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Saori Kido —¿o era alguien más?— levantó una
mano temblorosa hacia el espejo. Sus dedos se detuvieron a unos centímetros del
cristal, suspendidos en el aire como si temiera que la superficie pudiera
responderle. La imagen frente a ella imitaba cada movimiento: el rostro pálido,
los labios apretados, el cabello oscuro con reflejos violáceos. Aun así, el
reflejo parecía pertenecerle a otra persona. Saori inclinó la cabeza y observó
sus propios ojos, buscando en ellos a la niña que había sido antes. Antes de qué,
no podía recordarlo.
Últimamente, las lagunas en su memoria eran
más frecuentes. Al principio habían sido pequeños vacíos: unos minutos que
desaparecían durante una conversación, el recuerdo confuso de haber cruzado una
habitación sin saber por qué había llegado hasta allí. Después comenzaron a
perderse horas enteras. A veces despertaba en otra parte de la casa, con una
prenda distinta o las manos manchadas de tinta, sin recordar cómo había llegado
allí. En esos intervalos solo quedaba una niebla blanca, profunda e inmóvil,
atravesada por voces que hablaban desde lugares imposibles.
Voces en griego antiguo.
Saori nunca había estudiado aquella lengua.
Sin embargo, algunas palabras empezaban a resultarle familiares, como si las
hubiera aprendido antes de nacer. En sueños las repetía sin querer; las sílabas
le quemaban la lengua y despertaban en su pecho una resonancia que no
reconocía. No eran frases completas, sino fragmentos de oraciones, gritos de
batalla, nombres de constelaciones que no aparecían en las cartas estelares
modernas.
«Protege… el Sant… Atena…»
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se
acercó un poco más al espejo y observó el color de sus ojos. Verdes, cada vez más
verdes. ¿Cuándo habían dejado de ser marrones? Recordaba fotografías de su
infancia en las que sus ojos tenían un tono cálido, oscuro, fácil de confundir
con el cabello. Ahora brillaban con una claridad extraña, casi luminosa, que a
veces parecía intensificarse cuando las voces regresaban.
Saori retrocedió. El lavabo de mármol estaba
frío bajo sus manos. Se obligó a respirar despacio, tal como le habían enseñado
para contener el pánico antes de una aparición pública. Inhaló por la nariz,
contó en silencio y expulsó el aire con cuidado. El procedimiento solía ayudar.
Esa mañana apenas le permitió mantener el equilibrio.
—¿Señorita Saori?
La voz de una sirvienta la sacó del trance.
La mujer permanecía junto a la puerta, con
las manos cruzadas frente al delantal. Era japonesa, de rostro demacrado y
dedos callosos. Tenía el pelo recogido con pulcritud, aunque algunas hebras
grises se habían soltado alrededor de sus sienes. No miró a Saori a los ojos.
Ninguna de las sirvientas lo hacía últimamente. Todas inclinaban la cabeza y
apartaban la mirada, como si ella estuviera de pie ante un altar.
—El coche está listo —dijo—. Los Santos
llegarán al anochecer.
Santos. Otra palabra que ahora le erizaba la
piel.
—Gracias, Sumire —murmuró Saori.
Forzó una sonrisa, aunque no sintió que el
gesto le perteneciera. Sumire inclinó el cuerpo en una reverencia tan profunda
que rozó la servidumbre y salió sin añadir nada. La puerta se cerró con
suavidad, pero el clic de la cerradura sonó desproporcionadamente fuerte en la
habitación.
Saori mantuvo la vista en la puerta. Luego
apretó los dedos contra el borde del lavabo hasta que las uñas le dolieron.
Quiso gritar que no era una diosa, que solo tenía dieciséis años y que no sabía
qué significaban aquellas voces. Quería elegir su propia ropa, reírse de
chistes estúpidos, enamorarse de alguien que no la mirara con temor ni se
arrodillara al entrar en la habitación.
Pero el miedo era más fuerte que el deseo de
protesta.
En los momentos de vacío, cuando las voces la
arrastraban a un lugar atemporal, algo respondía dentro de ella. No era un
sonido ni una memoria. Era una presencia que se extendía por su cuerpo, ocupaba
sus sentidos y parecía conocer cada rincón de su conciencia. Algo que no era
ella. Algo que llevaba siglos esperando.
El espejo se empañó con su aliento. Saori
limpió el vaho con la palma. Por un segundo creyó ver, sobre su hombro, la
silueta de una mujer acorazada con un yelmo y una lanza. La figura era alta,
solemne y estaba rodeada por una luz pálida. Saori se volvió de golpe.
No había nadie.
Cuando miró otra vez, solo encontró su
reflejo.
—¿Quién soy? —susurró.
El silencio, como siempre, fue su única
respuesta.
Su mirada se apartó del espejo y cayó sobre
el busto de bronce que dominaba el estudio contiguo. Mitsumasa Kido. La
escultura había sido encargada años atrás y representaba al anciano con el
porte severo que conservaba en sus fotografías. El metal no conseguía
reproducir del todo la intensidad de sus ojos; tampoco la forma en que, en
vida, parecía mirar más allá de las palabras y encontrar aquello que los demás
intentaban esconder.
Ahora el busto parecía juzgarla desde el otro
lado de la habitación.
—¿Esto es lo que querías, abuelo?
La pregunta se le atragantó antes de
terminar. Mitsumasa había sido el arquitecto de todo: los niños arrancados de
sus familias, enviados a lugares inhóspitos y sometidos a entrenamientos
brutales, solo para regresar convertidos en armas vivientes. Santos. Sus
Santos. La Fundación Graad había dispuesto el dinero, los medios y la
discreción necesarios; el Santuario había aportado la tradición, los maestros y
las Armaduras. Saori había crecido en medio de aquel proyecto sin comprender
cuánto sufrimiento contenía.
Un dolor agudo le atravesó el pecho. No era
el vacío de sus lagunas de memoria, sino algo más terrenal y reconocible:
culpa. La imagen de los muchachos enviados a entrenar se le mezcló con la de
las sirvientas inclinándose ante ella y con la de Mitsumasa observándola desde
su busto.
Durante un instante, quiso apartarse de todo
aquello. Renunciar a las reuniones, a los Santos, a la Fundación y a la
identidad que otros parecían haber decidido por ella. Pero algo dentro de su
mente se tensó, como un mecanismo antiguo que no admitía interrupciones.
—No hay tiempo para dudas —murmuró.
Apretó los puños hasta que las uñas dejaron
medias lunas en sus palmas. La frase no sonó como una decisión que hubiese
tomado por voluntad propia. Se le presentó con la claridad de una orden, firme
y serena, y Saori la obedeció antes de preguntarse por qué.
El plan debía continuar.
Cruzó la suite con pasos firmes, aunque la
bata de seda se le enredaba en las piernas. El hotel había sido una de las
propiedades más lujosas de Mitsumasa Kido en Nueva York. Desde las ventanas se
veían avenidas, edificios altos y una ciudad que no parecía detenerse nunca. La
suite ocupaba varios salones comunicados entre sí, con alfombras gruesas,
muebles de madera oscura y cuadros escogidos por el propio Mitsumasa. Todo era
amplio, caro y cuidadosamente dispuesto para que el dinero pareciera natural.
Al fondo, detrás de un biombo lacado, se
encontraba el objeto que solo ella podía salvaguardar: la Caja de Pandora de
Sagitario.
No era grande; apenas tenía el tamaño de un
joyero, aunque su peso y su presencia parecían exceder sus dimensiones. Los
relieves dorados representaban escenas de una guerra celestial: héroes alados y
acorazados, bestias míticas que se enfrentaban bajo un cielo estrellado y, en
el centro, un arquero apuntando hacia las alturas. La luz de la habitación se
reflejaba en el oro, pero no era su brillo lo que llamaba la atención. La caja
parecía guardar una luz propia, tenue y profunda, que palpitaba bajo la superficie.
Saori extendió la mano, pero se detuvo a
centímetros de la tapa.
—¿Qué son los Santos, en realidad?
La pregunta quedó suspendida entre ella y la
Caja. No eran solo guerreros. Tampoco eran únicamente huérfanos reclutados y
manipulados por un multimillonario. Había algo más. Lo había visto en el modo
en que sus Cosmos se encendían durante las batallas, en la gravedad con que
pronunciaban el nombre de Atena y en la manera en que algunas Armaduras
parecían reconocer a sus portadores.
Su reflejo se deformó sobre el oro. El metal
parecía luchar por rechazar incluso su imagen. Saori retiró la mano. La última
vez que había tocado la Caja tenía siete años.
Recordaba el calor.
No había sido como el de una llama. Era más
profundo, más antiguo, como si hubiera sumergido la mano en el núcleo de una
estrella. El dolor había llegado de inmediato. Sus dedos se enrojecieron y
empezaron a ampollarse antes de que los sirvientes pudieran apartarla. Ella
gritó, y alguien la envolvió en una manta mientras otros corrían a buscar
ayuda.
Pero lo que más la aterrorizó no fue la
agonía física.
Fue el cambio en su cabello.
Un solo mechón sobre la sien izquierda perdió
su tono castaño en cuestión de segundos. Saori recordaba haberlo visto caer
delante de sus ojos, pálido al principio, luego teñido de un violeta profundo.
Para cuando Mitsumasa llegó —corriendo como nunca lo había visto correr—, aquel
rizo ya era del color que ahora dominaba partes de su melena.
—No te acerques a esto de nuevo, pequeña
paloma —le había dicho esa noche.
El anciano le sostuvo las manos vendadas
entre las suyas. No había ira en su voz, solo miedo. Saori recordaba la manera
en que Mitsumasa trataba de ocultarlo, la presión protectora de sus dedos y la
rapidez con que pidió a todos los presentes que salieran de la habitación. En
aquel momento creyó que la estaba protegiendo de la Caja.
Al día siguiente comenzaron las voces.
Ahora, años después, estaba nuevamente frente
al cofre. Su respiración se aceleró y tuvo que apoyar una mano en el biombo
para no retroceder. ¿Por qué solo Mitsumasa podía tocarlo? El anciano había
levantado la Caja sin esfuerzo, como si fuera un simple relicario. Incluso en
sus últimos días, cuando el cáncer parecía devorarle los huesos, la acariciaba
con una devoción que a Saori le resultaba incomprensible.
—Tu herencia —la había llamado—. Lo único que
importa.
Pero nunca le había dicho de quién era esa
herencia.
Saori Kido no aparecía en ningún registro
familiar. El clan Kido no tenía herederos legítimos, y Mitsumasa nunca se había
casado. Ella había crecido creyendo que era su nieta adoptiva, bastarda de un
bastardo de Kido tal vez, pero había documentos que no cuadraban y silencios
que resultaban demasiado estudiados. ¿Era hija de algún vástago secreto? ¿La
descendiente de una rama que Mitsumasa había ocultado? ¿O había algo peor en la
respuesta?
El dinero había borrado todo rastro.
Periódicos, gobiernos e incluso la Iglesia habían guardado silencio ante las
donaciones de la Fundación Graad. Las fotografías familiares podían
desaparecer; los registros podían corregirse o perderse; las preguntas podían
quedar sin contestación durante años. Pero el amor de su abuelo —¿o era su
guardián?— había sido tan vasto como sus mentiras.
Un golpe seco la sobresaltó.
La puerta se abrió antes de que Saori pudiera
apartarse de la Caja. Jabu de Unicornio cruzó el umbral con la mezcla de
torpeza y solemnidad que lo acompañaba desde la infancia. Su armadura no estaba
puesta, pero llevaba la postura de un Santo que había aprendido a presentarse
ante una autoridad. Al verla, se inclinó enseguida.
—Mi señora.
Antes de que Saori pudiera protestar, ya
estaba arrodillado. La frente casi le rozó el suelo de mármol.
El gesto le revolvió el estómago.
De niños, Jabu había sido su primer —y único—
amigo entre los Santos. Mientras los demás entrenaban hasta sangrar, él
encontraba la forma de acercarse a ella. Le llevaba flores robadas de los
jardines y se las entregaba con una sonrisa que le arrugaba los ojos.
—Para la princesa —decía.
Saori se reía y le ordenaba que no se
inclinara tanto. A veces le quitaba las flores y se las ponía en el cabello;
otras, lo perseguía por los senderos hasta que los dos terminaban riendo. En
aquellos recuerdos, Jabu era un niño que compartía con ella juegos y pequeños
secretos. No era un sirviente ni un guerrero que cumplía un juramento.
Pero, al ver su nuca expuesta ante ella, la
princesa de su memoria pareció desaparecer. Solo quedó alguien a quien se le
debía reverencia.
—Levántate, Jabu —dijo Saori, esforzándose
para que su voz no traicionara el nudo en la garganta—. No hagas eso.
El Santo levantó la cabeza, confundido. Sus
ojos, antes llenos de camaradería infantil, ahora brillaban con una devoción
que la sofocaba.
—Perdóneme, mi señora. Pero es mi deber. Los
Santos de Andrómeda y del León Menor han llegado de Japón. Esperan en el ala
este.
Saori apretó los dientes. Shun. Seiya. Los
nombres resonaron como presagios de un futuro que se precipitaba hacia ella. No
sabía si debía alegrarse de que estuvieran vivos, temer lo que podían
preguntarle o preocuparse por la manera en que los recibiría. La presencia de
ambos no era solo una reunión con antiguos conocidos. Representaban el
resultado de los planes de Mitsumasa y las consecuencias que Saori llevaba días
tratando de comprender.
—¿Y cómo están? —preguntó, forzándose a sonar
humana.
Jabu parpadeó, sorprendido de que le
preguntara por ellos. Durante un instante pareció buscar una respuesta formal.
Luego la rigidez de su rostro cedió un poco.
—Andrómeda parece tranquilo, mi señora. Pero
el León Menor…
Una sonrisa casi nostálgica cruzó su rostro.
—Igual que siempre. Terco como una mula.
Por un momento, el Jabu de su infancia
reapareció. Saori casi rió, casi lo abrazó, casi le recordó que ambos seguían
siendo personas. La memoria le devolvió la imagen de un niño con las manos
llenas de flores y las rodillas raspadas, que se esforzaba por hacerla sonreír
sin inclinarse demasiado.
Pero Jabu bajó la mirada de nuevo, y el
momento se hizo añicos.
—Gracias —murmuró Saori, con una frialdad que
no sentía—. Diles que iré pronto.
—Sí, mi señora.
Jabu se inclinó otra vez antes de retirarse.
Saori no consiguió detenerlo. Cuando la puerta se cerró, se llevó las manos a
la cara. El cabello le rozó las mejillas y la seda de la bata crujió bajo sus
dedos.
¿Por qué su reverencia dolía tanto?
Porque era sincera.
El gran salón del hotel de Mitsumasa Kido en
Nueva York era una oda al lujo desmedido. Las lámparas de araña de cristal
extendían una luz dorada sobre las alfombras persas, gruesas y suaves, que
silenciaban cada paso. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y
terciopelo carmesí. En ellas colgaban obras de arte de valor incalculable,
elegidas para llenar el espacio sin hacerlo parecer un museo.
En el centro, una fuente de mármol con
estatuas clásicas murmuraba mientras el agua caía sobre una pileta circular. El
sonido era delicado, casi sereno, pero no alcanzaba a disipar la impresión de
que todo en el salón había sido colocado para demostrar poder. El mobiliario,
los candelabros y hasta las flores frescas parecían formar parte de una puesta
en escena cuidadosamente dispuesta por la Fundación Graad.
Seiya se encontraba de pie junto a su Caja de
Pandora. La armadura del León Menor estaba limpia y pulida tras los cuidados
exprés de la Fundación, y el cofre descansaba a sus pies, con el emblema del
león reflejando la luz. Él, en cambio, no parecía impresionado por la elegancia
del lugar. Tenía las cejas ligeramente fruncidas y los brazos cruzados sobre el
pecho.
El ambiente le resultaba demasiado pulcro.
Después del Santuario, los caminos, el barco y el viaje a Japón, el salón
parecía pertenecer a un mundo que no tenía relación con su vida. Las alfombras
absorbían el sonido de sus botas, el aire estaba perfumado y hasta el agua de
la fuente parecía seguir un ritmo ensayado.
A pocos metros, Shun descansaba junto a la
pileta. Se había apoyado en el borde de mármol, con la mirada fija en una flor
de loto que flotaba sobre el agua. La humedad del salón le resultaba agradable
después de los años de entrenamiento en la remota Isla Andrómeda. Allí, el aire
salado y las olas habían formado parte de su vida diaria; por eso, incluso el
murmullo de la fuente parecía ofrecerle un breve recuerdo de tranquilidad.
Sus ojos seguían el desplazamiento lento de
la flor. El agua la hacía girar con suavidad y los pétalos se inclinaban cada
vez que la corriente la acercaba a la pared de la pileta. Shun no parecía
preocupado por la tensión que crecía en el salón. Su calma no era descuido; era
una forma de permanecer presente sin dejarse arrastrar por los gestos ajenos.
La puerta se abrió y Jabu irrumpió en el
salón con sus habituales ínfulas de grandeza. Su figura, más imponente que en
la infancia, no lograba ocultar la torpeza de sus movimientos. Entró con
demasiado impulso, casi rozó una mesa lateral y recuperó el equilibrio como si
aquel paso en falso hubiera sido deliberado.
Su voz resonó en el espacio amplio:
—¡Así que finalmente se dignan a aparecer,
Santos de pacotilla!
Se pavoneaba con las manos en las caderas,
como un gallo de riña que acabara de descubrir un público. Su mirada de
desaprobación se detuvo primero en la ropa de Seiya y después en la de Shun.
—¡Y con esas pintas! ¿Es que acaso no saben
presentarse ante la señorita Kido? ¡Qué vergüenza! Más de siete meses de
retraso y llegan como si vinieran de un campamento de gitanos. Obtuvieron sus
Mantos Sagrados más tarde de lo indicado y ahora se atreven a mostrarse así.
¿Creen que la Fundación Graad es una lavandería barata?
Seiya lo observó sin responder. El tono de
Jabu no le era desconocido; tampoco la necesidad de demostrar su superioridad
delante de otras personas. La diferencia era que ahora el muchacho no sentía
ninguna inclinación a reírse o a devolverle la broma. Había atravesado el
Santuario, soportado un enfrentamiento con Shaina, viajado de manera
clandestina y llegado a Nueva York sin saber qué querían de él. La paciencia
que le quedaba se había vuelto escasa.
Shun apenas parpadeó. Su mirada seguía fija
en la flor. La retahíla de insultos se deslizaba sobre él como el agua sobre
los pétalos. No parecía ignorar a Jabu; sencillamente, no consideraba necesario
responderle.
Seiya, en cambio, notó cómo su paciencia se
agotaba. Su mandíbula se tensó. La irritación le subió por el cuello y los
puños se cerraron lentamente, aunque mantuvo los brazos cruzados.
—¿Terminaste ya tu espectáculo, Jabu?
—preguntó.
Su voz fue tranquila, casi un susurro, pero
llevaba una amenaza implícita. El tono sereno hizo que la frase sonara más dura
que un grito. Alrededor de ellos, los sirvientes que ordenaban la sala
detuvieron sus movimientos. La fuente siguió murmurando, y el agua continuó su
curso, ajena a la disputa.
El rostro de Jabu se contorsionó en un rictus
de ofensa. No estaba acostumbrado a que lo desafiaran, mucho menos a que
alguien lo silenciara delante de los demás. Un rubor le cubrió las mejillas.
—¿Mi espectáculo? —replicó, con la voz algo
más aguda—. ¡Lo que estás viendo, Seiya, es la disciplina y el respeto que tú y
tu amiguito andrógino carecen! ¡Siempre fuiste un irrespetuoso!
Seiya descruzó los brazos.
—¿Irrespetuoso yo? —dijo. Su voz continuó
baja y peligrosa—. Y tú sigues siendo el mismo perro faldero de siempre. ¿O tal
vez el nuevo poni de la señorita? Yo no vine a verla a ella, sino al viejo
Kido.
Jabu palideció. La mención de Mitsumasa
pareció haberlo herido más que el insulto anterior. Levantó la barbilla,
tratando de recuperar el control de la discusión, pero la tensión en sus
hombros lo traicionaba.
—¡Cállate! ¡El señor Mitsumasa no querría
verte, desagradecido! Él hizo una donación invaluable al mundo, y tú no eres
digno ni siquiera de mencionarlo.
Un sonido gutural escapó de la garganta de
Seiya.
No era todavía una palabra ni un grito. Era
el sonido de un Cosmos que comenzaba a levantarse bajo la piel. El salón
pareció estrecharse a su alrededor; la luz de las lámparas se reflejó con mayor
intensidad en el oro de la Caja.
El Cosmos de Seiya se expandió violentamente.
No surgió como una ráfaga que se disipara al instante, sino como una presión
creciente, un aura dorada y peligrosa que lo rodeó. Al mismo tiempo, Jabu
liberó su propia energía. Su Cosmos explotó con una furia cruda e impulsiva, y
ambas fuerzas chocaron en el espacio entre ellos.
La cristalería del salón comenzó a vibrar con
un chirrido agudo. Las copas vacías se balancearon sobre las mesas y varias
piezas tintinearon unas contra otras. El agua de la fuente burbujeó con más
fuerza. La flor de loto que Shun observaba empezó a temblar, girando sobre la
superficie.
Shun no se inmutó. Sus ojos permanecieron
fijos en la flor, aunque su postura se volvió un poco más alerta. La
tranquilidad que lo rodeaba no era indiferencia: era una calma tan firme que el
choque de Cosmos apenas parecía alterarla.
Los sirvientes de los pisos contiguos no
fueron tan afortunados. De un momento a otro, un terror sin nombre invadió sus
almas. Un escalofrío les recorrió la espalda; la piel se les erizó y un pánico
irracional los hizo gritar y correr. Algunos abandonaron las bandejas que
llevaban; otros se aferraron a las paredes, buscando una salida sin entender
qué los había asustado.
No veían a los Santos ni comprendían lo que
estaba ocurriendo. Solo sentían la presión de dos energías jóvenes y volátiles
que habían dejado de contenerse. Era un miedo primordial, una advertencia del
cuerpo ante algo que excedía su experiencia.
—¡Alto!
La voz de Saori Kido resonó en el salón y
cortó la tensión como un filo de acero.
Había llegado a la entrada. Su presencia era
innegable. Vestía con elegancia y llevaba la espalda erguida, pero el peso de
su autoridad no provenía de la ropa ni del rango de la Fundación. Tenía
dieciséis años y, aun así, en aquel instante parecía encarnar algo mucho más
antiguo que una joven heredera.
Seiya retrocedió. Su Cosmos, que se había
disparado como una llamarada, se retrajo con la misma rapidez. La mirada que
hasta hacía un momento estaba llena de desafío cayó al piso. Se sintió
abochornado, como cuando Aiolia lo reprendía por su imprudencia, cuando Marin
le señalaba una falta durante el entrenamiento o cuando el Patriarca le hablaba
y él comprendía, demasiado tarde, que había cruzado un límite.
Lo que más le molestaba era que no entendía
de dónde venía aquella sumisión.
De Saori solo recordaba a una niña de papá,
malcriada y caprichosa; una humana corriente con ínfulas de princesa. Pero
ahora había algo más. Algo que trascendía su belleza, su riqueza e incluso el
linaje de los Kido. Era una presencia, un aura que le recordaba la sabiduría
imponente del Santuario.
El brillo zarco de sus ojos pareció
intensificarse. Su figura era pequeña en comparación con los hombres del salón,
pero se alzaba con una seguridad que la hacía parecer inmensa. Seiya sintió que
la sangre se le enfriaba. Ya no veía a la niña que lo había exasperado durante
su infancia, sino a una fuerza que su cuerpo reconocía y respetaba antes de que
su mente pudiera comprenderla.
El silencio se instaló en el salón. Saori
controlaba la escena sin necesidad de acercarse. Jabu, con la furia aún
latente, se había quedado mudo. Su postura seguía desafiante, pero ya no
parecía dispuesto a lanzarse sobre Seiya.
Shun levantó la mirada de la flor. Sus ojos
verdes se posaron en Saori. En ellos no había el desafío de Seiya ni la
devoción rígida de Jabu. Tras unos segundos, inclinó la cabeza con una
formalidad poco habitual en él.
—Mi maestro, Albiore de Cefeo, envía sus
saludos y desea saber cuál es su objetivo.
Saori no supo qué responder.
La pregunta la tomó por sorpresa. Por un
instante, su fachada de autoridad titubeó. Albiore de Cefeo: el Santo de Plata
de la Isla Andrómeda, el maestro de Shun. Según los rumores, se había negado a
obedecer al Santuario y había entrenado a su discípulo lejos de sus órdenes.
Saori conocía fragmentos de aquella historia, pero no sabía qué había contado
Albiore a Shun ni cuánto sabía el joven sobre la situación.
—¿Cuál es mi objetivo? —repitió, como si
necesitara ganar tiempo.
Las palabras que siguieron no parecieron
surgir de una decisión consciente. Saori sintió que algo se movía en su
interior, una presencia que tomaba forma en su voz antes de que ella pudiese
detenerla. La frase llegó completa, firme y antigua, como si la hubiera
pronunciado muchas veces en otra época.
—En mi posesión se encuentra uno de los doce
Mantos de Oro —declaró.
Su voz resonó en el vasto salón. La mirada
abarcó a los Santos presentes, pero no se detuvo en ninguno de ellos.
—Es mi deseo ver quién entre ustedes es digno
de portarlo, para mantener la paz en el mundo.
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