domingo, 25 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Carta 7 de agosto del año 1218

 [Índice] 

Tolosa, a VII de agosto del año 1218 desde la fundación de Roma.

Teodorico, segundo de su nombre, rey de los godos, hijo de Teodorico el Grande, de la estirpe de los Balti, a Flavio Aecio, patricio de los romanos, vencedor de los hunos, defensor de Occidente y, por una de esas complicaciones familiares que tanto gustan a nuestros antepasados, mi muy querido tío. Salud, prosperidad y tantos años de vida como disgustos has causado a los enemigos de Roma.

Mi querido Aecio: comienzo por aquello que seguramente te interesa más que mis asuntos de gobierno, aunque sospecho que, de no hacerlo, terminarías acusándome de descuidar a nuestra familia. Tu hija Lidia se encuentra perfectamente, o tan perfectamente como puede encontrarse una mujer que ha heredado la obstinación de dos casas ilustres y que, además, tiene por marido a Hildemaro. Continúa gobernando sus asuntos con esa extraordinaria combinación de cortesía romana y determinación goda que hace temblar a los administradores y obedecer a los condes. Mi hermana asegura que los años no han conseguido hacerte más razonable, afirmación que no me atrevo a contradecir, pues ambos sabemos lo peligroso que resulta discutir con una mujer que lleva sangre de los Balti y ha sido educada por los Aecianos. He concedido, naturalmente, mi aprobación para que viaje a Italia en compañía de tu nieto Juliano y pase las próximas Saturnales entre los suyos. No pienso privar a una hija de su padre ni a un abuelo de su nieto, aunque debo advertirte que quizá termine arrepintiéndome de mi generosidad, porque la ausencia del muchacho dejará esta corte considerablemente más aburrida. Lidia promete regresar antes de que comience la primavera; yo, que conozco a las mujeres de nuestra familia, me conformaré con que cumpla su palabra antes del siguiente invierno.

Respecto a Juliano, debo felicitarte, viejo zorro, porque ese muchacho es una criatura extraordinaria. Es fiero como un lobo, orgulloso como un águila imperial, inteligente como un senador que todavía no ha aprendido a robar y suficientemente temerario para hacer que su madre pierda el sueño incluso a cientos de millas de distancia. Posee un juicio militar impropio de su edad, aprende con una rapidez irritante y, cuando encuentra un argumento que considera verdadero, lo defiende con la obstinación de diez obispos reunidos en concilio. Tiene, además, el defecto de formular preguntas que hombres mucho mayores preferirían no escuchar. En ocasiones me recuerda a ti, antes de que las guerras, los emperadores y los años te convirtieran en ese anciano desconfiado que todos conocemos. En otras, me recuerda a mi padre, especialmente cuando decide que la mejor solución para un problema consiste en desenvainar la espada. Te lo digo con toda seriedad: Juliano posee cuanto debería poseer un rey, y algunas cualidades que los reyes haríamos bien en no poseer, si deseamos morir tranquilamente en nuestras camas.

Y ya que menciono reyes, permíteme insistir en una cuestión que nunca has tenido la cortesía de responderme satisfactoriamente: ¿de verdad no deseas ser rey de los romanos? No me hables de leyes antiguas, de la majestad del Senado ni de la dignidad de una púrpura que cambia de hombros cada vez que algún general se disgusta. Conozco tus argumentos, pues llevo escuchándolos desde que era suficientemente joven para creerlos. Has sostenido a emperadores, derrotado a usurpadores, alimentado ejércitos y defendido ciudades cuyos habitantes apenas recuerdan el nombre de quien los salvó. Si mañana te colocases una corona, apostaría mis mejores caballos a que media Italia celebraría haber descubierto que ya la llevabas puesta desde hace veinte años. Yo te apoyaría, anciano, y no solamente con palabras. Los godos recordamos quién permaneció junto a nosotros cuando Atila y sus demonios descendieron sobre la Galia. ¡Malditos sean los hunos, sus caballos, sus tiendas apestosas y hasta las moscas que revolotean alrededor de sus tumbas! Todavía recuerdo a mi padre en aquellos días terribles y la llanura donde tantos hombres encontraron la muerte para que otros pudieran seguir llamándose romanos. Que Dios conceda descanso a Teodorico y que las almas de los hunos encuentren tan poco reposo como el que concedieron a nuestras tierras. Pero dejemos a los muertos en paz, pues los vivos ya tenemos suficientes problemas.

Te envío también un obsequio que espero resulte de tu agrado, aunque debo confesar que su preparación ha provocado no pocas discusiones entre mis servidores. Se trata de una reproducción en yeso de la osamenta de aquella bestia que abatió tu nieto, realizada a partir de los huesos recuperados y examinados en mi corte. Las piezas viajan cuidadosamente embaladas, con indicaciones para su montaje, pues deseo que puedas contemplar las proporciones del animal sin que sus restos originales tengan que abandonar nuestras investigaciones. ¡Por todos los santos, Aecio, aquello es una criatura homérica! Su mandíbula parece hecha para triturar caballos, sus colmillos habrían avergonzado al jabalí de Calidón y sus extremidades presentan una disposición que ningún cazador de mi reino ha sabido explicar satisfactoriamente. Si Homero hubiese conocido semejante monstruo, habría necesitado otros diez cantos para describirlo. Me han dicho que algunos sacerdotes ven en él un castigo divino, que ciertos filósofos pretenden clasificarlo entre las maravillas naturales y que un médico insiste en que sus huesos son prueba de una enfermedad desconocida. Personalmente, prefiero la explicación más sencilla: era una monstruosidad, tu nieto la encontró y, contra toda expectativa razonable, la monstruosidad terminó muerta. No obstante, te agradecería que algún sabio de Italia examinase las reproducciones. Si logran encontrarle un nombre latino suficientemente pomposo, quizá podamos conseguir que las generaciones futuras crean que comprendíamos aquello que tuvimos delante.

Ahora bien, hablando seriamente, deseo proponerte un asunto que podría interesar a nuestras dos familias. Tengo hijas que algún día necesitarán esposos dignos de su nacimiento, y no encuentro motivo para que una de ellas no pueda desposarse con Juliano cuando ambos alcancen la edad conveniente. No pretendo precipitar compromisos ni convertir una relación de afecto en una negociación de mercaderes, pero reconocerás que pocas alianzas resultarían tan naturales como la de los Balti y los Aecianos. El muchacho tiene sangre ilustre, valor probado y una cabeza que, si consigue conservarla sobre los hombros durante su juventud, llegará a valer más que muchas coronas. Por mi parte, puedo ofrecer una dote digna de una princesa, tierras, rentas y las garantías que corresponden a un matrimonio entre nuestras casas. Naturalmente, deberemos considerar los derechos de sus padres, el parecer de Lidia y, sobre todo, las inclinaciones de los jóvenes, pues mi esposa Gisila me ha recordado que las princesas no son caballos que puedan intercambiarse mediante contratos, por mucho que ciertos nobles parezcan incapaces de advertir la diferencia. Te agradeceré que medites el asunto sin demasiada prisa, aunque tampoco tanta como acostumbras tomarte para resolver cuestiones que comprometen el futuro de Occidente.

Recibe, pues, mi afecto, mis respetos y los saludos de Gisila, que todavía recuerda con gratitud las cortesías que le dispensaste. Eurico también te envía los suyos, aunque sospecho que preferiría expresártelos personalmente durante una discusión sobre fronteras, impuestos y territorios que ambos consideráis vuestros. Que Dios conserve tu salud, fortalezca tus piernas y te conceda la serenidad suficiente para soportar otro año de emperadores ingratos, senadores codiciosos y parientes impertinentes. Si decides finalmente convertirte en rey, escríbeme antes de anunciarlo al Senado; me agradaría poder decir que fui el primero en felicitarte, y sería una descortesía imperdonable que tus amigos godos se enterasen de tu coronación por boca de un mercader sirio.

Escrito de mi mano y confirmado con mi sello en el palacio real de Tolosa.

Teodorico II, rex Gothorum.

Posdata. Casi olvidaba una cuestión de cierta importancia. Han llegado a mis oídos noticias de un extraordinario metal que llaman damasco, capaz de producir hojas de una dureza y un filo que nuestros mejores herreros apenas consiguen explicar. Me aseguran que tu familia posee armas fabricadas mediante semejante procedimiento y que ciertas novedades procedentes de Ferrata merecen particular atención. Quiero una de esas hojas, Aecio. Una buena espada, una daga o cualquier pieza que permita a mis artesanos examinar su manufactura. Pagaré lo que me pidas por ella, sea oro, plata, caballos o alguna de esas concesiones comerciales que tanto disfrutas arrancándome. Si el secreto pertenece a tus nietos, tendrás que convencerlos de que compartan algo con su pobre pariente godo. Y no intentes enviarme una espada ordinaria esperando que no advierta la diferencia. También nosotros sabemos distinguir el hierro de la porquería.

Segunda posdata. Gisila acaba de leer lo anterior y me exige que retire la expresión «pobre pariente godo», pues asegura que ningún hombre que haya encargado tres coronas nuevas durante el último año tiene derecho a declararse pobre. Me niego a corregirla. Si alguna vez descubres cómo se contradice a una reina sin terminar durmiendo fuera de sus aposentos, te agradecería que compartieses conmigo semejante secreto. Sospecho que vale bastante más que el damasco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...