viernes, 30 de octubre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El león del precipicio

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Un par de años antes

El precipicio se abría en los límites del Santuario, donde las montañas parecían rasgar el cielo y las nubes pasaban tan cerca que, por momentos, ocultaban el fondo del abismo. La roca estaba astillada por los antiguos derrumbes y el viento levantaba remolinos de polvo que golpeaban la piel como puñados de arena. Allí, lejos de las columnas pulidas y los patios de entrenamiento, el Manto de Atena pesaba sobre el mundo como una losa invisible.

La barrera protegía el dominio sagrado, pero no distinguía entre intrusos y quienes vivían dentro de sus límites. Aplastaba el Cosmos de todos por igual. El aire se volvía denso, difícil de llenar en los pulmones, y cada movimiento exigía una voluntad que el cuerpo no siempre podía sostener. Para quienes entrenaban bajo su influencia, hasta mantenerse en pie podía convertirse en una prueba.

Seiya tenía doce años cuando comenzó a entrenar allí.

No llevaba una armadura ni un uniforme. Solo vestía una túnica de entrenamiento demasiado fina para el frío, remendada en los codos y ceñida a la cintura con una cuerda. El viento le enredaba el cabello oscuro y le cubría de polvo las mejillas. Una de sus manos sangraba por los nudillos; la otra se aferraba a una roca para impedir que una ráfaga lo empujara hacia el borde.

—¡Mira, la Rata Oriental vuelve a arrastrarse! —gritó un guardia desde las alturas.

Las carcajadas que siguieron se confundieron con el viento.

Los hombres que custodiaban aquel sector vestían mantos bastardos, armaduras improvisadas con fragmentos de metal y restos de Cosmos que la Casa de Aries había recogido de antiguas corazas destruidas. Ninguno poseía el brillo ni la armonía de una verdadera panoplia. Las placas estaban torcidas, las correas desiguales y algunas piezas parecían haber sido remachadas sin ningún cuidado. Aun así, eran mejores que la ropa de un niño y bastaban para que sus portadores se sintieran poderosos frente a alguien indefenso.

Al principio lo habían tratado como a una alimaña. Le robaban la comida, le escondían las botas y le tendían trampas con piedras afiladas. Cuando Seiya tropezaba, lo llamaban rata. Cuando tosía sangre después de pasar demasiado tiempo bajo el Manto, se burlaban de él por no tener la fuerza necesaria para respirar.

—¡Corre, maldito! —le gritaban cuando una ráfaga lo empujaba hacia el abismo.

Y él corría.

Durante el primer año, cayó tantas veces que dejó de contar los golpes. Aprendió a distinguir las grietas firmes de las piedras sueltas, a buscar refugio cuando el viento cambiaba de dirección y a no confiar demasiado en una superficie que parecía segura. El Manto lo debilitaba, pero también le enseñó a escuchar su cuerpo: a reconocer cuándo las piernas empezaban a fallarle, cuándo el pecho ya no podía soportar otra bocanada de aire y cuándo debía avanzar aunque cada músculo le pidiera detenerse.

Un día consiguió mantenerse en pie durante diecisiete minutos.

Los guardias no aplaudieron. El más grande de ellos, un hombre de hombros enormes y rostro surcado por cicatrices, se limitó a soltar una carcajada.

—¡Esa es nuestra mascota! —rugió—. ¡Mírenlo! ¡La rata ha aprendido a no caerse!

Desde entonces, dejaron de escupirle cuando pasaba. No se volvieron amables de pronto, ni dejaron de lanzarle piedras para obligarlo a esquivarlas. Pero, cuando Seiya perdía el conocimiento, ya no lo abandonaban en el suelo. Lo cargaban a rastras hasta la Casa de Sanación, protestando durante todo el camino.

—Otro día más y no volverá —murmuraba uno.

—Siempre dices lo mismo —respondía otro—. Y siempre vuelve.

Seiya escuchaba aquellas voces entre sueños. Nunca les daba las gracias. Ellos tampoco esperaban que lo hiciera.

Aiolia observaba desde lejos. Algunas mañanas se detenía en un risco más alto, donde el viento no golpeaba con tanta fuerza, y miraba al muchacho avanzar entre las rocas. No intervenía. Sabía que aquellos hombres habían sido como Seiya alguna vez: niños sin linaje, sin protección y con más hambre de propósito que de comida. En su manera brutal, le estaban enseñando algo que ningún maestro podía explicar con facilidad: para que los lobos te respetaran, primero tenías que sangrar como ellos.

Cuando Seiya cumplió trece años, el invierno llegó con más fuerza que el anterior. El frío se filtraba por las costuras de la ropa y el viento levantaba pequeñas agujas de escarcha que se adherían a las piedras. A esa edad, el muchacho ya tenía los ojos de alguien mayor. No porque hubiera dejado de ser un niño, sino porque había aprendido a mirar el mundo esperando el siguiente golpe.

Los tres guardias que más tiempo pasaban con él eran Lico, Dario y Nestor.

Lico era el más delgado y rápido. Siempre parecía tener una broma lista, incluso cuando la situación no tenía ninguna gracia. Dario era un gigante de manos anchas y voz grave, marcado por viejas cicatrices que asomaban por debajo de su armadura falsa. Nestor, en cambio, era apuesto, meticuloso y muy consciente de ambas cosas. Se ajustaba las correas como si vistiera una armadura de oro y encontraba ocasión para arreglarse el cabello hasta en medio de una tormenta.

Aquella mañana, Seiya se aferraba a una pared de roca mientras el Manto presionaba sobre sus hombros. Tenía los nudillos enrojecidos y una línea de sangre seca le bajaba desde la comisura de los labios.

—¡Vamos, Rata Oriental! —gritó Lico desde una cornisa—. ¡Hoy no te vas a caer, ¿verdad?

La piedra que lanzó pasó rozando la oreja de Seiya y se estrelló contra la pared.

—¿Eso era para ayudarme o para matarme? —preguntó el muchacho, sin soltar la roca.

—Las dos cosas —respondió Lico—. Así no tienes que elegir.

Dario resopló.

—Si cae, le toca a Nestor cargarlo otra vez. Y ya sabemos cómo acaba eso: con el galán quejándose de que le duele la espalda.

Nestor se acomodó el manto falso sobre el pecho y levantó la barbilla.

—Prefiero cargar al mocoso que aguantar tu cara de pocos amigos por la mañana. Al menos él no apesta a derrota.

—¿Yo apesto a derrota?

—Y a sudor.

—Estamos en invierno.

—La derrota no respeta estaciones.

Seiya alcanzó el saliente y se dejó caer sobre la piedra. El golpe le sacudió las piernas, pero logró permanecer de pie. Lico le dedicó una palmada desde arriba.

—¡Eso! Ya casi pareces una persona.

—¿Y antes qué parecía? —preguntó Seiya.

—Una rata.

—Entonces no he avanzado mucho.

Dario soltó una risa breve. A esas alturas, las palabras ásperas ya no escondían del todo lo que ninguno de ellos sabía nombrar. Las semanas habían pasado entre sudor, sangre y discusiones, pero también entre lecciones que los guardias fingían impartir por aburrimiento.

Por las mañanas, Lico le enseñaba a reconocer los puntos débiles de las rocas y a descubrir dónde apoyar el pie sin que la piedra cediera. Por las tardes, Nestor le mostraba cómo mover el peso del cuerpo para no resbalar cuando el viento cambiaba de dirección.

—No mires solo tus pies —le había dicho una vez—. Mira la hierba, las nubes, hasta el polvo. Todo te dice de dónde viene el viento.

—¿Y cómo sé si el viento me va a tirar?

—Cuando te tira, ya lo sabes.

—Muy útil.

—No me interrumpas mientras te enseño.

—¿También me vas a enseñar a distinguir a las amazonas por la voz?

Nestor le sonrió con suficiencia.

—La de cabello oscuro suele mirarte primero. La rubia es la que de verdad vale la pena.

—¿Y si ninguna me mira?

—Entonces tendrás tiempo para entrenar.

Por las noches, cuando Lico y Nestor dormían, Dario se acercaba al fuego donde Seiya calentaba las manos. No decía nada durante un rato. Se limitaba a vigilar las brasas, como si esperara que ellas le ofrecieran una excusa para hablar.

—Tienes que aprender a recibir un golpe —le dijo una noche—. No siempre podrás esquivar.

—Prefiero esquivar.

—Todos preferimos esquivar.

Dario le mostró cómo tensar el cuerpo justo antes del impacto, cómo girar el torso y cómo proteger las costillas sin bloquearse por completo. Las lecciones eran duras. A veces terminaban con Seiya en el suelo y el gigante diciéndole que se levantara. A veces Dario mismo recibía un golpe en el hombro y le explicaba, con una paciencia que nunca habría admitido tener, por qué el muchacho había elegido mal el ángulo.

El verdadero cambio llegó con la primavera.

La nieve retrocedió de las laderas y dejó al descubierto la tierra oscura. El viento seguía siendo cruel, pero ya no llevaba escarcha. Aquella mañana, Dario se quitó el manto falso y se plantó frente a Seiya en el claro de entrenamiento.

—Hoy vas a pelear conmigo.

Seiya miró las manos enormes del guardia.

—¿En serio?

—No, te lo digo para que te emociones.

—Dario —intervino Nestor—, si lo rompes, no voy a cargarlo.

—Lo cargarás.

—No pienso hacerlo.

—Entonces se quedará ahí hasta que vuelva a levantarse.

Lico se sentó sobre una piedra, dispuesto a disfrutar del espectáculo.

—Yo voto por la opción en que Dario se queja de la espalda.

Seiya flexionó los dedos. El claro parecía más pequeño que de costumbre. Sabía que Dario podía derribarlo con un solo golpe. También sabía que, si se quedaba esperando, acabaría en el suelo antes de entender qué había sucedido.

Dario atacó sin aviso.

El puño llegó hacia su rostro. Seiya se inclinó, sintió el viento del golpe sobre la frente y retrocedió. El segundo puñetazo lo encontró en el costado. El impacto le arrancó el aire y algo crujió bajo sus costillas. Cayó de rodillas, con la vista llena de manchas luminosas.

—¿Ya terminaste? —preguntó Dario.

Seiya escupió sangre sobre la tierra.

—No.

—Entonces levántate.

El muchacho se puso en pie. No consiguió evitar el siguiente golpe, pero esta vez giró el cuerpo como Dario le había enseñado. El impacto aún le dolió; sin embargo, no lo lanzó al suelo. Se agarró al brazo del guardia, tiró de él y alcanzó a golpearle el abdomen con el puño.

No fue un golpe fuerte. Apenas consiguió hacer que Dario moviera un pie.

Pero lo había alcanzado.

Lico saltó de la piedra.

—¡Lo tocó!

—No grites como si hubiera ganado un torneo —dijo Nestor.

—¡Lo tocó!

Dario retrocedió y se frotó el abdomen.

—Ya está. Se acabó.

Seiya se enderezó, respirando con dificultad. Una de sus costillas le ardía con cada movimiento, pero seguía en pie.

—¿Eso es todo lo que tiene un aspirante a Cisne?

El silencio duró apenas un segundo antes de que Lico estallara en una carcajada.

—¡Bien dicho, pequeño demonio!

Nestor se acercó y le pasó un brazo por los hombros. Seiya dejó escapar un quejido de dolor.

—Ahora sí empiezas a parecerte a nosotros. Un verdadero lobo del precipicio.

Dario lo observó durante un momento. En el rostro del gigante había algo distinto a la burla: una emoción antigua que parecía haber estado dormida durante años. Quizá recordaba al muchacho que él mismo había sido, antes de que el Santuario le enseñara a conformarse con una armadura falsa y un puesto en la frontera.

—No —dijo—. Él no es un lobo.

Seiya levantó la mirada.

—¿Entonces qué soy?

Dario le lanzó un trozo de pan duro. El muchacho lo atrapó con una mano.

—Un maldito león. Y eso es peor.

Esa noche compartieron la comida sin insultos. Lico hizo bromas sobre la costilla de Seiya; Nestor insistió en que la pelea había sido más elegante de lo que en realidad había resultado, y Dario fingió que no estaba orgulloso. Cuando el muchacho se quedó dormido junto al fuego, ninguno comentó que el gigante lo había cubierto con su propio manto.

El Santuario seguía siendo un lugar cruel. En sus patios se entrenaba para alcanzar la gloria, y en sus fronteras se aprendía a sobrevivir. Pero, en los confines donde el viento aullaba con más fuerza, algo había cambiado. Seiya ya no estaba completamente solo.

La mañana siguiente comenzó con un silencio incómodo.

Dario fue el primero en notarlo. Se había detenido a ajustar las correas de su armadura cuando sus manos quedaron inmóviles. Los músculos de la espalda se le tensaron como cuerdas de arco.

—Algo viene.

Lico dejó de sonreír. Nestor, que hasta entonces estaba ocupado quitándose polvo de la manga, miró hacia los riscos superiores.

Seiya se frotó los ojos. Había dormido poco y todavía sentía la costilla lastimada. Pero el aire había cambiado. No era solo la presión del Manto ni el viento de la montaña. Algo observaba el precipicio desde más allá de las rocas.

Entonces llegó la risa.

Era un sonido frío, afilado, que descendió desde los riscos como el crujido del hielo bajo una bota.

—Qué patético espectáculo.

Los cuatro alzaron la vista.

Un hombre se encontraba sobre ellos, apoyado contra las rocas con una despreocupación que resultaba más amenazadora que cualquier postura de combate. Su armadura era de un azul profundo, semejante al mar durante una noche sin luna. Las placas relucían desde dentro y se movían con una fluidez casi orgánica, como si respiraran con él. En los hombros terminaban en puntas afiladas, y el casco imitaba las branquias de un tiburón.

—Miren nada más —continuó el extraño—. La chusma del precipicio, jugando a ser guerreros con sus trapos remendados.

Nestor se adelantó. Incluso frente a un desconocido armado con una coraza magnífica, encontró fuerzas para sonreír.

—¿Y tú quién eres, pez fuera del agua? ¿El bufón de Poseidón?

El hombre lo miró con indiferencia.

—Soy Delo, de las Escamas del Tiburón Mako. Y ustedes ni siquiera merecen que pierda mi tiempo.

Dario retrocedió un paso.

Seiya lo vio. Dario, que nunca se apartaba de un desafío y que acababa de soportar golpes suyos sin inmutarse, había retrocedido.

—¿Qué quieres? —gruñó el gigante.

Delo saltó desde el risco. Aterrizó frente a ellos sin hacer ruido. La cercanía volvió aún más intimidante su armadura. Las escamas del casco le ocultaban casi todo el rostro, excepto los ojos, fríos y brillantes.

—El Santuario está lleno de ratas —dijo, mirando directamente a Seiya—. Pero hoy vine a cazar un león.

Lico escupió a sus pies.

—Aquí solo hay un pez gordo que se perdió lejos de su pecera.

Delo no le prestó atención. Su mirada recorrió el precipicio, los guardias y las armaduras falsas que llevaban.

—El Santuario está vulnerable. Sin Santos de Oro vigilando esta frontera, con una diosa escondida y un Sumo Sacerdote al que nadie respeta. ¿De verdad creen que puedo irme sin probar suerte?

Dario comprendió lo que ocurría. No era una disputa entre guerreros ni una provocación para medir fuerzas. Delo había venido a tantear las defensas del Santuario. Si podía derrotar a tres guardias y a un niño, habría demostrado que el camino estaba abierto.

—Nestor, saca al chico de aquí —ordenó, sin apartar los ojos del Marina—. Lico, corre hacia el puesto de vigilancia y pide refuerzos.

—¿Y tú? —preguntó Nestor.

—Voy a entretenerlo.

—Eso suena a una forma muy tonta de morir —dijo Lico.

—Entonces procura que no sea en vano.

El ataque llegó antes de que terminara la frase.

—¡Thalassa’s Vortex!

Delo alzó una mano. El aire se retorció a su alrededor y se convirtió en un remolino de fuerza oceánica. No había agua, pero Seiya sintió el peso de una ola gigantesca que avanzaba hacia ellos. Las piedras rodaron por el suelo; el polvo se elevó en una columna y el viento dejó de soplar en todas direcciones para concentrarse en un único punto.

Lico se interpuso.

—¡No! —gritó Dario.

El remolino lo alcanzó en el pecho. Su manto bastardo se desintegró con un sonido seco, como papel mojado. El impacto lo levantó del suelo y lo arrojó contra las rocas. Cuando cayó, sus ojos seguían abiertos, pero ya no miraban a nadie.

—Corre… idiota… —alcanzó a decir.

Después se desplomó.

Algo se rompió dentro de Seiya.

No pensó en el Manto de Atena ni en el peligro. Solo vio a Lico en el suelo, la boca entreabierta y la sonrisa de siempre ausente de su rostro. Se lanzó contra Delo con los puños al frente.

El Marina esquivó el primer golpe con un movimiento mínimo. Seiya lanzó otro, y otro más. Sus puños cortaron el aire sin rozar la armadura azul.

—¡Patético! —se burló Delo—. ¿Eso es todo lo que tienes?

La patada llegó antes de que Seiya pudiera responder. Le golpeó la mandíbula y lo levantó del suelo. El mundo giró. El precipicio, el cielo y las figuras de Dario y Nestor se mezclaron en una sola mancha. Seiya cayó entre las piedras y perdió el conocimiento.

Dario se lanzó contra el Marina. El Cosmos que lo rodeaba se encendió en un resplandor azul y el aire se enfrió a su alrededor. La escarcha cubrió las rocas, creciendo en líneas blancas desde sus pies hasta el cuerpo de Delo.

—¡Diamánti Kónis!

Su puño golpeó el pecho del Marina. Por un instante, el frío cubrió las escamas azules y las placas quedaron atrapadas bajo una capa de hielo. El viento pareció detenerse. Dario no bajó el brazo, convencido de que aquel golpe había conseguido abrir una brecha.

Delo sonrió.

—Bonito truco.

Chasqueó los dedos.

El hielo estalló en mil fragmentos que brillaron al sol y cayeron alrededor de ellos. La armadura del Marina seguía intacta.

—Pero yo ya estuve en el infierno del Cisne.

El contraataque fue un relámpago azul.

—¡Prion Odóntōn!

Dario alcanzó a levantar el brazo. La descarga lo golpeó antes de que pudiera protegerse. Su brazo derecho salió despedido desde el hombro y cayó entre las rocas. El gigante se desplomó de rodillas. No gritó, aunque el rostro se le contrajo por el dolor y la sangre empezó a manchar la tierra.

Nestor se plantó frente a Seiya. Su manto colgaba en jirones y el rostro, siempre burlón, se había vuelto una máscara de furia silenciosa. Desenvainó el puñal que escondía en la bota.

—No toques al chico.

Delo bostezó.

—Otro héroe sin poder. Qué aburrido.

Levantó la mano. Una chispa azul se reunió en su palma.

Entonces el universo contuvo el aliento.

Un Cosmos antiguo envolvió el precipicio. No era el fuego vigoroso de Aiolia ni la fuerza salvaje de Delo. Se parecía al primer suspiro de la creación, a una presencia tan vasta que el aire pareció encogerse ante ella. Incluso el Marina bajó la mano y volvió la cabeza hacia los riscos.

En lo alto, un hombre vestido con túnicas blancas observaba la escena. Las telas estaban gastadas por el tiempo y el viento, pero su porte no tenía nada de frágil. La armadura que llevaba era una imitación grotesca, formada por placas mal unidas y sin el brillo de los metales sagrados. El casco, en cambio, parecía una reliquia de otro mundo: tenía un diseño amazónico y una máscara que ocultaba su rostro, dejando a la vista solo dos ojos hondos, llenos de un conocimiento imposible de medir.

Era el Sumo Sacerdote.

—Basta.

La palabra aplastó el aire como un martillo. Delo retrocedió, por primera vez inseguro.

—¿Tú? Pero si eres solo un…

El Pontífice movió un dedo.

El mundo explotó en luz dorada.

Una sacudida dimensional atravesó el precipicio. Delo se encorvó como si un planeta entero se hubiera posado sobre sus hombros. Sus rodillas golpearon el suelo con tanta fuerza que las rocas se pulverizaron. Las escamas azules que habían resistido el ataque de Dario empezaron a quebrarse, no con estrépito metálico, sino con el sonido seco de la arcilla al agrietarse.

—¿Qué… eres? —consiguió decir Delo.

El Sumo Sacerdote avanzó hasta quedar frente a él. Sus túnicas ondeaban en un viento que no existía.

—No te mataré. Llevarás un mensaje.

Apretó el puño. El espacio se retorció alrededor del Marina.

Delo gritó. La fuerza que lo sujetaba no parecía comprimir su cuerpo, sino algo más profundo: su presencia, su lugar en el mundo. Era como si una mano invisible intentara doblarlo hacia una dimensión que los ojos humanos no podían percibir.

—Dile a tu señor que la humanidad puede defenderse —dijo el Pontífice—. Que no somos peones. Ni carne sacrificable en su juego eterno.

Con un último movimiento de la mano, el Sumo Sacerdote cerró el puño.

Delo desapareció.

No fue un salto ni un desplazamiento veloz. No hubo destello que lo llevara a otro lugar. Simplemente, el Marina dejó de estar allí, como si alguien hubiera arrancado una página del mundo.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Luego Seiya oyó a Dario caer de lado. El sonido lo devolvió a la conciencia. Parpadeó, tratando de entender por qué el cielo daba vueltas y por qué le dolía tanto la mandíbula. Vio a Nestor junto a él, el puñal aún en la mano. Más allá, Lico yacía inmóvil.

Seiya intentó levantarse. Las piernas no le respondieron.

—Lico… —dijo.

Nestor se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro.

—No te muevas.

—Dario…

—Sigue vivo. El sanador llegará pronto.

—¿Y Lico?

Nestor no contestó. No hizo falta.

Seiya miró al hombre de túnicas blancas. El Sumo Sacerdote contemplaba el lugar donde Delo había desaparecido, como si pudiera ver más allá de las rocas, más allá del cielo, hasta el reino al que había enviado a su enemigo.

El viento volvió a soplar sobre el precipicio. Arrastró el polvo y cubrió poco a poco la sangre sobre las piedras.

—¿Por qué no lo mató? —preguntó Seiya con voz débil.

El Sumo Sacerdote volvió la máscara hacia él.

—Porque debía llevar el mensaje.

—¿Y si regresa?

—Regresará.

La respuesta no fue una amenaza ni una promesa. Solo una certeza.

Seiya apretó los puños. Le dolía cada parte del cuerpo, y el Manto de Atena seguía oprimiéndole el pecho. Pero bajo el dolor había algo nuevo: una brasa que no se apagaba con el viento.

Dario estaba herido. Lico no volvería a reírse de sus caídas. Y, en algún lugar más allá del Santuario, un enemigo acababa de recibir una advertencia.

—Entonces la próxima vez —dijo Seiya, forzándose a incorporarse— no dejaré que vuelva a pasar.

Nestor intentó sujetarlo, pero el muchacho ya estaba de pie, temblando sobre las piernas.

—No puedes ni mantenerte en pie —le dijo.

—Puedo intentarlo.

El Sumo Sacerdote lo observó en silencio. Bajo el casco, sus ojos parecieron detenerse un momento en el joven aprendiz. Después, sin añadir nada, se volvió hacia los sanadores que ya descendían por el sendero.

El precipicio seguía siendo una trampa de los dioses. El viento seguía aullando entre las rocas. Sin embargo, aquel día Seiya comprendió que el Santuario no era invulnerable y que, en sus fronteras, los hombres podían morir antes de que llegaran los héroes.

También comprendió que algún día tendría que ser uno de ellos.

 

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