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El abad Mauro recibió a Juliano en una estancia modesta, contigua a la capilla mayor, donde el mobiliario se reducía a una mesa de nogal, dos bancos, un crucifijo y un pequeño armario que contenía los documentos más importantes de Santa Lucía. A sus sesenta y siete años, el anciano conservaba una voz sorprendentemente firme, aunque su espalda encorvada y sus ojos velados revelaban el desgaste de una vida consagrada a la oración y al gobierno de una comunidad no siempre obediente. Asterio había anunciado la llegada del joven patricio, y Calístrato, incapaz de resistirse a una conversación importante, había encontrado algún pretexto para acompañarlos. Amalasunta y Gundemaro permanecieron junto a la puerta, mientras el capitán palatino aguardaba en el corredor. —Acercaos, hijo mío —invitó Mauro, extendiendo una mano hacia la dirección de sus pasos—. Dios me quitó los ojos, pero todavía me permite reconocer a un hombre por su manera de entrar en una habitación. Y hoy parece haber enviado a nuestra humilde abadía a alguien cuya presencia llevábamos demasiado tiempo necesitando. ¡Un Aeciano! ¡Alabado sea el Señor! Finalmente tenemos un comandante con suficiente sangre azul para que los magistrados, los obispos y los señores de estas tierras se dignen escuchar sus conclusiones. No os ofendáis por mi franqueza: he pasado cuarenta años descubriendo que una verdad dicha por un monje pobre puede ser ignorada durante meses, mientras la misma verdad pronunciada por un noble ilustre adquiere repentinamente la dignidad de una revelación.
El anciano sonrió al escuchar el movimiento de los jóvenes acomodándose
frente a él. —También me han contado que habéis matado a un demonio, y que
sobrevivisteis a un encuentro del cual hombres más experimentados difícilmente
habrían regresado. —No era un demonio, padre —respondió Juliano—. Solamente un
cerdo enorme, de alguna raza desconocida. —Mauro soltó una risa cálida que hizo
estremecer suavemente su barba blanca. —¡Bien, bien! Esa respuesta me agrada.
La humildad es uno de los dones más preciosos del cristiano, especialmente
cuando el nacimiento y las hazañas podrían proporcionar motivos para la
soberbia. Pero tened cuidado, muchacho: demasiada humildad deja de ser
humildad. Un hombre que niega obstinadamente sus propios méritos puede terminar
siendo tan vanidoso como aquel que los proclama desde las murallas. La virtud
consiste en conocer el justo valor de nuestras acciones sin adornarlas ni
despreciarlas. Si Dios os concedió habilidad para destruir una criatura
peligrosa, agradecédselo y procurad utilizarla nuevamente cuando sea necesario.
Negar el bien que hemos hecho no alimenta a los hambrientos ni protege a
quienes todavía necesitan nuestra ayuda.
Calístrato asintió con exagerada solemnidad. —Escuchad al abad, joven
Aeciano. Es uno de los pocos hombres de esta casa capaces de reprenderos por
ser demasiado humilde sin caer en contradicción. —Mauro volvió el rostro hacia
la voz del jorobado. —Y vos, hermano Calístrato, sois una demostración viviente
de que la Providencia distribuye sus virtudes de manera desigual. Os concedió
inteligencia, elocuencia y buen corazón, pero olvidó recordaros que también
existe la templanza. —Gundemaro dejó escapar una carcajada, mientras Amalasunta
ocultaba una sonrisa. El abad aguardó a que las risas terminaran antes de
recuperar su gravedad. —Bromas aparte, hijo mío, estamos atravesando tiempos
peligrosos. Han desaparecido muchachas, los caminos ya no ofrecen seguridad y
algunos de mis hermanos aseguran haber escuchado voces procedentes de lugares
donde ningún hombre debería encontrarse. He solicitado ayuda a magistrados,
propietarios y autoridades eclesiásticas, pero todos parecen demasiado ocupados
discutiendo quién posee jurisdicción sobre cada sendero. Entretanto, las madres
continúan buscando a sus hijas.
Mauro extendió una mano hacia la mesa y Asterio colocó bajo sus dedos un
pergamino preparado aquella misma mañana. El anciano recorrió cuidadosamente
sus bordes, comprobó la posición del texto y pidió al religioso albino que
leyera en voz alta su contenido. Se trataba de una declaración solemne mediante
la cual el abad, en ejercicio de su autoridad sobre la comunidad de Santa
Lucía, reconocía a Juliano Aeciano como campeón y defensor temporal de la
abadía, encomendándole la protección de sus religiosos, servidores, peregrinos
y dependientes frente a las amenazas que pesaban sobre el territorio. El
documento autorizaba expresamente la cooperación de los hermanos con la
investigación, la consulta de archivos pertinentes y el acceso acompañado a las
dependencias ordinarias del monasterio, sin perjuicio de los espacios
reservados al culto y de las normas eclesiásticas. —No puedo nombraros obispo
ni concederos una autoridad que pertenece a otros —explicó Mauro con una
sonrisa—, pero sí puedo encomendaros públicamente la defensa de esta comunidad.
Y eso pienso hacer. Mientras dure esta calamidad, seréis nuestro campeón y,
bajo la autoridad de esta casa, el brazo armado que protegerá a quienes no
pueden defenderse. No os entrego el derecho de castigar arbitrariamente, sino
el deber de impedir que los inocentes sufran nuevas violencias.
Asterio acercó el tintero y preparó la pluma, pero Mauro prefirió sostenerla
personalmente. Con la ayuda discreta del hermano, trazó su firma al pie del
pergamino y ordenó colocar el sello abacial sobre la cera todavía blanda.
Después pidió que entregaran el documento a Juliano. —Hay una diferencia, hijo
mío, entre llevar una espada y merecer que otros confíen en ella. La primera se
compra con dinero; la segunda solamente se obtiene mediante actos. Desde hoy,
cuando alguien os pregunte con qué derecho intervenís para proteger a los
dependientes de Santa Lucía, podréis mostrarle mi sello. Y si algún religioso
os dificulta injustamente vuestra labor, enviádmelo. Todavía conservo
suficiente autoridad para recordarle sus votos. —Calístrato levantó una mano—.
¿Incluso si se trata de mí, padre? —Especialmente si se trata de vos. —El
jorobado inclinó la cabeza con una expresión de martirio tan teatral que
Gundemaro tuvo que volver el rostro para disimular su diversión.
El abad aguardó hasta que el pergamino quedó en manos del joven patricio y
entonces habló con una solemnidad completamente distinta. —Hay algo más que
debéis comprender, Juliano Aeciano. La Iglesia no necesita hombres que se
deleiten matando monstruos, sino hombres capaces de distinguirlos de los
desgraciados que todavía pueden salvarse. Si encontráis a las muchachas,
vuestra primera obligación será devolverlas vivas a sus familias. Si descubrís
culpables humanos, procurad entregarlos a la justicia. Y si alguna criatura
verdaderamente infernal amenaza a esta comunidad, haced cuanto sea necesario
para impedir que continúe destruyendo vidas. —Extendió su mano para ofrecer la
bendición al nuevo campeón, mientras Asterio permanecía inmóvil junto al
documento recién sellado y Calístrato contemplaba al muchacho con una
satisfacción menos burlona que de costumbre—. Que el Señor fortalezca vuestro
brazo, esclarezca vuestro juicio y os conceda regresar sin que ninguna madre
tenga que llorar vuestra muerte. Porque bastante sangre han derramado ya estas
tierras, hijo mío, y temo que todavía no hemos descubierto quién está
reclamándola.
La comida de mediodía se sirvió en el refectorio de Santa Lucía, una
estancia larga y abovedada donde dos hileras de mesas de madera flanqueaban un
pasillo central, presidido por un crucifijo ennegrecido y una imagen de la
santa titular. Los hermanos comían sopa de legumbres, pan de trigo mezclado con
cebada, aceitunas y una pequeña ración de pescado conservado en sal; para los
visitantes, el abad había ordenado añadir queso fresco, huevos y una jarra de
vino aguado. Mauro, sentado junto a Juliano en la cabecera, había resultado ser
un conversador encantador, dotado de una memoria prodigiosa para las
genealogías senatoriales, las anécdotas de antiguos obispos y las disputas
absurdas que acompañaban a la administración de las propiedades eclesiásticas.
Su casi completa ceguera no le impedía reconocer cuándo el joven patricio
comenzaba a distraerse, y entonces encontraba otra historia sobre Flavio Aecio,
algún antepasado de los Severinos o las costumbres de Rávena. La conversación,
agradable pero extraordinariamente superficial, había terminado convirtiéndose
en una delicada prisión de cortesía: Juliano no podía marcharse sin ofender al
hombre que acababa de nombrarlo campeón de la comunidad, mientras Gundemaro,
sentado algo más abajo, comía con el apetito despreocupado de quien consideraba
que los problemas filosóficos debían resolverse después del postre.
Amalasunta, entretanto, había descubierto que alguien la observaba desde el
extremo inferior del refectorio. Era un muchacho delgado, de unos dieciséis
años, moreno, de cabello negro y grandes ojos castaños, vestido con un hábito
demasiado amplio para sus hombros estrechos. Cada vez que la joven goda volvía
el rostro, el muchacho fingía interesarse por sus tareas, aunque pocos
instantes después regresaba a contemplarla con una admiración tan evidente que
resultaba casi cómica. Amalasunta reconoció aquella expresión: no era
exactamente el deseo insolente de algunos jóvenes cortesanos, sino el
deslumbramiento de alguien que jamás había visto tan cerca a una aristócrata
armada, hermosa y perfectamente segura de su propia importancia. Finalmente
levantó un dedo y lo llamó con la naturalidad imperiosa de quien había crecido
rodeada de servidores. —Venid aquí, plebeyo. Necesito vuestra ayuda. —El
muchacho se sobresaltó, miró a ambos lados para comprobar que realmente le
hablaban a él y acudió apresuradamente, casi tropezando con un banco. —¿Sí, mi
señora? Soy Lucano, novicio de esta casa. Puedo traeros más agua, pan o cuanto
necesitéis. —No necesito pan, Lucano. Necesito información. Y procurad dejar de
mirarme como si hubiera descendido del cielo montada en un caballo blanco. —El
novicio enrojeció profundamente. —Perdonadme, mi señora. Es que nunca había
visto a una dama llevar armas como un guerrero y hablarles a los sacerdotes
como vos hablasteis al hermano Asterio. Parecíais una de esas heroínas antiguas
sobre las que leemos en los relatos. —Amalasunta sonrió, complacida a pesar de
sí misma.
—Al menos alguien en esta abadía demuestra tener ojos y buen juicio. Ahora
decidme quiénes son los hermanos más importantes de Santa Lucía. —Amalasunta
pronunció aquellas palabras con una sonrisa satisfecha, pero antes de permitir
que el muchacho comenzara su relación de nombres, volvió a examinarlo con mayor
atención. Lucano tendría unos dieciséis años, apenas uno más que Juliano,
aunque sus hombros estrechos, sus manos endurecidas por el trabajo y aquella
expresión de perpetua vigilancia revelaban una juventud muy distinta de la que
disfrutaban los hijos de la aristocracia. —Pero primero decidme algo sobre vos.
¿De dónde sois? ¿Y por qué no compartís la aprensión que vuestros hermanos
parecen sentir hacia las mujeres de alta cuna? Apenas he llegado y ya he
recibido un sermón sobre la modestia femenina. Vos, en cambio, me miráis como
si acabara de regresar victoriosa de una guerra. —El novicio enrojeció hasta
las orejas, aunque consiguió mantener la mirada. —No sé exactamente dónde nací,
mi señora. Dicen que procedo de algún lugar de estas montañas, pero era
demasiado pequeño cuando me dejaron en un hospicio. Después serví en cocinas,
limpié establos y llevé recados para quienes quisieran emplearme. El abad Mauro
me acogió cuando tenía once años. En cuanto a las damas nobles... —Vaciló,
buscando una explicación que no resultara ofensiva—. Siempre las había visto
desde lejos, a caballo, rodeadas de servidores, como las heroínas de las
historias. No comprendo por qué habría de temeros. No me habéis hecho daño y,
además, ayer os vi responder al hermano Asterio sin bajar la cabeza. Yo habría
terminado llorando antes de pronunciar dos palabras. —Amalasunta soltó una
risita complacida. —Entonces os daré vuestro primer consejo sobre las mujeres
nobles, Lucano: algunas son encantadoras, otras pueden arruinaros la vida con
una palabra y unas pocas somos capaces de ambas cosas antes del almuerzo.
El muchacho sonrió, visiblemente encantado, pero su expresión cambió cuando
Amalasunta abandonó aquel tono juguetón para interrogarlo sobre las
desapariciones. —Decidme ahora cuántas muchachas han desaparecido de estas
tierras. No quiero lo que dicen los documentos ni lo que los administradores
consideran conveniente declarar. Quiero saber lo que escucháis vosotros cuando
lleváis pan a los pobres, limpiáis los establos o hacéis recados entre las
aldeas. —Lucano miró instintivamente hacia la cabecera del refectorio, donde el
abad Mauro entretenía a Juliano con una anécdota sobre cierto magistrado romano
que había intentado cobrar impuestos a una comunidad de monjes sin comprender
que sus propiedades estaban exentas. —Con certeza no lo sé, mi señora. Aquí se
habla de nueve muchachas durante los últimos meses, pero algunas familias dicen
que son más. Tres desaparecieron junto al arroyo hace dos días, y una consiguió
regresar. En otras aldeas han desaparecido hijas de colonos, sirvientas y
muchachas que iban a recoger leña o plantas. También escuché que faltan dos
jóvenes de una propiedad cercana a los caminos de los Alpes, aunque sus dueños
aseguran que escaparon voluntariamente. —Bajó la voz—. Lo extraño es que casi
todas eran jóvenes. No han desaparecido ancianas, ni hombres adultos, ni niños
pequeños. Algunas personas dicen que las muchachas huyeron con mercaderes o
soldados, pero yo no lo creo. Si una joven quiere abandonar su casa, suele
llevarse alguna ropa, comida o sus pequeñas pertenencias. Estas desaparecieron
dejando todo atrás.
Amalasunta permaneció unos instantes contemplándolo, sorprendida por la
sensatez de aquella última observación. Después acercó ligeramente su rostro y
preguntó con una seriedad que hizo desaparecer la sonrisa del novicio. —Lucano,
¿creéis que soy una persona de confianza? No os pregunto si os parezco hermosa,
ni si admirasteis mis armas cuando llegué. Os pregunto si confiaríais en mí
para contarme algo que pudiera causaros problemas con vuestros superiores. —El
muchacho tardó poco en responder, aunque antes miró hacia Juliano. —Sois la
prometida del campeón de nuestra comunidad, mi señora. El abad Mauro lo ha
nombrado defensor de Santa Lucía, y todos sabemos que pertenece a una familia
ilustre. Si él os considera digna de acompañarlo, y vos habéis venido a buscar
a las muchachas desaparecidas, no veo por qué debería desconfiar. Además, el
hermano Calístrato dice que a veces las personas más peligrosas son aquellas
que nunca despiertan sospechas. Vos despertáis muchas, mi señora. —Amalasunta
abrió los ojos ante semejante razonamiento y acabó riendo con una espontaneidad
que atrajo brevemente la atención de Gundemaro. —¡Por los santos! ¡Qué criatura
tan insolentemente lógica! Me estáis diciendo que confiáis en mí porque resulto
demasiado orgullosa para disimular mis intenciones. —Lucano pareció
aterrorizarse ante la posibilidad de haberla ofendido, pero ella levantó una
mano para tranquilizarlo—. No os preocupéis. Es probablemente el elogio más
inteligente que he recibido hoy.
La joven goda observó entonces las mesas, los religiosos que comían en
silencio y la pequeña tribuna desde la cual acostumbraban leerse pasajes de las
Escrituras durante las comidas. Una idea pareció divertirla especialmente.
—Bien, Lucano. Id a buscar una Biblia, o un salterio, si os resulta más fácil.
Regresad y colocaos junto a mí como si estuvierais ayudándome a estudiar los
salmos. Fingiremos que soy una piadosísima dama interesada en perfeccionar su
latín, y vos seréis el novicio ejemplar encargado de explicarme las Escrituras.
Entretanto, me contaréis cuanto sepáis acerca de los hermanos más notables de
esta casa. —Lucano parpadeó, desconcertado. —¿Debo fingir que os enseño los
salmos, mi señora? —Exactamente. —Pero vos sabéis latín mucho mejor que yo.
—Eso será nuestro secreto. Si alguien se aproxima, leeréis un salmo con vuestra
mejor voz y yo adoptar é una expresión de profunda devoción. ¿Podéis hacerlo?
—El muchacho asintió con un entusiasmo que apenas conseguía contener y se alejó
apresuradamente hacia un armario situado junto al muro. Regresó poco después
con un salterio de tapas gastadas, lo abrió sobre la mesa y comenzó a señalar
sus líneas con una gravedad tan exagerada que Amalasunta tuvo que morderse el
labio para no echarse a reír.
—Ahora —susurró ella, inclinándose sobre el libro—, decidme quiénes
gobiernan verdaderamente esta abadía. No solamente quién ocupa el cargo más
alto, sino quién sabe más, quién recibe visitas, quién tiene acceso a los
lugares importantes y a quién obedecen los demás cuando el abad no está
presente. —Lucano recorrió distraídamente una línea del salmo con el dedo,
procurando imitar a un maestro paciente. —El abad Mauro gobierna todo, mi
señora, aunque ya casi no puede ver. El hermano Asterio se encarga de que
cumplamos las reglas, los horarios y las penitencias; muchos le temen, pero
todos saben que obedecerá al abad aunque no esté de acuerdo con sus decisiones.
El hermano Calístrato conoce las plantas, los huertos y las historias antiguas;
también sabe más latín del que aparenta, y algunos dicen que podría haber sido
un gran maestro si no tuviera una lengua tan desobediente. Casiano, el
boticario, atiende a los enfermos y guarda sus preparados en unas dependencias
propias, donde solamente entran quienes él autoriza. Y el hermano Aurelio
custodia la biblioteca. Es el más docto de todos, quizá incluso más que el
abad. Sabe griego, conoce las disputas de los obispos y recuerda libros enteros
después de leerlos una sola vez. No tiene el mando de la comunidad, pero cuando
habla sobre un asunto difícil casi todos terminan aceptando su opinión.
—¿Casi todos? —preguntó Amalasunta, sin levantar los ojos del salterio. —El
abad Mauro no siempre está de acuerdo con él, y el hermano Calístrato discute
por cualquier cosa. También está Asterio, que respeta muchísimo sus
conocimientos, aunque a veces se incomoda cuando Aurelio interpreta las
Escrituras de maneras que él considera demasiado atrevidas. —Lucano pasó una
página y comenzó a recitar en voz suficientemente alta para que un hermano que
atravesaba el refectorio pudiera escucharlo—: Dominus regit me, et nihil mihi
deerit... —Esperó a que el religioso se alejara antes de continuar en un
susurro—. El hermano Aurelio es quien más visitas importantes recibe. A veces
llegan sacerdotes de otras ciudades, hombres enviados por familias nobles o
viajeros que preguntan exclusivamente por él. No siempre pasan por la sala del
abad, aunque supongo que tendrán sus razones. En cambio, los campesinos suelen
buscar al hermano Calístrato por sus plantas o al hermano Casiano cuando están
enfermos. Si preguntáis quién es amado, os diría que el abad; si preguntáis
quién es temido, Asterio; y si preguntáis quién parece conocer todos los
secretos de Santa Lucía... —El muchacho dudó y dejó descansar el dedo sobre el
pergamino—. No sabría elegir entre Calístrato y Aurelio, mi señora. Uno parece
enterarse de todo porque habla con cualquiera; el otro, porque casi nadie se
atreve a hablar cuando él está escuchando.
—Decidme otra cosa, Lucano. ¿Cuáles de esos hermanos acostumbran salir solos
del claustro? —preguntó Amalasunta, manteniendo los ojos sobre el salterio
mientras partía distraídamente un trozo de pan. El novicio pareció encontrar
aquella pregunta considerablemente más sencilla que las anteriores. —El hermano
Calístrato sale casi todas las mañanas, mi señora. Tiene huertos fuera de la
cerca, junto al arroyo, y conoce a los campesinos que recogen plantas en las
laderas. A veces tarda todo el día y regresa con la ropa llena de barro, dos
gatos nuevos y alguna historia sobre mujeres que intentaron seducirlo. El
hermano Asterio también sale, aunque casi siempre para llevar comida a los
enfermos o visitar a los pobres. Prefiere caminar solo porque dice que las obras
de caridad no deben convertirse en procesiones. Casiano abandona la abadía con
frecuencia para buscar raíces, cortezas y hongos medicinales; suele llevar un
burro con alforjas y regresa al anochecer. El hermano Aurelio... —Lucano
vaciló—. Sale menos que los demás, pero a veces se ausenta durante una noche
entera. Dice que necesita consultar documentos en otras comunidades o visitar
antiguos benefactores. Nadie le pregunta demasiado. Cuando vuelve, suele
encerrarse en la biblioteca y pide que no lo molesten. El abad, naturalmente,
casi nunca sale, porque sus ojos ya no le permiten caminar por los senderos sin
compañía.
Amalasunta asintió con una expresión de interés moderado, como quien
pregunta por el estado de los caminos mientras espera que retiren los platos.
Después lanzó su siguiente pregunta con la despreocupación de un pescador que
arroja el anzuelo a un estanque poco prometedor, más por pereza de trasladarse
a otra orilla que por verdadera esperanza de capturar algo. —Y si tuvierais que
desconfiar de uno de ellos, Lucano... Imaginad que entre estos santos varones
se escondiera un mago tenebroso, un traidor a la fe, alguien que rindiera culto
a demonios mientras fingía servir a Nuestro Señor. ¿De quién sospecharíais? —El
muchacho levantó los ojos del salterio con una expresión de espanto tan sincera
que Amalasunta estuvo a punto de arrepentirse de haberlo formulado de aquella
manera. —¡Mi señora! ¡No deberíais decir esas cosas! —susurró—. ¡Son hombres
consagrados! —Precisamente por eso os lo pregunto. Si fuera un bandido con una
calavera colgada del cinturón, no necesitaría vuestra ayuda para reconocerlo.
Vamos, imaginad que es uno de esos ejercicios de lógica que enseñan los
maestros. No os estoy pidiendo que acuséis a nadie.
Lucano frunció el entrecejo y comenzó a recorrer con el dedo una línea del
salmo, aunque hacía rato que había dejado de leer. —Si solamente tuviera que
escoger por lo que me inspira miedo, diría que el hermano Aurelio —confesó
finalmente—. No porque sea cruel, sino porque a veces parece saber lo que vais
a decir antes de que abráis la boca. Y cuando se enfada... no grita, mi señora.
Habla más bajo, pero uno siente que debería marcharse inmediatamente. Aunque
eso no lo convierte en un hechicero. El hermano Asterio también da miedo, y
estoy seguro de que vendería su propia cama para alimentar a un mendigo.
—Amalasunta sonrió ligeramente. —Muy bien. Habéis aprendido que las apariencias
engañan. Continuad. —Pues... —El muchacho se inclinó un poco más—. Si buscara a
alguien que conoce sustancias extrañas, escogería a Casiano. Tiene frascos que
nadie sabe qué contienen y algunas noches se escuchan golpes procedentes de su
botica. Pero es médico, mi señora. Los médicos hacen cosas desagradables para
curarnos. Una vez vi cómo abría una herida infectada y casi me desmayé. Después
el enfermo mejoró. No sería justo llamarlo mago por eso.
La joven goda comenzó a comprender que Lucano era considerablemente más
observador de lo que sugería su aire de muchacho deslumbrado. No estaba
ofreciendo acusaciones, sino distinguiendo cuidadosamente entre aquello que
había visto y lo que solamente imaginaba, una prudencia que habría convenido a
no pocos magistrados de Tolosa. —¿Y Calístrato? —preguntó. —¡Oh, de él
sospecharía cualquiera que escuchara sus historias! —El novicio reprimió una
carcajada—. Conoce plantas venenosas, habla de brujas como si fueran antiguas
conocidas y asegura que los gatos pueden advertir la presencia de espíritus.
Pero cuando alguien tiene hambre comparte su comida, y cuando una muchacha del
pueblo viene llorando porque teme haber cometido algún pecado, nunca la trata
con dureza. A veces creo que disfruta pareciendo menos santo de lo que es. —¿Y
vuestro abad? —El rostro de Lucano adquirió una gravedad inmediata. —Del abad
Mauro no desconfiaría, mi señora. Puede equivocarse, porque está viejo y casi
no ve, pero nunca he conocido a un hombre que se preocupe tanto por quienes no
pueden ofrecerle nada a cambio. Si fuera un traidor, entonces no sabría en
quién creer.
Durante unos momentos, Amalasunta guardó silencio, aparentemente absorta en
las palabras latinas del pergamino. Había recibido exactamente aquello que no
esperaba encontrar: una lista de hombres que salían solos, dos religiosos
relacionados con sustancias poco comunes y un bibliotecario cuya presencia
inquietaba incluso a quienes lo admiraban. Sin embargo, ninguna de aquellas
observaciones demostraba nada, y el novicio había procurado defender a todos
antes de permitir que sus sospechas se convirtieran en acusaciones. —Habéis
respondido mejor de lo que esperaba, Lucano —murmuró—. No volváis a repetir
nuestra conversación. Ni siquiera a vuestro querido Calístrato. Consideradlo un
secreto entre una dama noble y su maestro de salmos. —El muchacho sonrió, visiblemente
halagado, y volvió a señalar una línea del libro. —Entonces, mi señora, quizá
deberíamos leer de verdad. Si alguien nos pregunta qué habéis aprendido,
resultará extraño que no sepáis responder. —Amalasunta soltó una risa apenas
audible. —¡Por todos los santos! ¡Hasta los novicios han decidido convertirse
en mis preceptores!
Lucano comenzó a recitar el salmo con su voz juvenil, clara y algo insegura,
pero tras los primeros versículos su expresión cambió. Había recordado algo que
parecía no encajar con las demás observaciones. Se aseguró de que ningún
religioso estuviera escuchándolos y susurró, sin apartar los ojos del
pergamino: —Hay otra cosa, mi señora. No sé si importa, pero el hermano Casiano
y el hermano Aurelio a veces salen juntos. Nunca por la puerta principal.
Utilizan el paso de servicio que comunica la botica con los huertos inferiores.
Dicen que es para evitar interrumpir las oraciones, y puede ser verdad. Pero
una noche los vi regresar cuando todos dormían. Casiano llevaba una caja
pequeña entre los brazos y parecía muy cansado. El hermano Aurelio no llevaba
nada. Recuerdo que se detuvieron junto a la cisterna y hablaron durante largo
rato. —Lucano tragó saliva—. No sé de qué hablaban, porque estaba demasiado
lejos. Pero al día siguiente encontré unas manchas oscuras sobre las piedras
del paso de servicio. Pensé que eran vino derramado y fui a limpiarlas. No
salieron con agua. Olían... —Buscó la palabra adecuada—. Olían como la ropa que
llevamos a lavar después de atender a un hombre herido.
Amalasunta levantó lentamente los ojos del salterio. En la cabecera del
refectorio, Mauro acababa de provocar una carcajada entre sus invitados, y
Juliano continuaba escuchando al anciano con la paciencia ceremoniosa que
exigía su condición. Más allá, Casiano terminaba de comer mientras conversaba
discretamente con un hermano enfermo. Aurelio permanecía apartado de los demás,
erguido y silencioso, con sus ojos azules aparentemente concentrados en una
copa de vino aguado. El novicio pasó otra página, procurando recuperar la
inocencia de su lección improvisada. —Dominus illuminatio mea et salus mea;
quem timebo? —recitó con una voz apenas temblorosa—. El Señor es mi luz y mi
salvación; ¿a quién temeré?
Aquella noche, cuando las últimas oraciones hubieron terminado y los
religiosos se retiraron a sus dormitorios, los tres jóvenes nobles se reunieron
en la estancia que el abad Mauro había puesto a su disposición. Era una
habitación espaciosa para los modestos usos de Santa Lucía, provista de una
mesa, varios bancos y un brasero cuya luz rojiza competía con la de dos
lámparas de aceite. Más allá de la puerta, el capitán palatino había apostado
una guardia discreta, mientras el resto de los soldados descansaba en las
dependencias destinadas a los huéspedes. Gundemaro, que llevaba buena parte de
la cena aguardando una oportunidad para expresar sus sospechas, fue el primero
en hablar. —Deberíamos apresar al jorobado. Estoy convencido de que es nuestro
hechicero tenebroso. Pensadlo: conoce venenos, habla con gatos, presume de
haber matado tres brujas y tiene exactamente el aspecto que debería tener un
hombre dedicado a las artes prohibidas. ¡Si yo fuera un demonio y necesitara un
servidor, escogería a ese enano antes que a cualquiera de los otros! —Juliano
lo contempló con una desaprobación tan evidente que Gundemaro levantó ambas
manos antes de recibir la reprimenda. —¡Vamos, Juler! ¡No me miréis así!
Solamente estoy diciendo lo que todos pensamos y ninguno se atreve a
pronunciar.
—No todos pensamos semejante estupidez, hermano —replicó Amalasunta, que
había extendido sobre la mesa una tablilla encerada y comenzaba a escribir con
un estilo de hueso—. Aunque, por una vez, vuestra sospecha no carece
completamente de fundamento. Calístrato sabe demasiado sobre esas criaturas,
sale frecuentemente del monasterio, conoce los caminos y posee conocimientos
suficientes para preparar sustancias peligrosas. Si buscáramos a un hechicero
entre los religiosos, sería razonable investigarlo. Pero eso no lo convierte en
culpable. —Trazó varios nombres y pequeñas anotaciones, agrupándolos según las
observaciones de Lucano—. Mauro gobierna la comunidad y parece sinceramente
preocupado por las desapariciones. Asterio es severo, misógino y probablemente
capaz de condenar a media humanidad por sus pecados, pero cuida enfermos y
entrega su comida a los pobres. Calístrato conoce las supersticiones y los
venenos. Casiano es médico, posee dependencias cerradas y realiza frecuentes
excursiones nocturnas. Y Aurelio... —La joven interrumpió momentáneamente su
escritura—. Aurelio conoce demasiado bien el funcionamiento de las banshees,
controla los archivos antiguos y despierta una inquietud que ni siquiera los
hermanos consiguen explicar. Además, Lucano asegura que él y Casiano salen
juntos por un paso de servicio que comunica la botica con los huertos
inferiores. Una noche regresaron llevando una caja y dejaron manchas que
parecían sangre. No constituye una prueba, pero es considerablemente más
interesante que el aspecto de la nariz de Calístrato.
Gundemaro se inclinó sobre la tablilla y frunció el ceño, decepcionado por
aquella acumulación de observaciones que no permitían apresar inmediatamente a
nadie. Juliano, entretanto, permaneció unos instantes contemplando los nombres
antes de intervenir. —Lucifer era hermoso, según la tradición, ¿no es así? A
veces la belleza física y mental reducen nuestras sospechas. No creo que el
jorobado sea maligno. No lo siento en él. El bibliotecario también me preocupa,
pero creo que hay algo más. —Amalasunta levantó lentamente los ojos. La
observación había expresado una inquietud que ella misma comenzaba a formular
desde su conversación con Lucano. Aurelio poseía una belleza madura, una
educación extraordinaria y una presencia capaz de imponer respeto incluso antes
de pronunciar palabra. Su inteligencia parecía proporcionar explicaciones
convincentes para cualquier fenómeno, mientras su cortesía hacia Juliano había
alcanzado una intensidad difícil de atribuir únicamente al recuerdo de Valeria.
—El hermano Aurelio tiene algo que no me agrada —admitió—. No sé si es su
manera de acercarse sin hacer ruido, la facilidad con que nos explicó cómo
fabricar una criatura monstruosa o esa costumbre de miraros como si conociera
secretos que vos mismo ignoráis. Pero no olvidemos a Casiano. Los hombres
discretos suelen resultar invisibles precisamente porque todos prefieren
vigilar a los extraordinarios. —Gundemaro resopló—. Así que ahora sospechamos
del hermoso, del feo y del que nadie recuerda. ¡Magnífico! ¡Terminaremos arrestando
a toda la abadía!
—¿Y qué haremos? —preguntó Amalasunta, dejando el estilo sobre la mesa. —Lo
que vinimos a hacer —respondió Juliano—. Durante los próximos días vigilaremos
estas tierras, administraremos justicia y averiguaremos qué ocurre con las
muchachas desaparecidas. Antes de las rondas, buscad en los códices si existe
alguna manera de evitar caer en el hechizo de esas brujas no muertas que
acechan los bosques. —La propuesta recibió la aprobación inmediata de
Amalasunta, aunque su hermano parecía bastante menos entusiasmado ante la
perspectiva de combatir monstruos mediante la lectura. —¿Otra vez libros?
—protestó Gundemaro—. Preferiría enfrentarme a tres brujas antes que pasar tres
horas descifrando pergaminos. —Precisamente porque las brujas pueden conseguir
que entreguéis voluntariamente vuestra cabeza, hermano querido, quizá os
convenga aprender a distinguir una buena espada de una buena idea —replicó
Amalasunta—. No siempre tendremos a Juler para atravesarles la garganta antes
de que empecéis a caminar hacia ellas como un enamorado. —Gundemaro abrió la
boca para responder, pero terminó limitándose a señalarla con un dedo acusador.
—Algún día encontraré una mujer que os haga callar. —Entonces buscad entre las
mudas, porque ninguna otra aceptaría semejante trabajo.
La distribución de las tareas ocupó el resto de la reunión. El capitán
palatino, convocado para recibir las instrucciones generales, propuso
establecer patrullas diurnas sobre los caminos transitados, con especial
atención a las aldeas que habían denunciado desapariciones y a los accesos que
comunicaban Santa Lucía con los campos inferiores. Los soldados descansarían
por turnos y mantendrían señales de reconocimiento convenidas para impedir que
una voz aislada los condujera fuera de la formación. Amalasunta dedicaría parte
de las mañanas a revisar los archivos con Calístrato, prestando atención a los
testimonios antiguos y a cualquier descripción de métodos para resistir el
canto de las banshees. Gundemaro acompañaría a las patrullas, aunque el capitán
insistió en que ningún grupo se internaría en los bosques sin una fuerza
suficiente para sostenerse ante un encuentro inesperado. También acordaron
escuchar a los campesinos, resolver disputas menores y comprobar personalmente
los abusos denunciados contra recaudadores y propietarios. La autoridad
concedida por Mauro permitía a Juliano intervenir en defensa de los
dependientes de la abadía, pero los asuntos que excedieran aquella jurisdicción
deberían remitirse a los magistrados competentes o al propio Walia, una
distinción que Amalasunta consideró prudente recordar antes de que Gundemaro
decidiera administrar justicia utilizando exclusivamente el puño.
Cuando el capitán se retiró, el monasterio había quedado sumido en un
silencio interrumpido únicamente por el viento que recorría los corredores y el
lejano murmullo de las oraciones nocturnas. Amalasunta examinó una última vez
los nombres escritos sobre la tablilla y detuvo el dedo sobre los de Aurelio y
Casiano. —Hay algo que deberíamos hacer mañana, Juler. No acusarlos. Ni
siquiera interrogarlos todavía. Simplemente averiguar adónde conduce ese paso
de servicio que mencionó Lucano y si verdaderamente se puede llegar desde allí
a las dependencias inferiores. Si encontramos sangre, huellas o señales de
transporte, tendremos una razón para investigar. Si no encontramos nada,
habremos perdido unas horas y quizá ganado algo de tranquilidad. —Gundemaro se
incorporó, recogiendo su espada del banco—. Por mí, excelente. Pero si
encontramos un sótano lleno de cadáveres, quiero que conste que propuse apresar
al jorobado desde el principio. —Su hermana le dirigió una mirada de agotada
ternura antes de apagar una de las lámparas. Afuera, desde algún lugar de la
abadía, llegó el sonido lejano de una puerta cerrándose, seguido por tres
golpes metálicos tan apagados que podrían haber pertenecido al trabajo
ordinario de algún religioso. Sin embargo, Amalasunta permaneció inmóvil
durante unos instantes, escuchando atentamente, porque ya había aprendido que
en Santa Lucía incluso los sonidos más insignificantes podían esconder una
advertencia.
Juliano encontró al hermano Aurelio en la biblioteca, todavía despierto a
pesar de que las últimas oraciones de la jornada habían terminado hacía rato.
El religioso trabajaba junto a una lámpara de aceite, examinando un códice
griego cuyas páginas mantenía abiertas mediante dos pequeñas pesas de bronce.
Había dejado su larga cabellera rubia suelta sobre los hombros, y la luz
arrancaba reflejos plateados de su barba prematuramente encanecida. Cuando
escuchó la pregunta del joven patricio acerca de algún método para resistir el
hechizo de las brujas que llamaba banshees, levantó la mirada con una expresión
de interés inmediato. —Es una cuestión difícil, joven Aeciano. Las banshees
descritas en los tratados antiguos son conocidas principalmente por sus gritos,
capaces de quebrantar el ánimo, provocar terror y anunciar la proximidad de la
muerte. No suelen cantar con voces melodiosas. Lo que encontrasteis en el
bosque parece una variación extraordinariamente refinada de aquellas criaturas,
quizá más semejante a las sirenas de los relatos griegos. Homero conocía bien
el peligro de una voz hermosa, aunque difícilmente habría imaginado una
garganta fabricada para reproducirla. —Juliano consideró aquella explicación
antes de responder—. La cera en los oídos podría servir, pero atravesar un
bosque completamente sordo no me parece una solución demasiado práctica.
—Aurelio asintió, complacido por el razonamiento. —Precisamente. Privarse del
oído evita escuchar al enemigo, pero también impide advertir sus movimientos. En
una batalla, semejante remedio puede resultar más peligroso que la enfermedad.
El bibliotecario cerró cuidadosamente el códice y entrelazó los dedos sobre
la mesa. —Algunos individuos, según los textos, poseen una resistencia natural
a esas voces. Los autores religiosos hablan de almas especialmente firmes; los
médicos antiguos habrían preferido atribuirlo a diferencias en los sentidos o
en los humores corporales. Sea cual fuere la explicación, parece que ciertas
personas pueden escuchar el canto sin perder completamente la voluntad. Me han
dicho que fuisteis vos quien atravesó la garganta de aquella criatura con una
flecha mientras vuestros compañeros comenzaban a sucumbir. —Suerte de
principiante —respondió Juliano. —Una modestia admirable, aunque sospecho que
algo exagerada —observó Aurelio con una tenue sonrisa. —La victoria no puede
depender solamente de mí en todos los encuentros. ¿Qué otra alternativa
tenemos? —El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza. Aquella objeción le
produjo una satisfacción inesperada: el muchacho no buscaba únicamente repetir
su hazaña, sino encontrar una manera de proteger a quienes dependían de sus
órdenes. —Una pregunta mucho más digna de un comandante que de un cazador
afortunado. Existen medidas parciales: mantener contacto visual entre los
soldados, utilizar señales convenidas, impedir que un hombre abandone la
formación sin autorización y contar con compañeros capaces de sujetarlo cuando
comience a perder el juicio. Pero ninguna de ellas garantiza la inmunidad. Si
el canto afecta simultáneamente a toda una patrulla, poco importará que sus
integrantes hayan jurado permanecer juntos.
Juliano recordó entonces al pequeño monje jorobado y sus relatos acerca de
las tres brujas. —Calístrato debe conocer algún método. De lo contrario, habría
perdido el otro oído enfrentándose a las dos siguientes. —Aurelio soltó una
risa grave, tan profunda que pareció resonar en el interior de los armarios.
—¡Ah, Calístrato! Ese hombre es considerablemente más interesante de lo que su
apariencia permite suponer. —La mayoría dice que jamás mató a ninguna —observó
Juliano. —¡Insensatos! —exclamó Aurelio, dejando escapar otra carcajada—. Os
aseguro, muchacho, que ese enano es el hombre con más cojones de toda esta
comunidad. Y lo digo habiendo conocido soldados, magistrados y sacerdotes que
presumían de una valentía extraordinaria hasta que llegaba el momento de
demostrarla. Calístrato puede temblar, maldecir, beber demasiado y quejarse
durante horas de sus desgracias, pero cuando encuentra a alguien indefenso
frente al peligro, rara vez retrocede. Lo más curioso es que resulta mucho más
reservado de lo que aparenta. Habla sin descanso sobre sus pecados, sus gatos y
sus supuestas aventuras amorosas, pero guarda silencio precisamente sobre las
cosas que más importan.
Aurelio se reclinó ligeramente, recordando una conversación que parecía
divertirlo todavía después de varios años. —Una vez le pregunté cómo había
conseguido sobrevivir a sus encuentros con aquellas criaturas. Conocía el
relato de su oído destrozado y sabía que no podía haber repetido semejante
recurso indefinidamente. Le ofrecí revisar juntos los textos antiguos, comparar
sus experiencias y encontrar una explicación razonable. ¿Sabéis qué me
respondió? Que no pensaba confiar semejante secreto a un hombre que roncaba
como un león. —El religioso volvió a reír, mostrando por un instante una
alegría tan franca que su presencia resultó menos intimidante—. ¡Lo tomé como
un elogio! He pasado demasiados años rodeado de hombres que comparan mi voz con
el trueno o con las trompetas del Juicio Final. Un león constituye una mejora
considerable. Aunque Calístrato añadió que prefería compartir sus secretos con
los gatos, porque al menos estos sabían cuándo convenía guardar silencio. Desde
entonces no he vuelto a preguntárselo.
La sonrisa de Aurelio se fue apagando lentamente. Contempló al joven
patricio durante unos instantes, con aquella atención extraordinaria que
parecía descubrir en su rostro recuerdos mucho más antiguos que la conversación
presente. Había algo casi doloroso en la manera en que aquel muchacho se
preocupaba por sus soldados, una mezcla de resolución y responsabilidad que le
recordaba demasiado bien a la familia cuya influencia tanto había llegado a
detestar. Sin embargo, cuando volvió a hablar, su voz conservaba una calidez
genuina. —Hablad con el jorobado, niño. No como un comandante que exige una
respuesta, sino como un hombre que reconoce el valor de otro. Calístrato
desprecia las adulaciones, especialmente cuando provienen de quienes creen que
sus títulos les conceden derecho a conocer todos los secretos. Pero vos habéis
visto una de esas criaturas, habéis escuchado su canto y habéis conseguido
destruirla. Tenéis algo que ofrecerle a cambio de su experiencia. Quizá
descubráis que los relatos sobre sus tres brujas contienen más verdad de la que
esta comunidad está dispuesta a admitir.
El bibliotecario abrió nuevamente su códice, aunque no reanudó
inmediatamente la lectura. —Y una última cosa, Juliano. Si Calístrato os confía
su método, procurad no divulgarlo entre quienes no necesiten conocerlo. Una
defensa deja de ser eficaz cuando el enemigo comprende cómo burlarla. —Después
levantó los ojos azules y añadió con una sonrisa casi paternal—: Ahora id a
buscarlo. A estas horas probablemente estará en sus huertos, conversando con
los gatos o verificando, por motivos estrictamente medicinales, que el vino de
nuestra bodega no se haya estropeado. Decidle que os envío yo. Eso bastará para
que sospeche alguna conspiración y os reciba con el peor de sus humores.
Juliano llamó a la puerta de Calístrato cuando las lámparas del corredor
comenzaban a consumirse y la abadía había quedado sumida en aquel silencio
particular de las comunidades religiosas, donde incluso el crujido de una tabla
parecía una interrupción de las oraciones. Tardaron en responderle. Primero
escuchó un golpe, después un maullido indignado y finalmente una sucesión de
maldiciones murmuradas que difícilmente habrían obtenido la aprobación del
hermano Asterio. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar el rostro
irregular del jorobado, cuya barba estaba todavía húmeda de vino y cuyos ojos
pequeños brillaban con una lucidez que desmentía su aspecto soñoliento.
Calístrato miró a Juliano; Juliano lo miró a él. Permanecieron así varios
segundos, sin que ninguno pareciera dispuesto a ofrecer explicaciones.
Finalmente, el religioso suspiró, como si hubiera estado esperando aquella
visita desde el momento en que los jóvenes llegaron a Santa Lucía. —Gatos
—declaró solemnemente.
—¿Qué? —preguntó Juliano, desconcertado. —Gatos, muchacho. La respuesta son
los gatos. —Calístrato abrió un poco más la puerta, dejando ver una habitación
atestada de libros, macetas, sandalias abandonadas y tres felinos que
descansaban sobre su cama con la tranquilidad de unos senadores instalados en
sus propiedades. —Las brujas que llamáis banshees poseen una voz maravillosa
para los hombres y aparentemente intolerable para los gatos. No sé si escuchan
algo que nosotros no podemos percibir o si simplemente detestan que alguien
cante peor que ellos, pero cuando una de esas criaturas comienza a ejercer su
encanto, los gatos se inquietan. Maúllan, bufan, arañan y hacen cuanto está en
sus facultades para expresar su desacuerdo. Y ese escándalo, si tenéis uno
suficientemente cerca, puede sacaros del embelesamiento antes de que terminéis
caminando dócilmente hacia la boca de una difunta. —Juliano contempló a los
tres animales, uno negro, otro atigrado y el tercero blanco con manchas
rojizas, que lo observaban desde las mantas con una indiferencia magnífica.
—¿Los gatos? —repitió. —¡Sí, los gatos! ¡Por todos los profetas, Aeciano, no me
obliguéis a explicar tres veces una respuesta que ya he conseguido simplificar
hasta volverla comprensible para un soldado!
El pequeño religioso se apoyó en su bastón y continuó con el tono de quien
dicta una enseñanza especialmente importante a un discípulo particularmente
obtuso. —Por supuesto, debéis mantenerlos cerca. Un gato encerrado en una cesta
al otro extremo del campamento no os servirá de gran cosa, y tampoco conviene
suponer que todos reaccionarán igual. Pero si escucháis una voz demasiado
hermosa en mitad de un bosque y vuestro gato comienza a protestar como si lo
estuvieran despellejando, hacedle caso. Es probable que posea mejor juicio que
vosotros. En cuanto a las criaturas mismas, una vez interrumpido el canto son
poco más que cadáveres lentos y torpes. Una estaca resistente atravesándoles el
cráneo, una maza bien empleada o cualquier golpe capaz de destruirles la cabeza
suele poner fin a sus movimientos. La dificultad consiste en acercarse sin
entregarles antes la voluntad. —Calístrato señaló entonces la cicatriz apenas
visible junto a una de sus orejas—. La primera vez no tenía un gato. Aprendí la
lección de una manera que todavía me produce dolores cuando cambia el tiempo.
La segunda vez llevaba uno dentro de mi manto. La tercera, dos. Desde entonces
considero que un hombre verdaderamente prudente debería viajar acompañado por
tres gatos y un buen odre de vino.
Juliano permaneció unos instantes contemplando al religioso, quizá
intentando decidir si acababa de recibir una enseñanza extraordinariamente útil
o si el jorobado había inventado la historia más elaborada de su vida para
justificar su afición por los felinos. Calístrato pareció adivinar aquella
incertidumbre y soltó una risita satisfecha. —No necesitáis creerme por mi
hermosa cara. Llevad mañana un gato con vuestra patrulla y observadlo. Eso sí,
elegid uno que tolere los caballos; de lo contrario, descubriréis que las
garras de un animal doméstico pueden resultar más peligrosas que muchas
criaturas infernales. —Desde la cama, el gato negro bostezó mostrando una
hilera de colmillos diminutos. Calístrato lo señaló con orgullo—. Ese se llama
Aníbal. Tiene peor carácter que el hermano Asterio y solamente acepta órdenes
de Dios cuando incluyen pescado. Si conseguís que os acompañe, probablemente
sobreviviréis a cualquier bruja de Aquitania.
El religioso comenzó entonces a cerrar la puerta, satisfecho de haber
cumplido con sus obligaciones pedagógicas. —Y ahora marchaos a dormir,
muchacho. O a cortejar a vuestra muchacha goda, si preferís emplear la noche en
asuntos más agradables. Necesitamos más Aecianos para el futuro, aunque
agradecería que los próximos heredaran algo menos de vuestra aversión a los
libros. —La ocurrencia le provocó una carcajada ronca, seguida por un acceso de
tos que tuvo que contener apoyándose en el bastón. —¡No pongáis esa expresión!
Cuando llegue el momento de confesar vuestros pecados, os escucharé con toda la
paciencia que merece un joven de vuestra ilustre sangre. Incluso fingiré
sorprenderme. Pero no esta noche. Esta noche necesito descansar, y mis gatos
han comenzado a considerar que llevo demasiado tiempo ocupando su habitación.
Calístrato cerró finalmente la puerta, aunque antes de que el pestillo
encajara volvió a asomar su rostro entre las sombras. Había perdido la sonrisa
y sus ojos mostraban una gravedad inesperada. —Una última cosa, Juliano. No
confiéis únicamente en los gatos. Las criaturas del bosque pueden aprender, y
quien las fabrica seguramente también. Si algún día encontráis una de esas
mujeres muertas y vuestro gato permanece tranquilo, no supongáis que estáis a
salvo. Suponed que alguien ha descubierto cómo engañarlo. —Después guiñó un
ojo, recuperando su habitual descaro—. Y no le contéis al hermano Aurelio
nuestro pequeño secreto. Ese hombre tiene suficientes conocimientos sin
necesidad de añadir los míos. Buenas noches, cachorro de Aecio.
El pestillo cayó con un chasquido y, al otro lado de la madera, Juliano
escuchó al monje discutir afectuosamente con Aníbal acerca de quién tenía más
derecho a ocupar la almohada. La abadía volvió a quedar en silencio. En algún
lugar del claustro, una lámpara proyectaba la sombra alargada de una cruz sobre
las losas, mientras desde la torre llegaba el ruido apagado de una cuerda
balanceándose con el viento. Por primera vez desde el encuentro con la criatura
del bosque, los soldados de Juliano disponían de una defensa que no exigía
mutilarse los oídos ni confiar exclusivamente en la puntería de su comandante.
La solución resultaba tan absurda que Gundemaro probablemente se reiría durante
una semana, y tan sencilla que Amalasunta querría comprobarla inmediatamente.
Al fondo del corredor, detrás de la puerta ya cerrada, resonó un último
maullido seguido por la voz indignada del jorobado. —¡Aníbal, maldito
usurpador, esa es mi almohada!
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