martes, 6 de octubre de 2026

Carta 25 diciembre 1217

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25 de diciembre del año 1217 desde la fundación de la Ciudad

Procopio Antemio Augusto, por la gracia de Dios Emperador de los Romanos, a Flavio Aecio, varón ilustrísimo, patricio, antiguo maestro de los ejércitos y León de Occidente: salud y favor imperial.

Ilustrísimo Aecio:

Ha llegado a nuestras manos el instrumento de mesa remitido desde vuestra residencia y construido por Menas, bajo vuestro patronazgo. Confesamos que las descripciones que lo precedieron parecían exageradas incluso para una corte acostumbrada a recibir noticias maravillosas de Oriente y Occidente.

No lo eran.

Hemos contemplado, mediante aquel artificio de vidrios cuidadosamente dispuestos, cosas que el ojo humano jamás habría supuesto ocultas en aquello que considera pequeño. Fibras que parecían lisas muestran accidentes y estructuras; fragmentos diminutos adquieren formas inesperadas; partes de plantas revelan disposiciones que ningún copista habría imaginado, y sustancias aparentemente simples dejan de parecerlo cuando son sometidas a aquella mirada artificial.

El aparato ha maravillado a propios y extraños.

Médicos desean utilizarlo. Filósofos naturales discuten ya acerca de cuánto puede confiarse en los sentidos cuando el arte permite prolongarlos. Artesanos preguntan cómo están trabajados sus vidrios. Algunos hombres venerables han permanecido en silencio durante largo rato después de mirar por él, lo cual consideramos quizá la demostración más extraordinaria de todas.

Los sacerdotes tampoco han permanecido indiferentes. Ya circulan cuestiones acerca de si estas estructuras invisibles deben entenderse como testimonio de la infinita sutileza de la Creación; algunos preparan comentarios sobre la providencia divina manifestada incluso en aquello demasiado pequeño para ser percibido por el hombre, mientras otros discuten hasta qué punto un instrumento puede revelar aspectos del mundo que Dios no concedió directamente a nuestros ojos.

No corresponde al emperador resolver anticipadamente una disputa que probablemente ocupará a filósofos y teólogos durante generaciones. Nos basta saber que el objeto funciona.

Y funciona prodigiosamente.

Por esta razón, y considerando este servicio junto con la conducta mantenida por vuestra casa, hemos decidido aliviar parcialmente las condiciones de vuestro retiro honroso.

Desde la recepción de la presente, vos, Flavio Aecio, podréis trasladaros a Mediolanum siempre que lo estiméis conveniente, permanecer allí sin limitación ordinaria de tiempo y establecer, si así lo deseáis, vuestra villa principal en la ciudad o en sus inmediaciones. Podréis trasladar con vos a vuestra familia, clientes, servidores, biblioteca, talleres, artesanos, administradores y aquellos miembros de vuestro séquito cuya presencia juzguéis necesaria.

Los magistrados y oficiales imperiales de Italia septentrional recibirán instrucciones de no impedir dichos movimientos ni interpretarlos como violación de vuestro retiro.

Asimismo, podréis viajar a Roma mediante salvoconducto imperial previamente sellado. Para evitar que vuestra dignidad quede sometida a solicitudes menores cada vez que los asuntos de vuestra casa exijan vuestra presencia en la Ciudad, la cancillería preparará instrumentos adecuados que permitan autorizar dichos viajes con la necesaria anticipación. Vuestra llegada deberá ser comunicada previamente a las autoridades imperiales, pero no dependerá del capricho de magistrados inferiores.

Persisten, naturalmente, las restricciones relativas al ejercicio independiente de mando militar y a la convocatoria de tropas fuera de autorización imperial.

No deseamos, sin embargo, confundir prudencia con ingratitud.

Un hombre que durante décadas sostuvo las fronteras de Occidente y que ahora, desde su retiro, es capaz de convertir una casa apartada en refugio de ingenios útiles al Imperio merece algo mejor que una vigilancia que termine esterilizando aquello que aún puede ofrecer a Roma. La Casa Aeciana ha demostrado que el servicio al Estado no siempre adopta forma de ejército; a veces puede caber sobre una mesa.

En cuanto a Menas, hacedle llegar personalmente nuestra satisfacción.

Deseamos que quede registrado ante la cancillería que fue él quien construyó y perfeccionó este instrumento bajo vuestro patronazgo. Ningún funcionario, cortesano, médico o filósofo deberá apropiarse después de su obra por haber aprendido su funcionamiento una vez presentada ante nosotros.

Si el aparato cumple las posibilidades que nuestros médicos y filósofos comienzan a atribuirle, el nombre de Menas deberá quedar inscrito entre los grandes filósofos naturales del Occidente, no únicamente entre quienes conservaron el saber antiguo, sino entre aquellos mucho más raros que añadieron algo nuevo a lo recibido.

Continuad protegiendo a ese hombre.

Y continuad reuniendo alrededor vuestro a quienes poseen talentos semejantes.

Porque hemos llegado a una conclusión bastante sencilla: si una casa sometida a retiro puede enviarnos un instrumento que permite al hombre contemplar mundos enteros donde antes solo veía una mancha, sería poco sensato impedirle trabajar.

Esperamos, por tanto, nuevos presentes de las mentes de vuestro séquito.

No interpretéis estas palabras como una exigencia de regalos costosos. Después de observar vuestro pequeño instrumento hemos comprendido que las cosas más valiosas pueden ser, precisamente, aquellas que caben entre dos manos.

Que Dios conserve vuestra salud, ilumine a quienes trabajan bajo vuestra protección y permita que cuanto descubran sirva para fortalecer nuevamente al Imperio romano.

Dado el octavo día antes de las Kalendas de enero, año 1217 desde la fundación de la Ciudad, en la solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor.

Procopio Antemio Augusto

Por mandato imperial y bajo sello de la cancillería del Augusto.

 

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