viernes, 9 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Las garras del león y la cólera del rey

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 La tarde transcurría apaciblemente en los aposentos privados del palacio de Tolosa, donde Teodorico II Balti, rey de los visigodos y señor de una parte considerable de la Galia, se encontraba librando una batalla que ningún guerrero de su hueste habría reconocido como digna de su rango. Frente a él permanecía sentado un maestro de retórica llegado de Italia, un hombre enjuto, de barba cuidadosamente recortada y manos delicadas, que llevaba casi una hora intentando perfeccionar la pronunciación latina del monarca. La reina Gisila Valamerica supervisaba la lección desde un diván cubierto de almohadones orientales, ocupada aparentemente en examinar unas muestras de seda, aunque sus ojos gris verdosos seguían cada equivocación con una atención implacable. La iniciativa había sido suya: deseaba viajar a Roma durante la próxima Semana Santa, asistir a las solemnes celebraciones pascuales y escuchar personalmente la misa del obispo de Roma. Teodorico, que podía dirigir una carga de caballería, negociar con generales imperiales y recitar de memoria versos latinos, consideraba profundamente humillante que un hombre incapaz de levantar una espada pretendiera enseñarle a colocar la lengua para pronunciar correctamente ciertas consonantes.

—Majestad, nuevamente, os lo suplico —insistió el retórico con la resignación de quien sospechaba haber aceptado un encargo suicida—. Romanorum, no Rومانorum con esa vibración tan marcada. La dignidad de la lengua exige cierta suavidad.

—La dignidad de mi lengua exige que nadie la toque —replicó Teodorico, provocando que Gisila ocultara una sonrisa detrás de su copa—. He negociado con senadores, he recibido embajadores de Constantinopla y he discutido con obispos en un latín que todos comprendieron perfectamente.

—Sin duda, esposo mío —intervino la reina, dejando finalmente las sedas a un lado—. Pero comprenderos no siempre significa admiraros. En Roma habrá hombres capaces de perdonaros una derrota militar antes que una declinación desafortunada. Y no pienso viajar durante semanas para escuchar cómo mi augusto marido convierte una audiencia pontificia en una discusión de establo.

El rey se volvió hacia ella con una expresión de fingida indignación. —Soy el rey de los godos, Gisila.

—Y nadie lo ha olvidado, querido. Precisamente por eso nos esforzamos tanto en que también parezcáis el rey de los godos cuando habléis ante los romanos.

Aquella conversación revelaba una particularidad del poder en Tolosa que resultaba difícil de comprender para quienes imaginaban la autoridad patriarcal como una potestad absoluta y uniforme. Teodorico era indiscutiblemente el señor de su casa en términos jurídicos y políticos, pero su autoridad doméstica no significaba que pudiera gobernar eficazmente sin negociar con quienes sostenían su prestigio. En la aristocracia goda, donde las grandes familias conservaban guerreros, tierras y clientelas propias, el matrimonio regio constituía también una alianza entre linajes poderosos. Gisila aportaba parentescos, fidelidades, patrimonio y relaciones que no desaparecían por convertirse en esposa. A ello se sumaba la influencia de las costumbres aristocráticas romanas, donde las grandes matronas administraban bienes, patrocinaban instituciones religiosas, intervenían en matrimonios y podían adquirir una considerable autonomía mediante sus redes familiares. La autoridad masculina seguía siendo la norma proclamada, pero su ejercicio cotidiano se distribuía entre numerosas personas cuya cooperación era indispensable. Gisila jamás necesitaba contradecir públicamente a su marido para imponer su parecer: podía conseguir que un obispo recomendara cierta conducta, que un consejero sugiriera determinada visita o que los nobles terminaran considerando prudente una decisión que ella había promovido semanas antes. El patriarcado no desaparecía; dejaba de funcionar como una cadena de órdenes indiscutibles y se convertía, en determinados círculos aristocráticos, en una negociación permanente de autoridad, reputación y dependencia mutua.

—Vuestra Majestad debe comprender —prosiguió el maestro, algo más animado al descubrir que la reina respaldaba sus esfuerzos— que una buena pronunciación no solo embellece el discurso: manifiesta disciplina intelectual, educación y respeto por quien escucha.

—Mi maestro de armas decía exactamente lo mismo sobre la manera de sostener una lanza —respondió Teodorico—. La diferencia es que él podía demostrar sus argumentos sin recurrir a tantos adverbios.

Gisila soltó una carcajada franca, poco habitual en ella, y se incorporó para acercarse a su esposo. —Teodorico, querido, nadie pretende convertiros en senador. Roma ya tiene demasiados. Deseo que cuando entremos en la ciudad, los grandes señores no contemplen a un príncipe extranjero que necesita intérpretes para hablar de religión, sino a un rey cristiano capaz de conversar con sus obispos y discutir con sus aristócratas como un igual.

El monarca dejó de sonreír. Comprendía perfectamente la dimensión política del viaje: acudir a las celebraciones romanas no significaba únicamente realizar una peregrinación devota, sino presentarse ante una de las instituciones más prestigiosas del mundo occidental, precisamente en una época en que la relación entre las comunidades nicenas y homoianas continuaba cargada de diferencias doctrinales. Para Gisila, aquella visita podía convertirse en una extraordinaria demostración de legitimidad; para Teodorico, también entrañaba el riesgo de que algún prelado decidiera examinar la ortodoxia del rey con más entusiasmo del conveniente.

—Muy bien —concedió finalmente, tomando asiento con la solemnidad de quien acepta las condiciones de una rendición honorable—. Continuemos. Pero quiero que conste que jamás he permitido que un enemigo me haga repetir veinte veces una misma palabra.

—Entonces podéis consideraros afortunado de estar entre amigos, majestad —respondió el maestro.

Gisila depositó una mano sobre el hombro de su esposo y le dedicó una sonrisa de satisfacción que el rey conocía demasiado bien: era la expresión que adoptaba cuando acababa de obtener exactamente lo que quería sin haber pronunciado una sola orden. En aquel preciso instante, desde el patio exterior comenzaron a escucharse los cascos apresurados de varios caballos y la voz de un oficial que exigía audiencia inmediata. Teodorico levantó la mirada con visible alivio, casi agradecido de que alguna desgracia del reino viniera a rescatarlo de la gramática, mientras Gisila observaba la puerta con una inquietud que aumentó al escuchar las palabras «los jóvenes nobles» y «una criatura monstruosa».

Victorius de Burdigala tenía la desagradable costumbre de aparecer en los aposentos reales con el aspecto de uno de aquellos monstruos chupadores de sangre que, según ciertas historias campesinas, abandonaban sus catacumbas durante la noche para atormentar a los vivos. Al menos, eso pensaba Teodorico II cada vez que su alto secretario cruzaba una puerta. Era un hombre delgado, de rostro estrecho, pómulos marcados y manos largas que parecían haber sido fabricadas exclusivamente para sostener cálamos, sellar documentos y señalar errores ajenos. Su espalda conservaba una rectitud tan perfecta que el rey sospechaba que algún artesano había sustituido su columna vertebral por una pieza de roble. Jamás entraba apresuradamente, jamás elevaba la voz y jamás anunciaba nada agradable. Su presencia significaba invariablemente una guerra que financiar, otro muchachuelo aristocrático que alojar y alimentar, alguna disputa entre obispos o un nuevo dictamen procedente del papa o del emperador, redactado con la extensión suficiente para arruinar una mañana entera.

Aquella tarde, sin embargo, Teodorico recibió su aparición como una intervención providencial. El maestro italiano acababa de solicitarle por séptima vez que suavizara una consonante durante la declinación de cierta palabra latina, y el rey se encontraba considerando seriamente la posibilidad de declarar que todos los habitantes de Aquitania podrían utilizar el nominativo para cualquier circunstancia de la vida. Al descubrir a Victorius en el umbral, su rostro se iluminó con un entusiasmo que desconcertó al secretario. —¡Victorius! ¡Mi estimado y siempre oportuno Victorius! ¡Entrad inmediatamente! ¿Qué desgracia nos traéis? ¿Una invasión franca? ¿Una sublevación? ¿Ha decidido el emperador volver a exigirnos soldados que no piensa pagar? —El galorromano inclinó la cabeza con su cortesía habitual, sorprendido por aquella recepción insólitamente cordial.

—Majestad, lamento interrumpir vuestra instrucción. —¡Yo no! —respondió Teodorico con una sinceridad tan rotunda que Gisila cerró los ojos, resignada—. Hablad, hombre. Si se trata de una guerra, os prometo que la escucharemos con toda la atención que merece.

Victorius observó fugazmente al maestro de retórica, después a la reina y finalmente al soberano, comprendiendo con aquella rapidez venenosa que constituía su principal talento que acababa de convertirse involuntariamente en el salvador de su señor. No permitió que la satisfacción se reflejara en su semblante.

—Me temo que no se trata de una guerra, majestad, aunque los acontecimientos poseen suficientes elementos militares, religiosos y diplomáticos para exigir vuestra atención inmediata. Una comitiva de campesinos se aproxima desde las propiedades situadas al sur de Tolosa. La encabezan varios jóvenes nobles de vuestra corte, acompañados por sacerdotes y servidores de las casas Amalrica y Vidimera. Transportan a un herido de consideración y arrastran el cadáver de una criatura extraordinaria, cuya naturaleza todavía no ha podido establecerse.

—Teodorico levantó una mano. —¿Un cadáver extraordinario?

—Así lo aseguran los primeros mensajeros, señor. —¿Y los jóvenes? —El conde Walia Amalrico, Gundemaro Vidimero y Juliano Aeciano. El último habría recibido heridas graves durante el enfrentamiento.

La expresión del rey cambió inmediatamente. Desapareció el humor de su rostro y, durante unos instantes, volvió a parecer el monarca que había conseguido mantener unidos a señores mucho más orgullosos y peligrosos que cualquier maestro de gramática.

—¿Juliano? —preguntó, incorporándose—. ¿Qué tan graves son sus heridas?

—No dispongo todavía de un informe médico, majestad. Los mensajeros aseguran que perdió el conocimiento y que su respiración quedó interrumpida durante un breve periodo. Una muchacha encontrada en las ruinas habría logrado reanimarlo mediante procedimientos que los testigos no supieron describir.

—Gisila dejó las sedas sobre el diván y se levantó con una serenidad que no ocultaba completamente su preocupación. Conocía demasiado bien al joven Aeciano, su inclinación por los peligros innecesarios y el afecto que su esposo le profesaba.

—Habrá que avisar a Lidia —dijo—. Y preparar los aposentos donde puedan atenderlo sin que medio palacio intente verlo. Victorius, enviad por los mejores médicos disponibles. Teodorico, haced que la guardia despeje el acceso occidental.

—El rey volvió la cabeza hacia su esposa y estuvo a punto de recordarle que era él quien impartía las órdenes en aquel palacio, pero comprendió que todas eran sensatas y que discutirlas únicamente retrasaría lo necesario.

—Habéis oído a vuestra reina —declaró finalmente—. Cumplidlo.

Victorius inclinó nuevamente la cabeza, aunque en sus ojos apareció un destello de inquietud al recordar el detalle que todavía no había comunicado.

—Hay algo más, majestad. Los sacerdotes que acompañan la comitiva afirman que el cadáver de la criatura cambió de color al recibir agua bendita. Los campesinos hablan ya de demonios, y algunos sostienen que otras bestias continúan merodeando por los bosques.

Teodorico permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre el respaldo de su asiento. Gisila observó a Victorius con atención, consciente de que aquel hombre jamás habría utilizado semejantes palabras delante del rey sin haber considerado cuidadosamente sus consecuencias. El soberano, por su parte, volvió a pensar en Juliano, en su costumbre de perseguir cualquier peligro que prometiera una historia digna de contarse y en la posibilidad de que aquella imprudencia terminara costándole la vida. Después miró hacia el maestro italiano, que había permanecido discretamente apartado durante toda la conversación.

—La lección ha terminado —anunció.

—Desde luego, majestad —respondió el retórico, inclinándose—. Podremos continuar mañana.

Teodorico lo contempló con una expresión sombría y añadió, mientras se dirigía hacia la puerta—: Si el muchacho sobrevive, maestro, prometo declinar todas las palabras que deseéis. Si no sobrevive, temo que el latín perderá para siempre a uno de sus estudiantes menos agradecidos.

Teodorico atravesó las puertas de sus aposentos con una energía que obligó a los dos guardias del corredor a apartarse precipitadamente. Victorius lo siguió a una distancia respetuosa, sosteniendo un pequeño rollo de correspondencia contra el pecho, mientras Gisila avanzaba varios pasos detrás de ambos, con la serenidad de una reina que conocía demasiado bien las tormentas de su esposo.

—¡¿Dónde está ese hijo de puta del Tuerto?! —rugió el monarca, provocando que un sirviente dejara caer una bandeja de copas.

—Si Vuestra Majestad se refiere a Athanarico —respondió Victorius con su acostumbrada suavidad—, se encuentra al norte, dirigiendo una incursión contra cierto reyezuelo fronterizo cuya insolencia había alcanzado proporciones intolerables.

—¡¿Y quién demonios le ordenó semejante estupidez?!

—Vos, majestad. El martes pasado. Después de la cena.

Teodorico se detuvo en seco. Victorius permaneció perfectamente inmóvil, con aquel semblante de hombre momificado en vida que tanto irritaba al soberano. Su expresión parecía expresar una conclusión insoportable: el rey puede ser un imbécil, pero sigue siendo el rey, y mi deber consiste en recordarle discretamente las consecuencias de sus propias órdenes.

—¡Maldito sea el martes! —masculló Teodorico, reanudando la marcha y descargando una patada contra el escudo de un guardia que había cometido la imprudencia de permanecer demasiado cerca. El hombre dio un salto hacia atrás, y los demás comprendieron inmediatamente que aquella tarde convenía dejar al menos tres pasos libres alrededor de Su Majestad.

Al doblar hacia la galería de las audiencias menores, el rey encontró a varios emisarios de las familias senatoriales galorromanas que conversaban apresuradamente con dos funcionarios palatinos. En cuanto lo reconocieron, inclinaron las cabezas y guardaron silencio, pero Teodorico alcanzó a distinguir en sus rostros aquella expresión cuidadosamente compungida que los aristócratas romanos adoptaban cuando una desgracia ajena prometía convertirse en una cuestión diplomática. Sintió que se le helaba la sangre. Las cartas. Por supuesto, las malditas cartas. A aquellas alturas algún escriba debía de estar preparando ya un informe para los parientes italianos de Juliano, otro para los contactos de los Anicios, quizá un tercero destinado a los círculos militares de Rávena. Los romanos podían perder una provincia y discutir durante semanas sobre qué funcionario tenía competencia para certificarlo, pero cuando el nieto de Flavio Aecio resultaba herido bajo la hospitalidad de un rey extranjero, encontraban milagrosamente la capacidad de escribir, sellar y despachar correspondencia antes de que terminara la tarde.

—Mierda… —susurró Teodorico, palideciendo—. Esto no va a gustarles a los romanos. Ni una maldita mierda. —Victorius inclinó ligeramente la cabeza. —Una apreciación extraordinariamente precisa, majestad. Permítaseme añadir que vuestra posición sería más favorable si pudiéramos proporcionarles noticias médicas tranquilizadoras antes de que los rumores alcancen Italia.

Pero Teodorico apenas lo escuchaba, porque un nombre había comenzado a adquirir dimensiones aterradoras en su imaginación: Aecio. El anciano Flavio Aecio, el León de Occidente, aquel hombre que había compartido campañas, rivalidades y alianzas con su padre, seguía vivo en Italia, rodeado por sus nietos, sus veteranos y una red de fidelidades cuya extensión ningún funcionario imperial había conseguido determinar por completo. El rey intentó tranquilizarse recordando su edad. Es un león sin colmillos, pensó, apretando los dientes. Un viejo retirado, vigilado por otros viejos, demasiado cansado para levantar personalmente una espada. Aquella idea le concedió apenas un instante de alivio antes de que una risa amarga escapara de su garganta. Casi pudo escuchar entonces la voz de Teodorico I, su padre muerto en los Campos Cataláunicos, pronunciando una de aquellas reprimendas brutales que jamás necesitaban repetirse: «Eres un pendejo indigno de la corona si crees que un león sin colmillos carece de garras. Y más indigno todavía si olvidas que los leones tienen manada». La evocación lo hizo estremecerse, porque conocía demasiado bien a los hombres de Aecio para consolarse con la idea de que su patriarca estuviera envejecido. Una orden del viejo romano podía movilizar clientes desde las villas italianas hasta las fronteras del Rin, y ninguno de ellos necesitaría que su señor abandonara el lecho para comprender que los Balti habían cometido una ofensa imperdonable si Juliano moría en Aquitania.

Los sollozos de Eudocia Severina lo devolvieron bruscamente al presente. La joven galorromana había salido de una estancia próxima acompañada por dos damas y una criada, llevando un pañuelo contra los ojos y mostrando aquella desesperación aristocrática que mezclaba sentimientos sinceros con una absoluta incapacidad para sufrir discretamente.

—¡Majestad! ¡Dicen que Juliano está muriendo! ¡Que una bestia lo ha destrozado! ¡Decidme que no es cierto! —Teodorico contempló por un momento a aquella muchacha de quince años, profundamente enamorada de un joven que probablemente había dedicado más tiempo a burlarse de sus modales que a corresponder sus afectos. Detrás de ella aguardaban funcionarios, servidores y nobles cuyas miradas parecían exigir que el rey tuviera respuestas para todo, desde el destino de un muchacho herido hasta la naturaleza de un monstruo que nadie había visto antes. Comprendió que no podía permitirse mostrar miedo. Un soberano podía experimentar angustia en su cámara, arrepentimiento durante la oración o incluso desesperación ante su esposa, pero frente a la corte debía representar una autoridad capaz de dominar circunstancias que todavía no comprendía. Y Teodorico, incapaz de adoptar la frialdad venenosa de Victorius o la elegante serenidad de Gisila, conocía una sola postura verdaderamente regia cuando el mundo amenazaba con desmoronarse: la ira.

—¡BASTA! —Su voz retumbó por toda la galería, haciendo callar incluso a Eudocia—. ¡Quiero médicos en la puerta occidental, caballos preparados y una escolta que despeje el camino! ¡Que nadie moleste al herido con preguntas estúpidas! ¡Que nadie escriba una sola palabra a Italia hasta que sepamos qué ha sucedido realmente! ¡Y por Dios, que alguien encuentre a un oficial capaz de obedecer sin necesitar que le expliquen dónde tiene la cabeza!

Victorius aguardó hasta que terminó aquel torrente de órdenes y entonces intervino con una inclinación impecable. —Si Vuestra Majestad me permite una precisión, prohibir toda correspondencia quizá resulte contraproducente. Los aristócratas romanos suelen interpretar el silencio como una confesión.

—¡Entonces escribid vos, maldita sea! ¡Escribid algo que diga que el muchacho vive, que estamos haciendo todo lo posible y que cualquier idiota que difunda rumores será responsable ante mi corona! —Gisila alcanzó finalmente a su esposo y depositó una mano firme sobre su antebrazo.

—Teodorico —dijo con aquella voz tranquila que utilizaba cuando necesitaba recordarle que su furia también formaba parte de los problemas del reino—, vuestro sobrino necesita un rey, no otro hombre gritando en los corredores. El monarca respiró profundamente, miró los ojos de su esposa y asintió una sola vez, aunque la rabia continuaba ardiéndole en el pecho. Después avanzó hacia las escaleras principales, seguido por Victorius, mientras detrás de ellos la corte entera comenzaba a movilizarse bajo el peso de una noticia que transformaría una cacería juvenil en un asunto de Estado.

Victorius de Burdigala contempló durante unos instantes la galería que el rey acababa de abandonar con la expresión de un hombre que inspecciona los daños causados por un incendio particularmente maleducado. Los emisarios senatoriales cuchicheaban junto a las columnas, varios funcionarios corrían sin saber exactamente adónde dirigirse, Eudocia continuaba llorando y dos damas discutían sobre la conveniencia de enviar inmediatamente un mensajero a Italia. El alto secretario acomodó los pliegues de su túnica, entregó el rollo de correspondencia a un escribiente y comenzó a impartir instrucciones con aquella voz serena, perfectamente modulada, que parecía incapaz de expresar alarma.

—Que comparezca inmediatamente el presbítero Marcelo Medolini, preceptor del joven Juliano Aeciano. Lo quiero aquí antes de que Su Majestad alcance las caballerizas. A los señores emisarios, transmitidles que la Corona proporcionará un informe médico certificado y que cualquier correspondencia enviada antes de recibirlo podría contener falsedades perjudiciales para sus propios patronos. No les prohibáis escribir, naturalmente; sería una descortesía. Ofrecedles, en cambio, los servicios de nuestros mejores escribanos para que puedan hacerlo con información completa. —Los aristócratas romanos aceptaron aquella propuesta con expresiones satisfechas, convencidos de haber obtenido un privilegio diplomático, sin advertir que acababan de entregar al secretario el control del contenido y del momento de sus comunicaciones.

—En cuanto a las damas —continuó Victorius, sin necesidad de levantar la voz—, solicitad a las religiosas de Santa María que preparen una estancia de recogimiento donde puedan ofrecer consuelo y oraciones a quienes se encuentren demasiado afligidas para permanecer en las galerías. Incluid a los caballeros que padezcan la misma indisposición.

Uno de los ujieres parpadeó, desconcertado. —¿También a los hombres, excelencia? —Especialmente a los hombres que todavía no han descubierto que están histéricos, querido. Suelen causar mayores inconvenientes.

—Eudocia fue conducida con delicadeza hacia las dependencias religiosas, acompañada por otras jóvenes que encontraron cierto alivio en la promesa de rezar por Juliano; poco después, dos nobles especialmente alarmistas recibieron idéntica invitación, aunque uno de ellos protestó hasta que Victorius le recordó que participar en una vigilia por el nieto de Aecio constituía una demostración pública de lealtad. Entretanto, el secretario dispuso que una pequeña unidad de caballería despejara el camino meridional, que los guardias palatinos aseguraran las puertas sin impedir el paso de los médicos y que ningún curioso se aproximara al cadáver de la criatura antes de que los sacerdotes hubieran examinado su naturaleza. Ordenó preparar camillas, agua caliente, vendas limpias y aposentos suficientemente amplios para atender al herido, cuidándose de no convertir el palacio en una aglomeración de aristócratas ansiosos por presenciar una tragedia.

Marcelo Medolini apareció poco después, todavía con una tablilla encerada bajo el brazo y la expresión irritada de quien había sido arrancado de sus ocupaciones sin explicación satisfactoria. Victorius lo recibió personalmente y le comunicó cuanto se sabía sobre el estado de su pupilo, evitando tanto las exageraciones campesinas como cualquier intento prematuro de tranquilizarlo.

—Presbítero, Juliano vive, pero sus heridas son graves. Vuestra presencia será indispensable para identificar sus necesidades y contener la preocupación de quienes lo conocen. Os ruego que acompañéis a los médicos cuando llegue la comitiva y que preparéis una relación precisa de sus familiares más próximos. —Marcelo palideció al escuchar aquello, murmuró una oración y preguntó quién había permitido que los jóvenes abandonaran los caminos seguros para enfrentarse a semejante monstruosidad.

—Una cuestión que sin duda interesará extraordinariamente a Su Majestad cuando dispongamos de tiempo para repartir responsabilidades —respondió Victorius—. Por ahora, os agradeceré que os concentréis en mantener vivo a vuestro discípulo. Es considerablemente más útil que determinar quién merece ser azotado.

Cuando Teodorico reapareció en el patio principal, vestido con una túnica militar reforzada, cinturón de armas y un pesado manto sujeto por un broche de oro, encontró a sus oficiales formados, la escolta preparada y varios caballos ensillados junto a las columnas. El monarca avanzaba con el ceño fruncido, dispuesto a descargar sobre alguien la irritación que le producía cada instante perdido.

—¡Victorius! ¡Por todos los demonios, espero que esos malditos caballos estén...!

—Preparados, majestad —interrumpió suavemente el secretario—. Vuestra montura ha sido revisada por el jefe de las caballerizas, la escolta conoce el itinerario y dos jinetes han salido por delante para confirmar la posición de la comitiva. También se ha dispuesto un relevo en el cruce del camino meridional.

—Teodorico abrió la boca, la cerró y contempló a aquel hombre insoportablemente eficiente con una expresión que mezclaba alivio y profundo resentimiento.

—¡Maldita sea vuestra costumbre de responder antes de que termine de preguntar! ¡Algún día conseguiréis que parezca que no tengo nada que ordenar en mi propio reino! —Victorius inclinó la cabeza con una humildad tan perfecta que resultaba casi ofensiva.

—Jamás permitiría semejante cosa, majestad. Mi obligación consiste únicamente en que vuestras órdenes se cumplan, incluso cuando las pronunciáis con posterioridad a su ejecución.

El rey lo observó durante unos segundos, buscando alguna réplica suficientemente venenosa, pero terminó soltando una carcajada breve. —Sois un bastardo insufrible, Victorius.

—A vuestro servicio, majestad.

—Y demasiado bueno en vuestro trabajo.

—Procuraré que no vuelva a suceder.

—No os atreváis. —Teodorico montó con la soltura de un guerrero acostumbrado a pasar buena parte de su vida a caballo, recogió las riendas y contempló por última vez al secretario, que permanecía inmóvil junto a las columnas con las manos cruzadas ante el vientre. La ira desapareció momentáneamente de su rostro.

 —Gracias, viejo amigo. —Victorius inclinó apenas la cabeza, sin permitir que aquella familiaridad alterara su compostura.

—Traed al muchacho vivo, señor. Nosotros nos ocuparemos de que tenga un reino al cual regresar. El monarca espoleó su caballo y atravesó las puertas acompañado por su escolta, dejando tras de sí una nube de polvo, el resonar de los cascos y un palacio que, contra toda expectativa, había recuperado su orden habitual. Victorius esperó hasta que el último jinete desapareció por el camino, después se volvió hacia los funcionarios que aguardaban instrucciones y solicitó, con su serenidad acostumbrada, los informes pendientes de aquella mañana. Todavía tenía que resolver una disputa fiscal, revisar tres nombramientos y decidir qué explicación oficial resultaría menos desastrosa si el monstruo acababa siendo exhibido públicamente ante toda Tolosa.

Teodorico II había salido de Tolosa dispuesto a encontrar a Juliano, pero el camino parecía empeñado en ofrecerle todos los habitantes de Aquitania antes que al muchacho. Un soldado quiso informarle de la disposición de las escoltas, un campesino se arrodilló para explicarle dónde habían encontrado las huellas y un sacerdote intentó solicitar audiencia para comunicarle ciertos acontecimientos extraordinarios. El rey los despachó a todos con una sucesión de improperios que hicieron palidecer incluso a sus guardias más veteranos.

—¡Apartaos, maldita sea! ¡No he venido a escuchar discursos! ¡Quiero ver al muchacho! —Su caballo avanzaba entre la multitud mientras los oficiales procuraban abrirle paso, pero cuanto más se aproximaban a la comitiva, mayor parecía la aglomeración. Había mujeres con cántaros, hombres cargando sogas, niños encaramados a los cercados y campesinos que discutían acaloradamente sobre el tamaño de un supuesto jabalí. Teodorico maldijo otra vez, convencido de que aquellos idiotas habían convertido una emergencia médica en una feria rural.

Entonces escuchó claramente la palabra jabalí, seguida de una descripción sobre unos colmillos enormes, y sintió que algo se le quebraba por dentro. Durante un instante dejó de ver el camino de Aquitania y recordó una jornada de caza de su juventud, cuando uno de sus hermanos menores, a quien había querido con un afecto casi paternal, murió atravesado por el colmillo de un gran verraco. Recordó la sangre, los gritos y la desesperación de los hombres que intentaban contener las entrañas del muchacho mientras él permanecía arrodillado a su lado, demasiado joven para aceptar que una criatura del bosque pudiera arrebatarle a alguien de su propia sangre. La imagen de Juliano apareció entonces superpuesta a aquel recuerdo: el rostro juvenil, la sonrisa insolente, las bromas que dirigía a los señores romanos y, finalmente, un colmillo atravesándole la garganta. Teodorico aflojó involuntariamente las riendas. No otra vez, pensó, y aquella súplica silenciosa estuvo tan cerca de convertirse en llanto que tuvo que apretar la mandíbula hasta sentir dolor. No podía soportar la idea de volver a encontrar a un muchacho amado desangrándose después de una cacería.

Pero enseguida comprendió que algo no encajaba. Había demasiados hombres, demasiadas sogas y demasiados animales de tiro para transportar un simple cerdo salvaje, por formidable que fuese. Los campesinos ocupaban prácticamente toda la anchura del camino y avanzaban con una lentitud agotadora, tirando de una estructura de troncos sobre la cual descansaba una masa rojiza cuyo tamaño resultaba difícil de juzgar entre tantos cuerpos. —¡Apartaos! —ordenó Teodorico, espoleando su caballo hacia un pequeño terreno elevado desde donde pudiera observar mejor. Los hombres obedecieron y, al abrirse la multitud, dejaron al descubierto aquello que habían sacado de las ruinas. El rey se quedó inmóvil. La criatura poseía un cuerpo gigantesco, desproporcionadamente musculoso, con un lomo tan ancho que parecía pertenecer a algún animal de los tiempos anteriores al Diluvio. Su piel, ahora rojiza y casi desprovista de pelo, recordaba la carne de una bestia abrasada por el fuego, aunque no mostraba las lesiones habituales de una quemadura. Varias flechas sobresalían de aquella montaña de músculos, algunas partidas y otras hundidas apenas hasta la mitad del asta. La cabeza resultaba todavía más espantosa: unas fauces desmesuradas, dientes gruesos y colmillos capaces de destrozar el muslo de un caballo.

Un escalofrío recorrió la espalda del monarca y le erizó el vello de los brazos. Había visto elefantes descritos por viajeros, bisontes de las regiones septentrionales, osos enormes y animales extraordinarios traídos por comerciantes orientales, pero jamás una criatura semejante. Ni siquiera el tamaño explicaba por completo su espanto. Aquella cabeza parecía concebida para triturar todo cuanto pudiera alcanzar, y las flechas clavadas en el lomo demostraban que alguien había conseguido herirla repetidamente sin detener su avance. Teodorico descendió del caballo, apartó a un campesino que intentaba contarle cómo habían cambiado los colores de la piel y se aproximó hasta quedar frente a las mandíbulas abiertas. Durante varios segundos no habló. Después observó una herida profunda situada en la parte posterior del cráneo, precisamente donde la musculatura del cuello dejaba una abertura vulnerable entre los huesos. Reconoció inmediatamente la naturaleza del golpe: alguien había tenido que acercarse hasta una distancia suicida para introducir una espada allí. —¿Quién ha hecho esto? —preguntó con voz baja, señalando la herida. Un campesino comenzó a responder, pero el rey lo interrumpió antes de escuchar el nombre—. No. Decidme primero quién ha tenido los cojones de acercarse tanto a semejante monstruosidad.

Fue entonces cuando distinguió, más allá de la multitud que arrastraba el cadáver, una litera rodeada por jóvenes nobles, sacerdotes y varias mujeres. Sobre ella descansaba Juliano, inmóvil bajo las mantas, mientras Walia Amalrico caminaba junto a los portadores con una expresión sombría y Gundemaro Vidimero mantenía la mirada fija en el suelo. Teodorico comprendió la respuesta sin necesidad de escucharla. La enormidad del monstruo, la herida de espada y el estado del muchacho componían una historia cuya conclusión le resultaba insoportable. Durante un instante quiso regresar junto al cadáver, levantarlo a patadas y despedazarlo nuevamente por haberse atrevido a tocar a uno de los suyos, pero se contuvo y avanzó hacia la litera, dejando atrás a sus guardias y a los campesinos que comenzaban a arrodillarse a su paso. Ya no tenía interés alguno en el prodigio que acababan de traer de los bosques. Solo deseaba comprobar que Juliano todavía respiraba.

Teodorico había llegado dispuesto a encontrar culpables, pero toda intención de castigo desapareció cuando vio que Juliano respiraba. El muchacho yacía sobre la litera, con el rostro descolorido, el cabello oscuro apelmazado por la sangre y el pecho cuidadosamente inmovilizado entre mantas enrolladas. Cada inspiración le producía una contracción dolorosa, aunque los movimientos eran ahora más regulares y profundos que cuando lo habían recogido de las ruinas. El rey se acercó sin anunciarse, apartó a uno de los portadores y permaneció contemplándolo durante unos instantes. Había conocido a Juliano cuando todavía era un niño orgulloso que se negaba a admitir que los muchachos godos montaban mejor que él, y aquella familiaridad de años hizo que le resultara insoportable verlo reducido a semejante fragilidad. Un sacerdote anciano se aproximó con las manos juntas y, después de inclinarse, declaró que ignoraba por qué el joven continuaba con vida.

—Majestad, cuando lo encontraron parecía haber exhalado su último aliento. Fue esta niña quien consiguió devolverle la respiración. Algunos de los presentes sospechan que podría ser una de las féeræ, criaturas de linajes antiguos que las gentes de estas tierras relacionan con los seres de las viejas religiones. No afirmo que sea tal cosa, señor, pero tampoco podemos descartar que ciertos portentos de origen desconocido obren con permiso de Nuestro Señor. No hemos observado en ella invocaciones impías ni señales de maleficio; antes bien, cuanto ha hecho parece inspirado por una voluntad de salvar. El conde Amalrico asegura que el muchacho había dejado de respirar y que ella lo recuperó en pocos instantes, mediante procedimientos que ninguno de nosotros reconoce. No juzgamos prudente separarla de él.

Teodorico volvió lentamente la cabeza hacia el sacerdote, cuya explicación había escuchado con una expresión cada vez más sombría. —Escuchadme bien, padre. Si alguien pronuncia la palabra bruja delante de esta niña, le arranco los cojones, lleve sotana, espada o los dos.

—El anciano abrió los ojos con sobresalto, mientras varios campesinos bajaban inmediatamente la mirada.

—Majestad, nadie ha pronunciado semejante acusación.

—Magnífico. Entonces no habrá necesidad de cumplir mi promesa. La niña se queda.

—El rey dirigió finalmente su atención a aquella pequeña figura de cabellos revueltos, vestido desgarrado y restos de cadenas alrededor de los tobillos. Estaba sentada junto a la litera, sosteniendo una mano de Juliano entre las suyas con una delicadeza que contrastaba con las manchas de sangre seca sobre sus dedos. Tenía unas facciones tan finas y una expresión tan singularmente serena que Teodorico comprendió por qué los campesinos hablaban de criaturas feéricas; sin embargo, lo que más le llamó la atención fue que no parecía interesada en recibir gratitud, reconocimiento ni protección. Vigilaba la respiración del herido como si aquella tarea constituyera la única razón por la cual continuaba allí, rodeada por hombres armados y desconocidos.

Entonces el rey reparó en Walia Amalrico, que aguardaba de pie junto a los portadores, cubierto de polvo y con la ropa marcada por la sangre del combate. Teodorico se acercó hasta quedar frente a él y, sin pronunciar advertencia alguna, le descargó una bofetada tan sonora que varios campesinos se estremecieron. El joven conde recibió el golpe sin retroceder ni intentar defenderse, aunque el enrojecimiento inmediato de su mejilla reveló su violencia. —Supongo que fue idea vuestra —dijo el rey con una calma mucho más peligrosa que sus gritos anteriores—. Una excursión magnífica. Una cacería digna de tres jóvenes imbéciles convencidos de que las bestias de los poemas son animales que uno puede matar antes del almuerzo. Walia apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder intervino Amalasunta, que había permanecido a poca distancia.

—Fue idea mía, mi rey. Yo propuse que saliéramos y... —Las mujeres no opinan sobre cuestiones de caza, mujer —la interrumpió Teodorico, sin apartar los ojos del conde. La muchacha enrojeció de indignación, pero tuvo suficiente prudencia para callar ante la evidencia de que el monarca no buscaba establecer responsabilidades con justicia, sino encontrar alguna forma de descargar el miedo que acababa de sufrir. Walia, por su parte, no aprovechó aquella interrupción para disculparse. Permaneció inmóvil, aceptando una responsabilidad que su rango y su afecto por Juliano le impedían abandonar.

La cólera del rey empezó a disiparse cuando volvió a contemplar la litera. El muchacho seguía respirando, y aquella sencilla circunstancia comenzaba a adquirir para Teodorico una importancia superior a cualquier falta cometida. Observó otra vez a la niña, las argollas que llevaba en los tobillos y su extraña compostura, antes de dejar escapar un suspiro. —Bien. Supongo que ahora tenemos otra cachorra aristocrática a la que alimentar. —Gundemaro, que había permanecido prudentemente alejado desde la bofetada, levantó los ojos con cierta sorpresa. Teodorico añadió, encogiéndose de hombros—: Soy rico. ¿Qué más da? Ya alimento a media descendencia de los grandes señores de Aquitania, y ninguno de esos condenados muchachos parece dispuesto a aprender prudencia. Una boca más no arruinará mi tesoro. —La niña lo contempló sin comprender del todo si aquellas palabras significaban que podía acompañarlos, pero Gisila no estaba allí para explicar las costumbres del rey y ninguno de los nobles se atrevió a traducir su generosidad envuelta en insultos. Teodorico terminó arrodillándose junto a Juliano y apoyó cuidadosamente una mano sobre su cabello. La respiración era más fuerte que antes, aunque la fiebre le humedecía la frente y lo mantenía en una confusión profunda. Sus labios se movieron sin abrir los ojos, y de ellos escapó una palabra casi inaudible. —Pezuña...

—¿Pezuña? —repitió el rey, inclinándose para escuchar mejor. Juliano volvió a murmurar lo mismo, sin conseguir formar ninguna otra frase. Teodorico levantó la mirada hacia Walia. —¿A qué demonios se refiere? —El conde abrió la boca, pero por primera vez en mucho tiempo las palabras se le enredaron de tal manera que apenas consiguió pronunciar una explicación inconexa sobre huellas, árboles y el animal muerto. Fue Gundemaro quien intervino finalmente, con el rostro todavía pálido y la voz desprovista de su habitual arrogancia.

—Mi rey, nosotros no estábamos persiguiendo a ese monstruo. Seguíamos unas huellas enormes, huellas de lobo, y las seguimos durante buena parte del camino. Pero la criatura que mató Juler tenía pezuñas. Pezuñas, señor. No patas de lobo. —Teodorico permaneció inmóvil, asimilando lentamente aquella distinción.

—Entonces habéis encontrado una bestia diferente de la que buscabais.

—Sí, majestad. Y no sabemos dónde está la otra. Ni siquiera sabemos si hay una sola. —Gundemaro volvió la cabeza hacia las montañas, donde los últimos rayos del sol iluminaban las copas de un bosque aparentemente interminable. —Hay algo maldito en esas tierras, mi rey. Os lo juro por Cristo. Ese bosque está maldito.

Por primera vez desde su llegada, Teodorico no insultó a nadie. Miró hacia la criatura rojiza que los campesinos continuaban arrastrando, después hacia el bosque y finalmente hacia su sobrino herido. Había heredado un reino de grandes guerreros, nobles belicosos y fronteras difíciles, pero aquella noche empezaba a comprender que quizá existían enemigos contra los cuales ni los juramentos de sus señores ni las lanzas de sus mejores hombres serían suficientes. Se incorporó despacio y ordenó que reanudaran la marcha hacia Tolosa sin perder otro instante, mientras sus guardias formaban un círculo alrededor de la litera. Antes de montar se volvió hacia Walia, cuya mejilla todavía conservaba la marca de la bofetada, y le habló con una gravedad que no necesitaba elevar la voz. —Cuando ese muchacho esté a salvo, me contaréis absolutamente todo cuanto sucedió en esas ruinas. Y si de verdad hay otra criatura en mis bosques, por Dios que averiguaremos qué es antes de enviar a otro puñado de jóvenes a morir buscándola.

 

 

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