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Carta de Valeria Crispiana Severina a su amado hijo Juliano Aeciano
Dada en Mediolanum, a 12 de febrero del año 1218 desde la fundación de Roma,
A mi amadísimo hijo Juliano, alegría de mi corazón, orgullo de nuestra casa
y, según parece, nuevo vencedor de monstruos en las tierras de Aquitania.
Hijo mío:
He recibido finalmente las noticias de vuestra extraordinaria aventura,
aunque debo confesaros que, durante las primeras horas, habría preferido no
recibir ninguna. Imaginad lo que ha significado para vuestra pobre madre
enterarse, por una carta redactada con toda la circunspección de un funcionario
que teme perder su puesto, de que su hijo había abandonado la seguridad del
palacio de Tolosa para internarse en los bosques, enfrentarse a una criatura de
proporciones abominables y regresar con tantos huesos quebrados que los médicos
consideraron prodigioso que conservara la vida. ¡Juliano! ¿Acaso no hay
suficientes entretenimientos entre los jóvenes de vuestra edad? ¿No podéis
cazar ciervos, montar a caballo, cortejar alguna doncella respetable o dedicar
siquiera una tarde a los autores que vuestro maestro intenta enseñaros? ¿Es
absolutamente indispensable que busquéis animales que parecen escapados de los
castigos de Dios?
Y, sin embargo, ¡qué orgullosa estoy de vos, mi precioso muchacho! He leído
tres veces la relación que vuestro preceptor, el estimado Marcelo Medolini, ha
tenido la gentileza de remitirme, y confieso que cada lectura me ha provocado
un sentimiento distinto: primero espanto, después indignación y finalmente una
satisfacción maternal tan profunda que apenas consigo disimularla. Marcelo,
cuya inclinación por las expresiones grandilocuentes conocéis mejor que nadie,
ha decidido bautizar a vuestra víctima con el nombre de «el Ceratófago de las
Fauces Estigias», denominación que, según explica en una nota de considerable
extensión, alude a sus terribles defensas, su naturaleza devoradora y su
aparente parentesco con las monstruosidades que los poetas antiguos situaban en
los confines del mundo. No sé si semejante criatura merece un nombre tan
distinguido, pero ciertamente mi hijo merece que su hazaña sea recordada. ¡Un
Aeciano vencedor de monstruos! ¡Como en los tiempos de Heracles y Belerofonte!
Vuestro abuelo podrá desdeñar la poesía cuanto le plazca, pero ni siquiera él
podrá negar que habéis realizado algo extraordinario. Me aseguran que vuestra
fama se extiende ya por los salones de Tolosa y que algunos jóvenes han
comenzado a recitar versos sobre vuestra victoria. Procurad, por amor a vuestra
madre, que la próxima canción dedicada a vos no necesite mencionar vendas,
médicos ni funerales.
Tengo además una noticia que llenará vuestro corazón de alegría. Vuestro
hermano menor, Marco, ha sanado de manera tan extraordinaria que quienes
conocieron su anterior estado apenas consiguen explicárselo. Los médicos hablan
con cautela, los sacerdotes pronuncian palabras mucho más solemnes y yo, que
soy su madre, solamente puedo agradecer a Nuestro Señor haberme devuelto una
esperanza que durante demasiado tiempo apenas me atreví a conservar. Nuestro
querido Marco se encuentra suficientemente restablecido para entregarse a sus
estudios y ocupaciones, y ha expresado el deseo de escribiros personalmente.
¡Imaginadlo, Juliano! Dentro de unos días recibiréis la primera carta redactada
por la propia mano de vuestro hermano. Os ruego que le respondáis con cariño y
paciencia, y que no utilicéis su correspondencia como ocasión para burlaros de
su caligrafía, de sus razonamientos o de cualquier peculiaridad que vuestra
lengua insolente considere digna de comentario. Ha sufrido mucho y merece
encontrar en sus hermanos el afecto que durante tanto tiempo le fue negado por
la enfermedad.
También deseo comunicaros que las circunstancias familiares han mejorado
considerablemente y que, por fin, podré residir en Mediolanum durante
aproximadamente la mitad del año. Esta posibilidad me produce una satisfacción
que difícilmente podría explicaros sin convertir la presente carta en una
efusión de sentimientos impropia de una matrona de mi edad. Podré atender
personalmente nuestros asuntos, visitar a antiguos conocidos y disfrutar de una
libertad de movimientos que había echado profundamente de menos. Pero, sobre
todo, podréis visitarme con mayor tranquilidad cuando viajéis a Italia, sin que
cada encuentro deba convertirse en una negociación interminable con vuestro
abuelo o en una ceremonia doméstica presidida por su malhumor. Espero que esta
circunstancia os anime a regresar con mayor frecuencia, porque ninguna cantidad
de cartas, por hermosas que sean las palabras que contengan, puede sustituir el
placer de abrazar a un hijo al que se ha visto crecer demasiado lejos.
No interpretéis, sin embargo, mi alegría como una invitación a desatender
vuestros deberes hacia nuestra familia. Sois romano, Juliano, y aunque
reconozco con gratitud el afecto que os profesan los nobles godos y la generosa
hospitalidad de Su Majestad Teodorico, deseo que jamás olvidéis la lengua, las
costumbres y la dignidad de vuestros antepasados. Aprended cuanto de bueno
encontréis entre los pueblos que os acogen, pero conservad siempre aquello que
os distingue como miembro de la Casa Aeciana. Hablad latín con propiedad,
cultivad vuestra educación, honrad a los autores antiguos y recordad que la
verdadera nobleza no consiste únicamente en vencer enemigos, sino también en
saber gobernarse a uno mismo. Sé que consideráis algunas ceremonias romanas
insoportablemente tediosas y que preferís pasar una mañana cabalgando antes que
escuchar a un jurista, pero os aseguro que llegará el día en que agradeceréis
poseer una educación capaz de abriros puertas que ninguna espada podría
derribar.
Finalmente, debo hablaros de vuestro abuelo. Sé que vuestra última
conversación fue desagradable y que ambos pronunciaron palabras que habrían
debido quedar sin decir. Conozco perfectamente su temperamento, Juliano, y no
pretendo justificarlo. Pero recordad que Flavio Aecio es ya un hombre anciano,
debilitado por los años y por una vida que habría destruido a otros diez
hombres. Las glorias militares que lo hicieron célebre pertenecen ahora al
pasado, aunque él todavía conserve el orgullo de quien mandó ejércitos y
decidió el destino de emperadores. Tened paciencia con sus defectos, incluso
cuando él no demuestre la misma indulgencia hacia los vuestros. Sigue siendo
vuestro abuelo, os ama más de lo que su severidad permite reconocer y, aunque
ninguno de los dos quiera admitirlo, sospecho que os parecéis bastante más de
lo conveniente. No desperdiciéis los años que todavía podéis compartir por una
disputa que algún día quizá consideraréis insignificante.
Que Nuestro Señor Jesucristo os proteja, que la Santísima Virgen interceda
por vuestra salud y que los ángeles custodien vuestros pasos, especialmente
cuando vuestra insensatez os lleve a lugares donde ninguna madre sensata
permitiría aventurarse a su hijo. Conservad mi bendición, obedeced a vuestros
médicos, mostrad gratitud a quienes os salvaron y recordad que ninguna gloria
del mundo vale tanto como vuestra vida para quien os llevó en su vientre.
Os abrazo con todo el amor que puede contener el corazón de una madre.
Valeria Crispiana Severina
Vuestra madre, que os ama infinitamente y espera no tener que felicitaros
jamás por matar otra monstruosidad.
Posdata: Vuestro abuelo es, ciertamente, un viejo cretino, avaro, tenebroso
y extraordinariamente difícil de soportar. Lo sé mejor que vos, querido mío,
pues llevo muchos años padeciendo sus virtudes y, sobre todo, sus defectos.
Pero sigue siendo vuestro abuelo. Y os prohíbo terminantemente decirle que he
escrito estas palabras.
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