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A los quince días de las Kalendas de Julio, año 1217 desde la fundación de la Ciudad.
Desde Tolosa, capital del reino federado de los godos.
A Su Excelencia, el muy ilustre y victorioso Flavio Aecio, Agricola Reipublicae, Patricius, Magister Militum Emeritus y columna moral del Occidente.
Excelentísimo señor:
Con el debido temor reverencial ante vuestra grandeza, me permito elevar esta carta para informaros de ciertos asuntos concernientes al joven Juliano Aeciano, cuya educación ha sido confiada a esta corte con el propósito de perfeccionar su instrucción ecuestre y diplomática. Vuestra Excelencia sabe que jamás me atrevería a escribir palabra alguna que no respondiera a mi deber; por ello, ruego que interpretéis lo que sigue no como censura, sino como advertencia prudente.
El muchacho, cuyo ingenio y vivacidad nadie puede negar, ha comenzado a inclinarse con excesivo fervor hacia las costumbres de los godos entre los que reside. Vístese ya con mantos bárbaros, luciendo broches y ornamentos propios de esta gente, relegando la túnica romana solo para los actos solemnes. Habla su lengua con una soltura que sorprende incluso a los jefes locales, al punto de que nuestros instructores deben esforzarse para que no olvide la disciplina del latín. En los banquetes se sienta entre jóvenes príncipes, imitando sus bravuconadas y juegos de fuerza, y en ocasiones corteja a las doncellas de la corte con un desenfado que, aunque celebrado por ellas, poco conviene a su rango y a vuestra casa.
Sus días se inclinan más hacia la caza que hacia la lectura y, mucho antes de tomar los clásicos en las manos, toma las armas o monta sin silla, con esa audacia que admiran los bárbaros, pero que difícilmente puede considerarse parte del ideal romano que Vuestra Excelencia encarna. He procurado recordarle, con suavidad y firmeza, que está aquí no como hijo adoptivo de estas gentes, sino como representante de un linaje que aún resuena con honor en las legiones y en los salones del Senado.
Suplico a Vuestra Excelencia que me permita añadir una observación política de mayor gravedad. La lealtad del rey godo hacia Roma es menos firme de lo que aparenta. No se trata de perfidia manifiesta, sino de esa obediencia inestable que solo perdura mientras nuestros tributos y exigencias se mantienen livianos. Un aumento de impuestos, una revisión de las tierras federadas o cualquier gesto que estos pueblos consideren oneroso bastaría para quebrar su aparente fidelidad.
Y no puedo ocultar lo que aquí es voz constante: solo la autoridad personal de Flavio Ricimero contiene a esta corte dentro del marco romano. Su prestigio entre los godos es tal que, si su figura faltara o perdiera el favor del emperador, ninguna barrera se interpondría entre estas tribus inquietas y las fronteras de Italia. En ello, Excelencia, reside un peligro que muchos en la península ignoran o subestiman.
Que los dioses antiguos que acompañaron vuestras victorias y el Cristo que ahora ampara nuestras leyes sigan preservando vuestra vida y vuestro consejo para bien del Imperio.
Me declaro, con profunda humildad,
Marcelo Medolini
Preceptor romano en la Corte de Tolosa.
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