viernes, 23 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Las sombras de Santa Lucía

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 Las puertas del monasterio de Santa Lucía se abrieron antes de que los jinetes alcanzaran el último recodo de la calzada. Dos religiosos aguardaban bajo el arco de entrada, cada uno con un bastón de autoridad rematado en una sencilla cruz de bronce. El primero era un hombre extraordinariamente alto, de piel casi blanca y cabello tan pálido que, bajo el sol de la mañana, parecía cubierto de escarcha. Su hábito oscuro caía sobre unos hombros rectos, y la manera en que sostenía el bastón recordaba más a un centurión pasando revista a sus hombres que a un monje dispuesto a recibir peregrinos. A su lado permanecía otro religioso de aspecto casi opuesto: bajo, corpulento, con una joroba pronunciada y una barba desordenada, que sujetaba su propio bastón mientras un gato rojizo se restregaba contra sus sandalias. Ambos habían escuchado el cuerno, el estrépito de los caballos y, probablemente, los sonidos del enfrentamiento ocurrido más abajo, pero ninguno parecía particularmente sorprendido. El religioso más alto adelantó un paso, inclinó la cabeza con la corrección debida a visitantes de elevada condición y preguntó, en un latín culto de pronunciación impecable: —Antes de ofreceros la hospitalidad de esta casa, quisiera saber por qué una mujer acompaña a un grupo de hombres armados. Este monasterio está consagrado a la oración y a la penitencia, no a las costumbres licenciosas de las cortes.

Amalasunta enderezó la espalda sobre la montura y contempló al religioso con aquella expresión de altivez que los aristócratas godos reservaban para quienes confundían la cortesía con la sumisión. Cuando respondió, lo hizo en un latín tan cuidado como el de su interlocutor, con una claridad que sorprendió incluso a algunos soldados romanos. —Non meretrix, sed nobilis femina sum, pater. Nec virorum comitatu dedecoror, cum eosdem armis et virtute aequare possim. No soy una meretriz, padre, sino una mujer noble. Y no me deshonra viajar entre hombres cuando puedo igualarlos en armas y valor. —Después añadió, todavía en aquella lengua solemne—: Hospitium petimus, non iudicium morum. Solicitamos hospitalidad, no un juicio sobre nuestras costumbres. —Gundemaro, que había comprendido lo suficiente para disfrutar de la reprimenda, dejó escapar una risa por lo bajo. El monje alto, sin embargo, no pareció intimidado. Sus ojos gris azulados se estrecharon ligeramente ante la insolencia de una muchacha que, para mayor irritación, había demostrado poseer una educación clásica excelente. —La nobleza de sangre no dispensa de la modestia, hija —replicó—. Y la destreza con las armas tampoco convierte en prudente cuanto una persona decide hacer con ellas. —Amalasunta sonrió con una frialdad deliciosa—. Naturalmente, padre. Por eso acostumbro juzgar a los hombres por sus obras y no por la longitud de sus hábitos.

El segundo religioso soltó una carcajada tan inesperada que el gato rojizo se apartó de sus piernas. —¡Por San Jerónimo, Asterio, habéis encontrado una adversaria que conoce vuestra lengua y no teme emplearla! —exclamó, antes de realizar una reverencia considerablemente menos marcial que la de su compañero—. Perdonad la recepción, nobles visitantes. Soy el hermano Calístrato, humilde servidor de Dios, cultivador de manzanos y ocasional pecador en asuntos que nuestro venerable hermano considera demasiado numerosos para enumerarlos antes de la cena. Este formidable guardián de nuestras virtudes es el hermano Asterio. Su severidad solamente es comparable con su generosidad hacia los pobres, aunque os aconsejo no poner a prueba la primera antes de conocer la segunda. —Asterio volvió lentamente el rostro hacia él. —Hermano Calístrato, vuestra lengua necesita más disciplina que nuestro huerto. —Y vuestra hospitalidad necesita una copa de vino —replicó el jorobado con absoluta tranquilidad—. Aunque sospecho que ambas cosas serían consideradas milagros en esta casa.

El capitán palatino desmontó y avanzó con el escudo todavía sujeto al brazo, procurando devolver cierta solemnidad al encuentro. —Hermanos, venimos en nombre del comes Walia y por encargo del rey Teodorico. Investigamos la desaparición de varias muchachas de estas tierras y acabamos de destruir, en el bosque inferior, una criatura que llevaba el cuerpo de una mujer muerta y utilizaba su voz para atraer a los viajeros. —La expresión de Asterio cambió apenas, pero su mano se cerró con fuerza alrededor del bastón. Calístrato dejó de sonreír, se agachó para recoger al gato y lo sostuvo contra su pecho mientras escuchaba la descripción. —¿Una muerta que cantaba? —preguntó con una precisión repentina—. ¿Y qué hicisteis con su garganta? —El capitán explicó brevemente el disparo de Juliano y el golpe que había terminado de destruirla. El pequeño religioso asintió varias veces, con una seriedad que parecía pertenecer a otro hombre. —Interesante. Extraordinariamente desagradable, pero interesante. Decidme que al menos habéis tenido el buen juicio de no introducir la cabeza en un saco para traerla como recuerdo. —Gundemaro levantó una ceja—. ¿Es eso una costumbre entre vuestros peregrinos? —No entre los que sobreviven demasiado tiempo, noble guerrero.

Asterio apoyó el extremo de su bastón sobre las losas del umbral y recuperó la palabra con firmeza. —Si vuestra misión consiste en proteger a los inocentes, tendréis nuestra cooperación. Hemos alimentado a familias que abandonaron sus aldeas, recibido enfermos y enterrado a quienes murieron en los caminos sin que sus parientes pudieran reclamar sus cuerpos. Pero no permitiré que una compañía de soldados convierta Santa Lucía en un cuartel ni que se registren nuestros dormitorios y capillas sin causa justificada. —Miró entonces a Juliano, cuyo porte y equipamiento lo distinguían de los soldados ordinarios—. Supongo que sois el joven patricio al que vuestros hombres reconocen como comandante. Me gustaría conocer vuestro nombre antes de discutir qué autoridad pretendéis ejercer dentro de estos muros. —Calístrato, entretanto, había reparado en la medalla ennegrecida que Aureliano llevaba envuelta en un paño. Su mirada se detuvo sobre el pequeño círculo solar que rodeaba la cruz y, por primera vez desde la llegada de la comitiva, su rostro perdió completamente el color. No dijo nada; se limitó a acariciar distraídamente al gato, que comenzó a inquietarse entre sus brazos.

Amalasunta observó aquel cambio y después dirigió una mirada significativa hacia Juliano. La entrada del monasterio permanecía abierta, y desde el interior llegaban el olor de pan recién horneado, el sonido de una fuente y las voces lejanas de varios religiosos ocupados en sus tareas. Todo parecía corresponder a una comunidad pacífica y laboriosa, salvo por la tensión de Asterio, el súbito silencio de Calístrato y aquella medalla que el pequeño monje procuraba no volver a mirar.

Juliano dejó escapar un suspiro de resignación ante la severidad del religioso. —¿No puedo ser simplemente el capitán de armas de una familia ecuestre, padre? —La pregunta provocó en Calístrato una carcajada tan violenta que el pequeño monje tuvo que apoyarse en su bastón para no perder el equilibrio. El gato rojizo que lo acompañaba huyó indignado hacia el interior del monasterio, mientras Asterio contemplaba a su compañero con el gesto endurecido de un hombre que llevaba años arrepintiéndose de haber compartido sus votos con semejante individuo. —¡Un capitán ecuestre! ¡Por las barbas de Abraham! —consiguió exclamar Calístrato, secándose las lágrimas—. ¡Muchacho, hasta vuestra manera de fingir modestia delata a vuestros antepasados! Sé perfectamente quién sois. Esa mirada altiva, esa costumbre de dar órdenes como si el mundo hubiera sido creado para obedecerlas y, sobre todo, esos ojos... Los señores de las montañas occidentales siempre han tenido una manera peculiar de contemplar a sus semejantes. Sois un Aecio, ¿verdad? ¡Un cachorro de aquella familia que tantos disgustos ha proporcionado a los enemigos de Roma! —Asterio inclinó ligeramente la cabeza, esta vez con una deferencia más marcada, aunque su expresión seguía mostrando una profunda reserva hacia los privilegios hereditarios.

—Pero lo verdaderamente interesante —continuó Calístrato, acercándose con la curiosidad de un erudito que acababa de descubrir un manuscrito desconocido— es que hayáis conseguido matar a esa bruja mientras escuchabais su canto. Extraordinario. Cuando me enfrenté a la primera, tuve que romperme un tímpano para dejar de oírla. Una experiencia desagradabilísima, os lo aseguro, aunque considerablemente preferible a terminar devorado entre los arbustos. Con las otras dos aprendí a protegerme los oídos antes de acercarme, pero todavía recuerdo aquella primera ocasión cada vez que cambia el tiempo. —Asterio cerró los ojos con resignación y elevó lentamente el rostro hacia el cielo. —Señor, concededme paciencia. —¡Oh, no pongáis esa cara, hermano! —protestó Calístrato—. Ya sé que vuestra opinión sobre mis tres brujas es poco favorable. —Mi opinión, hermano Calístrato, es que una historia repetida durante veinte años debería conservar al menos los mismos acontecimientos de una narración a otra. La última vez asegurasteis que habíais perdido el oído al caer de un caballo. —¡Naturalmente! ¡Porque caí del caballo mientras intentaba escapar de la bruja! No veo contradicción alguna.

Gundemaro soltó una carcajada y se acomodó contra el arzón de su montura, encantado de encontrar por fin a un religioso cuya conversación no consistía exclusivamente en reprenderlo. —¡Continuad, hermano! ¡Os ruego que continuéis! Jamás había conocido a un monje que se rompiera los oídos para combatir a una mujer. —Pues escuchad, joven gigante, y quizá aprendáis algo que vuestra espada no pueda enseñaros. Ocurrió cerca de los pantanos de Narbona, cuando yo era bastante más hermoso que ahora, aunque admito que semejante afirmación no constituye una hazaña extraordinaria. Viajaba con dos comerciantes sirios y un diácono que había bebido tanto vino durante la jornada que apenas conseguía recordar su propio nombre. Al caer la noche escuchamos cantar a una muchacha entre los juncos. Era una voz tan hermosa que los comerciantes abandonaron el camino sin decir palabra, y el diácono, que hasta entonces parecía incapaz de sostenerse en pie, comenzó a caminar hacia el pantano con la determinación de un mártir. Yo los seguí, naturalmente, porque siempre he considerado que la estupidez ajena constituye una obligación pastoral cuando amenaza con producir cadáveres.

El pequeño religioso hizo una pausa teatral, disfrutando abiertamente de la atención de sus visitantes. —La encontramos junto a una charca. Tenía el cabello negro, los pies sumergidos en el agua y una sonrisa capaz de hacer olvidar a un hombre incluso sus deudas. Pero había algo incorrecto en su reflejo: la muchacha permanecía inmóvil y, sin embargo, la figura que aparecía sobre el agua continuaba moviendo la boca. Entonces comprendí que estaba escuchando una voz que no debía escuchar. Me golpeé la oreja con una piedra; caí al suelo, perdí el conocimiento durante un instante y desperté con sangre en el cuello y un dolor que todavía considero una injusticia divina. Pero el canto se había convertido en un murmullo distante. Conseguí arrastrar al diácono fuera del agua y descubrí que los dos comerciantes ya estaban hundidos hasta la cintura en el cieno. La muchacha se volvió hacia mí y vi que su mandíbula se abría mucho más de lo que Dios permite a una criatura humana. —Amalasunta había dejado de sonreír. Aquella descripción le recordaba demasiado bien la garganta antinatural del cadáver que acababan de destruir. —¿Y cómo la matasteis? —preguntó. —Con fuego, mi señora. El diácono llevaba una lámpara de aceite. La arrojé sobre aquella cosa y prendí los juncos secos. No sé si murió quemada o si huyó hacia las aguas profundas, pero jamás volvimos a escuchar su voz.

—Así pues, no la matasteis —observó Asterio con sequedad. —¡La expulsé! —replicó Calístrato, indignado—. En asuntos sobrenaturales, querido hermano, la diferencia entre matar a una criatura y conseguir que deje de intentar devoraros es una cuestión de terminología que solamente preocupa a quienes no han estado a punto de convertirse en su cena. —Gundemaro volvió a reír, aunque el capitán palatino había escuchado la narración con creciente interés. Calístrato, entretanto, recuperó su tono jovial y señaló a Juliano con un dedo torcido. —Pero vosotros habéis hecho algo distinto, muchacho. Habéis escuchado su canto, habéis conservado la voluntad y habéis encontrado el órgano que lo producía. Eso significa que no solamente sois un arquero competente. Hay algo en vuestra percepción que merece una conversación más larga, quizá acompañada de una jarra de vino decente, si nuestro venerable hermano Asterio no ha decidido todavía convertir toda la producción de nuestros viñedos en vinagre penitencial.

Asterio golpeó suavemente las losas con el bastón para poner fin a las extravagancias de su compañero. —Basta, Calístrato. Nuestros visitantes han viajado por un camino peligroso y merecen hospitalidad antes que vuestras historias. —Se volvió hacia Juliano y añadió, con una gravedad que contrastaba con las bromas anteriores—: Patricio Aeciano, si efectivamente habéis destruido una de esas criaturas, habéis prestado un servicio considerable a las gentes de este valle. Pero debo advertiros algo: el hermano Calístrato no es el único que conoce relatos acerca de las voces del bosque. Nuestros archivos contienen testimonios antiguos, algunos anteriores a la llegada de nuestros hermanos a estas montañas. Y durante las últimas semanas hemos comenzado a escuchar nuevamente las campanas de una capilla que permanece cerrada desde hace más de ochenta años. —Calístrato dejó de sonreír. Por primera vez desde que había comenzado a hablar, ni siquiera pareció encontrar una observación irreverente con la que responder.

Amalasunta contempló a Juliano con una sonrisa que mezclaba afecto y una ligera superioridad intelectual. —Yo leeré los códices por vos, Juler. Ahora id a conversar con el jorobado. Dudo mucho que encontremos doncellas desaparecidas entre estos muros, y alguien tendrá que averiguar qué saben esos monjes acerca de las criaturas del bosque. —Juliano dirigió una mirada hacia Calístrato, que se entretenía recogiendo a su gato del suelo. —La conversación del hermano jorobado parece decente y seguramente será bastante más agradable que pasar la mañana leyendo códices antiguos. —El pequeño religioso se llevó una mano al pecho, teatralmente conmovido por semejante elogio, pero Juliano tuvo que carraspear al advertir la expresión desaprobadora con que Asterio observaba a Amalasunta.

—Las mujeres harían mejor en recordar que la discreción es una virtud —declaró el monje albino, apoyando ambas manos sobre su bastón—. Una lengua demasiado dispuesta a intervenir en asuntos de hombres suele anunciar otras faltas todavía más graves. Las Escrituras nos enseñan que la tentación comienza con frecuencia por una palabra susurrada al oído de quien debería mantenerse vigilante. —Gundemaro dejó de sonreír. Calístrato, por su parte, cerró los ojos con resignación, como si reconociera el comienzo de uno de aquellos sermones capaces de convertir una comida agradable en una penitencia colectiva. Amalasunta irguió el mentón, preparada para responder con una de esas frases cuyo latín impecable resultaba especialmente humillante para sus adversarios, pero Juliano se adelantó.

—El hombre que está a mi lado es Gundemaro Vidimero, mi lugarteniente en esta expedición —declaró, señalando al joven godo—. Es hermano de Amalasunta y, como responsable de su casa durante este viaje, ejerce su tutela familiar. Además, ella es mi prometida. Por tanto, viaja acompañada de su familia y de quien habrá de convertirse en su esposo. Os exijo respeto hacia nuestra cuna, nuestro propósito y nuestras proezas, sacerdote. Si cumplís esas condiciones, me someteré gustosamente a todas las normas de vuestra comunidad, siempre que no contradigan la ortodoxia de la Iglesia ni la autoridad de la Sede Apostólica.

La declaración produjo un silencio extraordinario. Gundemaro abrió la boca y la cerró sin emitir sonido, atrapado entre la satisfacción de escuchar cómo un romano defendía públicamente el honor de su hermana y la sorpresa de haber sido presentado como tutor de una muchacha que difícilmente habría aceptado semejante autoridad sin discutirla. Amalasunta, entretanto, se quedó completamente inmóvil. Su acostumbrada facilidad para responder a cualquier provocación desapareció durante unos instantes, sustituida por un rubor que ascendió lentamente hasta sus mejillas. Después recuperó la compostura, levantó la barbilla y observó a Asterio con la dignidad de una princesa que acabara de recibir una declaración ante toda una corte. Calístrato contempló alternativamente a los tres jóvenes y murmuró, lo bastante alto para que Gundemaro lo escuchara: —¡Por todos los patriarcas! ¡Qué maravilla! ¡Hemos recibido una embajada, una disputa teológica y el anuncio de unos esponsales antes de la hora sexta! Hermano Asterio, deberíais dar gracias a Dios. Hay monasterios que pasan años enteros sin disfrutar de una mañana tan instructiva.

Asterio no se dejó arrastrar por las bromas. Sus ojos gris azulados permanecieron fijos en Juliano, y durante un largo instante pareció debatirse entre corregir la audacia del muchacho y reconocer la justicia de su reclamación. Finalmente inclinó la cabeza con solemnidad. —Vuestra observación es legítima, patricio. He juzgado con demasiada rapidez las circunstancias de vuestra acompañante, y no era mi intención ofender el honor de vuestra casa ni el de los Vidimeros. —Se volvió hacia Amalasunta—. Noble señora, os pido disculpas por mis palabras. No retiro mis convicciones acerca de la modestia y la disciplina cristianas, pero reconozco que debí expresarlas con mayor prudencia. Mientras permanezcáis bajo este techo, recibiréis el respeto debido a vuestra condición. A cambio, espero que todos observéis las reglas de nuestra comunidad. —Amalasunta respondió con una inclinación apenas perceptible, aunque la satisfacción que brillaba en sus ojos resultaba imposible de ocultar. —Acepto vuestras disculpas, hermano Asterio. Y os aseguro que, si vuestra biblioteca es tan buena como vuestra educación latina, procuraré tratar ambas cosas con el debido cuidado.

Calístrato aprovechó aquella reconciliación para acercarse a Juliano y darle una palmada amistosa en el brazo. —Excelente, excelente. Ahora que hemos salvado el honor de tres familias y evitado que nuestro hermano Asterio convierta la hospitalidad en una controversia episcopal, quizá podamos hablar de asuntos verdaderamente importantes. Por ejemplo, de por qué hay mujeres muertas cantando entre los árboles y de quién ha tenido la cortesía de enseñarles semejante repertorio. —Asterio señaló hacia el claustro, donde dos hermanos aguardaban para conducir a Amalasunta hasta la biblioteca y preparar alojamiento para los visitantes. —Los códices se encuentran bajo custodia del hermano bibliotecario. Podréis consultarlos, noble señora, pero os ruego que no retiréis ninguno sin autorización. —Calístrato asintió distraídamente y bajó la voz al dirigirse de nuevo a Juliano—. En cuanto a vos, joven Aeciano, preferiría que conversáramos en mi huerto. Los gatos son mejores oyentes que muchos hombres, y las plantas medicinales ofrecen excelentes pretextos para hablar sin que todos los religiosos decidan participar.

Al internarse en el patio, el jorobado se detuvo junto a una fuente de piedra y miró hacia la pequeña iglesia del monasterio. Había perdido su jovialidad con la misma rapidez con que antes la había recuperado. —Hay algo que debéis saber antes de entrar en nuestros archivos —murmuró, cuidando que Asterio no lo escuchara—. Hace tres semanas desapareció uno de nuestros hermanos. Era joven, demasiado curioso y bastante aficionado a examinar lugares donde se le había prohibido entrar. Lo último que sabemos es que descendió a la cripta antigua buscando unas inscripciones. Esa misma noche comenzaron a sonar las campanas de la capilla clausurada. —Se volvió hacia Juliano, con los ojos entrecerrados—. Y anoche, muchacho, alguien llamó a mi puerta utilizando su voz.

—Me temo, noble Aeciano, que tendréis que acompañarnos a la biblioteca —anunció Calístrato, interponiendo su bastón en el camino que conducía hacia los huertos. La sonrisa del pequeño religioso revelaba que encontraba un placer considerable en contrariar las expectativas de sus visitantes—. Hay ciertos códices que necesitamos consultar, y nuestro bibliotecario no permitirá que nadie los examine sin vuestra presencia. —No me gusta la lectura —repuso Juliano, con una franqueza que habría provocado un disgusto profundo entre sus antiguos preceptores. El jorobado sonrió todavía más, mostrando sus dientes irregulares. —Sí, sí, eso he oído. Curiosamente, vuestra madre decía exactamente lo mismo cuando era joven. —Juliano se volvió hacia él con interés repentino. —¿Lo habéis oído? ¿De quién? —Del hermano Aurelio, naturalmente. Fue maestro de vuestra madre cuando ella todavía necesitaba que alguien la corrigiese en retórica, composición latina y todas esas delicadezas aristocráticas con las que las grandes familias entretienen a sus hijos mientras los demás aprendemos a cultivar cebollas. Hoy es nuestro bibliotecario, un anciano respetable, insoportablemente instruido y tan celoso de sus manuscritos que sospecho que terminará pidiendo que lo entierren abrazado a ellos.

Amalasunta, que había comenzado a seguir a Asterio hacia el claustro, se detuvo al escuchar aquellas palabras. —¿Un antiguo preceptor de vuestra madre? —preguntó, mirando a Juliano con renovada curiosidad—. Entonces quizá conozca historias que vuestro ilustre abuelo no haya considerado conveniente contaros. —Calístrato soltó una risita maliciosa. —¡Oh, conoce bastantes! Y algunas resultan mucho más entretenidas que los discursos de Cicerón. Aunque os advierto que no conseguiremos arrancarle una sola anécdota si considera que nuestra visita constituye una interrupción de sus estudios. Aurelio tiene una opinión bastante peculiar acerca de la propiedad de los libros: los manuscritos de las artes liberales pueden consultarlos los hermanos autorizados, pero los códices antiguos procedentes de donaciones senatoriales están reservados, según sus propias palabras, a ojos de hombres de alta nobleza. Yo llevo años diciéndole que semejante distinción es absurda, pues un noble ignorante puede destruir un libro con la misma facilidad que un campesino instruido. —Asterio frunció el ceño—. Hermano Calístrato, no os corresponde ridiculizar las disposiciones del custodio. —¡Naturalmente que no! —respondió el jorobado—. Me corresponde sufrirlas, que es una de las formas menos edificantes de penitencia.

Atravesaron un claustro pequeño, construido alrededor de un patio donde crecían laureles, romeros y algunos rosales cuidadosamente podados. Los muros conservaban fragmentos de inscripciones romanas reutilizadas como material de construcción, y entre las columnas se advertían reparaciones recientes realizadas con piedra de una tonalidad diferente. Calístrato caminaba con sorprendente agilidad pese a su joroba, seguido por dos gatos que parecían haber decidido incorporarse a la comitiva. —Comprenderéis ahora nuestra dificultad, joven Aeciano —continuó—. Amalasunta sabe leer, yo sé leer, Asterio sabe leer e incluso sospecho que vuestro amigo Gundemaro distingue algunas letras cuando están grabadas sobre una jarra de vino. Pero ninguno de nosotros posee el linaje necesario para satisfacer los caprichos de Aurelio. Vos, en cambio, sois nobilísimo. Hijo de la Casa Aecia, nieto de uno de los hombres más poderosos de nuestro siglo y descendiente de una familia cuya historia ocupa más pergaminos de los que cualquier persona sensata querría estudiar. Así que solamente vos podéis solicitar los libros que no pensáis leer. —Gundemaro estalló en carcajadas. —¡Por fin la nobleza romana sirve para algo verdaderamente admirable! —¡Conseguir libros para que los lean los godos! —exclamó Gundemaro, todavía riéndose de aquella inesperada utilidad de la nobleza romana. Calístrato celebró la ocurrencia con una carcajada igualmente escandalosa, mientras Amalasunta le dedicaba a su hermano una mirada de aristocrático desprecio y Asterio conducía a la comitiva hacia las dependencias de la biblioteca. Sin embargo, apenas Juliano atravesó el primer umbral, algo interrumpió la ligereza de aquel momento. No fue un sonido que pudieran escuchar sus compañeros, sino una sensación profunda, semejante al bufido grave y áspero de un león que anunciara su presencia desde las sombras. Años atrás, Teodorico había hecho traer uno de aquellos animales desde África, para maravilla y espanto de los jóvenes de la corte. Juliano todavía recordaba cómo había tirado de la capa del rey mientras ambos observaban a la bestia tras las rejas. —Creía que cuando rugían abrían la boca y enseñaban todos los colmillos, majestad. ¡Pero parece que estuvieran silbando! —Teodorico había reído con tal entusiasmo que varios cortesanos se volvieron hacia ellos. —¡Yo también lo creía, muchacho! Pero será mejor que finjamos que ya lo sabíamos. Un rey y un Aeciano no pueden permitirse parecer sorprendidos por un gato demasiado grande.

Aquella misma impresión lo sobrecogió ahora, aunque no había leones ni jaulas en los corredores del monasterio. El extraño estremecimiento desapareció tan repentinamente como había comenzado, sustituido por algo mucho más familiar: una presencia que parecía reconocerlo antes de que él pudiera comprender su naturaleza. Cuando el hermano Aurelio apareció junto a la puerta de la biblioteca, Juliano experimentó una sensación fugaz de reconocimiento, como si hubiera encontrado a alguien a quien conocía desde mucho antes de haberlo visto por primera vez. Después frunció el ceño, indignado consigo mismo por aquella reacción inexplicable. No era propio de un descendiente de los Aecios dejarse intimidar por un anciano cargado de llaves, pergaminos y reprimendas sobre la correcta conservación de los códices. Amalasunta advirtió su expresión y la interpretó como una nueva protesta contra la obligación de leer, mientras Gundemaro se inclinaba hacia su hermana para murmurar que el muchacho parecía haber descubierto una biblioteca lo bastante grande como para condenarlo a varios años de penitencia.

Aurelio no era, como Juliano había imaginado, uno de aquellos ancianos encorvados que terminaban por confundirse con los pergaminos que custodiaban. Tendría unos cuarenta y tantos años, y aunque su barba mostraba abundantes hebras grises, prematuramente encanecidas, conservaba la robustez de un hombre acostumbrado al ejercicio y a las privaciones. Era alto, de hombros extraordinariamente anchos y pecho poderoso, con una espalda que apenas parecía caber bajo el hábito monástico. Su cabello, espeso y de un castaño dorado semejante a una melena leonina, descendía hasta la nuca, donde lo mantenía sujeto mediante una sencilla cinta. Algunos hermanos murmuraban que aquella cabellera era el último vestigio de la vanidad adquirida durante sus años en los círculos aristocráticos; Aurelio acostumbraba responderles, con una tranquilidad difícil de discutir, que afeitarse o cortarse el cabello siguiendo modas que cambiaban cada pocos años en Roma constituía una vanidad no menos evidente que dejarlo crecer. Aquella argumentación había puesto fin a numerosas disputas, aunque no a los rumores.

Cuando Juliano se volvió hacia él, Aurelio inspiró profundamente. Los demás creyeron que estaba conteniendo una reprimenda por las bromas de Gundemaro, pero en realidad examinaba algo mucho más íntimo que el comportamiento de sus visitantes. Bajo el olor del cuero, del sudor y del polvo del camino distinguió un rastro que le resultaba dolorosamente familiar. Reconoció primero aquella presencia severa, casi acerada, que había asociado durante años con Flavio Aecio; después llegó otra, más dulce, que pareció atravesarlo hasta alcanzar recuerdos que había guardado con desesperado cuidado. Sus ojos se detuvieron en las facciones del muchacho, en la expresión orgullosa de su boca y en el fulgor ambarino de su mirada. Se irguió lentamente, apoyando una mano sobre el bastón de autoridad que descansaba junto a la puerta.

—Soy el hermano Aurelio —declaró—, custodio de la biblioteca y de los registros antiguos de Santa Lucía. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

Juliano se presentó con los nombres y la dignidad correspondientes a su nacimiento. Aurelio permaneció inmóvil mientras escuchaba, hasta que una exhalación surgió de lo más profundo de su pecho.

—Ohhhhh...

No fue una exclamación ordinaria. El sonido brotó grave, prolongado, casi gutural, con una resonancia semejante al ronquido de un león que acaba de despertar. Los presentes sintieron una vibración extraña en el pecho y bajo las costillas, como si el aire hubiera adquirido por un instante una densidad imposible. Gundemaro interrumpió su sonrisa, Amalasunta enderezó involuntariamente la espalda y uno de los soldados miró hacia las vigas, buscando una explicación para aquella sensación. Nadie comentó lo sucedido. Los hermanos de Santa Lucía conocían demasiado bien aquel efecto: Aurelio no necesitaba alzar la voz para imponer silencio, y su proximidad producía en muchos religiosos un malestar que ninguno sabía explicar. Solamente el abad y Calístrato se atrevían a buscarlo habitualmente para conversar a solas; los demás preferían dejar sus solicitudes escritas junto a la puerta de la biblioteca y regresar cuando el custodio se había retirado.

Juliano, sin embargo, sostuvo su mirada. Aquello pareció sorprender a Aurelio mucho más que el nombre que acababa de escuchar. Durante unos instantes, ambos permanecieron frente a frente, el joven patricio con su altivez casi desafiante y el religioso con aquella intensidad que había hecho retroceder a hombres mucho mayores. Entonces la severidad del custodio se quebró apenas. Los ojos de ella estaban allí. No eran idénticos en su color ni en su forma, pero reconoció en ellos la misma manera de observar el mundo, aquella mezcla de orgullo, inteligencia e impaciencia que había conocido en una joven aristócrata muchos años atrás. La emoción le cerró momentáneamente la garganta. No podía abrazar al muchacho ni explicarle por qué su llegada había removido recuerdos que creía enterrados; tampoco deseaba que Asterio, siempre atento a las debilidades de la carne, sospechara algo impropio en su comportamiento. Así que inclinó la cabeza con una cortesía profunda, casi paternal. —Sed bienvenido a Santa Lucía, noble Juliano Aeciano. Conocí a vuestra madre cuando era poco mayor que vos. Me alegra comprobar que algunas cosas sobreviven a los años.

Calístrato observó aquella escena con una atención que ya no tenía nada de burlona. Había visto a Aurelio intimidar a nobles, corregir a obispos y expulsar de su biblioteca a magistrados que presumían de sus títulos, pero nunca lo había visto recibir a nadie con semejante mezcla de sobrecogimiento y ternura. Amalasunta también reparó en ello y, aunque no dijo nada, comprendió que aquel encuentro encerraba una historia desconocida para Juliano. El custodio abrió finalmente la puerta y se apartó para permitirles el paso. —Los códices que buscáis están en la cámara interior. Noble señora, podréis examinarlos en presencia de vuestro prometido. Hermano Calístrato, os ruego que no alteréis el orden de mis registros. —El jorobado levantó ambas manos con fingida inocencia—. ¡Jamás haría semejante cosa! Solamente he reorganizado vuestra biblioteca dos veces, y en ambas ocasiones mejoró considerablemente. —Aurelio no respondió. Seguía contemplando de reojo al joven Aeciano, preguntándose cuánto tiempo podría conservar su habitual distancia antes de que el instinto de proteger al hijo de su amada terminara por imponerse sobre todas sus precauciones.

Juliano seguía incómodo, aunque la biblioteca de Santa Lucía ofrecía razones suficientes para distraer a cualquier hombre instruido. No era solamente aquella sensación que iba y venía, semejante al ronquido de un león oculto detrás de los muros, ni la manera en que Aurelio lo observaba cuando creía que nadie prestaba atención. Era, sobre todo, el rumor. Aquel maldito rumor sobre su madre, su hermano y un hombre cuya existencia nunca le habían explicado satisfactoriamente. ¿Y ahora aparecía este religioso, antiguo preceptor de su madre, con aquella cabellera leonina y una familiaridad que ningún desconocido tenía derecho a mostrar? ¿Qué debía hacer? ¿Matarlo? La idea cruzó su mente con una brutalidad que lo sorprendió incluso a él, aunque inmediatamente reconoció sus consecuencias. Si aquel individuo viajaba a Rávena, a Roma o siquiera a alguna de las grandes residencias senatoriales donde todavía circulaban las habladurías de las familias patricias, bastaría una palabra imprudente para alimentar un escándalo. Y estaba su abuelo. Flavio Aecio debía saberlo todo; aquellos ojos de viejo zorro de las montañas occidentales, aquella avaricia para conceder explicaciones y aquella inteligencia casi maligna para ocultar los asuntos familiares tras una expresión de inocente aburrimiento. Probablemente conocía desde hacía años aquello que Juliano apenas comenzaba a sospechar.

—¡Juler, mirad esto! —La voz de Amalasunta lo arrancó de sus cavilaciones. La joven había descubierto, entre dos volúmenes de comentarios patrísticos, un códice antiguo cuyas páginas estaban adornadas con dibujos de animales, monstruos y criaturas que parecían mezclar características humanas con anatomías imposibles. —Qué sencillo. Un bestiario. Incluso vos podríais encontrar algo entretenido aquí. Aunque no estoy segura de cómo se pronuncia este nombre. —Señaló una palabra escrita junto a la ilustración de una mujer demacrada, con el cabello extendido sobre los hombros y la boca abierta en un canto silencioso. Juliano inclinó la cabeza para observar los caracteres, algunos latinos y otros transliterados de una lengua más antigua. —Dice... banshee —aventuró, alargando la última sílaba con una pronunciación extraña—. O algo parecido. —Amalasunta lo miró con una mezcla de incredulidad y diversión. —¿Estáis leyendo o imitando el sonido de una cabra enferma? —Antes de que pudiera responder, Calístrato apareció entre ambos, arrebató el libro con una brusquedad afectuosa y lo depositó sobre un atril cercano.

—¡Apartaos un poco, cachorros! ¡Dejad trabajar a alguien que todavía conserva cierta familiaridad con las letras! —El jorobado atrajo las cabezas de Juliano y Amalasunta hacia el volumen hasta conseguir que los tres quedaran inclinados sobre la misma página, como conspiradores que pretendieran compartir un secreto de Estado. —Esto no es latín ordinario —susurró—. Es una transcripción defectuosa de una denominación occidental, recogida por algún copista que probablemente tampoco sabía pronunciarla. En ciertos relatos de las tierras insulares se habla de mujeres cuyos lamentos anuncian la muerte; pero aquí el autor ha reunido bajo un mismo nombre varias criaturas que no necesariamente poseen igual naturaleza. Leed la anotación inferior. —Amalasunta acercó el rostro y comenzó a descifrar el pasaje, mientras Calístrato seguía las líneas con un dedo torcido—. Vox dulcis, corpus mortuum, voluntas aliena. Voz dulce, cuerpo muerto, voluntad ajena. ¡Ahí lo tenéis! ¡Eso describe bastante mejor a vuestra cantora del bosque que todas las tonterías sobre espíritus enamorados que cuentan los pastores!

El dibujo representaba una figura femenina de proporciones humanas, pero su garganta había sido ilustrada con una complejidad inquietante: pequeños conductos, pliegues y estructuras semejantes a las de un instrumento musical ocupaban todo el cuello, mientras una serie de líneas onduladas salía de su boca hacia varios hombres arrodillados. En el margen aparecía una advertencia escrita con tinta roja: Auditus ad servitutem ducit; silentium liberat, «El oído conduce a la servidumbre; el silencio libera». Calístrato recorrió la ilustración con creciente interés y después volvió hacia Juliano una mirada penetrante. —Ahora comprendo por qué vuestro disparo fue tan eficaz. No matasteis a la criatura cuando le atravesasteis la garganta, pero destruisteis aquello que le permitía dominarnos. Su voz no era simplemente hermosa; estaba hecha para obligar a escuchar. —Amalasunta recordó los instantes durante los cuales había perdido la voluntad y sintió un escalofrío. —¿Y esas cosas nacen así? —preguntó. —Eso, noble señora, es precisamente lo que me preocupa —respondió el monje—. El autor no habla de nacimiento. Habla de confectio. De fabricación.

—El autor no habla de nacimiento. Habla de confectio. De fabricación —concluyó Calístrato, deslizando su dedo torcido bajo la palabra latina. Apenas había terminado de pronunciarla cuando una sombra inmensa cubrió el códice y una voz profunda surgió inmediatamente detrás de los tres lectores. —Conficiuntur sanguine, non generantur natura. Son fabricadas mediante la sangre, no engendradas por la naturaleza. —Amalasunta dio un respingo tan violento que estuvo a punto de golpear a Juliano con la frente, mientras Calístrato se aferraba al atril para no perder el equilibrio. Aurelio estaba allí, inclinado ligeramente sobre sus hombros, con aquella cabellera leonina recogida en la nuca y una expresión de serenidad casi divertida. Nadie lo había escuchado acercarse. Ni siquiera Juliano, cuyos sentidos habían permitido descubrir una criatura oculta entre los árboles a decenas de pasos, había advertido la proximidad de aquel hombre enorme. Amalasunta sintió una mezcla de indignación y desconcierto: ella poseía el oído y los reflejos de una liebre montesa, aunque Juler siempre conseguía superarla durante las cacerías, y ahora un religioso de cuarenta y tantos años había atravesado una estancia silenciosa sin que ninguno de los dos percibiera su presencia. —¡Hermano Aurelio! —protestó—. ¿Acostumbráis aproximaros a las personas como un asesino? —Solamente a quienes se entretienen leyendo códices peligrosos sin solicitar antes una explicación —respondió el bibliotecario, con una sonrisa apenas perceptible.

Aurelio extendió una mano poderosa, hizo girar el libro sobre el atril y señaló una ilustración parcialmente borrada que representaba un disco solar rodeado por doce figuras aladas. —Los autores de este tratado llamaban banshee a determinadas criaturas elaboradas mediante procedimientos que hoy consideraríamos propios de una alquimia impía. Según el relato, se necesitaba un cadáver femenino relativamente reciente, ciertas preparaciones orgánicas y una pequeña cantidad de sangre procedente de unos seres a los que sus adoradores denominaban Querubines del Sol Invicto. —Calístrato levantó la cabeza con visible interés, pero Aurelio continuó antes de que pudiera interrumpirlo—. Aquellos seres eran considerados divinidades menores o mensajeros de una antigua religión solar, cuyos seguidores esperaban la llegada de un segundo sol. Creían que el primero había iluminado un mundo corrompido por la codicia, la desigualdad y las disputas de los hombres; el segundo, en cambio, habría de consumirlo todo para dar nacimiento a una humanidad purificada, donde no existirían reyes, esclavos ni privilegios hereditarios. Una doctrina atractiva para quienes sufrían injusticias, naturalmente, aunque sus sacerdotes tenían una interpretación peculiar de los medios necesarios para alcanzar semejante felicidad.

—¿Y esos medios consistían en fabricar cadáveres cantores? —preguntó Amalasunta, todavía molesta por la facilidad con que el religioso se había acercado a ellos. Aurelio asintió con gravedad, aunque en sus ojos apareció un destello de ironía. —Entre otras extravagancias. Según el tratado, la sangre de aquellos querubines permitía despertar una actividad antinatural en la carne muerta y modificar ciertas partes del organismo. En las banshees se alteraba especialmente la garganta, hasta producir sonidos capaces de interferir con la voluntad de quienes los escuchaban. No eran criaturas especialmente fuertes ni resistentes, pero podían atraer viajeros, separar familias y conducir a personas indefensas hacia lugares donde otros las aguardaban. Sus creadores las utilizaban para sembrar terror, propagar enfermedades y desorganizar comunidades. Cuando desaparecían las cosechas, estallaban rebeliones o los habitantes huían de sus aldeas, los sacerdotes anunciaban que el mundo antiguo estaba llegando a su fin y que solamente la llegada del segundo sol traería la salvación. —Gundemaro, que había abandonado momentáneamente su inspección de los armarios para escuchar aquellas explicaciones, frunció el ceño—. ¿Pretendían acabar con los reyes para que todos fueran iguales? —Exactamente. Aunque resulta curioso que sus sacerdotes siempre se reservaran el derecho de mandar sobre aquella nueva humanidad —respondió Aurelio—. La igualdad universal parece una idea extraordinariamente sencilla cuando uno se considera destinado a gobernarla.

El bibliotecario pasó lentamente una página y descubrió otra ilustración, mucho más deteriorada, donde varias figuras humanas parecían arrodillarse ante un círculo radiante. —Tonterías antiguas, en cualquier caso. Relatos compuestos por hombres que intentaban explicar pestilencias, levantamientos populares y enfermedades mediante monstruos y divinidades paganas. La Iglesia combatió esas supersticiones durante generaciones, y muchos de los testimonios que han sobrevivido mezclan hechos auténticos con exageraciones de copistas. No deberíais concederles más autoridad de la que merecen. —Calístrato resopló con tanta fuerza que su barba se agitó sobre el pecho. —¡Tonterías antiguas, dice! ¡Yo he visto tres de esas abominaciones con mis propios ojos, aunque nuestro querido Asterio se empeñe en afirmar que solamente he encontrado mujeres desagradables durante mis viajes! Y estos jóvenes han destruido otra esta misma mañana, a menos de media jornada de vuestra preciosa biblioteca. ¿Cuántos cadáveres necesitamos antes de admitir que algún miserable está practicando nuevamente semejantes artes? —Aurelio lo contempló con una calma irritante. —Hermano Calístrato, vuestra experiencia demuestra que existen criaturas difíciles de explicar. No demuestra que haya doce dioses escondidos detrás del sol. —¡No os he dicho que crea en los doce dioses! ¡Os he dicho que alguien está haciendo monstruos! Son afirmaciones bastante distintas.

Juliano permanecía junto al atril, frente a un hombre que acababa de revelar conocimientos inquietantemente precisos acerca de la criatura encontrada en el bosque. Aurelio pareció advertir su atención y suavizó ligeramente el tono. —Consideradlo de esta manera, joven Aeciano: si un hombre encuentra una espada de excelente acero, no necesita creer que Vulcano la forjó personalmente para reconocer que alguien conoce el oficio de fabricar buenas armas. Del mismo modo, si habéis encontrado un cadáver cuya garganta ha sido transformada para dominar a los vivos, podéis prescindir de los dioses paganos y preguntaros quién poseía los conocimientos necesarios para realizar semejante obra. Esa es una pregunta mucho más útil. —Amalasunta volvió a inclinarse sobre el códice. —Entonces también deberíamos preguntar de dónde obtuvo su sangre. —Por supuesto —respondió Aurelio, casi complacido—. Porque si el procedimiento descrito es auténtico, esa sangre no pudo aparecer espontáneamente en el bosque. Alguien tuvo que conservarla, transportarla o recibirla de una fuente todavía existente. Y quien dispone de semejante recurso probablemente no se ha limitado a fabricar una sola criatura.

Calístrato cerró el códice con una brusquedad que hizo estremecer a los tres jóvenes y provocó una mirada fulminante del bibliotecario. —¡Entonces basta de discutir sobre si los antiguos eran poetas o mentirosos! Tenemos muchachas desaparecidas, una abominación destruida y un monasterio cuyas campanas suenan desde dependencias clausuradas. —Aurelio apoyó ambas manos sobre el atril, haciendo que el pequeño monje pareciera todavía más diminuto a su lado. —Y tenemos también un problema que ninguno de vosotros ha mencionado —repuso con aquella voz grave cuya resonancia parecía llenar toda la estancia—. Las banshees descritas aquí no son criaturas autónomas. Necesitan recibir instrucciones y, según algunos relatos, pueden ser llamadas o detenidas mediante determinadas señales acústicas. —Amalasunta recordó inmediatamente los tres campanazos que habían inmovilizado al cadáver antes de la carga. Calístrato, por primera vez, guardó silencio. Aurelio volvió los ojos hacia Juliano—. Decidme, joven señor: cuando vuestra criatura dejó de cantar, ¿escuchasteis alguna campana? Porque, si la respuesta es afirmativa, sería prudente averiguar quién la hizo sonar antes de permitir que vuestros soldados entren en las dependencias inferiores de Santa Lucía.

 

 

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