[Índice]
Jabu se
encontraba en medio de una vasta planicie, vestido con la Cloth del Unicornio.
La luz del sol resbalaba sobre las placas blancas y plateadas, lanzando
destellos que le hacían entrecerrar los ojos. Llevaba horas con la armadura
puesta, pero aún no se acostumbraba a su peso.
Se suponía
que los santos debían permanecer ocultos. Eso le habían enseñado desde niño: la
humanidad no estaba preparada para conocer el Santuario ni a sus guerreros. Sin
embargo, allí estaba él, expuesto ante una unidad táctica del ejército
estadounidense, cuyos soldados aguardaban dispersos por la planicie, ocultos
tras sus posiciones y armados con rifles y granadas.
—Esto sigue
pareciéndome una mala idea —murmuró.
La voz de
Tatsumi respondió por el auricular bajo el borde de su casco:
—Te escuché,
Jabu.
El joven
dirigió una mirada a la cámara montada sobre uno de los vehículos. En algún
lugar, a kilómetros de allí, varias personas debían de estar siguiendo cada uno
de sus movimientos.
—Entonces ya
sabes que no lo digo por decir.
—Lo sé —dijo
Tatsumi—. Pero la decisión está tomada. No tienes que derrotarlos. Solo
mostrarles lo que puede hacer una Cloth.
—No es la
Cloth, Tatsumi. Soy yo. Todos nosotros lo somos. Aun sin la Cloth podría
romperles el culo, pero eso no es lo que me incomoda.
Al otro lado
de la comunicación hubo un breve silencio.
—¿Qué es lo
que te incomoda?
Jabu
suspiró. Podía oír a los soldados: sus respiraciones contenidas, las órdenes
que se transmitían por radio, el leve chasquido de los seguros de sus armas.
—Son órdenes
de la señorita Kido.
—La señorita
Kido confía en ti.
—Ya lo sé.
—Y tú
confías en ella.
Jabu bajó la
cabeza. La armadura le cubría el rostro, pero no podía ocultar su expresión a
Tatsumi, que lo conocía desde hacía años.
—Está bien
—dijo al fin—. Órdenes de la señorita Kido.
Cerró los
ojos. Por un momento, el rumor del viento y el murmullo de las radios
parecieron alejarse. Pensó en Saori y en la seriedad con que le había pedido
que aceptara aquella prueba. No era una misión del Santuario ni un combate por
honor. Era una oportunidad para que el mundo entendiera que los santos
existían.
Jabu abrió
los ojos.
—Entonces,
por la señorita Kido…
En la loma
de observación, el mayor bajó los prismáticos.
—¿Está
seguro de que el muchacho está desarmado? —preguntó la capitana a su lado.
—Eso dice el
informe.
—No parece
muy convencido.
—No lo
estoy. Por eso estamos aquí.
Un altavoz
crepitó sobre la planicie.
—Jabu, ¿me
recibes?
—Alto y
claro.
—El primer
grupo va a iniciar el acercamiento. Recuerda: es un ejercicio controlado. No
queremos heridos.
—Yo tampoco.
—Si
necesitas que detengamos la prueba, dilo por el comunicador.
Jabu miró
hacia las posiciones enemigas.
—¿Y si no me
creen?
—Jabu
—intervino Tatsumi—, mantén la calma. No estás ahí para demostrar que eres
invencible.
—Qué alivio.
Ya me estaba preocupando.
El mayor
hizo una señal. Las radios cobraron vida y los soldados empezaron a avanzar. Se
movían en pequeños grupos, cubriéndose unos a otros mientras estrechaban el
cerco. El primero en levantarse fue un cabo apostado tras una elevación baja.
Apoyó el rifle contra el hombro y apuntó al pecho de Jabu.
—¡Fuego de
salva! —ordenó alguien por el altavoz.
El cabo
apretó el gatillo. Una ráfaga de disparos retumbó sobre la planicie.
Jabu
desapareció.
Los
proyectiles cruzaron el lugar donde había estado un instante antes. En la loma,
la capitana se inclinó hacia los prismáticos.
—¿Qué ha
pasado?
—No lo he
visto —respondió el mayor.
Jabu
reapareció a unos metros, convertido apenas en una mancha blanca entre los
destellos del sol. Volvió a desaparecer y apareció más cerca del cabo. Para
quienes miraban desde lejos, su movimiento era una secuencia de imágenes
incompletas: aquí, allá, junto a una roca, en mitad de la llanura, delante del
soldado.
El cabo giró
el arma, pero Jabu ya estaba frente a él.
—Se acabó
—dijo el santo.
Le dio una
bofetada con el dorso de la mano. El golpe hizo girar al cabo y lo dejó
inconsciente antes de que tocara el suelo.
Jabu se
quedó inmóvil junto a él y miró a los demás soldados.
—¡No se
acerquen! —gritó el mayor desde el altavoz.
—No pensaba
hacerlo —respondió Jabu, levantando las manos—. Solo quería que entendieran que
puedo llegar hasta ustedes antes de que disparen.
En el
auricular, Tatsumi exhaló con fuerza.
—Eso ha
sido… bastante claro.
Jabu miró al
cabo tendido en la hierba.
—¿Está bien?
—El equipo
médico ya va hacia él.
—Bien. No
quería romperle nada.
La capitana
seguía mirando la planicie, sin apartar los prismáticos de Jabu.
—¿Cuánto
tardó en cruzar esa distancia?
—No lo sé
—dijo el mayor—. Las cámaras lo perdieron.
—Entonces
vuelva a revisar la grabación.
El mayor
miró la pantalla donde la silueta blanca de Jabu aparecía, desaparecía y
reaparecía en una sucesión de destellos.
—Creo que
vamos a necesitar cámaras más rápidas.
El siguiente
intento no fue parte del ejercicio.
Un oficial
que observaba desde la línea de tiro llevaba varios minutos escuchando
explicaciones sobre santos, armaduras sagradas y reliquias de una religión
pagana. Al final, perdió la paciencia. Levantó su pistola de bajo calibre y
disparó sin esperar una orden.
—¡Oficial,
no dispare! —gritó la capitana.
Bang. Bang.
Bang.
Los
estampidos se sucedieron cada vez más deprisa. Las balas volaron hacia Jabu,
pero algo extraño ocurrió antes de alcanzarlo. A cada metro, parecían avanzar
más despacio; su fuerza se apagaba poco a poco, como si el aire se hubiera
vuelto espeso. Una tras otra, chocaron contra la Cloth y cayeron inofensivas
sobre la hierba.
Jabu sonrió.
—¿Has oído
hablar de la paradoja de Aquiles y la tortuga?
El oficial
dejó de disparar, con la pistola aún levantada.
—¿Qué?
—Aquiles
corre mucho más rápido que una tortuga, pero si le da ventaja, primero tiene
que llegar al punto donde ella estaba. Y para eso, según la paradoja, debe
recorrer la mitad de la distancia… y luego la mitad de lo que queda… y luego la
mitad otra vez. —Jabu señaló una de las balas caídas—. Parece que tus balas
están teniendo el mismo problema.
En la loma,
el teniente apretó el comunicador.
—Aquí puesto
de observación. Confirmo que la armadura resiste el fuego de bajo calibre.
Repito: el objetivo está blindado.
—¿El oficial
tenía autorización para disparar? —preguntó la capitana.
—Negativo
—respondió el teniente—. Pero el primer impacto no le hizo nada.
El oficial
volvió a apuntar. Esta vez, Jabu no sonrió.
—¡Baje el
arma! —ordenó la capitana por el altavoz.
Bang.
La bala
golpeó a Jabu en el rostro. El casco protegía su cabeza, pero no le cubría las
mejillas ni la frente. Aun así, no hubo sangre ni herida. La bala rebotó y cayó
al suelo.
El teniente
miró la pantalla, incrédulo.
—Impacto
directo en el rostro. Sin lesión visible.
—¿El casco
tiene alguna protección oculta? —preguntó alguien desde el centro de control.
—Negativo.
La Cloth no le cubre esa zona.
Jabu se tocó
la mejilla, más sorprendido que herido.
—Eso sí
estuvo mal.
—¡Oficial,
suelte el arma ahora mismo! —rugió la capitana.
El hombre
vaciló. Jabu dio un paso hacia él, despacio, con las manos abiertas.
—No quiero
hacerte daño. Pero no vuelvas a disparar.
El oficial
bajó el cañón, aunque sus dedos seguían tensos alrededor de la empuñadura.
El teniente
volvió a hablar por el comunicador:
—Parece que
las placas emiten algún tipo de campo que reduce la energía de los proyectiles.
No puedo confirmarlo con los datos disponibles. Espero órdenes. El senador de Texas entró en la sala de mando con una taza de
café de carga triple. Era un ranchero corpulento, de sombrero gastado y corbata
impecable, famoso en el Senado por defender la ganadería texana y citar a los
griegos antiguos con la misma soltura con que hablaba de rodeos.
—¿Ya
comenzaron? —preguntó, acercándose a las pantallas.
—La prueba
oficial, sí —respondió el presidente Marco Dorio—. Lo demás fue una iniciativa
personal de uno de nuestros oficiales.
El senador
miró la imagen congelada de Jabu, con la armadura brillante y el rostro intacto
después del disparo.
—¿Una
iniciativa personal? Qué manera tan elegante de decir que alguien perdió la
cabeza.
Al otro lado
de la mesa estaba Saori Kido, radiante incluso bajo la luz fría de las
pantallas. El senador la saludó con una inclinación afectuosa de la cabeza. La
conocía desde que era niña: era la hija adoptiva de su viejo amigo Mitsumasa.
—Señorita
Kido —dijo—, espero que su guardián no haya salido lastimado.
—Está bien,
senador. Y no es mi guardián. Es uno de mis santos.
El tejano
miró la imagen otra vez y tomó un sorbo de café.
—Entiendo.
Aunque, si no le molesta, creo que la mayoría de mis colegas necesitará una
explicación más larga que esa.
—La
recibirán —dijo Saori—. Pero primero deben ver lo que ha ocurrido.
El
presidente apoyó las manos sobre la mesa.
—Ya lo
vieron. Un joven con una armadura extraña esquivó una ráfaga y recibió un
disparo en la cara sin sufrir daño. Lo que todavía no sabemos es qué significa
eso para este país.
—Significa
que nuestras armas no bastan para explicar lo que tenemos delante —dijo Saori—.
Y que el mundo ya no puede fingir que los santos no existen.
El senador
dejó la taza junto a una carpeta y observó a la joven con una mezcla de afecto
y preocupación.
—Mitsumasa
siempre tuvo debilidad por los planes difíciles, señorita Kido. Pero esto
parece una forma bastante intensa de pedirle permiso al Congreso.
—No he
venido a pedir que crean en mí —respondió Saori—. He venido a darles una
prueba.
En la
pantalla, Jabu seguía de pie en medio de la planicie, rodeado de soldados que
aguardaban nuevas órdenes. El presidente Dorio contempló la imagen unos
segundos más.
—Entonces
veamos qué más puede hacer su santo.
La segunda
prueba comenzó con fusiles de asalto a media y corta distancia. Los soldados
avanzaron en grupos, cerrándole el paso desde varios flancos. Jabu apenas tuvo
tiempo de pensar que aquello se parecía menos a una evaluación y más a una
ejecución.
—¡Fuego!
—ordenó el mayor.
Los disparos
estallaron a su alrededor. Las balas golpearon la Cloth y rebotaron una tras
otra, levantando destellos sobre las placas. Jabu no se movió. Su rostro,
visible bajo el casco, conservaba una leve sonrisa.
—El objetivo
no intenta esquivar —informó el teniente por el comunicador—. Repito: no
intenta esquivar. Los proyectiles rebotan contra la armadura.
En la sala
de mando, el presidente Dorio se inclinó hacia las pantallas.
—¿Esto
también forma parte de la prueba?
Saori no
apartó la vista de Jabu.
—La prueba
consiste en que él muestre lo que puede hacer. Pero no voy a permitir que lo
traten como un blanco indefenso.
La voz de
Tatsumi llegó por el auricular:
—Jabu,
tienes permiso para derribarlos. Sin causarles heridas graves.
Jabu suspiró
mientras otra ráfaga repiqueteaba contra su armadura.
—Por fin.
Una
llamarada de luz y energía envolvió su cuerpo. No lo consumió ni dañó la hierba
bajo sus pies; se ciñó a la Cloth como una llama viva, ondeando alrededor de
sus hombros y brazos. Los soldados vacilaron.
—¿Qué es esa
luz? —gritó uno.
—¡Mantengan
la formación! —ordenó su sargento.
Jabu dio un
paso al frente. Entonces, una ráfaga de aire y arena apareció de la nada. El
viento barrió la planicie y se extendió entre los soldados como la lengua de un
tornado del desierto. Los hombres perdieron pie, chocaron unos con otros y
cayeron sobre la hierba, mientras sus fusiles saltaban de sus manos.
En cuestión
de segundos, el ruido de los disparos cesó. La arena se asentó alrededor de
Jabu, que seguía en pie, ileso.
—Todos abajo
—dijo, mirando a los soldados caídos—. ¿Alguien necesita ayuda?
El teniente
respondió por el comunicador, todavía sorprendido:
—La unidad
está fuera de combate. Sin heridos graves, hasta donde podemos ver.
Jabu volvió
a suspirar.
—Bien.
Entonces, ¿ya terminamos?
En la sala
de mando, el senador texano levantó su taza de café.
—Si esto es
solo una demostración, señorita Kido, no me gustaría ver qué consideran ustedes
una batalla.
Saori
observaba la transmisión sin pestañear. La luz azulada de las pantallas le
perfilaba el rostro, pero no suavizaba la seriedad de su expresión. Quienes la
conocían sabían que, cuando se quedaba así de quieta, con la espalda recta y
los labios apenas tensos, era mejor no poner a prueba su paciencia. Aun así, se
acomodó un mechón detrás de la oreja antes de volverse hacia el presidente
Dorio.
—Para que
esto fuera algo serio se necesitaría un bombardeo estratégico, señor
presidente.
Durante un
instante, nadie dijo nada. Luego el senador texano soltó una carcajada, y la
risa se propagó alrededor de la mesa. Incluso Dorio sonrió, aunque enseguida
volvió a mirar las pantallas, donde Jabu seguía de pie en medio de la planicie.
A su alrededor, los soldados se levantaban con cautela, sacudiéndose el polvo
de los uniformes y recuperando sus armas.
—Espero que
no esté sugiriendo que lo comprobemos, señorita Kido —dijo Dorio.
—Por
supuesto que no —respondió Saori—. Solo intento explicar la escala del
problema.
La prueba
siguiente se preparó en una elevación rocosa al borde del campo. Un tirador se
tendió detrás de un rifle antitanque y ajustó el arma con paciencia. El cañón
largo y oscuro apuntaba hacia Jabu; junto a él, el equipo de apoyo comprobaba
la posición y repasaba las instrucciones. A través de los altavoces llegaron
las órdenes del mayor, secas y formales. La distancia parecía enorme, pero Jabu
podía oír hasta el roce de la manga del francotirador contra la tierra.
—¿De verdad
van a usar eso? —preguntó por el comunicador.
—Es la
última prueba —contestó Tatsumi—. Mantén la posición.
Jabu miró el
arma en la loma. La Cloth del Unicornio brillaba bajo el sol, blanca y
plateada, mientras el viento agitaba la hierba a su alrededor.
—Lo dices
como si pudieras obligarme a moverme.
—No
empieces, Jabu.
—No he
empezado. Estoy esperando.
En la sala
de mando, el senador dejó su taza sobre la mesa. El presidente Dorio cruzó los
brazos, y Saori permaneció inmóvil, con la mirada fija en la imagen ampliada
del muchacho.
—¿Está listo
el tirador? —preguntó el mayor.
—Listo
—llegó la respuesta por el canal militar.
El disparo
sacudió la planicie con un estruendo seco. La bala cruzó el espacio en una
línea oscura, pero no llegó a tocar a Jabu. Él levantó la mano y la detuvo
contra la punta del dedo índice. Por un instante, la sostuvo allí, suspendida
entre el metal de la armadura y su piel. Luego la dejó caer. El proyectil
golpeó una piedra y rodó hasta perderse entre la hierba.
El tirador
se quedó inmóvil junto al rifle.
—¿Impacto
confirmado? —preguntó el mayor.
—No hubo
impacto —contestó alguien desde la sala de mando.
—Sí lo hubo
—dijo el francotirador—. Lo detuvo con el dedo.
Jabu
desapareció antes de que alguien pudiera darle otra orden. La cámara apenas
captó un destello blanco que cruzó la pantalla. Un segundo después, estaba
junto al tirador, tan cerca que el hombre se sobresaltó y se sentó de golpe.
Jabu alzó la mano y le dio tres golpecitos en el casco.
—Toc, toc,
toc.
El
francotirador se lo quitó despacio. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión
de derrota que pronto se convirtió en una sonrisa.
—Sí, ya
perdí la apuesta —dijo, mirando a sus compañeros—. ¿Quieres café fuerte o
descafeinado, Jabu?
—En
Marruecos solo hay una forma decente de beber café —respondió Jabu—: fuerte.
Como un hombre de verdad.
El senador
texano levantó su taza de carga triple en dirección a la pantalla.
—Ese
muchacho va a caerme bien.
Saori no
sonrió. Seguía observando a Jabu, que ahora ayudaba al tirador a ponerse de
pie. La prueba había terminado, pero el silencio de la sala tenía otro peso: ya
no era el silencio de quienes dudaban de lo que estaban viendo, sino el de
quienes empezaban a comprender que las viejas historias podían estar caminando
entre ellos.
La última
prueba aguardaba en el extremo de la planicie. Un tanque Abrams había sido
colocado frente a Jabu, con sus orugas hundidas en la tierra y el cañón de 120
milímetros apuntando hacia él. La torreta giró despacio, siguiendo cada uno de
sus movimientos. El estruendo del motor se mezclaba con el murmullo del viento
y el zumbido distante de los helicópteros que vigilaban el ejercicio.
En la sala
de mando, el secretario de Guerra se inclinó sobre la pantalla.
—¿De verdad
vamos a disparar el cañón principal?
—Esa es la
última prueba —respondió el mayor.
—Espero que
el tanque esté asegurado.
El
presidente Dorio seguía a Jabu en la transmisión, serio y pensativo. Saori no
apartaba los ojos de la pantalla.
—Jabu —dijo
Tatsumi por el comunicador—. Esta prueba es distinta. Si crees que no puedes
detener el proyectil, apártate.
—¿Y perderme
el final? —respondió el joven—. No, gracias.
Desde el
vehículo llegó la orden de disparo. El cañón rugió y el proyectil cruzó la
planicie con una fuerza brutal. Jabu levantó la mano derecha. El impacto lo
hizo retroceder y levantó una nube de polvo a su alrededor; por un instante, su
silueta desapareció bajo el estruendo y el humo.
—¡Jabu!
—gritó Tatsumi.
El polvo se
abrió.
Jabu seguía
en pie. Su brazo derecho estaba extendido, rodeado por una luz que palpitaba
como una llama blanca. La fuerza del disparo había detenido su avance, pero no
había podido atravesar el cosmo que lo protegía. Jabu apretó los dientes, giró
el hombro y descargó contra el tanque la energía que había contenido.
El metal
gimió. La torreta se estremeció, se desprendió de su anclaje y quedó retorcida,
abierta por un costado como una lata de sardinas. Jabu se acercó al blindado y
se asomó por la abertura. Los tripulantes lo miraban boquiabiertos, atrapados
entre el metal deformado y sus propios cinturones de seguridad.
—¿Están
bien? —preguntó.
Uno de los
soldados parpadeó.
—Creo que
sí.
—Me alegro.
—Jabu les tendió una mano—. Ya saben que perdieron la apuesta, ¿no?
El capitán
de la tripulación se soltó el cinturón y aceptó la ayuda para salir.
—Sí. Los
tragos van por mi cuenta esta noche.
En la sala
de mando, el secretario de Guerra se había puesto de pie.
—¿Tiene idea
de cuánto cuesta un Abrams?
—La
Fundación Kido cubrirá los daños —dijo Saori.
—No me
refiero solo a la torreta, señorita Kido. Ese tanque ya no va a volver al
servicio.
—Lo
entiendo. Y pagaré por él.
El
secretario apretó los labios, todavía mirando los restos del vehículo. A su
alrededor, nadie se reía ya. Las pantallas mostraban las armas empleadas
durante la prueba: fusiles, munición de bajo calibre, un rifle antitanque y,
por último, el cañón del Abrams. Ninguna había conseguido herir a Jabu. Algunas
apenas habían logrado obligarlo a moverse.
El
presidente Dorio se volvió hacia Saori.
El presidente Dorio se
volvió hacia Saori. La risa de hacía unos minutos se había extinguido; ahora,
en la sala de mando, solo se oía el zumbido de los equipos y las voces apagadas
de los técnicos que seguían revisando las imágenes del tanque. En una de las
pantallas, Jabu se alejaba de la torreta destrozada mientras los soldados lo
rodeaban, todavía aturdidos.
—Así que es verdad —dijo
Dorio—. Mitsumasa Kido conocía una organización capaz de preparar a jóvenes
para enfrentarse a algo como esto. ¿Cómo pudo llegar hasta ella? ¿Y por qué
nunca escuchamos hablar de ella?
Saori sostuvo su mirada. No
parecía sorprendida por la pregunta, aunque algo en su expresión se volvió más
grave.
—Las notas que dejó mi
abuelo son fragmentarias. Muchas parecen registros de viajes, excavaciones y
objetos que él intentaba identificar. Durante años, debió de pensar que estaba
reconstruyendo la historia de una orden desaparecida. En realidad, estaba siguiendo
sus huellas.
—¿Y consiguió encontrarla?
—preguntó el presidente.
—Hace catorce años logró
contactar con algunos de sus miembros. No sé cuánto alcanzó a descubrir antes
de morir. Por lo que pudo averiguar, se trata de una orden cuasirreligiosa. Sus
integrantes han jurado proteger al mundo.
El secretario de Guerra miró
de reojo la imagen de Jabu.
—¿Protegerlo de qué?
Saori dejó pasar un
instante. A través de las pantallas, la luz azul le dibujaba sombras suaves en
el rostro. Cuando respondió, su voz apenas se elevó por encima del murmullo de
la sala.
—De los dioses…
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