miércoles, 21 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: Entre la rebelión y el bosque maldito

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 La saeta atravesó el cuello de la liebre con tal limpieza que el animal apenas alcanzó a dar un último salto antes de desplomarse entre los matorrales. Era una de aquellas liebres de monte que los cazadores galos llamaban leporarii veloces, célebres por su extraordinaria velocidad, sus cambios repentinos de dirección y la irritante costumbre de advertir la presencia humana mucho antes de que un arquero pudiera tensar la cuerda. Tenían las patas posteriores largas, orejas siempre alerta y una agilidad que convertía su persecución en un entretenimiento particularmente apreciado por los jóvenes nobles de Aquitania. Juliano había conseguido abatir veinte durante aquella tarde, una cantidad que habría bastado para alimentar generosamente a los oficiales de la expedición y proporcionar un guiso abundante a buena parte de la guardia. El conde Walia, que había seguido el último tramo de la cacería con la expresión resignada de quien comenzaba a lamentar haber permitido semejante entretenimiento, contempló el animal caído y asintió lentamente. —Veinte. Muy bien, Aeciano. Tendremos carne suficiente para un buen guiso, y probablemente alcance incluso para los oficiales. Ahora guardad el arco y no cacéis más. La última vez que os entregasteis a una de estas excursiones terminamos encontrando una criatura infernal.

—¡Y como ahora habéis matado veinte liebres, quizá encontremos veinte monstruos! —añadió Amalasunta, que cabalgaba junto al conde con la alegría de quien finalmente había recuperado por completo la movilidad de su hombro. La joven goda había dejado atrás las molestias de su herida y volvía a vestir sus prendas habituales de caza, con el cabello recogido y una pequeña jabalina sujeta a la montura. —¡Imaginadlo, Walia! Veinte abominaciones, veinte canciones sobre nuestro glorioso Juliano y veinte meses más durante los cuales tendremos que alimentarlo con cucharita mientras se recupera de sus heridas. ¡Su tía Lidia terminará exigiendo que lo encerremos en una torre! —El conde apenas sonrió. Había hombres y mujeres desaparecidos en las tierras hacia las que se dirigían, y aunque agradecía que los jóvenes conservaran el buen humor, no conseguía olvidar que aquella misión podía conducirlos nuevamente hacia algo mucho peor que simples bandidos.

Detrás de ellos apareció Eudocia, con las mejillas encendidas y la respiración agitada, intentando conservar una dignidad aristocrática que la persecución había puesto a prueba con considerable crueldad. Había visto a Juliano abandonar repentinamente el campamento junto a la fogata, correr hacia el bosque con el arco en la mano y desaparecer entre los árboles; Walia lo había seguido, después Amalasunta, y ella misma se había negado a permanecer atrás como una dama incapaz de acompañar a sus compañeros. Sin embargo, el terreno irregular, las raíces y las pendientes habían demostrado que las elegantes botas de montar no constituían necesariamente el mejor calzado para perseguir cazadores godos. Elia apareció poco después, seguida por cinco guardias palatinos que habían recibido órdenes de no permitir que los jóvenes se alejaran sin escolta. La muchacha parecía bastante menos fatigada que Eudocia, aunque se mantenía prudentemente cerca de Amalasunta. El capitán de los soldados, un veterano de barba entrecana y expresión jovial, observó las liebres recogidas y sonrió con franca satisfacción. —Bueno, mis señores, al menos esta vez comeremos carne fresca. Nuestros cocineros empezaban a creer que tendríamos que alimentarnos exclusivamente de tocino salado hasta llegar a Marsella.

—¡Por todos los santos, necesito sentarme! —exclamó Eudocia, apoyándose contra un tronco mientras recuperaba el aliento—. ¿Siempre que vuestro amigo descubre un animal comestible tenemos que perseguirlo a través de medio bosque? —Amalasunta soltó una carcajada y le ofreció su cantimplora—. Consideraos afortunada, querida. Hoy solamente perseguíamos liebres. Cuando Juliano descubre un ciervo, podemos terminar cruzando tres ríos y dos fronteras antes de que decida regresar. —Walia hizo una señal a los guardias para que recogieran las presas y comprobaran las inmediaciones, pues no deseaba que aquella distracción prolongara innecesariamente la jornada. Fue entonces cuando Amalasunta reparó en algo que la hizo interrumpir sus burlas: Juliano no estaba celebrando su habilidad, improvisando versos sobre la caza ni proponiendo alguna competición absurda a Gundemaro. Permanecía inmóvil, con el arco todavía en la mano, contemplando una zona del bosque que parecía idéntica a todas las demás.

La expresión del joven Aeciano había adquirido aquella extraña ausencia que algunos de sus amigos habían aprendido a reconocer después de los acontecimientos de Tolosa. Sus ojos permanecían fijos entre los troncos, pero no parecían buscar otra liebre ni seguir el movimiento de algún animal. Era como si escuchara algo que los demás no podían oír, o como si una preocupación súbita hubiera interrumpido sus pensamientos. Amalasunta dejó de sonreír y se aproximó lentamente, mientras Elia observaba al muchacho con una inquietud que no conseguía disimular. Walia también advirtió el cambio y levantó una mano para ordenar silencio a los soldados. El bosque recuperó gradualmente sus sonidos habituales: insectos entre la hierba, hojas agitadas por el viento y el lejano canto de un pájaro. Sin embargo, el capitán palatino había observado que Juliano mantenía la atención dirigida hacia una pequeña depresión cubierta por helechos, situada a varias decenas de pasos de donde había caído la última liebre. —¿Habéis visto algo, patricio? —preguntó en voz baja, sin desenvainar todavía su espada—. ¿Un animal, quizá? ¿O huellas que deberíamos examinar?

Amalasunta contempló a Juliano con la gravedad de quien recordaba demasiado bien lo sucedido durante su última cacería. —Juler —murmuró, empleando el sobrenombre con que acostumbraban llamarlo los godos—, espero que no estéis a punto de anunciarnos que acabáis de encontrar otra de esas cosas que no deberían existir. —Eudocia, todavía fatigada, levantó la cabeza y comprendió por las expresiones de los presentes que había dejado de tratarse de una excursión de caza. Elia se acercó silenciosamente al costado de Amalasunta, mientras Walia señalaba al capitán que mantuviera reunidos a sus cinco hombres. Nadie había descubierto todavía nada inequívocamente peligroso, pero el recuerdo de aquella criatura monstruosa bastó para que incluso los cazadores más experimentados comenzaran a estudiar las sombras entre los árboles con mayor atención.

La figura surgió de entre los helechos con tal violencia que uno de los guardias palatinos llevó inmediatamente la mano a la empuñadura de su espada. Era una campesina de unos veinte años, descalza, con una túnica de lana basta desgarrada a la altura de las rodillas y el cabello oscuro adherido al rostro por el sudor. Corría tropezando entre raíces y piedras, mirando repetidamente por encima del hombro, aunque nada parecía perseguirla. Juliano la había distinguido varios instantes antes de que apareciera ante los demás, cuando todavía se encontraba oculta por la vegetación. Sin apartar completamente la atención de la muchacha, preguntó si existía alguna aldea en las proximidades. Walia lo contempló con una expresión de paciencia resignada. —Si alguna vez escucharais mis explicaciones en lugar de dedicaros a contar liebres, sabríais que estamos llegando a la primera aldea de mis dominios. Se encuentra más allá de aquella elevación y actualmente la gobierna mi tío Eusebio, en mi nombre. Es un hombre instruido y bastante más aficionado a las Escrituras que a las armas, circunstancia que supongo encontraréis particularmente tranquilizadora después de vuestra última aventura.

—¡Un tío gobernando las tierras de su sobrino! —exclamó Gundemaro, que acababa de reunirse con los cazadores y había escuchado las últimas palabras—. ¡Por los santos, Walia, yo no dormiría tranquilo! Si mi padre desapareciera mañana, sería yo quien mandaría en nuestras propiedades, no alguno de mis tíos, por venerable que fuera su barba. ¿No teméis que vuestro Eusebio termine colgando la sotana, engendrando un par de bastardos con las rameras de la comarca y proclamando que vuestra herencia le pertenece por derecho divino? —Amalasunta volvió hacia su hermano una mirada escandalizada, aunque la sonrisa que comenzaba a dibujarse en sus labios desmentía su indignación—. ¡Gunter! ¿Es verdaderamente necesario imaginar los pecados de todos los parientes de nuestros conocidos? —¡Solo intento proteger los intereses de nuestro querido conde! —replicó él, absolutamente satisfecho de sí mismo—. Un hombre que administra tierras ajenas, conoce sus rentas y dispone de tiempo suficiente para estudiar pergaminos puede convertirse en una amenaza terrible. ¡Especialmente si aprende a esconder a sus bastardos antes de que aparezcan los recaudadores!

Walia respondió con una mirada tan seca que incluso Gundemaro comprendió que había alcanzado el límite de la paciencia del conde. —Mi tío Eusebio tomó las órdenes sagradas hace muchos años y ha servido a nuestra familia con fidelidad. Administra aquella aldea porque conoce a sus habitantes, mantiene en buen estado sus almacenes y consigue resolver disputas que vuestros guerreros solucionarían rompiendo tres cabezas y quemando dos graneros. Si algún día decide abandonar la vida religiosa para entregarse a los placeres que vuestra imaginación le atribuye, os prometo informaros personalmente. Entretanto, agradecería que reservarais vuestras preocupaciones genealógicas para vuestra propia familia. —Eudocia ocultó una sonrisa detrás de la mano, mientras Amalasunta soltaba una carcajada y añadía que, si Gunter heredaba alguna vez una propiedad importante, probablemente necesitaría contratar a un tío sacerdote para impedir que acabara arruinándola antes de la siguiente cosecha.

La campesina había llegado entretanto a una distancia desde la cual podía reconocer los emblemas reales sobre los escudos de los soldados. Al advertir que se encontraba frente a hombres armados, frenó bruscamente y estuvo a punto de caer. El capitán palatino levantó una mano para impedir que sus guardias avanzaran de manera amenazadora, mientras Walia se adelantaba lo suficiente para hacerse reconocer. —¡Mujer! ¡Deteneos! Soy Walia, conde de estas tierras y servidor del rey Teodorico. Nadie os hará daño. Decidnos de dónde venís y por qué corréis de esa manera. —La muchacha cayó de rodillas, intentando recuperar el aliento, y durante varios segundos solamente consiguió señalar hacia el bosque. Sus pies estaban ensangrentados por la carrera, pero no presentaba heridas que explicaran semejante terror. Elia abandonó prudentemente la protección de Amalasunta y se aproximó con una cantimplora, aunque tuvo que detenerse cuando la campesina retrocedió aterrorizada al sentir que alguien se acercaba demasiado.

—¡No quiero volver! —consiguió exclamar finalmente—. ¡Por la Santa Madre, no me obliguéis a regresar! —Walia intercambió una mirada con el capitán, quien hizo una señal discreta para que dos soldados vigilaran la dirección de la que había aparecido la joven. —Nadie os obligará a regresar sin escucharos primero —respondió el conde con firmeza—. ¿Venís de la aldea de mi tío Eusebio? —La campesina asintió desesperadamente, pero su siguiente respuesta produjo un silencio mucho más inquietante que cualquier grito—. Mi señor... yo no estaba huyendo de la aldea. Estaba intentando llegar a ella. Salí ayer con mi hermana y otras dos muchachas para recoger plantas junto al arroyo. Nos separamos apenas un momento y después escuché que alguien pronunciaba mi nombre entre los árboles. Era la voz de mi hermana, pero cuando me acerqué... cuando me acerqué, ella estaba todavía al otro lado del arroyo. —La joven comenzó a temblar y apretó la cantimplora que Elia había conseguido poner entre sus manos—. Desde entonces he estado caminando. Siempre encuentro el mismo sendero. Siempre regreso a los mismos árboles. Y cada vez que escucho esa voz, parece estar más cerca.

Amalasunta dejó de sonreír y buscó instintivamente con la mirada a Juliano. Gundemaro, que hasta hacía unos instantes se divertía imaginando los pecados de un sacerdote anciano, desenvainó lentamente su espada. Walia ordenó que nadie se internara en el bosque y que los soldados permanecieran agrupados hasta determinar qué estaba ocurriendo. La campesina, todavía arrodillada, levantó entonces el rostro hacia el joven Aeciano, cuya atención había sido la primera en descubrirla. —Mi señor —susurró—, si vais a buscar a las otras... no respondáis cuando os llamen por vuestro nombre. Aunque reconozcáis la voz. Aunque sea la de vuestra madre.

Gundemaro Vidimero había dejado de reír. La transformación fue tan repentina que Eudocia, todavía ocupada en recuperar el aliento después de la carrera por el bosque, tardó unos instantes en comprender que algo había cambiado. El joven godo permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la campesina arrodillada y una mano apoyada sobre la empuñadura de su espada. Una gota de sudor le descendió desde la sien hasta la mandíbula, y sus labios se contrajeron con una expresión que la muchacha romana jamás le había visto. —¿Qué os sucede, noble Gundemaro? —preguntó con genuina inquietud—. Parecéis haber reconocido algo. —Amalasunta volvió lentamente el rostro hacia su hermano y dejó escapar una risa breve, delicada y sorprendentemente aristocrática, de aquellas que había aprendido a utilizar cuando deseaba irritarlo sin recurrir a una sola vulgaridad. —Oh, querida Eudocia, nuestro formidable Gunter acaba de experimentar una de esas desagradables sensaciones en las que el presente parece repetir exactamente una desgracia anterior. Los filósofos hablarían de una reminiscencia; mi hermano, naturalmente, preferirá llamarlo de otra manera. —¡Odio esto! —gruñó Gundemaro, secándose la frente con el antebrazo—. ¡Eso es lo que siento! ¡Odio estas malditas historias de voces entre los árboles, muchachas desaparecidas y caminos que no llevan a ninguna parte! ¡La última vez terminamos enfrentándonos a una cosa que ni siquiera sabía cómo llamar!

Walia tampoco encontró motivos para sonreír. Había escuchado el relato de la campesina sin interrumpirla y, mientras Gundemaro expresaba a gritos su disgusto, el conde observó la dirección del sendero, la inclinación del terreno y la distancia que separaba a los jóvenes del resto de la columna. —Es demasiado parecido a aquella vez —murmuró—. Una muchacha aterrorizada, desapariciones inexplicables y un bosque que parece guardar secretos que nadie desea descubrir. —Después levantó la mirada hacia Juliano, quien permanecía atento a los árboles sin haber conseguido distinguir ninguna presencia sobrenatural concreta—. Pero esta vez estamos preparados. No hemos venido con unos cuantos cazadores y campesinos armados de herramientas. Hemos traído soldados del rey, oficiales experimentados y suficientes hombres para impedir que cualquier criatura nos aísle uno por uno. —El conde extrajo de su cinturón un cuerno de guerra, adornado con pequeñas abrazaderas de bronce, y lo llevó a los labios. Su llamada resonó entre las encinas con una gravedad poderosa, seguida por dos notas más breves que los soldados palatinos reconocieron inmediatamente como señal de reunión defensiva.

La respuesta fue casi instantánea. Desde el camino principal llegaron los primeros escudos, seguidos por hombres armados de lanzas y espadas que avanzaron con aquella disciplina propia de una escolta escogida para proteger a miembros de la aristocracia real. El capitán distribuyó a sus soldados en pequeños cuerpos compactos, dejando a los lanceros en la periferia y a los hombres de espada en los espacios interiores, mientras otros aseguraban el sendero que comunicaba con el campamento. Los cinco guardias que habían acompañado a los cazadores ocuparon posiciones alrededor de Walia, Juliano y las jóvenes, formando una primera defensa que pronto quedó integrada en el dispositivo general. Nadie corrió inútilmente ni comenzó a lanzar gritos de alarma: los oficiales transmitían órdenes breves, los soldados conservaban sus intervalos y los escudos se orientaban hacia la espesura. Eudocia contempló aquella maniobra con una admiración que procuró disimular, mientras Gundemaro recuperaba parte de su habitual confianza al verse rodeado de hombres capaces de sostener una línea de combate. —¡Esto sí me gusta! —declaró, examinando las lanzas que apuntaban hacia el bosque—. ¡Si algo quiere llevarse a uno de nosotros, tendrá que aprender primero a atravesar una muralla de godos!

Walia, satisfecho con la formación, se volvió hacia la campesina y descubrió que el sonido del cuerno y la aparición de tantos guerreros habían conseguido asustarla casi tanto como aquello de lo que huía. El conde se arrodilló frente a ella, procurando que su considerable estatura no resultara amenazadora, y le ofreció personalmente su cantimplora. —Bebed, muchacha. Lentamente. No necesitáis responder ninguna pregunta hasta recuperar el aliento. —La joven obedeció con manos temblorosas, derramando parte del agua sobre su túnica, mientras Walia aguardaba sin mostrar impaciencia—. Escuchadme bien. Soy Walia, vuestro comes. Estas tierras pertenecen a mi casa y vuestra aldea se encuentra bajo mi protección, del mismo modo que todas las familias que viven y trabajan en mis dominios. Mi autoridad no existe solamente para cobrar tributos, exigir servicios o convocar guerreros cuando el rey necesita una hueste. Existe también para protegeros de quienes pretendan haceros daño. Si alguien ha secuestrado a vuestra hermana, lo encontraremos. Si os habéis extraviado, os llevaremos a casa. Y si algo verdaderamente maligno habita en estos bosques, tendrá que responder ante hombres que no piensan abandonaros.

La campesina levantó lentamente la cabeza, sorprendida de escuchar semejantes palabras de un señor al que hasta entonces conocía únicamente por su nombre y por los tributos que sus administradores recaudaban. —Mi señor... —susurró, aferrándose todavía a la cantimplora—. Mi hermana se llama Alda. Tiene quince años. Mi madre estará buscándonos, y mi padre... mi padre no puede caminar desde la última cosecha. —Walia asintió con gravedad—. Entonces procuraremos que vuestra madre reciba noticias antes de que anochezca. ¿Cómo os llamáis? —Berta, mi señor. —Bien, Berta. Permaneceréis junto a nuestras acompañantes hasta que estemos seguros de que podéis regresar sin peligro. Nadie os enviará nuevamente al bosque para demostrar si vuestra historia es verdadera. —Amalasunta se aproximó con Elia y Eudocia, procurando que la muchacha encontrara entre ellas alguna tranquilidad, mientras Gundemaro ordenaba a dos soldados revisar las inmediaciones sin apartarse del alcance de sus compañeros.

Sin embargo, cuando Walia preguntó por el sendero que conducía a la aldea, Berta señaló hacia una pequeña elevación donde los árboles parecían crecer demasiado próximos unos de otros. —Por allí, mi señor. Al otro lado hay un puente de madera y después los campos de nuestro pueblo. Pero... —La campesina vaciló, apretando los dedos alrededor del recipiente—. Esta mañana vi el puente. Estoy segura. Escuché incluso las campanas de nuestra iglesia. Corrí hacia ellas, pero cuando llegué solamente había árboles. Después escuché a Alda llamándome desde detrás de un tronco, aunque su voz sonaba como si tuviera la boca llena de agua. —Walia mantuvo la serenidad, pero el capitán palatino intercambió una mirada con sus oficiales. Juliano podía reconocer la dirección de los sonidos ordinarios del bosque y distinguir movimientos entre la vegetación mejor que casi cualquier cazador de la expedición; aun así, no había encontrado todavía una señal inequívoca de la presencia maligna que temían. La incertidumbre resultaba precisamente lo más peligroso, porque cualquier decisión precipitada podía convertir una investigación en una persecución desordenada.

Juliano había conseguido distinguir, entre las sombras cada vez más largas del bosque, una sucesión de señales que escapaban a los ojos de los soldados: la tierra ligeramente hundida bajo la hojarasca, las raíces desgastadas por antiguos pasos de hombres y animales, y una franja de vegetación distinta que descendía hacia un arroyo oculto. Aquello no era una trocha abierta por cazadores, sino un camino viejo, abandonado desde hacía años, aunque todavía reconocible para quien hubiera aprendido a leer los bosques. Más inquietante resultaba la sensación que lo había conducido hasta allí: no percibía una amenaza definida, pero sí una especie de atracción desagradable, como si aquella senda hubiera conservado el recuerdo de quienes la habían recorrido. Cuando preguntó a Walia adónde conducía, el conde contempló la elevación y tardó unos instantes en reconocerla. —A un monasterio antiguo, más allá del arroyo. Mi tío Eusebio peregrina allí cada Navidad, aunque nunca he comprendido por qué prefiere aquel lugar a las iglesias de Marsella. Según recuerdo, la comunidad conserva reliquias veneradas desde tiempos de nuestros abuelos. El camino principal se encuentra más al sur; este debió de ser utilizado cuando el monasterio recibía más peregrinos.

—Mi señor, pronto anochecerá —advirtió el capitán palatino, señalando el sol que comenzaba a ocultarse detrás de las colinas—. Si queremos alcanzar la aldea, deberíamos mover la columna antes de perder la luz. Puedo enviar exploradores por delante, pero no recomendaría dividir nuestras fuerzas en este terreno. —Berta reaccionó con evidente angustia al escuchar aquella propuesta. —¡No, mi señor, os lo suplico! ¡No enviéis a nadie solo! Desde hace meses nadie sensato permanece en los campos después de la puesta del sol. Cerramos las puertas, atrancamos las ventanas y dejamos de responder cuando escuchamos voces fuera de las casas. Algunos pastores han perdido rebaños enteros y hubo quienes salieron a buscarlos y nunca regresaron. —Elia, que había permanecido escuchando con atención, frunció ligeramente el ceño. —Pero nosotros hemos pasado varias noches al aire libre durante el viaje. Hemos dormido junto a los caminos, entre árboles y cerca de los arroyos, y no nos ha ocurrido nada semejante. —Berta la contempló con una mezcla de incredulidad y lástima. —Entonces no habéis dormido en tierras de los Amalaricios, pequeña señora. Aquí las cosas son distintas.

La afirmación produjo un silencio incómodo, especialmente para Walia, que hasta entonces había considerado las desapariciones como una serie de incidentes recientes y relativamente aislados. Berta, animada por la atención que le prestaban aquellos nobles, comenzó a hablar con mayor libertad. Relató que los caminos se habían vuelto peligrosos, que las cosechas parecían rendir menos y que muchos campesinos evitaban internarse en terrenos donde sus padres habían recogido leña durante generaciones. Algunos propietarios habían abandonado sus villas menores para trasladarse a poblaciones fortificadas, mientras otros aumentaban las exigencias sobre sus colonos con el argumento de que necesitaban contratar hombres armados. —Si no fuera porque últimamente llega comida más barata desde los Alpes, no sé qué estaríamos haciendo —confesó la muchacha—. Los mercaderes dicen que procede de unas propiedades romanas donde han mejorado los cultivos y los molinos. El grano cuesta menos, y también algunas conservas y herramientas. Gracias a eso todavía podemos comprar lo necesario cuando falla nuestra cosecha. Si no fuera por esos cargamentos, creo que mucha gente ya habría empezado a...

Berta se interrumpió bruscamente. Había recordado demasiado tarde que estaba hablando ante el propio conde, señor de aquellas tierras y responsable último de sus tributos, sus magistrados y sus guarniciones. Bajó la cabeza y apretó la cantimplora entre las manos, temiendo que una palabra imprudente bastara para convertirla de víctima en acusada. Walia no necesitaba escuchar el final de la frase. Lo conocía perfectamente: revuelta. Una rebelión campesina podía comenzar con aldeas que se negaban a entregar sus rentas, extenderse hacia los propietarios menores y terminar convertida en una crisis política capaz de comprometer su autoridad sobre el condado. Peor todavía, si la administración imperial encontraba pruebas de desórdenes prolongados, los enemigos de su casa podrían utilizarlas para cuestionar sus derechos y reclamar la intervención del emperador. No era imposible que terminara perdiendo aquello que sus antepasados habían conservado mediante matrimonios, juramentos y campañas. ¿Qué estaba ocurriendo realmente en sus dominios? ¿Acaso Eusebio había dejado de gobernar adecuadamente? ¿Había ocultado las dificultades para evitar preocuparlo, o era el propio anciano incapaz de comprender su gravedad?

—Habéis hecho bien en hablar, Berta —respondió finalmente Walia, con una serenidad que exigió mayor esfuerzo del que deseaba reconocer—. No castigaré a una mujer por explicarme lo que sucede en mis propias tierras. Si el alimento escasea, los caminos son inseguros y las familias temen abandonar sus hogares, entonces debo saberlo. Para eso he venido. —Amalasunta, que había observado el cambio de expresión del conde, intervino con una franqueza poco habitual entre aristócratas cuando discutían asuntos de gobierno delante de campesinos. —Si vuestros aldeanos prefieren comprar grano romano antes que consumir el que producen sus propias tierras, quizá el problema no esté solamente en los bosques. —Gundemaro hizo una mueca, pero no encontró una réplica inmediata. Eudocia, por su parte, comprendió que la situación era bastante más delicada de lo que había imaginado al abandonar Tolosa: detrás de aquellas desapariciones podían esconderse dificultades económicas, negligencias administrativas y resentimientos capaces de perjudicar a una de las grandes familias del reino.

El capitán aguardó a que Walia terminara de escuchar antes de formular una propuesta. —Mi señor, podemos alcanzar la aldea antes de que oscurezca por completo si seguimos el camino principal. Disponemos de suficientes hombres para proteger los carros y establecer un campamento fortificado si fuera necesario, pero no aconsejo acercarnos al monasterio sin reconocer primero sus accesos. —Walia contempló nuevamente la senda descubierta por Juliano. No había olvidado que el joven Aeciano había detectado algo extraño antes incluso de que apareciera la campesina, y aquella coincidencia le desagradaba profundamente. —Muy bien. Nadie se separará de la columna. Marcharemos hacia la aldea y hablaremos con mi tío Eusebio esta misma noche. Quiero conocer los nombres de las desaparecidas, los lugares donde fueron vistas por última vez y las medidas adoptadas por sus administradores. Y mañana averiguaremos qué sucede en ese monasterio. —Luego se volvió hacia Berta y añadió con una suavidad inesperada—. Vos vendréis con nosotros. Si vuestra hermana continúa viva, haremos cuanto esté en nuestras manos para encontrarla.

La primera aldea de los dominios amalaricios recibió a la comitiva bajo una luz crepuscular que apenas alcanzaba para distinguir las últimas humaredas de los hogares. Los campesinos habían cerrado sus puertas antes de que el sol desapareciera por completo, y solamente la presencia de los estandartes palatinos consiguió que algunos hombres se aventuraran a salir, llevando antorchas y acompañados por perros que ladraban nerviosamente hacia la arboleda. La residencia señorial, una antigua villa romana convertida en centro administrativo, se encontraba iluminada, pero Eusebio no salió a recibir a su sobrino. En su lugar apareció un mensajero agotado, con las botas cubiertas de polvo y un documento cuyo sello episcopal había sido reforzado con una cinta de lino. —Mi señor Walia, traigo noticias de vuestro tío. El señor obispo se encuentra en Marsella, atendiendo unos disturbios que amenazan con convertirse en una rebelión. Varios propietarios han denunciado ataques contra sus recaudadores, hay aldeas que se niegan a entregar las contribuciones y algunos hombres están reuniéndose armados. Su reverencia espera que podáis poner a su disposición los soldados que acompañan vuestra comitiva. —Walia palideció de tal manera que Gundemaro, poco acostumbrado a verlo perder la compostura, dejó de bromear. Aquello que el conde había temido durante el camino ya estaba sucediendo, y su tío no solamente conocía la gravedad del problema, sino que había abandonado la administración local para intentar contenerlo personalmente.

La cena transcurrió en una atmósfera incómoda. Los oficiales recibieron la carne de las liebres que Juliano había cazado, pero apenas hubo comentarios sobre el guiso, pues Walia permanecía inclinado sobre los documentos llegados de Marsella, intentando comprender cuántas guarniciones continuaban obedeciendo a sus administradores y cuáles de los propietarios habían comenzado a contratar sus propias tropas. Cuando el conde propuso llevar consigo a toda la escolta palatina para restablecer el orden, Juliano dijo finalmente aquello que nadie se había atrevido a plantear: debía marchar con los soldados, mientras sus jóvenes acompañantes continuaban investigando las desapariciones. Walia levantó la cabeza, lo contempló durante unos instantes y terminó soltando una carcajada desprovista de verdadera alegría. —¡Aeciano, sois incorregible! ¿Comprendéis que, si os sucede algo mientras yo estoy sofocando una rebelión, probablemente perderé el condado de todas maneras? Vuestra tía me hará despedazar, vuestro abuelo enviará a sus veteranos a reclamar mi cabeza y Teodorico podrá afirmar, con toda justicia, que he dejado morir al muchacho cuya vida me había confiado. ¡Sería una manera admirable de solucionar mis dificultades políticas!

Elia, que había permanecido silenciosa junto a Amalasunta, intervino entonces con una sencillez que pareció propia de una niña demasiado pequeña para comprender la gravedad de la situación. —Pero, mi señor, si todos llegáis con soldados, los malos se esconderán y no encontraréis nada. —Walia volvió los ojos hacia ella, sorprendido por aquella intromisión, y la muchacha continuó, animada por la atención que había despertado—. Cuando un gato grande y ruidoso entra en un granero, los ratones dejan de correr por el suelo. Se esconden en sus agujeros y esperan a que se marche. El gato puede pasarse todo el día vigilando y creer que no hay ratones, aunque estén allí, escuchándolo. Quizá por eso las averiguaciones del señor obispo no funcionan: cuando sus soldados llegan a preguntar, quienes saben algo se esconden o tienen miedo de hablar. —Amalasunta acarició distraídamente los cabellos de su protegida, mientras Eudocia reconocía en aquella comparación infantil una observación bastante más inteligente que muchas de las propuestas formuladas durante el consejo real. Gundemaro, por el contrario, pareció particularmente interesado en la posibilidad de que alguien estuviera comparando a un obispo con un gato torpe.

Walia permaneció pensativo y acabó apartando los documentos. Comprendía perfectamente que una columna de soldados podía restablecer el orden en las calles de Marsella, pero también que resultaría inútil para descubrir quién secuestraba muchachas en las aldeas apartadas. Las desapariciones y la agitación campesina podían estar relacionadas, aunque nada demostraba todavía que tuvieran un origen común, y abandonar una investigación para atender la otra podía significar entregar la iniciativa a sus enemigos. —Capitán —ordenó finalmente—, acercad vuestra silla. Necesito cinco hombres escogidos personalmente por vos, no cinco soldados que sepan marchar correctamente cuando escuchan un cuerno. Quiero los mejores que tengáis. Uno extraordinariamente fuerte, capaz de proteger a los demás si todo termina en una pelea; otro rápido, buen explorador y mejor corredor; uno inteligente, que sepa leer, contar y descubrir cuándo alguien miente; y dos prudentes, veteranos que comprendan la diferencia entre una orden valerosa y una estupidez. No me interesan las bravatas. Necesito hombres que conserven la cabeza cuando sus compañeros comiencen a perderla.

El capitán guardó silencio mientras Walia continuaba, ahora con una gravedad que no había mostrado durante toda la jornada. —Advertidles de que no se trata de una misión ordinaria. Es posible que encuentren bandidos, asesinos o algo contra lo que sus años de servicio no los hayan preparado. Quiero voluntarios que estén dispuestos a dar la vida por proteger a estos jóvenes, pero no pienso comprar esa disposición mediante promesas vacías. Cada uno recibirá una recompensa de oro por aceptar el servicio, y si alguno muere cumpliendo mis órdenes, su familia será compensada generosamente. Esposa, hijos, padres ancianos, hermanos dependientes... incluso los bastardos que haya reconocido y aquellos cuya manutención pueda demostrarse. No permitiré que una familia termine mendigando porque su hombre murió defendiendo a los protegidos del rey. —El capitán inclinó la cabeza—. Conozco a los hombres adecuados, mi señor. Aunque os advierto que los cinco no siempre resultan fáciles de gobernar. —Walia respondió con una sonrisa cansada—. Entonces procurad que su capitán sea más inteligente que ellos. Y decidles que, si regresan vivos, recibirán bastante oro para lamentar no haber aceptado antes este encargo.

A la mañana siguiente, mientras una parte de la guardia preparaba la marcha hacia Marsella, el capitán comenzó a reunir a sus elegidos en el patio de la villa. Entre ellos había un veterano gigantesco de origen galo, cuya fuerza había convertido el levantamiento de carros volcados en una diversión de campamento; un explorador hispanorromano tan ligero de movimientos que sus compañeros aseguraban que podía cruzar un campo sin doblar la hierba; un antiguo escribiente militar que había cambiado el cálamo por la espada sin perder su afición por las cuentas; y dos hombres de mayor edad, curtidos en guarniciones fronterizas, que habían sobrevivido precisamente porque desconfiaban de las victorias demasiado fáciles. Amalasunta los contempló con evidente satisfacción, mientras Gundemaro parecía dispuesto a comprobar personalmente cuánto peso era capaz de levantar el gigante. Walia, entretanto, aguardaba junto a Juliano con los salvoconductos preparados, consciente de que estaba confiando una investigación peligrosa a un grupo de jóvenes cuya valentía conocía mucho mejor que su prudencia.

 

 

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