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Marco contemplaba el enorme cráneo que
descansaba sobre la mesa, acompañado de las reproducciones en yeso de los
huesos que Teodorico II había enviado desde Tolosa como obsequio a su abuelo.
La mandíbula alargada, los colmillos desproporcionados y las extrañas
protuberancias óseas que sobresalían a ambos lados de la cabeza conferían a la
criatura un aspecto monstruoso, casi grotesco. Pero no era su ferocidad lo que
había perturbado al muchacho. Menas, que lo conocía desde pequeño y había
presenciado sus reacciones ante toda clase de experimentos, enfermedades y
descubrimientos, advirtió algo que jamás había visto en él: miedo auténtico.
Marco permanecía completamente inmóvil, con los ojos fijos en aquella dentadura
formidable y el rostro progresivamente desprovisto de color. No dijo una sola
palabra.
—Tu hermano ha matado algo que pertenece, casi
sin duda, a la familia de los cerdos —comentó Menas, examinando el cráneo con
el entusiasmo de un naturalista ante una especie desconocida—. ¡Pero qué
ejemplar tan prodigioso! Observa estos colmillos, la anchura de las mandíbulas
y la disposición de los molares. No me sorprendería que el jabalí de Erimanto y
aquel otro de Calidón, del que tanto hablaban nuestros poetas, pertenecieran a
esta misma estirpe. ¡Por Asclepio! Ahora comprendo por qué fueron necesarias
tantas lanzas y tantos héroes para abatir semejantes animales. Aunque debo
admitir que los poetas seguramente añadieron algunas exageraciones. Es una de
las pocas profesiones en las que se recompensa a los hombres por mentir con
elegancia.
El alejandrino se inclinó sobre la mesa, tomó
unas tablillas de cera y comenzó a realizar anotaciones acerca de las
proporciones del animal. Su curiosidad científica había desplazado cualquier
otra preocupación. La cabeza parecía corresponder a un cuadrúpedo de
dimensiones extraordinarias, posiblemente mucho mayor que los jabalíes de los
bosques italianos. La disposición de sus dientes sugería una alimentación
variada, y las superficies de inserción muscular indicaban una fuerza
mandibular considerable. —Una criatura formidable —prosiguió—. Capaz de
desgarrar carne, triturar huesos y probablemente alimentarse también de raíces
y frutos. ¡Un cerdo que habría hecho retroceder a un león! Tu hermano debe de
poseer un valor extraordinario o una imprudencia todavía mayor. Conociendo a
Juliano, no me atrevería a decidir cuál de ambas cualidades lo llevó a
enfrentarse con semejante monstruo.
Menas se interrumpió al advertir que Marco no
había reaccionado siquiera a aquella última ironía. Dejó las tablillas sobre la
mesa y lo estudió con creciente atención. No parecía simplemente impresionado
por las dimensiones de la bestia. Había visto al muchacho examinar cadáveres,
heridas espantosas y sustancias peligrosas con una tranquilidad que habría
resultado impropia incluso de un médico experimentado. Pero ahora sus ojos
mostraban un temor que Menas no lograba relacionar con aquella inofensiva reproducción
de yeso. El griego volvió a mirar el cráneo, preguntándose qué detalle se le
habría escapado.
—Marco... —dijo finalmente, abandonando su
tono jocoso—. ¿Qué ocurre? Has pasado de la curiosidad al espanto sin que esta
criatura haya hecho otra cosa que mostrarnos sus dientes. Y lleva bastante
tiempo muerta para que debamos preocuparnos por ellos. —Se acercó un poco,
observando el rostro del muchacho—. ¿Has reconocido algo que yo no he visto?
Marco suspiró profundamente sin apartar los
ojos del cráneo. Su mente repasaba las anomalías y desviaciones históricas que
había descubierto desde su llegada a aquel mundo. Una cosa era que Flavio Aecio
continuara vivo cuando, según todos sus recuerdos, debería haber muerto
asesinado por Valentiniano III hacía más de diez años. Aquello podía atribuirse
a una alteración de los acontecimientos, a una sucesión de decisiones
diferentes que habían modificado el curso de la historia. Pero otra cosa muy
distinta era que un entelodóntido, una familia de mamíferos extinguida millones
de años antes de la aparición del hombre, estuviera vivo y campando por los
bosques de la Galia. Aquello no era una desviación histórica, sino una anomalía
biológica de proporciones monstruosas. «Esto es absurdo. No puede ser un simple
superviviente. ¿Cuántos millones de años lleva extinta esta familia? Y, sobre
todo, ¿qué demonios puedo inventarle al alejandrino? Menas no es ningún
imbécil. Si le digo que reconozco este animal, querrá saber dónde lo he visto.
Si le explico que está extinguido, querrá saber cómo puedo estar seguro. Y si
le cuento la verdad...». La última posibilidad le provocó una inquietud todavía
mayor que la propia osamenta.
En aquel momento, una tenue luminosidad
azulada apareció en su campo visual. No procedía del taller ni de las ventanas:
era la interfaz de la inteligencia artificial que acompañaba sus pensamientos,
invisible para todos excepto para él. Una pequeña notificación se desplegó
sobre el cráneo, siguiendo sus contornos incluso cuando movía ligeramente los
ojos. El sistema había reconocido una estructura anatómica susceptible de
análisis y ofrecía una función que Marco apenas había utilizado hasta entonces:
Descripción anatómica completa. El muchacho observó la notificación durante
unos instantes y asintió mentalmente. «Describe», pensó. Inmediatamente, la
interfaz respondió con una sucesión de símbolos, líneas geométricas y
caracteres que comenzaron a organizarse alrededor de la reproducción.
Interfaz de análisis bioanatómico
Procesando
<<MODO: DESCRIPCIÓN ANATÓMICA
COMPLETA>>
<<OBJETO: REPRODUCCIÓN OSTEOLÓGICA EN YESO>>
<<REGIÓN: CRÁNEO Y ELEMENTOS POSTCRANEALES>>
<<TAXÓN PROBABLE: ENTELODONTIDAE>>
<<ANÁLISIS MORFOMÉTRICO: INICIADO>>
<<EVALUACIÓN DE INTEGRIDAD ANATÓMICA: EN CURSO>>
<<ADVERTENCIA: EL MATERIAL EXAMINADO NO ES TEJIDO ÓSEO ORIGINAL>>
Reconstrucción anatómica preliminar · Identificación pendiente
Menas, por supuesto, no podía ver nada de
aquello. Para el alejandrino, Marco seguía contemplando la osamenta con una
concentración inquietante, aunque su expresión comenzaba a transformarse. El
naturalista se acercó nuevamente a la mesa y pasó los dedos por una de las
prominencias laterales del cráneo. —Esas protuberancias son extraordinarias
—comentó, procurando recuperar el tono habitual de sus lecciones—. No parecen
haber sostenido cuernos. Sospecho que servían de apoyo a músculos poderosos o
protegían alguna región de la cabeza. Y observa las muelas: poseen superficies
capaces de aplastar materiales muy resistentes. Si la osamenta está reproducida
correctamente, tenemos ante nosotros un animal con una dentadura prácticamente
completa. Cuarenta y cuatro dientes, salvo error en mi recuento. ¡Un verdadero
prodigio! —Se volvió hacia su discípulo, pero no obtuvo la reacción que
esperaba—. Muchacho, ¿me estás escuchando? Porque empiezo a sospechar que esa
bestia te interesa por motivos que nada tienen que ver con su dentadura.
Entretanto, la inteligencia artificial había
comenzado a superponer sobre el yeso una reconstrucción tridimensional de los
músculos mandibulares, las cavidades nasales y las inserciones óseas. Los
contornos translúcidos permitían imaginar la cabeza del animal en vida, aunque
varias regiones aparecían señaladas como inciertas debido a la ausencia de
tejidos originales. Junto a la imagen surgió una escala temporal que se
extendía hacia un pasado de decenas de millones de años. El sistema marcó una
región correspondiente al Paleógeno y después trazó una línea hasta la fecha
actual. Entre ambos extremos apareció una advertencia que parpadeó dos veces.
Incongruencia cronobiológica
<<REGISTRO BIOLÓGICO DE REFERENCIA:
TAXÓN EXTINTO>>
<<INTERVALO GEOLÓGICO: EOCENO–MIOCENO TEMPRANO>>
<<COEXISTENCIA NATURAL CON HUMANOS: NO DOCUMENTADA>>
<<HIPÓTESIS DE IDENTIFICACIÓN: EN EVALUACIÓN>>
<<DATOS INSUFICIENTES PARA DETERMINAR PROCEDENCIA>>
<<CARGANDO DESCRIPCIÓN ANATÓMICA DETALLADA...>>
Menas aguardaba una respuesta mientras Marco
tenía ante sí dos enigmas diferentes: la explicación que debía ofrecerle a su
maestro y la información que aquel instrumento del futuro estaba comenzando a
revelar sobre una criatura que jamás debería haber existido en el siglo V.
—Me comió la lengua un cerdo —repuso Marco,
dejándose caer sobre una silla con una expresión que Menas no supo interpretar
del todo—. Dices que mi hermano pudo matarlo, ¿con armas de bárbaros? —El
alejandrino levantó inmediatamente un dedo, adoptando aquella expresión severa
que reservaba para las ocasiones en que alguno de sus discípulos confundía los
prejuicios con el razonamiento. —¡Marco! ¿Otra vez con esas tonterías? Ya sé
que nuestros aceros son superiores a muchos de los que se fabrican fuera de Italia,
pero el valor y la habilidad a veces resultan mucho más determinantes que la
calidad de una espada. Los godos llevan generaciones combatiendo a caballo,
conocen perfectamente el uso de lanzas, espadas y arcos, y algunos de sus
guerreros podrían enseñarle bastante a más de un oficial romano. Tu hermano es
un muchacho extraordinariamente fuerte y valeroso, pero no olvides que también
ha recibido entrenamiento de hombres que conocen su oficio. Además, semejante
criatura puede resultar formidable sin ser invulnerable. Tiene ojos, arterias,
tendones y órganos vitales, igual que cualquier otra bestia. Hasta el león más
poderoso termina muriendo si una lanza le atraviesa el corazón. —Menas volvió a
contemplar el cráneo y añadió, con una sonrisa maliciosa—: Aunque debo
reconocer que me habría gustado presenciar el combate. Sospecho que Juliano
habrá encontrado la manera de convertirlo en una hazaña digna de Heracles antes
de que termine el invierno.
Marco se levantó de la silla, todavía
perturbado por las implicaciones de aquel descubrimiento. —Deberíamos buscar
más. Una población debe estar oculta en alguna parte. Donde hay uno, hay otros.
—Menas dejó escapar una carcajada y, acercándose al muchacho, le alborotó
cariñosamente el cabello con una mano. —¡Por todos los dioses, pequeño
señorito! Todavía no eres señor de la Galia. No puedes enviar a tres cohortes a
registrar los bosques cada vez que encuentras una criatura interesante. Además,
no sabemos si este animal nació allí, si fue llevado desde alguna región lejana
o si pertenece a una población que los habitantes del lugar conocen
perfectamente. Una sola bestia no demuestra la existencia de una manada. Podría
tratarse incluso del último ejemplar de su especie, aunque confieso que sería
una desgracia para la filosofía natural que tu hermano hubiese exterminado, de
una estocada, a una criatura que apenas acabamos de descubrir. —El alejandrino
regresó junto a la mesa y tomó una pequeña varilla de madera que utilizaba para
señalar estructuras anatómicas—. Ahora ven y ayúdame a examinar sus dientes.
Dejaremos la conquista de la Galia para otra ocasión.
—¿Por qué? Los tiene completos. Tiene toda la
serie de dientes de un mamífero —refunfuñó Marco. Menas volvió la cabeza con
renovada curiosidad. —¿Toda la serie? Qué afirmación tan interesante. Veamos si
podemos comprobarla. —Comenzó por la mandíbula superior, señalando
cuidadosamente cada alvéolo y comparándolo con su correspondiente en la
inferior—. Tres incisivos a cada lado, arriba y abajo. Un canino por cuadrante,
considerablemente desarrollado. Cuatro premolares y tres molares por
cuadrante... —El griego fue contando las piezas una por una, deteniéndose
ocasionalmente para distinguir las coronas conservadas de aquellas cuya forma
solamente podía deducirse por sus alvéolos. Finalmente dejó la varilla sobre la
mesa—. Cuarenta y cuatro dientes, si los artífices de Tolosa han reproducido
fielmente el original. Tres incisivos, un canino, cuatro premolares y tres
molares en cada mitad de ambas mandíbulas. Una dentición admirablemente
completa. Ahora bien, eso no significa que tenga más dientes que todos los demás
mamíferos. Los cerdos adultos también pueden alcanzar ese número. Lo
interesante es cómo se distribuyen y qué aspecto tienen. Estos enormes caninos
habrían sido armas formidables, mientras que las superficies de los molares
sugieren una capacidad considerable para aplastar y triturar.
Menas se acarició la barba, satisfecho con el
recuento, aunque evidentemente decepcionado de que el resultado no revelara
alguna propiedad más extraordinaria. —Los naturalistas griegos llevamos siglos
intentando ordenar los animales de acuerdo con sus semejanzas. Aristóteles
distinguió criaturas por su alimentación, reproducción, sangre, extremidades y
dentadura, aunque sospecho que habría disfrutado muchísimo examinando este
ejemplar. Fíjate en que posee el conjunto de piezas dentales que esperaríamos encontrar
en ciertos cuadrúpedos, pero sus proporciones parecen llevadas a un extremo
grotesco. Es como si la naturaleza hubiese tomado un jabalí, hubiese agrandado
sus mandíbulas y luego le hubiese concedido los músculos necesarios para
utilizar semejante herramienta. —El alejandrino volvió a inspeccionar las
protuberancias laterales del cráneo—. Quizá deberíamos enviar una descripción a
nuestros conocidos de Constantinopla. Estoy seguro de que alguno encontrará una
explicación ingeniosa, y otro asegurará que semejante criatura demuestra alguna
doctrina de Aristóteles, incluso si necesita retorcerla hasta hacerla
irreconocible.
Entonces Menas dirigió nuevamente su atención
hacia Marco. La observación del muchacho le había resultado mucho más precisa
de lo habitual, incluso considerando su extraordinaria inteligencia. —Aunque
hay algo curioso en tus palabras —comentó, sin abandonar su tono cordial—. Has
dicho que posee toda la serie de dientes de un mamífero, como si conocieras de
antemano una disposición general de la dentadura y hubieses reconocido aquí un
ejemplo particularmente completo. Eso es bastante distinto de limitarse a observar
que tiene muchos dientes. —Sonrió, apoyándose sobre la mesa—. ¿De dónde has
sacado semejante clasificación, pequeño señorito? Porque, si has elaborado una
manera de ordenar los animales a partir de sus dientes, me interesaría
escucharla antes de que algún filósofo de Constantinopla se atribuya el
descubrimiento.
—Los animales deberían ordenarse por su
parentesco, no solamente por su apariencia —repuso Marco con la naturalidad de
quien enuncia una verdad evidente—. Y he diseccionado cuanta bestia y alimaña,
peluda y no peluda, ha pasado por mis manos. A veces la bruja piensa que me las
como —añadió, sonriendo finalmente. Menas soltó una carcajada que resonó entre
las paredes del taller. Conocía perfectamente las costumbres de su discípulo,
aquella curiosidad casi insaciable que lo llevaba a abrir cadáveres de pequeños
animales, comparar órganos, conservar huesos y formular preguntas que habrían
escandalizado a los filósofos más respetables. —¡Por supuesto! Y probablemente algún
día te acusarán de fabricar monstruos con los restos. Pero volvamos a esa
afirmación tuya, porque acabas de introducir un problema bastante más
interesante que los cuarenta y cuatro dientes de nuestro difunto cerdo.
¿Parentesco, dices? Aristóteles ya observó que muchos animales comparten
características y que podemos reunirlos en grupos, pero tú pareces sugerir algo
más profundo. ¿Pretendes decir que las semejanzas anatómicas revelan una
ascendencia común? Eso supondría que el cerdo doméstico, el jabalí y esta
descomunal criatura podrían ser ramas diferentes de una misma estirpe. ¡Una
idea extraordinaria! Aunque todavía tendrías que demostrarme cómo distinguir el
parentesco verdadero de una semejanza accidental.
El alejandrino examinó nuevamente el cráneo,
ahora con un interés renovado. La posibilidad de reconstruir parentescos
mediante la comparación de huesos, dientes y órganos le resultaba mucho más
atractiva que limitarse a inventariar las criaturas conocidas. —Naturalmente,
tendríamos que comenzar por reunir ejemplares, comparar sus estructuras y
establecer cuáles características son constantes y cuáles varían. Incluso
podríamos estudiar los embriones, aunque sospecho que tu madre no estará
particularmente complacida si convertimos otra habitación de Ferrata en un
depósito de animales muertos. —Se acarició la barba con expresión divertida—.
Además, debemos proceder con prudencia, pequeño señorito. Que dos hombres
tengan narices semejantes no demuestra que sean primos, y que dos animales
tengan colmillos tampoco demuestra que compartan un abuelo. Pero admito que tu
propuesta merece investigarse. Sobre todo porque, si llegamos a demostrarla,
podremos irritar a una cantidad considerable de filósofos, cosa que considero
uno de los placeres más refinados de la existencia intelectual.
En ese momento, la puerta se abrió
discretamente y apareció Albia. La muchacha se detuvo en el umbral, hizo una
reverencia y procuró no mirar demasiado tiempo la espantosa cabeza que ocupaba
buena parte de la mesa. —La domina desea veros, mi señor —anunció, dirigiéndose
a Marco—. Me ha enviado a buscaros. —Menas levantó inmediatamente las cejas,
como si acabaran de anunciar la intervención de una autoridad mucho más
formidable que cualquier criatura prehistórica. —¡Ah, la domina Valeria! Una
mujer admirable, capaz de administrar una casa de centenares de personas sin
necesitar diseccionar siquiera un ratón. Debo reconocer que su método resulta
bastante más limpio que el nuestro. —Albia reprimió una sonrisa mientras el
griego continuaba—. Dime, muchacha, ¿ha enviado a buscar exclusivamente a
nuestro joven naturalista o también desea interrogar a su desdichado maestro?
Porque, si la cuestión tiene que ver con los animales que hemos abierto durante
las últimas semanas, deseo dejar constancia de que la mayor parte ya estaban
muertos cuando llegaron a nuestras manos.
—Solamente al joven dominus —aclaró Albia,
esta vez sin poder disimular del todo su diversión—. La señora me ha indicado
que lo conduzca a sus aposentos. —Menas asintió solemnemente y volvió a colocar
la reproducción mandibular sobre la mesa. —Entonces no debemos hacerla esperar.
Las madres tienen la desagradable costumbre de considerar importantes ciertos
asuntos que nosotros, los filósofos, juzgamos secundarios, como comer a las
horas debidas, dormir y no llenar las habitaciones de vísceras. —Después dirigió
una última mirada al cráneo y su expresión se volvió pensativa—. Yo permaneceré
aquí un rato más. Quiero comparar estas piezas con los esqueletos que
conservamos. Y, Marco, todavía tenemos pendiente esa conversación sobre el
parentesco de los animales. No creas que una convocatoria de tu madre te
librará de explicarme semejante idea.
Albia permaneció junto a la puerta, esperando
para acompañar a Marco. Más allá del taller, la domus continuaba con su
actividad habitual, mientras el sol de agosto iluminaba los corredores y patios
de Ferrata. Menas, entretanto, ya había regresado a sus tablillas, murmurando
para sí algunas palabras griegas mientras examinaba las protuberancias del
cráneo. Sobre la mesa permanecía aquella reproducción imposible, testimonio de
una criatura cuya existencia había despertado en Marco un temor que su maestro,
pese a toda su inteligencia, todavía no alcanzaba a comprender.
De camino a los aposentos de su madre, Marco encontró
a Júpiter agazapado entre dos macetas del corredor, con el vientre casi rozando
las losas y la cola moviéndose lentamente de un lado a otro. El gato había
descubierto un gorrión que picoteaba despreocupadamente algunas migajas junto a
una columna y se preparaba para ejecutar una de sus habituales emboscadas. Sus
pupilas se habían dilatado hasta convertirse en dos enormes círculos negros, y
una de sus patas delanteras avanzaba con la lentitud calculada de un asesino
profesional. Marco, que conocía perfectamente aquellas maniobras, soltó un
silbido corto y penetrante. Júpiter levantó inmediatamente las orejas, observó
al gorrión por última vez y, con evidente disgusto, abandonó su posición para
seguirlo. —Gato mugroso, te he dicho que a las aves no. ¡Solamente las ratas!
—lo reprendió Marco. El felino respondió con un maullido áspero, como si
considerase profundamente injusta aquella distinción entre presas legítimas y
prohibidas.
Flavia se encontraba bajo el pórtico,
observando la escena con los brazos cruzados y una expresión de indignación que
habría resultado mucho más intimidante si no hubiese sido tan pequeña. —¡No lo
llames mugroso! —protestó, mirando al animal con manifiesta ternura—. Además,
¿por qué te interesan tanto las aves? Hay montones en las montañas. Si Júpiter
se come una, nadie va a notarlo. —La niña parecía encontrar particularmente
absurda aquella prohibición. En su opinión, los gatos estaban hechos para cazar
cualquier criatura que tuviese la desgracia de ser más pequeña que ellos, y
resultaba incomprensible que su hermano, capaz de tolerar ratas muertas y toda
clase de animales disecados, se escandalizara por un simple gorrión. Marco
suspiró ante semejante razonamiento y se inclinó para depositar un beso en la
mejilla de su hermana. Entretanto, Júpiter había aprovechado la proximidad de
su dueño para trepar por su túnica, instalándose finalmente sobre su hombro con
la desenvoltura de un pequeño leopardo que acabara de conquistar una montaña.
Marco tomó al animal por la piel suelta de la
nuca y lo entregó a Flavia, que lo recibió con una mezcla de satisfacción y
reproche. —¡No debes cogerlo así! ¡Mira cómo lo tratas! —lo regañó, acomodando
al gato contra su pecho—. Pobrecito Júpiter. Mi hermano es un bárbaro, ¿verdad?
—Pero el supuesto pobrecito tenía opiniones bastante diferentes sobre aquel
cambio de propietario. Apenas Flavia intentó estrecharlo contra sí, el animal
extendió las patas delanteras y hundió las uñas en la tela de su vestido, alcanzando
también la piel de su brazo. La niña dio un respingo, abrió desmesuradamente
los ojos y apretó los labios para contener un quejido. Durante un instante
pareció que iba a echarse a llorar, pero su orgullo de pequeña Aeciana pudo más
que el dolor. No pensaba concederle a Marco la satisfacción de verla llorar por
culpa de un gato al que acababa de defender apasionadamente.
Con una dignidad bastante maltrecha, Flavia
apartó cuidadosamente las garras de Júpiter, aunque el animal aprovechó la
operación para retorcerse entre sus brazos y emitir un maullido de protesta. La
pequeña se quedó inmóvil, con los ojos ligeramente húmedos y las mejillas
enrojecidas, esforzándose por recuperar la compostura. Miró a Marco con una
expresión que prometía represalias si se atrevía siquiera a sonreír. —Madre te
espera —declaró secamente, levantando la barbilla con toda la solemnidad de una
matrona romana. Después volvió el rostro hacia Júpiter, que ya ronroneaba como
si nada hubiese sucedido, y murmuró entre dientes—: Y tú eres un ingrato.
Albia, que había presenciado el incidente
desde unos pasos atrás, tuvo que bajar la mirada para disimular su sonrisa.
Flavia, todavía abrazada al culpable de sus sufrimientos, se apartó del paso
con toda la dignidad que pudo reunir. Al otro extremo del corredor aguardaban
los aposentos de Valeria Crispiana Severina, y por el movimiento de las
sirvientas que entraban y salían parecía que la domina estaba ocupada en algún
asunto doméstico de cierta importancia.
Valeria Crispiana Severina se encontraba de
excelente humor. Había dispuesto sobre una mesa varios documentos sellados, una
relación de equipajes y dos pequeños cofres que contenían parte de sus joyas.
Al ver entrar a Marco, abrió los brazos con una sonrisa radiante, de esas que
anunciaban una decisión tomada y contra la cual cualquier discusión sería
inútil. —¡Mi pequeño filósofo! Alista tus cosas, porque mañana abandonaremos
esta montaña y regresaremos a la civilización. Pasarás el invierno conmigo en
Mediolanum. Tu abuelo ya ha firmado todas las autorizaciones y dispuesto lo
necesario para el viaje. ¡No es maravilloso! —La matrona estaba tan complacida
que apenas podía contener su entusiasmo. Después de tantos meses entre
montañas, herrerías, campesinos y administradores, volvería a disfrutar de los
baños, las recepciones, las amistades aristocráticas y los pequeños placeres de
una ciudad donde su apellido todavía abría las mejores puertas.
—¿Y Albia? —La pregunta habría podido
interpretarse como una insolencia, especialmente viniendo de un hijo que
acababa de recibir una noticia tan agradable. Valeria levantó ligeramente las
cejas. En otras circunstancias habría aprovechado para pronunciar un discurso
acerca de las diferencias entre los afectos juveniles y las obligaciones de un
aristócrata. Pero aquella tarde se encontraba demasiado satisfecha, y además
llevaba algún tiempo considerando con una indulgencia creciente los vínculos
que sus hijos habían establecido en Ferrata. Lucio seguía una carrera militar
que lo mantendría lejos durante largos períodos; Juliano también parecía
destinado a pasar más tiempo entre armas, caballos y cortes extranjeras que
junto a su madre. Hasta Marco acabaría abandonando algún día la protección
doméstica. La posibilidad de que la casa volviese a llenarse de niños, aunque
alguno llegase por caminos menos respetables que los matrimoniales, ya no le
parecía una desgracia particularmente terrible. Una matrona de su posición
podía encontrar acomodo para casi cualquier complicación familiar, siempre que
se manejara con discreción. —¿Ah, sí? —respondió finalmente, con una sonrisa
demasiado significativa—. Bueno, querido, dile que prepare también sus cosas.
Una muchacha diligente siempre resulta útil durante los viajes.
Marco conocía perfectamente aquella expresión.
Era la misma sonrisa con la que Valeria examinaba posibles matrimonios,
interpretaba afectos que nadie había confesado y organizaba mentalmente el
porvenir de sus descendientes. Le resultaba particularmente irritante que su
madre pareciese haber decidido algo acerca de Albia sin molestarse en
preguntarle. Por otra parte, dejar a la muchacha en Ferrata, al alcance de la
Bruja y de sus imprevisibles intereses, tampoco era una perspectiva
tranquilizadora. En ese momento apareció Flavia, todavía con el pequeño arañazo
en el brazo y una expresión de triunfo que anunciaba su conocimiento previo de
la noticia. —¡Madre! ¿Ya se lo dijiste? ¿Vamos a bajar? —¡Sí, mi amor! —exclamó
Valeria, atrayéndola hacia sí para besarle la frente—. Y esta vez nos
quedaremos hasta el comienzo de la primavera. Tendrás vestidos nuevos,
volveremos a visitar a nuestras amistades y, si te comportas como una señorita,
podrás acompañarme a algunas recepciones. —¡Pero yo siempre me comporto como una
señorita! —protestó Flavia, indignada. Valeria rio y le acomodó un mechón de
cabello—. Naturalmente, mi pequeña serpiente. Una señorita de extraordinario
carácter.
Marco volvió la mirada hacia una de las
ventanas, desde donde podía distinguirse la torre de su abuelo, levantada sobre
las dependencias más antiguas de la propiedad. La noticia del viaje adquiría
una dimensión diferente al pensar en aquel hombre que había sobrevivido a
emperadores, invasiones y guerras suficientes para llenar una biblioteca. —¿El
abuelo se quedará solo durante las Saturnales? —preguntó. La sonrisa de Valeria
se atenuó. —Tu abuelo nunca está verdaderamente solo, cariño. Tiene sus servidores,
sus veteranos, sus administradores y una cantidad insoportable de hombres que
vienen a pedirle favores. Pero eso no significa que tenga compañía de la que
realmente importa. —Se acercó a la ventana y contempló también la torre—. Le he
propuesto que nos acompañe a Mediolanum. Dice que todavía tiene asuntos
pendientes aquí y que las fiestas son una pérdida de tiempo. ¡Como si alguna
vez hubiese necesitado una festividad para beber vino y discutir de política!
—Suspiró, entre divertida y resignada—. Quizá tú puedas convencerlo. A mí lleva
veinte años respondiéndome que ya está demasiado viejo para cambiar de
costumbres.
Flavia frunció el ceño, considerando aquello
casi una ofensa personal. —¡Pero las Saturnales son para estar en familia!
—declaró con la seguridad de quien acaba de descubrir una ley universal.
Valeria le acarició la mejilla y volvió sus ojos verdes hacia Marco.
—Exactamente, querida. Y por una vez tu hermana tiene toda la razón. Quizá
nuestro pequeño filósofo pueda recordárselo al hombre más obstinado de todo el
Imperio romano.
Aquella noche, poco antes de la hora de
dormir, Marco se presentó en las estancias de su abuelo. Flavio Aecio se
encontraba sentado junto a una lámpara de aceite, examinando varias tablillas
de correspondencia mientras un esclavo terminaba de retirar los restos de una
cena frugal. El viejo patricio llevaba una túnica sencilla y tenía los pies
apoyados sobre un pequeño escabel. A sus setenta y tantos años conservaba
aquella presencia intimidante que había hecho temblar a generales, reyes y
emperadores, aunque últimamente parecía encontrar más satisfacción en
administrar sus propiedades que en decidir el destino del Imperio. —¿Qué deseas
a estas horas, muchacho? —preguntó sin levantar inmediatamente la vista. Marco
se aproximó y depositó un códice cuidadosamente encuadernado sobre la mesa.
—Toma. —Aecio lo examinó con curiosidad—. ¿Qué es esto? —Instrucciones para
fabricar porcelana. Es un material blanco, duro y delicado, del que apenas
disponemos aquí. Mi intención es ofrecerlas a uno de tus clientes más poderosos:
los Daciano.
Aecio soltó una carcajada tan espontánea que
tuvo que apartar las tablillas para evitar derribarlas. —¿Los Daciano? ¡Por
Hércules, muchacho! Esos hombres son poco más que matones enriquecidos. Su
abuelo habría considerado un honor que lo invitaran a comer en las cocinas de
esta casa. —Precisamente —repuso Marco—. Por eso utilizarán la riqueza que
produzca este material para intentar hacerse con un nombre más respetable.
Pero, según he escuchado de tu propia boca, son hombres de fiar cuando se trata
de cumplir acuerdos. Quiero hacer un trato con ellos. —La diversión del anciano
se transformó lentamente en curiosidad. Tomó el códice, hojeó algunas páginas y
descubrió dibujos de hornos, recipientes, mezclas minerales y procedimientos
que no comprendía del todo. Había temperaturas, proporciones y advertencias
acerca de la pureza de las materias primas. Aquello no parecía uno de los
pasatiempos habituales de su nieto, sino un proyecto de manufactura
cuidadosamente elaborado.
—Qué interesante —murmuró Aecio, dejando el
códice abierto—. Ni siquiera tus dos hermanos conocen la existencia de los
Daciano. Lucio sabe bastante de ejércitos y Juliano comienza a comprender los
asuntos de los reyes, pero ninguno podría decirme quiénes son esos hombres.
¿Cómo es que tú los conoces? —Porque te he espiado algunas veces. También he
leído algunas cartas que Leoncio deja en sus aposentos. —El anciano dejó de
sonreír. Levantó lentamente la mirada, observando al muchacho como si acabara
de descubrir una pieza inesperada sobre el tablero de latrunculi. —¿Has espiado
mi correspondencia? —Personalmente. La verdad, creo que me dejas demasiado
tiempo libre. Todos piensan que me dedico a hacer travesuras triviales. —No tan
triviales, al parecer —repuso Aecio, levantando una ceja. Durante algunos
segundos permaneció en silencio, antes de soltar una risa breve y seca—.
¡Extraordinario! He pasado medio siglo procurando que los espías de los
emperadores no descubran mis asuntos, y resulta que uno de los míos duerme bajo
mi propio techo, come de mi mesa y probablemente todavía recibe dulces de su
madre.
El viejo general se reclinó en su asiento.
Aunque semejante confesión habría bastado para despedir a un secretario o
castigar severamente a un servidor, había algo deliciosamente irónico en
descubrir que su propio nieto había conseguido burlar las precauciones
domésticas. —Leoncio va a escuchar unas cuantas cosas mañana. Un hombre que
deja correspondencia sensible al alcance de un niño no merece administrar ni
las cuentas de un gallinero. Y tú, pequeño bribón, tendrás que aprender que
existe una diferencia considerable entre la curiosidad y la indiscreción.
—Volvió a mirar el códice—. Pero debo concederte algo: has comprendido
perfectamente la naturaleza de los Daciano. Tienen dinero, ambición y una
necesidad desesperada de respetabilidad. Son hombres que comprenden el valor de
una palabra empeñada porque saben que, sin ella, ningún aristócrata respetable
volvería a negociar con ellos. Y una manufactura de lujo, si resulta tan
extraordinaria como afirmas, podría abrirles puertas que ni siquiera sus fortunas
han conseguido franquear.
—Entonces, ¿tengo tu bendición, abuelo? —Aecio
acarició pensativamente el borde del códice. —Tienes mi autorización para
presentarles una propuesta, pero no para entregarles estas instrucciones sin
condiciones. Los Daciano son honrados en los tratos porque saben exactamente
cuánto les costaría dejar de serlo. No confundas eso con generosidad. —Cerró el
volumen y lo sostuvo entre ambas manos—. Te proporcionaré una carta de
presentación y haré que Leoncio prepare un encuentro formal. Pero el códice
permanecerá bajo mi custodia hasta que exista un acuerdo escrito, con
obligaciones recíprocas, garantías y testigos. Si el procedimiento funciona,
tendrán que pagarte por su explotación y asumir el coste de los hornos, los
artesanos y los materiales. No quiero que mi nieto termine regalando una
fortuna a unos comerciantes simplemente porque le resulta divertido inventar
cosas.
Aecio contempló al muchacho con una sonrisa
apenas disimulada. —Ahora bien, hay algo que todavía no me has explicado. Has
elegido a los Daciano con demasiada precisión para alguien que supuestamente
solo desea fabricar vajillas blancas. Podrías haber acudido a mí, a tu madre o
a cualquiera de nuestros administradores. Sin embargo, has escogido
precisamente a una familia que necesita prestigio y sabe convertir una
oportunidad en dinero. —El anciano apoyó el códice sobre sus rodillas—. Dime,
Marco, ¿qué pretendes obtener de ellos? Porque comienzo a sospechar que la
porcelana es solamente aquello que piensas poner sobre la mesa, no aquello que
realmente deseas conseguir.
—Préstamos públicos cuando inicie mi carrera
política —respondió Marco con una tranquilidad que desconcertó al anciano—. Un
político efectivo debe estar financiado por agentes poderosos, ricos, pero no
del todo santos. Eso me proporcionará ciertos niveles de respaldo y oposición
naturales. A ojos del mundo, solamente seré un pequeño niño de papá con acceso
a crédito ilimitado, pero sometido a las presiones de los Daciano. Cuando, en
realidad, será exactamente al revés. —Aecio dejó de acariciarse la barba y contempló
a su nieto con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y una diversión
creciente—. ¿Y por qué exactamente al revés? —Porque la porcelana es lo más
trivial que necesitaré que hagan por mí. —Marco extrajo entonces de entre sus
pertenencias un pequeño pocillo blanco y lo depositó sobre la mesa—. Lo
fabriqué esta mañana con Menas. Esto es un cebo.
El viejo patricio tomó el recipiente entre sus
dedos y lo acercó a la lámpara. Su primera impresión fue que se trataba de una
pieza de marfil extraordinariamente bien pulida, pero al girarla descubrió una
superficie lisa, vitrificada, de un blanco uniforme que ningún alfarero
italiano habría conseguido mediante los procedimientos habituales. Golpeó
suavemente el borde con una uña y escuchó un sonido limpio y agudo, casi
metálico. Después lo sostuvo frente a la llama y observó cómo la luz atravesaba
tenuemente las paredes más delgadas. —¡Por los huesos de Escipión! —murmuró—.
Esto no es cerámica ordinaria. —Se levantó para buscar una pequeña copa de
plata, colocándola junto al pocillo y comparando ambos objetos—. No necesita
incrustaciones, piedras preciosas ni adornos. Es hermoso precisamente porque
parece imposible fabricar algo semejante. Los senadores pagarían fortunas por
una vajilla de este material, especialmente si sus vecinos no pudieran
conseguir otra igual. —El anciano sonrió con creciente malicia—. Y los Daciano,
que llevan dos generaciones intentando demostrar que son algo más que ricos
carniceros, se apresurarían a presentarse como proveedores de semejante
maravilla.
Aecio volvió a sentarse, aunque esta vez dejó
las tablillas administrativas a un lado. La conversación había adquirido un
interés considerablemente mayor que el previsto. —Ahora comprendo por qué los
has elegido. Si ofrecieras este procedimiento a nuestra familia, produciríamos
porcelana, ganaríamos dinero y nuestros administradores encontrarían alguna
manera de discutir durante años sobre los gastos de combustible. Pero los
Daciano necesitan algo que nosotros ya poseemos: respetabilidad. Podrán regalar
estas piezas a obispos, prefectos, esposas de senadores y quizá hasta al
emperador. Sus nombres aparecerán asociados al lujo, al refinamiento y a la
generosidad, en lugar de a los matones que emplearon sus abuelos para cobrar
deudas. —Soltó una carcajada—. ¡Magnífico! Y ellos creerán que han comprado un
secreto industrial a un pequeño aristócrata demasiado entretenido con sus
experimentos para comprender su verdadero valor. —Sin embargo, el humor
abandonó parcialmente su rostro—. Hay algo que debes aprender antes de jugar
con semejantes hombres. Un acreedor no es un criado, y el dinero prestado puede
convertirse en una cadena más resistente que el hierro. Si pretendes invertir
esa relación, necesitarás conservar algo que ellos no puedan comprar, copiar ni
arrebatarte.
El patricio observó nuevamente a Marco. Había
conocido jóvenes ambiciosos durante toda su vida: oficiales que soñaban con
legiones, senadores que deseaban consulados y príncipes dispuestos a asesinar a
sus hermanos por una corona. Lucio pertenecía claramente al mundo de las armas;
Juliano había comenzado a desenvolverse entre los reyes con una habilidad que
sorprendía incluso a Teodorico. Pero Marco acababa de presentarle una ambición
de naturaleza diferente. No solicitaba tierras, cargos ni soldados. Pretendía
construir una dependencia económica que algún día pudiera transformarse en
poder político, utilizando a hombres cuya reputación dudosa serviría,
paradójicamente, para ocultar la verdadera relación entre las partes. —¡Ja, ja,
ja! —Aecio terminó riendo abiertamente—. ¡Por todos los santos, qué familia me
ha tocado criar! Uno quiere conquistar medio mundo con la espada, otro parece
dispuesto a convertirse en rey de los godos sin proponérselo, y el tercero
pretende comprar a sus futuros acreedores antes de que tengan ocasión de
prestarle una sola moneda. Tu madre va a matarme cuando descubra que, en lugar
de corregir tus travesuras, estoy ayudándote a perfeccionarlas.
Finalmente dejó el pocillo junto al códice y
se inclinó hacia adelante. —Tendrás mi bendición, Marco, pero también mis
condiciones. No entregarás el procedimiento completo antes de establecer
obligaciones verificables. Los Daciano financiarán las instalaciones, buscarán
los materiales y correrán con los gastos de producción. Tú conservarás una
participación y el derecho a supervisar la calidad. Quiero además una cláusula
que impida que utilicen la deuda para reclamar derechos sobre las propiedades
de nuestra familia. —El anciano hizo una pausa y una sonrisa feroz, muy
semejante a la que debió mostrar ante sus enemigos en los campos de batalla,
apareció en su rostro—. Y habrá una segunda condición: quiero estar presente
cuando negocies con ellos. No para hablar en tu nombre, sino para contemplar
sus caras cuando descubran qué clase de criatura ha salido de mi propia sangre.
—Tomó el pocillo una vez más, examinándolo con visible satisfacción—. Aunque
confieso que hay algo que me interesa mucho más que la porcelana. Has dicho que
esta manufactura será lo más trivial que necesitarás de los Daciano. Entonces
dime, nieto mío: ¿qué clase de servicios consideras verdaderamente importantes
para un futuro político?
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