jueves, 8 de octubre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Los lobos de Aquitania: La bestia de las ruinas olvidadas

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 La flecha de Juliano atravesó la espesura con un silbido agudo, arrancando hojas de las ramas bajas antes de clavarse violentamente en el tronco de un fresno. Durante una fracción de segundo, el joven había distinguido una silueta negra entre los matorrales, una masa de pelo erizado y músculos extraordinarios que parecía llenar por completo el espacio entre dos árboles; sin embargo, aquella criatura se apartó con una rapidez desconcertante, como si hubiese anticipado el disparo. Walia desenvainó inmediatamente su espada y volvió la montura hacia la dirección del movimiento, pero no encontró nada salvo las ramas todavía agitadas. Lo verdaderamente inquietante era la sensación que acompañaba aquella presencia: una opresión fría, casi física, que se extendía desde la nuca hasta el pecho y hacía que respirar exigiera un esfuerzo consciente. El conde había conocido el miedo durante sus primeras experiencias militares, pero aquello era diferente, pues no nacía de la perspectiva de recibir una herida, sino de una repugnancia instintiva hacia algo cuya existencia parecía contradecir el orden natural. Juliano experimentaba una impresión semejante, agravada por la certeza de que la criatura no estaba huyendo; había cambiado de posición y continuaba desplazándose entre los árboles, describiendo un círculo cada vez más amplio alrededor de la hondonada donde Gundemaro seguía gritando.

Las ruinas aparecieron detrás de un espeso grupo de robles, medio hundidas en una depresión del terreno que alguna vez debió de albergar los jardines de una villa romana. Subsistían dos paredes de piedra revestidas de ladrillo, varias columnas caídas y un pequeño pavimento de mosaico que las raíces habían levantado hasta fracturarlo en numerosos fragmentos. Una escalera descendía hacia lo que parecía haber sido una dependencia subterránea, cuya entrada permanecía parcialmente obstruida por tierra y vegetación. Allí se encontraba Gundemaro Vidimero, desmontado junto a una columna rota, examinando con enorme entusiasmo un relieve de mármol cubierto de musgo. Había abandonado su lanza contra una pared y parecía completamente ajeno al peligro, aunque su caballo, sujeto por las riendas a un arbusto, mantenía las orejas echadas hacia atrás y tiraba repetidamente de la cuerda para alejarse de las ruinas. Walia sintió que aquella presión desagradable aumentaba conforme se aproximaban, hasta el punto de que tuvo que apretar los dientes para dominar una necesidad absurda de dar media vuelta. Juliano, por su parte, descubrió que la sensación no procedía únicamente del bosque: algo en las propias ruinas despertaba una alarma igualmente intensa, aunque más antigua y difícil de identificar.

—¡Gundemaro! ¿Qué demonios estás haciendo? —exigió Walia, descendiendo de su caballo con la espada todavía desnuda—. ¡Te ordené que no te alejaras! ¡Hay una bestia enorme merodeando por estos árboles y tú decides venir a contemplar piedras! El joven Vidimero volvió la cabeza con una expresión de absoluta perplejidad, como si las palabras del conde hubiesen interrumpido una ocupación mucho más urgente que cualquier asunto relacionado con animales salvajes.

—¿Qué hago? ¡Mirad esto, Walli! —exclamó, señalando el relieve—. ¡Una villa romana abandonada, con sus mosaicos todavía visibles! Aquí hay inscripciones, una entrada subterránea y probablemente habitaciones que nadie ha pisado en décadas. Esto es mucho más importante que un tonto lobo. Podemos cazarlo más tarde, cuando terminemos de explorar. Incluso podríamos traer a Juler para que nos traduzca las inscripciones, si conseguimos convencerlo de que leer tres palabras no constituye una tortura.

Walia lo contempló con una incredulidad creciente, mientras Juliano advertía un nuevo movimiento entre los árboles situados detrás de la villa. No distinguió a la criatura, pero sí observó cómo una rama gruesa se doblaba lentamente y recuperaba su posición sin producir el ruido que habría esperado de un animal de semejantes dimensiones. La bestia estaba rodeando las ruinas y utilizaba la vegetación para mantenerse fuera del alcance de los arcos, una conducta demasiado deliberada para atribuirla a un depredador ordinario. Gundemaro, entretanto, continuaba hablando con la despreocupación de quien había encontrado un entretenimiento inesperado, e incluso se arrodilló para retirar tierra de una inscripción casi borrada. Lo extraordinario era que no parecía experimentar ninguna de las sensaciones que atormentaban a sus compañeros: no había rigidez en sus movimientos, ni inquietud en sus ojos, ni siquiera aquella vacilación involuntaria que dominaba al conde cada vez que miraba hacia la escalera. Su tranquilidad resultaba tan completa que comenzaba a parecer tan anormal como el miedo de los otros dos.

—¡Por la sangre de nuestros antepasados, Gundemaro, levántate de una vez! —ordenó Walia, aproximándose hasta sujetarlo por el hombro—. No pienso explicarle a tu hermana que te encontraron dentro del vientre de un monstruo porque decidiste dedicar tus últimos momentos a estudiar las piedras de unos romanos muertos.

Gundemaro se incorporó con una carcajada y apartó suavemente la mano del conde, más divertido que ofendido por aquella reprimenda. —Si el monstruo desea devorarme, tendrá que esperar a que termine. Además, ¿desde cuándo un Amalrico necesita tantos hombres para matar a un lobo? —replicó, recuperando finalmente su lanza—. Parece que nuestra pequeña expedición ha convertido a los cazadores más valientes de Tolosa en una pareja de ancianas supersticiosas.

Pero Walia no respondió a la provocación. Había visto cómo Juliano mantenía el arco dirigido hacia la arboleda y cómo el caballo de Gundemaro comenzaba a agitarse con una violencia cada vez mayor; entonces, por primera vez, escuchó algo que consiguió helarle la sangre incluso más que aquella presencia invisible: el roce lento y pesado de unas garras contra la piedra, procedente de algún lugar situado al otro lado de los muros derruidos.

La luz del mediodía continuaba iluminando las columnas caídas, los mosaicos y las hierbas crecidas entre las piedras, pero el lugar parecía haber quedado separado del resto de Aquitania por una frontera que ninguno de ellos podía ver. Juliano distinguía las respiraciones de los caballos, las hojas agitadas por el viento y el roce de su propia cuerda contra el protector de cuero del brazo; bajo todos aquellos sonidos persistía otro, más profundo y acompasado, que cambiaba de posición cada vez que intentaba localizarlo. La presión sobre su pecho aumentó de nuevo, acompañada por una impresión fugaz de peligro inminente. Walia levantó lentamente la espada y retrocedió hasta situarse junto a los otros dos, comprendiendo que cualquier intento de regresar a campo abierto exigiría atravesar parte del terreno que la bestia estaba vigilando. Gundemaro, sin embargo, se limitó a fruncir el ceño ante la gravedad de sus compañeros, todavía incapaz de comprender por qué un lobo, por grande que fuese, merecía semejante preocupación. Y desde el interior de las ruinas, donde la vieja escalera desaparecía bajo tierra, llegó un sonido tenue, semejante al roce de una cadena arrastrada sobre el pavimento.

Juliano observó las ruinas con atención, reconociendo bajo la vegetación la disposición característica de una villa romana construida sobre una pendiente. La escalinata exterior, parcialmente oculta por las raíces, comunicaba con una terraza superior sostenida por gruesos muros de mampostería, desde la cual debían de haberse contemplado antiguamente los jardines y las tierras cultivadas de la propiedad. Aunque parte de la balaustrada se había derrumbado, la rampa de acceso conservaba una anchura considerable, suficiente para permitir el paso de las monturas. El joven señaló aquella elevación con el arco y explicó que podían subir al segundo nivel, donde disfrutarían de una posición dominante sobre los alrededores. Si la criatura intentaba emboscarlos, podrían desmontar, formar una línea cerrada con las lanzas y aprovechar el estrechamiento de la entrada para impedir que los atacase por separado. Por grande que fuese aquel animal, difícilmente podría enfrentarse a tres hombres armados al mismo tiempo sin exponerse a recibir varias heridas mortales.

Walia escuchó la propuesta con una expresión que pasó gradualmente de la preocupación a la aprobación. Había algo tranquilizador en convertir aquel peligro incomprensible en un problema de terreno, accesos y posiciones defensivas, materias mucho más familiares para un noble educado en las artes militares. Sin embargo, no compartía enteramente la confianza de su compañero. —La posición es buena, Juler, y el estrechamiento nos favorecerá si tenemos que defendernos —admitió, examinando la terraza—. Pero una falange de tres hombres no es una falange, y combatir desde una escalera derruida puede resultar tan peligroso como enfrentarse al animal. Además, nuestras lanzas son de caza, no armas destinadas a detener una carga pesada. Si esa cosa es tan grande como sugieren las huellas, bastará un golpe para arrojar a uno de nosotros contra los otros dos. Pese a sus objeciones, volvió a mirar la rampa y terminó asintiendo—. Subiremos, pero nadie se separará y no entraremos en ninguna habitación. Nuestra intención es mantenernos vivos hasta que lleguen los hombres de Amalasunta.

Gundemaro recibió aquellas palabras con una sonrisa amplia, manifiestamente complacido por la perspectiva de explorar las ruinas sin tener que abandonar la cacería. —¡Por fin una idea digna de un romano! —exclamó, golpeando amistosamente el hombro de Juliano—. Una fortaleza, tres lanzas y un monstruo al que enseñaremos por qué nuestros antepasados conquistaron estas tierras. Aunque debo señalar que vuestro glorioso plan presenta un inconveniente: si la bestia tiene la cortesía de atacarnos en la terraza, tendremos que decidir quién se queda con la piel. Yo la vi primero, naturalmente. Walia lo miró con una mezcla de cansancio e incredulidad. —Tú viste primero las piedras, Gunder. Es completamente distinto. —Entonces reclamo las piedras también —replicó el Vidimero, divertido—. Algún día tendré una villa donde colocarlas, y recordaré que dos de mis mejores amigos estuvieron a punto de morir de preocupación mientras yo examinaba una propiedad abandonada.

La discusión se interrumpió cuando el caballo de Gundemaro volvió a encabritarse, tirando violentamente de las riendas y golpeando con los cascos las piedras del antiguo patio. La presión que atenazaba el pecho de Walia se intensificó hasta producirle una desagradable sensación de ahogo, mientras Juliano percibía aquella presencia maligna con una claridad casi dolorosa. Gundemaro, en cambio, parecía preocupado exclusivamente por impedir que su montura se lesionara entre los escombros. Los tres condujeron sus caballos hacia la rampa, cuyas losas estaban cubiertas de musgo y tierra acumulada durante décadas. Desde la terraza podían distinguirse varios caminos rurales, las copas de los árboles y, a lo lejos, las primeras figuras de los campesinos convocados por el cuerno del conde. También se advertía que el edificio conservaba un ala oriental relativamente intacta, con una galería de columnas que proyectaba sombras profundas sobre el pavimento. Walia observó aquel sector con desconfianza: cualquier cosa escondida allí podría acercarse sin ser vista desde el patio inferior.

—Aquí esperaremos —decidió el conde, examinando la resistencia del muro exterior antes de volver hacia Juliano—. Tu propuesta nos ha dado una posición defendible, pero quiero que recuerdes algo: un enemigo que conoce el terreno puede convertir una buena fortificación en una trampa. Gundemaro, asegura los caballos. Juler, vigila la galería oriental. Yo observaré la rampa. Y por una vez en tu vida, Gunder, intenta comprender que el hecho de que todavía no hayas visto al monstruo no significa que el monstruo no te haya visto a ti. El joven Vidimero levantó las manos en un gesto de inocencia exagerada, aunque obedeció sin mayores protestas. Bajo sus pies, entre las grietas del mosaico, crecían pequeñas plantas silvestres, y en uno de los muros sobrevivía una pintura casi borrada que representaba una escena de caza. Juliano distinguió allí un detalle singular: varios perros perseguían a un animal oscuro cuyo cuerpo había sido deliberadamente raspado de la pared. La pintura era antigua, pero las marcas que la habían destruido parecían mucho más recientes.

La subida al segundo nivel confirmó que aquella villa había sido extraña incluso antes de arruinarse. Juliano lo advirtió mientras guiaba su montura por la rampa resquebrajada y alzaba la vista hacia los muros interiores, todavía cubiertos por restos de estuco pintado. Allí estaba casi todo el bestiario clásico que un romano educado habría esperado encontrar en una residencia antigua: leones de melena espesa, jabalíes monstruosos, ciervos perseguidos por perros, grifos, serpientes marinas, aves de presa de ojos crueles y criaturas híbridas medio borradas por el tiempo; sin embargo, faltaba algo esencial, algo que su memoria detectó antes que su razón. No había héroes. Ningún cazador, ningún Hércules, ningún Belerofonte, ningún emperador victorioso dominando el caos. Tampoco había dioses paganos, ni símbolos cristianos añadidos después, ni cruces, ni peces, ni santos, ni mártires, como si el dueño de aquella casa hubiese querido conservar a las bestias y expulsar de las paredes toda presencia capaz de someterlas o juzgarlas. A espaldas de los jóvenes volvió a oírse aquel roce de cadenas sobre piedra, tenue, intermitente, como si alguien arrastrara un hierro largo por una galería inferior; pero el momento, la tensión y la necesidad de asegurar la posición hicieron que ninguno se detuviera de verdad en ello.

El segundo nivel se abría bajo un techo en gran parte derrumbado, de modo que la terraza y las salas contiguas formaban un espacio irregular pero útil. Varias vigas podridas yacían vencidas sobre el mosaico roto, aunque quedaba sitio de sobra para mantener los caballos bajo relativo control y para observar los alrededores desde los vanos abiertos hacia el bosque. Desde allí el aire corría mejor y el campo se extendía con una claridad cruel: podían verse la linde de los árboles, la curva del arroyo, las ruinas inferiores, los postes torcidos del cercado y, a lo lejos, algunas figuras campesinas moviéndose todavía hacia la posición de Amalasunta. La ventaja táctica era evidente, y precisamente por eso la presión que oprimía el pecho de Walia no disminuyó, sino que se volvió más aguda, más insoportable, como si elevarse sobre el terreno no hubiera hecho sino ofrecerles una vista más limpia del peligro. Juliano apoyó una mano en el pretil roto, respiró hondo y se obligó a estudiar el perímetro con método, mientras Gundemaro, muy al contrario, parecía animado por la altura y por la promesa de una caza más interesante de lo habitual, tan poco tocado por la opresión del lugar que casi resultaba ofensivo mirarlo.

Fue Gundemaro quien señaló primero un movimiento entre las hierbas altas, pero fue Juliano quien comprendió qué estaba viendo, y el reconocimiento le produjo un estremecimiento frío. La criatura no tenía la forma alargada y noble de un gran lobo, sino algo peor: avanzaba con el peso brutal y la silueta monstruosa de un entelodonte escapado de una pesadilla antigua, alto como un caballo bajo, de cuello poderoso, lomo descendente, cabeza desproporcionada y mandíbulas capaces de partir huesos mayores que los de una oveja. Su piel oscura aparecía surcada por mechones duros y zonas donde el pelo se apelmazaba con barro o sangre seca; los colmillos sobresalían con una blancura sucia, y bajo el hocico colgaban jirones rojizos que podían ser restos de presa reciente o simple corrupción de la carne. No corría: rodeaba. Se desplazaba en amplios semicírculos alrededor de la villa, deteniéndose a veces para alzar la cabeza y olfatear el aire con una paciencia que no pertenecía a la ferocidad ciega, sino a una inteligencia hambrienta y metódica. En dos ocasiones volvió el perfil hacia las ruinas, y aun a esa distancia Juliano sintió, más que vio, que el animal sabía exactamente dónde estaban.

—Eso no es un lobo —dijo Walia al fin, y la frase le salió tan baja y tan seca que sonó más a diagnóstico que a exclamación. La mano con que sujetaba la espada estaba firme, pero el conde sentía en la nuca aquella repulsión helada que no se experimenta ante un simple depredador, sino ante una anomalía del mundo, algo que no debería existir bajo el mismo cielo que las cosechas, los rebaños y las casas de los hombres. Juliano asintió sin apartar los ojos de la criatura y tanteó la distancia de tiro, aunque advirtió enseguida que una flecha mal elegida solo serviría para revelarles su exacta posición y provocar una carga antes de tiempo. Gundemaro, por el contrario, apoyó los codos en el borde roto de una columna caída y soltó una risa breve, casi admirativa. Aquello, a sus ojos, seguía siendo un animal enorme y formidable, un trofeo futuro, una historia magnífica para cualquier banquete, no una manifestación torcida de algo más hondo y más impuro. Su ligereza irritaba a Walia y desconcertaba a Juliano, porque el conde y el romano se sentían perseguidos por una presencia opresiva que parecía deslizarse por los muros, por las ruinas y por la sangre misma del lugar, mientras Gundemaro se mantenía extrañamente libre de ella, como si la villa y la bestia no hubiesen decidido todavía reconocerlo como verdadero participante de aquella escena.

Abajo, la criatura siguió rodeando los alrededores de la villa, lenta, pesada y deliberada, hasta detenerse cerca de un antiguo jardín hundido donde sobresalían estatuas sin cabeza y trozos de columnas cubiertos de hiedra. Allí levantó el hocico hacia el segundo nivel y emitió un sonido ambiguo, no exactamente un gruñido ni un chillido, sino una especie de resoplido cavernoso que parecía mezclar ira y apetito con algo casi humano en su forma de medir el silencio posterior. En ese mismo instante volvió a oírse desde el interior de la casa el ruido de cadenas arrastradas, esta vez un poco más claro, un poco más próximo, como si bajo sus pies —o detrás de algún muro cegado— otra presencia hubiese respondido a la llegada del monstruo exterior. Los caballos se agitaron de inmediato; Walia giró la cabeza hacia la sombra de una estancia derruida; Juliano apretó el arco con más fuerza; Gundemaro, al fin, dejó de sonreír del todo, aunque todavía no parecía comprender que quizá la cacería se había vuelto demasiado grande incluso para su gusto.

El ruido de las cadenas comenzó a imponerse sobre los resoplidos de los caballos, primero como un roce irregular procedente de las habitaciones interiores y después como un arrastre metálico, acompañado por pequeños golpes contra las losas del pavimento. De la oscuridad de una galería surgió una figura humana, tan menuda y maltrecha que los tres jóvenes tardaron un instante en reconocerla como una niña. Tendría unos doce años, vestía una túnica campesina desgarrada, caminaba descalza y llevaba alrededor de los tobillos dos argollas de hierro unidas a fragmentos de cadenas rotas. Su rostro estaba cubierto de lágrimas y suciedad; tenía las muñecas en carne viva y avanzaba tropezando, con la desesperación de quien había conseguido escapar de un encierro sin saber todavía si había alcanzado la libertad. Al descubrir a los nobles, levantó los brazos y trató de pronunciar alguna súplica, pero apenas consiguió emitir un sollozo. Abajo, entre las estatuas mutiladas del antiguo jardín, la bestia se detuvo bruscamente y volvió su enorme cabeza hacia la terraza. La opresión que atenazaba a Walia y Juliano adquirió entonces una violencia casi insoportable, como si aquella criatura hubiera reconocido algo que le pertenecía y acabara de descubrir que estaba a punto de perderlo.

Juliano reaccionó con una velocidad que sorprendió incluso a sus compañeros, habituados a verlo ejecutar disparos extraordinarios durante las cacerías. La primera flecha salió antes de que Gundemaro terminara de apartarse del pretil y alcanzó el costado de la criatura; una segunda se hundió cerca del hombro, y después llegaron otras, tan rápidamente que el muchacho parecía haber convertido el arco en una máquina de guerra. Todas encontraron su objetivo. Sin embargo, el efecto estuvo muy lejos de lo esperado: bajo la piel oscura, el animal poseía una mole de músculos extraordinariamente compactos, especialmente desarrollados sobre la espalda y el cuello, donde las flechas apenas conseguían penetrar más allá de las capas superficiales. Una de ellas quedó atrapada entre los pliegues de carne que protegían la cruz; otra se partió cuando el monstruo giró violentamente el cuerpo. La criatura emitió un bramido ronco, semejante al gruñido de un cerdo gigantesco mezclado con el rugido de un depredador, y abrió unas mandíbulas cuya amplitud resultaba espantosa. Walia sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas, no tanto por el tamaño del enemigo como por aquella presencia invisible que parecía derramarse desde él y convertir cada respiración en una lucha contra el terror.

La niña lanzó un grito al escuchar al monstruo y retrocedió hasta golpearse contra una columna, mientras Juliano abandonaba el arco, desenvainaba su gladius y corría hacia la abertura del muro derruido. Desde allí saltó al nivel inferior, aprovechando una acumulación de escombros para acortar la caída, y aterrizó entre fragmentos de ladrillo que se desprendieron bajo sus botas. Walia comprendió inmediatamente la intención de su compañero: impedir que la bestia alcanzara el acceso a la terraza antes de que la muchacha pudiera ponerse a salvo. El conde tomó una de las lanzas de caza, comprobó instintivamente su equilibrio y se lanzó tras él, descendiendo por el mismo sector con una agilidad que desmentía la rigidez de su postura anterior. Durante el salto, la sensación opresiva volvió a cerrarse sobre su pecho, acompañada de una certeza aterradora: aquello no era simplemente un animal extraordinario, sino una presencia que despertaba en su espíritu una repugnancia desconocida. Aun así, consiguió aterrizar de pie, adelantó la lanza y buscó situarse junto al romano antes de que la criatura pudiera cargar contra cualquiera de los dos.

—¡Eh! ¡Un momento, malditos bastardos! —protestó Gundemaro desde lo alto, contemplando con indignación cómo sus compañeros iniciaban el combate sin concederle siquiera la oportunidad de participar en la escena como había imaginado—. ¡Primero teníais que escuchar mi gallarda frase! ¡Llevo toda la mañana preparándola! Sin esperar respuesta, recuperó su propia lanza, calculó la distancia y saltó detrás de ellos con un entusiasmo tan imprudente como auténtico. A diferencia de Walia y Juliano, no experimentaba aquel miedo sobrenatural que parecía impregnar el lugar; para Gundemaro, la situación se había convertido por fin en la aventura gloriosa que llevaba deseando desde que abandonaron Tolosa. Su aterrizaje levantó una pequeña nube de polvo y provocó el desprendimiento de varias piedras. Al incorporarse, descubrió que la bestia había dejado de observar la terraza y giraba ahora lentamente hacia los tres jóvenes, con las flechas clavadas en el lomo como espinas ridículas sobre una montaña viviente.

El monstruo avanzó algunos pasos, hundiendo las pezuñas en la tierra húmeda del jardín abandonado. Su cabeza parecía casi demasiado grande para el cuerpo, con protuberancias óseas a ambos lados de las mandíbulas, pequeños ojos hundidos bajo gruesos rebordes y colmillos que sobresalían incluso cuando cerraba la boca. Los músculos de los hombros se contrajeron bajo la piel ennegrecida, moviendo las flechas incrustadas sin que el animal mostrara señales de debilitamiento. Juliano se encontraba ligeramente adelantado, armado con su espada corta; Walia ocupaba su derecha con la lanza dispuesta para detener una embestida, mientras Gundemaro descendía hacia el otro flanco, todavía convencido de que aquella criatura terminaría convertida en el trofeo más célebre de Aquitania. Desde la terraza superior llegó otro sollozo de la niña, seguido por un nuevo tintineo de sus cadenas, y la bestia levantó súbitamente la cabeza hacia aquel sonido. Entonces bajó el hocico, abrió las mandíbulas y comenzó a cargar, haciendo temblar las pequeñas losas sueltas del pavimento mientras los tres jóvenes descubrían, en un mismo instante, que habían abandonado la seguridad de la altura para enfrentarse a un enemigo cuya fuerza todavía no conocían.

—¿Creéis que esto fue lo que enfrentó Heracles cuando cazó al jabalí de Erimanto? —preguntó Juliano, avanzando con una confianza que contrastaba violentamente con la presión sobrenatural que sentía sobre el pecho. Mantenía el gladius adelantado y los ojos fijos en la criatura, procurando conservar su atención mientras sus compañeros buscaban posiciones favorables. El monstruo respondió con un resoplido gutural, semejante al chillido de un cerdo llevado hasta una profundidad imposible, y entreabrió las mandíbulas para mostrar unos colmillos amarillentos, largos como puñales. La comparación mitológica no resultaba enteramente desacertada: aquel cuerpo desmesurado poseía algo de jabalí, algo de lobo y mucho de una criatura que ninguna persona sensata habría querido encontrar fuera de las historias antiguas. Cada movimiento de sus poderosos hombros hacía oscilar las flechas clavadas en la carne, mientras las pezuñas removían el polvo del antiguo jardín.

—Si es así, el Heracles que recuerdo debía de ser dos veces más formidable —respondió Walia, procurando que su voz no revelara la angustia que le comprimía las entrañas—. Y habría agradecido que Euristeo le hubiese proporcionado una lanza algo más larga. El conde retrocedió medio paso para conservar distancia, acomodando el arma contra su costado mientras buscaba una abertura entre las protuberancias óseas de la cabeza monstruosa. Juliano recibió la observación con una sonrisa fugaz. Ninguno de los dos podía explicarse por qué aquella bestia les producía un miedo tan distinto del que habría despertado cualquier otro animal peligroso; sin embargo, ambos estaban consiguiendo dominarlo mediante la disciplina del combate. Gundemaro, en cambio, parecía impermeable a semejante influencia, y aquella inmunidad lo hacía todavía más imprudente de lo habitual.

—¡Entonces dejad que os muestre cómo habría terminado la historia si Heracles hubiese nacido entre los godos! —bramó Gunder, adelantándose sin esperar ninguna señal de sus compañeros. Su intención era evidente: acometer el costado de la criatura con una estocada de lanza antes de que pudiera girarse para defenderse. Pero el joven Vidimero calculó mal tanto la distancia como la velocidad de su adversario. La bestia dejó de prestar atención a Juliano y realizó un giro súbito, extraordinariamente rápido para su tamaño, desplazando aquella cabeza monstruosa hacia el atacante. Gundemaro alcanzó a lanzar la estocada, pero la punta resbaló sobre la musculatura del hombro y apenas consiguió abrir un surco superficial. Un instante después, el hocico de la criatura golpeó el asta de la lanza, desviándola con una violencia que estuvo a punto de arrancársela de las manos.

Gundemaro trastabilló sobre las losas desniveladas, intentando recuperar el equilibrio mientras el monstruo avanzaba sobre él. La criatura abrió las mandíbulas y lanzó un chillido ensordecedor, acompañado por un olor nauseabundo a carne podrida que alcanzó incluso a Walia. El conde vio con espanto cómo su compañero quedaba momentáneamente fuera de posición y comprendió que disponían de apenas unos instantes antes de que aquellos colmillos alcanzaran su cuerpo. —¡Gunder, retrocede! ¡Maldito imbécil, retrocede! —rugió, adelantando la lanza para amenazar el cuello de la bestia. Juliano, situado al otro flanco, percibió una de sus breves anticipaciones de peligro: una imagen fugaz de las enormes mandíbulas cerrándose sobre la pierna del joven godo, seguida por una sacudida capaz de arrojarlo contra las columnas derruidas.

El monstruo concentró entonces toda su atención en Gundemaro, que había conseguido recuperar parcialmente la postura, aunque permanecía peligrosamente cerca de sus colmillos. Juliano tenía el costado de la criatura a su alcance y Walia podía intentar detener su avance con la lanza, pero ambos comprendían que una intervención mal coordinada podría convertir el rescate en una desgracia mayor. Arriba, la niña encadenada contemplaba la escena entre sollozos, aferrada a una columna, mientras desde las galerías inferiores volvía a resonar aquel inexplicable arrastre de hierro contra piedra.

La embestida del monstruo parecía inevitable. Gundemaro había perdido el equilibrio y apenas conseguía mantener la lanza entre su cuerpo y aquellas mandíbulas enormes, mientras Walia avanzaba desesperadamente para interceptar una carga que, por la posición del animal, difícilmente podría detener a tiempo. Pero Juliano se movió antes de que ninguno de los dos comprendiera lo que estaba sucediendo. Su percepción del peligro se agudizó hasta convertir los movimientos de la criatura en una sucesión de imágenes extraordinariamente claras: la contracción de los músculos del cuello, el desplazamiento del peso hacia las extremidades anteriores y la pequeña abertura que aparecía entre los gruesos relieves óseos de la parte posterior del cráneo cuando bajaba la cabeza para atacar. Entonces recordó una lección de su antiguo maestro, quien le había explicado que incluso los cocodrilos, aquellas bestias monstruosas de los ríos africanos cuya piel parecía fabricada con hierro vivo, poseían regiones vulnerables allí donde las articulaciones permitían el movimiento de la cabeza. No era una certeza anatómica respecto de aquella criatura desconocida, pero sí una oportunidad que su extraordinaria rapidez le permitía aprovechar.

Juliano recorrió la distancia que lo separaba de la bestia con una aceleración que dejó a Walia momentáneamente desconcertado. Se deslizó junto al costado del monstruo, evitó por un margen mínimo el movimiento de sus hombros y, aprovechando el instante en que la cabeza descendía hacia Gundemaro, lanzó una estocada ascendente con toda la fuerza de su brazo. La hoja del gladius penetró en la abertura situada entre el cráneo y las primeras vértebras cervicales, atravesando tejidos mucho menos resistentes que la inmensa musculatura dorsal. El efecto fue inmediato. La criatura interrumpió su ataque con un estremecimiento violentísimo, abrió las mandíbulas hasta un ángulo espantoso y emitió un chillido que comenzó como el berrido de un cerdo gigantesco y terminó convertido en un sonido agudo, casi humano. Sus extremidades anteriores cedieron parcialmente y el enorme cuerpo se desplomó hacia un costado, golpeando el pavimento con suficiente fuerza para hacer saltar varios fragmentos del mosaico.

Sin embargo, aquella victoria llegó acompañada de una última manifestación de fuerza brutal. Mientras su sistema nervioso sucumbía a la herida, la bestia sufrió una contracción muscular tan poderosa que una de sus extremidades posteriores salió despedida hacia atrás. La coz alcanzó a Juliano cuando todavía intentaba recuperar su espada y lo levantó del suelo con una violencia aterradora. El muchacho atravesó varios pasos de espacio abierto antes de estrellarse contra un muro de ladrillo romano, produciendo un golpe seco que hizo desprenderse parte del revestimiento antiguo. Cayó entre los escombros sin emitir un grito. Su cuerpo quedó inmóvil sobre las piedras, con un brazo extendido en una posición antinatural y el rostro parcialmente oculto por el cabello oscuro. El gladius resbaló de sus dedos y terminó junto a una columna caída, mientras una mancha de sangre comenzaba a extenderse lentamente bajo su cabeza.

—¡JULER! —La voz de Walia resonó por todo el jardín con una desesperación que habría resultado impensable unos instantes antes. El conde abandonó inmediatamente la formación defensiva y corrió hacia su compañero, aunque todavía tuvo la prudencia de comprobar que el monstruo no estaba recuperando el movimiento. La criatura permanecía tendida sobre las losas, estremeciéndose con espasmos cada vez más débiles, mientras una sangre oscura brotaba de la herida abierta en la nuca. Gundemaro, liberado de las mandíbulas que estuvieron a punto de despedazarlo, contemplaba alternativamente al animal y al muchacho caído. La despreocupación que había presidido toda la jornada desapareció por primera vez de su rostro. —Yo... —comenzó, pero no consiguió terminar la frase. Walia se arrodilló junto a Juliano, comprobó que respiraba y descubrió con espanto que cada inspiración era superficial e irregular. El joven romano no respondía a su voz ni a las presiones suaves sobre el hombro, y el conde evitó moverlo al advertir la violencia del impacto que había sufrido contra la pared.

—¡Gundemaro, deja de mirar y haz algo útil por una vez en tu vida! —ordenó Walia, sin molestarse en ocultar las lágrimas de furia que comenzaban a acumularse en sus ojos—. ¡Ve a buscar a tu hermana! ¡Necesitamos hombres, una litera y alguien que conozca el oficio de médico! ¡Y dile que mande inmediatamente a Tolosa por un cirujano! Gundemaro vaciló apenas un instante antes de recoger su lanza y echar a correr hacia la rampa de acceso, con el rostro tan pálido que parecía haber envejecido varios años desde que iniciaron la cacería. Walia permaneció junto a Juliano, manteniendo una mano cerca de su cuello para vigilar el pulso, mientras observaba con creciente desconcierto que aquella sensación opresiva que había atormentado a ambos durante toda la mañana comenzaba finalmente a disiparse. El aire parecía más ligero, los sonidos del bosque regresaban poco a poco y el monstruo yacía inmóvil entre las ruinas, pero el conde apenas podía sentir alivio. Habían derrotado a una criatura imposible y, sin embargo, el nieto del hombre más poderoso de su círculo de aliados podía morir allí mismo, sobre un pavimento abandonado, por haber salvado la vida de un amigo.

Desde la terraza superior, la niña de las cadenas rotas comenzó a descender lentamente, apoyándose en las paredes para no caer. Tenía los ojos fijos en el cuerpo de la bestia y murmuraba unas palabras que Walia no alcanzaba a comprender, aunque distinguió claramente que no eran expresiones de gratitud ni oraciones por la salvación de su alma. La muchacha parecía más aterrorizada ahora que cuando había escapado de las galerías, y al contemplar el cadáver volvió la cabeza hacia la entrada subterránea, como si temiera que alguien pudiera haber escuchado el último chillido del monstruo. Walia levantó la mirada hacia ella, desconcertado, justo cuando desde las profundidades de la villa volvió a escucharse el arrastre de una cadena, seguido por tres golpes lentos contra una puerta que ninguno de los jóvenes había visto.

 

 

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