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La muchacha de las cadenas rotas descendió los últimos escalones de la villa con una determinación que contrastaba con el terror que había mostrado hasta entonces. Sus pies descalzos dejaron pequeñas huellas ensangrentadas sobre el mosaico mientras atravesaba el jardín, sin detenerse ante el cadáver monstruoso que todavía desprendía aquel hedor nauseabundo. Walia apenas reparó en su llegada, ocupado como estaba en comprobar la respiración de Juliano, cuyo pecho había dejado de moverse. La niña se arrodilló junto al joven patricio y comenzó a llorar silenciosamente, o eso creyó el conde, hasta que advirtió que acercaba el oído al pecho del muchacho, escuchaba durante unos instantes y después examinaba cuidadosamente su cabeza. Separó el cabello ensangrentado, palpó con delicadeza los huesos del cráneo y recorrió con los dedos la parte posterior del cuello. Había una herida que sangraba abundantemente, pero no encontró ninguna deformidad evidente que indicara un aplastamiento craneal. Lo verdaderamente terrible estaba en el pecho: el impacto parecía haber interrumpido los latidos de su corazón.
—Muchacha, apártate. Necesita un médico, no tus lamentaciones —murmuró
Walia, aunque su voz carecía ya de la autoridad habitual. La niña no obedeció.
Se inclinó sobre el rostro de Juliano, le levantó cuidadosamente el mentón y
comenzó a insuflarle aire por la boca, para después colocar ambas manos sobre
el centro de su pecho y presionar repetidamente con el peso de su pequeño
cuerpo. El conde contempló aquellas maniobras con una mezcla de desconcierto y
horror. No reconocía ninguna práctica médica semejante entre las enseñanzas de
los cirujanos militares ni entre los remedios empleados por los sacerdotes. Por
un instante pensó que estaba presenciando algún ritual campesino, una
superstición aprendida entre mujeres que atendían partos y moribundos; sin embargo,
la muchacha no pronunciaba plegarias, no trazaba signos sagrados ni invocaba a
ningún espíritu. Contaba en voz baja, con una concentración feroz, alternando
las presiones con nuevas insuflaciones mientras las lágrimas continuaban
deslizándose por sus mejillas.
Walia estuvo a punto de apartarla cuando un movimiento repentino sacudió el
cuerpo de Juliano. El joven arqueó ligeramente la espalda, expulsó una bocanada
de aire mezclada con sangre y comenzó a toser con una violencia que hizo
estremecer a la muchacha. Su respiración regresó entre jadeos desordenados,
dolorosos, acompañados por un silbido húmedo que revelaba la gravedad de las
lesiones torácicas. La niña se retiró apenas lo suficiente para permitirle
respirar, mientras Walia se inclinaba hacia su amigo con una expresión de
incredulidad absoluta. —¡Juler! ¡Por Cristo, muchacho, estás vivo! —exclamó,
antes de comprender que debía contener el impulso de abrazarlo. El romano había
recuperado la conciencia, aunque la confusión de su mirada y el dolor que le contraía
el rostro evidenciaban que estaba muy lejos de encontrarse fuera de peligro. La
sangre continuaba manando de la herida de la cabeza y cada inspiración parecía
exigirle un esfuerzo insoportable.
La muchacha examinó nuevamente el tórax, palpando con extraordinaria
delicadeza los espacios entre las costillas hasta identificar varias zonas
dolorosamente inestables. Había fracturas costales y probablemente lesiones de
los cartílagos intercostales, consecuencias previsibles de una coz capaz de
lanzar a un hombre contra un muro de ladrillo. Walia observó que la niña
evitaba mover al herido y mantenía una mano próxima a su hombro para impedir
que intentara incorporarse. —No debe levantarse, señor —dijo finalmente, con
una voz pequeña y ronca por el llanto—. Tiene huesos rotos en el pecho. Si se
mueve demasiado, puede lastimarse por dentro. El conde levantó la cabeza y la
contempló por primera vez con verdadera atención. Aquella criatura campesina,
descalza, encadenada y cubierta de heridas, acababa de realizar algo que él
habría considerado imposible. —¿Quién eres? —preguntó lentamente—. ¿Dónde
aprendiste a hacer eso? La niña bajó los ojos hacia las argollas que todavía
rodeaban sus tobillos y, durante unos momentos, pareció debatirse entre
responder y volver a huir.
—Me enseñaron aquí, señor —susurró al fin—. Los hombres de la casa. Decían
que algunos debían aprender a devolver el aliento cuando el corazón dejaba de
obedecer. Walia sintió que la sangre se le enfriaba nuevamente, aunque la
presencia opresiva del monstruo había desaparecido. Miró hacia las galerías
oscuras, hacia las pinturas de bestias sin héroes y hacia aquella escalera que
descendía bajo la villa. Comprendió entonces que el animal al que habían dado
muerte podía ser apenas una pequeña parte del horror que se ocultaba en aquel
lugar. Desde el camino comenzaron a llegar los primeros gritos de los
campesinos convocados por Amalasunta, acompañados por el ruido de herramientas
y pasos apresurados, mientras Juliano permanecía tendido sobre el mosaico, vivo
por una intervención que nadie allí sabía explicar y demasiado herido para
abandonar las ruinas por sus propios medios.
Gundemaro permanecía sentado entre los fragmentos del mosaico, exactamente
donde había caído después del combate, con la lanza abandonada a su lado y una
expresión de estupor que ninguna de sus habituales insolencias conseguía
disimular. Había visto a Juliano atravesar la nuca del monstruo, recibir
aquella coz espantosa y estrellarse contra el muro; después había contemplado
cómo su compañero dejaba de respirar y cómo una muchacha encadenada, salida de
las profundidades de la villa, conseguía devolverlo a la vida mediante unas
maniobras incomprensibles. Fue entonces cuando reparó verdaderamente en ella. A
pesar de la suciedad, las lágrimas y la ropa desgarrada, poseía una belleza
extraordinaria, de facciones delicadas y una armonía casi principesca, acompañada
por una compostura que difícilmente podía atribuirse a la educación habitual de
una aldeana.
—Walli… —murmuró Gundemaro desde el suelo, todavía aturdido—. Esa no es una
campesina.
El conde, arrodillado junto a Juliano, levantó la mirada hacia la muchacha y
observó con mayor atención sus manos, sus facciones y la serenidad con que
vigilaba la respiración del herido. Había algo inequívocamente refinado en
aquella niña, no solo por su hermosura, sino por la manera de hablar y por unos
conocimientos médicos que ni siquiera muchos hombres instruidos poseían.
—Sí, es obvio. Deben de haberla educado muy bien —respondió Walia, antes de
dirigirse a ella con una gravedad que hizo desaparecer cualquier rastro de su
anterior ligereza—. Niña, no te preguntaré por tu noble padre, ni por tu
familia, ni por las circunstancias que te han traído hasta aquí. Ya habrá
ocasión de averiguarlo. Pero escúchame bien: desde este momento estás bajo mi
protección. Si alguien te ha esclavizado, tu dueño encontrará mi oro o mi
acero, según lo que prefiera. Has salvado a mi amigo amado, a Gundemaro y al
único romano que conozco que no es un sodomita rastrero.
Walia sostuvo la mirada de la muchacha mientras pronunciaba aquellas últimas
palabras, consciente de que acababa de comprometer su honor ante testigos. La
niña, que hasta entonces había permanecido concentrada en las heridas de
Juliano, levantó lentamente los ojos hacia él. Sus labios temblaron, pero no
consiguió responder. Durante unos instantes pareció debatirse entre la gratitud
y una desconfianza nacida de experiencias demasiado terribles para su edad.
Finalmente inclinó la cabeza, mientras una lágrima descendía por su mejilla y
caía sobre las manos ensangrentadas que todavía mantenía junto al pecho del
joven romano.
Solo entonces Gundemaro pareció recuperar por completo la conciencia de
cuanto lo rodeaba. Se incorporó trabajosamente, apoyándose primero sobre una
rodilla y después en el asta de su lanza, con el orgullo maltrecho y la túnica
cubierta de polvo. —Un momento, Walli —protestó, recuperando una sombra de su
acostumbrada insolencia—. ¿Acabas de decir que ella me ha salvado a mí? Porque,
hasta donde recuerdo, fui yo quien mantuvo ocupada a esa monstruosidad mientras
Juler encontraba la ocasión de matarla. El conde volvió la cabeza hacia él con
una expresión de absoluta incredulidad. —Gunder, si vuelves a llamar estrategia
a lo que acabas de hacer, te juro que contaré personalmente en todos los
banquetes de Tolosa cómo una bestia consiguió derrotarte mientras tú intentabas
pronunciar una frase heroica.
La réplica provocó en Gundemaro una sonrisa avergonzada que desapareció
cuando volvió a contemplar a Juliano, todavía tendido sobre el pavimento y
respirando con dificultad. Por primera vez desde que habían comenzado aquella
jornada, no encontró ninguna respuesta ingeniosa. En lugar de ello, recuperó su
lanza y se colocó junto a la entrada de las ruinas para vigilar el camino por
donde debían llegar los hombres convocados por Amalasunta, mientras Walia
permanecía al lado del herido y la muchacha continuaba observando atentamente
cada movimiento de su pecho.
—Pezuña…
El susurro apenas consiguió atravesar los labios ensangrentados de Juliano.
Walia, arrodillado junto a él, inclinó la cabeza sin comprender aquellas
sílabas que parecían perderse entre sus respiraciones dolorosas. —¿Qué has
dicho, Juler? —preguntó, acercándose un poco más, pero el muchacho solo
consiguió repetir aquel sonido con una voz tan débil que ni siquiera el conde,
situado a su lado, pudo distinguirlo. La niña de las cadenas rotas se inclinó
entonces sobre el herido y acercó cuidadosamente el oído a su boca. Permaneció
inmóvil durante varios segundos, escuchando con una concentración
extraordinaria, antes de levantar hacia Walia sus enormes ojos. —Pezuña, mi
señor. El noble héroe dice «pezuña». —
El conde tardó un instante en comprender. Después su expresión cambió de
manera espantosa. La sangre desapareció de sus mejillas y sus dedos se cerraron
lentamente sobre el puño de la espada, hasta que los nudillos adquirieron una
blancura cadavérica. Gundemaro, que había recuperado parte de su insolencia
habitual, observó aquel cambio con creciente inquietud.
—Walli, ¿qué demonios te sucede? ¿Qué importancia tiene una pezuña? —
El conde levantó los ojos hacia el cadáver monstruoso, cuyas cuatro
extremidades terminaban en pezuñas gruesas y hendidas, y respondió con una
lentitud terrible—: Las huellas, Gunder. Las que nos trajeron hasta aquí. Eran
huellas de un lobo gigantesco. De un lobo. Y esta maldita cosa tiene pezuñas.
Gundemaro volvió la cabeza hacia el animal muerto. Contempló su hocico
desmesurado, sus mandíbulas abiertas y aquellas extremidades que ya no podían
confundirse con las patas de un cánido. Por primera vez desde que abandonaron
Tolosa, toda la ligereza de su carácter pareció abandonarlo de golpe. —¿Me
estás diciendo que hay otra cosa ahí fuera? —preguntó, mirando hacia la
arboleda—. ¿Otro monstruo? —Walia no respondió, y aquel silencio fue peor que
cualquier confirmación. —¿O varias? —añadió Gundemaro, ahora con una voz que
apenas reconocía como propia. Los dos jóvenes contemplaron entonces el bosque
que rodeaba la villa y descubrieron que nunca les había parecido tan grande.
Sus árboles se prolongaban sobre las colinas hasta fundirse con las montañas
distantes, y más allá de aquellas montañas se extendían otros bosques, otros
valles y regiones enteras que ningún cazador de Tolosa había recorrido por
completo. Aquitania, que pocas horas antes les parecía un territorio familiar,
gobernado por condes conocidos y atravesado por caminos seguros, se convirtió
repentinamente en una extensión inmensa y desconocida, donde quizá habitaban
criaturas que ningún romano había descrito y que ningún guerrero godo había
aprendido a combatir.
¿Acaso había regresado la edad de los héroes? La pregunta, absurda en
cualquier banquete aristocrático, adquiría entre aquellas ruinas una seriedad
insoportable. Gundemaro recordó las historias de Heracles, de Belerofonte
enfrentándose a la Quimera y de los cazadores legendarios cuyas hazañas
llenaban los poemas antiguos. También recordó a Telémaco, aquel joven noble que
había debido aprender a convertirse en hombre bajo la sombra de un padre
incomparable. Pero las leyendas omitían convenientemente el temblor de las
manos, la posibilidad de morir aplastado contra una pared y la vergüenza de
descubrir que todo el entrenamiento recibido desde la infancia apenas bastaba
para mantenerse vivo unos instantes frente a una bestia extraordinaria. Ninguno
de ellos alcanzaba la estatura de aquellos héroes. El único que había
conseguido matar al monstruo yacía ahora sobre un pavimento ensangrentado, con
varias costillas fracturadas y una respiración tan dolorosa que cada movimiento
de su pecho parecía arrancarle una nueva porción de vida. Walia comprendió
entonces que las grandes gestas podían terminar de aquel modo: sin coronas, sin
canciones y sin victoria verdadera, con un muchacho moribundo y dos nobles
incapaces de protegerlo.
El miedo terminó de apoderarse de ambos cuando una ráfaga de viento atravesó
las ramas de los sauces. Gundemaro giró sobre sus talones y levantó la lanza,
convencido durante un instante de haber escuchado un aullido. Una ramita cayó
desde un árbol próximo y golpeó las losas, provocando que Walia desenvainara
nuevamente la espada con una rapidez desesperada. El crujido de una raíz bajo
tierra les pareció la pisada de un gigante; el roce de las hojas contra los
muros recordó el arrastre de las cadenas, y cada sombra entre los troncos
adquirió la forma de una criatura que aguardaba pacientemente a que abandonaran
su refugio. Era un terror distinto del que habían sentido durante el combate,
porque entonces existía un enemigo visible contra el cual podían emplear sus
armas, mientras que ahora el peligro podía encontrarse en cualquier dirección.
Walia no se atrevía a alejarse de Juliano; Gundemaro miraba constantemente
hacia los árboles, incapaz de decidir si debía vigilar el camino, las ruinas o
las galerías subterráneas. La niña, por el contrario, permanecía junto al
herido, observándolos con una tristeza silenciosa que parecía demasiado antigua
para sus doce años.
Fue ella quien devolvió a los jóvenes al mundo de los hombres. Tiró
suavemente del manto de Walia y señaló hacia el camino que descendía entre los
campos. Allí, más allá de los primeros árboles, aparecieron pequeñas luces
anaranjadas que se multiplicaban conforme avanzaban por la pendiente. Eran
antorchas. Poco después comenzaron a escucharse voces masculinas, el golpeteo
de herramientas contra astas de madera y las órdenes que alguien impartía para
mantener reunida a aquella improvisada hueste. Sobre todos aquellos sonidos se
elevaba una oración pronunciada por numerosas gargantas, primero confusa y
después perfectamente reconocible: «Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre…». Gundemaro contempló las luces durante unos
instantes, dejó caer la lanza sobre el mosaico y se arrodilló lentamente. Hasta
aquel día había repetido plegarias en las ceremonias de su familia, durante los
oficios religiosos y antes de los banquetes, casi siempre por costumbre, por
obediencia o por respeto a las apariencias. Ahora juntó las manos, inclinó la
cabeza y comenzó a recitar el padrenuestro con una devoción que jamás había
conocido, porque por primera vez comprendía que podía necesitar verdaderamente
la misericordia de Dios.
Walia permaneció junto a Juliano, escuchando cómo la oración se aproximaba
entre los árboles. Las antorchas revelaron finalmente las primeras figuras de
los campesinos, encabezados por hombres que llevaban horcas, azadas y lanzas
improvisadas. Tras ellos avanzaban varios sacerdotes con cruces levantadas, y
entre las voces que organizaban la marcha comenzó a distinguirse la de
Amalasunta, firme y autoritaria. El conde sintió un alivio tan profundo que
estuvo a punto de derrumbarse sobre las rodillas, pero logró mantenerse erguido
mientras una última mirada hacia el bosque le recordaba que la llegada de
aquellos hombres no resolvía el misterio. Habían muerto muchas criaturas
terribles desde los tiempos de Heracles, y tal vez otras aguardaban todavía en
las regiones olvidadas del mundo. Lo único que Walia sabía con certeza era que
aquella mañana habían salido a cazar conejos y que, antes de ponerse el sol,
habían descubierto que su reino contenía horrores para los cuales ninguno de
sus maestros los había preparado.
Los primeros en alcanzar las ruinas fueron dos hermanos de doce y trece
años, hijos de un campesino que cultivaba tierras pertenecientes a los dominios
de los Amalricos. Habían corrido por delante de los hombres armados,
atravesando los sembrados y siguiendo las voces que llegaban desde la villa,
hasta que el mayor reconoció entre las columnas derruidas al joven conde Walia
y a Gundemaro Vidimero. La presencia de aquellos señores bastó para que
olvidara momentáneamente el cansancio, pero cuando sus ojos descendieron hacia
el monstruoso cadáver tendido sobre el mosaico, se detuvo con tanta brusquedad
que su hermano estuvo a punto de atropellarlo. La criatura parecía todavía más
espantosa ahora que permanecía inmóvil, con las enormes mandíbulas abiertas,
las pezuñas hundidas entre los escombros y varias flechas sobresaliendo de
aquella espalda desmesurada. El mayor extendió inmediatamente un brazo para
impedir que el pequeño avanzara.
—¡Mi señor! ¡Mi señor conde! —exclamó, inclinándose torpemente ante Walia
antes de volverse hacia su hermano—. ¡Ve con la señora del caballo! ¡Dile que
los hemos encontrado, que están aquí, en la villa antigua! ¡Corre y no te
detengas! El menor intentó asomarse por debajo del brazo que le cerraba el
paso, intrigado por el olor extraño y las manchas oscuras del pavimento, pero
su hermano lo empujó suavemente hacia el camino. —¡He dicho que vayas! ¡Y no
mires ahí dentro! —insistió con una autoridad prestada de su padre. El pequeño
obedeció de mala gana y desapareció entre los árboles, gritando que había
encontrado a los nobles. El mayor permaneció donde estaba, contemplando aquella
escena con una expresión que comenzó siendo de horror y acabó transformándose,
poco a poco, en un asombro casi reverencial.
Ante sus ojos se encontraba algo digno de ser cantado durante generaciones.
Había escuchado historias de Heracles y de los grandes cazadores de la
Antigüedad, relatos que los ancianos repetían junto al fuego y que los músicos
ambulantes convertían en canciones durante las ferias. Desde niño soñaba con
abandonar los campos y convertirse en cantor de las grandes casas, quizá
aprender a tocar la lira, memorizar versos antiguos y recorrer los salones
donde los nobles recompensaban con monedas de plata las composiciones capaces
de engrandecer sus nombres. Pero nunca había imaginado encontrar una hazaña
verdadera tan cerca de su aldea. Allí estaban dos jóvenes señores con las armas
ensangrentadas, un monstruo que parecía nacido de los relatos de los antiguos
y, junto a una columna, un muchacho romano tan gravemente herido que apenas
podía respirar. El campesino comprendió que aquella historia no podía perderse
entre rumores confusos. Necesitaba conocer los nombres, los hechos y hasta las
palabras pronunciadas antes del combate, porque algún día, si Dios le concedía
talento y fortuna, sería él quien los cantaría.
—Mi señor conde —preguntó finalmente, acercándose con una mezcla de timidez
y entusiasmo—, ¿qué bestia es esa? ¿Tiene nombre? Mi abuelo conoce todas las
criaturas de estos bosques, pero jamás habló de una semejante. ¿La matasteis
vos? —Sus ojos se desviaron hacia Gundemaro, cuya lanza permanecía apoyada
contra una columna, y después hacia Juliano—. ¿O fue aquel señor? ¿Es verdad
que la enfrentasteis los tres? Walia contempló al muchacho con incredulidad,
incapaz de comprender cómo alguien podía interesarse por la gloria cuando
todavía ignoraban si su amigo sobreviviría. Gundemaro, en cambio, levantó
lentamente la cabeza. Por primera vez desde que se arrodillara para rezar,
encontró en aquella curiosidad una oportunidad de recuperar algo de su orgullo
maltrecho.
—La enfrentamos los tres, muchacho
—respondió con voz grave—. Pero fue Juler quien la derribó. Juliano Aeciano,
nieto de Flavio Aecio, el León de Occidente. Acuérdate bien de ese nombre.
El muchacho lo repitió en voz baja, como quien aprende una fórmula destinada
a no olvidarse jamás, y observó nuevamente al joven romano. La visión de aquel
héroe tendido entre las piedras le produjo una tristeza inesperada, porque
comprendió que las canciones rara vez explicaban cuánto dolor podía esconderse
detrás de una victoria. Quiso preguntar si sobreviviría, pero no se atrevió. En
su lugar se aproximó unos pasos al cadáver y examinó su cabeza monstruosa, los
colmillos desmesurados y las extrañas protuberancias óseas que sobresalían de
las mandíbulas. —Tiene hocico de jabalí, pero parece más grande que los toros
de mi padre —murmuró—. Si no tiene nombre, necesitará uno. Nadie recordará una
canción sobre una bestia a la que solamente llamaban bestia. Gundemaro estuvo a
punto de sugerir alguno de sus habituales disparates, pero Walia lo interrumpió
con una mirada severa. —Primero salvaremos al muchacho que la mató. Después
podrás componer todos los versos que quieras, pequeño.
Las voces de los campesinos aumentaron al otro lado de los muros,
acompañadas por el crepitar de las antorchas y las oraciones de los sacerdotes.
El futuro cantor permaneció junto a la entrada, deseoso de observar cuanto
ocurriera y decidido a conservar cada detalle en su memoria. Entretanto, Walia
volvió a arrodillarse junto a Juliano, y Gundemaro se adelantó para recibir a
los primeros hombres de la improvisada hueste. Nadie reparó en que el muchacho,
antes de apartarse, había observado también a la niña de las cadenas rotas,
cuya presencia junto al héroe moribundo parecía pertenecer a otra clase de
relato, más extraño y menos comprensible. Años después, si llegaba a
convertirse en poeta, quizá recordaría que su primera gran historia había
comenzado con una pregunta sencilla: quién había matado a aquel monstruo y cómo
debía llamarse una criatura semejante.
—¡Licas, pequeño zoquete, sal de ahí! —tronó una voz desde el camino. Un
campesino corpulento, de barba espesa y hombros acostumbrados a cargar sacos de
grano, apareció entre las columnas acompañado por media docena de vecinos. El
muchacho se apartó precipitadamente del cadáver, aunque no sin dedicarle una
última mirada de admiración. Los hombres traían dos varas resistentes, mantas,
correas de cuero y una puerta ligera desmontada de alguna dependencia agrícola,
materiales suficientes para improvisar una litera. Mientras el padre de Licas
distribuía órdenes y examinaba el terreno, Gundemaro llamó al pequeño y
depositó una moneda en su palma.
—Cuando seas cantor, muchacho, recuerda que fuiste testigo de una hazaña
extraordinaria. Llámalo el Jabalí de Tolosa.
—Walia, que ayudaba a preparar el traslado de Juliano, soltó una carcajada
inesperada. —¡El Jabalí de Tolosa! ¡Todos pensarán que tres idiotas se hicieron
despedazar por un cerdo especialmente gordo! —Gundemaro frunció el ceño,
ofendido en su sensibilidad poética.
—Entonces, ¿cómo demonios lo llamamos? —Licas apretó la moneda contra el
pecho sin atreverse a intervenir. Todavía no sabía encontrar nombres dignos de
las grandes gestas, pero estaba convencido de que aquella disputa merecería
figurar en la canción.
Cada vez llegaban más campesinos, convocados por las antorchas, las voces y
el cuerno del conde. Algunos se detenían horrorizados ante la criatura; otros
se aproximaban con la curiosidad cautelosa de quienes jamás habían visto un
animal semejante. Un sacerdote joven se persignó al descubrir el enorme hocico
y las flechas incrustadas en la musculatura, y retrocedió instintivamente
cuando uno de los hombres intentó levantar una de sus patas. Poco después, el
sonido de unos cascos anunció la llegada de Amalasunta Vidimerica, montada
sobre una yegua que avanzaba con paso firme entre los trabajadores. La joven
llevaba el manto recogido para facilitar la marcha y sostenía las riendas con
una elegancia tan natural que, rodeada de aquella improvisada escolta campesina,
parecía la reina de aquellas gentes.
—¡Así que aquí están nuestros nobles héroes! —exclamó al distinguir a su
hermano y al conde—. ¡Por todos los santos, Gunder, espero que al menos hayas
tenido la cortesía de no morir antes de que llegara! ¿Dónde estás, Juler? —Su
sonrisa desapareció cuando descubrió al romano tendido sobre las mantas, con la
cabeza apoyada en el regazo de una niña extraordinariamente hermosa que
sostenía un paño ensangrentado contra su herida. Amalasunta desmontó sin
esperar que nadie acudiera a sujetarle la yegua. —Señor conde —preguntó,
aproximándose con el rostro repentinamente pálido—, ¿qué le ha sucedido?
Walia explicó lo indispensable mientras los hombres terminaban de asegurar
la litera y la muchacha indicaba cómo debían evitar movimientos bruscos sobre
el tórax de Juliano. Amalasunta escuchó sin interrumpir, aunque la noticia de
que su hermano había estado a punto de morir y de que el romano había recibido
aquella herida por salvarlo hizo que dirigiera a Gundemaro una mirada cuya
severidad prometía una conversación mucho menos agradable cuando estuvieran a
salvo. Entretanto llegó un sacerdote de edad avanzada, hombre de manos gruesas
y cabellos completamente blancos, que llevaba una pequeña ampolla de agua
bendita. Se aproximó al cadáver, murmuró una oración y trazó sobre él la señal
de la cruz antes de rociarlo. Allí donde las gotas tocaron la piel negruzca
ocurrió algo tan inesperado que los campesinos retrocedieron entre
exclamaciones: la superficie comenzó a perder su color oscuro y reveló
gradualmente una tonalidad rojiza, semejante al pelaje de un animal de carne y
sangre. El fenómeno se extendió por el lomo y los flancos, dejando a la vista
manchas pardas y zonas cubiertas por cerdas rojizas. El sacerdote continuó
rezando sin apartarse, mientras la niña de las cadenas rotas observaba aquella
transformación con una atención extraordinaria, como si acabara de reconocer un
detalle de importancia que los demás todavía no podían comprender.
—Esto no es obra de una enfermedad ordinaria —murmuró el anciano, examinando
la superficie transformada sin atreverse a tocarla directamente—. Sea cual sea
la naturaleza de esta criatura, convendrá llevarla ante quienes puedan
estudiarla. —Los campesinos intercambiaron miradas inquietas, pero la
curiosidad terminó imponiéndose al miedo cuando Walia autorizó que recuperaran
el cadáver. Con sogas gruesas, palancas de madera y la ayuda de varios animales
de tiro, consiguieron arrastrar aquella masa monstruosa sobre una estructura
improvisada. El contraste resultaba casi grotesco: delante marchaba la litera
de Juliano, conducida con extremo cuidado y acompañada por la niña que le había
salvado la vida; detrás avanzaba una multitud de campesinos que tiraban del
enorme cerdo rojizo, mientras Licas caminaba junto a ellos repitiendo
mentalmente los nombres de los nobles, decidido a no olvidar ninguno.
Amalasunta organizó la marcha, distribuyó hombres entre la vanguardia y la
retaguardia y ordenó mantener las antorchas encendidas incluso cuando
abandonaron el bosque. Nadie volvió a burlarse de los rumores sobre lobos
gigantes, y los sacerdotes continuaron sus plegarias durante todo el descenso
hacia la aldea.
Al llegar al poblado, la noticia se propagó antes que la propia comitiva.
Las mujeres abandonaron los patios, los niños se asomaron a las puertas y los
ancianos salieron apoyados en bastones para contemplar aquella extraordinaria
procesión. El monstruo, ahora rojizo, fue recibido con una mezcla de espanto y
fascinación; algunos aseguraron reconocer en él al jabalí de las antiguas
leyendas, mientras otros afirmaron que ninguna criatura de Dios podía alcanzar
semejante tamaño. Juliano recibió los primeros cuidados que pudieron
proporcionarle, aunque su estado obligaba a continuar cuanto antes hacia
Tolosa, donde encontrarían médicos más experimentados. Walia dispuso el relevo
de los portadores, Gundemaro permaneció junto a la litera y Amalasunta ordenó
que enviaran jinetes por delante para preparar su llegada a la ciudad. Cuando
finalmente emprendieron el camino hacia la capital visigoda, los campesinos
insistieron en transportar también el cadáver, convencidos de que aquella
bestia merecía ser mostrada ante el rey y los grandes señores de la corte. Así
avanzaron hacia Tolosa, entre oraciones, rumores y canciones todavía
inconclusas, llevando consigo a un héroe gravemente herido, una niña cuya
identidad nadie conocía y el cuerpo de un monstruo que había cambiado de color
al recibir agua bendita.
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