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Lucio no regresó a las habitaciones que se le habían preparado en el complejo palatino. Apenas dejó atrás las últimas galerías iluminadas, donde todavía flotaban ecos de música, risas femeninas y conversaciones dichas demasiado cerca de las puertas, pidió que le trajeran su caballo. Un mozo salió corriendo hacia las caballerizas y pocos minutos después regresó conduciendo al animal, todavía ensillado desde las ceremonias de aquella tarde. Lucio montó sin pedir escolta, rechazó con un gesto al guardia que pareció dispuesto a acompañarlo y abandonó el recinto imperial mientras Rávena empezaba a transformarse en otra ciudad. En torno al palacio quedaban lámparas en las fachadas de las grandes casas, pórticos aún ocupados por clientes que esperaban noticias y carros de servicio que llevaban de regreso vajillas, telas, ánforas y criados después de los banquetes; pero a medida que avanzó por la gran vía empedrada que comunicaba el corazón administrativo con las salidas de la ciudad, la magnificencia se fue diluyendo entre talleres cerrados, almacenes, hospederías para funcionarios, establos y pequeñas iglesias cuyas puertas ya habían sido aseguradas para la noche. Rávena nunca parecía completamente asentada sobre la tierra: canales oscuros acompañaban ciertos tramos de las calles, las zanjas brillaban bajo la luna y las calzadas más importantes se levantaban ligeramente sobre aquel paisaje bajo y húmedo, construido a fuerza de piedra, pilotes, terraplenes y obstinación romana.
Más allá de la concentración de edificios altos, el aire cambió. Desapareció
buena parte del olor a aceite quemado, perfume y cocina que envolvía los
barrios aristocráticos, reemplazado por humedad, estiércol, cuero y vegetación
acuática. La muralla quedó detrás y el camino principal avanzó sobre terreno
firme entre zonas pantanosas y campos drenados, protegido en algunos sectores
por zanjas y pequeños puestos de vigilancia. A esa distancia todavía podían
verse, al girar la cabeza, los perfiles de las iglesias y algunas torres de
Rávena elevándose sobre la llanura como si la ciudad flotara encima de la
oscuridad. El gran ejército de Ricimero no estaba allí; sus concentraciones
principales permanecían varios días al norte, donde resultaba posible alimentar
miles de hombres y caballos sin convertir los alrededores de la capital en un
lodazal hambriento. Cerca de Rávena solo había destacamentos suficientes para
proteger caminos, puertas, almacenes y la persona del gobierno. La caballería
que Lucio debía asumir ocupaba precisamente uno de esos campamentos exteriores,
instalado sobre una lengua de terreno más seco junto a la ruta que conectaba la
capital con las vías hacia el norte: empalizada baja, fosos sin pretensión de
resistir un asedio serio, cuadras largas, depósitos de forraje, tiendas y
barracones de madera levantados para hombres que podían recibir orden de
marchar antes del amanecer.
El ritmo del caballo le permitió, por fin, pensar. Durante las últimas horas
demasiadas personas habían hablado de lo que podía llegar a ser: Ricimero le
hablaba de mando, Fausta de reputación, Alypia de poder, los oficiales de
deber, y detrás de todos ellos permanecía su abuelo como una montaña contra la
que cualquier decisión terminaba midiéndose. Aecio no necesitaba estar presente
para exigirle algo. Lucio había crecido sabiendo que era el primogénito, el
primero sobre quien recaería el peso del nombre cuando el León de Occidente ya
no pudiera sostenerlo. Sin embargo, mientras el caballo avanzaba por la calzada
húmeda, recordó al padre Severiano con una claridad incómoda: la seguridad
tranquila con que recitaba las Escrituras, aquella manera de convertir una
cuestión moral complicada en una frase limpia, la disciplina de la oración, la
idea de que podía existir una vida en la que el mayor combate de un hombre
fuese contra sí mismo y no contra otro ejército. Debí ser sacerdote,
pensó por un instante. La idea no era nueva. Había aparecido otras veces,
particularmente después de las batallas, cuando la sangre ya se había secado y
resultaba más difícil llamar gloria a lo que quedaba sobre el suelo. Pero
inmediatamente llegó la respuesta que llevaba escuchando desde niño: soy el
primogénito. Se esperaban cosas de él. Un sacerdote podía salvar almas; el
heredero de Aecio debía conservar hombres, propiedades, clientes, soldados y
quizá una parte de Roma misma. A veces Lucio no sabía cuál de los dos deberes
resultaba más cristiano.
Cuando entró en el campamento, los fuegos estaban bajos y la mayor parte de
los hombres había terminado ya la última comida. Su llegada provocó primero el
reconocimiento de un guardia, después una cadena rápida de voces y finalmente
la aparición del centurión de caballería, que se acercó ajustándose
apresuradamente el cinturón y esperando quizá que el nuevo tribuno anunciara
una inspección formal para la mañana siguiente. En cambio encontró a Lucio
todavía vestido con parte de la ropa cortesana, el manto recogido para cabalgar
y el cabello alterado por el viento, pero con una expresión mucho más serena
que durante toda la recepción imperial. Aquello sí lo comprendía. Caballos,
hombres, comida, disciplina, guardias. Problemas que tenían nombre y, con
frecuencia, solución. Desmontó y entregó las riendas al primer mozo que
apareció.
—Estado de la unidad. Incidentes. Necesidades.
El centurión tardó apenas un instante en adaptarse. Informó de las monturas
disponibles y de dos caballos con inflamación en las patas delanteras; de un
jinete que llevaba desde la tarde con fiebre; de tres correajes que debían ser
reemplazados antes de una marcha larga; de una pelea menor entre dos federados
y tres romanos que había terminado sin heridas graves, aunque con una nariz
rota y bastante orgullo lesionado; de retrasos en la entrega de cebada y de un
proveedor que se negaba a adelantar más grano hasta recibir parte de una deuda
anterior. Finalmente llegó al problema que parecía encontrarse detrás de todos
los demás: la unidad necesitaba dinero líquido antes de que llegara la
siguiente asignación oficial. Lucio escuchó sin interrumpir. Preguntó cuánto
forraje quedaba realmente, no cuánto figuraba en los registros; quiso saber
cuándo había comenzado la fiebre del jinete y quién lo había examinado; pidió
el nombre del hombre que había iniciado la pelea y luego el del que la había
terminado; comprobó cuántas parejas cubrían la guardia nocturna y ordenó que
los caballos lesionados fueran retirados del servicio hasta que el veterinario
decidiera lo contrario. Los correajes se reemplazarían antes del mediodía. El
enfermo iría a la enfermería. La disputa quedaba cerrada mientras ninguno de
los implicados intentara reabrirla. Después tomó las tablillas que le ofrecían,
revisó brevemente las cantidades y firmó las autorizaciones necesarias.
Cuando el centurión volvió al asunto del dinero, Lucio levantó la vista.
—Id con mi secretario. Sabatino ben Ezra. Tino.
El oficial esperó algo más.
—Si os dice que no tenemos dinero, significa que tenemos dinero —añadió
Lucio con completa seriedad—. Si empieza a explicaros durante mucho tiempo por
qué no debemos gastarlo, probablemente podemos gastarlo. Decidle que yo lo
autorizo.
Por primera vez aquella noche, el centurión tuvo que hacer un esfuerzo
visible para mantener intacta la disciplina de su rostro.
Lucio firmó varias tablillas, comprobó personalmente el registro de guardias
y, cuando el centurión preguntó dónde deseaba que se preparara alojamiento para
el nuevo tribuno, Lucio señaló sin vacilar hacia el sector de caballería. Aquel
destacamento no tenía la regularidad monumental de los antiguos campamentos
legionarios descritos por los manuales; era una instalación semipermanente,
levantada para hombres que podían recibir orden de abandonar Rávena en cuestión
de horas. Una vía central de tierra apisonada dividía el recinto desde la
puerta hasta la pequeña zona de mando; a ambos lados se sucedían los
alojamientos de las turmas, cobertizos, herrerías, almacenes de cebada,
depósitos de arreos y largas líneas de establos cuyo espacio superaba
ampliamente al destinado a los propios soldados. La caballería devoraba terreno
y dinero. Por cada jinete había que alimentar varias bestias, almacenar
montañas de forraje, conservar herraduras, reparar cinchas y mantener carros
capaces de transportar aquello que un infante simplemente llevaba sobre la
espalda. Los hombres de Lucio pertenecían además a una formación escogida:
muchos disponían de una montura principal para combate, otra de reserva y una
tercera bestia para equipaje o reemplazo, de modo que ochenta jinetes podían
convertir fácilmente el campamento en una pequeña ciudad de doscientas o más
cabezas de ganado.
Entró en uno de los contubernia asignados a los hombres de una
misma sección, una construcción sencilla de madera y lona reforzada, más amplia
que la tienda de campaña de una unidad de infantería pero igualmente impregnada
del olor de cuerpos, cuero aceitado, lana húmeda y metal. Varias cotas de malla
colgaban de soportes improvisados; junto a ellas aparecían corazas de escamas y
piezas laminares de inspiración oriental que pocos años antes habrían parecido
extravagancias traídas del Danubio o de las guerras contra Persia. Ahora
comenzaban a verse con frecuencia creciente entre los jinetes pesados de buena
fortuna: protecciones segmentadas para brazos y piernas, cascos profundos con
carrilleras, refuerzos de hierro sobre cuero grueso e incluso algunas bardas
parciales destinadas al pecho y cuello del caballo. No todos podían pagar
aquellas cosas, pero aquellos hombres no eran campesinos reclutados
precipitadamente. El caballo, el armamento y el equipo de un caballero podían
representar más riqueza de la que muchas familias libres verían reunida durante
toda su vida, y entre ellos abundaban hijos de propietarios menores, veteranos
enriquecidos, federados recompensados con tierra y jóvenes cuya familia había
invertido una fortuna en convertirlos en hombres capaces de cargar revestidos
de hierro.
La conversación murió cuando entró el tribuno. Uno de los soldados comenzó a
incorporarse con la desesperación de quien acababa de descubrir que su
comandante podía materializarse junto a su cama después del toque nocturno,
pero Lucio levantó la mano antes de que pusiera ambos pies en tierra. El gesto
significaba que continuara acostado. Dejó cinturón, espada y manto junto a un
catre vacío, comprobó casi instintivamente dónde estaba la salida y se tendió
vestido, conservando únicamente lo necesario para poder levantarse con rapidez
si sonaba alarma. No pronunció discurso alguno sobre compartir las privaciones
de sus hombres, porque no parecía considerar aquello una privación que
necesitara explicación. Había dormido demasiadas veces junto a caballos, soldados
y armas para encontrar extraño que un oficial pasara la noche donde podía ser
encontrado por sus subordinados. Poco a poco la estancia recuperó su ritmo: una
respiración profunda, un ronquido que alguien intentó contener sin éxito, el
crujido ocasional de un cuero al cambiar de posición y, desde los establos, el
golpe sordo de una pezuña contra madera.
El centurión salió con una expresión difícil de clasificar. Atravesó primero
el núcleo combatiente del campamento, donde todo tenía para él una función
comprensible: guardias junto a la empalizada, hombres revisando lanzas, mozos
llenando pesebres, herradores trabajando todavía bajo una lámpara, jinetes
enrollados en mantas y caballos resoplando en la oscuridad. Allí podía insultar
con propiedad. Le dio una patada a un cubo abandonado en mitad de la vía, llamó
hijo de una cabra enferma al responsable de dejar una cincha sobre el barro,
obligó a un soldado medio dormido a retirar una lámpara demasiado cerca de un
montón de heno y amenazó con utilizar como almohada funeraria el registro de
guardias si volvía a encontrar una hora sin firma. Pero cuanto más avanzaba
hacia las afueras, más se aproximaba a esa otra parte del ejército que todo
centurión afirmaba despreciar mientras sabía perfectamente que no podía vivir
sin ella.
Allí comenzaban los intendentes, secretarios, contadores, escribas,
veterinarios, proveedores, cambistas, mozos contratados, comerciantes
protegidos, artesanos especializados y aquella multitud de individuos que,
según el vocabulario del centurión, «no combatían porque alguien tenía que
permanecer vivo para cobrar después». En una fuerza de caballería eran
especialmente numerosos. Un jinete pesado necesitaba mucho más que valor:
necesitaba animales de reemplazo, cereal, herraduras, aceite, cuero, armas, piezas
de armadura, sirvientes capaces de transportar equipo y hombres capaces de
transformar dinero en todas aquellas cosas antes de que el comandante ordenara
partir. Además, cuanto más rica era la unidad, mayor parecía hacerse aquella
cola administrativa. Los jinetes llevaban capas buenas, cascos caros, espadas
que podían heredarse y cada vez más de aquellas armaduras orientales que
imitaban la protección de los grandes caballeros sasánidas; detrás de cada
hombre que brillaba bajo el hierro había inevitablemente cinco individuos
discutiendo cuánto había costado hacerlo brillar.
El centurión masculló algo sobre eunucos, contadores y hombres que
necesitaban tres tablillas para comprar una mula antes de preguntar dónde podía
encontrar a Sabatino ben Ezra. Tres auxiliares señalaron simultáneamente una
tienda algo apartada, y lo hicieron con sonrisas que inmediatamente le
parecieron sospechosas. Desde dentro llegó primero una carcajada femenina,
luego otra, después el tintinear de una copa y finalmente una voz masculina que
protestaba con enorme indignación acerca de que cierto precio constituía «un
crimen contra Moisés, Roma y cualquier hombre que supiera sumar». El centurión
se quedó quieto un momento, cerró los ojos, murmuró una blasfemia sobre los
secretarios personales de los patricios y apartó la lona.
Sabatino ben Ezra estaba reclinado sobre un lecho improvisado con una
comodidad ofensiva para cualquier hombre que hubiera pasado la noche haciendo
guardia. Era bajo hasta parecer casi diminuto junto a los soldados de
caballería que llenaban aquel campamento, extraordinariamente gordo, casi
completamente calvo y dueño de un vientre redondo que la túnica, abierta
demasiado abajo para conservar dignidad administrativa alguna, ya ni siquiera
intentaba ocultar. Sostenía una copa en una mano y una tablilla de cuentas en
la otra, porque ni siquiera durante sus diversiones parecía capaz de abandonar
por completo el oficio. Dos mujeres adultas, profesionales del entretenimiento
y mucho menos avergonzadas que él por la situación, compartían el lecho entre
cojines, mantas y prendas abandonadas con descuido. Una llevaba alrededor del
cuello una cadena fina de oro que Tino había estado examinando momentos antes
con una concentración sospechosamente semejante a la que dedicaba a los
contratos. Sobre una mesa baja coexistían vino, aceitunas, queso curado,
nueces, dados, algunas monedas perfectamente ordenadas por denominación y, en
una contradicción que resumía bastante bien a su propietario, un registro de
gastos militares escrito con una limpieza impecable.
—Se los juro —decía Tino a las dos mujeres, levantando la copa como si
estuviese pronunciando una elegía—, me mandaron a cuidar la fortuna del
patricio más santo que ha producido Italia desde que alguien tuvo la mala idea
de darle dinero a los cristianos. ¿Y saben qué significa eso? Aburrimiento.
Puro aburrimiento. Yo debería estar mintiéndoles a prestamistas, haciendo creer
a algún advenedizo con demasiado oro y poca genealogía que prestarle dinero a
mi señor es prácticamente comprar un asiento junto a Augusto, seduciendo viudas
ricas, negociando hipotecas sobre tierras que nadie ha visitado en veinte años…
¡algo! —Se dio una palmada en el vientre—. Con estas carnes, si es necesario. Y
si estas carnes ya no convencen, para eso Dios hizo las de mi señor. ¿Han visto
ustedes al muchacho? Ese hombre podría conseguir crédito simplemente entrando
sin camisa en la casa de una viuda.
Una de las mujeres casi derramó el vino de la risa. Tino continuó, indignado
por su propia desgracia. —Pero no. ¿Qué me encuentro? Un amo que cobra rentas,
recibe asignaciones, hereda propiedades, gana campañas y después tiene la
indecencia de no gastarse nada. Nada. Ni caballos suficientemente caros para
presumir, ni mesas de plata que provoquen envidia, ni músicos, ni amantes
costosas, ni una deuda escandalosa que yo pueda refinanciar con elegancia.
¿Saben lo humillante que es eso para un secretario financiero? Mi trabajo
debería consistir en perseguir a Lucio por el palacio gritando: «¡Mi señor, no
podemos pagar eso!». En cambio tengo que perseguirlo gritando: «¡Por el Dios de
Abraham, compre algo!». —Señaló entonces a ambas con la copa—. Incluso pagarles
a ustedes resulta aburrido. Si después de una noche como esta mis cuentas
siguen en positivo, ¿qué clase de vida estoy llevando?
Fue entonces cuando el centurión carraspeó desde la entrada.
Tino cerró los ojos con una lentitud doliente. Las dos mujeres miraron hacia
el oficial; una de ellas se tapó apenas con una manta, más por cortesía que por
vergüenza. Sabatino permaneció inmóvil durante unos segundos, respiró
profundamente y levantó el rostro hacia el techo de la tienda como un mártir al
que acababan de anunciar que la persecución religiosa había empezado
exactamente durante la cena. Después giró la cabeza hacia el centurión. —Si
venís a decirme que el muchacho necesita dinero, os juro por Abraham, Isaac y
Jacob que voy a matarlo yo mismo. —Una de las mujeres soltó otra carcajada.
Tino apuntó con la tablilla hacia ella—. No te rías, Marcella. Ese gigante
sería perfectamente capaz de regalarme todas sus propiedades por considerar que
la pobreza fortalece el alma.
El centurión mantuvo una expresión pétrea que solo consiguió hacer la
situación más absurda. Tino resopló, cerró la túnica sin demasiado éxito,
apartó una pierna ajena de encima de sus cuentas y se incorporó con
considerable esfuerzo hasta quedar sentado al borde del lecho. En aquel momento
el libertino desapareció casi por completo. Sus ojos pequeños se volvieron
rápidos, atentos, profesionales. —Muy bien. ¿Cuánto? —preguntó—. Y antes de
responderme, una advertencia: si pronunciáis una cifra redonda, voy a asumir
que intentáis robarme. Si decís cien sólidos, os preguntaré por qué no son
noventa y siete. Si decís cincuenta, querré saber quién se está quedando con
los tres que faltan. Y si me decís «aproximadamente», os echaré de mi tienda
hasta que aprendáis a contar. —Extendió la mano hacia otra tablilla,
completamente sobrio ya en todo aquello que importaba—. Vamos, centurión.
Arruinadme la noche. ¿Qué necesita ahora mi muchacho?
El centurión respiró hondo, decidió ignorar el estado de la tienda y adoptó
el tono con el que habría informado de bajas después de una escaramuza. —El
destacamento de caballería asignado al tribuno Aeciano necesita liquidez
inmediata para sustituir tres juegos completos de correajes, adquirir cebada
antes de la siguiente entrega, pagar al proveedor que mantiene retenido el
último cargamento y cubrir dos monturas de reemplazo si el veterinario declara
inútiles las que están lesionadas. También hay salarios menores pendientes a
mozos y herradores. —Consultó la tablilla que llevaba consigo y comenzó a dar
las cantidades. No había terminado cuando Tino levantó una mano.
—Sí, sí. Lo sé. —Sabatino se incorporó un poco más, tomó un cálamo y, sin
mirar registro alguno, recitó una cifra exacta hasta la última moneda. El
centurión se quedó callado. Tino sonrió con una satisfacción repugnante—. ¿Os
sorprende? A mí no. Esa cantidad me la deben esos imbéciles.
Una de las mujeres soltó una carcajada. Tino señaló hacia algún lugar
indeterminado del campamento. —Dados. Tabas. Carreras. Una pelea en la que
cierto jinete juró que un hérulo podía derribar a tres hombres después de seis
copas. Yo aposté que después de seis copas el hérulo no encontraría ni sus
sandalias. —Sacudió la cabeza con conmiseración—. Soquetes. Todos ellos. Creen
que porque un hombre es gordo, bajo y tiene más frente que cabello no sabe
calcular probabilidades. Yo siempre gano porque ellos juegan para sentir
emoción y yo juego para ganar dinero. Son actividades distintas.
Se levantó por fin del lecho, todavía mascullando, y caminó hacia un pequeño
cofre reforzado con hierro situado bajo la mesa. La llave apareció de algún
lugar entre sus ropas. Al abrirlo no surgió una montaña fabulosa de oro, sino
algo mucho más útil: pequeñas bolsas marcadas, monedas separadas por finalidad,
recibos doblados, sellos y tablillas enceradas donde cada movimiento tenía ya
preparado un lugar. Tino contó la suma necesaria con una velocidad que
convirtió los dedos del centurión en instrumentos comparativamente primitivos,
cerró una bolsa, añadió otra más pequeña y se la entregó. —Ahí está. Lo
necesario, más una reserva que no vais a mencionar al proveedor. Si sabe cuánto
podéis pagar, misteriosamente descubrirá que la cebada ha subido de precio desde
ayer.
El centurión tomó las bolsas, las sopesó y levantó una ceja. —Entonces el
tribuno disponía del dinero.
—No —replicó Tino con inmediata severidad—. Yo dispongo del dinero. Mi señor
dispone de un secretario suficientemente inteligente para prestárselo antes de
que algún funcionario le explique que debe esperar quince días una asignación
que necesita mañana. Esto es un préstamo a Lucio Aeciano. Lo registraré como
tal.
El centurión miró la tablilla, después a Tino. —Creía que los cristianos no
cobraban interés.
Sabatino lo observó durante un instante y luego empezó a reír, primero
suavemente y después con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la mesa.
—¡Interés! ¿Quién ha hablado de interés? —se secó los ojos—. Siempre pensando
en monedas. Eso os pasa por pasar demasiado tiempo entre soldados. El interés
no tiene por qué cobrarse en metálico, centurión. —Su rostro cambió apenas;
seguía sonriendo, pero aquella sonrisa tenía ahora algo de cálculo—.
Recordadles a esos tontos de ahí fuera quién pagó sus vergonzosas deudas. No
fue el tesoro imperial. No fue Ricimero. No fue algún senador que mañana ni
recordará sus nombres. Fue mi señor. De su bolsillo.
Se acercó un paso y tocó con un dedo la bolsa que el centurión sostenía.
—Cuando falte cebada, recordad quién la compró. Cuando un hombre necesite
reemplazar una montura y pueda seguir sirviendo porque no tuvo que vender la
casa de su madre, recordadle quién puso el dinero. Cuando cobren a tiempo
mientras otras unidades llevan meses esperando, recordadles quién decidió que
sus hombres no pasarían hambre por culpa de un escribano. —Tino ladeó la
cabeza—. Eso también es interés. Gratitud. Lealtad. Memoria. Algún día Lucio
pedirá a esos hombres que cabalguen hacia un lugar donde nadie sensato querría
cabalgar. Ese día quiero que recuerden que su tribuno no solo ordenaba cargas
desde delante. También pagaba la cebada cuando Roma llegaba tarde.
El centurión bajó la vista hacia las monedas. Empezaba a comprender que el
pequeño hombre desnudo a medias y rodeado de vino y mujeres podía ser tan
peligroso en su oficio como cualquier veterano con una lanza. Tino volvió a
dejarse caer en el lecho y recuperó la copa. —Ahora marchaos. Comprad el grano.
Pagad al herrador. Y por el Dios de mis padres, no dejéis que nadie le diga al
muchacho que esto cuenta como gasto político. Si descubre que está comprando
lealtad, probablemente querrá devolverla por escrúpulos cristianos.
Tino no había llegado a Lucio por casualidad. Antes de convertirse en «la
Bolsa de Lucio», Sabatino ben Ezra había sido uno de los tres secretarios
personales que manejaban los asuntos privados de Flavio Aecio, y el segundo en
importancia solamente después de Leoncio, aquel hombre seco, viejo y casi
imposible de engañar que conservaba en la cabeza genealogías, favores y
rencores acumulados durante treinta años de política occidental. Tino se
ocupaba de la parte que Leoncio consideraba indigna de perder tiempo
discutiendo: dinero móvil, préstamos, regalos, sobornos que oficialmente no
eran sobornos, deudas de oficiales, acreedores demasiado curiosos y pequeñas
operaciones que permitían transformar riqueza en obediencia. Cuando Aecio
decidió entregárselo a su nieto primogénito, no lo hizo únicamente porque
Sabatino fuera casi una generación más joven que Leoncio y pudiera acompañar a
Lucio durante décadas. Le dio una misión concreta. El muchacho tenía
disciplina, fe, valor, apellido y un desagradable exceso de principios; alguien
debía proporcionarle la astucia que no poseía. Aecio había sido especialmente
claro una tarde en Mediolanum: —Enséñale cuándo pagar, cuándo deber, cuándo
regalar y cuándo dejar que otro crea que ha ganado. Y si hace falta, mételo
entre mujeres. No quiero que llegue a los treinta siendo tan condenadamente
digno que nadie sepa por dónde agarrarlo. —Tino aseguraba que había respondido
que aquello no figuraba entre las funciones normales de un secretario. Aecio,
según él, simplemente lo había mirado hasta que Sabatino decidió ampliar
voluntariamente la definición de su oficio.
Todo aquello se lo estaba contando ahora a las dos mujeres mientras el
centurión desaparecía con las bolsas de dinero. Ellas no eran meretrices
recogidas en una taberna. Una, Domitia Paulina, era una viuda senatorial de
poco más de cuarenta años, propietaria de casas de alquiler cerca del puerto y
pariente por matrimonio de dos funcionarios palatinos. La otra, Aemilia
Marcella, pertenecía a una familia que llevaba generaciones entrando y saliendo
de los grandes matrimonios de Rávena; estaba casada con un hombre mucho mayor
que ella que pasaba más tiempo inspeccionando fincas que atendiendo a su
esposa. Las dos podían presentarse al día siguiente en una basílica cubiertas
hasta el cuello, acompañadas por esclavas, distribuyendo limosnas y discutiendo
sobre reliquias con una gravedad que habría hecho llorar de orgullo a cualquier
obispo. Precisamente por eso resultaban valiosas. Nadie medía las palabras
delante de mujeres que parecían preocuparse únicamente por liturgias, bodas y
enfermedades familiares. Tino pagaba generosamente por lo que escuchaban, y
pagaba todavía mejor por aquello que decidían no repetir.
Domitia tomó una aceituna y lo observó con una sonrisa cansada. —Entonces el
gran Aecio os entregó a su nieto para corromperlo. —Tino levantó un dedo
inmediatamente. —Educarlo. Hay una diferencia fiscal importante. —Aemilia soltó
una risa—. ¿Y cómo marcha vuestra educación? —Terriblemente. —Tino bebió—. Hoy
estuvo con una Anicia joven durante horas. Horas. ¿Y sabéis qué hizo después?
Fue a informar a Ricimero como si acabara de reconocer un puente enemigo.
Después vino aquí, revisó caballos, firmó gastos y se acostó con sus soldados.
Ni siquiera intentó emborracharse. Ni siquiera compró un collar. ¿Cómo se
supone que trabajo con eso? —Domitia arqueó una ceja—. Quizá la Anicia le
guste. —Claro que le gusta. Ese no es el problema. El problema es que probablemente
piensa casarse con ella antes de descubrir que puede besarla.
Aemilia se acomodó el manto sobre los hombros y la frivolidad desapareció
poco a poco de su expresión. —La muchacha no es el asunto importante de esta
noche. Antemio está trayendo demasiados hombres de Oriente. No soldados
todavía; funcionarios, clientes, griegos educados, amigos de amigos. Hay
familias de aquí que empiezan a temer que cada cargo vacante acabe ocupado por
alguien que llegó desde Constantinopla hace seis meses. —Tino dejó la copa. Ya
no parecía borracho.—Nombres. —Ella comenzó a dárselos: un secretario adscrito
a una oficina imperial, dos senadores que habían cenado tres veces con miembros
del séquito oriental, un comerciante que buscaba contratos de aprovisionamiento
y un funcionario menor que había empezado a repetir demasiado a menudo que
Occidente necesitaba «hombres nuevos». Tino no escribió nada. No lo necesitaba.
Su rostro permanecía relajado mientras almacenaba cada nombre en aquella
memoria que podía conservar una deuda veinte años.
Domitia intervino después. —Y Ricimero tampoco está quieto. Hay oficiales
que creen que el matrimonio con Alypia significa reconciliación. Otros creen
exactamente lo contrario: que ahora ambas partes tendrán una rehén dentro de la
familia de la otra. —Tino hizo una mueca satisfecha.—Eso ya suena más a Rávena.
—La matrona continuó—. También he oído que algunos senadores empiezan a hablar
otra vez de África. No como una fantasía. Como una campaña. Astilleros,
impuestos, préstamos extraordinarios. —Por primera vez aquella noche, Sabatino
dejó la copa sin beber. —Ah. —El pequeño sonido fue mucho más serio que
cualquiera de sus protestas anteriores.—Eso sí cuesta dinero. —Aemilia
sonrió.—Sabía que esa sería la parte que os preocuparía. —No, querida. Lo que
me preocupa es que cuando un emperador dice «Cartago», alguien termina
preguntándole a hombres como yo cuánto oro puede extraerse de Italia antes de
que Italia empiece a gritar.
Las dos mujeres se miraron. Tino abrió el cofre una segunda vez y colocó
sobre la mesa dos pequeñas bolsas de monedas de oro. No eran pagos vulgares por
aquella noche; eran honorarios por silencio, memoria y acceso. —Mañana
volveréis a ser dos respetabilísimas damas cristianas —dijo—. Iréis a misa,
fingiréis no saber siquiera cómo se juega a los dados y escucharéis. Quiero
saber quién empieza a pronunciar juntos los nombres de Antemio, África y nuevos
impuestos. Quiero saber qué casas buscan acercarse a los orientales y cuáles
empiezan a visitar con demasiada frecuencia a Ricimero. Y si escucháis el
nombre de Lucio, no defendáis al muchacho. Dejad que hablen. Especialmente si
hablan mal. Los amigos cuentan lo que quieren que sepamos; los enemigos, si se
sienten seguros, cuentan lo que necesitamos saber. —Domitia tomó su bolsa y
sonrió.—¿Y qué debemos hacer si alguna dama pregunta si el joven Aeciano está
disponible? —Tino volvió a reclinarse, recuperó la copa y suspiró con enorme
resignación.—Por favor, enviádmela. A estas alturas aceptaré cualquier ayuda.
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