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El frío de la tormenta no le afectaba.
Los copos caían sobre sus hombros y se
fundían antes de llegar a tocarlo, como si la nieve recordara, al acercarse a
su cuerpo, que no tenía derecho a cubrirlo. El viento barría la llanura helada
y azotaba las tiendas de la aldea, pero alrededor del joven parecía desviarse.
No había calor visible ni una llama que lo protegiera; solo una quietud
extraña, una delgada frontera que mantenía a raya la ventisca.
Permanecía inmóvil ante el bloque de hielo
eterno, como un centinela olvidado por el tiempo. Llevaba una camisa azul sin
mangas que ondeaba perezosamente sobre su torso delgado y definido. El tejido
se agitaba apenas, aunque a su alrededor el viento rugía con violencia. Sus
botas, hundidas en la escarcha, crujían cada vez que cambiaba el peso de una
pierna a la otra. No llevaba abrigo ni protección contra el clima. Tampoco
parecía necesitarla.
El glaciar se alzaba frente a él, alto y
liso, aislado de las formaciones que lo rodeaban. Su superficie era tan pulida
que devolvía el reflejo de los presentes con una claridad inquietante. No tenía
las protuberancias ni las grietas habituales de un bloque de hielo natural.
Parecía haber sido tallado, aunque no se distinguían marcas de herramientas. La
luz gris del cielo se extendía sobre la superficie y se perdía en sus
profundidades, como si el hielo hubiera absorbido todos los colores del
paisaje.
A pocos pasos, el anciano de la aldea inuit
se sujetaba la capucha de piel con una mano. El viento le había agrietado los
labios y le hacía entrecerrar los ojos, pero no dejaba de mirar al visitante.
Había visto llegar a otros hombres con palabras de entrenamiento y promesas de
gloria. Algunos habían llevado insignias del Santuario; otros, ropa de
exploradores y aparatos que ninguno en la aldea podía nombrar. Todos habían
terminado frente al mismo bloque de hielo.
—Nadie ha podido romperlo —dijo el anciano—.
Ni siquiera los que vinieron del Santuario. Ni siquiera los que murieron
intentándolo.
Su voz era áspera por el viento, aunque no le
faltaba firmeza. Había temor en ella, pero también la cautela de quien se ha
acostumbrado a convivir con un misterio demasiado grande para explicarlo. El
viejo no hablaba como un hombre que quisiera asustar a Hyōga; hablaba como
quien le advertía que no debía confundir la juventud con la invulnerabilidad.
El joven no respondió.
Sus ojos azules recorrieron la superficie del
glaciar. Eran demasiado claros, demasiado atentos; parecían guardar recuerdos
que no correspondían a su edad. Se detuvieron en las vetas apenas visibles bajo
el hielo, en las sombras atrapadas en su interior y en el reflejo distorsionado
de la figura que tenía delante. Por un instante, Hyōga tuvo la impresión de que
no estaba observando un bloque de hielo, sino una puerta cerrada sobre una
historia que nadie había podido terminar de contar.
—Dicen —continuó el anciano, como si
necesitara llenar el silencio antes de que los dioses descendieran a
castigarlo— que fue un Santo de Oro quien lo creó. Hace décadas. Un muchacho
como tú. Pero más terrible. Más frío que el hielo que dejó atrás.
Hyōga no apartó la vista del glaciar.
—¿Quién lo dijo?
El anciano encogió los hombros dentro de su
abrigo.
—Los que viven aquí desde antes de que yo
naciera. Y los que vinieron desde el sur a buscar lo que había quedado
atrapado. Algunos dijeron que el hombre de hielo era un Santo. Otros no se
atrevieron a llamarlo hombre.
El viento hizo crujir las pieles de las
tiendas. En la distancia, una puerta golpeó contra su marco y alguien gritó
para que la cerraran. Nadie se acercó al glaciar. Los habitantes de la aldea se
mantenían lejos, detrás del anciano y de las construcciones más próximas,
observando desde una distancia que parecía haberse convertido en una costumbre
heredada.
Hyōga se arrodilló lentamente.
La nieve se acumuló sobre una rodilla y se
deslizó por la tela azul de su pantalón. Apoyó una mano enguantada en el suelo
y puso la otra, desnuda, contra la superficie del hielo. La diferencia entre
ambas manos era evidente: el guante protegía una de ellas del contacto directo;
la otra tocó el glaciar sin vacilar.
No tembló.
El anciano retrocedió. No supo explicar por
qué. Algo había cambiado en el viento, aunque la tormenta seguía soplando en la
misma dirección. La presión del aire parecía moverse alrededor de Hyōga, como
si la ventisca hubiese empezado a rodearlo en círculos. El viejo sintió un
estremecimiento que no provenía del frío.
Hyōga cerró los ojos.
Su Cosmos comenzó a expandirse.
No surgió como una llamarada ni como una
explosión visible. Primero fue un brillo gélido y tenue, apenas una línea de
luz bajo la piel. Luego se extendió a su alrededor con la precisión de un
cristal que crece en silencio. Su energía no perseguía el calor ni lo consumía.
Parecía retirar el movimiento del aire, enfriar la distancia entre las cosas y
obligar a cada copo a detenerse antes de tocarlo.
La temperatura bajó.
El anciano cayó de rodillas. No fue un golpe
lo que lo hizo desplomarse, sino la presión repentina que le cerró el pecho.
Intentó aspirar aire y sintió que le costaba llenar los pulmones. El viento
continuaba soplando, pero su ruido se había vuelto distante, casi apagado.
El hielo, en cambio, respondió.
Una grieta débil apareció bajo la mano
desnuda de Hyōga. No se extendió más que unos centímetros, y apenas podía
distinguirse sobre aquella superficie inmensa. Sin embargo, allí estaba. Por
primera vez en décadas, el glaciar había reaccionado.
Como si reconociera a uno de los suyos.
—Sin duda, es obra de mi maestro —murmuró
Hyōga. Su voz era baja, casi dirigida al hielo—. Siempre me pregunté por qué
sellaría una Armadura de Bronce con más secreto que algunas de Plata.
Dejó que su mano descansara sobre el bloque.
La grieta no avanzó. El glaciar conservó su silencio, aunque una vibración
delicada llegó hasta su palma.
Hyōga hizo una pausa. No necesitó abrir los
ojos para recordar las palabras que su maestro había pronunciado durante el
entrenamiento. Tampoco tuvo que imaginar su rostro. La memoria se encontraba
allí, mezclada con la dureza de las lecciones, con la paciencia que rara vez se
expresaba en palabras y con el frío que el maestro había convertido en su
disciplina.
—Bueno —añadió, con un humor leve y cansado—.
Supongo que es mejor que matar a un compañero de entrenamiento en combate.
El viento se detuvo por un momento.
No se apagó poco a poco. Simplemente dejó de
soplar, como si las palabras hubiesen tocado algo sagrado o maldito. Los copos
quedaron suspendidos durante una fracción de segundo. El anciano levantó la
cabeza. Las pieles de las tiendas dejaron de agitarse y hasta el ruido de la
aldea pareció retirarse bajo una capa de silencio.
Un sollozo rompió la quietud.
Entre los copos inmóviles apareció un niño.
Apenas se distinguía bajo las gruesas túnicas de piel de foca que llevaba
encima. Tenía las mejillas rojas, los ojos húmedos y la nariz enrojecida por el
frío. Las lágrimas que le habían caído por el rostro se secaban de inmediato
con el viento.
—¡Hyōga, no mueras! —gritó.
El niño tropezó al correr hacia él. Sus botas
se hundieron en la nieve y los brazos se le movieron torpemente para recuperar
el equilibrio. El anciano se volvió hacia él, pero no alcanzó a detenerlo. El
muchacho llegó hasta Hyōga y se aferró a sus piernas con toda la fuerza de sus
pequeños brazos.
Hyōga apenas giró la cabeza.
El niño apretó la cara contra su ropa. El
llanto le sacudía los hombros, aunque trataba de contenerlo. Había visto a
otros hombres ir hasta el glaciar. Había escuchado sus promesas, sus gritos y,
después, el silencio que seguía a sus intentos. Para él, el nombre de Hyōga ya
estaba ligado al temor de perder a alguien más.
El joven puso una mano sobre la cabeza del
niño. El gesto fue ligero, casi cuidadoso, como si temiera que cualquier
movimiento brusco pudiera asustarlo más.
—No moriré.
Su voz era suave, como la brisa que precede a
una tormenta. No sonó como una jactancia ni como una promesa hecha para
tranquilizarlo. Hyōga hablaba con la seguridad de quien conocía el peligro y,
aun así, había decidido continuar.
—Por eso vine. Por eso entrené durante diez
años.
El niño lloró en silencio. Sus brazos no se
aflojaron alrededor de las piernas de Hyōga. No sabía si creerle. Otros habían
dicho lo mismo: hombres del sur, viajeros que hablaban de estrellas y guerreros
que traían símbolos del Santuario. Habían asegurado que podían abrir el hielo.
Algunos incluso habían dicho que la Armadura los esperaba.
Ninguno había regresado.
Pero Hyōga era diferente.
El niño no podía explicar por qué. Quizá era
la manera en que el joven miraba el bloque de hielo, sin desafiarlo ni
suplicarle. Tal vez era la calma con que había recibido la tormenta, o el hecho
de que no intentara apartarlo cuando se abrazó a sus piernas. Hyōga no parecía
ignorar el peligro. Parecía escucharlo.
El Cosmos se expandió de nuevo.
Esta vez no fue un destello tenue. Se deslizó
por la nieve como una onda invisible, sin levantarla ni dispersarla. El campo
alrededor del glaciar pareció perder profundidad. Los sonidos se alejaron y el
color del cielo se volvió más pálido. La energía de Hyōga no se extendía como
un fuego; abría una grieta silenciosa en el núcleo del mundo.
Con el frío llegaron los recuerdos.
El rostro de una madre perdida en las
profundidades. La imagen de un cuerpo inmóvil bajo el agua helada. El silencio
de un barco atrapado entre masas de hielo. Una promesa hecha a un maestro de
ojos glaciales. Y, bajo todo aquello, la soledad que nunca dejaba de dolerle,
incluso cuando se acostumbraba a ella.
Hyōga no apartó la mano del glaciar.
No podía olvidar a su madre. Tampoco podía
dejar que el recuerdo lo gobernara. Cada vez que buscaba el hielo, una parte de
él volvía a las profundidades donde ella había quedado. El entrenamiento le
había enseñado a transformar el dolor en concentración, pero no a borrarlo.
Aquel peso seguía dentro de él, como una segunda temperatura.
Ante su mano, el glaciar tembló.
La vibración recorrió el monolito desde la
superficie hasta el centro. No era un sonido, sino una respuesta que se
transmitió por el brazo de Hyōga. La grieta inicial se prolongó un poco más y
se bifurcó en dos líneas finas.
El hielo aún no se rompió.
Pero, por primera vez en décadas, respondió.
Hyōga se levantó despacio y dio un paso
adelante, entrando en la ventisca como quien cruza el umbral de una catedral en
ruinas. El niño soltó sus piernas. No intentó detenerlo otra vez. Se quedó
cerca del anciano, con las manos apretadas contra el pecho, observando cómo la
figura azul se alejaba hacia el bloque.
El viento cortaba como cuchillas, pero el
Cosmos de Hyōga ardía alrededor de su cuerpo. No era fuego, sino una combustión
inversa: una expansión glacial que desafiaba la naturaleza. Se formó un campo
invisible de frío absoluto, un vacío térmico que rechazaba la ventisca. La
nieve dejó de caer sobre él. Los copos se desintegraban al acercarse y
desaparecían en el silencio.
El cuerpo se mantenía cálido.
Su alma, en cambio, descendía.
El glaciar se alzaba ante él como un ataúd de
hielo eterno, incoloro e intemporal. No parecía guardar solo una armadura. La
superficie había quedado congelada en un momento de desesperación, como si el
universo hubiese encerrado dentro de ella una voluntad que todavía se resistía
a desaparecer. Ninguna técnica ordinaria habría podido darle aquella forma. No
era un bloque natural, sino una prisión ancestral.
Camus.
El Mago de Hielo.
Hyōga respiró hondo. El aire frío entró en
sus pulmones y se volvió parte de su concentración. Cerró los ojos y buscó la
forma de su Cosmos, la disciplina que Camus le había enseñado y el control que
todavía intentaba alcanzar.
No iba a golpear el glaciar con rabia. No
pretendía destruirlo por fuerza bruta. Debía encontrar la temperatura adecuada,
la frecuencia precisa, el punto en el que el hielo dejara de resistir sin
quebrarse de manera descontrolada. El maestro le había enseñado que el frío
tenía límites, pero también que esos límites podían tocarse sin atravesarlos.
Hyōga levantó el brazo.
—¡Polvo de Diamantes!
El Cosmos explotó sin violencia y sin sonido.
Una onda surgió de su puño. No fue un golpe
convencional, sino una ausencia: el movimiento del aire se comprimió, el vapor
se congeló en formas fractales y, en un suspiro blanco, la escarcha de diamante
se estrelló contra el glaciar. La descarga recorrió el espacio con una
velocidad que el ojo apenas pudo seguir.
El contacto fue imperceptible.
Durante un segundo, no ocurrió nada.
Hyōga mantuvo el brazo extendido. La energía
abandonó su cuerpo y desapareció en la superficie. El glaciar conservó su
forma, sin fragmentos ni señales de ruptura. El niño contuvo el aliento. El
anciano bajó la cabeza, quizá convencido de que había presenciado otro intento
fallido.
Entonces el glaciar comenzó a cantar.
No se escuchó una grieta, sino un lamento
profundo. Era una canción formada por presión y resistencia, por siglos de
voluntad contenida. El sonido parecía nacer en el interior del hielo y
atravesar la nieve antes de llegar a los oídos. Las líneas que recorrían la
superficie se desplegaron como flores de escarcha o cicatrices sagradas.
El hielo aún no se rompía.
Pero una luz azul se filtró desde su núcleo.
Hyōga bajó el brazo. No apartó la vista. Su
golpe había sido perfecto, aunque sabía que eso no bastaba. El glaciar había
recibido la técnica, había respondido, pero seguía cerrado. La verdadera
batalla comenzaba ahora.
El hielo no cedería sin luchar.
El joven se quedó quieto mientras la
vibración disminuía. Sentía el agotamiento en los músculos del brazo, pero no
permitió que se reflejara en su rostro. Su respiración era controlada. El
Cosmos permanecía alrededor de él, atento a la respuesta del glaciar.
Entonces llegó algo que ni el viento, ni el
hielo, ni siquiera Hyōga habían previsto.
Desde dentro del monolito surgió una
vibración distinta.
Un pulso. Un latido.
Hyōga abrió los ojos. Su Cosmos no solo había
golpeado el hielo: lo había despertado. Algo dentro del glaciar respondió,
primero como una luz tenue, semejante a un suspiro atrapado bajo el cristal, y
luego como una presión creciente, una conciencia antigua que se extendió por la
superficie.
El hielo se fracturó desde el interior. Las
grietas se multiplicaron con una precisión inhumana. No nacían de zonas débiles
ni se abrían al azar; se ramificaban en diseños que parecían trazados por una
voluntad. El glaciar no cedía por debilidad. Algo estaba liberándose.
El anciano se cubrió la boca con una mano. El
niño dio un paso atrás, sin apartar los ojos del monolito. La luz azul se hizo
más intensa y recorrió las grietas como sangre bajo una piel transparente.
Con un rugido silencioso, el ataúd se partió.
Las dos mitades se separaron apenas unos
centímetros. Una ráfaga de aire gélido salió del interior y levantó la nieve
alrededor de Hyōga. El joven no retrocedió. Sus ojos seguían fijos en el núcleo
del glaciar, donde una forma metálica comenzó a desprenderse del hielo.
La Armadura del Cisne emergió como un ave que
alza el vuelo.
No cayó ni flotó sin rumbo. Se elevó sobre la
ventisca, trazando una curva elegante entre los copos de nieve. El niño la vio
ascender como si el alma del Ártico hubiera encontrado una forma. Las piezas
plateadas y azules reflejaban el resplandor del hielo; por un instante, todo el
paisaje pareció formar parte de la armadura.
La Cloth giró en el aire.
Su silueta recordaba la de un cisne con las
alas extendidas. Cada placa poseía un brillo propio, y el conjunto transmitía
una belleza severa, sin adornos innecesarios. No era un objeto abandonado.
Parecía haber esperado durante décadas a alguien capaz de despertarlo.
A mitad de su vuelo, comenzó a desintegrarse.
No como algo que muere, sino como algo que
regresa. Las placas se separaron en fragmentos de luz azul y plateada. Giraron
alrededor de Hyōga en una espiral que no levantó la nieve. Sus ropas se
disolvieron, deshechas por el Cosmos divino, y las piezas de la Armadura
comenzaron a ensamblarse sobre su cuerpo.
Primero se ajustó una malla metálica azul, de
textura helada, que cubrió su torso como una segunda piel. No era rígida; se
adaptaba a sus movimientos sin perder la protección de sus pequeñas placas.
Luego se formaron los guanteletes, que enfundaron sus brazos. Uno se expandió y
adquirió la forma de un escudo alado, elegante y firme.
Las hombreras se asentaron con un susurro de
acero templado. La diadema rodeó su frente, y un cinturón ornamentado se
abrochó a su cintura. Finalmente, las grebas completaron la armadura, cubriendo
las piernas con una austeridad que armonizaba con el paisaje.
El proceso concluyó en unos segundos.
Hyōga permaneció de pie, vestido con la
Armadura del Cisne. El viento aulló como un lamento ancestral y sus alas
metálicas reflejaron la luz azul que aún emanaba del glaciar.
La Cloth no era una reliquia sin vida.
Era un legado viviente, un pacto entre el
hielo y el alma. Y ahora le pertenecía a Hyōga.
El niño lo contemplaba desde lejos. El
anciano, todavía arrodillado, no lograba apartar la mirada. Ninguno de los dos
se acercó. La figura del joven parecía pertenecer al mismo paisaje que lo había
rodeado desde el inicio: la nieve, las montañas y el bloque de hielo abierto
formaban un escenario tan antiguo como la armadura que acababa de despertar.
El viento comenzó a cambiar de dirección.
Una figura descendió por la ladera nevada.
Vestía como un investigador polar: abrigo sintético gris, guantes térmicos y
gafas para la nieve. Su paso era preciso, pero no tenía la cautela de quien
teme resbalar. Avanzaba con una facilidad que no provenía de la ropa ni del
equipo. Su Cosmos, disciplinado y helado, lo protegía de la tormenta.
La ventisca amainó a su paso, como si
reconociera en él a otro Santo.
Hyōga se volvió hacia la figura. Los
fragmentos de hielo todavía flotaban alrededor del glaciar y el resplandor de
su Armadura se reflejaba en las gafas oscuras del recién llegado. El hombre se
detuvo a unos pasos y se las quitó. Sus ojos eran azules, fríos y serenos, pero
no había resentimiento en ellos.
—Superior Alexei —saludó Hyōga formalmente.
Ocultó la emoción que se le había agolpado en
el pecho. No era fácil mostrarla. El maestro de ojos glaciales le había
enseñado a contener sus impulsos y a distinguir entre lo que debía sentir y lo
que debía permitir que los demás vieran.
Alexei asintió.
—Lo has hecho bien, Hyōga. El Cisne ha
regresado. Lo necesitábamos.
Su voz no mostraba orgullo. Solo gravedad.
Miró el glaciar abierto y las grietas que se extendían sobre su superficie. La
armadura de Hyōga reflejaba en ellas destellos azules.
—Muchas Armaduras ensangrentadas —de Bronce y
de Plata— se perdieron en guerras pasadas —continuó—. Pero pocos entienden que
algunas no fueron destruidas. Algunas se escondieron. Algunas… durmieron. La
tuya fue una de ellas.
Hyōga bajó la mirada hacia su guantelete. El
metal tenía un resplandor frío y limpio. Las alas del Cisne parecían plegadas
sobre su brazo, pero cada curva de la pieza estaba diseñada para moverse con
él.
—¿Armaduras ensangrentadas?
Alexei se ajustó el cuello del abrigo. El
viento levantó el borde de la prenda, pero su Cosmos permaneció estable.
—Armaduras que vieron demasiada sangre.
Absorbieron la agonía de sus portadores y regresaron del Hades sin purificarse.
Muchas fueron selladas y enterradas en los confines del mundo.
Su tono se oscureció. No miraba a Hyōga, sino
al glaciar.
—Pero ahora, mientras las estrellas cambian
de nuevo, están despertando. Y no todas lo harán en manos leales a la diosa.
El silencio cayó sobre ellos. El hielo gimió
bajo sus pies y una línea de nieve se desprendió de una cornisa cercana.
Ninguno se movió.
Hyōga no reaccionó enseguida. Las palabras de
Alexei eran frías y afiladas. Se quedaron en su mente con la misma claridad que
una herida recién abierta. Su mirada se detuvo en el brillo azul metálico del
guantelete, pero ya no veía solamente la armadura. Pensaba en su madre, perdida
en las profundidades; en la promesa hecha a Camus, y en la soledad que nunca
había logrado dejar atrás.
El recuerdo de su padre también cruzó su
mente: una sombra ausente, perdida entre la nieve de Vladivostok. Hyōga no
había conseguido ordenar aquellas imágenes ni convertirlas en una historia
completa. El nombre de Mitsumasa Kido, sin embargo, hacía que todo pareciera
menos lejano.
—Nueve Armaduras de Bronce, quizás más —dijo
Alexei, observando el hielo destrozado—. No fueron robadas. Las obtuvieron
aprendices que después desaparecieron. Fueron entrenados y luego desertaron.
Como si todo se hubiese planeado desde hace mucho tiempo.
Hyōga apretó los dientes.
—¿Quién los entrenó?
—Todavía no lo sabemos. No cazamos ladrones.
Cazamos ex-Santos.
Alexei se volvió hacia él.
—Tu nombre está entre los cien niños
japoneses reclutados por Mitsumasa Kido.
Hyōga no lo negó. La nieve se acumuló sobre
las alas de su Armadura y se deslizó antes de derretirse. Una parte de él quiso
preguntar qué sabía Alexei, cuánto tiempo llevaba el Santuario vigilando a Kido
y por qué nadie le había hablado de aquellos reclutas antes. Sin embargo,
mantuvo la boca cerrada. No quería convertir la conversación en una disputa
antes de conocer el propósito de su visita.
Alexei se ajustó el cuello del abrigo. Sus
movimientos eran sobrios, pero la tensión de sus hombros delataba que la misión
no admitía demora.
—En cualquier caso, esta no es una misión de
entrenamiento. Es una recuperación armada. El Santuario te necesita, Cisne. Y
esta vez nadie esperará.
Hyōga levantó la vista. El Cosmos brilló en
torno a él como escarcha suspendida. Ya no era el niño que buscaba el hielo por
nostalgia, ni el aprendiz que esperaba una explicación de su maestro. La
Armadura se había despertado y la misión estaba ante él.
—Entonces, vámonos —dijo—. Mi Armadura… ha
despertado.
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