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La tarde transcurría apaciblemente en los aposentos privados del palacio de Tolosa, donde Teodorico II Balti, rey de los visigodos y señor de una parte considerable de la Galia, se encontraba librando una batalla que ningún guerrero de su hueste habría reconocido como digna de su rango. Frente a él permanecía sentado un maestro de retórica llegado de Italia, un hombre enjuto, de barba cuidadosamente recortada y manos delicadas, que llevaba casi una hora intentando perfeccionar la pronunciación latina del monarca. La reina Gisila Valamerica supervisaba la lección desde un diván cubierto de almohadones orientales, ocupada aparentemente en examinar unas muestras de seda, aunque sus ojos gris verdosos seguían cada equivocación con una atención implacable. La iniciativa había sido suya: deseaba viajar a Roma durante la próxima Semana Santa, asistir a las solemnes celebraciones pascuales y escuchar personalmente la misa del obispo de Roma. Teodorico, que podía dirigir una carga de caballería, negociar con generales imperiales y recitar de memoria versos latinos, consideraba profundamente humillante que un hombre incapaz de levantar una espada pretendiera enseñarle a colocar la lengua para pronunciar correctamente ciertas consonantes.
—Majestad, nuevamente, os lo suplico —insistió el retórico con la
resignación de quien sospechaba haber aceptado un encargo suicida—. Romanorum,
no Rومانorum con esa vibración tan marcada. La dignidad de la lengua exige
cierta suavidad.
—La dignidad de mi lengua exige que nadie la toque —replicó Teodorico,
provocando que Gisila ocultara una sonrisa detrás de su copa—. He negociado con
senadores, he recibido embajadores de Constantinopla y he discutido con obispos
en un latín que todos comprendieron perfectamente.
—Sin duda, esposo mío —intervino la reina, dejando finalmente las sedas a un
lado—. Pero comprenderos no siempre significa admiraros. En Roma habrá hombres
capaces de perdonaros una derrota militar antes que una declinación
desafortunada. Y no pienso viajar durante semanas para escuchar cómo mi augusto
marido convierte una audiencia pontificia en una discusión de establo.
El rey se volvió hacia ella con una expresión de fingida indignación. —Soy
el rey de los godos, Gisila.
—Y nadie lo ha olvidado, querido. Precisamente por eso nos esforzamos tanto
en que también parezcáis el rey de los godos cuando habléis ante los romanos.
Aquella conversación revelaba una particularidad del poder en Tolosa que
resultaba difícil de comprender para quienes imaginaban la autoridad patriarcal
como una potestad absoluta y uniforme. Teodorico era indiscutiblemente el señor
de su casa en términos jurídicos y políticos, pero su autoridad doméstica no
significaba que pudiera gobernar eficazmente sin negociar con quienes sostenían
su prestigio. En la aristocracia goda, donde las grandes familias conservaban
guerreros, tierras y clientelas propias, el matrimonio regio constituía también
una alianza entre linajes poderosos. Gisila aportaba parentescos, fidelidades,
patrimonio y relaciones que no desaparecían por convertirse en esposa. A ello
se sumaba la influencia de las costumbres aristocráticas romanas, donde las
grandes matronas administraban bienes, patrocinaban instituciones religiosas,
intervenían en matrimonios y podían adquirir una considerable autonomía
mediante sus redes familiares. La autoridad masculina seguía siendo la norma
proclamada, pero su ejercicio cotidiano se distribuía entre numerosas personas
cuya cooperación era indispensable. Gisila jamás necesitaba contradecir
públicamente a su marido para imponer su parecer: podía conseguir que un obispo
recomendara cierta conducta, que un consejero sugiriera determinada visita o
que los nobles terminaran considerando prudente una decisión que ella había
promovido semanas antes. El patriarcado no desaparecía; dejaba de funcionar
como una cadena de órdenes indiscutibles y se convertía, en determinados
círculos aristocráticos, en una negociación permanente de autoridad, reputación
y dependencia mutua.
—Vuestra Majestad debe comprender —prosiguió el maestro, algo más animado al
descubrir que la reina respaldaba sus esfuerzos— que una buena pronunciación no
solo embellece el discurso: manifiesta disciplina intelectual, educación y
respeto por quien escucha.
—Mi maestro de armas decía exactamente lo mismo sobre la manera de sostener
una lanza —respondió Teodorico—. La diferencia es que él podía demostrar sus
argumentos sin recurrir a tantos adverbios.
Gisila soltó una carcajada franca, poco habitual en ella, y se incorporó
para acercarse a su esposo. —Teodorico, querido, nadie pretende convertiros en
senador. Roma ya tiene demasiados. Deseo que cuando entremos en la ciudad, los
grandes señores no contemplen a un príncipe extranjero que necesita intérpretes
para hablar de religión, sino a un rey cristiano capaz de conversar con sus
obispos y discutir con sus aristócratas como un igual.
El monarca dejó de sonreír. Comprendía perfectamente la dimensión política
del viaje: acudir a las celebraciones romanas no significaba únicamente
realizar una peregrinación devota, sino presentarse ante una de las
instituciones más prestigiosas del mundo occidental, precisamente en una época
en que la relación entre las comunidades nicenas y homoianas continuaba cargada
de diferencias doctrinales. Para Gisila, aquella visita podía convertirse en
una extraordinaria demostración de legitimidad; para Teodorico, también
entrañaba el riesgo de que algún prelado decidiera examinar la ortodoxia del
rey con más entusiasmo del conveniente.
—Muy bien —concedió finalmente, tomando asiento con la solemnidad de quien
acepta las condiciones de una rendición honorable—. Continuemos. Pero quiero
que conste que jamás he permitido que un enemigo me haga repetir veinte veces
una misma palabra.
—Entonces podéis consideraros afortunado de estar entre amigos, majestad
—respondió el maestro.
Gisila depositó una mano sobre el hombro de su esposo y le dedicó una
sonrisa de satisfacción que el rey conocía demasiado bien: era la expresión que
adoptaba cuando acababa de obtener exactamente lo que quería sin haber
pronunciado una sola orden. En aquel preciso instante, desde el patio exterior
comenzaron a escucharse los cascos apresurados de varios caballos y la voz de
un oficial que exigía audiencia inmediata. Teodorico levantó la mirada con
visible alivio, casi agradecido de que alguna desgracia del reino viniera a
rescatarlo de la gramática, mientras Gisila observaba la puerta con una
inquietud que aumentó al escuchar las palabras «los jóvenes nobles» y «una
criatura monstruosa».
Victorius de Burdigala tenía la desagradable costumbre de aparecer en los
aposentos reales con el aspecto de uno de aquellos monstruos chupadores de
sangre que, según ciertas historias campesinas, abandonaban sus catacumbas
durante la noche para atormentar a los vivos. Al menos, eso pensaba Teodorico
II cada vez que su alto secretario cruzaba una puerta. Era un hombre delgado,
de rostro estrecho, pómulos marcados y manos largas que parecían haber sido
fabricadas exclusivamente para sostener cálamos, sellar documentos y señalar
errores ajenos. Su espalda conservaba una rectitud tan perfecta que el rey
sospechaba que algún artesano había sustituido su columna vertebral por una
pieza de roble. Jamás entraba apresuradamente, jamás elevaba la voz y jamás
anunciaba nada agradable. Su presencia significaba invariablemente una guerra
que financiar, otro muchachuelo aristocrático que alojar y alimentar, alguna
disputa entre obispos o un nuevo dictamen procedente del papa o del emperador,
redactado con la extensión suficiente para arruinar una mañana entera.
Aquella tarde, sin embargo, Teodorico recibió su aparición como una
intervención providencial. El maestro italiano acababa de solicitarle por
séptima vez que suavizara una consonante durante la declinación de cierta
palabra latina, y el rey se encontraba considerando seriamente la posibilidad
de declarar que todos los habitantes de Aquitania podrían utilizar el
nominativo para cualquier circunstancia de la vida. Al descubrir a Victorius en
el umbral, su rostro se iluminó con un entusiasmo que desconcertó al
secretario. —¡Victorius! ¡Mi estimado y siempre oportuno Victorius! ¡Entrad
inmediatamente! ¿Qué desgracia nos traéis? ¿Una invasión franca? ¿Una
sublevación? ¿Ha decidido el emperador volver a exigirnos soldados que no
piensa pagar? —El galorromano inclinó la cabeza con su cortesía habitual,
sorprendido por aquella recepción insólitamente cordial.
—Majestad, lamento interrumpir vuestra instrucción. —¡Yo no! —respondió
Teodorico con una sinceridad tan rotunda que Gisila cerró los ojos, resignada—.
Hablad, hombre. Si se trata de una guerra, os prometo que la escucharemos con
toda la atención que merece.
Victorius observó fugazmente al maestro de retórica, después a la reina y
finalmente al soberano, comprendiendo con aquella rapidez venenosa que
constituía su principal talento que acababa de convertirse involuntariamente en
el salvador de su señor. No permitió que la satisfacción se reflejara en su
semblante.
—Me temo que no se trata de una guerra, majestad, aunque los acontecimientos
poseen suficientes elementos militares, religiosos y diplomáticos para exigir
vuestra atención inmediata. Una comitiva de campesinos se aproxima desde las
propiedades situadas al sur de Tolosa. La encabezan varios jóvenes nobles de
vuestra corte, acompañados por sacerdotes y servidores de las casas Amalrica y
Vidimera. Transportan a un herido de consideración y arrastran el cadáver de
una criatura extraordinaria, cuya naturaleza todavía no ha podido establecerse.
—Teodorico levantó una mano. —¿Un cadáver extraordinario?
—Así lo aseguran los primeros mensajeros, señor. —¿Y los jóvenes? —El conde
Walia Amalrico, Gundemaro Vidimero y Juliano Aeciano. El último habría recibido
heridas graves durante el enfrentamiento.
La expresión del rey cambió inmediatamente. Desapareció el humor de su
rostro y, durante unos instantes, volvió a parecer el monarca que había
conseguido mantener unidos a señores mucho más orgullosos y peligrosos que
cualquier maestro de gramática.
—¿Juliano? —preguntó, incorporándose—. ¿Qué tan graves son sus heridas?
—No dispongo todavía de un informe médico, majestad. Los mensajeros aseguran
que perdió el conocimiento y que su respiración quedó interrumpida durante un
breve periodo. Una muchacha encontrada en las ruinas habría logrado reanimarlo
mediante procedimientos que los testigos no supieron describir.
—Gisila dejó las sedas sobre el diván y se levantó con una serenidad que no
ocultaba completamente su preocupación. Conocía demasiado bien al joven
Aeciano, su inclinación por los peligros innecesarios y el afecto que su esposo
le profesaba.
—Habrá que avisar a Lidia —dijo—. Y preparar los aposentos donde puedan
atenderlo sin que medio palacio intente verlo. Victorius, enviad por los
mejores médicos disponibles. Teodorico, haced que la guardia despeje el acceso
occidental.
—El rey volvió la cabeza hacia su esposa y estuvo a punto de recordarle que
era él quien impartía las órdenes en aquel palacio, pero comprendió que todas
eran sensatas y que discutirlas únicamente retrasaría lo necesario.
—Habéis oído a vuestra reina —declaró finalmente—. Cumplidlo.
Victorius inclinó nuevamente la cabeza, aunque en sus ojos apareció un
destello de inquietud al recordar el detalle que todavía no había comunicado.
—Hay algo más, majestad. Los sacerdotes que acompañan la comitiva afirman
que el cadáver de la criatura cambió de color al recibir agua bendita. Los
campesinos hablan ya de demonios, y algunos sostienen que otras bestias
continúan merodeando por los bosques.
Teodorico permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre el respaldo de su
asiento. Gisila observó a Victorius con atención, consciente de que aquel
hombre jamás habría utilizado semejantes palabras delante del rey sin haber
considerado cuidadosamente sus consecuencias. El soberano, por su parte, volvió
a pensar en Juliano, en su costumbre de perseguir cualquier peligro que
prometiera una historia digna de contarse y en la posibilidad de que aquella
imprudencia terminara costándole la vida. Después miró hacia el maestro
italiano, que había permanecido discretamente apartado durante toda la
conversación.
—La lección ha terminado —anunció.
—Desde luego, majestad —respondió el retórico, inclinándose—. Podremos
continuar mañana.
Teodorico lo contempló con una expresión sombría y añadió, mientras se
dirigía hacia la puerta—: Si el muchacho sobrevive, maestro, prometo declinar
todas las palabras que deseéis. Si no sobrevive, temo que el latín perderá para
siempre a uno de sus estudiantes menos agradecidos.
Teodorico atravesó las puertas de sus aposentos con una energía que obligó a
los dos guardias del corredor a apartarse precipitadamente. Victorius lo siguió
a una distancia respetuosa, sosteniendo un pequeño rollo de correspondencia
contra el pecho, mientras Gisila avanzaba varios pasos detrás de ambos, con la
serenidad de una reina que conocía demasiado bien las tormentas de su esposo.
—¡¿Dónde está ese hijo de puta del Tuerto?! —rugió el monarca, provocando
que un sirviente dejara caer una bandeja de copas.
—Si Vuestra Majestad se refiere a Athanarico —respondió Victorius con su
acostumbrada suavidad—, se encuentra al norte, dirigiendo una incursión contra
cierto reyezuelo fronterizo cuya insolencia había alcanzado proporciones
intolerables.
—¡¿Y quién demonios le ordenó semejante estupidez?!
—Vos, majestad. El martes pasado. Después de la cena.
Teodorico se detuvo en seco. Victorius permaneció perfectamente inmóvil, con
aquel semblante de hombre momificado en vida que tanto irritaba al soberano. Su
expresión parecía expresar una conclusión insoportable: el rey puede ser un
imbécil, pero sigue siendo el rey, y mi deber consiste en recordarle
discretamente las consecuencias de sus propias órdenes.
—¡Maldito sea el martes! —masculló Teodorico, reanudando la marcha y
descargando una patada contra el escudo de un guardia que había cometido la
imprudencia de permanecer demasiado cerca. El hombre dio un salto hacia atrás,
y los demás comprendieron inmediatamente que aquella tarde convenía dejar al
menos tres pasos libres alrededor de Su Majestad.
Al doblar hacia la galería de las audiencias menores, el rey encontró a
varios emisarios de las familias senatoriales galorromanas que conversaban
apresuradamente con dos funcionarios palatinos. En cuanto lo reconocieron,
inclinaron las cabezas y guardaron silencio, pero Teodorico alcanzó a
distinguir en sus rostros aquella expresión cuidadosamente compungida que los
aristócratas romanos adoptaban cuando una desgracia ajena prometía convertirse
en una cuestión diplomática. Sintió que se le helaba la sangre. Las cartas. Por
supuesto, las malditas cartas. A aquellas alturas algún escriba debía de estar
preparando ya un informe para los parientes italianos de Juliano, otro para los
contactos de los Anicios, quizá un tercero destinado a los círculos militares de
Rávena. Los romanos podían perder una provincia y discutir durante semanas
sobre qué funcionario tenía competencia para certificarlo, pero cuando el nieto
de Flavio Aecio resultaba herido bajo la hospitalidad de un rey extranjero,
encontraban milagrosamente la capacidad de escribir, sellar y despachar
correspondencia antes de que terminara la tarde.
—Mierda… —susurró Teodorico, palideciendo—. Esto no va a gustarles a los
romanos. Ni una maldita mierda. —Victorius inclinó ligeramente la cabeza. —Una
apreciación extraordinariamente precisa, majestad. Permítaseme añadir que
vuestra posición sería más favorable si pudiéramos proporcionarles noticias
médicas tranquilizadoras antes de que los rumores alcancen Italia.
Pero Teodorico apenas lo escuchaba, porque un nombre había comenzado a
adquirir dimensiones aterradoras en su imaginación: Aecio. El anciano Flavio
Aecio, el León de Occidente, aquel hombre que había compartido campañas,
rivalidades y alianzas con su padre, seguía vivo en Italia, rodeado por sus
nietos, sus veteranos y una red de fidelidades cuya extensión ningún
funcionario imperial había conseguido determinar por completo. El rey intentó
tranquilizarse recordando su edad. Es un león sin colmillos, pensó, apretando
los dientes. Un viejo retirado, vigilado por otros viejos, demasiado cansado
para levantar personalmente una espada. Aquella idea le concedió apenas un
instante de alivio antes de que una risa amarga escapara de su garganta. Casi
pudo escuchar entonces la voz de Teodorico I, su padre muerto en los Campos
Cataláunicos, pronunciando una de aquellas reprimendas brutales que jamás
necesitaban repetirse: «Eres un pendejo indigno de la corona si crees que un
león sin colmillos carece de garras. Y más indigno todavía si olvidas que los
leones tienen manada». La evocación lo hizo estremecerse, porque conocía
demasiado bien a los hombres de Aecio para consolarse con la idea de que su
patriarca estuviera envejecido. Una orden del viejo romano podía movilizar
clientes desde las villas italianas hasta las fronteras del Rin, y ninguno de
ellos necesitaría que su señor abandonara el lecho para comprender que los
Balti habían cometido una ofensa imperdonable si Juliano moría en Aquitania.
Los sollozos de Eudocia Severina lo devolvieron bruscamente al presente. La
joven galorromana había salido de una estancia próxima acompañada por dos damas
y una criada, llevando un pañuelo contra los ojos y mostrando aquella
desesperación aristocrática que mezclaba sentimientos sinceros con una absoluta
incapacidad para sufrir discretamente.
—¡Majestad! ¡Dicen que Juliano está muriendo! ¡Que una bestia lo ha
destrozado! ¡Decidme que no es cierto! —Teodorico contempló por un momento a
aquella muchacha de quince años, profundamente enamorada de un joven que
probablemente había dedicado más tiempo a burlarse de sus modales que a
corresponder sus afectos. Detrás de ella aguardaban funcionarios, servidores y
nobles cuyas miradas parecían exigir que el rey tuviera respuestas para todo,
desde el destino de un muchacho herido hasta la naturaleza de un monstruo que
nadie había visto antes. Comprendió que no podía permitirse mostrar miedo. Un
soberano podía experimentar angustia en su cámara, arrepentimiento durante la
oración o incluso desesperación ante su esposa, pero frente a la corte debía
representar una autoridad capaz de dominar circunstancias que todavía no
comprendía. Y Teodorico, incapaz de adoptar la frialdad venenosa de Victorius o
la elegante serenidad de Gisila, conocía una sola postura verdaderamente regia
cuando el mundo amenazaba con desmoronarse: la ira.
—¡BASTA! —Su voz retumbó por toda la galería, haciendo callar incluso a
Eudocia—. ¡Quiero médicos en la puerta occidental, caballos preparados y una
escolta que despeje el camino! ¡Que nadie moleste al herido con preguntas
estúpidas! ¡Que nadie escriba una sola palabra a Italia hasta que sepamos qué
ha sucedido realmente! ¡Y por Dios, que alguien encuentre a un oficial capaz de
obedecer sin necesitar que le expliquen dónde tiene la cabeza!
Victorius aguardó hasta que terminó aquel torrente de órdenes y entonces
intervino con una inclinación impecable. —Si Vuestra Majestad me permite una
precisión, prohibir toda correspondencia quizá resulte contraproducente. Los
aristócratas romanos suelen interpretar el silencio como una confesión.
—¡Entonces escribid vos, maldita sea! ¡Escribid algo que diga que el
muchacho vive, que estamos haciendo todo lo posible y que cualquier idiota que
difunda rumores será responsable ante mi corona! —Gisila alcanzó finalmente a
su esposo y depositó una mano firme sobre su antebrazo.
—Teodorico —dijo con aquella voz tranquila que utilizaba cuando necesitaba
recordarle que su furia también formaba parte de los problemas del reino—,
vuestro sobrino necesita un rey, no otro hombre gritando en los corredores. El
monarca respiró profundamente, miró los ojos de su esposa y asintió una sola
vez, aunque la rabia continuaba ardiéndole en el pecho. Después avanzó hacia
las escaleras principales, seguido por Victorius, mientras detrás de ellos la
corte entera comenzaba a movilizarse bajo el peso de una noticia que
transformaría una cacería juvenil en un asunto de Estado.
Victorius de Burdigala contempló durante unos instantes la galería que el
rey acababa de abandonar con la expresión de un hombre que inspecciona los
daños causados por un incendio particularmente maleducado. Los emisarios
senatoriales cuchicheaban junto a las columnas, varios funcionarios corrían sin
saber exactamente adónde dirigirse, Eudocia continuaba llorando y dos damas
discutían sobre la conveniencia de enviar inmediatamente un mensajero a Italia.
El alto secretario acomodó los pliegues de su túnica, entregó el rollo de
correspondencia a un escribiente y comenzó a impartir instrucciones con aquella
voz serena, perfectamente modulada, que parecía incapaz de expresar alarma.
—Que comparezca inmediatamente el presbítero Marcelo Medolini, preceptor del
joven Juliano Aeciano. Lo quiero aquí antes de que Su Majestad alcance las
caballerizas. A los señores emisarios, transmitidles que la Corona
proporcionará un informe médico certificado y que cualquier correspondencia
enviada antes de recibirlo podría contener falsedades perjudiciales para sus
propios patronos. No les prohibáis escribir, naturalmente; sería una
descortesía. Ofrecedles, en cambio, los servicios de nuestros mejores escribanos
para que puedan hacerlo con información completa. —Los aristócratas romanos
aceptaron aquella propuesta con expresiones satisfechas, convencidos de haber
obtenido un privilegio diplomático, sin advertir que acababan de entregar al
secretario el control del contenido y del momento de sus comunicaciones.
—En cuanto a las damas —continuó Victorius, sin necesidad de levantar la
voz—, solicitad a las religiosas de Santa María que preparen una estancia de
recogimiento donde puedan ofrecer consuelo y oraciones a quienes se encuentren
demasiado afligidas para permanecer en las galerías. Incluid a los caballeros
que padezcan la misma indisposición.
Uno de los ujieres parpadeó, desconcertado. —¿También a los hombres,
excelencia? —Especialmente a los hombres que todavía no han descubierto que
están histéricos, querido. Suelen causar mayores inconvenientes.
—Eudocia fue conducida con delicadeza hacia las dependencias religiosas,
acompañada por otras jóvenes que encontraron cierto alivio en la promesa de
rezar por Juliano; poco después, dos nobles especialmente alarmistas recibieron
idéntica invitación, aunque uno de ellos protestó hasta que Victorius le
recordó que participar en una vigilia por el nieto de Aecio constituía una
demostración pública de lealtad. Entretanto, el secretario dispuso que una
pequeña unidad de caballería despejara el camino meridional, que los guardias
palatinos aseguraran las puertas sin impedir el paso de los médicos y que
ningún curioso se aproximara al cadáver de la criatura antes de que los
sacerdotes hubieran examinado su naturaleza. Ordenó preparar camillas, agua
caliente, vendas limpias y aposentos suficientemente amplios para atender al
herido, cuidándose de no convertir el palacio en una aglomeración de
aristócratas ansiosos por presenciar una tragedia.
Marcelo Medolini apareció poco después, todavía con una tablilla encerada
bajo el brazo y la expresión irritada de quien había sido arrancado de sus
ocupaciones sin explicación satisfactoria. Victorius lo recibió personalmente y
le comunicó cuanto se sabía sobre el estado de su pupilo, evitando tanto las
exageraciones campesinas como cualquier intento prematuro de tranquilizarlo.
—Presbítero, Juliano vive, pero sus heridas son graves. Vuestra presencia
será indispensable para identificar sus necesidades y contener la preocupación
de quienes lo conocen. Os ruego que acompañéis a los médicos cuando llegue la
comitiva y que preparéis una relación precisa de sus familiares más próximos.
—Marcelo palideció al escuchar aquello, murmuró una oración y preguntó quién
había permitido que los jóvenes abandonaran los caminos seguros para
enfrentarse a semejante monstruosidad.
—Una cuestión que sin duda interesará extraordinariamente a Su Majestad
cuando dispongamos de tiempo para repartir responsabilidades —respondió
Victorius—. Por ahora, os agradeceré que os concentréis en mantener vivo a
vuestro discípulo. Es considerablemente más útil que determinar quién merece
ser azotado.
Cuando Teodorico reapareció en el patio principal, vestido con una túnica
militar reforzada, cinturón de armas y un pesado manto sujeto por un broche de
oro, encontró a sus oficiales formados, la escolta preparada y varios caballos
ensillados junto a las columnas. El monarca avanzaba con el ceño fruncido,
dispuesto a descargar sobre alguien la irritación que le producía cada instante
perdido.
—¡Victorius! ¡Por todos los demonios, espero que esos malditos caballos
estén...!
—Preparados, majestad —interrumpió suavemente el secretario—. Vuestra
montura ha sido revisada por el jefe de las caballerizas, la escolta conoce el
itinerario y dos jinetes han salido por delante para confirmar la posición de
la comitiva. También se ha dispuesto un relevo en el cruce del camino
meridional.
—Teodorico abrió la boca, la cerró y contempló a aquel hombre
insoportablemente eficiente con una expresión que mezclaba alivio y profundo
resentimiento.
—¡Maldita sea vuestra costumbre de responder antes de que termine de
preguntar! ¡Algún día conseguiréis que parezca que no tengo nada que ordenar en
mi propio reino! —Victorius inclinó la cabeza con una humildad tan perfecta que
resultaba casi ofensiva.
—Jamás permitiría semejante cosa, majestad. Mi obligación consiste
únicamente en que vuestras órdenes se cumplan, incluso cuando las pronunciáis
con posterioridad a su ejecución.
El rey lo observó durante unos segundos, buscando alguna réplica
suficientemente venenosa, pero terminó soltando una carcajada breve. —Sois un
bastardo insufrible, Victorius.
—A vuestro servicio, majestad.
—Y demasiado bueno en vuestro trabajo.
—Procuraré que no vuelva a suceder.
—No os atreváis. —Teodorico montó con la soltura de un guerrero acostumbrado
a pasar buena parte de su vida a caballo, recogió las riendas y contempló por
última vez al secretario, que permanecía inmóvil junto a las columnas con las
manos cruzadas ante el vientre. La ira desapareció momentáneamente de su
rostro.
—Gracias, viejo amigo. —Victorius
inclinó apenas la cabeza, sin permitir que aquella familiaridad alterara su
compostura.
—Traed al muchacho vivo, señor. Nosotros nos ocuparemos de que tenga un
reino al cual regresar. El monarca espoleó su caballo y atravesó las puertas
acompañado por su escolta, dejando tras de sí una nube de polvo, el resonar de
los cascos y un palacio que, contra toda expectativa, había recuperado su orden
habitual. Victorius esperó hasta que el último jinete desapareció por el
camino, después se volvió hacia los funcionarios que aguardaban instrucciones y
solicitó, con su serenidad acostumbrada, los informes pendientes de aquella
mañana. Todavía tenía que resolver una disputa fiscal, revisar tres
nombramientos y decidir qué explicación oficial resultaría menos desastrosa si
el monstruo acababa siendo exhibido públicamente ante toda Tolosa.
Teodorico II había salido de Tolosa dispuesto a encontrar a Juliano, pero el
camino parecía empeñado en ofrecerle todos los habitantes de Aquitania antes
que al muchacho. Un soldado quiso informarle de la disposición de las escoltas,
un campesino se arrodilló para explicarle dónde habían encontrado las huellas y
un sacerdote intentó solicitar audiencia para comunicarle ciertos
acontecimientos extraordinarios. El rey los despachó a todos con una sucesión
de improperios que hicieron palidecer incluso a sus guardias más veteranos.
—¡Apartaos, maldita sea! ¡No he venido a escuchar discursos! ¡Quiero ver al
muchacho! —Su caballo avanzaba entre la multitud mientras los oficiales
procuraban abrirle paso, pero cuanto más se aproximaban a la comitiva, mayor
parecía la aglomeración. Había mujeres con cántaros, hombres cargando sogas,
niños encaramados a los cercados y campesinos que discutían acaloradamente
sobre el tamaño de un supuesto jabalí. Teodorico maldijo otra vez, convencido
de que aquellos idiotas habían convertido una emergencia médica en una feria
rural.
Entonces escuchó claramente la palabra jabalí, seguida de una descripción
sobre unos colmillos enormes, y sintió que algo se le quebraba por dentro.
Durante un instante dejó de ver el camino de Aquitania y recordó una jornada de
caza de su juventud, cuando uno de sus hermanos menores, a quien había querido
con un afecto casi paternal, murió atravesado por el colmillo de un gran
verraco. Recordó la sangre, los gritos y la desesperación de los hombres que
intentaban contener las entrañas del muchacho mientras él permanecía
arrodillado a su lado, demasiado joven para aceptar que una criatura del bosque
pudiera arrebatarle a alguien de su propia sangre. La imagen de Juliano
apareció entonces superpuesta a aquel recuerdo: el rostro juvenil, la sonrisa
insolente, las bromas que dirigía a los señores romanos y, finalmente, un
colmillo atravesándole la garganta. Teodorico aflojó involuntariamente las
riendas. No otra vez, pensó, y aquella súplica silenciosa estuvo tan cerca de
convertirse en llanto que tuvo que apretar la mandíbula hasta sentir dolor. No
podía soportar la idea de volver a encontrar a un muchacho amado desangrándose
después de una cacería.
Pero enseguida comprendió que algo no encajaba. Había demasiados hombres,
demasiadas sogas y demasiados animales de tiro para transportar un simple cerdo
salvaje, por formidable que fuese. Los campesinos ocupaban prácticamente toda
la anchura del camino y avanzaban con una lentitud agotadora, tirando de una
estructura de troncos sobre la cual descansaba una masa rojiza cuyo tamaño
resultaba difícil de juzgar entre tantos cuerpos. —¡Apartaos! —ordenó
Teodorico, espoleando su caballo hacia un pequeño terreno elevado desde donde
pudiera observar mejor. Los hombres obedecieron y, al abrirse la multitud,
dejaron al descubierto aquello que habían sacado de las ruinas. El rey se quedó
inmóvil. La criatura poseía un cuerpo gigantesco, desproporcionadamente musculoso,
con un lomo tan ancho que parecía pertenecer a algún animal de los tiempos
anteriores al Diluvio. Su piel, ahora rojiza y casi desprovista de pelo,
recordaba la carne de una bestia abrasada por el fuego, aunque no mostraba las
lesiones habituales de una quemadura. Varias flechas sobresalían de aquella
montaña de músculos, algunas partidas y otras hundidas apenas hasta la mitad
del asta. La cabeza resultaba todavía más espantosa: unas fauces desmesuradas,
dientes gruesos y colmillos capaces de destrozar el muslo de un caballo.
Un escalofrío recorrió la espalda del monarca y le erizó el vello de los
brazos. Había visto elefantes descritos por viajeros, bisontes de las regiones
septentrionales, osos enormes y animales extraordinarios traídos por
comerciantes orientales, pero jamás una criatura semejante. Ni siquiera el
tamaño explicaba por completo su espanto. Aquella cabeza parecía concebida para
triturar todo cuanto pudiera alcanzar, y las flechas clavadas en el lomo
demostraban que alguien había conseguido herirla repetidamente sin detener su
avance. Teodorico descendió del caballo, apartó a un campesino que intentaba
contarle cómo habían cambiado los colores de la piel y se aproximó hasta quedar
frente a las mandíbulas abiertas. Durante varios segundos no habló. Después
observó una herida profunda situada en la parte posterior del cráneo,
precisamente donde la musculatura del cuello dejaba una abertura vulnerable
entre los huesos. Reconoció inmediatamente la naturaleza del golpe: alguien
había tenido que acercarse hasta una distancia suicida para introducir una
espada allí. —¿Quién ha hecho esto? —preguntó con voz baja, señalando la
herida. Un campesino comenzó a responder, pero el rey lo interrumpió antes de
escuchar el nombre—. No. Decidme primero quién ha tenido los cojones de
acercarse tanto a semejante monstruosidad.
Fue entonces cuando distinguió, más allá de la multitud que arrastraba el
cadáver, una litera rodeada por jóvenes nobles, sacerdotes y varias mujeres.
Sobre ella descansaba Juliano, inmóvil bajo las mantas, mientras Walia Amalrico
caminaba junto a los portadores con una expresión sombría y Gundemaro Vidimero
mantenía la mirada fija en el suelo. Teodorico comprendió la respuesta sin
necesidad de escucharla. La enormidad del monstruo, la herida de espada y el
estado del muchacho componían una historia cuya conclusión le resultaba
insoportable. Durante un instante quiso regresar junto al cadáver, levantarlo a
patadas y despedazarlo nuevamente por haberse atrevido a tocar a uno de los
suyos, pero se contuvo y avanzó hacia la litera, dejando atrás a sus guardias y
a los campesinos que comenzaban a arrodillarse a su paso. Ya no tenía interés
alguno en el prodigio que acababan de traer de los bosques. Solo deseaba
comprobar que Juliano todavía respiraba.
Teodorico había llegado dispuesto a encontrar culpables, pero toda intención
de castigo desapareció cuando vio que Juliano respiraba. El muchacho yacía
sobre la litera, con el rostro descolorido, el cabello oscuro apelmazado por la
sangre y el pecho cuidadosamente inmovilizado entre mantas enrolladas. Cada
inspiración le producía una contracción dolorosa, aunque los movimientos eran
ahora más regulares y profundos que cuando lo habían recogido de las ruinas. El
rey se acercó sin anunciarse, apartó a uno de los portadores y permaneció
contemplándolo durante unos instantes. Había conocido a Juliano cuando todavía
era un niño orgulloso que se negaba a admitir que los muchachos godos montaban
mejor que él, y aquella familiaridad de años hizo que le resultara insoportable
verlo reducido a semejante fragilidad. Un sacerdote anciano se aproximó con las
manos juntas y, después de inclinarse, declaró que ignoraba por qué el joven
continuaba con vida.
—Majestad, cuando lo encontraron parecía haber exhalado su último aliento.
Fue esta niña quien consiguió devolverle la respiración. Algunos de los
presentes sospechan que podría ser una de las féeræ, criaturas de linajes
antiguos que las gentes de estas tierras relacionan con los seres de las viejas
religiones. No afirmo que sea tal cosa, señor, pero tampoco podemos descartar
que ciertos portentos de origen desconocido obren con permiso de Nuestro Señor.
No hemos observado en ella invocaciones impías ni señales de maleficio; antes
bien, cuanto ha hecho parece inspirado por una voluntad de salvar. El conde
Amalrico asegura que el muchacho había dejado de respirar y que ella lo
recuperó en pocos instantes, mediante procedimientos que ninguno de nosotros
reconoce. No juzgamos prudente separarla de él.
Teodorico volvió lentamente la cabeza hacia el sacerdote, cuya explicación
había escuchado con una expresión cada vez más sombría. —Escuchadme bien,
padre. Si alguien pronuncia la palabra bruja delante de esta niña, le arranco
los cojones, lleve sotana, espada o los dos.
—El anciano abrió los ojos con sobresalto, mientras varios campesinos
bajaban inmediatamente la mirada.
—Majestad, nadie ha pronunciado semejante acusación.
—Magnífico. Entonces no habrá necesidad de cumplir mi promesa. La niña se
queda.
—El rey dirigió finalmente su atención a aquella pequeña figura de cabellos
revueltos, vestido desgarrado y restos de cadenas alrededor de los tobillos.
Estaba sentada junto a la litera, sosteniendo una mano de Juliano entre las
suyas con una delicadeza que contrastaba con las manchas de sangre seca sobre
sus dedos. Tenía unas facciones tan finas y una expresión tan singularmente
serena que Teodorico comprendió por qué los campesinos hablaban de criaturas
feéricas; sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que no parecía
interesada en recibir gratitud, reconocimiento ni protección. Vigilaba la
respiración del herido como si aquella tarea constituyera la única razón por la
cual continuaba allí, rodeada por hombres armados y desconocidos.
Entonces el rey reparó en Walia Amalrico, que aguardaba de pie junto a los
portadores, cubierto de polvo y con la ropa marcada por la sangre del combate.
Teodorico se acercó hasta quedar frente a él y, sin pronunciar advertencia
alguna, le descargó una bofetada tan sonora que varios campesinos se
estremecieron. El joven conde recibió el golpe sin retroceder ni intentar
defenderse, aunque el enrojecimiento inmediato de su mejilla reveló su
violencia. —Supongo que fue idea vuestra —dijo el rey con una calma mucho más
peligrosa que sus gritos anteriores—. Una excursión magnífica. Una cacería
digna de tres jóvenes imbéciles convencidos de que las bestias de los poemas
son animales que uno puede matar antes del almuerzo. Walia apretó los dientes,
pero antes de que pudiera responder intervino Amalasunta, que había permanecido
a poca distancia.
—Fue idea mía, mi rey. Yo propuse que saliéramos y... —Las mujeres no opinan
sobre cuestiones de caza, mujer —la interrumpió Teodorico, sin apartar los ojos
del conde. La muchacha enrojeció de indignación, pero tuvo suficiente prudencia
para callar ante la evidencia de que el monarca no buscaba establecer
responsabilidades con justicia, sino encontrar alguna forma de descargar el
miedo que acababa de sufrir. Walia, por su parte, no aprovechó aquella
interrupción para disculparse. Permaneció inmóvil, aceptando una
responsabilidad que su rango y su afecto por Juliano le impedían abandonar.
La cólera del rey empezó a disiparse cuando volvió a contemplar la litera.
El muchacho seguía respirando, y aquella sencilla circunstancia comenzaba a
adquirir para Teodorico una importancia superior a cualquier falta cometida.
Observó otra vez a la niña, las argollas que llevaba en los tobillos y su
extraña compostura, antes de dejar escapar un suspiro. —Bien. Supongo que ahora
tenemos otra cachorra aristocrática a la que alimentar. —Gundemaro, que había
permanecido prudentemente alejado desde la bofetada, levantó los ojos con
cierta sorpresa. Teodorico añadió, encogiéndose de hombros—: Soy rico. ¿Qué más
da? Ya alimento a media descendencia de los grandes señores de Aquitania, y
ninguno de esos condenados muchachos parece dispuesto a aprender prudencia. Una
boca más no arruinará mi tesoro. —La niña lo contempló sin comprender del todo
si aquellas palabras significaban que podía acompañarlos, pero Gisila no estaba
allí para explicar las costumbres del rey y ninguno de los nobles se atrevió a
traducir su generosidad envuelta en insultos. Teodorico terminó arrodillándose
junto a Juliano y apoyó cuidadosamente una mano sobre su cabello. La
respiración era más fuerte que antes, aunque la fiebre le humedecía la frente y
lo mantenía en una confusión profunda. Sus labios se movieron sin abrir los
ojos, y de ellos escapó una palabra casi inaudible. —Pezuña...
—¿Pezuña? —repitió el rey, inclinándose para escuchar mejor. Juliano volvió
a murmurar lo mismo, sin conseguir formar ninguna otra frase. Teodorico levantó
la mirada hacia Walia. —¿A qué demonios se refiere? —El conde abrió la boca,
pero por primera vez en mucho tiempo las palabras se le enredaron de tal manera
que apenas consiguió pronunciar una explicación inconexa sobre huellas, árboles
y el animal muerto. Fue Gundemaro quien intervino finalmente, con el rostro
todavía pálido y la voz desprovista de su habitual arrogancia.
—Mi rey, nosotros no estábamos persiguiendo a ese monstruo. Seguíamos unas
huellas enormes, huellas de lobo, y las seguimos durante buena parte del
camino. Pero la criatura que mató Juler tenía pezuñas. Pezuñas, señor. No patas
de lobo. —Teodorico permaneció inmóvil, asimilando lentamente aquella
distinción.
—Entonces habéis encontrado una bestia diferente de la que buscabais.
—Sí, majestad. Y no sabemos dónde está la otra. Ni siquiera sabemos si hay
una sola. —Gundemaro volvió la cabeza hacia las montañas, donde los últimos
rayos del sol iluminaban las copas de un bosque aparentemente interminable.
—Hay algo maldito en esas tierras, mi rey. Os lo juro por Cristo. Ese bosque
está maldito.
Por primera vez desde su llegada, Teodorico no insultó a nadie. Miró hacia
la criatura rojiza que los campesinos continuaban arrastrando, después hacia el
bosque y finalmente hacia su sobrino herido. Había heredado un reino de grandes
guerreros, nobles belicosos y fronteras difíciles, pero aquella noche empezaba
a comprender que quizá existían enemigos contra los cuales ni los juramentos de
sus señores ni las lanzas de sus mejores hombres serían suficientes. Se
incorporó despacio y ordenó que reanudaran la marcha hacia Tolosa sin perder
otro instante, mientras sus guardias formaban un círculo alrededor de la
litera. Antes de montar se volvió hacia Walia, cuya mejilla todavía conservaba
la marca de la bofetada, y le habló con una gravedad que no necesitaba elevar
la voz. —Cuando ese muchacho esté a salvo, me contaréis absolutamente todo
cuanto sucedió en esas ruinas. Y si de verdad hay otra criatura en mis bosques,
por Dios que averiguaremos qué es antes de enviar a otro puñado de jóvenes a
morir buscándola.
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