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A la mañana siguiente, el destacamento parecía haber pasado durante la noche por las manos de un administrador invisible. La cebada había llegado antes del alba, los herradores habían recibido sus atrasos, los correajes defectuosos estaban siendo sustituidos y hasta el proveedor que la víspera había jurado no descargar un solo saco sin ver primero dinero apareció extraordinariamente conciliador. Todo estaba pagado, firmado, sellado y debidamente asentado en tablillas que Tino podía presentar ante cualquier auditor sin bajar los ojos. Lo que no figuraba con la misma claridad eran las pequeñas cantidades entregadas a escribientes, inspectores, encargados de almacén y funcionarios subalternos para conseguir que los documentos correctos aparecieran en la parte superior de las pilas correctas. Sabatino se encargaba personalmente de aquello. Sabía perfectamente que, si Lucio descubría que un funcionario había exigido dinero para cumplir una obligación legítima, su primera reacción sería invitarlo a responder por su honor con una espada; Tino consideraba más barato darle dos sólidos al hombre, obtener el documento esa misma tarde y evitar que el heredero de Aecio asesinara a media administración imperial en nombre de la virtud.
La consecuencia fue que cuando Lucio reunió a sus hombres después del
amanecer encontró una unidad predispuesta a escucharlo. Los caballos habían
comido, los hombres también, los enfermos estaban atendidos y la paga no
parecía amenazada por ninguna misteriosa demora administrativa. Incluso las
necesidades menos dignas de aparecer en un informe oficial habían sido
previstas: algunas mujeres conocidas de los establecimientos frecuentados por
militares habían pasado por el campamento durante las jornadas anteriores, bien
pagadas, discretas y sin las estafas o enfermedades que solían acompañar a los
sitios baratos. El efecto moral era imposible de negar. Los jinetes gastaban
relativamente poco de su propio estipendio y comenzaban a comprender que servir
bajo el Aeciano significaba que ciertos problemas dejaban de ser exclusivamente
suyos. Las únicas pérdidas verdaderamente dolorosas provenían de los dados, las
carreras y las apuestas, casi todas misteriosamente ganadas por un secretario
gordo que aseguraba no tener ninguna habilidad especial salvo saber sumar.
Muchos de aquellos hombres habían descubierto, además, que algunas de sus
deudas personales habían sido cubiertas sin humillación pública. No existía un
registro militar que dijera «el tribuno pagó esto», ni Tino permitía que se
convirtiera en una obligación jurídica formal; pero la memoria funcionaba mejor
que las tablillas. Más de la mitad de los beneficiados llevaba cuentas privadas
de lo que debía devolver algún día, porque la diferencia entre una dádiva
insultante y una deuda de honor era enorme para un jinete que se consideraba
hombre libre. Otros quizá jamás pagarían una moneda, pero recordarían
igualmente quién había impedido que vendieran una montura, empeñaran una pieza
de armadura o escribieran a sus familias pidiendo dinero. Sabatino no necesitaba
que todos devolvieran el préstamo. Le bastaba con que todos recordaran al
acreedor.
A esa preparación material se añadió aquello que Tino no podía comprar:
Lucio. Cuando el joven tribuno habló ante la unidad, los vítores no nacieron
únicamente de estómagos llenos y bolsillos menos vacíos. Había en él una
autoridad que no necesitaba aprenderse. Su tamaño contribuía, desde luego;
también el apellido, la fama creciente de la batalla en los Alpes y la
circunstancia de que muchos veteranos hubieran servido bajo hombres que todavía
pronunciaban el nombre de Aecio como si perteneciera a una época mejor. Pero
había algo adicional en verlo dormir entre ellos, preguntar por caballos
concretos, recordar al enfermo de la noche anterior y presentarse vestido para
marchar antes de exigir puntualidad a nadie. Para soldados acostumbrados a
oficiales que hablaban desde caballos magníficos y desaparecían después en
casas mejores, aquello tenía un peso difícil de fingir. Cuando terminó, la
respuesta fue un estruendo de lanzas golpeando escudos, voces y nombres
repetidos hasta que incluso Tino, situado prudentemente cerca de las cajas,
tuvo que admitir que algunas cosas no podían comprarse, aunque estaba
convencido de que siempre podían financiarse mejor.
Ricimero llegó al atardecer y encontró un espectáculo digno de una pintura
triunfal. Los jinetes estaban formados por turmas, los caballos cepillados
hasta hacer brillar el pelo bajo la luz baja del sol, las lanzas verticales
formando un pequeño bosque y las piezas de hierro oriental devolviendo
destellos rojizos. Algunos llevaban malla, otros corazas de escamas y varios de
los más ricos lucían ya aquellas panoplias pesadas de inspiración sasánida que
convertían hombre y montura en una sola masa preparada para atravesar una línea
enemiga. Los estandartes apenas se movían con el viento húmedo de Rávena.
Ricimero recorrió lentamente la formación sin decir nada al principio; conocía
demasiado bien a los soldados para dejarse engañar por una sola buena parada,
pero también sabía reconocer cuándo una unidad estaba orgullosa de sí misma.
Aquella lo estaba.
No se trataba de una inspección ornamental. El destacamento debía acompañar
al séquito imperial desde Rávena hasta Roma como guardia montada, parte visible
del nuevo equilibrio establecido tras la elevación de Antemio. En Roma habría
ceremonias, juramentos y una ratificación pública de la investidura ante las
grandes autoridades de la ciudad y su obispo, un acto menos necesario para la
legalidad imperial que para convertir el nuevo gobierno en una realidad
comprensible ante Senado, aristocracia, clero y pueblo. Para Lucio significaba
algo todavía más inmediato: dejaría de mandar hombres en un campamento discreto
junto a los pantanos y aparecería con ellos ante Roma. Ricimero detuvo su
caballo frente a la formación, miró una vez al joven Aeciano y después a la
línea impecable de jinetes que lo seguía. Aquello ya no parecía una prueba.
—Yo asumo el mando —dijo Ricimero después de recorrer por última vez la
línea de caballería. No alzó la voz; no hacía falta. Los oficiales próximos se
enderezaron casi por reflejo mientras el generalísimo entregaba las riendas a
uno de sus asistentes y señalaba hacia la retaguardia de la columna—. Tú vas
atrás. Te han asignado como escolta particular de cierta dama Anicia. —Entonces
apareció aquella sonrisa torcida que Lucio ya comenzaba a reconocer como
anuncio de desgracia personal—. Su padre ha pagado bastante bien por vuestra
compañía. Sí, ya sé, muchacho: malo, malo, terriblemente inmoral. Dinero,
favores, influencias… casi puedo oírte recitando los Mandamientos. Pero ya
sabes cómo funciona esto. —Lucio bajó ligeramente la cabeza—. Sí, señor.
—Ricimero le dio una palmada en el hombro, más propia de un padre despidiendo a
un hijo que de un general transmitiendo una orden—. Ve. No te mando contra
vándalos ni suevos. Te mando a cabalgar junto a una dulce dama Anicia durante
varios días. Todos mis demás tribunos matarían por semejante destino. Algunos
probablemente matarían incluso a familiares. Habla con ella. Escucha. Averigua
quién visita su casa, qué piensa su padre, qué dicen en Roma de Antemio y qué
nombres se repiten demasiado. Si además consigues disfrutar del viaje,
intentaré no anotarlo como falta disciplinaria.
Lucio se separó de la formación principal mientras los primeros
destacamentos comenzaban a reorganizarse para la marcha hacia el sur. No había
avanzado mucho cuando divisó una figura imposible de confundir incluso entre
carros, sirvientes y animales de carga: Sabatino ben Ezra avanzaba sobre un
burro gris cuyo tamaño parecía una protesta de la naturaleza contra el peso de
su jinete. Tino comía algo envuelto en pan con una mano, sostenía las riendas
con la otra y llevaba varias tablillas colgadas de una bolsa cruzada sobre el
vientre. Su dignidad era mínima. Su expresión, en cambio, tenía la satisfacción
de un hombre que ya sabía tres cosas que los demás descubrirían mañana. Al ver
a Lucio hizo detener al animal, aunque el burro pareció interpretar la orden
como una sugerencia y siguió andando varios pasos antes de resignarse.
—Mi señor. —Tino sacó una carta doblada de entre sus ropas y se la tendió—.
Leed esto antes de que algún senador decida cobraros por conocer vuestros
propios problemas. Domitia y Aemilia han oído lo mismo en dos casas distintas,
y cuando dos mujeres respetables escuchan una misma indiscreción de hombres
diferentes, deja de ser indiscreción y empieza a convertirse en presupuesto
imperial.
Lucio abrió la carta mientras Tino arrancaba otro pedazo de pan. El informe
era breve, pero inquietante: comerciantes vinculados a astilleros estaban
preguntando por madera y brea; algunos funcionarios habían solicitado
estimaciones sobre disponibilidad de transportes; hombres relacionados con
círculos orientales hablaban de nuevas obligaciones fiscales y ciertas familias
senatoriales comenzaban a discutir cuánto podían aportar sin comprometer sus
propiedades. Ninguno decía todavía «guerra», pero todos los movimientos
apuntaban hacia el mar. —Hay rumores de una campaña marítima —explicó Tino—.
Todavía rumores. Pero si un emperador occidental empieza a contar barcos y
Constantinopla empieza a contar dinero, solo existe un objetivo que justifique
semejante locura. Cartago. —Mordió nuevamente el pan—. Esta noche os lo
confirmo. O lo entierro. Para eso pago a mujeres que escuchan mejor que la
mitad de vuestros exploradores.
Guardó silencio un instante antes de señalar a Lucio con el resto del
desayuno. —Y otra cosa: gastad más. No estoy bromeando. Habéis repetido
túnicas, lleváis una espada excelente pero sin ornamentación suficiente para
vuestro rango, regaláis poco y vuestra mesa parece la de un oficial provincial
con miedo de quedarse sin sueldo. Eso no se llama virtud cuando uno pertenece a
vuestra casa. Se llama rumor de insolvencia. Si seguís así, dentro de tres
meses algún idiota en Roma asegurará que el viejo Aecio está arruinado, que las
propiedades Aecianas están hipotecadas o que Ricimero os mantiene por caridad.
Y cuando alguien dude de vuestra solvencia empezará a dudar de vuestros
clientes; después de vuestros clientes, de vuestra influencia; después de
vuestra influencia, de vuestro futuro. —Tino levantó los ojos hacia él con una
gravedad casi cómica—. Ya sabéis cómo se pone vuestro abuelo cuando alguien
pone en duda el prestigio de la casa. Prefiero explicaros ahora que necesitáis
comprar una capa nueva antes que explicarle después al León de Occidente por
qué su nieto parece pobre.
El burro decidió reanudar la marcha sin consultar a ninguno de los dos. Tino
se tambaleó, recuperó el equilibrio con una blasfemia y siguió alejándose
mientras todavía gritaba por encima del hombro: —¡Y dejad que la Anicia os vea
pagar algo caro! ¡No todo tiene que producir intereses! ¡A veces el lujo
también es propaganda!
Lucio se llevó dos dedos a la sien y miró durante un momento la columna que
comenzaba a ordenarse sobre el camino. Caballos, carros, criados, oficiales,
familias senatoriales y una cantidad obscena de equipaje avanzaban lentamente
hacia el sur bajo las primeras luces. —¿Cuánto podemos gastar en los hombres
sin que el general empiece a desconfiar? —preguntó al fin, con el tono de quien
sospechaba que acababa de entrar voluntariamente en otra clase de campo de
batalla.
Tino sonrió de inmediato. —Bastante, mi señor. Mucho más de lo que
imagináis. Ricimero espera que gastéis. —Golpeó cariñosamente el cuello de su
burro mientras hacía cálculos mentales—. Sois un patricio Aeciano al mando de
caballería. Si compráis mejores raciones, sustituís monturas, premiáis a los
hombres que mantienen su equipo impecable y pagáis de vuestro bolsillo alguna
reparación que el tesoro tarda semanas en autorizar, nadie pensará que estáis
comprando al ejército. Pensarán exactamente lo que queremos que piensen: que la
Casa Aecia sigue siendo rica, que su heredero cuida a los hombres que sirven
bajo él y que resultar útil a Lucio Aeciano trae beneficios. El general
desconfiaría si repartierais bolsas de oro antes de una conspiración. Una cena
mejor y buenos caballos, en cambio, se llaman liderazgo.
Después hizo una pausa, y aquella pausa preocupó inmediatamente a Lucio
porque significaba que todavía no había terminado. —Pero mi consejo profesional
es que gastéis también en la muchacha. —Lucio volvió lentamente la cabeza hacia
él—. No pongáis esa cara. Es una Anicia. Cada óbolo que gastéis en ella puede
regresar multiplicado aunque jamás la desposéis. No hablo de comprarla, por el
amor de Abraham; una Anicia probablemente podría compraros a vos, a mí y al
burro y todavía discutir el precio. Hablo de cortesía visible. Una buena comida
cuando paremos. Un regalo pequeño pero bien escogido. Que su escolta coma
decentemente. Que sus criadas recuerden que el Aeciano trató a su señora como
alguien importante. Las casas grandes tienen memoria, Lucio, y las mujeres de
las casas grandes tienen una memoria todavía mejor.
Tino lo contempló de arriba abajo y finalmente perdió toda apariencia de
seriedad. —Además, confiad en mí en algo que no está escrito en ningún libro de
cuentas: sois bello a los ojos de las féminas. Escandalosamente bello, de
hecho. Alto, rubio, ojos azules, hombros como una puerta de fortaleza y esa
expresión permanente de hombre que acaba de descubrir un pecado nuevo. No
necesitáis hacer gran cosa. Escuchadla. Sonreíd de vez en cuando. Pagad la cena
sin discutir conmigo delante de ella y procurad no comenzar una conversación
sobre castidad antes del postre. Con eso ya habréis superado a la mitad de los
jóvenes aristócratas de Italia.
Antes de que Lucio encontrara una respuesta adecuada, Sabatino se inclinó
desde el burro y le dio una palmada en el brazo, gesto considerablemente
ambicioso teniendo en cuenta la diferencia de altura. —Ahora ve, tigre. —Hizo
una especie de gruñido ridículo—. Rrrrr. —El burro avanzó como si quisiera
alejarse de su propietario por vergüenza. Tino levantó una mano mientras se
perdía entre los carros—. ¡Y si compráis algo para ella, guardad el recibo! ¡El
romance también necesita contabilidad!
—Ah, sí. —Tino pareció recordar algo en el último instante. Hurgó entre las
bolsas que colgaban de la silla del burro y extrajo una pequeña caja de madera
oscura, pulida y cerrada con una cinta estrecha. Se la tendió a Lucio con una
sonrisa que inmediatamente hizo sospechoso el objeto—. Esto. Dadle esto. Le
gustará. —Lucio tomó la caja y la examinó como si pudiera contener algún
mecanismo hostil—. ¿Qué es? —Un gasto políticamente necesario. —Tino guiñó un
ojo—. Y no preguntéis cuánto costó delante de ella. Si alguna vez os casáis, ya
tendré tiempo de arruinaros con la explicación. Ahora marchaos.
Lucio alcanzó poco después el carruaje de los Anicios. Era una pieza sólida
y costosa, de madera reforzada, cortinas gruesas y herrajes discretamente
ornamentados, acompañado por criados, varios jinetes de la casa y dos carros
menores para equipaje. Cuando el enorme caballo del Aeciano se aproximó, una de
las cortinas se movió y el rostro de Fausta apareció en la ventanilla. Lucio se
irguió sobre la silla con aquella gallardía marcial que le resultaba mucho más
natural que cualquier coquetería. —Domina Fausta. Por disposición del
generalísimo, durante el viaje hasta Roma tendré el honor de encargarme
personalmente de vuestra seguridad. —Hizo una inclinación desde la montura y
añadió, algo menos seguro—. Y… también me permito ofreceros esto.
Fausta recibió la caja a través de la ventana y desató la cinta. Dentro,
sobre un pequeño lecho de lino, había un delicado broche de oro trabajado con
una pequeña granada abierta en esmalte rojo oscuro, no lo bastante ostentoso
para parecer una compra matrimonial, pero demasiado fino para ser una simple
cortesía improvisada. Tino había elegido bien: la granada podía leerse como
elegancia, prosperidad y fecundidad sin obligar a nadie a decirlo en voz alta.
Durante unos segundos Fausta dejó de escuchar el ruido de ruedas, caballos y
voces de la columna. Había leído a los poetas hablando de aquella súbita
expansión del pecho, de la absurda ligereza que tomaban las cosas cuando la
persona deseada hacía algo insignificante y, precisamente por eso, maravilloso.
Siempre lo había considerado una exageración literaria. Ahora comprendió con
cierta indignación que los poetas quizá habían sabido de qué hablaban.
—Lucio… —alcanzó a decir. Luego hizo algo que su educación jamás habría
permitido planear. Sacó medio cuerpo por la ventanilla, aprovechó que él se
había inclinado para escucharla y le robó un beso rápido en la mejilla antes de
desaparecer otra vez dentro del carruaje. Lucio quedó erguido sobre el caballo,
completamente inmóvil, mientras desde el interior se oyó inmediatamente la voz
horrorizada de la nodriza. —¡Domina Fausta! ¡Por todos los santos! —La muchacha
respondió entre risa y vergüenza que solo había sido un agradecimiento. —¡Un
agradecimiento no se da con la boca a un hombre en mitad de una carretera!
—«Entonces quizá los romanos agradecen demasiado poco», replicó Fausta. La
anciana hizo un ruido de desesperación. Sin embargo, incluso ella sabía que el
escándalo tenía límites curiosamente flexibles cuando las dos familias
implicadas deseaban exactamente aquello que fingían censurar. Un Aeciano
interesado en una Anicia no era una calamidad moral: era una posibilidad
dinástica, una alianza de patrimonios, clientes y nombres demasiado grandes
para que los adultos responsables permitieran que unas cuantas normas
cristianas sobre el decoro estropearan una oportunidad excelente.
La nodriza volvió a colocar la cortina, obligó a Fausta a sentarse
correctamente y comenzó una larga conferencia sobre reputación, pudor y la
facilidad con que una muchacha podía destruir en treinta segundos lo que veinte
años de educación habían construido. Fausta asentía con una expresión penitente
que no engañaba absolutamente a nadie mientras sostenía el broche entre los
dedos. Al otro lado de la madera, Lucio continuaba cabalgando junto al carruaje
con la mejilla todavía caliente y una incomodidad que habría divertido
extraordinariamente a Ricimero. Desde mucho más atrás en la columna, Tino
alcanzó a ver el movimiento junto a la ventanilla, sonrió satisfecho sobre su
burro y murmuró para sí: —Una inversión excelente.
La autoridad de la nodriza duró menos que una clepsidra mal calibrada.
Durante un rato Fausta permaneció sentada con las manos cruzadas sobre el
regazo, escuchando una disertación acerca del pudor, las miradas ajenas, la
dignidad de los Anicios y la peligrosa tendencia de las muchachas enamoradas a
confundir los caminos públicos con jardines privados. Asintió solemnemente a
todo. Después esperó a que la anciana desviara la atención hacia una criada,
levantó nuevamente la cortina y asomó la cabeza por la ventanilla. Lucio seguía
cabalgando junto al carruaje. Fausta sonrió como si nada hubiera ocurrido. —Mi
padre dice que va a comprar barcos.
Lucio volvió la cabeza hacia ella. Fausta apoyó los brazos sobre el borde de
la ventana, dejando que el aire del camino moviera algunos mechones de su
cabello. —Siempre me ha gustado el mar. Cuando era niña podía pasar horas
mirando los barcos que entraban y salían de Classe. Mi padre decía que aquello
era porque todavía no sabía cuánto costaba mantener uno. —Rio—. Ahora parece
que él mismo ha olvidado esa lección. Está comprando naves en Ostia. Dos, según
dijo. Aunque sospecho que no pretende usarlas solamente para transportar
aceite. Mis tíos también están comprando. Varios. Cada semana alguien de la
familia menciona carpinteros, velas, jarcias, contratos de transporte o
marineros como si toda Italia hubiera descubierto de repente que existe el
Mediterráneo.
—¿Os gustan más los barcos mercantes o los de guerra? —preguntó Lucio.
Fausta tuvo que pensarlo. —Los mercantes son más útiles. —La respuesta salió
primero con la sensatez de una hija de grandes propietarios—. Llevan trigo,
vino, aceite, mármol, telas, impuestos… y enriquecen a quien tiene la prudencia
de poseerlos. —Pero después su expresión cambió y apareció la joven detrás de
la futura matrona política—. Aunque me gustaría viajar alguna vez en uno de
guerra. Solo una vez. —Le guiñó un ojo—. Y creo que quizá tenga la oportunidad.
En Ostia mi padre dijo que ya había comprado dos naves adecuadas para servicio
imperial, y mis otros tíos han adquirido varias más. Nadie quiere decir
exactamente para qué, lo cual significa que todos saben perfectamente para qué.
Lucio observó durante algunos instantes la interminable columna que avanzaba
hacia Roma: carros senatoriales, caballos, equipajes, criados, oficiales y, más
allá, la caballería que Ricimero había tomado personalmente bajo su mando.
—Parece una enfermedad por el mar. —Fausta dejó escapar una pequeña risa, pero
después miró el camino con mayor atención. —Una enfermedad muy costosa
—dedujo—. Porque mi padre nunca compra nada por entusiasmo. Si está adquiriendo
barcos es porque alguien le ha hecho creer que podrá recuperar el dinero
multiplicado. Y si mis tíos están haciendo lo mismo, alguien en Rávena está
prometiendo contratos enormes. Transporte de hombres, caballos, grano… quizá
incluso compensaciones imperiales por pérdidas.
La sonrisa de Fausta disminuyó. Sin proponérselo, acababa de darle a Lucio
algo mucho más importante que el entretenimiento de una conversación:
confirmación independiente de lo que Tino había escuchado aquella misma noche.
No eran ya solamente rumores en cenas o consultas discretas sobre madera y
brea. Una de las casas senatoriales más ricas estaba comprometiendo capital
privado en embarcaciones, y varios miembros de la familia hacían lo mismo. En
algún lugar entre Rávena, Roma y Constantinopla, alguien estaba preparando una
empresa naval suficientemente grande como para convencer a los Anicios de que
el mar podía convertirse en negocio. Y, en el Mediterráneo occidental, había un
nombre que hacía que semejante cantidad de barcos tuviera sentido: Cartago.
Lucio la observó durante unos instantes más de lo necesario. Hasta entonces
había registrado en Fausta aquello que registraba en casi todo: apellido,
posición, inteligencia, utilidad de lo que decía, riesgos de lo que callaba.
Pero con el viento entrando por la ventanilla, el cabello ligeramente
desordenado y aquella expresión viva que aparecía cuando hablaba de algo que
realmente le interesaba, la vio por primera vez sencillamente como una mujer
joven y bastante hermosa. La conclusión lo sorprendió tanto que hizo la
pregunta antes de pensar si era prudente. —¿Por qué no os habéis desposado
todavía?
Fausta abrió mucho los ojos. Incluso la nodriza, desde el fondo del
carruaje, dejó de fingir que no escuchaba. Era una pregunta terrible; demasiado
directa, demasiado personal y pronunciada con aquella inocencia marcial que
hacía imposible decidir si Lucio acababa de cometer una grosería o simplemente
desconocía que debía rodearla durante media hora antes de formularla. Fausta,
sin embargo, inclinó la cabeza y decidió contestar. —Porque ninguno ha sido
digno de mí. —Lo dijo completamente en serio y solo después apareció una
sonrisa—. No pongáis esa expresión. Soy una Anicia. Me han educado desde niña
para saber exactamente cuánto valgo, y después todos parecen sorprendidos
cuando actúo como si lo supiera.
Apoyó nuevamente los brazos en la ventanilla. —Mirad a mi prima Lucina. Su
familia tuvo que casarla con un senador viejo, correcto y suficientemente rico
porque era conveniente unir patrimonios. El pobre hombre llevaba meses enfermo
y murió prácticamente al mismo tiempo en que vos la estabais sacando de
aquellas montañas. Ella tenía veinte años y ya era viuda de un hombre que podía
haber sido su padre. —Fausta hizo una pequeña mueca—. Ahora posee su dote,
parte del patrimonio matrimonial y suficiente independencia para rechazar a
cualquiera que no le agrade. Sospecho que, si pudiera regresar atrás, elegiría
la viudez exactamente igual pero se ahorraría el matrimonio.
—¿Y vuestros otros pretendientes?
Fausta empezó a enumerarlos con los dedos. —Uno habla de caballos durante
cenas enteras. Otro cree que citar a Virgilio significa repetir los mismos
cuatro versos. Uno tiene una madre que ya decidió cuántos hijos debo darle.
Otro parece convencido de que ser senador constituye una personalidad. Y luego
están los que mi padre considera insuficientes porque… —Buscó por un momento
una expresión delicada.
—Son demasiado pobres —dijo Lucio.
Fausta soltó una carcajada tan súbita que tuvo que retirarse de la
ventanilla. Incluso la nodriza terminó sonriendo a pesar de sí misma. —¡Sí!
—respondió Fausta al recuperar el aliento—. Gracias. Llevaba años escuchando
decir «patrimonio inadecuado», «recursos insuficientes», «posición familiar
poco proporcionada» y resulta que todo podía resumirse así. Son pobres. —Volvió
a mirarlo con una sonrisa luminosa—. Veis, Lucio Aeciano, quizá sí tenéis
futuro en la política. Solo necesitáis aprender a decir las cosas desagradables
con palabras más largas.
Lucio mantuvo la mirada sobre el camino mientras el carruaje avanzaba entre
el rumor de ruedas y cascos. —Algo así como esa enfermedad de Neptuno podría
dejar a Roma como un anciano decrépito —dijo—. Todavía vestido con púrpura,
todavía hablando de sus antiguas victorias, pero demasiado pobre para
levantarse de la cama porque vendió hasta las mantas para comprar barcos.
Fausta lo miró durante un instante y después soltó una carcajada, no porque
la imagen le pareciera absurda, sino porque reconoció inmediatamente una idea
que llevaba tiempo intentando expresar. —¿También vos lo pensáis? —Se inclinó
todavía más hacia la ventanilla—. Se lo he dicho a mi padre. Se lo he dicho a
mis tíos. Todos me escuchan con esa expresión que ponen los hombres cuando una
muchacha joven dice algo razonable y ellos necesitan convencerse de que ya lo
habían pensado primero. Pero después siguen comprando barcos. —Negó con la
cabeza—. Barcos, madera, contratos, marineros, adelantos, seguros sobre
cargamentos… Parece que cuanto más caro resulta, más convencidos están de que
debe ser una gran idea.
Bajó la voz, aunque la nodriza podía escuchar perfectamente cada palabra.
—Si me preguntáis a mí, Antemio terminará como nuestro adorado Majoriano. De él
todos hablan como si hubiese pertenecido a una edad mejor: valiente, dorado,
hermoso, siempre dispuesto a cabalgar donde había problemas. Cuando era niña me
lo imaginaba como uno de aquellos héroes de los mosaicos. —Sus ojos se
detuvieron sobre Lucio y apareció una sonrisa traviesa—. Últimamente me lo
imagino bastante parecido a vos. Bello, gallardo, demasiado alto para pasar
inadvertido y probablemente convencido de que Dios puso cada problema del
Imperio delante de él para que personalmente fuera a resolverlo.
Lucio recibió la comparación con aquella incomodidad que Fausta ya empezaba
a encontrar deliciosa. Ella continuó antes de que pudiera protestar. —Pero
Majoriano también padecía la enfermedad de Neptuno. Quiso recuperar África,
reunir una flota, volver a hacer grande todo aquello que Roma había perdido… y
mirad cómo terminó. —Su sonrisa disminuyó—. Eso es lo que nadie quiere
discutir. No basta con que una empresa sea gloriosa para que sea prudente. Mi
padre puede perder dos barcos y continuar siendo uno de los hombres más ricos
de Italia. Roma no puede perder cientos y fingir que no ha ocurrido nada.
Fausta jugueteó con el broche que Lucio le había regalado y volvió a
mirarlo. —Deberíais hablar con mi padre. En serio. Él os escucharía. No porque
seáis experto en barcos —añadió, anticipándose a cualquier objeción—, sino
porque sois Aeciano, servís directamente bajo Ricimero y, a diferencia de
muchos hombres que quieren contratos navales, tendríais razones para decirle
que no compre nada. Eso llamaría su atención. —Sonrió otra vez—. Además, creo
que le agradaríais. Mi padre respeta tres cosas: familias antiguas, hombres
capaces de mandar soldados y personas que consiguen hacerle ganar dinero. Vos
ya tenéis dos de las tres.
La conversación entre Lucio y Fausta continuó durante buena parte de la
tarde, perdiéndose poco a poco entre el rechinar de los ejes, las campanillas
de las bestias de carga y el rumor interminable de aquella corte convertida en
camino. Desde lejos, el séquito imperial parecía una ciudad que hubiese
decidido abandonar Rávena: carruajes senatoriales cubiertos con telas
enceradas, caballos de oficiales, carros de cocina, escribanos, clérigos,
criados, equipajes, cofres, cofres dentro de otros cofres y guardias
suficientes para recordar a cualquiera que aquello no era una peregrinación.
Pero la llanura húmeda de Rávena comenzó a quedar atrás. El terreno ascendía
lentamente, los campos drenados cedían ante colinas cada vez más ásperas y,
hacia el horizonte, los Apeninos levantaban una muralla azul grisácea que debía
ser atravesada antes de que Roma pudiera aparecer al otro lado de Italia.
Sobre aquellas montañas se estaba formando una tormenta. Primero fue una
franja oscura, casi inmóvil, encima de las cumbres; después una masa de nubes
bajas que empezó a cubrir los pasos y a borrar las líneas de los bosques. El
viento descendió frío por las laderas y alcanzó la columna imperial mucho antes
que la lluvia, sacudiendo mantos, inclinando estandartes y obligando a los
carreteros a asegurar lonas. Fausta seguía hablando desde su carruaje cuando el
relato pareció alejarse de ella y de Lucio, remontar la columna y atravesar
lentamente filas de criados, oficiales y guardias hasta alcanzar la cabeza de
aquella procesión donde cabalgaban dos hombres que observaban las mismas
montañas y, sin embargo, parecían mirar dos futuros completamente distintos.
Antemio llevaba la púrpura bajo un manto de viaje y montaba con la rigidez
de quien todavía no había aprendido a dejar de parecer emperador incluso sobre
una silla. Miraba hacia el oeste y el sur como si detrás de aquellas cumbres
pudiera ver ya el Mediterráneo entero, África, Cartago, los puertos perdidos y
las águilas romanas regresando donde hacía décadas que no ondeaban. En su
mente, los barcos no eran gasto sino instrumento; la madera no era madera, sino
flotas; el oro no era oro, sino tiempo comprado para devolver al Imperio una
provincia que todavía debía pertenecerle. La enfermedad de los mares, como
Ricimero comenzaba a llamarla con desprecio, no parecía una enfermedad cuando
se observaba desde los ojos de Antemio. Parecía esperanza.
Ricimero cabalgaba no muy lejos de él y contemplaba exactamente lo
contrario. Donde Antemio veía Cartago, él veía astilleros devorando bosques;
donde veía barcos, Ricimero veía soldadas retrasadas; donde imaginaba trigo
africano regresando a Italia, el generalísimo calculaba cuántos meses podía
alimentarse el Exercitus Italiae con el dinero necesario para
construir una flota. Había visto demasiados emperadores confundir grandeza con
recursos infinitos. Majoriano había sido valiente, competente y posiblemente el
mejor hombre que había vestido la púrpura en años; aquello no había impedido
que la pérdida de su flota lo dejara políticamente desnudo. Ricimero no
necesitaba odiar a Antemio para temer la idea que estaba creciendo dentro de
él. Bastaba con saber cuánto costaban los sueños imperiales cuando fracasaban.
Un relámpago iluminó las montañas. Durante un instante ambos hombres
quedaron recortados contra el cielo oscuro: el emperador que estaba dispuesto a
apostar una fortuna para devolver África a Roma y el generalísimo que estaba
decidido a impedir que Roma pagara el precio de aquella apuesta. Entre ellos
aún había cortesía, matrimonio, pactos y una hija que debía unir dos mundos;
todavía no había guerra civil, ni ruptura abierta, ni sangre en las calles.
Pero la tormenta sobre los Apeninos parecía adelantarse a todo aquello. Dos
jinetes avanzaban hacia Roma bajo la misma lluvia, uno enfermo de mar y otro
dispuesto a convertirse en el remedio.
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