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Desde Tolosa, capital del reino de los godos, el primer día de enero del año 1218 desde la fundación de la Ciudad (465 d. C.).
A Su Excelencia, el muy ilustre Flavio Aecio Alpino, Patricius, Magister Militum Emeritus, señor de la Casa Aeciana y León de Occidente.
Excelentísimo señor:
Esta vez no escribo para informaros de las nuevas insolencias de vuestro indómito nieto, aunque debo confesar que su conducta continúa poniendo a prueba la paciencia que Nuestro Señor concede a quienes hemos consagrado nuestra existencia a la instrucción de los jóvenes. A pesar de su proverbial indolencia hacia los estudios, de su aversión casi religiosa a los códices y de su irritante costumbre de discutir con sus maestros acerca de materias que apenas se ha dignado estudiar, finalmente hemos conseguido demostrar que su dura cabeza alberga el ingenio suficiente para convertirse en un romano de buen derecho y, cuando el tiempo y las circunstancias lo exijan, en un comandante militar digno de vuestro linaje. Posee una memoria extraordinaria, una comprensión natural de los asuntos militares y una facilidad para las lenguas que sería admirable si no estuviera acompañada de tan obstinada resistencia a utilizarlas con fines académicos. Confío en que los años corrijan aquello que nuestros esfuerzos todavía no han conseguido disciplinar.
Sin embargo, Excelencia, no es la educación de Juliano lo que me obliga a escribiros con semejante premura. Los acontecimientos de las últimas semanas me han llevado a temer por la seguridad de estas provincias y, lo que es más grave, por la integridad espiritual de cuantos habitamos en ellas. Os suplico que recibáis las siguientes palabras con la seriedad que merece mi condición sacerdotal, pues jamás me atrevería a perturbar vuestro retiro con supersticiones campesinas, rumores de taberna o fabulaciones nacidas del miedo.
Tengo razones para creer que los demonios caminan nuevamente sobre las tierras de la Galia.
Hace tres noches, en una pequeña aldea situada al sur de Tolosa, uno de mis sacerdotes de mayor confianza presenció un acontecimiento cuya sola descripción me produce espanto. Según su testimonio, que recogí personalmente y bajo juramento ante las Sagradas Escrituras, una criatura de apariencia semejante a la de un lobo, aunque de proporciones monstruosas, atacó a un caballo adulto y lo devoró parcialmente en presencia de varios testigos. El animal, según asegura, no murió inmediatamente, y sus relinchos despertaron a los habitantes de las viviendas próximas. Cuando algunos campesinos acudieron con antorchas, encontraron a la bestia encorvada sobre su presa, desgarrando carne y huesos con una violencia que ninguna criatura ordinaria podría manifestar.
Mi sacerdote afirma que aquel ser levantó la cabeza al escuchar las invocaciones al nombre de Cristo y que, durante unos instantes, lo observó con una inteligencia impropia de las bestias. Sus ojos, según sus propias palabras, parecían humanos, aunque en ellos no habitaba misericordia alguna. La criatura desapareció posteriormente entre los árboles, dejando tras de sí los restos del caballo y unas huellas cuya profundidad y separación han desconcertado a los cazadores enviados para examinarlas.
No se trata, por desgracia, de un acontecimiento aislado. Durante las últimas semanas han llegado noticias de desapariciones, mutilaciones de ganado, cadáveres encontrados en circunstancias inexplicables y voces escuchadas durante la noche en las inmediaciones de antiguas villas romanas. Algunas familias han abandonado sus propiedades rurales, mientras determinados campesinos se niegan a trabajar después de la puesta del sol. He procurado contener estos rumores para impedir que el miedo se extienda entre la población, pero comienzo a temer que nuestro silencio resulte más perjudicial que la verdad.
La corte de Tolosa conoce parte de los sucesos, aunque sus principales señores parecen inclinados a considerarlos un problema de animales salvajes y salteadores. No puedo censurar enteramente su prudencia, pues también yo habría preferido semejante explicación. Sin embargo, los testimonios reunidos por nuestros sacerdotes contienen demasiadas coincidencias para atribuirlos exclusivamente a la imaginación de los aldeanos.
Hay, además, un asunto que me inquieta especialmente. Algunas de las desapariciones parecen concentrarse alrededor de propiedades pertenecientes a distinguidas familias senatoriales romanas, cuyos representantes mantienen excelentes relaciones con las autoridades de estas provincias. No poseo pruebas que permitan formular acusación alguna, y os ruego encarecidamente que interpretéis esta observación como una circunstancia digna de investigación y no como una sospecha formal contra personas de tan elevada condición. Con todo, considero mi deber comunicaros cuanto he podido averiguar.
Por estas razones, os imploro que movilicéis vuestra influencia ante las autoridades eclesiásticas, tanto en Italia como en las provincias occidentales, para que sean enviados hombres verdaderamente instruidos en el discernimiento de los espíritus, la investigación de posesiones y la práctica de los exorcismos. Necesitamos sacerdotes cuya fortaleza moral sea tan grande como su conocimiento de las Escrituras, capaces de enfrentarse a aquello que pudiera esconderse en estas tierras sin dejarse arrastrar por la superstición ni por el pánico.
También os suplico que consideréis la posibilidad de enviarnos algunos hombres de vuestra confianza, particularmente aquellos acostumbrados a investigar acontecimientos extraordinarios sin provocar escándalos públicos. Conozco suficientemente vuestra prudencia para comprender que no ordenaríais una intervención semejante sin pruebas convincentes; precisamente por ello he procurado limitar esta carta a los hechos que considero razonablemente acreditados.
En cuanto a vuestro nieto, debo manifestaros una preocupación adicional. Juliano ha escuchado ya algunos de estos relatos y, como cabía esperar de su naturaleza impetuosa, los considera una oportunidad magnífica para organizar una cacería. He intentado explicarle que no corresponde a un joven de su dignidad perseguir criaturas desconocidas entre bosques y aldeas abandonadas, pero sospecho que mis advertencias han conseguido despertar todavía más su curiosidad. Os agradecería profundamente que le escribierais recordándole que el valor sin prudencia constituye una forma particularmente peligrosa de estupidez. Tal vez acepte de su abuelo aquello que sus preceptores llevamos años intentando enseñarle.
Excelentísimo señor, he vivido lo suficiente para conocer la crueldad de los hombres, las desgracias de la guerra y los engaños que el miedo puede imponer incluso a las almas más piadosas. No soy dado a encontrar demonios donde bastan la codicia, la enfermedad o la maldad humana para explicar un crimen. Pero tampoco considero prudente negar la existencia del Maligno únicamente porque su presencia resulte incómoda para nuestros razonamientos.
Ruego a Nuestro Señor Jesucristo que conserve vuestra salud, ilumine vuestro juicio y proteja a vuestra ilustre familia. Espero fervientemente que los acontecimientos aquí descritos encuentren pronto una explicación natural y que dentro de algunos meses pueda escribiros para reconocer, con sincera satisfacción, que mis temores fueron infundados.
Pero, si aquello que sospecho resulta verdadero, temo que las tierras de Aquitania estén contemplando apenas el comienzo de una desgracia mucho mayor.
Que la paz de Cristo permanezca con Vos y con vuestra casa.
Marcelo Medolini Presbítero, preceptor de Juliano Aeciano y servidor de la Iglesia en la corte de Tolosa.
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