domingo, 25 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Entre santos, brujas y secretos de sangre

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 El abad Mauro recibió a Juliano en una estancia modesta, contigua a la capilla mayor, donde el mobiliario se reducía a una mesa de nogal, dos bancos, un crucifijo y un pequeño armario que contenía los documentos más importantes de Santa Lucía. A sus sesenta y siete años, el anciano conservaba una voz sorprendentemente firme, aunque su espalda encorvada y sus ojos velados revelaban el desgaste de una vida consagrada a la oración y al gobierno de una comunidad no siempre obediente. Asterio había anunciado la llegada del joven patricio, y Calístrato, incapaz de resistirse a una conversación importante, había encontrado algún pretexto para acompañarlos. Amalasunta y Gundemaro permanecieron junto a la puerta, mientras el capitán palatino aguardaba en el corredor. —Acercaos, hijo mío —invitó Mauro, extendiendo una mano hacia la dirección de sus pasos—. Dios me quitó los ojos, pero todavía me permite reconocer a un hombre por su manera de entrar en una habitación. Y hoy parece haber enviado a nuestra humilde abadía a alguien cuya presencia llevábamos demasiado tiempo necesitando. ¡Un Aeciano! ¡Alabado sea el Señor! Finalmente tenemos un comandante con suficiente sangre azul para que los magistrados, los obispos y los señores de estas tierras se dignen escuchar sus conclusiones. No os ofendáis por mi franqueza: he pasado cuarenta años descubriendo que una verdad dicha por un monje pobre puede ser ignorada durante meses, mientras la misma verdad pronunciada por un noble ilustre adquiere repentinamente la dignidad de una revelación.

El anciano sonrió al escuchar el movimiento de los jóvenes acomodándose frente a él. —También me han contado que habéis matado a un demonio, y que sobrevivisteis a un encuentro del cual hombres más experimentados difícilmente habrían regresado. —No era un demonio, padre —respondió Juliano—. Solamente un cerdo enorme, de alguna raza desconocida. —Mauro soltó una risa cálida que hizo estremecer suavemente su barba blanca. —¡Bien, bien! Esa respuesta me agrada. La humildad es uno de los dones más preciosos del cristiano, especialmente cuando el nacimiento y las hazañas podrían proporcionar motivos para la soberbia. Pero tened cuidado, muchacho: demasiada humildad deja de ser humildad. Un hombre que niega obstinadamente sus propios méritos puede terminar siendo tan vanidoso como aquel que los proclama desde las murallas. La virtud consiste en conocer el justo valor de nuestras acciones sin adornarlas ni despreciarlas. Si Dios os concedió habilidad para destruir una criatura peligrosa, agradecédselo y procurad utilizarla nuevamente cuando sea necesario. Negar el bien que hemos hecho no alimenta a los hambrientos ni protege a quienes todavía necesitan nuestra ayuda.

Calístrato asintió con exagerada solemnidad. —Escuchad al abad, joven Aeciano. Es uno de los pocos hombres de esta casa capaces de reprenderos por ser demasiado humilde sin caer en contradicción. —Mauro volvió el rostro hacia la voz del jorobado. —Y vos, hermano Calístrato, sois una demostración viviente de que la Providencia distribuye sus virtudes de manera desigual. Os concedió inteligencia, elocuencia y buen corazón, pero olvidó recordaros que también existe la templanza. —Gundemaro dejó escapar una carcajada, mientras Amalasunta ocultaba una sonrisa. El abad aguardó a que las risas terminaran antes de recuperar su gravedad. —Bromas aparte, hijo mío, estamos atravesando tiempos peligrosos. Han desaparecido muchachas, los caminos ya no ofrecen seguridad y algunos de mis hermanos aseguran haber escuchado voces procedentes de lugares donde ningún hombre debería encontrarse. He solicitado ayuda a magistrados, propietarios y autoridades eclesiásticas, pero todos parecen demasiado ocupados discutiendo quién posee jurisdicción sobre cada sendero. Entretanto, las madres continúan buscando a sus hijas.

Mauro extendió una mano hacia la mesa y Asterio colocó bajo sus dedos un pergamino preparado aquella misma mañana. El anciano recorrió cuidadosamente sus bordes, comprobó la posición del texto y pidió al religioso albino que leyera en voz alta su contenido. Se trataba de una declaración solemne mediante la cual el abad, en ejercicio de su autoridad sobre la comunidad de Santa Lucía, reconocía a Juliano Aeciano como campeón y defensor temporal de la abadía, encomendándole la protección de sus religiosos, servidores, peregrinos y dependientes frente a las amenazas que pesaban sobre el territorio. El documento autorizaba expresamente la cooperación de los hermanos con la investigación, la consulta de archivos pertinentes y el acceso acompañado a las dependencias ordinarias del monasterio, sin perjuicio de los espacios reservados al culto y de las normas eclesiásticas. —No puedo nombraros obispo ni concederos una autoridad que pertenece a otros —explicó Mauro con una sonrisa—, pero sí puedo encomendaros públicamente la defensa de esta comunidad. Y eso pienso hacer. Mientras dure esta calamidad, seréis nuestro campeón y, bajo la autoridad de esta casa, el brazo armado que protegerá a quienes no pueden defenderse. No os entrego el derecho de castigar arbitrariamente, sino el deber de impedir que los inocentes sufran nuevas violencias.

Asterio acercó el tintero y preparó la pluma, pero Mauro prefirió sostenerla personalmente. Con la ayuda discreta del hermano, trazó su firma al pie del pergamino y ordenó colocar el sello abacial sobre la cera todavía blanda. Después pidió que entregaran el documento a Juliano. —Hay una diferencia, hijo mío, entre llevar una espada y merecer que otros confíen en ella. La primera se compra con dinero; la segunda solamente se obtiene mediante actos. Desde hoy, cuando alguien os pregunte con qué derecho intervenís para proteger a los dependientes de Santa Lucía, podréis mostrarle mi sello. Y si algún religioso os dificulta injustamente vuestra labor, enviádmelo. Todavía conservo suficiente autoridad para recordarle sus votos. —Calístrato levantó una mano—. ¿Incluso si se trata de mí, padre? —Especialmente si se trata de vos. —El jorobado inclinó la cabeza con una expresión de martirio tan teatral que Gundemaro tuvo que volver el rostro para disimular su diversión.

El abad aguardó hasta que el pergamino quedó en manos del joven patricio y entonces habló con una solemnidad completamente distinta. —Hay algo más que debéis comprender, Juliano Aeciano. La Iglesia no necesita hombres que se deleiten matando monstruos, sino hombres capaces de distinguirlos de los desgraciados que todavía pueden salvarse. Si encontráis a las muchachas, vuestra primera obligación será devolverlas vivas a sus familias. Si descubrís culpables humanos, procurad entregarlos a la justicia. Y si alguna criatura verdaderamente infernal amenaza a esta comunidad, haced cuanto sea necesario para impedir que continúe destruyendo vidas. —Extendió su mano para ofrecer la bendición al nuevo campeón, mientras Asterio permanecía inmóvil junto al documento recién sellado y Calístrato contemplaba al muchacho con una satisfacción menos burlona que de costumbre—. Que el Señor fortalezca vuestro brazo, esclarezca vuestro juicio y os conceda regresar sin que ninguna madre tenga que llorar vuestra muerte. Porque bastante sangre han derramado ya estas tierras, hijo mío, y temo que todavía no hemos descubierto quién está reclamándola.

La comida de mediodía se sirvió en el refectorio de Santa Lucía, una estancia larga y abovedada donde dos hileras de mesas de madera flanqueaban un pasillo central, presidido por un crucifijo ennegrecido y una imagen de la santa titular. Los hermanos comían sopa de legumbres, pan de trigo mezclado con cebada, aceitunas y una pequeña ración de pescado conservado en sal; para los visitantes, el abad había ordenado añadir queso fresco, huevos y una jarra de vino aguado. Mauro, sentado junto a Juliano en la cabecera, había resultado ser un conversador encantador, dotado de una memoria prodigiosa para las genealogías senatoriales, las anécdotas de antiguos obispos y las disputas absurdas que acompañaban a la administración de las propiedades eclesiásticas. Su casi completa ceguera no le impedía reconocer cuándo el joven patricio comenzaba a distraerse, y entonces encontraba otra historia sobre Flavio Aecio, algún antepasado de los Severinos o las costumbres de Rávena. La conversación, agradable pero extraordinariamente superficial, había terminado convirtiéndose en una delicada prisión de cortesía: Juliano no podía marcharse sin ofender al hombre que acababa de nombrarlo campeón de la comunidad, mientras Gundemaro, sentado algo más abajo, comía con el apetito despreocupado de quien consideraba que los problemas filosóficos debían resolverse después del postre.

Amalasunta, entretanto, había descubierto que alguien la observaba desde el extremo inferior del refectorio. Era un muchacho delgado, de unos dieciséis años, moreno, de cabello negro y grandes ojos castaños, vestido con un hábito demasiado amplio para sus hombros estrechos. Cada vez que la joven goda volvía el rostro, el muchacho fingía interesarse por sus tareas, aunque pocos instantes después regresaba a contemplarla con una admiración tan evidente que resultaba casi cómica. Amalasunta reconoció aquella expresión: no era exactamente el deseo insolente de algunos jóvenes cortesanos, sino el deslumbramiento de alguien que jamás había visto tan cerca a una aristócrata armada, hermosa y perfectamente segura de su propia importancia. Finalmente levantó un dedo y lo llamó con la naturalidad imperiosa de quien había crecido rodeada de servidores. —Venid aquí, plebeyo. Necesito vuestra ayuda. —El muchacho se sobresaltó, miró a ambos lados para comprobar que realmente le hablaban a él y acudió apresuradamente, casi tropezando con un banco. —¿Sí, mi señora? Soy Lucano, novicio de esta casa. Puedo traeros más agua, pan o cuanto necesitéis. —No necesito pan, Lucano. Necesito información. Y procurad dejar de mirarme como si hubiera descendido del cielo montada en un caballo blanco. —El novicio enrojeció profundamente. —Perdonadme, mi señora. Es que nunca había visto a una dama llevar armas como un guerrero y hablarles a los sacerdotes como vos hablasteis al hermano Asterio. Parecíais una de esas heroínas antiguas sobre las que leemos en los relatos. —Amalasunta sonrió, complacida a pesar de sí misma.

—Al menos alguien en esta abadía demuestra tener ojos y buen juicio. Ahora decidme quiénes son los hermanos más importantes de Santa Lucía. —Amalasunta pronunció aquellas palabras con una sonrisa satisfecha, pero antes de permitir que el muchacho comenzara su relación de nombres, volvió a examinarlo con mayor atención. Lucano tendría unos dieciséis años, apenas uno más que Juliano, aunque sus hombros estrechos, sus manos endurecidas por el trabajo y aquella expresión de perpetua vigilancia revelaban una juventud muy distinta de la que disfrutaban los hijos de la aristocracia. —Pero primero decidme algo sobre vos. ¿De dónde sois? ¿Y por qué no compartís la aprensión que vuestros hermanos parecen sentir hacia las mujeres de alta cuna? Apenas he llegado y ya he recibido un sermón sobre la modestia femenina. Vos, en cambio, me miráis como si acabara de regresar victoriosa de una guerra. —El novicio enrojeció hasta las orejas, aunque consiguió mantener la mirada. —No sé exactamente dónde nací, mi señora. Dicen que procedo de algún lugar de estas montañas, pero era demasiado pequeño cuando me dejaron en un hospicio. Después serví en cocinas, limpié establos y llevé recados para quienes quisieran emplearme. El abad Mauro me acogió cuando tenía once años. En cuanto a las damas nobles... —Vaciló, buscando una explicación que no resultara ofensiva—. Siempre las había visto desde lejos, a caballo, rodeadas de servidores, como las heroínas de las historias. No comprendo por qué habría de temeros. No me habéis hecho daño y, además, ayer os vi responder al hermano Asterio sin bajar la cabeza. Yo habría terminado llorando antes de pronunciar dos palabras. —Amalasunta soltó una risita complacida. —Entonces os daré vuestro primer consejo sobre las mujeres nobles, Lucano: algunas son encantadoras, otras pueden arruinaros la vida con una palabra y unas pocas somos capaces de ambas cosas antes del almuerzo.

El muchacho sonrió, visiblemente encantado, pero su expresión cambió cuando Amalasunta abandonó aquel tono juguetón para interrogarlo sobre las desapariciones. —Decidme ahora cuántas muchachas han desaparecido de estas tierras. No quiero lo que dicen los documentos ni lo que los administradores consideran conveniente declarar. Quiero saber lo que escucháis vosotros cuando lleváis pan a los pobres, limpiáis los establos o hacéis recados entre las aldeas. —Lucano miró instintivamente hacia la cabecera del refectorio, donde el abad Mauro entretenía a Juliano con una anécdota sobre cierto magistrado romano que había intentado cobrar impuestos a una comunidad de monjes sin comprender que sus propiedades estaban exentas. —Con certeza no lo sé, mi señora. Aquí se habla de nueve muchachas durante los últimos meses, pero algunas familias dicen que son más. Tres desaparecieron junto al arroyo hace dos días, y una consiguió regresar. En otras aldeas han desaparecido hijas de colonos, sirvientas y muchachas que iban a recoger leña o plantas. También escuché que faltan dos jóvenes de una propiedad cercana a los caminos de los Alpes, aunque sus dueños aseguran que escaparon voluntariamente. —Bajó la voz—. Lo extraño es que casi todas eran jóvenes. No han desaparecido ancianas, ni hombres adultos, ni niños pequeños. Algunas personas dicen que las muchachas huyeron con mercaderes o soldados, pero yo no lo creo. Si una joven quiere abandonar su casa, suele llevarse alguna ropa, comida o sus pequeñas pertenencias. Estas desaparecieron dejando todo atrás.

Amalasunta permaneció unos instantes contemplándolo, sorprendida por la sensatez de aquella última observación. Después acercó ligeramente su rostro y preguntó con una seriedad que hizo desaparecer la sonrisa del novicio. —Lucano, ¿creéis que soy una persona de confianza? No os pregunto si os parezco hermosa, ni si admirasteis mis armas cuando llegué. Os pregunto si confiaríais en mí para contarme algo que pudiera causaros problemas con vuestros superiores. —El muchacho tardó poco en responder, aunque antes miró hacia Juliano. —Sois la prometida del campeón de nuestra comunidad, mi señora. El abad Mauro lo ha nombrado defensor de Santa Lucía, y todos sabemos que pertenece a una familia ilustre. Si él os considera digna de acompañarlo, y vos habéis venido a buscar a las muchachas desaparecidas, no veo por qué debería desconfiar. Además, el hermano Calístrato dice que a veces las personas más peligrosas son aquellas que nunca despiertan sospechas. Vos despertáis muchas, mi señora. —Amalasunta abrió los ojos ante semejante razonamiento y acabó riendo con una espontaneidad que atrajo brevemente la atención de Gundemaro. —¡Por los santos! ¡Qué criatura tan insolentemente lógica! Me estáis diciendo que confiáis en mí porque resulto demasiado orgullosa para disimular mis intenciones. —Lucano pareció aterrorizarse ante la posibilidad de haberla ofendido, pero ella levantó una mano para tranquilizarlo—. No os preocupéis. Es probablemente el elogio más inteligente que he recibido hoy.

La joven goda observó entonces las mesas, los religiosos que comían en silencio y la pequeña tribuna desde la cual acostumbraban leerse pasajes de las Escrituras durante las comidas. Una idea pareció divertirla especialmente. —Bien, Lucano. Id a buscar una Biblia, o un salterio, si os resulta más fácil. Regresad y colocaos junto a mí como si estuvierais ayudándome a estudiar los salmos. Fingiremos que soy una piadosísima dama interesada en perfeccionar su latín, y vos seréis el novicio ejemplar encargado de explicarme las Escrituras. Entretanto, me contaréis cuanto sepáis acerca de los hermanos más notables de esta casa. —Lucano parpadeó, desconcertado. —¿Debo fingir que os enseño los salmos, mi señora? —Exactamente. —Pero vos sabéis latín mucho mejor que yo. —Eso será nuestro secreto. Si alguien se aproxima, leeréis un salmo con vuestra mejor voz y yo adoptar é una expresión de profunda devoción. ¿Podéis hacerlo? —El muchacho asintió con un entusiasmo que apenas conseguía contener y se alejó apresuradamente hacia un armario situado junto al muro. Regresó poco después con un salterio de tapas gastadas, lo abrió sobre la mesa y comenzó a señalar sus líneas con una gravedad tan exagerada que Amalasunta tuvo que morderse el labio para no echarse a reír.

—Ahora —susurró ella, inclinándose sobre el libro—, decidme quiénes gobiernan verdaderamente esta abadía. No solamente quién ocupa el cargo más alto, sino quién sabe más, quién recibe visitas, quién tiene acceso a los lugares importantes y a quién obedecen los demás cuando el abad no está presente. —Lucano recorrió distraídamente una línea del salmo con el dedo, procurando imitar a un maestro paciente. —El abad Mauro gobierna todo, mi señora, aunque ya casi no puede ver. El hermano Asterio se encarga de que cumplamos las reglas, los horarios y las penitencias; muchos le temen, pero todos saben que obedecerá al abad aunque no esté de acuerdo con sus decisiones. El hermano Calístrato conoce las plantas, los huertos y las historias antiguas; también sabe más latín del que aparenta, y algunos dicen que podría haber sido un gran maestro si no tuviera una lengua tan desobediente. Casiano, el boticario, atiende a los enfermos y guarda sus preparados en unas dependencias propias, donde solamente entran quienes él autoriza. Y el hermano Aurelio custodia la biblioteca. Es el más docto de todos, quizá incluso más que el abad. Sabe griego, conoce las disputas de los obispos y recuerda libros enteros después de leerlos una sola vez. No tiene el mando de la comunidad, pero cuando habla sobre un asunto difícil casi todos terminan aceptando su opinión.

—¿Casi todos? —preguntó Amalasunta, sin levantar los ojos del salterio. —El abad Mauro no siempre está de acuerdo con él, y el hermano Calístrato discute por cualquier cosa. También está Asterio, que respeta muchísimo sus conocimientos, aunque a veces se incomoda cuando Aurelio interpreta las Escrituras de maneras que él considera demasiado atrevidas. —Lucano pasó una página y comenzó a recitar en voz suficientemente alta para que un hermano que atravesaba el refectorio pudiera escucharlo—: Dominus regit me, et nihil mihi deerit... —Esperó a que el religioso se alejara antes de continuar en un susurro—. El hermano Aurelio es quien más visitas importantes recibe. A veces llegan sacerdotes de otras ciudades, hombres enviados por familias nobles o viajeros que preguntan exclusivamente por él. No siempre pasan por la sala del abad, aunque supongo que tendrán sus razones. En cambio, los campesinos suelen buscar al hermano Calístrato por sus plantas o al hermano Casiano cuando están enfermos. Si preguntáis quién es amado, os diría que el abad; si preguntáis quién es temido, Asterio; y si preguntáis quién parece conocer todos los secretos de Santa Lucía... —El muchacho dudó y dejó descansar el dedo sobre el pergamino—. No sabría elegir entre Calístrato y Aurelio, mi señora. Uno parece enterarse de todo porque habla con cualquiera; el otro, porque casi nadie se atreve a hablar cuando él está escuchando.

—Decidme otra cosa, Lucano. ¿Cuáles de esos hermanos acostumbran salir solos del claustro? —preguntó Amalasunta, manteniendo los ojos sobre el salterio mientras partía distraídamente un trozo de pan. El novicio pareció encontrar aquella pregunta considerablemente más sencilla que las anteriores. —El hermano Calístrato sale casi todas las mañanas, mi señora. Tiene huertos fuera de la cerca, junto al arroyo, y conoce a los campesinos que recogen plantas en las laderas. A veces tarda todo el día y regresa con la ropa llena de barro, dos gatos nuevos y alguna historia sobre mujeres que intentaron seducirlo. El hermano Asterio también sale, aunque casi siempre para llevar comida a los enfermos o visitar a los pobres. Prefiere caminar solo porque dice que las obras de caridad no deben convertirse en procesiones. Casiano abandona la abadía con frecuencia para buscar raíces, cortezas y hongos medicinales; suele llevar un burro con alforjas y regresa al anochecer. El hermano Aurelio... —Lucano vaciló—. Sale menos que los demás, pero a veces se ausenta durante una noche entera. Dice que necesita consultar documentos en otras comunidades o visitar antiguos benefactores. Nadie le pregunta demasiado. Cuando vuelve, suele encerrarse en la biblioteca y pide que no lo molesten. El abad, naturalmente, casi nunca sale, porque sus ojos ya no le permiten caminar por los senderos sin compañía.

Amalasunta asintió con una expresión de interés moderado, como quien pregunta por el estado de los caminos mientras espera que retiren los platos. Después lanzó su siguiente pregunta con la despreocupación de un pescador que arroja el anzuelo a un estanque poco prometedor, más por pereza de trasladarse a otra orilla que por verdadera esperanza de capturar algo. —Y si tuvierais que desconfiar de uno de ellos, Lucano... Imaginad que entre estos santos varones se escondiera un mago tenebroso, un traidor a la fe, alguien que rindiera culto a demonios mientras fingía servir a Nuestro Señor. ¿De quién sospecharíais? —El muchacho levantó los ojos del salterio con una expresión de espanto tan sincera que Amalasunta estuvo a punto de arrepentirse de haberlo formulado de aquella manera. —¡Mi señora! ¡No deberíais decir esas cosas! —susurró—. ¡Son hombres consagrados! —Precisamente por eso os lo pregunto. Si fuera un bandido con una calavera colgada del cinturón, no necesitaría vuestra ayuda para reconocerlo. Vamos, imaginad que es uno de esos ejercicios de lógica que enseñan los maestros. No os estoy pidiendo que acuséis a nadie.

Lucano frunció el entrecejo y comenzó a recorrer con el dedo una línea del salmo, aunque hacía rato que había dejado de leer. —Si solamente tuviera que escoger por lo que me inspira miedo, diría que el hermano Aurelio —confesó finalmente—. No porque sea cruel, sino porque a veces parece saber lo que vais a decir antes de que abráis la boca. Y cuando se enfada... no grita, mi señora. Habla más bajo, pero uno siente que debería marcharse inmediatamente. Aunque eso no lo convierte en un hechicero. El hermano Asterio también da miedo, y estoy seguro de que vendería su propia cama para alimentar a un mendigo. —Amalasunta sonrió ligeramente. —Muy bien. Habéis aprendido que las apariencias engañan. Continuad. —Pues... —El muchacho se inclinó un poco más—. Si buscara a alguien que conoce sustancias extrañas, escogería a Casiano. Tiene frascos que nadie sabe qué contienen y algunas noches se escuchan golpes procedentes de su botica. Pero es médico, mi señora. Los médicos hacen cosas desagradables para curarnos. Una vez vi cómo abría una herida infectada y casi me desmayé. Después el enfermo mejoró. No sería justo llamarlo mago por eso.

La joven goda comenzó a comprender que Lucano era considerablemente más observador de lo que sugería su aire de muchacho deslumbrado. No estaba ofreciendo acusaciones, sino distinguiendo cuidadosamente entre aquello que había visto y lo que solamente imaginaba, una prudencia que habría convenido a no pocos magistrados de Tolosa. —¿Y Calístrato? —preguntó. —¡Oh, de él sospecharía cualquiera que escuchara sus historias! —El novicio reprimió una carcajada—. Conoce plantas venenosas, habla de brujas como si fueran antiguas conocidas y asegura que los gatos pueden advertir la presencia de espíritus. Pero cuando alguien tiene hambre comparte su comida, y cuando una muchacha del pueblo viene llorando porque teme haber cometido algún pecado, nunca la trata con dureza. A veces creo que disfruta pareciendo menos santo de lo que es. —¿Y vuestro abad? —El rostro de Lucano adquirió una gravedad inmediata. —Del abad Mauro no desconfiaría, mi señora. Puede equivocarse, porque está viejo y casi no ve, pero nunca he conocido a un hombre que se preocupe tanto por quienes no pueden ofrecerle nada a cambio. Si fuera un traidor, entonces no sabría en quién creer.

Durante unos momentos, Amalasunta guardó silencio, aparentemente absorta en las palabras latinas del pergamino. Había recibido exactamente aquello que no esperaba encontrar: una lista de hombres que salían solos, dos religiosos relacionados con sustancias poco comunes y un bibliotecario cuya presencia inquietaba incluso a quienes lo admiraban. Sin embargo, ninguna de aquellas observaciones demostraba nada, y el novicio había procurado defender a todos antes de permitir que sus sospechas se convirtieran en acusaciones. —Habéis respondido mejor de lo que esperaba, Lucano —murmuró—. No volváis a repetir nuestra conversación. Ni siquiera a vuestro querido Calístrato. Consideradlo un secreto entre una dama noble y su maestro de salmos. —El muchacho sonrió, visiblemente halagado, y volvió a señalar una línea del libro. —Entonces, mi señora, quizá deberíamos leer de verdad. Si alguien nos pregunta qué habéis aprendido, resultará extraño que no sepáis responder. —Amalasunta soltó una risa apenas audible. —¡Por todos los santos! ¡Hasta los novicios han decidido convertirse en mis preceptores!

Lucano comenzó a recitar el salmo con su voz juvenil, clara y algo insegura, pero tras los primeros versículos su expresión cambió. Había recordado algo que parecía no encajar con las demás observaciones. Se aseguró de que ningún religioso estuviera escuchándolos y susurró, sin apartar los ojos del pergamino: —Hay otra cosa, mi señora. No sé si importa, pero el hermano Casiano y el hermano Aurelio a veces salen juntos. Nunca por la puerta principal. Utilizan el paso de servicio que comunica la botica con los huertos inferiores. Dicen que es para evitar interrumpir las oraciones, y puede ser verdad. Pero una noche los vi regresar cuando todos dormían. Casiano llevaba una caja pequeña entre los brazos y parecía muy cansado. El hermano Aurelio no llevaba nada. Recuerdo que se detuvieron junto a la cisterna y hablaron durante largo rato. —Lucano tragó saliva—. No sé de qué hablaban, porque estaba demasiado lejos. Pero al día siguiente encontré unas manchas oscuras sobre las piedras del paso de servicio. Pensé que eran vino derramado y fui a limpiarlas. No salieron con agua. Olían... —Buscó la palabra adecuada—. Olían como la ropa que llevamos a lavar después de atender a un hombre herido.

Amalasunta levantó lentamente los ojos del salterio. En la cabecera del refectorio, Mauro acababa de provocar una carcajada entre sus invitados, y Juliano continuaba escuchando al anciano con la paciencia ceremoniosa que exigía su condición. Más allá, Casiano terminaba de comer mientras conversaba discretamente con un hermano enfermo. Aurelio permanecía apartado de los demás, erguido y silencioso, con sus ojos azules aparentemente concentrados en una copa de vino aguado. El novicio pasó otra página, procurando recuperar la inocencia de su lección improvisada. —Dominus illuminatio mea et salus mea; quem timebo? —recitó con una voz apenas temblorosa—. El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?

Aquella noche, cuando las últimas oraciones hubieron terminado y los religiosos se retiraron a sus dormitorios, los tres jóvenes nobles se reunieron en la estancia que el abad Mauro había puesto a su disposición. Era una habitación espaciosa para los modestos usos de Santa Lucía, provista de una mesa, varios bancos y un brasero cuya luz rojiza competía con la de dos lámparas de aceite. Más allá de la puerta, el capitán palatino había apostado una guardia discreta, mientras el resto de los soldados descansaba en las dependencias destinadas a los huéspedes. Gundemaro, que llevaba buena parte de la cena aguardando una oportunidad para expresar sus sospechas, fue el primero en hablar. —Deberíamos apresar al jorobado. Estoy convencido de que es nuestro hechicero tenebroso. Pensadlo: conoce venenos, habla con gatos, presume de haber matado tres brujas y tiene exactamente el aspecto que debería tener un hombre dedicado a las artes prohibidas. ¡Si yo fuera un demonio y necesitara un servidor, escogería a ese enano antes que a cualquiera de los otros! —Juliano lo contempló con una desaprobación tan evidente que Gundemaro levantó ambas manos antes de recibir la reprimenda. —¡Vamos, Juler! ¡No me miréis así! Solamente estoy diciendo lo que todos pensamos y ninguno se atreve a pronunciar.

—No todos pensamos semejante estupidez, hermano —replicó Amalasunta, que había extendido sobre la mesa una tablilla encerada y comenzaba a escribir con un estilo de hueso—. Aunque, por una vez, vuestra sospecha no carece completamente de fundamento. Calístrato sabe demasiado sobre esas criaturas, sale frecuentemente del monasterio, conoce los caminos y posee conocimientos suficientes para preparar sustancias peligrosas. Si buscáramos a un hechicero entre los religiosos, sería razonable investigarlo. Pero eso no lo convierte en culpable. —Trazó varios nombres y pequeñas anotaciones, agrupándolos según las observaciones de Lucano—. Mauro gobierna la comunidad y parece sinceramente preocupado por las desapariciones. Asterio es severo, misógino y probablemente capaz de condenar a media humanidad por sus pecados, pero cuida enfermos y entrega su comida a los pobres. Calístrato conoce las supersticiones y los venenos. Casiano es médico, posee dependencias cerradas y realiza frecuentes excursiones nocturnas. Y Aurelio... —La joven interrumpió momentáneamente su escritura—. Aurelio conoce demasiado bien el funcionamiento de las banshees, controla los archivos antiguos y despierta una inquietud que ni siquiera los hermanos consiguen explicar. Además, Lucano asegura que él y Casiano salen juntos por un paso de servicio que comunica la botica con los huertos inferiores. Una noche regresaron llevando una caja y dejaron manchas que parecían sangre. No constituye una prueba, pero es considerablemente más interesante que el aspecto de la nariz de Calístrato.

Gundemaro se inclinó sobre la tablilla y frunció el ceño, decepcionado por aquella acumulación de observaciones que no permitían apresar inmediatamente a nadie. Juliano, entretanto, permaneció unos instantes contemplando los nombres antes de intervenir. —Lucifer era hermoso, según la tradición, ¿no es así? A veces la belleza física y mental reducen nuestras sospechas. No creo que el jorobado sea maligno. No lo siento en él. El bibliotecario también me preocupa, pero creo que hay algo más. —Amalasunta levantó lentamente los ojos. La observación había expresado una inquietud que ella misma comenzaba a formular desde su conversación con Lucano. Aurelio poseía una belleza madura, una educación extraordinaria y una presencia capaz de imponer respeto incluso antes de pronunciar palabra. Su inteligencia parecía proporcionar explicaciones convincentes para cualquier fenómeno, mientras su cortesía hacia Juliano había alcanzado una intensidad difícil de atribuir únicamente al recuerdo de Valeria. —El hermano Aurelio tiene algo que no me agrada —admitió—. No sé si es su manera de acercarse sin hacer ruido, la facilidad con que nos explicó cómo fabricar una criatura monstruosa o esa costumbre de miraros como si conociera secretos que vos mismo ignoráis. Pero no olvidemos a Casiano. Los hombres discretos suelen resultar invisibles precisamente porque todos prefieren vigilar a los extraordinarios. —Gundemaro resopló—. Así que ahora sospechamos del hermoso, del feo y del que nadie recuerda. ¡Magnífico! ¡Terminaremos arrestando a toda la abadía!

—¿Y qué haremos? —preguntó Amalasunta, dejando el estilo sobre la mesa. —Lo que vinimos a hacer —respondió Juliano—. Durante los próximos días vigilaremos estas tierras, administraremos justicia y averiguaremos qué ocurre con las muchachas desaparecidas. Antes de las rondas, buscad en los códices si existe alguna manera de evitar caer en el hechizo de esas brujas no muertas que acechan los bosques. —La propuesta recibió la aprobación inmediata de Amalasunta, aunque su hermano parecía bastante menos entusiasmado ante la perspectiva de combatir monstruos mediante la lectura. —¿Otra vez libros? —protestó Gundemaro—. Preferiría enfrentarme a tres brujas antes que pasar tres horas descifrando pergaminos. —Precisamente porque las brujas pueden conseguir que entreguéis voluntariamente vuestra cabeza, hermano querido, quizá os convenga aprender a distinguir una buena espada de una buena idea —replicó Amalasunta—. No siempre tendremos a Juler para atravesarles la garganta antes de que empecéis a caminar hacia ellas como un enamorado. —Gundemaro abrió la boca para responder, pero terminó limitándose a señalarla con un dedo acusador. —Algún día encontraré una mujer que os haga callar. —Entonces buscad entre las mudas, porque ninguna otra aceptaría semejante trabajo.

La distribución de las tareas ocupó el resto de la reunión. El capitán palatino, convocado para recibir las instrucciones generales, propuso establecer patrullas diurnas sobre los caminos transitados, con especial atención a las aldeas que habían denunciado desapariciones y a los accesos que comunicaban Santa Lucía con los campos inferiores. Los soldados descansarían por turnos y mantendrían señales de reconocimiento convenidas para impedir que una voz aislada los condujera fuera de la formación. Amalasunta dedicaría parte de las mañanas a revisar los archivos con Calístrato, prestando atención a los testimonios antiguos y a cualquier descripción de métodos para resistir el canto de las banshees. Gundemaro acompañaría a las patrullas, aunque el capitán insistió en que ningún grupo se internaría en los bosques sin una fuerza suficiente para sostenerse ante un encuentro inesperado. También acordaron escuchar a los campesinos, resolver disputas menores y comprobar personalmente los abusos denunciados contra recaudadores y propietarios. La autoridad concedida por Mauro permitía a Juliano intervenir en defensa de los dependientes de la abadía, pero los asuntos que excedieran aquella jurisdicción deberían remitirse a los magistrados competentes o al propio Walia, una distinción que Amalasunta consideró prudente recordar antes de que Gundemaro decidiera administrar justicia utilizando exclusivamente el puño.

Cuando el capitán se retiró, el monasterio había quedado sumido en un silencio interrumpido únicamente por el viento que recorría los corredores y el lejano murmullo de las oraciones nocturnas. Amalasunta examinó una última vez los nombres escritos sobre la tablilla y detuvo el dedo sobre los de Aurelio y Casiano. —Hay algo que deberíamos hacer mañana, Juler. No acusarlos. Ni siquiera interrogarlos todavía. Simplemente averiguar adónde conduce ese paso de servicio que mencionó Lucano y si verdaderamente se puede llegar desde allí a las dependencias inferiores. Si encontramos sangre, huellas o señales de transporte, tendremos una razón para investigar. Si no encontramos nada, habremos perdido unas horas y quizá ganado algo de tranquilidad. —Gundemaro se incorporó, recogiendo su espada del banco—. Por mí, excelente. Pero si encontramos un sótano lleno de cadáveres, quiero que conste que propuse apresar al jorobado desde el principio. —Su hermana le dirigió una mirada de agotada ternura antes de apagar una de las lámparas. Afuera, desde algún lugar de la abadía, llegó el sonido lejano de una puerta cerrándose, seguido por tres golpes metálicos tan apagados que podrían haber pertenecido al trabajo ordinario de algún religioso. Sin embargo, Amalasunta permaneció inmóvil durante unos instantes, escuchando atentamente, porque ya había aprendido que en Santa Lucía incluso los sonidos más insignificantes podían esconder una advertencia.

Juliano encontró al hermano Aurelio en la biblioteca, todavía despierto a pesar de que las últimas oraciones de la jornada habían terminado hacía rato. El religioso trabajaba junto a una lámpara de aceite, examinando un códice griego cuyas páginas mantenía abiertas mediante dos pequeñas pesas de bronce. Había dejado su larga cabellera rubia suelta sobre los hombros, y la luz arrancaba reflejos plateados de su barba prematuramente encanecida. Cuando escuchó la pregunta del joven patricio acerca de algún método para resistir el hechizo de las brujas que llamaba banshees, levantó la mirada con una expresión de interés inmediato. —Es una cuestión difícil, joven Aeciano. Las banshees descritas en los tratados antiguos son conocidas principalmente por sus gritos, capaces de quebrantar el ánimo, provocar terror y anunciar la proximidad de la muerte. No suelen cantar con voces melodiosas. Lo que encontrasteis en el bosque parece una variación extraordinariamente refinada de aquellas criaturas, quizá más semejante a las sirenas de los relatos griegos. Homero conocía bien el peligro de una voz hermosa, aunque difícilmente habría imaginado una garganta fabricada para reproducirla. —Juliano consideró aquella explicación antes de responder—. La cera en los oídos podría servir, pero atravesar un bosque completamente sordo no me parece una solución demasiado práctica. —Aurelio asintió, complacido por el razonamiento. —Precisamente. Privarse del oído evita escuchar al enemigo, pero también impide advertir sus movimientos. En una batalla, semejante remedio puede resultar más peligroso que la enfermedad.

El bibliotecario cerró cuidadosamente el códice y entrelazó los dedos sobre la mesa. —Algunos individuos, según los textos, poseen una resistencia natural a esas voces. Los autores religiosos hablan de almas especialmente firmes; los médicos antiguos habrían preferido atribuirlo a diferencias en los sentidos o en los humores corporales. Sea cual fuere la explicación, parece que ciertas personas pueden escuchar el canto sin perder completamente la voluntad. Me han dicho que fuisteis vos quien atravesó la garganta de aquella criatura con una flecha mientras vuestros compañeros comenzaban a sucumbir. —Suerte de principiante —respondió Juliano. —Una modestia admirable, aunque sospecho que algo exagerada —observó Aurelio con una tenue sonrisa. —La victoria no puede depender solamente de mí en todos los encuentros. ¿Qué otra alternativa tenemos? —El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza. Aquella objeción le produjo una satisfacción inesperada: el muchacho no buscaba únicamente repetir su hazaña, sino encontrar una manera de proteger a quienes dependían de sus órdenes. —Una pregunta mucho más digna de un comandante que de un cazador afortunado. Existen medidas parciales: mantener contacto visual entre los soldados, utilizar señales convenidas, impedir que un hombre abandone la formación sin autorización y contar con compañeros capaces de sujetarlo cuando comience a perder el juicio. Pero ninguna de ellas garantiza la inmunidad. Si el canto afecta simultáneamente a toda una patrulla, poco importará que sus integrantes hayan jurado permanecer juntos.

Juliano recordó entonces al pequeño monje jorobado y sus relatos acerca de las tres brujas. —Calístrato debe conocer algún método. De lo contrario, habría perdido el otro oído enfrentándose a las dos siguientes. —Aurelio soltó una risa grave, tan profunda que pareció resonar en el interior de los armarios. —¡Ah, Calístrato! Ese hombre es considerablemente más interesante de lo que su apariencia permite suponer. —La mayoría dice que jamás mató a ninguna —observó Juliano. —¡Insensatos! —exclamó Aurelio, dejando escapar otra carcajada—. Os aseguro, muchacho, que ese enano es el hombre con más cojones de toda esta comunidad. Y lo digo habiendo conocido soldados, magistrados y sacerdotes que presumían de una valentía extraordinaria hasta que llegaba el momento de demostrarla. Calístrato puede temblar, maldecir, beber demasiado y quejarse durante horas de sus desgracias, pero cuando encuentra a alguien indefenso frente al peligro, rara vez retrocede. Lo más curioso es que resulta mucho más reservado de lo que aparenta. Habla sin descanso sobre sus pecados, sus gatos y sus supuestas aventuras amorosas, pero guarda silencio precisamente sobre las cosas que más importan.

Aurelio se reclinó ligeramente, recordando una conversación que parecía divertirlo todavía después de varios años. —Una vez le pregunté cómo había conseguido sobrevivir a sus encuentros con aquellas criaturas. Conocía el relato de su oído destrozado y sabía que no podía haber repetido semejante recurso indefinidamente. Le ofrecí revisar juntos los textos antiguos, comparar sus experiencias y encontrar una explicación razonable. ¿Sabéis qué me respondió? Que no pensaba confiar semejante secreto a un hombre que roncaba como un león. —El religioso volvió a reír, mostrando por un instante una alegría tan franca que su presencia resultó menos intimidante—. ¡Lo tomé como un elogio! He pasado demasiados años rodeado de hombres que comparan mi voz con el trueno o con las trompetas del Juicio Final. Un león constituye una mejora considerable. Aunque Calístrato añadió que prefería compartir sus secretos con los gatos, porque al menos estos sabían cuándo convenía guardar silencio. Desde entonces no he vuelto a preguntárselo.

La sonrisa de Aurelio se fue apagando lentamente. Contempló al joven patricio durante unos instantes, con aquella atención extraordinaria que parecía descubrir en su rostro recuerdos mucho más antiguos que la conversación presente. Había algo casi doloroso en la manera en que aquel muchacho se preocupaba por sus soldados, una mezcla de resolución y responsabilidad que le recordaba demasiado bien a la familia cuya influencia tanto había llegado a detestar. Sin embargo, cuando volvió a hablar, su voz conservaba una calidez genuina. —Hablad con el jorobado, niño. No como un comandante que exige una respuesta, sino como un hombre que reconoce el valor de otro. Calístrato desprecia las adulaciones, especialmente cuando provienen de quienes creen que sus títulos les conceden derecho a conocer todos los secretos. Pero vos habéis visto una de esas criaturas, habéis escuchado su canto y habéis conseguido destruirla. Tenéis algo que ofrecerle a cambio de su experiencia. Quizá descubráis que los relatos sobre sus tres brujas contienen más verdad de la que esta comunidad está dispuesta a admitir.

El bibliotecario abrió nuevamente su códice, aunque no reanudó inmediatamente la lectura. —Y una última cosa, Juliano. Si Calístrato os confía su método, procurad no divulgarlo entre quienes no necesiten conocerlo. Una defensa deja de ser eficaz cuando el enemigo comprende cómo burlarla. —Después levantó los ojos azules y añadió con una sonrisa casi paternal—: Ahora id a buscarlo. A estas horas probablemente estará en sus huertos, conversando con los gatos o verificando, por motivos estrictamente medicinales, que el vino de nuestra bodega no se haya estropeado. Decidle que os envío yo. Eso bastará para que sospeche alguna conspiración y os reciba con el peor de sus humores.

Juliano llamó a la puerta de Calístrato cuando las lámparas del corredor comenzaban a consumirse y la abadía había quedado sumida en aquel silencio particular de las comunidades religiosas, donde incluso el crujido de una tabla parecía una interrupción de las oraciones. Tardaron en responderle. Primero escuchó un golpe, después un maullido indignado y finalmente una sucesión de maldiciones murmuradas que difícilmente habrían obtenido la aprobación del hermano Asterio. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar el rostro irregular del jorobado, cuya barba estaba todavía húmeda de vino y cuyos ojos pequeños brillaban con una lucidez que desmentía su aspecto soñoliento. Calístrato miró a Juliano; Juliano lo miró a él. Permanecieron así varios segundos, sin que ninguno pareciera dispuesto a ofrecer explicaciones. Finalmente, el religioso suspiró, como si hubiera estado esperando aquella visita desde el momento en que los jóvenes llegaron a Santa Lucía. —Gatos —declaró solemnemente.

—¿Qué? —preguntó Juliano, desconcertado. —Gatos, muchacho. La respuesta son los gatos. —Calístrato abrió un poco más la puerta, dejando ver una habitación atestada de libros, macetas, sandalias abandonadas y tres felinos que descansaban sobre su cama con la tranquilidad de unos senadores instalados en sus propiedades. —Las brujas que llamáis banshees poseen una voz maravillosa para los hombres y aparentemente intolerable para los gatos. No sé si escuchan algo que nosotros no podemos percibir o si simplemente detestan que alguien cante peor que ellos, pero cuando una de esas criaturas comienza a ejercer su encanto, los gatos se inquietan. Maúllan, bufan, arañan y hacen cuanto está en sus facultades para expresar su desacuerdo. Y ese escándalo, si tenéis uno suficientemente cerca, puede sacaros del embelesamiento antes de que terminéis caminando dócilmente hacia la boca de una difunta. —Juliano contempló a los tres animales, uno negro, otro atigrado y el tercero blanco con manchas rojizas, que lo observaban desde las mantas con una indiferencia magnífica. —¿Los gatos? —repitió. —¡Sí, los gatos! ¡Por todos los profetas, Aeciano, no me obliguéis a explicar tres veces una respuesta que ya he conseguido simplificar hasta volverla comprensible para un soldado!

El pequeño religioso se apoyó en su bastón y continuó con el tono de quien dicta una enseñanza especialmente importante a un discípulo particularmente obtuso. —Por supuesto, debéis mantenerlos cerca. Un gato encerrado en una cesta al otro extremo del campamento no os servirá de gran cosa, y tampoco conviene suponer que todos reaccionarán igual. Pero si escucháis una voz demasiado hermosa en mitad de un bosque y vuestro gato comienza a protestar como si lo estuvieran despellejando, hacedle caso. Es probable que posea mejor juicio que vosotros. En cuanto a las criaturas mismas, una vez interrumpido el canto son poco más que cadáveres lentos y torpes. Una estaca resistente atravesándoles el cráneo, una maza bien empleada o cualquier golpe capaz de destruirles la cabeza suele poner fin a sus movimientos. La dificultad consiste en acercarse sin entregarles antes la voluntad. —Calístrato señaló entonces la cicatriz apenas visible junto a una de sus orejas—. La primera vez no tenía un gato. Aprendí la lección de una manera que todavía me produce dolores cuando cambia el tiempo. La segunda vez llevaba uno dentro de mi manto. La tercera, dos. Desde entonces considero que un hombre verdaderamente prudente debería viajar acompañado por tres gatos y un buen odre de vino.

Juliano permaneció unos instantes contemplando al religioso, quizá intentando decidir si acababa de recibir una enseñanza extraordinariamente útil o si el jorobado había inventado la historia más elaborada de su vida para justificar su afición por los felinos. Calístrato pareció adivinar aquella incertidumbre y soltó una risita satisfecha. —No necesitáis creerme por mi hermosa cara. Llevad mañana un gato con vuestra patrulla y observadlo. Eso sí, elegid uno que tolere los caballos; de lo contrario, descubriréis que las garras de un animal doméstico pueden resultar más peligrosas que muchas criaturas infernales. —Desde la cama, el gato negro bostezó mostrando una hilera de colmillos diminutos. Calístrato lo señaló con orgullo—. Ese se llama Aníbal. Tiene peor carácter que el hermano Asterio y solamente acepta órdenes de Dios cuando incluyen pescado. Si conseguís que os acompañe, probablemente sobreviviréis a cualquier bruja de Aquitania.

El religioso comenzó entonces a cerrar la puerta, satisfecho de haber cumplido con sus obligaciones pedagógicas. —Y ahora marchaos a dormir, muchacho. O a cortejar a vuestra muchacha goda, si preferís emplear la noche en asuntos más agradables. Necesitamos más Aecianos para el futuro, aunque agradecería que los próximos heredaran algo menos de vuestra aversión a los libros. —La ocurrencia le provocó una carcajada ronca, seguida por un acceso de tos que tuvo que contener apoyándose en el bastón. —¡No pongáis esa expresión! Cuando llegue el momento de confesar vuestros pecados, os escucharé con toda la paciencia que merece un joven de vuestra ilustre sangre. Incluso fingiré sorprenderme. Pero no esta noche. Esta noche necesito descansar, y mis gatos han comenzado a considerar que llevo demasiado tiempo ocupando su habitación.

Calístrato cerró finalmente la puerta, aunque antes de que el pestillo encajara volvió a asomar su rostro entre las sombras. Había perdido la sonrisa y sus ojos mostraban una gravedad inesperada. —Una última cosa, Juliano. No confiéis únicamente en los gatos. Las criaturas del bosque pueden aprender, y quien las fabrica seguramente también. Si algún día encontráis una de esas mujeres muertas y vuestro gato permanece tranquilo, no supongáis que estáis a salvo. Suponed que alguien ha descubierto cómo engañarlo. —Después guiñó un ojo, recuperando su habitual descaro—. Y no le contéis al hermano Aurelio nuestro pequeño secreto. Ese hombre tiene suficientes conocimientos sin necesidad de añadir los míos. Buenas noches, cachorro de Aecio.

El pestillo cayó con un chasquido y, al otro lado de la madera, Juliano escuchó al monje discutir afectuosamente con Aníbal acerca de quién tenía más derecho a ocupar la almohada. La abadía volvió a quedar en silencio. En algún lugar del claustro, una lámpara proyectaba la sombra alargada de una cruz sobre las losas, mientras desde la torre llegaba el ruido apagado de una cuerda balanceándose con el viento. Por primera vez desde el encuentro con la criatura del bosque, los soldados de Juliano disponían de una defensa que no exigía mutilarse los oídos ni confiar exclusivamente en la puntería de su comandante. La solución resultaba tan absurda que Gundemaro probablemente se reiría durante una semana, y tan sencilla que Amalasunta querría comprobarla inmediatamente. Al fondo del corredor, detrás de la puerta ya cerrada, resonó un último maullido seguido por la voz indignada del jorobado. —¡Aníbal, maldito usurpador, esa es mi almohada!

 

 

 

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