sábado, 31 de octubre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El despertar y el exilio del León Menor

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—¡Ataquenlo! —rugió Shaina.

Su brazo extendido señalaba a Seiya, que seguía de pie en el sendero, con la Caja del León Menor sujeta a la espalda. El eco de la orden recorrió el terreno de entrenamiento y rebotó contra las rocas. Por un instante, ni siquiera el viento pareció atreverse a interrumpirla.

Los soldados del Santuario dudaron.

Algunos llevaban armaduras menores; otros solo vestían túnicas de guardia, con brazales y cascos de metal opaco. Todos conocían los rumores sobre Seiya. Habían oído hablar del entrenamiento inhumano al que lo habían sometido durante años, de su resistencia bajo el Manto de Atena y del Cosmos que había hecho temblar el suelo durante el combate contra Casios. También sabían que el muchacho acababa de recibir una Armadura Sagrada.

Pero la orden provenía de Shaina de Ofiuco. Para los soldados, desobedecerla podía ser tan peligroso como enfrentarse al joven.

—¡Ahora! —insistió ella.

Uno de los guardias tragó saliva. Otro miró de reojo la Caja de Pandora, como si esperara que esta se abriera por sí sola. Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en atacar. Sin embargo, la vacilación duró apenas unos segundos. Al final, obedecieron.

Seiya no levantó los puños.

—No quiero pelear… —susurró—. No contra ustedes.

Su voz sonó rota, pero no por miedo. En ella había cansancio, desconcierto y una tristeza que los soldados no supieron interpretar. Seiya no entendía por qué Shaina había cambiado de actitud ni por qué sus antiguos compañeros lo trataban como a un enemigo. Hasta hacía poco, solo quería abandonar el Santuario con Marin y descubrir la verdad sobre Mitsumasa Kido. Ahora un grupo de guardias cerraba el paso mientras la Santa de Ofiuco lo señalaba como si ya hubiera sido condenado.

El primer golpe le alcanzó el hombro.

Seiya se tambaleó. Un puño enguantado le dio en el costado y una patada le golpeó la parte posterior de la rodilla. A su alrededor, las voces de los soldados se confundieron con el ruido de las botas sobre la piedra.

—¡Al suelo!

—¡Sujétenlo!

—¡Que no llegue a la Caja!

Los impactos le llovieron desde todas direcciones. Puños, patadas y golpes de porra se abatieron sobre su cuerpo. Seiya se cubrió la cabeza con los brazos, pero no respondió. No golpeó a ninguno. No buscó abrirse paso. Cada vez que un soldado caía o retrocedía, él intentaba apartarse para no hacerle daño.

—¡No quiero pelear! —repitió, con más fuerza.

La respuesta fue otro golpe.

Su cuerpo chocó contra una piedra baja. El aire se le escapó de los pulmones. Durante unos segundos, solo pudo oír el latido apresurado de su corazón y el sonido sordo de los impactos. El sendero, el cielo y las figuras que lo rodeaban se mezclaron en un torbellino de polvo y dolor.

Una parte de Seiya quería protegerse. Otra seguía aferrada a la idea de que todo era un error, de que bastaría con explicar la situación para que los soldados comprendieran que no pretendía atacar el Santuario. No quería convertirse en enemigo de quienes habían sido sus compañeros. No quería herir a Marin, ni a Shaina, ni a nadie.

Pero los golpes continuaron.

Un puño lo alcanzó en la boca. La sangre le llenó el sabor de la lengua. Alguien le dio una patada en el muslo y sus piernas cedieron. Cayó sobre una rodilla, se apoyó en una mano y trató de ponerse de pie. El dolor le subía desde el pecho y le oprimía las costillas.

—¡Basta! —gritó una voz entre los soldados.

No supo quién había hablado. La orden de Shaina seguía pesando más.

Seiya recibió un porrazo en la espalda. Esta vez cayó de bruces. La tierra áspera le raspó las palmas y las mejillas. La Caja golpeó contra el suelo, y las correas le apretaron el pecho. Se quedó inmóvil mientras los pasos se acercaban.

No podía defenderse sin arriesgarse a lastimar a alguien. No podía explicar lo que ni siquiera él entendía. El Santuario, que durante años había sido su hogar, se había vuelto un lugar del que debía escapar. La angustia le pesaba tanto como los golpes.

Cerró los ojos.

El ruido se alejó. La conciencia se le estrechó alrededor de una idea simple: que todo terminara. No por rendición, sino porque ya no encontraba una forma de hacer que los demás lo escucharan.

Entonces un sonido profundo sacudió el terreno.

No fue un trueno. Tampoco el estrépito de una roca al desprenderse de la montaña. Se pareció a un rugido contenido durante siglos, una vibración inmensa que surgió desde la Caja de Pandora y atravesó el campo de entrenamiento. El suelo tembló bajo los soldados. Algunos retrocedieron; otros se taparon los oídos.

La Caja del León Menor se estremeció.

Las correas se tensaron contra el cuerpo de Seiya. El metal emitió un resplandor dorado que se filtró por las uniones de la tapa. Un chasquido recorrió el cierre. Luego otro. La Caja se abrió sola, como si respondiera a una llamada antigua que solo ella podía oír.

Seiya entreabrió los ojos.

El cofre se desplegó con lentitud. Sus partes se separaron en ángulos precisos y formaron una estructura que parecía más un pequeño altar que una caja. De su interior surgió primero el manto escamado: una trama flexible, tejida con placas diminutas que reflejaban la luz de las estrellas. No era tela, aunque se movía como tal; tampoco parecía metal común. Cada eslabón brillaba con una intensidad propia, y de la superficie brotaba un rumor bajo, semejante al gruñido de una bestia dormida.

Sobre la malla flotaron las placas doradas. Giraban despacio, suspendidas en el aire, y cada una mostraba la figura de un león en posición de combate: el cuerpo inclinado hacia delante, las fauces abiertas, las garras preparadas para el salto. El emblema se repetía en los hombros, el cinturón y las protecciones de los brazos, aunque con variaciones que daban a cada pieza una identidad propia.

Los soldados dejaron de atacar.

Shaina también se quedó quieta. El Cosmos de la Caja llenó el sendero y apartó el polvo de la superficie de las piedras. No era una energía furiosa. Su fuerza contenía algo mucho más antiguo, una presencia que parecía haber esperado durante siglos aquel instante.

El Cosmos de Seiya, que hasta entonces había sido una brasa moribunda, volvió a palpitar. Primero fue un destello tenue, apenas perceptible bajo la sangre y el cansancio. Luego creció, como una llama que encuentra aire después de estar a punto de extinguirse.

La Armadura lo había sentido.

Las placas se desensamblaron y comenzaron a girar a su alrededor. Seiya no tuvo fuerzas para levantarse. Solo pudo mirar cómo las piezas doradas descendían, una tras otra, hacia su cuerpo. El manto escamado lo envolvió primero. Cuando la trama tocó sus brazos y su espalda, las ropas viejas se deshicieron en jirones de luz y polvo. La Caja seguía abierta detrás de él, vibrando al ritmo de su Cosmos.

Una greba se acopló a una pierna; después, la otra. Los guanteletes cubrieron sus manos, protegiéndole los dedos. Las hombreras se fijaron sobre su cuerpo con un golpe metálico que resonó a través del campo. Las placas del pecho descendieron y se cerraron sobre su torso.

Cada pieza encontró su lugar como si siempre hubiese estado destinada a él.

El ensamblaje emitió un destello cada vez que una placa se fijaba. La luz creció hasta envolver el cuerpo de Seiya. Entonces, la Armadura liberó una explosión de energía.

Un Big Bang en miniatura iluminó el campo de entrenamiento.

El resplandor cegó a todos por un instante. El viento se levantó en una onda que hizo retroceder a los soldados y agitó las túnicas de Shaina. Las piedras pequeñas rodaron por el sendero; el polvo se elevó en espirales y se dispersó entre las columnas. La Caja permaneció abierta, resplandeciente, mientras las últimas partes de la Armadura se ajustaban sobre el joven.

Cuando la luz se apagó, Seiya estaba de rodillas.

Respiraba con dificultad. A su alrededor, los soldados gemían en el suelo: algunos se habían quedado inconscientes; otros trataban de incorporarse, aturdidos por el impacto. El joven miró sus manos, ahora cubiertas por el brillo dorado de los guanteletes. Las placas seguían vibrando, cálidas por el despertar.

No sintió gloria.

Sintió vergüenza.

—¿Qué he hecho…? —murmuró.

Su voz se perdió entre el polvo y los quejidos. No había querido lastimar a nadie. No había querido convertirse en enemigo del Santuario. Por eso había hablado con Marin; por eso había anunciado que no deseaba luchar. Pero ahora los soldados estaban en el suelo y la Armadura del León Menor se había unido a su cuerpo.

Algo había cambiado.

El metal parecía pesar más de lo que debía. No era solo el peso de las placas. La Armadura reaccionaba a su confusión, como si cada pieza registrara la tensión de sus músculos y el pulso irregular de su Cosmos. Seiya se miró las manos y trató de abrirlas. Los guanteletes obedecieron con un leve crujido.

No tuvo tiempo para ordenar sus pensamientos.

Una nueva figura emergió de las sombras.

Shaina avanzó unos pasos. La luz dorada de la Armadura se reflejó sobre sus placas púrpuras. Su Cosmos crecía con cada respiración, extendiéndose por el sendero como una tormenta que se preparaba para descargar.

Seiya intentó ponerse en pie. Las rodillas le temblaron.

El combate era inevitable. Frente a él se alzaba una Santa de Plata, muy superior en velocidad, fuerza y experiencia. Seiya acababa de despertar su Armadura y apenas sabía cómo moverse con ella puesta.

No había tenido tiempo de aprender a caminar con aquel manto ensangrentado.

El aire se volvió denso.

El Cosmos de Shaina crepitó como una tormenta antigua. La presión hizo que las hojas de los arbustos cercanos se inclinaran hacia el suelo. Sus ojos ardían tras la máscara; en su rostro se mezclaban la furia, la resolución y una emoción que todavía no había logrado someter.

Sus dedos se curvaron.

Las uñas comenzaron a crecer, extendiéndose más allá de las yemas. No eran simples uñas ni una ilusión creada para intimidar. Eran Cosmos condensado en forma física, garras afiladas como navajas, envueltas en relámpagos. Cada movimiento de sus manos producía chispas que saltaban hacia las piedras.

Seiya sintió la energía antes de que ella atacara. La electricidad erizó los pelos de sus brazos y recorrió las placas de la Armadura. Su propio Cosmos respondió con un pulso todavía débil.

—¡Nuxē Astrapēs! —gritó Shaina.

El rayo descendió en forma de garra.

Seiya apenas alcanzó a levantar los brazos. Las garras cósmicas golpearon la Armadura del León Menor y resbalaron sobre las placas sin perforarlas. El metal resistió el corte, pero la descarga eléctrica atravesó la protección. La energía le recorrió el cuerpo como miles de cuchillas luminosas.

Sus músculos se agarrotaron.

Un grito ahogado escapó de su garganta. Sus piernas se contrajeron y su espalda se arqueó. La fuerza cinética del ataque lo levantó del suelo y lo lanzó por el aire, como si su cuerpo no pesara más que una muñeca rota.

Seiya golpeó una roca enorme.

El sonido fue brutal. La piedra se partió en dos y una nube de polvo cubrió el campo. Los fragmentos más pequeños cayeron alrededor de él, repiqueteando contra la Armadura. El impacto dejó una vibración profunda en el terreno que llegó hasta las gradas del entrenamiento.

Por un momento, el silencio ocupó el lugar de los gritos.

Shaina bajó el brazo lentamente. Su Cosmos de Plata aún brillaba como el filo de una luna nueva. Respiraba con regularidad; no había desperdiciado energía en movimientos innecesarios. Había golpeado con toda la precisión de una guerrera veterana.

Y aun así, algo dentro de ella flaqueó.

No se permitió mirar demasiado tiempo la nube de polvo. Su rostro permaneció firme bajo la máscara, pero una duda breve se abrió paso entre la ira y el orgullo. El muchacho apenas acababa de vestir su Armadura. No sabía lo que podía hacer con ella. No era un rival preparado ni un guerrero que hubiera elegido aquella batalla.

Sin embargo, la orden del Patriarca pesaba sobre ella. También lo hacía la humillación de Casios, su discípulo, derribado delante de todo el Santuario. Shaina había acudido al sendero convencida de que debía detener a Seiya. Ahora, con el joven tendido entre las rocas, intentaba convencerse de que aquello era necesario.

El polvo se asentó poco a poco.

Seiya apenas se movía. La Armadura del León Menor lo había protegido de lo peor, pero su cuerpo estaba al límite. Sentía dolor en todas partes. Bajo las placas, los músculos le ardían y cada respiración le raspaba el pecho. La descarga de Shaina aún vibraba en sus nervios, y las manos no terminaban de obedecerle.

Sabía que ella era una Santa de Plata. Su velocidad, su fuerza y su habilidad superaban con creces las de un Santo de Bronce recién investido. La diferencia era evidente; no necesitaba que nadie se la explicara.

Y aun así, apretó las manos contra el suelo.

Sus guanteletes se hundieron entre el polvo y las piedras sueltas. Seiya temblaba mientras trataba de incorporarse. Primero levantó la cabeza, luego apoyó un brazo. La Armadura crujió cuando se movió; en sus placas quedaban rastros de electricidad, hilos azules que se apagaban lentamente.

—No… todavía no… —susurró.

Cada músculo le exigía que se quedara en el suelo. La sangre le llenaba la boca con un sabor a hierro y óxido. Su visión se nublaba por momentos. Una parte de él quería terminar con aquello, dejar de sufrir y esperar a que alguien más decidiera su destino.

Pero otra parte seguía resistiendo.

No quería seguir peleando. No quería herir a Shaina ni a los soldados. Tampoco quería convertirse en enemigo de quienes lo habían acogido. Sin embargo, se negaba a aceptar que la única salida fuera dejarse matar o atacar sin pensar. Su Cosmos parpadeaba, débil, pero aún estaba allí.

Y eso, por el momento, era suficiente.

Entonces oyó un murmullo.

No en el aire, sino en el Cosmos.

Una gota de energía reverberó desde algún lugar lejano. No podía distinguir de dónde venía ni a quién pertenecía. La presencia era antigua, protectora y salvaje. Se manifestó apenas un instante, como el eco de una voz que hubiese cruzado una distancia inmensa para tocar la Armadura.

La Cloth del León Menor comenzó a brillar.

Al principio, la luz fue tenue. Una línea dorada recorrió las placas y desapareció bajo el peto. Luego volvió a aparecer, esta vez más intensa. El manto escamado vibró sobre el cuerpo de Seiya, y las piezas que habían permanecido opacas revelaron un resplandor que parecía nacer bajo el metal.

El cuerpo del joven reaccionó antes que su voluntad.

Sus músculos se tensaron. La respiración, que había sido irregular, se hizo más profunda. El aire entró en sus pulmones con mayor facilidad. La energía que apenas podía mantener encendida respondió a la llamada y comenzó a elevarse.

No era exactamente el mismo Cosmos que había sentido durante el combate contra Casios. Algo había cambiado en su interior. La energía seguía siendo suya, pero su forma de extenderse se había vuelto más firme, más concentrada. Parecía reconocer una dirección.

La Armadura emitió un zumbido sagrado.

La malla escamada que cubría su cuerpo cambió de color. El tono grisáceo se volvió rojo escarlata, como si las pequeñas placas estuvieran forjadas con fuego vivo. Las piezas mayores, hasta entonces apagadas, revelaron su verdadero esplendor: blancas como el marfil, trazadas con detalles dorados que parecían rugir bajo la luz.

Las hombreras se elevaron en puntas semejantes a los colmillos de un depredador sagrado. Los guanteletes se ajustaron alrededor de sus manos con un clic metálico; cada dedo quedó reforzado, y las líneas doradas convergieron en las puntas como garras. Las rodilleras mostraron la imagen de un león en reposo, preparado para saltar. El cinturón se cerró sobre la cintura de Seiya con una presión firme, casi como si abrazara su cuerpo entero.

Una placa amplia y radiante se asentó sobre su corazón.

Seiya sintió su pulso a través de ella. La pieza latía con cada golpe del pecho, como un segundo corazón de fuego.

Shaina dio un paso atrás.

La sorpresa le hizo perder por un instante la rigidez de su postura. La energía que había aparecido alrededor de Seiya no era solo más fuerte: parecía más definida, como si la Armadura hubiese dejado de protegerlo y comenzara a expresarlo.

—¿Qué… es esto? —susurró.

El escalofrío que le recorrió el cuerpo no provenía de la rabia.

Seiya abrió los ojos.

No había odio en ellos. Tampoco furia. Solo asombro y miedo de sí mismo. La Armadura había cambiado sin que él lo ordenara, y aquella presencia distante seguía acompañándolo desde algún lugar que no podía alcanzar.

—¿Qué me está pasando?

El viento se arremolinó a su alrededor. El polvo giró en círculos y se elevó hasta las rodillas. El Cosmos de Seiya continuó creciendo, pero ahora era más firme, más puro, más felino. Aún tenía algo salvaje e incontrolable, aunque ya no parecía a punto de apagarse.

La Armadura del León Menor lo había aceptado.

Y el Cosmos que había respondido al suyo todavía estaba allí: distante, pero presente, como una fuerza sagrada que lo guiaba desde las sombras.

Shaina no esperó a que Seiya comprendiera lo ocurrido.

El joven se incorporó con dificultad. El movimiento fue lento, pero logró quedar de pie. La Cloth aún vibraba sobre él y el resplandor dorado le iluminaba el rostro. Shaina flexionó los dedos; las garras de relámpago volvieron a extenderse a su alrededor.

—No deberías levantarte —dijo.

—No quería caer.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

El breve intercambio no redujo la tensión. Shaina avanzó un paso y Seiya levantó los brazos. Todavía no estaba seguro de cómo manejar la Armadura, pero la posición le resultaba familiar. Había entrenado durante años. Su cuerpo recordaba los movimientos incluso cuando su mente estaba aturdida.

El choque fue ensordecedor.

Seiya lanzó su técnica en un destello de energía.

—¡Nuxē Meteorou!

Su Cosmos se condensó en una ráfaga de golpes meteóricos. Los puños cruzaron el espacio uno tras otro, impulsados por una energía que estallaba al contacto. Cada impacto descendía como una estrella fugaz. La velocidad de Seiya aumentó hasta que sus brazos parecieron multiplicarse, y el suelo vibró bajo sus pies.

Las garras de Cosmos reaparecieron en las puntas de sus dedos. Eran pequeñas, pero cada una dejaba una marca de luz en el aire. La fuerza de los golpes combinaba el impacto de un meteoro con el corte de una zarpa. Algunos impactos parecían fríos como cristal; otros dejaban tras de sí un fulgor incandescente. No eran elementos distintos, sino sensaciones producidas por la energía cambiante de su Cosmos, que aún buscaba una forma estable.

Shaina respondió sin vacilar.

—¡Nuxē Astrapēs!

Su Cosmos explotó en un arco cegador. Las garras eléctricas se extendieron alrededor de sus manos y rasgaron el aire con destellos blancos. Cada ataque trazó una curva distinta, buscando los huecos entre las placas de la Armadura del León Menor. Shaina se movía con la precisión de una guerrera que conocía su cuerpo y su técnica desde hacía años.

Seiya intentó seguirla.

Sus golpes y los relámpagos de Shaina chocaron en el aire. Los primeros ataques se encontraron a medio camino y estallaron en destellos que iluminaron las ruinas. Una onda de choque empujó el polvo hacia los soldados caídos. Los hombres que aún estaban conscientes se cubrieron el rostro con los brazos.

El suelo se agrietó bajo los pies de ambos Santos.

La colisión liberó una vibración tan violenta que las piedras saltaron de la tierra. Una fisura se abrió entre Seiya y Shaina, serpenteando por la superficie como una cicatriz reciente. Los relámpagos se dispersaron en todas direcciones, y cada golpe de Cosmos resonó entre las paredes del campo de entrenamiento.

Seiya no tenía la técnica de Shaina ni su experiencia. Compensaba la diferencia con una sucesión incansable de golpes. Su Cosmos se concentraba en cada puño, estallaba y volvía a reunirse para el siguiente. La Armadura absorbía parte de la fuerza del choque, aunque las placas comenzaban a mostrar arañazos profundos.

Shaina se negó a flaquear. Su Cosmos comprimió el aire alrededor de ella hasta formar una especie de campo eléctrico. Las garras de relámpago atravesaron la lluvia de golpes y golpearon la Armadura. Cada impacto hacía vibrar las placas y sacudía el cuerpo de Seiya.

El joven logró responder con una ráfaga que alcanzó el hombro de Shaina. La placa vibró bajo el golpe, pero la Santa de Plata no retrocedió. Desvió el siguiente ataque con el antebrazo y descargó sus garras contra el costado de Seiya.

La diferencia entre ambos seguía siendo evidente. Seiya tenía más fuerza que antes, y la Armadura le permitía soportar impactos que habrían terminado con un aspirante desprotegido. Pero Shaina controlaba cada movimiento. Sabía cuándo avanzar, cuándo contener su Cosmos y cuándo reservar energía para el siguiente ataque.

La colisión final sacudió la tierra.

Una onda de choque abrió la fisura y levantó una pared de polvo entre los dos combatientes. Los relámpagos y la luz dorada se confundieron en el aire. Por un momento, todo el campo pareció vibrar desde sus cimientos.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, Seiya se desplomó con un golpe sordo.

La Armadura del León Menor estaba marcada por arañazos profundos. Algunas placas tenían surcos donde las garras de Shaina habían encontrado su superficie. Seiya sangraba ligeramente en el rostro y en los brazos. Su respiración era irregular, y los hombros apenas podían sostenerlo. El poder recién despertado había exigido demasiado de su cuerpo.

Shaina, en cambio, seguía en pie. Su figura conservaba la elegancia desafiante de una guerrera que había terminado un combate sin perder el equilibrio. La Armadura de Ofiuco continuaba brillando, aunque la presión del enfrentamiento había alterado el velo energético que protegía su máscara.

Una grieta cruzó el metal.

Luego otra.

La máscara se partió en dos y cayó a sus pies. El rostro que ocultaba quedó expuesto: ojos azules como el mar, piel pálida como el mármol, mejillas encendidas por la furia y el esfuerzo. Su belleza, casi divina, contrastaba con la dureza de su expresión. Los labios rosados se tensaron; la mirada, habitualmente fría, reflejaba la cólera de una diosa enfurecida.

Shaina se llevó un brazo al rostro, no por vergüenza, sino por orgullo herido. Su Cosmos seguía vibrando a su alrededor como una tormenta contenida.

Seiya no se movió. El resplandor de la Armadura comenzó a apagarse, y su propio Cosmos pareció desvanecerse. Su cuerpo había llegado al límite. Apenas podía mantener los ojos abiertos.

Shaina levantó una mano.

Estaba lista para asestar el golpe final.

Antes de que pudiera hacerlo, una presencia interrumpió el enfrentamiento.

Un destello plateado apareció entre las sombras de las ruinas. La figura emergió con un movimiento veloz y se interpuso entre Shaina y Seiya. Era un joven vestido con una Armadura de Plata; la diadema del Lagarto brillaba sobre su frente y la Caja de Pandora descansaba en su espalda. Levantó una mano para detenerla.

—¡Alto!

La voz de Misti resonó con autoridad. No necesitó gritar para hacerse oír.

Shaina lo miró. La furia seguía ardiendo en sus ojos, pero no dio otro paso. La autoridad del Santo del Lagarto no admitía discusión, y ambos sabían que el decreto del Patriarca estaba detrás de su intervención.

Misti no volvió la cabeza hacia ella. Su atención se dirigió a Seiya, que yacía entre el polvo y las piedras. El aire aún zumbaba con energía residual, pero los últimos vestigios del Cosmos del joven empezaban a desvanecerse.

El Santo del Lagarto cerró los ojos brevemente. Su rostro permaneció sereno, aunque sus pensamientos ocultaban el acero de un juicio severo. No sabía si aquel silencio expresaba respeto por la violencia innecesaria o por el muchacho roto a sus pies.

Shaina retrocedió. Se cubrió el rostro con el brazo mientras buscaba proteger los rasgos que habían quedado expuestos. No era miedo. Tampoco vergüenza. Su Cosmos todavía temblaba alrededor de la armadura, y su orgullo no aceptaba con facilidad que alguien más pusiera fin al combate.

Misti abrió lentamente los ojos.

—Has despertado la Armadura del León Menor —dijo, mirando a Seiya—. Pero no estás listo para empuñarla.

El muchacho trató de levantar la cabeza. Solo consiguió girarla unos centímetros.

—¿Qué…?

—Estás exiliado del Santuario. Por ahora.

La declaración cayó como una losa sobre el campo de entrenamiento. Seiya permaneció en el suelo, jadeando, incapaz de comprender del todo el significado de aquellas palabras.

Misti habló con la precisión de quien transmite una orden ya decidida:

—Tu tarea es sencilla. Viajarás al Este. Alguien está reuniendo Armaduras Sagradas por medios desconocidos. Tu deber es investigarlo y detenerlo.

El tono del Santo del Lagarto se endureció. Cada palabra parecía costarle más que la anterior.

—Su Ilustrísima, el Gran Patriarca, en su inexplicable misericordia, incluso te ha concedido permiso para resolver asuntos personales. Siempre y cuando no interfieran con la misión.

Shaina dejó de cubrirse el rostro. Su mirada se clavó en Misti, pero no lo interrumpió.

—Pero no debes permanecer en el Santuario después del amanecer —continuó él—. Si lo haces, serás considerado un enemigo y te matarán. Y una vez que te vayas, no te quitarás la Armadura del León Menor.

Un silencio pesado cubrió el terreno.

Marin emergió de las sombras. Su rostro estaba ensombrecido por la preocupación, y la armadura del Águila brillaba bajo la luz de la luna. Al ver a Seiya tendido en el suelo, se apresuró a su lado.

—¡Está herido! —exclamó—. Con esas heridas apenas puede moverse. ¡Morirá antes de llegar a la frontera!

Misti se volvió hacia ella. Su expresión no cambió.

—Las Armaduras Sagradas no solo protegen —respondió—. Si un Santo no está en batalla, la Cloth puede usar el Cosmos residual para restaurar su cuerpo. Que demuestre su valía, incluso como Santo de Bronce.

Sus palabras no sonaron crueles. Fueron exactas, desprovistas de consuelo y de promesas. El destino de un caballero no concedía garantías. Si Seiya iba a sobrevivir, tendría que hacerlo con las fuerzas que todavía le quedaban.

Marin miró a Misti, luego a Seiya. Su mano se cerró junto al cuerpo, pero no discutió. La Armadura del Águila conservaba un resplandor tenue, y en el silencio del campo podían oírse aún los quejidos de los soldados caídos, el viento entre las ruinas y la respiración irregular del joven.

Seiya seguía en el suelo, cubierto de polvo, con la Armadura del León Menor vibrando alrededor de su cuerpo. Sobre él, las estrellas continuaban su curso silencioso.

Allí, entre la sangre, las piedras fracturadas y las brasas desvanecidas del Cosmos, comenzaba su verdadera prueba.

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — La huida bajo el signo del León Menor

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La cabaña de Marin ocupaba un terreno apartado en las afueras del Santuario. Desde allí, los templos centrales se veían a lo lejos, recortados contra las laderas de la montaña y bañados por la luz del atardecer. Las columnas de mármol parecían elevarse hasta tocar las nubes, pero en torno a la vivienda de piedra el paisaje era más sencillo: un patio pequeño, un sendero irregular y varias plantas aromáticas que crecían junto a la pared.

La casa estaba lejos de la magnificencia de los edificios sagrados. No tenía pórticos monumentales ni puertas talladas, aunque guardaba una dignidad propia. Sus muros habían resistido muchos inviernos; las vigas oscuras conservaban el olor de la madera añeja, y el humo del brasero impregnaba las telas y los muebles. Cerca de la entrada, un manojo de hierbas colgaba de un clavo. El viento movía sus hojas secas cada vez que atravesaba el patio.

En el interior, la luz del sol entraba por las rendijas de las contraventanas y se extendía en franjas doradas sobre el suelo. La cocina era humilde, pero cálida. Había una mesa robusta, estantes con recipientes de cerámica y bronce, una repisa donde se apilaban platos de distintos tamaños y un fuego que Marin mantenía vivo mientras preparaba la comida.

Aquel espacio recordaba un gineceo, una habitación reservada a las mujeres del Santuario y a las tareas cotidianas que sostenían la vida de la comunidad. Los tapices de las paredes mostraban constelaciones, héroes antiguos y episodios de las guerras santas. Algunos habían perdido el color; otros conservaban todavía el azul profundo del cielo nocturno y el rojo de las capas de los guerreros. La vajilla, cuidadosamente ordenada, era más noble que el resto del mobiliario: cuencos de bronce, copas de cerámica esmaltada y fuentes heredadas de generaciones anteriores.

Marin dirigía la cocina con la naturalidad de quien había organizado equipos de entrenamiento y patrullas durante años. Su cabello rojizo le caía sobre los hombros y atrapaba el resplandor del fuego. Esa noche no llevaba la máscara. La cicatriz de su mejilla izquierda permanecía visible, una línea pálida que cruzaba sus rasgos sin disminuir su belleza ni su fuerza. La herida recordaba una batalla antigua, pero también la determinación con que había sobrevivido a ella.

Las doncellas del Santuario la ayudaban a preparar la comida. Vestían túnicas sencillas, ceñidas con cordones o cinturones de cuero, y se movían entre la mesa y el fogón sin interrumpirse. Las más jóvenes intercambiaban susurros y sonrisas cuando creían que Marin no las veía. Ella las dejaba hablar mientras no descuidaran el trabajo.

—¿Ya está lista la sopa? —preguntó una de ellas.

—Casi —respondió Marin—. Si sigues levantando la tapa, nunca lo estará.

La muchacha soltó una risa discreta y volvió a la mesa.

Afuera, en el pequeño patio, varios hombres del Santuario conversaban en voz baja. No pertenecían a las órdenes de los Santos, pero eran respetados por el trabajo que realizaban y por el conocimiento que habían reunido. Algunos llevaban armaduras menores, sencillas y gastadas, que no correspondían a ninguna constelación. Sus piezas metálicas reflejaban la luz de las últimas horas del día y dejaban percibir, bajo la superficie, el débil pulso de su Cosmos.

Desde la cocina llegaban fragmentos de sus voces, mezclados con el ruido de las ollas y el movimiento de las doncellas. La cabaña parecía apartada de las grandes preocupaciones del Santuario. Allí no se escuchaban órdenes de batalla ni proclamaciones solemnes. Solo los sonidos de una comida que se preparaba, del fuego que ardía y de la gente que compartía una tarde corriente.

En una habitación contigua, Seiya permanecía sentado ante la Caja de Pandora del León Menor.

El cofre descansaba sobre una mesa robusta cubierta con un paño de lino blanco. Su superficie metálica reflejaba la luz que entraba por la ventana. Las líneas que formaban la figura del león estaban grabadas en la tapa con una precisión que hacía difícil saber dónde terminaba la decoración y comenzaba el metal. Seiya apoyó los dedos sobre uno de los relieves y los deslizó por el contorno de la melena.

La Caja era más antigua que cualquier objeto que hubiese poseído. Su peso y su quietud parecían esconder una historia que él apenas empezaba a comprender. Había visto cómo la Armadura lo aceptaba; había sentido su luz en el Coliseo y escuchado el rugido de la multitud cuando el Patriarca lo nombró vencedor. Sin embargo, tenerla cerca le producía más preguntas que orgullo.

La Caja de Pandora era un vínculo con su futuro. También con un pasado que no conocía y con una misión que quizá nunca había elegido por completo. Marcaba su entrada al mundo de los Santos, pero no le decía qué debía hacer una vez dentro.

Desde la cocina llegaban las risas de las doncellas y los murmullos de los hombres reunidos en el patio. Seiya podía distinguir algunas palabras, pero no prestar atención a ninguna conversación. Escuchaba aquellos sonidos desde la habitación como si pertenecieran a otra vida, una vida cotidiana que continuaba alrededor de él mientras su destino se estrechaba en torno a la Caja.

No estaba seguro de sentirse preparado.

Había llegado al Santuario nueve años antes, cuando todavía era un muchacho. En ese tiempo había aprendido a pelear, a resistir el dolor y a despertar su Cosmos. También había aprendido a obedecer a sus maestros, a confiar en Marin y a buscar consejo en el Patriarca. Pero nunca había logrado resolver qué lugar ocupaba dentro de todo aquello. Algunas personas parecían haber elegido su destino desde el nacimiento. Él, en cambio, se sentía como una obra incompleta.

La Armadura del León Menor reposaba encerrada en su caja, paciente. Seiya no conocía todas las obligaciones que acompañaban a ser un Santo de Atena. Tampoco sabía qué esperaba de él Mitsumasa Kido. Solo sabía que el anciano lo había enviado al Santuario y que, durante años, le había dicho que debía entrenarse para obtener una de las Armaduras de Bronce.

Ahora que lo había conseguido, la orden seguía pesando sobre él.

Seiya retiró la mano de la tapa y la dejó sobre su rodilla. Desde la ventana alcanzaba a ver una parte del patio, donde uno de los hombres examinaba la correa de su armadura menor. Más allá comenzaban los senderos que conducían hacia los templos. Las figuras de piedra, doradas por el sol poniente, parecían observarlo desde la distancia.

La separación entre la habitación, la cocina y el patio representaba algo más que una diferencia física. Seiya estaba rodeado por personas que habían elegido sus destinos o que, al menos, habían aprendido a vivir con ellos. Marin era una maestra y una guerrera. Las doncellas sostenían la vida de la comunidad. Los soldados servían al Santuario. El Patriarca guiaba a los Santos. Él, en cambio, no sabía si debía quedarse o regresar a Japón.

Afuera, el sol se ocultó tras las montañas.

La luz cálida que había llenado la cabaña se retiró poco a poco. Las sombras avanzaron desde las esquinas, y el fuego se convirtió en la principal fuente de claridad. Marin continuaba en la cocina, concentrada en los últimos preparativos. Las doncellas llevaron los platos a la mesa y se retiraron para atender otras tareas. Los hombres del patio se despidieron entre sí y se dispersaron por los senderos.

Seiya permaneció junto a la Caja. De vez en cuando, le parecía que el metal vibraba bajo sus dedos, aunque no podía asegurar si se trataba de una respuesta del objeto o de su propio Cosmos. El silencio de la habitación se había vuelto más profundo. El viento agitaba las contraventanas, y cada tanto una ráfaga hacía crujir las vigas.

Entonces una estrella fugaz cruzó el cielo.

Seiya la vio desde la ventana. La luz apareció sobre las montañas, rápida y brillante, y trazó una curva sobre la oscuridad que comenzaba a cubrir el Santuario. Su estela pareció dirigirse hacia la región celeste del León Menor. Por un instante, la constelación brilló con una intensidad distinta, como si respondiera al paso de aquella luz.

Seiya se quedó inmóvil.

La estrella fugaz desapareció, pero el fulgor del León Menor persistió unos segundos más. El resplandor atravesó la ventana y se reflejó en la Caja de Pandora. La figura grabada en la tapa brilló con un destello fugaz que iluminó la habitación.

Solo quienes poseían un Cosmos extraordinario podían percibir aquel fenómeno con claridad. Para los habitantes de la cabaña, no fue más que una luz en el cielo. Para Seiya, fue una llamada que le recorrió la piel.

Marin sintió la energía antes de verla.

En la cocina, se detuvo con un plato entre las manos. El fuego siguió ardiendo, las doncellas continuaron moviéndose, pero para ella todo lo demás se desvaneció. Un poder antiguo atravesó el Santuario y rozó su Cosmos con una fuerza que no podía confundir. La sensación le subió por los brazos y se instaló en el centro del pecho.

Marin dejó el plato sobre la mesa.

—¿Qué ocurre? —preguntó una de las doncellas.

—Terminen aquí —dijo Marin—. No salgan de la cabaña.

No esperó una respuesta. Cruzó la puerta con una velocidad que hizo ondear la tela de su túnica. El viento de la noche le golpeó el rostro. En su mente no había espacio para la duda: algo importante acababa de suceder y Seiya estaba junto a la Caja del León Menor.

Recorrió el pasillo de piedra casi sin tocar el suelo. Las sombras de las columnas se deslizaron a su alrededor. La energía de su Cosmos se encendió bajo la piel, no como una explosión, sino como una certeza que la impulsaba hacia la habitación.

Al llegar, encontró a Seiya de pie junto a la mesa. La luz de la estrella fugaz se había extinguido, pero el joven aún miraba por la ventana. La Caja de Pandora permanecía cerrada.

Marin no perdió tiempo. Se acercó a la cadena que colgaba junto al cofre y tiró de ella.

La cadena respondió con un brillo plateado. El resplandor se extendió sobre la superficie de la Caja y dibujó el símbolo del Águila. Un suave crujido recorrió el cuarto cuando los cierres se soltaron. La tapa se abrió, revelando la Armadura de Plata de Marin.

El metal reposaba en el interior del cofre con una elegancia que parecía desafiar la oscuridad. La diadema del águila ocupaba el centro; las alas plateadas, plegadas como si estuvieran a punto de extenderse, recogían los últimos reflejos de la luz. Las placas de la armadura resplandecían con un brillo frío, aunque algo en ellas parecía vivo, atento a la llamada del Cosmos de su portadora.

Seiya retrocedió un paso.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé —respondió Marin.

La armadura empezó a desintegrarse en un estallido de luz.

Las piezas no cayeron al suelo. Se separaron en partículas brillantes que giraron por la habitación y se reunieron alrededor de Marin. El resplandor la envolvió de pies a cabeza; durante un segundo, su figura quedó oculta tras una cortina plateada. Las ropas civiles se disolvieron bajo el fulgor y la energía fue tomando su lugar.

Primero apareció una malla metálica flexible, de tono rojizo, que se ajustó sobre su cuerpo como una segunda piel. El material parecía compuesto de pequeñas placas superpuestas, capaces de acompañar sus movimientos sin limitar la fuerza de sus músculos. Un pañuelo blanco se formó a su cintura, ondeando apenas bajo la corriente de energía.

Luego llegaron las placas. Los hombros, el pecho, los brazos y las piernas quedaron cubiertos por piezas plateadas que emergían en sucesión, como si la armadura se construyera alrededor de ella desde el centro de la luz. Cada placa encontró su posición y encajó con las demás. No hubo correas ni hebillas visibles; las partes se unieron mediante la voluntad de la Cloth y el Cosmos de Marin.

La última pieza descendió sobre su cabeza. La diadema del Águila se asentó con las alas extendidas, listas para el vuelo. El resplandor se atenuó. Marin quedó frente a Seiya, completamente transformada.

El joven la miraba con los ojos muy abiertos. La sorpresa le había borrado por un instante el cansancio y las dudas. Sabía que los Santos podían vestir sus armaduras mediante sus Cajas de Pandora, pero nunca había visto de cerca la transformación. La Cloth no parecía una vestimenta que alguien se pusiera. Era una presencia que acudía, reconocía a su portadora y se fusionaba con ella.

—¿Por qué te has armado? —preguntó.

Marin miró hacia la ventana. Su expresión, antes de transformarse, ya era resuelta; ahora la urgencia brillaba también en sus ojos.

—Toma la Caja —ordenó—. Debemos irnos. Ahora.

—¿Irnos adónde?

—Seiya, toma la Caja.

No había tiempo para explicaciones. Seiya obedeció. El cofre del León Menor pesaba sobre sus hombros cuando pasó las correas alrededor de su cuerpo. Sintió el metal frío contra la espalda y, bajo él, el pulso de la armadura que había ganado ese mismo día.

Marin le agarró la muñeca y lo condujo fuera de la cabaña.

Las doncellas se apartaron al verla cruzar la cocina con la Cloth puesta. Una de ellas tenía un cucharón suspendido sobre una olla; otra permanecía junto a la mesa, con un paño entre las manos. Ninguna preguntó nada. La expresión de Marin bastaba para dejar claro que no debían interponerse.

Los hombres que habían estado en el patio miraron hacia la salida cuando Marin y Seiya cruzaron el umbral. Algunos reconocieron la armadura y se pusieron en pie; otros intentaron seguirlos con la mirada mientras la pareja se alejaba por el sendero.

—¡Marin! —llamó uno.

Ella no se volvió.

El viento comenzó a levantarse. El Cosmos de la Santa del Águila se extendió a su alrededor, agitando las hojas secas y haciendo vibrar las lámparas de aceite. Seiya tuvo que esforzarse para seguirle el ritmo. La Caja se balanceaba en su espalda, golpeando con suavidad sus hombros a cada zancada.

—¿Le dijiste a alguien más que viniste a robarla? —preguntó Marin mientras corrían.

Seiya la miró de reojo. La pregunta le resultó tan inesperada que tardó en contestar.

—No… no le dije a nadie.

Su mente se llenó de preguntas. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué había que huir? ¿La estrella fugaz tenía relación con la armadura? ¿Marin había sabido algo antes de que él hablara con ella? La máscara no estaba puesta, pero la determinación de su rostro era más difícil de leer que cualquier gesto oculto por el metal.

—¿Qué ha pasado? —insistió.

—No lo sé.

—¿Y aun así vamos a salir corriendo?

—Sí.

—Eso no es una explicación.

—Es lo que puedo darte ahora.

La cabaña quedó atrás. El camino descendía por una pendiente accidentada y rocosa, en dirección al valle que daba acceso a Atenas. Las piedras estaban irregulares, y algunas sobresalían del sendero como dientes. Marin corría sin vacilar. Seiya tuvo que concentrarse para no tropezar, procurando que la Caja de Pandora no le golpeara la espalda con demasiada fuerza.

A su alrededor, el Santuario dormía bajo la oscuridad. Las columnas proyectaban sombras largas sobre el camino; las antorchas ardían en sus soportes y el resplandor de las casas se apagaba una a una. El silencio de la noche no era completo. Se oían insectos entre las rocas, el viento en los cipreses y el eco de sus pasos sobre el suelo.

La energía cósmica se mezclaba con la tensión. Seiya sentía el Cosmos de Marin como una corriente que lo arrastraba hacia delante. A cada paso, la presión de la Caja se volvía más perceptible. No sabía si la armadura estaba respondiendo al peligro o si era él quien buscaba una señal en cada vibración del metal.

Marin sentía algo más. Las estrellas fugaces no habían sido una simple coincidencia. La luz había trazado un rumbo, y la respuesta del Santuario le había parecido una advertencia. Sin embargo, no tenía tiempo para analizarla. Lo único claro era que no podían quedarse en la cabaña.

—¿Vamos hacia Atenas? —preguntó Seiya.

—Hacia el valle.

—¿Y después?

—Primero saldremos del Santuario.

—¿Por qué?

—Seiya, no puedo responderte todavía.

El joven apretó los labios y continuó corriendo. No estaba satisfecho, pero tampoco discutió. El camino se estrechó al pasar entre dos peñascos. Marin lo guio por una ruta lateral que evitaba los senderos más transitados. La Caja rebotó contra la espalda de Seiya y las correas le rozaron el cuello.

—Si quieres que corra más rápido, vas a tener que dejar de arrastrarme —dijo.

Marin aflojó un poco la mano, aunque no soltó su muñeca.

—No te estoy arrastrando.

—Entonces mis piernas han decidido seguirte por su cuenta.

—Tus piernas deberían agradecerlo.

—¿Por qué?

—Porque todavía no he tenido tiempo de reprenderlas por quedarse atrás.

Seiya casi sonrió, pero la expresión se le apagó antes de completarse. El tono de Marin había sido el de siempre, pero la urgencia en sus movimientos no había disminuido.

La noche se extendía sobre ellos. Detrás, el Santuario se elevaba como una ciudad suspendida entre las montañas. Sus templos, iluminados por las antorchas, parecían vigilar el valle. Seiya miró una vez por encima del hombro y vio la silueta del Templo de Atena en la cima. No sabía si aquello era una despedida o solo una pausa en su vida allí.

Mientras avanzaban, el Cosmos de Marin ardió con fuerza renovada. Las estrellas visibles entre las nubes parecían más brillantes que antes. Algunas trazaban estelas fugaces sobre el cielo, demasiado rápidas para que una persona común las distinguiera. Para Marin, cada una era una señal que se acumulaba sobre la primera. No podía determinar su significado, pero el conjunto le oprimía el pecho con una certeza difícil de ignorar.

Algo se acercaba.

No sabía qué era ni desde dónde vendría. No podía asegurar si el peligro estaba dentro o fuera del Santuario. Solo sabía que quedarse quieta no era una opción.

Seiya corría junto a ella, todavía abrumado por el giro repentino de los acontecimientos. La Caja del León Menor le golpeaba la espalda con cada zancada. El cofre había sido su premio al ganar el combate; ahora parecía pesar como una decisión que aún no sabía tomar.

Sus destinos se entrelazaban más que nunca. Marin había sido su maestra y su compañera de entrenamiento. Seiya había sido su alumno, su responsabilidad y, sin que ninguno de los dos lo hubiera dicho en voz alta, alguien a quien ella no estaba dispuesta a abandonar. Pero esa noche corrían juntos sin tener claro en quién podían confiar.

El sendero descendía hacia el valle. Atenas se extendía más allá de las montañas, oculta por la oscuridad y la distancia. Aún no habían llegado al paso entre las rocas cuando un rugido de energía cósmica hendió el aire.

Marin se detuvo de golpe.

Seiya estuvo a punto de chocar contra ella. El sonido de unos pasos resonó sobre el camino pedregoso, acercándose desde el frente. Una figura emergió de la penumbra.

Shaina de Ofiuco.

Su armadura púrpura reflejaba la luz de la luna. La diadema serpentina brillaba sobre su frente, y las placas de la Cloth parecían ondular con el movimiento de su Cosmos. Su presencia era tan imponente como siempre, pero algo había cambiado en ella. La furia y la determinación que ardían tras la máscara no dejaban lugar a dudas.

La mirada de Shaina se clavó en Marin.

—¡Alto! —gritó.

Detrás de ella, un grupo de soldados del Santuario formó una barrera sobre el sendero. Algunos llevaban armaduras menores, gastadas por años de servicio; otros portaban sus armas con una incomodidad evidente. No todos comprendían la situación. Sabían que Shaina, una Santa de Ofiuco respetada y temida, había ordenado impedir el paso de Marin y Seiya. Eso les bastaba para obedecer, aunque no para comprender por qué.

Dos soldados intercambiaron una mirada. Uno de ellos soltó una risa nerviosa, que murió enseguida cuando Shaina giró hacia él la máscara.

—¡En formación! —ordenó.

Las risas cesaron. Los hombres ajustaron sus posiciones, cerrando el espacio entre los peñascos. Sus armas no parecían suficientes para detener a dos Santos, pero la fila numerosa y el Cosmos de Shaina convertían el sendero en una barrera difícil de atravesar sin combatir.

Algunos observaban a Seiya con desconcierto. Otros reconocían la Caja de Pandora que llevaba sobre la espalda y comprendían que algo relacionado con las Armaduras estaba ocurriendo. La presencia de Marin, ahora vestida con la Cloth del Águila, hacía más grave el espectáculo. Una mujer que huía con un aspirante y una Armadura de Bronce no podía pasar inadvertida.

Marin no retrocedió. Sus ojos se fijaron en Shaina y su Cosmos respondió a la presión de la otra Santa. El aire pareció tensarse entre ambas. Una corriente fría recorrió el sendero y agitó los extremos de sus ropas.

Seiya permaneció un paso detrás de Marin, sosteniendo las correas de la Caja. Sentía la tensión de los soldados y la fuerza de Shaina, pero todavía no entendía por qué se habían colocado en su camino. La mención de los robos de Armaduras seguía resonando en su mente. La orden de Mitsumasa Kido pesaba sobre él; la misión de Marin permanecía oculta, y ahora Shaina parecía dispuesta a detenerlos por la fuerza.

—No pasarás —dijo Shaina.

Marin dio un paso adelante.

—No quiero luchar contigo.

—No me interesa lo que quieras.

—Entonces tendrás que apartarte.

—No lo haré.

El Cosmos de Shaina se elevó. El aire a su alrededor se contrajo, como si el tiempo se hubiera detenido antes del choque. La fuerza de su presencia hizo que algunos soldados tensaran los brazos y afirmaran los pies. Marin respondió con un destello de energía propio. El Cosmos del Águila se desplegó alrededor de su armadura y agitó el polvo de las piedras.

Las dos Santos estaban a punto de enfrentarse.

Seiya observó en silencio. Podía ver la tensión en los hombros de Marin y la manera en que Shaina mantenía el peso listo para lanzarse hacia delante. También podía distinguir el temor de los soldados, aunque la mayoría intentaba ocultarlo. Una pelea allí no terminaría sin heridos.

—¡No lucharemos! —gritó.

Alzó la Caja de Pandora para que todos pudieran verla. El gesto le tiró de los hombros y las correas se tensaron contra sus manos.

—No queremos pelear con ustedes.

Shaina volvió la máscara hacia él. La declaración la desconcertó por un instante, pero la resolución en sus ojos no se debilitó.

—¿Por qué huyen? —exigió—. ¿Qué les pasa a ustedes dos?

 

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