domingo, 27 de septiembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Entre copas y presagios

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 El gran salón de recepciones de la Domus de Ferrata se extendía bajo la luz cálida de decenas de lámparas y candelabros, con sus columnas de mármol delimitando el espacio ceremonial y las enseñas familiares cayendo entre ellas como recordatorio permanente de que aquella no era simplemente una residencia campestre, sino el corazón visible de una casa cuya riqueza se medía tanto en tierras y clientelas como en los hombres capaces de pronunciar su nombre en Ravena, Roma, Mediolanum o las cortes bárbaras. La larga mesa central, preparada aquella mañana para recibir a varios administradores y clientes, permanecía ahora casi vacía; unos cuantos esclavos retiraban discretamente bandejas y copas mientras, en uno de los extremos del salón, dos mujeres conversaban con la tranquilidad engañosa de quienes podían discutir el destino de fortunas enteras sin elevar jamás la voz.

Lavinia Pansa Crispiana había llegado a Ferrata acompañada por escribas, dos administradores y una pequeña escolta que, por su sobriedad, resultaba mucho más inquietante que cualquier comitiva ostentosa. Los cofres que había traído consigo no contenían regalos, sino dinero, letras de pago y cuentas cerradas. Había venido, según su propia expresión, a «poner en orden unas antiguas obligaciones» con el Viejo, nombre que podía pronunciar allí con una familiaridad que habría resultado insolente en boca de casi cualquier otra persona. Los préstamos habían sido contraídos años atrás bajo circunstancias demasiado complejas para resumirse en una sola deuda: campañas militares, adelantos sobre rentas, compras de grano, garantías extendidas a terceros y aquella costumbre de Flavio Aecio de convertir problemas políticos en compromisos financieros que acababan involucrando a media Italia. Lavinia había llevado registros impecables y ahora, con una mezcla de orgullo mercantil y deferencia familiar, había venido a pagarlos.

Valeria Crispiana Severina se encontraba frente a ella, reclinada con naturalidad en uno de los grandes asientos laterales del salón. Entre ambas había suficiente parentesco para llamarse primas y suficiente distancia genealógica para que nadie hubiese podido explicar la conexión sin recurrir a varios nombres muertos, dos matrimonios de conveniencia y al menos una adopción que la familia prefería recordar de manera selectiva. El Crispiana que ambas llevaban en sus nombres era precisamente el vestigio de aquella rama común: una unión antigua de familias senatoriales que, después de tres generaciones de matrimonios cruzados, había convertido a Valeria y Lavinia en primas de tercer nivel según una genealogía cuya comprensión requería más paciencia que afecto.

—No es el dinero lo que me inquieta —dijo Lavinia mientras deslizaba dos dedos sobre el borde de una copa sin beber—. El dinero siempre vuelve a quien sabe esperar. Lo que me preocupa es que todos parecemos empeñados en fingir que el trono de Occidente sigue siendo de mármol cuando hasta los esclavos pueden escuchar cómo cruje la madera debajo.

Valeria la observó sin perder aquella sonrisa cortés que, en ella, podía significar aprobación, diversión o la decisión de no revelar absolutamente nada.

—Una comparación muy sombría para una mujer que acaba de traerme cofres llenos de plata.

—Precisamente porque traigo plata puedo permitirme ser sombría. Los hombres que deben dinero son optimistas por necesidad; los que lo prestamos sobrevivimos siendo pesimistas.

Valeria dejó escapar una breve risa.

—Siempre has tenido la desagradable costumbre de convertir las virtudes de un usurero en máximas filosóficas.

—Banquera.

—Prima, cuando prestas a un senador que promete devolverte el dinero después de recoger las rentas de Sicilia, eres banquera. Cuando le prestas al mismo senador por tercera vez sabiendo que las rentas ya están comprometidas con otros dos acreedores, eres una mujer de fe.

Lavinia arqueó una ceja, aunque la comisura de sus labios se movió apenas.

—Y tú sigues utilizando el parentesco únicamente cuando deseas insultarme sin consecuencias.

—Para algo deben servir tres generaciones de matrimonios mal concebidos.

Una esclava se aproximó para rellenar las copas, pero Lavinia realizó un pequeño movimiento con los dedos y la muchacha se retiró inmediatamente. Aquello bastó para que la expresión de la banquera cambiara. La cortesía permaneció intacta, aunque el tono perdió parte de su ligereza.

—Hablo en serio, Valeria. Petronio Máximo conserva amigos, los Anicios conversan con todos sin comprometerse con nadie, los hombres de Ravena juran fidelidad al emperador mientras calculan quién custodiará las puertas si mañana cambia el dueño del palacio, y en cada cena hay alguien dispuesto a asegurar que conoce las verdaderas intenciones de Ricimero. El problema no es que existan facciones. Siempre han existido. El problema es que demasiada gente se ha alineado públicamente con un emperador cuya fuerza depende de que los hombres que lo sostienen continúen deseando sostenerlo.

Valeria tomó la copa, pero tampoco bebió.

—¿Y temes haber escogido mal?

—Temo que todos hayamos escogido demasiado pronto.

La matrona Aeciana inclinó ligeramente la cabeza. La sonrisa no desapareció; por el contrario, pareció adquirir una serenidad todavía mayor.

—Yo no he escogido emperador alguno.

Lavinia la miró durante unos segundos.

—Naturalmente que no.

—Mi familia sirve al Imperio.

—Eso dicen siempre las familias que esperan sobrevivir a varios emperadores.

Valeria aceptó la observación con un leve movimiento de la copa.

—Por eso seguimos aquí.

Lavinia guardó silencio. Conocía demasiado bien a su prima como para confundir aquella tranquilidad con ignorancia. Valeria había escuchado exactamente las mismas conversaciones que ella, quizá muchas más. Los clientes de los Aecianos atravesaban Italia desde propiedades agrícolas hasta oficinas palatinas; veteranos todavía enviaban cartas al Viejo, funcionarios debían favores a sus hijos y más de un hombre que públicamente afirmaba no tener relación alguna con Ferrata había cenado allí cuando necesitaba dinero, protección o una recomendación. Si Valeria no parecía preocupada, no era porque desconociera el peligro.

—Hay algo que no me estás diciendo.

Valeria sonrió.

—Siempre hay algo que no te estoy diciendo.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Lavinia apoyó finalmente la espalda contra el asiento.

—Entonces dime al menos por qué pareces tan satisfecha mientras media aristocracia intenta averiguar qué hará Ricimero si el Augusto pierde el favor de sus propios generales.

Valeria contempló durante un instante las grandes puertas del salón, como si el nombre que estaba a punto de pronunciar mereciera cierta ceremonia.

—Lucio.

Lavinia tardó apenas un momento en comprender.

—Tu hijo.

La sonrisa de Valeria cambió entonces. Por primera vez desde que había comenzado la conversación dejó de ser exclusivamente política. Había orgullo auténtico en ella.

—Mi hijo mayor.

Lavinia entrecerró ligeramente los ojos.

—Sé dónde está Lucio.

—Entonces sabrás también que sirve como copero del generalísimo.

—Sé que fue enviado como pupilo a su casa.

—Fue enviado como pupilo —corrigió Valeria con suavidad—. Ahora es cercano a él.

Lavinia permaneció inmóvil.

Aquellas pocas palabras transformaban mucho más de lo que aparentaban. Un muchacho entregado como pupilo podía ser garantía de amistad, huésped político o simple pieza dentro de una red de patronazgo. Un joven que había conseguido agradar personalmente al hombre cuyo poder militar gravitaba sobre Occidente era otra cosa enteramente distinta.

—¿Cuán cercano?

Valeria levantó la copa y finalmente bebió un pequeño sorbo.

—Lo suficiente.

Lavinia soltó lentamente el aire por la nariz.

—Claro.

No necesitaba preguntar cómo se había conseguido. Conocía demasiado bien la arquitectura invisible de aquellas relaciones. La entrega de Lucio jamás había sido únicamente una decisión educativa. Habían circulado préstamos, garantías y recomendaciones entre múltiples clientes del padre de Valeria y del Viejo; hombres que necesitaban liquidez habían recibido condiciones favorables, intermediarios habían encontrado súbitamente abiertas ciertas puertas y personas cuya opinión podía hacer agradable o incómoda la presencia de un joven aristócrata en una casa poderosa habían descubierto excelentes razones para recordarlo con afecto. Nada había sido comprado directamente. Eso habría resultado vulgar. Simplemente se habían lubricado suficientes engranajes para que el mecanismo político comenzara a girar en la dirección apropiada.

—Así que mientras todos observamos al emperador —murmuró Lavinia— tú has colocado a tu primogénito junto al hombre al que todos observan cuando dejan de mirar al emperador.

Valeria dejó la copa sobre la mesa.

—He colocado a mi hijo donde puede aprender de un gran hombre.

Lavinia la contempló con una expresión que habría resultado perfectamente respetuosa para cualquier observador externo.

—Por supuesto.

Valeria sostuvo su mirada durante unos segundos y después sonrió con aquella satisfacción tranquila que rara vez permitía que otros vieran tan abiertamente.

—Lucio le ha agradado. Ricimero aprecia su discreción, su memoria y su manera de escuchar antes de hablar. Me dicen que comienza a confiarle pequeñas cosas que no confiaría a cualquier muchacho.

Entonces el orgullo terminó de imponerse sobre la prudencia.

—Es mi mayor orgullo.

Lavinia conocía a Valeria desde hacía suficientes años para reconocer la importancia de aquella confesión. Su prima podía hablar durante una hora acerca de alianzas, matrimonios, rentas y clientes sin revelar una emoción verdadera; sin embargo, cuando hablaba de sus hijos, especialmente de aquel primogénito que comenzaba a abrirse camino entre los hombres que gobernaban el Imperio, algo mucho menos calculado aparecía debajo de todas sus máscaras.

Y precisamente por ello Lavinia comenzó a comprender que la tranquilidad de Valeria no provenía de la certeza de que el emperador sobreviviría.

Provenía de que, si no lo hacía, un Crispiano-Aeciano ya estaba aprendiendo a servir al hombre que probablemente seguiría en pie cuando todos los demás comenzaran a buscar nuevas lealtades.

Valeria dejó que el silencio se prolongara unos instantes, no porque necesitara ordenar sus pensamientos, sino porque sabía que ciertas noticias adquirían mayor peso cuando se permitía al interlocutor descubrirlas por sí mismo. Sus dedos recorrieron lentamente el borde de la copa mientras Lavinia seguía observándola con aquella paciencia desconfiada propia de quien había construido buena parte de su fortuna aprendiendo que las palabras verdaderamente importantes rara vez eran las primeras que se pronunciaban.

—Mi señor suegro ha recibido también una comunicación curiosa —dijo finalmente Valeria—. Nada formal, desde luego. Sería impropio llamarlo propuesta cuando apenas se han intercambiado algunas consideraciones entre personas que, casualmente, conocen muy bien a ambas familias.

Lavinia no movió un músculo del rostro.

—Naturalmente. Y supongo que esas personas, también casualmente, han decidido discutir genealogías mientras Lucio sirve el vino al generalísimo.

—No seas vulgar, prima.

—Jamás cuando puedo ser precisa.

Valeria sonrió y tomó un pequeño sorbo antes de continuar.

—Se ha mencionado a una de las hijas de Ricimero. Solo eso. Una posibilidad futura, nada más. Los muchachos son jóvenes, las circunstancias cambian y ninguna familia sensata promete demasiado antes de saber qué mundo habrá dentro de cinco años. Pero mi señor suegro no habría recibido semejante insinuación si Lucio hubiese resultado desagradable.

Lavinia bajó lentamente la copa.

—Una hija de Ricimero.

—Una posibilidad.

—Valeria.

—Lavinia.

—No pongas esa cara de virgen sorprendida. Llevas media conversación intentando convencerme de que todo ha ocurrido por la gracia de Dios y la buena educación del muchacho.

—Ambas cosas ayudan considerablemente.

—Y también varios préstamos.

La sonrisa de Valeria se hizo apenas más estrecha.

—Los préstamos facilitan conversaciones. No fabrican afecto. Si Lucio hubiera sido un imbécil, todo el oro de Italia habría servido únicamente para conseguirle una habitación más cómoda mientras decepcionaba a su anfitrión.

Aquello Lavinia no podía negarlo. Había visto demasiados jóvenes aristócratas enviados a grandes casas bajo la protección de padres y abuelos poderosos para descubrir después que ninguna recomendación podía ocultar indefinidamente la estupidez. Lucio, por el contrario, parecía haber comprendido muy pronto que un copero no era simplemente quien sostenía una jarra. Permanecer cerca de un hombre poderoso significaba aprender cuándo callaba, a quién recibía, qué nombres pronunciaba con disgusto, cuáles con familiaridad y qué silencios aparecían después de determinadas cartas. Si además el muchacho había tenido la prudencia de no presumir de lo que escuchaba, Ricimero podía terminar valorándolo precisamente por aquello que tantos jóvenes de su edad eran incapaces de ofrecer: discreción.

—Así que tu primogénito podría terminar casado con una hija del generalísimo —dijo Lavinia.

Valeria levantó ligeramente una ceja.

—He dicho que alguien ha considerado que las genealogías de ambas casas merecen compararse.

—Perdóname. Qué diferencia tan enorme.

—En nuestra familia, las diferencias pequeñas suelen ser las que evitan guerras.

Lavinia soltó una risa breve y negó con la cabeza. Durante unos momentos hablaron de asuntos menores, de tierras, de cosechas y de dos administradores cuya incompetencia había conseguido convertir una disputa por unas lindes en un problema que ya involucraba sacerdotes, testigos y tres generaciones de escrituras contradictorias. Fue precisamente una observación sobre aquellas propiedades del norte la que condujo el nombre de otro joven Aeciano hasta la conversación.

—¿Y Juliano? —preguntó Lavinia—. Hace meses que no escucho nada de él. La última noticia que recibí lo situaba todavía entre los godos.

El rostro de Valeria cambió inmediatamente. La satisfacción calculada con la que había hablado de Lucio dio paso a una ternura más evidente, aunque acompañada por una sombra de preocupación.

—Estuvo aquí hace unos meses.

—¿En Ferrata?

—Durante muy pocos días. Apenas suficientes para que su abuelo encontrara veinte razones para reñirlo.

Lavinia sonrió.

—Entonces el Viejo continúa saludable.

—Demasiado.

Valeria dejó escapar un suspiro y miró durante unos instantes hacia las puertas del gran salón como si pudiera volver a ver al muchacho atravesándolas.

—Está hermoso, Lavinia. Realmente hermoso. Más alto de lo que esperaba, aunque todavía conserva algo de niño en el rostro. Y valiente... demasiado, probablemente. Camina como ellos, monta como ellos y cuando entra en una habitación parece estar buscando instintivamente dónde dejar el arco. Cinco años entre godos han hecho más por convertirlo en uno de ellos que toda nuestra sangre por recordarle que nació romano.

—Eso no parece disgustarte.

—No me disgusta que sea fuerte.

—Eso no fue lo que pregunté.

Valeria guardó silencio durante un instante.

—Me entristeció.

Lavinia esperó.

—Hay algo diferente en él —continuó Valeria—. Siempre fue vivaz, incluso insolente, pero antes su insolencia era alegre. Ahora se ríe, hace bromas, habla de cacerías, presume de haber derribado muchachos godos que le sacaban una cabeza y cuenta historias como si no pudiera permanecer quieto durante una comida... pero cuando cree que nadie lo observa se queda mirando hacia ninguna parte. Durante demasiado tiempo.

Lavinia reconoció en aquellas palabras una preocupación auténticamente maternal.

—Cinco años lejos de casa son muchos para un muchacho.

—Exactamente. Y después de cinco años viviendo entre godos, ¿sabes cómo decidió recibirlo su abuelo?

Lavinia comenzó a sonreír antes incluso de escuchar la respuesta.

—Tengo miedo de preguntar.

—Con un examen.

—Por supuesto.

—Ni siquiera había terminado de quitarse el polvo del camino. El pobre muchacho llegó después de semanas viajando, entró en esta casa creyendo que iba a recibir un abrazo de su abuelo y, antes de la cena, ya tenía delante un códice de Virgilio.

Lavinia se cubrió la boca con los dedos para contener la risa.

—No.

—Sí. Virgilio primero. Después Cicerón. Luego quiso saber cuánto recordaba de Tito Livio y, porque aparentemente todavía no había castigado bastante a la criatura, terminó preguntándole por Salustio.

—¿Y Juliano qué hizo?

Valeria cerró los ojos brevemente, entre indignada y divertida.

—Intentó responder.

—Eso fue un error.

—Un error terrible. Su latín se ha vuelto áspero. Comprende perfectamente, pero mezcla construcciones, ha olvidado palabras y pronuncia ciertas cosas con una cadencia que hace pensar que en cualquier momento va a pedir que le traigan hidromiel. Mi señor suegro lo escuchó durante medio minuto y comenzó a corregirlo como si el muchacho hubiese pasado cinco años en una taberna de frontera por voluntad propia.

Lavinia ya no intentó contener la risa.

—Pobre Juliano.

—¡Mi pobre muchacho ha vivido entre godos durante casi cinco años! —protestó Valeria, extendiendo una mano—. Lo enviaron siendo prácticamente un niño, ha tenido que aprender su lengua, sus costumbres, montar con ellos, cazar con ellos, dormir en sus fortalezas y comportarse como corresponde al pupilo de un rey; regresa por fin a Ferrata y lo primero que escucha de su abuelo es que «un Aeciano no asesina la lengua de Cicerón».

—Eso suena exactamente a él.

—Después le preguntó qué versos de la Eneida recordaba.

—Valeria, por favor, dime que Juliano recitó algo obsceno en gótico.

Valeria intentó conservar la dignidad durante dos segundos antes de comenzar a reír.

—Peor. Le respondió que Eneas habría llegado a Italia mucho más rápido si hubiera sabido montar.

Lavinia golpeó suavemente la mesa con los dedos mientras reía.

—Oh, ese muchacho me agrada.

—A mí también. A su abuelo considerablemente menos en aquel momento.

—¿Lo castigó?

—Le hizo copiar dos páginas de Cicerón.

—Crueldad.

—Barbarie absoluta.

La sonrisa permaneció en el rostro de Valeria durante unos instantes, pero terminó extinguiéndose con lentitud.

—Gracias al cielo, pronto será liberado.

Lavinia entendió inmediatamente que ya no hablaban del examen.

—¿Termina el pupilaje?

—Eso esperamos. Las obligaciones que justificaban mantenerlo allí están prácticamente cumplidas. Ya ha pasado demasiado tiempo lejos de los suyos. Ha aprendido cuanto podía aprender de aquella corte y, si Dios permite que las cosas continúen tranquilas, regresará definitivamente.

—¿Y él quiere volver?

La pregunta permaneció entre ambas.

Valeria bajó la mirada hacia su copa.

—Es romano.

—No te he preguntado qué es.

Valeria permaneció callada algunos segundos más.

—Cuando se marchó de Ferrata —dijo al fin— habló durante todo el camino sobre caballos godos, sobre un arco que quería conseguir y sobre una muchacha cuyo nombre se negó a decirme. No parecía un prisionero regresando a su cautiverio.

Lavinia ladeó ligeramente la cabeza.

—Entonces quizá el problema no sea liberarlo.

Valeria levantó los ojos.

—¿Qué quieres decir?

—Que quizá debáis descubrir primero de qué lugar cree Juliano que está siendo liberado.

Valeria dejó escapar un suspiro lento y apoyó la espalda contra el respaldo, como si la sola idea de intentar comprender los planes de su suegro le resultara agotadora.

—Es irrelevante. A estas alturas, mi señor suegro ya debe de tenerlo colocado como una pieza en alguno de sus insondables planes. Siempre hace lo mismo. Uno cree que está hablando de un muchacho, de una visita, de una deuda o de una boda, y él ya está pensando en tres campañas, dos matrimonios y quién heredará una propiedad dentro de veinte años.

Lavinia sonrió apenas, pero no la contradijo.

Valeria volvió a suspirar.

—Espero que alguno de ellos nos saque pronto de estas montañas. Estoy aburrida, Lavinia. Horriblemente aburrida. Ferrata es magnífica, sí, y todo funciona como debe, pero una puede contemplar los mismos jardines, escuchar a los mismos administradores y recibir a los mismos clientes durante un número limitado de años antes de empezar a considerar el vino como una vocación religiosa.

—Eso explicaría algunas decisiones senatoriales.

—No seas cruel.

—Nunca sin necesidad.

Valeria dejó escapar una risa breve, pero esta vez no duró mucho. Su expresión se suavizó y la mirada descendió hacia sus propias manos.

—Lo único que, bueno... evita que termine muriéndome en vino es mi pequeño Marco.

Lavinia no dijo nada.

—Es tan hermoso —continuó Valeria con una ternura que contrastaba de inmediato con todo lo anterior—. Y tan frágil.

Durante unos instantes dejó de parecer la matrona que negociaba alianzas, observaba generales y calculaba matrimonios. Era simplemente una madre hablando del hijo que todavía permanecía bajo su techo.

—Los otros siempre estuvieron corriendo hacia alguna parte. Lucio quería crecer antes de tiempo; Juliano apenas aprendió a caminar y ya parecía dispuesto a escaparse detrás de un caballo. Los mayores querían armas, maestros, viajes, patronos... Marco no. Marco siempre se queda cerca.

Valeria sonrió, aunque había una tristeza tenue debajo de aquella expresión.

—Puede pasar una hora sentado a mi lado sin molestarme. A veces ni siquiera habla. Simplemente se queda allí, escuchando, o mirando cualquier cosa como si fuera lo más importante del mundo. Y cuando se duerme todavía busca mi mano.

Lavinia observó a su prima con más atención.

—Lo proteges demasiado.

Valeria levantó inmediatamente los ojos.

—Es mi hijo.

—No he dicho que no debas protegerlo.

—Entonces no empieces.

Lavinia alzó ligeramente ambas manos, concediendo el punto.

Valeria bajó otra vez la mirada.

—Todos creen que no me doy cuenta.

—¿De qué?

—De cómo lo miran.

La voz había perdido casi por completo su ligereza.

—Los médicos dicen que es tardío. Severiano dice que cada niño alcanza las cosas a su tiempo. Algunos criados creen que no escucha cuando hablan cerca de él. Y mis hijos mayores... —hizo una pequeña pausa— intentan tratarlo con cuidado. Demasiado cuidado.

Lavinia guardó silencio.

—Yo sé que es diferente —continuó Valeria—. No soy idiota. Sé que tarda en responder, que a veces parece no entender cosas sencillas y que puede quedarse mirando una pared como si detrás hubiera otro mundo. Pero también sé que es bueno. Nunca hace daño a nadie. Nunca levanta la voz. Nunca exige nada.

Valeria sonrió de nuevo, esta vez con una vulnerabilidad que probablemente muy pocas personas habían visto en ella.

—Y cuando me mira... no sé. Es difícil explicarlo. Es como si yo fuera lo único que reconoce inmediatamente.

Lavinia se acomodó lentamente en el asiento.

—Eso no es poca cosa.

—No.

Valeria tomó la copa, pero en lugar de beber la sostuvo entre ambas manos.

—Quizá por eso no me importa que los otros se marchen. Lucio debe estar junto a Ricimero. Juliano debe aprender con los godos. Los mayores tienen que hacer lo que corresponde a su nombre. Pero Marco...

Se detuvo.

—Marco puede quedarse conmigo un poco más.

La frase quedó suspendida entre ambas.

Lavinia miró hacia el extremo del gran salón, hacia las columnas, las puertas abiertas y los corredores que conducían al ala familiar.

—¿Dónde está ahora?

Valeria respondió sin preocupación.

—Con Severiano, supongo. O mirando alguna estatua. Últimamente le ha dado por quedarse horas contemplando las cosas como si esperara que le respondieran.

Entonces, desde algún punto lejano de la Domus de Ferrata, llegó un grito amortiguado.

No fue suficientemente claro para distinguir las palabras.

Valeria dejó de sonreír.

Valeria no se inmutó. El grito había llegado amortiguado, perdido entre corredores, cocinas y dependencias suficientemente alejadas como para confundirse con una orden cualquiera dentro de una casa del tamaño de Ferrata. Apenas ladeó la cabeza durante un instante y después volvió a mirar a Lavinia, retomando la conversación exactamente donde la había dejado.

—Flavia, en cambio, es otra cosa. Es tan inteligente... y tan astuta. Todo lo que yo no era a su edad.

Lavinia arqueó una ceja.

—¿Eso debo tomarlo como modestia o como advertencia?

—Como una confesión excepcional. No te acostumbres.

Valeria sonrió y movió lentamente la copa entre los dedos.

—Tiene todos mis defectos, por supuesto. La vanidad, el orgullo, la impaciencia, esa necesidad terrible de ganar incluso cuando nadie sabe que estamos compitiendo... pero sabe ocultarlos mejor que yo. Mucho mejor. Puede sentarse delante del cliente más idiota de Italia y conseguir que el pobre hombre salga convencido de que ha pronunciado algo brillante.

—Una habilidad peligrosa.

—Una habilidad indispensable.

—Depende de quién sea el cliente.

Valeria dejó escapar una breve risa.

—Y después, esa misma niña puede pasar dos horas hablando de tú a tú con uno de esos sabios que aparecen aquí procedentes de lugares que apenas sé ubicar en un mapa. Sirios, griegos, alejandrinos, hombres del África... Algunos traen libros que nadie ha leído en generaciones y discuten con ella como si olvidaran completamente que tiene doce años.

—¿Y no la subestiman?

—Los mejores no. Los peores sí, naturalmente.

Valeria hizo una pequeña mueca de disgusto.

—Hay hombres que tienen esa maña fea de subestimarnos por ser mujeres antes incluso de que abramos la boca. Uno puede explicarles una cuenta, una genealogía o un asunto de propiedades tres veces y continúan mirando alrededor buscando a algún varón que confirme que los números siguen siendo números.

—Es una costumbre antigua.

—Una costumbre estúpida.

Valeria suspiró y durante unos segundos pareció considerar algo que rara vez reconocía abiertamente.

—Eso sí se lo concedo a mi señor suegro.

Lavinia levantó los ojos.

—¿A Aecio?

—A él.

La expresión de Valeria perdió parte de su ligereza.

—Cuando hablo con mi señor suegro siento que me respeta intelectualmente. De verdad. No como esos hombres que escuchan a una mujer únicamente porque esperan descubrir después qué hombre le puso las ideas en la cabeza. Él escucha. Pregunta. Contradice. Y si considera que estoy equivocada, me explica exactamente por qué.

—Eso suena casi civilizado.

—No exageremos.

Lavinia sonrió.

Valeria permaneció unos instantes callada antes de continuar.

—Aunque también consigue hacerme sentir pequeña.

—¿Pequeña?

—Sí.

Valeria buscó la palabra adecuada.

—No porque me desprecie. Es... su presencia. Esa manera suya de entrar en una habitación y hacer que uno recuerde inmediatamente quién es. Puede estar sentado, viejo, medio encorvado sobre un códice, y aun así parece que detrás de él marchara un ejército entero.

Lavinia no respondió enseguida.

—Tú lo conociste antes de que envejeciera —añadió Valeria.

—Lo suficiente.

—Entonces sabes a qué me refiero.

La matrona bajó la mirada hacia el vino.

—Puedo oler la sangre que lo rodea.

La frase salió con una naturalidad desagradable.

—No literalmente, claro. Pero está ahí. En ocasiones habla de una batalla como si estuviera explicando dónde reparar un muro, y entonces recuerdo que todos esos nombres que menciona fueron hombres de verdad. Miles. Decenas de miles quizá. Algunos vivieron porque él tomó una decisión y otros murieron por la misma razón.

Lavinia asintió lentamente.

—Ese es el problema de los grandes hombres. De lejos parecen estatuas. De cerca uno descubre de qué están hechas.

Valeria bebió apenas un sorbo.

—En fin. Como te decía, mi pequeña Flavia...

La puerta lateral del gran salón se abrió de golpe.

El sonido fue tan violento que varios esclavos al fondo volvieron simultáneamente la cabeza.

Un muchacho apareció en el umbral.

Era uno de los esclavos jóvenes de servicio, habitualmente tan cuidadoso con las formas que jamás habría entrado en aquella sala sin anunciarse. Ahora tenía el rostro completamente pálido, el pecho subiendo y bajando con violencia y una mano todavía apoyada contra el marco como si hubiera necesitado sujetarse para no caer.

Valeria lo miró.

No tuvo tiempo de reprenderlo.

—¡Mi domina!

La voz del muchacho se quebró.

Valeria dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

El esclavo intentó hablar, pero primero tuvo que tragar saliva.

—El señorito...

Valeria se puso de pie.

—¿Cuál?

El muchacho la miró directamente.

—¡Marco, mi domina!

Durante un instante nadie se movió.

Entonces el esclavo pronunció las palabras que parecieron vaciar de aire el salón entero.

—¡El señorito se muere!

 

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