domingo, 27 de septiembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los hijos que entregamos

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Los campos al sur de la Domus de Ferrata descendían en terrazas suaves hacia las tierras de cultivo, donde las últimas hileras de viñas se confundían con los pastizales y, más allá, comenzaban las pendientes boscosas que encerraban la propiedad entre montañas. El invierno todavía no había llegado con toda su fuerza, pero el viento que bajaba desde las cumbres obligaba a llevar capas gruesas y hacía que el aliento se volviera visible. Flavio Aecio había escogido un banco de piedra orientado hacia el camino de los graneros y permanecía allí envuelto en una pesada capa militar, con una manta sobre las piernas y su nieta Flavia sentada cómodamente sobre uno de sus muslos. La niña llevaba un abrigo demasiado elegante para una excursión entre campos, pero había insistido en acompañarlo durante la inspección, y el anciano, después de fingir durante varios minutos que aquello constituía una grave alteración de sus planes, había terminado acomodándola sobre su regazo.

Desde allí podían verse esclavos conduciendo una carreta cargada de sacos, jornaleros reparando una cerca y dos administradores discutiendo cerca de los establos. Aecio señaló con la barbilla hacia ellos.

—Algún día tendrás personas a tu servicio. Muchas, probablemente. Hombres libres, libertos, clientes, soldados, escribas... y esclavos. Y quiero que recuerdes una cosa que los jóvenes de buena familia olvidan con demasiada facilidad: debes ser severa cuando corresponda, pero siempre justa.

Flavia volvió ligeramente la cabeza para mirarlo.

—¿Incluso con los esclavos?

Aecio soltó una carcajada grave.

—Sobre todo con los esclavos.

La niña frunció el ceño.

—Pero son esclavos.

—Precisamente.

El anciano ajustó la manta alrededor de las piernas de ambos antes de continuar.

—Un senador puede odiarte y necesitar meses para perjudicarte. Un gobernador puede odiarte y necesitar una carta, mensajeros, aliados y quizá un ejército. El hombre que te sirve la cena necesita una cucharada. La mujer que prepara tu baño necesita una puerta cerrada. El esclavo que duerme junto a tu dormitorio necesita solamente esperar a que cierres los ojos.

Flavia dejó de mirar los campos.

—Eso suena horrible.

—Lo es. Por eso resulta útil recordarlo.

Aecio levantó una mano enguantada y comenzó a contar con los dedos.

—Domiciano era emperador de Roma. Tenía guardias, funcionarios, espías, dinero y suficientes aduladores para llenar el Circo Máximo. ¿Sabes quién abrió el ataque contra él?

Flavia negó con la cabeza.

—Estéfano. Un hombre de su propia casa, un liberto que administraba asuntos domésticos. Durante días llevó un brazo vendado fingiendo estar herido. Dentro ocultaba un puñal. Cuando consiguió quedarse cerca del emperador, sacó el arma.

Flavia abrió ligeramente los ojos.

—¿Lo mató?

—Lo hirió primero. Después otros participaron. Ese es otro detalle importante: cuando suficientes personas dentro de tu propia casa desean verte muerta, los guardias exteriores sirven de muy poco.

El viento agitó la barba gris del anciano. Aecio esperó unos segundos antes de continuar.

—Cómodo cometió un error parecido. Gobernaba como si todos los que lo rodeaban fueran objetos. Humillaba, amenazaba, aterrorizaba. Finalmente, Marcia, Eclecto y otros de su círculo decidieron que resultaba más seguro matarlo que esperar a descubrir quién sería ejecutado al día siguiente.

—¿También un esclavo?

—El hombre que terminó estrangulándolo se llamaba Narciso. Era un atleta, un luchador que formaba parte de su entorno más cercano. No necesitó atravesar murallas ni derrotar una legión. Entró donde el emperador estaba vulnerable y terminó el trabajo con sus propias manos.

Flavia permaneció algunos momentos pensativa.

—Entonces hay que ser amable para que no te maten.

Aecio volvió a reír.

—Esa sería una interpretación extraordinariamente práctica del cristianismo.

—No hablaba del cristianismo.

—Eso me preocupaba.

Flavia sonrió y apoyó la espalda contra el pecho de su abuelo.

—¿Entonces nunca debo castigar a un esclavo?

—No he dicho eso. Un amo incapaz de castigar pierde autoridad tan rápido como uno que castiga por diversión pierde lealtad. Si alguien roba, miente, abandona su trabajo o pone en peligro a otros, debe existir una consecuencia. Pero debe saber por qué recibe el castigo. Debe saber qué norma rompió. Y, cuando sea posible, debe saber también qué puede hacer para recuperar tu confianza.

Aecio observó durante unos segundos a los trabajadores que descargaban los sacos.

—La arbitrariedad es veneno. Hoy golpeas a un hombre porque estás irritada. Mañana castigas a una mujer porque alguien más cometió un error. Después descubres que todos te obedecen cuando los miras y todos te odian cuando das la espalda.

—¿Tú nunca hiciste eso?

La pregunta hizo que el anciano permaneciera en silencio.

Flavia giró la cabeza.

—Abuelo.

—He hecho cosas peores.

La respuesta carecía de orgullo.

—Pero aprendí una diferencia que muchos hombres poderosos nunca aprenden: en una batalla puedes ordenar algo terrible porque es necesario. Dentro de tu casa no tienes esa excusa. Si castigas para satisfacer tu temperamento, no estás gobernando. Estás divirtiéndote con alguien que no puede responderte.

Flavia miró hacia una esclava que llevaba una cesta desde los almacenes.

—¿Y si me odian aunque yo sea justa?

—Puede ocurrir.

—Entonces no sirve.

—Claro que sirve. La justicia no compra amor. Compra previsibilidad. Y eso vale mucho más.

Aecio colocó una mano sobre el pequeño hombro de su nieta.

—El hombre que sabe que no lo castigarás sin razón duerme mejor. El que sabe que puede hablarte antes de que un problema se convierta en desastre viene a buscarte. El cocinero que no teme que lo azotes por darte una mala noticia te dirá que la carne está podrida antes de servirla. La esclava que sabe que escucharás una denuncia puede avisarte de que alguien intenta entrar por las noches. La gente que vive contigo ve cosas que tú jamás verás.

Flavia entrecerró los ojos.

—Entonces también son espías.

—Todos somos espías para alguien.

—Eso lo dices porque eres viejo.

—Eso lo digo porque sigo vivo.

La respuesta hizo reír a la niña.

Aecio sonrió también, pero después señaló discretamente hacia la Domus de Ferrata, visible al norte como una masa de piedra, tejados y torres recortada contra las montañas.

—Recuerda esto, pequeña. Los grandes hombres siempre temen al enemigo que viene desde lejos. Hunos, vándalos, godos, persas, generales rivales... —hizo una pausa—. Y después mueren porque ignoraron al hombre que les llevaba las sandalias.

Flavia volvió a acomodarse en su regazo.

—Yo trataré bien a quien lleve mis sandalias.

—Excelente comienzo.

—¿Y al cocinero?

—Muchísimo mejor.

—¿Y al que limpie mi habitación?

Aecio miró solemnemente a su nieta.

—A ese procura no declararle nunca la guerra.

En ese momento apareció Nabira por el sendero que bordeaba los campos, llevando sobre la cabeza un gran cesto de mimbre cubierto con un paño de lino. Su figura destacaba con facilidad entre los trabajadores por la seguridad de sus movimientos y por aquella manera de caminar que hacía parecer que incluso las tareas domésticas formaban parte de una operación cuidadosamente organizada. Al aproximarse al banco retiró el paño y dejó al descubierto una docena de bollos de pan todavía tibios, brillantes por una capa generosa de miel.

—Mi señor.

Aecio miró el contenido del cesto y luego a Nabira con una expresión deliberadamente grave.

—Menas me ha recomendado que deje de comer estas cosas.

Nabira soltó una carcajada franca.

—¿Mi señor espera vivir otros cien años?

Aecio la observó durante un instante y después comenzó a reír. Sin añadir una sola palabra tomó inmediatamente una de las hogazas, la partió por la mitad y entregó una parte a Flavia, que la recibió con la satisfacción de quien acababa de descubrir que la autoridad médica tenía límites bastante negociables dentro de Ferrata.

—Eres extraordinariamente eficiente con los trabajadores —dijo Aecio mientras mordía el pan—. Esto explica parte del misterio.

—Es la miel, mi señor.

—No. La miel explica por qué trabajan contentos. Yo quiero saber cómo consigues que las abejas no te maten mientras la obtienes.

Nabira sonrió con una dignidad casi ceremonial.

—Secretos de África, mi señor.

Aquello habría podido sonar como una broma rústica en boca de cualquier otra persona, pero Nabira hablaba un latín tan correcto que incluso Flavia levantó los ojos para escucharla. No era simplemente inteligible ni educado, sino preciso, limpio en las construcciones y sorprendentemente cercano al modelo que los maestros de retórica atribuían a Cicerón, circunstancia que producía una impresión peculiar cuando semejante elegancia lingüística salía de una mujer esclavizada encargada de supervisar trabajadores agrícolas. En Ferrata hacía tiempo que nadie encontraba aquello extraño; fuera de sus límites, en cambio, bastaban algunas frases para que más de un visitante comenzara a preguntarse quién demonios era realmente aquella mujer.

—Algún día tendrás que contarme esos secretos —dijo Aecio.

—Algún día, mi señor.

Nabira inclinó ligeramente la cabeza y continuó su recorrido. No llevaba el pan exclusivamente para el viejo patricio. Fue repartiendo porciones entre quienes se encontraban en descanso: jornaleros, esclavos de campo, carreteros y dos muchachos que habían pasado toda la mañana reparando una cerca. Ferrata tenía más pausas de las que un administrador convencional habría considerado prudentes. Aecio nunca había apreciado el agotamiento inútil. Durante sus años de campaña había aprendido que un soldado exhausto obedecía peor, marchaba peor y terminaba enfermando precisamente cuando más falta hacía; con el tiempo había extendido aquella lógica a los trabajadores de sus propiedades, a quienes, para diversión de Valeria y desesperación de algunos administradores, seguía llamando soldados.

—¿Por qué descansan tanto? —preguntó Flavia mientras masticaba el pan con miel.

—Porque mañana quiero que vuelvan a trabajar.

—Eso parece evidente.

—No para todos.

Aecio señaló a un grupo sentado junto a una pared baja. Uno de los hombres acababa de sacar unos dados y otros tres comenzaban a discutir animadamente alrededor de él.

—Mira.

Flavia observó cómo unas pocas monedas cambiaban de manos.

—Están apostando.

—Sí.

—¿Y los dejas?

—Mientras no apuesten lo que no poseen, no se peleen y vuelvan al trabajo cuando termina el descanso.

Flavia entrecerró los ojos.

—Pero les das dinero.

—A veces.

—Y luego lo pierden apostando.

—Con frecuencia.

—Entonces es absurdo.

Aecio sonrió.

—Eso pensé la primera vez.

El anciano terminó otro pedazo de pan antes de continuar.

—Recompensar a un esclavo parece una tontería para muchos hombres. Dicen que ya recibe comida, ropa y techo, y que por tanto cualquier moneda adicional es un desperdicio. Pero una pequeña recompensa compra cosas que el látigo no puede comprar.

—¿Qué cosas?

—La esperanza de recibir otra.

Flavia permaneció callada.

—Si un hombre sabe que trabajar bien puede darle unas monedas, un día libre, mejor comida o una pequeña ventaja, empieza a comparar. Si huye, puede morir. Si se rebela, puede morir. Si trabaja bien, quizá gane algo. No necesita amar a su amo. Solo necesita concluir que obedecer es menos desagradable que incendiar la casa.

Flavia masticó lentamente.

—Eso suena horrible otra vez.

—Gobernar personas suele sonar peor cuando se explica con sinceridad.

Aecio señaló nuevamente hacia los dados.

—Además, de alguna manera, una parte considerable de esas monedas termina regresando.

—¿Porque pierden?

—Porque siempre pierden.

—¿Contra quién?

Aecio hizo un gesto vago.

—Contra otros trabajadores, contra libertos, contra algún administrador, contra un tabernero al que casualmente compra vino uno de mis clientes... el dinero tiene una habilidad extraordinaria para volver al punto de partida.

Flavia comenzó a reír.

—Entonces finges pagarles.

—No. Les pago de verdad.

—Pero recuperas el dinero.

—También de verdad.

La niña lo miró con creciente sospecha.

—Eso es hacer trampa.

—Eso es economía.

Flavia soltó una carcajada, y Aecio la acompañó durante unos segundos antes de mirar otra vez hacia los campos. En realidad, todo aquel sistema formaba parte de una pantomima mucho más amplia. Descansos, pequeñas recompensas, festividades, permiso para apostar cantidades modestas, oportunidades de comprar objetos personales y la posibilidad ocasional de acumular dinero propio parecían concesiones ridículas para hombres acostumbrados a pensar que un esclavo debía recibir únicamente aquello necesario para seguir respirando. Aecio las consideraba herramientas de estabilidad. Una finca donde cientos de personas vivían bajo coerción era, por definición, una fortaleza ocupada desde dentro; ningún hombre que hubiese sobrevivido suficientes campañas podía olvidar esa realidad. La obediencia no necesitaba ser afectuosa. Bastaba con que la alternativa pareciera peor.

Un caballo apareció entonces por el camino principal.

No avanzaba al trote tranquilo de un mensajero ordinario, sino con la espuma comenzando a formarse alrededor del bocado. El jinete era un liberto de la casa, uno de los hombres utilizados para comunicaciones entre las distintas dependencias de Ferrata, y no redujo la velocidad hasta encontrarse casi encima del grupo. Saltó de la montura antes incluso de que el animal hubiera terminado de detenerse.

Aecio dejó inmediatamente de sonreír.

El hombre tenía el rostro desencajado.

—¡Mi señor!

Aecio sostuvo mejor a Flavia sobre su regazo.

—Habla.

El liberto respiró una vez, demasiado rápido.

—Vuestro nieto menor...

El anciano quedó completamente inmóvil.

—¿Marco?

El hombre asintió.

—Mi señor... vuestro nieto menor se muere.

Durante un instante Aecio no respondió.

El viento continuó moviendo las ramas, los dados siguieron rodando unos metros más allá y alguien volvió a reír entre los trabajadores, todavía ignorante de que el mundo acababa de cambiar para el hombre sentado en aquel banco.

Aecio bajó lentamente a Flavia de su regazo.

—Llévame a él.

Valeria no recordaría después en qué momento comenzó a correr. Un instante antes estaba de pie frente a Lavinia Pansa Crispiana, todavía intentando comprender unas palabras que parecían absurdas —el señorito se muere—, y al siguiente atravesaba el Gran salón de recepciones, el Aula maior, apartando con una mano la pesada tela de su vestido mientras con la otra recogía las capas inferiores para evitar pisarlas. Jamás en toda su vida había maldecido tanto el hecho de ser mujer. Aquellas prendas que unas horas antes habían servido para demostrar rango, riqueza y respetabilidad se habían convertido ahora en una maquinaria diseñada expresamente para impedirle llegar hasta su hijo: túnicas superpuestas, cinturones, broches, manto, tela suficiente para vestir a tres legionarios y una maldita longitud de falda que amenazaba con enredarse en sus propios tobillos cada vez que intentaba alargar la zancada.

Atravesó el salón entre columnas y mesas todavía dispuestas para las recepciones, cruzó el Vestibulum, donde dos esclavos se apartaron tan deprisa que uno estuvo a punto de derribar un brasero, y alcanzó el Porticus, el gran pórtico de acceso del ala. Apenas vio las escalinatas ante ella comprendió que aquello iba a ser peor de lo que había imaginado.

“¿Quién demonios decidió que una mujer respetable debía vestirse como una cortina?”

Descendió los primeros escalones sosteniendo la falda a la altura de las rodillas, ignorando por completo el escándalo que semejante gesto habría provocado en cualquier recepción decente. Bajó otra escalinata inmediatamente después y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando una de las sandalias resbaló sobre la piedra. Se sujetó al pasamanos, recuperó el paso y siguió adelante sin reducir la velocidad. Detrás de ella alguien gritaba que aguardara; quizá Lavinia, quizá un esclavo, quizá media casa. No le importó.

El recorrido entre el ala de recepciones y el edificio principal nunca le había parecido particularmente largo. Aquella tarde parecía extenderse como un camino entre ciudades.

Giró hacia la izquierda y siguió uno de los corredores exteriores que comunicaban las distintas alas de Ferrata. A su izquierda se extendía uno de los jardines interiores, todavía verde pese al frío, con cipreses, arbustos recortados y una pequeña fuente cuya agua continuaba cayendo con una tranquilidad que a Valeria le resultó ofensiva. Corrió junto a la columnata, oyendo detrás de las paredes el ruido creciente de la casa despertando ante la emergencia: puertas abiertas, órdenes, pasos, alguna esclava preguntando qué ocurría y alguien repitiendo el nombre de Menas.

Al final del corredor volvió a girar hacia la izquierda.

Allí, en un pequeño nicho protegido del viento, estaba la estatua de la Virgen María. Una lámpara ardía delante de ella y alguien había dejado flores a sus pies aquella misma mañana. Valeria apenas tuvo tiempo para mirar el rostro sereno de piedra.

“Que esté vivo.”

No fue una oración elaborada. No prometió donativos, ayunos ni peregrinaciones. No había espacio dentro de su cabeza para negociar con Dios.

“Solo que esté vivo.”

Continuó.

Atravesó el Hortus frontalis, el jardín frontal que precedía al edificio principal, bajando por el eje entre parterres y fuentes hasta encontrar el acceso que conducía hacia el cuerpo central de la Domus. Allí el camino se estrechaba y comenzaba la circulación de sirvientes entre dependencias. Valeria tuvo que esquivar una cesta, un cubo y finalmente a un muchacho que apareció de improviso cargando un haz de leña tan grande que apenas podía ver por encima de él.

Era Armin.

El joven esclavo se quedó petrificado al reconocerla.

—¡Domina!

Valeria pasó junto a él sin detenerse.

—¡Aparta!

Armin consiguió pegarse a la pared con la leña justo cuando otra figura apareció desde el corredor transversal. La señora Damaris llevaba un manojo de llaves colgando de la cintura y la expresión automática de quien llevaba tantos años administrando partes de aquella casa que en ocasiones olvidaba la diferencia entre autoridad delegada y autoridad verdadera.

—¡Domina Valeria! —exclamó al verla—. ¡No deberíais correr así! Podéis caer, por vuestra dignidad, vuestra ropa...

Valeria continuó dos pasos.

Entonces regresó.

Damaris apenas tuvo tiempo de entenderlo.

La bofetada resonó seca bajo la galería.

Armin bajó inmediatamente la mirada hacia la leña.

Damaris quedó con el rostro vuelto hacia un lado, una mano levantándose lentamente hacia la mejilla.

Valeria la miró con una furia tan desnuda que la liberta retrocedió medio paso.

—¿Mi dignidad?

—Domina, yo solo...

—Mi hijo se está muriendo y tú te atreves a decirme cómo debo caminar.

—No pretendía...

—No eres mi madre.

Damaris bajó los ojos.

—No, domina.

—No eres mi suegra.

—No, domina.

—Y no eres ninguna mierda de esas.

Armin cerró los ojos.

Damaris permaneció inmóvil.

—Eres una liberta con llaves —continuó Valeria—. Muchas llaves, sí. Llaves muy útiles. Pero siguen siendo llaves que existen porque mi casa decidió ponerlas en tus manos. Si vuelves a interponerte entre mí y uno de mis hijos, descubrirás exactamente cuánto pesan.

Damaris inclinó inmediatamente la cabeza.

—Sí, domina.

Valeria ya había vuelto a correr antes de que terminara de responder.

Atravesó el sector frontal hasta alcanzar la Turris, cuya escalera permitía comunicar rápidamente las plantas superiores sin necesidad de rodear el gran atrio. El acceso a la torre parecía aún más estrecho con las prendas empujándole las piernas. Se recogió la túnica todavía más arriba, mostrando sin el menor pudor una cantidad de pantorrilla que habría dado alimento a los rumores domésticos durante semanas, y comenzó a subir.

“Que se atraganten todos con el escándalo.”

Los escalones de piedra giraban alrededor del núcleo de la torre. Subió uno, dos, diez, veinte, sintiendo la respiración clavarse en el pecho mientras la ropa se pegaba a sus piernas. El sonido de voces llegaba desde arriba.

Al alcanzar la Scala turris del segundo nivel, salió casi chocando con Albia Rufina.

La soprano llevaba dos ánforas pequeñas sujetas contra el pecho y una tercera colgando dentro de una red de cuerda. Se detuvo de golpe.

—Domina.

—¿Dónde está Marco?

Albia comprendió inmediatamente.

—En el Dormitorium liberorum, domina. Menas está con él.

Valeria avanzó.

Albia dejó las ánforas en el suelo.

—Domina...

Valeria se detuvo apenas.

—¿Qué?

La esclava abrió la boca, pero durante un instante pareció no saber cómo formular aquello.

—Hay mucha sangre.

Valeria sintió que algo descendía desde el estómago hasta los pies.

No respondió.

Siguió caminando.

Los últimos metros por la galería superior dejaron de parecer reales. El atrio se abría bajo ella, enorme, con la fuente en el centro y pequeñas figuras moviéndose en la planta inferior. Escuchó órdenes procedentes del dormitorio. Reconoció la voz de Menas. Otra voz rezaba con rapidez: Severiano.

Después escuchó un golpe.

Uno seco.

Luego otro.

Y comprendió que no eran golpes.

Era la cama.

Entró.

El Dormitorium liberorum estaba convertido en un caos.

Habían apartado arcones y bancos contra las paredes. Varias lámparas iluminaban la estancia con una claridad casi brutal. Había recipientes con agua, paños, vendas, pequeños instrumentos, cuencos y dos esclavos que Menas había formado durante años para ayudarle en heridas y enfermedades. Una mujer sostenía una jofaina mientras otra preparaba lino limpio. Severiano estaba junto a la cabecera, murmurando una oración tan rápido que las palabras se atropellaban unas contra otras.

En el centro de todo aquello estaba Marco.

Su pequeño cuerpo se arqueó sobre la cama.

Las piernas se tensaron.

Un brazo golpeó violentamente contra el colchón.

La cabeza se volvió hacia un lado mientras los dientes chocaban entre sí y Menas sujetaba cuidadosamente el cráneo para impedir que se golpeara contra la estructura.

Había sangre bajo su nariz.

Sangre junto al oído.

Sangre seca cerca del ojo.

Valeria se quedó inmóvil.

Durante unos segundos fue incapaz de comprender que aquel cuerpo fuera el mismo niño que esa mañana había permanecido sentado junto a ella sin decir casi nada, el mismo que buscaba su mano mientras dormía, el mismo del que acababa de decir a Lavinia que era hermoso, frágil y que podía quedarse con ella un poco más.

—¡Sujetadle la pierna, no el pecho! —ordenó Menas—. ¡Dejad que respire! Severiano, si vas a rezar, hazlo al otro lado. Me estás tapando la lámpara.

—¡Estoy administrando la extremaunción!

—¡Pues adminístrala sin empujarme!

Marco volvió a convulsionar.

Valeria avanzó un paso.

Menas la vio.

Su expresión cambió.

—Valeria.

Ella no respondió.

Severiano levantó la cabeza.

—Hija...

Valeria caminó hasta la cama como si ninguno de ellos existiera.

—Marco.

El niño no reaccionó.

Se inclinó sobre él.

—Marco.

Una nueva contracción recorrió el cuerpo pequeño y Valeria retrocedió apenas, aterrorizada por algo que no comprendía.

—Menas...

El médico sostuvo la mandíbula del niño mientras observaba su respiración.

—Estoy aquí.

—¿Qué le pasa?

No recibió respuesta inmediata.

Valeria volvió la cabeza.

—Menas.

El médico alzó finalmente los ojos hacia ella.

Por primera vez desde que Valeria lo conocía, el sarcasmo había desaparecido por completo de su rostro.

—No lo sé.

Aquellas tres palabras consiguieron asustarla más que toda la sangre.

Valeria avanzó hacia la cama sin pedir permiso. No pensó en Menas, en Severiano ni en las manos manchadas de sangre que se movían alrededor del muchacho. Solo vio a Marco. Su pequeño Marco, convulsionando entre lienzos húmedos, lámparas y órdenes incomprensibles, con el rostro que tantas veces había besado ahora deformado por espasmos que parecían arrancarlo de sí mismo. Extendió los brazos para levantarlo, para apretarlo contra el pecho, para hacer lo único que una madre podía hacer cuando toda razón dejaba de servir.

Menas se interpuso.

—No.

Valeria lo miró sin comprender.

—Quítate.

—No puedo.

—He dicho que te quites.

—Y yo he dicho que no.

Ella intentó rodearlo.

Menas le sujetó ambas muñecas antes de que alcanzara al niño.

—¡Suéltame!

—Está convulsionando. Si lo aprietas contra ti puedes impedirle respirar o hacer que se golpee peor.

—¡Es mi hijo!

—Y por eso mismo no voy a permitir que lo mates intentando consolarlo.

Valeria lo miró como si acabara de insultar a todos sus antepasados.

—Menas...

—Mi domina, podéis mandarme azotar después.

Aquello la detuvo apenas un instante.

Menas levantó la voz.

—¡Hombres! Retenedla.

Dos esclavos dudaron.

Ninguno quiso tocarla.

Menas los fulminó con la mirada.

—¡Ahora!

Ambos obedecieron.

Valeria sintió unas manos rodeándole los brazos y reaccionó con una furia casi animal.

—¡Soltadme! ¡Soltadme, hijos de...! ¡Menas, te juro por Dios que si le ocurre algo...!

—Podéis jurarme todo cuanto queráis cuando deje de convulsionar.

Marco volvió a arquearse sobre la cama.

Valeria dejó de luchar durante un segundo.

Y entonces apareció Casio.

No en la habitación. Dentro de ella.

“Yo no estuve allí.”

La idea llegó sin orden.

“Casio murió en Sicilia y yo no estuve allí.”

Recordó la carta.

No el texto completo. Nunca había conseguido conservarlo completo. Recordaba palabras aisladas: fiebre, médicos, sacramentos, debilidad, misericordia divina. Recordaba el sello roto. Recordaba haber entendido lo que decía antes de terminar la primera línea. Recordaba haberse quedado sentada durante horas sosteniendo aquel pedazo de pergamino mientras alrededor de ella todos esperaban que hiciera algo digno de una matrona.

“Yo no lo abracé.”

Marco se estremeció.

“Casio murió sin que yo lo abrazara.”

Uno de los esclavos apretó un poco más los brazos de Valeria cuando ella volvió a intentar avanzar.

—¡No me toques!

—Perdonadme, domina...

—¡Entonces suéltame!

—¡No lo hagáis! —ordenó Menas.

Valeria giró la cabeza hacia él.

—¡Maldito seas!

Menas no respondió.

Estaba observando los ojos de Marco.

—¡Lámpara más cerca! ¡No, esa no! ¡La otra!

Albia regresó en ese momento, jadeando, con una gran jarra entre los brazos y el cabello parcialmente desprendido de su peinado. Había corrido tanto que apenas podía hablar.

—Agua... de la montaña...

Menas extendió una mano.

—¡Niña! ¡Traedme eso ya!

Albia cruzó la habitación.

El recipiente sudaba frío. El agua provenía de uno de los conductos alimentados por los manantiales superiores y estaba tan helada que el barro exterior parecía cubierto por una película de humedad casi blanca.

—Aquí, maestro.

Menas metió dos dedos.

—Perfecto. Paños.

Una de las ayudantes los entregó.

—Cuello, axilas, ingles. No lo empapéis. Cambiadlos cuando pierdan el frío.

Valeria contemplaba todo sin comprender realmente nada.

“Casio.”

Marco jadeó.

“Marco.”

Un paño frío fue colocado sobre el cuello del niño.

“Lucio está lejos.”

Otro bajo un brazo.

“Juliano está con los godos.”

Otro entre las piernas.

“Flavia estaba esta mañana con su abuelo.”

Las ideas aparecían sin conexión.

“Mis hijos siempre están lejos.”

Marco emitió un sonido pequeño, ahogado.

“Este no.”

Valeria volvió a luchar.

—¡Marco!

El muchacho no respondió.

—¡Marco, mírame!

Menas giró hacia ella.

—No puede oíros.

—¡No sabes eso!

—No. No lo sé.

—Entonces no digas que no puede.

Menas cerró la boca.

Por una vez, aceptó la corrección.

Valeria sintió que las piernas comenzaban a fallarle.

Los hombres que la sujetaban tuvieron que sostenerla más que retenerla.

“Este debía quedarse.”

La idea apareció con una claridad insoportable.

“Yo dije que podía quedarse conmigo.”

Una lágrima descendió por su mejilla.

Valeria no la notó.

Después otra.

La sombra oscura que llevaba alrededor de los ojos comenzó a mezclarse con ellas. El pigmento se deslizó lentamente hacia abajo, primero como una línea gris, después como manchas negras que cruzaban sus mejillas y convertían el rostro perfectamente compuesto de la matrona en algo irreconocible.

No le importó.

“Lucio tiene a Ricimero.”

Marco tembló.

“Juliano tiene a los godos.”

Otro espasmo.

“Casio tuvo Sicilia.”

Valeria cerró los ojos.

“Y yo...”

No terminó el pensamiento.

Porque sabía cómo terminaba.

“Yo siempre los entrego.”

Abrió los ojos de golpe.

—No.

Nadie supo a quién se dirigía.

—No.

Severiano levantó la cabeza de sus oraciones.

—Valeria...

—No.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Ya di uno.

Severiano comprendió antes que los demás.

—Hija...

—Ya di uno.

Miró a Marco.

—Casio ya murió lejos de mí.

La habitación pareció encogerse.

—No voy a dar otro.

Menas continuó trabajando.

—Nadie os está pidiendo que lo hagáis.

Valeria lo miró con rabia.

—Dios me los pide constantemente.

Severiano dio un paso hacia ella.

—No digas eso.

—¿Por qué no? —escupió Valeria—. Los quiere a todos. Uno para los generales. Uno para los reyes. Uno para Sicilia. Uno para la Iglesia si alguien lo decide. Siempre hay una razón magnífica para quitarme un hijo.

—Valeria...

—¡Y este no!

Marco volvió a convulsionar.

El grito de Valeria murió en su garganta.

Menas puso una mano sobre el pecho del niño.

—Esperad.

Todos quedaron inmóviles.

La convulsión disminuyó.

Primero las piernas.

Después los brazos.

Finalmente la mandíbula dejó de temblar.

Marco quedó tendido sobre el colchón, completamente quieto salvo por la respiración rápida y superficial.

Valeria dejó de respirar con él.

Menas acercó el oído a su boca.

Esperó.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces levantó la cabeza.

—Respira.

Valeria cerró los ojos.

Las lágrimas continuaron cayendo.

—Gracias a Dios...

—Todavía no —dijo Menas.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—He dicho que respira. No he dicho que esté bien.

Aquella precisión habría enfurecido a Valeria en cualquier otro momento.

Ahora únicamente asintió.

—Entonces haz que esté bien.

Menas la observó durante un instante.

Ya no había sarcasmo entre ambos.

—Eso intento.

Valeria bajó la mirada hacia los hombres que todavía sujetaban sus brazos.

—Podéis soltarme.

Ambos obedecieron de inmediato.

Ella no avanzó hacia la cama esta vez.

Se quedó donde estaba.

Temblando.

Con la pintura oscura deshecha sobre el rostro, el cabello comenzando a soltarse, la ropa torcida por la carrera y las manos vacías frente al hijo al que no podía abrazar.

“Solo quédate.”

Marco respiró.

“Solo quédate conmigo.”

Y por primera vez en muchos años, Valeria Crispiana Severina no tuvo ninguna estrategia, ningún favor que cobrar, ningún cliente al que persuadir ni ningún nombre poderoso al que recurrir.

Solo podía esperar.

 

 

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