sábado, 31 de octubre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — La sombra en la Sala de los Espejos

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Marin casi dejó caer el plato.

No fue la noticia lo que la sorprendió, sino la confirmación de algo que llevaba tiempo sospechando. Los dedos se le aflojaron alrededor del borde de barro y el cuenco tembló. Una cuchara chocó contra la loza con un tintineo breve. Marin respiró hondo, recuperó el equilibrio y dejó los utensilios junto al fuego, uno por uno, con cuidado excesivo.

—Sabía que algo en ti no cuadraba —dijo en voz baja—. No eres el único enviado aquí con una misión oculta.

Seiya levantó la vista. Hasta ese momento había hablado con la cabeza inclinada, observando las brasas. Ahora la miraba como si Marin hubiera cambiado de rostro bajo la máscara.

—¿Tú también?

Marin asintió con gravedad. La luz del fuego se reflejó en la superficie metálica de su máscara y trazó sobre ella destellos anaranjados. No podía verle la expresión, pero Seiya conocía su voz y notó que algo en ella se había endurecido.

—Me asignaron la tarea de vigilar ciertos movimientos dentro del Santuario. En especial, los de los reclutas de Oriente.

Seiya se quedó inmóvil.

—¿A todos?

—A los que consideraban sospechosos. Muchos fueron eliminados por ser «indignos». Otros abandonaron el entrenamiento antes de que alguien se ocupara de averiguar por qué. Con el tiempo, empecé a escuchar rumores sobre traiciones internas, sobre órdenes que no aparecían en ningún registro y sobre un complot para robar las Armaduras de Bronce y utilizarlas fuera de la voluntad de Atena.

El fuego crepitó entre los dos. Seiya miró las llamas y pensó en los hombres que había conocido durante su entrenamiento, en quienes habían desaparecido sin despedirse y en aquellos a quienes los maestros habían llamado fracasados. Nunca se había preguntado si algunos de ellos habían sido apartados por razones que no tenían nada que ver con su capacidad.

—¿Crees que todo estaba conectado? —preguntó.

—No lo sé. Eso era lo que debía averiguar.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que las sospechas eran reales. Tú acabas de confirmar una parte de ellas.

Seiya tragó saliva. El fuego parecía empujarlo a seguir hablando, pero lo que debía decir no se acomodaba con facilidad en su boca.

—Yo… pensé que podría llevar la armadura a Japón. Al viejo Kido. Pero ahora no sé qué hacer.

Marin no contestó de inmediato. Se quedó junto al brasero, observando cómo una brasa se desprendía de un tronco y se deshacía en ceniza. Seiya había ganado la Armadura del León Menor delante de todo el Santuario. El Patriarca lo había felicitado. Los asistentes ya lo reconocían como Santo. Y, sin embargo, en aquella cabaña, el muchacho volvía a parecer un aprendiz perdido entre dos mundos.

—A veces —dijo al fin—, formar parte de un plan no te hace culpable.

Seiya la miró.

—¿Aunque hayas aceptado cumplirlo?

—No conozco toda tu historia. No sé qué te prometió Mitsumasa Kido ni qué razones te dio para enviarte aquí. Pero sí sé que las decisiones que tomaste después fueron tuyas.

—Eso no cambia lo que hice.

—No. Pero todavía puedes decidir qué harás ahora.

La voz de Marin no sonaba indulgente. Tampoco buscaba absolverlo. Le ofrecía algo más difícil: la posibilidad de elegir con pleno conocimiento de las consecuencias.

—Aún tienes tiempo, Seiya.

Seiya no respondió. Cruzaron las miradas en silencio. Por primera vez, más allá de la relación entre maestra y aprendiz, reconocieron que ambos habían sido piezas dentro de un tablero mucho más grande. Ninguno sabía quién lo había dispuesto, ni cuánto alcanzaba a ver el Patriarca, ni si Mitsumasa Kido era el origen de la conspiración o solo una parte de ella.

La noche del Santuario se mantuvo quieta alrededor de la cabaña. Tras los muros, los caminos de piedra descendían hacia las aldeas y los templos. A lo lejos, las antorchas dibujaban líneas doradas entre las columnas. En la cima, por encima de los Doce Templos del Zodíaco, el Templo de Atena se erguía como una joya de mármol blanco sobre el pico más alto.

Allí, donde el aire era tan tenue que los pulmones mortales debían esforzarse para llenarse, Lord Arles recorría en silencio la Sala de los Espejos.

La galería ocupaba una parte secreta del templo. Sus espejos no reflejaban únicamente el cuerpo. Según las leyendas, mostraban también la intención que se ocultaba bajo las palabras, la memoria que alguien trataba de olvidar y los secretos que incluso el alma se negaba a admitir. Algunos tenían marcos de bronce ennegrecido; otros estaban rodeados de piedra blanca y vetas de oro. Las superficies eran tan antiguas que parecían conservar imágenes de épocas anteriores al propio Santuario.

Arles caminaba entre ellas con las manos ocultas bajo las mangas de su túnica. Su estola dorada descansaba sobre el pecho y su yelmo, coronado por un dragón rampante, proyectaba una sombra inquietante sobre los mosaicos. Cada paso resonaba entre las columnas, aunque el Patriarca no caminaba con suficiente fuerza para producir aquel eco.

La cámara era vasta y austera. Los muros parecían sostenidos por algo más que la piedra, como si el Cosmos acumulado por generaciones de Santos hubiera quedado impregnado en sus cimientos. Los pilares, enormes y cubiertos de relieves, se perdían en la altura. El techo no podía distinguirse con claridad; la oscuridad que lo cubría hacía pensar que el recinto se prolongaba hacia el cielo.

En las paredes se representaban escenas de antiguas guerras santas: guerreros enfrentados a criaturas titánicas, armaduras destruidas, dioses imponiendo su voluntad sobre pueblos enteros. Cada pintura parecía formar parte de una advertencia. El Santuario había sobrevivido a siglos de conflicto, pero ninguno de sus triunfos había sido gratuito.

La luz de las antorchas danzaba sobre los espejos. En cada uno, la figura del Patriarca aparecía distinta: unas veces encorvada por el peso del manto, otras erguida y majestuosa; en algunos reflejos, el dragón del yelmo parecía retorcerse, como si estuviera vivo.

Arles se detuvo frente a una de las superficies más antiguas.

Su reflejo lo miró desde el otro lado. La máscara dorada ocultaba su rostro, pero los ojos que se veían bajo el yelmo parecían cansados.

Entonces oyó la voz.

No provenía de los espejos, ni del viento que recorría las galerías, ni de un pasillo cercano. Surgió dentro de su mente. Era gutural y fría, como si la muerte hubiera aprendido a hablar con una lengua de oro.

—Es hora de que los Santos gobiernen el mundo…

Arles permaneció quieto. La túnica blanca se movió alrededor de sus piernas cuando una corriente de aire recorrió la sala.

—Los líderes humanos lo han corrompido todo —continuó la voz, seductora y venenosa—. Envenenan el aire y el agua. Libran guerras con armas que apestan a químicos, no a Cosmos. Bombas que derriten la carne. Gases que pudren los pulmones. Toxinas que marchitan la Tierra.

El Patriarca cerró los puños bajo la estola. El dragón dorado de su yelmo recibió el resplandor de las antorchas y pareció inclinar la cabeza hacia él.

—¿Quién se atreve a profanar este templo con semejantes ideales? —preguntó, aunque conocía la respuesta.

—Un aliado del equilibrio —replicó la voz—. No del caos. No del mal. Del verdadero orden. ¿No lo ves? La humanidad ha fracasado. Solo los Santos pueden restaurar la armonía. Solo tú puedes liderar este despertar.

El Cosmos de Arles parpadeó. La luz a su alrededor se contrajo y se extendió de nuevo, como una llama que luchara contra una corriente de aire. Durante un instante, los reflejos de la galería se desalinearon. En uno, el Patriarca parecía volver la cabeza hacia una figura que no estaba presente; en otro, su sombra tenía una forma más alta y angulosa que la suya.

—La justicia no es dominio —declaró—. No es conquista. La justicia es servicio.

La voz del Patriarca resonó con tanta fuerza que los espejos vibraron.

—Los Santos de Atena no luchan para gobernar, sino para proteger. Somos escudos para los inocentes, puños levantados solo cuando la verdad está en peligro. Atena no obliga: inspira. Su causa es el equilibrio, y yo no permitiré que sea corrompida por la ambición.

La sombra no se desvaneció. Se volvió más nítida en la superficie del espejo, serpentina e incompleta. No tenía rostro, pero su presencia parecía llenar la galería.

—¿Y aun así finges ignorancia, Arles? —susurró—. Fuimos Santos antes que Atena.

El Patriarca no se movió.

—Cuando los dioses gobernaban con látigo y fuego, fue la voluntad libre de la humanidad la que se rebeló. Atena vino después, con sus palabras suaves y sus armaduras sagradas. Sí, nos moldeó. Nos enseñó a refinar el Cosmos. Pero la rebelión fue nuestra. Ella nos siguió.

El silencio se extendió bajo el techo perdido en la oscuridad. Arles observó su reflejo, inmóvil, mientras la voz continuaba.

—No finjas sorpresa. Tú lo sabes mejor que nadie. Durante dieciocho años hemos gobernado el Santuario juntos. En las sombras has compartido cada decisión, cada ejecución, cada secreto. ¿Y ahora dudas? ¿De qué, Arles?

El Patriarca cerró los ojos. La presión de aquella voz parecía crecer junto con cada palabra. La pregunta no era nueva, pero esa noche contenía algo distinto: no solo una acusación, sino una exigencia de obediencia. Una exigencia que reclamaba como propio todo cuanto Arles había hecho desde que ocupaba el trono.

—Yo no he olvidado mis votos —dijo.

—Tus votos fueron escritos por vencedores.

—Fueron pronunciados por mí.

Un relámpago hendió el cielo.

La luz atravesó los vitrales y encendió los mosaicos. Por un instante, el yelmo dorado quedó envuelto en un resplandor semejante al de una aurora. El trueno llegó después, haciendo vibrar las columnas. Las grandes puertas del templo se abrieron de golpe.

Un guardia con armadura menor entró y se arrodilló. Tenía el pecho agitado y el casco bajo el brazo.

—¡Mi señor! El Santo del Lagarto, Misti, solicita una audiencia urgente.

Arles no se volvió enseguida. Permaneció inmóvil frente al espejo, estudiando su reflejo. Detrás de la imagen, en la superficie oscura, latía una presencia abstracta que no se parecía a la suya.

—Dile que entre —respondió al fin—. Estoy listo.

El guardia se levantó y se retiró. Las puertas se cerraron con un gemido largo. El silencio volvió a ocupar la galería, aunque la voz interior ya no habló.

Misti se presentó ante el trono del Patriarca poco después. Vestía ropas civiles: una chaqueta blanca de cuero ajustada, pantalones a medida y gafas oscuras que apenas ocultaban sus ojos azules. Su cabello dorado le caía sobre los hombros como seda bañada por el sol. En la espalda llevaba la Caja de Pandora de la Armadura del Lagarto, pulida hasta reflejar las antorchas y grabada con el sigilo de su constelación.

Se detuvo a una distancia respetuosa del estrado e inclinó apenas la cabeza.

—Su Santidad.

Lord Arles permanecía sentado bajo los frescos del templo. La túnica blanca y la estola dorada resplandecían bajo la luz de las antorchas. El yelmo ceremonial, hecho de oro y coronado por un dragón, ocultaba su rostro. Como las Santas femeninas, el Patriarca también llevaba una máscara; no por tradición de amazona, sino para mantener la distancia entre el hombre y la autoridad sagrada que representaba.

—Misti del Lagarto —dijo—. Has regresado antes de lo previsto.

—La misión ha cambiado. Por eso solicité audiencia urgente.

—Habla.

Misti apoyó una mano sobre la correa de la Caja de Pandora, como si se asegurara de que seguía en su sitio.

—Reporto intentos recientes de robo de las Armaduras Sagradas. De los noventa mantos de Bronce, la mayoría están asegurados o sus ladrones han sido eliminados. Pero persisten los rumores. El Cisne, el Dragón, el Oso, la Hidra, el Lobo, Pegaso, Andrómeda y el Unicornio podrían haber sido robados. No he podido confirmar todos los casos.

Hizo una pausa.

—Y lo más alarmante: hay susurros de que alguien ha dominado la Armadura del Fénix.

El Patriarca no se movió. Su máscara dorada pareció reflejar una luz distinta, aunque las antorchas no habían cambiado.

—¿Quién ha informado de eso?

—Fuentes que no puedo verificar todavía. No afirmo que sea cierto. Digo que el rumor se repite en distintos lugares y que quienes lo mencionan parecen temer que sea verdad.

—¿Qué más?

Misti alzó la mirada. Detrás de las gafas oscuras, sus ojos se fijaron en el rostro oculto del Patriarca.

—Esta mañana, Su Santidad concedió el León Menor a un muchacho oriental. Seiya. No aparece en la lista oficial del Santuario.

La capa del Patriarca se agitó levemente. El aire de la sala parecía moverse aunque las puertas estuvieran cerradas.

—Así comienza —murmuró.

Misti frunció el ceño.

—¿Qué comienza?

El Patriarca se puso de pie. Por un instante, el Cosmos que emanó de él no tuvo nada de solemne. Una voz gutural, atronadora y distinta a la anterior llenó el templo.

—¡SILENCIO!

Misti retrocedió medio paso. El aire se volvió pesado sobre su pecho. Los espejos temblaron, como si alguien los golpeara desde el otro lado. Una línea de luz recorrió los frescos y desapareció detrás del trono.

La voz se quebró. Cuando el Patriarca volvió a hablar, su tono era más bajo, pero conservaba una aspereza que no pertenecía del todo a su manera habitual de expresarse.

—No me sermonees, Santo del Lagarto. Sé que ese muchacho fue enviado a robar la Armadura. Era una herramienta.

Misti no respondió.

—Pero hay algo en él —continuó Arles—. Su Cosmos arde con la justicia de Atena, no con la codicia de los hombres. No la robará. No… quizá pueda ser útil.

—¿Útil para qué?

El Patriarca no llegó a responder.

Unos pasos decididos resonaron en el corredor. Las puertas se abrieron sin que nadie anunciara a quien entraba. Shaina de Ofiuco irrumpió en la sala. Su armadura era una fusión de escamas esmeralda y placas violetas; la máscara plateada ocultaba sus facciones y dejaba expuestos únicamente sus ojos, encendidos por la furia.

—¡Su Santidad! —exclamó, ignorando el protocolo—. Exijo venganza.

Misti giró hacia ella. Shaina no se detuvo a saludarlo. Sus hombros estaban tensos y su Cosmos se agitaba alrededor de su armadura como una serpiente enroscada que esperara el momento de atacar.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Arles.

—Ese ladrón atacó a mi discípulo, Casios, y lo humilló delante de todo el Santuario. —Shaina dio un paso hacia el trono—. Y ahora usted lo protege. ¿Acaso piensa concederle una armadura después de permitirle que destrozara a uno de los nuestros?

—Casios sigue vivo —dijo Misti.

Shaina volvió hacia él la máscara.

—¿Y eso debería consolarme?

—El Patriarca lo curó.

—No estoy hablando de sus heridas. Estoy hablando de la vergüenza que le hizo pasar.

—La derrota no es una vergüenza —dijo Lord Arles.

—Lo dice porque no fue su discípulo quien cayó en la arena.

El Cosmos de Shaina aumentó. La presión recorrió el recinto y alcanzó las antorchas, cuyas llamas se inclinaron en la misma dirección. Misti observaba sin intervenir. Sabía que Lord Arles no cedía ante las emociones de quienes acudían a su trono. Si protegía a Seiya, no era por misericordia.

Era estrategia.

El Patriarca descendió del estrado de ónix. Su túnica rozó los escalones y la estola dorada se balanceó sobre su pecho. Llegó hasta el centro de la sala y tomó asiento en el trono, como si aquel movimiento sencillo bastara para cerrar la discusión.

—Puedes probarlo —dijo.

Shaina mostró los dientes detrás de la máscara.

—No quiero probarlo. ¡Quiero matarlo!

Arles inclinó la cabeza. En la quietud de su postura había algo fríamente divertido.

—Inténtalo, entonces, mujer. Pero escucha esto: si él rasguña tu armadura o rompe tu máscara, te retirarás. Inmediatamente.

La sala quedó en silencio. Shaina abrió la boca para protestar, pero no alcanzó a pronunciar palabra.

El Cosmos del Patriarca estalló.

Dos estrellas se manifestaron detrás de él. Primero aparecieron como destellos diminutos; luego crecieron hasta tomar la forma de dos figuras gemelas, etéreas y resplandecientes. Cástor y Pólux, los antiguos mitos de Géminis, surgieron sobre los hombros de Arles. Sus ojos huecos brillaron con una luz pálida, fijos en Shaina.

La presión la obligó a arrodillarse. Sus manos se cerraron sobre el suelo. La respiración se le volvió difícil y sus hombros temblaron mientras luchaba por conservar la postura.

—S-Sí… Su… Santidad —jadeó.

No era obediencia. Era compulsión cósmica. Una orden que se imponía sobre su cuerpo antes de que su voluntad pudiera resistirla.

Las estrellas gemelas permanecieron suspendidas unos segundos más. Después, el fulgor se atenuó y las figuras se deshicieron en dos trazos de luz que regresaron detrás del trono. Shaina siguió arrodillada, intentando recuperar el aliento. Misti no apartó la mirada de Arles.

La voz del Patriarca se suavizó. En ella había algo casi lúgubre, como si la orden que acababa de dar también le pesara.

—Obsérvalo. Si el muchacho sobrevive, dile que está exiliado… por ahora. No como castigo, sino como misión.

Shaina alzó la cabeza, todavía respirando con dificultad.

—¿Exiliado?

—Irá al Este, a Japón, y descubrirá los planes de Mitsumasa Kido.

—¿Y si se niega?

—Entonces sabremos que su Cosmos no basta para sostener el deber que reclama.

Lord Arles apoyó una mano enguantada en el brazo del trono.

—Si tiene éxito, seré indulgente. Incluso podrá atender asuntos personales, si tiene familia allí.

Los ojos de Shaina se abrieron detrás de su máscara. Por un instante, la furia cedió ante la sorpresa.

El Patriarca no le permitió responder. Su tono se endureció de nuevo, y el eco de su voz recorrió la cámara.

—Después de eso deberá reportarse. Su futuro como Santo dependerá de lo que encuentre. De si su Cosmos demuestra ser digno… o no.

Misti permaneció callado. La Caja de Pandora pesaba sobre su espalda, y las noticias que había llevado hasta el trono parecían haber activado fuerzas que no alcanzaba a comprender. Shaina seguía arrodillada, con las manos tensas contra el suelo. Arles permanecía sentado, oculto tras el yelmo del dragón, como si nada hubiese ocurrido.

Pero los espejos aún temblaban.

Y, en cada uno de ellos, el reflejo del Patriarca parecía estar acompañado por una segunda sombra.

 

viernes, 30 de octubre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El juramento del León Menor

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Cuando Misti llegó a las gradas, el combate ya había terminado.

El polvo aún flotaba sobre la arena y los espectadores seguían de pie, incapaces de regresar a sus asientos. Casios yacía en el suelo, inconsciente. Su enorme cuerpo estaba cubierto de golpes y rasguños profundos, como si una bestia le hubiese pasado las garras por el pecho y los hombros. La sangre le corría por el cuello, bajaba hasta el torso y empapaba la arena. Su respiración era débil, irregular.

Seiya permanecía a pocos pasos de él, inclinado hacia delante, con los brazos caídos y el pecho agitado. Tenía el rostro cubierto de sudor, polvo y sangre ajena. El combate había concluido, pero su Cosmos todavía palpitaba a su alrededor, como un fuego que no terminaba de apagarse.

Misti se detuvo en la entrada del Coliseo. Su atención no se dirigió a la multitud ni a la Caja de Pandora que reposaba sobre el pedestal. Miró las manos de Seiya.

De los dedos del muchacho emergían unas pequeñas garras hechas de Cosmos. Eran débiles y translúcidas, apenas visibles bajo la luz del mediodía. Se curvaban sobre las uñas como prolongaciones de energía, semejantes a las de un felino. Una a una, comenzaron a desvanecerse, dispersándose en el aire como humo dorado.

Misti entrecerró los ojos.

El último golpe de Seiya no había sido un impacto cualquiera. Había condensado el impulso de sus puños en una embestida meteórica y, en el instante del contacto, su Cosmos había adoptado la forma de una zarpa. Un golpe meteórico con garra. Una técnica nacida en medio del combate, sin nombre ni disciplina formal, pero con la precisión de un ataque que el joven había ejecutado muchas veces.

—Así que esto era —murmuró Misti—. No solo golpea. Su Cosmos también desgarra.

A su lado, un soldado del Santuario se puso de pie. Llevaba un manto menor, una armadura rojiza inspirada en la del León Menor, pero sin relación con constelación alguna. Las placas, toscas y desiguales, brillaron débilmente bajo el sol.

—¡Se nota que es un discípulo del León! ¡Del gran Aiolia! —exclamó, con los puños apretados y los ojos encendidos por la emoción.

Misti volvió la cabeza hacia él, desconcertado por el comentario. Después miró de nuevo a Seiya. El Cosmos del joven tenía una cadencia que no había percibido al principio: un ritmo severo, una manera de concentrarse y estallar que recordaba el rugido de un león. No era el Cosmos de Aiolia, pero llevaba su huella, como un eco distante que sobreviviera a través de los años.

—¿Lo has visto entrenar con Aiolia? —preguntó.

—No, Su Señoría. Pocos han tenido esa oportunidad. Pero todos conocen la forma de luchar de sus discípulos.

El soldado se volvió hacia la arena. Misti hizo lo mismo.

Los rumores sobre los Santos de Oro llevaban años circulando por el Santuario. Nadie había visto a uno de ellos con su armadura sagrada en más de trece años. Algunos decían que seguían activos, ocultos en misiones de las que los Santos de Plata no recibían noticia. Otros afirmaban que los doce habían desaparecido o que sus títulos solo sobrevivían como símbolos de una época pasada. De los pocos indicios conocidos, solo Capricornio y Sagitario habían sido identificados en breves apariciones.

Aiolia de Leo era uno de esos nombres envueltos en incertidumbre. Se decía que, pese a su juventud, su Cosmos rivalizaba con el de los antiguos Santos de Oro. Nadie lo había visto vestir la Armadura de Leo, pero su fuerza y severidad eran legendarias. Sus discípulos, contados con los dedos de una mano, eran entrenados con una dureza que pocos aspirantes podían soportar.

Misti volvió a mirar a Seiya. Hasta entonces había visto en él a un joven prometedor, un aspirante oriental con un poder fuera de lo común. Ahora veía también el posible heredero de una voluntad que ardía con la luz de una estrella dorada.

—Pronto será más fuerte que nosotros —dijo una voz a su lado.

Misti giró la cabeza. Marin del Águila estaba junto a él, con los brazos cruzados y la mirada fija en el muchacho. Su voz era serena, casi melancólica, aunque la máscara ocultaba su expresión.

Marin era una Santo de Plata y una de las guerreras más respetadas del Santuario. Como todas las amazonas, llevaba el rostro cubierto. La máscara no formaba parte de su Cloth de manera obligatoria; era una tradición antigua que cada mujer aceptaba al convertirse en Santo. Desde entonces, debía ocultar su rostro ante los hombres, como parte del juramento que la unía a Atena.

Misti soltó un bufido.

—Es solo un discípulo de Bronce —dijo—. Nada más.

—Eso no es lo que dice tu Cosmos.

—Mi Cosmos no dice nada. El muchacho es fuerte, pero todavía no posee una Armadura Sagrada.

—La fuerza no aparece cuando una Cloth toca la piel —respondió Marin—. A veces llega antes. A veces, mucho antes.

Misti volvió la mirada hacia la máscara de su compañera.

—Siempre me ha parecido absurda esta costumbre.

—¿Cuál de todas? —preguntó ella.

—La máscara. Ocultar el rostro y llamar a eso una prueba de fortaleza.

—No es solo una prueba.

—La belleza no es un rasgo exclusivamente femenino —replicó Misti—. Es algo que puede pertenecer a cualquiera. No comprendo por qué el Santuario exige cubrirla.

Marin mantuvo la vista en la arena.

—Nadie te pide que lo comprendas.

—Atena misma desafió a otras diosas en el juicio de París para que la reconocieran como la más hermosa. ¿Cómo puede su causa menospreciar aquello que ella defendió con orgullo?

—No confundas una tradición con un insulto —dijo Marin—. Algunas de nosotras llevamos la máscara porque elegimos hacerlo. Otras porque el juramento exige que aceptemos sus consecuencias. No necesito que estés de acuerdo.

Misti alzó las cejas, pero no respondió. La discusión perdió importancia cuando el Patriarca se inclinó junto al cuerpo de Casios.

El Sumo Pontífice se había acercado al joven caído y había apoyado una mano sobre su pecho. La túnica blanca que llevaba reflejaba la luz del Coliseo, y la estola dorada descendía sobre su torso como una corriente de sol. El enorme yelmo que le cubría la cabeza estaba coronado por la figura enroscada de un dragón. Incluso desde las gradas, el Patriarca parecía una figura salida de una leyenda.

Una luz dorada brotó de su mano enguantada y se extendió sobre Casios. No era un fulgor violento. Se movía con lentitud, como el calor del sol cuando alcanza una piedra fría. La luz recorrió los rasguños del pecho y los hombros, cerrando las heridas y deteniendo el sangrado. La respiración de Casios, antes apenas perceptible, se hizo más profunda. El color regresó poco a poco a su rostro.

—El Patriarca está curándolo —dijo Marin.

Misti observó la escena con atención. El Cosmos de Lord Arles tenía una profundidad solemne y serena. No aplastaba ni quemaba; envolvía. En sus manos, aquella fuerza parecía obedecer a una voluntad que no buscaba dominar, sino restaurar.

—¿Y dónde está Su Santidad? —preguntó Misti, aunque ya conocía la respuesta.

Marin extendió su mano enguantada hacia el centro del Coliseo.

—Allí. Él presidía la batalla.

El Patriarca terminó de atender a Casios y dio una instrucción a los sanadores, que se apresuraron a trasladar al joven a un lugar seguro. No era posible saber a simple vista cuánto daño había sufrido, pero el peligro inmediato había pasado. El gigante seguía inconsciente; aun así, su pecho se elevaba con un ritmo más firme.

Solo entonces Lord Arles se puso de pie y volvió hacia la plataforma central.

Misti se enderezó. Ver al Sumo Pontífice en persona durante una prueba de aspirantes ya resultaba inusual. Que hubiese curado al derrotado delante de todos —antes incluso de proclamar formalmente al vencedor— decía mucho sobre la clase de líder que era.

A un lado de la plataforma reposaba la Armadura Sagrada del León Menor, encerrada en su Caja de Pandora. El cofre de metal pulido reflejaba el sol. Sus relieves representaban a un pequeño león en actitud de ataque, con las patas extendidas y la melena erizada. La caja parecía contener una luz propia, aunque todavía permanecía cerrada.

Marin se inclinó un poco hacia Misti.

—Su nombre es Seiya.

El joven seguía de pie en la arena. Respiraba con dificultad, pero ya no tenía los puños levantados. Las pequeñas garras de Cosmos que Misti había visto terminaron de desvanecerse. Por un instante, el muchacho pareció más cansado que poderoso; luego alzó la cabeza y miró hacia Casios, que era conducido por los sanadores.

No había triunfo cruel en su expresión. Tampoco alivio. Solo una preocupación sincera por el hombre al que acababa de derrotar.

—¿Qué clase de técnica fue esa? —preguntó Misti.

—No lo sé —respondió Marin—. No se la enseñé yo.

—Su Cosmos tomó forma de garras.

—Lo vi.

—Un golpe meteórico con zarpa. No es una técnica de escuela.

—Quizá todavía no sabe qué ha hecho.

—Eso sería más preocupante.

—O más prometedor.

Misti no contestó. Su mirada continuó siguiendo a Seiya.

Lord Arles regresó a la plataforma. Desde allí observó a los aspirantes, a los sanadores y a la multitud. El yelmo dorado ocultaba su rostro, pero el silencio que se extendió por el Coliseo revelaba que todos esperaban sus palabras.

—La prueba ha concluido —anunció—. La victoria corresponde al joven del Este. Seiya ha superado el desafío y demostrado que puede portar la Armadura Sagrada del León Menor.

Un murmullo solemne recorrió las gradas. Unos aplaudieron; otros inclinaron la cabeza. Los aspirantes que habían seguido el combate con los puños apretados se miraron entre sí. Casios había sido considerado invencible por muchos, pero Seiya había logrado derrotarlo y se había detenido antes de infligirle una herida irreversible.

Como si respondiera a la proclamación, la Caja de Pandora brilló intensamente. Una luz dorada palpitó bajo las placas, llenando de reflejos el pedestal de mármol. El resplandor duró unos segundos y luego se retiró, como si la Cloth aceptara la decisión del Patriarca y reconociera a su nuevo portador.

Seiya miró la Caja. Aún jadeaba, con el sudor mezclado con la sangre que se le había secado en la cara. Se acercó a ella y extendió las manos hacia las correas laterales. Quería abrirla. Quería contemplar la armadura que había ganado después de nueve años de entrenamiento.

—¡Alto, muchacho!

La voz del Patriarca lo detuvo.

Seiya se quedó inmóvil antes de tocar el cofre. Lord Arles descendió los escalones de mármol. La estola dorada se movió con cada paso, y el dragón de su yelmo relució bajo el sol.

—Un Santo de Atena no lucha por vanidad ni por gloria —dijo—. No busca reconocimiento ni poder.

Seiya bajó las manos.

—Un Santo lucha por la justicia. Solo por ella. Y quien olvide esto, aunque vista la más sagrada de las armaduras, será indigno de ser llamado protector de la diosa.

El Cosmos del Patriarca se expandió como un océano de solemnidad. No era una energía abrasadora ni violenta. Su fuerza se extendía con la profundidad de una marea, envolviendo el Coliseo sin aplastarlo. Sus palabras resonaban no solo en los oídos, sino en el cuerpo y en el espíritu.

Seiya inclinó la cabeza en silencio. Había luchado con pasión y deseaba la victoria, pero no había buscado la sangre de Casios. Cuando tuvo la oportunidad de rematarlo, se detuvo. Ahora comprendía que esa decisión también formaba parte de la prueba.

Misti observó al Patriarca con respeto. Lo había visto muchas veces en los pasillos del Santuario, conversando con los soldados, atendiendo a los Santos y escuchando a los aprendices. Su dignidad nunca desaparecía, pero tampoco se interponía entre él y los demás. Era capaz de tratar al más joven de los aspirantes como si su voz mereciera ser escuchada.

Desde la muerte del viejo Patriarca Shion, el trono sagrado había pasado a Lord Arles. Algunos habían considerado que era demasiado joven para ocuparlo. Otros decían que su Cosmos era la prueba suficiente de que la elección había sido correcta. La estatura física del Patriarca no imponía respeto; lo hacían su presencia, su voz y la fuerza serena que parecía acompañarlo a cada paso.

Circulaban rumores sobre sus primeros años de gobierno. Algunos afirmaban que había dirigido a varios Santos de Oro durante una guerra contra los Titanes. Otros sostenían que había derrotado con sus propias manos a un hijo de Cronos. También se decía que había viajado hasta los confines del mundo para sellar un portal que amenazaba con devorar el tiempo.

Misti nunca había sabido cuánto creer. En aquel instante, sin embargo, sintió algo que no esperaba: respeto. Quizá incluso miedo.

Ese hombre, envuelto en su túnica blanca y su estola dorada, era más que el líder político del Santuario. Era el guardián de sus misterios divinos y el Sumo Pontífice de Atena. Su juicio parecía contener la sabiduría de quienes lo habían precedido y, al mismo tiempo, una compasión que no necesitaba exhibirse.

Seiya seguía arrodillado ante la Caja. El Patriarca levantó una mano, apenas un gesto leve, como una hoja movida por el viento. El joven lo entendió sin que tuviera que pronunciar su nombre.

Se puso de pie y corrió hacia él.

Lord Arles abrió los brazos. Seiya lo abrazó con la sinceridad de quien, después de una larga prueba, encuentra por fin la aprobación que necesitaba. El Patriarca lo envolvió en su manto blanco y lo sostuvo contra el pecho.

Durante un momento, todo el Coliseo cayó en silencio.

Los soldados endurecidos apartaron la mirada. Algunos Santos de Plata hicieron lo mismo, respetando aquel instante. No era habitual ver al Patriarca abrazar a un aspirante ante tanta gente. Tampoco era habitual que un guerrero recién nombrado olvidara la solemnidad de una ceremonia y se acercara a su líder como un hijo que vuelve a casa.

Había entre ambos un vínculo tejido a lo largo de los años. Seiya había llegado al Santuario nueve años antes, todavía un muchacho oriental con más preguntas que respuestas. Desde entonces, entre entrenamientos, lecciones y conversaciones breves, el joven y Lord Arles habían forjado una amistad silenciosa, pero profunda.

Después de su maestro y de Marin, el Patriarca era la persona con quien Seiya más hablaba, de quien más aprendía. A veces, cuando el joven se sentía perdido, Lord Arles encontraba tiempo para escucharlo. Nunca lo trataba como una molestia ni como un instrumento al servicio del Santuario.

Seiya todavía no comprendía cómo podía hacerlo.

¿Cómo encontraba tiempo para un aprendiz más el líder de los ochenta y ocho Santos? ¿Cómo podía el heredero del linaje de Shion rebajarse al nivel de un muchacho para escuchar sus dudas y guiarlo? ¿Cómo podía consolarlo sin hacerle sentir que le debía algo?

La respuesta no estaba en palabras. Estaba en el Cosmos cálido que lo envolvía en aquel abrazo.

Seiya ya no era solamente un aspirante. Era un verdadero Santo de Atena.

Más tarde, la ceremonia continuó con felicitaciones y palabras formales. Los asistentes trasladaron la Caja del León Menor bajo la vigilancia de los guardias. Seiya respondió a los saludos con una sonrisa cansada, pero miró varias veces hacia las gradas, buscando a Aiolia.

No lo encontró.

La alegría de la victoria se mezcló con una punzada de decepción. Seiya había esperado que su maestro apareciera, aunque fuera por unos instantes. Quería verlo allí, junto a la arena, y que le dijera que lo había hecho bien.

Marin se mantuvo cerca de él, sin preguntar nada. Conocía aquel silencio.

Al caer la noche, el Santuario recuperó su calma. El ruido del Coliseo se alejó y las calles quedaron iluminadas por lámparas de aceite. El aire era frío, pero sereno. Las montañas parecían descansar después de la batalla, y las estrellas se encendían una a una sobre las columnas.

Seiya regresó a la modesta cabaña de piedra que compartía con Marin desde su llegada. Allí, entre los muros sencillos y las vigas de madera seca, había aprendido a leer los cielos y a dominar su Cosmos. También había soportado regaños, curado heridas y pasado noches enteras preguntándose por qué lo habían enviado al Santuario.

Marin lo esperaba junto al brasero. Se había quitado la armadura, aunque todavía llevaba la máscara. Su túnica sencilla no ocultaba la fortaleza de la guerrera que había debajo.

Seiya entró y dejó la puerta abierta unos segundos, como si esperara que alguien más apareciera detrás de él.

—¿Dónde está Aiolia? —preguntó sin saludar.

Marin dejó a un lado el cuenco que sostenía.

—Buenas noches para ti también.

—Marin.

—No lo sé.

Seiya cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Todavía tenía el rostro enrojecido por el combate, pero ya no sonreía.

—No vino.

—Lo sé.

—Entrené durante años para esto. Peleé contra Casios. Gané la Armadura del León Menor. Y él ni siquiera apareció.

—Tu maestro no es un simple instructor —dijo Marin con firmeza—. Es un Santo de Oro. Tiene responsabilidades que aún no comprendes.

Seiya se quitó la túnica manchada de sangre y la dejó sobre una silla. Luego se desplomó en el banco de piedra. Cada parte de su cuerpo le dolía, pero el cansancio físico no era lo que más le pesaba.

—Siempre es lo mismo… Entreno, lucho, gano… ¿Y él? Nunca está. Ni siquiera vino a verme cuando obtuve la armadura.

Marin se sentó frente a él.

—Aiolia sabía que lo lograrías.

—Eso no es lo mismo que estar aquí.

—No —admitió ella—. No lo es.

La respuesta lo desarmó por un instante. Seiya esperaba que Marin defendiera a su maestro, que le repitiera que las obligaciones de un Santo de Oro no le permitían estar presente. Ella no hizo ninguna de las dos cosas.

—Él creyó en ti antes de que tú creyeras en ti mismo —añadió—. Eso no significa que no tengas derecho a extrañarlo.

Seiya observó el fuego. Las llamas se reflejaban en sus ojos, aún encendidos por el combate.

—¿Dónde está?

—Su Santidad lo llamó al norte.

La frase quedó suspendida en la cabaña. El fuego crepitó, llenando el silencio. Seiya comprendió que no se trataba de una ausencia casual. Algo ocurría en una parte del mundo que él no conocía y que quizá aún no estaba preparado para comprender.

—¿Qué clase de movimiento? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Ni siquiera tú?

—No todo lo que ocurre en el Santuario se comunica a los Santos de Plata.

—Ya soy un Santo.

—Desde esta tarde, y de Bronce.

—Entonces puedo saberlo.

—Ser Santo no significa que debas conocer cada secreto.

Seiya apretó las manos. Su Cosmos todavía latía con fuerza bajo la piel, pero había aprendido que no todo podía resolverse con los puños. Algunas respuestas se escondían tras puertas cerradas y la única manera de obtenerlas era esperar.

Marin se sentó a su lado. Durante un rato ninguno habló. Ella no le prometió que Aiolia volvería pronto ni trató de consolarlo con palabras vacías. Permaneció allí, compartiendo el silencio mientras las brasas iluminaban las paredes.

Seiya miró la silla donde había dejado la túnica. La Caja de Pandora no estaba en la cabaña; la Armadura del León Menor descansaba bajo custodia del Santuario. Aun así, podía sentirla en algún lugar, como una presencia que aguardaba a que él estuviera listo.

—Ya tengo la armadura —dijo al fin.

—Sí.

—Podría regresar a Japón. Reunirme con mi hermana y entregarle el manto sagrado al viejo Kido.

Marin se quedó inmóvil.

—¿Por qué querrías hacer eso?

Seiya no contestó de inmediato. La imagen de su hermana apareció en su mente: el rostro que llevaba años sin ver, el recuerdo de una despedida y la promesa de que algún día volvería. Mitsumasa Kido había sido amable con él. Lo había enviado al Santuario, había pagado su entrenamiento y le había hablado del deber de los Santos. Pero, desde hacía tiempo, Seiya no podía evitar preguntarse si la amabilidad del anciano ocultaba otra intención.

—¿Qué querría un multimillonario con la Armadura de un Santo? —preguntó.

El fuego iluminó la máscara de Marin. Ella no respondió enseguida.

—¿Por qué crees que Kido quería la armadura?

—No lo sé. Pero me envió aquí para conseguirla.

La cuchara que Marin sostenía tembló y golpeó el borde del plato. Por poco se le resbaló de los dedos.

—¿Qué acabas de decir?

Seiya se puso de pie. La verdad que llevaba años guardando parecía pesar más ahora que ya no era un aspirante y que, por fin, tenía la armadura que le habían ordenado obtener.

—Alguien está intentando robar las Armaduras de Bronce —dijo—. Y yo… yo soy una de sus herramientas.

El silencio que siguió fue más frío que la noche griega.

Marin se levantó de golpe. Durante un instante pareció que iba a golpearlo, a exigirle que retirara sus palabras o a acusarlo de traición. Después se contuvo. Conocía a Seiya. Sabía que podía ser impulsivo, terco y orgulloso, pero no mentía sobre algo así.

—¿Quién te envió? —preguntó en voz baja.

Seiya bajó la mirada.

—No lo sé. No del todo.

—¿Qué significa eso?

—El viejo Kido me dijo que entrenara. Me habló de la armadura, de lo que representaba y de que debía recuperarla. Pero nunca me explicó por qué la quería. Siempre dijo que era por mi hermana, que algún día podríamos reunirnos. Yo le creí.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo la armadura y no sé qué hacer con ella. No sé si debo regresar a Japón, entregársela o quedarme aquí. No sé si mi hermana está realmente allí. No sé si Kido me dijo la verdad.

Marin se acercó despacio. Su postura seguía tensa, pero la voz había perdido parte de su serenidad habitual.

—¿Te pidió que robaras la armadura?

—No usó esa palabra.

—¿Qué palabras usó?

—Que debía recuperarla para él. Que las Armaduras de Bronce no podían permanecer fuera de su alcance. Que, si alguien intentaba impedirlo, debía cumplir la misión de todos modos.

—¿Y aceptaste?

Seiya tardó en responder.

—Entonces era un niño. Creía que era lo correcto. Creía que, si conseguía la armadura, podría volver con mi hermana.

Marin retiró la mano de la mesa.

—¿El Patriarca sabe algo de esto?

—No se lo he dicho.

—¿Aiolia?

—Tampoco.

—¿Por qué?

—No quería que pensaran que había venido aquí a traicionarlos.

—Pero eso es exactamente lo que te ordenaron hacer.

—Lo sé.

Seiya levantó la vista. En su expresión había dolor, vergüenza y una determinación que todavía no sabía hacia dónde dirigir.

—No sé si soy un traidor, Marin. No sé si fui enviado para robar la armadura o si Kido tenía una razón que no me explicó. Solo sé que, cuando gané hoy, no quise llevármela a Japón. Quise quedarme. Quise que el Patriarca me dijera que había hecho lo correcto.

Marin no respondió enseguida. El fuego iluminó los bordes de su máscara y dibujó una sombra sobre sus hombros.

—Antes de decidir qué eres, tenemos que averiguar qué quería Kido —dijo finalmente—. Y también debemos saber quién más está buscando las Armaduras de Bronce.

—¿Crees que él forma parte de algo más grande?

—No lo sé. Pero alguien ya ha intentado robarlas. Eso basta para tomarlo en serio.

Seiya miró hacia la ventana. La noche cubría el Santuario y las estrellas brillaban sobre las montañas. El torneo había terminado, pero la victoria no había respondido ninguna de sus preguntas. Al contrario: ahora que llevaba el título de Santo, cada duda parecía tener consecuencias mayores.

La Armadura del León Menor lo había aceptado. El Patriarca lo había abrazado. La multitud había celebrado su triunfo. Sin embargo, una parte de su vida seguía perteneciendo al hombre que lo había enviado a Grecia y a una hermana a quien quizá no volvería a ver.

—Marin —dijo—. Si Kido intenta venir por la armadura, ¿qué harás?

—Lo que deba hacer para proteger el Santuario.

—¿Aunque sea un viejo amigo?

—Aunque lo sea.

Seiya asintió lentamente. No porque estuviera de acuerdo, sino porque comprendía que aquella respuesta era la única que Marin podía darle.

La llama del brasero se inclinó cuando una corriente de aire se deslizó bajo la puerta. Durante unos segundos, las sombras se movieron sobre las paredes como figuras de una batalla futura. Seiya permaneció junto al fuego, con las manos abiertas y el Cosmos aún encendido bajo la piel.

Afuera, el Santuario dormía. En algún lugar del norte, Aiolia atendía un llamado que nadie había explicado. Y en Japón, Mitsumasa Kido conservaba secretos que podían cambiar el significado de la victoria de Seiya.

El joven había ganado la Armadura del León Menor.

Ahora debía descubrir si también podía elegir por qué luchar.

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

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