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La flecha de Juliano atravesó la espesura con un silbido agudo, arrancando hojas de las ramas bajas antes de clavarse violentamente en el tronco de un fresno. Durante una fracción de segundo, el joven había distinguido una silueta negra entre los matorrales, una masa de pelo erizado y músculos extraordinarios que parecía llenar por completo el espacio entre dos árboles; sin embargo, aquella criatura se apartó con una rapidez desconcertante, como si hubiese anticipado el disparo. Walia desenvainó inmediatamente su espada y volvió la montura hacia la dirección del movimiento, pero no encontró nada salvo las ramas todavía agitadas. Lo verdaderamente inquietante era la sensación que acompañaba aquella presencia: una opresión fría, casi física, que se extendía desde la nuca hasta el pecho y hacía que respirar exigiera un esfuerzo consciente. El conde había conocido el miedo durante sus primeras experiencias militares, pero aquello era diferente, pues no nacía de la perspectiva de recibir una herida, sino de una repugnancia instintiva hacia algo cuya existencia parecía contradecir el orden natural. Juliano experimentaba una impresión semejante, agravada por la certeza de que la criatura no estaba huyendo; había cambiado de posición y continuaba desplazándose entre los árboles, describiendo un círculo cada vez más amplio alrededor de la hondonada donde Gundemaro seguía gritando.
Las ruinas aparecieron detrás de un espeso grupo de robles, medio hundidas
en una depresión del terreno que alguna vez debió de albergar los jardines de
una villa romana. Subsistían dos paredes de piedra revestidas de ladrillo,
varias columnas caídas y un pequeño pavimento de mosaico que las raíces habían
levantado hasta fracturarlo en numerosos fragmentos. Una escalera descendía
hacia lo que parecía haber sido una dependencia subterránea, cuya entrada
permanecía parcialmente obstruida por tierra y vegetación. Allí se encontraba
Gundemaro Vidimero, desmontado junto a una columna rota, examinando con enorme
entusiasmo un relieve de mármol cubierto de musgo. Había abandonado su lanza
contra una pared y parecía completamente ajeno al peligro, aunque su caballo,
sujeto por las riendas a un arbusto, mantenía las orejas echadas hacia atrás y
tiraba repetidamente de la cuerda para alejarse de las ruinas. Walia sintió que
aquella presión desagradable aumentaba conforme se aproximaban, hasta el punto
de que tuvo que apretar los dientes para dominar una necesidad absurda de dar
media vuelta. Juliano, por su parte, descubrió que la sensación no procedía
únicamente del bosque: algo en las propias ruinas despertaba una alarma
igualmente intensa, aunque más antigua y difícil de identificar.
—¡Gundemaro! ¿Qué demonios estás haciendo? —exigió Walia, descendiendo de su
caballo con la espada todavía desnuda—. ¡Te ordené que no te alejaras! ¡Hay una
bestia enorme merodeando por estos árboles y tú decides venir a contemplar
piedras! El joven Vidimero volvió la cabeza con una expresión de absoluta
perplejidad, como si las palabras del conde hubiesen interrumpido una ocupación
mucho más urgente que cualquier asunto relacionado con animales salvajes.
—¿Qué hago? ¡Mirad esto, Walli! —exclamó, señalando el relieve—. ¡Una villa
romana abandonada, con sus mosaicos todavía visibles! Aquí hay inscripciones,
una entrada subterránea y probablemente habitaciones que nadie ha pisado en
décadas. Esto es mucho más importante que un tonto lobo. Podemos cazarlo más
tarde, cuando terminemos de explorar. Incluso podríamos traer a Juler para que
nos traduzca las inscripciones, si conseguimos convencerlo de que leer tres
palabras no constituye una tortura.
Walia lo contempló con una incredulidad creciente, mientras Juliano advertía
un nuevo movimiento entre los árboles situados detrás de la villa. No
distinguió a la criatura, pero sí observó cómo una rama gruesa se doblaba
lentamente y recuperaba su posición sin producir el ruido que habría esperado
de un animal de semejantes dimensiones. La bestia estaba rodeando las ruinas y
utilizaba la vegetación para mantenerse fuera del alcance de los arcos, una
conducta demasiado deliberada para atribuirla a un depredador ordinario.
Gundemaro, entretanto, continuaba hablando con la despreocupación de quien
había encontrado un entretenimiento inesperado, e incluso se arrodilló para
retirar tierra de una inscripción casi borrada. Lo extraordinario era que no
parecía experimentar ninguna de las sensaciones que atormentaban a sus
compañeros: no había rigidez en sus movimientos, ni inquietud en sus ojos, ni
siquiera aquella vacilación involuntaria que dominaba al conde cada vez que
miraba hacia la escalera. Su tranquilidad resultaba tan completa que comenzaba
a parecer tan anormal como el miedo de los otros dos.
—¡Por la sangre de nuestros antepasados, Gundemaro, levántate de una vez!
—ordenó Walia, aproximándose hasta sujetarlo por el hombro—. No pienso
explicarle a tu hermana que te encontraron dentro del vientre de un monstruo
porque decidiste dedicar tus últimos momentos a estudiar las piedras de unos
romanos muertos.
Gundemaro se incorporó con una carcajada y apartó suavemente la mano del
conde, más divertido que ofendido por aquella reprimenda. —Si el monstruo desea
devorarme, tendrá que esperar a que termine. Además, ¿desde cuándo un Amalrico
necesita tantos hombres para matar a un lobo? —replicó, recuperando finalmente
su lanza—. Parece que nuestra pequeña expedición ha convertido a los cazadores
más valientes de Tolosa en una pareja de ancianas supersticiosas.
Pero Walia no respondió a la provocación. Había visto cómo Juliano mantenía
el arco dirigido hacia la arboleda y cómo el caballo de Gundemaro comenzaba a
agitarse con una violencia cada vez mayor; entonces, por primera vez, escuchó
algo que consiguió helarle la sangre incluso más que aquella presencia
invisible: el roce lento y pesado de unas garras contra la piedra, procedente
de algún lugar situado al otro lado de los muros derruidos.
La luz del mediodía continuaba iluminando las columnas caídas, los mosaicos
y las hierbas crecidas entre las piedras, pero el lugar parecía haber quedado
separado del resto de Aquitania por una frontera que ninguno de ellos podía
ver. Juliano distinguía las respiraciones de los caballos, las hojas agitadas
por el viento y el roce de su propia cuerda contra el protector de cuero del
brazo; bajo todos aquellos sonidos persistía otro, más profundo y acompasado,
que cambiaba de posición cada vez que intentaba localizarlo. La presión sobre
su pecho aumentó de nuevo, acompañada por una impresión fugaz de peligro
inminente. Walia levantó lentamente la espada y retrocedió hasta situarse junto
a los otros dos, comprendiendo que cualquier intento de regresar a campo
abierto exigiría atravesar parte del terreno que la bestia estaba vigilando.
Gundemaro, sin embargo, se limitó a fruncir el ceño ante la gravedad de sus
compañeros, todavía incapaz de comprender por qué un lobo, por grande que
fuese, merecía semejante preocupación. Y desde el interior de las ruinas, donde
la vieja escalera desaparecía bajo tierra, llegó un sonido tenue, semejante al
roce de una cadena arrastrada sobre el pavimento.
Juliano observó las ruinas con atención, reconociendo bajo la vegetación la
disposición característica de una villa romana construida sobre una pendiente.
La escalinata exterior, parcialmente oculta por las raíces, comunicaba con una
terraza superior sostenida por gruesos muros de mampostería, desde la cual
debían de haberse contemplado antiguamente los jardines y las tierras
cultivadas de la propiedad. Aunque parte de la balaustrada se había derrumbado,
la rampa de acceso conservaba una anchura considerable, suficiente para
permitir el paso de las monturas. El joven señaló aquella elevación con el arco
y explicó que podían subir al segundo nivel, donde disfrutarían de una posición
dominante sobre los alrededores. Si la criatura intentaba emboscarlos, podrían
desmontar, formar una línea cerrada con las lanzas y aprovechar el
estrechamiento de la entrada para impedir que los atacase por separado. Por
grande que fuese aquel animal, difícilmente podría enfrentarse a tres hombres
armados al mismo tiempo sin exponerse a recibir varias heridas mortales.
Walia escuchó la propuesta con una expresión que pasó gradualmente de la
preocupación a la aprobación. Había algo tranquilizador en convertir aquel
peligro incomprensible en un problema de terreno, accesos y posiciones
defensivas, materias mucho más familiares para un noble educado en las artes
militares. Sin embargo, no compartía enteramente la confianza de su compañero.
—La posición es buena, Juler, y el estrechamiento nos favorecerá si tenemos que
defendernos —admitió, examinando la terraza—. Pero una falange de tres hombres
no es una falange, y combatir desde una escalera derruida puede resultar tan
peligroso como enfrentarse al animal. Además, nuestras lanzas son de caza, no
armas destinadas a detener una carga pesada. Si esa cosa es tan grande como sugieren
las huellas, bastará un golpe para arrojar a uno de nosotros contra los otros
dos. Pese a sus objeciones, volvió a mirar la rampa y terminó asintiendo—.
Subiremos, pero nadie se separará y no entraremos en ninguna habitación.
Nuestra intención es mantenernos vivos hasta que lleguen los hombres de
Amalasunta.
Gundemaro recibió aquellas palabras con una sonrisa amplia, manifiestamente
complacido por la perspectiva de explorar las ruinas sin tener que abandonar la
cacería. —¡Por fin una idea digna de un romano! —exclamó, golpeando
amistosamente el hombro de Juliano—. Una fortaleza, tres lanzas y un monstruo
al que enseñaremos por qué nuestros antepasados conquistaron estas tierras.
Aunque debo señalar que vuestro glorioso plan presenta un inconveniente: si la
bestia tiene la cortesía de atacarnos en la terraza, tendremos que decidir
quién se queda con la piel. Yo la vi primero, naturalmente. Walia lo miró con
una mezcla de cansancio e incredulidad. —Tú viste primero las piedras, Gunder.
Es completamente distinto. —Entonces reclamo las piedras también —replicó el Vidimero,
divertido—. Algún día tendré una villa donde colocarlas, y recordaré que dos de
mis mejores amigos estuvieron a punto de morir de preocupación mientras yo
examinaba una propiedad abandonada.
La discusión se interrumpió cuando el caballo de Gundemaro volvió a
encabritarse, tirando violentamente de las riendas y golpeando con los cascos
las piedras del antiguo patio. La presión que atenazaba el pecho de Walia se
intensificó hasta producirle una desagradable sensación de ahogo, mientras
Juliano percibía aquella presencia maligna con una claridad casi dolorosa.
Gundemaro, en cambio, parecía preocupado exclusivamente por impedir que su
montura se lesionara entre los escombros. Los tres condujeron sus caballos
hacia la rampa, cuyas losas estaban cubiertas de musgo y tierra acumulada
durante décadas. Desde la terraza podían distinguirse varios caminos rurales,
las copas de los árboles y, a lo lejos, las primeras figuras de los campesinos
convocados por el cuerno del conde. También se advertía que el edificio
conservaba un ala oriental relativamente intacta, con una galería de columnas
que proyectaba sombras profundas sobre el pavimento. Walia observó aquel sector
con desconfianza: cualquier cosa escondida allí podría acercarse sin ser vista
desde el patio inferior.
—Aquí esperaremos —decidió el conde, examinando la resistencia del muro
exterior antes de volver hacia Juliano—. Tu propuesta nos ha dado una posición
defendible, pero quiero que recuerdes algo: un enemigo que conoce el terreno
puede convertir una buena fortificación en una trampa. Gundemaro, asegura los
caballos. Juler, vigila la galería oriental. Yo observaré la rampa. Y por una
vez en tu vida, Gunder, intenta comprender que el hecho de que todavía no hayas
visto al monstruo no significa que el monstruo no te haya visto a ti. El joven
Vidimero levantó las manos en un gesto de inocencia exagerada, aunque obedeció
sin mayores protestas. Bajo sus pies, entre las grietas del mosaico, crecían
pequeñas plantas silvestres, y en uno de los muros sobrevivía una pintura casi
borrada que representaba una escena de caza. Juliano distinguió allí un detalle
singular: varios perros perseguían a un animal oscuro cuyo cuerpo había sido
deliberadamente raspado de la pared. La pintura era antigua, pero las marcas
que la habían destruido parecían mucho más recientes.
La subida al segundo nivel confirmó que aquella villa había sido extraña
incluso antes de arruinarse. Juliano lo advirtió mientras guiaba su montura por
la rampa resquebrajada y alzaba la vista hacia los muros interiores, todavía
cubiertos por restos de estuco pintado. Allí estaba casi todo el bestiario
clásico que un romano educado habría esperado encontrar en una residencia
antigua: leones de melena espesa, jabalíes monstruosos, ciervos perseguidos por
perros, grifos, serpientes marinas, aves de presa de ojos crueles y criaturas
híbridas medio borradas por el tiempo; sin embargo, faltaba algo esencial, algo
que su memoria detectó antes que su razón. No había héroes. Ningún cazador,
ningún Hércules, ningún Belerofonte, ningún emperador victorioso dominando el
caos. Tampoco había dioses paganos, ni símbolos cristianos añadidos después, ni
cruces, ni peces, ni santos, ni mártires, como si el dueño de aquella casa
hubiese querido conservar a las bestias y expulsar de las paredes toda
presencia capaz de someterlas o juzgarlas. A espaldas de los jóvenes volvió a
oírse aquel roce de cadenas sobre piedra, tenue, intermitente, como si alguien
arrastrara un hierro largo por una galería inferior; pero el momento, la
tensión y la necesidad de asegurar la posición hicieron que ninguno se
detuviera de verdad en ello.
El segundo nivel se abría bajo un techo en gran parte derrumbado, de modo
que la terraza y las salas contiguas formaban un espacio irregular pero útil.
Varias vigas podridas yacían vencidas sobre el mosaico roto, aunque quedaba
sitio de sobra para mantener los caballos bajo relativo control y para observar
los alrededores desde los vanos abiertos hacia el bosque. Desde allí el aire
corría mejor y el campo se extendía con una claridad cruel: podían verse la
linde de los árboles, la curva del arroyo, las ruinas inferiores, los postes
torcidos del cercado y, a lo lejos, algunas figuras campesinas moviéndose
todavía hacia la posición de Amalasunta. La ventaja táctica era evidente, y
precisamente por eso la presión que oprimía el pecho de Walia no disminuyó, sino
que se volvió más aguda, más insoportable, como si elevarse sobre el terreno no
hubiera hecho sino ofrecerles una vista más limpia del peligro. Juliano apoyó
una mano en el pretil roto, respiró hondo y se obligó a estudiar el perímetro
con método, mientras Gundemaro, muy al contrario, parecía animado por la altura
y por la promesa de una caza más interesante de lo habitual, tan poco tocado
por la opresión del lugar que casi resultaba ofensivo mirarlo.
Fue Gundemaro quien señaló primero un movimiento entre las hierbas altas,
pero fue Juliano quien comprendió qué estaba viendo, y el reconocimiento le
produjo un estremecimiento frío. La criatura no tenía la forma alargada y noble
de un gran lobo, sino algo peor: avanzaba con el peso brutal y la silueta
monstruosa de un entelodonte escapado de una pesadilla antigua, alto como un
caballo bajo, de cuello poderoso, lomo descendente, cabeza desproporcionada y
mandíbulas capaces de partir huesos mayores que los de una oveja. Su piel
oscura aparecía surcada por mechones duros y zonas donde el pelo se apelmazaba
con barro o sangre seca; los colmillos sobresalían con una blancura sucia, y
bajo el hocico colgaban jirones rojizos que podían ser restos de presa reciente
o simple corrupción de la carne. No corría: rodeaba. Se desplazaba en amplios
semicírculos alrededor de la villa, deteniéndose a veces para alzar la cabeza y
olfatear el aire con una paciencia que no pertenecía a la ferocidad ciega, sino
a una inteligencia hambrienta y metódica. En dos ocasiones volvió el perfil
hacia las ruinas, y aun a esa distancia Juliano sintió, más que vio, que el
animal sabía exactamente dónde estaban.
—Eso no es un lobo —dijo Walia al fin, y la frase le salió tan baja y tan
seca que sonó más a diagnóstico que a exclamación. La mano con que sujetaba la
espada estaba firme, pero el conde sentía en la nuca aquella repulsión helada
que no se experimenta ante un simple depredador, sino ante una anomalía del
mundo, algo que no debería existir bajo el mismo cielo que las cosechas, los
rebaños y las casas de los hombres. Juliano asintió sin apartar los ojos de la
criatura y tanteó la distancia de tiro, aunque advirtió enseguida que una
flecha mal elegida solo serviría para revelarles su exacta posición y provocar
una carga antes de tiempo. Gundemaro, por el contrario, apoyó los codos en el
borde roto de una columna caída y soltó una risa breve, casi admirativa.
Aquello, a sus ojos, seguía siendo un animal enorme y formidable, un trofeo
futuro, una historia magnífica para cualquier banquete, no una manifestación
torcida de algo más hondo y más impuro. Su ligereza irritaba a Walia y
desconcertaba a Juliano, porque el conde y el romano se sentían perseguidos por
una presencia opresiva que parecía deslizarse por los muros, por las ruinas y
por la sangre misma del lugar, mientras Gundemaro se mantenía extrañamente
libre de ella, como si la villa y la bestia no hubiesen decidido todavía
reconocerlo como verdadero participante de aquella escena.
Abajo, la criatura siguió rodeando los alrededores de la villa, lenta,
pesada y deliberada, hasta detenerse cerca de un antiguo jardín hundido donde
sobresalían estatuas sin cabeza y trozos de columnas cubiertos de hiedra. Allí
levantó el hocico hacia el segundo nivel y emitió un sonido ambiguo, no
exactamente un gruñido ni un chillido, sino una especie de resoplido cavernoso
que parecía mezclar ira y apetito con algo casi humano en su forma de medir el
silencio posterior. En ese mismo instante volvió a oírse desde el interior de
la casa el ruido de cadenas arrastradas, esta vez un poco más claro, un poco
más próximo, como si bajo sus pies —o detrás de algún muro cegado— otra
presencia hubiese respondido a la llegada del monstruo exterior. Los caballos
se agitaron de inmediato; Walia giró la cabeza hacia la sombra de una estancia
derruida; Juliano apretó el arco con más fuerza; Gundemaro, al fin, dejó de
sonreír del todo, aunque todavía no parecía comprender que quizá la cacería se
había vuelto demasiado grande incluso para su gusto.
El ruido de las cadenas comenzó a imponerse sobre los resoplidos de los
caballos, primero como un roce irregular procedente de las habitaciones
interiores y después como un arrastre metálico, acompañado por pequeños golpes
contra las losas del pavimento. De la oscuridad de una galería surgió una
figura humana, tan menuda y maltrecha que los tres jóvenes tardaron un instante
en reconocerla como una niña. Tendría unos doce años, vestía una túnica
campesina desgarrada, caminaba descalza y llevaba alrededor de los tobillos dos
argollas de hierro unidas a fragmentos de cadenas rotas. Su rostro estaba
cubierto de lágrimas y suciedad; tenía las muñecas en carne viva y avanzaba
tropezando, con la desesperación de quien había conseguido escapar de un
encierro sin saber todavía si había alcanzado la libertad. Al descubrir a los
nobles, levantó los brazos y trató de pronunciar alguna súplica, pero apenas
consiguió emitir un sollozo. Abajo, entre las estatuas mutiladas del antiguo
jardín, la bestia se detuvo bruscamente y volvió su enorme cabeza hacia la
terraza. La opresión que atenazaba a Walia y Juliano adquirió entonces una
violencia casi insoportable, como si aquella criatura hubiera reconocido algo
que le pertenecía y acabara de descubrir que estaba a punto de perderlo.
Juliano reaccionó con una velocidad que sorprendió incluso a sus compañeros,
habituados a verlo ejecutar disparos extraordinarios durante las cacerías. La
primera flecha salió antes de que Gundemaro terminara de apartarse del pretil y
alcanzó el costado de la criatura; una segunda se hundió cerca del hombro, y
después llegaron otras, tan rápidamente que el muchacho parecía haber
convertido el arco en una máquina de guerra. Todas encontraron su objetivo. Sin
embargo, el efecto estuvo muy lejos de lo esperado: bajo la piel oscura, el
animal poseía una mole de músculos extraordinariamente compactos, especialmente
desarrollados sobre la espalda y el cuello, donde las flechas apenas conseguían
penetrar más allá de las capas superficiales. Una de ellas quedó atrapada entre
los pliegues de carne que protegían la cruz; otra se partió cuando el monstruo
giró violentamente el cuerpo. La criatura emitió un bramido ronco, semejante al
gruñido de un cerdo gigantesco mezclado con el rugido de un depredador, y abrió
unas mandíbulas cuya amplitud resultaba espantosa. Walia sintió que el corazón
le golpeaba contra las costillas, no tanto por el tamaño del enemigo como por
aquella presencia invisible que parecía derramarse desde él y convertir cada
respiración en una lucha contra el terror.
La niña lanzó un grito al escuchar al monstruo y retrocedió hasta golpearse
contra una columna, mientras Juliano abandonaba el arco, desenvainaba su
gladius y corría hacia la abertura del muro derruido. Desde allí saltó al nivel
inferior, aprovechando una acumulación de escombros para acortar la caída, y
aterrizó entre fragmentos de ladrillo que se desprendieron bajo sus botas.
Walia comprendió inmediatamente la intención de su compañero: impedir que la
bestia alcanzara el acceso a la terraza antes de que la muchacha pudiera
ponerse a salvo. El conde tomó una de las lanzas de caza, comprobó
instintivamente su equilibrio y se lanzó tras él, descendiendo por el mismo
sector con una agilidad que desmentía la rigidez de su postura anterior.
Durante el salto, la sensación opresiva volvió a cerrarse sobre su pecho,
acompañada de una certeza aterradora: aquello no era simplemente un animal
extraordinario, sino una presencia que despertaba en su espíritu una
repugnancia desconocida. Aun así, consiguió aterrizar de pie, adelantó la lanza
y buscó situarse junto al romano antes de que la criatura pudiera cargar contra
cualquiera de los dos.
—¡Eh! ¡Un momento, malditos bastardos! —protestó Gundemaro desde lo alto,
contemplando con indignación cómo sus compañeros iniciaban el combate sin
concederle siquiera la oportunidad de participar en la escena como había
imaginado—. ¡Primero teníais que escuchar mi gallarda frase! ¡Llevo toda la
mañana preparándola! Sin esperar respuesta, recuperó su propia lanza, calculó
la distancia y saltó detrás de ellos con un entusiasmo tan imprudente como
auténtico. A diferencia de Walia y Juliano, no experimentaba aquel miedo
sobrenatural que parecía impregnar el lugar; para Gundemaro, la situación se
había convertido por fin en la aventura gloriosa que llevaba deseando desde que
abandonaron Tolosa. Su aterrizaje levantó una pequeña nube de polvo y provocó
el desprendimiento de varias piedras. Al incorporarse, descubrió que la bestia
había dejado de observar la terraza y giraba ahora lentamente hacia los tres
jóvenes, con las flechas clavadas en el lomo como espinas ridículas sobre una
montaña viviente.
El monstruo avanzó algunos pasos, hundiendo las pezuñas en la tierra húmeda
del jardín abandonado. Su cabeza parecía casi demasiado grande para el cuerpo,
con protuberancias óseas a ambos lados de las mandíbulas, pequeños ojos
hundidos bajo gruesos rebordes y colmillos que sobresalían incluso cuando
cerraba la boca. Los músculos de los hombros se contrajeron bajo la piel
ennegrecida, moviendo las flechas incrustadas sin que el animal mostrara
señales de debilitamiento. Juliano se encontraba ligeramente adelantado, armado
con su espada corta; Walia ocupaba su derecha con la lanza dispuesta para
detener una embestida, mientras Gundemaro descendía hacia el otro flanco,
todavía convencido de que aquella criatura terminaría convertida en el trofeo
más célebre de Aquitania. Desde la terraza superior llegó otro sollozo de la
niña, seguido por un nuevo tintineo de sus cadenas, y la bestia levantó
súbitamente la cabeza hacia aquel sonido. Entonces bajó el hocico, abrió las
mandíbulas y comenzó a cargar, haciendo temblar las pequeñas losas sueltas del
pavimento mientras los tres jóvenes descubrían, en un mismo instante, que
habían abandonado la seguridad de la altura para enfrentarse a un enemigo cuya
fuerza todavía no conocían.
—¿Creéis que esto fue lo que enfrentó Heracles cuando cazó al jabalí de
Erimanto? —preguntó Juliano, avanzando con una confianza que contrastaba
violentamente con la presión sobrenatural que sentía sobre el pecho. Mantenía
el gladius adelantado y los ojos fijos en la criatura, procurando conservar su
atención mientras sus compañeros buscaban posiciones favorables. El monstruo
respondió con un resoplido gutural, semejante al chillido de un cerdo llevado
hasta una profundidad imposible, y entreabrió las mandíbulas para mostrar unos
colmillos amarillentos, largos como puñales. La comparación mitológica no
resultaba enteramente desacertada: aquel cuerpo desmesurado poseía algo de
jabalí, algo de lobo y mucho de una criatura que ninguna persona sensata habría
querido encontrar fuera de las historias antiguas. Cada movimiento de sus
poderosos hombros hacía oscilar las flechas clavadas en la carne, mientras las
pezuñas removían el polvo del antiguo jardín.
—Si es así, el Heracles que recuerdo debía de ser dos veces más formidable
—respondió Walia, procurando que su voz no revelara la angustia que le
comprimía las entrañas—. Y habría agradecido que Euristeo le hubiese
proporcionado una lanza algo más larga. El conde retrocedió medio paso para
conservar distancia, acomodando el arma contra su costado mientras buscaba una
abertura entre las protuberancias óseas de la cabeza monstruosa. Juliano
recibió la observación con una sonrisa fugaz. Ninguno de los dos podía
explicarse por qué aquella bestia les producía un miedo tan distinto del que
habría despertado cualquier otro animal peligroso; sin embargo, ambos estaban
consiguiendo dominarlo mediante la disciplina del combate. Gundemaro, en
cambio, parecía impermeable a semejante influencia, y aquella inmunidad lo
hacía todavía más imprudente de lo habitual.
—¡Entonces dejad que os muestre cómo habría terminado la historia si
Heracles hubiese nacido entre los godos! —bramó Gunder, adelantándose sin
esperar ninguna señal de sus compañeros. Su intención era evidente: acometer el
costado de la criatura con una estocada de lanza antes de que pudiera girarse
para defenderse. Pero el joven Vidimero calculó mal tanto la distancia como la
velocidad de su adversario. La bestia dejó de prestar atención a Juliano y
realizó un giro súbito, extraordinariamente rápido para su tamaño, desplazando
aquella cabeza monstruosa hacia el atacante. Gundemaro alcanzó a lanzar la
estocada, pero la punta resbaló sobre la musculatura del hombro y apenas
consiguió abrir un surco superficial. Un instante después, el hocico de la
criatura golpeó el asta de la lanza, desviándola con una violencia que estuvo a
punto de arrancársela de las manos.
Gundemaro trastabilló sobre las losas desniveladas, intentando recuperar el
equilibrio mientras el monstruo avanzaba sobre él. La criatura abrió las
mandíbulas y lanzó un chillido ensordecedor, acompañado por un olor nauseabundo
a carne podrida que alcanzó incluso a Walia. El conde vio con espanto cómo su
compañero quedaba momentáneamente fuera de posición y comprendió que disponían
de apenas unos instantes antes de que aquellos colmillos alcanzaran su cuerpo.
—¡Gunder, retrocede! ¡Maldito imbécil, retrocede! —rugió, adelantando la lanza
para amenazar el cuello de la bestia. Juliano, situado al otro flanco, percibió
una de sus breves anticipaciones de peligro: una imagen fugaz de las enormes
mandíbulas cerrándose sobre la pierna del joven godo, seguida por una sacudida
capaz de arrojarlo contra las columnas derruidas.
El monstruo concentró entonces toda su atención en Gundemaro, que había
conseguido recuperar parcialmente la postura, aunque permanecía peligrosamente
cerca de sus colmillos. Juliano tenía el costado de la criatura a su alcance y
Walia podía intentar detener su avance con la lanza, pero ambos comprendían que
una intervención mal coordinada podría convertir el rescate en una desgracia
mayor. Arriba, la niña encadenada contemplaba la escena entre sollozos,
aferrada a una columna, mientras desde las galerías inferiores volvía a resonar
aquel inexplicable arrastre de hierro contra piedra.
La embestida del monstruo parecía inevitable. Gundemaro había perdido el
equilibrio y apenas conseguía mantener la lanza entre su cuerpo y aquellas
mandíbulas enormes, mientras Walia avanzaba desesperadamente para interceptar
una carga que, por la posición del animal, difícilmente podría detener a
tiempo. Pero Juliano se movió antes de que ninguno de los dos comprendiera lo
que estaba sucediendo. Su percepción del peligro se agudizó hasta convertir los
movimientos de la criatura en una sucesión de imágenes extraordinariamente
claras: la contracción de los músculos del cuello, el desplazamiento del peso
hacia las extremidades anteriores y la pequeña abertura que aparecía entre los
gruesos relieves óseos de la parte posterior del cráneo cuando bajaba la cabeza
para atacar. Entonces recordó una lección de su antiguo maestro, quien le había
explicado que incluso los cocodrilos, aquellas bestias monstruosas de los ríos
africanos cuya piel parecía fabricada con hierro vivo, poseían regiones
vulnerables allí donde las articulaciones permitían el movimiento de la cabeza.
No era una certeza anatómica respecto de aquella criatura desconocida, pero sí
una oportunidad que su extraordinaria rapidez le permitía aprovechar.
Juliano recorrió la distancia que lo separaba de la bestia con una
aceleración que dejó a Walia momentáneamente desconcertado. Se deslizó junto al
costado del monstruo, evitó por un margen mínimo el movimiento de sus hombros
y, aprovechando el instante en que la cabeza descendía hacia Gundemaro, lanzó
una estocada ascendente con toda la fuerza de su brazo. La hoja del gladius
penetró en la abertura situada entre el cráneo y las primeras vértebras
cervicales, atravesando tejidos mucho menos resistentes que la inmensa
musculatura dorsal. El efecto fue inmediato. La criatura interrumpió su ataque
con un estremecimiento violentísimo, abrió las mandíbulas hasta un ángulo
espantoso y emitió un chillido que comenzó como el berrido de un cerdo
gigantesco y terminó convertido en un sonido agudo, casi humano. Sus
extremidades anteriores cedieron parcialmente y el enorme cuerpo se desplomó
hacia un costado, golpeando el pavimento con suficiente fuerza para hacer
saltar varios fragmentos del mosaico.
Sin embargo, aquella victoria llegó acompañada de una última manifestación
de fuerza brutal. Mientras su sistema nervioso sucumbía a la herida, la bestia
sufrió una contracción muscular tan poderosa que una de sus extremidades
posteriores salió despedida hacia atrás. La coz alcanzó a Juliano cuando
todavía intentaba recuperar su espada y lo levantó del suelo con una violencia
aterradora. El muchacho atravesó varios pasos de espacio abierto antes de
estrellarse contra un muro de ladrillo romano, produciendo un golpe seco que
hizo desprenderse parte del revestimiento antiguo. Cayó entre los escombros sin
emitir un grito. Su cuerpo quedó inmóvil sobre las piedras, con un brazo
extendido en una posición antinatural y el rostro parcialmente oculto por el
cabello oscuro. El gladius resbaló de sus dedos y terminó junto a una columna
caída, mientras una mancha de sangre comenzaba a extenderse lentamente bajo su
cabeza.
—¡JULER! —La voz de Walia resonó por todo el jardín con una desesperación
que habría resultado impensable unos instantes antes. El conde abandonó
inmediatamente la formación defensiva y corrió hacia su compañero, aunque
todavía tuvo la prudencia de comprobar que el monstruo no estaba recuperando el
movimiento. La criatura permanecía tendida sobre las losas, estremeciéndose con
espasmos cada vez más débiles, mientras una sangre oscura brotaba de la herida
abierta en la nuca. Gundemaro, liberado de las mandíbulas que estuvieron a
punto de despedazarlo, contemplaba alternativamente al animal y al muchacho
caído. La despreocupación que había presidido toda la jornada desapareció por
primera vez de su rostro. —Yo... —comenzó, pero no consiguió terminar la frase.
Walia se arrodilló junto a Juliano, comprobó que respiraba y descubrió con
espanto que cada inspiración era superficial e irregular. El joven romano no
respondía a su voz ni a las presiones suaves sobre el hombro, y el conde evitó
moverlo al advertir la violencia del impacto que había sufrido contra la pared.
—¡Gundemaro, deja de mirar y haz algo útil por una vez en tu vida! —ordenó
Walia, sin molestarse en ocultar las lágrimas de furia que comenzaban a
acumularse en sus ojos—. ¡Ve a buscar a tu hermana! ¡Necesitamos hombres, una
litera y alguien que conozca el oficio de médico! ¡Y dile que mande
inmediatamente a Tolosa por un cirujano! Gundemaro vaciló apenas un instante
antes de recoger su lanza y echar a correr hacia la rampa de acceso, con el
rostro tan pálido que parecía haber envejecido varios años desde que iniciaron
la cacería. Walia permaneció junto a Juliano, manteniendo una mano cerca de su
cuello para vigilar el pulso, mientras observaba con creciente desconcierto que
aquella sensación opresiva que había atormentado a ambos durante toda la mañana
comenzaba finalmente a disiparse. El aire parecía más ligero, los sonidos del
bosque regresaban poco a poco y el monstruo yacía inmóvil entre las ruinas,
pero el conde apenas podía sentir alivio. Habían derrotado a una criatura
imposible y, sin embargo, el nieto del hombre más poderoso de su círculo de
aliados podía morir allí mismo, sobre un pavimento abandonado, por haber
salvado la vida de un amigo.
Desde la terraza superior, la niña de las cadenas rotas comenzó a descender
lentamente, apoyándose en las paredes para no caer. Tenía los ojos fijos en el
cuerpo de la bestia y murmuraba unas palabras que Walia no alcanzaba a
comprender, aunque distinguió claramente que no eran expresiones de gratitud ni
oraciones por la salvación de su alma. La muchacha parecía más aterrorizada
ahora que cuando había escapado de las galerías, y al contemplar el cadáver
volvió la cabeza hacia la entrada subterránea, como si temiera que alguien
pudiera haber escuchado el último chillido del monstruo. Walia levantó la
mirada hacia ella, desconcertado, justo cuando desde las profundidades de la
villa volvió a escucharse el arrastre de una cadena, seguido por tres golpes
lentos contra una puerta que ninguno de los jóvenes había visto.
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