La noche había caído sobre la base pakistaní
como una manta de polvo y frío. A lo lejos, las montañas formaban una línea
negra contra el cielo; más cerca, las torres de vigilancia recortaban sus
siluetas sobre los focos que barrían el perímetro. Cada lámpara iluminaba un
tramo de alambrada, un camino de grava o una estructura de hormigón. Entre una
luz y otra quedaban franjas de sombra donde el viento arrastraba arena y hacía
vibrar los cables.
Un equipo de fuerzas especiales avanzó por
aquellas sombras sin pronunciar una palabra. Vestían de negro y llevaban el
rostro cubierto. Sus movimientos eran rápidos, medidos, casi silenciosos. Uno
de ellos se detenía cada cierto tiempo para revisar el terreno; otro comprobaba
que todos siguieran en formación. El siseo breve de sus herramientas y el roce
de las botas contra el suelo constituían los únicos sonidos que rompían la
quietud.
No era la primera instalación que asaltaban.
Tampoco sería la última, se habían dicho algunos. Sin embargo, mientras se
acercaban al corazón de la base, la posibilidad de que aquella operación
cambiara sus vidas parecía palpitar bajo cada paso. Allí dentro no había una
caja fuerte ni un cargamento de armas convencionales. Había misiles.
—Esto nos hará ricos —murmuró uno de los
hombres al llegar a la sala de control. Sus ojos recorrían los monitores con
avidez—. Con esas cosas podríamos comprar medio mundo.
—¿Y para qué comprar medio mundo? —replicó
otro, joven y de voz burlona—. Si tienes el poder de destruirlo, el dinero deja
de importar.
El comentario arrancó una risa breve,
nerviosa. Nadie se permitió prolongarla. Frente a las pantallas estaba el líder
del equipo, un hombre alto y atlético, inmóvil bajo la luz fría de los
monitores. Llevaba la capucha puesta, pero se distinguían sus rasgos asiáticos
y la forma severa de su boca. Cuando hablaba en inglés, el acento japonés
endurecía cada palabra.
—Silencio —ordenó.
No levantó la voz. No le hizo falta. Los otros
callaron al instante.
—Enfóquense en la misión. No hemos llegado
hasta aquí para perder el control ahora.
Uno de los soldados miró de reojo a su
compañero. Ninguno respondió. Aquel joven no tenía más de veinte años, pero sus
hombres lo temían como si hubiera sobrevivido a guerras que ellos apenas podían
imaginar. No era solamente su fuerza, aunque todos habían visto lo que podía
hacer con las manos desnudas. Era su quietud. Su forma de mirar a una persona
como si ya supiera qué iba a decir antes de que abriera la boca.
Nadie conocía su verdadero nombre. Nadie se
atrevía a preguntarlo.
El líder comprobó la hora en su reloj y tocó
la pantalla de su dispositivo.
—Avancemos. Quiero que todos estén listos para
lo que viene.
El equipo se dividió. Dos hombres
permanecieron en la sala de control mientras los demás tomaban el pasillo que
conducía hacia los silos. El objetivo era alcanzar la zona de lanzamiento y
asegurarla antes de que llegaran las tropas del general Alim Azad. El general
había contratado a aquellos hombres para tomar la base, aunque ninguno de ellos
confiaba demasiado en él. A esas alturas, la alianza se sostenía sobre una
promesa de dinero y una amenaza velada.
El joven líder confiaba aún menos.
No por eso se apartó del plan. Se limitó a
observar los monitores, siguiendo las siluetas de sus hombres mientras se
acercaban a la zona de control. Su mirada parecía atravesar las paredes. No
necesitaba binoculares para verlos: distinguía los movimientos, las pausas y
hasta las vacilaciones que los demás no advertían.
Entonces oyó unos pasos.
Un guardia irrumpió en la sala, sorprendido al
encontrar a un desconocido frente a los monitores. Llevó la mano hacia el arma,
pero no alcanzó a desenfundarla. El líder se movió con una velocidad que
convirtió su figura en un borrón. Su golpe alcanzó al guardia en el costado.
El impacto fue seco. El hombre se dobló sobre
sí mismo y cayó contra el suelo, incapaz de gritar. El joven no se agachó para
comprobar si seguía consciente. Observó cómo el pecho del guardia se movía
apenas y volvió a mirar las pantallas.
—Sáquenlo de aquí —ordenó.
Dos soldados arrastraron el cuerpo hacia un
rincón oscuro del pasillo. Lo hicieron sin preguntas ni comentarios. En sus
rostros había tensión, pero no sorpresa. Ya habían aprendido que, cuando el
líder actuaba, lo mejor era obedecer y tratar de no mirar demasiado.
Todo iba según el plan.
La infiltración había sido limpia. Las alarmas
permanecían en silencio, los accesos estaban bajo control y el camino hacia los
silos había quedado despejado. Pero, al llegar al recinto de lanzamiento, el
grupo encontró a las tropas del general Azad. Habían venido a reclamar la base
y los misiles que, según el acuerdo, pronto estarían bajo su mando.
El joven no se sorprendió. De hecho, los
estaba esperando.
Dentro del silo, las conversaciones se
apagaron al verlo entrar. Sus hombres se agruparon junto a la consola, agotados
por la operación y pendientes de las órdenes que él aún no había dado. Uno de
ellos, el alemán corpulento que solía ocupar la primera posición en los
asaltos, llevaba el fusil colgado del hombro. Su rostro estaba enrojecido por
el esfuerzo.
—El general ha llegado —dijo—. Dice que quiere
hablar contigo.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Que primero debíamos completar el trabajo.
—Bien.
El alemán lo observó durante un instante.
Había algo extraño en el tono de su capitán. No era la primera vez que lo oía
hablar así, pero esa noche cada palabra parecía cerrarse sobre sí misma.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
El joven se quitó la capucha. La luz reveló su
rostro pálido, marcado por una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda
y partía la línea del labio. Sus ojos eran tan fríos como las pantallas de la
sala de control.
—La misión ha terminado.
—Todavía no hemos asegurado los misiles.
—No pienso entregárselos al general.
El alemán llevó la mano hacia su arma.
—¿Entonces por qué nos trajiste aquí?
—Mi venganza.
No añadió nada más.
El primer golpe fue tan veloz que el alemán no
alcanzó a levantar el brazo. Su cuerpo se desplomó junto a la consola. Los
demás retrocedieron, pero no lo bastante rápido. El joven se movió entre ellos
con precisión brutal. No disparó ni necesitó armas. Los derribó uno tras otro,
utilizando la fuerza y la velocidad que había ocultado durante toda la
operación.
En pocos segundos, la sala quedó en silencio.
Los hombres que habían obedecido sus órdenes, cruzado la base con él y
celebrado la posibilidad de enriquecerse yacían en el suelo. Ninguno había
tenido tiempo de comprender por qué su capitán se había vuelto contra ellos.
El alemán seguía consciente. Respiraba con
dificultad y trataba de incorporarse, apoyado en un codo. Miró al joven, no con
súplica, sino con incredulidad y rabia.
—¿Por qué?
El líder se acercó.
—Ya te lo dije.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a tener.
Con un movimiento rápido, le rompió el cuello.
Después dejó que el cuerpo cayera y se volvió hacia la consola.
Los dedos se movieron sobre las teclas. En la
pantalla aparecieron las primeras secuencias de autorización. No había llegado
hasta allí para vender los misiles. Tampoco pensaba entregarlos al general. Su
propósito era otro, más antiguo y personal. La sangre de sus compañeros no
alteró su concentración. Para él, la venganza no era un estallido de ira: era
una tarea que debía completarse.
Entonces sintió una vibración en el aire.
El joven se detuvo. Sus manos quedaron
suspendidas sobre la consola. La sala estaba quieta, pero el silencio había
cambiado. Una presencia acababa de cruzar el umbral del recinto.
Su maestro le había enseñado a reconocer esa
sensación. No era un ruido ni una corriente de viento. Era una presión sutil en
el espacio, una fuerza que rozaba la piel desde dentro y que solo los
combatientes más experimentados podían percibir.
El joven ladeó la cabeza.
El suelo congelado crujió bajo unas botas
metálicas.
—No esperaba visitas —dijo, sin apartar la
mirada de la pantalla.
—Eso suele decir quien espera que nadie lo
encuentre.
La voz llegó desde el pasillo. Un hombre alto
apareció en la entrada. Tenía el cabello rubio, los ojos azules y un rostro de
belleza tan serena que habría parecido fuera de lugar en una base militar. Una
capa blanca le caía desde los hombros, agitada apenas por el aire frío del
silo.
Sobre estos descansaba un círculo plateado con
tres púas y una gema en el centro. Vetas carmesí recorrían el metal como si
algo vivo circulara bajo su superficie. El objeto brilló con una luz tenue,
casi etérea.
El desconocido no se movió. El joven, en
cambio, percibió cómo el aire se llenaba de una energía diferente a cualquier
cosa que hubiera sentido durante el entrenamiento. No era la fuerza de un
soldado ni la de un asesino. Era como mirar un cielo despejado y descubrir,
demasiado tarde, que estaba lleno de estrellas.
El hombre habló primero en griego. Su voz
resonó en la cámara con una autoridad natural, sin necesidad de elevarse. El
joven comprendió algunas palabras, suficientes para captar el tono, pero no el
sentido completo.
El desconocido lo notó y cambió de idioma.
—Parece que ni siquiera te enseñaron a hablar
correctamente.
El acento francés hizo que la frase sonara aún
más cortante.
El joven retiró la mano de la consola y
desenfundó su arma. El seguro produjo un clic metálico que resonó en la cámara.
Disparó.
Las balas golpearon el pecho del desconocido y
rebotaron contra la armadura que empezaba a formarse bajo la capa. No
penetraron ni desviaron su cuerpo. Los proyectiles cayeron al suelo con
pequeños tintineos.
El joven apretó el gatillo otra vez. Apuntó a
los hombros, al torso y, finalmente, al rostro. El desconocido inclinó apenas
la cabeza. Los disparos destinados a su cara se desviaron como si una fuerza
invisible alterara su trayectoria.
El tirador retrocedió un paso. Sus ojos
recorrieron la armadura en formación. Bajo la capa blanca, un traje metálico
rosado cubría el cuerpo del hombre. Estaba hecho de pequeñas placas con forma
de escamas, flexibles y superpuestas, que seguían cada movimiento sin
limitarlo. Sobre ellas aparecieron piezas plateadas. Primero los hombros, luego
el peto y las protecciones de los brazos y las piernas. Cada placa parecía
independiente, pero al asentarse encajaba con las demás, formando una cobertura
continua.
No era un uniforme militar. Tampoco una
armadura convencional. El joven había visto armas experimentales, trajes
reforzados y equipos diseñados para soportar explosiones. Nada se parecía a
aquello.
—¿Quién eres? —preguntó.
El desconocido sonrió. No había calidez en su
gesto, pero tampoco impaciencia.
—Soy el Santo del Lagarto. El Santuario me
envió a cazar a los desertores del entrenamiento.
La mirada azul se posó en el joven.
—Y tú eres un infiltrado japonés. No solo te
han descubierto. También has tenido la audacia de entrar en los terrenos
destinados al entrenamiento de uno de los candidatos a la Panoplia del Pez
volador.
El joven guardó silencio. La mención del
Santuario despertó en él una mezcla de desprecio y cautela. Su maestro le había
hablado de aquel lugar, aunque nunca con claridad. Solo le había explicado que
existían guerreros capaces de despertar un poder que los mortales comunes no
podían comprender.
—¿Un santo? —dijo al fin—. ¿Eso es lo que
eres?
—Sí.
—Entonces estás muy lejos de casa.
—No tanto como tú.
El joven se quitó la capucha por completo. La
luz blanca del silo reveló la cicatriz de su rostro. La herida irregular partía
el labio y se extendía por la mejilla izquierda. No parecía reciente, pero
tampoco había sanado del todo. El joven sostuvo la mirada del Santo, esperando
una reacción.
El hombre del Lagarto no preguntó quién se la
había hecho.
—¿Qué haces con esos misiles? —preguntó.
—No es asunto tuyo.
—El Santuario no suele interesarse por los
conflictos humanos.
—Entonces vuelve al Santuario.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque estás a punto de poner en peligro a
muchas personas.
Por primera vez, la sonrisa del Santo
desapareció. Su expresión se volvió seria, aunque no hostil.
—No conoces mis motivos —dijo el joven.
—No necesito conocerlos para detenerte.
—¿Y si no puedes?
El Santo del Lagarto apartó la capa de los
hombros. Las últimas piezas de plata terminaron de encajar en su cuerpo. El
brillo de la armadura se reflejó sobre las paredes de hormigón y sobre los
cuerpos de los hombres caídos.
—Entonces lo intentaré hasta que pueda.
El joven soltó una risa breve.
—Los santos hablan como si el mundo les
perteneciera.
—No nos pertenece.
—Pero creen que pueden decidir quién vive y
quién muere.
El Santo no respondió. En vez de hacerlo,
comenzó a cantar.
La melodía surgió grave y clara, extendiéndose
por la cámara de hormigón. Las palabras estaban en griego antiguo. El joven no
las entendía, pero el ritmo parecía antiguo, más viejo que los muros y que la
base. El canto hablaba de los Santos, de sus sacrificios y de su deber. Hablaba
de hombres y mujeres que ofrecían sus vidas bajo el mandato de la diosa de la
guerra para preservar una paz que el mundo, por sí solo, no podía sostener.
La voz llenó el silo y pareció tocar cada
superficie. Incluso los monitores vibraron con las notas más graves.
—Sus puños destrozan la tierra —cantó el
Santo—, sus pies parten el cielo. Bajo el mandato de la diosa de la guerra,
mantienen la paz que el mundo no puede sostener.
Cuando la última nota se desvaneció, el Santo
guardó silencio. En su rostro había una serenidad que no parecía satisfacción.
Era aceptación: la calma de alguien que conocía el camino que había elegido y
no esperaba que el mundo lo aplaudiera.
El joven observó la puerta.
La presencia del Santo había desviado su
atención, pero no había olvidado la operación. Las tropas del general estaban
cerca. Se oían pasos en los corredores y voces que se transmitían órdenes. El
rumor creció hasta convertirse en un estruendo de botas.
—Parece que tus amigos han llegado —dijo el
joven.
—No son mis amigos.
—Entonces tendrás que decidir si los matas.
El Santo volvió la cabeza hacia la entrada. Un
escuadrón de soldados se desplegó en el borde de la cámara. Llevaban fusiles y
se movían con disciplina. Sus miras apuntaron al hombre de la armadura
plateada.
—¡Aléjese de la consola! —gritó el que parecía
dirigirlos.
El Santo del Lagarto permaneció inmóvil.
—No quiero hacerles daño.
—¡De rodillas! ¡Ahora!
—No deberían estar aquí.
—¡Fuego! —ordenó uno de los soldados.
Las detonaciones llenaron el silo. Los
proyectiles chocaron contra la armadura y rebotaron, dejando pequeños destellos
sobre las placas rosadas y plateadas. Unos pocos pasaron junto al rostro del
Santo sin rozarlo. La capa blanca se agitó con las ráfagas de aire; él no se
movió.
Los soldados siguieron disparando durante
varios segundos. Después, al ver que sus armas no servían, vacilaron.
El Santo dio un paso adelante.
—Bajen los fusiles.
Uno de los hombres apuntó de nuevo.
—¡No se mueva!
—No voy a repetirlo.
El soldado disparó. El proyectil rebotó junto
al rostro del Santo y se perdió en la pared. En respuesta, el guerrero
desapareció de su sitio.
No fue un salto. Ni una carrera que los ojos
pudieran seguir. Un instante estaba junto a la consola y, al siguiente,
apareció frente al primer soldado. El golpe con el dorso de la mano destrozó el
fusil y derribó al hombre, que cayó inconsciente antes de comprender qué había
pasado.
El resto del escuadrón giró hacia él. Algunos
buscaron refugio; otros dispararon a quemarropa. El Santo se movió entre ellos
con una velocidad que parecía quebrar el espacio. Sus puños y piernas trazaban
líneas de plata. Un hombre cayó de rodillas, otro se estrelló contra un panel,
y un tercero perdió el arma antes de recibir un golpe que lo dejó inmóvil.
En la confusión, el joven se apartó de la
consola. Observó el combate sin intervenir. No sentía compasión por los
soldados, pero tampoco esperaba que el Santo los destruyera con tanta
facilidad.
—¡Al suelo! —gritó el líder del escuadrón.
Un soldado logró apartarse y apuntó al costado
desprotegido del guerrero. El Santo giró, recibió el impacto en las placas y
respondió con una patada que lanzó al hombre contra el suelo. No se detuvo a
comprobar si respiraba.
Los segundos siguientes fueron una sucesión de
golpes, órdenes y cuerpos cayendo. El escuadrón se deshizo. Algunos soldados
quedaron inconscientes; otros no volvieron a levantarse. Cuando cesaron los
disparos, el eco continuó rebotando por la cámara vacía.
El Santo del Lagarto permaneció de pie entre
los vencidos. Su armadura estaba intacta. La sonrisa había regresado a sus
labios, leve y fría. No disfrutaba de la violencia, pero tampoco dudaba de su
deber. Proteger la paz del mundo exigía, a veces, decisiones que los demás
considerarían monstruosas.
El último soldado que seguía consciente
intentó arrastrarse hacia la salida. El Santo le puso una mano en el hombro.
—No te muevas.
El hombre se detuvo, temblando.
—¿Qué eres?
—Alguien que preferiría que no hubieras
disparado.
El soldado miró alrededor. Sus compañeros
cubrían el suelo. El miedo le había borrado cualquier intención de luchar.
—No recuerdo haber visto nada —dijo.
—Eso es lo que vas a recordar.
El Santo cerró los ojos un instante. Su Cosmos
se extendió por la cámara con una presión silenciosa. No hubo destello ni
estruendo. Solo una vibración tenue, como un pulso que atravesó las paredes y
se deslizó bajo la piel de los supervivientes.
Los soldados que aún podían oírlo dejaron de
forcejear. Sus miradas se desenfocaron. Poco a poco, la tensión abandonó sus
rostros. Cuando el Santo apartó la mano, ninguno parecía recordar por qué había
llegado allí ni qué había visto. Eran hombres agotados, desorientados, rodeados
de compañeros heridos. No recordarían la armadura, los disparos inútiles ni al
guerrero que se había movido más rápido que sus ojos.
La escena seguía siendo terrible. El Santo la
contempló sin orgullo. Los cuerpos caídos no eran una victoria. Eran el precio
de una misión que había empezado como una cacería de desertores y se había
convertido en una amenaza para la paz de miles de personas.
Fuera del silo, los pasos del general Alim
Azad se acercaban. El Santo lo sintió antes de verlo. Su presencia era distinta
a la de los soldados: más pesada, rodeada por el temor de quienes estaban
acostumbrados a obedecerlo.
—Tu general está cerca —dijo al joven.
—No es mi general.
—Te contrató.
—Eso no significa que le pertenezca.
—Pero sabías lo que quería hacer con los
misiles.
El joven no respondió.
—¿Por qué mataste a tus propios hombres?
—preguntó el Santo.
—No eran mis hombres.
—Los dirigiste hasta aquí.
—Y los traje hasta el lugar donde tenían que
morir.
La frialdad de la respuesta no sorprendió al
Santo. No le gustaba, pero no le sorprendía.
El general entró en la cámara acompañado por
dos guardaespaldas. Era un hombre de mediana edad, vestido con uniforme y
condecoraciones. Su rostro conservaba una expresión severa, pero se descompuso
al ver a sus soldados en el suelo y a un guerrero plateado de pie entre ellos.
Sus escoltas levantaron las armas.
El Santo se movió antes de que pudieran
disparar. En dos movimientos, los desarmó y los dejó inconscientes. El general
se quedó solo.
—¿Qué está pasando aquí? —exigió.
—Eso depende de usted —dijo el Santo—. ¿Quién
es Yuto Kido?
El general vaciló.
—No sé de qué habla.
El Santo avanzó. La armadura brilló bajo la
luz de emergencia.
—No voy a preguntarlo otra vez.
Azad retrocedió hasta que la espalda chocó con
la consola. En la pantalla aún parpadeaban los códigos de lanzamiento. El
general miró el teclado, luego al joven japonés, y comprendió que su plan había
cambiado de dueño.
—¿Cómo contactaste a Yuto Kido? —preguntó el
Santo.
—¿Quién…?
El Santo lo sujetó por el cuello y lo levantó
del suelo. El general se aferró a su muñeca, tratando de liberar la garganta.
Sus botas patearon el aire. El guerrero no parecía esforzarse.
—¿Cómo contactaste a Yuto Kido?
—No… no sé quién es.
La mano del Santo se cerró un poco más. El
general soltó un sonido ahogado. La presión le nubló la vista y el miedo
reemplazó su orgullo.
—Los dioses son seres egoístas —dijo el Santo
con un tono casi burlón—. No van a ayudarte. Ni siquiera la diosa que, según
dicen, los protege se ha dignado a mirarlos en estos dieciséis años.
El general intentó responder, pero apenas pudo
emitir un ruido. La presión aumentó. Un crujido se perdió bajo el zumbido de la
consola.
—¿Cómo contactaste a Yuto Kido? —repitió el
Santo.
La mirada de Azad se quebró. Sus dedos dejaron
de forcejear y señalaron hacia el bolsillo interior de su chaqueta.
—Una fuerza de élite… —balbuceó—. Mercenarios.
Los contraté a través de intermediarios.
El Santo no aflojó el agarre.
—¿Qué relación tienen con Yuto Kido?
—Todos… todos tenían habilidades sobrehumanas.
Se decían apellidar Kido, como el magnate japonés. Pero sus documentos tenían
otros apellidos. Eran huérfanos… huérfanos de los orfanatos de su sistema. Los
contacté por medio de un número privado.
El general trató de inspirar. Cada palabra le
costaba.
—¿Dónde está el número?
Con la mano libre, Azad señaló otra vez su
chaqueta. El Santo lo bajó lo suficiente para que pudiera sacar una hoja
doblada. El papel estaba manchado de sudor y tenía notas apresuradas, junto con
una serie de cifras escritas con tinta azul.
—Este es el contacto —dijo el general—. Por
favor… no me mates.
El Santo tomó el papel y lo leyó en silencio.
El número podía ser una pista o una trampa. En cualquier caso, no podía
ignorarlo.
—Los dioses no van a responder a tus súplicas
—dijo.
—Yo solo quería poder.
—Eso es lo que todos dicen antes de poner el
mundo en peligro.
El Santo lo dejó caer al suelo. El general
golpeó las rodillas contra el hormigón y se desplomó de lado. Ya no pudo
levantarse.
Durante unos segundos, el guerrero observó el
cuerpo inmóvil. Después guardó el papel bajo la armadura y miró hacia la
consola. Los misiles seguían allí. La amenaza no había desaparecido; solo había
cambiado de forma.
Detrás de él, el joven japonés permanecía de
pie entre los cuerpos de sus antiguos compañeros. Tenía el arma en la mano,
pero ya no apuntaba. Sus ojos se habían fijado en la hoja que el Santo acababa
de guardar.
—Yuto Kido —dijo—. ¿Qué sabes de él?
El Santo no contestó de inmediato. El nombre
podía significar muchas cosas. Un contacto, un heredero, un desertor o la pieza
central de una historia que el Santuario aún no comprendía.
—Sé que alguien usó ese nombre para llegar
hasta ti.
—Eso no es suficiente.
—Es lo que tenemos.
A lo lejos, las sirenas de la base comenzaron
a sonar. Los hombres que habían sobrevivido a la batalla se movieron con
lentitud, confusos, incapaces de recordar qué había ocurrido. El Santo volvió
la mirada hacia la salida. Su misión ya no consistía únicamente en cazar a un
infiltrado. La amenaza de los misiles, el general y el nombre de Yuto Kido se
habían entrelazado en un mismo misterio.
La capa blanca se agitó cuando Misty dio el
primer paso hacia el pasillo. Entonces miró al joven y se detuvo. La respuesta
no era un misterio: la cicatriz, los rasgos y la historia de los huérfanos con
apellido falso encajaban demasiado bien.
—Tú eres Yuto Kido.
El joven apretó la mandíbula. Su mano se cerró
sobre el arma, pero no llegó a levantarla. Atacó con el otro brazo, lanzando un
golpe cargado de un Cosmos débil, apenas una chispa comparada con la fuerza que
había mostrado antes. Aun así, habría partido a un hombre por la mitad.
El puño chocó contra la Cloth de Plata.
No la tocó siquiera. Una presión invisible
desvió el golpe y lo dejó temblando a escasos centímetros del peto de Misty. El
Santo del Lagarto ni siquiera retrocedió.
—¿Eso era todo? —preguntó con frialdad.
Misty abrió un poco más los ojos.
El aire se cerró alrededor de Yuto. Sus brazos
quedaron inmovilizados contra el cuerpo; las piernas, suspendidas apenas sobre
el suelo, ya no respondían a su voluntad. Una fuerza invisible lo sujetaba por
todos lados, como si las paredes de una celda acabaran de levantarse a su
alrededor.
—¿Por qué vas a matar a tanta gente? —preguntó
Misty.
Yuto forcejeó. La prisión psicocinética se
tensó, pero no cedió.
—Voy a matar a esa perra de Saori Kido.
La respuesta salió de sus labios sin
vacilación. Yuto intentó cerrarlos, contener las palabras, pero algo lo
obligaba a hablar. Misty mantenía la mirada fija en él, y cada vez que el joven
trataba de ocultar la verdad, la presión invisible parecía apretarlo un poco
más.
—Los misiles tienen alcance para llegar a
Turquía —continuó Yuto, con la voz ronca—. Esa perra va a pasar sus vacaciones
allí mañana.
Misty endureció la expresión.
—¿Por qué infiltraste nuestra orden sagrada?
Yuto soltó una risa áspera. La prisión lo
mantenía inmóvil, pero no podía obligarlo a respetar al hombre que tenía
delante.
—¿Por qué? Porque el viejo Kido los infiltró a
ustedes.
—¿Qué quieres decir?
—Me envió a entrenar con ustedes. Me hizo
creer que podía convertirme en uno de sus santos. Pero mi maestro me desterró
después de molerme a golpes y maltratarme. —Su rostro se contrajo de rabia—.
Ustedes son unos monstruos de mierda, igual que ese anciano de mierda. ¡Lo
único que me duele es no haberlo matado yo!
Las sirenas seguían sonando en la base. Más
allá del silo, los soldados desorientados comenzaban a moverse entre los
pasillos, sin recordar por qué habían llegado ni qué habían visto. Misty no
apartó los ojos de Yuto. En ellos no había sorpresa, pero sí una sombra de
disgusto.
—No puedes cambiar lo que te hicieron matando
a gente que ni siquiera conoces.
—No me hables de justicia.
—No lo hago.
Misty movió el brazo.
La presión que sujetaba a Yuto cambió de
golpe. El joven apenas alcanzó a abrir los ojos antes de que la fuerza
invisible lo atravesara. Su cabeza se desprendió del cuerpo y cayó al suelo. El
resto quedó suspendido un instante en la prisión psicocinética, luego se
desplomó junto a él.
Misty permaneció inmóvil mientras las alarmas
llenaban el silo. Después, bajó la mirada hacia el número que había tomado del
general. La amenaza contra Saori era real, y el tiempo para detenerla se había
reducido a unas pocas horas.
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