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—¡Ataquenlo! —rugió Shaina.
Su brazo extendido señalaba a Seiya, que
seguía de pie en el sendero, con la Caja del León Menor sujeta a la espalda. El
eco de la orden recorrió el terreno de entrenamiento y rebotó contra las rocas.
Por un instante, ni siquiera el viento pareció atreverse a interrumpirla.
Los soldados del Santuario dudaron.
Algunos llevaban armaduras menores; otros solo
vestían túnicas de guardia, con brazales y cascos de metal opaco. Todos
conocían los rumores sobre Seiya. Habían oído hablar del entrenamiento inhumano
al que lo habían sometido durante años, de su resistencia bajo el Manto de
Atena y del Cosmos que había hecho temblar el suelo durante el combate contra
Casios. También sabían que el muchacho acababa de recibir una Armadura Sagrada.
Pero la orden provenía de Shaina de Ofiuco.
Para los soldados, desobedecerla podía ser tan peligroso como enfrentarse al
joven.
—¡Ahora! —insistió ella.
Uno de los guardias tragó saliva. Otro miró de
reojo la Caja de Pandora, como si esperara que esta se abriera por sí sola.
Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en atacar. Sin embargo, la
vacilación duró apenas unos segundos. Al final, obedecieron.
Seiya no levantó los puños.
—No quiero pelear… —susurró—. No contra
ustedes.
Su voz sonó rota, pero no por miedo. En ella
había cansancio, desconcierto y una tristeza que los soldados no supieron
interpretar. Seiya no entendía por qué Shaina había cambiado de actitud ni por
qué sus antiguos compañeros lo trataban como a un enemigo. Hasta hacía poco,
solo quería abandonar el Santuario con Marin y descubrir la verdad sobre
Mitsumasa Kido. Ahora un grupo de guardias cerraba el paso mientras la Santa de
Ofiuco lo señalaba como si ya hubiera sido condenado.
El primer golpe le alcanzó el hombro.
Seiya se tambaleó. Un puño enguantado le dio
en el costado y una patada le golpeó la parte posterior de la rodilla. A su
alrededor, las voces de los soldados se confundieron con el ruido de las botas
sobre la piedra.
—¡Al suelo!
—¡Sujétenlo!
—¡Que no llegue a la Caja!
Los impactos le llovieron desde todas
direcciones. Puños, patadas y golpes de porra se abatieron sobre su cuerpo.
Seiya se cubrió la cabeza con los brazos, pero no respondió. No golpeó a
ninguno. No buscó abrirse paso. Cada vez que un soldado caía o retrocedía, él
intentaba apartarse para no hacerle daño.
—¡No quiero pelear! —repitió, con más fuerza.
La respuesta fue otro golpe.
Su cuerpo chocó contra una piedra baja. El
aire se le escapó de los pulmones. Durante unos segundos, solo pudo oír el
latido apresurado de su corazón y el sonido sordo de los impactos. El sendero,
el cielo y las figuras que lo rodeaban se mezclaron en un torbellino de polvo y
dolor.
Una parte de Seiya quería protegerse. Otra
seguía aferrada a la idea de que todo era un error, de que bastaría con
explicar la situación para que los soldados comprendieran que no pretendía
atacar el Santuario. No quería convertirse en enemigo de quienes habían sido
sus compañeros. No quería herir a Marin, ni a Shaina, ni a nadie.
Pero los golpes continuaron.
Un puño lo alcanzó en la boca. La sangre le
llenó el sabor de la lengua. Alguien le dio una patada en el muslo y sus
piernas cedieron. Cayó sobre una rodilla, se apoyó en una mano y trató de
ponerse de pie. El dolor le subía desde el pecho y le oprimía las costillas.
—¡Basta! —gritó una voz entre los soldados.
No supo quién había hablado. La orden de
Shaina seguía pesando más.
Seiya recibió un porrazo en la espalda. Esta
vez cayó de bruces. La tierra áspera le raspó las palmas y las mejillas. La
Caja golpeó contra el suelo, y las correas le apretaron el pecho. Se quedó
inmóvil mientras los pasos se acercaban.
No podía defenderse sin arriesgarse a lastimar
a alguien. No podía explicar lo que ni siquiera él entendía. El Santuario, que
durante años había sido su hogar, se había vuelto un lugar del que debía
escapar. La angustia le pesaba tanto como los golpes.
Cerró los ojos.
El ruido se alejó. La conciencia se le
estrechó alrededor de una idea simple: que todo terminara. No por rendición,
sino porque ya no encontraba una forma de hacer que los demás lo escucharan.
Entonces un sonido profundo sacudió el
terreno.
No fue un trueno. Tampoco el estrépito de una
roca al desprenderse de la montaña. Se pareció a un rugido contenido durante
siglos, una vibración inmensa que surgió desde la Caja de Pandora y atravesó el
campo de entrenamiento. El suelo tembló bajo los soldados. Algunos
retrocedieron; otros se taparon los oídos.
La Caja del León Menor se estremeció.
Las correas se tensaron contra el cuerpo de
Seiya. El metal emitió un resplandor dorado que se filtró por las uniones de la
tapa. Un chasquido recorrió el cierre. Luego otro. La Caja se abrió sola, como
si respondiera a una llamada antigua que solo ella podía oír.
Seiya entreabrió los ojos.
El cofre se desplegó con lentitud. Sus partes
se separaron en ángulos precisos y formaron una estructura que parecía más un
pequeño altar que una caja. De su interior surgió primero el manto escamado:
una trama flexible, tejida con placas diminutas que reflejaban la luz de las
estrellas. No era tela, aunque se movía como tal; tampoco parecía metal común.
Cada eslabón brillaba con una intensidad propia, y de la superficie brotaba un
rumor bajo, semejante al gruñido de una bestia dormida.
Sobre la malla flotaron las placas doradas.
Giraban despacio, suspendidas en el aire, y cada una mostraba la figura de un
león en posición de combate: el cuerpo inclinado hacia delante, las fauces
abiertas, las garras preparadas para el salto. El emblema se repetía en los
hombros, el cinturón y las protecciones de los brazos, aunque con variaciones
que daban a cada pieza una identidad propia.
Los soldados dejaron de atacar.
Shaina también se quedó quieta. El Cosmos de
la Caja llenó el sendero y apartó el polvo de la superficie de las piedras. No
era una energía furiosa. Su fuerza contenía algo mucho más antiguo, una
presencia que parecía haber esperado durante siglos aquel instante.
El Cosmos de Seiya, que hasta entonces había
sido una brasa moribunda, volvió a palpitar. Primero fue un destello tenue,
apenas perceptible bajo la sangre y el cansancio. Luego creció, como una llama
que encuentra aire después de estar a punto de extinguirse.
La Armadura lo había sentido.
Las placas se desensamblaron y comenzaron a
girar a su alrededor. Seiya no tuvo fuerzas para levantarse. Solo pudo mirar
cómo las piezas doradas descendían, una tras otra, hacia su cuerpo. El manto
escamado lo envolvió primero. Cuando la trama tocó sus brazos y su espalda, las
ropas viejas se deshicieron en jirones de luz y polvo. La Caja seguía abierta
detrás de él, vibrando al ritmo de su Cosmos.
Una greba se acopló a una pierna; después, la
otra. Los guanteletes cubrieron sus manos, protegiéndole los dedos. Las
hombreras se fijaron sobre su cuerpo con un golpe metálico que resonó a través
del campo. Las placas del pecho descendieron y se cerraron sobre su torso.
Cada pieza encontró su lugar como si siempre
hubiese estado destinada a él.
El ensamblaje emitió un destello cada vez que
una placa se fijaba. La luz creció hasta envolver el cuerpo de Seiya. Entonces,
la Armadura liberó una explosión de energía.
Un Big Bang en miniatura iluminó el campo de
entrenamiento.
El resplandor cegó a todos por un instante. El
viento se levantó en una onda que hizo retroceder a los soldados y agitó las
túnicas de Shaina. Las piedras pequeñas rodaron por el sendero; el polvo se
elevó en espirales y se dispersó entre las columnas. La Caja permaneció
abierta, resplandeciente, mientras las últimas partes de la Armadura se
ajustaban sobre el joven.
Cuando la luz se apagó, Seiya estaba de
rodillas.
Respiraba con dificultad. A su alrededor, los
soldados gemían en el suelo: algunos se habían quedado inconscientes; otros
trataban de incorporarse, aturdidos por el impacto. El joven miró sus manos,
ahora cubiertas por el brillo dorado de los guanteletes. Las placas seguían
vibrando, cálidas por el despertar.
No sintió gloria.
Sintió vergüenza.
—¿Qué he hecho…? —murmuró.
Su voz se perdió entre el polvo y los
quejidos. No había querido lastimar a nadie. No había querido convertirse en
enemigo del Santuario. Por eso había hablado con Marin; por eso había anunciado
que no deseaba luchar. Pero ahora los soldados estaban en el suelo y la
Armadura del León Menor se había unido a su cuerpo.
Algo había cambiado.
El metal parecía pesar más de lo que debía. No
era solo el peso de las placas. La Armadura reaccionaba a su confusión, como si
cada pieza registrara la tensión de sus músculos y el pulso irregular de su
Cosmos. Seiya se miró las manos y trató de abrirlas. Los guanteletes
obedecieron con un leve crujido.
No tuvo tiempo para ordenar sus pensamientos.
Una nueva figura emergió de las sombras.
Shaina avanzó unos pasos. La luz dorada de la
Armadura se reflejó sobre sus placas púrpuras. Su Cosmos crecía con cada
respiración, extendiéndose por el sendero como una tormenta que se preparaba
para descargar.
Seiya intentó ponerse en pie. Las rodillas le
temblaron.
El combate era inevitable. Frente a él se
alzaba una Santa de Plata, muy superior en velocidad, fuerza y experiencia.
Seiya acababa de despertar su Armadura y apenas sabía cómo moverse con ella
puesta.
No había tenido tiempo de aprender a caminar
con aquel manto ensangrentado.
El aire se volvió denso.
El Cosmos de Shaina crepitó como una tormenta
antigua. La presión hizo que las hojas de los arbustos cercanos se inclinaran
hacia el suelo. Sus ojos ardían tras la máscara; en su rostro se mezclaban la
furia, la resolución y una emoción que todavía no había logrado someter.
Sus dedos se curvaron.
Las uñas comenzaron a crecer, extendiéndose
más allá de las yemas. No eran simples uñas ni una ilusión creada para
intimidar. Eran Cosmos condensado en forma física, garras afiladas como
navajas, envueltas en relámpagos. Cada movimiento de sus manos producía chispas
que saltaban hacia las piedras.
Seiya sintió la energía antes de que ella
atacara. La electricidad erizó los pelos de sus brazos y recorrió las placas de
la Armadura. Su propio Cosmos respondió con un pulso todavía débil.
—¡Nuxē Astrapēs! —gritó Shaina.
El rayo descendió en forma de garra.
Seiya apenas alcanzó a levantar los brazos.
Las garras cósmicas golpearon la Armadura del León Menor y resbalaron sobre las
placas sin perforarlas. El metal resistió el corte, pero la descarga eléctrica
atravesó la protección. La energía le recorrió el cuerpo como miles de
cuchillas luminosas.
Sus músculos se agarrotaron.
Un grito ahogado escapó de su garganta. Sus
piernas se contrajeron y su espalda se arqueó. La fuerza cinética del ataque lo
levantó del suelo y lo lanzó por el aire, como si su cuerpo no pesara más que
una muñeca rota.
Seiya golpeó una roca enorme.
El sonido fue brutal. La piedra se partió en
dos y una nube de polvo cubrió el campo. Los fragmentos más pequeños cayeron
alrededor de él, repiqueteando contra la Armadura. El impacto dejó una
vibración profunda en el terreno que llegó hasta las gradas del entrenamiento.
Por un momento, el silencio ocupó el lugar de
los gritos.
Shaina bajó el brazo lentamente. Su Cosmos de
Plata aún brillaba como el filo de una luna nueva. Respiraba con regularidad;
no había desperdiciado energía en movimientos innecesarios. Había golpeado con
toda la precisión de una guerrera veterana.
Y aun así, algo dentro de ella flaqueó.
No se permitió mirar demasiado tiempo la nube
de polvo. Su rostro permaneció firme bajo la máscara, pero una duda breve se
abrió paso entre la ira y el orgullo. El muchacho apenas acababa de vestir su
Armadura. No sabía lo que podía hacer con ella. No era un rival preparado ni un
guerrero que hubiera elegido aquella batalla.
Sin embargo, la orden del Patriarca pesaba
sobre ella. También lo hacía la humillación de Casios, su discípulo, derribado
delante de todo el Santuario. Shaina había acudido al sendero convencida de que
debía detener a Seiya. Ahora, con el joven tendido entre las rocas, intentaba
convencerse de que aquello era necesario.
El polvo se asentó poco a poco.
Seiya apenas se movía. La Armadura del León
Menor lo había protegido de lo peor, pero su cuerpo estaba al límite. Sentía
dolor en todas partes. Bajo las placas, los músculos le ardían y cada
respiración le raspaba el pecho. La descarga de Shaina aún vibraba en sus
nervios, y las manos no terminaban de obedecerle.
Sabía que ella era una Santa de Plata. Su
velocidad, su fuerza y su habilidad superaban con creces las de un Santo de
Bronce recién investido. La diferencia era evidente; no necesitaba que nadie se
la explicara.
Y aun así, apretó las manos contra el suelo.
Sus guanteletes se hundieron entre el polvo y
las piedras sueltas. Seiya temblaba mientras trataba de incorporarse. Primero
levantó la cabeza, luego apoyó un brazo. La Armadura crujió cuando se movió; en
sus placas quedaban rastros de electricidad, hilos azules que se apagaban
lentamente.
—No… todavía no… —susurró.
Cada músculo le exigía que se quedara en el
suelo. La sangre le llenaba la boca con un sabor a hierro y óxido. Su visión se
nublaba por momentos. Una parte de él quería terminar con aquello, dejar de
sufrir y esperar a que alguien más decidiera su destino.
Pero otra parte seguía resistiendo.
No quería seguir peleando. No quería herir a
Shaina ni a los soldados. Tampoco quería convertirse en enemigo de quienes lo
habían acogido. Sin embargo, se negaba a aceptar que la única salida fuera
dejarse matar o atacar sin pensar. Su Cosmos parpadeaba, débil, pero aún estaba
allí.
Y eso, por el momento, era suficiente.
Entonces oyó un murmullo.
No en el aire, sino en el Cosmos.
Una gota de energía reverberó desde algún
lugar lejano. No podía distinguir de dónde venía ni a quién pertenecía. La
presencia era antigua, protectora y salvaje. Se manifestó apenas un instante,
como el eco de una voz que hubiese cruzado una distancia inmensa para tocar la
Armadura.
La Cloth del León Menor comenzó a brillar.
Al principio, la luz fue tenue. Una línea
dorada recorrió las placas y desapareció bajo el peto. Luego volvió a aparecer,
esta vez más intensa. El manto escamado vibró sobre el cuerpo de Seiya, y las
piezas que habían permanecido opacas revelaron un resplandor que parecía nacer
bajo el metal.
El cuerpo del joven reaccionó antes que su
voluntad.
Sus músculos se tensaron. La respiración, que
había sido irregular, se hizo más profunda. El aire entró en sus pulmones con
mayor facilidad. La energía que apenas podía mantener encendida respondió a la
llamada y comenzó a elevarse.
No era exactamente el mismo Cosmos que había
sentido durante el combate contra Casios. Algo había cambiado en su interior.
La energía seguía siendo suya, pero su forma de extenderse se había vuelto más
firme, más concentrada. Parecía reconocer una dirección.
La Armadura emitió un zumbido sagrado.
La malla escamada que cubría su cuerpo cambió
de color. El tono grisáceo se volvió rojo escarlata, como si las pequeñas
placas estuvieran forjadas con fuego vivo. Las piezas mayores, hasta entonces
apagadas, revelaron su verdadero esplendor: blancas como el marfil, trazadas
con detalles dorados que parecían rugir bajo la luz.
Las hombreras se elevaron en puntas semejantes
a los colmillos de un depredador sagrado. Los guanteletes se ajustaron
alrededor de sus manos con un clic metálico; cada dedo quedó reforzado, y las
líneas doradas convergieron en las puntas como garras. Las rodilleras mostraron
la imagen de un león en reposo, preparado para saltar. El cinturón se cerró
sobre la cintura de Seiya con una presión firme, casi como si abrazara su
cuerpo entero.
Una placa amplia y radiante se asentó sobre su
corazón.
Seiya sintió su pulso a través de ella. La
pieza latía con cada golpe del pecho, como un segundo corazón de fuego.
Shaina dio un paso atrás.
La sorpresa le hizo perder por un instante la
rigidez de su postura. La energía que había aparecido alrededor de Seiya no era
solo más fuerte: parecía más definida, como si la Armadura hubiese dejado de
protegerlo y comenzara a expresarlo.
—¿Qué… es esto? —susurró.
El escalofrío que le recorrió el cuerpo no
provenía de la rabia.
Seiya abrió los ojos.
No había odio en ellos. Tampoco furia. Solo
asombro y miedo de sí mismo. La Armadura había cambiado sin que él lo ordenara,
y aquella presencia distante seguía acompañándolo desde algún lugar que no
podía alcanzar.
—¿Qué me está pasando?
El viento se arremolinó a su alrededor. El
polvo giró en círculos y se elevó hasta las rodillas. El Cosmos de Seiya
continuó creciendo, pero ahora era más firme, más puro, más felino. Aún tenía
algo salvaje e incontrolable, aunque ya no parecía a punto de apagarse.
La Armadura del León Menor lo había aceptado.
Y el Cosmos que había respondido al suyo
todavía estaba allí: distante, pero presente, como una fuerza sagrada que lo
guiaba desde las sombras.
Shaina no esperó a que Seiya comprendiera lo
ocurrido.
El joven se incorporó con dificultad. El
movimiento fue lento, pero logró quedar de pie. La Cloth aún vibraba sobre él y
el resplandor dorado le iluminaba el rostro. Shaina flexionó los dedos; las
garras de relámpago volvieron a extenderse a su alrededor.
—No deberías levantarte —dijo.
—No quería caer.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
El breve intercambio no redujo la tensión.
Shaina avanzó un paso y Seiya levantó los brazos. Todavía no estaba seguro de
cómo manejar la Armadura, pero la posición le resultaba familiar. Había
entrenado durante años. Su cuerpo recordaba los movimientos incluso cuando su
mente estaba aturdida.
El choque fue ensordecedor.
Seiya lanzó su técnica en un destello de
energía.
—¡Nuxē Meteorou!
Su Cosmos se condensó en una ráfaga de golpes
meteóricos. Los puños cruzaron el espacio uno tras otro, impulsados por una
energía que estallaba al contacto. Cada impacto descendía como una estrella
fugaz. La velocidad de Seiya aumentó hasta que sus brazos parecieron
multiplicarse, y el suelo vibró bajo sus pies.
Las garras de Cosmos reaparecieron en las
puntas de sus dedos. Eran pequeñas, pero cada una dejaba una marca de luz en el
aire. La fuerza de los golpes combinaba el impacto de un meteoro con el corte
de una zarpa. Algunos impactos parecían fríos como cristal; otros dejaban tras
de sí un fulgor incandescente. No eran elementos distintos, sino sensaciones
producidas por la energía cambiante de su Cosmos, que aún buscaba una forma
estable.
Shaina respondió sin vacilar.
—¡Nuxē Astrapēs!
Su Cosmos explotó en un arco cegador. Las
garras eléctricas se extendieron alrededor de sus manos y rasgaron el aire con
destellos blancos. Cada ataque trazó una curva distinta, buscando los huecos
entre las placas de la Armadura del León Menor. Shaina se movía con la
precisión de una guerrera que conocía su cuerpo y su técnica desde hacía años.
Seiya intentó seguirla.
Sus golpes y los relámpagos de Shaina chocaron
en el aire. Los primeros ataques se encontraron a medio camino y estallaron en
destellos que iluminaron las ruinas. Una onda de choque empujó el polvo hacia
los soldados caídos. Los hombres que aún estaban conscientes se cubrieron el
rostro con los brazos.
El suelo se agrietó bajo los pies de ambos
Santos.
La colisión liberó una vibración tan violenta
que las piedras saltaron de la tierra. Una fisura se abrió entre Seiya y
Shaina, serpenteando por la superficie como una cicatriz reciente. Los
relámpagos se dispersaron en todas direcciones, y cada golpe de Cosmos resonó
entre las paredes del campo de entrenamiento.
Seiya no tenía la técnica de Shaina ni su
experiencia. Compensaba la diferencia con una sucesión incansable de golpes. Su
Cosmos se concentraba en cada puño, estallaba y volvía a reunirse para el
siguiente. La Armadura absorbía parte de la fuerza del choque, aunque las
placas comenzaban a mostrar arañazos profundos.
Shaina se negó a flaquear. Su Cosmos comprimió
el aire alrededor de ella hasta formar una especie de campo eléctrico. Las
garras de relámpago atravesaron la lluvia de golpes y golpearon la Armadura.
Cada impacto hacía vibrar las placas y sacudía el cuerpo de Seiya.
El joven logró responder con una ráfaga que
alcanzó el hombro de Shaina. La placa vibró bajo el golpe, pero la Santa de
Plata no retrocedió. Desvió el siguiente ataque con el antebrazo y descargó sus
garras contra el costado de Seiya.
La diferencia entre ambos seguía siendo
evidente. Seiya tenía más fuerza que antes, y la Armadura le permitía soportar
impactos que habrían terminado con un aspirante desprotegido. Pero Shaina
controlaba cada movimiento. Sabía cuándo avanzar, cuándo contener su Cosmos y
cuándo reservar energía para el siguiente ataque.
La colisión final sacudió la tierra.
Una onda de choque abrió la fisura y levantó
una pared de polvo entre los dos combatientes. Los relámpagos y la luz dorada
se confundieron en el aire. Por un momento, todo el campo pareció vibrar desde
sus cimientos.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, Seiya se
desplomó con un golpe sordo.
La Armadura del León Menor estaba marcada por
arañazos profundos. Algunas placas tenían surcos donde las garras de Shaina
habían encontrado su superficie. Seiya sangraba ligeramente en el rostro y en
los brazos. Su respiración era irregular, y los hombros apenas podían
sostenerlo. El poder recién despertado había exigido demasiado de su cuerpo.
Shaina, en cambio, seguía en pie. Su figura
conservaba la elegancia desafiante de una guerrera que había terminado un
combate sin perder el equilibrio. La Armadura de Ofiuco continuaba brillando,
aunque la presión del enfrentamiento había alterado el velo energético que
protegía su máscara.
Una grieta cruzó el metal.
Luego otra.
La máscara se partió en dos y cayó a sus pies.
El rostro que ocultaba quedó expuesto: ojos azules como el mar, piel pálida
como el mármol, mejillas encendidas por la furia y el esfuerzo. Su belleza,
casi divina, contrastaba con la dureza de su expresión. Los labios rosados se
tensaron; la mirada, habitualmente fría, reflejaba la cólera de una diosa
enfurecida.
Shaina se llevó un brazo al rostro, no por
vergüenza, sino por orgullo herido. Su Cosmos seguía vibrando a su alrededor
como una tormenta contenida.
Seiya no se movió. El resplandor de la
Armadura comenzó a apagarse, y su propio Cosmos pareció desvanecerse. Su cuerpo
había llegado al límite. Apenas podía mantener los ojos abiertos.
Shaina levantó una mano.
Estaba lista para asestar el golpe final.
Antes de que pudiera hacerlo, una presencia
interrumpió el enfrentamiento.
Un destello plateado apareció entre las
sombras de las ruinas. La figura emergió con un movimiento veloz y se interpuso
entre Shaina y Seiya. Era un joven vestido con una Armadura de Plata; la
diadema del Lagarto brillaba sobre su frente y la Caja de Pandora descansaba en
su espalda. Levantó una mano para detenerla.
—¡Alto!
La voz de Misti resonó con autoridad. No
necesitó gritar para hacerse oír.
Shaina lo miró. La furia seguía ardiendo en
sus ojos, pero no dio otro paso. La autoridad del Santo del Lagarto no admitía
discusión, y ambos sabían que el decreto del Patriarca estaba detrás de su
intervención.
Misti no volvió la cabeza hacia ella. Su
atención se dirigió a Seiya, que yacía entre el polvo y las piedras. El aire
aún zumbaba con energía residual, pero los últimos vestigios del Cosmos del
joven empezaban a desvanecerse.
El Santo del Lagarto cerró los ojos
brevemente. Su rostro permaneció sereno, aunque sus pensamientos ocultaban el
acero de un juicio severo. No sabía si aquel silencio expresaba respeto por la
violencia innecesaria o por el muchacho roto a sus pies.
Shaina retrocedió. Se cubrió el rostro con el
brazo mientras buscaba proteger los rasgos que habían quedado expuestos. No era
miedo. Tampoco vergüenza. Su Cosmos todavía temblaba alrededor de la armadura,
y su orgullo no aceptaba con facilidad que alguien más pusiera fin al combate.
Misti abrió lentamente los ojos.
—Has despertado la Armadura del León Menor
—dijo, mirando a Seiya—. Pero no estás listo para empuñarla.
El muchacho trató de levantar la cabeza. Solo
consiguió girarla unos centímetros.
—¿Qué…?
—Estás exiliado del Santuario. Por ahora.
La declaración cayó como una losa sobre el
campo de entrenamiento. Seiya permaneció en el suelo, jadeando, incapaz de
comprender del todo el significado de aquellas palabras.
Misti habló con la precisión de quien
transmite una orden ya decidida:
—Tu tarea es sencilla. Viajarás al Este.
Alguien está reuniendo Armaduras Sagradas por medios desconocidos. Tu deber es
investigarlo y detenerlo.
El tono del Santo del Lagarto se endureció.
Cada palabra parecía costarle más que la anterior.
—Su Ilustrísima, el Gran Patriarca, en su
inexplicable misericordia, incluso te ha concedido permiso para resolver
asuntos personales. Siempre y cuando no interfieran con la misión.
Shaina dejó de cubrirse el rostro. Su mirada
se clavó en Misti, pero no lo interrumpió.
—Pero no debes permanecer en el Santuario
después del amanecer —continuó él—. Si lo haces, serás considerado un enemigo y
te matarán. Y una vez que te vayas, no te quitarás la Armadura del León Menor.
Un silencio pesado cubrió el terreno.
Marin emergió de las sombras. Su rostro estaba
ensombrecido por la preocupación, y la armadura del Águila brillaba bajo la luz
de la luna. Al ver a Seiya tendido en el suelo, se apresuró a su lado.
—¡Está herido! —exclamó—. Con esas heridas
apenas puede moverse. ¡Morirá antes de llegar a la frontera!
Misti se volvió hacia ella. Su expresión no
cambió.
—Las Armaduras Sagradas no solo protegen
—respondió—. Si un Santo no está en batalla, la Cloth puede usar el Cosmos
residual para restaurar su cuerpo. Que demuestre su valía, incluso como Santo
de Bronce.
Sus palabras no sonaron crueles. Fueron
exactas, desprovistas de consuelo y de promesas. El destino de un caballero no
concedía garantías. Si Seiya iba a sobrevivir, tendría que hacerlo con las
fuerzas que todavía le quedaban.
Marin miró a Misti, luego a Seiya. Su mano se
cerró junto al cuerpo, pero no discutió. La Armadura del Águila conservaba un
resplandor tenue, y en el silencio del campo podían oírse aún los quejidos de
los soldados caídos, el viento entre las ruinas y la respiración irregular del
joven.
Seiya seguía en el suelo, cubierto de polvo,
con la Armadura del León Menor vibrando alrededor de su cuerpo. Sobre él, las
estrellas continuaban su curso silencioso.
Allí, entre la sangre, las piedras fracturadas
y las brasas desvanecidas del Cosmos, comenzaba su verdadera prueba.