domingo, 1 de noviembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. Bestias imposibles y fortunas por venir

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Marco contemplaba el enorme cráneo que descansaba sobre la mesa, acompañado de las reproducciones en yeso de los huesos que Teodorico II había enviado desde Tolosa como obsequio a su abuelo. La mandíbula alargada, los colmillos desproporcionados y las extrañas protuberancias óseas que sobresalían a ambos lados de la cabeza conferían a la criatura un aspecto monstruoso, casi grotesco. Pero no era su ferocidad lo que había perturbado al muchacho. Menas, que lo conocía desde pequeño y había presenciado sus reacciones ante toda clase de experimentos, enfermedades y descubrimientos, advirtió algo que jamás había visto en él: miedo auténtico. Marco permanecía completamente inmóvil, con los ojos fijos en aquella dentadura formidable y el rostro progresivamente desprovisto de color. No dijo una sola palabra.

—Tu hermano ha matado algo que pertenece, casi sin duda, a la familia de los cerdos —comentó Menas, examinando el cráneo con el entusiasmo de un naturalista ante una especie desconocida—. ¡Pero qué ejemplar tan prodigioso! Observa estos colmillos, la anchura de las mandíbulas y la disposición de los molares. No me sorprendería que el jabalí de Erimanto y aquel otro de Calidón, del que tanto hablaban nuestros poetas, pertenecieran a esta misma estirpe. ¡Por Asclepio! Ahora comprendo por qué fueron necesarias tantas lanzas y tantos héroes para abatir semejantes animales. Aunque debo admitir que los poetas seguramente añadieron algunas exageraciones. Es una de las pocas profesiones en las que se recompensa a los hombres por mentir con elegancia.

El alejandrino se inclinó sobre la mesa, tomó unas tablillas de cera y comenzó a realizar anotaciones acerca de las proporciones del animal. Su curiosidad científica había desplazado cualquier otra preocupación. La cabeza parecía corresponder a un cuadrúpedo de dimensiones extraordinarias, posiblemente mucho mayor que los jabalíes de los bosques italianos. La disposición de sus dientes sugería una alimentación variada, y las superficies de inserción muscular indicaban una fuerza mandibular considerable. —Una criatura formidable —prosiguió—. Capaz de desgarrar carne, triturar huesos y probablemente alimentarse también de raíces y frutos. ¡Un cerdo que habría hecho retroceder a un león! Tu hermano debe de poseer un valor extraordinario o una imprudencia todavía mayor. Conociendo a Juliano, no me atrevería a decidir cuál de ambas cualidades lo llevó a enfrentarse con semejante monstruo.

Menas se interrumpió al advertir que Marco no había reaccionado siquiera a aquella última ironía. Dejó las tablillas sobre la mesa y lo estudió con creciente atención. No parecía simplemente impresionado por las dimensiones de la bestia. Había visto al muchacho examinar cadáveres, heridas espantosas y sustancias peligrosas con una tranquilidad que habría resultado impropia incluso de un médico experimentado. Pero ahora sus ojos mostraban un temor que Menas no lograba relacionar con aquella inofensiva reproducción de yeso. El griego volvió a mirar el cráneo, preguntándose qué detalle se le habría escapado.

—Marco... —dijo finalmente, abandonando su tono jocoso—. ¿Qué ocurre? Has pasado de la curiosidad al espanto sin que esta criatura haya hecho otra cosa que mostrarnos sus dientes. Y lleva bastante tiempo muerta para que debamos preocuparnos por ellos. —Se acercó un poco, observando el rostro del muchacho—. ¿Has reconocido algo que yo no he visto?

Marco suspiró profundamente sin apartar los ojos del cráneo. Su mente repasaba las anomalías y desviaciones históricas que había descubierto desde su llegada a aquel mundo. Una cosa era que Flavio Aecio continuara vivo cuando, según todos sus recuerdos, debería haber muerto asesinado por Valentiniano III hacía más de diez años. Aquello podía atribuirse a una alteración de los acontecimientos, a una sucesión de decisiones diferentes que habían modificado el curso de la historia. Pero otra cosa muy distinta era que un entelodóntido, una familia de mamíferos extinguida millones de años antes de la aparición del hombre, estuviera vivo y campando por los bosques de la Galia. Aquello no era una desviación histórica, sino una anomalía biológica de proporciones monstruosas. «Esto es absurdo. No puede ser un simple superviviente. ¿Cuántos millones de años lleva extinta esta familia? Y, sobre todo, ¿qué demonios puedo inventarle al alejandrino? Menas no es ningún imbécil. Si le digo que reconozco este animal, querrá saber dónde lo he visto. Si le explico que está extinguido, querrá saber cómo puedo estar seguro. Y si le cuento la verdad...». La última posibilidad le provocó una inquietud todavía mayor que la propia osamenta.

En aquel momento, una tenue luminosidad azulada apareció en su campo visual. No procedía del taller ni de las ventanas: era la interfaz de la inteligencia artificial que acompañaba sus pensamientos, invisible para todos excepto para él. Una pequeña notificación se desplegó sobre el cráneo, siguiendo sus contornos incluso cuando movía ligeramente los ojos. El sistema había reconocido una estructura anatómica susceptible de análisis y ofrecía una función que Marco apenas había utilizado hasta entonces: Descripción anatómica completa. El muchacho observó la notificación durante unos instantes y asintió mentalmente. «Describe», pensó. Inmediatamente, la interfaz respondió con una sucesión de símbolos, líneas geométricas y caracteres que comenzaron a organizarse alrededor de la reproducción.

Interfaz de análisis bioanatómico

Procesando

<<MODO: DESCRIPCIÓN ANATÓMICA COMPLETA>>
<<OBJETO: REPRODUCCIÓN OSTEOLÓGICA EN YESO>>
<<REGIÓN: CRÁNEO Y ELEMENTOS POSTCRANEALES>>
<<TAXÓN PROBABLE: ENTELODONTIDAE>>
<<ANÁLISIS MORFOMÉTRICO: INICIADO>>
<<EVALUACIÓN DE INTEGRIDAD ANATÓMICA: EN CURSO>>
<<ADVERTENCIA: EL MATERIAL EXAMINADO NO ES TEJIDO ÓSEO ORIGINAL>>

Reconstrucción anatómica preliminar · Identificación pendiente

Menas, por supuesto, no podía ver nada de aquello. Para el alejandrino, Marco seguía contemplando la osamenta con una concentración inquietante, aunque su expresión comenzaba a transformarse. El naturalista se acercó nuevamente a la mesa y pasó los dedos por una de las prominencias laterales del cráneo. —Esas protuberancias son extraordinarias —comentó, procurando recuperar el tono habitual de sus lecciones—. No parecen haber sostenido cuernos. Sospecho que servían de apoyo a músculos poderosos o protegían alguna región de la cabeza. Y observa las muelas: poseen superficies capaces de aplastar materiales muy resistentes. Si la osamenta está reproducida correctamente, tenemos ante nosotros un animal con una dentadura prácticamente completa. Cuarenta y cuatro dientes, salvo error en mi recuento. ¡Un verdadero prodigio! —Se volvió hacia su discípulo, pero no obtuvo la reacción que esperaba—. Muchacho, ¿me estás escuchando? Porque empiezo a sospechar que esa bestia te interesa por motivos que nada tienen que ver con su dentadura.

Entretanto, la inteligencia artificial había comenzado a superponer sobre el yeso una reconstrucción tridimensional de los músculos mandibulares, las cavidades nasales y las inserciones óseas. Los contornos translúcidos permitían imaginar la cabeza del animal en vida, aunque varias regiones aparecían señaladas como inciertas debido a la ausencia de tejidos originales. Junto a la imagen surgió una escala temporal que se extendía hacia un pasado de decenas de millones de años. El sistema marcó una región correspondiente al Paleógeno y después trazó una línea hasta la fecha actual. Entre ambos extremos apareció una advertencia que parpadeó dos veces.

Incongruencia cronobiológica

<<REGISTRO BIOLÓGICO DE REFERENCIA: TAXÓN EXTINTO>>
<<INTERVALO GEOLÓGICO: EOCENO–MIOCENO TEMPRANO>>
<<COEXISTENCIA NATURAL CON HUMANOS: NO DOCUMENTADA>>
<<HIPÓTESIS DE IDENTIFICACIÓN: EN EVALUACIÓN>>
<<DATOS INSUFICIENTES PARA DETERMINAR PROCEDENCIA>>
<<CARGANDO DESCRIPCIÓN ANATÓMICA DETALLADA...>>

Menas aguardaba una respuesta mientras Marco tenía ante sí dos enigmas diferentes: la explicación que debía ofrecerle a su maestro y la información que aquel instrumento del futuro estaba comenzando a revelar sobre una criatura que jamás debería haber existido en el siglo V.

—Me comió la lengua un cerdo —repuso Marco, dejándose caer sobre una silla con una expresión que Menas no supo interpretar del todo—. Dices que mi hermano pudo matarlo, ¿con armas de bárbaros? —El alejandrino levantó inmediatamente un dedo, adoptando aquella expresión severa que reservaba para las ocasiones en que alguno de sus discípulos confundía los prejuicios con el razonamiento. —¡Marco! ¿Otra vez con esas tonterías? Ya sé que nuestros aceros son superiores a muchos de los que se fabrican fuera de Italia, pero el valor y la habilidad a veces resultan mucho más determinantes que la calidad de una espada. Los godos llevan generaciones combatiendo a caballo, conocen perfectamente el uso de lanzas, espadas y arcos, y algunos de sus guerreros podrían enseñarle bastante a más de un oficial romano. Tu hermano es un muchacho extraordinariamente fuerte y valeroso, pero no olvides que también ha recibido entrenamiento de hombres que conocen su oficio. Además, semejante criatura puede resultar formidable sin ser invulnerable. Tiene ojos, arterias, tendones y órganos vitales, igual que cualquier otra bestia. Hasta el león más poderoso termina muriendo si una lanza le atraviesa el corazón. —Menas volvió a contemplar el cráneo y añadió, con una sonrisa maliciosa—: Aunque debo reconocer que me habría gustado presenciar el combate. Sospecho que Juliano habrá encontrado la manera de convertirlo en una hazaña digna de Heracles antes de que termine el invierno.

Marco se levantó de la silla, todavía perturbado por las implicaciones de aquel descubrimiento. —Deberíamos buscar más. Una población debe estar oculta en alguna parte. Donde hay uno, hay otros. —Menas dejó escapar una carcajada y, acercándose al muchacho, le alborotó cariñosamente el cabello con una mano. —¡Por todos los dioses, pequeño señorito! Todavía no eres señor de la Galia. No puedes enviar a tres cohortes a registrar los bosques cada vez que encuentras una criatura interesante. Además, no sabemos si este animal nació allí, si fue llevado desde alguna región lejana o si pertenece a una población que los habitantes del lugar conocen perfectamente. Una sola bestia no demuestra la existencia de una manada. Podría tratarse incluso del último ejemplar de su especie, aunque confieso que sería una desgracia para la filosofía natural que tu hermano hubiese exterminado, de una estocada, a una criatura que apenas acabamos de descubrir. —El alejandrino regresó junto a la mesa y tomó una pequeña varilla de madera que utilizaba para señalar estructuras anatómicas—. Ahora ven y ayúdame a examinar sus dientes. Dejaremos la conquista de la Galia para otra ocasión.

—¿Por qué? Los tiene completos. Tiene toda la serie de dientes de un mamífero —refunfuñó Marco. Menas volvió la cabeza con renovada curiosidad. —¿Toda la serie? Qué afirmación tan interesante. Veamos si podemos comprobarla. —Comenzó por la mandíbula superior, señalando cuidadosamente cada alvéolo y comparándolo con su correspondiente en la inferior—. Tres incisivos a cada lado, arriba y abajo. Un canino por cuadrante, considerablemente desarrollado. Cuatro premolares y tres molares por cuadrante... —El griego fue contando las piezas una por una, deteniéndose ocasionalmente para distinguir las coronas conservadas de aquellas cuya forma solamente podía deducirse por sus alvéolos. Finalmente dejó la varilla sobre la mesa—. Cuarenta y cuatro dientes, si los artífices de Tolosa han reproducido fielmente el original. Tres incisivos, un canino, cuatro premolares y tres molares en cada mitad de ambas mandíbulas. Una dentición admirablemente completa. Ahora bien, eso no significa que tenga más dientes que todos los demás mamíferos. Los cerdos adultos también pueden alcanzar ese número. Lo interesante es cómo se distribuyen y qué aspecto tienen. Estos enormes caninos habrían sido armas formidables, mientras que las superficies de los molares sugieren una capacidad considerable para aplastar y triturar.

Menas se acarició la barba, satisfecho con el recuento, aunque evidentemente decepcionado de que el resultado no revelara alguna propiedad más extraordinaria. —Los naturalistas griegos llevamos siglos intentando ordenar los animales de acuerdo con sus semejanzas. Aristóteles distinguió criaturas por su alimentación, reproducción, sangre, extremidades y dentadura, aunque sospecho que habría disfrutado muchísimo examinando este ejemplar. Fíjate en que posee el conjunto de piezas dentales que esperaríamos encontrar en ciertos cuadrúpedos, pero sus proporciones parecen llevadas a un extremo grotesco. Es como si la naturaleza hubiese tomado un jabalí, hubiese agrandado sus mandíbulas y luego le hubiese concedido los músculos necesarios para utilizar semejante herramienta. —El alejandrino volvió a inspeccionar las protuberancias laterales del cráneo—. Quizá deberíamos enviar una descripción a nuestros conocidos de Constantinopla. Estoy seguro de que alguno encontrará una explicación ingeniosa, y otro asegurará que semejante criatura demuestra alguna doctrina de Aristóteles, incluso si necesita retorcerla hasta hacerla irreconocible.

Entonces Menas dirigió nuevamente su atención hacia Marco. La observación del muchacho le había resultado mucho más precisa de lo habitual, incluso considerando su extraordinaria inteligencia. —Aunque hay algo curioso en tus palabras —comentó, sin abandonar su tono cordial—. Has dicho que posee toda la serie de dientes de un mamífero, como si conocieras de antemano una disposición general de la dentadura y hubieses reconocido aquí un ejemplo particularmente completo. Eso es bastante distinto de limitarse a observar que tiene muchos dientes. —Sonrió, apoyándose sobre la mesa—. ¿De dónde has sacado semejante clasificación, pequeño señorito? Porque, si has elaborado una manera de ordenar los animales a partir de sus dientes, me interesaría escucharla antes de que algún filósofo de Constantinopla se atribuya el descubrimiento.

—Los animales deberían ordenarse por su parentesco, no solamente por su apariencia —repuso Marco con la naturalidad de quien enuncia una verdad evidente—. Y he diseccionado cuanta bestia y alimaña, peluda y no peluda, ha pasado por mis manos. A veces la bruja piensa que me las como —añadió, sonriendo finalmente. Menas soltó una carcajada que resonó entre las paredes del taller. Conocía perfectamente las costumbres de su discípulo, aquella curiosidad casi insaciable que lo llevaba a abrir cadáveres de pequeños animales, comparar órganos, conservar huesos y formular preguntas que habrían escandalizado a los filósofos más respetables. —¡Por supuesto! Y probablemente algún día te acusarán de fabricar monstruos con los restos. Pero volvamos a esa afirmación tuya, porque acabas de introducir un problema bastante más interesante que los cuarenta y cuatro dientes de nuestro difunto cerdo. ¿Parentesco, dices? Aristóteles ya observó que muchos animales comparten características y que podemos reunirlos en grupos, pero tú pareces sugerir algo más profundo. ¿Pretendes decir que las semejanzas anatómicas revelan una ascendencia común? Eso supondría que el cerdo doméstico, el jabalí y esta descomunal criatura podrían ser ramas diferentes de una misma estirpe. ¡Una idea extraordinaria! Aunque todavía tendrías que demostrarme cómo distinguir el parentesco verdadero de una semejanza accidental.

El alejandrino examinó nuevamente el cráneo, ahora con un interés renovado. La posibilidad de reconstruir parentescos mediante la comparación de huesos, dientes y órganos le resultaba mucho más atractiva que limitarse a inventariar las criaturas conocidas. —Naturalmente, tendríamos que comenzar por reunir ejemplares, comparar sus estructuras y establecer cuáles características son constantes y cuáles varían. Incluso podríamos estudiar los embriones, aunque sospecho que tu madre no estará particularmente complacida si convertimos otra habitación de Ferrata en un depósito de animales muertos. —Se acarició la barba con expresión divertida—. Además, debemos proceder con prudencia, pequeño señorito. Que dos hombres tengan narices semejantes no demuestra que sean primos, y que dos animales tengan colmillos tampoco demuestra que compartan un abuelo. Pero admito que tu propuesta merece investigarse. Sobre todo porque, si llegamos a demostrarla, podremos irritar a una cantidad considerable de filósofos, cosa que considero uno de los placeres más refinados de la existencia intelectual.

En ese momento, la puerta se abrió discretamente y apareció Albia. La muchacha se detuvo en el umbral, hizo una reverencia y procuró no mirar demasiado tiempo la espantosa cabeza que ocupaba buena parte de la mesa. —La domina desea veros, mi señor —anunció, dirigiéndose a Marco—. Me ha enviado a buscaros. —Menas levantó inmediatamente las cejas, como si acabaran de anunciar la intervención de una autoridad mucho más formidable que cualquier criatura prehistórica. —¡Ah, la domina Valeria! Una mujer admirable, capaz de administrar una casa de centenares de personas sin necesitar diseccionar siquiera un ratón. Debo reconocer que su método resulta bastante más limpio que el nuestro. —Albia reprimió una sonrisa mientras el griego continuaba—. Dime, muchacha, ¿ha enviado a buscar exclusivamente a nuestro joven naturalista o también desea interrogar a su desdichado maestro? Porque, si la cuestión tiene que ver con los animales que hemos abierto durante las últimas semanas, deseo dejar constancia de que la mayor parte ya estaban muertos cuando llegaron a nuestras manos.

—Solamente al joven dominus —aclaró Albia, esta vez sin poder disimular del todo su diversión—. La señora me ha indicado que lo conduzca a sus aposentos. —Menas asintió solemnemente y volvió a colocar la reproducción mandibular sobre la mesa. —Entonces no debemos hacerla esperar. Las madres tienen la desagradable costumbre de considerar importantes ciertos asuntos que nosotros, los filósofos, juzgamos secundarios, como comer a las horas debidas, dormir y no llenar las habitaciones de vísceras. —Después dirigió una última mirada al cráneo y su expresión se volvió pensativa—. Yo permaneceré aquí un rato más. Quiero comparar estas piezas con los esqueletos que conservamos. Y, Marco, todavía tenemos pendiente esa conversación sobre el parentesco de los animales. No creas que una convocatoria de tu madre te librará de explicarme semejante idea.

Albia permaneció junto a la puerta, esperando para acompañar a Marco. Más allá del taller, la domus continuaba con su actividad habitual, mientras el sol de agosto iluminaba los corredores y patios de Ferrata. Menas, entretanto, ya había regresado a sus tablillas, murmurando para sí algunas palabras griegas mientras examinaba las protuberancias del cráneo. Sobre la mesa permanecía aquella reproducción imposible, testimonio de una criatura cuya existencia había despertado en Marco un temor que su maestro, pese a toda su inteligencia, todavía no alcanzaba a comprender.

De camino a los aposentos de su madre, Marco encontró a Júpiter agazapado entre dos macetas del corredor, con el vientre casi rozando las losas y la cola moviéndose lentamente de un lado a otro. El gato había descubierto un gorrión que picoteaba despreocupadamente algunas migajas junto a una columna y se preparaba para ejecutar una de sus habituales emboscadas. Sus pupilas se habían dilatado hasta convertirse en dos enormes círculos negros, y una de sus patas delanteras avanzaba con la lentitud calculada de un asesino profesional. Marco, que conocía perfectamente aquellas maniobras, soltó un silbido corto y penetrante. Júpiter levantó inmediatamente las orejas, observó al gorrión por última vez y, con evidente disgusto, abandonó su posición para seguirlo. —Gato mugroso, te he dicho que a las aves no. ¡Solamente las ratas! —lo reprendió Marco. El felino respondió con un maullido áspero, como si considerase profundamente injusta aquella distinción entre presas legítimas y prohibidas.

Flavia se encontraba bajo el pórtico, observando la escena con los brazos cruzados y una expresión de indignación que habría resultado mucho más intimidante si no hubiese sido tan pequeña. —¡No lo llames mugroso! —protestó, mirando al animal con manifiesta ternura—. Además, ¿por qué te interesan tanto las aves? Hay montones en las montañas. Si Júpiter se come una, nadie va a notarlo. —La niña parecía encontrar particularmente absurda aquella prohibición. En su opinión, los gatos estaban hechos para cazar cualquier criatura que tuviese la desgracia de ser más pequeña que ellos, y resultaba incomprensible que su hermano, capaz de tolerar ratas muertas y toda clase de animales disecados, se escandalizara por un simple gorrión. Marco suspiró ante semejante razonamiento y se inclinó para depositar un beso en la mejilla de su hermana. Entretanto, Júpiter había aprovechado la proximidad de su dueño para trepar por su túnica, instalándose finalmente sobre su hombro con la desenvoltura de un pequeño leopardo que acabara de conquistar una montaña.

Marco tomó al animal por la piel suelta de la nuca y lo entregó a Flavia, que lo recibió con una mezcla de satisfacción y reproche. —¡No debes cogerlo así! ¡Mira cómo lo tratas! —lo regañó, acomodando al gato contra su pecho—. Pobrecito Júpiter. Mi hermano es un bárbaro, ¿verdad? —Pero el supuesto pobrecito tenía opiniones bastante diferentes sobre aquel cambio de propietario. Apenas Flavia intentó estrecharlo contra sí, el animal extendió las patas delanteras y hundió las uñas en la tela de su vestido, alcanzando también la piel de su brazo. La niña dio un respingo, abrió desmesuradamente los ojos y apretó los labios para contener un quejido. Durante un instante pareció que iba a echarse a llorar, pero su orgullo de pequeña Aeciana pudo más que el dolor. No pensaba concederle a Marco la satisfacción de verla llorar por culpa de un gato al que acababa de defender apasionadamente.

Con una dignidad bastante maltrecha, Flavia apartó cuidadosamente las garras de Júpiter, aunque el animal aprovechó la operación para retorcerse entre sus brazos y emitir un maullido de protesta. La pequeña se quedó inmóvil, con los ojos ligeramente húmedos y las mejillas enrojecidas, esforzándose por recuperar la compostura. Miró a Marco con una expresión que prometía represalias si se atrevía siquiera a sonreír. —Madre te espera —declaró secamente, levantando la barbilla con toda la solemnidad de una matrona romana. Después volvió el rostro hacia Júpiter, que ya ronroneaba como si nada hubiese sucedido, y murmuró entre dientes—: Y tú eres un ingrato.

Albia, que había presenciado el incidente desde unos pasos atrás, tuvo que bajar la mirada para disimular su sonrisa. Flavia, todavía abrazada al culpable de sus sufrimientos, se apartó del paso con toda la dignidad que pudo reunir. Al otro extremo del corredor aguardaban los aposentos de Valeria Crispiana Severina, y por el movimiento de las sirvientas que entraban y salían parecía que la domina estaba ocupada en algún asunto doméstico de cierta importancia.

Valeria Crispiana Severina se encontraba de excelente humor. Había dispuesto sobre una mesa varios documentos sellados, una relación de equipajes y dos pequeños cofres que contenían parte de sus joyas. Al ver entrar a Marco, abrió los brazos con una sonrisa radiante, de esas que anunciaban una decisión tomada y contra la cual cualquier discusión sería inútil. —¡Mi pequeño filósofo! Alista tus cosas, porque mañana abandonaremos esta montaña y regresaremos a la civilización. Pasarás el invierno conmigo en Mediolanum. Tu abuelo ya ha firmado todas las autorizaciones y dispuesto lo necesario para el viaje. ¡No es maravilloso! —La matrona estaba tan complacida que apenas podía contener su entusiasmo. Después de tantos meses entre montañas, herrerías, campesinos y administradores, volvería a disfrutar de los baños, las recepciones, las amistades aristocráticas y los pequeños placeres de una ciudad donde su apellido todavía abría las mejores puertas.

—¿Y Albia? —La pregunta habría podido interpretarse como una insolencia, especialmente viniendo de un hijo que acababa de recibir una noticia tan agradable. Valeria levantó ligeramente las cejas. En otras circunstancias habría aprovechado para pronunciar un discurso acerca de las diferencias entre los afectos juveniles y las obligaciones de un aristócrata. Pero aquella tarde se encontraba demasiado satisfecha, y además llevaba algún tiempo considerando con una indulgencia creciente los vínculos que sus hijos habían establecido en Ferrata. Lucio seguía una carrera militar que lo mantendría lejos durante largos períodos; Juliano también parecía destinado a pasar más tiempo entre armas, caballos y cortes extranjeras que junto a su madre. Hasta Marco acabaría abandonando algún día la protección doméstica. La posibilidad de que la casa volviese a llenarse de niños, aunque alguno llegase por caminos menos respetables que los matrimoniales, ya no le parecía una desgracia particularmente terrible. Una matrona de su posición podía encontrar acomodo para casi cualquier complicación familiar, siempre que se manejara con discreción. —¿Ah, sí? —respondió finalmente, con una sonrisa demasiado significativa—. Bueno, querido, dile que prepare también sus cosas. Una muchacha diligente siempre resulta útil durante los viajes.

Marco conocía perfectamente aquella expresión. Era la misma sonrisa con la que Valeria examinaba posibles matrimonios, interpretaba afectos que nadie había confesado y organizaba mentalmente el porvenir de sus descendientes. Le resultaba particularmente irritante que su madre pareciese haber decidido algo acerca de Albia sin molestarse en preguntarle. Por otra parte, dejar a la muchacha en Ferrata, al alcance de la Bruja y de sus imprevisibles intereses, tampoco era una perspectiva tranquilizadora. En ese momento apareció Flavia, todavía con el pequeño arañazo en el brazo y una expresión de triunfo que anunciaba su conocimiento previo de la noticia. —¡Madre! ¿Ya se lo dijiste? ¿Vamos a bajar? —¡Sí, mi amor! —exclamó Valeria, atrayéndola hacia sí para besarle la frente—. Y esta vez nos quedaremos hasta el comienzo de la primavera. Tendrás vestidos nuevos, volveremos a visitar a nuestras amistades y, si te comportas como una señorita, podrás acompañarme a algunas recepciones. —¡Pero yo siempre me comporto como una señorita! —protestó Flavia, indignada. Valeria rio y le acomodó un mechón de cabello—. Naturalmente, mi pequeña serpiente. Una señorita de extraordinario carácter.

Marco volvió la mirada hacia una de las ventanas, desde donde podía distinguirse la torre de su abuelo, levantada sobre las dependencias más antiguas de la propiedad. La noticia del viaje adquiría una dimensión diferente al pensar en aquel hombre que había sobrevivido a emperadores, invasiones y guerras suficientes para llenar una biblioteca. —¿El abuelo se quedará solo durante las Saturnales? —preguntó. La sonrisa de Valeria se atenuó. —Tu abuelo nunca está verdaderamente solo, cariño. Tiene sus servidores, sus veteranos, sus administradores y una cantidad insoportable de hombres que vienen a pedirle favores. Pero eso no significa que tenga compañía de la que realmente importa. —Se acercó a la ventana y contempló también la torre—. Le he propuesto que nos acompañe a Mediolanum. Dice que todavía tiene asuntos pendientes aquí y que las fiestas son una pérdida de tiempo. ¡Como si alguna vez hubiese necesitado una festividad para beber vino y discutir de política! —Suspiró, entre divertida y resignada—. Quizá tú puedas convencerlo. A mí lleva veinte años respondiéndome que ya está demasiado viejo para cambiar de costumbres.

Flavia frunció el ceño, considerando aquello casi una ofensa personal. —¡Pero las Saturnales son para estar en familia! —declaró con la seguridad de quien acaba de descubrir una ley universal. Valeria le acarició la mejilla y volvió sus ojos verdes hacia Marco. —Exactamente, querida. Y por una vez tu hermana tiene toda la razón. Quizá nuestro pequeño filósofo pueda recordárselo al hombre más obstinado de todo el Imperio romano.

Aquella noche, poco antes de la hora de dormir, Marco se presentó en las estancias de su abuelo. Flavio Aecio se encontraba sentado junto a una lámpara de aceite, examinando varias tablillas de correspondencia mientras un esclavo terminaba de retirar los restos de una cena frugal. El viejo patricio llevaba una túnica sencilla y tenía los pies apoyados sobre un pequeño escabel. A sus setenta y tantos años conservaba aquella presencia intimidante que había hecho temblar a generales, reyes y emperadores, aunque últimamente parecía encontrar más satisfacción en administrar sus propiedades que en decidir el destino del Imperio. —¿Qué deseas a estas horas, muchacho? —preguntó sin levantar inmediatamente la vista. Marco se aproximó y depositó un códice cuidadosamente encuadernado sobre la mesa. —Toma. —Aecio lo examinó con curiosidad—. ¿Qué es esto? —Instrucciones para fabricar porcelana. Es un material blanco, duro y delicado, del que apenas disponemos aquí. Mi intención es ofrecerlas a uno de tus clientes más poderosos: los Daciano.

Aecio soltó una carcajada tan espontánea que tuvo que apartar las tablillas para evitar derribarlas. —¿Los Daciano? ¡Por Hércules, muchacho! Esos hombres son poco más que matones enriquecidos. Su abuelo habría considerado un honor que lo invitaran a comer en las cocinas de esta casa. —Precisamente —repuso Marco—. Por eso utilizarán la riqueza que produzca este material para intentar hacerse con un nombre más respetable. Pero, según he escuchado de tu propia boca, son hombres de fiar cuando se trata de cumplir acuerdos. Quiero hacer un trato con ellos. —La diversión del anciano se transformó lentamente en curiosidad. Tomó el códice, hojeó algunas páginas y descubrió dibujos de hornos, recipientes, mezclas minerales y procedimientos que no comprendía del todo. Había temperaturas, proporciones y advertencias acerca de la pureza de las materias primas. Aquello no parecía uno de los pasatiempos habituales de su nieto, sino un proyecto de manufactura cuidadosamente elaborado.

—Qué interesante —murmuró Aecio, dejando el códice abierto—. Ni siquiera tus dos hermanos conocen la existencia de los Daciano. Lucio sabe bastante de ejércitos y Juliano comienza a comprender los asuntos de los reyes, pero ninguno podría decirme quiénes son esos hombres. ¿Cómo es que tú los conoces? —Porque te he espiado algunas veces. También he leído algunas cartas que Leoncio deja en sus aposentos. —El anciano dejó de sonreír. Levantó lentamente la mirada, observando al muchacho como si acabara de descubrir una pieza inesperada sobre el tablero de latrunculi. —¿Has espiado mi correspondencia? —Personalmente. La verdad, creo que me dejas demasiado tiempo libre. Todos piensan que me dedico a hacer travesuras triviales. —No tan triviales, al parecer —repuso Aecio, levantando una ceja. Durante algunos segundos permaneció en silencio, antes de soltar una risa breve y seca—. ¡Extraordinario! He pasado medio siglo procurando que los espías de los emperadores no descubran mis asuntos, y resulta que uno de los míos duerme bajo mi propio techo, come de mi mesa y probablemente todavía recibe dulces de su madre.

El viejo general se reclinó en su asiento. Aunque semejante confesión habría bastado para despedir a un secretario o castigar severamente a un servidor, había algo deliciosamente irónico en descubrir que su propio nieto había conseguido burlar las precauciones domésticas. —Leoncio va a escuchar unas cuantas cosas mañana. Un hombre que deja correspondencia sensible al alcance de un niño no merece administrar ni las cuentas de un gallinero. Y tú, pequeño bribón, tendrás que aprender que existe una diferencia considerable entre la curiosidad y la indiscreción. —Volvió a mirar el códice—. Pero debo concederte algo: has comprendido perfectamente la naturaleza de los Daciano. Tienen dinero, ambición y una necesidad desesperada de respetabilidad. Son hombres que comprenden el valor de una palabra empeñada porque saben que, sin ella, ningún aristócrata respetable volvería a negociar con ellos. Y una manufactura de lujo, si resulta tan extraordinaria como afirmas, podría abrirles puertas que ni siquiera sus fortunas han conseguido franquear.

—Entonces, ¿tengo tu bendición, abuelo? —Aecio acarició pensativamente el borde del códice. —Tienes mi autorización para presentarles una propuesta, pero no para entregarles estas instrucciones sin condiciones. Los Daciano son honrados en los tratos porque saben exactamente cuánto les costaría dejar de serlo. No confundas eso con generosidad. —Cerró el volumen y lo sostuvo entre ambas manos—. Te proporcionaré una carta de presentación y haré que Leoncio prepare un encuentro formal. Pero el códice permanecerá bajo mi custodia hasta que exista un acuerdo escrito, con obligaciones recíprocas, garantías y testigos. Si el procedimiento funciona, tendrán que pagarte por su explotación y asumir el coste de los hornos, los artesanos y los materiales. No quiero que mi nieto termine regalando una fortuna a unos comerciantes simplemente porque le resulta divertido inventar cosas.

Aecio contempló al muchacho con una sonrisa apenas disimulada. —Ahora bien, hay algo que todavía no me has explicado. Has elegido a los Daciano con demasiada precisión para alguien que supuestamente solo desea fabricar vajillas blancas. Podrías haber acudido a mí, a tu madre o a cualquiera de nuestros administradores. Sin embargo, has escogido precisamente a una familia que necesita prestigio y sabe convertir una oportunidad en dinero. —El anciano apoyó el códice sobre sus rodillas—. Dime, Marco, ¿qué pretendes obtener de ellos? Porque comienzo a sospechar que la porcelana es solamente aquello que piensas poner sobre la mesa, no aquello que realmente deseas conseguir.

—Préstamos públicos cuando inicie mi carrera política —respondió Marco con una tranquilidad que desconcertó al anciano—. Un político efectivo debe estar financiado por agentes poderosos, ricos, pero no del todo santos. Eso me proporcionará ciertos niveles de respaldo y oposición naturales. A ojos del mundo, solamente seré un pequeño niño de papá con acceso a crédito ilimitado, pero sometido a las presiones de los Daciano. Cuando, en realidad, será exactamente al revés. —Aecio dejó de acariciarse la barba y contempló a su nieto con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y una diversión creciente—. ¿Y por qué exactamente al revés? —Porque la porcelana es lo más trivial que necesitaré que hagan por mí. —Marco extrajo entonces de entre sus pertenencias un pequeño pocillo blanco y lo depositó sobre la mesa—. Lo fabriqué esta mañana con Menas. Esto es un cebo.

El viejo patricio tomó el recipiente entre sus dedos y lo acercó a la lámpara. Su primera impresión fue que se trataba de una pieza de marfil extraordinariamente bien pulida, pero al girarla descubrió una superficie lisa, vitrificada, de un blanco uniforme que ningún alfarero italiano habría conseguido mediante los procedimientos habituales. Golpeó suavemente el borde con una uña y escuchó un sonido limpio y agudo, casi metálico. Después lo sostuvo frente a la llama y observó cómo la luz atravesaba tenuemente las paredes más delgadas. —¡Por los huesos de Escipión! —murmuró—. Esto no es cerámica ordinaria. —Se levantó para buscar una pequeña copa de plata, colocándola junto al pocillo y comparando ambos objetos—. No necesita incrustaciones, piedras preciosas ni adornos. Es hermoso precisamente porque parece imposible fabricar algo semejante. Los senadores pagarían fortunas por una vajilla de este material, especialmente si sus vecinos no pudieran conseguir otra igual. —El anciano sonrió con creciente malicia—. Y los Daciano, que llevan dos generaciones intentando demostrar que son algo más que ricos carniceros, se apresurarían a presentarse como proveedores de semejante maravilla.

Aecio volvió a sentarse, aunque esta vez dejó las tablillas administrativas a un lado. La conversación había adquirido un interés considerablemente mayor que el previsto. —Ahora comprendo por qué los has elegido. Si ofrecieras este procedimiento a nuestra familia, produciríamos porcelana, ganaríamos dinero y nuestros administradores encontrarían alguna manera de discutir durante años sobre los gastos de combustible. Pero los Daciano necesitan algo que nosotros ya poseemos: respetabilidad. Podrán regalar estas piezas a obispos, prefectos, esposas de senadores y quizá hasta al emperador. Sus nombres aparecerán asociados al lujo, al refinamiento y a la generosidad, en lugar de a los matones que emplearon sus abuelos para cobrar deudas. —Soltó una carcajada—. ¡Magnífico! Y ellos creerán que han comprado un secreto industrial a un pequeño aristócrata demasiado entretenido con sus experimentos para comprender su verdadero valor. —Sin embargo, el humor abandonó parcialmente su rostro—. Hay algo que debes aprender antes de jugar con semejantes hombres. Un acreedor no es un criado, y el dinero prestado puede convertirse en una cadena más resistente que el hierro. Si pretendes invertir esa relación, necesitarás conservar algo que ellos no puedan comprar, copiar ni arrebatarte.

El patricio observó nuevamente a Marco. Había conocido jóvenes ambiciosos durante toda su vida: oficiales que soñaban con legiones, senadores que deseaban consulados y príncipes dispuestos a asesinar a sus hermanos por una corona. Lucio pertenecía claramente al mundo de las armas; Juliano había comenzado a desenvolverse entre los reyes con una habilidad que sorprendía incluso a Teodorico. Pero Marco acababa de presentarle una ambición de naturaleza diferente. No solicitaba tierras, cargos ni soldados. Pretendía construir una dependencia económica que algún día pudiera transformarse en poder político, utilizando a hombres cuya reputación dudosa serviría, paradójicamente, para ocultar la verdadera relación entre las partes. —¡Ja, ja, ja! —Aecio terminó riendo abiertamente—. ¡Por todos los santos, qué familia me ha tocado criar! Uno quiere conquistar medio mundo con la espada, otro parece dispuesto a convertirse en rey de los godos sin proponérselo, y el tercero pretende comprar a sus futuros acreedores antes de que tengan ocasión de prestarle una sola moneda. Tu madre va a matarme cuando descubra que, en lugar de corregir tus travesuras, estoy ayudándote a perfeccionarlas.

Finalmente dejó el pocillo junto al códice y se inclinó hacia adelante. —Tendrás mi bendición, Marco, pero también mis condiciones. No entregarás el procedimiento completo antes de establecer obligaciones verificables. Los Daciano financiarán las instalaciones, buscarán los materiales y correrán con los gastos de producción. Tú conservarás una participación y el derecho a supervisar la calidad. Quiero además una cláusula que impida que utilicen la deuda para reclamar derechos sobre las propiedades de nuestra familia. —El anciano hizo una pausa y una sonrisa feroz, muy semejante a la que debió mostrar ante sus enemigos en los campos de batalla, apareció en su rostro—. Y habrá una segunda condición: quiero estar presente cuando negocies con ellos. No para hablar en tu nombre, sino para contemplar sus caras cuando descubran qué clase de criatura ha salido de mi propia sangre. —Tomó el pocillo una vez más, examinándolo con visible satisfacción—. Aunque confieso que hay algo que me interesa mucho más que la porcelana. Has dicho que esta manufactura será lo más trivial que necesitarás de los Daciano. Entonces dime, nieto mío: ¿qué clase de servicios consideras verdaderamente importantes para un futuro político?

 

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