miércoles, 7 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. La bolsa del heredero

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 Lucio no regresó a las habitaciones que se le habían preparado en el complejo palatino. Apenas dejó atrás las últimas galerías iluminadas, donde todavía flotaban ecos de música, risas femeninas y conversaciones dichas demasiado cerca de las puertas, pidió que le trajeran su caballo. Un mozo salió corriendo hacia las caballerizas y pocos minutos después regresó conduciendo al animal, todavía ensillado desde las ceremonias de aquella tarde. Lucio montó sin pedir escolta, rechazó con un gesto al guardia que pareció dispuesto a acompañarlo y abandonó el recinto imperial mientras Rávena empezaba a transformarse en otra ciudad. En torno al palacio quedaban lámparas en las fachadas de las grandes casas, pórticos aún ocupados por clientes que esperaban noticias y carros de servicio que llevaban de regreso vajillas, telas, ánforas y criados después de los banquetes; pero a medida que avanzó por la gran vía empedrada que comunicaba el corazón administrativo con las salidas de la ciudad, la magnificencia se fue diluyendo entre talleres cerrados, almacenes, hospederías para funcionarios, establos y pequeñas iglesias cuyas puertas ya habían sido aseguradas para la noche. Rávena nunca parecía completamente asentada sobre la tierra: canales oscuros acompañaban ciertos tramos de las calles, las zanjas brillaban bajo la luna y las calzadas más importantes se levantaban ligeramente sobre aquel paisaje bajo y húmedo, construido a fuerza de piedra, pilotes, terraplenes y obstinación romana.

Más allá de la concentración de edificios altos, el aire cambió. Desapareció buena parte del olor a aceite quemado, perfume y cocina que envolvía los barrios aristocráticos, reemplazado por humedad, estiércol, cuero y vegetación acuática. La muralla quedó detrás y el camino principal avanzó sobre terreno firme entre zonas pantanosas y campos drenados, protegido en algunos sectores por zanjas y pequeños puestos de vigilancia. A esa distancia todavía podían verse, al girar la cabeza, los perfiles de las iglesias y algunas torres de Rávena elevándose sobre la llanura como si la ciudad flotara encima de la oscuridad. El gran ejército de Ricimero no estaba allí; sus concentraciones principales permanecían varios días al norte, donde resultaba posible alimentar miles de hombres y caballos sin convertir los alrededores de la capital en un lodazal hambriento. Cerca de Rávena solo había destacamentos suficientes para proteger caminos, puertas, almacenes y la persona del gobierno. La caballería que Lucio debía asumir ocupaba precisamente uno de esos campamentos exteriores, instalado sobre una lengua de terreno más seco junto a la ruta que conectaba la capital con las vías hacia el norte: empalizada baja, fosos sin pretensión de resistir un asedio serio, cuadras largas, depósitos de forraje, tiendas y barracones de madera levantados para hombres que podían recibir orden de marchar antes del amanecer.

El ritmo del caballo le permitió, por fin, pensar. Durante las últimas horas demasiadas personas habían hablado de lo que podía llegar a ser: Ricimero le hablaba de mando, Fausta de reputación, Alypia de poder, los oficiales de deber, y detrás de todos ellos permanecía su abuelo como una montaña contra la que cualquier decisión terminaba midiéndose. Aecio no necesitaba estar presente para exigirle algo. Lucio había crecido sabiendo que era el primogénito, el primero sobre quien recaería el peso del nombre cuando el León de Occidente ya no pudiera sostenerlo. Sin embargo, mientras el caballo avanzaba por la calzada húmeda, recordó al padre Severiano con una claridad incómoda: la seguridad tranquila con que recitaba las Escrituras, aquella manera de convertir una cuestión moral complicada en una frase limpia, la disciplina de la oración, la idea de que podía existir una vida en la que el mayor combate de un hombre fuese contra sí mismo y no contra otro ejército. Debí ser sacerdote, pensó por un instante. La idea no era nueva. Había aparecido otras veces, particularmente después de las batallas, cuando la sangre ya se había secado y resultaba más difícil llamar gloria a lo que quedaba sobre el suelo. Pero inmediatamente llegó la respuesta que llevaba escuchando desde niño: soy el primogénito. Se esperaban cosas de él. Un sacerdote podía salvar almas; el heredero de Aecio debía conservar hombres, propiedades, clientes, soldados y quizá una parte de Roma misma. A veces Lucio no sabía cuál de los dos deberes resultaba más cristiano.

Cuando entró en el campamento, los fuegos estaban bajos y la mayor parte de los hombres había terminado ya la última comida. Su llegada provocó primero el reconocimiento de un guardia, después una cadena rápida de voces y finalmente la aparición del centurión de caballería, que se acercó ajustándose apresuradamente el cinturón y esperando quizá que el nuevo tribuno anunciara una inspección formal para la mañana siguiente. En cambio encontró a Lucio todavía vestido con parte de la ropa cortesana, el manto recogido para cabalgar y el cabello alterado por el viento, pero con una expresión mucho más serena que durante toda la recepción imperial. Aquello sí lo comprendía. Caballos, hombres, comida, disciplina, guardias. Problemas que tenían nombre y, con frecuencia, solución. Desmontó y entregó las riendas al primer mozo que apareció.

—Estado de la unidad. Incidentes. Necesidades.

El centurión tardó apenas un instante en adaptarse. Informó de las monturas disponibles y de dos caballos con inflamación en las patas delanteras; de un jinete que llevaba desde la tarde con fiebre; de tres correajes que debían ser reemplazados antes de una marcha larga; de una pelea menor entre dos federados y tres romanos que había terminado sin heridas graves, aunque con una nariz rota y bastante orgullo lesionado; de retrasos en la entrega de cebada y de un proveedor que se negaba a adelantar más grano hasta recibir parte de una deuda anterior. Finalmente llegó al problema que parecía encontrarse detrás de todos los demás: la unidad necesitaba dinero líquido antes de que llegara la siguiente asignación oficial. Lucio escuchó sin interrumpir. Preguntó cuánto forraje quedaba realmente, no cuánto figuraba en los registros; quiso saber cuándo había comenzado la fiebre del jinete y quién lo había examinado; pidió el nombre del hombre que había iniciado la pelea y luego el del que la había terminado; comprobó cuántas parejas cubrían la guardia nocturna y ordenó que los caballos lesionados fueran retirados del servicio hasta que el veterinario decidiera lo contrario. Los correajes se reemplazarían antes del mediodía. El enfermo iría a la enfermería. La disputa quedaba cerrada mientras ninguno de los implicados intentara reabrirla. Después tomó las tablillas que le ofrecían, revisó brevemente las cantidades y firmó las autorizaciones necesarias.

Cuando el centurión volvió al asunto del dinero, Lucio levantó la vista.

—Id con mi secretario. Sabatino ben Ezra. Tino.

El oficial esperó algo más.

—Si os dice que no tenemos dinero, significa que tenemos dinero —añadió Lucio con completa seriedad—. Si empieza a explicaros durante mucho tiempo por qué no debemos gastarlo, probablemente podemos gastarlo. Decidle que yo lo autorizo.

Por primera vez aquella noche, el centurión tuvo que hacer un esfuerzo visible para mantener intacta la disciplina de su rostro.

Lucio firmó varias tablillas, comprobó personalmente el registro de guardias y, cuando el centurión preguntó dónde deseaba que se preparara alojamiento para el nuevo tribuno, Lucio señaló sin vacilar hacia el sector de caballería. Aquel destacamento no tenía la regularidad monumental de los antiguos campamentos legionarios descritos por los manuales; era una instalación semipermanente, levantada para hombres que podían recibir orden de abandonar Rávena en cuestión de horas. Una vía central de tierra apisonada dividía el recinto desde la puerta hasta la pequeña zona de mando; a ambos lados se sucedían los alojamientos de las turmas, cobertizos, herrerías, almacenes de cebada, depósitos de arreos y largas líneas de establos cuyo espacio superaba ampliamente al destinado a los propios soldados. La caballería devoraba terreno y dinero. Por cada jinete había que alimentar varias bestias, almacenar montañas de forraje, conservar herraduras, reparar cinchas y mantener carros capaces de transportar aquello que un infante simplemente llevaba sobre la espalda. Los hombres de Lucio pertenecían además a una formación escogida: muchos disponían de una montura principal para combate, otra de reserva y una tercera bestia para equipaje o reemplazo, de modo que ochenta jinetes podían convertir fácilmente el campamento en una pequeña ciudad de doscientas o más cabezas de ganado.

Entró en uno de los contubernia asignados a los hombres de una misma sección, una construcción sencilla de madera y lona reforzada, más amplia que la tienda de campaña de una unidad de infantería pero igualmente impregnada del olor de cuerpos, cuero aceitado, lana húmeda y metal. Varias cotas de malla colgaban de soportes improvisados; junto a ellas aparecían corazas de escamas y piezas laminares de inspiración oriental que pocos años antes habrían parecido extravagancias traídas del Danubio o de las guerras contra Persia. Ahora comenzaban a verse con frecuencia creciente entre los jinetes pesados de buena fortuna: protecciones segmentadas para brazos y piernas, cascos profundos con carrilleras, refuerzos de hierro sobre cuero grueso e incluso algunas bardas parciales destinadas al pecho y cuello del caballo. No todos podían pagar aquellas cosas, pero aquellos hombres no eran campesinos reclutados precipitadamente. El caballo, el armamento y el equipo de un caballero podían representar más riqueza de la que muchas familias libres verían reunida durante toda su vida, y entre ellos abundaban hijos de propietarios menores, veteranos enriquecidos, federados recompensados con tierra y jóvenes cuya familia había invertido una fortuna en convertirlos en hombres capaces de cargar revestidos de hierro.

La conversación murió cuando entró el tribuno. Uno de los soldados comenzó a incorporarse con la desesperación de quien acababa de descubrir que su comandante podía materializarse junto a su cama después del toque nocturno, pero Lucio levantó la mano antes de que pusiera ambos pies en tierra. El gesto significaba que continuara acostado. Dejó cinturón, espada y manto junto a un catre vacío, comprobó casi instintivamente dónde estaba la salida y se tendió vestido, conservando únicamente lo necesario para poder levantarse con rapidez si sonaba alarma. No pronunció discurso alguno sobre compartir las privaciones de sus hombres, porque no parecía considerar aquello una privación que necesitara explicación. Había dormido demasiadas veces junto a caballos, soldados y armas para encontrar extraño que un oficial pasara la noche donde podía ser encontrado por sus subordinados. Poco a poco la estancia recuperó su ritmo: una respiración profunda, un ronquido que alguien intentó contener sin éxito, el crujido ocasional de un cuero al cambiar de posición y, desde los establos, el golpe sordo de una pezuña contra madera.

El centurión salió con una expresión difícil de clasificar. Atravesó primero el núcleo combatiente del campamento, donde todo tenía para él una función comprensible: guardias junto a la empalizada, hombres revisando lanzas, mozos llenando pesebres, herradores trabajando todavía bajo una lámpara, jinetes enrollados en mantas y caballos resoplando en la oscuridad. Allí podía insultar con propiedad. Le dio una patada a un cubo abandonado en mitad de la vía, llamó hijo de una cabra enferma al responsable de dejar una cincha sobre el barro, obligó a un soldado medio dormido a retirar una lámpara demasiado cerca de un montón de heno y amenazó con utilizar como almohada funeraria el registro de guardias si volvía a encontrar una hora sin firma. Pero cuanto más avanzaba hacia las afueras, más se aproximaba a esa otra parte del ejército que todo centurión afirmaba despreciar mientras sabía perfectamente que no podía vivir sin ella.

Allí comenzaban los intendentes, secretarios, contadores, escribas, veterinarios, proveedores, cambistas, mozos contratados, comerciantes protegidos, artesanos especializados y aquella multitud de individuos que, según el vocabulario del centurión, «no combatían porque alguien tenía que permanecer vivo para cobrar después». En una fuerza de caballería eran especialmente numerosos. Un jinete pesado necesitaba mucho más que valor: necesitaba animales de reemplazo, cereal, herraduras, aceite, cuero, armas, piezas de armadura, sirvientes capaces de transportar equipo y hombres capaces de transformar dinero en todas aquellas cosas antes de que el comandante ordenara partir. Además, cuanto más rica era la unidad, mayor parecía hacerse aquella cola administrativa. Los jinetes llevaban capas buenas, cascos caros, espadas que podían heredarse y cada vez más de aquellas armaduras orientales que imitaban la protección de los grandes caballeros sasánidas; detrás de cada hombre que brillaba bajo el hierro había inevitablemente cinco individuos discutiendo cuánto había costado hacerlo brillar.

El centurión masculló algo sobre eunucos, contadores y hombres que necesitaban tres tablillas para comprar una mula antes de preguntar dónde podía encontrar a Sabatino ben Ezra. Tres auxiliares señalaron simultáneamente una tienda algo apartada, y lo hicieron con sonrisas que inmediatamente le parecieron sospechosas. Desde dentro llegó primero una carcajada femenina, luego otra, después el tintinear de una copa y finalmente una voz masculina que protestaba con enorme indignación acerca de que cierto precio constituía «un crimen contra Moisés, Roma y cualquier hombre que supiera sumar». El centurión se quedó quieto un momento, cerró los ojos, murmuró una blasfemia sobre los secretarios personales de los patricios y apartó la lona.

Sabatino ben Ezra estaba reclinado sobre un lecho improvisado con una comodidad ofensiva para cualquier hombre que hubiera pasado la noche haciendo guardia. Era bajo hasta parecer casi diminuto junto a los soldados de caballería que llenaban aquel campamento, extraordinariamente gordo, casi completamente calvo y dueño de un vientre redondo que la túnica, abierta demasiado abajo para conservar dignidad administrativa alguna, ya ni siquiera intentaba ocultar. Sostenía una copa en una mano y una tablilla de cuentas en la otra, porque ni siquiera durante sus diversiones parecía capaz de abandonar por completo el oficio. Dos mujeres adultas, profesionales del entretenimiento y mucho menos avergonzadas que él por la situación, compartían el lecho entre cojines, mantas y prendas abandonadas con descuido. Una llevaba alrededor del cuello una cadena fina de oro que Tino había estado examinando momentos antes con una concentración sospechosamente semejante a la que dedicaba a los contratos. Sobre una mesa baja coexistían vino, aceitunas, queso curado, nueces, dados, algunas monedas perfectamente ordenadas por denominación y, en una contradicción que resumía bastante bien a su propietario, un registro de gastos militares escrito con una limpieza impecable.

—Se los juro —decía Tino a las dos mujeres, levantando la copa como si estuviese pronunciando una elegía—, me mandaron a cuidar la fortuna del patricio más santo que ha producido Italia desde que alguien tuvo la mala idea de darle dinero a los cristianos. ¿Y saben qué significa eso? Aburrimiento. Puro aburrimiento. Yo debería estar mintiéndoles a prestamistas, haciendo creer a algún advenedizo con demasiado oro y poca genealogía que prestarle dinero a mi señor es prácticamente comprar un asiento junto a Augusto, seduciendo viudas ricas, negociando hipotecas sobre tierras que nadie ha visitado en veinte años… ¡algo! —Se dio una palmada en el vientre—. Con estas carnes, si es necesario. Y si estas carnes ya no convencen, para eso Dios hizo las de mi señor. ¿Han visto ustedes al muchacho? Ese hombre podría conseguir crédito simplemente entrando sin camisa en la casa de una viuda.

Una de las mujeres casi derramó el vino de la risa. Tino continuó, indignado por su propia desgracia. —Pero no. ¿Qué me encuentro? Un amo que cobra rentas, recibe asignaciones, hereda propiedades, gana campañas y después tiene la indecencia de no gastarse nada. Nada. Ni caballos suficientemente caros para presumir, ni mesas de plata que provoquen envidia, ni músicos, ni amantes costosas, ni una deuda escandalosa que yo pueda refinanciar con elegancia. ¿Saben lo humillante que es eso para un secretario financiero? Mi trabajo debería consistir en perseguir a Lucio por el palacio gritando: «¡Mi señor, no podemos pagar eso!». En cambio tengo que perseguirlo gritando: «¡Por el Dios de Abraham, compre algo!». —Señaló entonces a ambas con la copa—. Incluso pagarles a ustedes resulta aburrido. Si después de una noche como esta mis cuentas siguen en positivo, ¿qué clase de vida estoy llevando?

Fue entonces cuando el centurión carraspeó desde la entrada.

Tino cerró los ojos con una lentitud doliente. Las dos mujeres miraron hacia el oficial; una de ellas se tapó apenas con una manta, más por cortesía que por vergüenza. Sabatino permaneció inmóvil durante unos segundos, respiró profundamente y levantó el rostro hacia el techo de la tienda como un mártir al que acababan de anunciar que la persecución religiosa había empezado exactamente durante la cena. Después giró la cabeza hacia el centurión. —Si venís a decirme que el muchacho necesita dinero, os juro por Abraham, Isaac y Jacob que voy a matarlo yo mismo. —Una de las mujeres soltó otra carcajada. Tino apuntó con la tablilla hacia ella—. No te rías, Marcella. Ese gigante sería perfectamente capaz de regalarme todas sus propiedades por considerar que la pobreza fortalece el alma.

El centurión mantuvo una expresión pétrea que solo consiguió hacer la situación más absurda. Tino resopló, cerró la túnica sin demasiado éxito, apartó una pierna ajena de encima de sus cuentas y se incorporó con considerable esfuerzo hasta quedar sentado al borde del lecho. En aquel momento el libertino desapareció casi por completo. Sus ojos pequeños se volvieron rápidos, atentos, profesionales. —Muy bien. ¿Cuánto? —preguntó—. Y antes de responderme, una advertencia: si pronunciáis una cifra redonda, voy a asumir que intentáis robarme. Si decís cien sólidos, os preguntaré por qué no son noventa y siete. Si decís cincuenta, querré saber quién se está quedando con los tres que faltan. Y si me decís «aproximadamente», os echaré de mi tienda hasta que aprendáis a contar. —Extendió la mano hacia otra tablilla, completamente sobrio ya en todo aquello que importaba—. Vamos, centurión. Arruinadme la noche. ¿Qué necesita ahora mi muchacho?

El centurión respiró hondo, decidió ignorar el estado de la tienda y adoptó el tono con el que habría informado de bajas después de una escaramuza. —El destacamento de caballería asignado al tribuno Aeciano necesita liquidez inmediata para sustituir tres juegos completos de correajes, adquirir cebada antes de la siguiente entrega, pagar al proveedor que mantiene retenido el último cargamento y cubrir dos monturas de reemplazo si el veterinario declara inútiles las que están lesionadas. También hay salarios menores pendientes a mozos y herradores. —Consultó la tablilla que llevaba consigo y comenzó a dar las cantidades. No había terminado cuando Tino levantó una mano.

—Sí, sí. Lo sé. —Sabatino se incorporó un poco más, tomó un cálamo y, sin mirar registro alguno, recitó una cifra exacta hasta la última moneda. El centurión se quedó callado. Tino sonrió con una satisfacción repugnante—. ¿Os sorprende? A mí no. Esa cantidad me la deben esos imbéciles.

Una de las mujeres soltó una carcajada. Tino señaló hacia algún lugar indeterminado del campamento. —Dados. Tabas. Carreras. Una pelea en la que cierto jinete juró que un hérulo podía derribar a tres hombres después de seis copas. Yo aposté que después de seis copas el hérulo no encontraría ni sus sandalias. —Sacudió la cabeza con conmiseración—. Soquetes. Todos ellos. Creen que porque un hombre es gordo, bajo y tiene más frente que cabello no sabe calcular probabilidades. Yo siempre gano porque ellos juegan para sentir emoción y yo juego para ganar dinero. Son actividades distintas.

Se levantó por fin del lecho, todavía mascullando, y caminó hacia un pequeño cofre reforzado con hierro situado bajo la mesa. La llave apareció de algún lugar entre sus ropas. Al abrirlo no surgió una montaña fabulosa de oro, sino algo mucho más útil: pequeñas bolsas marcadas, monedas separadas por finalidad, recibos doblados, sellos y tablillas enceradas donde cada movimiento tenía ya preparado un lugar. Tino contó la suma necesaria con una velocidad que convirtió los dedos del centurión en instrumentos comparativamente primitivos, cerró una bolsa, añadió otra más pequeña y se la entregó. —Ahí está. Lo necesario, más una reserva que no vais a mencionar al proveedor. Si sabe cuánto podéis pagar, misteriosamente descubrirá que la cebada ha subido de precio desde ayer.

El centurión tomó las bolsas, las sopesó y levantó una ceja. —Entonces el tribuno disponía del dinero.

—No —replicó Tino con inmediata severidad—. Yo dispongo del dinero. Mi señor dispone de un secretario suficientemente inteligente para prestárselo antes de que algún funcionario le explique que debe esperar quince días una asignación que necesita mañana. Esto es un préstamo a Lucio Aeciano. Lo registraré como tal.

El centurión miró la tablilla, después a Tino. —Creía que los cristianos no cobraban interés.

Sabatino lo observó durante un instante y luego empezó a reír, primero suavemente y después con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la mesa. —¡Interés! ¿Quién ha hablado de interés? —se secó los ojos—. Siempre pensando en monedas. Eso os pasa por pasar demasiado tiempo entre soldados. El interés no tiene por qué cobrarse en metálico, centurión. —Su rostro cambió apenas; seguía sonriendo, pero aquella sonrisa tenía ahora algo de cálculo—. Recordadles a esos tontos de ahí fuera quién pagó sus vergonzosas deudas. No fue el tesoro imperial. No fue Ricimero. No fue algún senador que mañana ni recordará sus nombres. Fue mi señor. De su bolsillo.

Se acercó un paso y tocó con un dedo la bolsa que el centurión sostenía. —Cuando falte cebada, recordad quién la compró. Cuando un hombre necesite reemplazar una montura y pueda seguir sirviendo porque no tuvo que vender la casa de su madre, recordadle quién puso el dinero. Cuando cobren a tiempo mientras otras unidades llevan meses esperando, recordadles quién decidió que sus hombres no pasarían hambre por culpa de un escribano. —Tino ladeó la cabeza—. Eso también es interés. Gratitud. Lealtad. Memoria. Algún día Lucio pedirá a esos hombres que cabalguen hacia un lugar donde nadie sensato querría cabalgar. Ese día quiero que recuerden que su tribuno no solo ordenaba cargas desde delante. También pagaba la cebada cuando Roma llegaba tarde.

El centurión bajó la vista hacia las monedas. Empezaba a comprender que el pequeño hombre desnudo a medias y rodeado de vino y mujeres podía ser tan peligroso en su oficio como cualquier veterano con una lanza. Tino volvió a dejarse caer en el lecho y recuperó la copa. —Ahora marchaos. Comprad el grano. Pagad al herrador. Y por el Dios de mis padres, no dejéis que nadie le diga al muchacho que esto cuenta como gasto político. Si descubre que está comprando lealtad, probablemente querrá devolverla por escrúpulos cristianos.

Tino no había llegado a Lucio por casualidad. Antes de convertirse en «la Bolsa de Lucio», Sabatino ben Ezra había sido uno de los tres secretarios personales que manejaban los asuntos privados de Flavio Aecio, y el segundo en importancia solamente después de Leoncio, aquel hombre seco, viejo y casi imposible de engañar que conservaba en la cabeza genealogías, favores y rencores acumulados durante treinta años de política occidental. Tino se ocupaba de la parte que Leoncio consideraba indigna de perder tiempo discutiendo: dinero móvil, préstamos, regalos, sobornos que oficialmente no eran sobornos, deudas de oficiales, acreedores demasiado curiosos y pequeñas operaciones que permitían transformar riqueza en obediencia. Cuando Aecio decidió entregárselo a su nieto primogénito, no lo hizo únicamente porque Sabatino fuera casi una generación más joven que Leoncio y pudiera acompañar a Lucio durante décadas. Le dio una misión concreta. El muchacho tenía disciplina, fe, valor, apellido y un desagradable exceso de principios; alguien debía proporcionarle la astucia que no poseía. Aecio había sido especialmente claro una tarde en Mediolanum: —Enséñale cuándo pagar, cuándo deber, cuándo regalar y cuándo dejar que otro crea que ha ganado. Y si hace falta, mételo entre mujeres. No quiero que llegue a los treinta siendo tan condenadamente digno que nadie sepa por dónde agarrarlo. —Tino aseguraba que había respondido que aquello no figuraba entre las funciones normales de un secretario. Aecio, según él, simplemente lo había mirado hasta que Sabatino decidió ampliar voluntariamente la definición de su oficio.

Todo aquello se lo estaba contando ahora a las dos mujeres mientras el centurión desaparecía con las bolsas de dinero. Ellas no eran meretrices recogidas en una taberna. Una, Domitia Paulina, era una viuda senatorial de poco más de cuarenta años, propietaria de casas de alquiler cerca del puerto y pariente por matrimonio de dos funcionarios palatinos. La otra, Aemilia Marcella, pertenecía a una familia que llevaba generaciones entrando y saliendo de los grandes matrimonios de Rávena; estaba casada con un hombre mucho mayor que ella que pasaba más tiempo inspeccionando fincas que atendiendo a su esposa. Las dos podían presentarse al día siguiente en una basílica cubiertas hasta el cuello, acompañadas por esclavas, distribuyendo limosnas y discutiendo sobre reliquias con una gravedad que habría hecho llorar de orgullo a cualquier obispo. Precisamente por eso resultaban valiosas. Nadie medía las palabras delante de mujeres que parecían preocuparse únicamente por liturgias, bodas y enfermedades familiares. Tino pagaba generosamente por lo que escuchaban, y pagaba todavía mejor por aquello que decidían no repetir.

Domitia tomó una aceituna y lo observó con una sonrisa cansada. —Entonces el gran Aecio os entregó a su nieto para corromperlo. —Tino levantó un dedo inmediatamente. —Educarlo. Hay una diferencia fiscal importante. —Aemilia soltó una risa—. ¿Y cómo marcha vuestra educación? —Terriblemente. —Tino bebió—. Hoy estuvo con una Anicia joven durante horas. Horas. ¿Y sabéis qué hizo después? Fue a informar a Ricimero como si acabara de reconocer un puente enemigo. Después vino aquí, revisó caballos, firmó gastos y se acostó con sus soldados. Ni siquiera intentó emborracharse. Ni siquiera compró un collar. ¿Cómo se supone que trabajo con eso? —Domitia arqueó una ceja—. Quizá la Anicia le guste. —Claro que le gusta. Ese no es el problema. El problema es que probablemente piensa casarse con ella antes de descubrir que puede besarla.

Aemilia se acomodó el manto sobre los hombros y la frivolidad desapareció poco a poco de su expresión. —La muchacha no es el asunto importante de esta noche. Antemio está trayendo demasiados hombres de Oriente. No soldados todavía; funcionarios, clientes, griegos educados, amigos de amigos. Hay familias de aquí que empiezan a temer que cada cargo vacante acabe ocupado por alguien que llegó desde Constantinopla hace seis meses. —Tino dejó la copa. Ya no parecía borracho.—Nombres. —Ella comenzó a dárselos: un secretario adscrito a una oficina imperial, dos senadores que habían cenado tres veces con miembros del séquito oriental, un comerciante que buscaba contratos de aprovisionamiento y un funcionario menor que había empezado a repetir demasiado a menudo que Occidente necesitaba «hombres nuevos». Tino no escribió nada. No lo necesitaba. Su rostro permanecía relajado mientras almacenaba cada nombre en aquella memoria que podía conservar una deuda veinte años.

Domitia intervino después. —Y Ricimero tampoco está quieto. Hay oficiales que creen que el matrimonio con Alypia significa reconciliación. Otros creen exactamente lo contrario: que ahora ambas partes tendrán una rehén dentro de la familia de la otra. —Tino hizo una mueca satisfecha.—Eso ya suena más a Rávena. —La matrona continuó—. También he oído que algunos senadores empiezan a hablar otra vez de África. No como una fantasía. Como una campaña. Astilleros, impuestos, préstamos extraordinarios. —Por primera vez aquella noche, Sabatino dejó la copa sin beber. —Ah. —El pequeño sonido fue mucho más serio que cualquiera de sus protestas anteriores.—Eso sí cuesta dinero. —Aemilia sonrió.—Sabía que esa sería la parte que os preocuparía. —No, querida. Lo que me preocupa es que cuando un emperador dice «Cartago», alguien termina preguntándole a hombres como yo cuánto oro puede extraerse de Italia antes de que Italia empiece a gritar.

Las dos mujeres se miraron. Tino abrió el cofre una segunda vez y colocó sobre la mesa dos pequeñas bolsas de monedas de oro. No eran pagos vulgares por aquella noche; eran honorarios por silencio, memoria y acceso. —Mañana volveréis a ser dos respetabilísimas damas cristianas —dijo—. Iréis a misa, fingiréis no saber siquiera cómo se juega a los dados y escucharéis. Quiero saber quién empieza a pronunciar juntos los nombres de Antemio, África y nuevos impuestos. Quiero saber qué casas buscan acercarse a los orientales y cuáles empiezan a visitar con demasiada frecuencia a Ricimero. Y si escucháis el nombre de Lucio, no defendáis al muchacho. Dejad que hablen. Especialmente si hablan mal. Los amigos cuentan lo que quieren que sepamos; los enemigos, si se sienten seguros, cuentan lo que necesitamos saber. —Domitia tomó su bolsa y sonrió.—¿Y qué debemos hacer si alguna dama pregunta si el joven Aeciano está disponible? —Tino volvió a reclinarse, recuperó la copa y suspiró con enorme resignación.—Por favor, enviádmela. A estas alturas aceptaré cualquier ayuda.

 

 

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