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Cuando Misti llegó a las gradas, el combate ya
había terminado.
El polvo aún flotaba sobre la arena y los
espectadores seguían de pie, incapaces de regresar a sus asientos. Casios yacía
en el suelo, inconsciente. Su enorme cuerpo estaba cubierto de golpes y
rasguños profundos, como si una bestia le hubiese pasado las garras por el
pecho y los hombros. La sangre le corría por el cuello, bajaba hasta el torso y
empapaba la arena. Su respiración era débil, irregular.
Seiya permanecía a pocos pasos de él,
inclinado hacia delante, con los brazos caídos y el pecho agitado. Tenía el
rostro cubierto de sudor, polvo y sangre ajena. El combate había concluido,
pero su Cosmos todavía palpitaba a su alrededor, como un fuego que no terminaba
de apagarse.
Misti se detuvo en la entrada del Coliseo. Su
atención no se dirigió a la multitud ni a la Caja de Pandora que reposaba sobre
el pedestal. Miró las manos de Seiya.
De los dedos del muchacho emergían unas
pequeñas garras hechas de Cosmos. Eran débiles y translúcidas, apenas visibles
bajo la luz del mediodía. Se curvaban sobre las uñas como prolongaciones de
energía, semejantes a las de un felino. Una a una, comenzaron a desvanecerse,
dispersándose en el aire como humo dorado.
Misti entrecerró los ojos.
El último golpe de Seiya no había sido un
impacto cualquiera. Había condensado el impulso de sus puños en una embestida
meteórica y, en el instante del contacto, su Cosmos había adoptado la forma de
una zarpa. Un golpe meteórico con garra. Una técnica nacida en medio del
combate, sin nombre ni disciplina formal, pero con la precisión de un ataque
que el joven había ejecutado muchas veces.
—Así que esto era —murmuró Misti—. No solo
golpea. Su Cosmos también desgarra.
A su lado, un soldado del Santuario se puso de
pie. Llevaba un manto menor, una armadura rojiza inspirada en la del León
Menor, pero sin relación con constelación alguna. Las placas, toscas y
desiguales, brillaron débilmente bajo el sol.
—¡Se nota que es un discípulo del León! ¡Del
gran Aiolia! —exclamó, con los puños apretados y los ojos encendidos por la
emoción.
Misti volvió la cabeza hacia él, desconcertado
por el comentario. Después miró de nuevo a Seiya. El Cosmos del joven tenía una
cadencia que no había percibido al principio: un ritmo severo, una manera de
concentrarse y estallar que recordaba el rugido de un león. No era el Cosmos de
Aiolia, pero llevaba su huella, como un eco distante que sobreviviera a través
de los años.
—¿Lo has visto entrenar con Aiolia? —preguntó.
—No, Su Señoría. Pocos han tenido esa
oportunidad. Pero todos conocen la forma de luchar de sus discípulos.
El soldado se volvió hacia la arena. Misti
hizo lo mismo.
Los rumores sobre los Santos de Oro llevaban
años circulando por el Santuario. Nadie había visto a uno de ellos con su
armadura sagrada en más de trece años. Algunos decían que seguían activos,
ocultos en misiones de las que los Santos de Plata no recibían noticia. Otros
afirmaban que los doce habían desaparecido o que sus títulos solo sobrevivían
como símbolos de una época pasada. De los pocos indicios conocidos, solo
Capricornio y Sagitario habían sido identificados en breves apariciones.
Aiolia de Leo era uno de esos nombres
envueltos en incertidumbre. Se decía que, pese a su juventud, su Cosmos
rivalizaba con el de los antiguos Santos de Oro. Nadie lo había visto vestir la
Armadura de Leo, pero su fuerza y severidad eran legendarias. Sus discípulos,
contados con los dedos de una mano, eran entrenados con una dureza que pocos
aspirantes podían soportar.
Misti volvió a mirar a Seiya. Hasta entonces
había visto en él a un joven prometedor, un aspirante oriental con un poder
fuera de lo común. Ahora veía también el posible heredero de una voluntad que
ardía con la luz de una estrella dorada.
—Pronto será más fuerte que nosotros —dijo una
voz a su lado.
Misti giró la cabeza. Marin del Águila estaba
junto a él, con los brazos cruzados y la mirada fija en el muchacho. Su voz era
serena, casi melancólica, aunque la máscara ocultaba su expresión.
Marin era una Santo de Plata y una de las
guerreras más respetadas del Santuario. Como todas las amazonas, llevaba el
rostro cubierto. La máscara no formaba parte de su Cloth de manera obligatoria;
era una tradición antigua que cada mujer aceptaba al convertirse en Santo.
Desde entonces, debía ocultar su rostro ante los hombres, como parte del
juramento que la unía a Atena.
Misti soltó un bufido.
—Es solo un discípulo de Bronce —dijo—. Nada
más.
—Eso no es lo que dice tu Cosmos.
—Mi Cosmos no dice nada. El muchacho es
fuerte, pero todavía no posee una Armadura Sagrada.
—La fuerza no aparece cuando una Cloth toca la
piel —respondió Marin—. A veces llega antes. A veces, mucho antes.
Misti volvió la mirada hacia la máscara de su
compañera.
—Siempre me ha parecido absurda esta
costumbre.
—¿Cuál de todas? —preguntó ella.
—La máscara. Ocultar el rostro y llamar a eso
una prueba de fortaleza.
—No es solo una prueba.
—La belleza no es un rasgo exclusivamente
femenino —replicó Misti—. Es algo que puede pertenecer a cualquiera. No
comprendo por qué el Santuario exige cubrirla.
Marin mantuvo la vista en la arena.
—Nadie te pide que lo comprendas.
—Atena misma desafió a otras diosas en el
juicio de París para que la reconocieran como la más hermosa. ¿Cómo puede su
causa menospreciar aquello que ella defendió con orgullo?
—No confundas una tradición con un insulto
—dijo Marin—. Algunas de nosotras llevamos la máscara porque elegimos hacerlo.
Otras porque el juramento exige que aceptemos sus consecuencias. No necesito
que estés de acuerdo.
Misti alzó las cejas, pero no respondió. La
discusión perdió importancia cuando el Patriarca se inclinó junto al cuerpo de
Casios.
El Sumo Pontífice se había acercado al joven
caído y había apoyado una mano sobre su pecho. La túnica blanca que llevaba
reflejaba la luz del Coliseo, y la estola dorada descendía sobre su torso como
una corriente de sol. El enorme yelmo que le cubría la cabeza estaba coronado
por la figura enroscada de un dragón. Incluso desde las gradas, el Patriarca
parecía una figura salida de una leyenda.
Una luz dorada brotó de su mano enguantada y
se extendió sobre Casios. No era un fulgor violento. Se movía con lentitud,
como el calor del sol cuando alcanza una piedra fría. La luz recorrió los
rasguños del pecho y los hombros, cerrando las heridas y deteniendo el
sangrado. La respiración de Casios, antes apenas perceptible, se hizo más
profunda. El color regresó poco a poco a su rostro.
—El Patriarca está curándolo —dijo Marin.
Misti observó la escena con atención. El
Cosmos de Lord Arles tenía una profundidad solemne y serena. No aplastaba ni
quemaba; envolvía. En sus manos, aquella fuerza parecía obedecer a una voluntad
que no buscaba dominar, sino restaurar.
—¿Y dónde está Su Santidad? —preguntó Misti,
aunque ya conocía la respuesta.
Marin extendió su mano enguantada hacia el
centro del Coliseo.
—Allí. Él presidía la batalla.
El Patriarca terminó de atender a Casios y dio
una instrucción a los sanadores, que se apresuraron a trasladar al joven a un
lugar seguro. No era posible saber a simple vista cuánto daño había sufrido,
pero el peligro inmediato había pasado. El gigante seguía inconsciente; aun
así, su pecho se elevaba con un ritmo más firme.
Solo entonces Lord Arles se puso de pie y
volvió hacia la plataforma central.
Misti se enderezó. Ver al Sumo Pontífice en
persona durante una prueba de aspirantes ya resultaba inusual. Que hubiese
curado al derrotado delante de todos —antes incluso de proclamar formalmente al
vencedor— decía mucho sobre la clase de líder que era.
A un lado de la plataforma reposaba la
Armadura Sagrada del León Menor, encerrada en su Caja de Pandora. El cofre de
metal pulido reflejaba el sol. Sus relieves representaban a un pequeño león en
actitud de ataque, con las patas extendidas y la melena erizada. La caja
parecía contener una luz propia, aunque todavía permanecía cerrada.
Marin se inclinó un poco hacia Misti.
—Su nombre es Seiya.
El joven seguía de pie en la arena. Respiraba
con dificultad, pero ya no tenía los puños levantados. Las pequeñas garras de
Cosmos que Misti había visto terminaron de desvanecerse. Por un instante, el
muchacho pareció más cansado que poderoso; luego alzó la cabeza y miró hacia
Casios, que era conducido por los sanadores.
No había triunfo cruel en su expresión.
Tampoco alivio. Solo una preocupación sincera por el hombre al que acababa de
derrotar.
—¿Qué clase de técnica fue esa? —preguntó
Misti.
—No lo sé —respondió Marin—. No se la enseñé
yo.
—Su Cosmos tomó forma de garras.
—Lo vi.
—Un golpe meteórico con zarpa. No es una
técnica de escuela.
—Quizá todavía no sabe qué ha hecho.
—Eso sería más preocupante.
—O más prometedor.
Misti no contestó. Su mirada continuó
siguiendo a Seiya.
Lord Arles regresó a la plataforma. Desde allí
observó a los aspirantes, a los sanadores y a la multitud. El yelmo dorado
ocultaba su rostro, pero el silencio que se extendió por el Coliseo revelaba
que todos esperaban sus palabras.
—La prueba ha concluido —anunció—. La victoria
corresponde al joven del Este. Seiya ha superado el desafío y demostrado que
puede portar la Armadura Sagrada del León Menor.
Un murmullo solemne recorrió las gradas. Unos
aplaudieron; otros inclinaron la cabeza. Los aspirantes que habían seguido el
combate con los puños apretados se miraron entre sí. Casios había sido
considerado invencible por muchos, pero Seiya había logrado derrotarlo y se
había detenido antes de infligirle una herida irreversible.
Como si respondiera a la proclamación, la Caja
de Pandora brilló intensamente. Una luz dorada palpitó bajo las placas,
llenando de reflejos el pedestal de mármol. El resplandor duró unos segundos y
luego se retiró, como si la Cloth aceptara la decisión del Patriarca y
reconociera a su nuevo portador.
Seiya miró la Caja. Aún jadeaba, con el sudor
mezclado con la sangre que se le había secado en la cara. Se acercó a ella y
extendió las manos hacia las correas laterales. Quería abrirla. Quería
contemplar la armadura que había ganado después de nueve años de entrenamiento.
—¡Alto, muchacho!
La voz del Patriarca lo detuvo.
Seiya se quedó inmóvil antes de tocar el
cofre. Lord Arles descendió los escalones de mármol. La estola dorada se movió
con cada paso, y el dragón de su yelmo relució bajo el sol.
—Un Santo de Atena no lucha por vanidad ni por
gloria —dijo—. No busca reconocimiento ni poder.
Seiya bajó las manos.
—Un Santo lucha por la justicia. Solo por
ella. Y quien olvide esto, aunque vista la más sagrada de las armaduras, será
indigno de ser llamado protector de la diosa.
El Cosmos del Patriarca se expandió como un
océano de solemnidad. No era una energía abrasadora ni violenta. Su fuerza se
extendía con la profundidad de una marea, envolviendo el Coliseo sin
aplastarlo. Sus palabras resonaban no solo en los oídos, sino en el cuerpo y en
el espíritu.
Seiya inclinó la cabeza en silencio. Había
luchado con pasión y deseaba la victoria, pero no había buscado la sangre de
Casios. Cuando tuvo la oportunidad de rematarlo, se detuvo. Ahora comprendía
que esa decisión también formaba parte de la prueba.
Misti observó al Patriarca con respeto. Lo
había visto muchas veces en los pasillos del Santuario, conversando con los
soldados, atendiendo a los Santos y escuchando a los aprendices. Su dignidad
nunca desaparecía, pero tampoco se interponía entre él y los demás. Era capaz
de tratar al más joven de los aspirantes como si su voz mereciera ser
escuchada.
Desde la muerte del viejo Patriarca Shion, el
trono sagrado había pasado a Lord Arles. Algunos habían considerado que era
demasiado joven para ocuparlo. Otros decían que su Cosmos era la prueba
suficiente de que la elección había sido correcta. La estatura física del
Patriarca no imponía respeto; lo hacían su presencia, su voz y la fuerza serena
que parecía acompañarlo a cada paso.
Circulaban rumores sobre sus primeros años de
gobierno. Algunos afirmaban que había dirigido a varios Santos de Oro durante
una guerra contra los Titanes. Otros sostenían que había derrotado con sus
propias manos a un hijo de Cronos. También se decía que había viajado hasta los
confines del mundo para sellar un portal que amenazaba con devorar el tiempo.
Misti nunca había sabido cuánto creer. En
aquel instante, sin embargo, sintió algo que no esperaba: respeto. Quizá
incluso miedo.
Ese hombre, envuelto en su túnica blanca y su
estola dorada, era más que el líder político del Santuario. Era el guardián de
sus misterios divinos y el Sumo Pontífice de Atena. Su juicio parecía contener
la sabiduría de quienes lo habían precedido y, al mismo tiempo, una compasión
que no necesitaba exhibirse.
Seiya seguía arrodillado ante la Caja. El
Patriarca levantó una mano, apenas un gesto leve, como una hoja movida por el
viento. El joven lo entendió sin que tuviera que pronunciar su nombre.
Se puso de pie y corrió hacia él.
Lord Arles abrió los brazos. Seiya lo abrazó
con la sinceridad de quien, después de una larga prueba, encuentra por fin la
aprobación que necesitaba. El Patriarca lo envolvió en su manto blanco y lo
sostuvo contra el pecho.
Durante un momento, todo el Coliseo cayó en
silencio.
Los soldados endurecidos apartaron la mirada.
Algunos Santos de Plata hicieron lo mismo, respetando aquel instante. No era
habitual ver al Patriarca abrazar a un aspirante ante tanta gente. Tampoco era
habitual que un guerrero recién nombrado olvidara la solemnidad de una
ceremonia y se acercara a su líder como un hijo que vuelve a casa.
Había entre ambos un vínculo tejido a lo largo
de los años. Seiya había llegado al Santuario nueve años antes, todavía un
muchacho oriental con más preguntas que respuestas. Desde entonces, entre
entrenamientos, lecciones y conversaciones breves, el joven y Lord Arles habían
forjado una amistad silenciosa, pero profunda.
Después de su maestro y de Marin, el Patriarca
era la persona con quien Seiya más hablaba, de quien más aprendía. A veces,
cuando el joven se sentía perdido, Lord Arles encontraba tiempo para
escucharlo. Nunca lo trataba como una molestia ni como un instrumento al servicio
del Santuario.
Seiya todavía no comprendía cómo podía
hacerlo.
¿Cómo encontraba tiempo para un aprendiz más
el líder de los ochenta y ocho Santos? ¿Cómo podía el heredero del linaje de
Shion rebajarse al nivel de un muchacho para escuchar sus dudas y guiarlo?
¿Cómo podía consolarlo sin hacerle sentir que le debía algo?
La respuesta no estaba en palabras. Estaba en
el Cosmos cálido que lo envolvía en aquel abrazo.
Seiya ya no era solamente un aspirante. Era un
verdadero Santo de Atena.
Más tarde, la ceremonia continuó con
felicitaciones y palabras formales. Los asistentes trasladaron la Caja del León
Menor bajo la vigilancia de los guardias. Seiya respondió a los saludos con una
sonrisa cansada, pero miró varias veces hacia las gradas, buscando a Aiolia.
No lo encontró.
La alegría de la victoria se mezcló con una
punzada de decepción. Seiya había esperado que su maestro apareciera, aunque
fuera por unos instantes. Quería verlo allí, junto a la arena, y que le dijera
que lo había hecho bien.
Marin se mantuvo cerca de él, sin preguntar
nada. Conocía aquel silencio.
Al caer la noche, el Santuario recuperó su
calma. El ruido del Coliseo se alejó y las calles quedaron iluminadas por
lámparas de aceite. El aire era frío, pero sereno. Las montañas parecían
descansar después de la batalla, y las estrellas se encendían una a una sobre
las columnas.
Seiya regresó a la modesta cabaña de piedra
que compartía con Marin desde su llegada. Allí, entre los muros sencillos y las
vigas de madera seca, había aprendido a leer los cielos y a dominar su Cosmos.
También había soportado regaños, curado heridas y pasado noches enteras
preguntándose por qué lo habían enviado al Santuario.
Marin lo esperaba junto al brasero. Se había
quitado la armadura, aunque todavía llevaba la máscara. Su túnica sencilla no
ocultaba la fortaleza de la guerrera que había debajo.
Seiya entró y dejó la puerta abierta unos
segundos, como si esperara que alguien más apareciera detrás de él.
—¿Dónde está Aiolia? —preguntó sin saludar.
Marin dejó a un lado el cuenco que sostenía.
—Buenas noches para ti también.
—Marin.
—No lo sé.
Seiya cerró la puerta con más fuerza de la
necesaria. Todavía tenía el rostro enrojecido por el combate, pero ya no
sonreía.
—No vino.
—Lo sé.
—Entrené durante años para esto. Peleé contra
Casios. Gané la Armadura del León Menor. Y él ni siquiera apareció.
—Tu maestro no es un simple instructor —dijo
Marin con firmeza—. Es un Santo de Oro. Tiene responsabilidades que aún no
comprendes.
Seiya se quitó la túnica manchada de sangre y
la dejó sobre una silla. Luego se desplomó en el banco de piedra. Cada parte de
su cuerpo le dolía, pero el cansancio físico no era lo que más le pesaba.
—Siempre es lo mismo… Entreno, lucho, gano… ¿Y
él? Nunca está. Ni siquiera vino a verme cuando obtuve la armadura.
Marin se sentó frente a él.
—Aiolia sabía que lo lograrías.
—Eso no es lo mismo que estar aquí.
—No —admitió ella—. No lo es.
La respuesta lo desarmó por un instante. Seiya
esperaba que Marin defendiera a su maestro, que le repitiera que las
obligaciones de un Santo de Oro no le permitían estar presente. Ella no hizo
ninguna de las dos cosas.
—Él creyó en ti antes de que tú creyeras en ti
mismo —añadió—. Eso no significa que no tengas derecho a extrañarlo.
Seiya observó el fuego. Las llamas se
reflejaban en sus ojos, aún encendidos por el combate.
—¿Dónde está?
—Su Santidad lo llamó al norte.
La frase quedó suspendida en la cabaña. El
fuego crepitó, llenando el silencio. Seiya comprendió que no se trataba de una
ausencia casual. Algo ocurría en una parte del mundo que él no conocía y que
quizá aún no estaba preparado para comprender.
—¿Qué clase de movimiento? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Ni siquiera tú?
—No todo lo que ocurre en el Santuario se
comunica a los Santos de Plata.
—Ya soy un Santo.
—Desde esta tarde, y de Bronce.
—Entonces puedo saberlo.
—Ser Santo no significa que debas conocer cada
secreto.
Seiya apretó las manos. Su Cosmos todavía
latía con fuerza bajo la piel, pero había aprendido que no todo podía
resolverse con los puños. Algunas respuestas se escondían tras puertas cerradas
y la única manera de obtenerlas era esperar.
Marin se sentó a su lado. Durante un rato
ninguno habló. Ella no le prometió que Aiolia volvería pronto ni trató de
consolarlo con palabras vacías. Permaneció allí, compartiendo el silencio
mientras las brasas iluminaban las paredes.
Seiya miró la silla donde había dejado la
túnica. La Caja de Pandora no estaba en la cabaña; la Armadura del León Menor
descansaba bajo custodia del Santuario. Aun así, podía sentirla en algún lugar,
como una presencia que aguardaba a que él estuviera listo.
—Ya tengo la armadura —dijo al fin.
—Sí.
—Podría regresar a Japón. Reunirme con mi
hermana y entregarle el manto sagrado al viejo Kido.
Marin se quedó inmóvil.
—¿Por qué querrías hacer eso?
Seiya no contestó de inmediato. La imagen de
su hermana apareció en su mente: el rostro que llevaba años sin ver, el
recuerdo de una despedida y la promesa de que algún día volvería. Mitsumasa
Kido había sido amable con él. Lo había enviado al Santuario, había pagado su
entrenamiento y le había hablado del deber de los Santos. Pero, desde hacía
tiempo, Seiya no podía evitar preguntarse si la amabilidad del anciano ocultaba
otra intención.
—¿Qué querría un multimillonario con la
Armadura de un Santo? —preguntó.
El fuego iluminó la máscara de Marin. Ella no
respondió enseguida.
—¿Por qué crees que Kido quería la armadura?
—No lo sé. Pero me envió aquí para
conseguirla.
La cuchara que Marin sostenía tembló y golpeó
el borde del plato. Por poco se le resbaló de los dedos.
—¿Qué acabas de decir?
Seiya se puso de pie. La verdad que llevaba
años guardando parecía pesar más ahora que ya no era un aspirante y que, por
fin, tenía la armadura que le habían ordenado obtener.
—Alguien está intentando robar las Armaduras
de Bronce —dijo—. Y yo… yo soy una de sus herramientas.
El silencio que siguió fue más frío que la
noche griega.
Marin se levantó de golpe. Durante un instante
pareció que iba a golpearlo, a exigirle que retirara sus palabras o a acusarlo
de traición. Después se contuvo. Conocía a Seiya. Sabía que podía ser
impulsivo, terco y orgulloso, pero no mentía sobre algo así.
—¿Quién te envió? —preguntó en voz baja.
Seiya bajó la mirada.
—No lo sé. No del todo.
—¿Qué significa eso?
—El viejo Kido me dijo que entrenara. Me habló
de la armadura, de lo que representaba y de que debía recuperarla. Pero nunca
me explicó por qué la quería. Siempre dijo que era por mi hermana, que algún
día podríamos reunirnos. Yo le creí.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo la armadura y no sé qué hacer con
ella. No sé si debo regresar a Japón, entregársela o quedarme aquí. No sé si mi
hermana está realmente allí. No sé si Kido me dijo la verdad.
Marin se acercó despacio. Su postura seguía
tensa, pero la voz había perdido parte de su serenidad habitual.
—¿Te pidió que robaras la armadura?
—No usó esa palabra.
—¿Qué palabras usó?
—Que debía recuperarla para él. Que las
Armaduras de Bronce no podían permanecer fuera de su alcance. Que, si alguien
intentaba impedirlo, debía cumplir la misión de todos modos.
—¿Y aceptaste?
Seiya tardó en responder.
—Entonces era un niño. Creía que era lo
correcto. Creía que, si conseguía la armadura, podría volver con mi hermana.
Marin retiró la mano de la mesa.
—¿El Patriarca sabe algo de esto?
—No se lo he dicho.
—¿Aiolia?
—Tampoco.
—¿Por qué?
—No quería que pensaran que había venido aquí
a traicionarlos.
—Pero eso es exactamente lo que te ordenaron
hacer.
—Lo sé.
Seiya levantó la vista. En su expresión había
dolor, vergüenza y una determinación que todavía no sabía hacia dónde dirigir.
—No sé si soy un traidor, Marin. No sé si fui
enviado para robar la armadura o si Kido tenía una razón que no me explicó.
Solo sé que, cuando gané hoy, no quise llevármela a Japón. Quise quedarme.
Quise que el Patriarca me dijera que había hecho lo correcto.
Marin no respondió enseguida. El fuego iluminó
los bordes de su máscara y dibujó una sombra sobre sus hombros.
—Antes de decidir qué eres, tenemos que
averiguar qué quería Kido —dijo finalmente—. Y también debemos saber quién más
está buscando las Armaduras de Bronce.
—¿Crees que él forma parte de algo más grande?
—No lo sé. Pero alguien ya ha intentado
robarlas. Eso basta para tomarlo en serio.
Seiya miró hacia la ventana. La noche cubría
el Santuario y las estrellas brillaban sobre las montañas. El torneo había
terminado, pero la victoria no había respondido ninguna de sus preguntas. Al
contrario: ahora que llevaba el título de Santo, cada duda parecía tener
consecuencias mayores.
La Armadura del León Menor lo había aceptado.
El Patriarca lo había abrazado. La multitud había celebrado su triunfo. Sin
embargo, una parte de su vida seguía perteneciendo al hombre que lo había
enviado a Grecia y a una hermana a quien quizá no volvería a ver.
—Marin —dijo—. Si Kido intenta venir por la
armadura, ¿qué harás?
—Lo que deba hacer para proteger el Santuario.
—¿Aunque sea un viejo amigo?
—Aunque lo sea.
Seiya asintió lentamente. No porque estuviera
de acuerdo, sino porque comprendía que aquella respuesta era la única que Marin
podía darle.
La llama del brasero se inclinó cuando una
corriente de aire se deslizó bajo la puerta. Durante unos segundos, las sombras
se movieron sobre las paredes como figuras de una batalla futura. Seiya
permaneció junto al fuego, con las manos abiertas y el Cosmos aún encendido
bajo la piel.
Afuera, el Santuario dormía. En algún lugar
del norte, Aiolia atendía un llamado que nadie había explicado. Y en Japón,
Mitsumasa Kido conservaba secretos que podían cambiar el significado de la
victoria de Seiya.
El joven había ganado la Armadura del León
Menor.
Ahora debía descubrir si también podía elegir
por qué luchar.
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