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La inteligencia artificial continuaba hablando
en el interior de la mente de Marco mientras este examinaba los pequeños
recipientes preparados sobre la mesa. El ungüento contenía dos principios
antibióticos de origen diferente: uno procedente de cultivos asociados a la
fermentación de cerveza, identificado como un compuesto betalactámico, y otro
obtenido de determinados mohos del pan, perteneciente a la familia de las
penicilinas. La interfaz desplegaba las concentraciones calculadas, los
márgenes de estabilidad, las posibles reacciones adversas y una estimación de
la evolución de los tejidos lesionados. Aquella combinación prometía reducir
considerablemente el riesgo de infección y favorecer una cicatrización más
limpia, aunque el sistema advertía que ninguna intervención podía garantizar la
desaparición completa de las marcas. «Concentraciones dentro de los parámetros
establecidos. Riesgo de infección bacteriana reducido. Pronóstico de
regeneración favorable. Se recomienda vigilancia de la respuesta inflamatoria».
Marco asintió imperceptiblemente. La precisión de aquellos cálculos contrastaba
con los procedimientos habituales de la medicina romana, donde todavía
abundaban los tratamientos basados en sangrías, cauterizaciones y preparados
minerales de dudosa eficacia. Sin embargo, el muchacho sabía que una cosa era
disponer del conocimiento necesario y otra muy distinta conseguir que los
instrumentos y materiales del siglo V reprodujeran fielmente aquello que la
inteligencia artificial describía.
Albia permanecía recostada boca abajo sobre un
pequeño lecho, con el cabello rojizo recogido cuidadosamente para evitar que
rozara las heridas. Habían dejado descubierta únicamente la espalda, cuya
superficie mostraba una combinación desoladora de lesiones recientes y
cicatrices antiguas. Algunas eran líneas delgadas y blanquecinas que habían
cicatrizado años atrás; otras formaban pequeños relieves irregulares donde la
piel había sanado de manera imperfecta. Las marcas más recientes, provocadas
por Damaris la noche anterior, atravesaban aquellas señales antiguas y
presentaban regiones inflamadas que preocupaban especialmente a Menas. Marco
las examinó en silencio. Conocía suficientemente bien la anatomía humana para
distinguir los diferentes estados de cicatrización y comprender que algunas de
aquellas lesiones no podían atribuirse a un único castigo. La muchacha había
sido azotada repetidamente durante su vida, y ciertas marcas pertenecían
evidentemente a una época anterior a su llegada al servicio personal de Marco.
La inteligencia artificial comenzó a señalar las zonas de mayor riesgo,
diferenciando los tejidos inflamados de las cicatrices consolidadas. Aquella
información resultaba útil, pero también desagradable. El muchacho había
dedicado meses a estudiar la resistencia del acero, las propiedades de los
minerales y la anatomía de innumerables animales, mientras una persona que
vivía prácticamente a su lado conservaba sobre la espalda pruebas de
sufrimientos a los que él apenas había prestado atención.
—Tu madre ha sido muy clara —comentó Menas,
entregándole el recipiente—. «Deja que el niño la toque, Menas. Después de
todo, la muchacha le pertenece». ¡Por Asclepio! Esa mujer posee una imaginación
que terminará por arruinarnos a todos. —El alejandrino rio discretamente al
recordar la expresión maliciosa de Valeria, que parecía encontrar una
satisfacción particular en interpretar cualquier atención de su hijo hacia
Albia como el comienzo de alguna complicación doméstica futura. Sin embargo, su
diversión desapareció cuando Marco comenzó a trabajar. El muchacho se lavó
cuidadosamente las manos, preparó las vendas y dispuso los instrumentos con una
precisión que no tenía nada de infantil. Examinó las heridas antes de aplicar
el preparado, evitó las regiones más sensibles y preguntó a Albia si
experimentaba dolor, ardor o alguna sensación diferente de las que había
sentido durante la noche. Menas observaba con creciente interés. Había conocido
médicos de Constantinopla, Alejandría y Roma que poseían una formación
considerablemente más extensa que la de su discípulo, pero pocos demostraban
semejante disciplina en los procedimientos. Marco no parecía interesado en
impresionar a nadie. Actuaba con la concentración de quien sabe exactamente qué
está buscando y no desea distraerse hasta haber terminado.
—¿Te duele aquí? —preguntó Marco, examinando
una de las regiones próximas al hombro. —Un poco, mi señor —respondió Albia,
apretando los dedos contra la almohada—. Pero menos que anoche. —Bien. Dímelo
si empieza a arder o notas algo extraño. No necesitas soportarlo en silencio.
—Menas levantó ligeramente las cejas. Aquel muchacho, que en ocasiones parecía
considerar las emociones humanas una molestia secundaria frente a los problemas
matemáticos, demostraba ahora una delicadeza notable. Sus manos eran firmes,
sus movimientos económicos y su atención permanecía concentrada en las
reacciones de la paciente. El alejandrino había visto a Marco regresar de la
herrería con quemaduras que describía mediante cálculos sobre el tiempo de
recuperación, pero jamás lo había observado tan cuidadoso al tratar una lesión
ajena. Si decidiera dedicarse verdaderamente a la medicina, pensó Menas, no
cabía duda de que podría convertirse en uno de los médicos más solicitados del
Imperio antes de alcanzar la edad adulta. Con sus conocimientos y el respaldo
de los Aecianos, quizá terminaría atendiendo al propio emperador. Aunque,
conociendo las ambiciones de la familia, probablemente habría que convencerlo
de que curar a un soberano resultaba preferible a reemplazarlo.
Pero había algo que inquietaba al alejandrino
mucho más que las propiedades del ungüento. Marco examinaba las heridas con una
serenidad extraordinaria, identificando sus características, consultando
mentalmente conocimientos que Menas desconocía y realizando observaciones cuya
precisión parecía impropia de su edad. En ocasiones, aquella inteligencia
resultaba maravillosa; en otras, producía una impresión casi perturbadora. El
muchacho podía contemplar una lesión terrible y comenzar inmediatamente a calcular
probabilidades, tiempos de recuperación y consecuencias fisiológicas, como si
el sufrimiento fuese un problema geométrico que necesitara solución. Menas
comprendía perfectamente el valor de semejante capacidad. La medicina exigía
conservar la razón incluso cuando el paciente gritaba, sangraba o estaba a
punto de morir. Pero también sabía que un buen médico debía reconocer algo más
que tejidos, órganos y enfermedades. Las cicatrices de Albia no eran solamente
alteraciones anatómicas. Eran el resultado de decisiones humanas, de abusos
cometidos por personas que habían considerado aceptable causar aquel dolor. Y
ninguna preparación medicinal, por extraordinaria que fuese, podía corregir por
sí sola la causa que había producido aquellas heridas.
—Hay cicatrices muy antiguas —comentó
finalmente Menas, inclinándose para observar una de las marcas que cruzaban la
región inferior de la espalda—. Algunas parecen tener varios años. —Lo sé
—respondió Marco sin interrumpir su trabajo—. Estas ya han terminado de
cicatrizar. El ungüento no conseguirá eliminarlas. —No estaba preguntando por
el tratamiento, muchacho. —Marco levantó entonces la mirada. Menas señaló
suavemente una de las marcas blanquecinas y después contempló a Albia, que
había permanecido callada durante toda la conversación—. Me pregunto cuántas
veces habrá tenido que soportar algo semejante antes de que nosotros
comenzáramos a preocuparnos por ello. —La muchacha bajó los ojos, incómoda por
convertirse repentinamente en el centro de aquella reflexión. Marco permaneció
inmóvil unos instantes, sosteniendo todavía el pequeño instrumento con el que
distribuía el preparado. La inteligencia artificial continuaba mostrando sus
cálculos, indiferente a cuanto acababa de decir el alejandrino. Por primera vez
aquella mañana, el muchacho apartó deliberadamente la atención de las cifras y
contempló a Albia, no como una paciente cuyo proceso de recuperación debía
optimizarse, sino como una persona cuya historia apenas conocía.
—Albia —preguntó finalmente, con una suavidad
que hizo levantar los ojos a la muchacha—, ¿quién te hizo esas cicatrices
antiguas?
—La señora Damaris, mi señor —respondió Albia,
bajando la mirada mientras Menas terminaba de acomodarle las vendas sobre los
hombros. Marco contempló durante unos instantes las cicatrices antiguas,
algunas tan profundas que habían dejado pequeños relieves sobre la piel, y
luego retiró cuidadosamente los instrumentos de la mesa. No parecía
sorprendido, aunque su expresión se había endurecido ligeramente. —Bien,
tendrás que recomponerte. Nos espera un viaje largo y deberás soportar el dolor
durante varios días. No podemos detener toda la caravana cada vez que necesites
descansar. —Albia asintió, pero cuando Marco comenzó a explicarle que debía
mantener las heridas limpias, evitar determinados movimientos y avisar si
aparecía fiebre, la muchacha se incorporó con dificultad y lo abrazó
repentinamente, enterrando el rostro contra su pecho. —Si me quedo aquí,
moriré, mi señor —susurró entre lágrimas. Marco permaneció inmóvil, sorprendido
por aquel arrebato de afecto, y después respondió con su habitual franqueza—. Sí.
—Menas estuvo a punto de soltar una carcajada. No porque encontrara divertida
la desgracia de Albia, sino porque aquella respuesta resumía perfectamente la
desconcertante personalidad de su discípulo. Cualquier otro muchacho habría
prometido protegerla, le habría dicho que no debía preocuparse o habría
pronunciado alguna de esas frases tranquilizadoras que rara vez significaban
algo. Marco, en cambio, había considerado la afirmación, evaluado sus
probabilidades y confirmado su conclusión con la misma naturalidad con que
habría respondido a una pregunta sobre la temperatura del agua. —¡Por Asclepio,
muchacho! —murmuró el alejandrino, sacudiendo la cabeza—. Algún día tendrás que
aprender que ciertas verdades pueden acompañarse de unas cuantas palabras amables.
—¿Para qué? —repuso Marco—. Ya viene con nosotros. No tiene nada que temer
mientras permanezca a mi lado. —Menas abrió la boca para responder, pero
decidió que aquella última frase era, a su manera, una declaración de afecto
bastante más sincera de lo que parecía.
Todavía era de noche cuando abandonaron la
estancia. Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a perfilar las
montañas, y los corredores de Ferrata permanecían iluminados por lámparas cuyo
aceite estaba a punto de consumirse. En los patios inferiores ya se escuchaba
la actividad de los servidores encargados de preparar los animales de tiro,
revisar los equipajes y disponer las provisiones para el descenso. Marco
caminaba junto a Albia, procurando adaptar sus pasos a los de la muchacha,
mientras Menas los acompañaba cargando una pequeña bolsa con medicamentos y
vendas limpias. —Recuerda que deberás descansar siempre que sea posible —le
advirtió el alejandrino—. Y nada de cargar equipajes, ayudar con los animales
ni realizar esas tareas que tus compañeras consideran indispensables. Si
alguien te ordena trabajar, dile que Menas Diodoro lo ha prohibido
expresamente. —¿Y si no me creen, maestro? —preguntó Albia con timidez.
—Entonces envíalos a discutir conmigo. Disfruto extraordinariamente explicando a
los ignorantes por qué sus opiniones son estúpidas. —Marco sonrió ante aquella
respuesta, pero su diversión desapareció cuando, al doblar una esquina,
encontraron a Damaris avanzando desde las dependencias domésticas.
La anciana se detuvo inmediatamente al
descubrir a Albia. Durante un instante, sus ojos se endurecieron con una
expresión tan desagradable que la muchacha retrocedió instintivamente hacia
Marco. Damaris había pasado buena parte de la noche reflexionando sobre la
humillación sufrida ante Valeria, y todavía sentía como una herida abierta la
amenaza de recibir diez latigazos por cada golpe que volviera a descargar sobre
la pelirroja. Verla caminando junto al joven dominus, protegida por el médico y
aparentemente libre de cualquier obligación doméstica, le provocó una nueva
oleada de resentimiento. Estuvo a punto de reprenderla por abandonar sus tareas
antes del amanecer, pero la presencia de Menas le recordó que cualquier
intervención contra la muchacha podía convertirse en otro desastre. Buscó
entonces un destinatario diferente para su irritación. —¡Ah, el griego!
—exclamó, frunciendo los labios—. Ya veo que continúas llenando la cabeza de
nuestro joven señor con tus costumbres perturbadoras. Desde que llegaste a esta
casa no haces más que enseñarle a abrir cadáveres, mezclar sustancias inmundas
y cuestionar cuanto los buenos cristianos sabemos por la gracia de Dios. ¿Acaso
no tienes suficiente con tus libros paganos? ¿También necesitas convertir las
habitaciones de los niños en talleres de nigromancia? —Menas la contempló con
una expresión de paciente incredulidad. —Buenos días también para ti, mater
Damaris. Confío en que hayas descansado satisfactoriamente. —¡No te burles de
mí, alejandrino! —replicó ella—. Conozco a los hombres de tu especie. Hablan de
filosofía, de razón y de naturaleza, pero nunca los vemos arrodillados en la
iglesia. Enseñas al muchacho a confiar más en tus hierbas y en tus experimentos
que en las oraciones. ¡Y luego nos sorprendemos de que los niños pierdan el
respeto por sus mayores!
Menas levantó ligeramente las cejas, dispuesto
a responder, pero Marco se adelantó con una tranquilidad que resultó mucho más
irritante que cualquier exclamación. —Lanzas demasiadas piedras, nutrix. ¿Acaso
ya te confesaste tan temprano? —La pregunta fue acompañada de una sonrisa
perfectamente inocente, aunque sus ojos revelaban una intención muy distinta.
Damaris abrió la boca, pero ninguna palabra consiguió salir de ella. Por un
momento creyó que el muchacho conocía algo acerca de sus encuentros privados con
Cateuncio, y aquel pensamiento la hizo enrojecer violentamente. Menas, que
ignoraba buena parte de aquellas circunstancias, comprendió al menos que la
observación había encontrado un punto extraordinariamente sensible. Se acarició
la barba para ocultar una sonrisa y decidió guardar silencio. Marco aprovechó
la confusión para tomar nuevamente la mano de Albia. —Vamos, pelirroja. Tenemos
una montaña que bajar y una ciudad que conquistar. —Y sin conceder a su antigua
nodriza oportunidad de recomponerse, echó a correr hacia el corredor que
comunicaba con el patio principal.
—¡Marco! ¡Por todos los santos, no hagas
correr a la muchacha! —protestó Menas, siguiéndolos con una mezcla de
indignación y diversión. El muchacho apenas había dado unos pasos apresurados
cuando sintió que Albia no podía mantener su ritmo. La muchacha soltó una
pequeña exclamación al sentir cómo las heridas tiraban de la piel de su
espalda, y Marco redujo inmediatamente la velocidad, aunque procuró disimularlo
fingiendo que solamente deseaba examinar los carros que aguardaban junto a la
entrada. Albia lo siguió con una sonrisa dolorida, agradecida de haber escapado
nuevamente de la presencia de Damaris. Detrás de ellos, el alejandrino todavía
reía entre dientes, maravillado por aquella extraordinaria capacidad de su
discípulo para encontrar las palabras precisas con que desarmar a sus
adversarios. La anciana permaneció sola bajo las lámparas agonizantes del
corredor, contemplando el lugar por donde habían desaparecido. Había criado a
Marco, lo había sostenido en sus brazos cuando apenas sabía caminar y todavía
recordaba sus primeras palabras. Sin embargo, aquel niño al que llamaba
cariñosamente su pequeño señorito comenzaba a convertirse en un desconocido,
alguien capaz de mirarla con afecto un día y herirla con una sola frase al
siguiente. Y lo que más la perturbaba no era su insolencia, sino la sospecha de
que Marco sabía mucho más de cuanto estaba dispuesto a decir.
Al llegar al patio principal encontraron a
Valeria Crispiana Severina supervisando los últimos preparativos del viaje,
mientras Flavia permanecía a su lado, entretenida en dar instrucciones a unos
servidores que, por supuesto, no tenían obligación alguna de obedecerla. La
matrona vestía una túnica de viaje color marfil, protegida por un manto de lana
fina, y llevaba el cabello cuidadosamente recogido bajo un velo que no
conseguía ocultar del todo su satisfacción por abandonar las montañas. Junto a
ellas se encontraba Armin, a quien los trabajadores de Ferrata habían comenzado
a llamar el Oso. Apenas era un par de años mayor que Marco, pero ya alcanzaba
la estatura de Valeria y poseía una constitución extraordinariamente robusta,
con hombros anchos, brazos poderosos y unas manos que parecían haber sido
fabricadas para levantar piedras de molino. Su rostro conservaba todavía la
redondez de la juventud, circunstancia que contrastaba con un cuerpo cuyo
crecimiento parecía adelantarse varios años al de sus compañeros. No era
particularmente hablador, pero poseía dos cualidades que la matrona había
comenzado a apreciar: una lealtad casi inquebrantable y una capacidad singular
para comprender las órdenes antes de que terminaran de pronunciárselas. Si
Valeria señalaba un cofre, Armin sabía si debía cargarlo, abrirlo o trasladarlo
al carro correspondiente; si una rueda comenzaba a atascarse, el muchacho
acudía sin esperar instrucciones, y si Flavia se aproximaba demasiado a los
animales de tiro, se interponía discretamente entre ella y cualquier peligro.
Aquella combinación de fuerza, discreción y buen juicio resultaba especialmente
atractiva para una mujer que llevaba toda su vida tratando con servidores
capaces de discutir durante media hora acerca de una tarea que habría requerido
apenas unos instantes.
—¡Ah, aquí está mi pequeño filósofo! —exclamó
Valeria al descubrir a Marco, aunque su sonrisa se atenuó al advertir que Albia
caminaba a su lado con cierta dificultad—. Confío en que Menas haya terminado
sus experimentos médicos antes de que nos alcance el invierno. —No son
experimentos, domina, sino tratamientos —repuso el alejandrino, que acababa de
llegar detrás de ambos—. Aunque comprendo que para ciertas personas cualquier
procedimiento que no incluya invocar a Galeno y rezar tres oraciones resulte
sospechoso. —Valeria rio y agitó ligeramente su abanico, pero pronto regresó su
atención a Armin, que acababa de levantar sin aparente esfuerzo uno de los
pesados cofres de viaje. —Ven aquí, muchacho. Déjame verte. —El joven obedeció
inmediatamente, dejó el equipaje donde correspondía y se presentó ante ella con
la espalda recta y las manos a los costados. Valeria lo contempló con
manifiesta satisfacción, palpándole los hombros y después los brazos con el
interés práctico de quien examina un toro joven, manso y extraordinariamente
poderoso. No había en aquel reconocimiento físico ninguna intención galante,
sino una apreciación casi ganadera de la robustez, la buena salud y las
posibilidades futuras de un servidor particularmente prometedor. —¡Por todos
los santos, cómo estás creciendo! Apenas hace unos meses llegabas a mi hombro y
ahora tendré que levantar la cabeza para regañarte. Tienes buena espalda,
brazos fuertes y, por fortuna, bastante más juicio que algunos hombres que te
doblan la edad. ¿Cuántos años tienes ya, Armin? —El muchacho respondió con su
habitual brevedad, y Valeria asintió complacida—. Magnífico. Creo que ha
llegado el momento de que comiences a ejercitarte seriamente con las armas.
Flavia levantó inmediatamente la cabeza,
interesada por aquella decisión. —¿Armin va a convertirse en soldado, mamá?
—Todavía no, mi amor. Pero tu hermano necesita hombres de confianza, y prefiero
tener junto a él a alguien que haya crecido en nuestra casa antes que contratar
a un desconocido que solamente sepa contar sus monedas. —La matrona volvió
hacia Armin una mirada mucho más seria—. Escúchame bien, muchacho. Hablaré con
el herrero para que te instruya en el manejo de las armas y compruebe tus aptitudes.
Quiero que aprendas a utilizar la espada, la lanza y el escudo, pero también
que sepas proteger a otra persona sin dejarte arrastrar por la ira. Ser fuerte
es una virtud; ser fuerte y estúpido constituye una calamidad. Si el herrero
considera que sirves para el oficio y demuestras que eres digno de nuestra
confianza, te concederé la libertad. Tendrás un estipendio, podrás formar una
familia y recibirás un nombre romano como corresponde a un liberto de una casa
respetable. ¡Todo el asunto! Hasta podrás quejarte de los impuestos como
cualquier ciudadano honrado. —Armin abrió ligeramente los ojos. Su expresión
habitualmente imperturbable se quebró durante un instante y pareció que iba a
pronunciar un discurso, pero finalmente se limitó a inclinar profundamente la
cabeza—. Os serviré fielmente, domina. —Eso espero, muchacho. Y no quiero que
sirvas solamente por agradecimiento. Quiero que aprendas a cumplir tu deber
porque comprendes su importancia. Un guardaespaldas que únicamente sabe
obedecer órdenes puede resultar inútil precisamente cuando más se lo necesita.
Marco observó aquella conversación con
interés, mientras Albia permanecía discretamente a su lado. La promesa de
manumisión había producido en Armin una reacción mucho más profunda que
cualquier elogio de su fuerza. El joven había permanecido prácticamente
inmóvil, pero sus manos se habían cerrado durante unos segundos y había
necesitado respirar antes de responder. Flavia, entretanto, examinaba los
brazos del muchacho con una curiosidad semejante a la de su madre. —¿Y podrá
levantar a Marco con una sola mano? —preguntó. —Flavia —repuso Valeria con
fingida severidad—, no estamos comprando un oso para entretenernos durante las
Saturnales. —¡Pero todos lo llaman el Oso! —Precisamente, y si sigues
molestándolo terminará creyendo que tiene derecho a comerse a las pequeñas
serpientes que no dejan de hacer preguntas. —La niña se refugió inmediatamente
detrás de la matrona, riendo, mientras Armin permanecía tan serio que resultaba
imposible determinar si había comprendido la broma. Marco, por su parte,
contempló al muchacho y después a Albia. Ambos pertenecían a la misma condición
servil, pero sus perspectivas comenzaban a separarse por razones que nada
tenían que ver con sus deseos: Armin poseía una fuerza que Valeria consideraba
útil para proteger a su hijo, mientras que Albia había necesitado demostrar un
talento extraordinario y sobrevivir a una paliza para obtener una posición menos
vulnerable. Aquella diferencia no pasó inadvertida para el joven Aeciano.
Valeria dio por concluida la inspección con
una palmada afectuosa sobre el hombro de Armin y señaló uno de los carros.
—Ahora ve y comprueba que los equipajes de los niños estén bien sujetos. Y
procura que Albia tenga un lugar cómodo, porque Menas me ha repetido tantas
veces que no debe esforzarse que comienzo a sospechar que desea convertirla en
una princesa. —El Oso obedeció de inmediato. Antes de retirarse, sin embargo,
dirigió a Marco una mirada breve, casi interrogativa, como si quisiera
asegurarse de que había comprendido correctamente sus futuras obligaciones. El
muchacho respondió con un pequeño asentimiento, y Armin se alejó hacia los
vehículos sin pronunciar otra palabra. Valeria lo siguió con los ojos y sonrió,
satisfecha. —Ese joven me agrada. No habla más de lo necesario, comprende lo
que se le pide y tiene la fuerza de tres hombres. Con un poco de educación
militar podría convertirse en un servidor verdaderamente formidable. —Menas,
que había presenciado todo el intercambio, se acarició la barba—. Una
combinación admirable, domina. Aunque personalmente añadiría que también
convendría enseñarle a pensar por sí mismo. —¡Naturalmente, griego! —replicó
Valeria, abriendo su abanico—. Pero procura no convertirlo en otro Marco.
Necesito un guardaespaldas, no un segundo abogado que encuentre argumentos para
desobedecerme.
—¡Ah, casi lo olvidaba! —exclamó Valeria,
cuando Marco comenzaba a dirigirse hacia los carros, satisfecho de que los
preparativos estuvieran llegando a su fin—. Todavía tenemos pendiente tu
castigo, pequeño abogado de tres dracmas. He pensado detenidamente en lo
sucedido anoche y he decidido que, durante todo el viaje, serás personalmente
responsable de Júpiter. Lo llevarás contigo, lo alimentarás, procurarás que no
se escape y te encargarás de limpiar cualquier desastre que provoque. Nada de
entregárselo a los esclavos cuando te aburras, ni de abandonarlo en algún carro
porque prefieras estudiar tus libros. Es tu castigo y lo cumplirás como
corresponde a un caballero romano. —Marco levantó las cejas, bastante
sorprendido por aquella sentencia. Había esperado alguna prohibición
relacionada con sus experimentos, quizá una reducción de sus privilegios o, en
el peor de los casos, la obligación de acompañar a su madre durante
interminables visitas de cortesía. Cuidar de un gato le parecía una penalidad
extraordinariamente benigna, especialmente cuando el animal ya acostumbraba
seguirlo por toda la propiedad. Sin embargo, antes de que pudiera responder,
Flavia dejó escapar una protesta indignada.
—¡Pero mamá! ¡Júpiter iba a viajar conmigo!
¡Me lo prometiste! —La pequeña Aeciana frunció el ceño y cruzó los brazos con
una expresión que recordaba demasiado a su madre cuando alguna disposición
doméstica no coincidía con sus deseos. Valeria la contempló por encima del
abanico con una paciencia que comenzaba a agotarse—. Mi querida serpiente, ayer
terminaste con los brazos arañados por intentar abrazar a ese animal como si
fuera una muñeca de trapo. No pienso presentarte ante Eldrunna, la esposa del prefecto,
con las manos y los antebrazos llenos de marcas. La señora es una mujer
distinguida, muy atenta a los detalles, y quiero que vea en ti a una pequeña
dama de buena educación, no a una campesina que acaba de perder una disputa con
un gato montés. —¡Pero Júpiter me quiere! —Naturalmente, cariño. También estoy
convencida de que los leones sienten un profundo afecto por los cristianos
antes de devorarlos. Eso no significa que debamos permitirles dormir en
nuestras camas. —Flavia abrió la boca para presentar una nueva objeción, pero
Valeria cerró el abanico con un golpe seco—. ¡Y san se acabó! El gato viajará
con Marco. Cuando lleguemos a Mediolanum podrás visitarlo, siempre que aprendas
a sostenerlo sin terminar ensangrentada.
La decisión pareció recibir la aprobación
inmediata del único interesado que todavía no había expresado su opinión.
Júpiter, que hasta entonces permanecía sentado sobre uno de los cofres de
viaje, observando los movimientos de los servidores con la indiferencia
majestuosa de un pequeño emperador, levantó las orejas al escuchar la voz de
Marco. El muchacho apenas tuvo tiempo de extender los brazos antes de que el
animal saltara hacia él, trepara por su túnica y terminara instalado sobre su
hombro, acomodándose con tal naturalidad que parecía haber ocupado aquel puesto
durante toda su vida. Un ronroneo satisfecho comenzó a surgir de su garganta
mientras restregaba la cabeza contra el cuello de su dueño. Valeria contempló
aquella demostración con una satisfacción casi triunfal. —¡Oh, pero mirad qué
maravilla! ¡Ni siquiera ha sido necesario repetirle la orden! —exclamó,
señalando al gato con el abanico—. Deberías aprender de tu mascota, mi querida
serpiente. Una criatura tan adorable, tan obediente y tan agradecida por las
atenciones que recibe. —Flavia contempló a Júpiter con una mezcla de
indignación y traición personal, incapaz de comprender por qué aquel miserable
animal que acababa de clavarle las uñas la noche anterior se comportaba ahora
como un querubín sobre el hombro de su hermano. —¡Es un hipócrita! —declaró
finalmente. —Entonces posee una cualidad indispensable para desenvolverse entre
los aristócratas —repuso Valeria con una sonrisa radiante—. Quizá debamos
llevarlo también a las recepciones.
Marco acarició distraídamente la cabeza del
felino, que respondió cerrando los ojos y hundiendo las uñas, esta vez con
moderación, en la tela de su túnica. —No te hagas ilusiones, mugroso. No pienso
permitirte cazar pájaros durante el camino. Las ratas sí; los gorriones, no.
—Júpiter abrió un ojo, emitió un maullido breve y volvió a acomodarse,
aparentemente dispuesto a ignorar cualquier disposición que contradijera sus
intereses. Menas, que había presenciado toda la escena, soltó una carcajada y
se inclinó hacia Albia para murmurar que la domina acababa de descubrir la
forma más elegante de castigar a su hijo: imponerle como obligación aquello que
probablemente habría hecho por voluntad propia. La muchacha sonrió débilmente,
todavía dolorida, mientras Armin terminaba de asegurar los equipajes del carro
donde debía viajar. Flavia, entretanto, continuaba mirando al gato con un
resentimiento que prometía durar bastante más que sus arañazos, aunque su madre
ya había comenzado a enumerar las virtudes de Eldrunna y la importancia de
causar una impresión favorable en una mujer tan influyente.
Valeria contempló finalmente a sus hijos, al
enorme Armin y a la pequeña Albia, cuya presencia en la comitiva todavía le
provocaba ciertas reflexiones acerca de las complicaciones que Marco parecía
atraer con una facilidad extraordinaria. Después volvió a mirar a Júpiter, que
ronroneaba satisfecho sobre el hombro del muchacho, y sintió que al menos una
de sus decisiones había resultado impecable. —¡Qué criatura tan adorable!
—repitió, absolutamente convencida de que acababa de impartir una lección magistral
sobre obediencia, disciplina y responsabilidad. Marco, sin embargo, había
comenzado a sospechar que el verdadero castigado no sería él, sino cualquiera
que pretendiera convencer al gato de permanecer encerrado durante las largas
jornadas del viaje. Lo observó de reojo y recibió a cambio un parpadeo lento,
casi afectuoso. «Magnífico —pensó—. Mi madre cree que me ha castigado, Flavia
cree que le he robado su gato y este bandido acaba de conseguir transporte,
alimentación y protección personal hasta Mediolanum. De todos nosotros, el
único que parece haber negociado inteligentemente es Júpiter».
Albia tuvo el privilegio inesperado de viajar
en el carruaje de Valeria Crispiana Severina, junto con Marco, Flavia y
Júpiter, una disposición que provocó no pocas miradas de curiosidad entre los
servidores encargados de organizar la comitiva. La muchacha había sido bañada,
perfumada y vestida con una túnica de lino fino, de un color azul pálido que
armonizaba admirablemente con su cabello rojizo. Menas había dispuesto
almohadones para protegerle la espalda y advertido expresamente que debía
evitar los movimientos bruscos durante el descenso. Sin embargo, ninguna de
aquellas comodidades conseguía tranquilizarla por completo. Permanecía sentada
muy derecha, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos discretamente
bajos, temerosa de cometer alguna falta delante de la domina. Valeria observó
aquella rigidez durante unos minutos antes de cerrar el pequeño códice que
llevaba entre las manos. —¡Por todos los santos, niña! Vas a terminar
fatigándome solamente de verte tan tiesa. Recuéstate un poco, que pareces una
estatua funeraria. —Albia obedeció inmediatamente, aunque con una cautela que
hizo suspirar a la matrona—. Mucho mejor. Ahora, si no te causa dolor, ¿podrías
cantarnos algo breve? Un salmo, quizá. Quisiera comprobar si aquella maravilla
de anoche fue verdadera o si el vino consiguió embellecer mis recuerdos. —Marco
levantó inmediatamente la mirada, dispuesto a recordar las recomendaciones de
Menas, pero Albia se adelantó—. Puedo hacerlo, domina. Solamente un poco. —La
muchacha respiró con cuidado y comenzó una interpretación breve y delicadísima,
sin forzar la voz, de un salmo que había aprendido durante sus lecciones. La
melodía surgió con tal pureza que incluso el traqueteo de las ruedas pareció
desvanecerse bajo las notas sostenidas. Valeria permaneció inmóvil, escuchando
con los ojos entrecerrados, y cuando la última sílaba se extinguió, dejó
escapar un suspiro profundamente satisfecho. —¡Magnífico! Absolutamente
magnífico. Cultiva esa voz, niña, y te prometo que en toda tu vida no tendrás
que levantar nada más pesado que una copa de vino. Una cantora semejante merece
almohadones, buenos maestros y una alimentación excelente. —Después miró a
Marco con una sonrisa intencionada—. Aunque tendremos que enseñarle algo de
música verdaderamente refinada. No pienso permitir que mi hijo monopolice
semejante tesoro con sus extraños ejercicios.
—Madre, la estás convirtiendo en una ociosa
—observó Marco, mientras acomodaba a Júpiter sobre sus rodillas. —¡Bah! Hablas
como tu abuelo cuando pretende convencerme de que los perfumes son un gasto
innecesario. Hay trabajos que se hacen con las manos y otros que se hacen con
la voz, cariño. No confundas la delicadeza con la inutilidad. —Flavia, que
había escuchado aquella conversación con creciente curiosidad, se inclinó hacia
Albia para examinarla más de cerca. Hasta entonces la había considerado simplemente
otra esclava de la casa, quizá algo más favorecida que las demás por su
cercanía con Marco, pero no esencialmente diferente de las muchachas que
preparaban sus vestidos o llevaban agua a sus aposentos. Ahora descubría en
ella dos cualidades que apreciaba extraordinariamente: una voz hermosa y una
belleza delicada, realzada por los cabellos rojizos que contrastaban con sus
propios rasgos aristocráticos. —¿Puedes enseñarme a cantar así? —preguntó sin
demasiados preámbulos. —Si vuestra madre lo permite, pequeña domina —respondió
Albia. —¡Por supuesto que lo permite! ¿Verdad, mamá? —Valeria soltó una
risita—. Si prometes no convertir las lecciones en otra ocasión para dar
órdenes, mi pequeña serpiente, no encuentro inconveniente. —Flavia pareció
considerar injusta aquella condición, pero decidió ignorarla y comenzó a
preguntar a Albia cuánto tiempo llevaba practicando, si sabía cantar en griego
y si era cierto que podía sostener una nota durante tanto tiempo como para
apagar una lámpara antes de terminarla. La muchacha respondió con creciente
confianza, sorprendida de encontrarse conversando con una hija de los Aecianos
sobre asuntos que no tenían relación alguna con sus obligaciones domésticas.
Marco, entretanto, permitió que Albia jugara
con Júpiter. El gato había pasado buena parte de la mañana instalado sobre sus
piernas, observando por las ventanas las ramas que parecían desplazarse junto
al carruaje, pero la muchacha consiguió atraer su atención moviendo suavemente
una pequeña cinta de tela. Júpiter comenzó a perseguirla con las patas
delanteras, primero con una dignidad bastante aceptable y después con el
entusiasmo ridículo de un animal que olvidaba su pretendida majestad en cuanto
aparecía algo que podía cazar. Albia rio por primera vez desde la paliza,
aunque tuvo que interrumpir la risa cuando sintió una punzada en la espalda.
Marco la ayudó a acomodarse y colocó al felino junto a ella. El animal,
aparentemente satisfecho de sus conquistas, se acurrucó contra su costado y
comenzó a ronronear con una intensidad sorprendente. Aquella vibración
continua, acompañada del calor de su pequeño cuerpo, terminó por tranquilizar a
Albia, que apoyó cuidadosamente una mano sobre su lomo y cerró los ojos durante
unos instantes. Flavia contempló la escena con manifiesta indignación. —¡Pero
si ayer me arañó por intentar hacer exactamente eso! —Porque lo sujetaste como
si fuera un saco de harina —repuso Marco—. Los gatos no son muñecas. Si quieres
que se acerque, debes permitirle decidirlo. —¡Qué disparate! ¡Es un animal!
—Precisamente. No conoce las reglas de cortesía de nuestra familia. —Valeria
rio ante aquella observación y miró a su hija con satisfacción—. Escucha a tu
hermano, querida. Hasta las criaturas más pequeñas tienen preferencias, y una
dama inteligente aprende a reconocerlas antes de intentar imponer las suyas.
—Flavia frunció el ceño, pero terminó por sentarse junto a Albia y acariciar
prudentemente la cabeza del felino. Júpiter aceptó aquella segunda aproximación
sin protestar, circunstancia que la niña interpretó inmediatamente como una
reconciliación definitiva.
El viaje por las montañas se convirtió así en
una sucesión de pequeñas conversaciones, paisajes y descubrimientos que Valeria
no había previsto. Los caminos descendían entre bosques de hayas, castaños y
coníferas, bordeaban laderas cubiertas de pastos y atravesaban pequeños
asentamientos donde los campesinos interrumpían sus trabajos para contemplar el
paso de una comitiva aristocrática. En ocasiones, el carruaje avanzaba tan
lentamente que podían distinguir los pájaros entre las ramas y escuchar el rumor
de los arroyos que descendían de las alturas. Flavia encontraba particularmente
entretenido preguntar a Marco por cualquier criatura que apareciera junto al
camino, aunque no tardó en descubrir que aquello podía provocar explicaciones
interminables. Cuando un búho de grandes dimensiones levantó el vuelo desde una
zona sombría del bosque y pasó cerca del carruaje, las tres mujeres se
sobresaltaron. Valeria llevó instintivamente una mano al pecho, Albia se
encogió contra sus almohadones y Flavia soltó una exclamación al contemplar los
enormes ojos amarillos del animal. —¡Qué criatura tan desagradable! —protestó
la niña—. ¡Parecía un demonio con plumas! —Un bubo, hermana —corrigió Marco,
inclinándose para observarlo mientras desaparecía entre los árboles—. Los
griegos lo llaman býas. Es una rapaz nocturna, aunque también puede cazar
durante el crepúsculo. Sus plumas le permiten volar con muy poco ruido y sus
garras son extraordinariamente fuertes. —¡Pues debería aprender a no asustar a
las personas decentes! —replicó Flavia. —Las personas decentes no suelen formar
parte de su alimentación, afortunadamente. Prefiere pequeños mamíferos, aves y
otros animales que consigue capturar. Incluso puede matar ratas bastante
grandes. —Valeria arqueó una ceja—. ¿Y pretendes decirme que ese espantoso
pajarraco resulta útil? —Muchísimo, madre. Controla las poblaciones de roedores
y otras alimañas que destruyen las cosechas o consumen nuestros graneros. Sin
él y otros depredadores, tendríamos muchas más dificultades para conservar los
alimentos. Además, algunas especies comienzan a anidar cuando todavía hace
frío, aprovechando cavidades, riscos y lugares protegidos. No necesitan
construir siempre un nido como hacen otras aves.
Aquello dio pie a una larga explicación sobre
las costumbres de las rapaces nocturnas, la forma en que localizaban sus presas
y las diferencias entre los búhos y las lechuzas. Marco utilizaba con absoluta
naturalidad denominaciones griegas y latinas, algunas procedentes de las
clasificaciones antiguas y otras adaptadas a conceptos que solamente existían
en sus conocimientos del futuro. Describía la estructura de las plumas, la
utilidad de los ojos orientados hacia adelante, la extraordinaria sensibilidad
de su oído y la manera en que ciertas especies regurgitaban pequeñas masas de
huesos y pelo después de alimentarse. Flavia escuchaba fascinada, aunque
Valeria comenzó a sospechar que su hijo estaba inventando al menos la mitad de
aquellas particularidades. —Marco, cariño, ¿de dónde sacas todas esas cosas? He
conocido hombres que pasan su vida estudiando animales y jamás los he escuchado
hablar con semejante precisión. —Antes de que el muchacho pudiera elaborar una
respuesta, Flavia intervino con la seguridad absoluta de quien acaba de
resolver un misterio—. ¡De sus pergaminos mágicos, mamá! Esos que se destruyen
después de que él los lee. Siempre encuentra uno cuando necesita saber algo y
después desaparece. —Valeria volvió lentamente los ojos hacia Marco, cuya
expresión permaneció sospechosamente inocente—. ¿Pergaminos que se destruyen
después de ser leídos? —¡Sí! —continuó Flavia, encantada de poder demostrar sus
conocimientos—. Son secretos. Marco dice que algunas cosas solamente pueden
escribirse una vez y que después deben desaparecer para que nadie las copie.
—La matrona contempló a su hijo durante varios segundos antes de dejar escapar
una carcajada—. ¡Por todos los santos! ¡Qué magnífica excusa para no mostrarle
los deberes a tu maestro! Tendré que preguntarle a Menas cuántos pergaminos
milagrosos han desaparecido durante tus lecciones. —Marco sonrió débilmente,
mientras en su interior comenzaba a considerar que había utilizado aquella
explicación demasiadas veces. Su hermana la repetía ahora con una convicción
tan absoluta que cualquier día terminaría mencionándola delante de un obispo,
un funcionario imperial o, peor todavía, de alguien suficientemente inteligente
para exigirle una demostración.
El sol avanzaba lentamente sobre las montañas
cuando Albia, todavía acariciando a Júpiter, comenzó a sentirse verdaderamente
cómoda entre los ocupantes del carruaje. Flavia había terminado por aceptar su
presencia como algo más que una obligación doméstica y ahora le mostraba
pequeños adornos de sus vestidos, le preguntaba por los nombres de las flores
silvestres y le prometía que en Mediolanum podría escuchar a los mejores
cantores de las iglesias. Valeria intervenía ocasionalmente para corregir algún
modismo, explicar una costumbre aristocrática o recordar a su hija que no debía
confundir la familiaridad con la pérdida de las buenas maneras. Pero sus
observaciones carecían de verdadera severidad. La matrona disfrutaba viendo a
los niños entretenidos, escuchando sus conversaciones y descubriendo que la
pequeña cantora podía convertirse también en una compañía agradable durante las
largas jornadas. Albia, por su parte, experimentaba una felicidad tímida, casi
desconfiada, que no se atrevía a disfrutar por completo. Había pasado de los
dormitorios inferiores de Ferrata a compartir el carruaje de una de las mujeres
más distinguidas de Italia, y todavía sentía el dolor de los latigazos bajo las
vendas. Sabía que continuaba siendo una esclava, que aquella comodidad dependía
de la voluntad de sus señores y que ninguna promesa de protección equivalía a
la libertad. Sin embargo, cuando Flavia volvió a pedirle que le enseñara una
melodía sencilla y Júpiter comenzó nuevamente a ronronear contra su costado,
permitió que una sonrisa iluminara su rostro. Marco la observó unos instantes y
regresó después la mirada hacia los bosques que cubrían las laderas. Había
pasado buena parte de su existencia intentando comprender las leyes de la
naturaleza y calcular los acontecimientos futuros, pero aquella tarde descubrió
que, por una vez, no necesitaba explicar absolutamente nada. Era suficiente con
escuchar las risas de su hermana, las observaciones de su madre y el ronroneo
de un gato mugroso que, a juzgar por su expresión satisfecha, seguía
considerándose el verdadero señor de toda la comitiva.