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Misti caminaba entre la multitud de turistas
con paso firme, sin apresurarse y sin desviarse. El camino ascendía por la
montaña en curvas estrechas, entre puestos de recuerdos, pequeños cafés y
terrazas desde las que se divisaban los valles. La gente conversaba en varios
idiomas; los niños corrían entre los adultos, y los guías señalaban las ruinas
que se alzaban sobre las laderas. Para todos ellos, aquel era un día de paseo
bajo el sol. Para Misti, cada paso lo acercaba al Santuario.
Vestía ropa civil: un abrigo oscuro,
pantalones ligeros y botas sin adornos. Nada en su atuendo habría llamado la
atención por sí solo, pero él no sabía pasar inadvertido. Su cabello dorado le
caía en largas ondas hasta el pecho, y su rostro poseía una belleza tan
perfecta que parecía fuera de lugar entre el polvo del camino y el bullicio de
los visitantes. Algunas mujeres volvían la cabeza al verlo; otras se sonrojaban
cuando sus miradas se cruzaban con la suya. Incluso los hombres que pasaban
junto a él lo miraban una segunda vez, intrigados por aquella figura elegante
que ascendía la montaña sin mostrar cansancio.
Misti no les prestaba atención. Las voces, las
risas y el sonido de las cámaras parecían desvanecerse a su alrededor. En su
espalda llevaba la Caja de Pandora de la Armadura del Lagarto, sujeta mediante
dos correas que se cruzaban sobre los hombros. El cofre de plata pulida
reflejaba el sol con un brillo tenue. En el centro de la tapa estaba grabado el
símbolo de su constelación: el cuerpo sinuoso del lagarto, trazado con líneas
finas y precisas. La Caja no pesaba demasiado, pero Misti sentía su presencia en
cada movimiento, como si cargara también con el deber que contenía.
Regresaba de una misión que había dejado más
preguntas que respuestas. El nombre de Yuto Kido seguía resonando en su
memoria, unido al de los huérfanos, a la amenaza contra Saori y a los misiles
que podían alcanzar Turquía. Había llevado el asunto ante el Santuario, pero
todavía no sabía quién decidiría qué hacer con la información. La respuesta
debía esperar. Primero tenía que atravesar el Velo de Atena y presentarse ante
las autoridades.
El camino se estrechó a medida que ascendía.
Las tiendas desaparecieron, luego los grupos de turistas se hicieron menos
numerosos y, finalmente, el ruido de la montaña quedó atrás. El aire cambió. Se
volvió más pesado, más frío, como si cada bocanada tuviera que abrirse paso a
través de una cortina invisible. Misti sintió el Velo antes de verlo. Era una
presión conocida, una presencia que tocaba la piel y se extendía por el cuerpo
con la autoridad silenciosa de la diosa.
Al llegar al umbral, se detuvo.
El Velo de Atena no era una muralla visible ni
una puerta construida por manos humanas. Separaba el mundo cotidiano del
dominio sagrado del Santuario, aunque ambos compartieran la misma montaña y el
mismo cielo. Su límite no se veía, pero Misti podía sentirlo. El aire vibraba
de manera distinta a cada lado; el polvo suspendido en el camino parecía
detenerse al acercarse a la frontera. Más allá, la energía de Atena envolvía
las rocas y las construcciones con una fuerza que no necesitaba mostrarse para
ser obedecida.
Misti inclinó la cabeza, no como quien pide
permiso, sino como quien reconoce un poder que merece respeto. Luego dio un
paso adelante.
Al cruzar el Velo, el bullicio del mundo
exterior se apagó. El viento perdió su aspereza, y el aire se llenó de una
quietud profunda. La Caja de Pandora vibró levemente contra su espalda. Misti
no se sorprendió. Cada Santo conocía aquella sensación: el territorio de Atena
respondía a las Armaduras y a los Cosmos que le pertenecían, aunque no todos
sus habitantes comprendieran cómo.
El Santuario se extendía ante él, antiguo y
luminoso. Los senderos de piedra serpenteaban entre edificios de mármol y
viviendas sencillas. Columnas erosionadas sostenían pórticos donde las sombras
ofrecían refugio del sol. En las paredes había relieves de dioses, héroes y
criaturas míticas. Algunas esculturas habían perdido los rostros, suavizados
por el tiempo y la lluvia; otras conservaban todavía detalles tan precisos que
parecía que los artistas acababan de terminar su trabajo.
El lugar no se parecía a una ciudad moderna.
Tampoco era una ruina abandonada. Aldeanos con túnicas de lino y algodón
cruzaban las calles con cestas, herramientas y cántaros. Los hombres llevaban
prendas sencillas, ceñidas a la cintura con cinturones de cuero; las mujeres
vestían faldas largas y blusas ligeras, con el cabello trenzado o recogido en
moños. Algunos niños jugaban alrededor de una fuente mientras una mujer les
pedía que no salpicaran a los visitantes.
Misti observó aquellas escenas al pasar. El
Santuario existía en un tiempo propio, sostenido por la voluntad de Atena y por
las costumbres de quienes vivían bajo su protección. Allí convivían los
guardias, los aspirantes, los maestros y las familias que abastecían las casas
sagradas. La antigüedad no era una representación teatral: era la forma natural
de aquel mundo.
Un soldado griego se acercó al camino
principal. Era robusto, de espalda ancha y postura disciplinada. Al reconocer
la Caja del Lagarto, se cuadró y bajó la cabeza con respeto.
—Su Señoría. Es un honor verlo de regreso.
Misti se detuvo. Sus ojos claros recorrieron
el uniforme del hombre y luego el sendero que se abría más allá.
—¿Dónde están los asistentes?
El soldado pareció sorprenderse por la
pregunta, aunque enseguida respondió:
—En el Coliseo, Su Señoría. Dos de ellos
superaron las pruebas y ahora compiten por la Armadura Sagrada del León Menor.
Misti volvió el rostro hacia las alturas.
Desde allí no alcanzaba a ver la arena, pero algo le llamó la atención: una
vibración distante, tan débil que cualquier otra persona la habría confundido
con el eco de los pasos. El Cosmos se elevaba desde el corazón del Santuario en
oleadas irregulares. Una de ellas era áspera, conocida en su naturaleza, pero
demasiado intensa para un aspirante. La otra respondía con una fuerza más
profunda, todavía sin forma definida.
—¿Quiénes son los competidores? —preguntó.
—Casios es uno de ellos. El otro es un joven
oriental que llegó desde los campamentos de entrenamiento.
Misti miró al soldado.
—¿Su nombre?
—Seiya.
El Cosmos volvió a estremecer el aire.
Misti no hizo más preguntas. Reanudó la
marcha, esta vez con mayor rapidez. A cada paso, la presión de aquella energía
se volvía más perceptible. El camino descendía entre dos hileras de columnas
bajas. Más adelante, el sonido de una flauta se mezclaba con el de los tambores
y con el rumor de muchas voces reunidas. El Coliseo estaba cerca.
Al doblar una esquina, encontró a un grupo de
muchachos que corría en dirección contraria. Uno llevaba un paño manchado de
rojo en las manos.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Misti.
El joven se detuvo al reconocerlo.
—La lucha continúa, señor. Casios ha perdido
una oreja, pero no se rinde.
—¿Y Seiya?
—Sigue peleando.
Misti no esperó más. El grupo retomó la
carrera y él lo siguió, sorteando a los aldeanos que subían hacia las gradas.
El sonido de la multitud aumentaba con cada tramo. Aplausos, silbidos y gritos
se mezclaban en una única oleada. Desde el exterior, el Coliseo parecía una
construcción sencilla; al aproximarse, sin embargo, sus muros de piedra blanca
se alzaban con una grandeza que imponía silencio.
La luz del mediodía bañaba las gradas. El
polvo de la arena se elevaba cada vez que los combatientes golpeaban el suelo.
Algunos entrenadores observaban de pie junto a los accesos; los guardias
vigilaban los pasillos con los brazos cruzados. Los asistentes se apretaban en
los bancos de piedra, inclinándose hacia delante para no perderse ningún
movimiento. Entre ellos había jóvenes aspirantes, veteranos del Santuario y
aldeanos que acudían a presenciar el duelo decisivo.
En el centro de la arena, Casios y Seiya
seguían enfrentados.
Misti se detuvo en la entrada. El primer
vistazo bastó para entender que algo no marchaba como debía. Casios, robusto y
alto, estaba cubierto de polvo y sangre. Su mohicano blanco relucía bajo el
sol, pero el rostro había perdido la seguridad con que había entrado en la
arena. En el lugar donde debería haber estado su oreja izquierda solo quedaba
una herida abierta. La sangre le corría por el cuello y se acumulaba sobre el
hombro.
Pese a la herida, Casios no parecía dispuesto
a ceder. Su Cosmos ardía alrededor de él con una fuerza salvaje. No era
elegante ni refinado: se extendía en oleadas violentas, como una llamarada que
se negaba a apagarse. Cada respiración hacía temblar sus hombros. Cada vez que
daba un paso, la arena se comprimía bajo sus pies.
Su oponente parecía mucho más joven. Seiya
tenía alrededor de veinte y dos años, era más bajo y de complexión delgada. La
diferencia entre ambos resultaba tan grande que, visto desde las gradas, habría
parecido absurdo enfrentar al muchacho con un luchador como Casios. Sin
embargo, Seiya seguía en pie.
Su rostro conservaba una serenidad que no era
indiferencia. Misti alcanzó a distinguir el cansancio en sus ojos, la tensión
de la mandíbula y el cuidado con que mantenía el peso distribuido sobre ambos
pies. Seiya observaba a Casios sin desprecio. Lo estudiaba, calculando el ritmo
de sus movimientos y el momento en que su fuerza se convertía en una debilidad.
—¡Acábalo, Casios! —gritó alguien desde las
gradas.
—¡Derríbalo de una vez!
—¡Seiya, levántate si caes! —gritó un
aspirante desde la fila inferior.
Misti no pudo identificar quién había
pronunciado la última frase. La multitud lo envolvía todo, pero en el centro de
la arena el ruido parecía llegar amortiguado. Allí solo estaban los dos
combatientes y la energía que los unía.
Casios atacó primero. Avanzó con un rugido y
lanzó un golpe descendente, capaz de hundir el suelo si alcanzaba a Seiya. El
joven se inclinó hacia un lado. El puño pasó a pocos centímetros de su hombro y
golpeó la arena, levantando una nube de polvo.
Seiya respondió con una serie de golpes
rápidos. Sus puños se movieron en ráfagas cortas, dirigidos al pecho y al
abdomen de Casios. Cada impacto llevaba una descarga de Cosmos. El aire vibró
con el estruendo de los golpes, como si varias piedras chocaran entre sí.
Casios apenas retrocedió.
—¿Eso es todo? —se burló—. ¿Con esos golpes
pretendes ganar una armadura?
Seiya no respondió. Desplazó el pie trasero,
esquivó el manotazo de Casios y volvió a golpear. El movimiento parecía
sencillo, casi básico. Pero Misti observó la coordinación entre los pies, la
cadera y los hombros. No eran golpes lanzados al azar. Cada uno nacía de una
postura precisa y se enlazaba con el siguiente, como partes de una misma
técnica.
Era una forma de combate primitiva, anterior a
las escuelas que el Santuario había formalizado. El Pancracio, quizá, o alguna
de sus primeras variantes. Misti reconoció en ella la economía de los
luchadores que no tenían armadura ni tiempo para aprender ceremonias: avanzar,
resistir, encontrar el punto débil y golpear antes de que el enemigo pudiera
recuperarse.
Seiya no solo movía los brazos. Convertía cada
paso en impulso y cada impacto en una expansión de Cosmos. Sus golpes parecían
producir ráfagas de viento. La arena se levantaba alrededor de sus pies y la
presión de sus movimientos alcanzaba incluso las primeras filas de las gradas.
Misti sintió que su propia energía quedaba
eclipsada por un instante.
La sensación duró apenas un segundo, pero
bastó para sorprenderlo. Un aspirante a Santo de Bronce no debía irradiar una
fuerza semejante. El Cosmos de Seiya se acercaba, al menos por momentos, al de
un Santo de Plata. Misti se obligó a reconsiderar la impresión. La intensidad
no era lo mismo que el control. El muchacho podía tener una reserva
extraordinaria, pero todavía no sabía dirigirla por completo.
Aun así, no podía apartar la mirada.
—¿Quién es ese chico? —preguntó una mujer
sentada cerca de la entrada.
—Seiya —respondió alguien—. Vino de uno de los
campamentos orientales.
—¿Y Casios?
—Dicen que puede vencer a un Santo de Bronce
armado.
—Pues no lo parece ahora.
Casios lanzó un golpe lateral. Seiya logró
cubrirse, pero la fuerza del impacto lo levantó del suelo y lo hizo rodar por
la arena. El público exhaló al unísono. El joven cayó sobre un hombro, se
deslizó varios metros y quedó inmóvil durante un instante.
Casios respiraba con dificultad. La sangre
seguía fluyendo desde la herida de su oreja. Sin embargo, sonrió al ver a Seiya
en el suelo.
—Se acabó. No tienes ninguna posibilidad.
El muchacho apoyó una mano en la arena. Sus
dedos se cerraron sobre el polvo.
—Todavía no.
—Mírate. Apenas puedes mantenerte en pie.
—Tú tampoco.
La sonrisa de Casios se borró.
Seiya se levantó despacio. El brazo izquierdo
le temblaba y tenía un corte sobre la ceja. No obstante, su Cosmos no había
disminuido. Al contrario: se había vuelto más intenso, como si el dolor hubiera
avivado una llama que antes ardía bajo la superficie.
Misti percibió el cambio. No era solo un
aumento de fuerza. El Cosmos de Seiya había encontrado un ritmo. Cada
respiración lo expandía; cada latido parecía encenderlo un poco más. El joven
no estaba dominando por completo aquella energía, pero ya no era arrastrado por
ella. Había empezado a responder.
—Ese Cosmos… —murmuró Misti.
La presión creció alrededor de la arena.
Algunos espectadores se llevaron las manos al pecho. Otros se pusieron en pie,
incapaces de seguir sentados. Los entrenadores intercambiaron miradas. Uno de
ellos dio un paso hacia el borde de la arena, pero el guardia más cercano lo
detuvo con un brazo.
—No intervenga —dijo—. El combate debe
decidirse entre ellos.
Casios también sintió la transformación. Sus
ojos se endurecieron y sus puños se cerraron.
—¡No me importa cuánto arda tu Cosmos! ¡Voy a
aplastarte!
Se lanzó hacia Seiya. El muchacho no
retrocedió. Esperó hasta el último instante y giró sobre el pie delantero. El
golpe de Casios pasó de largo. Seiya aprovechó el movimiento para entrar en su
guardia y descargar una secuencia de puñetazos contra las costillas.
Uno, dos, tres.
El cuarto golpe alcanzó el hombro. El quinto,
el pecho. Casios se tambaleó, pero respondió con un cabezazo que alcanzó a
Seiya en la frente. El joven trastabilló. Por un instante, ambos quedaron
demasiado cerca para tomar distancia.
Casios agarró a Seiya por la ropa y lo
levantó.
—¡Te tengo!
El muchacho apretó los dientes. El brazo de
Casios era como una barra de hierro alrededor de su torso. El aire comenzaba a
faltarle.
—¡Ríndete! —gruñó el gigante—. No eres un
Santo. No eres nada.
Seiya sintió que la arena se alejaba bajo sus
pies. La presión le comprimía el pecho y le devolvía, por un momento, la
sensación del Manto de Atena en los confines del Santuario. Recordó los riscos,
el viento que lo empujaba hacia el abismo y las voces de los guardias
gritándole que corriera. Recordó que había aprendido a levantarse porque no
existía otra opción.
Y recordó la voz de Dario, áspera y grave.
No eres un lobo. Eres un maldito león.
Seiya dejó de forcejear. En vez de luchar
contra el brazo de Casios, concentró su Cosmos en el centro del cuerpo. Su
respiración recuperó el ritmo. La energía se comprimió alrededor de sus hombros
y recorrió sus brazos como fuego contenido.
—¿Qué haces? —preguntó Casios.
—Dejar de intentar escapar.
Seiya soltó el cuerpo hacia delante y golpeó
con la frente el rostro de Casios. El gigante aflojó el agarre, sorprendido.
Seiya cayó de pie, giró la cadera y lanzó un puñetazo corto al costado del
adversario.
Casios retrocedió un paso.
El público rugió.
—¡Seiya!
—¡Vamos!
—¡No lo dejes recuperarse!
Casios se cubrió el costado y lanzó una patada
baja. Seiya saltó, pero el talón del gigante alcanzó su pierna. El joven perdió
el equilibrio y cayó sobre una rodilla. Casios aprovechó la abertura para
descargar otro golpe.
Seiya se protegió con ambos brazos. El impacto
lo empujó hacia atrás. Sus botas dejaron dos surcos en la arena. El dolor le
trepó por los hombros, pero no cedió.
El Cosmos de Seiya se expandió.
Ya no era una llamarada irregular. Se
convirtió en un flujo continuo que envolvió su cuerpo y agitó el polvo
alrededor. La presión llenó el Coliseo. Las telas colgadas de las gradas se
sacudieron; los músicos dejaron de tocar. Por un momento, el ruido de la
multitud se apagó bajo el bramido de aquella energía.
Misti abrió los ojos, sorprendido.
—No puede ser…
El Cosmos de Seiya no era una simple fuerza
bruta. En su interior había algo que respondía a cada dificultad, como si el
muchacho encontrara una reserva nueva cuando estaba a punto de caer. No era la
energía serena de un guerrero veterano. Era más salvaje, más indómita, y
precisamente por eso resultaba tan difícil de contener.
Casios también lo comprendió. Su sonrisa se
transformó en una mueca de furia.
—¡No eres más fuerte que yo!
—No necesito serlo —contestó Seiya.
Casios cargó una vez más.
Seiya esperó.
Cuando el gigante entró en su alcance, el
joven giró el cuerpo y esquivó el golpe por muy poco. Esta vez no se limitó a
responder con uno o dos impactos. Sus puños comenzaron a moverse en una
sucesión vertiginosa. Cada golpe arrastraba una pequeña explosión de Cosmos.
Los brazos de Seiya dibujaron líneas sucesivas que parecían cruzar la arena
como una lluvia de meteoros.
Casios intentó bloquearlos. Sus manos se
movían con fuerza, pero no con rapidez suficiente. Los golpes impactaron en el
pecho, los hombros y el abdomen. El cuerpo del gigante se sacudió bajo la
lluvia de impactos. El sonido de cada puñetazo resonó en las paredes, uno tras
otro, hasta formar un estruendo continuo.
El ataque no tenía un nombre solemne ni una
forma perfecta. Era una técnica que nacía de la urgencia y del instinto. Sin
embargo, detrás de cada golpe existía una intención clara. Seiya no golpeaba
para demostrar su fuerza, sino para desarmar el ritmo de Casios y dejarlo sin
espacio para responder.
Misti comprendió que estaba presenciando el
nacimiento de algo. No una técnica acabada, sino el principio de una. El Cosmos
del muchacho se había sincronizado con sus movimientos de una manera que no
debía ser posible en un aspirante. Cada golpe aceleraba el siguiente. Cada
respiración alimentaba la fuerza que lo impulsaba.
Casios logró cubrirse el rostro y empujó con
ambos brazos. Seiya salió despedido y cayó de espaldas. El gigante se tambaleó,
pero todavía seguía en pie. La sangre le cubría el cuello y el pecho; la herida
de la oreja no dejaba de sangrar.
—¡Levántate! —rugió Casios—. ¡Levántate y
pelea!
Seiya tardó en responder. La arena se le
pegaba a la piel húmeda. Tenía la vista borrosa y el cuerpo entero le pedía que
se quedara tumbado. En las gradas, nadie gritaba ya. El combate había superado
la emoción de un torneo. Todos comprendían que una decisión estaba a punto de
tomarse, aunque todavía no supieran cuál.
El joven se apoyó en un codo. Luego en una
mano.
—No tienes que ordenármelo.
Se puso de pie.
Casios lo miró con una mezcla de rabia y
desconcierto. Había esperado que el muchacho se quebrara. En cambio, Seiya
parecía más firme que antes, pese a las heridas. Su Cosmos ardía alrededor de
él, no como una luz hermosa, sino como una estrella que se niega a apagarse en
medio de la noche.
—¿Por qué sigues levantándote? —preguntó
Casios.
Seiya no contestó enseguida. Miró las gradas,
las columnas, el cielo que se abría sobre el Coliseo. No buscó la aprobación
del público ni la de los jueces.
—Porque todavía no he terminado.
Casios lanzó un último ataque. Toda su fuerza
se concentró en aquel movimiento. El puño descendió como un martillo, dispuesto
a poner fin al combate de una vez.
Seiya avanzó hacia él.
La multitud gritó.
El joven entró bajo el golpe, apoyó el pie y
descargó su Cosmos en una última ráfaga. Los puños golpearon a Casios con una
velocidad que el ojo apenas podía seguir. El gigante recibió los impactos en el
pecho y se quedó inmóvil. Su cuerpo resistió durante un segundo más, todavía
aferrado a la voluntad de ganar.
Luego cayó de rodillas.
La arena se levantó alrededor de él. Casios
apoyó una mano en el suelo y trató de incorporarse, pero los brazos ya no le
respondieron. Su Cosmos titiló y se apagó poco a poco.
Seiya bajó los puños. No celebró. Permaneció
en guardia hasta que el árbitro y los sanadores entraron en la arena.
—¡El combate ha terminado! —anunció el
árbitro—. ¡Seiya es el vencedor!
El Coliseo estalló en aplausos y gritos.
Algunos espectadores se pusieron de pie; otros golpearon las gradas con las
palmas. Los aspirantes celebraron el resultado con una mezcla de entusiasmo y
asombro. Casios había sido considerado invencible por muchos. El joven de menor
estatura lo había derrotado delante de todos.
Seiya no miraba al público. Se acercó a Casios
y se arrodilló junto a él.
—¿Puedes oírme?
Casios abrió los ojos. El dolor le tensaba el
rostro, pero su mirada seguía cargada de orgullo.
—No necesitaba que me ayudaras.
—No te estoy ayudando. Solo quiero saber si
puedes levantarte.
—Puedo.
Intentó incorporarse y volvió a caer sobre una
rodilla. Seiya le ofreció el brazo. Casios lo miró con desprecio, pero terminó
aceptándolo. El muchacho no sonrió ni hizo comentarios. Lo ayudó a ponerse en
pie y lo sostuvo hasta que los sanadores llegaron para atenderlo.
Misti observó la escena desde la entrada. La
victoria había confirmado lo que había sentido al llegar, pero también había
mostrado algo que el Cosmos por sí solo no podía revelar. Seiya no había
luchado para humillar a Casios. Había peleado hasta el final porque abandonar
no era una opción, y aun así se había detenido en cuanto el combate terminó.
El Santo del Lagarto sintió la Caja de Pandora
sobre su espalda y pensó en la misión que acababa de cumplir. Venía de una base
llena de misiles, de hombres muertos y de una amenaza contra Saori. Ahora, en
el centro del Santuario, acababa de presenciar el nacimiento de un guerrero
distinto.
La fuerza de Seiya podía rivalizar, por
instantes, con la de un Santo de Plata. Pero su potencial no era lo que más
llamaba la atención. Era la manera en que el Cosmos respondía a su voluntad,
como si reconociera en él algo que todavía no tenía nombre.
—¿Quién es ese muchacho? —preguntó alguien a
su lado.
Misti no apartó la mirada de la arena.
—Un aspirante.
—¿Solo eso?
El Santo guardó silencio. En ese momento, los
asistentes se acercaban a Seiya. Uno de ellos sostenía la Caja de la Armadura
del León Menor. La tapa, decorada con la figura del felino, reflejó un destello
bajo el sol. El joven se volvió hacia ella, exhausto, con el rostro cubierto de
polvo y sangre.
Misti sintió otra vez la vibración del Cosmos.
Más suave ahora, pero aún presente. Como el rugido lejano de un león que
acababa de descubrir su propia voz.
El Santuario entero pareció contener el
aliento.
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