Ninguno esperaba encontrar compañía en aquel corredor apartado de las cocinas, pero Nabira y Marope se encontraban precisamente allí, conversando sobre una nueva receta de pan enriquecido con miel, frutos secos y harina de cebada, destinada a mejorar la alimentación del joven Marco. La kushita sostenía una tablilla con las proporciones de los ingredientes, mientras Marope proponía modificar los tiempos de fermentación para obtener una masa más ligera. Ambas interrumpieron su conversación al escuchar la cerradura, y sus miradas pasaron de la administradora al hombre que la acompañaba. La sorpresa duró apenas un instante, pero Damaris tuvo tiempo suficiente para advertirla.

—Vilica Damaris —saludó Nabira, inclinando respetuosamente la cabeza. Marope realizó una reverencia igualmente correcta, aunque sus ojos descendieron brevemente hacia la pesada llave que la administradora todavía sostenía entre los dedos. Las dos mujeres pertenecían formalmente a la servidumbre subordinada a Damaris, pero ocupaban posiciones demasiado importantes para recibir reprimendas arbitrarias sin consecuencias. Nabira gobernaba las cocinas y buena parte del servicio doméstico; Marope, gracias a su antigua educación ecuestre, poseía una disciplina y un dominio del protocolo que incluso algunas mujeres libres envidiaban. Ambas eran esclavas, pero contaban con la confianza de miembros importantes de la familia, circunstancia que limitaba considerablemente la autoridad práctica de la vilica. Damaris podía ordenarles tareas, exigir explicaciones y corregir negligencias, pero acusarlas de indiscreción sin motivo habría sido tan imprudente como reconocer que existía algo que deseaba ocultar.

—Precisamente os buscaba, Nabira —declaró Damaris, recuperando inmediatamente su expresión autoritaria—. Cateuncio y yo estábamos revisando ciertas autorizaciones antiguas y documentos de consumo que guardamos en este depósito. Parece que tendremos que modificar algunas entregas antes de que termine el mes. No quiero que los gastos de cocina vuelvan a superar las cantidades autorizadas. —Levantó ligeramente la llave para reforzar su explicación y volvió la cabeza hacia su acompañante—. Cateuncio, lleva mañana los registros corregidos a mi despacho. No pienso discutir otra vez las mismas cifras.

—Desde luego, mater Damaris —respondió el administrador con una inclinación respetuosa, adoptando con notable rapidez el papel de subordinado diligente—. El inventario de aceite y las provisiones de invierno quedarán debidamente conciliados. Precisamente estaba explicando que convendría revisar algunas partidas antes de presentar las cuentas definitivas.

Nabira escuchó sin alterar su expresión, aunque sus ojos se detuvieron un momento en el rostro de Cateuncio. —No sabía que aquel almacén guardara documentos de consumo, vilica —observó con suavidad—. Creía que los registros ordinarios se conservaban junto a la oficina de los escribientes. Si necesitáis comprobar las existencias de las cocinas, puedo proporcionaros las tablillas de entrada y salida. No será necesario que el administrador pierda tiempo buscando cantidades que tenemos anotadas diariamente. —La propuesta era perfectamente razonable, y precisamente por eso incomodó a Damaris.

—No se trata de los registros ordinarios, Nabira. Son documentos antiguos, contratos y autorizaciones que no conciernen a las cocinas —replicó, cerrando el asunto con una firmeza que procuró no convertir en hostilidad—. Continúa con tus tareas. ¿Qué estabais preparando?

—Una receta para el joven Marco, mater Damaris —intervino Marope antes de que Nabira respondiera—. Nabira considera que podemos mejorar su alimentación sin obligarlo a consumir grandes cantidades de comida. Estábamos discutiendo las proporciones y la manera de conservar los panecillos durante varios días. —Damaris apretó apenas los labios al escuchar nuevamente aquel nombre.

—Muy bien. Procurad que no se desperdicie harina. —Después hizo una señal a Cateuncio para que se retirara y emprendió el camino hacia las dependencias principales, sin ofrecer más explicaciones. Su autoridad continuaba siendo considerable, pero ya no resultaba tan absoluta como durante los largos períodos de enfermedad de Valeria, cuando bastaba una orden de la vilica para que incluso los servidores más antiguos inclinaran la cabeza sin formular preguntas.

Nabira esperó hasta que los pasos de Damaris se perdieron entre las columnas antes de volver a examinar la puerta. —Curioso lugar para revisar contratos —murmuró, sin apartar la vista de la cerradura. Marope acomodó cuidadosamente las tablillas contra su pecho.

—Y más curioso todavía que necesiten encerrarse ambos para hacerlo. Aunque quizá no deberíamos preguntarnos cosas que nadie desea explicarnos. —La kushita sonrió con aquella paciencia maternal que acostumbraba a reservar para los niños y los sirvientes demasiado jóvenes.

—No he preguntado nada, querida. Solamente he descubierto que algunos documentos necesitan una puerta más gruesa que otros. —Marope no pudo evitar una sonrisa discreta antes de recuperar su habitual compostura.

Marope aguardó hasta que los pasos de la vilica desaparecieron por completo antes de acercarse a Nabira con una sonrisa que no habría sido tolerada durante ninguna de sus lecciones de comportamiento cortesano. —Nabira, querida, ¿puedo hacerte una pregunta verdaderamente indecorosa? —La kushita, que estaba probando el agua fresca de una jarra, asintió distraídamente—. ¿Crees que Cateuncio todavía puede...? Ya sabes... responder como un hombre viril a las exigencias de... de mater Damaris? —Nabira intentó tragar, pero la imagen mental llegó antes que el agua terminara de bajar por su garganta. Una parte salió disparada por su nariz, otra cayó sobre la tablilla de recetas y la pobre mujer comenzó a toser mientras Marope retrocedía, horrorizada primero por el accidente y después incapaz de contener una carcajada.

—¡Marope! ¡Por la misericordia de Dios! —exclamó Nabira entre toses, secándose el rostro con el borde de su pañuelo—. ¡Acabas de meterme en la cabeza una cosa que no podré olvidar mientras viva! ¡Voy a tener que buscar al padre Severiano para que me la saque con salmos, ayunos y tres días de penitencia! —Marope, que habitualmente corregía hasta la posición de los dedos al servir una copa, se había llevado ambas manos a la boca y reía con una intensidad impropia de su educación.

—Pero, querida, ¡responde! ¡Ese hombre entra en una habitación con una mujer que podría ser su abuela, cierra una puerta más gruesa que las murallas de Rávena y permanece allí encerrado quién sabe cuánto tiempo! ¿Qué otra cosa puede necesitar tanta privacidad?

—¡Documentos! ¡Estaban revisando documentos! —replicó Nabira con una solemnidad tan exagerada que provocó una nueva explosión de risas—. ¡Documentos muy delicados, evidentemente! ¡Quizá el pobre Cateuncio necesite desnudarse para poder sumar! —Marope se dobló ligeramente hacia delante, apoyándose contra la pared.

—¡O quizá sea la vilica quien inspecciona sus cuentas con demasiado entusiasmo! —Nabira se llevó una mano al pecho, fingiendo escándalo—. ¡Calla, criatura del demonio! ¡Eres peor que los soldados de Brannus cuando encuentran vino! ¡Y yo que pensaba que eras una doncella educada, incapaz de pronunciar una palabra indecorosa!

Marope logró recuperar parcialmente la compostura, aunque sus ojos todavía brillaban de malicia. —Mi educación, querida Nabira, me permite reconocer perfectamente cuándo dos personas están haciendo algo que no deberían. También me ha enseñado que, cuando un hombre sale de una habitación cerrada acomodándose la túnica, resulta prudente no preguntar qué clase de documento estaba consultando. —Nabira abrió mucho los ojos y volvió a apretarse el pañuelo contra la boca, derrotada por otra carcajada.

—¡Basta! ¡Basta, por el amor de Cristo! ¡Si seguimos hablando acabaré imaginándome a Cateuncio recitando versos mientras nuestra vilica le exige que cumpla con sus obligaciones! —Marope dejó escapar un chillido ahogado de risa y tuvo que apoyarse nuevamente en la pared.

Durante unos instantes ambas olvidaron las jerarquías, las preocupaciones de la casa y el peligro de que aquella conversación llegara a oídos equivocados. Eran dos mujeres acostumbradas a pasar buena parte de sus vidas obedeciendo, administrando necesidades ajenas y manteniendo una compostura que no siempre correspondía con sus pensamientos. La ocasión de burlarse privadamente de quien las gobernaba resultaba demasiado deliciosa para desperdiciarla. Finalmente, Nabira recuperó el aliento, recogió la tablilla salpicada y sacudió la cabeza. —Escúchame, Marope. Si alguien pregunta, estábamos hablando de fermentación. —La joven adoptó inmediatamente una expresión de perfecta inocencia—. Naturalmente. Aunque sospecho que algunos fermentos de esta casa llevan demasiados años madurando. —Nabira volvió a reír, esta vez en silencio, mientras ambas se alejaban hacia las cocinas.

Al llegar a la puerta, Marope se detuvo y miró una última vez hacia el corredor del almacén. —Ahora, hablando en serio, ¿crees que son amantes? —Nabira se acomodó el pañuelo y respondió con una sonrisa mucho más prudente.

—Querida, no sé qué hacen detrás de esa puerta, y mientras no perjudiquen a nadie, tampoco me interesa demasiado averiguarlo. Pero si algún día el pobre Cateuncio necesita una infusión para recuperar las fuerzas, que venga a pedírmela a mí. —Marope soltó una última carcajada y ambas entraron en las cocinas, donde el olor del pan recién hecho consiguió devolverlas, al menos durante unos minutos, a ocupaciones bastante más respetables.

—Pero, Nabira, hablando en serio, ¿no crees que alguno de los mandamases debería enterarse? —preguntó Marope mientras ambas atravesaban el corredor que comunicaba las cocinas con el patio interior. Su sonrisa había perdido parte de la malicia anterior, sustituida por aquella expresión reflexiva que adoptaba cuando una cuestión dejaba de parecerle un simple entretenimiento—. No digo que debamos acusar a nadie, pero Cateuncio administra dinero de la casa y la vilica conserva las llaves de medio edificio. Si mantienen relaciones a escondidas, quizá estén mezclando asuntos que deberían permanecer separados.

Nabira acomodó la tablilla de recetas bajo su brazo y negó lentamente con la cabeza. —Ay, querida, las intrigas son para los grandes señores. Nosotras hacemos pan, cuidamos las provisiones y procuramos que nadie pase hambre. En cuanto una esclava empieza a descubrir secretos de sus superiores, descubre también que los secretos tienen la desagradable costumbre de necesitar culpables. Y, cuando llega el momento de buscar uno, rara vez escogen a quien posee las llaves.

—Pero si verdaderamente estuvieran ocultando algo... —insistió Marope, todavía incapaz de abandonar la cuestión. Nabira se detuvo y la miró con afectuosa severidad.

—Entonces será mejor que quien lo descubra tenga autoridad suficiente para hacer algo al respecto. Recuerda que nuestra vilica lleva muchos años gobernando estos corredores. Ha sobrevivido a administradores, sacerdotes, enfermedades de nuestra señora y visitas de funcionarios imperiales. Tú y yo podremos ser buenas en nuestros oficios, pero eso no significa que debamos convertirnos en enemigas de una mujer que conoce las debilidades de todos los habitantes de esta casa. —Bajó la voz, aproximándose ligeramente—. Además, cariño, una puerta cerrada y una túnica desarreglada no constituyen prueba de delito alguno. De momento, lo único que sabemos es que Cateuncio necesita un espejo antes de volver a presentarse en público.

—¿Quién necesita un espejo? —preguntó una voz juvenil a sus espaldas.

Ambas mujeres se volvieron y encontraron a Flavia Aeciana Minor junto a la entrada del corredor, acompañada por una sirvienta que cargaba varios rollos de papiro. La joven patricia vestía una túnica clara ceñida con un cinturón delicadamente bordado, y sus cabellos habían sido recogidos con una elegancia que parecía demasiado estudiada para una mañana dedicada a revisar documentos. Sin embargo, sus ojos estaban muy lejos de la frivolidad que acostumbraba exhibir ante los invitados. Sostenía una tablilla entre los dedos y contemplaba a las dos esclavas con una curiosidad particularmente despierta. Marope realizó inmediatamente una reverencia impecable, mientras Nabira inclinaba la cabeza con la tranquilidad de quien conocía a aquella muchacha desde pequeña.

—Domina Flavia. Hablábamos de ciertos asuntos de las cocinas —respondió la kushita—. Nada que deba preocuparos.

—¡Qué lástima! —repuso Flavia con una sonrisa encantadora—. Precisamente estaba buscando algo que me preocupara menos que estas malditas cuentas. —Levantó la tablilla y la agitó ligeramente—. Esta mañana he descubierto que nuestros gastos en aceite parecen aumentar cada vez que disminuye el número de personas alojadas en la residencia. Es un prodigio digno de Menas, ¿no os parece? Cuantos menos huéspedes tenemos, más aceite consumimos. Quizá las lámparas hayan aprendido a beber por sí solas. —Marope mantuvo la expresión cuidadosamente neutral que exigía su educación, pero Nabira alzó las cejas con genuino interés.

—Eso sería extraño, domina. Las cocinas registran las entregas de aceite que reciben y, salvo durante los grandes banquetes, nuestras necesidades no varían tanto. Si deseáis conocer las cantidades exactas, puedo mostraros las tablillas.

Flavia la observó unos instantes, y aquella sonrisa superficial que tanto irritaba a sus preceptores desapareció para dejar paso a una atención mucho más seria. —Eso sería extraordinariamente útil, Nabira. Porque Cateuncio insiste en que ciertas diferencias corresponden a gastos domésticos que no aparecen desglosados en los registros generales, y mi madre considera que estoy perdiendo el tiempo en asuntos que no corresponden a una doncella de mi edad. —Su mirada pasó brevemente hacia Marope—. Aunque, por lo que alcanzo a comprender, vosotras parecéis tener una opinión bastante interesante sobre nuestro administrador. —Marope sintió que la sangre le subía a las mejillas. Nabira, por su parte, conservó una serenidad admirable.

—Tenemos opiniones sobre muchas cosas, domina. Pero antes de compartirlas convendría distinguir lo que sabemos de lo que solamente sospechamos.

—¡Magnífico! —exclamó Flavia, recuperando una sonrisa satisfecha—. Por fin alguien en esta casa comprende la diferencia. —Se acercó a la mesa próxima a la entrada y depositó allí la tablilla—. Entonces empecemos por aquello que sabemos. Quiero ver los registros originales de las cocinas, no las copias preparadas por Cateuncio. Y preferiría examinarlos aquí, donde nadie tenga que pedir permiso a la vilica para abrir un armario. —Nabira intercambió una mirada breve con Marope. La joven antigua ecuestre comprendió inmediatamente la delicadeza de aquella petición: Flavia acababa de ofrecerles una manera perfectamente legítima de colaborar sin formular acusaciones. La kushita inclinó la cabeza. —Como ordenéis, domina. Los registros están bajo mi custodia y puedo presentároslos cuando gustéis.

Flavia parecía dispuesta a retirarse, pero se detuvo al advertir que Marope todavía sostenía entre los dedos el borde de su túnica con una rigidez poco habitual. —Y ahora —añadió con una dulzura que ninguna de las dos esclavas encontró tranquilizadora—, antes de comenzar, quisiera satisfacer una curiosidad insignificante. ¿Por qué estabais hablando de Cateuncio y de un espejo? No os preocupéis, queridas. Prometo no informar a nadie de una conversación privada entre dos mujeres que han servido fielmente a mi familia. —Sus ojos brillaron con una malicia sorprendentemente semejante a la de su madre—. Aunque debo advertiros que tengo una memoria excelente y una paciencia bastante menor de la que aparento.

 

 

Crónicas del renacer de occidente. El pequeño demonio y los viejos leones

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 La mañana había comenzado con una victoria discreta para Flavio Cassiano Varro. Después de la desconcertante evaluación matemática del día anterior, el preceptor había descubierto que todavía existían territorios intelectuales donde podía enseñar algo al joven Aeciano. Marco poseía una facilidad extraordinaria para construir argumentos y reconocer contradicciones, pero sus conocimientos de derecho romano presentaban lagunas importantes, especialmente en cuestiones de propiedad, sucesión y obligaciones civiles. También cometía ciertas imprecisiones en la dicción latina más refinada y en el empleo de fórmulas ceremoniales propias de la aristocracia. Cassiano había aprovechado aquellas debilidades con evidente satisfacción, corrigiendo pronunciaciones, explicando precedentes jurídicos y demostrando que incluso una inteligencia excepcional necesitaba conocer las convenciones de los hombres entre quienes debía vivir. Al despedirlo, el maestro parecía sinceramente complacido: por fin había encontrado algo que podía enseñarle.

La fragua de Brannus constituía un universo completamente diferente. Allí no había pupitres cuidadosamente ordenados ni códices protegidos del polvo, sino yunques, tenazas, martillos, braseros y herramientas que parecían haber sido fabricadas para manos considerablemente mayores que las de Marco. El olor a carbón vegetal impregnaba las paredes, y el calor procedente de los hornos se mezclaba con el aire fresco que descendía de las montañas. Brannus esperaba junto a una mesa sobre la que descansaban varias espadas de entrenamiento, escudos de madera, bastones y un conjunto de pesas rudimentarias. Había dejado a un lado su martillo de herrero y vestía una túnica corta que descubría unos brazos enormes, surcados por cicatrices antiguas. Observó al niño de arriba abajo sin demasiada delicadeza, deteniéndose especialmente en sus hombros estrechos y sus extremidades todavía delgadas.

—Bueno, mocoso, ¿qué crees que debo hacer contigo? —preguntó finalmente, cruzándose de brazos—. Tu hermano Lucio podía levantar un escudo bastante pesado cuando tenía tu edad, pero tú pareces capaz de esconderte detrás de uno sin que nadie note que estás ahí. —Se acercó a la mesa y levantó una espada de madera, aunque no se la entregó—. Podría ponerte a repetir golpes hasta que se te desprendan los brazos, como hacen los idiotas que confunden entrenar con apalear muchachos. O podría enseñarte a sostener esta cosa y fingir que mañana estarás preparado para matar a alguien. Ninguna de las dos opciones me gusta.

Brannus dejó nuevamente el arma sobre la mesa y señaló un espacio despejado del patio, donde el suelo había sido cubierto con arena compactada para evitar resbalones. Su experiencia le había enseñado que los principiantes, especialmente aquellos que habían pasado mucho tiempo enfermos, podían lesionarse mucho antes de desarrollar una técnica útil. La instrucción de un muchacho como Marco exigiría evaluar primero su equilibrio, movilidad, coordinación y resistencia, y después fortalecer gradualmente las piernas, la espalda y los brazos, sin someter sus articulaciones a esfuerzos excesivos. El viejo herrero comprendía perfectamente que la fuerza de Lucio constituía una excepción, no una medida razonable para todos los descendientes de Aecio.

—Tu abuelo me ordenó enseñarte a combatir, no romperte los huesos —continuó, señalando las pesas—. Antes de ponerte una espada en las manos, quiero saber cuánto puedes caminar, cuánto puedes correr y si eres capaz de mantenerte en pie después de un esfuerzo. También quiero averiguar si sabes caer sin partirte la cabeza. Los brazos fuertes sirven de poco cuando unas piernas débiles dejan al hombre tirado en el barro. Pero no pienso esperar a que te conviertas en un toro para enseñarte a defenderte; la fuerza y la técnica pueden crecer juntas, siempre que no confundamos una lección con una batalla.

El herrero acercó un pequeño banco de madera y se sentó frente al muchacho, apoyando sus enormes antebrazos sobre las rodillas. Por primera vez desde su llegada parecía genuinamente interesado en escuchar una respuesta, no solamente en impartir órdenes. —Ahora dime, pequeño señor. Tienes una cabeza que, según Menas, funciona mejor que la de media corte imperial. ¿Qué harías tú con ese cuerpo que acabas de recuperar? ¿Intentarías aprender a blandir una espada inmediatamente o empezarías por hacerlo más fuerte? Y antes de contestar, recuerda que yo sé mucho de hierro: una hoja puede romperse tanto por ser demasiado blanda como por haber sido endurecida sin cuidado.

Marco respondió mirando el enorme yunque que dominaba el centro de la herrería, cuya superficie oscura y desgastada conservaba las marcas de incontables jornadas de trabajo.

—Supongo que debo fortalecerme. Lo más apropiado sería trabajar contigo, practicando con el martillo y el yunque. Si golpeo al aire, mis huesos nunca se acostumbrarán a la fuerza reactiva de un enfrentamiento. Asumo que los escudos y las armas, al bloquear un golpe, reciben parte de la fuerza y la transmiten al cuerpo. Golpear al aire no me ayudaría con eso. ¿Me equivoco, maestro?

Brannus permaneció unos instantes observándolo, antes de volver lentamente la cabeza hacia el yunque. Una sonrisa ancha apareció entre su barba gris. —¡Ja! ¡Por los cojones de Marte! ¡El mocoso sabe pensar! —Tomó un martillo pequeño y golpeó una barra de hierro frío, dejando que la herramienta rebotara ligeramente sobre el metal—. Tienes razón en una cosa: cuando golpeas algo, ese algo también te golpea. Pero hay una diferencia entre acostumbrar el cuerpo a soportar esfuerzos y destrozarte las articulaciones hasta que no puedas sostener una cuchara. No necesito endurecerte a martillazos como si fueras una herradura.

El viejo herrero colocó el martillo sobre la mesa y flexionó lentamente los dedos de su mano derecha, enormes y deformados por décadas de trabajo. —Mira estas manos. Son fuertes porque llevan toda una vida trabajando, pero también están llenas de lesiones. La fuerza no viene solamente del brazo. Viene de las piernas, de la espalda, del equilibrio y de saber cuándo debes apretar y cuándo aflojar. Golpear el aire sirve para aprender movimientos sin resistencia; golpear un poste sirve para conocer el impacto; trabajar el hierro enseña paciencia, coordinación y resistencia. Necesitarás las tres cosas, aunque ninguna sustituye a las otras.

Brannus se dirigió hacia un arcón y extrajo un martillo de mango corto, considerablemente más ligero que los instrumentos que utilizaban los oficiales de la herrería. Después colocó sobre el yunque una pequeña barra de cobre, todavía fría. —Tu hermano Lucio podía levantar un escudo de hombre cuando tenía tu edad, pero era un bruto impaciente. Lo primero que tuve que enseñarle fue que una espada no se vuelve mejor porque la golpees con más fuerza. Contigo tendremos el problema contrario: tienes poca fuerza, pero parece que sabes dónde conviene utilizarla. —Se rascó la barba, satisfecho con aquella conclusión—. Trabajarás aquí algunas mañanas, después de tus lecciones. Comenzaremos con metal blando y herramientas pequeñas. Cuando tengas suficiente resistencia, podrás ayudar con trabajos de hierro caliente, siempre bajo mi vigilancia.

Finalmente, Brannus señaló el martillo y apartó varios pasos sus enormes pies del yunque para dejar espacio al muchacho. —Ahora quiero comprobar una cosa. Antes de enseñarte a golpear, necesito saber si puedes sostener esta herramienta correctamente y controlar su movimiento. No me interesa que golpees fuerte, sino que puedas repetir el mismo gesto sin perder el equilibrio. Y si consigues hacerlo sin machacarte los dedos, quizá mañana te permita tocar una pieza de hierro de verdad.

Brannus observó cómo Marco empuñaba el martillo y ejecutaba el primer golpe sobre la barra de cobre. El movimiento fue extraordinariamente limpio: los pies permanecieron bien asentados, la muñeca acompañó la trayectoria sin rigidez y la cabeza del martillo alcanzó exactamente el lugar señalado. El segundo golpe cayó sobre la misma marca, y después el tercero, con una precisión que hizo desaparecer la sonrisa burlona del herrero. No había movimientos innecesarios ni correcciones torpes; aquel muchacho parecía comprender instintivamente cómo debía desplazarse la herramienta. Sin embargo, la barra apenas se deformaba. Los golpes eran correctos, pero débiles, y después de unas pocas repeticiones el brazo comenzó a pesarle. La respiración se aceleró y un temblor fino apareció en los dedos que sujetaban el mango.

—¡Por Vulcano! —exclamó Brannus, inclinándose para examinar las marcas—. ¡Mira eso! Has acertado cinco veces prácticamente en el mismo sitio. Hay oficiales que necesitan una semana para aprender a hacerlo. —Levantó la barra y la examinó a contraluz, antes de añadir con una carcajada—: ¡Pero también he visto a una anciana aplastar nueces con más fuerza! Tienes la precisión de un maestro y la musculatura de un polluelo recién salido del huevo. Una combinación bastante desgraciada, si me preguntas.

El herrero permitió que Marco descansara mientras examinaba sus manos. La piel estaba enrojecida por la presión del mango y el esfuerzo había provocado pequeñas vibraciones musculares, aunque el muchacho había mantenido la técnica incluso cuando comenzaba a agotarse. Aquello interesó especialmente a Brannus: muchos aprendices perdían la postura en cuanto aparecía el cansancio, pero Marco parecía conservar una disciplina motriz excepcional, aunque su cuerpo no pudiera sostenerla demasiado tiempo. —Escúchame, mocoso. Tu cabeza sabe exactamente qué debe hacer el brazo, pero el brazo todavía no puede obedecerla durante mucho tiempo. Eso se corrige con trabajo, alimento y descanso. Lo que no se corrige tan fácilmente es tener dos manos izquierdas. Y tú, gracias a los dioses, no las tienes.

Brannus retiró el martillo y colocó delante del muchacho una jarra de agua y un pequeño plato con pan, queso y aceitunas que había ordenado traer de las cocinas. —Come. Si pretendes desarrollar músculos, necesitarás alimentarlos. Nada de trabajar hasta desmayarte para demostrarme que eres valiente. La valentía de los idiotas llena los cementerios y deja las fraguas sin aprendices. —Se sentó pesadamente sobre un banco, observando al niño con una satisfacción que intentaba ocultar bajo su habitual aspereza—. Tu hermano Lucio tenía tanta fuerza que tuve que enseñarle a contenerla. Contigo tendré que hacer lo contrario: conservar esa precisión mientras construimos la fuerza que te falta. Será un trabajo largo, pequeño señor, pero no me parece imposible.

El viejo tomó nuevamente la barra de cobre y señaló las marcas casi perfectamente superpuestas. —Y hay otra cosa que me gusta. Te has cansado, pero no has abandonado el ejercicio ni has empezado a golpear como un loco para terminar antes. Eso vale bastante más que una espalda ancha. —Su expresión se volvió seria—. Mañana comenzaremos con movimientos de piernas, equilibrio y un poco de trabajo de martillo. Después aprenderás a sostener un escudo ligero. Cuando consigas resistir una sesión completa sin que los brazos te tiemblen como ramas al viento, empezaremos a trabajar con armas de madera. No antes.

Brannus dejó la pieza sobre el yunque y miró hacia las grandes fraguas, donde varios oficiales continuaban trabajando entre chispas y humo. —Ahora descansa un momento. Después quiero enseñarte algo que quizá te interese más que aprender a golpear. —Señaló dos barras de hierro aparentemente idénticas, colocadas cerca del horno—. Una de esas piezas sirve para fabricar una espada decente. La otra se rompería cuando más la necesitases. Y si consigues explicarme cómo distinguirlas sin golpearlas ni romperlas, entonces tendremos una conversación verdaderamente interesante.

La pregunta de Brannus apenas había terminado de resonar entre los yunques cuando, en algún lugar de la conciencia de Marco, comenzó a desplegarse una sucesión vertiginosa de conocimientos. Composición del hierro, estructuras cristalinas, carburación, cementación, impurezas, aleaciones y tratamientos térmicos; conceptos que parecían acudir a su memoria con una claridad imposible, acompañados de imágenes de hornos, diagramas y procedimientos metalúrgicos pertenecientes a siglos todavía inexistentes. El muchacho se incorporó y examinó las dos barras con atención. Observó sus superficies, las diferencias de coloración, las pequeñas irregularidades dejadas por el martillo y las señales de escoria que podían advertirse en algunos puntos. Aquellos indicios no bastaban para determinar con certeza la composición interna de ambas piezas, pero sí permitían formular hipótesis extraordinariamente precisas. Brannus contempló cómo el niño pasaba de un detalle a otro sin tocarlas, mientras su expresión se transformaba gradualmente de la curiosidad en una concentración casi reverencial.

En aquel momento apareció Albia, tan silenciosamente que ninguno de los dos hombres había advertido su llegada. La muchacha llevaba una jarra de infusión fría, preparada con hierbas de los jardines de Menas, y una pequeña copa de cerámica que ofreció respetuosamente a Marco. Brannus apenas le dedicó una mirada antes de regresar a las barras, pero Albia permaneció cerca, sosteniendo la jarra contra el pecho. Había aprendido a reconocer aquella expresión del joven señor: era la misma que aparecía cuando examinaba instrumentos ópticos o discutía con Menas acerca de fenómenos que los filósofos antiguos consideraban imposibles. La explicación comenzó por las diferencias entre el hierro relativamente puro y el acero, aunque pronto aparecieron términos que obligaron al muchacho a detenerse y buscar equivalentes comprensibles. Habló de la disposición interna del metal, de sustancias que podían penetrar en él durante el calentamiento y de cómo cantidades diferentes de carbono modificaban su dureza y comportamiento. El hierro muy puro resultaba normalmente más blando y dúctil, mientras que determinadas concentraciones de carbono permitían obtener un material capaz de endurecerse extraordinariamente mediante el temple; un exceso, sin embargo, podía volverlo quebradizo. También explicó que las impurezas, la escoria atrapada y una soldadura deficiente podían debilitar una hoja, aunque su aspecto exterior no siempre revelara esos defectos.

—¡Espera, espera, maldita sea! —interrumpió Brannus, levantando una mano enorme—. ¿Qué demonios significa que el hierro tenga una estructura de pequeños granos? ¿Y cómo sabes que hay algo dentro de él que no puedes ver? —Su indignación no procedía de sentirse contradicho, sino de reconocer verdades prácticas expresadas mediante una explicación completamente desconocida. Brannus sabía que el hierro cambiaba según el mineral, el combustible, la temperatura y la manera de trabajarlo; llevaba décadas dominando precisamente esas diferencias. Pero aquel niño estaba describiendo causas que parecían encontrarse más allá de los sentidos del herrero. —Hablas como los malditos alquimistas, pero algunas de esas cosas funcionan. ¿Dónde aprendiste semejantes palabras? Menas no sabe tanto de hierro, y yo nunca te he explicado eso. ¡Por los dioses, muchacho, dime de dónde has sacado todo esto!

Marco recurrió entonces a la explicación del pergamino perdido. Había encontrado en la biblioteca un texto antiguo, procedente supuestamente de Oriente, cuyo soporte se había deshecho mientras lo consultaba; temiendo que lo culparan por destruir una obra valiosa, había reescrito secretamente cuanto recordaba. Según aquella traducción, el ferrum necesitaba recibir pequeñas cantidades de otras sustancias para adquirir propiedades diferentes. El polvo negro procedente de las cosas que alguna vez estuvieron vivas, especialmente el carbón vegetal, podía contribuir a endurecerlo mediante el fuego. Algunos minerales extraídos de ríos y montañas contenían, además, metales capaces de modificar su resistencia, coloración y comportamiento. Entre ellos podían encontrarse sustancias semejantes a las presentes en ciertos hierros caídos del cielo, aunque conseguir una aleación comparable a la meteórica requeriría procedimientos mucho más complejos que mezclar minerales en una fragua. La historia resultaba suficientemente extraordinaria para despertar sospechas, pero también lo bastante próxima a conocimientos metalúrgicos reales para que Brannus no pudiera descartarla sin más.

El herrero guardó silencio durante largo rato. Después tomó una de las barras y la hizo girar entre sus dedos, observando las imperfecciones de su superficie. —Un pergamino que se deshizo, dices... —murmuró, con una sonrisa torcida—. Qué desgracia tan conveniente. —Albia bajó los ojos para ocultar una expresión de divertida inquietud. Brannus, sin embargo, no parecía interesado en denunciar mentiras. Había escuchado algo mucho más importante: la posibilidad de comprender por qué determinados procedimientos producían aceros superiores y, quizá, repetir deliberadamente resultados que hasta entonces dependían de la experiencia y la intuición. —Escúchame bien, pequeño señor. Si ese pergamino decía la verdad, quiero ver lo que escribiste. Y si existe una manera de fabricar hierro semejante al de las estrellas sin esperar a que los dioses arrojen una piedra del cielo, entonces tú y yo tendremos mucho trabajo. Pero primero voy a enseñarte algo que ningún pergamino puede explicarte: cómo distinguir una buena barra de otra defectuosa cuando ambas intentan engañar a tus ojos.

Brannus permaneció junto al yunque mientras veía alejarse al muchacho, que abandonaba la herrería con los hombros caídos, las piernas fatigadas y una expresión de agotamiento absoluto. Albia caminaba a su lado, sosteniendo la jarra de infusión y procurando adaptar sus pasos a los del joven señor. El herrero esperó hasta que ambos desaparecieron por el corredor antes de volver la cabeza hacia una de las arcadas, donde Flavio Aecio había permanecido observando buena parte de la conversación sin anunciar su presencia. El anciano general salió de las sombras apoyándose ligeramente en su bastón, con aquella expresión grave que ni siquiera sus servidores más antiguos conseguían interpretar con seguridad.

—Dame tu opinión —ordenó Aecio.

—Está poseído —respondió Brannus sin vacilar, mientras recogía una de las barras de hierro—. Pero el demonio que lo habita te gustará mucho, anciano. Mucho es muchísimo. Y a mí también. Sabe cosas que ningún hombre de su edad debería saber, y lo más extraño es que no parece tener miedo de compartirlas. Menas ya me había advertido que el muchacho era una maldita maravilla, pero pensé que el alejandrino había bebido demasiado vino. —El herrero contempló la barra con renovado interés—. Hoy me ha hablado del hierro como si pudiera mirar dentro de él. Y no se ha limitado a presumir: ha explicado cosas que llevo cuarenta años viendo sin saber por qué suceden. ¿Qué hacemos?

Aecio escuchó sin interrumpirlo. Había dedicado buena parte de su existencia a reconocer hombres útiles, descubrir capacidades ocultas y convertir talentos individuales en ventajas para sus ejércitos. No comprendía qué había ocurrido durante la enfermedad de Marco, pero tampoco necesitaba resolver inmediatamente aquel misterio para advertir sus consecuencias. —Lo que tú mismo has dicho —respondió finalmente, permitiéndose una sonrisa apenas perceptible—. Absorberemos cuanto desee ofrecer a esta casa. Si sus conocimientos resultan tan valiosos como parecen, quizá algún día deba considerar hacerlo mi heredero por encima de sus dos hermanos. Lucio posee la fuerza y Juliano tiene el temperamento de un príncipe, pero este muchacho podría llegar a poseer algo que ninguno de ellos comprende todavía. —Miró hacia el corredor vacío—. Primero veremos cómo crece nuestro pequeño demonio. Y, si conserva ese ingenio, espero que termine volviendo loca a la maldita Damaris.

Brannus soltó una carcajada y dejó caer pesadamente la barra sobre el banco. —¡Entonces explícame por qué demonios no la has expulsado todavía! Sabes perfectamente que esa mujer... —Aecio levantó una mano para interrumpirlo. —Sí, ya lo sé. —El general dejó escapar un suspiro que parecía contener muchos años de tolerancia deliberada—. Damaris tiene demasiadas relaciones, demasiadas llaves y demasiada memoria como para despedirla sin considerar las consecuencias. Además, a veces me divierte observar cómo intenta gobernar una casa que jamás será suya. —Una sonrisa algo más visible apareció bajo sus arrugas—. Pero supongo que ahora mi nieto me divierte bastante más. Por el momento, continuaremos fingiendo que es un muchacho perfectamente normal.

—¡Naturalmente! —repuso Brannus, abriendo los brazos con fingida solemnidad—. ¡Y también fingiremos que tu biblioteca está llena de pergaminos mágicos que se deshacen misteriosamente después de que un niño los lee una sola vez! ¡Una desgracia terrible para los eruditos del Imperio! —Aecio dejó escapar una risa breve, grave y poco habitual, que sorprendió incluso al herrero. Ambos habían reconocido la mentira y, más importante todavía, habían comprendido que Marco necesitaba contarla. Brannus se inclinó para recoger el martillo y añadió entre dientes—: Sea lo que sea lo que tiene ese mocoso dentro de la cabeza, viejo león, espero vivir lo suficiente para verlo convertido en hombre. —Aecio contempló un instante las montañas visibles más allá del patio. —Yo también, Brannus. Yo también.

—Acompáñame, hijo de puta. Quiero comer algo dulce —ordenó Aecio, dando media vuelta con la misma gravedad con que habría dispuesto una maniobra de caballería.

—Sí, mi general —respondió Brannus, inclinando exageradamente la cabeza—. Vuestros deseos son órdenes, aunque sospecho que tantos años de comer miel os han ablandado el cerebro.

Ambos emprendieron el largo camino que separaba las herrerías del ala de recepciones, atravesando patios, corredores porticados y jardines donde los últimos calores del día comenzaban a ceder ante el aire de las montañas. Hablaron de los precios del carbón vegetal, de un caballo que había perdido una herradura en el camino septentrional, de las dificultades para conseguir buenos aprendices y de ciertos veteranos cuyas rodillas habían envejecido bastante peor que sus lenguas. Aecio preguntó por las familias de algunos antiguos compañeros de armas, y Brannus respondió con la familiaridad de quien llevaba décadas autorizado a decirle verdades que otros hombres apenas se atrevían a pensar. Junto con Menas y Leoncio, el herrero pertenecía a aquel círculo cada vez más reducido de viejos camaradas que habían sobrevivido a las guerras contra los hunos y que todavía podían tratar al León de Occidente como al hombre que habían conocido antes de convertirse en leyenda.

Cuando cruzaban de la residencia principal hacia las dependencias de recepción y las grandes cocinas, Damaris apareció en el corredor con un manojo de llaves en la cintura y dos sirvientas detrás. Al reconocer la enorme figura de Brannus, frunció el ceño sin advertir al anciano que caminaba unos pasos más atrás. —¿Qué hace este perro pagano aquí? —preguntó con manifiesto desprecio. Brannus se detuvo, abrió la boca y pareció disponerse a ofrecer una respuesta particularmente obscena, pero la voz de Aecio lo precedió.

 —Damaris... —El general dejó escapar un suspiro prolongado—. ¿En serio? —La mujer palideció al descubrirlo. Hizo una reverencia tan profunda que las llaves tintinearon contra su vestido y murmuró un saludo atropellado antes de retirarse con sus acompañantes. Sabía perfectamente que no existía discusión posible: Brannus no era simplemente un servidor privilegiado, sino uno de los últimos amigos verdaderos de su señor.

—Esa mujer acabará tragándose sus propias llaves —comentó el herrero cuando desapareció—. Y yo estaré encantado de ayudarla.

—No lo harás —respondió Aecio—. Son demasiado valiosas.

Nabira los recibió en una estancia contigua a las cocinas con panecillos tibios, miel espesa y una pequeña fuente de frutas conservadas. Conocía suficientemente las costumbres del patriarca para no interrumpir sus conversaciones con preguntas ceremoniales y dejó la comida acompañada de vino aguado antes de retirarse a supervisar los hornos. Brannus tomó un panecillo entero, lo abrió con sus enormes dedos y lo cubrió generosamente de miel, mientras Aecio se servía una porción mucho más modesta. Estaban discutiendo si uno de sus antiguos camaradas había perdido tres dedos o solamente dos en cierta campaña danubiana cuando una voz extraordinariamente hermosa descendió desde el piso superior. Era una melodía suave, sostenida mediante frases largas y claras, cuya pureza parecía atravesar la piedra y la madera sin perder delicadeza. Brannus dejó de masticar y alzó la cabeza.

—¿Qué demonios es eso? —Aecio escuchó unos instantes antes de responder—. ¿Has visto a la esclava pelirroja que suele acompañar a mi pequeño demonio?

El herrero frunció el ceño—. ¿La muchachita de ojos verdes?

—Esa misma. El diablillo la hace cantar después de sus lecciones. Al parecer, también está enseñándole a leer y a utilizar mejor la voz.

—¡Por Vulcano! —exclamó Brannus—. ¡Entonces no solamente quiere fabricar hierro de las estrellas! ¡También pretende construirnos un coro de ángeles!

Aecio sonrió mientras partía otro trozo de pan. —Espero que algún día también aprenda a interesarse por las muchachas y me deje un bastardo o dos, antes de marcharse a hacer cosas de hombre para esta casa.

Brannus soltó una carcajada estruendosa, aunque sacudió la cabeza—. ¡Todavía no puede levantar un martillo sin quedarse sin aliento y ya estás pensando en nietos bastardos! ¡Eres un viejo cabrón insaciable!

—Soy un hombre previsor —repuso Aecio con absoluta serenidad—. Tú, en cambio, has reconocido tantos hijos que pronto tendré que conceder una provincia entera a los Ferrus para impedir que se maten disputándose tu herencia. —¡Al menos los míos saben de dónde vienen! ¡Los tuyos necesitan un escriba para recordar a qué rama pertenecen! —Ambos rieron, y durante un instante desaparecieron los títulos, las campañas, los años y el peso de las responsabilidades. Solo quedaron dos viejos soldados comiendo pan con miel mientras una muchacha cantaba en el piso superior.

La voz de Albia ascendió entonces hacia una nota especialmente delicada y se sostuvo con una estabilidad que hizo que Brannus interrumpiera nuevamente su comida. Esta vez escuchó hasta el final de la frase antes de hablar. —Maldito muchacho... —murmuró, casi admirado—. Consigue que el hierro revele sus secretos y que una esclava cante como si tuviera el cielo metido en la garganta. ¿Qué demonios hará cuando crezca? —Aecio contempló la miel que resplandecía bajo la luz de la tarde y respondió con una sonrisa apenas visible—. Eso, Brannus, es precisamente lo que quiero averiguar.

 

Crónicas del renacer de occidente. El niño que contaba las estrellas

 La sala de estudio olía a cera tibia, pergamino y madera vieja. La luz de la tarde entraba sesgada por las ventanas estrechas de la villa y dibujaba sobre la mesa una geometría severa de sombras rectas. Flavio Cassiano Varro había dispuesto el ejercicio con la precisión ceremoniosa que reservaba para las ocasiones en que deseaba medir no solo la inteligencia de un alumno, sino también su compostura. Frente a él dejó un ábaco de madera bien pulida, de cuentas oscuras y varillas firmes, como si estuviera colocando un instrumento quirúrgico o un pequeño altar de la razón. Marco ocupaba su asiento con aquella quietud suya cada vez menos infantil, delgado, pálido en comparación con otros muchachos de su edad, vestido todavía como un niño noble y, sin embargo, incómodamente parecido a otra cosa. Cassiano lo observó durante un instante con las manos enlazadas a la espalda. Cerca de una columna, fingiendo ordenar unas tablillas y unos recipientes de tinta, Damaris permanecía en silencio, atenta con esa curiosidad prudente de quienes sirven en las grandes casas y aprenden a reconocer cuándo una lección empieza a convertirse en otra clase de acontecimiento.

—Muy bien —dijo Cassiano al fin, con aquella voz pulida que rara vez necesitaba elevarse—. Empezaremos sin retórica, que ya bastante daño hace cuando sustituye al entendimiento. Si un propietario recibe en primavera ciento veintisiete modios de trigo de una finca y en otoño otros ochenta y nueve, pero debe apartar treinta y cuatro para semillas y doce para el servicio doméstico, ¿con cuántos queda? —Su mano señaló el ábaco con un gesto breve—. Puedes usarlo.

Marco no tocó el instrumento. Sus ojos grises bajaron apenas, no hacia las cuentas, sino hacia un punto impreciso de la mesa, como si el cálculo ocurriera en un lugar invisible, detrás de la mirada. Cassiano esperó uno, dos, tres latidos. Entonces llegó la respuesta, limpia y tranquila, sin vacilación visible. El preceptor no comentó nada; cambió de problema. Dos cifras mayores. Luego una combinación de suma y reparto. Después una pequeña trampa formulada con apariencia de sencillez, una de esas preguntas destinadas a ver si el alumno obedecía el orden de las palabras o el de la razón. El ábaco siguió inmóvil entre ambos, casi humillado por su inutilidad. Marco respondió otra vez sin alargar la mano, y otra, y otra más, con esa sequedad exacta que no parecía jactancia ni juego. La boca de Cassiano se tensó apenas. No era sorpresa abierta; en un hombre como él, la sorpresa se manifestaba sobre todo en una cortesía más fría.

—¿Quién te enseñó a descomponer así las cantidades? —preguntó entonces, ya sin molestarse en ocultar del todo el interés—. No me refiero a contar, sino a pensar los números antes de moverlos.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Damaris dejara de fingir ocupación y alzara del todo la vista. Había en la habitación una impresión incómoda, como si el muchacho hubiese dado una respuesta correcta a una pregunta que no pertenecía enteramente a su edad. Cassiano miró el ábaco, luego a Marco, luego de nuevo el ábaco, y por primera vez pareció que el maestro no estaba evaluando solo una habilidad, sino intentando decidir en qué casilla del mundo debía colocarla. Fue entonces cuando Damaris, arrimándose apenas con las manos aún manchadas de polvo de tablillas, murmuró en voz baja, aunque no tanto como para que nadie dejara de oírla:

—¿Qué ve, maestro? ¿Hay algo malo en el muchacho...?

Cassiano no respondió enseguida. Sus dedos largos rozaron una de las cuentas del ábaco y la hicieron chocar con la siguiente, produciendo un pequeño sonido seco, casi ofensivo en aquella quietud. Cuando habló, lo hizo despacio, con el tono de quien corrige una palabra mal usada y al mismo tiempo intenta corregirse a sí mismo.

—Malo no es el término correcto, Damaris. —Sus ojos seguían puestos en Marco—. Lo impropio, a veces, no es malo. Solo exige... circunspección. —La última palabra quedó suspendida en la sala como una advertencia culta y poco tranquilizadora. Luego el preceptor apartó la mano del ábaco que nadie había necesitado y añadió, con una calma demasiado precisa—: Continuemos. Ahora probemos con fracciones.

Cassiano decidió abandonar las operaciones elementales y ordenó traer varias tablillas enceradas, un compás, una regla de bronce y un rollo de papiro cubierto de figuras geométricas. Había comenzado la lección con la intención de determinar cuánto conservaba Marco de su educación después de tantos años de enfermedad, pero ahora parecía dispuesto a encontrar el límite de sus capacidades. Planteó problemas de reparto proporcional, multiplicaciones de cantidades extraordinariamente grandes y operaciones con fracciones que incluso sus alumnos más aventajados necesitaban resolver por escrito. Después dibujó un triángulo rectángulo, proporcionó las longitudes de dos lados y pidió calcular el tercero. Marco continuó de pie, sin tocar ninguno de los instrumentos, respondiendo con una naturalidad desconcertante, como si le preguntasen cuántas patas tenía un caballo. El preceptor empezó a revisar sus propias operaciones y, cuando descubrió que había cometido un pequeño error al trasladar una cantidad, lo corrigió antes de continuar.

—Bien, admitamos que posees una facilidad extraordinaria para el cálculo —declaró finalmente Cassiano, adoptando aquella cortesía excesiva que precedía a sus reprimendas más severas—. Pero una cosa es acertar y otra demostrar. Los números no son oráculos a los que se consulta esperando que revelen su voluntad. Quiero conocer el procedimiento. Supongamos que disponemos de un terreno rectangular cuya longitud es de ciento cuarenta y cuatro pies romanos y cuya anchura es de ochenta y uno. Si deseamos construir otro cuadrado de idéntica superficie, ¿cuánto deberá medir cada lado? Puedes utilizar cuanto necesites.

La respuesta llegó antes de que Cassiano terminara de colocar el compás sobre la mesa. El maestro permaneció inmóvil, con dos dedos todavía apoyados sobre el instrumento, mientras sus ojos descendían lentamente hasta el papiro. No era un problema imposible, pero la rapidez resultaba ofensiva para alguien que había dedicado décadas a enseñar la virtud de razonar cuidadosamente. Damaris dejó escapar una risita involuntaria que intentó disimular tosiendo; Cassiano la miró con tal severidad que volvió inmediatamente a ocuparse de las tablillas. Sin embargo, el preceptor ya no podía fingir que aquello era una simple demostración de precocidad. Se dirigió hacia un pequeño armario, extrajo un tratado de geometría atribuido a Euclides y comenzó a buscar entre sus páginas una proposición suficientemente compleja.

—Esto es absurdo —murmuró, más para sí que para sus acompañantes—. La memoria puede explicar una respuesta aprendida, y el talento permite descubrir un procedimiento nuevo, pero ninguna de ambas cosas justifica que un muchacho responda antes de haber considerado siquiera las condiciones del problema. —Cerró el códice con cuidado y volvió hacia Marco una expresión donde la irritación comenzaba a ceder ante una curiosidad auténtica—. Dime entonces, joven Aeciano: si dos triángulos tienen idéntica superficie, ¿deben necesariamente tener el mismo perímetro? Y, si tu respuesta es negativa, quiero que me expliques por qué. No me interesa cuánto tardes, sino cómo lo demuestras.

Damaris, que había escuchado suficientes preguntas como para comprender que el maestro ya no estaba impartiendo una lección ordinaria, se aproximó discretamente a la mesa. —Maestro, perdonadme, pero quizá deberíamos llamar a Menas. Él dice que el joven señor tiene una mente prodigiosa. —Cassiano volvió lentamente la cabeza y la observó con una mezcla de orgullo herido y desaprobación profesional. —Menas Diodoro es un hombre de considerable erudición, Damaris, pero no necesito que un botánico alejandrino me explique cómo examinar a un alumno en geometría. —Tras una pausa añadió, bastante menos convencido—: Aunque quizá no sería inoportuno conocer qué clase de ejercicios ha estado practicando con él. Entretanto, joven Marco, espero tu demostración.

—Supongo que deseáis una demostración geométrica —respondió Marco con un desdén apenas disimulado. Tomó la regla y comenzó a trabajar sobre la tablilla, trazando dos triángulos de igual superficie y perímetros diferentes, acompañados de proporciones, cálculos y una explicación ordenada de las relaciones entre sus lados. Cassiano observó inicialmente con la satisfacción de quien finalmente había conseguido que un alumno utilizara los instrumentos apropiados, pero su expresión cambió cuando reparó en la escritura. Las letras eran pequeñas, regulares y extraordinariamente hermosas, con una uniformidad que habría provocado la envidia de un copista profesional. No había tachaduras, vacilaciones ni correcciones. Cada figura ocupaba exactamente el espacio necesario y las anotaciones parecían distribuidas según una composición prevista desde el principio. Cuando Marco terminó, sobre la cera había quedado una demostración tan limpia y elegante que habría podido trasladarse directamente a un códice de geometría destinado a una biblioteca aristocrática.

—Maestro, vos decís que los números no son oráculos, y en eso estáis en lo cierto. Si tengo las bases, puedo inferir cosas. No sé explicarlo bien. Los números se ordenan en mi cabeza; es como si pudiera verlos con colores. ¿Acaso sigo enfermo?

Cassiano levantó los ojos de la tablilla con una lentitud deliberada. La última pregunta había cambiado el carácter de la conversación, porque aquel muchacho no había pasado simplemente una temporada enfermo: durante años se había temido por su vida, y su recuperación continuaba siendo objeto de comentarios entre los habitantes de la villa. El preceptor examinó nuevamente la demostración, incapaz de encontrar un error que justificara una corrección, y se detuvo especialmente en la caligrafía. —No conozco enfermedad alguna que conceda semejante dominio de la geometría, joven señor. Tampoco conozco maestro que enseñe a escribir así a un muchacho de vuestra edad. —Pasó un dedo por el borde de la tablilla, evitando cuidadosamente tocar los trazos—. Decís que veis los números mediante colores. ¿Se trata de una imagen que aparece ante vuestros ojos o de una manera de describir vuestro pensamiento? Os ruego precisión, porque una cosa pertenece al lenguaje figurado y otra podría interesar legítimamente a un médico.

Damaris, que hasta entonces había permanecido junto al armario, contempló la tablilla con creciente admiración. —¡Por la Santísima Virgen! ¡Pero si escribe mejor que el secretario del dominus! —exclamó, olvidando por un momento la presencia del preceptor—. Y eso que el pobre lleva copiando documentos desde antes de que naciera el muchacho. ¿Veis, maestro? Yo os dije que había algo extraordinario en él. —Cassiano le dirigió una mirada severa, aunque esta vez no encontró una réplica inmediata. Le molestaba profundamente que una mujer sin formación geométrica pareciera comprender mejor que él la naturaleza excepcional de lo ocurrido, pero todavía más le irritaba la posibilidad de que Menas Diodoro hubiera conseguido, mediante métodos pedagógicos que consideraba demasiado heterodoxos, resultados superiores a los de toda una vida dedicada a la gramática, la retórica y las disciplinas liberales.

—La excelencia no es una enfermedad, Damaris, y agradecería que no convirtiéramos una demostración matemática en un prodigio religioso —repuso finalmente, recuperando su dignidad profesional—. Sin embargo, hay algo que debemos aclarar. —Se volvió hacia Marco y adoptó una expresión menos severa, aunque igualmente inquisitiva—. Vuestro tutor alejandrino me ha informado de ciertos experimentos que realizáis bajo su supervisión. Comprendo que las investigaciones sobre minerales, hornos y otras artes mecánicas puedan resultar fascinantes para un espíritu curioso, pero un patricio de vuestra casa no puede descuidar su formación literaria. Algún día habréis de dirigiros a senadores, generales y quizá emperadores. Ninguno de ellos os preguntará cómo funciona un fuelle cuando debáis defender los intereses de vuestra familia. Os preguntarán qué sabéis de Roma, de sus leyes y de los hombres que la hicieron grande.

Cassiano tomó asiento y contempló por última vez las figuras perfectamente trazadas. Su orgullo le impedía reconocer abiertamente que estaba impresionado, pero su inteligencia era demasiado elevada para despreciar lo que acababa de presenciar. —Por consiguiente, joven Marco, vamos a modificar nuestras lecciones. No veo utilidad alguna en obligaros a repetir operaciones que ya domináis. Mañana examinaremos vuestra retórica y vuestro conocimiento de los clásicos. Y si verdaderamente poseéis esa facilidad para organizar ideas, espero descubrir si sois igualmente capaz de defenderlas ante alguien que no esté dispuesto a concederos la razón. —Una sonrisa fina, casi imperceptible, apareció bajo su barba entrecana—. Porque, creedme, mi joven señor, encontraréis en vuestra vida muchos hombres incapaces de comprender una demostración correcta, pero perfectamente capaces de condenar a quien la haya realizado.

El resto de la tarde había quedado libre y Marco salió de la sala de estudios con la premura de quien acababa de escapar de una condena injusta. Sin embargo, apenas había recorrido el corredor que comunicaba las dependencias educativas con el patio de la villa, se encontró con su abuelo Aecio, acompañado de un hombre extraordinariamente corpulento, de barba gris y hombros tan anchos que parecía ocupar él solo buena parte del pasadizo. Era Brannus Ferrus, antiguo servidor del general, maestro de armas y herrero principal de la Casa Aeciana, cuya túnica conservaba manchas de carbón y cuyas enormes manos parecían incapaces de sostener algo delicado sin destruirlo. Aecio observó al muchacho que corría hacia ellos y, sin alterar su expresión grave ni el tono de su voz, hizo una pequeña indicación con la cabeza.

—Te lo dije, Brannus. Ya corre —comentó el anciano con aquella serenidad casi inexpresiva que conservaba incluso cuando estaba satisfecho—. Aunque todavía está demasiado delgado.

—¡Porque esa perra de Damaris no lo alimentaba como debía! —replicó inmediatamente el herrero, señalando los brazos del niño—. ¡Te lo dije hace meses! ¡Mírale los huesos, por todos los dioses! ¡Una ráfaga de viento podría llevárselo!

—¡No me insultes, maldito bárbaro! —exclamó Damaris, que acababa de salir de la sala de estudios y había escuchado perfectamente la acusación—. ¡No tienes ningún derecho a hablarme de esa manera delante del joven señor!

Brannus se volvió hacia ella con una lentitud deliberadamente ofensiva y, sin perder la sonrisa, le respondió directamente a la cara.

—Te llamo perra porque eres una perra, maldita sea. ¿O quieres que te llame yegua? Al menos una yegua sabe cuándo necesita comer un potrillo.

—Basta —ordenó Aecio, sin levantar la voz. La sola palabra fue suficiente para imponer silencio. El anciano general apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón y observó a Damaris con una severidad que hizo desaparecer buena parte de su indignación. No le agradaba que Brannus utilizara semejante lenguaje dentro de su casa, pero todavía menos le agradaba sospechar que aquel viejo insolente pudiera tener razón—. Damaris, ¿estás alimentando adecuadamente a mi nieto? Te encomendaron su cuidado durante años y no pienso tolerar negligencias precisamente ahora que ha recuperado la salud.

—¡Naturalmente, domine! ¡Jamás le ha faltado nada! —protestó ella, llevándose una mano al pecho—. El joven señor siempre ha sido delicado y de poco apetito. ¡Podéis preguntárselo!

—Desde que Nabira me da de comer, sí —intervino Marco con una inocencia cuidadosamente calculada—. Antes me quedaba con hambre, abuelo.

Damaris abrió la boca, pero durante varios segundos no encontró palabra alguna. Brannus soltó una carcajada tan brutal que tuvo que apoyarse contra una columna, mientras Aecio permanecía completamente inmóvil, mirando primero a su nieto y después a la mujer. Su expresión apenas cambió, aunque sus ojos adquirieron aquella dureza que muchos oficiales veteranos todavía recordaban de las campañas. —Largo, Damaris —ordenó finalmente—. Ya hablaremos de tus responsabilidades. Y cuida bien esas llaves, mujer. Puede que no cuelguen siempre de tu cintura. —No alzó la voz ni añadió ninguna explicación, pero la amenaza resultó suficientemente clara. Damaris hizo una reverencia precipitada y se retiró con pasos rígidos, mientras el sonido de sus llaves se alejaba por el corredor.

—Maldita sea, Aecio, llevamos cuarenta años discutiendo y todavía necesitas que te diga cuándo alguien está haciendo mal su trabajo —gruñó Brannus, satisfecho con aquella pequeña victoria. El general le dirigió una mirada fría. —Y tú llevas cuarenta años confundiendo la franqueza con el derecho a comportarte como un cerdo. —Brannus sonrió, aparentemente encantado con la reprimenda. Aecio volvió entonces su atención hacia Marco y lo examinó con la misma gravedad con que habría inspeccionado a un soldado recién salido de una larga convalecencia—. Ven aquí, muchacho. Quiero verte bien. Y después me explicarás por qué tu preceptor afirma que has pasado toda la tarde haciéndole quedar como un idiota.

Marco explicó que su intención no había sido humillar al preceptor, sino responder correctamente a cuanto le preguntaba, aunque reconoció que algunas de aquellas demostraciones le parecían innecesariamente largas. Con Menas había discutido ya las limitaciones de la notación numérica romana, particularmente incómoda cuando se trataba de efectuar cálculos complejos, expresar relaciones abstractas o trabajar con cantidades desconocidas. No despreciaba las matemáticas de sus antepasados, pero le interesaba conocer las de otros pueblos, especialmente las desarrolladas por los sabios de Oriente, cuyas maneras de representar las cantidades podían resultar más útiles. Aecio escuchó la explicación sin interrumpirlo, con aquella expresión severa y poco emocional que tantos generales habían confundido alguna vez con indiferencia. A su lado, Brannus observaba alternativamente al niño y al anciano, bastante más interesado en averiguar si Marco estaba suficientemente fuerte para visitar las fraguas que en comprender los defectos de la aritmética romana.

—Los romanos hemos construido caminos, acueductos y fortalezas sin necesitar que los persas nos enseñen a contar —observó Aecio, aunque no parecía particularmente ofendido—. Pero también hemos aprendido a combatir de los hunos, a navegar de los griegos y a negociar con hombres que no sabrían pronunciar correctamente el nombre de nuestra ciudad. Sería una estupidez rechazar un conocimiento útil simplemente porque procede de otra parte. —El viejo general guardó silencio unos momentos, examinando la expresión de su nieto. Tenía poca paciencia para las discusiones escolásticas, pero había conocido suficientes hombres extraordinarios durante su larga vida para reconocer que algunas inteligencias necesitaban algo más que disciplina. La explicación de Marco tampoco le resultaba enteramente incomprensible: un sistema de números poco práctico le parecía semejante a un ejército obligado a transmitir órdenes mediante mensajeros innecesarios.

—Mañana estudiarás retórica con Cassiano. No quiero que ese hombre venga a quejarse de que mi nieto sabe contar las estrellas, pero es incapaz de dirigirse dignamente a un senador. Después veremos si puedo conseguirte algún oriental bien aceitado que conozca esas matemáticas que tanto te interesan. —Aecio suspiró, resignado ante la perspectiva de tener que buscar un nuevo erudito para satisfacer las inquietudes del muchacho—. Menas conoce suficientes hombres de Alejandría como para orientarnos, aunque preferiría no llenar mi casa de filósofos que necesitan tres criados para recordar dónde dejaron sus sandalias.

—¡Por todos los dioses, otro griego! —protestó Brannus, levantando sus enormes manos ennegrecidas—. Ya tenemos uno que pasa medio día hablando con las plantas y el otro medio enseñando al muchacho a hacer cosas que ningún sacerdote comprende. Si traes otro, terminarán construyendo una máquina para discutir entre ellos sin necesidad de abrir la boca. —Aecio lo contempló sin la menor diversión visible. —Si inventaran semejante máquina, Brannus, te ordenaría utilizarla. —El herrero soltó una carcajada, pero el anciano ya había vuelto su atención hacia Marco.

—Ahora ve a jugar con tu esclava. Para eso la compré, entre otras cosas. No pretendo que pases toda tu infancia encerrado con viejos que discuten sobre números, enfermedades y pedazos de hierro. —Su mirada se desplazó brevemente hacia el corredor por el que había desaparecido Damaris, y su voz adquirió una gravedad más áspera—. Y si esa mujer vuelve a molestarte, vienes directamente a buscarme. No necesitas discutir con ella ni pedir permiso a nadie. ¿Está claro?

—Una cosa más, Marco —añadió Aecio cuando el muchacho estaba a punto de marcharse—. A partir de mañana, después de tus lecciones de retórica, aprenderás el manejo de las armas con Brannus. Él entrenó a tu hermano Lucio y, aunque carece de modales y probablemente de buena parte de las virtudes cristianas, es uno de los mejores maestros de combate que conozco. —El herrero recibió aquel elogio con una sonrisa satisfecha, aunque el general continuó sin concederle mayor atención—. No espero que tengas la constitución de tu hermano, pero un Aeciano debe saber defenderse y, sobre todo, comprender qué puede hacer un hombre armado. Brannus comenzará con ejercicios adecuados a tus fuerzas. No quiero un inválido por haber confundido la instrucción con una competición de fuerza.

Lucio. El nombre de su hermano mayor evocaba una figura casi legendaria dentro de la casa. Valeria sonreía con un orgullo difícil de disimular cada vez que llegaban noticias de sus campañas, de su destreza ecuestre o de la extraordinaria estatura que lo distinguía entre los jóvenes oficiales de la frontera. Los sirvientes hablaban del Gigante de Hierro con admiración, y hasta Aecio, tan poco inclinado a los elogios, reconocía sus méritos militares. Brannus, por su parte, resopló ante la comparación. —Tu hermano llegó a mis manos siendo un cachorro testarudo y salió convertido en un maldito ariete con piernas. Contigo tendremos que hacer otra cosa. —Aecio lo interrumpió con una mirada—. Precisamente. No quiero otro Lucio. Quiero que aprenda a utilizar aquello que tiene. Y ahora, marchaos los dos antes de que decida asignaros alguna tarea verdaderamente útil.

Albia apareció poco después en el extremo del corredor, con una pequeña cesta de tablillas y un rollo de pergamino cuidadosamente envuelto entre los brazos. La joven esclava onogura hizo una reverencia discreta al encontrarse con Marco y lo acompañó hasta su scriptorium particular, una habitación que el muchacho había ido convirtiendo en una extraña combinación de biblioteca, aula y gabinete de experimentos. Allí convivían códices, instrumentos de escritura, dibujos de mecanismos, recipientes de vidrio y anotaciones que habrían desconcertado a cualquier escriba convencional. Sobre una mesa próxima a la ventana esperaba el material de las lecciones de Albia: letras latinas trazadas con esmero, pasajes sencillos para ejercitar la lectura y algunas composiciones destinadas a perfeccionar aquella voz que tantos invitados de Valeria admiraban. La muchacha había demostrado una facilidad extraordinaria para cantar y recitar, pero durante las últimas semanas sus ejercicios se habían vuelto bastante menos agradables de lo que esperaba. Marco parecía interesado no solo en que cantara hermosamente, sino en comprender por qué lo hacía.

La lección comenzó con ejercicios respiratorios que Albia encontraba francamente extraños. Debía mantenerse erguida, relajar los hombros, tomar aire silenciosamente y sostener sonidos prolongados sin permitir que la garganta se endureciera. Un pequeño espejo de metal pulido servía para observar la posición de la boca y la mandíbula; una tira de pergamino suspendida frente a sus labios permitía apreciar la regularidad del aire expulsado. Después llegaron las escalas lentas, las vocales sostenidas y los cambios de registro, repetidos hasta que la joven empezó a sentir los músculos abdominales cansados. Marco utilizaba nociones de anatomía, respiración y acústica que Menas apenas comenzaba a relacionar entre sí, buscando que la muchacha dejara de compensar con tensión muscular aquello que podía conseguir mediante coordinación. Aquella tarde, sin embargo, el resultado inicial fue desastroso: Albia perdió varias notas que normalmente alcanzaba con facilidad, se ruborizó al escuchar su propia voz quebrarse y terminó bajando los ojos hacia la tablilla, convencida de haber cometido algún error vergonzoso. —Perdonadme, domine. Antes podía hacerlo... No comprendo por qué ahora me resulta tan difícil —murmuró, con la voz pequeña de quien teme haber decepcionado a su señor.

La dificultad no residía en la calidad de su voz, sino en que estaba intentando modificar hábitos que había desarrollado intuitivamente durante años. Una cantante acostumbrada a resolver cada frase mediante el instinto podía sentirse torpe cuando comenzaba a prestar atención consciente a movimientos que antes ejecutaba sin esfuerzo. El ejercicio continuó con frases breves, descanso entre repeticiones y una melodía tradicional que Albia conocía desde su infancia, interpretada primero como siempre y después procurando mantener la misma libertad expresiva sin forzar las notas más altas. Entonces ocurrió algo perceptible: el sonido adquirió una claridad más uniforme, las consonantes dejaron de interrumpir la línea melódica y una frase que antes terminaba con un ligero temblor pudo prolongarse con sorprendente estabilidad. La muchacha abrió los ojos, desconcertada por la facilidad de aquella última nota. —¡Oh! —exclamó, olvidando por un instante su habitual reserva—. ¡No me ha dolido nada! ¡Y todavía me quedaba aire! —Sonrió tímidamente, aunque el cansancio seguía visible en sus mejillas. Luego miró la tablilla de ejercicios y añadió con un atrevimiento excepcional en ella—: Pero, domine... ¿serán todas nuestras lecciones tan difíciles? Antes cantar era la parte más agradable del día.

Fuera del scriptorium, el sol descendía lentamente sobre las laderas y el ruido distante de las fraguas anunciaba que Brannus todavía trabajaba. Albia volvió a contemplar las anotaciones que tenía delante: letras, símbolos y pequeñas indicaciones sobre respiración, pausas y pronunciación. Había aprendido a leer palabras completas con mayor seguridad y ahora comenzaba a reconocer instrucciones escritas sin necesidad de que alguien se las explicara. Aquello le producía una satisfacción distinta de los elogios recibidos por su belleza o por su canto, porque cada palabra descifrada le pertenecía de una manera que ningún amo podía arrebatarle fácilmente. Con una sonrisa fatigada, levantó nuevamente la mirada hacia Marco. —¿Podemos cantar algo entero ahora, domine? Una canción de mi pueblo, quizá. Prometo recordar cómo respirar... aunque preferiría no tener que pensar en mis costillas durante toda la melodía.

 

 

 

viernes, 9 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Carta 12 febrero 1218

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Carta de Valeria Crispiana Severina a su amado hijo Juliano Aeciano

Dada en Mediolanum, a 12 de febrero del año 1218 desde la fundación de Roma,

A mi amadísimo hijo Juliano, alegría de mi corazón, orgullo de nuestra casa y, según parece, nuevo vencedor de monstruos en las tierras de Aquitania.

Hijo mío:

He recibido finalmente las noticias de vuestra extraordinaria aventura, aunque debo confesaros que, durante las primeras horas, habría preferido no recibir ninguna. Imaginad lo que ha significado para vuestra pobre madre enterarse, por una carta redactada con toda la circunspección de un funcionario que teme perder su puesto, de que su hijo había abandonado la seguridad del palacio de Tolosa para internarse en los bosques, enfrentarse a una criatura de proporciones abominables y regresar con tantos huesos quebrados que los médicos consideraron prodigioso que conservara la vida. ¡Juliano! ¿Acaso no hay suficientes entretenimientos entre los jóvenes de vuestra edad? ¿No podéis cazar ciervos, montar a caballo, cortejar alguna doncella respetable o dedicar siquiera una tarde a los autores que vuestro maestro intenta enseñaros? ¿Es absolutamente indispensable que busquéis animales que parecen escapados de los castigos de Dios?

Y, sin embargo, ¡qué orgullosa estoy de vos, mi precioso muchacho! He leído tres veces la relación que vuestro preceptor, el estimado Marcelo Medolini, ha tenido la gentileza de remitirme, y confieso que cada lectura me ha provocado un sentimiento distinto: primero espanto, después indignación y finalmente una satisfacción maternal tan profunda que apenas consigo disimularla. Marcelo, cuya inclinación por las expresiones grandilocuentes conocéis mejor que nadie, ha decidido bautizar a vuestra víctima con el nombre de «el Ceratófago de las Fauces Estigias», denominación que, según explica en una nota de considerable extensión, alude a sus terribles defensas, su naturaleza devoradora y su aparente parentesco con las monstruosidades que los poetas antiguos situaban en los confines del mundo. No sé si semejante criatura merece un nombre tan distinguido, pero ciertamente mi hijo merece que su hazaña sea recordada. ¡Un Aeciano vencedor de monstruos! ¡Como en los tiempos de Heracles y Belerofonte! Vuestro abuelo podrá desdeñar la poesía cuanto le plazca, pero ni siquiera él podrá negar que habéis realizado algo extraordinario. Me aseguran que vuestra fama se extiende ya por los salones de Tolosa y que algunos jóvenes han comenzado a recitar versos sobre vuestra victoria. Procurad, por amor a vuestra madre, que la próxima canción dedicada a vos no necesite mencionar vendas, médicos ni funerales.

Tengo además una noticia que llenará vuestro corazón de alegría. Vuestro hermano menor, Marco, ha sanado de manera tan extraordinaria que quienes conocieron su anterior estado apenas consiguen explicárselo. Los médicos hablan con cautela, los sacerdotes pronuncian palabras mucho más solemnes y yo, que soy su madre, solamente puedo agradecer a Nuestro Señor haberme devuelto una esperanza que durante demasiado tiempo apenas me atreví a conservar. Nuestro querido Marco se encuentra suficientemente restablecido para entregarse a sus estudios y ocupaciones, y ha expresado el deseo de escribiros personalmente. ¡Imaginadlo, Juliano! Dentro de unos días recibiréis la primera carta redactada por la propia mano de vuestro hermano. Os ruego que le respondáis con cariño y paciencia, y que no utilicéis su correspondencia como ocasión para burlaros de su caligrafía, de sus razonamientos o de cualquier peculiaridad que vuestra lengua insolente considere digna de comentario. Ha sufrido mucho y merece encontrar en sus hermanos el afecto que durante tanto tiempo le fue negado por la enfermedad.

También deseo comunicaros que las circunstancias familiares han mejorado considerablemente y que, por fin, podré residir en Mediolanum durante aproximadamente la mitad del año. Esta posibilidad me produce una satisfacción que difícilmente podría explicaros sin convertir la presente carta en una efusión de sentimientos impropia de una matrona de mi edad. Podré atender personalmente nuestros asuntos, visitar a antiguos conocidos y disfrutar de una libertad de movimientos que había echado profundamente de menos. Pero, sobre todo, podréis visitarme con mayor tranquilidad cuando viajéis a Italia, sin que cada encuentro deba convertirse en una negociación interminable con vuestro abuelo o en una ceremonia doméstica presidida por su malhumor. Espero que esta circunstancia os anime a regresar con mayor frecuencia, porque ninguna cantidad de cartas, por hermosas que sean las palabras que contengan, puede sustituir el placer de abrazar a un hijo al que se ha visto crecer demasiado lejos.

No interpretéis, sin embargo, mi alegría como una invitación a desatender vuestros deberes hacia nuestra familia. Sois romano, Juliano, y aunque reconozco con gratitud el afecto que os profesan los nobles godos y la generosa hospitalidad de Su Majestad Teodorico, deseo que jamás olvidéis la lengua, las costumbres y la dignidad de vuestros antepasados. Aprended cuanto de bueno encontréis entre los pueblos que os acogen, pero conservad siempre aquello que os distingue como miembro de la Casa Aeciana. Hablad latín con propiedad, cultivad vuestra educación, honrad a los autores antiguos y recordad que la verdadera nobleza no consiste únicamente en vencer enemigos, sino también en saber gobernarse a uno mismo. Sé que consideráis algunas ceremonias romanas insoportablemente tediosas y que preferís pasar una mañana cabalgando antes que escuchar a un jurista, pero os aseguro que llegará el día en que agradeceréis poseer una educación capaz de abriros puertas que ninguna espada podría derribar.

Finalmente, debo hablaros de vuestro abuelo. Sé que vuestra última conversación fue desagradable y que ambos pronunciaron palabras que habrían debido quedar sin decir. Conozco perfectamente su temperamento, Juliano, y no pretendo justificarlo. Pero recordad que Flavio Aecio es ya un hombre anciano, debilitado por los años y por una vida que habría destruido a otros diez hombres. Las glorias militares que lo hicieron célebre pertenecen ahora al pasado, aunque él todavía conserve el orgullo de quien mandó ejércitos y decidió el destino de emperadores. Tened paciencia con sus defectos, incluso cuando él no demuestre la misma indulgencia hacia los vuestros. Sigue siendo vuestro abuelo, os ama más de lo que su severidad permite reconocer y, aunque ninguno de los dos quiera admitirlo, sospecho que os parecéis bastante más de lo conveniente. No desperdiciéis los años que todavía podéis compartir por una disputa que algún día quizá consideraréis insignificante.

Que Nuestro Señor Jesucristo os proteja, que la Santísima Virgen interceda por vuestra salud y que los ángeles custodien vuestros pasos, especialmente cuando vuestra insensatez os lleve a lugares donde ninguna madre sensata permitiría aventurarse a su hijo. Conservad mi bendición, obedeced a vuestros médicos, mostrad gratitud a quienes os salvaron y recordad que ninguna gloria del mundo vale tanto como vuestra vida para quien os llevó en su vientre.

Os abrazo con todo el amor que puede contener el corazón de una madre.

Valeria Crispiana Severina

Vuestra madre, que os ama infinitamente y espera no tener que felicitaros jamás por matar otra monstruosidad.

Posdata: Vuestro abuelo es, ciertamente, un viejo cretino, avaro, tenebroso y extraordinariamente difícil de soportar. Lo sé mejor que vos, querido mío, pues llevo muchos años padeciendo sus virtudes y, sobre todo, sus defectos. Pero sigue siendo vuestro abuelo. Y os prohíbo terminantemente decirle que he escrito estas palabras.

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...