[Índice]
La saeta atravesó el cuello de la liebre con tal limpieza que el animal apenas alcanzó a dar un último salto antes de desplomarse entre los matorrales. Era una de aquellas liebres de monte que los cazadores galos llamaban leporarii veloces, célebres por su extraordinaria velocidad, sus cambios repentinos de dirección y la irritante costumbre de advertir la presencia humana mucho antes de que un arquero pudiera tensar la cuerda. Tenían las patas posteriores largas, orejas siempre alerta y una agilidad que convertía su persecución en un entretenimiento particularmente apreciado por los jóvenes nobles de Aquitania. Juliano había conseguido abatir veinte durante aquella tarde, una cantidad que habría bastado para alimentar generosamente a los oficiales de la expedición y proporcionar un guiso abundante a buena parte de la guardia. El conde Walia, que había seguido el último tramo de la cacería con la expresión resignada de quien comenzaba a lamentar haber permitido semejante entretenimiento, contempló el animal caído y asintió lentamente. —Veinte. Muy bien, Aeciano. Tendremos carne suficiente para un buen guiso, y probablemente alcance incluso para los oficiales. Ahora guardad el arco y no cacéis más. La última vez que os entregasteis a una de estas excursiones terminamos encontrando una criatura infernal.
—¡Y como ahora habéis matado veinte liebres, quizá encontremos veinte
monstruos! —añadió Amalasunta, que cabalgaba junto al conde con la alegría de
quien finalmente había recuperado por completo la movilidad de su hombro. La
joven goda había dejado atrás las molestias de su herida y volvía a vestir sus
prendas habituales de caza, con el cabello recogido y una pequeña jabalina
sujeta a la montura. —¡Imaginadlo, Walia! Veinte abominaciones, veinte
canciones sobre nuestro glorioso Juliano y veinte meses más durante los cuales
tendremos que alimentarlo con cucharita mientras se recupera de sus heridas.
¡Su tía Lidia terminará exigiendo que lo encerremos en una torre! —El conde
apenas sonrió. Había hombres y mujeres desaparecidos en las tierras hacia las
que se dirigían, y aunque agradecía que los jóvenes conservaran el buen humor,
no conseguía olvidar que aquella misión podía conducirlos nuevamente hacia algo
mucho peor que simples bandidos.
Detrás de ellos apareció Eudocia, con las mejillas encendidas y la
respiración agitada, intentando conservar una dignidad aristocrática que la
persecución había puesto a prueba con considerable crueldad. Había visto a
Juliano abandonar repentinamente el campamento junto a la fogata, correr hacia
el bosque con el arco en la mano y desaparecer entre los árboles; Walia lo
había seguido, después Amalasunta, y ella misma se había negado a permanecer
atrás como una dama incapaz de acompañar a sus compañeros. Sin embargo, el
terreno irregular, las raíces y las pendientes habían demostrado que las
elegantes botas de montar no constituían necesariamente el mejor calzado para
perseguir cazadores godos. Elia apareció poco después, seguida por cinco
guardias palatinos que habían recibido órdenes de no permitir que los jóvenes
se alejaran sin escolta. La muchacha parecía bastante menos fatigada que
Eudocia, aunque se mantenía prudentemente cerca de Amalasunta. El capitán de
los soldados, un veterano de barba entrecana y expresión jovial, observó las
liebres recogidas y sonrió con franca satisfacción. —Bueno, mis señores, al
menos esta vez comeremos carne fresca. Nuestros cocineros empezaban a creer que
tendríamos que alimentarnos exclusivamente de tocino salado hasta llegar a
Marsella.
—¡Por todos los santos, necesito sentarme! —exclamó Eudocia, apoyándose
contra un tronco mientras recuperaba el aliento—. ¿Siempre que vuestro amigo
descubre un animal comestible tenemos que perseguirlo a través de medio bosque?
—Amalasunta soltó una carcajada y le ofreció su cantimplora—. Consideraos
afortunada, querida. Hoy solamente perseguíamos liebres. Cuando Juliano
descubre un ciervo, podemos terminar cruzando tres ríos y dos fronteras antes
de que decida regresar. —Walia hizo una señal a los guardias para que
recogieran las presas y comprobaran las inmediaciones, pues no deseaba que
aquella distracción prolongara innecesariamente la jornada. Fue entonces cuando
Amalasunta reparó en algo que la hizo interrumpir sus burlas: Juliano no estaba
celebrando su habilidad, improvisando versos sobre la caza ni proponiendo
alguna competición absurda a Gundemaro. Permanecía inmóvil, con el arco todavía
en la mano, contemplando una zona del bosque que parecía idéntica a todas las
demás.
La expresión del joven Aeciano había adquirido aquella extraña ausencia que
algunos de sus amigos habían aprendido a reconocer después de los
acontecimientos de Tolosa. Sus ojos permanecían fijos entre los troncos, pero
no parecían buscar otra liebre ni seguir el movimiento de algún animal. Era
como si escuchara algo que los demás no podían oír, o como si una preocupación
súbita hubiera interrumpido sus pensamientos. Amalasunta dejó de sonreír y se
aproximó lentamente, mientras Elia observaba al muchacho con una inquietud que
no conseguía disimular. Walia también advirtió el cambio y levantó una mano
para ordenar silencio a los soldados. El bosque recuperó gradualmente sus
sonidos habituales: insectos entre la hierba, hojas agitadas por el viento y el
lejano canto de un pájaro. Sin embargo, el capitán palatino había observado que
Juliano mantenía la atención dirigida hacia una pequeña depresión cubierta por
helechos, situada a varias decenas de pasos de donde había caído la última
liebre. —¿Habéis visto algo, patricio? —preguntó en voz baja, sin desenvainar
todavía su espada—. ¿Un animal, quizá? ¿O huellas que deberíamos examinar?
Amalasunta contempló a Juliano con la gravedad de quien recordaba demasiado
bien lo sucedido durante su última cacería. —Juler —murmuró, empleando el
sobrenombre con que acostumbraban llamarlo los godos—, espero que no estéis a
punto de anunciarnos que acabáis de encontrar otra de esas cosas que no
deberían existir. —Eudocia, todavía fatigada, levantó la cabeza y comprendió
por las expresiones de los presentes que había dejado de tratarse de una
excursión de caza. Elia se acercó silenciosamente al costado de Amalasunta,
mientras Walia señalaba al capitán que mantuviera reunidos a sus cinco hombres.
Nadie había descubierto todavía nada inequívocamente peligroso, pero el
recuerdo de aquella criatura monstruosa bastó para que incluso los cazadores
más experimentados comenzaran a estudiar las sombras entre los árboles con
mayor atención.
La figura surgió de entre los helechos con tal violencia que uno de los
guardias palatinos llevó inmediatamente la mano a la empuñadura de su espada.
Era una campesina de unos veinte años, descalza, con una túnica de lana basta
desgarrada a la altura de las rodillas y el cabello oscuro adherido al rostro
por el sudor. Corría tropezando entre raíces y piedras, mirando repetidamente
por encima del hombro, aunque nada parecía perseguirla. Juliano la había
distinguido varios instantes antes de que apareciera ante los demás, cuando
todavía se encontraba oculta por la vegetación. Sin apartar completamente la
atención de la muchacha, preguntó si existía alguna aldea en las proximidades.
Walia lo contempló con una expresión de paciencia resignada. —Si alguna vez escucharais
mis explicaciones en lugar de dedicaros a contar liebres, sabríais que estamos
llegando a la primera aldea de mis dominios. Se encuentra más allá de aquella
elevación y actualmente la gobierna mi tío Eusebio, en mi nombre. Es un hombre
instruido y bastante más aficionado a las Escrituras que a las armas,
circunstancia que supongo encontraréis particularmente tranquilizadora después
de vuestra última aventura.
—¡Un tío gobernando las tierras de su sobrino! —exclamó Gundemaro, que
acababa de reunirse con los cazadores y había escuchado las últimas palabras—.
¡Por los santos, Walia, yo no dormiría tranquilo! Si mi padre desapareciera
mañana, sería yo quien mandaría en nuestras propiedades, no alguno de mis tíos,
por venerable que fuera su barba. ¿No teméis que vuestro Eusebio termine
colgando la sotana, engendrando un par de bastardos con las rameras de la
comarca y proclamando que vuestra herencia le pertenece por derecho divino?
—Amalasunta volvió hacia su hermano una mirada escandalizada, aunque la sonrisa
que comenzaba a dibujarse en sus labios desmentía su indignación—. ¡Gunter! ¿Es
verdaderamente necesario imaginar los pecados de todos los parientes de nuestros
conocidos? —¡Solo intento proteger los intereses de nuestro querido conde!
—replicó él, absolutamente satisfecho de sí mismo—. Un hombre que administra
tierras ajenas, conoce sus rentas y dispone de tiempo suficiente para estudiar
pergaminos puede convertirse en una amenaza terrible. ¡Especialmente si aprende
a esconder a sus bastardos antes de que aparezcan los recaudadores!
Walia respondió con una mirada tan seca que incluso Gundemaro comprendió que
había alcanzado el límite de la paciencia del conde. —Mi tío Eusebio tomó las
órdenes sagradas hace muchos años y ha servido a nuestra familia con fidelidad.
Administra aquella aldea porque conoce a sus habitantes, mantiene en buen
estado sus almacenes y consigue resolver disputas que vuestros guerreros
solucionarían rompiendo tres cabezas y quemando dos graneros. Si algún día
decide abandonar la vida religiosa para entregarse a los placeres que vuestra
imaginación le atribuye, os prometo informaros personalmente. Entretanto,
agradecería que reservarais vuestras preocupaciones genealógicas para vuestra
propia familia. —Eudocia ocultó una sonrisa detrás de la mano, mientras Amalasunta
soltaba una carcajada y añadía que, si Gunter heredaba alguna vez una propiedad
importante, probablemente necesitaría contratar a un tío sacerdote para impedir
que acabara arruinándola antes de la siguiente cosecha.
La campesina había llegado entretanto a una distancia desde la cual podía
reconocer los emblemas reales sobre los escudos de los soldados. Al advertir
que se encontraba frente a hombres armados, frenó bruscamente y estuvo a punto
de caer. El capitán palatino levantó una mano para impedir que sus guardias
avanzaran de manera amenazadora, mientras Walia se adelantaba lo suficiente
para hacerse reconocer. —¡Mujer! ¡Deteneos! Soy Walia, conde de estas tierras y
servidor del rey Teodorico. Nadie os hará daño. Decidnos de dónde venís y por
qué corréis de esa manera. —La muchacha cayó de rodillas, intentando recuperar
el aliento, y durante varios segundos solamente consiguió señalar hacia el
bosque. Sus pies estaban ensangrentados por la carrera, pero no presentaba
heridas que explicaran semejante terror. Elia abandonó prudentemente la
protección de Amalasunta y se aproximó con una cantimplora, aunque tuvo que
detenerse cuando la campesina retrocedió aterrorizada al sentir que alguien se
acercaba demasiado.
—¡No quiero volver! —consiguió exclamar finalmente—. ¡Por la Santa Madre, no
me obliguéis a regresar! —Walia intercambió una mirada con el capitán, quien
hizo una señal discreta para que dos soldados vigilaran la dirección de la que
había aparecido la joven. —Nadie os obligará a regresar sin escucharos primero
—respondió el conde con firmeza—. ¿Venís de la aldea de mi tío Eusebio? —La
campesina asintió desesperadamente, pero su siguiente respuesta produjo un
silencio mucho más inquietante que cualquier grito—. Mi señor... yo no estaba
huyendo de la aldea. Estaba intentando llegar a ella. Salí ayer con mi hermana
y otras dos muchachas para recoger plantas junto al arroyo. Nos separamos
apenas un momento y después escuché que alguien pronunciaba mi nombre entre los
árboles. Era la voz de mi hermana, pero cuando me acerqué... cuando me acerqué,
ella estaba todavía al otro lado del arroyo. —La joven comenzó a temblar y
apretó la cantimplora que Elia había conseguido poner entre sus manos—. Desde
entonces he estado caminando. Siempre encuentro el mismo sendero. Siempre
regreso a los mismos árboles. Y cada vez que escucho esa voz, parece estar más
cerca.
Amalasunta dejó de sonreír y buscó instintivamente con la mirada a Juliano.
Gundemaro, que hasta hacía unos instantes se divertía imaginando los pecados de
un sacerdote anciano, desenvainó lentamente su espada. Walia ordenó que nadie
se internara en el bosque y que los soldados permanecieran agrupados hasta
determinar qué estaba ocurriendo. La campesina, todavía arrodillada, levantó
entonces el rostro hacia el joven Aeciano, cuya atención había sido la primera
en descubrirla. —Mi señor —susurró—, si vais a buscar a las otras... no
respondáis cuando os llamen por vuestro nombre. Aunque reconozcáis la voz.
Aunque sea la de vuestra madre.
Gundemaro Vidimero había dejado de reír. La transformación fue tan repentina
que Eudocia, todavía ocupada en recuperar el aliento después de la carrera por
el bosque, tardó unos instantes en comprender que algo había cambiado. El joven
godo permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la campesina arrodillada y una
mano apoyada sobre la empuñadura de su espada. Una gota de sudor le descendió
desde la sien hasta la mandíbula, y sus labios se contrajeron con una expresión
que la muchacha romana jamás le había visto. —¿Qué os sucede, noble Gundemaro?
—preguntó con genuina inquietud—. Parecéis haber reconocido algo. —Amalasunta
volvió lentamente el rostro hacia su hermano y dejó escapar una risa breve,
delicada y sorprendentemente aristocrática, de aquellas que había aprendido a
utilizar cuando deseaba irritarlo sin recurrir a una sola vulgaridad. —Oh,
querida Eudocia, nuestro formidable Gunter acaba de experimentar una de esas
desagradables sensaciones en las que el presente parece repetir exactamente una
desgracia anterior. Los filósofos hablarían de una reminiscencia; mi hermano,
naturalmente, preferirá llamarlo de otra manera. —¡Odio esto! —gruñó Gundemaro,
secándose la frente con el antebrazo—. ¡Eso es lo que siento! ¡Odio estas
malditas historias de voces entre los árboles, muchachas desaparecidas y
caminos que no llevan a ninguna parte! ¡La última vez terminamos enfrentándonos
a una cosa que ni siquiera sabía cómo llamar!
Walia tampoco encontró motivos para sonreír. Había escuchado el relato de la
campesina sin interrumpirla y, mientras Gundemaro expresaba a gritos su
disgusto, el conde observó la dirección del sendero, la inclinación del terreno
y la distancia que separaba a los jóvenes del resto de la columna. —Es
demasiado parecido a aquella vez —murmuró—. Una muchacha aterrorizada,
desapariciones inexplicables y un bosque que parece guardar secretos que nadie
desea descubrir. —Después levantó la mirada hacia Juliano, quien permanecía
atento a los árboles sin haber conseguido distinguir ninguna presencia
sobrenatural concreta—. Pero esta vez estamos preparados. No hemos venido con
unos cuantos cazadores y campesinos armados de herramientas. Hemos traído
soldados del rey, oficiales experimentados y suficientes hombres para impedir
que cualquier criatura nos aísle uno por uno. —El conde extrajo de su cinturón
un cuerno de guerra, adornado con pequeñas abrazaderas de bronce, y lo llevó a
los labios. Su llamada resonó entre las encinas con una gravedad poderosa,
seguida por dos notas más breves que los soldados palatinos reconocieron
inmediatamente como señal de reunión defensiva.
La respuesta fue casi instantánea. Desde el camino principal llegaron los
primeros escudos, seguidos por hombres armados de lanzas y espadas que
avanzaron con aquella disciplina propia de una escolta escogida para proteger a
miembros de la aristocracia real. El capitán distribuyó a sus soldados en
pequeños cuerpos compactos, dejando a los lanceros en la periferia y a los
hombres de espada en los espacios interiores, mientras otros aseguraban el
sendero que comunicaba con el campamento. Los cinco guardias que habían
acompañado a los cazadores ocuparon posiciones alrededor de Walia, Juliano y
las jóvenes, formando una primera defensa que pronto quedó integrada en el
dispositivo general. Nadie corrió inútilmente ni comenzó a lanzar gritos de
alarma: los oficiales transmitían órdenes breves, los soldados conservaban sus
intervalos y los escudos se orientaban hacia la espesura. Eudocia contempló
aquella maniobra con una admiración que procuró disimular, mientras Gundemaro
recuperaba parte de su habitual confianza al verse rodeado de hombres capaces
de sostener una línea de combate. —¡Esto sí me gusta! —declaró, examinando las
lanzas que apuntaban hacia el bosque—. ¡Si algo quiere llevarse a uno de
nosotros, tendrá que aprender primero a atravesar una muralla de godos!
Walia, satisfecho con la formación, se volvió hacia la campesina y descubrió
que el sonido del cuerno y la aparición de tantos guerreros habían conseguido
asustarla casi tanto como aquello de lo que huía. El conde se arrodilló frente
a ella, procurando que su considerable estatura no resultara amenazadora, y le
ofreció personalmente su cantimplora. —Bebed, muchacha. Lentamente. No
necesitáis responder ninguna pregunta hasta recuperar el aliento. —La joven
obedeció con manos temblorosas, derramando parte del agua sobre su túnica,
mientras Walia aguardaba sin mostrar impaciencia—. Escuchadme bien. Soy Walia,
vuestro comes. Estas tierras pertenecen a mi casa y vuestra aldea se encuentra
bajo mi protección, del mismo modo que todas las familias que viven y trabajan
en mis dominios. Mi autoridad no existe solamente para cobrar tributos, exigir
servicios o convocar guerreros cuando el rey necesita una hueste. Existe
también para protegeros de quienes pretendan haceros daño. Si alguien ha
secuestrado a vuestra hermana, lo encontraremos. Si os habéis extraviado, os
llevaremos a casa. Y si algo verdaderamente maligno habita en estos bosques,
tendrá que responder ante hombres que no piensan abandonaros.
La campesina levantó lentamente la cabeza, sorprendida de escuchar
semejantes palabras de un señor al que hasta entonces conocía únicamente por su
nombre y por los tributos que sus administradores recaudaban. —Mi señor...
—susurró, aferrándose todavía a la cantimplora—. Mi hermana se llama Alda.
Tiene quince años. Mi madre estará buscándonos, y mi padre... mi padre no puede
caminar desde la última cosecha. —Walia asintió con gravedad—. Entonces
procuraremos que vuestra madre reciba noticias antes de que anochezca. ¿Cómo os
llamáis? —Berta, mi señor. —Bien, Berta. Permaneceréis junto a nuestras
acompañantes hasta que estemos seguros de que podéis regresar sin peligro.
Nadie os enviará nuevamente al bosque para demostrar si vuestra historia es
verdadera. —Amalasunta se aproximó con Elia y Eudocia, procurando que la
muchacha encontrara entre ellas alguna tranquilidad, mientras Gundemaro
ordenaba a dos soldados revisar las inmediaciones sin apartarse del alcance de
sus compañeros.
Sin embargo, cuando Walia preguntó por el sendero que conducía a la aldea,
Berta señaló hacia una pequeña elevación donde los árboles parecían crecer
demasiado próximos unos de otros. —Por allí, mi señor. Al otro lado hay un
puente de madera y después los campos de nuestro pueblo. Pero... —La campesina
vaciló, apretando los dedos alrededor del recipiente—. Esta mañana vi el
puente. Estoy segura. Escuché incluso las campanas de nuestra iglesia. Corrí
hacia ellas, pero cuando llegué solamente había árboles. Después escuché a Alda
llamándome desde detrás de un tronco, aunque su voz sonaba como si tuviera la
boca llena de agua. —Walia mantuvo la serenidad, pero el capitán palatino
intercambió una mirada con sus oficiales. Juliano podía reconocer la dirección
de los sonidos ordinarios del bosque y distinguir movimientos entre la
vegetación mejor que casi cualquier cazador de la expedición; aun así, no había
encontrado todavía una señal inequívoca de la presencia maligna que temían. La
incertidumbre resultaba precisamente lo más peligroso, porque cualquier
decisión precipitada podía convertir una investigación en una persecución
desordenada.
Juliano había conseguido distinguir, entre las sombras cada vez más largas
del bosque, una sucesión de señales que escapaban a los ojos de los soldados:
la tierra ligeramente hundida bajo la hojarasca, las raíces desgastadas por
antiguos pasos de hombres y animales, y una franja de vegetación distinta que
descendía hacia un arroyo oculto. Aquello no era una trocha abierta por
cazadores, sino un camino viejo, abandonado desde hacía años, aunque todavía
reconocible para quien hubiera aprendido a leer los bosques. Más inquietante
resultaba la sensación que lo había conducido hasta allí: no percibía una
amenaza definida, pero sí una especie de atracción desagradable, como si
aquella senda hubiera conservado el recuerdo de quienes la habían recorrido.
Cuando preguntó a Walia adónde conducía, el conde contempló la elevación y
tardó unos instantes en reconocerla. —A un monasterio antiguo, más allá del
arroyo. Mi tío Eusebio peregrina allí cada Navidad, aunque nunca he comprendido
por qué prefiere aquel lugar a las iglesias de Marsella. Según recuerdo, la
comunidad conserva reliquias veneradas desde tiempos de nuestros abuelos. El
camino principal se encuentra más al sur; este debió de ser utilizado cuando el
monasterio recibía más peregrinos.
—Mi señor, pronto anochecerá —advirtió el capitán palatino, señalando el sol
que comenzaba a ocultarse detrás de las colinas—. Si queremos alcanzar la
aldea, deberíamos mover la columna antes de perder la luz. Puedo enviar
exploradores por delante, pero no recomendaría dividir nuestras fuerzas en este
terreno. —Berta reaccionó con evidente angustia al escuchar aquella propuesta.
—¡No, mi señor, os lo suplico! ¡No enviéis a nadie solo! Desde hace meses nadie
sensato permanece en los campos después de la puesta del sol. Cerramos las
puertas, atrancamos las ventanas y dejamos de responder cuando escuchamos voces
fuera de las casas. Algunos pastores han perdido rebaños enteros y hubo quienes
salieron a buscarlos y nunca regresaron. —Elia, que había permanecido
escuchando con atención, frunció ligeramente el ceño. —Pero nosotros hemos
pasado varias noches al aire libre durante el viaje. Hemos dormido junto a los
caminos, entre árboles y cerca de los arroyos, y no nos ha ocurrido nada
semejante. —Berta la contempló con una mezcla de incredulidad y lástima.
—Entonces no habéis dormido en tierras de los Amalaricios, pequeña señora. Aquí
las cosas son distintas.
La afirmación produjo un silencio incómodo, especialmente para Walia, que
hasta entonces había considerado las desapariciones como una serie de
incidentes recientes y relativamente aislados. Berta, animada por la atención
que le prestaban aquellos nobles, comenzó a hablar con mayor libertad. Relató
que los caminos se habían vuelto peligrosos, que las cosechas parecían rendir
menos y que muchos campesinos evitaban internarse en terrenos donde sus padres
habían recogido leña durante generaciones. Algunos propietarios habían
abandonado sus villas menores para trasladarse a poblaciones fortificadas,
mientras otros aumentaban las exigencias sobre sus colonos con el argumento de
que necesitaban contratar hombres armados. —Si no fuera porque últimamente
llega comida más barata desde los Alpes, no sé qué estaríamos haciendo —confesó
la muchacha—. Los mercaderes dicen que procede de unas propiedades romanas
donde han mejorado los cultivos y los molinos. El grano cuesta menos, y también
algunas conservas y herramientas. Gracias a eso todavía podemos comprar lo
necesario cuando falla nuestra cosecha. Si no fuera por esos cargamentos, creo
que mucha gente ya habría empezado a...
Berta se interrumpió bruscamente. Había recordado demasiado tarde que estaba
hablando ante el propio conde, señor de aquellas tierras y responsable último
de sus tributos, sus magistrados y sus guarniciones. Bajó la cabeza y apretó la
cantimplora entre las manos, temiendo que una palabra imprudente bastara para
convertirla de víctima en acusada. Walia no necesitaba escuchar el final de la
frase. Lo conocía perfectamente: revuelta. Una rebelión campesina podía
comenzar con aldeas que se negaban a entregar sus rentas, extenderse hacia los
propietarios menores y terminar convertida en una crisis política capaz de
comprometer su autoridad sobre el condado. Peor todavía, si la administración
imperial encontraba pruebas de desórdenes prolongados, los enemigos de su casa
podrían utilizarlas para cuestionar sus derechos y reclamar la intervención del
emperador. No era imposible que terminara perdiendo aquello que sus antepasados
habían conservado mediante matrimonios, juramentos y campañas. ¿Qué estaba
ocurriendo realmente en sus dominios? ¿Acaso Eusebio había dejado de gobernar
adecuadamente? ¿Había ocultado las dificultades para evitar preocuparlo, o era
el propio anciano incapaz de comprender su gravedad?
—Habéis hecho bien en hablar, Berta —respondió finalmente Walia, con una
serenidad que exigió mayor esfuerzo del que deseaba reconocer—. No castigaré a
una mujer por explicarme lo que sucede en mis propias tierras. Si el alimento escasea,
los caminos son inseguros y las familias temen abandonar sus hogares, entonces
debo saberlo. Para eso he venido. —Amalasunta, que había observado el cambio de
expresión del conde, intervino con una franqueza poco habitual entre
aristócratas cuando discutían asuntos de gobierno delante de campesinos. —Si
vuestros aldeanos prefieren comprar grano romano antes que consumir el que
producen sus propias tierras, quizá el problema no esté solamente en los
bosques. —Gundemaro hizo una mueca, pero no encontró una réplica inmediata.
Eudocia, por su parte, comprendió que la situación era bastante más delicada de
lo que había imaginado al abandonar Tolosa: detrás de aquellas desapariciones
podían esconderse dificultades económicas, negligencias administrativas y
resentimientos capaces de perjudicar a una de las grandes familias del reino.
El capitán aguardó a que Walia terminara de escuchar antes de formular una
propuesta. —Mi señor, podemos alcanzar la aldea antes de que oscurezca por
completo si seguimos el camino principal. Disponemos de suficientes hombres
para proteger los carros y establecer un campamento fortificado si fuera
necesario, pero no aconsejo acercarnos al monasterio sin reconocer primero sus
accesos. —Walia contempló nuevamente la senda descubierta por Juliano. No había
olvidado que el joven Aeciano había detectado algo extraño antes incluso de que
apareciera la campesina, y aquella coincidencia le desagradaba profundamente.
—Muy bien. Nadie se separará de la columna. Marcharemos hacia la aldea y
hablaremos con mi tío Eusebio esta misma noche. Quiero conocer los nombres de
las desaparecidas, los lugares donde fueron vistas por última vez y las medidas
adoptadas por sus administradores. Y mañana averiguaremos qué sucede en ese
monasterio. —Luego se volvió hacia Berta y añadió con una suavidad inesperada—.
Vos vendréis con nosotros. Si vuestra hermana continúa viva, haremos cuanto
esté en nuestras manos para encontrarla.
La primera aldea de los dominios amalaricios recibió a la comitiva bajo una
luz crepuscular que apenas alcanzaba para distinguir las últimas humaredas de
los hogares. Los campesinos habían cerrado sus puertas antes de que el sol
desapareciera por completo, y solamente la presencia de los estandartes
palatinos consiguió que algunos hombres se aventuraran a salir, llevando
antorchas y acompañados por perros que ladraban nerviosamente hacia la
arboleda. La residencia señorial, una antigua villa romana convertida en centro
administrativo, se encontraba iluminada, pero Eusebio no salió a recibir a su
sobrino. En su lugar apareció un mensajero agotado, con las botas cubiertas de
polvo y un documento cuyo sello episcopal había sido reforzado con una cinta de
lino. —Mi señor Walia, traigo noticias de vuestro tío. El señor obispo se
encuentra en Marsella, atendiendo unos disturbios que amenazan con convertirse
en una rebelión. Varios propietarios han denunciado ataques contra sus
recaudadores, hay aldeas que se niegan a entregar las contribuciones y algunos
hombres están reuniéndose armados. Su reverencia espera que podáis poner a su
disposición los soldados que acompañan vuestra comitiva. —Walia palideció de
tal manera que Gundemaro, poco acostumbrado a verlo perder la compostura, dejó
de bromear. Aquello que el conde había temido durante el camino ya estaba
sucediendo, y su tío no solamente conocía la gravedad del problema, sino que
había abandonado la administración local para intentar contenerlo
personalmente.
La cena transcurrió en una atmósfera incómoda. Los oficiales recibieron la
carne de las liebres que Juliano había cazado, pero apenas hubo comentarios
sobre el guiso, pues Walia permanecía inclinado sobre los documentos llegados
de Marsella, intentando comprender cuántas guarniciones continuaban obedeciendo
a sus administradores y cuáles de los propietarios habían comenzado a contratar
sus propias tropas. Cuando el conde propuso llevar consigo a toda la escolta
palatina para restablecer el orden, Juliano dijo finalmente aquello que nadie
se había atrevido a plantear: debía marchar con los soldados, mientras sus
jóvenes acompañantes continuaban investigando las desapariciones. Walia levantó
la cabeza, lo contempló durante unos instantes y terminó soltando una carcajada
desprovista de verdadera alegría. —¡Aeciano, sois incorregible! ¿Comprendéis
que, si os sucede algo mientras yo estoy sofocando una rebelión, probablemente
perderé el condado de todas maneras? Vuestra tía me hará despedazar, vuestro
abuelo enviará a sus veteranos a reclamar mi cabeza y Teodorico podrá afirmar,
con toda justicia, que he dejado morir al muchacho cuya vida me había confiado.
¡Sería una manera admirable de solucionar mis dificultades políticas!
Elia, que había permanecido silenciosa junto a Amalasunta, intervino
entonces con una sencillez que pareció propia de una niña demasiado pequeña
para comprender la gravedad de la situación. —Pero, mi señor, si todos llegáis
con soldados, los malos se esconderán y no encontraréis nada. —Walia volvió los
ojos hacia ella, sorprendido por aquella intromisión, y la muchacha continuó,
animada por la atención que había despertado—. Cuando un gato grande y ruidoso
entra en un granero, los ratones dejan de correr por el suelo. Se esconden en
sus agujeros y esperan a que se marche. El gato puede pasarse todo el día
vigilando y creer que no hay ratones, aunque estén allí, escuchándolo. Quizá
por eso las averiguaciones del señor obispo no funcionan: cuando sus soldados
llegan a preguntar, quienes saben algo se esconden o tienen miedo de hablar.
—Amalasunta acarició distraídamente los cabellos de su protegida, mientras
Eudocia reconocía en aquella comparación infantil una observación bastante más
inteligente que muchas de las propuestas formuladas durante el consejo real.
Gundemaro, por el contrario, pareció particularmente interesado en la
posibilidad de que alguien estuviera comparando a un obispo con un gato torpe.
Walia permaneció pensativo y acabó apartando los documentos. Comprendía
perfectamente que una columna de soldados podía restablecer el orden en las
calles de Marsella, pero también que resultaría inútil para descubrir quién
secuestraba muchachas en las aldeas apartadas. Las desapariciones y la
agitación campesina podían estar relacionadas, aunque nada demostraba todavía
que tuvieran un origen común, y abandonar una investigación para atender la
otra podía significar entregar la iniciativa a sus enemigos. —Capitán —ordenó
finalmente—, acercad vuestra silla. Necesito cinco hombres escogidos
personalmente por vos, no cinco soldados que sepan marchar correctamente cuando
escuchan un cuerno. Quiero los mejores que tengáis. Uno extraordinariamente
fuerte, capaz de proteger a los demás si todo termina en una pelea; otro
rápido, buen explorador y mejor corredor; uno inteligente, que sepa leer,
contar y descubrir cuándo alguien miente; y dos prudentes, veteranos que
comprendan la diferencia entre una orden valerosa y una estupidez. No me
interesan las bravatas. Necesito hombres que conserven la cabeza cuando sus
compañeros comiencen a perderla.
El capitán guardó silencio mientras Walia continuaba, ahora con una gravedad
que no había mostrado durante toda la jornada. —Advertidles de que no se trata
de una misión ordinaria. Es posible que encuentren bandidos, asesinos o algo
contra lo que sus años de servicio no los hayan preparado. Quiero voluntarios
que estén dispuestos a dar la vida por proteger a estos jóvenes, pero no pienso
comprar esa disposición mediante promesas vacías. Cada uno recibirá una
recompensa de oro por aceptar el servicio, y si alguno muere cumpliendo mis
órdenes, su familia será compensada generosamente. Esposa, hijos, padres
ancianos, hermanos dependientes... incluso los bastardos que haya reconocido y
aquellos cuya manutención pueda demostrarse. No permitiré que una familia termine
mendigando porque su hombre murió defendiendo a los protegidos del rey. —El
capitán inclinó la cabeza—. Conozco a los hombres adecuados, mi señor. Aunque
os advierto que los cinco no siempre resultan fáciles de gobernar. —Walia
respondió con una sonrisa cansada—. Entonces procurad que su capitán sea más
inteligente que ellos. Y decidles que, si regresan vivos, recibirán bastante
oro para lamentar no haber aceptado antes este encargo.
A la mañana siguiente, mientras una parte de la guardia preparaba la marcha
hacia Marsella, el capitán comenzó a reunir a sus elegidos en el patio de la
villa. Entre ellos había un veterano gigantesco de origen galo, cuya fuerza
había convertido el levantamiento de carros volcados en una diversión de
campamento; un explorador hispanorromano tan ligero de movimientos que sus
compañeros aseguraban que podía cruzar un campo sin doblar la hierba; un
antiguo escribiente militar que había cambiado el cálamo por la espada sin
perder su afición por las cuentas; y dos hombres de mayor edad, curtidos en
guarniciones fronterizas, que habían sobrevivido precisamente porque
desconfiaban de las victorias demasiado fáciles. Amalasunta los contempló con
evidente satisfacción, mientras Gundemaro parecía dispuesto a comprobar
personalmente cuánto peso era capaz de levantar el gigante. Walia, entretanto,
aguardaba junto a Juliano con los salvoconductos preparados, consciente de que
estaba confiando una investigación peligrosa a un grupo de jóvenes cuya
valentía conocía mucho mejor que su prudencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario