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El gran salón de recepciones de la Domus de Ferrata se extendía bajo la luz cálida de decenas de lámparas y candelabros, con sus columnas de mármol delimitando el espacio ceremonial y las enseñas familiares cayendo entre ellas como recordatorio permanente de que aquella no era simplemente una residencia campestre, sino el corazón visible de una casa cuya riqueza se medía tanto en tierras y clientelas como en los hombres capaces de pronunciar su nombre en Ravena, Roma, Mediolanum o las cortes bárbaras. La larga mesa central, preparada aquella mañana para recibir a varios administradores y clientes, permanecía ahora casi vacía; unos cuantos esclavos retiraban discretamente bandejas y copas mientras, en uno de los extremos del salón, dos mujeres conversaban con la tranquilidad engañosa de quienes podían discutir el destino de fortunas enteras sin elevar jamás la voz.
Lavinia Pansa Crispiana había llegado a Ferrata acompañada por escribas, dos
administradores y una pequeña escolta que, por su sobriedad, resultaba mucho
más inquietante que cualquier comitiva ostentosa. Los cofres que había traído
consigo no contenían regalos, sino dinero, letras de pago y cuentas cerradas.
Había venido, según su propia expresión, a «poner en orden unas antiguas
obligaciones» con el Viejo, nombre que podía pronunciar allí con una
familiaridad que habría resultado insolente en boca de casi cualquier otra
persona. Los préstamos habían sido contraídos años atrás bajo circunstancias
demasiado complejas para resumirse en una sola deuda: campañas militares,
adelantos sobre rentas, compras de grano, garantías extendidas a terceros y
aquella costumbre de Flavio Aecio de convertir problemas políticos en
compromisos financieros que acababan involucrando a media Italia. Lavinia había
llevado registros impecables y ahora, con una mezcla de orgullo mercantil y
deferencia familiar, había venido a pagarlos.
Valeria Crispiana Severina se encontraba frente a ella, reclinada con
naturalidad en uno de los grandes asientos laterales del salón. Entre ambas
había suficiente parentesco para llamarse primas y suficiente distancia
genealógica para que nadie hubiese podido explicar la conexión sin recurrir a
varios nombres muertos, dos matrimonios de conveniencia y al menos una adopción
que la familia prefería recordar de manera selectiva. El Crispiana que ambas
llevaban en sus nombres era precisamente el vestigio de aquella rama común: una
unión antigua de familias senatoriales que, después de tres generaciones de
matrimonios cruzados, había convertido a Valeria y Lavinia en primas de tercer
nivel según una genealogía cuya comprensión requería más paciencia que afecto.
—No es el dinero lo que me inquieta —dijo Lavinia mientras deslizaba dos
dedos sobre el borde de una copa sin beber—. El dinero siempre vuelve a quien
sabe esperar. Lo que me preocupa es que todos parecemos empeñados en fingir que
el trono de Occidente sigue siendo de mármol cuando hasta los esclavos pueden
escuchar cómo cruje la madera debajo.
Valeria la observó sin perder aquella sonrisa cortés que, en ella, podía
significar aprobación, diversión o la decisión de no revelar absolutamente
nada.
—Una comparación muy sombría para una mujer que acaba de traerme cofres
llenos de plata.
—Precisamente porque traigo plata puedo permitirme ser sombría. Los hombres
que deben dinero son optimistas por necesidad; los que lo prestamos
sobrevivimos siendo pesimistas.
Valeria dejó escapar una breve risa.
—Siempre has tenido la desagradable costumbre de convertir las virtudes de
un usurero en máximas filosóficas.
—Banquera.
—Prima, cuando prestas a un senador que promete devolverte el dinero después
de recoger las rentas de Sicilia, eres banquera. Cuando le prestas al mismo
senador por tercera vez sabiendo que las rentas ya están comprometidas con
otros dos acreedores, eres una mujer de fe.
Lavinia arqueó una ceja, aunque la comisura de sus labios se movió apenas.
—Y tú sigues utilizando el parentesco únicamente cuando deseas insultarme
sin consecuencias.
—Para algo deben servir tres generaciones de matrimonios mal concebidos.
Una esclava se aproximó para rellenar las copas, pero Lavinia realizó un
pequeño movimiento con los dedos y la muchacha se retiró inmediatamente.
Aquello bastó para que la expresión de la banquera cambiara. La cortesía
permaneció intacta, aunque el tono perdió parte de su ligereza.
—Hablo en serio, Valeria. Petronio Máximo conserva amigos, los Anicios
conversan con todos sin comprometerse con nadie, los hombres de Ravena juran
fidelidad al emperador mientras calculan quién custodiará las puertas si mañana
cambia el dueño del palacio, y en cada cena hay alguien dispuesto a asegurar
que conoce las verdaderas intenciones de Ricimero. El problema no es que
existan facciones. Siempre han existido. El problema es que demasiada gente se
ha alineado públicamente con un emperador cuya fuerza depende de que los
hombres que lo sostienen continúen deseando sostenerlo.
Valeria tomó la copa, pero tampoco bebió.
—¿Y temes haber escogido mal?
—Temo que todos hayamos escogido demasiado pronto.
La matrona Aeciana inclinó ligeramente la cabeza. La sonrisa no desapareció;
por el contrario, pareció adquirir una serenidad todavía mayor.
—Yo no he escogido emperador alguno.
Lavinia la miró durante unos segundos.
—Naturalmente que no.
—Mi familia sirve al Imperio.
—Eso dicen siempre las familias que esperan sobrevivir a varios emperadores.
Valeria aceptó la observación con un leve movimiento de la copa.
—Por eso seguimos aquí.
Lavinia guardó silencio. Conocía demasiado bien a su prima como para
confundir aquella tranquilidad con ignorancia. Valeria había escuchado
exactamente las mismas conversaciones que ella, quizá muchas más. Los clientes
de los Aecianos atravesaban Italia desde propiedades agrícolas hasta oficinas
palatinas; veteranos todavía enviaban cartas al Viejo, funcionarios debían
favores a sus hijos y más de un hombre que públicamente afirmaba no tener
relación alguna con Ferrata había cenado allí cuando necesitaba dinero,
protección o una recomendación. Si Valeria no parecía preocupada, no era porque
desconociera el peligro.
—Hay algo que no me estás diciendo.
Valeria sonrió.
—Siempre hay algo que no te estoy diciendo.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Lavinia apoyó finalmente la espalda contra el asiento.
—Entonces dime al menos por qué pareces tan satisfecha mientras media
aristocracia intenta averiguar qué hará Ricimero si el Augusto pierde el favor
de sus propios generales.
Valeria contempló durante un instante las grandes puertas del salón, como si
el nombre que estaba a punto de pronunciar mereciera cierta ceremonia.
—Lucio.
Lavinia tardó apenas un momento en comprender.
—Tu hijo.
La sonrisa de Valeria cambió entonces. Por primera vez desde que había
comenzado la conversación dejó de ser exclusivamente política. Había orgullo
auténtico en ella.
—Mi hijo mayor.
Lavinia entrecerró ligeramente los ojos.
—Sé dónde está Lucio.
—Entonces sabrás también que sirve como copero del generalísimo.
—Sé que fue enviado como pupilo a su casa.
—Fue enviado como pupilo —corrigió Valeria con suavidad—. Ahora es cercano a
él.
Lavinia permaneció inmóvil.
Aquellas pocas palabras transformaban mucho más de lo que aparentaban. Un
muchacho entregado como pupilo podía ser garantía de amistad, huésped político
o simple pieza dentro de una red de patronazgo. Un joven que había conseguido
agradar personalmente al hombre cuyo poder militar gravitaba sobre Occidente
era otra cosa enteramente distinta.
—¿Cuán cercano?
Valeria levantó la copa y finalmente bebió un pequeño sorbo.
—Lo suficiente.
Lavinia soltó lentamente el aire por la nariz.
—Claro.
No necesitaba preguntar cómo se había conseguido. Conocía demasiado bien la
arquitectura invisible de aquellas relaciones. La entrega de Lucio jamás había
sido únicamente una decisión educativa. Habían circulado préstamos, garantías y
recomendaciones entre múltiples clientes del padre de Valeria y del Viejo;
hombres que necesitaban liquidez habían recibido condiciones favorables,
intermediarios habían encontrado súbitamente abiertas ciertas puertas y
personas cuya opinión podía hacer agradable o incómoda la presencia de un joven
aristócrata en una casa poderosa habían descubierto excelentes razones para
recordarlo con afecto. Nada había sido comprado directamente. Eso habría
resultado vulgar. Simplemente se habían lubricado suficientes engranajes para
que el mecanismo político comenzara a girar en la dirección apropiada.
—Así que mientras todos observamos al emperador —murmuró Lavinia— tú has
colocado a tu primogénito junto al hombre al que todos observan cuando dejan de
mirar al emperador.
Valeria dejó la copa sobre la mesa.
—He colocado a mi hijo donde puede aprender de un gran hombre.
Lavinia la contempló con una expresión que habría resultado perfectamente
respetuosa para cualquier observador externo.
—Por supuesto.
Valeria sostuvo su mirada durante unos segundos y después sonrió con aquella
satisfacción tranquila que rara vez permitía que otros vieran tan abiertamente.
—Lucio le ha agradado. Ricimero aprecia su discreción, su memoria y su
manera de escuchar antes de hablar. Me dicen que comienza a confiarle pequeñas
cosas que no confiaría a cualquier muchacho.
Entonces el orgullo terminó de imponerse sobre la prudencia.
—Es mi mayor orgullo.
Lavinia conocía a Valeria desde hacía suficientes años para reconocer la
importancia de aquella confesión. Su prima podía hablar durante una hora acerca
de alianzas, matrimonios, rentas y clientes sin revelar una emoción verdadera;
sin embargo, cuando hablaba de sus hijos, especialmente de aquel primogénito
que comenzaba a abrirse camino entre los hombres que gobernaban el Imperio,
algo mucho menos calculado aparecía debajo de todas sus máscaras.
Y precisamente por ello Lavinia comenzó a comprender que la tranquilidad de
Valeria no provenía de la certeza de que el emperador sobreviviría.
Provenía de que, si no lo hacía, un Crispiano-Aeciano ya estaba aprendiendo
a servir al hombre que probablemente seguiría en pie cuando todos los demás
comenzaran a buscar nuevas lealtades.
Valeria dejó que el silencio se prolongara unos instantes, no porque
necesitara ordenar sus pensamientos, sino porque sabía que ciertas noticias
adquirían mayor peso cuando se permitía al interlocutor descubrirlas por sí
mismo. Sus dedos recorrieron lentamente el borde de la copa mientras Lavinia
seguía observándola con aquella paciencia desconfiada propia de quien había
construido buena parte de su fortuna aprendiendo que las palabras
verdaderamente importantes rara vez eran las primeras que se pronunciaban.
—Mi señor suegro ha recibido también una comunicación curiosa —dijo
finalmente Valeria—. Nada formal, desde luego. Sería impropio llamarlo
propuesta cuando apenas se han intercambiado algunas consideraciones entre
personas que, casualmente, conocen muy bien a ambas familias.
Lavinia no movió un músculo del rostro.
—Naturalmente. Y supongo que esas personas, también casualmente, han
decidido discutir genealogías mientras Lucio sirve el vino al generalísimo.
—No seas vulgar, prima.
—Jamás cuando puedo ser precisa.
Valeria sonrió y tomó un pequeño sorbo antes de continuar.
—Se ha mencionado a una de las hijas de Ricimero. Solo eso. Una posibilidad
futura, nada más. Los muchachos son jóvenes, las circunstancias cambian y
ninguna familia sensata promete demasiado antes de saber qué mundo habrá dentro
de cinco años. Pero mi señor suegro no habría recibido semejante insinuación si
Lucio hubiese resultado desagradable.
Lavinia bajó lentamente la copa.
—Una hija de Ricimero.
—Una posibilidad.
—Valeria.
—Lavinia.
—No pongas esa cara de virgen sorprendida. Llevas media conversación
intentando convencerme de que todo ha ocurrido por la gracia de Dios y la buena
educación del muchacho.
—Ambas cosas ayudan considerablemente.
—Y también varios préstamos.
La sonrisa de Valeria se hizo apenas más estrecha.
—Los préstamos facilitan conversaciones. No fabrican afecto. Si Lucio
hubiera sido un imbécil, todo el oro de Italia habría servido únicamente para
conseguirle una habitación más cómoda mientras decepcionaba a su anfitrión.
Aquello Lavinia no podía negarlo. Había visto demasiados jóvenes
aristócratas enviados a grandes casas bajo la protección de padres y abuelos
poderosos para descubrir después que ninguna recomendación podía ocultar
indefinidamente la estupidez. Lucio, por el contrario, parecía haber
comprendido muy pronto que un copero no era simplemente quien sostenía una
jarra. Permanecer cerca de un hombre poderoso significaba aprender cuándo
callaba, a quién recibía, qué nombres pronunciaba con disgusto, cuáles con familiaridad
y qué silencios aparecían después de determinadas cartas. Si además el muchacho
había tenido la prudencia de no presumir de lo que escuchaba, Ricimero podía
terminar valorándolo precisamente por aquello que tantos jóvenes de su edad
eran incapaces de ofrecer: discreción.
—Así que tu primogénito podría terminar casado con una hija del generalísimo
—dijo Lavinia.
Valeria levantó ligeramente una ceja.
—He dicho que alguien ha considerado que las genealogías de ambas casas
merecen compararse.
—Perdóname. Qué diferencia tan enorme.
—En nuestra familia, las diferencias pequeñas suelen ser las que evitan
guerras.
Lavinia soltó una risa breve y negó con la cabeza. Durante unos momentos
hablaron de asuntos menores, de tierras, de cosechas y de dos administradores
cuya incompetencia había conseguido convertir una disputa por unas lindes en un
problema que ya involucraba sacerdotes, testigos y tres generaciones de
escrituras contradictorias. Fue precisamente una observación sobre aquellas
propiedades del norte la que condujo el nombre de otro joven Aeciano hasta la
conversación.
—¿Y Juliano? —preguntó Lavinia—. Hace meses que no escucho nada de él. La
última noticia que recibí lo situaba todavía entre los godos.
El rostro de Valeria cambió inmediatamente. La satisfacción calculada con la
que había hablado de Lucio dio paso a una ternura más evidente, aunque
acompañada por una sombra de preocupación.
—Estuvo aquí hace unos meses.
—¿En Ferrata?
—Durante muy pocos días. Apenas suficientes para que su abuelo encontrara
veinte razones para reñirlo.
Lavinia sonrió.
—Entonces el Viejo continúa saludable.
—Demasiado.
Valeria dejó escapar un suspiro y miró durante unos instantes hacia las
puertas del gran salón como si pudiera volver a ver al muchacho atravesándolas.
—Está hermoso, Lavinia. Realmente hermoso. Más alto de lo que esperaba,
aunque todavía conserva algo de niño en el rostro. Y valiente... demasiado,
probablemente. Camina como ellos, monta como ellos y cuando entra en una
habitación parece estar buscando instintivamente dónde dejar el arco. Cinco
años entre godos han hecho más por convertirlo en uno de ellos que toda nuestra
sangre por recordarle que nació romano.
—Eso no parece disgustarte.
—No me disgusta que sea fuerte.
—Eso no fue lo que pregunté.
Valeria guardó silencio durante un instante.
—Me entristeció.
Lavinia esperó.
—Hay algo diferente en él —continuó Valeria—. Siempre fue vivaz, incluso
insolente, pero antes su insolencia era alegre. Ahora se ríe, hace bromas,
habla de cacerías, presume de haber derribado muchachos godos que le sacaban
una cabeza y cuenta historias como si no pudiera permanecer quieto durante una
comida... pero cuando cree que nadie lo observa se queda mirando hacia ninguna
parte. Durante demasiado tiempo.
Lavinia reconoció en aquellas palabras una preocupación auténticamente
maternal.
—Cinco años lejos de casa son muchos para un muchacho.
—Exactamente. Y después de cinco años viviendo entre godos, ¿sabes cómo
decidió recibirlo su abuelo?
Lavinia comenzó a sonreír antes incluso de escuchar la respuesta.
—Tengo miedo de preguntar.
—Con un examen.
—Por supuesto.
—Ni siquiera había terminado de quitarse el polvo del camino. El pobre
muchacho llegó después de semanas viajando, entró en esta casa creyendo que iba
a recibir un abrazo de su abuelo y, antes de la cena, ya tenía delante un
códice de Virgilio.
Lavinia se cubrió la boca con los dedos para contener la risa.
—No.
—Sí. Virgilio primero. Después Cicerón. Luego quiso saber cuánto recordaba
de Tito Livio y, porque aparentemente todavía no había castigado bastante a la
criatura, terminó preguntándole por Salustio.
—¿Y Juliano qué hizo?
Valeria cerró los ojos brevemente, entre indignada y divertida.
—Intentó responder.
—Eso fue un error.
—Un error terrible. Su latín se ha vuelto áspero. Comprende perfectamente,
pero mezcla construcciones, ha olvidado palabras y pronuncia ciertas cosas con
una cadencia que hace pensar que en cualquier momento va a pedir que le traigan
hidromiel. Mi señor suegro lo escuchó durante medio minuto y comenzó a
corregirlo como si el muchacho hubiese pasado cinco años en una taberna de
frontera por voluntad propia.
Lavinia ya no intentó contener la risa.
—Pobre Juliano.
—¡Mi pobre muchacho ha vivido entre godos durante casi cinco años! —protestó
Valeria, extendiendo una mano—. Lo enviaron siendo prácticamente un niño, ha
tenido que aprender su lengua, sus costumbres, montar con ellos, cazar con
ellos, dormir en sus fortalezas y comportarse como corresponde al pupilo de un
rey; regresa por fin a Ferrata y lo primero que escucha de su abuelo es que «un
Aeciano no asesina la lengua de Cicerón».
—Eso suena exactamente a él.
—Después le preguntó qué versos de la Eneida recordaba.
—Valeria, por favor, dime que Juliano recitó algo obsceno en gótico.
Valeria intentó conservar la dignidad durante dos segundos antes de comenzar
a reír.
—Peor. Le respondió que Eneas habría llegado a Italia mucho más rápido si
hubiera sabido montar.
Lavinia golpeó suavemente la mesa con los dedos mientras reía.
—Oh, ese muchacho me agrada.
—A mí también. A su abuelo considerablemente menos en aquel momento.
—¿Lo castigó?
—Le hizo copiar dos páginas de Cicerón.
—Crueldad.
—Barbarie absoluta.
La sonrisa permaneció en el rostro de Valeria durante unos instantes, pero
terminó extinguiéndose con lentitud.
—Gracias al cielo, pronto será liberado.
Lavinia entendió inmediatamente que ya no hablaban del examen.
—¿Termina el pupilaje?
—Eso esperamos. Las obligaciones que justificaban mantenerlo allí están
prácticamente cumplidas. Ya ha pasado demasiado tiempo lejos de los suyos. Ha
aprendido cuanto podía aprender de aquella corte y, si Dios permite que las
cosas continúen tranquilas, regresará definitivamente.
—¿Y él quiere volver?
La pregunta permaneció entre ambas.
Valeria bajó la mirada hacia su copa.
—Es romano.
—No te he preguntado qué es.
Valeria permaneció callada algunos segundos más.
—Cuando se marchó de Ferrata —dijo al fin— habló durante todo el camino
sobre caballos godos, sobre un arco que quería conseguir y sobre una muchacha
cuyo nombre se negó a decirme. No parecía un prisionero regresando a su
cautiverio.
Lavinia ladeó ligeramente la cabeza.
—Entonces quizá el problema no sea liberarlo.
Valeria levantó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Que quizá debáis descubrir primero de qué lugar cree Juliano que está
siendo liberado.
Valeria dejó escapar un suspiro lento y apoyó la espalda contra el respaldo,
como si la sola idea de intentar comprender los planes de su suegro le
resultara agotadora.
—Es irrelevante. A estas alturas, mi señor suegro ya debe de tenerlo
colocado como una pieza en alguno de sus insondables planes. Siempre hace lo
mismo. Uno cree que está hablando de un muchacho, de una visita, de una deuda o
de una boda, y él ya está pensando en tres campañas, dos matrimonios y quién
heredará una propiedad dentro de veinte años.
Lavinia sonrió apenas, pero no la contradijo.
Valeria volvió a suspirar.
—Espero que alguno de ellos nos saque pronto de estas montañas. Estoy
aburrida, Lavinia. Horriblemente aburrida. Ferrata es magnífica, sí, y todo
funciona como debe, pero una puede contemplar los mismos jardines, escuchar a
los mismos administradores y recibir a los mismos clientes durante un número
limitado de años antes de empezar a considerar el vino como una vocación
religiosa.
—Eso explicaría algunas decisiones senatoriales.
—No seas cruel.
—Nunca sin necesidad.
Valeria dejó escapar una risa breve, pero esta vez no duró mucho. Su
expresión se suavizó y la mirada descendió hacia sus propias manos.
—Lo único que, bueno... evita que termine muriéndome en vino es mi pequeño
Marco.
Lavinia no dijo nada.
—Es tan hermoso —continuó Valeria con una ternura que contrastaba de
inmediato con todo lo anterior—. Y tan frágil.
Durante unos instantes dejó de parecer la matrona que negociaba alianzas,
observaba generales y calculaba matrimonios. Era simplemente una madre hablando
del hijo que todavía permanecía bajo su techo.
—Los otros siempre estuvieron corriendo hacia alguna parte. Lucio quería
crecer antes de tiempo; Juliano apenas aprendió a caminar y ya parecía
dispuesto a escaparse detrás de un caballo. Los mayores querían armas,
maestros, viajes, patronos... Marco no. Marco siempre se queda cerca.
Valeria sonrió, aunque había una tristeza tenue debajo de aquella expresión.
—Puede pasar una hora sentado a mi lado sin molestarme. A veces ni siquiera
habla. Simplemente se queda allí, escuchando, o mirando cualquier cosa como si
fuera lo más importante del mundo. Y cuando se duerme todavía busca mi mano.
Lavinia observó a su prima con más atención.
—Lo proteges demasiado.
Valeria levantó inmediatamente los ojos.
—Es mi hijo.
—No he dicho que no debas protegerlo.
—Entonces no empieces.
Lavinia alzó ligeramente ambas manos, concediendo el punto.
Valeria bajó otra vez la mirada.
—Todos creen que no me doy cuenta.
—¿De qué?
—De cómo lo miran.
La voz había perdido casi por completo su ligereza.
—Los médicos dicen que es tardío. Severiano dice que cada niño alcanza las
cosas a su tiempo. Algunos criados creen que no escucha cuando hablan cerca de
él. Y mis hijos mayores... —hizo una pequeña pausa— intentan tratarlo con
cuidado. Demasiado cuidado.
Lavinia guardó silencio.
—Yo sé que es diferente —continuó Valeria—. No soy idiota. Sé que tarda en
responder, que a veces parece no entender cosas sencillas y que puede quedarse
mirando una pared como si detrás hubiera otro mundo. Pero también sé que es
bueno. Nunca hace daño a nadie. Nunca levanta la voz. Nunca exige nada.
Valeria sonrió de nuevo, esta vez con una vulnerabilidad que probablemente
muy pocas personas habían visto en ella.
—Y cuando me mira... no sé. Es difícil explicarlo. Es como si yo fuera lo
único que reconoce inmediatamente.
Lavinia se acomodó lentamente en el asiento.
—Eso no es poca cosa.
—No.
Valeria tomó la copa, pero en lugar de beber la sostuvo entre ambas manos.
—Quizá por eso no me importa que los otros se marchen. Lucio debe estar
junto a Ricimero. Juliano debe aprender con los godos. Los mayores tienen que
hacer lo que corresponde a su nombre. Pero Marco...
Se detuvo.
—Marco puede quedarse conmigo un poco más.
La frase quedó suspendida entre ambas.
Lavinia miró hacia el extremo del gran salón, hacia las columnas, las
puertas abiertas y los corredores que conducían al ala familiar.
—¿Dónde está ahora?
Valeria respondió sin preocupación.
—Con Severiano, supongo. O mirando alguna estatua. Últimamente le ha dado
por quedarse horas contemplando las cosas como si esperara que le respondieran.
Entonces, desde algún punto lejano de la Domus de Ferrata, llegó un grito
amortiguado.
No fue suficientemente claro para distinguir las palabras.
Valeria dejó de sonreír.
Valeria no se inmutó. El grito había llegado amortiguado, perdido entre
corredores, cocinas y dependencias suficientemente alejadas como para
confundirse con una orden cualquiera dentro de una casa del tamaño de Ferrata.
Apenas ladeó la cabeza durante un instante y después volvió a mirar a Lavinia,
retomando la conversación exactamente donde la había dejado.
—Flavia, en cambio, es otra cosa. Es tan inteligente... y tan astuta. Todo
lo que yo no era a su edad.
Lavinia arqueó una ceja.
—¿Eso debo tomarlo como modestia o como advertencia?
—Como una confesión excepcional. No te acostumbres.
Valeria sonrió y movió lentamente la copa entre los dedos.
—Tiene todos mis defectos, por supuesto. La vanidad, el orgullo, la
impaciencia, esa necesidad terrible de ganar incluso cuando nadie sabe que
estamos compitiendo... pero sabe ocultarlos mejor que yo. Mucho mejor. Puede
sentarse delante del cliente más idiota de Italia y conseguir que el pobre
hombre salga convencido de que ha pronunciado algo brillante.
—Una habilidad peligrosa.
—Una habilidad indispensable.
—Depende de quién sea el cliente.
Valeria dejó escapar una breve risa.
—Y después, esa misma niña puede pasar dos horas hablando de tú a tú con uno
de esos sabios que aparecen aquí procedentes de lugares que apenas sé ubicar en
un mapa. Sirios, griegos, alejandrinos, hombres del África... Algunos traen
libros que nadie ha leído en generaciones y discuten con ella como si olvidaran
completamente que tiene doce años.
—¿Y no la subestiman?
—Los mejores no. Los peores sí, naturalmente.
Valeria hizo una pequeña mueca de disgusto.
—Hay hombres que tienen esa maña fea de subestimarnos por ser mujeres antes
incluso de que abramos la boca. Uno puede explicarles una cuenta, una
genealogía o un asunto de propiedades tres veces y continúan mirando alrededor
buscando a algún varón que confirme que los números siguen siendo números.
—Es una costumbre antigua.
—Una costumbre estúpida.
Valeria suspiró y durante unos segundos pareció considerar algo que rara vez
reconocía abiertamente.
—Eso sí se lo concedo a mi señor suegro.
Lavinia levantó los ojos.
—¿A Aecio?
—A él.
La expresión de Valeria perdió parte de su ligereza.
—Cuando hablo con mi señor suegro siento que me respeta intelectualmente. De
verdad. No como esos hombres que escuchan a una mujer únicamente porque esperan
descubrir después qué hombre le puso las ideas en la cabeza. Él escucha.
Pregunta. Contradice. Y si considera que estoy equivocada, me explica
exactamente por qué.
—Eso suena casi civilizado.
—No exageremos.
Lavinia sonrió.
Valeria permaneció unos instantes callada antes de continuar.
—Aunque también consigue hacerme sentir pequeña.
—¿Pequeña?
—Sí.
Valeria buscó la palabra adecuada.
—No porque me desprecie. Es... su presencia. Esa manera suya de entrar en
una habitación y hacer que uno recuerde inmediatamente quién es. Puede estar
sentado, viejo, medio encorvado sobre un códice, y aun así parece que detrás de
él marchara un ejército entero.
Lavinia no respondió enseguida.
—Tú lo conociste antes de que envejeciera —añadió Valeria.
—Lo suficiente.
—Entonces sabes a qué me refiero.
La matrona bajó la mirada hacia el vino.
—Puedo oler la sangre que lo rodea.
La frase salió con una naturalidad desagradable.
—No literalmente, claro. Pero está ahí. En ocasiones habla de una batalla
como si estuviera explicando dónde reparar un muro, y entonces recuerdo que
todos esos nombres que menciona fueron hombres de verdad. Miles. Decenas de
miles quizá. Algunos vivieron porque él tomó una decisión y otros murieron por
la misma razón.
Lavinia asintió lentamente.
—Ese es el problema de los grandes hombres. De lejos parecen estatuas. De
cerca uno descubre de qué están hechas.
Valeria bebió apenas un sorbo.
—En fin. Como te decía, mi pequeña Flavia...
La puerta lateral del gran salón se abrió de golpe.
El sonido fue tan violento que varios esclavos al fondo volvieron
simultáneamente la cabeza.
Un muchacho apareció en el umbral.
Era uno de los esclavos jóvenes de servicio, habitualmente tan cuidadoso con
las formas que jamás habría entrado en aquella sala sin anunciarse. Ahora tenía
el rostro completamente pálido, el pecho subiendo y bajando con violencia y una
mano todavía apoyada contra el marco como si hubiera necesitado sujetarse para
no caer.
Valeria lo miró.
No tuvo tiempo de reprenderlo.
—¡Mi domina!
La voz del muchacho se quebró.
Valeria dejó la copa sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
El esclavo intentó hablar, pero primero tuvo que tragar saliva.
—El señorito...
Valeria se puso de pie.
—¿Cuál?
El muchacho la miró directamente.
—¡Marco, mi domina!
Durante un instante nadie se movió.
Entonces el esclavo pronunció las palabras que parecieron vaciar de aire el
salón entero.
—¡El señorito se muere!
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