[Índice]
25 de diciembre del año 1217 desde la fundación de la Ciudad
Procopio Antemio Augusto, por la gracia de Dios Emperador de los
Romanos, a Flavio Aecio, varón ilustrísimo, patricio, antiguo maestro de los
ejércitos y León de Occidente: salud y favor imperial.
Ilustrísimo Aecio:
Ha llegado a nuestras manos el instrumento de mesa remitido desde vuestra
residencia y construido por Menas, bajo vuestro patronazgo.
Confesamos que las descripciones que lo precedieron parecían exageradas incluso
para una corte acostumbrada a recibir noticias maravillosas de Oriente y
Occidente.
No lo eran.
Hemos contemplado, mediante aquel artificio de vidrios cuidadosamente
dispuestos, cosas que el ojo humano jamás habría supuesto ocultas en aquello
que considera pequeño. Fibras que parecían lisas muestran accidentes y
estructuras; fragmentos diminutos adquieren formas inesperadas; partes de
plantas revelan disposiciones que ningún copista habría imaginado, y sustancias
aparentemente simples dejan de parecerlo cuando son sometidas a aquella mirada
artificial.
El aparato ha maravillado a propios y extraños.
Médicos desean utilizarlo. Filósofos naturales discuten ya acerca de cuánto
puede confiarse en los sentidos cuando el arte permite prolongarlos. Artesanos
preguntan cómo están trabajados sus vidrios. Algunos hombres venerables han
permanecido en silencio durante largo rato después de mirar por él, lo cual
consideramos quizá la demostración más extraordinaria de todas.
Los sacerdotes tampoco han permanecido indiferentes. Ya circulan cuestiones
acerca de si estas estructuras invisibles deben entenderse como testimonio de
la infinita sutileza de la Creación; algunos preparan comentarios sobre la
providencia divina manifestada incluso en aquello demasiado pequeño para ser
percibido por el hombre, mientras otros discuten hasta qué punto un instrumento
puede revelar aspectos del mundo que Dios no concedió directamente a nuestros
ojos.
No corresponde al emperador resolver anticipadamente una disputa que
probablemente ocupará a filósofos y teólogos durante generaciones. Nos basta
saber que el objeto funciona.
Y funciona prodigiosamente.
Por esta razón, y considerando este servicio junto con la conducta mantenida
por vuestra casa, hemos decidido aliviar parcialmente las condiciones
de vuestro retiro honroso.
Desde la recepción de la presente, vos, Flavio Aecio,
podréis trasladaros a Mediolanum siempre que lo estiméis
conveniente, permanecer allí sin limitación ordinaria de tiempo y establecer,
si así lo deseáis, vuestra villa principal en la ciudad o en
sus inmediaciones. Podréis trasladar con vos a vuestra familia, clientes,
servidores, biblioteca, talleres, artesanos, administradores y aquellos
miembros de vuestro séquito cuya presencia juzguéis necesaria.
Los magistrados y oficiales imperiales de Italia septentrional recibirán
instrucciones de no impedir dichos movimientos ni interpretarlos como violación
de vuestro retiro.
Asimismo, podréis viajar a Roma mediante salvoconducto
imperial previamente sellado. Para evitar que vuestra dignidad quede
sometida a solicitudes menores cada vez que los asuntos de vuestra casa exijan
vuestra presencia en la Ciudad, la cancillería preparará instrumentos adecuados
que permitan autorizar dichos viajes con la necesaria anticipación. Vuestra
llegada deberá ser comunicada previamente a las autoridades imperiales, pero no
dependerá del capricho de magistrados inferiores.
Persisten, naturalmente, las restricciones relativas al ejercicio
independiente de mando militar y a la convocatoria de tropas fuera de
autorización imperial.
No deseamos, sin embargo, confundir prudencia con ingratitud.
Un hombre que durante décadas sostuvo las fronteras de Occidente y que
ahora, desde su retiro, es capaz de convertir una casa apartada en refugio de
ingenios útiles al Imperio merece algo mejor que una vigilancia que termine
esterilizando aquello que aún puede ofrecer a Roma. La Casa Aeciana ha
demostrado que el servicio al Estado no siempre adopta forma de ejército; a
veces puede caber sobre una mesa.
En cuanto a Menas, hacedle llegar personalmente nuestra
satisfacción.
Deseamos que quede registrado ante la cancillería que fue él quien construyó
y perfeccionó este instrumento bajo vuestro patronazgo. Ningún funcionario,
cortesano, médico o filósofo deberá apropiarse después de su obra por haber
aprendido su funcionamiento una vez presentada ante nosotros.
Si el aparato cumple las posibilidades que nuestros médicos y filósofos
comienzan a atribuirle, el nombre de Menas deberá quedar inscrito entre
los grandes filósofos naturales del Occidente, no únicamente entre
quienes conservaron el saber antiguo, sino entre aquellos mucho más raros que
añadieron algo nuevo a lo recibido.
Continuad protegiendo a ese hombre.
Y continuad reuniendo alrededor vuestro a quienes poseen talentos
semejantes.
Porque hemos llegado a una conclusión bastante sencilla: si una casa
sometida a retiro puede enviarnos un instrumento que permite al hombre
contemplar mundos enteros donde antes solo veía una mancha, sería poco sensato
impedirle trabajar.
Esperamos, por tanto, nuevos presentes de las mentes de vuestro
séquito.
No interpretéis estas palabras como una exigencia de regalos costosos.
Después de observar vuestro pequeño instrumento hemos comprendido que las cosas
más valiosas pueden ser, precisamente, aquellas que caben entre dos manos.
Que Dios conserve vuestra salud, ilumine a quienes trabajan bajo vuestra
protección y permita que cuanto descubran sirva para fortalecer nuevamente al
Imperio romano.
Dado el octavo día antes de las Kalendas de enero, año 1217 desde la
fundación de la Ciudad, en la solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor.
Procopio Antemio Augusto
Por mandato imperial y bajo sello de la cancillería del Augusto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario