viernes, 9 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Carta 12 febrero 1218

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Carta de Valeria Crispiana Severina a su amado hijo Juliano Aeciano

Dada en Mediolanum, a 12 de febrero del año 1218 desde la fundación de Roma,

A mi amadísimo hijo Juliano, alegría de mi corazón, orgullo de nuestra casa y, según parece, nuevo vencedor de monstruos en las tierras de Aquitania.

Hijo mío:

He recibido finalmente las noticias de vuestra extraordinaria aventura, aunque debo confesaros que, durante las primeras horas, habría preferido no recibir ninguna. Imaginad lo que ha significado para vuestra pobre madre enterarse, por una carta redactada con toda la circunspección de un funcionario que teme perder su puesto, de que su hijo había abandonado la seguridad del palacio de Tolosa para internarse en los bosques, enfrentarse a una criatura de proporciones abominables y regresar con tantos huesos quebrados que los médicos consideraron prodigioso que conservara la vida. ¡Juliano! ¿Acaso no hay suficientes entretenimientos entre los jóvenes de vuestra edad? ¿No podéis cazar ciervos, montar a caballo, cortejar alguna doncella respetable o dedicar siquiera una tarde a los autores que vuestro maestro intenta enseñaros? ¿Es absolutamente indispensable que busquéis animales que parecen escapados de los castigos de Dios?

Y, sin embargo, ¡qué orgullosa estoy de vos, mi precioso muchacho! He leído tres veces la relación que vuestro preceptor, el estimado Marcelo Medolini, ha tenido la gentileza de remitirme, y confieso que cada lectura me ha provocado un sentimiento distinto: primero espanto, después indignación y finalmente una satisfacción maternal tan profunda que apenas consigo disimularla. Marcelo, cuya inclinación por las expresiones grandilocuentes conocéis mejor que nadie, ha decidido bautizar a vuestra víctima con el nombre de «el Ceratófago de las Fauces Estigias», denominación que, según explica en una nota de considerable extensión, alude a sus terribles defensas, su naturaleza devoradora y su aparente parentesco con las monstruosidades que los poetas antiguos situaban en los confines del mundo. No sé si semejante criatura merece un nombre tan distinguido, pero ciertamente mi hijo merece que su hazaña sea recordada. ¡Un Aeciano vencedor de monstruos! ¡Como en los tiempos de Heracles y Belerofonte! Vuestro abuelo podrá desdeñar la poesía cuanto le plazca, pero ni siquiera él podrá negar que habéis realizado algo extraordinario. Me aseguran que vuestra fama se extiende ya por los salones de Tolosa y que algunos jóvenes han comenzado a recitar versos sobre vuestra victoria. Procurad, por amor a vuestra madre, que la próxima canción dedicada a vos no necesite mencionar vendas, médicos ni funerales.

Tengo además una noticia que llenará vuestro corazón de alegría. Vuestro hermano menor, Marco, ha sanado de manera tan extraordinaria que quienes conocieron su anterior estado apenas consiguen explicárselo. Los médicos hablan con cautela, los sacerdotes pronuncian palabras mucho más solemnes y yo, que soy su madre, solamente puedo agradecer a Nuestro Señor haberme devuelto una esperanza que durante demasiado tiempo apenas me atreví a conservar. Nuestro querido Marco se encuentra suficientemente restablecido para entregarse a sus estudios y ocupaciones, y ha expresado el deseo de escribiros personalmente. ¡Imaginadlo, Juliano! Dentro de unos días recibiréis la primera carta redactada por la propia mano de vuestro hermano. Os ruego que le respondáis con cariño y paciencia, y que no utilicéis su correspondencia como ocasión para burlaros de su caligrafía, de sus razonamientos o de cualquier peculiaridad que vuestra lengua insolente considere digna de comentario. Ha sufrido mucho y merece encontrar en sus hermanos el afecto que durante tanto tiempo le fue negado por la enfermedad.

También deseo comunicaros que las circunstancias familiares han mejorado considerablemente y que, por fin, podré residir en Mediolanum durante aproximadamente la mitad del año. Esta posibilidad me produce una satisfacción que difícilmente podría explicaros sin convertir la presente carta en una efusión de sentimientos impropia de una matrona de mi edad. Podré atender personalmente nuestros asuntos, visitar a antiguos conocidos y disfrutar de una libertad de movimientos que había echado profundamente de menos. Pero, sobre todo, podréis visitarme con mayor tranquilidad cuando viajéis a Italia, sin que cada encuentro deba convertirse en una negociación interminable con vuestro abuelo o en una ceremonia doméstica presidida por su malhumor. Espero que esta circunstancia os anime a regresar con mayor frecuencia, porque ninguna cantidad de cartas, por hermosas que sean las palabras que contengan, puede sustituir el placer de abrazar a un hijo al que se ha visto crecer demasiado lejos.

No interpretéis, sin embargo, mi alegría como una invitación a desatender vuestros deberes hacia nuestra familia. Sois romano, Juliano, y aunque reconozco con gratitud el afecto que os profesan los nobles godos y la generosa hospitalidad de Su Majestad Teodorico, deseo que jamás olvidéis la lengua, las costumbres y la dignidad de vuestros antepasados. Aprended cuanto de bueno encontréis entre los pueblos que os acogen, pero conservad siempre aquello que os distingue como miembro de la Casa Aeciana. Hablad latín con propiedad, cultivad vuestra educación, honrad a los autores antiguos y recordad que la verdadera nobleza no consiste únicamente en vencer enemigos, sino también en saber gobernarse a uno mismo. Sé que consideráis algunas ceremonias romanas insoportablemente tediosas y que preferís pasar una mañana cabalgando antes que escuchar a un jurista, pero os aseguro que llegará el día en que agradeceréis poseer una educación capaz de abriros puertas que ninguna espada podría derribar.

Finalmente, debo hablaros de vuestro abuelo. Sé que vuestra última conversación fue desagradable y que ambos pronunciaron palabras que habrían debido quedar sin decir. Conozco perfectamente su temperamento, Juliano, y no pretendo justificarlo. Pero recordad que Flavio Aecio es ya un hombre anciano, debilitado por los años y por una vida que habría destruido a otros diez hombres. Las glorias militares que lo hicieron célebre pertenecen ahora al pasado, aunque él todavía conserve el orgullo de quien mandó ejércitos y decidió el destino de emperadores. Tened paciencia con sus defectos, incluso cuando él no demuestre la misma indulgencia hacia los vuestros. Sigue siendo vuestro abuelo, os ama más de lo que su severidad permite reconocer y, aunque ninguno de los dos quiera admitirlo, sospecho que os parecéis bastante más de lo conveniente. No desperdiciéis los años que todavía podéis compartir por una disputa que algún día quizá consideraréis insignificante.

Que Nuestro Señor Jesucristo os proteja, que la Santísima Virgen interceda por vuestra salud y que los ángeles custodien vuestros pasos, especialmente cuando vuestra insensatez os lleve a lugares donde ninguna madre sensata permitiría aventurarse a su hijo. Conservad mi bendición, obedeced a vuestros médicos, mostrad gratitud a quienes os salvaron y recordad que ninguna gloria del mundo vale tanto como vuestra vida para quien os llevó en su vientre.

Os abrazo con todo el amor que puede contener el corazón de una madre.

Valeria Crispiana Severina

Vuestra madre, que os ama infinitamente y espera no tener que felicitaros jamás por matar otra monstruosidad.

Posdata: Vuestro abuelo es, ciertamente, un viejo cretino, avaro, tenebroso y extraordinariamente difícil de soportar. Lo sé mejor que vos, querido mío, pues llevo muchos años padeciendo sus virtudes y, sobre todo, sus defectos. Pero sigue siendo vuestro abuelo. Y os prohíbo terminantemente decirle que he escrito estas palabras.

 

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