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Cuando Marco descendió de la torre de su
abuelo, encontró una escena que jamás habría esperado presenciar aquella noche.
Junto a una de las columnas del corredor, Albia sollozaba en silencio,
sostenida por Damaris, que intentaba acomodarle la túnica sobre los hombros. La
tela estaba rasgada y manchada de sangre. Bajo ella, la espalda de la muchacha
presentaba varios surcos abiertos por los latigazos, algunos todavía sangrantes
y otros hinchados, de un rojo violáceo. Albia apenas conseguía mantenerse erguida
y temblaba cada vez que su compañera intentaba ayudarla. Marco estuvo a punto
de montar en cólera. —¿Qué pasa aquí? —Damaris levantó inmediatamente la
cabeza. Su expresión combinaba el miedo con aquella obediencia aprendida que
tantos años de servidumbre habían terminado por convertir en una segunda
naturaleza. —Nada que el señorito deba saber —respondió, bajando la mirada.
Aquellas palabras, pronunciadas con una naturalidad espantosa, parecían indicar
que lo sucedido no merecía siquiera una explicación.
Marco tomó la mano de Albia, que levantó hacia
él unos ojos enrojecidos por el llanto. —Dime, ¿puedes cantar para mí? Sé que
te pido mucho. —La muchacha parpadeó, desconcertada. Tenía los labios secos y
la respiración entrecortada, pero consiguió asentir. —Sí, mi señor... —Bien
—respondió Marco. Sin soltarle la mano, comenzó a conducirla hacia la sala
principal, casi arrastrándola por el corredor. Damaris los siguió
apresuradamente, procurando sostener a Albia cuando sus piernas amenazaban con
ceder. —¡Mi señor, por favor! —susurró con creciente angustia—. ¡No puede
presentarse así ante la domina! Dejadme al menos cubrirle la espalda. —Pero
Albia ya avanzaba, entre pequeños gemidos que intentaba ahogar para no llamar
la atención de los servidores. Algunos esclavos se apartaron al verlos pasar;
otros fingieron no haber advertido nada. Nadie parecía dispuesto a intervenir.
En el gran salón, Valeria Crispiana Severina
disfrutaba de una velada bastante agradable. Había recibido a varios huéspedes
de paso por Ferrata, dos pequeños propietarios ligures acompañados de sus
esposas y un funcionario vinculado a la administración de Mediolanum. Sobre las
mesas descansaban copas de vidrio, bandejas de frutas y pequeñas fuentes de
aceitunas y queso. La matrona, vestida con una estola color verde oscuro y
adornada con algunas de sus mejores joyas, conversaba animadamente acerca de las
próximas festividades y del regreso de su familia a la ciudad. —¡Oh, os aseguro
que después de tantos meses entre cabras, soldados y herreros, cualquier
conversación que no trate sobre el precio del hierro me parece una bendición!
—declaró, provocando las risas de sus invitados. Uno de los propietarios
levantó su copa para elogiar la hospitalidad de la Casa Aeciana, mientras
Valeria aceptaba el cumplido con aquella mezcla de modestia fingida y
satisfacción aristocrática que dominaba admirablemente.
Las risas se apagaron cuando Marco apareció en
el umbral acompañado de Albia. La muchacha llevaba el rostro desencajado y
caminaba con dificultad, sostenida todavía por Damaris. Una de las invitadas
dejó escapar una exclamación al descubrir las manchas de sangre que atravesaban
la túnica. El funcionario se volvió discretamente hacia otro lado, como si
contemplar a una esclava castigada constituyera una indiscreción impropia de un
invitado bien educado. Valeria, entretanto, dejó su copa sobre la mesa. Su sonrisa
desapareció primero por la interrupción, después por la evidente gravedad de
las heridas y finalmente por la presencia de su hijo en medio de aquella
escena. —¿Marco? —preguntó, levantándose lentamente—. Cariño, ¿qué significa
esto? ¿Por qué traes a esa muchacha en semejantes condiciones delante de
nuestros invitados?
Damaris cayó de rodillas casi instintivamente.
—Domina, perdonadnos... Yo intenté... —Se interrumpió, aterrorizada por la
posibilidad de empeorar la situación. Albia permaneció junto a Marco,
esforzándose por conservar la postura a pesar del dolor. Valeria observó las
marcas de los latigazos, después los rostros de las dos sirvientas y,
finalmente, a su hijo. Había algo profundamente incómodo en aquella exhibición
pública de un castigo doméstico, especialmente ante personas ajenas a la
familia. Uno de los propietarios carraspeó y fingió interesarse por el
contenido de su copa. La matrona enderezó la espalda, recuperando la autoridad
propia de la dueña de la casa. —Damaris, levántate. Nadie te ha ordenado
arrodillarte. —Luego miró nuevamente a Marco, esta vez con el tono mucho más
severo—. Hijo mío, te estoy haciendo una pregunta. ¿Qué ha ocurrido?
—Madre, por tu amor, solamente quiero que
escuches a Albia —repuso Marco, con una serenidad que contrastaba terriblemente
con el estado de la muchacha. Damaris intentó intervenir, pero Valeria levantó
una mano para imponer silencio. —¿Es una queja, hijo mío? ¿Has venido a
cuestionar la disciplina de mi casa delante de nuestros invitados? —No. Juro
por Cristo que Albia no se quejará de modo alguno por el trato de nuestra ama
de llaves. Solamente escuchadla. —La matrona entrecerró los ojos, desconfiando
de aquella petición tan cuidadosamente formulada, pero no encontró ninguna
razón decorosa para negarse. Albia, todavía temblorosa, recibió una mirada de
aliento de Damaris y comenzó a cantar una antigua letanía cristiana. Su voz
surgió al principio débil, casi un susurro, pero pronto adquirió una dulzura
extraordinaria. Las palabras latinas se elevaron bajo las bóvedas del salón con
una pureza que parecía imposible en una criatura tan maltratada. No había
instrumentos ni acompañamiento, solamente aquella voz juvenil, límpida y
solemne, que sostenía las notas con una delicadeza estremecedora. Kyrie
eleison, Christe eleison... Hasta los servidores que aguardaban junto a las
puertas dejaron de moverse.
Valeria sintió que un escalofrío le recorría
los brazos. Era una mujer acostumbrada a los mejores cantores de las iglesias
de Mediolanum, a las ceremonias episcopales y a los himnos interpretados
durante las celebraciones aristocráticas, pero aquella voz poseía algo que no
había escuchado en mucho tiempo: una combinación de inocencia, recogimiento y
tristeza que convertía una sencilla súplica en una experiencia casi extática.
Cerró los ojos durante algunos instantes, dejándose llevar por la melodía. Una
de las invitadas se llevó discretamente un pañuelo al rostro y el funcionario
de Mediolanum permaneció con la copa suspendida entre los dedos. Cuando Albia
concluyó, el silencio fue tan profundo que incluso pudo escucharse su
respiración fatigada. Valeria abrió lentamente los ojos, todavía conmovida,
pero al encontrarse nuevamente con las heridas que sobresalían bajo la túnica
de la muchacha, comprendió de golpe la verdadera naturaleza de aquella
representación. Su hijo acababa de ganarle una batalla dialéctica sin haber
formulado una sola acusación. La había obligado a contemplar, ante testigos de
su propia clase, cómo la disciplina doméstica había puesto en peligro una voz
capaz de conmover hasta a los corazones más endurecidos. El rostro de la
matrona enrojeció de indignación. Durante un instante apretó tanto los labios
que pareció dispuesta a ordenar la retirada inmediata de los tres jóvenes. Pero
la educación aristocrática terminó imponiéndose. Recuperó la compostura,
extrajo su abanico y comenzó a moverlo lentamente frente a su rostro.
—Una voz verdaderamente extraordinaria
—comentó entonces el funcionario de Mediolanum, que había permanecido callado
durante toda la interpretación—. Debo confesar, domina, que no esperaba
encontrar semejante talento en una residencia de montaña. Me parece, sin
embargo, que deberían evitar maltratar de esa manera a una esclava de placer.
—Valeria volvió hacia él una mirada helada, pero el hombre continuó con la
desenvoltura de quien cree estar ofreciendo un consejo perfectamente
razonable—. En Mediolanum, cuando una de estas muchachas incurre en alguna
falta, preferimos imponerles ayunos, oraciones o la privación temporal de
ciertos privilegios. Pero azotar la espalda de alguien cuyos pulmones sostienen
semejante voz... ¡Por todos los santos! Es casi... —El funcionario vaciló.
Había estado a punto de pronunciar la palabra bárbaro, pero recordó
oportunamente que se encontraba bajo el techo de una de las familias más
ilustres de Occidente—. Digamos que es un desperdicio lamentable de un talento
que cualquier iglesia de Italia agradecería poseer.
Valeria comprendió que la conversación había
entrado en un terreno peligrosísimo. No podía defender abiertamente el castigo
sin parecer insensible ante sus invitados, pero tampoco podía repudiar la
autoridad de su propia casa sin conceder a Marco una victoria todavía mayor.
—Mi estimado señor, comprendo perfectamente vuestra observación —respondió
finalmente, con una sonrisa tan refinada como forzada—. Debo aclarar, sin
embargo, que la disciplina cotidiana de nuestras servidoras se encuentra
confiada a una mujer de origen bárbaro, cuya formación doméstica, aunque
diligente en otros aspectos, conserva ciertas costumbres... excesivamente
severas. —Hizo una pausa, buscando cuidadosamente las palabras—. Nuestra ama de
llaves procede de una familia germánica y, como bien sabéis, algunas de esas
gentes poseen ideas muy particulares acerca de la obediencia. En las casas
romanas preferimos, naturalmente, procedimientos más moderados. —Uno de los
propietarios ligures asintió con exagerada comprensión, aunque su esposa
disimuló una sonrisa detrás de la copa. El funcionario respondió con una
inclinación cortés—. Ah, eso lo explica, domina. La civilización es una
disciplina que requiere generaciones. Confiemos en que vuestra servidora
termine por comprender que una buena cantante vale bastante más con la espalda
intacta.
Aquello fue casi demasiado para Valeria. Que
un funcionario provinciano le impartiera lecciones de refinamiento romano en su
propia casa constituía una insolencia difícil de soportar, pero la matrona
estaba atrapada por sus propias palabras. Había atribuido la brutalidad al
origen de su ama de llaves y ahora debía demostrar que la autoridad
verdaderamente romana, es decir, la suya, se ejercía de manera diferente. Cerró
el abanico con un golpe seco y dirigió una mirada penetrante a Damaris, que
parecía desear que el suelo se abriera bajo sus pies. —Por supuesto. Mi casa no
permitirá que semejante talento sea desperdiciado por una aplicación
irreflexiva de la disciplina
—Damaris, procura que Casiano... No, mejor
dile a Menas que la atienda personalmente. —Valeria había rectificado casi de
inmediato, recordando que el boticario de la abadía se encontraba demasiado
lejos para intervenir aquella noche. La orden, sin embargo, provocó una
inesperada resistencia. —Pero, mi señora... —comenzó Damaris, visiblemente
contrariada. La matrona volvió lentamente la cabeza y la miró con una ira tan
auténtica que el orgullo de la administradora doméstica flaqueó de inmediato.
No hubo gritos ni amenazas. Bastó aquella mirada para recordarle que la
autoridad que ejercía sobre los servidores era prestada y que podía perderla
con la misma facilidad con que la había recibido. Por un instante, Damaris
consideró invocar las disposiciones del viejo Aecio, quien siempre había
defendido una disciplina severa entre sus dependientes. Pero entonces recordó
algo que hasta ella había comenzado a advertir: el oído del anciano se
inclinaba cada vez más hacia su nieto menor, sin duda su favorito entre los
tres muchachos. Buscar su intervención podría resultar mucho más peligroso de
lo acostumbrado. —Sí, mi ama —respondió finalmente, inclinando la cabeza.
Valeria cerró su abanico con un chasquido, volvió hacia sus invitados y ofreció
una sonrisa impecable—. ¿Me permitirían un momento? Un pequeño asunto doméstico
requiere mi atención. Espero que no consideren una descortesía mi ausencia.
La matrona abandonó el salón seguida de
Damaris, pero, tras recorrer algunos pasos, decidió que sería imprudente dejar
aquel asunto exclusivamente en manos de la administradora. Había concedido
demasiadas libertades a sus servidores durante su estancia en Ferrata,
particularmente en aquellas cuestiones que consideraba desagradables o
demasiado vulgares para merecer su atención. Ahora comprendía que aquella
comodidad podía costarle bastante más que una esclava lesionada. Había sido
humillada delante de sus invitados, su hijo había conseguido arrinconarla
mediante una representación perfectamente calculada y, para colmo, un
funcionario provinciano había tenido el descaro de explicarle cómo debía
administrar una casa romana. Cuando llegaron a la pequeña estancia donde Menas
atendía a Albia, encontraron al alejandrino examinando cuidadosamente las
heridas bajo la luz de dos lámparas. Había dispuesto agua limpia, vendas de
lino y varios recipientes medicinales. La muchacha permanecía inclinada sobre
un lecho, con los hombros descubiertos y el rostro contraído por el dolor. —No
te muevas, pequeña —murmuraba Menas—. Algunas heridas son superficiales, pero
otras necesitarán varios días para cerrar. Y nada de cantar hasta que puedas
respirar sin dolor. —Al descubrir a Valeria, el médico se incorporó
respetuosamente, aunque su expresión distaba mucho de ser complaciente—.
Domina, afortunadamente no parece haber lesiones profundas en los músculos.
Pero quien hizo esto golpeó con una fuerza considerable. Si se infectan las
heridas, tendremos un problema bastante menos agradable que los arañazos de un
gato.
Valeria contempló la espalda de Albia durante
varios segundos. Hasta entonces había visto únicamente las manchas de sangre y
las señales que asomaban bajo su túnica; ahora podía apreciar la verdadera
extensión del castigo. Su expresión se endureció y volvió lentamente los ojos
hacia Damaris. —¿Por qué semejante brutalidad? —preguntó en voz baja. La
administradora respiró profundamente, procurando recuperar algo de su antigua
seguridad—. La muchacha desatendió sus obligaciones, domina. Se le ordenó regresar
a sus tareas y respondió que debía permanecer al servicio del joven Marco.
Cuando intentaron corregirla, insistió en que las órdenes del señorito tenían
preferencia. —¿Y por eso ordenaste azotarla? —La disciplina debe mantenerse, mi
señora. Si cada esclava puede abandonar sus tareas alegando que uno de vuestros
hijos la necesita, pronto ninguna obedecerá a los encargados de esta casa.
—Menas dejó escapar una exhalación apenas audible, pero tuvo el buen juicio de
continuar preparando sus vendas. Valeria, en cambio, levantó una ceja—. ¿Y
cuántos latigazos consideraste necesarios para enseñarle esa lección? —Damaris
vaciló—. Los suficientes para corregir su insolencia. —No te he preguntado tu
opinión sobre la insolencia, Damaris. Te he preguntado cuántos.
Aquella precisión resultó considerablemente
más intimidante que un grito. Damaris bajó la mirada y reconoció que el castigo
había sido más prolongado de lo acostumbrado porque Albia se había negado a
retractarse. Valeria abrió lentamente el abanico y comenzó a moverlo frente a
su rostro, aunque la habitación no estaba particularmente calurosa. —Comprendo.
Entonces una esclava afirmó estar cumpliendo las órdenes de mi hijo, tú
consideraste que estaba desafiando tu autoridad y decidiste resolver el desacuerdo
destrozándole la espalda. —Mi señora, el propio patricio siempre ha exigido
obediencia... —¡No invoques a mi suegro para justificar tus arrebatos! —La
interrupción fue tan cortante que incluso Albia levantó ligeramente la cabeza.
Valeria recuperó inmediatamente un tono más controlado—. Flavio Aecio puede
ordenar los castigos que considere oportunos en sus propiedades, pero no
recuerdo haber delegado en ti la facultad de convertir una discrepancia
doméstica en un espectáculo que comprometa mi nombre. Y ahora descubre, además,
que la muchacha posee una voz que podría haber sido apreciada por el mismísimo
obispo de Mediolanum. ¡Una voz que casi has conseguido arruinar por una
discusión acerca de quién debía obedecer a quién!
Menas terminó de extender el ungüento y cubrió
cuidadosamente las heridas con lino limpio. —Con vuestro permiso, domina,
quisiera añadir algo —intervino, sin levantar demasiado la voz—. La disciplina
pertenece a la administración de vuestra casa y no pretendo discutirla. Pero
hay una diferencia entre corregir una conducta y descargar la cólera sobre un
cuerpo. Quien golpeó a esta muchacha continuó haciéndolo después de haber
conseguido que dejara de resistirse. Eso no es una observación moral, sino médica:
las lesiones presentan distintas intensidades, y algunas corresponden a golpes
aplicados cuando ya no podía protegerse. —Valeria lo escuchó en silencio.
Después contempló nuevamente a Damaris, cuya seguridad había desaparecido por
completo. Durante años había considerado que aquella mujer poseía precisamente
las virtudes necesarias para administrar una servidumbre numerosa: firmeza,
diligencia, severidad y ausencia de sentimentalismos. Ahora comenzaba a
preguntarse si había confundido aquellas cualidades con otras mucho menos
convenientes. —Damaris —dijo finalmente, cerrando el abanico—, quiero que me
expliques una última cosa. ¿Actuaste para proteger la disciplina de mi casa o
porque una esclava se atrevió a recordarte que las órdenes de mi hijo están por
encima de las tuyas?
Damaris se aferró desesperadamente a su
explicación, convencida de que todavía podía salvar algo de su autoridad.
—Domina, solamente he procurado mantener la disciplina. La muchacha desobedeció
una orden directa y, cuando se le exigió que regresara a sus obligaciones,
alegó que pertenecía al joven señor. Si permitimos que las esclavas invoquen
cualquier pretexto para sustraerse a sus tareas, pronto tendremos a toda la
servidumbre haciendo lo que le plazca. He servido a esta familia durante muchos
años y jamás se me había reprochado cumplir con mi deber. —Valeria escuchaba
con los labios apretados, visiblemente irritada, cuando Marco intervino con una
precisión que habría hecho sonreír al mismísimo Aecio. —Madre, el abuelo dijo
que Albia era mía. Toda mía. ¿No es así? Ella debe estar donde yo esté, y yo
estaba hablando con el abuelo. Albia esperaba en la base de la torre,
preparando una infusión para los dos. Tuvimos que hablar en seco porque Albia
nunca subió.
Valeria cerró los ojos durante un instante.
¡Por todos los santos! Aquel pequeño demonio acababa de convertir una discusión
sobre disciplina doméstica en una cuestión de propiedad, jerarquía y autoridad
patriarcal. Si Aecio había entregado formalmente la muchacha a su nieto,
Damaris no tenía derecho a disponer de ella contra las instrucciones de su
dueño. Peor todavía, había impedido indirectamente que el propio patricio
recibiese un servicio destinado a sus aposentos. La matrona abrió lentamente
los ojos y dirigió a Marco una mirada capaz de marchitar las rosas de sus
jardines. —Contigo hablaré después, pequeño rábula. Todos los de tu estirpe
arderán en el infierno. ¡Detesto a los abogados! —exclamó con una furia que
Menas apenas logró disimular tras una tos. Valeria conocía demasiado bien
aquella especie de individuos: hombres capaces de demostrar que una mula era
jurídicamente un caballo si encontraban una cláusula suficientemente ambigua. Y
ahora tenía uno en casa, todavía necesitaba que le recordasen la hora de
acostarse y, para mayor desgracia, llevaba su propia sangre.
—¡Pero tienes razón! —admitió finalmente, con
una irritación todavía mayor por verse obligada a reconocerlo. Se volvió hacia
Damaris, que había cometido el error de interpretar el regaño dirigido a Marco
como una señal de que su posición estaba mejorando—. Y tú, vieja insensata, me
has hecho quedar como una bárbara delante de nuestros huéspedes, has maltratado
una propiedad que no está bajo tu disposición y has interrumpido los asuntos
privados de mi suegro. ¡Todo por demostrar que puedes imponer tu voluntad a una
muchacha que no te corresponde gobernar! —La administradora intentó abrir la
boca, pero Valeria levantó el abanico como si estuviese empuñando un cetro—.
¡Silencio! Escúchame bien, Damaris, porque no pienso repetirlo. Si vuelves a
tocar a la pelirroja, haré que te azoten diez veces por cada golpe que le hayas
dado. ¿Me has entendido, anciana?
El rostro de Damaris perdió su color. Durante
años había impuesto castigos, administrado raciones, distribuido trabajos y
decidido sobre pequeñas recompensas y privaciones con una autonomía
considerable. Nunca había imaginado encontrarse amenazada con recibir el mismo
tratamiento que aplicaba a los subordinados. —Sí, mi domina —respondió
finalmente, inclinándose con una rigidez que delataba tanto el miedo como la
humillación. Valeria la observó durante algunos segundos y añadió, con una
frialdad mucho más peligrosa que sus anteriores exclamaciones—: Y agradece que
todavía considero valiosos tus servicios. Otra mujer habría terminado esta
conversación haciendo llamar al encargado de los castigos. Puedes retirarte.
Mañana revisaremos personalmente la distribución de tus responsabilidades.
Damaris abandonó la estancia sin levantar la
mirada. Menas, que había permanecido atendiendo a Albia durante toda la
disputa, terminó de asegurar las últimas vendas y cubrió cuidadosamente los
hombros de la muchacha. —Necesitará reposo, domina. Nada de cargar agua, lavar
ropa ni permanecer inclinada durante horas. Y convendría que alguien revisase
sus heridas cada mañana. —Valeria asintió con un gesto impaciente, todavía
demasiado enfurecida para recuperar su habitual elegancia. Después contempló a
Albia, cuyos ojos enrojecidos alternaban entre el agradecimiento y el temor, y
soltó un largo suspiro. —Qué noche tan espantosa. Primero un concierto
celestial, luego una disputa digna del foro y finalmente descubro que mi hijo
menor conoce mejor que mi administradora las obligaciones jurídicas de mis
esclavos. —Abrió nuevamente el abanico y miró hacia la puerta—. Menas,
encárgate de que la muchacha esté en condiciones de viajar mañana. Y, por
caridad cristiana, que nadie vuelva a traerme una cuestión doméstica delante de
mis invitados. Todavía tengo que regresar al salón y fingir que todo esto ha
sido una velada encantadora.
Más tarde, cuando los últimos invitados se
habían retirado y la domus comenzaba a sumirse en el silencio nocturno, Valeria
Crispiana Severina acudió a los aposentos de su hijo menor. Había recuperado
buena parte de su compostura, aunque todavía conservaba en los ojos aquel
brillo peligroso que sus servidores conocían demasiado bien. Encontró a Marco
junto al lecho, quitándose la túnica con una tranquilidad desconcertante. Su
cuerpo comenzaba a perder las formas redondeadas de la infancia: los hombros se
habían ensanchado ligeramente, los brazos mostraban los primeros relieves
musculares y el trabajo constante en la herrería había fortalecido una
constitución que prometía ser considerablemente más robusta. La matrona lo
observó con cierta curiosidad antes de preguntar: —¿Qué haces, cariño? —Te
humillé en público, madre. Procede. —¿A qué? —Al castigo, naturalmente.
—Valeria permaneció inmóvil durante un instante y después dejó escapar una
carcajada que terminó por deshacer buena parte de su mal humor. —¡Por todos los
santos, Marco! ¿Crees que lastimarte me proporcionaría alguna alegría? ¡Eres mi
hijo! —Se aproximó y le acarició suavemente un hombro—. Además, te he visto
entrenar con el herrero. No soy tan ingenua como para pensar que unos cuantos
azotes conseguirían enseñarte algo que todavía no sabes.
La matrona tomó asiento junto al lecho y
suspiró, contemplando al muchacho con una mezcla de orgullo, preocupación y
resignación. —He visto crecer a tus dos hermanos, cariño. A tu edad ya eran
muchachos fuertes, magníficos, llenos de valor y de esa arrogancia que parece
correr por las venas de los Aecianos. Pero cuando se lastimaban, lloraban.
Lucio intentaba contener las lágrimas por orgullo, mientras que Juliano se
enfurecía contra aquello que le había provocado el dolor. Tú eres diferente. Te
he visto quemarte trabajando el metal, cortarte durante tus experimentos y
regresar de tus entrenamientos cubierto de moratones. Y cuando te pregunto si
te duele, me respondes cuánto tardará en sanar la herida, qué posibilidades
existen de que se infecte o si podrás volver a trabajar al día siguiente.
—Sacudió la cabeza, casi maravillada—. ¡Es como si contemplaras tu propio
sufrimiento como un contador contempla las perlas de un ábaco! Tiempo de
recuperación, probabilidad de infección, pérdida de sangre... Todo convertido
en números dentro de esa cabecita tuya. No, mi niño, sé perfectamente que el
dolor físico no te doblegará. Y tampoco deseo averiguar cuánto tendríamos que
lastimarte para conseguirlo. —Su expresión recuperó algo de severidad—. Así que
mañana te comunicaré cuál será tu castigo por haberme humillado de semejante
manera. Y te aseguro que será uno que comprendas perfectamente.
Sin embargo, en lugar de levantarse, Valeria
se arrodilló frente a su hijo para quedar a la altura de sus ojos. Le acomodó
un mechón de cabello y sonrió con una expresión conspiradora, casi idéntica a
la que adoptaba cuando alguna de sus intrigas domésticas había concluido
satisfactoriamente. —Pero debo reconocer algo, pequeño rábula: bien jugado. Muy
bien jugado, de hecho. No me acusaste de crueldad, no levantaste la voz ni me
desobedeciste abiertamente. Me hiciste escuchar a esa muchacha delante de personas
cuya opinión me importa, y cuando todos estuvieron convencidos de su valor,
resultó imposible defender lo que le habían hecho sin parecer una insensible.
¡Y luego tuviste el descaro de utilizar las disposiciones de tu abuelo para
demostrar que Damaris se había excedido en su autoridad! —Valeria rio
suavemente, aunque todavía había un dejo de indignación en su voz—. Detesto a
los abogados, Marco. Son criaturas espantosas que convierten cualquier
conversación en una emboscada. Y tú estás aprendiendo demasiado pronto a
parecerte a ellos. Pero una madre también debe saber reconocer cuándo su hijo
ha demostrado inteligencia, incluso cuando esa inteligencia se utiliza contra
ella.
—En cuanto a Albia, he tomado una decisión. La
muchacha será una lectriz, y Damaris no volverá a ponerle las manos encima. Una
voz semejante merece educación y cuidados, no terminar arruinada entre los
castigos de una administradora demasiado orgullosa. Podrá leer en voz alta
durante mis reuniones privadas, acompañar ciertas devociones y aprender algunos
de los textos que conservamos en la biblioteca. Eso significa, naturalmente,
que ya no podrá permanecer a tu lado durante todas las horas del día. —Valeria
observó atentamente el rostro de su hijo, anticipando una posible protesta—.
Pero supongo que podrás continuar enseñándole algunas cosas. No creas que
desconozco de dónde procede esa voz tan bien cultivada. Os he escuchado
practicar durante las tardes, cariño. Al principio pensé que solamente estabas
entreteniéndote con una de tus extravagancias musicales, pero ahora comprendo
que has dedicado bastante esfuerzo a pulir su talento. Y debo reconocer que el
resultado es extraordinario. —Le acarició la mejilla con ternura—. Así que
disfruta de su compañía durante este próximo año, amorcito. No pienso apartarla
de ti por un simple capricho, pero tampoco permitiré que una muchacha con
semejantes aptitudes desperdicie toda su vida llevando infusiones de una habitación
a otra.
Valeria se incorporó con cierta dificultad,
alisó los pliegues de su vestido y recogió la túnica que Marco había dejado a
un lado. Se la entregó con una expresión maternal que ya no conservaba rastro
alguno de aquella furia exhibida en el salón. —Y ahora, a la cama. Mañana
tendremos que descender de estas montañas y no pienso soportar a un niño
malhumorado durante todo el viaje a Mediolanum. Todavía quedan equipajes por
organizar, servidores que distribuir y una cantidad de asuntos que seguramente
me harán lamentar haber abandonado la tranquilidad de Ferrata. —Se inclinó para
besarle la frente y añadió, anticipándose a una pregunta que evidentemente
esperaba—: Albia vendrá con nosotros, antes de que se te ocurra preguntarlo.
Menas asegura que podrá viajar con los cuidados adecuados, y yo misma he
dispuesto que tenga un lugar cómodo durante el trayecto. Así que no necesito
otro discurso jurídico esta noche, pequeño abogado. Ya has conseguido cuanto
querías. —Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir volvió la cabeza y le
dedicó una última sonrisa—. Y, Marco... la próxima vez que quieras pedirme
algo, intenta hacerlo como mi hijo. Te aseguro que resulta mucho más agradable
que descubrir, delante de media aristocracia ligur, que estoy criando a mi
propio Cicerón.
Aquella mañana, mientras los servidores
terminaban de cargar los carros que llevarían a la familia hasta Mediolanum,
Menas discutía acaloradamente con Marco en la pequeña estancia destinada a los
tratamientos médicos. Sobre una mesa descansaban varios recipientes de
cerámica, vendas de lino, una balanza y un pequeño vaso que contenía una
sustancia espesa, de color amarillento y olor desagradable. —¡Muchacho, todavía
no hemos probado suficientemente ese ungüento tuyo! —protestó el alejandrino,
examinando el preparado con una desconfianza que contrastaba con su habitual
entusiasmo por los descubrimientos de su discípulo—. Una cosa es experimentar
con heridas superficiales y otra muy distinta aplicarlo sobre la espalda de una
muchacha que ha recibido una azotaina semejante. —Es más efectivo que
desangrarla o aplicarle mercurio, Menas. Eso sí que es venenoso. Pruébalo. Ya
lo hemos utilizado con cientos de esclavos de las cuadrillas de trabajo y los
resultados son extraordinarios. Mi ungüento de hongos consigue que las heridas
se recuperen aproximadamente cuatro veces más rápido. ¡Solamente tienes que
mirar las gráficas! —Marco señaló varios pergaminos dispuestos sobre la mesa,
donde aparecían líneas, puntos y columnas cuidadosamente trazadas, acompañadas
de anotaciones relativas al número de pacientes, días de recuperación,
aparición de infecciones y evolución de las lesiones.
Menas suspiró, aunque no pudo evitar detenerse
nuevamente ante aquellas representaciones. Las gráficas. Todavía le maravillaba
aquella herramienta matemática tan sencilla y, sin embargo, tan
extraordinariamente útil que Marco le había enseñado unos meses atrás. El
muchacho había tomado largas relaciones de cantidades que antes habrían exigido
horas de lectura y las había convertido en imágenes capaces de revelar
tendencias, diferencias y regularidades casi de un vistazo. Una sucesión de
puntos mostraba la evolución de las heridas durante varios días; dos líneas
permitían comparar los tratamientos tradicionales con el preparado de hongos, y
unas columnas mostraban cuántos pacientes habían presentado complicaciones.
¿Cómo era posible que algo tan evidente hubiese pasado prácticamente
inadvertido para generaciones enteras de matemáticos? Los grandes geómetras
habían construido demostraciones prodigiosas y estudiado las propiedades de
figuras cuya complejidad sobrepasaba la comprensión de la mayoría de los hombres,
pero aquel niño utilizaba líneas y rectángulos para comparar la velocidad con
que cicatrizaba la espalda de un esclavo. Y lo más irritante era que
funcionaba. —Admito que las cifras parecen favorecer tu preparado —concedió
finalmente—. Pero no confundas una diferencia observada con una explicación.
¿Todas las heridas eran semejantes? ¿Recibieron los pacientes la misma
alimentación? ¿Se limpiaron con igual cuidado? ¿Estás seguro de que la
recuperación fue cuatro veces más rápida y no de que algunos de los hombres
tratados tenían lesiones menos graves? —Marco abrió la boca para responder,
pero Menas levantó un dedo—. ¡Y no vuelvas a decirme que mire las gráficas! Las
he mirado tanto que pronto comenzaré a soñar con ellas.
Marco tomó una de las tablillas y comenzó a
señalar las anotaciones correspondientes a los grupos de pacientes. Había
procurado separar las heridas por profundidad, extensión y causa, utilizando
procedimientos semejantes de limpieza antes de aplicar los distintos
tratamientos. No todos los casos resultaban comparables, naturalmente, pero las
diferencias eran demasiado persistentes para atribuirlas exclusivamente al
azar. —Aquí tienes las heridas por herramientas, aquí las abrasiones y aquí los
cortes. No estoy diciendo que todos sanen exactamente cuatro veces más rápido,
sino que la recuperación media de los grupos comparables se ha reducido
aproximadamente en esa proporción. Además, las infecciones han disminuido. —¿Y
los hongos? —preguntó Menas, cruzándose de brazos—. ¿Cómo sabes que no
producirán una enfermedad peor? Hay hongos que alimentan y otros que matan.
Algunos pueden aprovecharse para preparar medicamentos y otros pudren cuanto
encuentran. Ni siquiera conocemos todas sus variedades. —Precisamente por eso
seleccionamos siempre la misma clase y descartamos las preparaciones
contaminadas. —¿Y quién te asegura que mañana no crecerá una variedad distinta?
—Marco chasqueó la lengua, impaciente, pero el alejandrino no cedió—. No me
mires así, pequeño señorito. El hecho de que un remedio haya funcionado cien
veces no significa que debamos dejar de observarlo en la ciento una.
La verdadera preocupación de Menas, sin
embargo, no estaba exclusivamente en los principios de la experimentación.
Había escuchado cantar a Albia y todavía recordaba aquella voz extraordinaria,
capaz de llenar una estancia sin esfuerzo aparente y de convertir una sencilla
letanía en algo que habría conmovido incluso a los sacerdotes más severos. La
muchacha no era para él solamente otro paciente de las cuadrillas de Ferrata.
Tenía un rostro, una historia y un talento que había visto desarrollarse bajo
la obstinada dirección de Marco. Además, las heridas de la espalda eran
extensas y el dolor le dificultaba respirar profundamente. Una infección podía
dejarla incapacitada durante semanas o tener consecuencias mucho más graves.
—Escúchame, Marco —dijo finalmente, suavizando el tono—. Los hombres de las
canteras y las herrerías también merecen nuestros mejores cuidados. Pero
precisamente porque hemos aprendido a conocer sus heridas, sé que ninguna se
comporta exactamente como otra. Y esta muchacha tiene algo que tú mismo has
dedicado meses a cultivar. Si perdemos su voz por apresurarnos, ninguna gráfica
podrá devolvérnosla. —Marco bajó ligeramente la mirada. Menas tomó el
recipiente y examinó nuevamente su contenido—. No rechazo tu preparado. De
hecho, sospecho que has encontrado algo de extraordinaria importancia para la
medicina. Pero quiero saber qué estamos aplicando, cómo lo hemos conservado y
qué haremos si aparecen fiebre, inflamación o señales de empeoramiento.
Desde el lecho cercano, Albia había escuchado
buena parte de la discusión. Permanecía recostada de costado, con el cabello
rojizo extendido sobre una almohada y los hombros cubiertos por una sábana
limpia. Había pasado una noche difícil, aunque su expresión mejoró ligeramente
cuando vio que ambos dejaban de discutir. —Mi señor Menas —intervino con una
voz mucho más débil que la que había cautivado a los invitados de Valeria—, si
Marco dice que funciona, podéis utilizarlo conmigo. —El alejandrino volvió la cabeza
y la contempló con una mezcla de ternura y exasperación—. ¡Magnífico! Ahora
tengo dos discípulos dispuestos a convertir la confianza en argumento médico.
—Después miró a Marco y añadió—: Prepararemos una cantidad pequeña,
comprobaremos que procede de la misma preparación que hemos utilizado
anteriormente y vigilaremos cuidadosamente su evolución. Si observamos algo
desfavorable, lo retiraremos. Y tú, muchacho, vas a enseñarme a interpretar
cada una de estas anotaciones antes de que partamos. —Señaló las gráficas con
una sonrisa maliciosa—. Porque si realmente has descubierto un remedio capaz de
reducir de semejante manera el tiempo de cicatrización, habremos encontrado
algo mucho más valioso que tu famosa porcelana. Y esta vez no pienso permitir
que se lo vendas a una familia de matones enriquecidos.