sábado, 26 de septiembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Aquiles no respondió

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La armería de la Domus de Ferrata permanecía iluminada por unas pocas lámparas de aceite, cuya luz incierta se estremecía sobre las paredes y arrancaba reflejos rojizos al bronce de las armas. Lanzas alineadas, escudos apoyados en perfecto orden, cascos, espadas y corazas ocupaban sus lugares con aquella disciplina casi religiosa que la casa imponía incluso a los objetos destinados a matar. Al fondo, dominando la estancia desde un pedestal de piedra oscura, se levantaba la estatua del divino Aquiles, una pieza antigua y extraordinariamente costosa cuyo cuerpo de marfil pálido parecía adquirir una cualidad casi humana bajo el temblor de las llamas. El yelmo, la coraza, las grebas y la espada eran de bronce auténtico, trabajados por un artesano que había comprendido algo esencial acerca del héroe: Aquiles no debía parecer hermoso, sino terrible. Desde aquella altura contemplaba la habitación con la serenidad imposible de quien ya conocía su destino y había aceptado de antemano el precio de la gloria.

Frente a él se encontraba Marco Aeciano, un niño de diez años que, bajo la mirada inmóvil del héroe, parecía todavía más pequeño de lo que era.

Permanecía de pie, con los brazos caídos a los lados y el cuerpo tan inmóvil que habría podido confundirse con otra estatua si no fuera por la sangre. Una línea roja descendía desde algún punto muy próximo a su ojo derecho, atravesaba lentamente la mejilla y llegaba hasta la mandíbula antes de desprenderse y manchar el cuello de la túnica. Marco no lloraba, no se llevaba una mano a la herida y ni siquiera parpadeaba con normalidad. Se limitaba a mirar a Aquiles con una atención absoluta, como si todo cuanto existiera fuera de aquella figura de marfil y bronce hubiera dejado de importarle.

Cualquiera que hubiese entrado en la armería habría esperado encontrar miedo, dolor, rabia o, cuando menos, el esfuerzo infantil por contener el llanto después de haberse hecho daño. Sin embargo, en el rostro de Marco no había ninguna de esas cosas. Tampoco podía llamarse valentía, porque la valentía exigía la existencia previa del miedo, y aquello parecía pertenecer a una categoría distinta y mucho más inquietante. Había en sus ojos una ausencia tan completa que daba la impresión de que, detrás de ellos, no quedaba nadie.

Una gota de sangre cayó sobre la piedra, y el pequeño sonido se perdió entre las armas y las bóvedas de la estancia. Poco después cayó otra.

Marco inclinó apenas la cabeza, contemplando el rostro marfileño del héroe como si esperara que aquel muerto de hacía más de mil años terminara de explicarle algo que los vivos nunca habían sabido enseñarle. Aquiles había recibido, según contaban los poetas, la elección que ningún hombre debería recibir: una vida larga y oscura, o una vida breve cuya gloria sobreviviría a los siglos. Marco llevaba demasiado tiempo pensando en aquello, demasiado incluso para un niño de diez años al que todos consideraban lento para comprender las cosas más sencillas.

El padre Severiano, mientras tanto, llevaba demasiado tiempo recorriendo la Domus de Ferrata.

—¡Marco! ¡Marco Aeciano!

Su voz había atravesado el atrio, los corredores de servicio, las cocinas y las escaleras que comunicaban las distintas plantas de la residencia. Dos esclavos habían recibido ya una reprimenda por no saber dónde se encontraba el niño; un tercero había sido enviado a registrar los jardines, y Severiano, cada vez más irritado, había terminado descendiendo hacia las dependencias inferiores mientras refunfuñaba contra la manifiesta incapacidad de una casa llena de criados para conservar a un muchacho dentro de sus paredes.

—Increíble, absolutamente increíble. Una casa llena de sirvientes y nadie sabe dónde está un niño de diez años. Y tú... ¿Cómo demonios consigues perderte, muchacho, si tardas medio día en encontrar tus propias sandalias?

No había verdadera crueldad en aquellas palabras. Marco siempre había sido considerado un niño lento: tardío para hablar, torpe para responder cuando le formulaban preguntas sencillas y desesperantemente ausente durante las lecciones. Si alguien le preguntaba cuánto eran tres y dos, podía quedarse mirando la mesa durante tanto tiempo que el interlocutor terminaba respondiendo por él. Severiano había llegado a aceptar, con esa mezcla de afecto y resignación que reservaba para el pequeño Aeciano, que quizá Marco jamás destacaría por su entendimiento.

Entró finalmente en la armería y lo vio de espaldas, diminuto ante la gran estatua criselefantina de Aquiles. El primer sentimiento que experimentó fue alivio; el segundo, casi de inmediato, irritación.

—¡Marco! ¡Por todos los santos, muchacho! ¿Se puede saber qué haces aquí? Llevamos buscándote por media casa y, naturalmente, cuando por fin apareces estás contemplando a un pagano medio desnudo en vez de aprender la vida de algún buen santo cristiano. Tenemos a san Martín, a san Lorenzo, a san Sebastián... aunque, pensándolo mejor, quizá Sebastián tampoco sea el mejor ejemplo si vas a quedarte mirando armas.

Marco no respondió.

—Marco.

El sacerdote avanzó unos pasos y esperó, pero el niño siguió sin reaccionar.

—Hijo, cuando alguien te habla debes...

Severiano llegó a su lado y las palabras murieron en su boca.

La sangre había alcanzado ya el cuello de la túnica. Solo entonces distinguió también las pequeñas gotas oscuras sobre las losas y comprendió que aquello que desde la entrada había tomado por una sombra era una línea roja que nacía peligrosamente cerca del ojo derecho del muchacho. Toda la irritación desapareció de su rostro.

—Marco...

Se agachó de inmediato, le sostuvo con cuidado la barbilla y volvió su rostro hacia la luz.

—Mírame. Vamos, pequeño, mírame.

La sangre parecía proceder del ojo o de algún punto demasiado próximo a él para tranquilizarlo. Severiano palideció.

—Dios misericordioso... ¿Qué te ha pasado?

Marco permitió que lo examinara sin ofrecer resistencia. No lloró cuando los dedos del sacerdote rozaron su mejilla, no hizo una mueca y ni siquiera pareció particularmente interesado en el hecho de estar sangrando. Aquella pasividad, que en cualquier otro momento habría parecido una de sus habituales ausencias, comenzó a producir en Severiano un miedo mucho más profundo que la propia herida.

—Marco, ¿puedes verme?

Al tocarle la frente comprendió que algo estaba terriblemente mal. El niño ardía. No era el calor de alguien que hubiese corrido o permanecido demasiado tiempo encerrado en una habitación sin aire, sino una fiebre seca y abrasadora, como si algo hubiese prendido dentro de su cuerpo.

—Marco...

Los ojos del pequeño intentaron enfocarlo. Durante un instante pareció reconocerlo, pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna las piernas dejaron de sostenerlo.

—¡Marco!

Severiano alcanzó a sujetarlo antes de que la cabeza golpeara las losas y cayó de rodillas con él entre los brazos. El cuerpo del muchacho quedó completamente flojo, la cabeza vencida hacia atrás, mientras la sangre que descendía junto al ojo derecho manchaba la manga del sacerdote.

—¡Auxilio! —rugió hacia el corredor—. ¡Aquí! ¡Que venga alguien!

Su voz retumbó entre las bóvedas de piedra. Durante unos segundos que le parecieron interminables no obtuvo respuesta, y Severiano acercó el oído a la boca del niño. Marco respiraba, pero lo hacía con una rapidez alarmante.

—Vamos, pequeño... Vamos, Marco. Despierta.

Le dio unas palmadas suaves en la mejilla, sin obtener más respuesta que un movimiento involuntario de los párpados. Entonces oyó pasos precipitados y dos esclavos aparecieron corriendo por el corredor, uno de ellos todavía con un candil en la mano.

—¡Padre!

—¡No os quedéis ahí mirando! ¡Ayudadme!

Uno de los hombres se agachó inmediatamente.

—Con cuidado con la cabeza. Está ardiendo en fiebre. Tenemos que subirlo.

El segundo esclavo miró hacia las bifurcaciones del corredor, desconcertado.

—¿Por dónde, padre?

Severiano giró la cabeza y descubrió, con creciente desesperación, que tampoco estaba completamente seguro. Había descendido buscando a Marco por una escalera secundaria y después había atravesado tantos corredores que aquella parte inferior de la casa se le había convertido en un laberinto.

—¡Buscad la escalera principal!

—Creo que es por allí.

—¡No creas! ¡Mira!

El esclavo echó a correr, mientras Severiano levantaba a Marco con ayuda del otro. El muchacho pesaba sorprendentemente poco. Su cabeza quedó apoyada contra el pecho del sacerdote y el contacto hizo todavía más evidente el calor insoportable que desprendía.

—¡Menas! —gritó Severiano mientras avanzaban—. ¡Que alguien busque a Menas! ¡Al médico!

Desde alguna dependencia llegó una respuesta confusa que no consiguió entender.

—¡¿Qué?!

La respuesta fue todavía menos inteligible.

—¡Menas Diodoro, pedazo de animal! ¡Buscad a Menas! ¡El niño está enfermo!

Ahora sí comenzó el movimiento por toda la planta inferior. Se abrieron puertas y aparecieron criados desde almacenes, cocinas y dependencias de servicio. Un hombre salió todavía con un cuchillo en la mano; otro preguntó qué había ocurrido y recibió como única respuesta un furioso «¡apártate!» mientras Severiano avanzaba con el pequeño entre los brazos.

Entonces Marco se estremeció.

La primera contracción fue tan súbita que Severiano estuvo a punto de perderlo. El cuerpo entero del niño se tensó durante un instante y luego volvió a aflojarse.

—¡Marco!

Llegó un segundo espasmo, más violento que el primero. Severiano tuvo que detenerse para sujetarlo mejor, y al mirar su rostro vio que ahora también comenzaba a brotar sangre de la nariz. Un hilo mucho más fino apareció junto a uno de los oídos.

—Jesucristo misericordioso...

—¡Padre! —gritó alguien desde más adelante—. ¡Por aquí! ¡La scala descendens! ¡Por aquí se sube!

Severiano corrió hacia la escalera.

—¡Que Menas esté arriba cuando lleguemos!

Y comenzó a subir con toda la rapidez que le permitía el peso del niño.


Marope avanzaba por otro de los corredores junto a Livia, con aquel paso contenido que había aprendido muchos años atrás, cuando todavía caminar deprisa dentro de una casa habría parecido impropio de una muchacha de su condición. Livia, en cambio, tenía que acelerar cada pocos pasos para mantenerse a su lado.

—No entiendo cómo pudo perderse —comentó Marope—. El pequeño Marco apenas se aparta de su madre y, cuando ella no está, siempre anda detrás de alguien conocido.

—Quizá se escondió.

Marope volvió ligeramente la cabeza.

—Marco no se esconde.

—Los niños se esconden.

—Los otros niños.

Livia hizo una mueca, porque aquello era difícil de discutir. Marco Aeciano era dócil hasta extremos que en ocasiones resultaban incómodos. Si le decían que esperara sentado, esperaba; si le ordenaban quedarse en una habitación, podía permanecer allí tanto tiempo que alguien terminaba teniendo que acordarse de regresar por él. Rara vez hacía preguntas y todavía más raramente desobedecía.

Había, sin embargo, otra cosa que nadie decía delante de Valeria, ni delante del padre del niño, el hijo de Flavio Aecio, y mucho menos en presencia del propio Marco.

Todos pensaban que era retrasado.

Los médicos podían hablar de desarrollo tardío, los sacerdotes recomendar paciencia y algún adulador particularmente creativo descubrir en sus silencios una naturaleza contemplativa, pero entre quienes lavaban su ropa, le servían la comida y habían visto crecer a otros niños, la conclusión era mucho menos elegante. A los diez años comprendía tarde, hablaba poco, parecía perderse en conversaciones sencillas y podía permanecer una eternidad contemplando cualquier objeto con aquella expresión ausente.

Ni siquiera la sucesión de la familia dependía de él. Había nacido después de tres hermanos varones y tenía además una hermana, Flavia, apenas un año mayor. Ocupaba por ello una posición extraña dentro de la numerosa descendencia de Valeria y del hijo de Flavio Aecio: demasiado bien nacido para que nadie pudiera tratarlo abiertamente como al simple de la familia, pero suficientemente alejado de la sucesión como para que sus aparentes limitaciones no constituyeran todavía una catástrofe dinástica. Un niño campesino habría cargado desde los cinco años con algún apodo cruel; a un Aeciano nadie se atrevía a ponérselo.

—Yo digo que es castigo de Dios —murmuró Livia.

Marope se detuvo.

—¿Qué has dicho?

Livia miró instintivamente hacia ambos extremos del corredor antes de acercarse.

—Pues eso. Por toda la gente que su abuelo mandó a...

—Livia.

Marope no levantó la voz y precisamente por eso la muchacha calló.

—No termines esa frase.

—Pero todo el mundo sabe lo que hizo Flavio Aecio...

—Todo el mundo sabe muchas cosas hasta que alguien pregunta quién las dijo primero.

Livia bajó la mirada.

—Dios castiga los pecados de los padres.

—Hace un momento dijiste del abuelo.

—Bueno... de los antepasados.

—Ah. Mucho mejor. Ahora has conseguido condenar a toda la familia.

Livia cerró la boca y Marope reanudó la marcha.

—Será mejor que dejes que Dios lleve sus propias cuentas. No necesita que tú se las revises, y mucho menos en los corredores de la casa de la familia sobre la que estás hablando. Además, Marco nunca te ha hecho nada.

—No.

—Nunca ha golpeado a un esclavo.

—No.

—Nunca te ha denunciado cuando rompes algo.

Livia frunció el ceño.

—Eso fue una vez.

—Fueron tres.

—Dos.

—Tres.

—La jarra ya estaba rajada.

Marope estuvo a punto de responder cuando un grito procedente de las dependencias inferiores atravesó la casa.

—¡QUE BUSQUEN A MENAS!

Ambas mujeres se detuvieron.

Un segundo grito llegó desde abajo.

—¡EL MÉDICO! ¡QUE VENGA MENAS!

La expresión de Marope cambió de inmediato.

—Marco.

Y echó a correr.


Dentro de la conciencia del niño, un punzón de dolor pareció partirle el cráneo en dos.

Miles de imágenes, voces, palabras y recuerdos que no podían pertenecer a una sola vida atravesaron su mente al mismo tiempo, como una tempestad incapaz de encontrar salida. La sangre le corría por la nariz y los oídos mientras el mundo se curvaba alrededor de su conciencia, deformado por un dolor para el cual no poseía palabras. Sin embargo, en medio de aquel caos de sonidos, formas y conceptos, algo comenzó lentamente a ordenarse.

Las palabras que hasta entonces habían sido ruido adquirieron estructura. El latín —duro, antiguo y separado de él por siglos imposibles— dejó de resultarle extraño. Sus declinaciones, sonidos, construcciones y significados se acomodaron dentro de su pensamiento con una naturalidad aterradora, como si siempre hubieran estado allí y alguien acabara de abrir una puerta que los mantenía encerrados.

No recordaba cuál había sido su lengua original.

Tampoco recordaba su nombre, su rostro ni el lugar donde había nacido.

Pero sabía cosas.

Sabía que la Tierra giraba alrededor del Sol; sabía qué eran una bacteria, un átomo, un transistor y una red neuronal. Sabía que Constantinopla caería y que existían continentes cuya presencia aquellos hombres ni siquiera sospechaban. Comprendía el principio de una máquina de vapor y sabía por qué una herida podía pudrirse aunque ningún demonio hubiese entrado en ella. Poseía conocimientos que ningún hombre de aquel mundo habría podido reunir en diez vidas y, sin embargo, no lograba recordar quién los había aprendido.

Solo una fecha permanecía intacta en medio de las ruinas de aquella identidad.

Su memoria alcanzaba hasta el año 2065 después de Cristo.

Dos mil sesenta y cinco.

La cifra apareció en su conciencia con una claridad monstruosa, y luego todo volvió a hundirse en la oscuridad.


Muy lejos de aquella mente que se quebraba y recomponía dentro del cráneo de Marco, Menas Diodoro se encontraba ocupado con problemas considerablemente más agradables.

El ala que utilizaba como enfermería estaba separada de las habitaciones privadas de los Aecianos. Allí tenía sus dependencias, un pequeño almacén de drogas, una estancia destinada a preparar remedios y varias habitaciones con jergones que servían como clínica para los esclavos, libertos y trabajadores de la casa. Cortes profundos, fracturas, quemaduras de cocina, accidentes de los talleres, fiebres y partos difíciles terminaban tarde o temprano bajo su supervisión. Aquella noche, sin embargo, reinaba una tranquilidad excepcional.

Sobre una mesa descansaba un paquete envuelto en lino que Menas llevaba varios minutos desenvolviendo con una delicadeza impropia de un hombre que podía amputar un dedo sin modificar el tono de voz.

Había esperado aquello durante casi dos años.

—Viejo condenado... Dos años.

El «Viejo de la Montaña» no vivía en ninguna montaña. Era el nombre medio burlón, medio afectuoso, con el que Menas se refería a Flavio Aecio, retirado en la torre de la propia Domus de Ferrata. Dos años antes le había pedido que aprovechara sus contactos, corresponsales y aquella extraordinaria red de antiguos subordinados que todavía respondían a su nombre para conseguirle un ejemplar decente de la obra de Pedanio Dioscórides.

Y Aecio, naturalmente, había tardado dos años.

Menas retiró finalmente la cubierta protectora.

—De materia medica...

Pasó los dedos sobre el códice con una delicadeza que rara vez concedía a los seres humanos. No era un tratado sobre las plantas del norte de Italia —tal obra regional, al menos en el sentido que Menas habría deseado, sencillamente no existía—, sino algo potencialmente mucho más útil: una copia de la gran obra farmacológica de Dioscórides enriquecida con anotaciones posteriores. Sus libros describían centenares de sustancias medicinales, muchas de origen vegetal, junto con preparados, efectos y venenos, y para un hombre encargado de mantener vivos a los habitantes de una propiedad del tamaño de Ferrata aquello constituía un pequeño tesoro.

Además, aquella copia poseía márgenes generosos.

Menas encontró anotaciones de varias manos: equivalencias entre nombres de plantas, observaciones prácticas y hasta indicaciones sobre los lugares donde ciertas especies podían encontrarse. Algunas notas parecían obra de médicos; otras poseían la brutal sencillez de quien había aprendido directamente en el campo.

Acercó la lámpara.

—Aconitum...

Frunció el ceño al leer una nota marginal.

—¿Quién escribió esta barbaridad?

Pasó el dedo sobre la línea y murmuró:

—Aecio, espero por tu bien que no hayas pagado demasiado por...

La puerta se abrió violentamente.

Menas levantó la cabeza y encontró a un esclavo jadeando en el umbral.

—Maestro Menas...

—¿Sabes para qué inventaron los golpes en las puertas?

—Es el señorito Marco.

Menas volvió los ojos hacia el códice.

—¿Qué le ocurre ahora?

—Se está muriendo.

El médico quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—¡El señorito Marco se está muriendo! El padre Severiano lo encontró abajo. Se desplomó, está ardiendo y sangra...

Menas cerró el libro.

—¿De dónde?

—Primero del ojo. Ahora también de la nariz y de un oído. Ha tenido espasmos.

Ya estaba de pie.

—¿Está consciente?

—No lo sé.

—Entonces averígualo mientras corres. ¿Adónde lo llevan?

—A su dormitorio. El padre Severiano viene subiendo con él.

Menas atravesó la estancia hacia un armario y comenzó a sacar vendas, paños, pequeños instrumentos y recipientes.

—Agua limpia, lino y braseros preparados. Manda a alguien delante de mí y que despejen la habitación del muchacho. Quiero luz, mucha, y que nadie le dé nada de beber mientras esté inconsciente.

El esclavo salió disparado.

—¡Y nada de vino! —gritó Menas detrás de él—. ¡Ni vinagre, ni miel, ni ninguna infusión de las cocineras!

La pequeña clínica despertó de inmediato. Dos esclavas que ayudaban habitualmente a Menas salieron de una habitación y un hombre con el brazo vendado se incorporó desde un jergón para averiguar qué ocurría. Entonces una voz retumbó desde el corredor exterior.

—¡MENAS!

Era Severiano.

Menas conocía al sacerdote desde hacía demasiado tiempo y jamás lo había oído gritar de aquella manera.

Tomó su bolsa y salió corriendo.

El códice quedó abierto sobre la mesa y, varias plantas por encima de él, Flavio Aecio, el hombre que había conseguido aquel libro después de dos años de espera, todavía ignoraba que uno de sus nietos estaba siendo llevado inconsciente hacia sus habitaciones.


Menas subió por la escalera occidental casi a la carrera, con la bolsa médica golpeándole la cadera a cada paso. Al alcanzar la planta superior destinada a la familia, emergió en el extremo occidental de la residencia, allí donde la arquitectura abandonaba el carácter funcional de los pisos inferiores y adquiría la solemnidad reservada a la intimidad de los Aecianos.

Desde aquel punto se extendía la galería superior, abierta hacia el gran atrio central. Más abajo podían distinguirse el jardín y la fuente, encuadrados por columnas, mientras la galería rodeaba aquel vacío como un claustro doméstico de mármol claro, balaustradas de piedra y corredores cubiertos por alfombras que amortiguaban las pisadas. Incluso corriendo, Menas apenas producía otro ruido que el tintineo de los pequeños recipientes guardados dentro de su bolsa.

Pasó junto al vestíbulo de la matrona, tras cuyas puertas se encontraban las habitaciones privadas de Valeria, y continuó hacia el dormitorio que originalmente había sido destinado a los hijos varones de la familia.

La puerta estaba abierta.

La estancia había sido concebida para varios muchachos y conservaba todavía la geometría de una pequeña comunidad que ya no existía: camas separadas, arcones, bancos y espacios personales distribuidos con una simetría que ahora resultaba casi melancólica. Allí dormía solamente Marco.

Su hermana Flavia ocupaba ya un cubiculum nobile propio en otra sección del ala familiar. Los hermanos mayores, en cambio, habían abandonado Ferrata a medida que alcanzaban la edad apropiada para ser educados bajo el patrocinio de personajes capaces de introducirlos en las grandes redes políticas y militares del Imperio. El primogénito había sido confiado a un magister militum, bajo cuya protección aprendía mando, administración militar, caballería y aquellas fidelidades personales sobre las que descansaba buena parte del poder romano. Otro había sido enviado mucho más lejos, a la corte de un rey godo, donde era al mismo tiempo pupilo, huésped aristocrático y, aunque nadie empleara una palabra tan desagradable, garantía humana de confianza entre poderosos.

Una tercera cama llevaba todavía más tiempo vacía. Su antiguo ocupante había muerto de fiebres en Siracusa mientras era educado bajo la tutela de uno de los grandes personajes vinculados a las posesiones y clientelas de los Aecianos en Sicilia.

Marco, en cambio, había permanecido en Ferrata.

Nadie había necesitado explicar demasiado por qué.

Era el pequeño dócil que seguía a su madre, el niño que necesitaba demasiado tiempo para comprender una instrucción, aquel al que ningún miembro de la casa llamaba retrasado porque llevaba sangre de los Aecianos, aunque casi todos lo pensaran. Mientras sus hermanos eran enviados a aprender junto a generales y reyes, nadie había encontrado todavía un destino conveniente para él, y así aquel dormitorio construido para varios hermanos había terminado convirtiéndose lentamente en suyo.

Menas apenas tuvo tiempo de contemplarlo, porque desde la galería llegó la voz desesperada de Severiano.

—¡MENAS!

El sacerdote apareció llevando al muchacho entre los brazos.

—Aquí —ordenó Menas mientras apartaba las mantas de la cama—. Ponlo aquí. Despacio, la cabeza primero.

Severiano entró casi tropezando, seguido por dos esclavos jadeantes. Marco parecía extraordinariamente pequeño entre sus brazos y todavía más cuando lo depositaron sobre el amplio colchón.

La tranquilidad de aquella planta desapareció de inmediato. Una esclava cruzó corriendo la galería con una jofaina de agua; otra fue enviada a buscar más lámparas y una tercera recibió la orden de avisar a Valeria. Las voces comenzaron a propagarse alrededor del atrio, pero Menas dejó de escucharlas en cuanto vio la sangre.

Severiano, pálido, buscó en su bolsa el pequeño recipiente que llevaba consigo.

—Tú ve aplicando esas aguas benditas y aceites sacros en la cabeza, si deseas —dijo Menas sin mirarlo—. Yo me encargo del resto.

—Es óleo santo.

—Entonces procura que el óleo santo no le entre en los ojos.

Severiano lo fulminó con la mirada, pero Menas ya había dejado de prestarle atención.

Su manera de trabajar tenía poco que ver con la imagen que muchos habitantes de la domus conservaban de un médico. Había pasado demasiados años junto a soldados abiertos por espadas, hombres aplastados por caballos y cuerpos consumidos por enfermedades de campamento para conceder demasiado valor a explicaciones invisibles cuando todavía quedaban hechos materiales por examinar. Había aprendido dentro de las tradiciones hipocrática y galénica, aunque su temperamento era marcadamente aristotélico: observar primero, comparar después y no afirmar jamás más de lo que los hechos permitieran sostener. Los dioses, los demonios y los santos podían esperar fuera hasta que hubiese terminado.

Su ateísmo constituía otro problema.

En cualquier otra casa habría aprendido a mantener la boca cerrada o habría terminado expulsado mucho tiempo atrás; en Ferrata podía permitirse insolencias que habrían destruido la carrera de otro hombre porque sobre él continuaba extendiéndose la protección personal de Flavio Aecio. Menas era perfectamente consciente de aquel privilegio y abusaba de él con considerable entusiasmo.

—Lámpara.

Un esclavo acercó una.

—Más cerca.

Menas sostuvo la mandíbula de Marco y observó primero su rostro. No comenzó por la sangre, sino por algo mucho más elemental: aproximó la mejilla a la boca y la nariz del niño y confirmó que respiraba; después apoyó los dedos primero en el cuello y luego en la muñeca, contando en silencio mientras observaba el movimiento del pecho.

—Pulso rápido. Respiración rápida.

Puso la palma sobre la frente, después sobre el cuello y el pecho.

—Fiebre intensa. ¿Cuándo comió por última vez?

Nadie respondió.

—Magnífico. Una casa capaz de alimentar a doscientos seres humanos y nadie sabe cuándo comió uno de sus hijos.

Abrió con suavidad el párpado izquierdo y acercó la lámpara para observar el ojo; luego apartó la luz y repitió el procedimiento. Hizo lo mismo con el derecho y, al comparar ambos, su expresión cambió apenas.

—Severiano, deja de untarlo un momento.

—Estoy rezando.

—Puedes rezar sin moverle la cabeza.

El sacerdote retiró las manos. Menas acercó otra vez la lámpara, comparó los ojos y pasó lentamente un dedo frente al rostro del muchacho, aunque Marco permanecía inconsciente. Después le abrió la boca, examinó lengua y encías, comprobó que nada obstruyera la garganta y olió su aliento.

—No huele a vino. Tampoco percibo vinagre ni ninguna de las preparaciones habituales.

—¿Crees que lo envenenaron?

—Creo que todavía no sé qué ocurrió. Es una diferencia que deberías enseñar alguna vez en tus sermones.

Pasó entonces a la cabeza. Separó cuidadosamente el cabello con los dedos y palpó el cuero cabelludo poco a poco, buscando una hinchazón, una depresión o alguna herida oculta bajo el pelo. Recorrió la frente, las sienes, la coronilla y finalmente el occipucio.

—Dijiste que lo encontraste en la armería.

—Sí.

—¿En el suelo?

—De pie, delante de la estatua.

Menas se detuvo.

—¿De pie?

—Sí.

—¿Y ya sangraba?

—Del ojo, sí. La nariz y el oído comenzaron después, cuando sufrió los espasmos.

Aquella precisión eliminaba algunas posibilidades y volvía otras mucho más desagradables.

Menas limpió con lino la sangre visible alrededor del oído sin introducir nada en el conducto, observó el paño y comparó ambos lados de la cabeza.

—¿Se cayó delante de ti?

—Se desplomó.

—¿Golpeó la cabeza?

—Lo sujeté antes.

—Bien.

Palpó entonces el cuello, los brazos y las piernas. Flexionó con cuidado una rodilla y luego la otra, levantó un brazo y lo dejó descender sobre el colchón antes de repetir el procedimiento en el lado contrario. Tocó las extremidades, presionó las uñas y comparó continuamente las respuestas de un lado del cuerpo con las del otro. No disponía, naturalmente, de la neurología ni del vocabulario de siglos posteriores, pero poseía algo más antiguo y fundamental: experiencia, observación y el hábito de desconfiar de cualquier conclusión que no pudiera contrastar.

—Marco.

Le dio una palmada moderada en la mejilla.

—Marco Aeciano.

El niño no respondió.

Menas aumentó entonces la presión de los nudillos sobre el esternón. Marco emitió un gemido apenas audible y el médico retiró inmediatamente la mano.

—Bien.

—¿Bien? —repitió Severiano, incrédulo.

—Prefiero un niño que protesta a uno que no siente nada.

Continuó con el abdomen, presionando lentamente distintas regiones mientras observaba el rostro del muchacho en busca de cualquier reacción. Buscó rigidez, hinchazón o dolor, y examinó después la piel del pecho, el vientre, los brazos y las piernas en busca de manchas, pústulas, picaduras o coloraciones anormales.

—Hay que quitarle la túnica.

Severiano lo miró.

—Menas...

—Soy médico, sacerdote, no escultor. Necesito saber si tiene una herida que ninguno de vosotros haya visto.

Entre ambos retiraron la prenda. Menas inspeccionó la espalda, los costados y las extremidades buscando golpes, heridas, mordeduras o cualquier señal que pudiera explicar la fiebre y el colapso.

No encontró nada evidente.

Aquello le desagradó mucho más que haber encontrado una lesión.

Se incorporó lentamente. La fiebre podía pertenecer a una enfermedad que hubiese comenzado antes; el sangrado podía deberse a un traumatismo; los espasmos podían acompañar una fiebre intensa. Cada síntoma por separado admitía explicaciones que Menas conocía.

El problema era reunirlos todos en una sola.

Volvió a mirar el lino manchado.

—Cuando lo encontraste, ¿había algo junto a él? ¿Una copa, comida, hierbas, algún recipiente roto?

—No vi nada.

—Entonces quiero que nadie toque la armería hasta que yo pueda bajar.

Severiano dejó de murmurar su oración.

—¿Sospechas veneno?

Menas tardó unos segundos en responder.

—Sospecho de todo aquello que todavía no he descartado.

Desde la galería llegó entonces un estrépito de pasos. No era una sola persona, sino varias apartándose apresuradamente para dejar paso a alguien que no estaba acostumbrado a pedirlo dos veces. Una voz femenina exigió que se quitaran de en medio, y los esclavos que ocupaban la puerta desaparecieron casi instantáneamente.

Menas cerró los ojos durante un segundo.

—Ah.

Severiano también había reconocido aquella voz.

Valeria.

—¿DÓNDE ESTÁ MI HIJO?

Los pasos se aproximaron rápidamente por la galería. Menas volvió a inclinarse sobre Marco, comprobó otra vez su respiración y murmuró, lo bastante bajo para que solo Severiano pudiera escucharlo:

—Y ahora llega la parte verdaderamente peligrosa.

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