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Rávena parecía aquella mañana una ciudad construida para recordar a todos que el Imperio aún existía. Desde las galerías del palacio hasta las calles húmedas que conducían a la basílica, pendían paños púrpura, cruces de oro, estandartes militares y viejos emblemas senatoriales cuidadosamente desempolvados para recibir al nuevo Augusto. La procesión avanzaba con una lentitud calculada entre el sonido de los cornos, las aclamaciones rituales y el golpear acompasado de las lanzas contra el pavimento. Ricimero observaba desde uno de los laterales reservados a los grandes dignatarios, inmóvil bajo su manto militar, mientras a su derecha permanecía Cecina y, algo detrás, su joven pupilo Lucio Aeciano, silencioso, con la compostura rígida de quien comprendía que aquel día se aprendía más escuchando que preguntando.
—Espero que nuestro nuevo Augusto no padezca la enfermedad de los mares
—murmuró Ricimero sin apartar los ojos de la procesión.
Cecina ladeó apenas el rostro. No necesitó preguntar a qué enfermedad se
refería. —Es una dolencia frecuente entre los emperadores que llegan de
Oriente. Ven África desde un mapa y creen que Cartago está al otro lado de un
estanque. Luego alguien pronuncia las palabras flota imperial, otro
calcula cuántos barcos construían los antiguos y, antes de que termine el
invierno, media tesorería está convertida en madera flotante. —Una breve
sonrisa apareció en su boca—. Mayoriano también contrajo esa fiebre. Y no sobrevivió
a la convalecencia.
Ricimero dejó escapar una respiración que casi podía pasar por risa.
—Mayoriano tenía la desagradable costumbre de convertir sus enfermedades en
proyectos administrativos. Este, en cambio, trae generales orientales, dinero
oriental, parientes orientales y, según dicen, la convicción de que África debe
volver a obedecer a Roma. —La figura de Antemio podía distinguirse ya entre
sacerdotes y dignatarios, avanzando bajo la púrpura mientras el pueblo
respondía a las aclamaciones—. Si menciona Cartago durante el banquete,
empezaré a preocuparme. Si menciona astilleros, mandaré contar el tesoro. Si
pregunta cuántos marineros quedan en Italia… rezaré.
—Vos no rezáis.
—Precisamente por eso sabrás que la situación es grave.
Cecina permitió que el silencio absorbiera durante unos instantes los gritos
de Augustus! Augustus! que llegaban desde la plaza. Luego miró de
reojo hacia Lucio, sin dirigirse todavía a él. —Hay algo peor que un emperador
enamorado del mar. Un emperador que consiga que otros se enamoren con él. Si
Antemio logra convencer al Senado de que Cartago significa trigo, a los
mercaderes de que significa rutas seguras, a los obispos de que significa
liberar cristianos y a los soldados de que significa botín, entonces la
enfermedad dejará de ser suya. Será de Italia entera.
Ricimero observó ahora al joven Aeciano durante un instante, como si
deliberadamente hubiese permitido que aquella conversación ocurriera a su
alcance. Después volvió la mirada hacia la procesión. —Por eso lo tengo aquí.
Un hombre aprende poco cuando su maestro le explica quién tiene razón. Aprende
mucho cuando ve a dos hombres poderosos decidir quién puede permitirse estar
equivocado. —Delante de ellos, las aclamaciones crecieron cuando Antemio
alcanzó el tramo final hacia la ceremonia; Ricimero juntó las manos detrás de
la espalda—. Veamos primero qué clase de emperador nos ha enviado
Constantinopla. Después averiguaremos cuánto mar necesita para ahogarse.
Lucio no alcanzó a penetrar el juego completo que se desarrollaba entre los
dos hombres, pero sí advirtió algo importante: Ricimero no hablaba simplemente
con Cecina. Hablaba para ser oído. Las pausas eran demasiado oportunas, las
frases demasiado cuidadas y aquella última mirada hacia él demasiado breve para
considerarla casual. El joven no podía saber si aquello era una lección, una
advertencia o una prueba de lealtad, pero comprendió que el asunto de África
tocaba algún nervio verdadero. Cuando la multitud volvió a aclamar al Augusto,
Ricimero dejó de sonreír.
La procesión se detuvo frente a las puertas de la basílica. Los grandes
oficiales cambiaron de posición con la precisión de una maniobra militar;
sacerdotes, senadores, generales y representantes de las grandes casas se
ordenaron según precedencia mientras el nuevo emperador avanzaba hacia el lugar
reservado para la investidura. Antemio no tenía el aspecto de un hombre llegado
a Occidente para representar una ceremonia vacía. Saludaba con mesura,
observaba rostros y estandartes, y parecía dedicar a cada grupo apenas el
tiempo suficiente para hacerlo sentir reconocido sin detener la marcha. Cecina
siguió aquel recorrido con expresión cada vez menos divertida.
—No mira como un huésped —murmuró.
—No —respondió Ricimero—. Mira como un propietario que acaba de recibir las
llaves.
Entonces ocurrió algo pequeño, casi imperceptible entre tanta pompa. Cuando
Antemio pasó frente al grupo de Ricimero, ambos hombres intercambiaron la
inclinación exacta que exigía el protocolo; ninguna palabra impropia, ningún
gesto de desafío. Sin embargo, Antemio dejó reposar la mirada una fracción de
segundo más sobre Lucio Aeciano. No fue reconocimiento abierto ni saludo
personal, pero bastó para que Cecina también lo notara. Ricimero, en cambio,
mantuvo los ojos sobre el emperador hasta que este hubo pasado.
—Interesante —dijo Cecina.
Ricimero no respondió inmediatamente. Solo cuando el canto de los clérigos
comenzó a llenar la basílica añadió, casi para sí mismo: —Parece que
Constantinopla hizo sus deberes antes de venir a gobernarnos.
El interior del palacio de Rávena cambió por completo el tono de la jornada.
Fuera habían quedado los estandartes, los cornos y el peso casi religioso de la
proclamación; dentro comenzaban el vino especiado, las bandejas de plata, los
músicos discretos y aquella segunda ceremonia, mucho menos regulada y quizás
más peligrosa, en la que las grandes familias se reconocían, se medían y
decidían quién merecía ser recordado. Lucio Aeciano apenas había atravesado las
primeras salas cuando empezó a advertirse a su alrededor una curiosidad
creciente. Varias jóvenes de casas senatoriales lo habían imaginado como una
prolongación de los relatos de frontera: un gigante tosco, medio germanizado
por años entre soldados del Rin, quizá excelente a caballo pero incapaz de hablar
de algo que no fueran lanzas, nieve y disciplina. En cambio encontraron a un
muchacho enorme, sí, pero impecablemente vestido, contenido en sus movimientos,
dueño de un latín culto y sorprendentemente dulce, con ese cuidado por las
formas que solo producía una educación aristocrática verdadera. La
contradicción resultó devastadora. Una primera doncella se acercó acompañada
por su madre; luego otra encontró algún parentesco remoto que justificaba una
presentación; después apareció una tercera que necesitaba, de manera
absolutamente urgente, saber si los caballos del Rin eran realmente mayores que
los de Italia.
En menos de un cuarto de hora, Lucio había desaparecido detrás de una
pequeña constelación de sedas, velos, brazaletes y sonrisas. Una joven de los
Anicios le preguntaba por la Galia mientras fingía escuchar con religiosa
atención; otra, de una rama menor de los Severos, había descubierto
repentinamente una fascinación por la caballería; una muchacha ravennate de
cabello oscuro se limitaba a observarlo con la persistencia de quien ya había
decidido que hablar demasiado pronto era desperdiciar ventaja. Las mayores
contemplaban aquello desde cierta distancia con expresiones mucho menos
inocentes. Un Aeciano seguía siendo un Aeciano: nieto del León de Occidente,
primogénito de una casa cuya extensa red de veteranos, clientes y funcionarios
sobrevivía incluso al retiro político de su patriarca.
Tomo_II_personajes_plantilla_nu… El joven oficial, además, poseía exactamente
la clase de aspecto que permitía imaginar hijos robustos sin tener que tolerar
en la mesa a un bárbaro incapaz de declinar correctamente un nombre.
Cecina contempló el cerco femenino durante algunos instantes y terminó
acercándose por detrás. Apoyó una mano sobre el hombro de Lucio con la
familiaridad deliberada de un hombre mayor que se sabía autorizado a hacerlo y
miró alrededor con expresión de fingida indignación.
—Déjanos una, muchacho. Una sola. No te estamos pidiendo sacrificios
heroicos. —Luego dirigió la mirada hacia las doncellas—. Hace una hora este
hombre pertenecía al ejército de Italia. Ahora sospecho que tendremos que
negociar su liberación con media aristocracia de Rávena.
Varias risas respondieron inmediatamente. Una de las jóvenes protestó que
nadie retenía al ilustre Aeciano; otra aseguró, demasiado deprisa, que
únicamente preguntaban por las costumbres de la frontera. Cecina levantó las
cejas. —Naturalmente. La frontera. Extraordinario territorio. Nunca había visto
despertar semejante interés geográfico entre las muchachas de Rávena. —Por
encima de las cabezas alcanzó entonces a cruzar una mirada con Ricimero, que
conversaba a cierta distancia con dos oficiales. El generalísimo no sonrió
abiertamente, pero una inclinación casi imperceptible de la comisura de sus
labios reveló que había registrado perfectamente la escena. Cecina volvió a
apretar una vez el hombro del joven—. Ten cuidado. Contra una carga de
caballería sabes qué hacer. Esto es mucho peor: aquí todos sonríen antes de
atacar.
La música cambió y, al fondo del salón, algunos servidores comenzaron a
abrir paso entre los invitados. Antemio estaba entrando en la gran recepción ya
sin la distancia ceremonial de la procesión, acompañado por miembros de su
séquito oriental y por dignatarios occidentales. Las conversaciones
disminuyeron apenas lo suficiente para que cada noble pudiera fingir que no
había estado observando quién hablaba con quién. Entre las jóvenes que rodeaban
a Lucio ocurrió algo semejante: algunas permanecieron; otras retrocedieron
hacia sus madres; una o dos aprovecharon la llegada imperial para acercarse
todavía más antes de que el protocolo volviera imposible cualquier conversación
privada. Y entonces Cecina, todavía a su lado, murmuró con una diversión que ya
tenía bastante de advertencia: —Ahora veremos cuál de todas estaba interesada
en ti… y cuál estaba interesada en que el emperador la viera hablando contigo.
Los susurros comenzaron a llegarle precisamente porque nadie parecía
recordar que un hombre alto oye las conversaciones que los demás creen
protegidas por hombros y abanicos. Entre dos matronas se deslizó la pregunta de
cómo una casa tan obstinadamente romana podía haber producido un heredero de
aspecto tan septentrional; más allá, un joven senador aseguró con tono de
confidencia que aquello tenía una explicación mucho más entretenida que la
sangre antigua de la familia. El nombre de Valeria apareció envuelto en una
risita, después en una palabra apenas pronunciada —indiscreción— y
finalmente en aquella versión que siempre sobrevivía mejor que los hechos: que
el primogénito de los Aecianos quizá no era, después de todo, hijo del hombre
cuyo nombre llevaba.
La propia presencia de Lucio alimentaba el rumor. Desde arriba dominaba
físicamente casi cualquier grupo del salón; su cabello rubio, corto y peinado
hacia delante según una austeridad que pretendía recordar tiempos antiguos,
resultaba imposible de esconder, igual que aquel rostro completamente rasurado
y aquel porte militar que hacía parecer delicados incluso a ciertos oficiales
de palacio. Las doncellas podían encontrarlo hermoso; los hombres, en cambio,
buscaban explicaciones. Unos encontraban godos en su mandíbula, otros francos
en la anchura de sus hombros y algún genealogista particularmente inspirado
habría descubierto hunos en sus pestañas si aquello hubiera servido para
entretener mejor la sobremesa.
Pero el chisme perdía parte de su veneno cuando llegaba a la cuestión
verdaderamente importante. Bastardo o no, cierto o falso, Aecio lo
había reconocido. Y en la política italiana aquello pesaba más que
veinte comadronas jurando sobre reliquias. El anciano había permitido que Lucio
llevara el nombre, lo había colocado en la sucesión visible de su casa y, sobre
todo, lo había enviado a formarse junto a Ricimero. Ese último detalle
convertía una historia de alcoba en un problema político: nadie entregaba un muchacho
inútil al hombre que podía decidir qué emperador conservaba la púrpura y cuál
terminaba recordado solamente en las monedas.
Cecina también había oído. Una sonrisa lenta apareció en su rostro mientras
seguía con los ojos a dos muchachos que acababan de callar demasiado tarde.
—Ahí tienes la corte —murmuró hacia Ricimero, suficientemente bajo para que las
damas cercanas no lo oyeran—. Primero deciden quién fue tu padre. Después
deciden cuánto vales. Y finalmente descubren que el viejo Aecio ya tomó esa
decisión por ellos hace años. —Ricimero no respondió de inmediato. Observó a
Lucio entre las jóvenes, luego a los hombres que fingían no observarlo. —La
sangre preocupa a los nobles cuando no pueden controlar al hombre que la lleva
—dijo por fin—. Si Aecio hubiese querido ocultarlo, habría enviado al muchacho
a una finca. Lo envió conmigo.
Aquella frase recorrió a Cecina con más seriedad que cualquier rumor. Porque
allí estaba el verdadero motivo por el que muchos ojos masculinos se detenían
sobre Lucio tanto como los femeninos: su abuelo, oficialmente retirado, seguía
moviendo clientes, antiguos oficiales, familias endeudadas y amistades
militares a través de media Italia; y allí donde su propia mano no alcanzaba,
conocía a hombres que manejaban los hilos restantes. Que aquel anciano hubiese
señalado públicamente a un muchacho de aspecto tan extraño como heredero no
debilitaba a Lucio. Lo volvía más inquietante. El rumor podía convertirlo en
bastardo; el reconocimiento de Aecio lo convertía en bastardo con
legitimidad, nombre, espada y futuro.
Lucio alcanzó a separar el rumor verdadero del simple teatro de salón. No
todos los que hablaban de su supuesto origen germánico creían realmente en él.
Las matronas mayores lo repetían porque era una forma elegante de preguntar por
la estabilidad sucesoria de la Casa Aecia; los jóvenes nobles lo utilizaban
para reducir a una amenaza demasiado evidente a una anécdota de dormitorio; y
las muchachas, en cambio, parecían encontrar que la sospecha añadía un peligro
romántico bastante más interesante que cualquier genealogía impecable. Lo
importante era otra cosa: cada vez que alguien pronunciaba la palabra bastardo,
otro respondía inevitablemente con alguna variante de la misma objeción: «Aecio
lo reconoció». El rumor atacaba su sangre; nadie se atrevía todavía a atacar
públicamente su posición.
El segundo rumor era de una naturaleza completamente distinta, porque no
había nacido de una alcoba, de una comadrona indiscreta ni de la necesidad
cortesana de explicar un cabello demasiado rubio. Aquel tenía nombres,
cicatrices y testigos. En la frontera, durante una misión que debía haber sido
poco más que una patrulla prolongada, el destacamento de Lucio —un manípulo de
apenas ochenta hombres— había quedado atrapado en un paso olvidado por una
fuerza germánica que algunos calculaban en quinientos. El terreno anuló la
caballería, las primeras descargas cerraron la retirada y, en medio de la
emboscada, apareció aquel guerrero gigantesco del norte que blandía un martillo
capaz de hundir escudos y romper brazos detrás de ellos. Lo que siguió cambiaba
según quién lo contara: unos aseguraban que Lucio había derribado personalmente
al gigante; otros juraban que había mantenido unidas las líneas mientras los
muertos bloqueaban el sendero; algunos hablaban de una doncella de los Anicios
atrapada entre los viajeros protegidos por la columna, y otros de varios
jóvenes equites a quienes el Aeciano habría sacado vivos de una
posición ya perdida. En algo coincidían todos: cuando llegó ayuda, el manípulo
todavía existía.
Lucio nunca ayudaba al mito. Cuando alguien conseguía arrancarle la
historia, la reducía a terreno malo, hombres disciplinados, una posición
defendible y soldados que habían hecho aquello para lo que recibían paga. El
gigante se convertía en «un guerrero particularmente fuerte»; la desproporción
numérica en «una estimación difícil en condiciones de combate»; los
supervivientes, en hombres que habían mantenido formación. Aquella sobriedad
conseguía exactamente lo contrario de lo que pretendía: en una corte habituada
a jóvenes que convertían una pelea de taberna en una campaña contra los persas,
un oficial que disminuía su propia hazaña parecía poseer una humildad casi
sobrenatural. Y entonces aparecía Cecina, generalmente con vino en la mano y
ninguna intención de permitir que la verdad permaneciera tan poco adornada.
Explicaba cómo eran ciertos hombres del norte cuando la civilización todavía no
les había enseñado a peinarse, bañarse con regularidad ni solucionar
desacuerdos sin arrancar una puerta para utilizarla como arma; describía el
martillo, imitaba las caras horrendas de los guerreros y añadía, cada vez con
absoluta seguridad, algún detalle nuevo que probablemente ni siquiera había
ocurrido.
Las doncellas escuchaban fascinadas. Para entonces el contraste era
demasiado perfecto: aquel gigante rubio de modales cuidadosamente romanos, que
hablaba un latín suave y culto y parecía incómodo cuando alguien elogiaba su
valor, había combatido contra otro gigante rubio que, según la versión de
Cecina, debía parecer una criatura escapada de los bosques anteriores al
Diluvio. Una muchacha se llevó los dedos a los labios cuando se mencionó el
martillo; otra quiso saber si realmente había atravesado un escudo; una
tercera, evidentemente incapaz de contenerse, preguntó qué había ocurrido con
la doncella de los Anicios. Cecina la miró como si acabara de encontrar entre
cien rostros exactamente el que estaba buscando. Era joven, de excelente casa,
hermosa sin necesidad de demasiados adornos y llevaba varios minutos
contemplando a Lucio con esa mezcla de timidez y concentración que volvía
inútil cualquier intento de fingir indiferencia.
Cecina se abrió paso hasta ella, intercambió unas pocas palabras con la
matrona que la acompañaba y regresó con una expresión de satisfacción tan
evidente que habría resultado ofensiva en cualquier negociador menos
experimentado. Se acercó a Lucio, inclinándose apenas para hablarle por debajo
del murmullo de la recepción. —El generalísimo considera que debes adquirir
cierta experiencia hablando con damas. No todo en la vida es espada, caballo y
formación cerrada. —Sus ojos se desviaron hacia la joven, que intentaba
desesperadamente no parecer consciente de que estaban hablando de ella—. Yo me
encargo de los detalles.
Cecina no explicó qué significaban exactamente «los detalles». Tampoco
necesitaba hacerlo. La madre de la joven acababa de recibir una invitación
oportunísima para conocer a una matrona del séquito oriental; dos amigas fueron
distraídas por un oficial que apareció con una historia extraordinariamente
conveniente sobre las ceremonias de Constantinopla, y hasta el espacio
alrededor de aquella doncella pareció despejarse mediante una serie de
accidentes demasiado coordinados para ser accidentes. Desde el otro extremo del
salón, Ricimero conversaba con varios dignatarios sin mirar directamente hacia
ellos. Solo una vez alzó la copa hacia Cecina. El mensaje resultaba
suficientemente claro: aquella noche también era instrucción, y el pupilo del
hombre fuerte de Italia estaba siendo educado en una clase de combate para la
que ninguna frontera lo había preparado.
Las coronaciones de Occidente rara vez se parecían entre sí, porque para
entonces ya no existía un único ritual capaz de contener todo lo que
significaba convertirse en Augusto. Un emperador podía ser levantado por los
soldados, reconocido por el Senado, vestido con la púrpura por sus oficiales,
bendecido por los obispos y confirmado por Constantinopla, y cada una de
aquellas cosas podía ocurrir en distinto orden según quién tuviera realmente
las espadas. Para Antemio, Rávena había preparado una ceremonia deliberadamente
abundante, precisamente porque era necesario demostrar que aquel oriental no
llegaba como gobernador impuesto, sino como emperador de Occidente. Primero
recibió la aclamación de los cuerpos militares reunidos frente al complejo
palatino; después atravesó una avenida de estandartes hasta la gran aula
imperial, donde los dignatarios civiles aguardaban bajo los mosaicos y los
símbolos de las antiguas dinastías. Allí se le impuso solemnemente la púrpura,
se ciñó el cinturón militar y el diadema imperial fue presentado ante la
asamblea mientras los soldados golpeaban lanzas contra los escudos y repetían,
con aquella violencia rítmica que hacía parecer una oración a una amenaza:
—¡Antemio Augusto! ¡Victorioso Augusto! ¡Que Dios conserve al Augusto!
Lucio no ocupaba lugar entre los senadores ni entre los cortesanos próximos
al trono. Ricimero lo había situado donde consideraba que debía estar un joven
al que pretendía enseñar a mandar: en la galería militar lateral de la aula,
ligeramente elevada sobre el pavimento, junto a los tribunos, comandantes de
escolta y portaestandartes de las unidades palatinas. Desde allí podía verlo
todo sin formar parte todavía del espectáculo. Veía al nuevo emperador aceptar
la obediencia de hombres que quizá dentro de seis meses jurarían por otro; veía
a los senadores inclinarse con distintos grados de profundidad; veía al clero
acercarse para la bendición y percibía, sobre todo, la inmovilidad de Ricimero.
El generalísimo no necesitaba ocupar el centro. Era suficiente con que casi
todos, tarde o temprano, comprobasen dónde estaba. Luego vendría la procesión
hasta la basílica episcopal, el oficio solemne, las oraciones por el emperador
y finalmente el banquete palatino; religión, ejército y aristocracia unidos
durante unas horas bajo la ficción necesaria de que todos deseaban exactamente
lo mismo.
Pero Lucio apenas miraba el diadema. La conversación anterior seguía
trabajando dentro de él. Cartago. Barcos. Astilleros. Miles de hombres
embarcados, cantidades monstruosas de grano, madera, hierro, cuerda y dinero
confiadas a un mar que Roma llevaba demasiado tiempo sin dominar. Cuando los
asistentes volvieron a aclamar al Augusto y Antemio levantó la mano, Lucio se
inclinó ligeramente hacia Ricimero, cuidando de que su voz no atravesara el
estruendo. —Si el emperador está enfermo de Neptuno y esa enfermedad lo lleva a
perjudicar a Roma… deberemos hacer lo que sea mejor para Roma. No para un
emperador.
Ricimero giró lentamente la cabeza. Durante un instante no hubo aprobación
ni reproche en su rostro; solamente aquella mirada pesada de hombre
acostumbrado a decidir si una frase debía premiarse, olvidarse o condenar a
quien la había pronunciado. Después sonrió. No ampliamente. Apenas lo
suficiente. —Aprendes rápido, muchacho. —Volvió los ojos hacia Antemio, que
recibía entonces la reverencia de otro dignatario—. Recuerda esa diferencia. Un
emperador sirve a Roma. Roma no existe para servir a un emperador. El día que
confundas ambas cosas te habrás convertido en cortesano. —Esperó otra oleada de
aclamaciones antes de continuar—. Procura que la caballería esté avituallada.
Forraje para cinco jornadas, herraduras revisadas, monturas de reserva y
hombres sobrios. No quiero enterarme después de que algún idiota vendió la
cebada destinada a los caballos.
Entonces Ricimero lo miró directamente, ya sin el tono de maestro que
comenta una ceremonia. —Serán tuyos pasado mañana, tribuno Aeciano.
—Y antes de que aquello pudiera convertirse en felicitación añadió, con una
sequedad casi paternal—: No te he dado hombres para que parezcas importante
delante de las muchachas de Rávena. Te los doy porque quiero comprobar qué
haces cuando ochenta jinetes tienen hambre, dos caballos cojean, tres oficiales
se odian y alguien te entrega una orden estúpida con un sello perfectamente
legítimo.
Mientras las últimas aclamaciones resonaban todavía bajo las bóvedas del
palacio, Ricimero volvió a fijarse en la muchacha que había rondado a Lucio
desde el comienzo de la recepción. La joven fingía escuchar a una tía mientras
miraba demasiado a menudo hacia la galería militar. El generalísimo siguió
aquella mirada, reconoció inmediatamente el apellido y dejó escapar una sonrisa
satisfecha. —Anicia. Prima de la muchacha que sacaste de aquel desastre del
norte. Cuarto grado, quinto quizá; qué más da. Entre ellos todos terminan
siendo parientes, y todos los Anicios son ricos. —Se inclinó ligeramente hacia
Lucio, como si estuviera explicándole la disposición de una línea enemiga—. Ve
a hablar con ella. Disfrútala un rato, pero no te apegues. Una muchacha puede
gustarte; una familia puede utilizar que te guste.
Ricimero apoyó entonces la palma contra la mejilla perfectamente rasurada
del joven, con una familiaridad que habría resultado inconcebible para casi
cualquier otro hombre de Italia. No había burla en aquel gesto. Durante un
instante fue menos el generalísimo que el hombre que llevaba años viendo crecer
a su pupilo. —Pronto seré tu padre según la ley. Cuando llegue el momento
escogerás entre mis hijas. —Una sombra de diversión regresó a sus ojos—. O
podrás quedarte con todas, qué más da. Ya discutiremos con los sacerdotes
después. —Le dio dos palmadas leves en el rostro y se apartó antes de que la
solemnidad de la ceremonia pudiera alcanzarlo también a él—. Ahora aprende algo
que no enseñan los centuriones: una dama puede decirte más de una casa en diez
minutos que un espía en diez días.
No hubo tiempo para más. Los ujieres golpearon el suelo con sus bastones y
la gran aula quedó sometida a un silencio gradual, pesado, casi físico. Antemio
permanecía en pie frente al trono, todavía sin sentarse, vestido con la túnica
ceremonial y el paludamentum imperial. Aquella coronación había sido
organizada para que ninguna de las fuerzas que sostenían el Occidente pudiera
afirmar que había creado por sí sola al nuevo Augusto. Primero llegó el
reconocimiento de Oriente: un alto enviado de León I avanzó portando sobre un
cojín la diadema y el documento imperial que reconocía a Antemio como colega en
Occidente. Después intervino el ejército. Ricimero recibió la insignia de manos
del enviado, la sostuvo apenas unos instantes ante los oficiales reunidos y la
entregó al obispo Neón de Rávena. El gesto decía más que cualquier proclama:
Constantinopla lo había enviado, los ejércitos de Italia lo aceptaban y la
Iglesia bendecía su autoridad.
Neón elevó la diadema, pronunció la bendición y la colocó alrededor de la
frente de Antemio. No era una corona rígida, sino la antigua banda imperial
enriquecida con oro y perlas, ligera en apariencia y terrible por todo cuanto
significaba. Durante un instante permaneció un silencio casi imposible; luego
los soldados comenzaron a golpear las lanzas contra los escudos y la sala se
convirtió en una sola garganta. —¡ANTHEMIUS AUGUSTUS! ¡VICTOR! ¡SEMPER
AUGUSTUS! —Los senadores se levantaron, los funcionarios orientales inclinaron
la cabeza, los obispos alzaron sus manos y hasta quienes detestaban al hombre
tuvieron que aclamar la dignidad que ahora llevaba. Ricimero no gritó.
Permaneció de pie, observando cuidadosamente quién lo hacía con entusiasmo y
quién movía los labios apenas lo suficiente.
Antemio tampoco se sentó inmediatamente. Ascendió los escalones del estrado,
se volvió hacia la asamblea y permaneció frente al trono mientras el heraldo
recitaba sus títulos. Después apoyó una mano sobre uno de los brazos dorados
del asiento y, únicamente cuando concluyó la última fórmula, descendió
lentamente sobre él. Lo hizo sin hundirse ni recostarse, con la espalda recta y
los pies colocados sobre el escabel imperial, de modo que la púrpura cayese
ordenadamente alrededor de sus piernas. Al fondo del ábside, el oro de los
mosaicos envolvió su figura; a un lado permanecían los representantes de
Constantinopla y al otro los grandes hombres de Occidente. Por primera vez
aquella jornada ya no parecía un general oriental llegado para recibir un
título. Parecía un emperador. Ricimero lo contempló durante unos segundos y
después, sin volver la cabeza hacia Lucio, murmuró casi para sí mismo: —Ahora
empieza la parte difícil. Averiguar si el hombre que acabamos de coronar
gobierna Roma… o si Neptuno ya ha empezado a gobernarlo a él.
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