[Índice] A los VIII días antes de las Kalendas de Diciembre, año 1217 desde la fundación de la Ciudad, durante el interregno abierto tras la muerte del Augusto Libio Severo.
Roma.
Flavius Ricimer, Patricius, Magister Militum, defensor de Italia y
servidor de la Res Publica, a Flavius Aetius Alpinus, vir illustrissimus,
Patricius, Magister Militum Emeritus, Agricola Reipublicae, León de Occidente,
vencedor de los Campos Cataláunicos y padre venerable de soldados: salud, honor
y memoria de antigua amistad.
Excelentísimo señor:
No dudo de que la noticia de la muerte del piadosísimo Augusto Libio Severo
haya alcanzado ya vuestra casa, pues las malas nuevas encuentran siempre
caballos más veloces que las buenas. La púrpura occidental vuelve a estar
vacante y Roma, como acostumbra cuando carece de emperador, se encuentra de
pronto llena de hombres que recuerdan poseer antepasados, méritos y opiniones
acerca de quién debería gobernar. El Senado murmura; Rávena calcula;
Constantinopla observa; los obispos rezan en público y preguntan nombres en
privado. Entre tanto, los soldados siguen necesitando trigo, los caballos
cebada y los hombres que vigilan nuestras fronteras la incómoda certeza de que
alguien continuará pagando sus estipendios.
En semejantes circunstancias resulta reconfortante saber que todavía quedan
en Italia varones cuya autoridad no depende de sentarse sobre un trono. Vuestra
excelencia ha conseguido algo que los emperadores rara vez logran conservar
después de abandonar un cargo: que hombres separados por provincias, oficios y
fortunas continúen recordando sus obligaciones hacia vos. Veteranos,
propietarios, mercaderes, antiguos oficiales y familias que oficialmente nada
tienen en común muestran una curiosa capacidad para cooperar cuando las
necesidades de la Res Publica son comunicadas mediante personas vinculadas a
vuestra casa. No ignoro el origen de esa eficacia, y sería descortés fingir que
la ignoro.
Los convoyes procedentes del norte han llegado con una regularidad que
merece mi gratitud. Grano, animales, cuero, hierro, aceite, telas y moneda han
atravesado rutas donde la administración imperial habría necesitado tres
sellos, cinco escribas y una plegaria para mover una sola carreta. Vuestros
clientes han demostrado nuevamente que una obligación personal bien recordada
puede resultar más fiable que una oficina entera. Os ruego, por tanto, que
hagáis llegar mi reconocimiento a aquellos hombres cuyo servicio ha permitido
mantener abastecidas varias guarniciones durante estos meses difíciles.
Confío igualmente en que semejante constancia no será interrumpida ahora que
la ausencia de un Augusto vuelve más delicados los mecanismos ordinarios de
financiación. Las tropas de Italia seguirán necesitando provisiones, monturas,
hierro, cuero, grano y numerario. No os escribo una orden; sería impropio entre
nosotros y, además, innecesario. Me limito a expresar mi esperanza de que
vuestros muchos amigos, clientes y antiguos camaradas continúen haciendo
aquello que hasta ahora han considerado conveniente para preservar Italia.
Algunas cosas funcionan mejor cuando nadie tiene la torpeza de convertirlas en
decreto.
Debo hablaros también de vuestro nieto mayor, Lucio Aeciano.
El joven me ha agradado.
No digo esto por cortesía hacia vos. He conocido demasiados muchachos de
apellido ilustre cuyo único mérito consistía en haber nacido correctamente.
Lucio posee disciplina, presencia, fuerza y, sobre todo, esa virtud militar que
resulta imposible enseñar a quien no la tiene: comprende una orden antes de que
sea necesario repetirla. Sus superiores hablan favorablemente de él y los
hombres parecen aceptar su autoridad con naturalidad. Por ello he dispuesto su
ascenso entre los equites de caballería, con responsabilidades
superiores a las que normalmente corresponderían a su edad.
Si continúa mostrando igual firmeza, no permanecerá mucho tiempo en ese
escalón. Espero poder confiarle progresivamente hombres y monturas hasta que
esté preparado para dirigir un ala completa de caballería.
Después de eso, si posee la prudencia suficiente para sobrevivir a sus propias
virtudes, debería comenzar una carrera política seria. Italia necesita
senadores que hayan visto barro antes que mármol y funcionarios que comprendan
que una columna de números en una tablilla puede significar caballos hambrientos,
soldados sin botas o una frontera abandonada.
Precisamente por ello deseo proponeros algo que concierne tanto a nuestras
casas como al futuro del muchacho.
Mi segunda hija, Flavia Ricimeria, ha llegado a edad
conveniente para que su matrimonio deje de ser conversación de mujeres y
empiece a convertirse en asunto de familias. Ha recibido educación cristiana,
conoce la administración doméstica correspondiente a su rango y posee
suficiente carácter para no resultar una carga para un hombre destinado al
mando. Consideraría con gran agrado una unión entre ella y Lucio.
No exijo respuesta inmediata. Un matrimonio que acerque nuestras casas
merece más que una afirmación escrita precipitadamente. Pero deseo que sepáis
que la propuesta procede directamente de mí y no de intermediarios, matronas o
senadores deseosos de fabricar rumores. Si vuestra opinión es favorable,
podremos discutir posteriormente dote, propiedades, obligaciones familiares y
el momento apropiado para formalizar los esponsales.
Existe, sin embargo, otra cuestión que requiere vuestra atención con mayor
urgencia.
Occidente necesita emperador.
Eso resulta evidente.
Lo difícil es encontrar uno que no intente matarnos a todos tratando de
demostrar que merece la púrpura.
He escuchado demasiados nombres durante estas últimas semanas y demasiados
proyectos pronunciados por hombres que jamás han administrado más territorio
que su comedor. Unos quieren un general; otros, un senador; otros exigen
alguien aceptable para Constantinopla; otros, un príncipe suficientemente débil
para tranquilizar a todas las facciones. Algunos, inevitablemente, vuelven los
ojos hacia África y comienzan inmediatamente a hablar de flotas.
Ese último entusiasmo me preocupa particularmente.
No necesito otro hombre dominado por esa inquietante locura que parece
apoderarse de ciertos romanos cuando contemplan el mar y recuerdan a los
vándalos. Genserico constituye un problema, nadie sensato lo negaría. África
sigue siendo una herida abierta y Cartago continúa siendo demasiado rica para
que podamos olvidarla. Pero entre reconocer una amenaza y arrojar contra ella
la riqueza restante de Occidente existe una diferencia que varios de nuestros
recientes gobernantes parecen incapaces de comprender.
Italia no puede seguir hipotecando ejércitos, tesoros, astilleros y años
enteros de recaudación porque cada nuevo Augusto sueñe con desembarcar en
África como un segundo Escipión.
Necesitamos primero conservar aquello que todavía poseemos.
Por eso os pregunto, Aecio: ¿qué varón de Italia pondríais vos sobre
el trono?
Quiero un hombre que pueda ser tolerado por Constantinopla sin convertirse
en criatura suya; aceptado por el Senado sin transformarse en juguete de los
senadores; respetado por los soldados sin creer por ello que cada problema
político se resuelve con una campaña; suficientemente cristiano para no iniciar
otra disputa religiosa y suficientemente romano para recordar que gobierna
hombres antes que doctrinas.
Y, sobre todo, quiero alguien que pueda mirar hacia África sin enamorarse
inmediatamente de la idea de conquistarla.
Os hago esta pregunta porque, entre los altos varones que todavía quedan en
Italia, sois quizá el único cuya respuesta no estará contaminada por la
esperanza secreta de escuchar su propio nombre.
Habéis poseído mando suficiente para haber tomado la púrpura más de una vez.
Habéis visto emperadores aparecer y desaparecer. Habéis mandado romanos, godos,
hunos, francos y hombres que probablemente no sabían pronunciar correctamente
el nombre de Roma pero murieron por ella cuando vos se lo ordenasteis. Habéis
recibido honores suficientes para satisfacer varias vidas y acumulado enemigos
suficientes para demostrar que hicisteis algo útil con ellas.
No necesitáis otra estatua.
Esa carencia de vanidad —o al menos vuestra capacidad para esconderla mejor
que el resto de nosotros— hace vuestra opinión especialmente valiosa.
Escribidme con absoluta libertad. Si consideráis adecuado a un hombre que me
detesta, escribid su nombre. Si carece de fortuna, escribid su nombre. Si es
desagradable al Senado, decid por qué debería tolerarlo. Si Constantinopla
puede aceptarlo, explicadme bajo qué condiciones. Y si vuestra respuesta
consiste en que ninguno de los nombres actualmente discutidos merece la
púrpura, decidme también eso.
Prefiero una verdad desagradable escrita por Aecio a veinte recomendaciones
agradables redactadas por hombres que ya están calculando qué prefectura
recibirán del próximo emperador.
Mientras nosotros discutimos quién debe llevar la diadema, los soldados
continuarán necesitando paga, los almacenes deberán permanecer llenos y las
rutas abiertas. Por ello confío en que vuestra casa continuará prestando a
Italia esos discretos servicios que tantas veces han demostrado ser más sólidos
que las proclamaciones públicas.
La púrpura puede permanecer vacante algún tiempo.
Los graneros no.
Que Dios conserve vuestra salud, vuestra casa y esa obstinada costumbre
vuestra de servir a Roma incluso cuando Roma parece determinada a poner a
prueba vuestra paciencia.
Datum Romae, VIII Kalendas Februarias, anno ab Urbe condita MCCXVII.
Flavius Ricimer
Patricius
Magister Militum
Custos Italiae
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