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Cuando Seiya
despertó, lo primero que sintió fue el peso de la Armadura. No era el dolor de
una herida ni el cansancio de un combate, sino una presión continua que parecía
envolverlo desde los hombros hasta los tobillos. Las placas se aferraban a su
cuerpo como un caparazón de hierro forjado, y hasta el menor movimiento exigía
un esfuerzo que no estaba seguro de poder realizar. Por un instante no supo
dónde se encontraba. Tenía la boca llena de tierra, los oídos embotados y los
párpados tan pesados que le costó abrirlos.
No sabía
cuánto tiempo había pasado desde su enfrentamiento con Shaina. ¿Un día? ¿Más?
El cielo sobre él estaba pálido, sin estrellas, y la luz tenía esa claridad
incierta que precedía al amanecer o seguía al atardecer. No podía distinguirlo.
Al girar la cabeza, vio el borde de una roca fracturada y, más allá, una
extensión de tierra seca cubierta de polvo. El Santuario quedaba detrás de él,
aunque desde el suelo no alcanzaba a ver los templos.
Seiya
intentó incorporarse. El brazo le tembló y volvió a caer. El impacto levantó
una nube pequeña de polvo que le entró en la nariz. Tosió, y el esfuerzo le
arrancó una punzada en el pecho. La Armadura se movió con él, pesada e
inflexible, y el roce de sus placas contra la tierra produjo un sonido áspero.
Con un
esfuerzo que le pareció sobrehumano, comenzó a arrastrarse. Avanzó centímetro a
centímetro, apoyando las palmas y los antebrazos, buscando en el suelo un lugar
firme donde hacer palanca. Cada movimiento le recordaba lo poco que le quedaba
de fuerza. El polvo se le pegaba a la piel; las piedras le raspaban las manos y
las rodillas. La Caja de Pandora, todavía sujeta a su espalda, golpeaba contra
las rocas cada vez que conseguía avanzar un poco.
Apenas había
logrado cruzar la barrera del Santuario. El mundo más allá de sus límites se
extendía ante él con una inmensidad que no había tenido ocasión de contemplar
desde que llegó a Grecia. No había columnas, templos ni senderos de piedra
pulida. Solo montañas, vegetación silvestre y un camino lejano que descendía
hacia los valles. Estaba fuera, pero esa libertad no le servía de mucho
mientras no tuviera fuerzas para levantar la cabeza.
La sed le
quemaba la garganta. Tenía los labios secos y agrietados, y la lengua se le
pegaba al paladar. Su estómago se contraía con un rugido hueco, aunque el
hambre parecía lejana, amortiguada por el dolor. Seiya intentó calcular cuánto
tiempo podía llevar sin beber, pero no logró ordenar sus recuerdos. Recordaba
el golpe, la luz, la voz de Misti y la orden de abandonar el Santuario antes
del amanecer. Después, solo tenía imágenes sueltas: el suelo bajo sus manos,
las piedras, la oscuridad.
Entonces,
como si respondiera a su agonía, la Armadura del León Menor se activó por
última vez.
Una
vibración suave recorrió su cuerpo. No fue un golpe ni una descarga. La sintió
bajo las placas, como un temblor que nacía en el centro de su pecho y se
extendía hasta las manos. El manto comenzó a separarse. Las piezas blancas con
detalles dorados se desprendieron de su cuerpo y flotaron en el aire,
sostenidas por una fuerza que Seiya no podía ver. La tela escamada roja se
deshizo en destellos de luz que se arremolinaron sobre él.
El muchacho
se quedó inmóvil, demasiado débil para reaccionar. Vio las placas girar
lentamente, cada una en su propia órbita. Los relieves de leones se encendieron
con un resplandor tenue antes de plegarse hacia el centro. La Armadura se
estaba retirando, como si su energía comprendiera que su portador ya no podía
sostenerla.
Las piezas
se reensamblaron en la figura del León Menor. El símbolo quedó erguido, firme e
imponente, con las patas bien asentadas y la cabeza levantada. Luego, con un
destello final, la Caja de Pandora se formó alrededor de la estructura. El
metal cerró sobre sí mismo con un clic preciso. La caja cayó al suelo y levantó
polvo, silenciosa, sólida y completamente indiferente al muchacho que había
llevado su Armadura.
Seiya, sin
embargo, quedó desnudo.
Tardó unos
segundos en comprender lo ocurrido. Miró su cuerpo, cubierto de polvo y sudor,
y después la Caja cerrada. Su piel estaba curtida por los años de entrenamiento
y marcada por cicatrices. Las heridas más graves, aquellas que debían haberlo
dejado tendido para siempre, se habían cerrado. No obstante, los músculos
todavía le dolían y el cansancio se le había metido en los huesos.
—Claro…
—susurró, con un humor seco que apenas lograba disimular el agotamiento—. Las
Armaduras destruyen la ropa cuando se fusionan… Por eso los antiguos Santos
usaban quitones cortos, fáciles de quitar y poner…
La frase
terminó en un murmullo. Seiya bajó la mirada y trató de cubrirse con los
brazos, aunque no había nadie a la vista. El aire fresco le erizó la piel. La
explicación que acababa de formular no lo ayudaba con el problema más
inmediato.
—Creo que
necesito pantalones. Y algo para comer. Y beber. Y… una forma de viajar.
Se dejó caer
junto a la Caja con una risa ronca. La risa le dolió en el pecho, pero no pudo
evitarla. La misión apenas había comenzado y él no tenía nada: ni comida, ni
agua, ni ropa, ni dinero, ni un plan. Solo conservaba la vida y la caja que
contenía una Armadura que no podía usar en aquel estado.
¿Sería
suficiente?
El hambre y
la sed nublaban su juicio. Seiya ya no pensaba como un guerrero, sino como un
animal herido que intentaba mantenerse lejos del peligro. A lo lejos, por un
camino de piedra que descendía de las montañas, escuchó risas. El sonido
pertenecía a un grupo de turistas. Hablaban con despreocupación, se llamaban
unos a otros y se detenían para tomar fotografías. No parecían sospechar que, a
poca distancia, un muchacho herido acababa de salir del Santuario.
Para ellos,
el mundo era sencillo. Había rutas para caminar, monumentos que visitar y
paisajes que guardar en una cámara. No sabían nada de las Armaduras Sagradas ni
de las batallas celestiales entre hombres y dioses. Tampoco tenían razón para
saberlo.
Seiya miró
la Caja. No podía llevarla a la vista sin llamar la atención, pero tampoco
podía abandonarla. El cofre era voluminoso y pesado, y carecía de una mochila
donde ocultarlo. Se arrastró hasta unos arbustos y los apartó con dificultad.
Las ramas le rozaron los hombros y la piel desnuda. Recogió hojas grandes y se
cubrió con ellas lo mejor que pudo; luego se embadurnó los brazos y el pecho
con polvo y tierra para disimularse entre la vegetación.
No era una
solución elegante, pero era la única que tenía.
El grupo de
turistas se detuvo cerca de unas estatuas helenísticas. Sus voces se hicieron
más claras. Seiya pudo distinguir el clic de una cámara y las instrucciones de
alguien que pedía a los demás que se movieran un poco para no tapar el
monumento. Un muchacho de su edad se apartó del grupo y caminó detrás de unas
rocas.
Seiya
esperó.
No quería
atacar a nadie. No quería robar. Pero su cuerpo necesitaba ropa y no tenía
fuerzas para buscar un camino alternativo. Cuando el joven se alejó lo
suficiente de sus compañeros, Seiya se deslizó entre los arbustos. La Caja de
Pandora quedó oculta entre las ramas mientras él avanzaba, encorvado, con los
pies desnudos sobre la tierra.
Se acercó
por detrás. El otro muchacho estaba distraído y no lo oyó. Seiya lo sujetó con
un brazo, le cubrió la boca y lo inmovilizó con una llave limpia, firme y
breve. No apretó más de lo necesario. El joven forcejeó apenas unos segundos
antes de perder el conocimiento.
Seiya lo
sostuvo para que no golpeara la cabeza contra una piedra y lo acomodó en el
suelo. Después se quedó inmóvil, respirando con dificultad, mientras la culpa
empezaba a abrirse paso entre la urgencia y el hambre.
—Perdóname…
—murmuró.
Le quitó la
camiseta, los pantalones cortos y las zapatillas. También encontró una
billetera con documentos y algo de dinero. No tomó más de lo que necesitaba. Se
puso la ropa a toda prisa, torpe por el cansancio, y luego comprobó que el
muchacho respirara con normalidad.
—No soy un
ladrón —dijo en voz baja, como si el joven pudiera oírlo—. Soy un Santo.
Se miró la
camiseta prestada, manchada de polvo.
—Aunque
ahora ni siquiera estoy seguro de eso.
Regresó por
la Caja, se la cargó a la espalda y se mezcló con los turistas. Nadie sospechó
que aquel joven sudoroso, vestido como un mochilero cualquiera, llevaba una
Armadura Sagrada capaz de rivalizar con el poder de los dioses. La gente siguió
conversando. Algunos se acercaron a las estatuas; otros consultaron sus
teléfonos. Seiya avanzó sin mirar atrás.
Ahora tenía
lo mínimo indispensable para comenzar la misión: ropa, unas monedas y la Caja
del León Menor. En su mente resonaba la voz de Misti, rígida y distante.
—Debes
viajar al Este… y descubrir quién está reuniendo las Armaduras Sagradas.
Seiya caminó
con pasos medidos. La figura ya no llamaba la atención entre los visitantes;
era solo otro joven vestido como cualquier mochilero que deambulaba por Grecia
con sueños de aventura. Los pantalones prestados le quedaban algo grandes, y la
camiseta conservaba una mancha de tierra que desde lejos podía parecer parte
del estampado. La chaqueta de mezclilla le protegía del frío y la gorra
ocultaba su cabello despeinado.
Bajo la
correa de cuero que cruzaba su pecho, la Caja de Pandora pesaba contra su
espalda. Seiya se esforzaba por caminar con naturalidad, aunque cada movimiento
le recordaba el daño que había sufrido. La caja no parecía una mochila
deportiva, pero a cierta distancia su forma podía confundirse con la de un
equipo de excursionista. No quería atraer miradas ni preguntas.
La ciudad lo
recibió con el ruido del crepúsculo. Atenas mezclaba piedras antiguas con
bocinas, motores y voces que se acumulaban en las calles. El aire olía a humo,
comida caliente y polvo. Seiya reconoció algunos lugares. Recordaba haber
caminado por el mercado de Monastiraki junto a Aiolia, probando aceitunas
negras especiadas mientras su maestro hablaba de honor y del silencio del
Cosmos. Aiolia explicaba las cosas sin prisa; a veces acompañaba una lección
con una anécdota, y otras veces se quedaba callado, esperando que Seiya
entendiera por sí mismo.
Marin le
había enseñado algo distinto. Le había mostrado cómo leer los rostros,
distinguir una sonrisa sincera de otra que escondía una amenaza y escuchar lo
que las personas evitaban decir. En las calles, Seiya intentó recordar aquellas
lecciones. No debía mirar demasiado a nadie; tampoco podía caminar como si
temiera que todos lo persiguieran.
Atenas era
su hogar, pero también su exilio. Cada esquina le resultaba familiar y extraña
al mismo tiempo. Había vivido allí durante años, pero ahora atravesaba la
ciudad como un fugitivo que no sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que
alguien descubriera su ausencia.
Encontró un
cibercafé en una calle estrecha. El local estaba iluminado por tubos
fluorescentes y olía a café recalentado y plástico caliente. Un grupo de
jóvenes ocupaba los terminales. Algunos jugaban, otros conversaban en voz baja.
Seiya esperó hasta que uno de los puestos quedó libre y pagó con unas pocas
monedas.
La pantalla
se encendió. Tardó unos segundos en recordar cómo buscar una ruta. Sus dedos
estaban rígidos y el cansancio le hacía más difícil concentrarse. Necesitaba
llegar a Serpolion, un pequeño puerto de baja seguridad en el noreste que
todavía mantenía tránsito hacia Asia. No podía tomar un avión. La Armadura, si
se activaba o si despertaba una respuesta detectable, podía llamar la atención
de las autoridades humanas y de la policía. Debía avanzar por tierra y mar.
Consultó las
rutas disponibles: autobús hasta Tesalónica, trenes regionales y, finalmente,
un ferry. No era un recorrido sencillo. Las conexiones dependían de horarios
que no conocía, y no podía permitirse gastar más dinero del necesario. Anotó
algunos nombres en un papel y apagó la pantalla.
Al salir, el
aire de la calle le pareció más frío. Su estómago gruñó con fuerza. Seiya miró
las monedas que le quedaban y se acercó a un puesto de comida. Compró un
souvlaki y una botella de agua. El pan estaba tibio, la carne salada y las
especias le picaron en la lengua. No era una comida abundante, pero para él
supo a festín. Cada bocado le recordaba que seguía vivo.
Bebió
despacio, obligándose a no vaciar la botella de una sola vez. El agua le alivió
la garganta, aunque la sed no desapareció de inmediato. Se apoyó un momento
contra una pared y respiró con los ojos cerrados. El ruido de la ciudad
continuó alrededor: conversaciones, motores y pasos que se cruzaban sin
detenerse.
En la
terminal encontró un asiento junto al panel de horarios. La luz de los anuncios
se reflejaba en el cristal y, por un instante, pudo verse en la ventana del
autobús. La imagen mostraba a un joven cansado, con la ropa arrugada y los ojos
oscuros todavía encendidos. Parecía más viejo de lo que se sentía y más joven
de lo que había tenido que ser.
El León
Menor había rugido por primera vez. Ahora su camino se dirigía al Este.
¿Qué estaba
ocurriendo con las Armaduras Sagradas? ¿Quién tenía el poder de reunirlas? ¿Por
qué el Santuario no intervenía directamente? Las preguntas regresaban una y
otra vez, pero ninguna encontraba respuesta. Seiya apoyó la cabeza contra el
cristal. Cuando el cielo terminó de oscurecerse, el cansancio lo venció.
El sueño lo
atrapó sin resistencia.
Seiya se
desplomó sobre un banco de metal en el puerto. La Caja de Pandora del León
Menor quedó a su lado, cerrada y silenciosa, como un guardián que no necesitaba
dormir. La brisa marina le revolvió el cabello y trajo consigo olor a sal,
combustible y madera húmeda. A lo lejos, las luces de los barcos se reflejaban
en el agua.
Unas voces
lo despertaron solo a medias.
—Está
dormido. Esa caja debe valer algo.
—Mira cómo
brilla. Seguro es de oro.
Dos ladrones
observaban desde un callejón cercano. Se movían con cautela, atentos a los
pasajeros y a los trabajadores del puerto. Seiya no los vio. El agotamiento lo
mantenía sumergido en un sueño pesado.
Uno de los
hombres se aproximó a la Caja. Primero se quedó a unos pasos, observando el
grabado del León Menor. El metal reflejaba una luz tenue que no parecía
provenir de ninguna lámpara. El ladrón extendió la mano y rozó el borde.
Una descarga
lo sacudió.
El hombre
gritó y tropezó hacia atrás. Su mano humeaba; la sacudió con una maldición y se
la apretó contra el pecho. El otro se quedó paralizado un instante, luego sacó
un cuchillo.
—¡No la
toques! —le advirtió su compañero.
El ladrón lo
ignoró. Acercó la hoja con cuidado, pero apenas el metal tocó la superficie de
la Caja, el cofre vibró. Una luz dorada brotó de las placas y los envolvió.
—¡Maldita
sea! ¡Es brujería!
—¡Corre!
Los dos
huyeron por el callejón y desaparecieron entre las sombras. Seiya siguió
profundamente dormido, ajeno a lo ocurrido. La Caja permaneció intacta a su
lado, quieta bajo la luz del puerto.
En su mente,
la memoria se convirtió en sueño.
Volvió a
encontrarse en las montañas nevadas de Japón. El frío le mordía las mejillas y
el aire olía a madera húmeda, nieve y humo de incienso. Frente a él estaba
Mitsumasa Kido, vestido con ropas tradicionales que le daban el aspecto solemne
de un samurái de una obra antigua. La barba blanca caía en dos largos mechones
sobre su pecho; las arrugas le surcaban el rostro como líneas talladas en
piedra.
Seiya era
otra vez un niño, no mayor de diez años. Las manos pequeñas se le cerraban
sobre las mangas de su ropa. Miraba al anciano con una mezcla de esperanza y
miedo.
—Si traigo
la Armadura… —preguntó—, ¿me ayudarás a encontrar a mi hermana?
Mitsumasa
entrecerró los ojos. En el sueño, la expresión del anciano parecía cargada de
gravedad, pero también de una paciencia casi paternal.
—Sí, Seiya.
Si te conviertes en Santo de Atena, honraré esa promesa.
El niño
intentó descubrir en su rostro si hablaba en serio. Quería creerle. La
posibilidad de volver a ver a su hermana era lo único que le permitía imaginar
un futuro más allá del entrenamiento. Mitsumasa le había dicho que debía
viajar, aprender y conseguir una Armadura; nunca le había explicado cuánto
dolor habría en el camino.
Detrás del
anciano, en la terraza de un dojo, una niña de cabello castaño claro observaba
la escena. Tenía los ojos verde oliva y unos rasgos marcadamente occidentales:
el rostro alargado, la nariz fina, los labios rosados y la piel pálida como la
porcelana. Saori Kido jugaba con una muñeca importada, vestida con un traje
costoso que desentonaba con la sobriedad de las montañas.
Jabu,
todavía niño, permanecía junto a ella, atento a cada gesto. La seguía como un
pequeño servidor y parecía dispuesto a cumplir cualquier deseo que expresara.
Saori miró a
Seiya con desdén.
—¿Ves lo que
hace por mí, Seiya? —dijo sin siquiera acercarse—. Y tú… tú solo sabes pelear.
El dolor de
aquellas palabras lo atravesó incluso en el sueño. No importaba que la escena
perteneciera al pasado o que la niña pudiera estar repitiendo una vieja
humillación: Seiya sintió cómo la frase se le clavaba bajo las costillas. Quiso
responder, pero la voz no le salió.
La terraza,
el dojo y las montañas comenzaron a desvanecerse. Una niebla cubrió el suelo y
borró los bordes de las figuras. El aire se llenó de olor a incienso y nieve
derretida. Mitsumasa siguió frente a él, pero su rostro se volvió borroso;
Saori y Jabu desaparecieron detrás de una cortina gris.
Seiya
despertó con un sobresalto.
Amanecía. El
cielo sobre el puerto estaba teñido de azul pálido y rosa. Las primeras voces
del día llegaban desde los muelles, junto con el ruido metálico de las cadenas
y las órdenes de los trabajadores. Estaba solo. La Caja seguía a su lado.
Tenía la
boca seca y el cuerpo entumecido. El sueño lo había dejado agitado y
confundido, pero también más determinado. Se incorporó con dificultad y miró el
cofre. La superficie permanecía sellada, aunque conservaba un poco de calor al
tacto.
—Hermana…
—dijo con voz ronca—. Espera un poco más.
Se puso de
pie. El ferry a Serpolion zarparía pronto y no podía perderlo. Se ajustó las
correas de la Caja, comprobó que no se hubieran aflojado durante la noche y se
encaminó hacia el embarcadero.
Cinco días
habían pasado desde que Seiya dejó el Santuario.
El trayecto
hasta el Pireo había sido lento y agotador. Había tenido que avanzar con la
ropa prestada, racionar el poco dinero que conservaba y ocultar la Caja cuando
pasaba cerca de los guardias. Después tomó un ferry hasta la isla de Serpolion.
Desde allí, con la ayuda de contrabandistas y marineros que no le hicieron
demasiadas preguntas, abordó un barco mercante con destino a Asia.
El viaje no
fue directo. El barco hizo escala en distintos puertos y, en cada uno, Seiya
tuvo que permanecer escondido. A veces se acomodaba entre contenedores; otras,
encontraba un espacio junto a sacos de arroz o tanques de maquinaria. Dormía
poco, con la espalda apoyada contra superficies duras y la Caja siempre cerca.
El olor de la carga, el combustible y la sal se mezclaba en el interior del
barco.
Comía lo que
podía conseguir. En ocasiones recibía un poco de comida de algún marinero
amable; otras veces tenía que conformarse con lo que encontraba. No preguntaba
demasiado y procuraba no llamar la atención. La ropa se le empapaba de sal y
humo, y el cabello le quedaba pegado a la frente por el calor de los
compartimentos cerrados. La travesía le dejó la piel reseca, los labios
agrietados y el cuerpo aún más delgado.
El barco
atracó en Haifa, después en Bombay y más tarde en Hong Kong. Cada puerto tenía
sonidos y olores distintos. Seiya observaba desde su escondite cuando podía:
grúas que movían carga, marineros que gritaban órdenes, vehículos que cruzaban
los muelles y pasajeros que subían o bajaban con prisa. A veces se preguntaba
cuántos de ellos sabrían que, a pocos metros, viajaba un Santo con una Armadura
antigua.
Finalmente
llegaron a Yokohama. Seiya bajó sin llamar la atención y tomó un tren hacia la
Estación de Tokio. El trayecto le pareció casi irreal después de tantos días
entre el mar y los contenedores. Las luces de la ciudad pasaban al otro lado de
la ventana y los anuncios en japonés se sucedían con una rapidez que le costaba
seguir.
Su japonés
estaba oxidado. Los años en Grecia lo habían hecho tropezar con palabras que
antes pronunciaba sin pensar. Al pedir indicaciones, tenía que detenerse y
formular cada frase con cuidado. Aun así, logró encontrar el camino hacia la
sede de Graad Corporation, una de las empresas más poderosas del país y el
brazo financiero de la familia Kido.
El edificio
se elevaba sobre la calle con una fachada de vidrio y piedra clara. Sus puertas
automáticas se abrieron al acercarse. Dentro, el vestíbulo estaba iluminado con
una claridad impecable; el suelo pulido reflejaba las lámparas del techo y una
recepción amplia separaba a los visitantes del resto de las oficinas.
Seiya entró
con la Caja de Pandora del León Menor atada a la espalda. La recepción guardó
silencio durante un instante. La mujer detrás del mostrador lo miró, primero
con sorpresa y luego con inquietud, cuando escuchó su nombre. La sangre se le
fue del rostro. Tomó el teléfono y empezó a hacer llamadas, tratando de hablar
sin que los demás visitantes la oyeran.
Seiya
permaneció junto a la entrada, incómodo bajo la mirada de los empleados. Sus
ropas estaban arrugadas, salpicadas de polvo y sal. El cansancio del viaje se
notaba en su postura. La Caja parecía desproporcionada contra su espalda y
llamaba la atención de cualquiera que pasara.
—¿Puede
avisar al señor Kido que estoy aquí? —preguntó.
La
recepcionista tapó el micrófono con una mano.
—Ya lo
estamos haciendo. Por favor, espere.
Pasó medio
día mientras lo trasladaban de piso en piso y de sala de espera en sala de
espera. Las secretarias lo observaban con curiosidad; los burócratas revisaban
sus documentos, preguntaban su nombre y volvían a desaparecer detrás de puertas
de vidrio. Seiya no sabía si lo estaban verificando o si simplemente nadie se
atrevía a tomar una decisión.
En una sala
alfombrada y silenciosa le ofrecieron agua. La bebió despacio, agradeciendo el
frescor. La alfombra amortiguaba los pasos y las ventanas mostraban una vista
amplia de la ciudad. El contraste con el barco mercante y los puertos todavía
le resultaba extraño.
Finalmente,
una puerta se abrió de golpe.
Apareció
Tatsumi, el viejo mayordomo de la familia Kido, con el rostro severo y el
bastón en la mano. Su expresión no era la de alguien que acabara de
reencontrarse con un muchacho desaparecido; era la de un hombre que llevaba
meses esperando una explicación.
—¡¿Dónde
diablos te has metido, muchacho?! —bramó—. ¡Llegas casi siete meses tarde!
¿Crees que esto es un viaje escolar?
Seiya se
puso de pie. El cansancio seguía pesándole, pero enderezó los hombros.
—Estuve en
el Santuario. Entrenando. La Armadura…
—¿Crees que
nos importan las excusas? —lo interrumpió Tatsumi—. ¡La señorita Kido está con
el maestro Mitsumasa en Nueva York! Están reuniendo a los Santos
sobrevivientes, y tú irás allí inmediatamente.
Seiya apretó
los puños. Durante unos segundos no dijo nada. El sonido del bastón de Tatsumi
contra la alfombra fue apenas un roce, pero llenó el silencio entre ambos.
—¿Por qué?
—preguntó al fin, en voz baja—. De niño nunca cuestioné nada. Pero ahora… ¿cuál
es el propósito de todo esto? ¿Por qué entrenarnos? ¿Por qué tanto sufrimiento?
Tatsumi lo
miró con algo entre desdén y lástima. Sus facciones no se suavizaron.
—¿Quieres
encontrar a tu hermana o no?
El silencio
se hizo espeso como plomo. Seiya sintió que la herida en su corazón seguía
abierta, igual que el día en que había partido. Recordó la promesa de
Mitsumasa, el rostro de su hermana y los años que había pasado entrenando sin
saber si algún día volvería a verla.
Al principio
no respondió. Después asintió lentamente.
—Sí.
Los llevaron
al aeródromo privado de Graad Corporation. La pista estaba oculta entre
hangares y jardines bien cuidados, custodiada por hombres silenciosos vestidos
con traje oscuro. El orden del lugar contrastaba con el viaje clandestino que
Seiya acababa de completar. Allí todo parecía limpio, vigilado y dispuesto con
anticipación.
Un avión
blanco y dorado esperaba en la pista. Tenía la escalera desplegada y el emblema
de la Fundación cerca de la cabina. El sol se reflejaba en el fuselaje, y el
sonido distante de los motores vibraba en el aire.
Seiya sintió
una presión familiar en el pecho al ver a otro muchacho que esperaba junto al
avión.
El joven
llevaba la Caja de Pandora de Andrómeda a la espalda, sujeta con cuero verde y
dorado ornamentado. Incluso cerrada, la Armadura parecía tan letal como
hermosa. Su portador era esbelto, de estatura similar a la de Seiya. El cabello
verde esmeralda le caía naturalmente hasta el cuello y sus ojos grandes y
húmedos brillaban bajo la luz del mediodía. Vestía jeans oscuros, una camisa
blanca y una chaqueta ajustada. A pesar de la ropa civil, no podía ocultar su
porte de Santo.
Seiya se
quedó quieto unos segundos. Reconoció a Shun. En otro tiempo lo había
molestado, convencido de que provocarlo lo haría más fuerte. No lo había hecho
por crueldad, aunque ahora comprendía que sus bromas podían haberle dolido. Al
verlo allí, con su propia Caja de Pandora, entendió que también había
sobrevivido al entrenamiento.
Había
soportado las pruebas. Se había convertido en Santo de Bronce.
Seiya se
acercó y le tendió la mano, intentando que el gesto pareciera solemne.
—Shun,
¿verdad?
Shun no le
estrechó la mano. Lo abrazó de inmediato, con fuerza y emoción. Seiya se quedó
rígido un instante, sorprendido por el contacto. Después le dio unas palmadas
en la espalda. Shun lloraba; sus hombros temblaban y su respiración se quebraba
contra la chaqueta de Seiya.
—Seiya…
Gracias a los cielos. Eres tú. ¡Estás vivo!
Seiya no
encontró enseguida qué responder. El abrazo tenía una calidez que no esperaba.
En los últimos días había recibido órdenes, golpes y preguntas, pero no un
gesto de alivio tan sincero.
Shun se
apartó un poco y se limpió las mejillas.
—De casi
cien enviados… menos de doce sobrevivimos.
A Seiya se
le hizo un nudo en el estómago. Había sabido que el entrenamiento era
peligroso, pero oír la cifra de esa manera le dio otro peso a la ausencia de
los demás. Las cajas que no estaban allí, los nombres que no se pronunciaban y
los jóvenes que nunca habían regresado cobraron una forma más concreta.
—Shun…
¿tiene sentido todo esto? —preguntó—. Si somos Santos, las Armaduras están
destinadas a proteger a la humanidad, ¿verdad? En caso de que los dioses
regresen o el equilibrio cósmico se rompa. Pero esto se siente como una guerra
que no es nuestra. ¿Por qué…?
Shun asintió
sombríamente. Sus ojos, todavía húmedos, se fijaron en la Caja del León Menor.
—Mi maestro,
Albiore de Cefeo, no confiaba del todo en el Santuario. Me lo dijo antes de que
nos separáramos. Decía que había fuerzas dentro que habían olvidado a quién
servíamos… y otras que respondían a algo más oscuro.
Seiya
mantuvo la mirada en él. Las palabras de Misti, el encargo de investigar las
Armaduras y la conversación con Marin se amontonaron en su memoria. No sabía si
Albiore se refería a lo mismo que ellos habían descubierto, pero la advertencia
aumentó la inquietud que ya sentía.
Antes de que
pudieran continuar, Tatsumi reapareció. Golpeó el suelo con su bastón, marcando
el final de la conversación.
—¡Basta de
melancolía! El avión sale en quince minutos. Suban y acomódense.
Seiya y Shun
se volvieron hacia la escalera. El interior del avión era más amplio de lo que
Seiya había imaginado. Los asientos estaban dispuestos con comodidad y las
superficies claras reflejaban la luz que entraba por las ventanillas. Sin
embargo, antes de que pudieran sentarse, un grupo de personas los interceptó.
Había
médicos, nutricionistas, fisioterapeutas e incluso un par de esteticistas.
Todos vestían uniformes impecables y llevaban carpetas, instrumentos y
maletines. Un médico se acercó a Seiya con una expresión profesional; detrás de
él, una mujer miraba el estado de su ropa y su cabello con visible
preocupación.
Seiya miró
al grupo, luego a Tatsumi.
—¿Qué es
esto?
—Órdenes
directas de la señorita Kido —respondió el médico—. Dijo que no solo deben
estar en forma, sino también presentables.
Seiya bajó
la vista hacia sus pantalones manchados, la camiseta arrugada y las manos
todavía ásperas por el viaje. No sabía qué parte de su aspecto consideraban más
urgente. Shun, a su lado, sonrió débilmente, medio resignado y medio divertido.
—Supongo que
es mejor que las pruebas en las montañas heladas de Etiopía…
Seiya soltó
un resoplido.
—Preferiría
cien latigazos de Marin o la mirada desdeñosa de Aiolia antes que una manicura.
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