viernes, 30 de octubre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — Los que juraron protegernos

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Jabu se encontraba en medio de una vasta planicie, vestido con la Cloth del Unicornio. La luz del sol resbalaba sobre las placas blancas y plateadas, lanzando destellos que le hacían entrecerrar los ojos. Llevaba horas con la armadura puesta, pero aún no se acostumbraba a su peso.

Se suponía que los santos debían permanecer ocultos. Eso le habían enseñado desde niño: la humanidad no estaba preparada para conocer el Santuario ni a sus guerreros. Sin embargo, allí estaba él, expuesto ante una unidad táctica del ejército estadounidense, cuyos soldados aguardaban dispersos por la planicie, ocultos tras sus posiciones y armados con rifles y granadas.

—Esto sigue pareciéndome una mala idea —murmuró.

La voz de Tatsumi respondió por el auricular bajo el borde de su casco:

—Te escuché, Jabu.

El joven dirigió una mirada a la cámara montada sobre uno de los vehículos. En algún lugar, a kilómetros de allí, varias personas debían de estar siguiendo cada uno de sus movimientos.

—Entonces ya sabes que no lo digo por decir.

—Lo sé —dijo Tatsumi—. Pero la decisión está tomada. No tienes que derrotarlos. Solo mostrarles lo que puede hacer una Cloth.

—No es la Cloth, Tatsumi. Soy yo. Todos nosotros lo somos. Aun sin la Cloth podría romperles el culo, pero eso no es lo que me incomoda.

Al otro lado de la comunicación hubo un breve silencio.

—¿Qué es lo que te incomoda?

Jabu suspiró. Podía oír a los soldados: sus respiraciones contenidas, las órdenes que se transmitían por radio, el leve chasquido de los seguros de sus armas.

—Son órdenes de la señorita Kido.

—La señorita Kido confía en ti.

—Ya lo sé.

—Y tú confías en ella.

Jabu bajó la cabeza. La armadura le cubría el rostro, pero no podía ocultar su expresión a Tatsumi, que lo conocía desde hacía años.

—Está bien —dijo al fin—. Órdenes de la señorita Kido.

Cerró los ojos. Por un momento, el rumor del viento y el murmullo de las radios parecieron alejarse. Pensó en Saori y en la seriedad con que le había pedido que aceptara aquella prueba. No era una misión del Santuario ni un combate por honor. Era una oportunidad para que el mundo entendiera que los santos existían.

Jabu abrió los ojos.

—Entonces, por la señorita Kido…

En la loma de observación, el mayor bajó los prismáticos.

—¿Está seguro de que el muchacho está desarmado? —preguntó la capitana a su lado.

—Eso dice el informe.

—No parece muy convencido.

—No lo estoy. Por eso estamos aquí.

Un altavoz crepitó sobre la planicie.

—Jabu, ¿me recibes?

—Alto y claro.

—El primer grupo va a iniciar el acercamiento. Recuerda: es un ejercicio controlado. No queremos heridos.

—Yo tampoco.

—Si necesitas que detengamos la prueba, dilo por el comunicador.

Jabu miró hacia las posiciones enemigas.

—¿Y si no me creen?

—Jabu —intervino Tatsumi—, mantén la calma. No estás ahí para demostrar que eres invencible.

—Qué alivio. Ya me estaba preocupando.

El mayor hizo una señal. Las radios cobraron vida y los soldados empezaron a avanzar. Se movían en pequeños grupos, cubriéndose unos a otros mientras estrechaban el cerco. El primero en levantarse fue un cabo apostado tras una elevación baja. Apoyó el rifle contra el hombro y apuntó al pecho de Jabu.

—¡Fuego de salva! —ordenó alguien por el altavoz.

El cabo apretó el gatillo. Una ráfaga de disparos retumbó sobre la planicie.

Jabu desapareció.

Los proyectiles cruzaron el lugar donde había estado un instante antes. En la loma, la capitana se inclinó hacia los prismáticos.

—¿Qué ha pasado?

—No lo he visto —respondió el mayor.

Jabu reapareció a unos metros, convertido apenas en una mancha blanca entre los destellos del sol. Volvió a desaparecer y apareció más cerca del cabo. Para quienes miraban desde lejos, su movimiento era una secuencia de imágenes incompletas: aquí, allá, junto a una roca, en mitad de la llanura, delante del soldado.

El cabo giró el arma, pero Jabu ya estaba frente a él.

—Se acabó —dijo el santo.

Le dio una bofetada con el dorso de la mano. El golpe hizo girar al cabo y lo dejó inconsciente antes de que tocara el suelo.

Jabu se quedó inmóvil junto a él y miró a los demás soldados.

—¡No se acerquen! —gritó el mayor desde el altavoz.

—No pensaba hacerlo —respondió Jabu, levantando las manos—. Solo quería que entendieran que puedo llegar hasta ustedes antes de que disparen.

En el auricular, Tatsumi exhaló con fuerza.

—Eso ha sido… bastante claro.

Jabu miró al cabo tendido en la hierba.

—¿Está bien?

—El equipo médico ya va hacia él.

—Bien. No quería romperle nada.

La capitana seguía mirando la planicie, sin apartar los prismáticos de Jabu.

—¿Cuánto tardó en cruzar esa distancia?

—No lo sé —dijo el mayor—. Las cámaras lo perdieron.

—Entonces vuelva a revisar la grabación.

El mayor miró la pantalla donde la silueta blanca de Jabu aparecía, desaparecía y reaparecía en una sucesión de destellos.

—Creo que vamos a necesitar cámaras más rápidas.

El siguiente intento no fue parte del ejercicio.

Un oficial que observaba desde la línea de tiro llevaba varios minutos escuchando explicaciones sobre santos, armaduras sagradas y reliquias de una religión pagana. Al final, perdió la paciencia. Levantó su pistola de bajo calibre y disparó sin esperar una orden.

—¡Oficial, no dispare! —gritó la capitana.

Bang. Bang. Bang.

Los estampidos se sucedieron cada vez más deprisa. Las balas volaron hacia Jabu, pero algo extraño ocurrió antes de alcanzarlo. A cada metro, parecían avanzar más despacio; su fuerza se apagaba poco a poco, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Una tras otra, chocaron contra la Cloth y cayeron inofensivas sobre la hierba.

Jabu sonrió.

—¿Has oído hablar de la paradoja de Aquiles y la tortuga?

El oficial dejó de disparar, con la pistola aún levantada.

—¿Qué?

—Aquiles corre mucho más rápido que una tortuga, pero si le da ventaja, primero tiene que llegar al punto donde ella estaba. Y para eso, según la paradoja, debe recorrer la mitad de la distancia… y luego la mitad de lo que queda… y luego la mitad otra vez. —Jabu señaló una de las balas caídas—. Parece que tus balas están teniendo el mismo problema.

En la loma, el teniente apretó el comunicador.

—Aquí puesto de observación. Confirmo que la armadura resiste el fuego de bajo calibre. Repito: el objetivo está blindado.

—¿El oficial tenía autorización para disparar? —preguntó la capitana.

—Negativo —respondió el teniente—. Pero el primer impacto no le hizo nada.

El oficial volvió a apuntar. Esta vez, Jabu no sonrió.

—¡Baje el arma! —ordenó la capitana por el altavoz.

Bang.

La bala golpeó a Jabu en el rostro. El casco protegía su cabeza, pero no le cubría las mejillas ni la frente. Aun así, no hubo sangre ni herida. La bala rebotó y cayó al suelo.

El teniente miró la pantalla, incrédulo.

—Impacto directo en el rostro. Sin lesión visible.

—¿El casco tiene alguna protección oculta? —preguntó alguien desde el centro de control.

—Negativo. La Cloth no le cubre esa zona.

Jabu se tocó la mejilla, más sorprendido que herido.

—Eso sí estuvo mal.

—¡Oficial, suelte el arma ahora mismo! —rugió la capitana.

El hombre vaciló. Jabu dio un paso hacia él, despacio, con las manos abiertas.

—No quiero hacerte daño. Pero no vuelvas a disparar.

El oficial bajó el cañón, aunque sus dedos seguían tensos alrededor de la empuñadura.

El teniente volvió a hablar por el comunicador:

—Parece que las placas emiten algún tipo de campo que reduce la energía de los proyectiles. No puedo confirmarlo con los datos disponibles. Espero órdenes. El senador de Texas entró en la sala de mando con una taza de café de carga triple. Era un ranchero corpulento, de sombrero gastado y corbata impecable, famoso en el Senado por defender la ganadería texana y citar a los griegos antiguos con la misma soltura con que hablaba de rodeos.

—¿Ya comenzaron? —preguntó, acercándose a las pantallas.

—La prueba oficial, sí —respondió el presidente Marco Dorio—. Lo demás fue una iniciativa personal de uno de nuestros oficiales.

El senador miró la imagen congelada de Jabu, con la armadura brillante y el rostro intacto después del disparo.

—¿Una iniciativa personal? Qué manera tan elegante de decir que alguien perdió la cabeza.

Al otro lado de la mesa estaba Saori Kido, radiante incluso bajo la luz fría de las pantallas. El senador la saludó con una inclinación afectuosa de la cabeza. La conocía desde que era niña: era la hija adoptiva de su viejo amigo Mitsumasa.

—Señorita Kido —dijo—, espero que su guardián no haya salido lastimado.

—Está bien, senador. Y no es mi guardián. Es uno de mis santos.

El tejano miró la imagen otra vez y tomó un sorbo de café.

—Entiendo. Aunque, si no le molesta, creo que la mayoría de mis colegas necesitará una explicación más larga que esa.

—La recibirán —dijo Saori—. Pero primero deben ver lo que ha ocurrido.

El presidente apoyó las manos sobre la mesa.

—Ya lo vieron. Un joven con una armadura extraña esquivó una ráfaga y recibió un disparo en la cara sin sufrir daño. Lo que todavía no sabemos es qué significa eso para este país.

—Significa que nuestras armas no bastan para explicar lo que tenemos delante —dijo Saori—. Y que el mundo ya no puede fingir que los santos no existen.

El senador dejó la taza junto a una carpeta y observó a la joven con una mezcla de afecto y preocupación.

—Mitsumasa siempre tuvo debilidad por los planes difíciles, señorita Kido. Pero esto parece una forma bastante intensa de pedirle permiso al Congreso.

—No he venido a pedir que crean en mí —respondió Saori—. He venido a darles una prueba.

En la pantalla, Jabu seguía de pie en medio de la planicie, rodeado de soldados que aguardaban nuevas órdenes. El presidente Dorio contempló la imagen unos segundos más.

—Entonces veamos qué más puede hacer su santo.

 

La segunda prueba comenzó con fusiles de asalto a media y corta distancia. Los soldados avanzaron en grupos, cerrándole el paso desde varios flancos. Jabu apenas tuvo tiempo de pensar que aquello se parecía menos a una evaluación y más a una ejecución.

—¡Fuego! —ordenó el mayor.

Los disparos estallaron a su alrededor. Las balas golpearon la Cloth y rebotaron una tras otra, levantando destellos sobre las placas. Jabu no se movió. Su rostro, visible bajo el casco, conservaba una leve sonrisa.

—El objetivo no intenta esquivar —informó el teniente por el comunicador—. Repito: no intenta esquivar. Los proyectiles rebotan contra la armadura.

En la sala de mando, el presidente Dorio se inclinó hacia las pantallas.

—¿Esto también forma parte de la prueba?

Saori no apartó la vista de Jabu.

—La prueba consiste en que él muestre lo que puede hacer. Pero no voy a permitir que lo traten como un blanco indefenso.

La voz de Tatsumi llegó por el auricular:

—Jabu, tienes permiso para derribarlos. Sin causarles heridas graves.

Jabu suspiró mientras otra ráfaga repiqueteaba contra su armadura.

—Por fin.

Una llamarada de luz y energía envolvió su cuerpo. No lo consumió ni dañó la hierba bajo sus pies; se ciñó a la Cloth como una llama viva, ondeando alrededor de sus hombros y brazos. Los soldados vacilaron.

—¿Qué es esa luz? —gritó uno.

—¡Mantengan la formación! —ordenó su sargento.

Jabu dio un paso al frente. Entonces, una ráfaga de aire y arena apareció de la nada. El viento barrió la planicie y se extendió entre los soldados como la lengua de un tornado del desierto. Los hombres perdieron pie, chocaron unos con otros y cayeron sobre la hierba, mientras sus fusiles saltaban de sus manos.

En cuestión de segundos, el ruido de los disparos cesó. La arena se asentó alrededor de Jabu, que seguía en pie, ileso.

—Todos abajo —dijo, mirando a los soldados caídos—. ¿Alguien necesita ayuda?

El teniente respondió por el comunicador, todavía sorprendido:

—La unidad está fuera de combate. Sin heridos graves, hasta donde podemos ver.

Jabu volvió a suspirar.

—Bien. Entonces, ¿ya terminamos?

En la sala de mando, el senador texano levantó su taza de café.

—Si esto es solo una demostración, señorita Kido, no me gustaría ver qué consideran ustedes una batalla.

Saori observaba la transmisión sin pestañear. La luz azulada de las pantallas le perfilaba el rostro, pero no suavizaba la seriedad de su expresión. Quienes la conocían sabían que, cuando se quedaba así de quieta, con la espalda recta y los labios apenas tensos, era mejor no poner a prueba su paciencia. Aun así, se acomodó un mechón detrás de la oreja antes de volverse hacia el presidente Dorio.

—Para que esto fuera algo serio se necesitaría un bombardeo estratégico, señor presidente.

Durante un instante, nadie dijo nada. Luego el senador texano soltó una carcajada, y la risa se propagó alrededor de la mesa. Incluso Dorio sonrió, aunque enseguida volvió a mirar las pantallas, donde Jabu seguía de pie en medio de la planicie. A su alrededor, los soldados se levantaban con cautela, sacudiéndose el polvo de los uniformes y recuperando sus armas.

—Espero que no esté sugiriendo que lo comprobemos, señorita Kido —dijo Dorio.

—Por supuesto que no —respondió Saori—. Solo intento explicar la escala del problema.

La prueba siguiente se preparó en una elevación rocosa al borde del campo. Un tirador se tendió detrás de un rifle antitanque y ajustó el arma con paciencia. El cañón largo y oscuro apuntaba hacia Jabu; junto a él, el equipo de apoyo comprobaba la posición y repasaba las instrucciones. A través de los altavoces llegaron las órdenes del mayor, secas y formales. La distancia parecía enorme, pero Jabu podía oír hasta el roce de la manga del francotirador contra la tierra.

—¿De verdad van a usar eso? —preguntó por el comunicador.

—Es la última prueba —contestó Tatsumi—. Mantén la posición.

Jabu miró el arma en la loma. La Cloth del Unicornio brillaba bajo el sol, blanca y plateada, mientras el viento agitaba la hierba a su alrededor.

—Lo dices como si pudieras obligarme a moverme.

—No empieces, Jabu.

—No he empezado. Estoy esperando.

En la sala de mando, el senador dejó su taza sobre la mesa. El presidente Dorio cruzó los brazos, y Saori permaneció inmóvil, con la mirada fija en la imagen ampliada del muchacho.

—¿Está listo el tirador? —preguntó el mayor.

—Listo —llegó la respuesta por el canal militar.

El disparo sacudió la planicie con un estruendo seco. La bala cruzó el espacio en una línea oscura, pero no llegó a tocar a Jabu. Él levantó la mano y la detuvo contra la punta del dedo índice. Por un instante, la sostuvo allí, suspendida entre el metal de la armadura y su piel. Luego la dejó caer. El proyectil golpeó una piedra y rodó hasta perderse entre la hierba.

El tirador se quedó inmóvil junto al rifle.

—¿Impacto confirmado? —preguntó el mayor.

—No hubo impacto —contestó alguien desde la sala de mando.

—Sí lo hubo —dijo el francotirador—. Lo detuvo con el dedo.

Jabu desapareció antes de que alguien pudiera darle otra orden. La cámara apenas captó un destello blanco que cruzó la pantalla. Un segundo después, estaba junto al tirador, tan cerca que el hombre se sobresaltó y se sentó de golpe. Jabu alzó la mano y le dio tres golpecitos en el casco.

—Toc, toc, toc.

El francotirador se lo quitó despacio. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión de derrota que pronto se convirtió en una sonrisa.

—Sí, ya perdí la apuesta —dijo, mirando a sus compañeros—. ¿Quieres café fuerte o descafeinado, Jabu?

—En Marruecos solo hay una forma decente de beber café —respondió Jabu—: fuerte. Como un hombre de verdad.

El senador texano levantó su taza de carga triple en dirección a la pantalla.

—Ese muchacho va a caerme bien.

Saori no sonrió. Seguía observando a Jabu, que ahora ayudaba al tirador a ponerse de pie. La prueba había terminado, pero el silencio de la sala tenía otro peso: ya no era el silencio de quienes dudaban de lo que estaban viendo, sino el de quienes empezaban a comprender que las viejas historias podían estar caminando entre ellos.

La última prueba aguardaba en el extremo de la planicie. Un tanque Abrams había sido colocado frente a Jabu, con sus orugas hundidas en la tierra y el cañón de 120 milímetros apuntando hacia él. La torreta giró despacio, siguiendo cada uno de sus movimientos. El estruendo del motor se mezclaba con el murmullo del viento y el zumbido distante de los helicópteros que vigilaban el ejercicio.

En la sala de mando, el secretario de Guerra se inclinó sobre la pantalla.

—¿De verdad vamos a disparar el cañón principal?

—Esa es la última prueba —respondió el mayor.

—Espero que el tanque esté asegurado.

El presidente Dorio seguía a Jabu en la transmisión, serio y pensativo. Saori no apartaba los ojos de la pantalla.

—Jabu —dijo Tatsumi por el comunicador—. Esta prueba es distinta. Si crees que no puedes detener el proyectil, apártate.

—¿Y perderme el final? —respondió el joven—. No, gracias.

Desde el vehículo llegó la orden de disparo. El cañón rugió y el proyectil cruzó la planicie con una fuerza brutal. Jabu levantó la mano derecha. El impacto lo hizo retroceder y levantó una nube de polvo a su alrededor; por un instante, su silueta desapareció bajo el estruendo y el humo.

—¡Jabu! —gritó Tatsumi.

El polvo se abrió.

Jabu seguía en pie. Su brazo derecho estaba extendido, rodeado por una luz que palpitaba como una llama blanca. La fuerza del disparo había detenido su avance, pero no había podido atravesar el cosmo que lo protegía. Jabu apretó los dientes, giró el hombro y descargó contra el tanque la energía que había contenido.

El metal gimió. La torreta se estremeció, se desprendió de su anclaje y quedó retorcida, abierta por un costado como una lata de sardinas. Jabu se acercó al blindado y se asomó por la abertura. Los tripulantes lo miraban boquiabiertos, atrapados entre el metal deformado y sus propios cinturones de seguridad.

—¿Están bien? —preguntó.

Uno de los soldados parpadeó.

—Creo que sí.

—Me alegro. —Jabu les tendió una mano—. Ya saben que perdieron la apuesta, ¿no?

El capitán de la tripulación se soltó el cinturón y aceptó la ayuda para salir.

—Sí. Los tragos van por mi cuenta esta noche.

En la sala de mando, el secretario de Guerra se había puesto de pie.

—¿Tiene idea de cuánto cuesta un Abrams?

—La Fundación Kido cubrirá los daños —dijo Saori.

—No me refiero solo a la torreta, señorita Kido. Ese tanque ya no va a volver al servicio.

—Lo entiendo. Y pagaré por él.

El secretario apretó los labios, todavía mirando los restos del vehículo. A su alrededor, nadie se reía ya. Las pantallas mostraban las armas empleadas durante la prueba: fusiles, munición de bajo calibre, un rifle antitanque y, por último, el cañón del Abrams. Ninguna había conseguido herir a Jabu. Algunas apenas habían logrado obligarlo a moverse.

El presidente Dorio se volvió hacia Saori.

El presidente Dorio se volvió hacia Saori. La risa de hacía unos minutos se había extinguido; ahora, en la sala de mando, solo se oía el zumbido de los equipos y las voces apagadas de los técnicos que seguían revisando las imágenes del tanque. En una de las pantallas, Jabu se alejaba de la torreta destrozada mientras los soldados lo rodeaban, todavía aturdidos.

—Así que es verdad —dijo Dorio—. Mitsumasa Kido conocía una organización capaz de preparar a jóvenes para enfrentarse a algo como esto. ¿Cómo pudo llegar hasta ella? ¿Y por qué nunca escuchamos hablar de ella?

Saori sostuvo su mirada. No parecía sorprendida por la pregunta, aunque algo en su expresión se volvió más grave.

—Las notas que dejó mi abuelo son fragmentarias. Muchas parecen registros de viajes, excavaciones y objetos que él intentaba identificar. Durante años, debió de pensar que estaba reconstruyendo la historia de una orden desaparecida. En realidad, estaba siguiendo sus huellas.

—¿Y consiguió encontrarla? —preguntó el presidente.

—Hace catorce años logró contactar con algunos de sus miembros. No sé cuánto alcanzó a descubrir antes de morir. Por lo que pudo averiguar, se trata de una orden cuasirreligiosa. Sus integrantes han jurado proteger al mundo.

El secretario de Guerra miró de reojo la imagen de Jabu.

—¿Protegerlo de qué?

Saori dejó pasar un instante. A través de las pantallas, la luz azul le dibujaba sombras suaves en el rostro. Cuando respondió, su voz apenas se elevó por encima del murmullo de la sala.

—De los dioses…

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