viernes, 23 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Las voces del bosqu

[Índice]

 Al amanecer, Walia había partido hacia Marsella con Eudocia, Elia y el grueso de su escolta, dejando en la villa señorial una fuerza de quince soldados escogidos para garantizar la seguridad de los tres jóvenes aristócratas. La despedida había sido especialmente difícil para Amalasunta, quien, después de tantos meses acostumbrada a la presencia silenciosa de Elia, encontraba insoportable descubrir que nadie le sujetaba ya el manto para preguntarle adónde iba ni aparecía a su lado con alguna observación desconcertante. El conde había prometido cuidar de la muchacha y permitirle colaborar con los médicos que atendían a los afectados por los disturbios, mientras Eudocia, bastante más familiarizada con los procedimientos administrativos romanos, había aceptado acompañarlo para facilitar las entrevistas con las familias de los desaparecidos. Ahora el patio pertenecía a Juliano, Gundemaro y Amalasunta, quienes contemplaban a los quince soldados formados junto a los establos como si acabaran de heredar una responsabilidad considerablemente menos divertida de lo esperado.

—¡Bueno, enano! —exclamó Gundemaro, revolviendo con una mano enorme los rizos oscuros de Juliano—. ¿Qué hacemos? ¡Ahora eres nuestro gran comandante! —El joven godo sonrió con aquella insolencia familiar que había sobrevivido incluso a la paliza propinada a su amigo semanas atrás, y cuando Juliano protestó por la diferencia de estatura, respondió con una carcajada—. ¡Solo sois un poco más alto que yo, dice! ¡La diferencia aumenta cada día, Juler! Dentro de unos años podré llevaros colgado del cinturón junto al cuchillo. —Amalasunta, cuya melancolía comenzaba a transformarse en irritación ante las estupideces de su hermano, se interpuso entre ambos y apartó la mano de Gundemaro de la cabeza del romano. —¿Podéis comportaros como hombres dignos de recibir órdenes del rey, aunque solo sea mientras los soldados nos observan? Tenemos quince guerreros, una aldea aterrorizada y varias muchachas desaparecidas. Me gustaría evitar que nuestra primera decisión oficial consistiera en medir cuál de vosotros tiene las piernas más largas.

—¿Y qué hacemos entonces? —insistió Gundemaro, todavía divertido—. ¿Organizamos una expedición gloriosa contra los árboles? —Buscamos a las doncellas extraviadas ayer, supongo —respondió Juliano—. ¿O esperáis que os recite poemas de Virgilio? —Amalasunta levantó una ceja y, con una expresión de superioridad exquisitamente romana que siempre conseguía irritar a su hermano, replicó—: Preferiría que no. Sois bastante malo en eso. —¿Y cómo lo sabéis? —Porque mi latín es mejor que el vuestro, querido Juler. —Gundemaro soltó una carcajada tan estrepitosa que varios soldados abandonaron momentáneamente su rigidez militar. —¡Por todos los santos! ¡Una goda enseñando latín a un nieto de Flavio Aecio! ¡Si el Imperio se entera, terminarán por entregarnos Roma voluntariamente! —Amalasunta le dirigió una sonrisa venenosa—. Vos, hermano mío, haríais bien en aprender primero a distinguir a Virgilio de las instrucciones para alimentar un caballo.

El capitán palatino, que había escuchado aquella discusión desde una distancia prudente, se aproximó acompañado por los cinco hombres que Walia había seleccionado personalmente. Tras ellos permanecían otros diez soldados, distribuidos en dos grupos preparados para actuar como reserva y escolta. —Mis señores, los hombres están listos —anunció con una inclinación respetuosa—. Pero antes de abandonar la villa convendría establecer qué buscamos exactamente. Sabemos que Alda y otras dos muchachas desaparecieron junto al arroyo; sabemos también que Berta consiguió escapar, aunque afirma haber recorrido caminos que cambiaban de dirección. He ordenado conservar el relato que ofreció anoche y evitar que los aldeanos lo alteren repitiendo rumores. Podemos comenzar por el último lugar donde fueron vistas, pero recomiendo inspeccionar primero el puente y los accesos al monasterio desde una distancia segura. —El antiguo escribiente militar dio un paso adelante y mostró una tablilla encerada—. También he conseguido los nombres de otras seis desaparecidas durante los últimos meses. Tres vivían en aldeas próximas al antiguo camino monástico; las demás residían bastante más lejos. Hay una coincidencia, mis señores: ninguna desaparición se produjo dentro de una población habitada.

Amalasunta dejó de sonreír y examinó la tablilla, aunque sus conocimientos de latín resultaban considerablemente más útiles para leer poesía que para descifrar las abreviaturas de un registro de administración rural. —Entonces alguien las está atrayendo fuera de sus casas —observó—. O espera a que salgan. —El capitán asintió, pero el explorador hispanorromano intervino con una reserva que parecía haber estado aguardando desde la noche anterior. —Hay otra cosa, mi señora. Antes del amanecer recorrí la empalizada exterior con dos compañeros. Los perros de la aldea no quieren acercarse al camino viejo. No ladran hacia él ni intentan seguir rastros; sencillamente retroceden. Uno de los animales mordió a su propio dueño cuando este quiso arrastrarlo hasta la arboleda. —Gundemaro se acomodó el cinturón y contempló la dirección del bosque con una mueca—. Magnífico. Ahora hasta los perros saben algo que nosotros ignoramos. —Amalasunta volvió los ojos hacia Juliano y su voz perdió toda ironía—. Bien, Juler. Vos encontrasteis aquel sendero cuando ninguno de nosotros lo había visto. Si vamos a seguirlo, quiero que lo hagamos con la cabeza y no solamente con las espadas.

En aquel momento, el viejo alcalde de la aldea apareció en el acceso al patio acompañado por una mujer de rostro demacrado que llevaba un pequeño objeto envuelto en lino. Ambos parecían haber discutido largamente antes de atreverse a presentarse ante los nobles. La mujer se arrodilló, pero el capitán le indicó que podía hablar sin necesidad de permanecer en el suelo. —Mis señores, soy la madre de Berta y Alda. Encontramos esto ayer junto a la puerta, después de que trajeran de vuelta a mi hija mayor. No pertenece a ninguna de las dos. —Desenvolvió la tela y dejó al descubierto una pequeña campanilla de bronce ennegrecido, sin badajo, marcada con una cruz tan desgastada que apenas podía distinguirse entre las manchas de corrosión. El escribiente la examinó sin tocarla y murmuró que reconocía aquel emblema: era semejante al que figuraba en las antiguas escrituras de donación del monasterio. La campesina apretó los labios antes de añadir—: La encontramos sobre el umbral al amanecer. Pero, durante toda la noche, escuchamos cómo sonaba detrás de la puerta.

La conversación murió entre los presentes. Amalasunta miró la campanilla, Gundemaro dejó de sonreír y el capitán esperó discretamente la decisión de Juliano, consciente de que la primera orden del joven patricio establecería cómo se desarrollaría aquella investigación.

Juliano observó durante unos instantes la campanilla ennegrecida que la campesina sostenía entre las manos y terminó por dirigir la mirada hacia las colinas donde se encontraba el monasterio. —Iremos por el camino que conduce a ese lugar. Preparadlo todo. Yo voy a hablar con la campesina. —El capitán palatino inclinó la cabeza y comenzó a transmitir órdenes, mientras Gundemaro se dirigía a los soldados con un entusiasmo que contrastaba con el disgusto manifestado la tarde anterior. Amalasunta, sin embargo, se cruzó de brazos y contempló al joven romano con una sonrisa maliciosa. —¡Ah, naturalmente! Nosotros prepararemos las monturas, revisaremos las armas y arriesgaremos nuestras hermosas personas en un bosque maldito, mientras nuestro querido Juler aprovecha para cortejar a una campesina. Os recuerdo, patricio, que estamos buscando doncellas desaparecidas y que no disponemos de tiempo para el fornicio. —Juliano sonrió ante semejante insolencia. —Eso es grosero. Además, un verso inocente no es fornicio, malpensada mujer goda. —La muchacha soltó una carcajada deliciosamente aristocrática, de aquellas que tanto irritaban a Gundemaro, y respondió con fingida indignación—. ¡Un verso inocente! ¡Por todos los santos, hermano, escuchadlo! Ahora resulta que nuestros patricios romanos llaman poesía a cuanto susurran al oído de las muchachas bonitas. —Gundemaro, que acababa de regresar, se echó a reír—. ¡Dejadlo, hermana! Si el enano consigue que una campesina le revele algún secreto mediante versos, habremos descubierto por fin una utilidad práctica para Virgilio.

Berta aguardaba junto a su madre, todavía con los pies vendados por las heridas de la víspera. Había conseguido dormir algunas horas, pero sus ojos conservaban el enrojecimiento de quien había pasado demasiado tiempo llorando y demasiado poco descansando. Cuando Juliano se acercó, la joven hizo una reverencia torpe, inquieta ante la presencia de un aristócrata cuyo apellido parecía provocar tanto respeto entre los soldados. Su madre, una mujer de manos ásperas y rostro prematuramente envejecido, permanecía detrás de ella sujetando la pequeña campanilla. —Mi señor, Berta os contará cuanto sepamos —aseguró—. Pero os suplico que no la enviéis nuevamente al bosque. Ya hemos perdido a nuestra pequeña Alda, y su padre pregunta por ella cada vez que despierta. No soportaría perder también a mi hija mayor. —Berta apretó los labios y negó lentamente con la cabeza, como si la vergüenza de permanecer a salvo mientras su hermana continuaba desaparecida le resultara más dolorosa que las heridas de los pies. —No recuerdo todo, mi señor —confesó—. Recuerdo el arroyo, las plantas que buscábamos y una voz que venía de donde no había nadie. Pero también recuerdo una puerta. Una puerta de madera oscura, con un hierro en forma de sol. No sé si realmente la vi o si la soñé mientras caminaba.

A pocos pasos, Amalasunta había dejado de burlarse y escuchaba con atención, aunque fingía examinar las correas de su montura. El capitán, entretanto, dispuso que los cinco hombres escogidos por Walia constituyeran la avanzada inmediata, mientras los otros diez permanecerían distribuidos entre los flancos y la retaguardia, con órdenes estrictas de no perseguir voces, animales ni figuras desconocidas sin autorización. El explorador hispanorromano inspeccionó las provisiones y solicitó cuerda adicional, pues el antiguo camino cruzaba un arroyo cuyo puente podía encontrarse deteriorado. Los veteranos comprobaron que todos los soldados llevaran sus escudos y que ninguna lanza tuviera el asta agrietada. Gundemaro observó aquellos preparativos con impaciencia, pero esta vez no intentó discutir con los oficiales. Había aprendido demasiado bien que las criaturas del bosque podían castigar la imprudencia con una crueldad que ninguna espada conseguía remediar después.

La madre de Berta desenvolvió nuevamente la campanilla y la contempló con una mezcla de temor y repugnancia. —Hay algo más, mi señor. Mi abuela decía que antiguamente los religiosos del monasterio tocaban las campanas cuando alguien moría en los caminos. Los campesinos debían detenerse, inclinar la cabeza y rezar por el difunto. Pero esta campanilla no tiene lengua desde hace mucho tiempo. —Berta levantó los ojos hacia Juliano y añadió en voz más baja—: Cuando la escuché anoche, sonaba tres veces y después guardaba silencio. Siempre tres. Lo mismo ocurrió en el bosque antes de que escuchara a Alda llamándome. —La muchacha vaciló un momento y terminó por confesar algo que parecía avergonzarla profundamente—. La última vez que la oí, ya no tenía miedo. Sentí que debía seguirla. Que si caminaba un poco más encontraría a mi hermana y todo terminaría. No sé por qué no lo hice. Quizá tropecé. Quizá alguien rezó por mí.

Amalasunta se acercó finalmente y apoyó una mano sobre el hombro de Berta, esta vez sin rastro de su habitual ironía. —Hicisteis bien en regresar, muchacha. Nadie puede reprocharos que hayáis sobrevivido. —Después miró a Juliano y añadió con una sonrisa más tenue—. Y vos, poeta, procurad que vuestra hermosa conversación produzca algo más útil que un nuevo motivo para que vuestro querido Gundemaro se burle de nosotros durante el camino. —Desde los establos llegó entonces la voz del capitán anunciando que los caballos estaban preparados. El sol había terminado de elevarse sobre los tejados de la aldea y, más allá de las últimas tierras cultivadas, una franja oscura de bosque señalaba el comienzo del sendero monástico. Bajo aquella luz limpia de la mañana, nada parecía particularmente amenazador; sin embargo, ninguno de los soldados dejó de comprobar que su arma estuviera al alcance de la mano.

Berta parecía tener todavía algo que decir. Sus ojos se desplazaron desde la campanilla hasta el rostro de Juliano, y finalmente preguntó, casi en un susurro: —Mi señor, ¿vos creéis que una persona puede escuchar la voz de alguien que todavía está vivo... aunque quien la pronuncie no sea esa persona?

Juliano contempló a Berta durante unos instantes, como si aquella pregunta mereciera una consideración filosófica que difícilmente habría concedido a sus antiguos preceptores. —Cuando me ocurra, os lo diré. Pero si os ha ocurrido a vos, os creo. —La campesina levantó la mirada, sorprendida por una respuesta que no contenía ni reproches ni las habituales sospechas de superstición. Antes de despedirse, el joven patricio tomó delicadamente su mano y depositó sobre ella un beso, con la misma ceremonia que habría dispensado a una doncella de las grandes familias senatoriales. —Os traeré a vuestra hermana, os lo prometo, hermosa trabajadora de nuestros campos. Y cuando regrese, espero encontrar una sonrisa en ese rostro que la tristeza ha tratado tan injustamente. Sería una afrenta a Venus permitir que unos ojos tan bellos permanecieran condenados al llanto. —Berta enrojeció hasta las orejas, mientras su madre abría la boca sin encontrar palabras apropiadas para responder a semejante galantería. Desde el otro extremo del patio, Amalasunta contempló la escena con los brazos cruzados. —¡Por todos los santos, Gunter! ¡Ahora resulta que nuestro Juler besa las manos de las campesinas como si fueran princesas imperiales! —Su hermano soltó una carcajada—. ¡Y todavía pretende convencernos de que solamente está investigando!

El joven romano montó después con la agilidad adquirida durante sus años entre los jinetes godos y emprendió la marcha al galope, seguido por Gundemaro, Amalasunta y la pequeña columna de soldados. El capitán permitió aquel ritmo mientras atravesaban los campos abiertos, pero mantuvo a dos exploradores adelantados y dispuso que los hombres más experimentados cerraran la formación. Las últimas casas desaparecieron detrás de una ondulación del terreno, sustituidas por viñedos abandonados, pequeños cercados de piedra y parcelas que comenzaban a recuperar un aspecto salvaje. Cuando alcanzaron el antiguo sendero monástico, Juliano levantó una mano y ordenó reducir la marcha. —Al paso, todos. Os quiero lentos y suficientemente cerca para escucharos. Como dice mi hermano Lucio, no debéis separaros más allá de la distancia a la que podáis escuchar un insulto de vuestro compañero. Si perdéis de vista a los demás, gritad alguna obscenidad. —Gundemaro recibió aquella instrucción con una alegría inmediata. —¡Por fin una orden militar digna de obedecerse! ¡Llevo toda mi vida preparándome para esta clase de campaña!

—Me temo que mi hermano posee municiones suficientes para mantenernos comunicados hasta Constantinopla —observó Amalasunta, mientras el capitán palatino reprimía una sonrisa y transmitía la disposición a sus hombres. Los quince soldados avanzaron en una formación flexible, organizada en torno a los tres jóvenes, con los cinco escogidos por Walia ocupando las posiciones de mayor responsabilidad. Brennaco, el gigantesco veterano galo, caminaba junto a una de las monturas, pues su corpulencia y su pesado escudo lo convertían en una protección formidable ante cualquier ataque repentino; Sigerico se adelantaba unos pasos para examinar el terreno, mientras Aureliano, el antiguo escribiente, registraba mentalmente las bifurcaciones y los hitos que encontraban. Hilderico y Máximo vigilaban respectivamente los flancos y la retaguardia, atentos a que ninguno de los diez hombres restantes perdiera contacto con la columna. —La orden es buena, mi señor —admitió el capitán—. En un bosque cerrado los ojos pueden engañarnos, pero una voz familiar resulta más fácil de localizar. Aunque agradecería que nuestros soldados reservaran los improperios para situaciones verdaderamente necesarias. —Gundemaro lo contempló con indignación fingida—. ¡Capitán, estáis poniendo obstáculos administrativos a nuestra supervivencia!

La espesura aumentó gradualmente hasta convertir el camino en un corredor de sombras verdosas, donde las copas de los árboles apenas permitían distinguir fragmentos del cielo. A pesar de la claridad matinal, el suelo conservaba una humedad desagradable y el aire parecía más frío que en los campos abiertos. Sigerico descubrió huellas antiguas de carros junto a las raíces, pero también marcas recientes de calzado que descendían hacia el arroyo, algunas demasiado pequeñas para pertenecer a hombres adultos. Amalasunta se inclinó desde su caballo para observarlas y señaló que varias parecían corresponder a muchachas descalzas, aunque la lluvia había borrado buena parte de sus contornos. Más adelante encontraron un pequeño crucero de piedra cubierto de musgo, inclinado hacia el sendero como un anciano exhausto. Su inscripción latina resultaba casi ilegible, pero conservaba una advertencia grabada en caracteres mayores: NON RESPONDEAS VOCANTI, «No respondas a quien te llama». El capitán ordenó detener brevemente la columna y examinó la cruz con evidente desagrado. —No me gusta esto, mis señores. Nadie coloca una advertencia semejante junto a un camino de peregrinación sin una razón.

Gundemaro descendió de su caballo y examinó la inscripción antes de volverse hacia Amalasunta. —¡Magnífico! Primero nos dicen que gritemos insultos para encontrarnos y ahora una piedra nos ordena no responder cuando alguien nos llame. ¿Quién demonios escribió las instrucciones de este bosque? —Su hermana, que había perdido momentáneamente la sonrisa, contempló las letras desgastadas y respondió con una gravedad poco habitual—. Quizá alguien que conocía la diferencia entre escuchar a un compañero y escuchar algo que pretende hacerse pasar por él. —El comentario provocó un silencio incómodo. Fue entonces cuando Máximo, situado en la retaguardia, levantó una mano y señaló hacia los árboles. —Capitán, hemos encontrado otra marca. —Sobre la corteza de un roble alguien había grabado recientemente tres líneas paralelas y una pequeña cruz, señales que no pertenecían a ningún sistema de orientación conocido por los exploradores. Aureliano se acercó para examinarlas y descubrió que la madera todavía conservaba astillas frescas alrededor de los cortes. —Esto no tiene años, mis señores. Alguien pasó por aquí hace pocos días.

La columna permaneció inmóvil mientras los soldados observaban los alrededores. El bosque parecía silencioso, aunque no completamente desprovisto de vida: algunos pájaros continuaban cantando entre las ramas y un insecto zumbaba alrededor de las orejas de los caballos. Entonces, desde algún punto situado más adelante, llegó una voz femenina que parecía pronunciar un nombre con una dulzura casi maternal. Los soldados intercambiaron miradas, pero ninguno consiguió determinar con certeza de dónde procedía. Amalasunta apretó las riendas y Gundemaro apoyó lentamente una mano sobre su espada. La voz volvió a escucharse, esta vez más cercana, aunque el sendero permanecía vacío. El capitán palatino levantó el puño para ordenar silencio absoluto y volvió los ojos hacia Juliano, aguardando instrucciones antes de permitir que cualquiera se moviera.

—Todos a las armas. Y en silencio —ordenó Juliano, con una serenidad que contrastaba con la inquietud creciente de los soldados. Sus ojos castaños adquirieron aquel extraño fulgor ambarino que Amalasunta conocía de las cacerías nocturnas, cuando el joven romano distinguía movimientos entre los árboles mucho antes de que los demás advirtieran siquiera la presencia de una presa. A ella siempre le había fascinado aquella mirada, tan impropia de un muchacho de quince años y tan semejante a la de los grandes felinos que aguardaban inmóviles antes de saltar. Sin embargo, lo que Juliano contemplaba ahora no era un animal. Entre los matorrales, a unos cuarenta pasos del sendero, permanecía una figura femenina de cabello largo y ropas campesinas, cuya apariencia habría resultado perfectamente ordinaria si no fuera por la manera en que su cuerpo se sostenía sobre unas piernas parcialmente descarnadas. La carne de su vientre estaba descompuesta, y entre los pliegues de la túnica podía distinguirse la hinchazón oscura de unas vísceras podridas. Juliano percibía incluso el hedor dulzón de la putrefacción, aunque el viento soplaba en dirección contraria. Aquello había sido una mujer, pero ahora era un cadáver animado por una voluntad ajena; lo único que conservaba una apariencia inquietantemente saludable era la garganta, cuyos músculos se contraían con una delicadeza antinatural, como si alguien hubiera perfeccionado aquel órgano para convertirlo en un instrumento musical.

La melodía volvió a elevarse entre los árboles, suave, cálida y maravillosamente familiar, aunque sus palabras resultaban imposibles de recordar apenas terminaban de pronunciarse. Uno de los lanceros dio un paso hacia la espesura sin darse cuenta, seguido por otro soldado que dejó caer ligeramente su escudo; un tercero comenzó a sonreír con la expresión ausente de quien reconoce a una persona amada después de muchos años. Hilderico alcanzó a sujetar a uno por el cinturón, pero sus propias manos empezaron a perder firmeza. Gundemaro apretaba los dientes y sacudía la cabeza con creciente desesperación, como si luchara contra una somnolencia irresistible. Amalasunta resistió durante algunos instantes más, desconcertada por la sensación de que aquella voz no se dirigía verdaderamente a ella; sin embargo, sus pupilas comenzaron a dilatarse y los contornos del sendero se desdibujaron hasta convertirse en una sucesión de manchas luminosas. Vio a Juliano volver ligeramente el rostro y mover los labios sin emitir sonido, y durante un instante, con el pensamiento embotado por el hechizo, imaginó absurdamente que el joven pretendía besarla. Aquella interpretación le produjo una fugaz indignación, inmediatamente sustituida por la comprensión de lo que realmente estaba viendo: tres, dos, uno.

La cuerda del arco se tensó y la saeta partió con un chasquido seco, atravesando un estrecho espacio entre dos robles antes de desaparecer en la vegetación. El proyectil encontró la garganta de la criatura y la atravesó limpiamente, rompiendo las estructuras que producían aquella voz imposible. El sonido terminó de manera espantosa, no con un grito, sino con una nota aguda y quebrada, semejante a la de una flauta aplastada bajo una piedra. La figura retrocedió tambaleándose, con las manos crispadas alrededor del astil que sobresalía de su cuello, mientras una sustancia negruzca descendía por su pecho. En el mismo instante, los soldados recuperaron la conciencia de sus propios movimientos: uno descubrió que había avanzado varios pasos fuera de la formación, otro miró desconcertado el escudo que casi había soltado y Gundemaro aspiró profundamente, como un hombre que acaba de emerger de un río. Amalasunta parpadeó varias veces hasta recuperar la nitidez de la visión, y su primera reacción fue contemplar a Juliano con una mezcla de admiración y vergüenza por el pensamiento que había cruzado fugazmente su cabeza. —¡Por los santos! —murmuró Gunter, escupiendo sobre la hierba—. ¡Esa maldita cosa estaba metiéndose dentro de mi cabeza!

La transformación del bosque resultó todavía más desconcertante que el efecto de la flecha. La espesura que parecía cerrar el camino comenzó a perder su apariencia impenetrable; los árboles recuperaron distancias naturales entre sí, las sombras dejaron de extenderse en direcciones imposibles y una claridad matinal, hasta entonces inexplicablemente amortiguada, penetró entre las ramas. A menos de doscientos pasos apareció una antigua calzada de piedra que ascendía por la ladera, y sobre ella, perfectamente visible, se alzaba el monasterio: un conjunto de edificios de mampostería envejecida, tejados rojizos y una pequeña iglesia cuyo campanario dominaba el valle. Nada indicaba que las construcciones estuvieran abandonadas. Una delgada columna de humo salía de una dependencia lateral y podían distinguirse algunas telas extendidas cerca del recinto interior. El capitán palatino contempló aquella visión con expresión sombría, consciente de que la comitiva había estado avanzando prácticamente a ciegas hacia un edificio que debería haber sido visible desde mucho antes. —Mi señor Aeciano, habéis acertado donde todos nosotros estábamos perdiendo el juicio —declaró, antes de ordenar a los hombres que recuperaran inmediatamente sus posiciones—. ¡Escudos al frente! ¡Nadie abandone la formación!

La criatura continuaba moviéndose entre los matorrales, aunque su garganta destrozada solamente conseguía producir pequeños silbidos húmedos. Brennaco levantó su pesado escudo y solicitó permiso para aproximarse y rematarla, pero Máximo le sujetó el brazo. —Esperad. No sabemos si puede transmitir alguna enfermedad, y menos todavía qué sucede cuando se la hiere de cerca. —Amalasunta había recuperado por completo la compostura y examinaba el cadáver con los ojos entrecerrados. —Eso no es una mujer viva —afirmó, todavía perturbada por la extraordinaria belleza de aquella voz—. Y tampoco parece una criatura nacida de manera natural. —Gundemaro desenvainó su espada, pero esta vez no se adelantó impulsivamente. Se limitó a observar cómo la cosa se arrastraba hacia la sombra de los árboles, dejando tras de sí un rastro oscuro. Desde la pendiente superior llegó entonces el tañido distante de una campana verdadera, procedente del monasterio. Tres golpes, pausados y graves, resonaron sobre el valle, y la criatura se detuvo de inmediato, como si hubiera recibido una orden que ninguno de los presentes podía escuchar.

El capitán volvió hacia Juliano una mirada interrogativa, mientras los soldados aguardaban con las lanzas preparadas. La calzada estaba despejada y la entrada del monasterio quedaba a la vista, pero el cadáver animado todavía no había sido destruido y los tres campanazos acababan de demostrar que alguien, o algo, podía estar observándolos desde lo alto.

—Mi señor —preguntó el oficial—, ¿ordenáis acabar con esa abominación, capturarla si es posible o continuar hacia el monasterio antes de que vuelvan a cerrarnos el camino?

—¿Hay espacio suficiente para cargar? —preguntó Juliano, examinando la franja de terreno que separaba la calzada de los matorrales donde se retorcía la criatura. El capitán palatino estudió rápidamente la pendiente, las raíces y los troncos próximos antes de asentir. Había unos sesenta pasos de suelo relativamente firme, suficientes para que una pequeña formación de caballería adquiriese velocidad sin perder cohesión. —Sí, mi señor. Seis jinetes pueden avanzar en línea, aunque deberán mantener las lanzas bajas y no desviarse hacia los árboles. —Entonces lanzas al frente. Brennaco, vos lleváis el martillo. Quiero esa cabeza aplastada. Gunter, tocad el cuerno; que los de abajo sepan que estamos aquí. —Gundemaro obedeció con manifiesto entusiasmo, haciendo resonar una poderosa llamada que descendió por el valle y rebotó contra las paredes del monasterio. Algunos pájaros levantaron el vuelo de las copas cercanas, mientras los soldados desmontados despejaban el paso. Brennaco recibió de sus compañeros un formidable martillo de misericordia, una herramienta de guerra pesada y poco adecuada para los intercambios rápidos de un duelo, cuya gran cabeza de hierro estaba concebida para descargar golpes devastadores sobre enemigos ya derribados o incapacitados.

Los seis jinetes se dispusieron hombro con hombro, con las lanzas inclinadas hacia delante y los caballos contenidos apenas por la presión de las riendas. Juliano ocupó su lugar y espoleó la montura, seguido por los otros cinco hombres en una aceleración progresiva que pronto convirtió el paso de los cascos en un estruendo continuo. Amalasunta contempló aquella pequeña línea de hierro y madera avanzar hacia los matorrales, admirando la precisión con que el joven romano había elegido aprovechar el espacio disponible antes de que la criatura pudiera recuperar su voz. Los caballos irrumpieron entre las ramas bajas, quebrando tallos y levantando tierra húmeda, y entonces todos distinguieron claramente a la abominación: una mujer muerta, de rostro hundido y vientre descompuesto, cuya garganta destrozada intentaba todavía producir una melodía seductora. La proximidad permitió que el encanto rozara nuevamente las conciencias de los soldados, pero la velocidad, el estrépito de la carga y la concentración necesaria para conservar las lanzas alineadas impidieron que aquella influencia se afianzara. Un instante después, las puntas alcanzaron el cuerpo putrefacto y lo atravesaron desde distintos ángulos, arrastrándolo hacia atrás hasta clavarlo contra el suelo entre raíces, astillas y hierba aplastada.

La criatura se agitó con una fuerza que ningún cadáver ordinario habría podido conservar. Sus brazos se retorcían alrededor de las astas, las piernas golpeaban inútilmente la tierra y de su garganta brotaban sonidos húmedos, interrumpidos por espasmos que parecían buscar una voz perdida. Uno de los caballos retrocedió, espantado por el hedor, pero los jinetes mantuvieron las lanzas firmemente sujetas mientras el capitán ordenaba asegurar la posición. Brennaco desmontó entonces de su poderoso caballo y avanzó con el martillo apoyado sobre el hombro. Su enorme cuerpo parecía hecho para sostener aquella herramienta que habría resultado casi impracticable en manos de un hombre corriente. —Apartad ligeramente las lanzas del cuello —pidió con voz grave—. No quiero destrozar un buen hierro junto con esta inmundicia. —Los soldados corrigieron sus posiciones y el galo examinó durante un instante el rostro de la criatura. Todavía conservaba algunos rasgos humanos, suficientes para recordar que aquella abominación había sido alguna vez una mujer de carne y hueso. Brennaco apretó la mandíbula, afirmó los pies y levantó el martillo con ambas manos.

El golpe descendió con una violencia estremecedora. La pesada cabeza de hierro encontró el cráneo y lo quebró contra la tierra endurecida, produciendo un sonido seco que hizo apartar la mirada a uno de los soldados más jóvenes. Brennaco no necesitó descargar un segundo golpe: la cabeza había quedado aplastada como la cáscara de un huevo, y el cuerpo, que hasta entonces se había retorcido con una vitalidad imposible, perdió inmediatamente toda tensión. Los brazos cayeron sobre la hierba, las piernas dejaron de sacudirse y los dedos permanecieron inmóviles alrededor de las lanzas. Durante algunos segundos nadie habló, como si todos esperasen que aquella quietud fuera otra forma de engaño. Finalmente, el capitán hizo una señal y dos soldados retiraron cuidadosamente sus armas, sin permitir que ninguno tocara directamente los restos. Gundemaro soltó el aire que había contenido y contempló al gigantesco galo con admiración sincera. —¡Por los santos, Brennaco! ¡Recordadme que nunca debo discutir con vos acerca del precio del vino! —El veterano se limitó a limpiar el martillo sobre un manojo de hierbas, aunque su expresión revelaba que tampoco encontraba particularmente agradable el trabajo que acababa de realizar.

Amalasunta se aproximó a Juliano mientras los soldados examinaban el cadáver desde una distancia prudente. —Debo reconocer que vuestra manera de resolver el problema ha sido considerablemente más elegante que la última vez —comentó, todavía impresionada por la coordinación de la carga—. Aunque quizá deberíamos informar a vuestra tía de que ahora habéis descubierto cómo matar monstruos sin permitir que os arranquen medio cuerpo. —El capitán, entretanto, había ordenado que nadie examinara la criatura con las manos desnudas y que se prepararan haces de leña para quemar sus restos después de registrar cuanto pudiera servir a la investigación. Sin embargo, Aureliano, el antiguo escribiente militar, llamó su atención antes de que comenzaran. Entre los pliegues de la túnica podrida sobresalía una pequeña cadena de bronce, y de ella pendía una medalla ennegrecida que conservaba un relieve extraordinariamente familiar: una cruz inscrita dentro de un círculo solar. Era el mismo emblema que aparecía en la campanilla encontrada junto a la casa de Berta.

Desde el monasterio volvió a escucharse una campana, esta vez con un repique prolongado que parecía anunciar la llegada de visitantes. El capitán levantó la mirada hacia los edificios y distinguió movimiento junto a la puerta principal: varias figuras vestidas con hábitos oscuros habían salido al patio interior y observaban el camino desde lo alto. Ninguna parecía alarmada por el estruendo de la carga ni por el sonido del cuerno de Gundemaro. —Mi señor Juliano —dijo el oficial, guardando nuevamente su espada—, tenemos una criatura destruida, una insignia que la relaciona con este lugar y unos religiosos que parecen habernos estado esperando. Podemos presentarnos formalmente ante el superior del monasterio o examinar primero la medalla y sus alrededores. Pero os aconsejaría no permitir que nuestros hombres entren en ese recinto sin saber quién se encuentra realmente al mando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...