lunes, 2 de noviembre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El camino del León hacia el Este

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Cuando Seiya despertó, lo primero que sintió fue el peso de la Armadura. No era el dolor de una herida ni el cansancio de un combate, sino una presión continua que parecía envolverlo desde los hombros hasta los tobillos. Las placas se aferraban a su cuerpo como un caparazón de hierro forjado, y hasta el menor movimiento exigía un esfuerzo que no estaba seguro de poder realizar. Por un instante no supo dónde se encontraba. Tenía la boca llena de tierra, los oídos embotados y los párpados tan pesados que le costó abrirlos.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde su enfrentamiento con Shaina. ¿Un día? ¿Más? El cielo sobre él estaba pálido, sin estrellas, y la luz tenía esa claridad incierta que precedía al amanecer o seguía al atardecer. No podía distinguirlo. Al girar la cabeza, vio el borde de una roca fracturada y, más allá, una extensión de tierra seca cubierta de polvo. El Santuario quedaba detrás de él, aunque desde el suelo no alcanzaba a ver los templos.

Seiya intentó incorporarse. El brazo le tembló y volvió a caer. El impacto levantó una nube pequeña de polvo que le entró en la nariz. Tosió, y el esfuerzo le arrancó una punzada en el pecho. La Armadura se movió con él, pesada e inflexible, y el roce de sus placas contra la tierra produjo un sonido áspero.

Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, comenzó a arrastrarse. Avanzó centímetro a centímetro, apoyando las palmas y los antebrazos, buscando en el suelo un lugar firme donde hacer palanca. Cada movimiento le recordaba lo poco que le quedaba de fuerza. El polvo se le pegaba a la piel; las piedras le raspaban las manos y las rodillas. La Caja de Pandora, todavía sujeta a su espalda, golpeaba contra las rocas cada vez que conseguía avanzar un poco.

Apenas había logrado cruzar la barrera del Santuario. El mundo más allá de sus límites se extendía ante él con una inmensidad que no había tenido ocasión de contemplar desde que llegó a Grecia. No había columnas, templos ni senderos de piedra pulida. Solo montañas, vegetación silvestre y un camino lejano que descendía hacia los valles. Estaba fuera, pero esa libertad no le servía de mucho mientras no tuviera fuerzas para levantar la cabeza.

La sed le quemaba la garganta. Tenía los labios secos y agrietados, y la lengua se le pegaba al paladar. Su estómago se contraía con un rugido hueco, aunque el hambre parecía lejana, amortiguada por el dolor. Seiya intentó calcular cuánto tiempo podía llevar sin beber, pero no logró ordenar sus recuerdos. Recordaba el golpe, la luz, la voz de Misti y la orden de abandonar el Santuario antes del amanecer. Después, solo tenía imágenes sueltas: el suelo bajo sus manos, las piedras, la oscuridad.

Entonces, como si respondiera a su agonía, la Armadura del León Menor se activó por última vez.

Una vibración suave recorrió su cuerpo. No fue un golpe ni una descarga. La sintió bajo las placas, como un temblor que nacía en el centro de su pecho y se extendía hasta las manos. El manto comenzó a separarse. Las piezas blancas con detalles dorados se desprendieron de su cuerpo y flotaron en el aire, sostenidas por una fuerza que Seiya no podía ver. La tela escamada roja se deshizo en destellos de luz que se arremolinaron sobre él.

El muchacho se quedó inmóvil, demasiado débil para reaccionar. Vio las placas girar lentamente, cada una en su propia órbita. Los relieves de leones se encendieron con un resplandor tenue antes de plegarse hacia el centro. La Armadura se estaba retirando, como si su energía comprendiera que su portador ya no podía sostenerla.

Las piezas se reensamblaron en la figura del León Menor. El símbolo quedó erguido, firme e imponente, con las patas bien asentadas y la cabeza levantada. Luego, con un destello final, la Caja de Pandora se formó alrededor de la estructura. El metal cerró sobre sí mismo con un clic preciso. La caja cayó al suelo y levantó polvo, silenciosa, sólida y completamente indiferente al muchacho que había llevado su Armadura.

Seiya, sin embargo, quedó desnudo.

Tardó unos segundos en comprender lo ocurrido. Miró su cuerpo, cubierto de polvo y sudor, y después la Caja cerrada. Su piel estaba curtida por los años de entrenamiento y marcada por cicatrices. Las heridas más graves, aquellas que debían haberlo dejado tendido para siempre, se habían cerrado. No obstante, los músculos todavía le dolían y el cansancio se le había metido en los huesos.

—Claro… —susurró, con un humor seco que apenas lograba disimular el agotamiento—. Las Armaduras destruyen la ropa cuando se fusionan… Por eso los antiguos Santos usaban quitones cortos, fáciles de quitar y poner…

La frase terminó en un murmullo. Seiya bajó la mirada y trató de cubrirse con los brazos, aunque no había nadie a la vista. El aire fresco le erizó la piel. La explicación que acababa de formular no lo ayudaba con el problema más inmediato.

—Creo que necesito pantalones. Y algo para comer. Y beber. Y… una forma de viajar.

Se dejó caer junto a la Caja con una risa ronca. La risa le dolió en el pecho, pero no pudo evitarla. La misión apenas había comenzado y él no tenía nada: ni comida, ni agua, ni ropa, ni dinero, ni un plan. Solo conservaba la vida y la caja que contenía una Armadura que no podía usar en aquel estado.

¿Sería suficiente?

El hambre y la sed nublaban su juicio. Seiya ya no pensaba como un guerrero, sino como un animal herido que intentaba mantenerse lejos del peligro. A lo lejos, por un camino de piedra que descendía de las montañas, escuchó risas. El sonido pertenecía a un grupo de turistas. Hablaban con despreocupación, se llamaban unos a otros y se detenían para tomar fotografías. No parecían sospechar que, a poca distancia, un muchacho herido acababa de salir del Santuario.

Para ellos, el mundo era sencillo. Había rutas para caminar, monumentos que visitar y paisajes que guardar en una cámara. No sabían nada de las Armaduras Sagradas ni de las batallas celestiales entre hombres y dioses. Tampoco tenían razón para saberlo.

Seiya miró la Caja. No podía llevarla a la vista sin llamar la atención, pero tampoco podía abandonarla. El cofre era voluminoso y pesado, y carecía de una mochila donde ocultarlo. Se arrastró hasta unos arbustos y los apartó con dificultad. Las ramas le rozaron los hombros y la piel desnuda. Recogió hojas grandes y se cubrió con ellas lo mejor que pudo; luego se embadurnó los brazos y el pecho con polvo y tierra para disimularse entre la vegetación.

No era una solución elegante, pero era la única que tenía.

El grupo de turistas se detuvo cerca de unas estatuas helenísticas. Sus voces se hicieron más claras. Seiya pudo distinguir el clic de una cámara y las instrucciones de alguien que pedía a los demás que se movieran un poco para no tapar el monumento. Un muchacho de su edad se apartó del grupo y caminó detrás de unas rocas.

Seiya esperó.

No quería atacar a nadie. No quería robar. Pero su cuerpo necesitaba ropa y no tenía fuerzas para buscar un camino alternativo. Cuando el joven se alejó lo suficiente de sus compañeros, Seiya se deslizó entre los arbustos. La Caja de Pandora quedó oculta entre las ramas mientras él avanzaba, encorvado, con los pies desnudos sobre la tierra.

Se acercó por detrás. El otro muchacho estaba distraído y no lo oyó. Seiya lo sujetó con un brazo, le cubrió la boca y lo inmovilizó con una llave limpia, firme y breve. No apretó más de lo necesario. El joven forcejeó apenas unos segundos antes de perder el conocimiento.

Seiya lo sostuvo para que no golpeara la cabeza contra una piedra y lo acomodó en el suelo. Después se quedó inmóvil, respirando con dificultad, mientras la culpa empezaba a abrirse paso entre la urgencia y el hambre.

—Perdóname… —murmuró.

Le quitó la camiseta, los pantalones cortos y las zapatillas. También encontró una billetera con documentos y algo de dinero. No tomó más de lo que necesitaba. Se puso la ropa a toda prisa, torpe por el cansancio, y luego comprobó que el muchacho respirara con normalidad.

—No soy un ladrón —dijo en voz baja, como si el joven pudiera oírlo—. Soy un Santo.

Se miró la camiseta prestada, manchada de polvo.

—Aunque ahora ni siquiera estoy seguro de eso.

Regresó por la Caja, se la cargó a la espalda y se mezcló con los turistas. Nadie sospechó que aquel joven sudoroso, vestido como un mochilero cualquiera, llevaba una Armadura Sagrada capaz de rivalizar con el poder de los dioses. La gente siguió conversando. Algunos se acercaron a las estatuas; otros consultaron sus teléfonos. Seiya avanzó sin mirar atrás.

Ahora tenía lo mínimo indispensable para comenzar la misión: ropa, unas monedas y la Caja del León Menor. En su mente resonaba la voz de Misti, rígida y distante.

—Debes viajar al Este… y descubrir quién está reuniendo las Armaduras Sagradas.

Seiya caminó con pasos medidos. La figura ya no llamaba la atención entre los visitantes; era solo otro joven vestido como cualquier mochilero que deambulaba por Grecia con sueños de aventura. Los pantalones prestados le quedaban algo grandes, y la camiseta conservaba una mancha de tierra que desde lejos podía parecer parte del estampado. La chaqueta de mezclilla le protegía del frío y la gorra ocultaba su cabello despeinado.

Bajo la correa de cuero que cruzaba su pecho, la Caja de Pandora pesaba contra su espalda. Seiya se esforzaba por caminar con naturalidad, aunque cada movimiento le recordaba el daño que había sufrido. La caja no parecía una mochila deportiva, pero a cierta distancia su forma podía confundirse con la de un equipo de excursionista. No quería atraer miradas ni preguntas.

La ciudad lo recibió con el ruido del crepúsculo. Atenas mezclaba piedras antiguas con bocinas, motores y voces que se acumulaban en las calles. El aire olía a humo, comida caliente y polvo. Seiya reconoció algunos lugares. Recordaba haber caminado por el mercado de Monastiraki junto a Aiolia, probando aceitunas negras especiadas mientras su maestro hablaba de honor y del silencio del Cosmos. Aiolia explicaba las cosas sin prisa; a veces acompañaba una lección con una anécdota, y otras veces se quedaba callado, esperando que Seiya entendiera por sí mismo.

Marin le había enseñado algo distinto. Le había mostrado cómo leer los rostros, distinguir una sonrisa sincera de otra que escondía una amenaza y escuchar lo que las personas evitaban decir. En las calles, Seiya intentó recordar aquellas lecciones. No debía mirar demasiado a nadie; tampoco podía caminar como si temiera que todos lo persiguieran.

Atenas era su hogar, pero también su exilio. Cada esquina le resultaba familiar y extraña al mismo tiempo. Había vivido allí durante años, pero ahora atravesaba la ciudad como un fugitivo que no sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que alguien descubriera su ausencia.

Encontró un cibercafé en una calle estrecha. El local estaba iluminado por tubos fluorescentes y olía a café recalentado y plástico caliente. Un grupo de jóvenes ocupaba los terminales. Algunos jugaban, otros conversaban en voz baja. Seiya esperó hasta que uno de los puestos quedó libre y pagó con unas pocas monedas.

La pantalla se encendió. Tardó unos segundos en recordar cómo buscar una ruta. Sus dedos estaban rígidos y el cansancio le hacía más difícil concentrarse. Necesitaba llegar a Serpolion, un pequeño puerto de baja seguridad en el noreste que todavía mantenía tránsito hacia Asia. No podía tomar un avión. La Armadura, si se activaba o si despertaba una respuesta detectable, podía llamar la atención de las autoridades humanas y de la policía. Debía avanzar por tierra y mar.

Consultó las rutas disponibles: autobús hasta Tesalónica, trenes regionales y, finalmente, un ferry. No era un recorrido sencillo. Las conexiones dependían de horarios que no conocía, y no podía permitirse gastar más dinero del necesario. Anotó algunos nombres en un papel y apagó la pantalla.

Al salir, el aire de la calle le pareció más frío. Su estómago gruñó con fuerza. Seiya miró las monedas que le quedaban y se acercó a un puesto de comida. Compró un souvlaki y una botella de agua. El pan estaba tibio, la carne salada y las especias le picaron en la lengua. No era una comida abundante, pero para él supo a festín. Cada bocado le recordaba que seguía vivo.

Bebió despacio, obligándose a no vaciar la botella de una sola vez. El agua le alivió la garganta, aunque la sed no desapareció de inmediato. Se apoyó un momento contra una pared y respiró con los ojos cerrados. El ruido de la ciudad continuó alrededor: conversaciones, motores y pasos que se cruzaban sin detenerse.

En la terminal encontró un asiento junto al panel de horarios. La luz de los anuncios se reflejaba en el cristal y, por un instante, pudo verse en la ventana del autobús. La imagen mostraba a un joven cansado, con la ropa arrugada y los ojos oscuros todavía encendidos. Parecía más viejo de lo que se sentía y más joven de lo que había tenido que ser.

El León Menor había rugido por primera vez. Ahora su camino se dirigía al Este.

¿Qué estaba ocurriendo con las Armaduras Sagradas? ¿Quién tenía el poder de reunirlas? ¿Por qué el Santuario no intervenía directamente? Las preguntas regresaban una y otra vez, pero ninguna encontraba respuesta. Seiya apoyó la cabeza contra el cristal. Cuando el cielo terminó de oscurecerse, el cansancio lo venció.

El sueño lo atrapó sin resistencia.

Seiya se desplomó sobre un banco de metal en el puerto. La Caja de Pandora del León Menor quedó a su lado, cerrada y silenciosa, como un guardián que no necesitaba dormir. La brisa marina le revolvió el cabello y trajo consigo olor a sal, combustible y madera húmeda. A lo lejos, las luces de los barcos se reflejaban en el agua.

Unas voces lo despertaron solo a medias.

—Está dormido. Esa caja debe valer algo.

—Mira cómo brilla. Seguro es de oro.

Dos ladrones observaban desde un callejón cercano. Se movían con cautela, atentos a los pasajeros y a los trabajadores del puerto. Seiya no los vio. El agotamiento lo mantenía sumergido en un sueño pesado.

Uno de los hombres se aproximó a la Caja. Primero se quedó a unos pasos, observando el grabado del León Menor. El metal reflejaba una luz tenue que no parecía provenir de ninguna lámpara. El ladrón extendió la mano y rozó el borde.

Una descarga lo sacudió.

El hombre gritó y tropezó hacia atrás. Su mano humeaba; la sacudió con una maldición y se la apretó contra el pecho. El otro se quedó paralizado un instante, luego sacó un cuchillo.

—¡No la toques! —le advirtió su compañero.

El ladrón lo ignoró. Acercó la hoja con cuidado, pero apenas el metal tocó la superficie de la Caja, el cofre vibró. Una luz dorada brotó de las placas y los envolvió.

—¡Maldita sea! ¡Es brujería!

—¡Corre!

Los dos huyeron por el callejón y desaparecieron entre las sombras. Seiya siguió profundamente dormido, ajeno a lo ocurrido. La Caja permaneció intacta a su lado, quieta bajo la luz del puerto.

En su mente, la memoria se convirtió en sueño.

Volvió a encontrarse en las montañas nevadas de Japón. El frío le mordía las mejillas y el aire olía a madera húmeda, nieve y humo de incienso. Frente a él estaba Mitsumasa Kido, vestido con ropas tradicionales que le daban el aspecto solemne de un samurái de una obra antigua. La barba blanca caía en dos largos mechones sobre su pecho; las arrugas le surcaban el rostro como líneas talladas en piedra.

Seiya era otra vez un niño, no mayor de diez años. Las manos pequeñas se le cerraban sobre las mangas de su ropa. Miraba al anciano con una mezcla de esperanza y miedo.

—Si traigo la Armadura… —preguntó—, ¿me ayudarás a encontrar a mi hermana?

Mitsumasa entrecerró los ojos. En el sueño, la expresión del anciano parecía cargada de gravedad, pero también de una paciencia casi paternal.

—Sí, Seiya. Si te conviertes en Santo de Atena, honraré esa promesa.

El niño intentó descubrir en su rostro si hablaba en serio. Quería creerle. La posibilidad de volver a ver a su hermana era lo único que le permitía imaginar un futuro más allá del entrenamiento. Mitsumasa le había dicho que debía viajar, aprender y conseguir una Armadura; nunca le había explicado cuánto dolor habría en el camino.

Detrás del anciano, en la terraza de un dojo, una niña de cabello castaño claro observaba la escena. Tenía los ojos verde oliva y unos rasgos marcadamente occidentales: el rostro alargado, la nariz fina, los labios rosados y la piel pálida como la porcelana. Saori Kido jugaba con una muñeca importada, vestida con un traje costoso que desentonaba con la sobriedad de las montañas.

Jabu, todavía niño, permanecía junto a ella, atento a cada gesto. La seguía como un pequeño servidor y parecía dispuesto a cumplir cualquier deseo que expresara.

Saori miró a Seiya con desdén.

—¿Ves lo que hace por mí, Seiya? —dijo sin siquiera acercarse—. Y tú… tú solo sabes pelear.

El dolor de aquellas palabras lo atravesó incluso en el sueño. No importaba que la escena perteneciera al pasado o que la niña pudiera estar repitiendo una vieja humillación: Seiya sintió cómo la frase se le clavaba bajo las costillas. Quiso responder, pero la voz no le salió.

La terraza, el dojo y las montañas comenzaron a desvanecerse. Una niebla cubrió el suelo y borró los bordes de las figuras. El aire se llenó de olor a incienso y nieve derretida. Mitsumasa siguió frente a él, pero su rostro se volvió borroso; Saori y Jabu desaparecieron detrás de una cortina gris.

Seiya despertó con un sobresalto.

Amanecía. El cielo sobre el puerto estaba teñido de azul pálido y rosa. Las primeras voces del día llegaban desde los muelles, junto con el ruido metálico de las cadenas y las órdenes de los trabajadores. Estaba solo. La Caja seguía a su lado.

Tenía la boca seca y el cuerpo entumecido. El sueño lo había dejado agitado y confundido, pero también más determinado. Se incorporó con dificultad y miró el cofre. La superficie permanecía sellada, aunque conservaba un poco de calor al tacto.

—Hermana… —dijo con voz ronca—. Espera un poco más.

Se puso de pie. El ferry a Serpolion zarparía pronto y no podía perderlo. Se ajustó las correas de la Caja, comprobó que no se hubieran aflojado durante la noche y se encaminó hacia el embarcadero.

Cinco días habían pasado desde que Seiya dejó el Santuario.

El trayecto hasta el Pireo había sido lento y agotador. Había tenido que avanzar con la ropa prestada, racionar el poco dinero que conservaba y ocultar la Caja cuando pasaba cerca de los guardias. Después tomó un ferry hasta la isla de Serpolion. Desde allí, con la ayuda de contrabandistas y marineros que no le hicieron demasiadas preguntas, abordó un barco mercante con destino a Asia.

El viaje no fue directo. El barco hizo escala en distintos puertos y, en cada uno, Seiya tuvo que permanecer escondido. A veces se acomodaba entre contenedores; otras, encontraba un espacio junto a sacos de arroz o tanques de maquinaria. Dormía poco, con la espalda apoyada contra superficies duras y la Caja siempre cerca. El olor de la carga, el combustible y la sal se mezclaba en el interior del barco.

Comía lo que podía conseguir. En ocasiones recibía un poco de comida de algún marinero amable; otras veces tenía que conformarse con lo que encontraba. No preguntaba demasiado y procuraba no llamar la atención. La ropa se le empapaba de sal y humo, y el cabello le quedaba pegado a la frente por el calor de los compartimentos cerrados. La travesía le dejó la piel reseca, los labios agrietados y el cuerpo aún más delgado.

El barco atracó en Haifa, después en Bombay y más tarde en Hong Kong. Cada puerto tenía sonidos y olores distintos. Seiya observaba desde su escondite cuando podía: grúas que movían carga, marineros que gritaban órdenes, vehículos que cruzaban los muelles y pasajeros que subían o bajaban con prisa. A veces se preguntaba cuántos de ellos sabrían que, a pocos metros, viajaba un Santo con una Armadura antigua.

Finalmente llegaron a Yokohama. Seiya bajó sin llamar la atención y tomó un tren hacia la Estación de Tokio. El trayecto le pareció casi irreal después de tantos días entre el mar y los contenedores. Las luces de la ciudad pasaban al otro lado de la ventana y los anuncios en japonés se sucedían con una rapidez que le costaba seguir.

Su japonés estaba oxidado. Los años en Grecia lo habían hecho tropezar con palabras que antes pronunciaba sin pensar. Al pedir indicaciones, tenía que detenerse y formular cada frase con cuidado. Aun así, logró encontrar el camino hacia la sede de Graad Corporation, una de las empresas más poderosas del país y el brazo financiero de la familia Kido.

El edificio se elevaba sobre la calle con una fachada de vidrio y piedra clara. Sus puertas automáticas se abrieron al acercarse. Dentro, el vestíbulo estaba iluminado con una claridad impecable; el suelo pulido reflejaba las lámparas del techo y una recepción amplia separaba a los visitantes del resto de las oficinas.

Seiya entró con la Caja de Pandora del León Menor atada a la espalda. La recepción guardó silencio durante un instante. La mujer detrás del mostrador lo miró, primero con sorpresa y luego con inquietud, cuando escuchó su nombre. La sangre se le fue del rostro. Tomó el teléfono y empezó a hacer llamadas, tratando de hablar sin que los demás visitantes la oyeran.

Seiya permaneció junto a la entrada, incómodo bajo la mirada de los empleados. Sus ropas estaban arrugadas, salpicadas de polvo y sal. El cansancio del viaje se notaba en su postura. La Caja parecía desproporcionada contra su espalda y llamaba la atención de cualquiera que pasara.

—¿Puede avisar al señor Kido que estoy aquí? —preguntó.

La recepcionista tapó el micrófono con una mano.

—Ya lo estamos haciendo. Por favor, espere.

Pasó medio día mientras lo trasladaban de piso en piso y de sala de espera en sala de espera. Las secretarias lo observaban con curiosidad; los burócratas revisaban sus documentos, preguntaban su nombre y volvían a desaparecer detrás de puertas de vidrio. Seiya no sabía si lo estaban verificando o si simplemente nadie se atrevía a tomar una decisión.

En una sala alfombrada y silenciosa le ofrecieron agua. La bebió despacio, agradeciendo el frescor. La alfombra amortiguaba los pasos y las ventanas mostraban una vista amplia de la ciudad. El contraste con el barco mercante y los puertos todavía le resultaba extraño.

Finalmente, una puerta se abrió de golpe.

Apareció Tatsumi, el viejo mayordomo de la familia Kido, con el rostro severo y el bastón en la mano. Su expresión no era la de alguien que acabara de reencontrarse con un muchacho desaparecido; era la de un hombre que llevaba meses esperando una explicación.

—¡¿Dónde diablos te has metido, muchacho?! —bramó—. ¡Llegas casi siete meses tarde! ¿Crees que esto es un viaje escolar?

Seiya se puso de pie. El cansancio seguía pesándole, pero enderezó los hombros.

—Estuve en el Santuario. Entrenando. La Armadura…

—¿Crees que nos importan las excusas? —lo interrumpió Tatsumi—. ¡La señorita Kido está con el maestro Mitsumasa en Nueva York! Están reuniendo a los Santos sobrevivientes, y tú irás allí inmediatamente.

Seiya apretó los puños. Durante unos segundos no dijo nada. El sonido del bastón de Tatsumi contra la alfombra fue apenas un roce, pero llenó el silencio entre ambos.

—¿Por qué? —preguntó al fin, en voz baja—. De niño nunca cuestioné nada. Pero ahora… ¿cuál es el propósito de todo esto? ¿Por qué entrenarnos? ¿Por qué tanto sufrimiento?

Tatsumi lo miró con algo entre desdén y lástima. Sus facciones no se suavizaron.

—¿Quieres encontrar a tu hermana o no?

El silencio se hizo espeso como plomo. Seiya sintió que la herida en su corazón seguía abierta, igual que el día en que había partido. Recordó la promesa de Mitsumasa, el rostro de su hermana y los años que había pasado entrenando sin saber si algún día volvería a verla.

Al principio no respondió. Después asintió lentamente.

—Sí.

Los llevaron al aeródromo privado de Graad Corporation. La pista estaba oculta entre hangares y jardines bien cuidados, custodiada por hombres silenciosos vestidos con traje oscuro. El orden del lugar contrastaba con el viaje clandestino que Seiya acababa de completar. Allí todo parecía limpio, vigilado y dispuesto con anticipación.

Un avión blanco y dorado esperaba en la pista. Tenía la escalera desplegada y el emblema de la Fundación cerca de la cabina. El sol se reflejaba en el fuselaje, y el sonido distante de los motores vibraba en el aire.

Seiya sintió una presión familiar en el pecho al ver a otro muchacho que esperaba junto al avión.

El joven llevaba la Caja de Pandora de Andrómeda a la espalda, sujeta con cuero verde y dorado ornamentado. Incluso cerrada, la Armadura parecía tan letal como hermosa. Su portador era esbelto, de estatura similar a la de Seiya. El cabello verde esmeralda le caía naturalmente hasta el cuello y sus ojos grandes y húmedos brillaban bajo la luz del mediodía. Vestía jeans oscuros, una camisa blanca y una chaqueta ajustada. A pesar de la ropa civil, no podía ocultar su porte de Santo.

Seiya se quedó quieto unos segundos. Reconoció a Shun. En otro tiempo lo había molestado, convencido de que provocarlo lo haría más fuerte. No lo había hecho por crueldad, aunque ahora comprendía que sus bromas podían haberle dolido. Al verlo allí, con su propia Caja de Pandora, entendió que también había sobrevivido al entrenamiento.

Había soportado las pruebas. Se había convertido en Santo de Bronce.

Seiya se acercó y le tendió la mano, intentando que el gesto pareciera solemne.

—Shun, ¿verdad?

Shun no le estrechó la mano. Lo abrazó de inmediato, con fuerza y emoción. Seiya se quedó rígido un instante, sorprendido por el contacto. Después le dio unas palmadas en la espalda. Shun lloraba; sus hombros temblaban y su respiración se quebraba contra la chaqueta de Seiya.

—Seiya… Gracias a los cielos. Eres tú. ¡Estás vivo!

Seiya no encontró enseguida qué responder. El abrazo tenía una calidez que no esperaba. En los últimos días había recibido órdenes, golpes y preguntas, pero no un gesto de alivio tan sincero.

Shun se apartó un poco y se limpió las mejillas.

—De casi cien enviados… menos de doce sobrevivimos.

A Seiya se le hizo un nudo en el estómago. Había sabido que el entrenamiento era peligroso, pero oír la cifra de esa manera le dio otro peso a la ausencia de los demás. Las cajas que no estaban allí, los nombres que no se pronunciaban y los jóvenes que nunca habían regresado cobraron una forma más concreta.

—Shun… ¿tiene sentido todo esto? —preguntó—. Si somos Santos, las Armaduras están destinadas a proteger a la humanidad, ¿verdad? En caso de que los dioses regresen o el equilibrio cósmico se rompa. Pero esto se siente como una guerra que no es nuestra. ¿Por qué…?

Shun asintió sombríamente. Sus ojos, todavía húmedos, se fijaron en la Caja del León Menor.

—Mi maestro, Albiore de Cefeo, no confiaba del todo en el Santuario. Me lo dijo antes de que nos separáramos. Decía que había fuerzas dentro que habían olvidado a quién servíamos… y otras que respondían a algo más oscuro.

Seiya mantuvo la mirada en él. Las palabras de Misti, el encargo de investigar las Armaduras y la conversación con Marin se amontonaron en su memoria. No sabía si Albiore se refería a lo mismo que ellos habían descubierto, pero la advertencia aumentó la inquietud que ya sentía.

Antes de que pudieran continuar, Tatsumi reapareció. Golpeó el suelo con su bastón, marcando el final de la conversación.

—¡Basta de melancolía! El avión sale en quince minutos. Suban y acomódense.

Seiya y Shun se volvieron hacia la escalera. El interior del avión era más amplio de lo que Seiya había imaginado. Los asientos estaban dispuestos con comodidad y las superficies claras reflejaban la luz que entraba por las ventanillas. Sin embargo, antes de que pudieran sentarse, un grupo de personas los interceptó.

Había médicos, nutricionistas, fisioterapeutas e incluso un par de esteticistas. Todos vestían uniformes impecables y llevaban carpetas, instrumentos y maletines. Un médico se acercó a Seiya con una expresión profesional; detrás de él, una mujer miraba el estado de su ropa y su cabello con visible preocupación.

Seiya miró al grupo, luego a Tatsumi.

—¿Qué es esto?

—Órdenes directas de la señorita Kido —respondió el médico—. Dijo que no solo deben estar en forma, sino también presentables.

Seiya bajó la vista hacia sus pantalones manchados, la camiseta arrugada y las manos todavía ásperas por el viaje. No sabía qué parte de su aspecto consideraban más urgente. Shun, a su lado, sonrió débilmente, medio resignado y medio divertido.

—Supongo que es mejor que las pruebas en las montañas heladas de Etiopía…

Seiya soltó un resoplido.

—Preferiría cien latigazos de Marin o la mirada desdeñosa de Aiolia antes que una manicura.

 

 

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