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Marco despertó con los labios rotos y un sabor metálico pegado al paladar. Durante unos segundos no comprendió qué veía ni dónde estaba. Las voces que llegaban desde algún punto de la estancia parecían sonidos sin significado, familiares y al mismo tiempo remotos, como si su cerebro necesitara reconstruir pieza por pieza una lengua que se suponía propia. «¿Quién soy yo? ¿Pude llegar a Roma?» El latín comenzó a ordenarse lentamente dentro de su cabeza, primero palabras sueltas, después frases completas. Aquello no tenía sentido. Se suponía que había llegado con especificaciones del siglo I.
Entonces sus ojos alcanzaron el techo sobre la
cama. Allí, compuesto con teselas minúsculas de colores oscuros, rojos y
dorados, se extendía un mosaico monumental de jinetes romanos, guerreros godos,
lanzas quebradas y cadáveres amontonados bajo estandartes que Marco reconoció
demasiado bien. Su rostro se contrajo de horror. No necesitaba inscripción
alguna para identificar aquello: era una representación inequívoca de la
batalla de los Campos Cataláunicos. La batalla de Aecio. La batalla de 451.
Aquella imagen por sí sola destruía de golpe cualquier posibilidad de
encontrarse en la Roma del siglo I.
Intentó incorporarse. Los brazos apenas
respondieron y la fuerza desapareció antes de que consiguiera separar
completamente la espalda del colchón. El movimiento hizo crujir ligeramente la
estructura de madera del lecho.
Valeria Crispiana Severina abrió los ojos al
instante. Había dormido en un pequeño lecho colocado junto al de su hijo y se
levantó con una velocidad impropia de alguien que llevaba noches descansando a
intervalos. La expresión de cansancio desapareció de su rostro cuando vio a
Marco consciente. Cruzó inmediatamente la estancia, sujetándolo por los hombros
antes de que su debilidad pudiera hacerlo caer.
—Marco... —su voz salió primero como un
murmullo incrédulo. Sus dedos comprobaron casi instintivamente que estaba
realmente despierto antes de recuperar la firmeza habitual de una matrona
romana—. No intentes levantarte. Por todos los santos, llevas días entre la
fiebre y el sueño.
Desde el corredor llegó el ruido apresurado de
unas sandalias. Una esclava había oído la voz de Valeria y apareció en el
umbral, pero la matrona ni siquiera apartó los ojos de su hijo.
—Busca al médico. Ahora. Y dile que Marco ha
despertado.
Marco parpadeó varias veces, todavía atrapado entre el dolor y una lucidez
que regresaba demasiado deprisa. «¿Marco es mi nombre?» La idea le
resultó extraña, como si perteneciera a otro. Giró apenas la cabeza y observó
la habitación con más atención: los mosaicos, la calidad de las telas, los
muebles trabajados, las lámparas de bronce, la disposición misma de la
estancia. No había duda. Aquella no era la habitación de un esclavo común.
Había terminado en una casa de enorme riqueza, probablemente patricia, o al
menos perteneciente a una familia de rango senatorial.
Intentó tensar los brazos y una nueva alarma recorrió su mente. Su cuerpo
era débil. No simplemente infantil: débil de una manera absurda, casi
enfermiza. Entonces, sobre su campo de visión, apareció algo imposible. Una
interfaz translúcida, limpia, silenciosa, desplegó datos que ningún mosaico
romano podía explicar: edad biológica estimada: 7 años. Debajo
apareció otra advertencia: posible desnutrición crónica. Marco
permaneció inmóvil. «Mierda.» La conclusión inmediata llegó sola. «¿Soy
un esclavo? ¿Un bastardo al que la señora de la casa decidió proteger?»
Valeria seguía junto a él, sosteniéndolo con cuidado mientras estudiaba su
rostro con creciente preocupación. El niño no decía nada. Para ella, quizá
aquello era debilidad, fiebre o confusión. Para Marco era cálculo. Miró de
nuevo alrededor, esta vez fijándose en los pequeños detalles: el anillo de la
mujer, la calidad de su estola, la manera en que la esclava del umbral esperaba
instrucciones sin atreverse a interrumpirla. La jerarquía estaba clara incluso
sin comprender todavía quién ocupaba qué lugar dentro de ella.
«Y la religión.» Ese pensamiento fue peor. No sabía todavía en qué
año exacto estaba, pero el mosaico había reducido brutalmente las
posibilidades. Cristianismo imperial. Aristocracia tardorromana. Un mundo donde
una inteligencia demasiado extraña, manifestada desde una posición social baja,
podía interpretarse de demasiadas maneras peligrosas. Herejía, posesión,
prodigio, brujería, intervención divina... ninguna era una categoría en la que
quisiera entrar sin información. «Si soy de baja estirpe, ser un genio
puede ser peor que ser un idiota.»
Valeria acercó una copa pequeña de agua, pero no intentó forzarlo a beber.
Sus ojos, cansados y agudos, no abandonaban el rostro de Marco.
—No tienes que hablar todavía —dijo con voz baja—. El médico vendrá.
Descansa.
Marco permaneció callado. Por ahora, aquella era probablemente la decisión
más inteligente que podía tomar.
Marco fijó la vista en la muchacha que permanecía junto a la cama. Cabello
rojo natural, ojos verdes intensos, casi esmeralda, facciones que no parecían
del todo itálicas. Era joven, de cuerpo delgado y movimientos contenidos, pero
su aspecto chocaba con la imagen inmediata que él tenía de una esclava
tardorromana: estaba bien alimentada, tenía la dentadura completa, la piel
limpia, el cabello cuidadosamente arreglado y una túnica de buena calidad. No
podía ser una trabajadora cualquiera. Por su proximidad a la señora de la casa
y por la precisión con que mantenía la postura, debía de tratarse de una
sirvienta personal de rango relativamente elevado.
Entonces la mujer junto a él habló. Marco necesitó varios segundos para
reconstruir lo que escuchaba. Era latín, indudablemente, pero un latín tardío,
reducido por el uso cotidiano, donde algunas terminaciones parecían
erosionadas, ciertas construcciones eran mucho más simples de lo que esperaba y
varias palabras se le escapaban antes de que su cerebro encontrara equivalentes
reconocibles. La mujer habló a la pelirroja con la naturalidad de quien jamás
esperaba que una orden fuese discutida.
—Albia, busca a Damaris. Dile que Marco ha despertado y que prepare cuanto
sea necesario para atenderlo. Agua tibia, lienzos limpios, una túnica fresca y
la habitación dispuesta para cuando Menas termine de examinarlo. Después ve
personalmente por el médico. Quiero a Menas aquí ahora, no cuando considere
conveniente terminar lo que esté haciendo.
Albia inclinó la cabeza.
—Sí, domina. ¿Hago preparar también caldo?
—Que lo tengan listo, pero nadie le dará nada hasta que Menas diga cuánto y
qué puede tomar. Y dile a Damaris que mantenga fuera a los curiosos. No
necesito media villa entrando a comprobar con sus propios ojos que mi hijo
todavía respira.
Albia miró entonces hacia Marco. Él seguía observándola casi sin pestañear,
demasiado ocupado estudiando su aspecto, la habitación y las palabras que
acababa de escuchar como para fabricar una expresión más inteligente.
—Domina... me está mirando de una manera extraña.
Valeria volvió lentamente hacia su hijo y lo examinó durante unos instantes.
Marco tenía precisamente la expresión de alguien que acababa de despertar en
otro planeta.
—Albia, hace unos días miraba una lámpara y parecía no comprender qué era.
Si hoy puede mirarte con cara de estúpido, hemos avanzado considerablemente.
La pelirroja bajó inmediatamente los ojos, aunque no lo bastante rápido para
ocultar una pequeña sonrisa.
—Entendido, domina.
—Entonces deja de admirar el milagro y trae a Menas.
Albia salió con rapidez. Para las dos mujeres no había nada extraordinario
en el comportamiento de Marco. Después de la fiebre, que mirara objetos,
rostros y personas conocidas con incomprensión podía atribuirse perfectamente a
la debilidad. Marco acababa de descubrir, sin proponérselo, que la enfermedad
le había regalado algo mucho más valioso que una explicación: tiempo para
aprender antes de que nadie esperara que volviera a comportarse como el niño
que había sido.
Menas examinó a Marco con una paciencia casi irritante. Primero los ojos,
acercando una lámpara y retirándola para observar cómo respondían las pupilas;
después el pulso, la respiración, la temperatura de la piel, la tensión de los
brazos y finalmente las rodillas y los tobillos, golpeando suavemente con los
dedos y observando las respuestas musculares. Durante todo el proceso hablaba,
a veces con Valeria, a veces aparentemente consigo mismo, pero en realidad
vigilaba al muchacho. Marco intentaba conservar aquella expresión ausente que
tan útil le había resultado desde que despertó, aunque Menas comenzó a notar
algo incómodo: sus ojos llegaban demasiado pronto a quien pronunciaba una
palabra importante. No era azar. El niño estaba siguiendo la conversación.
—Domina —dijo finalmente Menas, incorporándose y limpiándose las manos con
un paño—, entiende bastante más de lo que quiere hacernos creer.
Valeria volvió inmediatamente la mirada hacia Marco, pero Menas levantó una
mano.
—No lo fuerce. Puede que todavía no sepa cómo responder, o puede que
simplemente esté asustado. Eso no es lo extraño. Lo extraño son sus reflejos.
—¿Qué tienen?
Menas tardó unos segundos antes de contestar.
—Son normales.
Valeria frunció el ceño.
—Eso no parece una enfermedad.
—En otro niño, no. En Marco sí.
El médico se sentó frente a ella y bajó la voz.
—Antes reaccionaba tarde. Algunas veces mucho. Sus músculos respondían como
si la orden necesitara atravesar barro antes de llegar hasta ellos. Ahora no.
La respuesta pupilar es limpia, las piernas reaccionan bien, las manos siguen
movimiento, los ojos enfocan con rapidez. Su cuerpo continúa débil, demasiado
débil para su edad, y sigue mostrando señales de haber pasado años mal nutrido,
pero... —Menas buscó las palabras con cuidado— algo ha cambiado. No puedo
decirle qué ocurrió durante la fiebre. Solo puedo decirle que, si esto
continúa, es probable que durante los próximos meses veamos una mejoría
general. Y cuando digo general, domina, quiero decir en todo.
Valeria endureció inmediatamente el rostro.
—No me dé esperanzas, Menas.
El médico cerró los ojos un instante y suspiró.
—No intento dárselas. Precisamente por eso llevo media hora intentando
demostrarme que estoy equivocado.
Sacó una pequeña moneda de su bolsa y comenzó a hacerla girar entre los
dedos mientras hablaba.
—Podría ser temporal. Una reacción después de la fiebre. Podría empeorar
mañana. Podría...
Sin previo aviso, lanzó la moneda hacia Marco.
El pequeño disco de bronce cruzó el aire. Marco no tuvo tiempo de pensar,
evaluar ni decidir qué convenía aparentar. Su mano se levantó por puro instinto
y cerró los dedos alrededor de la moneda antes de que esta pudiera golpearle el
pecho.
El silencio que siguió fue absoluto. Menas miró primero la mano cerrada de
Marco y después a Valeria.
—Eso —dijo finalmente— no podía hacerlo antes.
Valeria permaneció inmóvil, con los ojos clavados en la mano de su hijo.
Menas ya no parecía satisfecho por haber demostrado su hipótesis; parecía
preocupado.
—Sea lo que sea lo que ocurrió durante esa fiebre, domina... no creo que
haya terminado todavía.
Valeria se arrodilló frente a la cama hasta quedar a la altura de Marco.
Durante un instante pareció olvidar por completo que era la matrona de una casa
antigua, que Menas seguía allí o que Albia aguardaba en silencio junto a la
puerta. Alzó una mano y señaló su propio pecho con una lentitud casi dolorosa,
como si hablara con un niño mucho menor.
—Yo... soy tu madre. Ma-ter. Madre.
Marco frunció el ceño. Ante sus ojos, el HUD comenzó a desplegar
estructuras: correspondencias fonéticas, declinaciones, vocabulario básico,
reconstrucción acelerada del latín tardío. La información empezaba a ordenarse
con demasiada rapidez. Lo detuvo mentalmente. No. Aquello sería un error. Si de
pronto hablaba como un gramático después de haber despertado aparentemente
incapaz de comprender su propio nombre, alguien terminaría haciendo preguntas
que todavía no podía permitirse responder. Lo mejor era aprender despacio.
—Ma... dre —repitió primero de manera casi mecánica.
Valeria sonrió, pero no dijo nada. Marco volvió a mirar su rostro, y
entonces percibió algo que ningún análisis del HUD había anticipado: el olor de
su piel, de sus cabellos, quizá de algún aceite suave que utilizaba
habitualmente. Aquella fragancia atravesó la lógica como si hubiese encontrado
una puerta que él no sabía que existía. Sintió calor en el pecho. No una
metáfora. Una reacción física, profunda, antigua. Antes de comprender qué
estaba haciendo, sus brazos rodearon a Valeria.
¿Por qué la estaba abrazando?
—Mamá —dijo.
Valeria quedó completamente inmóvil. Marco sintió cómo el cuerpo de ella se
tensaba primero y se rendía después. Sus brazos lo envolvieron con una fuerza
cuidadosa, casi desesperada, y el rostro de la matrona desapareció contra su
cabello.
—Sí —susurró ella, quebrándose por primera vez—. Sí, mi pequeño. Mamá.
Marco pensó entonces en la mujer que había sido la madre del dueño original
de aquel cuerpo. En los recuerdos que quizá seguían escondidos en algún lugar
que no le pertenecía del todo. En cuánto tiempo había pasado desde la última
vez que había abrazado a una mujer y sentido, sin cálculo, sin deseo, sin
obligación, aquella clase de afecto. Algo caliente descendió por su mejilla.
¿Estoy llorando?
Menas apartó la mirada. No dijo nada. Por primera vez desde que había
comenzado el examen, el médico pareció entender que había cosas que ningún
diagnóstico podía explicar.
El huésped lo comprendió de golpe, con una claridad desagradable: llevaba
varios minutos pensando en sí mismo como una entidad separada y, al mismo
tiempo, reaccionando con emociones que no podía atribuirse por completo. «El
anfitrión». La palabra apareció en su mente con demasiado peso. El HUD
respondió casi al instante, desplegando una nueva ventana sobre su campo de
visión.
ANÁLISIS DE SINCRONIZACIÓN
Anfitrión: organismo humano infantil.
Estado previo: anomalía congénita del desarrollo neurológico.
Condición al momento de la integración: cerebro
estructuralmente viable, desarrollo funcional deficiente.
Resultado de sincronización: reparación forzada de redes
neuronales, restauración parcial de funciones motoras y sensoriales,
integración cognitiva profunda.
Advertencia: separación huésped/anfitrión no disponible.
Marco dejó de respirar durante un segundo.
No era un cadáver. Tampoco un embrión cultivado para recibirlo. Había sido
un niño. Un niño real, enfermo desde el nacimiento, con una mente propia aunque
limitada por un cerebro que nunca había funcionado correctamente. La
sincronización no había reemplazado aquella mente. La había atravesado,
reconstruido y, en el proceso, mezclado con la suya. Los recuerdos incompletos,
el afecto súbito por Valeria, la familiaridad olfativa, aquella necesidad
absurda de llamarla mamá... no eran residuos ajenos observados desde fuera.
Eran parte de él ahora.
Otra línea apareció.
Integridad identitaria: indeterminada.
Memorias del huésped: parcialmente accesibles.
Memorias del anfitrión: parcialmente accesibles.
Fusión de patrones emocionales: irreversible.
«Mierda.»
La palabra apenas tuvo tiempo de formarse antes de que Marco recordara algo
todavía más importante. La misión. Tenía que existir una razón para aquello.
Una inserción temporal, un destino, instrucciones, parámetros. Forzó el HUD.
OBJETIVO DE MISIÓN:
[DATOS CORROMPIDOS]
[RECUPERACIÓN FALLIDA]
[ARCHIVO PRINCIPAL INACCESIBLE]
Marco cerró los ojos un instante, todavía abrazado a Valeria.
«¿Cuál es la misión?»
DATOS CORROMPIDOS.
«Mierda.»
Marco volvió a quedarse con aquella expresión ausente, los ojos abiertos y
el rostro inmóvil mientras dentro de su cabeza se apilaban advertencias
imposibles, memorias mezcladas y archivos corruptos. Para él era el rostro de
alguien que acababa de descubrir que su identidad estaba fusionada con la de un
niño enfermo y que, además, no recordaba por qué demonios había cruzado siglos
para terminar allí. Para Valeria, sin embargo, aquella mirada tenía un
significado completamente distinto: su hijo estaba despierto, seguía voces,
atrapaba objetos, la había reconocido y acababa de llamarla madre.
La matrona se separó apenas del abrazo, todavía con una mano sobre la nuca
de Marco, y giró hacia Menas con los ojos húmedos pero encendidos por una
determinación casi feroz.
—Dígame qué necesita.
Menas abrió la boca, pero Valeria continuó antes de permitirle responder.
—Ungüentos, alimentos, vinos medicinales, aceites, hierbas, médicos, lo que
sea. Si hay algo en África, lo traeré aunque tenga que comprárselo a los
propios vándalos. Si crece únicamente en los bosques de Germania, mandaré
hombres hasta Germania. Si algún mercader afirma que los sucesores de los
seléucidas, o cualquier príncipe más allá de sus desiertos, conservan una
medicina que pueda fortalecerlo, pagaremos caravanas hasta encontrarla. No
vuelva a decirme que una cosa es demasiado rara o demasiado cara.
Menas soltó lentamente el aire y miró a Valeria con esa expresión particular
de los médicos que conocen demasiado bien la diferencia entre poder comprar un
remedio y poder comprar un resultado.
—Domina, el dinero puede traerme miel de Creta, especias de Egipto, resinas
de Arabia, médicos griegos y toda la farmacopea de Alejandría. No puede obligar
al cuerpo a aceptar aquello que no necesita.
—Entonces averigüe qué necesita.
—Eso sí puedo intentarlo.
Valeria volvió a mirar a Marco y le limpió con el pulgar una lágrima que aún
permanecía cerca de la mejilla.
—Inténtelo bien, Menas. Porque ahora mismo no existe moneda, propiedad,
favor ni pariente de esta casa al que yo no esté dispuesta a recurrir por él.
El médico observó durante un instante aquella escena: la matrona
arrodillada, el niño aparentemente aturdido y la pequeña moneda todavía
encerrada en su mano.
—En ese caso —dijo al fin— empezaremos por algo mucho menos glorioso que
conquistar Germania. Comida regular, descanso, sol, ejercicio progresivo y
meses de paciencia. Si después necesitamos África, hablaremos de África.
Los días siguientes transcurrieron para Marco en una mezcla extraña de
aburrimiento y descubrimiento. El cuerpo seguía siendo desesperadamente pequeño
y débil, y buena parte de las jornadas se consumía entre sueño, baños tibios,
revisiones de Menas y los intentos de Valeria por hacerlo comer como si cada
cucharada fuese una victoria militar. El HUD, en cambio, ofrecía suficiente
materia para mantener ocupada su mente. Podía efectuar análisis internos
bastante precisos: temperatura, frecuencia cardiaca, lesiones, estado
nutricional y algunos parámetros cuya terminología estaba parcialmente
corrompida. Dos características aparecían repetidamente como modificaciones
estables: una resistencia extraordinaria frente a toxinas y venenos y una
visión nocturna muy superior a la humana ordinaria. Nada de fuerza aumentada,
nada de regeneración milagrosa, nada de músculos imposibles. Seguía siendo un
niño de siete años biológicos, pequeño, delgado y debilitado. Aquello resultaba
casi ofensivamente poco espectacular.
La recuperación, además, avanzaba de manera irregular. Cuando Valeria estaba
presente, aparecían caldos espesos, huevos, leche diluida, pan blando empapado,
miel, fruta cocida y pequeñas porciones de carne picada siguiendo las
instrucciones de Menas. Sin embargo, Marco empezó a advertir un patrón
inquietante. Cuando la domina abandonaba la villa o permanecía ocupada
recibiendo visitantes, las comidas cambiaban. El caldo llegaba frío. Las
porciones se reducían. A veces faltaba precisamente aquello que Menas había
pedido expresamente. Y casi siempre era Damaris quien aparecía con la bandeja.
Frente a Valeria, la mujer se convertía en eficiencia y preocupación: «El
pequeño dominus ha comido muy bien», «ha descansado toda la tarde», «Menas
puede estar tranquilo». A solas, desaparecía aquella dulzura con una facilidad
casi profesional.
—Come —dijo una tarde, dejando delante de Marco un cuenco donde una película
de grasa fría comenzaba a endurecerse—. Y no empieces con tus tonterías.
No había nadie más en la habitación. Damaris recogió unas telas, abrió las
ventanas sin preguntarle y siguió murmurando mientras trabajaba.
—Ahora todos corren porque el pequeño señor abrió los ojos. Como si nunca
hubiéramos tenido otra cosa que hacer. Tu madre ordena carne, leche, miel...
para que luego tires la mitad. —Lo miró con franco desprecio—. Antes por lo
menos eras tranquilo.
Aquella frase resultó mucho más interesante que el insulto. Marco empezó a
comprender que el problema no había comenzado con su llegada. Damaris conocía
al anterior Marco desde hacía tiempo y estaba acostumbrada a un niño que no
protestaba, no explicaba y quizá ni siquiera podía comunicar con claridad
hambre o malestar. Era una víctima perfecta para recortar una ración, abandonar
una comida hasta que se enfriara o descargar sobre él el resentimiento que
jamás se atrevería a mostrar ante Valeria. Y si aquel patrón llevaba años
repitiéndose, la advertencia del HUD sobre desnutrición empezaba a adquirir una
causa mucho menos misteriosa.
Albia fue la primera que estuvo cerca de descubrirlo. Entró una mañana
llevando unas tablillas que Valeria había pedido colocar junto al lecho y se
detuvo apenas un instante ante la bandeja. Sus ojos verdes pasaron del pan
reseco al pequeño recipiente de leche, luego a Damaris. No dijo nada
inmediatamente. Albia era demasiado prudente para acusar a otra sirvienta sin
pruebas, pero su rostro perdió la suavidad habitual.
—Menas dijo que la comida debía llegar caliente.
Damaris ni siquiera se volvió.
—Menas dice muchas cosas.
—Y la domina da órdenes.
Ahora sí hubo silencio.
Damaris levantó lentamente la cabeza.
—Ten cuidado, pelirroja. Cantar bonito al lado de una señora no te convierte
en señora.
Albia sostuvo su mirada unos segundos y después bajó los ojos con obediencia
perfecta.
—No. Por supuesto que no.
Pero cuando salió de la habitación, lo hizo sin recoger las tablillas que
supuestamente había venido a dejar. Y aquello podía significar que había
olvidado su encargo... o que acababa de encontrar uno mucho más importante.
Albia había esperado hasta que la casa se aquietara. El veinte perfecto de
su observación le había permitido reconstruir demasiado: las raciones ordenadas
por Menas no coincidían con las que Marco recibía, Damaris mentía con
naturalidad cuando Valeria preguntaba y, cuando creía que nadie podía verla,
trataba al pequeño dominus con una hostilidad que ya no podía confundirse con
simple impaciencia. Aquella noche, Albia consiguió una porción de caldo todavía
caliente, pan ablandado y un pequeño trozo de carne desmenuzada; entró casi sin
ruido en la habitación y cerró la puerta detrás de sí. —Despacio, domine
—susurró, acercando el cuenco—. Si come demasiado deprisa, Menas me arrancará
las orejas. Y si pregunta quién se lo trajo… probablemente también.
No alcanzó a terminar. La puerta se abrió con violencia y Damaris apareció
en el umbral. Su rostro pasó primero por la sorpresa y después por una ira
inmediata. —¿Qué haces aquí? —escupió en voz baja—. ¿Robando comida de la
cocina para ganarte el favor del pequeño idiota? Albia se levantó de inmediato,
colocándose casi instintivamente entre ella y la cama. —Es la ración que ordenó
Menas. —Es la ración que yo administro. —La domina ordenó que comiera. Damaris
avanzó un paso. —Y tú no eres quien decide lo que significa una orden de la
domina.
Entonces ocurrió. No hubo luz, ni sonido, ni transformación visible. El aire
simplemente pareció volverse demasiado estrecho. Albia sintió un escalofrío
recorrerle la espalda, pero Damaris recibió aquello como un golpe. Su
respiración se interrumpió; la ira desapareció de su rostro y fue sustituida
por una expresión primitiva, animal. Sus ojos se desviaron hacia Marco. Durante
años había conocido a aquel niño como una criatura enfermiza, torpe, casi
ausente, alguien incapaz incluso de defender su propia comida. Ahora, desde la
cama, había algo en su presencia que hacía que cada instinto de Damaris le
gritara que estaba frente a un depredador.
Damaris retrocedió. —No… —murmuró. Su mano buscó automáticamente la pequeña
cruz que llevaba bajo la túnica—. No. Tú no eres él.
Albia giró hacia Marco y luego de nuevo hacia Damaris. —¿Qué estás diciendo?
—¡No te acerques! —Damaris chocó contra la puerta al retroceder—. Lo vi. Por
Dios, lo sentí. Eso… eso me miró.
Albia no veía ningún cambio evidente. Marco seguía siendo un niño delgado
sobre una cama demasiado grande. Pero Damaris comenzó a santiguarse
compulsivamente, cada vez más rápido. —La fiebre lo mató. Algo entró después.
—Su voz se quebró—. Está endemoniado.
—Baja la voz —ordenó Albia, y por primera vez abandonó completamente su
habitual dulzura—. Si despiertas a la domina gritando que su hijo es un
demonio, necesitarás más protección de Valeria que de cualquier espíritu.
Aquella advertencia habría detenido a una mujer prudente. Damaris ya no
estaba siendo prudente. Salió al corredor casi tropezando consigo misma,
murmurando oraciones mientras huía. Albia quedó inmóvil durante un segundo,
comprendiendo el tamaño del desastre: una sospecha de maltrato podía resolverse
dentro de la casa; una acusación de posesión podía terminar involucrando a
sacerdotes, médicos, criados, rumores y, eventualmente, gente mucho más
peligrosa que Damaris.
Albia cerró la puerta de inmediato y apoyó la espalda contra ella. Miró a
Marco, luego el cuenco caliente, después otra vez al niño.
—Domine… —dijo lentamente—, creo que acabamos de tener un problema.
El padre Severiano llegó cuando Damaris llevaba ya varios minutos relatando,
cada vez con mayor convencimiento, que algo impuro había despertado dentro del
pequeño Marco. El presbítero no se dejó arrastrar por el pánico. Hizo apartar
las mantas, observó al niño con atención y, tras unas oraciones breves, colocó
una cruz de plata entre sus manos. Marco la tomó sin dificultad. Después
Severiano trazó sobre su frente el signo de la cruz y aplicó en las sienes y el
pecho un ungüento preparado con aceite, resinas y sustancias aromáticas
bendecidas. Marco, en parte por curiosidad y en parte porque la cara
aterrorizada de Damaris empezaba a resultarle irresistible, pasó
deliberadamente un dedo por una pequeña cantidad del ungüento y se lo llevó a
la boca.
El HUD reaccionó de inmediato. La cualidad que hasta entonces había
identificado simplemente como inmunidad a toxinas desplegó una función nueva: ANÁLISIS
QUÍMICO DE SUSTANCIA. Ante sus ojos aparecieron proporciones
aproximadas, familias químicas, compuestos orgánicos, sales, aceites volátiles
y equivalentes científicos modernos. Marco dejó el dedo dentro de la boca
apenas un instante y sonrió directamente hacia Damaris. La anciana palideció
tanto que Severiano tuvo que contener una sonrisa propia.
—Está bien —sentenció el sacerdote—. La plata no le incomoda. Los óleos
tampoco. Se deja signar y acaba de comerse parte de mi ungüento. Si fuese un
demonio, hermana Damaris, esperaría al menos una protesta más convincente.
Menas, detrás de él, apretó tanto los labios que las mejillas le temblaron.
Era evidente que tenía una opinión extensa acerca de la utilidad diagnóstica de
obligar a los demonios a probar cosméticos sacerdotales, pero consiguió
tragársela. Aprovechó, en cambio, el momento.
—Sea lo que sea lo que la señora Damaris crea haber sentido, domina, no
considero prudente que continúe encargándose del niño. Está sugestionada. Una
persona convencida de que su paciente está poseído puede interpretar cualquier
fiebre, rechazo de alimento o movimiento extraño como prueba de su creencia.
Eso compromete el tratamiento.
Damaris se irguió, ofendida.
—¡Yo he criado a los varones de esta casa! A todos. He cargado niños
Aecianos desde antes de que algunos de ustedes supieran sostener una cuchara. A
Lucio, a Juliano, al pequeño Marco...
—Y ya estás vieja —la interrumpió Valeria.
El silencio cayó con una violencia superior a cualquier grito. Damaris abrió
la boca, pero Valeria ya había apartado la atención de ella. Sus ojos
recorrieron la habitación hasta detenerse en uno de los esclavos que aguardaban
cerca de la puerta, un eunuco libio enorme, de casi dos metros, utilizado
normalmente para trabajos que exigían fuerza y presencia.
—Tú. Busca a Nabira. Dile que venga inmediatamente.
El hombre inclinó la cabeza y desapareció por el corredor. Valeria volvió
entonces los ojos hacia Marco, todavía demasiado delgado bajo las mantas, y
murmuró con una seguridad perfectamente romana, mezcla de prejuicio,
experiencia doméstica y desesperación maternal:
—Esa negra sabe alimentar gente. He visto a sus muchachos de cocina cargar
sacos que doblarían a un escriba por la mitad. Si alguien en esta villa puede
conseguir que mi hijo deje de parecer una rama seca, será Nabira.
Damaris parecía a punto de responder, Severiano estudiaba a Marco con un
interés renovado y Menas había logrado finalmente esconder la satisfacción
detrás de una tos.
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