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Al amanecer, Walia había partido hacia Marsella con Eudocia, Elia y el grueso de su escolta, dejando en la villa señorial una fuerza de quince soldados escogidos para garantizar la seguridad de los tres jóvenes aristócratas. La despedida había sido especialmente difícil para Amalasunta, quien, después de tantos meses acostumbrada a la presencia silenciosa de Elia, encontraba insoportable descubrir que nadie le sujetaba ya el manto para preguntarle adónde iba ni aparecía a su lado con alguna observación desconcertante. El conde había prometido cuidar de la muchacha y permitirle colaborar con los médicos que atendían a los afectados por los disturbios, mientras Eudocia, bastante más familiarizada con los procedimientos administrativos romanos, había aceptado acompañarlo para facilitar las entrevistas con las familias de los desaparecidos. Ahora el patio pertenecía a Juliano, Gundemaro y Amalasunta, quienes contemplaban a los quince soldados formados junto a los establos como si acabaran de heredar una responsabilidad considerablemente menos divertida de lo esperado.
—¡Bueno, enano! —exclamó Gundemaro, revolviendo con una mano enorme los
rizos oscuros de Juliano—. ¿Qué hacemos? ¡Ahora eres nuestro gran comandante!
—El joven godo sonrió con aquella insolencia familiar que había sobrevivido
incluso a la paliza propinada a su amigo semanas atrás, y cuando Juliano
protestó por la diferencia de estatura, respondió con una carcajada—. ¡Solo
sois un poco más alto que yo, dice! ¡La diferencia aumenta cada día, Juler!
Dentro de unos años podré llevaros colgado del cinturón junto al cuchillo.
—Amalasunta, cuya melancolía comenzaba a transformarse en irritación ante las
estupideces de su hermano, se interpuso entre ambos y apartó la mano de
Gundemaro de la cabeza del romano. —¿Podéis comportaros como hombres dignos de
recibir órdenes del rey, aunque solo sea mientras los soldados nos observan?
Tenemos quince guerreros, una aldea aterrorizada y varias muchachas
desaparecidas. Me gustaría evitar que nuestra primera decisión oficial
consistiera en medir cuál de vosotros tiene las piernas más largas.
—¿Y qué hacemos entonces? —insistió Gundemaro, todavía divertido—.
¿Organizamos una expedición gloriosa contra los árboles? —Buscamos a las
doncellas extraviadas ayer, supongo —respondió Juliano—. ¿O esperáis que os
recite poemas de Virgilio? —Amalasunta levantó una ceja y, con una expresión de
superioridad exquisitamente romana que siempre conseguía irritar a su hermano,
replicó—: Preferiría que no. Sois bastante malo en eso. —¿Y cómo lo sabéis?
—Porque mi latín es mejor que el vuestro, querido Juler. —Gundemaro soltó una
carcajada tan estrepitosa que varios soldados abandonaron momentáneamente su
rigidez militar. —¡Por todos los santos! ¡Una goda enseñando latín a un nieto
de Flavio Aecio! ¡Si el Imperio se entera, terminarán por entregarnos Roma
voluntariamente! —Amalasunta le dirigió una sonrisa venenosa—. Vos, hermano
mío, haríais bien en aprender primero a distinguir a Virgilio de las
instrucciones para alimentar un caballo.
El capitán palatino, que había escuchado aquella discusión desde una
distancia prudente, se aproximó acompañado por los cinco hombres que Walia
había seleccionado personalmente. Tras ellos permanecían otros diez soldados,
distribuidos en dos grupos preparados para actuar como reserva y escolta. —Mis
señores, los hombres están listos —anunció con una inclinación respetuosa—.
Pero antes de abandonar la villa convendría establecer qué buscamos
exactamente. Sabemos que Alda y otras dos muchachas desaparecieron junto al
arroyo; sabemos también que Berta consiguió escapar, aunque afirma haber
recorrido caminos que cambiaban de dirección. He ordenado conservar el relato
que ofreció anoche y evitar que los aldeanos lo alteren repitiendo rumores.
Podemos comenzar por el último lugar donde fueron vistas, pero recomiendo
inspeccionar primero el puente y los accesos al monasterio desde una distancia
segura. —El antiguo escribiente militar dio un paso adelante y mostró una
tablilla encerada—. También he conseguido los nombres de otras seis
desaparecidas durante los últimos meses. Tres vivían en aldeas próximas al
antiguo camino monástico; las demás residían bastante más lejos. Hay una
coincidencia, mis señores: ninguna desaparición se produjo dentro de una
población habitada.
Amalasunta dejó de sonreír y examinó la tablilla, aunque sus conocimientos
de latín resultaban considerablemente más útiles para leer poesía que para
descifrar las abreviaturas de un registro de administración rural. —Entonces
alguien las está atrayendo fuera de sus casas —observó—. O espera a que salgan.
—El capitán asintió, pero el explorador hispanorromano intervino con una
reserva que parecía haber estado aguardando desde la noche anterior. —Hay otra
cosa, mi señora. Antes del amanecer recorrí la empalizada exterior con dos
compañeros. Los perros de la aldea no quieren acercarse al camino viejo. No
ladran hacia él ni intentan seguir rastros; sencillamente retroceden. Uno de
los animales mordió a su propio dueño cuando este quiso arrastrarlo hasta la arboleda.
—Gundemaro se acomodó el cinturón y contempló la dirección del bosque con una
mueca—. Magnífico. Ahora hasta los perros saben algo que nosotros ignoramos.
—Amalasunta volvió los ojos hacia Juliano y su voz perdió toda ironía—. Bien,
Juler. Vos encontrasteis aquel sendero cuando ninguno de nosotros lo había
visto. Si vamos a seguirlo, quiero que lo hagamos con la cabeza y no solamente
con las espadas.
En aquel momento, el viejo alcalde de la aldea apareció en el acceso al
patio acompañado por una mujer de rostro demacrado que llevaba un pequeño
objeto envuelto en lino. Ambos parecían haber discutido largamente antes de
atreverse a presentarse ante los nobles. La mujer se arrodilló, pero el capitán
le indicó que podía hablar sin necesidad de permanecer en el suelo. —Mis
señores, soy la madre de Berta y Alda. Encontramos esto ayer junto a la puerta,
después de que trajeran de vuelta a mi hija mayor. No pertenece a ninguna de
las dos. —Desenvolvió la tela y dejó al descubierto una pequeña campanilla de
bronce ennegrecido, sin badajo, marcada con una cruz tan desgastada que apenas
podía distinguirse entre las manchas de corrosión. El escribiente la examinó sin
tocarla y murmuró que reconocía aquel emblema: era semejante al que figuraba en
las antiguas escrituras de donación del monasterio. La campesina apretó los
labios antes de añadir—: La encontramos sobre el umbral al amanecer. Pero,
durante toda la noche, escuchamos cómo sonaba detrás de la puerta.
La conversación murió entre los presentes. Amalasunta miró la campanilla,
Gundemaro dejó de sonreír y el capitán esperó discretamente la decisión de
Juliano, consciente de que la primera orden del joven patricio establecería
cómo se desarrollaría aquella investigación.
Juliano observó durante unos instantes la campanilla ennegrecida que la
campesina sostenía entre las manos y terminó por dirigir la mirada hacia las
colinas donde se encontraba el monasterio. —Iremos por el camino que conduce a
ese lugar. Preparadlo todo. Yo voy a hablar con la campesina. —El capitán
palatino inclinó la cabeza y comenzó a transmitir órdenes, mientras Gundemaro
se dirigía a los soldados con un entusiasmo que contrastaba con el disgusto
manifestado la tarde anterior. Amalasunta, sin embargo, se cruzó de brazos y
contempló al joven romano con una sonrisa maliciosa. —¡Ah, naturalmente!
Nosotros prepararemos las monturas, revisaremos las armas y arriesgaremos
nuestras hermosas personas en un bosque maldito, mientras nuestro querido Juler
aprovecha para cortejar a una campesina. Os recuerdo, patricio, que estamos
buscando doncellas desaparecidas y que no disponemos de tiempo para el
fornicio. —Juliano sonrió ante semejante insolencia. —Eso es grosero. Además,
un verso inocente no es fornicio, malpensada mujer goda. —La muchacha soltó una
carcajada deliciosamente aristocrática, de aquellas que tanto irritaban a
Gundemaro, y respondió con fingida indignación—. ¡Un verso inocente! ¡Por todos
los santos, hermano, escuchadlo! Ahora resulta que nuestros patricios romanos
llaman poesía a cuanto susurran al oído de las muchachas bonitas. —Gundemaro,
que acababa de regresar, se echó a reír—. ¡Dejadlo, hermana! Si el enano
consigue que una campesina le revele algún secreto mediante versos, habremos
descubierto por fin una utilidad práctica para Virgilio.
Berta aguardaba junto a su madre, todavía con los pies vendados por las
heridas de la víspera. Había conseguido dormir algunas horas, pero sus ojos
conservaban el enrojecimiento de quien había pasado demasiado tiempo llorando y
demasiado poco descansando. Cuando Juliano se acercó, la joven hizo una
reverencia torpe, inquieta ante la presencia de un aristócrata cuyo apellido
parecía provocar tanto respeto entre los soldados. Su madre, una mujer de manos
ásperas y rostro prematuramente envejecido, permanecía detrás de ella sujetando
la pequeña campanilla. —Mi señor, Berta os contará cuanto sepamos —aseguró—.
Pero os suplico que no la enviéis nuevamente al bosque. Ya hemos perdido a
nuestra pequeña Alda, y su padre pregunta por ella cada vez que despierta. No
soportaría perder también a mi hija mayor. —Berta apretó los labios y negó
lentamente con la cabeza, como si la vergüenza de permanecer a salvo mientras
su hermana continuaba desaparecida le resultara más dolorosa que las heridas de
los pies. —No recuerdo todo, mi señor —confesó—. Recuerdo el arroyo, las
plantas que buscábamos y una voz que venía de donde no había nadie. Pero
también recuerdo una puerta. Una puerta de madera oscura, con un hierro en
forma de sol. No sé si realmente la vi o si la soñé mientras caminaba.
A pocos pasos, Amalasunta había dejado de burlarse y escuchaba con atención,
aunque fingía examinar las correas de su montura. El capitán, entretanto,
dispuso que los cinco hombres escogidos por Walia constituyeran la avanzada
inmediata, mientras los otros diez permanecerían distribuidos entre los flancos
y la retaguardia, con órdenes estrictas de no perseguir voces, animales ni
figuras desconocidas sin autorización. El explorador hispanorromano inspeccionó
las provisiones y solicitó cuerda adicional, pues el antiguo camino cruzaba un
arroyo cuyo puente podía encontrarse deteriorado. Los veteranos comprobaron que
todos los soldados llevaran sus escudos y que ninguna lanza tuviera el asta
agrietada. Gundemaro observó aquellos preparativos con impaciencia, pero esta
vez no intentó discutir con los oficiales. Había aprendido demasiado bien que
las criaturas del bosque podían castigar la imprudencia con una crueldad que
ninguna espada conseguía remediar después.
La madre de Berta desenvolvió nuevamente la campanilla y la contempló con
una mezcla de temor y repugnancia. —Hay algo más, mi señor. Mi abuela decía que
antiguamente los religiosos del monasterio tocaban las campanas cuando alguien
moría en los caminos. Los campesinos debían detenerse, inclinar la cabeza y
rezar por el difunto. Pero esta campanilla no tiene lengua desde hace mucho
tiempo. —Berta levantó los ojos hacia Juliano y añadió en voz más baja—: Cuando
la escuché anoche, sonaba tres veces y después guardaba silencio. Siempre tres.
Lo mismo ocurrió en el bosque antes de que escuchara a Alda llamándome. —La
muchacha vaciló un momento y terminó por confesar algo que parecía avergonzarla
profundamente—. La última vez que la oí, ya no tenía miedo. Sentí que debía
seguirla. Que si caminaba un poco más encontraría a mi hermana y todo
terminaría. No sé por qué no lo hice. Quizá tropecé. Quizá alguien rezó por mí.
Amalasunta se acercó finalmente y apoyó una mano sobre el hombro de Berta,
esta vez sin rastro de su habitual ironía. —Hicisteis bien en regresar,
muchacha. Nadie puede reprocharos que hayáis sobrevivido. —Después miró a
Juliano y añadió con una sonrisa más tenue—. Y vos, poeta, procurad que vuestra
hermosa conversación produzca algo más útil que un nuevo motivo para que
vuestro querido Gundemaro se burle de nosotros durante el camino. —Desde los
establos llegó entonces la voz del capitán anunciando que los caballos estaban
preparados. El sol había terminado de elevarse sobre los tejados de la aldea y,
más allá de las últimas tierras cultivadas, una franja oscura de bosque
señalaba el comienzo del sendero monástico. Bajo aquella luz limpia de la
mañana, nada parecía particularmente amenazador; sin embargo, ninguno de los
soldados dejó de comprobar que su arma estuviera al alcance de la mano.
Berta parecía tener todavía algo que decir. Sus ojos se desplazaron desde la
campanilla hasta el rostro de Juliano, y finalmente preguntó, casi en un
susurro: —Mi señor, ¿vos creéis que una persona puede escuchar la voz de
alguien que todavía está vivo... aunque quien la pronuncie no sea esa persona?
Juliano contempló a Berta durante unos instantes, como si aquella pregunta
mereciera una consideración filosófica que difícilmente habría concedido a sus
antiguos preceptores. —Cuando me ocurra, os lo diré. Pero si os ha ocurrido a
vos, os creo. —La campesina levantó la mirada, sorprendida por una respuesta
que no contenía ni reproches ni las habituales sospechas de superstición. Antes
de despedirse, el joven patricio tomó delicadamente su mano y depositó sobre
ella un beso, con la misma ceremonia que habría dispensado a una doncella de
las grandes familias senatoriales. —Os traeré a vuestra hermana, os lo prometo,
hermosa trabajadora de nuestros campos. Y cuando regrese, espero encontrar una
sonrisa en ese rostro que la tristeza ha tratado tan injustamente. Sería una
afrenta a Venus permitir que unos ojos tan bellos permanecieran condenados al
llanto. —Berta enrojeció hasta las orejas, mientras su madre abría la boca sin
encontrar palabras apropiadas para responder a semejante galantería. Desde el
otro extremo del patio, Amalasunta contempló la escena con los brazos cruzados.
—¡Por todos los santos, Gunter! ¡Ahora resulta que nuestro Juler besa las manos
de las campesinas como si fueran princesas imperiales! —Su hermano soltó una
carcajada—. ¡Y todavía pretende convencernos de que solamente está
investigando!
El joven romano montó después con la agilidad adquirida durante sus años
entre los jinetes godos y emprendió la marcha al galope, seguido por Gundemaro,
Amalasunta y la pequeña columna de soldados. El capitán permitió aquel ritmo
mientras atravesaban los campos abiertos, pero mantuvo a dos exploradores
adelantados y dispuso que los hombres más experimentados cerraran la formación.
Las últimas casas desaparecieron detrás de una ondulación del terreno,
sustituidas por viñedos abandonados, pequeños cercados de piedra y parcelas que
comenzaban a recuperar un aspecto salvaje. Cuando alcanzaron el antiguo sendero
monástico, Juliano levantó una mano y ordenó reducir la marcha. —Al paso,
todos. Os quiero lentos y suficientemente cerca para escucharos. Como dice mi
hermano Lucio, no debéis separaros más allá de la distancia a la que podáis
escuchar un insulto de vuestro compañero. Si perdéis de vista a los demás,
gritad alguna obscenidad. —Gundemaro recibió aquella instrucción con una
alegría inmediata. —¡Por fin una orden militar digna de obedecerse! ¡Llevo toda
mi vida preparándome para esta clase de campaña!
—Me temo que mi hermano posee municiones suficientes para mantenernos
comunicados hasta Constantinopla —observó Amalasunta, mientras el capitán
palatino reprimía una sonrisa y transmitía la disposición a sus hombres. Los
quince soldados avanzaron en una formación flexible, organizada en torno a los
tres jóvenes, con los cinco escogidos por Walia ocupando las posiciones de
mayor responsabilidad. Brennaco, el gigantesco veterano galo, caminaba junto a
una de las monturas, pues su corpulencia y su pesado escudo lo convertían en
una protección formidable ante cualquier ataque repentino; Sigerico se
adelantaba unos pasos para examinar el terreno, mientras Aureliano, el antiguo
escribiente, registraba mentalmente las bifurcaciones y los hitos que
encontraban. Hilderico y Máximo vigilaban respectivamente los flancos y la
retaguardia, atentos a que ninguno de los diez hombres restantes perdiera
contacto con la columna. —La orden es buena, mi señor —admitió el capitán—. En
un bosque cerrado los ojos pueden engañarnos, pero una voz familiar resulta más
fácil de localizar. Aunque agradecería que nuestros soldados reservaran los
improperios para situaciones verdaderamente necesarias. —Gundemaro lo contempló
con indignación fingida—. ¡Capitán, estáis poniendo obstáculos administrativos
a nuestra supervivencia!
La espesura aumentó gradualmente hasta convertir el camino en un corredor de
sombras verdosas, donde las copas de los árboles apenas permitían distinguir
fragmentos del cielo. A pesar de la claridad matinal, el suelo conservaba una
humedad desagradable y el aire parecía más frío que en los campos abiertos.
Sigerico descubrió huellas antiguas de carros junto a las raíces, pero también
marcas recientes de calzado que descendían hacia el arroyo, algunas demasiado
pequeñas para pertenecer a hombres adultos. Amalasunta se inclinó desde su
caballo para observarlas y señaló que varias parecían corresponder a muchachas
descalzas, aunque la lluvia había borrado buena parte de sus contornos. Más
adelante encontraron un pequeño crucero de piedra cubierto de musgo, inclinado
hacia el sendero como un anciano exhausto. Su inscripción latina resultaba casi
ilegible, pero conservaba una advertencia grabada en caracteres mayores: NON
RESPONDEAS VOCANTI, «No respondas a quien te llama». El capitán ordenó detener
brevemente la columna y examinó la cruz con evidente desagrado. —No me gusta
esto, mis señores. Nadie coloca una advertencia semejante junto a un camino de
peregrinación sin una razón.
Gundemaro descendió de su caballo y examinó la inscripción antes de volverse
hacia Amalasunta. —¡Magnífico! Primero nos dicen que gritemos insultos para
encontrarnos y ahora una piedra nos ordena no responder cuando alguien nos
llame. ¿Quién demonios escribió las instrucciones de este bosque? —Su hermana,
que había perdido momentáneamente la sonrisa, contempló las letras desgastadas
y respondió con una gravedad poco habitual—. Quizá alguien que conocía la
diferencia entre escuchar a un compañero y escuchar algo que pretende hacerse
pasar por él. —El comentario provocó un silencio incómodo. Fue entonces cuando
Máximo, situado en la retaguardia, levantó una mano y señaló hacia los árboles.
—Capitán, hemos encontrado otra marca. —Sobre la corteza de un roble alguien
había grabado recientemente tres líneas paralelas y una pequeña cruz, señales
que no pertenecían a ningún sistema de orientación conocido por los
exploradores. Aureliano se acercó para examinarlas y descubrió que la madera
todavía conservaba astillas frescas alrededor de los cortes. —Esto no tiene
años, mis señores. Alguien pasó por aquí hace pocos días.
La columna permaneció inmóvil mientras los soldados observaban los
alrededores. El bosque parecía silencioso, aunque no completamente desprovisto
de vida: algunos pájaros continuaban cantando entre las ramas y un insecto
zumbaba alrededor de las orejas de los caballos. Entonces, desde algún punto
situado más adelante, llegó una voz femenina que parecía pronunciar un nombre
con una dulzura casi maternal. Los soldados intercambiaron miradas, pero
ninguno consiguió determinar con certeza de dónde procedía. Amalasunta apretó
las riendas y Gundemaro apoyó lentamente una mano sobre su espada. La voz
volvió a escucharse, esta vez más cercana, aunque el sendero permanecía vacío.
El capitán palatino levantó el puño para ordenar silencio absoluto y volvió los
ojos hacia Juliano, aguardando instrucciones antes de permitir que cualquiera
se moviera.
—Todos a las armas. Y en silencio —ordenó Juliano, con una serenidad que
contrastaba con la inquietud creciente de los soldados. Sus ojos castaños
adquirieron aquel extraño fulgor ambarino que Amalasunta conocía de las
cacerías nocturnas, cuando el joven romano distinguía movimientos entre los
árboles mucho antes de que los demás advirtieran siquiera la presencia de una
presa. A ella siempre le había fascinado aquella mirada, tan impropia de un
muchacho de quince años y tan semejante a la de los grandes felinos que
aguardaban inmóviles antes de saltar. Sin embargo, lo que Juliano contemplaba
ahora no era un animal. Entre los matorrales, a unos cuarenta pasos del
sendero, permanecía una figura femenina de cabello largo y ropas campesinas,
cuya apariencia habría resultado perfectamente ordinaria si no fuera por la
manera en que su cuerpo se sostenía sobre unas piernas parcialmente
descarnadas. La carne de su vientre estaba descompuesta, y entre los pliegues
de la túnica podía distinguirse la hinchazón oscura de unas vísceras podridas.
Juliano percibía incluso el hedor dulzón de la putrefacción, aunque el viento
soplaba en dirección contraria. Aquello había sido una mujer, pero ahora era un
cadáver animado por una voluntad ajena; lo único que conservaba una apariencia
inquietantemente saludable era la garganta, cuyos músculos se contraían con una
delicadeza antinatural, como si alguien hubiera perfeccionado aquel órgano para
convertirlo en un instrumento musical.
La melodía volvió a elevarse entre los árboles, suave, cálida y
maravillosamente familiar, aunque sus palabras resultaban imposibles de
recordar apenas terminaban de pronunciarse. Uno de los lanceros dio un paso
hacia la espesura sin darse cuenta, seguido por otro soldado que dejó caer
ligeramente su escudo; un tercero comenzó a sonreír con la expresión ausente de
quien reconoce a una persona amada después de muchos años. Hilderico alcanzó a
sujetar a uno por el cinturón, pero sus propias manos empezaron a perder
firmeza. Gundemaro apretaba los dientes y sacudía la cabeza con creciente
desesperación, como si luchara contra una somnolencia irresistible. Amalasunta
resistió durante algunos instantes más, desconcertada por la sensación de que
aquella voz no se dirigía verdaderamente a ella; sin embargo, sus pupilas
comenzaron a dilatarse y los contornos del sendero se desdibujaron hasta
convertirse en una sucesión de manchas luminosas. Vio a Juliano volver
ligeramente el rostro y mover los labios sin emitir sonido, y durante un
instante, con el pensamiento embotado por el hechizo, imaginó absurdamente que
el joven pretendía besarla. Aquella interpretación le produjo una fugaz
indignación, inmediatamente sustituida por la comprensión de lo que realmente
estaba viendo: tres, dos, uno.
La cuerda del arco se tensó y la saeta partió con un chasquido seco,
atravesando un estrecho espacio entre dos robles antes de desaparecer en la
vegetación. El proyectil encontró la garganta de la criatura y la atravesó
limpiamente, rompiendo las estructuras que producían aquella voz imposible. El
sonido terminó de manera espantosa, no con un grito, sino con una nota aguda y
quebrada, semejante a la de una flauta aplastada bajo una piedra. La figura
retrocedió tambaleándose, con las manos crispadas alrededor del astil que
sobresalía de su cuello, mientras una sustancia negruzca descendía por su
pecho. En el mismo instante, los soldados recuperaron la conciencia de sus
propios movimientos: uno descubrió que había avanzado varios pasos fuera de la
formación, otro miró desconcertado el escudo que casi había soltado y Gundemaro
aspiró profundamente, como un hombre que acaba de emerger de un río. Amalasunta
parpadeó varias veces hasta recuperar la nitidez de la visión, y su primera
reacción fue contemplar a Juliano con una mezcla de admiración y vergüenza por
el pensamiento que había cruzado fugazmente su cabeza. —¡Por los santos!
—murmuró Gunter, escupiendo sobre la hierba—. ¡Esa maldita cosa estaba
metiéndose dentro de mi cabeza!
La transformación del bosque resultó todavía más desconcertante que el
efecto de la flecha. La espesura que parecía cerrar el camino comenzó a perder
su apariencia impenetrable; los árboles recuperaron distancias naturales entre
sí, las sombras dejaron de extenderse en direcciones imposibles y una claridad
matinal, hasta entonces inexplicablemente amortiguada, penetró entre las ramas.
A menos de doscientos pasos apareció una antigua calzada de piedra que ascendía
por la ladera, y sobre ella, perfectamente visible, se alzaba el monasterio: un
conjunto de edificios de mampostería envejecida, tejados rojizos y una pequeña
iglesia cuyo campanario dominaba el valle. Nada indicaba que las construcciones
estuvieran abandonadas. Una delgada columna de humo salía de una dependencia
lateral y podían distinguirse algunas telas extendidas cerca del recinto
interior. El capitán palatino contempló aquella visión con expresión sombría,
consciente de que la comitiva había estado avanzando prácticamente a ciegas
hacia un edificio que debería haber sido visible desde mucho antes. —Mi señor
Aeciano, habéis acertado donde todos nosotros estábamos perdiendo el juicio
—declaró, antes de ordenar a los hombres que recuperaran inmediatamente sus
posiciones—. ¡Escudos al frente! ¡Nadie abandone la formación!
La criatura continuaba moviéndose entre los matorrales, aunque su garganta
destrozada solamente conseguía producir pequeños silbidos húmedos. Brennaco
levantó su pesado escudo y solicitó permiso para aproximarse y rematarla, pero
Máximo le sujetó el brazo. —Esperad. No sabemos si puede transmitir alguna
enfermedad, y menos todavía qué sucede cuando se la hiere de cerca. —Amalasunta
había recuperado por completo la compostura y examinaba el cadáver con los ojos
entrecerrados. —Eso no es una mujer viva —afirmó, todavía perturbada por la
extraordinaria belleza de aquella voz—. Y tampoco parece una criatura nacida de
manera natural. —Gundemaro desenvainó su espada, pero esta vez no se adelantó
impulsivamente. Se limitó a observar cómo la cosa se arrastraba hacia la sombra
de los árboles, dejando tras de sí un rastro oscuro. Desde la pendiente
superior llegó entonces el tañido distante de una campana verdadera, procedente
del monasterio. Tres golpes, pausados y graves, resonaron sobre el valle, y la
criatura se detuvo de inmediato, como si hubiera recibido una orden que ninguno
de los presentes podía escuchar.
El capitán volvió hacia Juliano una mirada interrogativa, mientras los
soldados aguardaban con las lanzas preparadas. La calzada estaba despejada y la
entrada del monasterio quedaba a la vista, pero el cadáver animado todavía no
había sido destruido y los tres campanazos acababan de demostrar que alguien, o
algo, podía estar observándolos desde lo alto.
—Mi señor —preguntó el oficial—, ¿ordenáis acabar con esa abominación,
capturarla si es posible o continuar hacia el monasterio antes de que vuelvan a
cerrarnos el camino?
—¿Hay espacio suficiente para cargar? —preguntó Juliano, examinando la
franja de terreno que separaba la calzada de los matorrales donde se retorcía
la criatura. El capitán palatino estudió rápidamente la pendiente, las raíces y
los troncos próximos antes de asentir. Había unos sesenta pasos de suelo
relativamente firme, suficientes para que una pequeña formación de caballería
adquiriese velocidad sin perder cohesión. —Sí, mi señor. Seis jinetes pueden
avanzar en línea, aunque deberán mantener las lanzas bajas y no desviarse hacia
los árboles. —Entonces lanzas al frente. Brennaco, vos lleváis el martillo.
Quiero esa cabeza aplastada. Gunter, tocad el cuerno; que los de abajo sepan
que estamos aquí. —Gundemaro obedeció con manifiesto entusiasmo, haciendo resonar
una poderosa llamada que descendió por el valle y rebotó contra las paredes del
monasterio. Algunos pájaros levantaron el vuelo de las copas cercanas, mientras
los soldados desmontados despejaban el paso. Brennaco recibió de sus compañeros
un formidable martillo de misericordia, una herramienta de guerra pesada y poco
adecuada para los intercambios rápidos de un duelo, cuya gran cabeza de hierro
estaba concebida para descargar golpes devastadores sobre enemigos ya
derribados o incapacitados.
Los seis jinetes se dispusieron hombro con hombro, con las lanzas inclinadas
hacia delante y los caballos contenidos apenas por la presión de las riendas.
Juliano ocupó su lugar y espoleó la montura, seguido por los otros cinco
hombres en una aceleración progresiva que pronto convirtió el paso de los
cascos en un estruendo continuo. Amalasunta contempló aquella pequeña línea de
hierro y madera avanzar hacia los matorrales, admirando la precisión con que el
joven romano había elegido aprovechar el espacio disponible antes de que la
criatura pudiera recuperar su voz. Los caballos irrumpieron entre las ramas
bajas, quebrando tallos y levantando tierra húmeda, y entonces todos
distinguieron claramente a la abominación: una mujer muerta, de rostro hundido
y vientre descompuesto, cuya garganta destrozada intentaba todavía producir una
melodía seductora. La proximidad permitió que el encanto rozara nuevamente las
conciencias de los soldados, pero la velocidad, el estrépito de la carga y la
concentración necesaria para conservar las lanzas alineadas impidieron que
aquella influencia se afianzara. Un instante después, las puntas alcanzaron el
cuerpo putrefacto y lo atravesaron desde distintos ángulos, arrastrándolo hacia
atrás hasta clavarlo contra el suelo entre raíces, astillas y hierba aplastada.
La criatura se agitó con una fuerza que ningún cadáver ordinario habría
podido conservar. Sus brazos se retorcían alrededor de las astas, las piernas
golpeaban inútilmente la tierra y de su garganta brotaban sonidos húmedos,
interrumpidos por espasmos que parecían buscar una voz perdida. Uno de los
caballos retrocedió, espantado por el hedor, pero los jinetes mantuvieron las
lanzas firmemente sujetas mientras el capitán ordenaba asegurar la posición.
Brennaco desmontó entonces de su poderoso caballo y avanzó con el martillo
apoyado sobre el hombro. Su enorme cuerpo parecía hecho para sostener aquella
herramienta que habría resultado casi impracticable en manos de un hombre
corriente. —Apartad ligeramente las lanzas del cuello —pidió con voz grave—. No
quiero destrozar un buen hierro junto con esta inmundicia. —Los soldados
corrigieron sus posiciones y el galo examinó durante un instante el rostro de
la criatura. Todavía conservaba algunos rasgos humanos, suficientes para
recordar que aquella abominación había sido alguna vez una mujer de carne y
hueso. Brennaco apretó la mandíbula, afirmó los pies y levantó el martillo con
ambas manos.
El golpe descendió con una violencia estremecedora. La pesada cabeza de
hierro encontró el cráneo y lo quebró contra la tierra endurecida, produciendo
un sonido seco que hizo apartar la mirada a uno de los soldados más jóvenes.
Brennaco no necesitó descargar un segundo golpe: la cabeza había quedado
aplastada como la cáscara de un huevo, y el cuerpo, que hasta entonces se había
retorcido con una vitalidad imposible, perdió inmediatamente toda tensión. Los
brazos cayeron sobre la hierba, las piernas dejaron de sacudirse y los dedos
permanecieron inmóviles alrededor de las lanzas. Durante algunos segundos nadie
habló, como si todos esperasen que aquella quietud fuera otra forma de engaño.
Finalmente, el capitán hizo una señal y dos soldados retiraron cuidadosamente
sus armas, sin permitir que ninguno tocara directamente los restos. Gundemaro
soltó el aire que había contenido y contempló al gigantesco galo con admiración
sincera. —¡Por los santos, Brennaco! ¡Recordadme que nunca debo discutir con
vos acerca del precio del vino! —El veterano se limitó a limpiar el martillo
sobre un manojo de hierbas, aunque su expresión revelaba que tampoco encontraba
particularmente agradable el trabajo que acababa de realizar.
Amalasunta se aproximó a Juliano mientras los soldados examinaban el cadáver
desde una distancia prudente. —Debo reconocer que vuestra manera de resolver el
problema ha sido considerablemente más elegante que la última vez —comentó,
todavía impresionada por la coordinación de la carga—. Aunque quizá deberíamos
informar a vuestra tía de que ahora habéis descubierto cómo matar monstruos sin
permitir que os arranquen medio cuerpo. —El capitán, entretanto, había ordenado
que nadie examinara la criatura con las manos desnudas y que se prepararan
haces de leña para quemar sus restos después de registrar cuanto pudiera servir
a la investigación. Sin embargo, Aureliano, el antiguo escribiente militar,
llamó su atención antes de que comenzaran. Entre los pliegues de la túnica
podrida sobresalía una pequeña cadena de bronce, y de ella pendía una medalla
ennegrecida que conservaba un relieve extraordinariamente familiar: una cruz
inscrita dentro de un círculo solar. Era el mismo emblema que aparecía en la
campanilla encontrada junto a la casa de Berta.
Desde el monasterio volvió a escucharse una campana, esta vez con un repique
prolongado que parecía anunciar la llegada de visitantes. El capitán levantó la
mirada hacia los edificios y distinguió movimiento junto a la puerta principal:
varias figuras vestidas con hábitos oscuros habían salido al patio interior y
observaban el camino desde lo alto. Ninguna parecía alarmada por el estruendo
de la carga ni por el sonido del cuerno de Gundemaro. —Mi señor Juliano —dijo
el oficial, guardando nuevamente su espada—, tenemos una criatura destruida,
una insignia que la relaciona con este lugar y unos religiosos que parecen
habernos estado esperando. Podemos presentarnos formalmente ante el superior
del monasterio o examinar primero la medalla y sus alrededores. Pero os
aconsejaría no permitir que nuestros hombres entren en ese recinto sin saber
quién se encuentra realmente al mando.
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