miércoles, 7 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El precio de Neptuno

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A la mañana siguiente, el destacamento parecía haber pasado durante la noche por las manos de un administrador invisible. La cebada había llegado antes del alba, los herradores habían recibido sus atrasos, los correajes defectuosos estaban siendo sustituidos y hasta el proveedor que la víspera había jurado no descargar un solo saco sin ver primero dinero apareció extraordinariamente conciliador. Todo estaba pagado, firmado, sellado y debidamente asentado en tablillas que Tino podía presentar ante cualquier auditor sin bajar los ojos. Lo que no figuraba con la misma claridad eran las pequeñas cantidades entregadas a escribientes, inspectores, encargados de almacén y funcionarios subalternos para conseguir que los documentos correctos aparecieran en la parte superior de las pilas correctas. Sabatino se encargaba personalmente de aquello. Sabía perfectamente que, si Lucio descubría que un funcionario había exigido dinero para cumplir una obligación legítima, su primera reacción sería invitarlo a responder por su honor con una espada; Tino consideraba más barato darle dos sólidos al hombre, obtener el documento esa misma tarde y evitar que el heredero de Aecio asesinara a media administración imperial en nombre de la virtud.

La consecuencia fue que cuando Lucio reunió a sus hombres después del amanecer encontró una unidad predispuesta a escucharlo. Los caballos habían comido, los hombres también, los enfermos estaban atendidos y la paga no parecía amenazada por ninguna misteriosa demora administrativa. Incluso las necesidades menos dignas de aparecer en un informe oficial habían sido previstas: algunas mujeres conocidas de los establecimientos frecuentados por militares habían pasado por el campamento durante las jornadas anteriores, bien pagadas, discretas y sin las estafas o enfermedades que solían acompañar a los sitios baratos. El efecto moral era imposible de negar. Los jinetes gastaban relativamente poco de su propio estipendio y comenzaban a comprender que servir bajo el Aeciano significaba que ciertos problemas dejaban de ser exclusivamente suyos. Las únicas pérdidas verdaderamente dolorosas provenían de los dados, las carreras y las apuestas, casi todas misteriosamente ganadas por un secretario gordo que aseguraba no tener ninguna habilidad especial salvo saber sumar.

Muchos de aquellos hombres habían descubierto, además, que algunas de sus deudas personales habían sido cubiertas sin humillación pública. No existía un registro militar que dijera «el tribuno pagó esto», ni Tino permitía que se convirtiera en una obligación jurídica formal; pero la memoria funcionaba mejor que las tablillas. Más de la mitad de los beneficiados llevaba cuentas privadas de lo que debía devolver algún día, porque la diferencia entre una dádiva insultante y una deuda de honor era enorme para un jinete que se consideraba hombre libre. Otros quizá jamás pagarían una moneda, pero recordarían igualmente quién había impedido que vendieran una montura, empeñaran una pieza de armadura o escribieran a sus familias pidiendo dinero. Sabatino no necesitaba que todos devolvieran el préstamo. Le bastaba con que todos recordaran al acreedor.

A esa preparación material se añadió aquello que Tino no podía comprar: Lucio. Cuando el joven tribuno habló ante la unidad, los vítores no nacieron únicamente de estómagos llenos y bolsillos menos vacíos. Había en él una autoridad que no necesitaba aprenderse. Su tamaño contribuía, desde luego; también el apellido, la fama creciente de la batalla en los Alpes y la circunstancia de que muchos veteranos hubieran servido bajo hombres que todavía pronunciaban el nombre de Aecio como si perteneciera a una época mejor. Pero había algo adicional en verlo dormir entre ellos, preguntar por caballos concretos, recordar al enfermo de la noche anterior y presentarse vestido para marchar antes de exigir puntualidad a nadie. Para soldados acostumbrados a oficiales que hablaban desde caballos magníficos y desaparecían después en casas mejores, aquello tenía un peso difícil de fingir. Cuando terminó, la respuesta fue un estruendo de lanzas golpeando escudos, voces y nombres repetidos hasta que incluso Tino, situado prudentemente cerca de las cajas, tuvo que admitir que algunas cosas no podían comprarse, aunque estaba convencido de que siempre podían financiarse mejor.

Ricimero llegó al atardecer y encontró un espectáculo digno de una pintura triunfal. Los jinetes estaban formados por turmas, los caballos cepillados hasta hacer brillar el pelo bajo la luz baja del sol, las lanzas verticales formando un pequeño bosque y las piezas de hierro oriental devolviendo destellos rojizos. Algunos llevaban malla, otros corazas de escamas y varios de los más ricos lucían ya aquellas panoplias pesadas de inspiración sasánida que convertían hombre y montura en una sola masa preparada para atravesar una línea enemiga. Los estandartes apenas se movían con el viento húmedo de Rávena. Ricimero recorrió lentamente la formación sin decir nada al principio; conocía demasiado bien a los soldados para dejarse engañar por una sola buena parada, pero también sabía reconocer cuándo una unidad estaba orgullosa de sí misma. Aquella lo estaba.

No se trataba de una inspección ornamental. El destacamento debía acompañar al séquito imperial desde Rávena hasta Roma como guardia montada, parte visible del nuevo equilibrio establecido tras la elevación de Antemio. En Roma habría ceremonias, juramentos y una ratificación pública de la investidura ante las grandes autoridades de la ciudad y su obispo, un acto menos necesario para la legalidad imperial que para convertir el nuevo gobierno en una realidad comprensible ante Senado, aristocracia, clero y pueblo. Para Lucio significaba algo todavía más inmediato: dejaría de mandar hombres en un campamento discreto junto a los pantanos y aparecería con ellos ante Roma. Ricimero detuvo su caballo frente a la formación, miró una vez al joven Aeciano y después a la línea impecable de jinetes que lo seguía. Aquello ya no parecía una prueba.

—Yo asumo el mando —dijo Ricimero después de recorrer por última vez la línea de caballería. No alzó la voz; no hacía falta. Los oficiales próximos se enderezaron casi por reflejo mientras el generalísimo entregaba las riendas a uno de sus asistentes y señalaba hacia la retaguardia de la columna—. Tú vas atrás. Te han asignado como escolta particular de cierta dama Anicia. —Entonces apareció aquella sonrisa torcida que Lucio ya comenzaba a reconocer como anuncio de desgracia personal—. Su padre ha pagado bastante bien por vuestra compañía. Sí, ya sé, muchacho: malo, malo, terriblemente inmoral. Dinero, favores, influencias… casi puedo oírte recitando los Mandamientos. Pero ya sabes cómo funciona esto. —Lucio bajó ligeramente la cabeza—. Sí, señor. —Ricimero le dio una palmada en el hombro, más propia de un padre despidiendo a un hijo que de un general transmitiendo una orden—. Ve. No te mando contra vándalos ni suevos. Te mando a cabalgar junto a una dulce dama Anicia durante varios días. Todos mis demás tribunos matarían por semejante destino. Algunos probablemente matarían incluso a familiares. Habla con ella. Escucha. Averigua quién visita su casa, qué piensa su padre, qué dicen en Roma de Antemio y qué nombres se repiten demasiado. Si además consigues disfrutar del viaje, intentaré no anotarlo como falta disciplinaria.

Lucio se separó de la formación principal mientras los primeros destacamentos comenzaban a reorganizarse para la marcha hacia el sur. No había avanzado mucho cuando divisó una figura imposible de confundir incluso entre carros, sirvientes y animales de carga: Sabatino ben Ezra avanzaba sobre un burro gris cuyo tamaño parecía una protesta de la naturaleza contra el peso de su jinete. Tino comía algo envuelto en pan con una mano, sostenía las riendas con la otra y llevaba varias tablillas colgadas de una bolsa cruzada sobre el vientre. Su dignidad era mínima. Su expresión, en cambio, tenía la satisfacción de un hombre que ya sabía tres cosas que los demás descubrirían mañana. Al ver a Lucio hizo detener al animal, aunque el burro pareció interpretar la orden como una sugerencia y siguió andando varios pasos antes de resignarse.

—Mi señor. —Tino sacó una carta doblada de entre sus ropas y se la tendió—. Leed esto antes de que algún senador decida cobraros por conocer vuestros propios problemas. Domitia y Aemilia han oído lo mismo en dos casas distintas, y cuando dos mujeres respetables escuchan una misma indiscreción de hombres diferentes, deja de ser indiscreción y empieza a convertirse en presupuesto imperial.

Lucio abrió la carta mientras Tino arrancaba otro pedazo de pan. El informe era breve, pero inquietante: comerciantes vinculados a astilleros estaban preguntando por madera y brea; algunos funcionarios habían solicitado estimaciones sobre disponibilidad de transportes; hombres relacionados con círculos orientales hablaban de nuevas obligaciones fiscales y ciertas familias senatoriales comenzaban a discutir cuánto podían aportar sin comprometer sus propiedades. Ninguno decía todavía «guerra», pero todos los movimientos apuntaban hacia el mar. —Hay rumores de una campaña marítima —explicó Tino—. Todavía rumores. Pero si un emperador occidental empieza a contar barcos y Constantinopla empieza a contar dinero, solo existe un objetivo que justifique semejante locura. Cartago. —Mordió nuevamente el pan—. Esta noche os lo confirmo. O lo entierro. Para eso pago a mujeres que escuchan mejor que la mitad de vuestros exploradores.

Guardó silencio un instante antes de señalar a Lucio con el resto del desayuno. —Y otra cosa: gastad más. No estoy bromeando. Habéis repetido túnicas, lleváis una espada excelente pero sin ornamentación suficiente para vuestro rango, regaláis poco y vuestra mesa parece la de un oficial provincial con miedo de quedarse sin sueldo. Eso no se llama virtud cuando uno pertenece a vuestra casa. Se llama rumor de insolvencia. Si seguís así, dentro de tres meses algún idiota en Roma asegurará que el viejo Aecio está arruinado, que las propiedades Aecianas están hipotecadas o que Ricimero os mantiene por caridad. Y cuando alguien dude de vuestra solvencia empezará a dudar de vuestros clientes; después de vuestros clientes, de vuestra influencia; después de vuestra influencia, de vuestro futuro. —Tino levantó los ojos hacia él con una gravedad casi cómica—. Ya sabéis cómo se pone vuestro abuelo cuando alguien pone en duda el prestigio de la casa. Prefiero explicaros ahora que necesitáis comprar una capa nueva antes que explicarle después al León de Occidente por qué su nieto parece pobre.

El burro decidió reanudar la marcha sin consultar a ninguno de los dos. Tino se tambaleó, recuperó el equilibrio con una blasfemia y siguió alejándose mientras todavía gritaba por encima del hombro: —¡Y dejad que la Anicia os vea pagar algo caro! ¡No todo tiene que producir intereses! ¡A veces el lujo también es propaganda!

Lucio se llevó dos dedos a la sien y miró durante un momento la columna que comenzaba a ordenarse sobre el camino. Caballos, carros, criados, oficiales, familias senatoriales y una cantidad obscena de equipaje avanzaban lentamente hacia el sur bajo las primeras luces. —¿Cuánto podemos gastar en los hombres sin que el general empiece a desconfiar? —preguntó al fin, con el tono de quien sospechaba que acababa de entrar voluntariamente en otra clase de campo de batalla.

Tino sonrió de inmediato. —Bastante, mi señor. Mucho más de lo que imagináis. Ricimero espera que gastéis. —Golpeó cariñosamente el cuello de su burro mientras hacía cálculos mentales—. Sois un patricio Aeciano al mando de caballería. Si compráis mejores raciones, sustituís monturas, premiáis a los hombres que mantienen su equipo impecable y pagáis de vuestro bolsillo alguna reparación que el tesoro tarda semanas en autorizar, nadie pensará que estáis comprando al ejército. Pensarán exactamente lo que queremos que piensen: que la Casa Aecia sigue siendo rica, que su heredero cuida a los hombres que sirven bajo él y que resultar útil a Lucio Aeciano trae beneficios. El general desconfiaría si repartierais bolsas de oro antes de una conspiración. Una cena mejor y buenos caballos, en cambio, se llaman liderazgo.

Después hizo una pausa, y aquella pausa preocupó inmediatamente a Lucio porque significaba que todavía no había terminado. —Pero mi consejo profesional es que gastéis también en la muchacha. —Lucio volvió lentamente la cabeza hacia él—. No pongáis esa cara. Es una Anicia. Cada óbolo que gastéis en ella puede regresar multiplicado aunque jamás la desposéis. No hablo de comprarla, por el amor de Abraham; una Anicia probablemente podría compraros a vos, a mí y al burro y todavía discutir el precio. Hablo de cortesía visible. Una buena comida cuando paremos. Un regalo pequeño pero bien escogido. Que su escolta coma decentemente. Que sus criadas recuerden que el Aeciano trató a su señora como alguien importante. Las casas grandes tienen memoria, Lucio, y las mujeres de las casas grandes tienen una memoria todavía mejor.

Tino lo contempló de arriba abajo y finalmente perdió toda apariencia de seriedad. —Además, confiad en mí en algo que no está escrito en ningún libro de cuentas: sois bello a los ojos de las féminas. Escandalosamente bello, de hecho. Alto, rubio, ojos azules, hombros como una puerta de fortaleza y esa expresión permanente de hombre que acaba de descubrir un pecado nuevo. No necesitáis hacer gran cosa. Escuchadla. Sonreíd de vez en cuando. Pagad la cena sin discutir conmigo delante de ella y procurad no comenzar una conversación sobre castidad antes del postre. Con eso ya habréis superado a la mitad de los jóvenes aristócratas de Italia.

Antes de que Lucio encontrara una respuesta adecuada, Sabatino se inclinó desde el burro y le dio una palmada en el brazo, gesto considerablemente ambicioso teniendo en cuenta la diferencia de altura. —Ahora ve, tigre. —Hizo una especie de gruñido ridículo—. Rrrrr. —El burro avanzó como si quisiera alejarse de su propietario por vergüenza. Tino levantó una mano mientras se perdía entre los carros—. ¡Y si compráis algo para ella, guardad el recibo! ¡El romance también necesita contabilidad!

—Ah, sí. —Tino pareció recordar algo en el último instante. Hurgó entre las bolsas que colgaban de la silla del burro y extrajo una pequeña caja de madera oscura, pulida y cerrada con una cinta estrecha. Se la tendió a Lucio con una sonrisa que inmediatamente hizo sospechoso el objeto—. Esto. Dadle esto. Le gustará. —Lucio tomó la caja y la examinó como si pudiera contener algún mecanismo hostil—. ¿Qué es? —Un gasto políticamente necesario. —Tino guiñó un ojo—. Y no preguntéis cuánto costó delante de ella. Si alguna vez os casáis, ya tendré tiempo de arruinaros con la explicación. Ahora marchaos.

Lucio alcanzó poco después el carruaje de los Anicios. Era una pieza sólida y costosa, de madera reforzada, cortinas gruesas y herrajes discretamente ornamentados, acompañado por criados, varios jinetes de la casa y dos carros menores para equipaje. Cuando el enorme caballo del Aeciano se aproximó, una de las cortinas se movió y el rostro de Fausta apareció en la ventanilla. Lucio se irguió sobre la silla con aquella gallardía marcial que le resultaba mucho más natural que cualquier coquetería. —Domina Fausta. Por disposición del generalísimo, durante el viaje hasta Roma tendré el honor de encargarme personalmente de vuestra seguridad. —Hizo una inclinación desde la montura y añadió, algo menos seguro—. Y… también me permito ofreceros esto.

Fausta recibió la caja a través de la ventana y desató la cinta. Dentro, sobre un pequeño lecho de lino, había un delicado broche de oro trabajado con una pequeña granada abierta en esmalte rojo oscuro, no lo bastante ostentoso para parecer una compra matrimonial, pero demasiado fino para ser una simple cortesía improvisada. Tino había elegido bien: la granada podía leerse como elegancia, prosperidad y fecundidad sin obligar a nadie a decirlo en voz alta. Durante unos segundos Fausta dejó de escuchar el ruido de ruedas, caballos y voces de la columna. Había leído a los poetas hablando de aquella súbita expansión del pecho, de la absurda ligereza que tomaban las cosas cuando la persona deseada hacía algo insignificante y, precisamente por eso, maravilloso. Siempre lo había considerado una exageración literaria. Ahora comprendió con cierta indignación que los poetas quizá habían sabido de qué hablaban.

—Lucio… —alcanzó a decir. Luego hizo algo que su educación jamás habría permitido planear. Sacó medio cuerpo por la ventanilla, aprovechó que él se había inclinado para escucharla y le robó un beso rápido en la mejilla antes de desaparecer otra vez dentro del carruaje. Lucio quedó erguido sobre el caballo, completamente inmóvil, mientras desde el interior se oyó inmediatamente la voz horrorizada de la nodriza. —¡Domina Fausta! ¡Por todos los santos! —La muchacha respondió entre risa y vergüenza que solo había sido un agradecimiento. —¡Un agradecimiento no se da con la boca a un hombre en mitad de una carretera! —«Entonces quizá los romanos agradecen demasiado poco», replicó Fausta. La anciana hizo un ruido de desesperación. Sin embargo, incluso ella sabía que el escándalo tenía límites curiosamente flexibles cuando las dos familias implicadas deseaban exactamente aquello que fingían censurar. Un Aeciano interesado en una Anicia no era una calamidad moral: era una posibilidad dinástica, una alianza de patrimonios, clientes y nombres demasiado grandes para que los adultos responsables permitieran que unas cuantas normas cristianas sobre el decoro estropearan una oportunidad excelente.

La nodriza volvió a colocar la cortina, obligó a Fausta a sentarse correctamente y comenzó una larga conferencia sobre reputación, pudor y la facilidad con que una muchacha podía destruir en treinta segundos lo que veinte años de educación habían construido. Fausta asentía con una expresión penitente que no engañaba absolutamente a nadie mientras sostenía el broche entre los dedos. Al otro lado de la madera, Lucio continuaba cabalgando junto al carruaje con la mejilla todavía caliente y una incomodidad que habría divertido extraordinariamente a Ricimero. Desde mucho más atrás en la columna, Tino alcanzó a ver el movimiento junto a la ventanilla, sonrió satisfecho sobre su burro y murmuró para sí: —Una inversión excelente.

La autoridad de la nodriza duró menos que una clepsidra mal calibrada. Durante un rato Fausta permaneció sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, escuchando una disertación acerca del pudor, las miradas ajenas, la dignidad de los Anicios y la peligrosa tendencia de las muchachas enamoradas a confundir los caminos públicos con jardines privados. Asintió solemnemente a todo. Después esperó a que la anciana desviara la atención hacia una criada, levantó nuevamente la cortina y asomó la cabeza por la ventanilla. Lucio seguía cabalgando junto al carruaje. Fausta sonrió como si nada hubiera ocurrido. —Mi padre dice que va a comprar barcos.

Lucio volvió la cabeza hacia ella. Fausta apoyó los brazos sobre el borde de la ventana, dejando que el aire del camino moviera algunos mechones de su cabello. —Siempre me ha gustado el mar. Cuando era niña podía pasar horas mirando los barcos que entraban y salían de Classe. Mi padre decía que aquello era porque todavía no sabía cuánto costaba mantener uno. —Rio—. Ahora parece que él mismo ha olvidado esa lección. Está comprando naves en Ostia. Dos, según dijo. Aunque sospecho que no pretende usarlas solamente para transportar aceite. Mis tíos también están comprando. Varios. Cada semana alguien de la familia menciona carpinteros, velas, jarcias, contratos de transporte o marineros como si toda Italia hubiera descubierto de repente que existe el Mediterráneo.

—¿Os gustan más los barcos mercantes o los de guerra? —preguntó Lucio.

Fausta tuvo que pensarlo. —Los mercantes son más útiles. —La respuesta salió primero con la sensatez de una hija de grandes propietarios—. Llevan trigo, vino, aceite, mármol, telas, impuestos… y enriquecen a quien tiene la prudencia de poseerlos. —Pero después su expresión cambió y apareció la joven detrás de la futura matrona política—. Aunque me gustaría viajar alguna vez en uno de guerra. Solo una vez. —Le guiñó un ojo—. Y creo que quizá tenga la oportunidad. En Ostia mi padre dijo que ya había comprado dos naves adecuadas para servicio imperial, y mis otros tíos han adquirido varias más. Nadie quiere decir exactamente para qué, lo cual significa que todos saben perfectamente para qué.

Lucio observó durante algunos instantes la interminable columna que avanzaba hacia Roma: carros senatoriales, caballos, equipajes, criados, oficiales y, más allá, la caballería que Ricimero había tomado personalmente bajo su mando. —Parece una enfermedad por el mar. —Fausta dejó escapar una pequeña risa, pero después miró el camino con mayor atención. —Una enfermedad muy costosa —dedujo—. Porque mi padre nunca compra nada por entusiasmo. Si está adquiriendo barcos es porque alguien le ha hecho creer que podrá recuperar el dinero multiplicado. Y si mis tíos están haciendo lo mismo, alguien en Rávena está prometiendo contratos enormes. Transporte de hombres, caballos, grano… quizá incluso compensaciones imperiales por pérdidas.

La sonrisa de Fausta disminuyó. Sin proponérselo, acababa de darle a Lucio algo mucho más importante que el entretenimiento de una conversación: confirmación independiente de lo que Tino había escuchado aquella misma noche. No eran ya solamente rumores en cenas o consultas discretas sobre madera y brea. Una de las casas senatoriales más ricas estaba comprometiendo capital privado en embarcaciones, y varios miembros de la familia hacían lo mismo. En algún lugar entre Rávena, Roma y Constantinopla, alguien estaba preparando una empresa naval suficientemente grande como para convencer a los Anicios de que el mar podía convertirse en negocio. Y, en el Mediterráneo occidental, había un nombre que hacía que semejante cantidad de barcos tuviera sentido: Cartago.

Lucio la observó durante unos instantes más de lo necesario. Hasta entonces había registrado en Fausta aquello que registraba en casi todo: apellido, posición, inteligencia, utilidad de lo que decía, riesgos de lo que callaba. Pero con el viento entrando por la ventanilla, el cabello ligeramente desordenado y aquella expresión viva que aparecía cuando hablaba de algo que realmente le interesaba, la vio por primera vez sencillamente como una mujer joven y bastante hermosa. La conclusión lo sorprendió tanto que hizo la pregunta antes de pensar si era prudente. —¿Por qué no os habéis desposado todavía?

Fausta abrió mucho los ojos. Incluso la nodriza, desde el fondo del carruaje, dejó de fingir que no escuchaba. Era una pregunta terrible; demasiado directa, demasiado personal y pronunciada con aquella inocencia marcial que hacía imposible decidir si Lucio acababa de cometer una grosería o simplemente desconocía que debía rodearla durante media hora antes de formularla. Fausta, sin embargo, inclinó la cabeza y decidió contestar. —Porque ninguno ha sido digno de mí. —Lo dijo completamente en serio y solo después apareció una sonrisa—. No pongáis esa expresión. Soy una Anicia. Me han educado desde niña para saber exactamente cuánto valgo, y después todos parecen sorprendidos cuando actúo como si lo supiera.

Apoyó nuevamente los brazos en la ventanilla. —Mirad a mi prima Lucina. Su familia tuvo que casarla con un senador viejo, correcto y suficientemente rico porque era conveniente unir patrimonios. El pobre hombre llevaba meses enfermo y murió prácticamente al mismo tiempo en que vos la estabais sacando de aquellas montañas. Ella tenía veinte años y ya era viuda de un hombre que podía haber sido su padre. —Fausta hizo una pequeña mueca—. Ahora posee su dote, parte del patrimonio matrimonial y suficiente independencia para rechazar a cualquiera que no le agrade. Sospecho que, si pudiera regresar atrás, elegiría la viudez exactamente igual pero se ahorraría el matrimonio.

—¿Y vuestros otros pretendientes?

Fausta empezó a enumerarlos con los dedos. —Uno habla de caballos durante cenas enteras. Otro cree que citar a Virgilio significa repetir los mismos cuatro versos. Uno tiene una madre que ya decidió cuántos hijos debo darle. Otro parece convencido de que ser senador constituye una personalidad. Y luego están los que mi padre considera insuficientes porque… —Buscó por un momento una expresión delicada.

—Son demasiado pobres —dijo Lucio.

Fausta soltó una carcajada tan súbita que tuvo que retirarse de la ventanilla. Incluso la nodriza terminó sonriendo a pesar de sí misma. —¡Sí! —respondió Fausta al recuperar el aliento—. Gracias. Llevaba años escuchando decir «patrimonio inadecuado», «recursos insuficientes», «posición familiar poco proporcionada» y resulta que todo podía resumirse así. Son pobres. —Volvió a mirarlo con una sonrisa luminosa—. Veis, Lucio Aeciano, quizá sí tenéis futuro en la política. Solo necesitáis aprender a decir las cosas desagradables con palabras más largas.

Lucio mantuvo la mirada sobre el camino mientras el carruaje avanzaba entre el rumor de ruedas y cascos. —Algo así como esa enfermedad de Neptuno podría dejar a Roma como un anciano decrépito —dijo—. Todavía vestido con púrpura, todavía hablando de sus antiguas victorias, pero demasiado pobre para levantarse de la cama porque vendió hasta las mantas para comprar barcos.

Fausta lo miró durante un instante y después soltó una carcajada, no porque la imagen le pareciera absurda, sino porque reconoció inmediatamente una idea que llevaba tiempo intentando expresar. —¿También vos lo pensáis? —Se inclinó todavía más hacia la ventanilla—. Se lo he dicho a mi padre. Se lo he dicho a mis tíos. Todos me escuchan con esa expresión que ponen los hombres cuando una muchacha joven dice algo razonable y ellos necesitan convencerse de que ya lo habían pensado primero. Pero después siguen comprando barcos. —Negó con la cabeza—. Barcos, madera, contratos, marineros, adelantos, seguros sobre cargamentos… Parece que cuanto más caro resulta, más convencidos están de que debe ser una gran idea.

Bajó la voz, aunque la nodriza podía escuchar perfectamente cada palabra. —Si me preguntáis a mí, Antemio terminará como nuestro adorado Majoriano. De él todos hablan como si hubiese pertenecido a una edad mejor: valiente, dorado, hermoso, siempre dispuesto a cabalgar donde había problemas. Cuando era niña me lo imaginaba como uno de aquellos héroes de los mosaicos. —Sus ojos se detuvieron sobre Lucio y apareció una sonrisa traviesa—. Últimamente me lo imagino bastante parecido a vos. Bello, gallardo, demasiado alto para pasar inadvertido y probablemente convencido de que Dios puso cada problema del Imperio delante de él para que personalmente fuera a resolverlo.

Lucio recibió la comparación con aquella incomodidad que Fausta ya empezaba a encontrar deliciosa. Ella continuó antes de que pudiera protestar. —Pero Majoriano también padecía la enfermedad de Neptuno. Quiso recuperar África, reunir una flota, volver a hacer grande todo aquello que Roma había perdido… y mirad cómo terminó. —Su sonrisa disminuyó—. Eso es lo que nadie quiere discutir. No basta con que una empresa sea gloriosa para que sea prudente. Mi padre puede perder dos barcos y continuar siendo uno de los hombres más ricos de Italia. Roma no puede perder cientos y fingir que no ha ocurrido nada.

Fausta jugueteó con el broche que Lucio le había regalado y volvió a mirarlo. —Deberíais hablar con mi padre. En serio. Él os escucharía. No porque seáis experto en barcos —añadió, anticipándose a cualquier objeción—, sino porque sois Aeciano, servís directamente bajo Ricimero y, a diferencia de muchos hombres que quieren contratos navales, tendríais razones para decirle que no compre nada. Eso llamaría su atención. —Sonrió otra vez—. Además, creo que le agradaríais. Mi padre respeta tres cosas: familias antiguas, hombres capaces de mandar soldados y personas que consiguen hacerle ganar dinero. Vos ya tenéis dos de las tres.

La conversación entre Lucio y Fausta continuó durante buena parte de la tarde, perdiéndose poco a poco entre el rechinar de los ejes, las campanillas de las bestias de carga y el rumor interminable de aquella corte convertida en camino. Desde lejos, el séquito imperial parecía una ciudad que hubiese decidido abandonar Rávena: carruajes senatoriales cubiertos con telas enceradas, caballos de oficiales, carros de cocina, escribanos, clérigos, criados, equipajes, cofres, cofres dentro de otros cofres y guardias suficientes para recordar a cualquiera que aquello no era una peregrinación. Pero la llanura húmeda de Rávena comenzó a quedar atrás. El terreno ascendía lentamente, los campos drenados cedían ante colinas cada vez más ásperas y, hacia el horizonte, los Apeninos levantaban una muralla azul grisácea que debía ser atravesada antes de que Roma pudiera aparecer al otro lado de Italia.

Sobre aquellas montañas se estaba formando una tormenta. Primero fue una franja oscura, casi inmóvil, encima de las cumbres; después una masa de nubes bajas que empezó a cubrir los pasos y a borrar las líneas de los bosques. El viento descendió frío por las laderas y alcanzó la columna imperial mucho antes que la lluvia, sacudiendo mantos, inclinando estandartes y obligando a los carreteros a asegurar lonas. Fausta seguía hablando desde su carruaje cuando el relato pareció alejarse de ella y de Lucio, remontar la columna y atravesar lentamente filas de criados, oficiales y guardias hasta alcanzar la cabeza de aquella procesión donde cabalgaban dos hombres que observaban las mismas montañas y, sin embargo, parecían mirar dos futuros completamente distintos.

Antemio llevaba la púrpura bajo un manto de viaje y montaba con la rigidez de quien todavía no había aprendido a dejar de parecer emperador incluso sobre una silla. Miraba hacia el oeste y el sur como si detrás de aquellas cumbres pudiera ver ya el Mediterráneo entero, África, Cartago, los puertos perdidos y las águilas romanas regresando donde hacía décadas que no ondeaban. En su mente, los barcos no eran gasto sino instrumento; la madera no era madera, sino flotas; el oro no era oro, sino tiempo comprado para devolver al Imperio una provincia que todavía debía pertenecerle. La enfermedad de los mares, como Ricimero comenzaba a llamarla con desprecio, no parecía una enfermedad cuando se observaba desde los ojos de Antemio. Parecía esperanza.

Ricimero cabalgaba no muy lejos de él y contemplaba exactamente lo contrario. Donde Antemio veía Cartago, él veía astilleros devorando bosques; donde veía barcos, Ricimero veía soldadas retrasadas; donde imaginaba trigo africano regresando a Italia, el generalísimo calculaba cuántos meses podía alimentarse el Exercitus Italiae con el dinero necesario para construir una flota. Había visto demasiados emperadores confundir grandeza con recursos infinitos. Majoriano había sido valiente, competente y posiblemente el mejor hombre que había vestido la púrpura en años; aquello no había impedido que la pérdida de su flota lo dejara políticamente desnudo. Ricimero no necesitaba odiar a Antemio para temer la idea que estaba creciendo dentro de él. Bastaba con saber cuánto costaban los sueños imperiales cuando fracasaban.

Un relámpago iluminó las montañas. Durante un instante ambos hombres quedaron recortados contra el cielo oscuro: el emperador que estaba dispuesto a apostar una fortuna para devolver África a Roma y el generalísimo que estaba decidido a impedir que Roma pagara el precio de aquella apuesta. Entre ellos aún había cortesía, matrimonio, pactos y una hija que debía unir dos mundos; todavía no había guerra civil, ni ruptura abierta, ni sangre en las calles. Pero la tormenta sobre los Apeninos parecía adelantarse a todo aquello. Dos jinetes avanzaban hacia Roma bajo la misma lluvia, uno enfermo de mar y otro dispuesto a convertirse en el remedio.

 

 

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