domingo, 1 de noviembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El oso, la cantora y los pergaminos imposibles

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La inteligencia artificial continuaba hablando en el interior de la mente de Marco mientras este examinaba los pequeños recipientes preparados sobre la mesa. El ungüento contenía dos principios antibióticos de origen diferente: uno procedente de cultivos asociados a la fermentación de cerveza, identificado como un compuesto betalactámico, y otro obtenido de determinados mohos del pan, perteneciente a la familia de las penicilinas. La interfaz desplegaba las concentraciones calculadas, los márgenes de estabilidad, las posibles reacciones adversas y una estimación de la evolución de los tejidos lesionados. Aquella combinación prometía reducir considerablemente el riesgo de infección y favorecer una cicatrización más limpia, aunque el sistema advertía que ninguna intervención podía garantizar la desaparición completa de las marcas. «Concentraciones dentro de los parámetros establecidos. Riesgo de infección bacteriana reducido. Pronóstico de regeneración favorable. Se recomienda vigilancia de la respuesta inflamatoria». Marco asintió imperceptiblemente. La precisión de aquellos cálculos contrastaba con los procedimientos habituales de la medicina romana, donde todavía abundaban los tratamientos basados en sangrías, cauterizaciones y preparados minerales de dudosa eficacia. Sin embargo, el muchacho sabía que una cosa era disponer del conocimiento necesario y otra muy distinta conseguir que los instrumentos y materiales del siglo V reprodujeran fielmente aquello que la inteligencia artificial describía.

Albia permanecía recostada boca abajo sobre un pequeño lecho, con el cabello rojizo recogido cuidadosamente para evitar que rozara las heridas. Habían dejado descubierta únicamente la espalda, cuya superficie mostraba una combinación desoladora de lesiones recientes y cicatrices antiguas. Algunas eran líneas delgadas y blanquecinas que habían cicatrizado años atrás; otras formaban pequeños relieves irregulares donde la piel había sanado de manera imperfecta. Las marcas más recientes, provocadas por Damaris la noche anterior, atravesaban aquellas señales antiguas y presentaban regiones inflamadas que preocupaban especialmente a Menas. Marco las examinó en silencio. Conocía suficientemente bien la anatomía humana para distinguir los diferentes estados de cicatrización y comprender que algunas de aquellas lesiones no podían atribuirse a un único castigo. La muchacha había sido azotada repetidamente durante su vida, y ciertas marcas pertenecían evidentemente a una época anterior a su llegada al servicio personal de Marco. La inteligencia artificial comenzó a señalar las zonas de mayor riesgo, diferenciando los tejidos inflamados de las cicatrices consolidadas. Aquella información resultaba útil, pero también desagradable. El muchacho había dedicado meses a estudiar la resistencia del acero, las propiedades de los minerales y la anatomía de innumerables animales, mientras una persona que vivía prácticamente a su lado conservaba sobre la espalda pruebas de sufrimientos a los que él apenas había prestado atención.

—Tu madre ha sido muy clara —comentó Menas, entregándole el recipiente—. «Deja que el niño la toque, Menas. Después de todo, la muchacha le pertenece». ¡Por Asclepio! Esa mujer posee una imaginación que terminará por arruinarnos a todos. —El alejandrino rio discretamente al recordar la expresión maliciosa de Valeria, que parecía encontrar una satisfacción particular en interpretar cualquier atención de su hijo hacia Albia como el comienzo de alguna complicación doméstica futura. Sin embargo, su diversión desapareció cuando Marco comenzó a trabajar. El muchacho se lavó cuidadosamente las manos, preparó las vendas y dispuso los instrumentos con una precisión que no tenía nada de infantil. Examinó las heridas antes de aplicar el preparado, evitó las regiones más sensibles y preguntó a Albia si experimentaba dolor, ardor o alguna sensación diferente de las que había sentido durante la noche. Menas observaba con creciente interés. Había conocido médicos de Constantinopla, Alejandría y Roma que poseían una formación considerablemente más extensa que la de su discípulo, pero pocos demostraban semejante disciplina en los procedimientos. Marco no parecía interesado en impresionar a nadie. Actuaba con la concentración de quien sabe exactamente qué está buscando y no desea distraerse hasta haber terminado.

—¿Te duele aquí? —preguntó Marco, examinando una de las regiones próximas al hombro. —Un poco, mi señor —respondió Albia, apretando los dedos contra la almohada—. Pero menos que anoche. —Bien. Dímelo si empieza a arder o notas algo extraño. No necesitas soportarlo en silencio. —Menas levantó ligeramente las cejas. Aquel muchacho, que en ocasiones parecía considerar las emociones humanas una molestia secundaria frente a los problemas matemáticos, demostraba ahora una delicadeza notable. Sus manos eran firmes, sus movimientos económicos y su atención permanecía concentrada en las reacciones de la paciente. El alejandrino había visto a Marco regresar de la herrería con quemaduras que describía mediante cálculos sobre el tiempo de recuperación, pero jamás lo había observado tan cuidadoso al tratar una lesión ajena. Si decidiera dedicarse verdaderamente a la medicina, pensó Menas, no cabía duda de que podría convertirse en uno de los médicos más solicitados del Imperio antes de alcanzar la edad adulta. Con sus conocimientos y el respaldo de los Aecianos, quizá terminaría atendiendo al propio emperador. Aunque, conociendo las ambiciones de la familia, probablemente habría que convencerlo de que curar a un soberano resultaba preferible a reemplazarlo.

Pero había algo que inquietaba al alejandrino mucho más que las propiedades del ungüento. Marco examinaba las heridas con una serenidad extraordinaria, identificando sus características, consultando mentalmente conocimientos que Menas desconocía y realizando observaciones cuya precisión parecía impropia de su edad. En ocasiones, aquella inteligencia resultaba maravillosa; en otras, producía una impresión casi perturbadora. El muchacho podía contemplar una lesión terrible y comenzar inmediatamente a calcular probabilidades, tiempos de recuperación y consecuencias fisiológicas, como si el sufrimiento fuese un problema geométrico que necesitara solución. Menas comprendía perfectamente el valor de semejante capacidad. La medicina exigía conservar la razón incluso cuando el paciente gritaba, sangraba o estaba a punto de morir. Pero también sabía que un buen médico debía reconocer algo más que tejidos, órganos y enfermedades. Las cicatrices de Albia no eran solamente alteraciones anatómicas. Eran el resultado de decisiones humanas, de abusos cometidos por personas que habían considerado aceptable causar aquel dolor. Y ninguna preparación medicinal, por extraordinaria que fuese, podía corregir por sí sola la causa que había producido aquellas heridas.

—Hay cicatrices muy antiguas —comentó finalmente Menas, inclinándose para observar una de las marcas que cruzaban la región inferior de la espalda—. Algunas parecen tener varios años. —Lo sé —respondió Marco sin interrumpir su trabajo—. Estas ya han terminado de cicatrizar. El ungüento no conseguirá eliminarlas. —No estaba preguntando por el tratamiento, muchacho. —Marco levantó entonces la mirada. Menas señaló suavemente una de las marcas blanquecinas y después contempló a Albia, que había permanecido callada durante toda la conversación—. Me pregunto cuántas veces habrá tenido que soportar algo semejante antes de que nosotros comenzáramos a preocuparnos por ello. —La muchacha bajó los ojos, incómoda por convertirse repentinamente en el centro de aquella reflexión. Marco permaneció inmóvil unos instantes, sosteniendo todavía el pequeño instrumento con el que distribuía el preparado. La inteligencia artificial continuaba mostrando sus cálculos, indiferente a cuanto acababa de decir el alejandrino. Por primera vez aquella mañana, el muchacho apartó deliberadamente la atención de las cifras y contempló a Albia, no como una paciente cuyo proceso de recuperación debía optimizarse, sino como una persona cuya historia apenas conocía.

—Albia —preguntó finalmente, con una suavidad que hizo levantar los ojos a la muchacha—, ¿quién te hizo esas cicatrices antiguas?

—La señora Damaris, mi señor —respondió Albia, bajando la mirada mientras Menas terminaba de acomodarle las vendas sobre los hombros. Marco contempló durante unos instantes las cicatrices antiguas, algunas tan profundas que habían dejado pequeños relieves sobre la piel, y luego retiró cuidadosamente los instrumentos de la mesa. No parecía sorprendido, aunque su expresión se había endurecido ligeramente. —Bien, tendrás que recomponerte. Nos espera un viaje largo y deberás soportar el dolor durante varios días. No podemos detener toda la caravana cada vez que necesites descansar. —Albia asintió, pero cuando Marco comenzó a explicarle que debía mantener las heridas limpias, evitar determinados movimientos y avisar si aparecía fiebre, la muchacha se incorporó con dificultad y lo abrazó repentinamente, enterrando el rostro contra su pecho. —Si me quedo aquí, moriré, mi señor —susurró entre lágrimas. Marco permaneció inmóvil, sorprendido por aquel arrebato de afecto, y después respondió con su habitual franqueza—. Sí. —Menas estuvo a punto de soltar una carcajada. No porque encontrara divertida la desgracia de Albia, sino porque aquella respuesta resumía perfectamente la desconcertante personalidad de su discípulo. Cualquier otro muchacho habría prometido protegerla, le habría dicho que no debía preocuparse o habría pronunciado alguna de esas frases tranquilizadoras que rara vez significaban algo. Marco, en cambio, había considerado la afirmación, evaluado sus probabilidades y confirmado su conclusión con la misma naturalidad con que habría respondido a una pregunta sobre la temperatura del agua. —¡Por Asclepio, muchacho! —murmuró el alejandrino, sacudiendo la cabeza—. Algún día tendrás que aprender que ciertas verdades pueden acompañarse de unas cuantas palabras amables. —¿Para qué? —repuso Marco—. Ya viene con nosotros. No tiene nada que temer mientras permanezca a mi lado. —Menas abrió la boca para responder, pero decidió que aquella última frase era, a su manera, una declaración de afecto bastante más sincera de lo que parecía.

Todavía era de noche cuando abandonaron la estancia. Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a perfilar las montañas, y los corredores de Ferrata permanecían iluminados por lámparas cuyo aceite estaba a punto de consumirse. En los patios inferiores ya se escuchaba la actividad de los servidores encargados de preparar los animales de tiro, revisar los equipajes y disponer las provisiones para el descenso. Marco caminaba junto a Albia, procurando adaptar sus pasos a los de la muchacha, mientras Menas los acompañaba cargando una pequeña bolsa con medicamentos y vendas limpias. —Recuerda que deberás descansar siempre que sea posible —le advirtió el alejandrino—. Y nada de cargar equipajes, ayudar con los animales ni realizar esas tareas que tus compañeras consideran indispensables. Si alguien te ordena trabajar, dile que Menas Diodoro lo ha prohibido expresamente. —¿Y si no me creen, maestro? —preguntó Albia con timidez. —Entonces envíalos a discutir conmigo. Disfruto extraordinariamente explicando a los ignorantes por qué sus opiniones son estúpidas. —Marco sonrió ante aquella respuesta, pero su diversión desapareció cuando, al doblar una esquina, encontraron a Damaris avanzando desde las dependencias domésticas.

La anciana se detuvo inmediatamente al descubrir a Albia. Durante un instante, sus ojos se endurecieron con una expresión tan desagradable que la muchacha retrocedió instintivamente hacia Marco. Damaris había pasado buena parte de la noche reflexionando sobre la humillación sufrida ante Valeria, y todavía sentía como una herida abierta la amenaza de recibir diez latigazos por cada golpe que volviera a descargar sobre la pelirroja. Verla caminando junto al joven dominus, protegida por el médico y aparentemente libre de cualquier obligación doméstica, le provocó una nueva oleada de resentimiento. Estuvo a punto de reprenderla por abandonar sus tareas antes del amanecer, pero la presencia de Menas le recordó que cualquier intervención contra la muchacha podía convertirse en otro desastre. Buscó entonces un destinatario diferente para su irritación. —¡Ah, el griego! —exclamó, frunciendo los labios—. Ya veo que continúas llenando la cabeza de nuestro joven señor con tus costumbres perturbadoras. Desde que llegaste a esta casa no haces más que enseñarle a abrir cadáveres, mezclar sustancias inmundas y cuestionar cuanto los buenos cristianos sabemos por la gracia de Dios. ¿Acaso no tienes suficiente con tus libros paganos? ¿También necesitas convertir las habitaciones de los niños en talleres de nigromancia? —Menas la contempló con una expresión de paciente incredulidad. —Buenos días también para ti, mater Damaris. Confío en que hayas descansado satisfactoriamente. —¡No te burles de mí, alejandrino! —replicó ella—. Conozco a los hombres de tu especie. Hablan de filosofía, de razón y de naturaleza, pero nunca los vemos arrodillados en la iglesia. Enseñas al muchacho a confiar más en tus hierbas y en tus experimentos que en las oraciones. ¡Y luego nos sorprendemos de que los niños pierdan el respeto por sus mayores!

Menas levantó ligeramente las cejas, dispuesto a responder, pero Marco se adelantó con una tranquilidad que resultó mucho más irritante que cualquier exclamación. —Lanzas demasiadas piedras, nutrix. ¿Acaso ya te confesaste tan temprano? —La pregunta fue acompañada de una sonrisa perfectamente inocente, aunque sus ojos revelaban una intención muy distinta. Damaris abrió la boca, pero ninguna palabra consiguió salir de ella. Por un momento creyó que el muchacho conocía algo acerca de sus encuentros privados con Cateuncio, y aquel pensamiento la hizo enrojecer violentamente. Menas, que ignoraba buena parte de aquellas circunstancias, comprendió al menos que la observación había encontrado un punto extraordinariamente sensible. Se acarició la barba para ocultar una sonrisa y decidió guardar silencio. Marco aprovechó la confusión para tomar nuevamente la mano de Albia. —Vamos, pelirroja. Tenemos una montaña que bajar y una ciudad que conquistar. —Y sin conceder a su antigua nodriza oportunidad de recomponerse, echó a correr hacia el corredor que comunicaba con el patio principal.

—¡Marco! ¡Por todos los santos, no hagas correr a la muchacha! —protestó Menas, siguiéndolos con una mezcla de indignación y diversión. El muchacho apenas había dado unos pasos apresurados cuando sintió que Albia no podía mantener su ritmo. La muchacha soltó una pequeña exclamación al sentir cómo las heridas tiraban de la piel de su espalda, y Marco redujo inmediatamente la velocidad, aunque procuró disimularlo fingiendo que solamente deseaba examinar los carros que aguardaban junto a la entrada. Albia lo siguió con una sonrisa dolorida, agradecida de haber escapado nuevamente de la presencia de Damaris. Detrás de ellos, el alejandrino todavía reía entre dientes, maravillado por aquella extraordinaria capacidad de su discípulo para encontrar las palabras precisas con que desarmar a sus adversarios. La anciana permaneció sola bajo las lámparas agonizantes del corredor, contemplando el lugar por donde habían desaparecido. Había criado a Marco, lo había sostenido en sus brazos cuando apenas sabía caminar y todavía recordaba sus primeras palabras. Sin embargo, aquel niño al que llamaba cariñosamente su pequeño señorito comenzaba a convertirse en un desconocido, alguien capaz de mirarla con afecto un día y herirla con una sola frase al siguiente. Y lo que más la perturbaba no era su insolencia, sino la sospecha de que Marco sabía mucho más de cuanto estaba dispuesto a decir.

Al llegar al patio principal encontraron a Valeria Crispiana Severina supervisando los últimos preparativos del viaje, mientras Flavia permanecía a su lado, entretenida en dar instrucciones a unos servidores que, por supuesto, no tenían obligación alguna de obedecerla. La matrona vestía una túnica de viaje color marfil, protegida por un manto de lana fina, y llevaba el cabello cuidadosamente recogido bajo un velo que no conseguía ocultar del todo su satisfacción por abandonar las montañas. Junto a ellas se encontraba Armin, a quien los trabajadores de Ferrata habían comenzado a llamar el Oso. Apenas era un par de años mayor que Marco, pero ya alcanzaba la estatura de Valeria y poseía una constitución extraordinariamente robusta, con hombros anchos, brazos poderosos y unas manos que parecían haber sido fabricadas para levantar piedras de molino. Su rostro conservaba todavía la redondez de la juventud, circunstancia que contrastaba con un cuerpo cuyo crecimiento parecía adelantarse varios años al de sus compañeros. No era particularmente hablador, pero poseía dos cualidades que la matrona había comenzado a apreciar: una lealtad casi inquebrantable y una capacidad singular para comprender las órdenes antes de que terminaran de pronunciárselas. Si Valeria señalaba un cofre, Armin sabía si debía cargarlo, abrirlo o trasladarlo al carro correspondiente; si una rueda comenzaba a atascarse, el muchacho acudía sin esperar instrucciones, y si Flavia se aproximaba demasiado a los animales de tiro, se interponía discretamente entre ella y cualquier peligro. Aquella combinación de fuerza, discreción y buen juicio resultaba especialmente atractiva para una mujer que llevaba toda su vida tratando con servidores capaces de discutir durante media hora acerca de una tarea que habría requerido apenas unos instantes.

—¡Ah, aquí está mi pequeño filósofo! —exclamó Valeria al descubrir a Marco, aunque su sonrisa se atenuó al advertir que Albia caminaba a su lado con cierta dificultad—. Confío en que Menas haya terminado sus experimentos médicos antes de que nos alcance el invierno. —No son experimentos, domina, sino tratamientos —repuso el alejandrino, que acababa de llegar detrás de ambos—. Aunque comprendo que para ciertas personas cualquier procedimiento que no incluya invocar a Galeno y rezar tres oraciones resulte sospechoso. —Valeria rio y agitó ligeramente su abanico, pero pronto regresó su atención a Armin, que acababa de levantar sin aparente esfuerzo uno de los pesados cofres de viaje. —Ven aquí, muchacho. Déjame verte. —El joven obedeció inmediatamente, dejó el equipaje donde correspondía y se presentó ante ella con la espalda recta y las manos a los costados. Valeria lo contempló con manifiesta satisfacción, palpándole los hombros y después los brazos con el interés práctico de quien examina un toro joven, manso y extraordinariamente poderoso. No había en aquel reconocimiento físico ninguna intención galante, sino una apreciación casi ganadera de la robustez, la buena salud y las posibilidades futuras de un servidor particularmente prometedor. —¡Por todos los santos, cómo estás creciendo! Apenas hace unos meses llegabas a mi hombro y ahora tendré que levantar la cabeza para regañarte. Tienes buena espalda, brazos fuertes y, por fortuna, bastante más juicio que algunos hombres que te doblan la edad. ¿Cuántos años tienes ya, Armin? —El muchacho respondió con su habitual brevedad, y Valeria asintió complacida—. Magnífico. Creo que ha llegado el momento de que comiences a ejercitarte seriamente con las armas.

Flavia levantó inmediatamente la cabeza, interesada por aquella decisión. —¿Armin va a convertirse en soldado, mamá? —Todavía no, mi amor. Pero tu hermano necesita hombres de confianza, y prefiero tener junto a él a alguien que haya crecido en nuestra casa antes que contratar a un desconocido que solamente sepa contar sus monedas. —La matrona volvió hacia Armin una mirada mucho más seria—. Escúchame bien, muchacho. Hablaré con el herrero para que te instruya en el manejo de las armas y compruebe tus aptitudes. Quiero que aprendas a utilizar la espada, la lanza y el escudo, pero también que sepas proteger a otra persona sin dejarte arrastrar por la ira. Ser fuerte es una virtud; ser fuerte y estúpido constituye una calamidad. Si el herrero considera que sirves para el oficio y demuestras que eres digno de nuestra confianza, te concederé la libertad. Tendrás un estipendio, podrás formar una familia y recibirás un nombre romano como corresponde a un liberto de una casa respetable. ¡Todo el asunto! Hasta podrás quejarte de los impuestos como cualquier ciudadano honrado. —Armin abrió ligeramente los ojos. Su expresión habitualmente imperturbable se quebró durante un instante y pareció que iba a pronunciar un discurso, pero finalmente se limitó a inclinar profundamente la cabeza—. Os serviré fielmente, domina. —Eso espero, muchacho. Y no quiero que sirvas solamente por agradecimiento. Quiero que aprendas a cumplir tu deber porque comprendes su importancia. Un guardaespaldas que únicamente sabe obedecer órdenes puede resultar inútil precisamente cuando más se lo necesita.

Marco observó aquella conversación con interés, mientras Albia permanecía discretamente a su lado. La promesa de manumisión había producido en Armin una reacción mucho más profunda que cualquier elogio de su fuerza. El joven había permanecido prácticamente inmóvil, pero sus manos se habían cerrado durante unos segundos y había necesitado respirar antes de responder. Flavia, entretanto, examinaba los brazos del muchacho con una curiosidad semejante a la de su madre. —¿Y podrá levantar a Marco con una sola mano? —preguntó. —Flavia —repuso Valeria con fingida severidad—, no estamos comprando un oso para entretenernos durante las Saturnales. —¡Pero todos lo llaman el Oso! —Precisamente, y si sigues molestándolo terminará creyendo que tiene derecho a comerse a las pequeñas serpientes que no dejan de hacer preguntas. —La niña se refugió inmediatamente detrás de la matrona, riendo, mientras Armin permanecía tan serio que resultaba imposible determinar si había comprendido la broma. Marco, por su parte, contempló al muchacho y después a Albia. Ambos pertenecían a la misma condición servil, pero sus perspectivas comenzaban a separarse por razones que nada tenían que ver con sus deseos: Armin poseía una fuerza que Valeria consideraba útil para proteger a su hijo, mientras que Albia había necesitado demostrar un talento extraordinario y sobrevivir a una paliza para obtener una posición menos vulnerable. Aquella diferencia no pasó inadvertida para el joven Aeciano.

Valeria dio por concluida la inspección con una palmada afectuosa sobre el hombro de Armin y señaló uno de los carros. —Ahora ve y comprueba que los equipajes de los niños estén bien sujetos. Y procura que Albia tenga un lugar cómodo, porque Menas me ha repetido tantas veces que no debe esforzarse que comienzo a sospechar que desea convertirla en una princesa. —El Oso obedeció de inmediato. Antes de retirarse, sin embargo, dirigió a Marco una mirada breve, casi interrogativa, como si quisiera asegurarse de que había comprendido correctamente sus futuras obligaciones. El muchacho respondió con un pequeño asentimiento, y Armin se alejó hacia los vehículos sin pronunciar otra palabra. Valeria lo siguió con los ojos y sonrió, satisfecha. —Ese joven me agrada. No habla más de lo necesario, comprende lo que se le pide y tiene la fuerza de tres hombres. Con un poco de educación militar podría convertirse en un servidor verdaderamente formidable. —Menas, que había presenciado todo el intercambio, se acarició la barba—. Una combinación admirable, domina. Aunque personalmente añadiría que también convendría enseñarle a pensar por sí mismo. —¡Naturalmente, griego! —replicó Valeria, abriendo su abanico—. Pero procura no convertirlo en otro Marco. Necesito un guardaespaldas, no un segundo abogado que encuentre argumentos para desobedecerme.

—¡Ah, casi lo olvidaba! —exclamó Valeria, cuando Marco comenzaba a dirigirse hacia los carros, satisfecho de que los preparativos estuvieran llegando a su fin—. Todavía tenemos pendiente tu castigo, pequeño abogado de tres dracmas. He pensado detenidamente en lo sucedido anoche y he decidido que, durante todo el viaje, serás personalmente responsable de Júpiter. Lo llevarás contigo, lo alimentarás, procurarás que no se escape y te encargarás de limpiar cualquier desastre que provoque. Nada de entregárselo a los esclavos cuando te aburras, ni de abandonarlo en algún carro porque prefieras estudiar tus libros. Es tu castigo y lo cumplirás como corresponde a un caballero romano. —Marco levantó las cejas, bastante sorprendido por aquella sentencia. Había esperado alguna prohibición relacionada con sus experimentos, quizá una reducción de sus privilegios o, en el peor de los casos, la obligación de acompañar a su madre durante interminables visitas de cortesía. Cuidar de un gato le parecía una penalidad extraordinariamente benigna, especialmente cuando el animal ya acostumbraba seguirlo por toda la propiedad. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Flavia dejó escapar una protesta indignada.

—¡Pero mamá! ¡Júpiter iba a viajar conmigo! ¡Me lo prometiste! —La pequeña Aeciana frunció el ceño y cruzó los brazos con una expresión que recordaba demasiado a su madre cuando alguna disposición doméstica no coincidía con sus deseos. Valeria la contempló por encima del abanico con una paciencia que comenzaba a agotarse—. Mi querida serpiente, ayer terminaste con los brazos arañados por intentar abrazar a ese animal como si fuera una muñeca de trapo. No pienso presentarte ante Eldrunna, la esposa del prefecto, con las manos y los antebrazos llenos de marcas. La señora es una mujer distinguida, muy atenta a los detalles, y quiero que vea en ti a una pequeña dama de buena educación, no a una campesina que acaba de perder una disputa con un gato montés. —¡Pero Júpiter me quiere! —Naturalmente, cariño. También estoy convencida de que los leones sienten un profundo afecto por los cristianos antes de devorarlos. Eso no significa que debamos permitirles dormir en nuestras camas. —Flavia abrió la boca para presentar una nueva objeción, pero Valeria cerró el abanico con un golpe seco—. ¡Y san se acabó! El gato viajará con Marco. Cuando lleguemos a Mediolanum podrás visitarlo, siempre que aprendas a sostenerlo sin terminar ensangrentada.

La decisión pareció recibir la aprobación inmediata del único interesado que todavía no había expresado su opinión. Júpiter, que hasta entonces permanecía sentado sobre uno de los cofres de viaje, observando los movimientos de los servidores con la indiferencia majestuosa de un pequeño emperador, levantó las orejas al escuchar la voz de Marco. El muchacho apenas tuvo tiempo de extender los brazos antes de que el animal saltara hacia él, trepara por su túnica y terminara instalado sobre su hombro, acomodándose con tal naturalidad que parecía haber ocupado aquel puesto durante toda su vida. Un ronroneo satisfecho comenzó a surgir de su garganta mientras restregaba la cabeza contra el cuello de su dueño. Valeria contempló aquella demostración con una satisfacción casi triunfal. —¡Oh, pero mirad qué maravilla! ¡Ni siquiera ha sido necesario repetirle la orden! —exclamó, señalando al gato con el abanico—. Deberías aprender de tu mascota, mi querida serpiente. Una criatura tan adorable, tan obediente y tan agradecida por las atenciones que recibe. —Flavia contempló a Júpiter con una mezcla de indignación y traición personal, incapaz de comprender por qué aquel miserable animal que acababa de clavarle las uñas la noche anterior se comportaba ahora como un querubín sobre el hombro de su hermano. —¡Es un hipócrita! —declaró finalmente. —Entonces posee una cualidad indispensable para desenvolverse entre los aristócratas —repuso Valeria con una sonrisa radiante—. Quizá debamos llevarlo también a las recepciones.

Marco acarició distraídamente la cabeza del felino, que respondió cerrando los ojos y hundiendo las uñas, esta vez con moderación, en la tela de su túnica. —No te hagas ilusiones, mugroso. No pienso permitirte cazar pájaros durante el camino. Las ratas sí; los gorriones, no. —Júpiter abrió un ojo, emitió un maullido breve y volvió a acomodarse, aparentemente dispuesto a ignorar cualquier disposición que contradijera sus intereses. Menas, que había presenciado toda la escena, soltó una carcajada y se inclinó hacia Albia para murmurar que la domina acababa de descubrir la forma más elegante de castigar a su hijo: imponerle como obligación aquello que probablemente habría hecho por voluntad propia. La muchacha sonrió débilmente, todavía dolorida, mientras Armin terminaba de asegurar los equipajes del carro donde debía viajar. Flavia, entretanto, continuaba mirando al gato con un resentimiento que prometía durar bastante más que sus arañazos, aunque su madre ya había comenzado a enumerar las virtudes de Eldrunna y la importancia de causar una impresión favorable en una mujer tan influyente.

Valeria contempló finalmente a sus hijos, al enorme Armin y a la pequeña Albia, cuya presencia en la comitiva todavía le provocaba ciertas reflexiones acerca de las complicaciones que Marco parecía atraer con una facilidad extraordinaria. Después volvió a mirar a Júpiter, que ronroneaba satisfecho sobre el hombro del muchacho, y sintió que al menos una de sus decisiones había resultado impecable. —¡Qué criatura tan adorable! —repitió, absolutamente convencida de que acababa de impartir una lección magistral sobre obediencia, disciplina y responsabilidad. Marco, sin embargo, había comenzado a sospechar que el verdadero castigado no sería él, sino cualquiera que pretendiera convencer al gato de permanecer encerrado durante las largas jornadas del viaje. Lo observó de reojo y recibió a cambio un parpadeo lento, casi afectuoso. «Magnífico —pensó—. Mi madre cree que me ha castigado, Flavia cree que le he robado su gato y este bandido acaba de conseguir transporte, alimentación y protección personal hasta Mediolanum. De todos nosotros, el único que parece haber negociado inteligentemente es Júpiter».

Albia tuvo el privilegio inesperado de viajar en el carruaje de Valeria Crispiana Severina, junto con Marco, Flavia y Júpiter, una disposición que provocó no pocas miradas de curiosidad entre los servidores encargados de organizar la comitiva. La muchacha había sido bañada, perfumada y vestida con una túnica de lino fino, de un color azul pálido que armonizaba admirablemente con su cabello rojizo. Menas había dispuesto almohadones para protegerle la espalda y advertido expresamente que debía evitar los movimientos bruscos durante el descenso. Sin embargo, ninguna de aquellas comodidades conseguía tranquilizarla por completo. Permanecía sentada muy derecha, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos discretamente bajos, temerosa de cometer alguna falta delante de la domina. Valeria observó aquella rigidez durante unos minutos antes de cerrar el pequeño códice que llevaba entre las manos. —¡Por todos los santos, niña! Vas a terminar fatigándome solamente de verte tan tiesa. Recuéstate un poco, que pareces una estatua funeraria. —Albia obedeció inmediatamente, aunque con una cautela que hizo suspirar a la matrona—. Mucho mejor. Ahora, si no te causa dolor, ¿podrías cantarnos algo breve? Un salmo, quizá. Quisiera comprobar si aquella maravilla de anoche fue verdadera o si el vino consiguió embellecer mis recuerdos. —Marco levantó inmediatamente la mirada, dispuesto a recordar las recomendaciones de Menas, pero Albia se adelantó—. Puedo hacerlo, domina. Solamente un poco. —La muchacha respiró con cuidado y comenzó una interpretación breve y delicadísima, sin forzar la voz, de un salmo que había aprendido durante sus lecciones. La melodía surgió con tal pureza que incluso el traqueteo de las ruedas pareció desvanecerse bajo las notas sostenidas. Valeria permaneció inmóvil, escuchando con los ojos entrecerrados, y cuando la última sílaba se extinguió, dejó escapar un suspiro profundamente satisfecho. —¡Magnífico! Absolutamente magnífico. Cultiva esa voz, niña, y te prometo que en toda tu vida no tendrás que levantar nada más pesado que una copa de vino. Una cantora semejante merece almohadones, buenos maestros y una alimentación excelente. —Después miró a Marco con una sonrisa intencionada—. Aunque tendremos que enseñarle algo de música verdaderamente refinada. No pienso permitir que mi hijo monopolice semejante tesoro con sus extraños ejercicios.

—Madre, la estás convirtiendo en una ociosa —observó Marco, mientras acomodaba a Júpiter sobre sus rodillas. —¡Bah! Hablas como tu abuelo cuando pretende convencerme de que los perfumes son un gasto innecesario. Hay trabajos que se hacen con las manos y otros que se hacen con la voz, cariño. No confundas la delicadeza con la inutilidad. —Flavia, que había escuchado aquella conversación con creciente curiosidad, se inclinó hacia Albia para examinarla más de cerca. Hasta entonces la había considerado simplemente otra esclava de la casa, quizá algo más favorecida que las demás por su cercanía con Marco, pero no esencialmente diferente de las muchachas que preparaban sus vestidos o llevaban agua a sus aposentos. Ahora descubría en ella dos cualidades que apreciaba extraordinariamente: una voz hermosa y una belleza delicada, realzada por los cabellos rojizos que contrastaban con sus propios rasgos aristocráticos. —¿Puedes enseñarme a cantar así? —preguntó sin demasiados preámbulos. —Si vuestra madre lo permite, pequeña domina —respondió Albia. —¡Por supuesto que lo permite! ¿Verdad, mamá? —Valeria soltó una risita—. Si prometes no convertir las lecciones en otra ocasión para dar órdenes, mi pequeña serpiente, no encuentro inconveniente. —Flavia pareció considerar injusta aquella condición, pero decidió ignorarla y comenzó a preguntar a Albia cuánto tiempo llevaba practicando, si sabía cantar en griego y si era cierto que podía sostener una nota durante tanto tiempo como para apagar una lámpara antes de terminarla. La muchacha respondió con creciente confianza, sorprendida de encontrarse conversando con una hija de los Aecianos sobre asuntos que no tenían relación alguna con sus obligaciones domésticas.

Marco, entretanto, permitió que Albia jugara con Júpiter. El gato había pasado buena parte de la mañana instalado sobre sus piernas, observando por las ventanas las ramas que parecían desplazarse junto al carruaje, pero la muchacha consiguió atraer su atención moviendo suavemente una pequeña cinta de tela. Júpiter comenzó a perseguirla con las patas delanteras, primero con una dignidad bastante aceptable y después con el entusiasmo ridículo de un animal que olvidaba su pretendida majestad en cuanto aparecía algo que podía cazar. Albia rio por primera vez desde la paliza, aunque tuvo que interrumpir la risa cuando sintió una punzada en la espalda. Marco la ayudó a acomodarse y colocó al felino junto a ella. El animal, aparentemente satisfecho de sus conquistas, se acurrucó contra su costado y comenzó a ronronear con una intensidad sorprendente. Aquella vibración continua, acompañada del calor de su pequeño cuerpo, terminó por tranquilizar a Albia, que apoyó cuidadosamente una mano sobre su lomo y cerró los ojos durante unos instantes. Flavia contempló la escena con manifiesta indignación. —¡Pero si ayer me arañó por intentar hacer exactamente eso! —Porque lo sujetaste como si fuera un saco de harina —repuso Marco—. Los gatos no son muñecas. Si quieres que se acerque, debes permitirle decidirlo. —¡Qué disparate! ¡Es un animal! —Precisamente. No conoce las reglas de cortesía de nuestra familia. —Valeria rio ante aquella observación y miró a su hija con satisfacción—. Escucha a tu hermano, querida. Hasta las criaturas más pequeñas tienen preferencias, y una dama inteligente aprende a reconocerlas antes de intentar imponer las suyas. —Flavia frunció el ceño, pero terminó por sentarse junto a Albia y acariciar prudentemente la cabeza del felino. Júpiter aceptó aquella segunda aproximación sin protestar, circunstancia que la niña interpretó inmediatamente como una reconciliación definitiva.

El viaje por las montañas se convirtió así en una sucesión de pequeñas conversaciones, paisajes y descubrimientos que Valeria no había previsto. Los caminos descendían entre bosques de hayas, castaños y coníferas, bordeaban laderas cubiertas de pastos y atravesaban pequeños asentamientos donde los campesinos interrumpían sus trabajos para contemplar el paso de una comitiva aristocrática. En ocasiones, el carruaje avanzaba tan lentamente que podían distinguir los pájaros entre las ramas y escuchar el rumor de los arroyos que descendían de las alturas. Flavia encontraba particularmente entretenido preguntar a Marco por cualquier criatura que apareciera junto al camino, aunque no tardó en descubrir que aquello podía provocar explicaciones interminables. Cuando un búho de grandes dimensiones levantó el vuelo desde una zona sombría del bosque y pasó cerca del carruaje, las tres mujeres se sobresaltaron. Valeria llevó instintivamente una mano al pecho, Albia se encogió contra sus almohadones y Flavia soltó una exclamación al contemplar los enormes ojos amarillos del animal. —¡Qué criatura tan desagradable! —protestó la niña—. ¡Parecía un demonio con plumas! —Un bubo, hermana —corrigió Marco, inclinándose para observarlo mientras desaparecía entre los árboles—. Los griegos lo llaman býas. Es una rapaz nocturna, aunque también puede cazar durante el crepúsculo. Sus plumas le permiten volar con muy poco ruido y sus garras son extraordinariamente fuertes. —¡Pues debería aprender a no asustar a las personas decentes! —replicó Flavia. —Las personas decentes no suelen formar parte de su alimentación, afortunadamente. Prefiere pequeños mamíferos, aves y otros animales que consigue capturar. Incluso puede matar ratas bastante grandes. —Valeria arqueó una ceja—. ¿Y pretendes decirme que ese espantoso pajarraco resulta útil? —Muchísimo, madre. Controla las poblaciones de roedores y otras alimañas que destruyen las cosechas o consumen nuestros graneros. Sin él y otros depredadores, tendríamos muchas más dificultades para conservar los alimentos. Además, algunas especies comienzan a anidar cuando todavía hace frío, aprovechando cavidades, riscos y lugares protegidos. No necesitan construir siempre un nido como hacen otras aves.

Aquello dio pie a una larga explicación sobre las costumbres de las rapaces nocturnas, la forma en que localizaban sus presas y las diferencias entre los búhos y las lechuzas. Marco utilizaba con absoluta naturalidad denominaciones griegas y latinas, algunas procedentes de las clasificaciones antiguas y otras adaptadas a conceptos que solamente existían en sus conocimientos del futuro. Describía la estructura de las plumas, la utilidad de los ojos orientados hacia adelante, la extraordinaria sensibilidad de su oído y la manera en que ciertas especies regurgitaban pequeñas masas de huesos y pelo después de alimentarse. Flavia escuchaba fascinada, aunque Valeria comenzó a sospechar que su hijo estaba inventando al menos la mitad de aquellas particularidades. —Marco, cariño, ¿de dónde sacas todas esas cosas? He conocido hombres que pasan su vida estudiando animales y jamás los he escuchado hablar con semejante precisión. —Antes de que el muchacho pudiera elaborar una respuesta, Flavia intervino con la seguridad absoluta de quien acaba de resolver un misterio—. ¡De sus pergaminos mágicos, mamá! Esos que se destruyen después de que él los lee. Siempre encuentra uno cuando necesita saber algo y después desaparece. —Valeria volvió lentamente los ojos hacia Marco, cuya expresión permaneció sospechosamente inocente—. ¿Pergaminos que se destruyen después de ser leídos? —¡Sí! —continuó Flavia, encantada de poder demostrar sus conocimientos—. Son secretos. Marco dice que algunas cosas solamente pueden escribirse una vez y que después deben desaparecer para que nadie las copie. —La matrona contempló a su hijo durante varios segundos antes de dejar escapar una carcajada—. ¡Por todos los santos! ¡Qué magnífica excusa para no mostrarle los deberes a tu maestro! Tendré que preguntarle a Menas cuántos pergaminos milagrosos han desaparecido durante tus lecciones. —Marco sonrió débilmente, mientras en su interior comenzaba a considerar que había utilizado aquella explicación demasiadas veces. Su hermana la repetía ahora con una convicción tan absoluta que cualquier día terminaría mencionándola delante de un obispo, un funcionario imperial o, peor todavía, de alguien suficientemente inteligente para exigirle una demostración.

El sol avanzaba lentamente sobre las montañas cuando Albia, todavía acariciando a Júpiter, comenzó a sentirse verdaderamente cómoda entre los ocupantes del carruaje. Flavia había terminado por aceptar su presencia como algo más que una obligación doméstica y ahora le mostraba pequeños adornos de sus vestidos, le preguntaba por los nombres de las flores silvestres y le prometía que en Mediolanum podría escuchar a los mejores cantores de las iglesias. Valeria intervenía ocasionalmente para corregir algún modismo, explicar una costumbre aristocrática o recordar a su hija que no debía confundir la familiaridad con la pérdida de las buenas maneras. Pero sus observaciones carecían de verdadera severidad. La matrona disfrutaba viendo a los niños entretenidos, escuchando sus conversaciones y descubriendo que la pequeña cantora podía convertirse también en una compañía agradable durante las largas jornadas. Albia, por su parte, experimentaba una felicidad tímida, casi desconfiada, que no se atrevía a disfrutar por completo. Había pasado de los dormitorios inferiores de Ferrata a compartir el carruaje de una de las mujeres más distinguidas de Italia, y todavía sentía el dolor de los latigazos bajo las vendas. Sabía que continuaba siendo una esclava, que aquella comodidad dependía de la voluntad de sus señores y que ninguna promesa de protección equivalía a la libertad. Sin embargo, cuando Flavia volvió a pedirle que le enseñara una melodía sencilla y Júpiter comenzó nuevamente a ronronear contra su costado, permitió que una sonrisa iluminara su rostro. Marco la observó unos instantes y regresó después la mirada hacia los bosques que cubrían las laderas. Había pasado buena parte de su existencia intentando comprender las leyes de la naturaleza y calcular los acontecimientos futuros, pero aquella tarde descubrió que, por una vez, no necesitaba explicar absolutamente nada. Era suficiente con escuchar las risas de su hermana, las observaciones de su madre y el ronroneo de un gato mugroso que, a juzgar por su expresión satisfecha, seguía considerándose el verdadero señor de toda la comitiva.

 

 

Crónicas del renacer de occidente. El precio de una vida y el anhelo de libertad

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Damaris abandonó las dependencias administrativas con el corazón encogido y una tristeza que procuraba ocultar bajo su habitual expresión severa. Había acudido a encontrarse con Cateuncio aprovechando que la mayoría de los servidores estaban ocupados con los preparativos del viaje, pero la conversación había resultado muy distinta de lo que esperaba. El liberto había estado distante, casi impaciente, y cuando ella intentó hablarle de los afectos que compartían desde hacía algún tiempo, él respondió con evasivas, comentarios sobre sus obligaciones y una inoportuna observación acerca de lo inconveniente que resultaba despertar rumores entre los esclavos. Damaris, que durante tantos años había gobernado la servidumbre de Ferrata con una autoridad difícil de discutir, descubría que su posición no significaba gran cosa frente al hombre al que amaba. Había llegado incluso a preguntarle si se avergonzaba de ella, de su edad o de su origen, y Cateuncio, en lugar de tranquilizarla, había respondido que no estaba dispuesto a discutir semejantes tonterías. Ahora caminaba con los ojos húmedos, avergonzada de haber mostrado una vulnerabilidad que no concedía siquiera a sus subordinados. Fue entonces cuando escuchó su voz al pie de la torre del patricio. Se detuvo instintivamente, reconoció aquella entonación burlona que tan bien conocía y descubrió al liberto obstruyendo el paso de Albia, quien sostenía una pequeña bandeja con una infusión destinada a Marco y a su abuelo.

—¡Pero qué tenemos aquí! —comentaba Cateuncio, apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa desagradable—. La pequeña pelirroja del señorito Marco. Dicen que ahora no puedes separarte de él ni para dormir. ¡Qué fortuna la tuya! Algunas esclavas pasan toda la vida fregando suelos, mientras que otras descubren que basta con resultar agradables a un hijo de buena familia para conseguir mejores ocupaciones. —Albia permaneció inmóvil, procurando mantener la bandeja equilibrada. No era la primera vez que el liberto le dirigía comentarios maliciosos, pero jamás había tenido la imprudencia de interponerse físicamente entre ella y sus obligaciones. —Permitidme pasar, señor Cateuncio. El joven dominus me ha ordenado llevar esta infusión. —¡Ah, naturalmente! Las órdenes del joven dominus. ¡Qué expresión tan solemne! Cualquiera diría que ya eres una matrona y no una esclavita que todavía necesita permiso para salir de la cocina. —El hombre soltó una carcajada y se inclinó ligeramente hacia ella—. Ten cuidado, pequeña. Los favores de los aristócratas son como las flores de primavera: hoy te adornan el cabello y mañana terminan pisoteados en el barro. —Albia apretó los labios, pero no bajó la mirada. —Os ruego que dejéis de hablarme de esa manera. Si continuáis, tendré que informar a mi señor. —Cateuncio volvió a reír, esta vez con verdadero desprecio—. ¿Vas a amenazarme con un niño? ¡Por Hércules! Pronto tendremos que pedirle audiencia a cada mocoso de esta casa antes de dirigirnos a sus juguetes.

—¡Cateuncio! —La voz de Damaris resonó por el corredor con una autoridad que hizo enderezarse inmediatamente al liberto. La administradora avanzó hacia ambos con el rostro rígido, aunque todavía conservaba las huellas de su reciente disgusto. —¿Qué significa este escándalo a las puertas de las habitaciones del patricio? ¿No tienes asuntos más importantes que atender? —Cateuncio cambió de expresión con una facilidad que habría resultado admirable de no ser tan irritante. —Nada grave, mater Damaris. Solamente estaba conversando con nuestra pequeña cantora. Parece que últimamente se ha vuelto muy susceptible. —Pues busca otra persona con quien conversar. La muchacha está cumpliendo una orden y tú le impides el paso. —Durante un instante, Albia sintió un alivio tan profundo que estuvo a punto de agradecer la intervención. Damaris parecía haber recuperado su habitual sentido de la disciplina, y la autoridad de una orden directa del nieto de Aecio era indiscutible. Cateuncio, sin embargo, dirigió a la administradora una mirada cargada de aquella familiaridad que solamente ella podía interpretar. —Como dispongas, mi querida vilica. Siempre tan celosa de tus obligaciones. —La última frase llevaba una ironía apenas disimulada. Damaris comprendió perfectamente que aludía a la conversación que acababan de mantener y sintió que la humillación le ascendía nuevamente hasta las mejillas. —Retírate, Cateuncio. —El liberto inclinó la cabeza con exagerada cortesía, dedicó a Albia una última sonrisa insolente y desapareció por el corredor sin apresurarse.

Durante varios segundos, Damaris permaneció contemplando el lugar por donde se había marchado. Albia, creyendo concluido el incidente, hizo una pequeña reverencia. —Gracias, mater Damaris. Debo subir antes de que se enfríe la infusión. —Aquellas palabras, inocentes en cualquier otra circunstancia, provocaron una reacción inesperada. La administradora volvió lentamente la cabeza y observó a la muchacha con una expresión endurecida. Había defendido su autoridad delante de Cateuncio, pero él se había retirado sin concederle siquiera una mirada de afecto. Y ahora aquella esclava, tan joven, tan favorecida por su señor y tan segura de que podía invocar su protección, pretendía marcharse después de haber presenciado el desaire. —¿De manera que ahora amenazas a los libertos de esta casa con acudir a tu dueño? —preguntó Damaris. —No los he amenazado, mater. Solamente le he pedido que me dejase cumplir mis obligaciones. —¡No me contradigas! —Albia retrocedió ligeramente, sorprendida por el cambio de tono. —Pero es verdad. El joven dominus me ordenó esperar aquí y llevarle una infusión cuando terminara de hablar con su abuelo. —Damaris sintió que aquellas explicaciones razonables solamente aumentaban su irritación. La muchacha tenía una respuesta para todo, una orden que justificar y un señor dispuesto a escucharla. Ella, en cambio, había perdido aquella tarde la dignidad delante de un hombre que ni siquiera parecía agradecer sus sentimientos. —¡Basta de insolencias! Deja esa bandeja. —Albia obedeció, colocándola cuidadosamente sobre un banco de piedra. —Mater Damaris, por favor, no he hecho nada malo. —Aquella súplica terminó de desatar una cólera que llevaba demasiado tiempo buscando un destinatario.

Damaris la sujetó bruscamente por el cabello y la obligó a inclinarse. Albia soltó un grito de sorpresa y llevó ambas manos hacia la muñeca de la administradora, pero se detuvo antes de intentar apartarla por la fuerza. Sabía demasiado bien cuáles podían ser las consecuencias de resistirse a una superior. —¡Aprenderás a respetar a quienes gobiernan esta casa! —exclamó Damaris, extrayendo de su cinturón el látigo corto que acostumbraba llevar durante las inspecciones de las cuadrillas domésticas. El primer golpe arrancó a la muchacha un gemido ahogado. El segundo la hizo perder el equilibrio y caer de rodillas sobre las losas. —¡Perdón, mater! ¡Os suplico que me perdonéis! —Pero Damaris apenas parecía escucharla. Cada latigazo descargaba una cólera que no había nacido de aquella falta imaginaria, sino de las humillaciones que había acumulado durante la tarde. La administradora hablaba de disciplina, obediencia y respeto mientras Albia intentaba protegerse instintivamente, sin atreverse a levantar una mano contra ella. Cuando finalmente dejó de golpearla, la muchacha permaneció encogida junto al banco, llorando con una desesperación silenciosa que resultó mucho más perturbadora que sus anteriores súplicas. Su túnica estaba desgarrada y las heridas de su espalda comenzaban a teñirla de rojo.

La ira abandonó a Damaris casi tan bruscamente como había llegado. Contempló el látigo que sostenía entre los dedos y después a la pequeña figura encogida a sus pies. Durante un instante pareció dispuesta a pronunciar alguna justificación, quizá una nueva advertencia acerca de la obediencia, pero las palabras no acudieron a sus labios. Había castigado a una muchacha que cumplía las órdenes de Marco, precisamente mientras este conversaba con el viejo Aecio; una muchacha cuya única falta había consistido en encontrarse en el lugar equivocado cuando ella necesitaba descargar su amargura. —Levántate, niña —murmuró finalmente, con una voz mucho menos firme—. Vamos, no puedes quedarte aquí. —Albia intentó incorporarse, pero el dolor la obligó a apoyarse contra la columna. Damaris guardó apresuradamente el látigo y se inclinó para sostenerla, procurando acomodarle los restos de la túnica sobre los hombros. —No llores tan fuerte. Vas a despertar a toda la casa. —Sin embargo, al sentir cómo temblaba la muchacha entre sus brazos, comprendió que había ido demasiado lejos. Se quedó junto a ella, sosteniéndola torpemente, mientras en lo alto de la torre continuaba una conversación que ambas habían interrumpido sin saberlo.

Albia permanecía tendida sobre las losas frías, con la mejilla apoyada contra la piedra y los dedos crispados alrededor de un pliegue de su túnica desgarrada. El dolor de la espalda se extendía hasta los hombros y descendía por los costados, convirtiendo cada respiración profunda en una pequeña tortura. Había dejado de contar los latigazos después de los primeros golpes, cuando comprendió que ninguna súplica conseguiría detener a Damaris y que resistirse solamente prolongaría el castigo. Ahora escuchaba a la anciana moverse a su lado, guardar el látigo y murmurar unas palabras que pretendían tranquilizarla, pero su mente se había apartado de aquel corredor para regresar a un recuerdo que llevaba dos años intentando enterrar. Fue el olor de la sangre, mezclado con el polvo húmedo de las piedras, lo que terminó por devolverla a aquella mañana terrible en que habían sepultado a su hermana. Se llamaba Sabina. Al menos ese era el nombre que ambas habían recibido después de ser vendidas como esclavas a los romanos, porque Albia era demasiado pequeña cuando las separaron de su familia para recordar cómo las habían llamado sus padres. Sabina sí lo sabía, o había llegado a saberlo, pero jamás consiguió enseñárselo. Durante sus primeros años en Ferrata, la mayor había procurado conservar algunos fragmentos de su vida anterior: palabras de una lengua que nadie en la casa comprendía, una canción que pronunciaba casi en secreto, el recuerdo de una casa de madera donde siempre olía a humo y una mujer de manos ásperas que las abrazaba cuando llegaban las tormentas.

Albia recordaba esos relatos como se recuerdan los sueños de la primera infancia, llenos de imágenes incompletas y sensaciones que no podían convertirse en palabras. Había olvidado el rostro de su madre, el nombre de su padre y hasta el sonido verdadero de su propia lengua. Sabina constituía el último vínculo entre aquella existencia perdida y la servidumbre en que ambas habían crecido. Cuando la mayor murió, Albia comprendió que también había desaparecido la única persona capaz de decirle quién había sido antes de convertirse en Albia. Ni siquiera recordaba su nombre verdadero. Aquella pérdida le había resultado más difícil de explicar que la muerte misma, porque una esclava podía llorar a su hermana, pero ¿cómo debía lamentar la desaparición de una identidad que nunca había llegado a conocer? Durante mucho tiempo había imaginado que bastaría con recordar alguna palabra, algún rostro o algún olor para recuperar una parte de aquel pasado. Sin embargo, los años transcurrían y los recuerdos se desvanecían en lugar de hacerse más claros. Sabina le había prometido que algún día, cuando fueran mayores, le enseñaría nuevamente las palabras de su pueblo y le contaría todo cuanto recordaba de sus padres. También había prometido que nunca permitiría que las separasen.

Había incumplido ambas promesas, aunque Albia jamás consiguió reprochárselo. La muerte no era una desobediencia que pudiera castigarse, por mucho que Damaris pareciera haber tratado de demostrar lo contrario. Albia cerró los ojos y volvió a escuchar, como si sucediera nuevamente, aquella voz familiar que la llamaba desde el otro extremo de los dormitorios inferiores, pidiéndole que terminase sus obligaciones antes de que la vilica regresara. Después recordó el silencio. Un silencio espantoso, mucho más definitivo que los gritos que lo habían precedido. Sabina había muerto a consecuencia de una paliza ordenada por la misma mujer que ahora pretendía levantarla del suelo y acomodarle la túnica sobre las heridas. La diferencia era que, dos años atrás, nadie había acudido a socorrer a su hermana. Albia había aprendido entonces que los castigos podían concluir de dos maneras: cuando quien sostenía el látigo se cansaba o cuando el cuerpo que recibía los golpes dejaba de responder. Su hermana había conocido la segunda. Y ahora, mientras intentaba respirar sin que el dolor la hiciera sollozar nuevamente, la pequeña esclava no podía evitar preguntarse qué habría ocurrido si Damaris hubiese decidido descargar unos cuantos golpes más.

Durante los primeros años de ambas muchachas en Ferrata, su existencia había transcurrido casi exclusivamente en las dependencias inferiores de la propiedad, entre almacenes, cocinas de servicio, patios de lavado y habitaciones destinadas a los trabajadores de condición más humilde. Allí la vida comenzaba antes del amanecer y terminaba mucho después de que los señores hubieran concluido sus cenas. Las mujeres transportaban agua, lavaban telas, limpiaban utensilios, preparaban verduras y reparaban prendas desgastadas, mientras los niños demasiado pequeños para realizar trabajos pesados recogían desperdicios, separaban legumbres, alimentaban animales y cumplían encargos que parecían multiplicarse precisamente cuando creían haber terminado los anteriores. Sabina había sido destinada inicialmente a las cocinas, pero su constitución fuerte hizo que pronto la enviaran también a los lavaderos, donde las manos permanecían sumergidas durante horas en agua fría y las espaldas soportaban el peso de las telas empapadas. Albia, más pequeña, la acompañaba siempre que podía y aprendió de ella a realizar las tareas con rapidez suficiente para evitar las reprimendas. Sabina tenía una manera particular de protegerla: aceptaba los trabajos más desagradables, intercambiaba sus raciones cuando la menor enfermaba y fingía que ciertos castigos habían sido consecuencia de sus propias equivocaciones. Aquella protección no era perfecta, porque ninguna esclava podía enfrentarse abiertamente a los administradores sin arriesgarse a recibir una corrección mucho peor, pero durante algún tiempo bastó para proporcionar a Albia una sensación de seguridad. Damaris, sin embargo, ejercía una autoridad que llegaba hasta el último rincón de la propiedad. La vilica había sido durante años una figura casi maternal para algunos miembros de la familia, especialmente para Marco, que todavía la llamaba nutrix con una familiaridad imposible de imaginar en boca de los demás servidores. Entre los esclavos inferiores, en cambio, su nombre provocaba una reacción muy diferente. Era diligente, conocía los suministros, recordaba las obligaciones de cada trabajador y podía identificar una pérdida de trigo con una precisión que habría avergonzado a muchos contadores. También poseía una memoria extraordinaria para las faltas ajenas y una convicción casi religiosa acerca de la necesidad de castigar cualquier desafío a su autoridad. Sabina había recibido varias correcciones por defender a su hermana, por retrasarse en alguna tarea o por responder con una franqueza que Damaris consideraba insolente.

La última disputa había comenzado por una cuestión tan insignificante que Albia apenas podía recordarla: unas prendas que no estaban listas, una orden contradictoria o quizá una jarra rota cuya responsabilidad nadie quiso asumir. Recordaba, en cambio, que Sabina había protestado cuando la acusaron de mentir. Damaris ordenó entonces una corrección ejemplar, y aquella corrección terminó convirtiéndose en un castigo prolongado que ni las súplicas de las otras mujeres consiguieron detener. Después llegó la fiebre, el delirio y la muerte. Albia recordaba especialmente el entierro, celebrado junto a una pequeña parcela reservada para los servidores cristianos de la propiedad. Era poco común que el propio Flavio Aecio asistiera a las exequias de una esclava, sobre todo tratándose de una muchacha que jamás había servido personalmente en sus aposentos. Sin embargo, el viejo patricio había aparecido acompañado de Leoncio y de dos servidores, permaneciendo durante buena parte de la ceremonia junto a una columna del pequeño recinto funerario. Albia, que entonces apenas comprendía las jerarquías de aquella casa, supuso que debía de estar aburrido o que había acudido por alguna obligación que no alcanzaba a entender. No habló con ella ni se aproximó para consolarla. Simplemente escuchó las oraciones, contempló cómo descendían el cuerpo de Sabina a la tierra y permaneció allí con una expresión tan severa que nadie se atrevió a dirigirle la palabra. Su presencia había despertado murmullos entre los trabajadores, porque algunos afirmaban que la muerte había irritado al patricio más de lo acostumbrado, mientras otros sostenían que existía algún problema administrativo relacionado con las dos muchachas. Albia no comprendió aquellos comentarios hasta varias horas después, cuando una discusión estalló en las dependencias de los escribas con una violencia verbal que jamás había escuchado entre los hombres libres de la casa.

Leoncio era habitualmente un hombre de modales impecables, de voz medida y una cortesía que conservaba incluso cuando debía corregir las equivocaciones más exasperantes de sus subordinados. Su posición como secretario y responsable de buena parte de la documentación doméstica le exigía tratar con comerciantes, administradores, recaudadores y funcionarios imperiales, de modo que había aprendido a esconder sus emociones detrás de una disciplina casi profesional. Albia lo recordaba como un hombre que rara vez levantaba la voz y que consideraba las palabras groseras una señal de pobreza intelectual. Por eso resultó tan extraordinario escucharlo aquella tarde, cuando su indignación resonó por los corredores inferiores hasta obligar a varios servidores a detenerse. —¡Es la última vez que permitiré que pongas tus manos en mi papelería, bruja de mierda! —había gritado Leoncio, golpeando una mesa con un conjunto de tablillas—. ¡La última! ¡He tolerado tus intromisiones, tus peticiones, tus correcciones y esa maldita costumbre de retirar documentos de mis estantes sin dejar constancia de dónde los has puesto! ¡Pero esta vez has ido demasiado lejos! —Damaris, que hasta entonces había conseguido mantener una expresión ofendida, reaccionó levantando la barbilla—. Cuida tu lengua, Leoncio. He servido a esta casa muchos más años de los que tú llevas contando monedas. Si necesito consultar los registros de los servidores para distribuir sus obligaciones, tengo tanto derecho a hacerlo como cualquier administrador.

 —¡Consultar! —repitió él con una carcajada furiosa—. ¡Tú no consultas los documentos, los secuestras! ¡Los retiras, los cambias de lugar y después exiges que encuentre aquello que tú misma has extraviado! ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscando los contratos de compra de esas dos muchachas? ¿Lo sabes? —Damaris respondió que los papeles debían encontrarse entre los registros de trabajadores, donde correspondía guardarlos, pero aquella explicación solamente consiguió aumentar la cólera del secretario. —¡No! ¡No estaban allí! ¡Los encontré esta mañana mezclados con las cuentas de animales de carga y con unas antiguas compras de herramientas! ¡Herramientas, Damaris! ¡Habías colocado los documentos de adquisición de dos personas entre los recibos de herraduras y los registros de mantenimiento de los establos! —La administradora intentó replicar que probablemente algún escribiente había cometido el error, pero Leoncio la interrumpió con un gesto despectivo—. ¡No me hables de mis escribientes! Reconozco perfectamente las anotaciones que haces cuando crees que nadie tendrá que interpretarlas después. ¡Y ahora escúchame! ¿Sabes cuánto pagamos realmente por esas dos? ¿Lo sabes? ¡No, no lo sabes! ¡Tú solamente pides y gastas, gastas y pides! ¡Solicitas más lino, más aceite, más manos para los lavaderos, más esclavos para las cocinas, y cuando te pregunto qué ha ocurrido con los anteriores me respondes que trabajan poco, que enferman demasiado o que necesitan una corrección! ¡Por todos los santos, algún día terminarás pidiéndome que compre una nueva familia entera porque has conseguido matar a la anterior! —Damaris enrojeció violentamente.

—¡Basta, Leoncio! ¡No permitiré que me hables como si fuera una ladrona! —¡Entonces deja de comportarte como si los bienes de esta casa fueran infinitos! —replicó él, acercándole un pergamino abierto—. ¡Mira esto! ¡Léelo! ¿Reconoces el sello del vendedor? ¿Reconoces la cantidad? ¡Esas dos niñas no fueron adquiridas como esclavas ordinarias para trabajar en los lavaderos! ¡Se pagó por ellas una suma considerable, suficiente para comprar varios trabajadores adultos de buena constitución! Y no solamente por su edad o su apariencia, sino porque el comerciante aseguró que procedían de un hogar donde habían recibido cierta instrucción y podían ser destinadas al servicio doméstico superior. ¡Pero tú decidiste enviarlas a las dependencias más miserables de Ferrata porque no encontraste sus registros entre los documentos que acostumbrabas consultar! —Damaris examinó el pergamino con creciente incomodidad. Había supuesto que las dos muchachas pertenecían a alguna partida de cautivos adquiridos a bajo precio, y nadie se había tomado la molestia de corregir aquella impresión. —Si eran tan valiosas, debiste informármelo —respondió finalmente, procurando conservar una apariencia de autoridad—. No puedo administrar correctamente aquello cuya procedencia desconozco. —Leoncio la contempló con una incredulidad casi dolorosa—. ¡Te informé! ¡Firmaste la recepción de ambas! ¡Tu propia marca figura en el registro! ¡Pero claro, es mucho más sencillo culpar a los demás que reconocer que no has leído un documento antes de guardarlo donde te ha venido en gana!

La discusión habría podido concluir allí, pero Damaris cometió el error de intentar justificar el castigo de Sabina. —Sea cual fuere el precio de aquellas muchachas, la mayor era insolente y desobediente. No pienso disculparme por exigir disciplina. Si una esclava se niega a obedecer, debe aceptar las consecuencias. —Leoncio permaneció inmóvil durante algunos segundos, como si necesitara asegurarse de haber escuchado correctamente. Después recogió lentamente el pergamino y lo dejó sobre la mesa con una delicadeza mucho más amenazante que sus anteriores gritos. —Está muerta, Damaris. —La vilica apartó la mirada—. Una desgracia que nadie deseaba. —¡Está muerta! —repitió Leoncio, golpeando nuevamente la mesa—. ¡No ha enfermado, no ha escapado, no se ha perdido en las montañas! ¡La has hecho azotar hasta que su cuerpo no pudo resistirlo! ¿Y todavía pretendes explicarme que cumplías con tus obligaciones? —La administradora endureció el rostro—. No recibí ninguna orden que me prohibiera castigar a los servidores. El propio dominus ha exigido siempre que la disciplina se mantenga con firmeza. Si comenzamos a consentir desobediencias por sentimentalismo, pronto perderemos el control de toda la propiedad.

—¡Disciplina! ¡Siempre la misma palabra! —exclamó Leoncio—. ¿Acaso crees que un látigo puede sustituir a la inteligencia? ¡Un animal de carga también necesita disciplina, y no por ello lo golpeamos hasta matarlo cuando tropieza! ¡Sabes perfectamente que el dominus exige que se conserven sus bienes, que se eviten gastos inútiles y que los castigos tengan una finalidad! ¿Qué finalidad tiene matar a una muchacha que todavía podía servir durante décadas? ¡Explícamelo! —Damaris respondió que nadie podía prever la debilidad de ciertos cuerpos y que Sabina había enfermado después del castigo, no durante él. Aquella distinción provocó una carcajada amarga en el secretario. —¡Ah, magnífico! ¡Entonces debemos felicitarte! La muchacha no murió mientras la golpeaban, sino después. ¡Una diferencia que seguramente alegrará muchísimo a sus parientes! —La administradora apretó los puños—. Estás utilizando una desgracia para desacreditarme porque nunca has soportado que tenga autoridad sobre los trabajadores. —¡No necesito desacreditarte! ¡Te bastas perfectamente para hacerlo tú sola! —Leoncio señaló los documentos dispersos sobre la mesa—. Y no vuelvas a hablarme de autoridad como si fuese una posesión personal. La tuya procede de la confianza del dominus, exactamente igual que la mía. No eres dueña de estas tierras, no eres propietaria de los esclavos y no tienes derecho a disponer de ellos como si hubiesen nacido para satisfacer tus arrebatos. —Fue entonces cuando una voz grave, procedente de la entrada, interrumpió la discusión—. Basta. —Flavio Aecio había llegado sin que ninguno de los presentes advirtiera sus pasos.

El viejo general contempló primero a Leoncio, después los documentos y finalmente a Damaris, que inclinó inmediatamente la cabeza. —¿Es cierto cuanto afirma? —preguntó. La vilica intentó explicar que había existido una confusión administrativa, que los registros estaban incompletos y que la muchacha había mostrado una indisciplina intolerable. Aecio la escuchó sin interrumpirla, pero sus ojos se endurecieron cuando ella volvió a invocar la necesidad de mantener la obediencia. —Te pregunté si es cierto que los contratos fueron extraviados bajo tu responsabilidad. —Sí, domine, aunque... —¿Y es cierto que la muchacha murió después de un castigo ordenado por ti? —Sí, domine, pero... —Entonces no necesito escuchar otra explicación sobre tus intenciones. —El anciano se acercó a la mesa y examinó brevemente los registros. Leoncio, todavía desencajado, comenzó a enumerar los errores que había encontrado: compras duplicadas, raciones mal asignadas, prendas registradas dos veces y documentos trasladados entre dependencias sin autorización. Aecio levantó una mano para detenerlo y volvió su mirada hacia Damaris—. Has servido fielmente a esta familia durante muchos años. Has criado a mis descendientes, has administrado sus habitaciones y conoces estas propiedades mejor que muchos de mis intendentes. Precisamente por eso esperaba de ti un juicio superior al de una muchacha recién llegada. —La vilica abrió la boca, pero el patricio señaló los pergaminos con un dedo—. De ahora en adelante, no tendrás acceso a la documentación de la casa. Toda consulta de registros deberá realizarse por medio de Leoncio o de los escribientes que él designe. No retirarás contratos, no modificarás inventarios y no ordenarás traslados de servidores sin que exista constancia escrita. Continuarás dirigiendo las tareas domésticas, pero las cuentas, las adquisiciones y los documentos de propiedad quedarán fuera de tu autoridad. —Damaris palideció. Aquello no significaba solamente perder una atribución administrativa; era una humillación que alteraba el equilibrio de poder que había mantenido durante décadas. —Domine, os suplico que reconsideréis... —No. —La respuesta fue tan breve que no dejó lugar a nuevas súplicas.

Leoncio, todavía furioso, recogió los documentos y se dispuso a retirarse, pero Aecio lo detuvo antes de que alcanzara la puerta—. Y tú aprenderás a custodiar mejor tus propios registros. Si una mujer puede extraviar durante años documentos de semejante importancia sin que lo adviertas, también has faltado a tus obligaciones. No vuelvas a obligarme a descubrir cuánto dinero ha perdido esta casa porque mis administradores prefieren disputar entre sí antes que cumplir con su trabajo. —Leoncio inclinó la cabeza, aceptando la reprimenda con una rigidez que apenas conseguía ocultar su indignación. Damaris permaneció inmóvil, incapaz de comprender cómo una muchacha esclava, muerta y enterrada aquella misma mañana, había conseguido privarla de una parte tan considerable de su autoridad. Aecio contempló por última vez el contrato de adquisición y añadió con una sequedad que Albia jamás olvidaría—: La próxima vez que consideres necesario imponer un castigo semejante, recuerda que no se te ha confiado esta casa para que la vacíes de sus habitantes. La disciplina debe conservar lo que gobierna. Si lo destruye, es incompetencia.

Albia había escuchado buena parte de aquella discusión desde un rincón del corredor, oculta detrás de unas ánforas de aceite que aguardaban su traslado a los almacenes. Comprendió entonces que los hombres importantes podían enfurecerse por la muerte de una esclava, pero que sus razones no necesariamente coincidían con las de quienes la habían amado. Leoncio había hablado del precio de compra, de las cantidades registradas y del dinero desperdiciado; Flavio Aecio había condenado la negligencia administrativa y el abuso de autoridad. Ninguno había preguntado cómo cantaba Sabina, qué cosas le gustaban o por qué había procurado proteger siempre a su hermana pequeña. Albia no podía reprocharles aquella indiferencia, porque sabía que entre las preocupaciones de una casa aristocrática existían asuntos mucho mayores que la muerte de una sirvienta. Y, sin embargo, había experimentado una satisfacción culpable cuando vio a Damaris abandonar las dependencias de los escribas con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Desde aquel día, la autoridad de la vilica había comenzado a reducirse lentamente. Ya no podía consultar libremente las cuentas, debía solicitar autorización para modificar determinadas asignaciones y encontraba cada vez más dificultades para justificar gastos extraordinarios.

Leoncio revisaba sus peticiones con una minuciosidad casi vengativa y los administradores inferiores, que antes habían aceptado sin discusión sus instrucciones, comenzaron a exigir documentos escritos cuando alguna orden comprometía recursos importantes. Damaris conservaba todavía un poder considerable sobre la vida cotidiana de los esclavos, pero había perdido aquella libertad para disponer de cuanto necesitaba sin que nadie le pidiera explicaciones. Albia recordaba cómo algunos servidores habían celebrado discretamente aquella reducción de atribuciones, aunque ninguno se atrevió a manifestar su alegría delante de la anciana. Con el transcurso de los meses, las relaciones entre Damaris y Leoncio se volvieron cada vez más tensas, y hasta Cateuncio, que mantenía sus propias ambiciones dentro de la administración, comenzó a aprovechar los desacuerdos para favorecer sus intereses. La vilica seguía siendo temida, pero ya no resultaba intocable. Albia había encontrado cierto consuelo en aquella transformación. No era justicia, al menos no una justicia que pudiera devolverle a su hermana, pero representaba la demostración de que incluso las personas más poderosas podían perder aquello que creían poseer para siempre. Por eso, durante los dos años siguientes, había aprendido a observar cuidadosamente las pequeñas derrotas de Damaris: una petición rechazada, una orden modificada por Leoncio, una reprensión del patricio o una intervención de Valeria que recordaba a todos quién ejercía verdaderamente la autoridad sobre las dependencias familiares. Cada una de aquellas situaciones le proporcionaba una satisfacción secreta que procuraba no demostrar.

A veces se avergonzaba de disfrutar con las humillaciones ajenas, porque Sabina le había enseñado que la crueldad no dejaba de ser crueldad cuando se ejercía contra alguien desagradable. Pero otras veces recordaba el pequeño montículo de tierra bajo el cual descansaba su hermana y comprendía que todavía era incapaz de perdonar. Ahora, tendida nuevamente sobre las losas, con la espalda desgarrada por el mismo látigo que había marcado los últimos días de Sabina, Albia pensó que Damaris había vuelto a cometer un error. Esta vez había golpeado a una esclava cuya presencia reclamaba personalmente Marco, un muchacho que disfrutaba del afecto de Valeria y de una atención cada vez más evidente por parte del viejo Aecio. Si los administradores habían intervenido por la muerte de Sabina, seguramente los señores reaccionarían con mayor severidad al descubrir que la vilica había desobedecido indirectamente las instrucciones de su nieto. Aquella idea la reconfortó durante unos instantes. Damaris volvería a perder algo. Tal vez autoridad, tal vez privilegios, quizá incluso la confianza que todavía le dispensaban algunos miembros de la familia. Albia no sabía qué castigo recibiría la anciana, pero estaba convencida de que Marco no permanecería indiferente. Él había demostrado demasiadas veces que podía enfrentarse a personas mucho mayores cuando consideraba que tenía razón. La muchacha se aferró a esa certeza mientras intentaba incorporarse, aunque una nueva punzada de dolor la obligó a detenerse.

Sin embargo, había algo profundamente desagradable en aquella esperanza, algo que Albia no había sabido expresar durante sus primeros años de servidumbre y que ahora comenzaba a inquietarla cada vez más. Su seguridad dependía enteramente de las decisiones ajenas. Cuando Sabina vivía, había confiado en que su hermana la protegiera. Después de su muerte, había aprendido a obedecer cuidadosamente para no despertar la ira de Damaris. Más adelante, cuando fue destinada al servicio de Marco, descubrió que la cercanía del muchacho le proporcionaba una protección que ninguna de sus compañeras poseía. Los castigos disminuyeron, sus obligaciones se volvieron menos agotadoras y comenzó a disponer de horas para aprender cosas que jamás habría imaginado conocer. Marco le enseñó a leer con mayor soltura, a reconocer palabras griegas, a modular la voz y a cantar con una disciplina que al principio le pareció excesiva. Había sido paciente con sus equivocaciones, severo con sus ejercicios y sorprendentemente generoso al permitirle acercarse a conocimientos reservados normalmente a personas muy superiores a ella. Pero incluso aquella fortuna tenía un aspecto que comenzaba a incomodarla.

Albia podía aprender porque Marco deseaba enseñarle. Podía cantar porque él encontraba placer en escucharla. Podía permanecer a su lado porque el patricio había permitido que la muchacha le perteneciera. Si mañana su joven señor cambiaba de opinión, se aburría de sus lecciones o decidía entregarla a otro miembro de la familia, ella carecería de medios para oponerse. Era una esclava, una mujer y, por añadidura, una extranjera sin parentesco conocido ni fortuna propia. Tres condiciones que convertían sus deseos en asuntos secundarios para casi cualquier persona que tuviera autoridad sobre su vida. Pensó en Sabina, que había intentado protegerla utilizando los únicos recursos a su alcance, y comprendió con una claridad dolorosa que su hermana había muerto precisamente porque nunca poseyó una autoridad que los demás estuvieran obligados a respetar. Su valentía no había bastado. Su amor tampoco. ¿De qué servía tener razón cuando otra persona podía castigarte por pronunciarla? ¿De qué servía ser obediente cuando las órdenes se contradecían y cada superior reclamaba el derecho de imponer su voluntad?

Albia miró sus manos, todavía pequeñas, manchadas por el polvo del corredor, y sintió una indignación distinta de la que había experimentado durante el castigo. No era solamente odio hacia Damaris, aunque seguía odiándola. Era una irritación profunda ante la idea de convertirse durante toda su existencia en una hoja arrastrada por los vientos de los demás. Quería poder decidir algo, aunque fuera insignificante. Elegir cuándo cantar, qué aprender, adónde dirigirse o a quién obedecer. Quería que alguna de sus acciones dependiera de su voluntad y no exclusivamente de la benevolencia de un dueño. Inmediatamente se avergonzó de aquellos pensamientos.

¿Qué tonterías estaba imaginando? Había tenido más suerte que muchas esclavas de su edad. Recibía buena alimentación, dormía bajo un techo seguro y tenía un joven señor que la trataba con una consideración poco común. Podría haber terminado trabajando en una cantera, sirviendo en una cocina miserable o vendida a una casa donde nadie se molestara siquiera en aprender su nombre. Pero aquella comparación, que antes habría bastado para devolverle la resignación, ya no consiguió tranquilizarla. Ser afortunada no significaba ser libre, y sentirse agradecida no eliminaba el deseo de disponer de su propia existencia. Damaris se inclinó entonces sobre ella y trató de ayudarla a levantarse, murmurando que debía dejar de llorar y procurar que nadie descubriera el incidente. Albia aceptó el apoyo porque sus piernas temblaban demasiado para sostenerla, pero en su interior se produjo una separación que jamás había experimentado con tanta claridad. Su cuerpo todavía pertenecía a aquella casa, sus obligaciones continuaban siendo las de una esclava y su supervivencia dependía de la voluntad de los Aecianos.

Sin embargo, por primera vez comprendió que sus pensamientos podían pertenecerle exclusivamente a ella. Nadie sabía lo que deseaba, nadie podía ordenarle que dejase de desearlo y ningún látigo conseguiría arrancarle una ambición que todavía no se atrevía a pronunciar. Recordó entonces que Sabina, poco antes de morir, le había dicho que procurara aprender cuanto pudiera, porque las cosas que uno sabía eran las únicas que podían acompañarlo incluso cuando le arrebataban todo lo demás. Albia había interpretado aquellas palabras como un consejo para convertirse en una servidora más útil. Ahora comenzaba a sospechar que su hermana había querido decir algo mucho más importante. Y mientras permanecía apoyada contra Damaris, intentando contener los sollozos, se prometió silenciosamente que algún día encontraría una manera de no depender enteramente de la misericordia ajena. No sabía cómo conseguirlo, ni siquiera si semejante aspiración era posible para una muchacha de su condición. Pero aquella incertidumbre ya no le pareció razón suficiente para renunciar. Por el momento, solamente deseaba que Marco bajara de la torre. Después, cuando sus heridas hubieran sanado y pudiera cantar nuevamente sin sentir dolor, comenzaría a pensar en lo demás.

 

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