domingo, 1 de noviembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El oso, la cantora y los pergaminos imposibles

[Índice]

La inteligencia artificial continuaba hablando en el interior de la mente de Marco mientras este examinaba los pequeños recipientes preparados sobre la mesa. El ungüento contenía dos principios antibióticos de origen diferente: uno procedente de cultivos asociados a la fermentación de cerveza, identificado como un compuesto betalactámico, y otro obtenido de determinados mohos del pan, perteneciente a la familia de las penicilinas. La interfaz desplegaba las concentraciones calculadas, los márgenes de estabilidad, las posibles reacciones adversas y una estimación de la evolución de los tejidos lesionados. Aquella combinación prometía reducir considerablemente el riesgo de infección y favorecer una cicatrización más limpia, aunque el sistema advertía que ninguna intervención podía garantizar la desaparición completa de las marcas. «Concentraciones dentro de los parámetros establecidos. Riesgo de infección bacteriana reducido. Pronóstico de regeneración favorable. Se recomienda vigilancia de la respuesta inflamatoria». Marco asintió imperceptiblemente. La precisión de aquellos cálculos contrastaba con los procedimientos habituales de la medicina romana, donde todavía abundaban los tratamientos basados en sangrías, cauterizaciones y preparados minerales de dudosa eficacia. Sin embargo, el muchacho sabía que una cosa era disponer del conocimiento necesario y otra muy distinta conseguir que los instrumentos y materiales del siglo V reprodujeran fielmente aquello que la inteligencia artificial describía.

Albia permanecía recostada boca abajo sobre un pequeño lecho, con el cabello rojizo recogido cuidadosamente para evitar que rozara las heridas. Habían dejado descubierta únicamente la espalda, cuya superficie mostraba una combinación desoladora de lesiones recientes y cicatrices antiguas. Algunas eran líneas delgadas y blanquecinas que habían cicatrizado años atrás; otras formaban pequeños relieves irregulares donde la piel había sanado de manera imperfecta. Las marcas más recientes, provocadas por Damaris la noche anterior, atravesaban aquellas señales antiguas y presentaban regiones inflamadas que preocupaban especialmente a Menas. Marco las examinó en silencio. Conocía suficientemente bien la anatomía humana para distinguir los diferentes estados de cicatrización y comprender que algunas de aquellas lesiones no podían atribuirse a un único castigo. La muchacha había sido azotada repetidamente durante su vida, y ciertas marcas pertenecían evidentemente a una época anterior a su llegada al servicio personal de Marco. La inteligencia artificial comenzó a señalar las zonas de mayor riesgo, diferenciando los tejidos inflamados de las cicatrices consolidadas. Aquella información resultaba útil, pero también desagradable. El muchacho había dedicado meses a estudiar la resistencia del acero, las propiedades de los minerales y la anatomía de innumerables animales, mientras una persona que vivía prácticamente a su lado conservaba sobre la espalda pruebas de sufrimientos a los que él apenas había prestado atención.

—Tu madre ha sido muy clara —comentó Menas, entregándole el recipiente—. «Deja que el niño la toque, Menas. Después de todo, la muchacha le pertenece». ¡Por Asclepio! Esa mujer posee una imaginación que terminará por arruinarnos a todos. —El alejandrino rio discretamente al recordar la expresión maliciosa de Valeria, que parecía encontrar una satisfacción particular en interpretar cualquier atención de su hijo hacia Albia como el comienzo de alguna complicación doméstica futura. Sin embargo, su diversión desapareció cuando Marco comenzó a trabajar. El muchacho se lavó cuidadosamente las manos, preparó las vendas y dispuso los instrumentos con una precisión que no tenía nada de infantil. Examinó las heridas antes de aplicar el preparado, evitó las regiones más sensibles y preguntó a Albia si experimentaba dolor, ardor o alguna sensación diferente de las que había sentido durante la noche. Menas observaba con creciente interés. Había conocido médicos de Constantinopla, Alejandría y Roma que poseían una formación considerablemente más extensa que la de su discípulo, pero pocos demostraban semejante disciplina en los procedimientos. Marco no parecía interesado en impresionar a nadie. Actuaba con la concentración de quien sabe exactamente qué está buscando y no desea distraerse hasta haber terminado.

—¿Te duele aquí? —preguntó Marco, examinando una de las regiones próximas al hombro. —Un poco, mi señor —respondió Albia, apretando los dedos contra la almohada—. Pero menos que anoche. —Bien. Dímelo si empieza a arder o notas algo extraño. No necesitas soportarlo en silencio. —Menas levantó ligeramente las cejas. Aquel muchacho, que en ocasiones parecía considerar las emociones humanas una molestia secundaria frente a los problemas matemáticos, demostraba ahora una delicadeza notable. Sus manos eran firmes, sus movimientos económicos y su atención permanecía concentrada en las reacciones de la paciente. El alejandrino había visto a Marco regresar de la herrería con quemaduras que describía mediante cálculos sobre el tiempo de recuperación, pero jamás lo había observado tan cuidadoso al tratar una lesión ajena. Si decidiera dedicarse verdaderamente a la medicina, pensó Menas, no cabía duda de que podría convertirse en uno de los médicos más solicitados del Imperio antes de alcanzar la edad adulta. Con sus conocimientos y el respaldo de los Aecianos, quizá terminaría atendiendo al propio emperador. Aunque, conociendo las ambiciones de la familia, probablemente habría que convencerlo de que curar a un soberano resultaba preferible a reemplazarlo.

Pero había algo que inquietaba al alejandrino mucho más que las propiedades del ungüento. Marco examinaba las heridas con una serenidad extraordinaria, identificando sus características, consultando mentalmente conocimientos que Menas desconocía y realizando observaciones cuya precisión parecía impropia de su edad. En ocasiones, aquella inteligencia resultaba maravillosa; en otras, producía una impresión casi perturbadora. El muchacho podía contemplar una lesión terrible y comenzar inmediatamente a calcular probabilidades, tiempos de recuperación y consecuencias fisiológicas, como si el sufrimiento fuese un problema geométrico que necesitara solución. Menas comprendía perfectamente el valor de semejante capacidad. La medicina exigía conservar la razón incluso cuando el paciente gritaba, sangraba o estaba a punto de morir. Pero también sabía que un buen médico debía reconocer algo más que tejidos, órganos y enfermedades. Las cicatrices de Albia no eran solamente alteraciones anatómicas. Eran el resultado de decisiones humanas, de abusos cometidos por personas que habían considerado aceptable causar aquel dolor. Y ninguna preparación medicinal, por extraordinaria que fuese, podía corregir por sí sola la causa que había producido aquellas heridas.

—Hay cicatrices muy antiguas —comentó finalmente Menas, inclinándose para observar una de las marcas que cruzaban la región inferior de la espalda—. Algunas parecen tener varios años. —Lo sé —respondió Marco sin interrumpir su trabajo—. Estas ya han terminado de cicatrizar. El ungüento no conseguirá eliminarlas. —No estaba preguntando por el tratamiento, muchacho. —Marco levantó entonces la mirada. Menas señaló suavemente una de las marcas blanquecinas y después contempló a Albia, que había permanecido callada durante toda la conversación—. Me pregunto cuántas veces habrá tenido que soportar algo semejante antes de que nosotros comenzáramos a preocuparnos por ello. —La muchacha bajó los ojos, incómoda por convertirse repentinamente en el centro de aquella reflexión. Marco permaneció inmóvil unos instantes, sosteniendo todavía el pequeño instrumento con el que distribuía el preparado. La inteligencia artificial continuaba mostrando sus cálculos, indiferente a cuanto acababa de decir el alejandrino. Por primera vez aquella mañana, el muchacho apartó deliberadamente la atención de las cifras y contempló a Albia, no como una paciente cuyo proceso de recuperación debía optimizarse, sino como una persona cuya historia apenas conocía.

—Albia —preguntó finalmente, con una suavidad que hizo levantar los ojos a la muchacha—, ¿quién te hizo esas cicatrices antiguas?

—La señora Damaris, mi señor —respondió Albia, bajando la mirada mientras Menas terminaba de acomodarle las vendas sobre los hombros. Marco contempló durante unos instantes las cicatrices antiguas, algunas tan profundas que habían dejado pequeños relieves sobre la piel, y luego retiró cuidadosamente los instrumentos de la mesa. No parecía sorprendido, aunque su expresión se había endurecido ligeramente. —Bien, tendrás que recomponerte. Nos espera un viaje largo y deberás soportar el dolor durante varios días. No podemos detener toda la caravana cada vez que necesites descansar. —Albia asintió, pero cuando Marco comenzó a explicarle que debía mantener las heridas limpias, evitar determinados movimientos y avisar si aparecía fiebre, la muchacha se incorporó con dificultad y lo abrazó repentinamente, enterrando el rostro contra su pecho. —Si me quedo aquí, moriré, mi señor —susurró entre lágrimas. Marco permaneció inmóvil, sorprendido por aquel arrebato de afecto, y después respondió con su habitual franqueza—. Sí. —Menas estuvo a punto de soltar una carcajada. No porque encontrara divertida la desgracia de Albia, sino porque aquella respuesta resumía perfectamente la desconcertante personalidad de su discípulo. Cualquier otro muchacho habría prometido protegerla, le habría dicho que no debía preocuparse o habría pronunciado alguna de esas frases tranquilizadoras que rara vez significaban algo. Marco, en cambio, había considerado la afirmación, evaluado sus probabilidades y confirmado su conclusión con la misma naturalidad con que habría respondido a una pregunta sobre la temperatura del agua. —¡Por Asclepio, muchacho! —murmuró el alejandrino, sacudiendo la cabeza—. Algún día tendrás que aprender que ciertas verdades pueden acompañarse de unas cuantas palabras amables. —¿Para qué? —repuso Marco—. Ya viene con nosotros. No tiene nada que temer mientras permanezca a mi lado. —Menas abrió la boca para responder, pero decidió que aquella última frase era, a su manera, una declaración de afecto bastante más sincera de lo que parecía.

Todavía era de noche cuando abandonaron la estancia. Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a perfilar las montañas, y los corredores de Ferrata permanecían iluminados por lámparas cuyo aceite estaba a punto de consumirse. En los patios inferiores ya se escuchaba la actividad de los servidores encargados de preparar los animales de tiro, revisar los equipajes y disponer las provisiones para el descenso. Marco caminaba junto a Albia, procurando adaptar sus pasos a los de la muchacha, mientras Menas los acompañaba cargando una pequeña bolsa con medicamentos y vendas limpias. —Recuerda que deberás descansar siempre que sea posible —le advirtió el alejandrino—. Y nada de cargar equipajes, ayudar con los animales ni realizar esas tareas que tus compañeras consideran indispensables. Si alguien te ordena trabajar, dile que Menas Diodoro lo ha prohibido expresamente. —¿Y si no me creen, maestro? —preguntó Albia con timidez. —Entonces envíalos a discutir conmigo. Disfruto extraordinariamente explicando a los ignorantes por qué sus opiniones son estúpidas. —Marco sonrió ante aquella respuesta, pero su diversión desapareció cuando, al doblar una esquina, encontraron a Damaris avanzando desde las dependencias domésticas.

La anciana se detuvo inmediatamente al descubrir a Albia. Durante un instante, sus ojos se endurecieron con una expresión tan desagradable que la muchacha retrocedió instintivamente hacia Marco. Damaris había pasado buena parte de la noche reflexionando sobre la humillación sufrida ante Valeria, y todavía sentía como una herida abierta la amenaza de recibir diez latigazos por cada golpe que volviera a descargar sobre la pelirroja. Verla caminando junto al joven dominus, protegida por el médico y aparentemente libre de cualquier obligación doméstica, le provocó una nueva oleada de resentimiento. Estuvo a punto de reprenderla por abandonar sus tareas antes del amanecer, pero la presencia de Menas le recordó que cualquier intervención contra la muchacha podía convertirse en otro desastre. Buscó entonces un destinatario diferente para su irritación. —¡Ah, el griego! —exclamó, frunciendo los labios—. Ya veo que continúas llenando la cabeza de nuestro joven señor con tus costumbres perturbadoras. Desde que llegaste a esta casa no haces más que enseñarle a abrir cadáveres, mezclar sustancias inmundas y cuestionar cuanto los buenos cristianos sabemos por la gracia de Dios. ¿Acaso no tienes suficiente con tus libros paganos? ¿También necesitas convertir las habitaciones de los niños en talleres de nigromancia? —Menas la contempló con una expresión de paciente incredulidad. —Buenos días también para ti, mater Damaris. Confío en que hayas descansado satisfactoriamente. —¡No te burles de mí, alejandrino! —replicó ella—. Conozco a los hombres de tu especie. Hablan de filosofía, de razón y de naturaleza, pero nunca los vemos arrodillados en la iglesia. Enseñas al muchacho a confiar más en tus hierbas y en tus experimentos que en las oraciones. ¡Y luego nos sorprendemos de que los niños pierdan el respeto por sus mayores!

Menas levantó ligeramente las cejas, dispuesto a responder, pero Marco se adelantó con una tranquilidad que resultó mucho más irritante que cualquier exclamación. —Lanzas demasiadas piedras, nutrix. ¿Acaso ya te confesaste tan temprano? —La pregunta fue acompañada de una sonrisa perfectamente inocente, aunque sus ojos revelaban una intención muy distinta. Damaris abrió la boca, pero ninguna palabra consiguió salir de ella. Por un momento creyó que el muchacho conocía algo acerca de sus encuentros privados con Cateuncio, y aquel pensamiento la hizo enrojecer violentamente. Menas, que ignoraba buena parte de aquellas circunstancias, comprendió al menos que la observación había encontrado un punto extraordinariamente sensible. Se acarició la barba para ocultar una sonrisa y decidió guardar silencio. Marco aprovechó la confusión para tomar nuevamente la mano de Albia. —Vamos, pelirroja. Tenemos una montaña que bajar y una ciudad que conquistar. —Y sin conceder a su antigua nodriza oportunidad de recomponerse, echó a correr hacia el corredor que comunicaba con el patio principal.

—¡Marco! ¡Por todos los santos, no hagas correr a la muchacha! —protestó Menas, siguiéndolos con una mezcla de indignación y diversión. El muchacho apenas había dado unos pasos apresurados cuando sintió que Albia no podía mantener su ritmo. La muchacha soltó una pequeña exclamación al sentir cómo las heridas tiraban de la piel de su espalda, y Marco redujo inmediatamente la velocidad, aunque procuró disimularlo fingiendo que solamente deseaba examinar los carros que aguardaban junto a la entrada. Albia lo siguió con una sonrisa dolorida, agradecida de haber escapado nuevamente de la presencia de Damaris. Detrás de ellos, el alejandrino todavía reía entre dientes, maravillado por aquella extraordinaria capacidad de su discípulo para encontrar las palabras precisas con que desarmar a sus adversarios. La anciana permaneció sola bajo las lámparas agonizantes del corredor, contemplando el lugar por donde habían desaparecido. Había criado a Marco, lo había sostenido en sus brazos cuando apenas sabía caminar y todavía recordaba sus primeras palabras. Sin embargo, aquel niño al que llamaba cariñosamente su pequeño señorito comenzaba a convertirse en un desconocido, alguien capaz de mirarla con afecto un día y herirla con una sola frase al siguiente. Y lo que más la perturbaba no era su insolencia, sino la sospecha de que Marco sabía mucho más de cuanto estaba dispuesto a decir.

Al llegar al patio principal encontraron a Valeria Crispiana Severina supervisando los últimos preparativos del viaje, mientras Flavia permanecía a su lado, entretenida en dar instrucciones a unos servidores que, por supuesto, no tenían obligación alguna de obedecerla. La matrona vestía una túnica de viaje color marfil, protegida por un manto de lana fina, y llevaba el cabello cuidadosamente recogido bajo un velo que no conseguía ocultar del todo su satisfacción por abandonar las montañas. Junto a ellas se encontraba Armin, a quien los trabajadores de Ferrata habían comenzado a llamar el Oso. Apenas era un par de años mayor que Marco, pero ya alcanzaba la estatura de Valeria y poseía una constitución extraordinariamente robusta, con hombros anchos, brazos poderosos y unas manos que parecían haber sido fabricadas para levantar piedras de molino. Su rostro conservaba todavía la redondez de la juventud, circunstancia que contrastaba con un cuerpo cuyo crecimiento parecía adelantarse varios años al de sus compañeros. No era particularmente hablador, pero poseía dos cualidades que la matrona había comenzado a apreciar: una lealtad casi inquebrantable y una capacidad singular para comprender las órdenes antes de que terminaran de pronunciárselas. Si Valeria señalaba un cofre, Armin sabía si debía cargarlo, abrirlo o trasladarlo al carro correspondiente; si una rueda comenzaba a atascarse, el muchacho acudía sin esperar instrucciones, y si Flavia se aproximaba demasiado a los animales de tiro, se interponía discretamente entre ella y cualquier peligro. Aquella combinación de fuerza, discreción y buen juicio resultaba especialmente atractiva para una mujer que llevaba toda su vida tratando con servidores capaces de discutir durante media hora acerca de una tarea que habría requerido apenas unos instantes.

—¡Ah, aquí está mi pequeño filósofo! —exclamó Valeria al descubrir a Marco, aunque su sonrisa se atenuó al advertir que Albia caminaba a su lado con cierta dificultad—. Confío en que Menas haya terminado sus experimentos médicos antes de que nos alcance el invierno. —No son experimentos, domina, sino tratamientos —repuso el alejandrino, que acababa de llegar detrás de ambos—. Aunque comprendo que para ciertas personas cualquier procedimiento que no incluya invocar a Galeno y rezar tres oraciones resulte sospechoso. —Valeria rio y agitó ligeramente su abanico, pero pronto regresó su atención a Armin, que acababa de levantar sin aparente esfuerzo uno de los pesados cofres de viaje. —Ven aquí, muchacho. Déjame verte. —El joven obedeció inmediatamente, dejó el equipaje donde correspondía y se presentó ante ella con la espalda recta y las manos a los costados. Valeria lo contempló con manifiesta satisfacción, palpándole los hombros y después los brazos con el interés práctico de quien examina un toro joven, manso y extraordinariamente poderoso. No había en aquel reconocimiento físico ninguna intención galante, sino una apreciación casi ganadera de la robustez, la buena salud y las posibilidades futuras de un servidor particularmente prometedor. —¡Por todos los santos, cómo estás creciendo! Apenas hace unos meses llegabas a mi hombro y ahora tendré que levantar la cabeza para regañarte. Tienes buena espalda, brazos fuertes y, por fortuna, bastante más juicio que algunos hombres que te doblan la edad. ¿Cuántos años tienes ya, Armin? —El muchacho respondió con su habitual brevedad, y Valeria asintió complacida—. Magnífico. Creo que ha llegado el momento de que comiences a ejercitarte seriamente con las armas.

Flavia levantó inmediatamente la cabeza, interesada por aquella decisión. —¿Armin va a convertirse en soldado, mamá? —Todavía no, mi amor. Pero tu hermano necesita hombres de confianza, y prefiero tener junto a él a alguien que haya crecido en nuestra casa antes que contratar a un desconocido que solamente sepa contar sus monedas. —La matrona volvió hacia Armin una mirada mucho más seria—. Escúchame bien, muchacho. Hablaré con el herrero para que te instruya en el manejo de las armas y compruebe tus aptitudes. Quiero que aprendas a utilizar la espada, la lanza y el escudo, pero también que sepas proteger a otra persona sin dejarte arrastrar por la ira. Ser fuerte es una virtud; ser fuerte y estúpido constituye una calamidad. Si el herrero considera que sirves para el oficio y demuestras que eres digno de nuestra confianza, te concederé la libertad. Tendrás un estipendio, podrás formar una familia y recibirás un nombre romano como corresponde a un liberto de una casa respetable. ¡Todo el asunto! Hasta podrás quejarte de los impuestos como cualquier ciudadano honrado. —Armin abrió ligeramente los ojos. Su expresión habitualmente imperturbable se quebró durante un instante y pareció que iba a pronunciar un discurso, pero finalmente se limitó a inclinar profundamente la cabeza—. Os serviré fielmente, domina. —Eso espero, muchacho. Y no quiero que sirvas solamente por agradecimiento. Quiero que aprendas a cumplir tu deber porque comprendes su importancia. Un guardaespaldas que únicamente sabe obedecer órdenes puede resultar inútil precisamente cuando más se lo necesita.

Marco observó aquella conversación con interés, mientras Albia permanecía discretamente a su lado. La promesa de manumisión había producido en Armin una reacción mucho más profunda que cualquier elogio de su fuerza. El joven había permanecido prácticamente inmóvil, pero sus manos se habían cerrado durante unos segundos y había necesitado respirar antes de responder. Flavia, entretanto, examinaba los brazos del muchacho con una curiosidad semejante a la de su madre. —¿Y podrá levantar a Marco con una sola mano? —preguntó. —Flavia —repuso Valeria con fingida severidad—, no estamos comprando un oso para entretenernos durante las Saturnales. —¡Pero todos lo llaman el Oso! —Precisamente, y si sigues molestándolo terminará creyendo que tiene derecho a comerse a las pequeñas serpientes que no dejan de hacer preguntas. —La niña se refugió inmediatamente detrás de la matrona, riendo, mientras Armin permanecía tan serio que resultaba imposible determinar si había comprendido la broma. Marco, por su parte, contempló al muchacho y después a Albia. Ambos pertenecían a la misma condición servil, pero sus perspectivas comenzaban a separarse por razones que nada tenían que ver con sus deseos: Armin poseía una fuerza que Valeria consideraba útil para proteger a su hijo, mientras que Albia había necesitado demostrar un talento extraordinario y sobrevivir a una paliza para obtener una posición menos vulnerable. Aquella diferencia no pasó inadvertida para el joven Aeciano.

Valeria dio por concluida la inspección con una palmada afectuosa sobre el hombro de Armin y señaló uno de los carros. —Ahora ve y comprueba que los equipajes de los niños estén bien sujetos. Y procura que Albia tenga un lugar cómodo, porque Menas me ha repetido tantas veces que no debe esforzarse que comienzo a sospechar que desea convertirla en una princesa. —El Oso obedeció de inmediato. Antes de retirarse, sin embargo, dirigió a Marco una mirada breve, casi interrogativa, como si quisiera asegurarse de que había comprendido correctamente sus futuras obligaciones. El muchacho respondió con un pequeño asentimiento, y Armin se alejó hacia los vehículos sin pronunciar otra palabra. Valeria lo siguió con los ojos y sonrió, satisfecha. —Ese joven me agrada. No habla más de lo necesario, comprende lo que se le pide y tiene la fuerza de tres hombres. Con un poco de educación militar podría convertirse en un servidor verdaderamente formidable. —Menas, que había presenciado todo el intercambio, se acarició la barba—. Una combinación admirable, domina. Aunque personalmente añadiría que también convendría enseñarle a pensar por sí mismo. —¡Naturalmente, griego! —replicó Valeria, abriendo su abanico—. Pero procura no convertirlo en otro Marco. Necesito un guardaespaldas, no un segundo abogado que encuentre argumentos para desobedecerme.

—¡Ah, casi lo olvidaba! —exclamó Valeria, cuando Marco comenzaba a dirigirse hacia los carros, satisfecho de que los preparativos estuvieran llegando a su fin—. Todavía tenemos pendiente tu castigo, pequeño abogado de tres dracmas. He pensado detenidamente en lo sucedido anoche y he decidido que, durante todo el viaje, serás personalmente responsable de Júpiter. Lo llevarás contigo, lo alimentarás, procurarás que no se escape y te encargarás de limpiar cualquier desastre que provoque. Nada de entregárselo a los esclavos cuando te aburras, ni de abandonarlo en algún carro porque prefieras estudiar tus libros. Es tu castigo y lo cumplirás como corresponde a un caballero romano. —Marco levantó las cejas, bastante sorprendido por aquella sentencia. Había esperado alguna prohibición relacionada con sus experimentos, quizá una reducción de sus privilegios o, en el peor de los casos, la obligación de acompañar a su madre durante interminables visitas de cortesía. Cuidar de un gato le parecía una penalidad extraordinariamente benigna, especialmente cuando el animal ya acostumbraba seguirlo por toda la propiedad. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Flavia dejó escapar una protesta indignada.

—¡Pero mamá! ¡Júpiter iba a viajar conmigo! ¡Me lo prometiste! —La pequeña Aeciana frunció el ceño y cruzó los brazos con una expresión que recordaba demasiado a su madre cuando alguna disposición doméstica no coincidía con sus deseos. Valeria la contempló por encima del abanico con una paciencia que comenzaba a agotarse—. Mi querida serpiente, ayer terminaste con los brazos arañados por intentar abrazar a ese animal como si fuera una muñeca de trapo. No pienso presentarte ante Eldrunna, la esposa del prefecto, con las manos y los antebrazos llenos de marcas. La señora es una mujer distinguida, muy atenta a los detalles, y quiero que vea en ti a una pequeña dama de buena educación, no a una campesina que acaba de perder una disputa con un gato montés. —¡Pero Júpiter me quiere! —Naturalmente, cariño. También estoy convencida de que los leones sienten un profundo afecto por los cristianos antes de devorarlos. Eso no significa que debamos permitirles dormir en nuestras camas. —Flavia abrió la boca para presentar una nueva objeción, pero Valeria cerró el abanico con un golpe seco—. ¡Y san se acabó! El gato viajará con Marco. Cuando lleguemos a Mediolanum podrás visitarlo, siempre que aprendas a sostenerlo sin terminar ensangrentada.

La decisión pareció recibir la aprobación inmediata del único interesado que todavía no había expresado su opinión. Júpiter, que hasta entonces permanecía sentado sobre uno de los cofres de viaje, observando los movimientos de los servidores con la indiferencia majestuosa de un pequeño emperador, levantó las orejas al escuchar la voz de Marco. El muchacho apenas tuvo tiempo de extender los brazos antes de que el animal saltara hacia él, trepara por su túnica y terminara instalado sobre su hombro, acomodándose con tal naturalidad que parecía haber ocupado aquel puesto durante toda su vida. Un ronroneo satisfecho comenzó a surgir de su garganta mientras restregaba la cabeza contra el cuello de su dueño. Valeria contempló aquella demostración con una satisfacción casi triunfal. —¡Oh, pero mirad qué maravilla! ¡Ni siquiera ha sido necesario repetirle la orden! —exclamó, señalando al gato con el abanico—. Deberías aprender de tu mascota, mi querida serpiente. Una criatura tan adorable, tan obediente y tan agradecida por las atenciones que recibe. —Flavia contempló a Júpiter con una mezcla de indignación y traición personal, incapaz de comprender por qué aquel miserable animal que acababa de clavarle las uñas la noche anterior se comportaba ahora como un querubín sobre el hombro de su hermano. —¡Es un hipócrita! —declaró finalmente. —Entonces posee una cualidad indispensable para desenvolverse entre los aristócratas —repuso Valeria con una sonrisa radiante—. Quizá debamos llevarlo también a las recepciones.

Marco acarició distraídamente la cabeza del felino, que respondió cerrando los ojos y hundiendo las uñas, esta vez con moderación, en la tela de su túnica. —No te hagas ilusiones, mugroso. No pienso permitirte cazar pájaros durante el camino. Las ratas sí; los gorriones, no. —Júpiter abrió un ojo, emitió un maullido breve y volvió a acomodarse, aparentemente dispuesto a ignorar cualquier disposición que contradijera sus intereses. Menas, que había presenciado toda la escena, soltó una carcajada y se inclinó hacia Albia para murmurar que la domina acababa de descubrir la forma más elegante de castigar a su hijo: imponerle como obligación aquello que probablemente habría hecho por voluntad propia. La muchacha sonrió débilmente, todavía dolorida, mientras Armin terminaba de asegurar los equipajes del carro donde debía viajar. Flavia, entretanto, continuaba mirando al gato con un resentimiento que prometía durar bastante más que sus arañazos, aunque su madre ya había comenzado a enumerar las virtudes de Eldrunna y la importancia de causar una impresión favorable en una mujer tan influyente.

Valeria contempló finalmente a sus hijos, al enorme Armin y a la pequeña Albia, cuya presencia en la comitiva todavía le provocaba ciertas reflexiones acerca de las complicaciones que Marco parecía atraer con una facilidad extraordinaria. Después volvió a mirar a Júpiter, que ronroneaba satisfecho sobre el hombro del muchacho, y sintió que al menos una de sus decisiones había resultado impecable. —¡Qué criatura tan adorable! —repitió, absolutamente convencida de que acababa de impartir una lección magistral sobre obediencia, disciplina y responsabilidad. Marco, sin embargo, había comenzado a sospechar que el verdadero castigado no sería él, sino cualquiera que pretendiera convencer al gato de permanecer encerrado durante las largas jornadas del viaje. Lo observó de reojo y recibió a cambio un parpadeo lento, casi afectuoso. «Magnífico —pensó—. Mi madre cree que me ha castigado, Flavia cree que le he robado su gato y este bandido acaba de conseguir transporte, alimentación y protección personal hasta Mediolanum. De todos nosotros, el único que parece haber negociado inteligentemente es Júpiter».

Albia tuvo el privilegio inesperado de viajar en el carruaje de Valeria Crispiana Severina, junto con Marco, Flavia y Júpiter, una disposición que provocó no pocas miradas de curiosidad entre los servidores encargados de organizar la comitiva. La muchacha había sido bañada, perfumada y vestida con una túnica de lino fino, de un color azul pálido que armonizaba admirablemente con su cabello rojizo. Menas había dispuesto almohadones para protegerle la espalda y advertido expresamente que debía evitar los movimientos bruscos durante el descenso. Sin embargo, ninguna de aquellas comodidades conseguía tranquilizarla por completo. Permanecía sentada muy derecha, con las manos juntas sobre el regazo y los ojos discretamente bajos, temerosa de cometer alguna falta delante de la domina. Valeria observó aquella rigidez durante unos minutos antes de cerrar el pequeño códice que llevaba entre las manos. —¡Por todos los santos, niña! Vas a terminar fatigándome solamente de verte tan tiesa. Recuéstate un poco, que pareces una estatua funeraria. —Albia obedeció inmediatamente, aunque con una cautela que hizo suspirar a la matrona—. Mucho mejor. Ahora, si no te causa dolor, ¿podrías cantarnos algo breve? Un salmo, quizá. Quisiera comprobar si aquella maravilla de anoche fue verdadera o si el vino consiguió embellecer mis recuerdos. —Marco levantó inmediatamente la mirada, dispuesto a recordar las recomendaciones de Menas, pero Albia se adelantó—. Puedo hacerlo, domina. Solamente un poco. —La muchacha respiró con cuidado y comenzó una interpretación breve y delicadísima, sin forzar la voz, de un salmo que había aprendido durante sus lecciones. La melodía surgió con tal pureza que incluso el traqueteo de las ruedas pareció desvanecerse bajo las notas sostenidas. Valeria permaneció inmóvil, escuchando con los ojos entrecerrados, y cuando la última sílaba se extinguió, dejó escapar un suspiro profundamente satisfecho. —¡Magnífico! Absolutamente magnífico. Cultiva esa voz, niña, y te prometo que en toda tu vida no tendrás que levantar nada más pesado que una copa de vino. Una cantora semejante merece almohadones, buenos maestros y una alimentación excelente. —Después miró a Marco con una sonrisa intencionada—. Aunque tendremos que enseñarle algo de música verdaderamente refinada. No pienso permitir que mi hijo monopolice semejante tesoro con sus extraños ejercicios.

—Madre, la estás convirtiendo en una ociosa —observó Marco, mientras acomodaba a Júpiter sobre sus rodillas. —¡Bah! Hablas como tu abuelo cuando pretende convencerme de que los perfumes son un gasto innecesario. Hay trabajos que se hacen con las manos y otros que se hacen con la voz, cariño. No confundas la delicadeza con la inutilidad. —Flavia, que había escuchado aquella conversación con creciente curiosidad, se inclinó hacia Albia para examinarla más de cerca. Hasta entonces la había considerado simplemente otra esclava de la casa, quizá algo más favorecida que las demás por su cercanía con Marco, pero no esencialmente diferente de las muchachas que preparaban sus vestidos o llevaban agua a sus aposentos. Ahora descubría en ella dos cualidades que apreciaba extraordinariamente: una voz hermosa y una belleza delicada, realzada por los cabellos rojizos que contrastaban con sus propios rasgos aristocráticos. —¿Puedes enseñarme a cantar así? —preguntó sin demasiados preámbulos. —Si vuestra madre lo permite, pequeña domina —respondió Albia. —¡Por supuesto que lo permite! ¿Verdad, mamá? —Valeria soltó una risita—. Si prometes no convertir las lecciones en otra ocasión para dar órdenes, mi pequeña serpiente, no encuentro inconveniente. —Flavia pareció considerar injusta aquella condición, pero decidió ignorarla y comenzó a preguntar a Albia cuánto tiempo llevaba practicando, si sabía cantar en griego y si era cierto que podía sostener una nota durante tanto tiempo como para apagar una lámpara antes de terminarla. La muchacha respondió con creciente confianza, sorprendida de encontrarse conversando con una hija de los Aecianos sobre asuntos que no tenían relación alguna con sus obligaciones domésticas.

Marco, entretanto, permitió que Albia jugara con Júpiter. El gato había pasado buena parte de la mañana instalado sobre sus piernas, observando por las ventanas las ramas que parecían desplazarse junto al carruaje, pero la muchacha consiguió atraer su atención moviendo suavemente una pequeña cinta de tela. Júpiter comenzó a perseguirla con las patas delanteras, primero con una dignidad bastante aceptable y después con el entusiasmo ridículo de un animal que olvidaba su pretendida majestad en cuanto aparecía algo que podía cazar. Albia rio por primera vez desde la paliza, aunque tuvo que interrumpir la risa cuando sintió una punzada en la espalda. Marco la ayudó a acomodarse y colocó al felino junto a ella. El animal, aparentemente satisfecho de sus conquistas, se acurrucó contra su costado y comenzó a ronronear con una intensidad sorprendente. Aquella vibración continua, acompañada del calor de su pequeño cuerpo, terminó por tranquilizar a Albia, que apoyó cuidadosamente una mano sobre su lomo y cerró los ojos durante unos instantes. Flavia contempló la escena con manifiesta indignación. —¡Pero si ayer me arañó por intentar hacer exactamente eso! —Porque lo sujetaste como si fuera un saco de harina —repuso Marco—. Los gatos no son muñecas. Si quieres que se acerque, debes permitirle decidirlo. —¡Qué disparate! ¡Es un animal! —Precisamente. No conoce las reglas de cortesía de nuestra familia. —Valeria rio ante aquella observación y miró a su hija con satisfacción—. Escucha a tu hermano, querida. Hasta las criaturas más pequeñas tienen preferencias, y una dama inteligente aprende a reconocerlas antes de intentar imponer las suyas. —Flavia frunció el ceño, pero terminó por sentarse junto a Albia y acariciar prudentemente la cabeza del felino. Júpiter aceptó aquella segunda aproximación sin protestar, circunstancia que la niña interpretó inmediatamente como una reconciliación definitiva.

El viaje por las montañas se convirtió así en una sucesión de pequeñas conversaciones, paisajes y descubrimientos que Valeria no había previsto. Los caminos descendían entre bosques de hayas, castaños y coníferas, bordeaban laderas cubiertas de pastos y atravesaban pequeños asentamientos donde los campesinos interrumpían sus trabajos para contemplar el paso de una comitiva aristocrática. En ocasiones, el carruaje avanzaba tan lentamente que podían distinguir los pájaros entre las ramas y escuchar el rumor de los arroyos que descendían de las alturas. Flavia encontraba particularmente entretenido preguntar a Marco por cualquier criatura que apareciera junto al camino, aunque no tardó en descubrir que aquello podía provocar explicaciones interminables. Cuando un búho de grandes dimensiones levantó el vuelo desde una zona sombría del bosque y pasó cerca del carruaje, las tres mujeres se sobresaltaron. Valeria llevó instintivamente una mano al pecho, Albia se encogió contra sus almohadones y Flavia soltó una exclamación al contemplar los enormes ojos amarillos del animal. —¡Qué criatura tan desagradable! —protestó la niña—. ¡Parecía un demonio con plumas! —Un bubo, hermana —corrigió Marco, inclinándose para observarlo mientras desaparecía entre los árboles—. Los griegos lo llaman býas. Es una rapaz nocturna, aunque también puede cazar durante el crepúsculo. Sus plumas le permiten volar con muy poco ruido y sus garras son extraordinariamente fuertes. —¡Pues debería aprender a no asustar a las personas decentes! —replicó Flavia. —Las personas decentes no suelen formar parte de su alimentación, afortunadamente. Prefiere pequeños mamíferos, aves y otros animales que consigue capturar. Incluso puede matar ratas bastante grandes. —Valeria arqueó una ceja—. ¿Y pretendes decirme que ese espantoso pajarraco resulta útil? —Muchísimo, madre. Controla las poblaciones de roedores y otras alimañas que destruyen las cosechas o consumen nuestros graneros. Sin él y otros depredadores, tendríamos muchas más dificultades para conservar los alimentos. Además, algunas especies comienzan a anidar cuando todavía hace frío, aprovechando cavidades, riscos y lugares protegidos. No necesitan construir siempre un nido como hacen otras aves.

Aquello dio pie a una larga explicación sobre las costumbres de las rapaces nocturnas, la forma en que localizaban sus presas y las diferencias entre los búhos y las lechuzas. Marco utilizaba con absoluta naturalidad denominaciones griegas y latinas, algunas procedentes de las clasificaciones antiguas y otras adaptadas a conceptos que solamente existían en sus conocimientos del futuro. Describía la estructura de las plumas, la utilidad de los ojos orientados hacia adelante, la extraordinaria sensibilidad de su oído y la manera en que ciertas especies regurgitaban pequeñas masas de huesos y pelo después de alimentarse. Flavia escuchaba fascinada, aunque Valeria comenzó a sospechar que su hijo estaba inventando al menos la mitad de aquellas particularidades. —Marco, cariño, ¿de dónde sacas todas esas cosas? He conocido hombres que pasan su vida estudiando animales y jamás los he escuchado hablar con semejante precisión. —Antes de que el muchacho pudiera elaborar una respuesta, Flavia intervino con la seguridad absoluta de quien acaba de resolver un misterio—. ¡De sus pergaminos mágicos, mamá! Esos que se destruyen después de que él los lee. Siempre encuentra uno cuando necesita saber algo y después desaparece. —Valeria volvió lentamente los ojos hacia Marco, cuya expresión permaneció sospechosamente inocente—. ¿Pergaminos que se destruyen después de ser leídos? —¡Sí! —continuó Flavia, encantada de poder demostrar sus conocimientos—. Son secretos. Marco dice que algunas cosas solamente pueden escribirse una vez y que después deben desaparecer para que nadie las copie. —La matrona contempló a su hijo durante varios segundos antes de dejar escapar una carcajada—. ¡Por todos los santos! ¡Qué magnífica excusa para no mostrarle los deberes a tu maestro! Tendré que preguntarle a Menas cuántos pergaminos milagrosos han desaparecido durante tus lecciones. —Marco sonrió débilmente, mientras en su interior comenzaba a considerar que había utilizado aquella explicación demasiadas veces. Su hermana la repetía ahora con una convicción tan absoluta que cualquier día terminaría mencionándola delante de un obispo, un funcionario imperial o, peor todavía, de alguien suficientemente inteligente para exigirle una demostración.

El sol avanzaba lentamente sobre las montañas cuando Albia, todavía acariciando a Júpiter, comenzó a sentirse verdaderamente cómoda entre los ocupantes del carruaje. Flavia había terminado por aceptar su presencia como algo más que una obligación doméstica y ahora le mostraba pequeños adornos de sus vestidos, le preguntaba por los nombres de las flores silvestres y le prometía que en Mediolanum podría escuchar a los mejores cantores de las iglesias. Valeria intervenía ocasionalmente para corregir algún modismo, explicar una costumbre aristocrática o recordar a su hija que no debía confundir la familiaridad con la pérdida de las buenas maneras. Pero sus observaciones carecían de verdadera severidad. La matrona disfrutaba viendo a los niños entretenidos, escuchando sus conversaciones y descubriendo que la pequeña cantora podía convertirse también en una compañía agradable durante las largas jornadas. Albia, por su parte, experimentaba una felicidad tímida, casi desconfiada, que no se atrevía a disfrutar por completo. Había pasado de los dormitorios inferiores de Ferrata a compartir el carruaje de una de las mujeres más distinguidas de Italia, y todavía sentía el dolor de los latigazos bajo las vendas. Sabía que continuaba siendo una esclava, que aquella comodidad dependía de la voluntad de sus señores y que ninguna promesa de protección equivalía a la libertad. Sin embargo, cuando Flavia volvió a pedirle que le enseñara una melodía sencilla y Júpiter comenzó nuevamente a ronronear contra su costado, permitió que una sonrisa iluminara su rostro. Marco la observó unos instantes y regresó después la mirada hacia los bosques que cubrían las laderas. Había pasado buena parte de su existencia intentando comprender las leyes de la naturaleza y calcular los acontecimientos futuros, pero aquella tarde descubrió que, por una vez, no necesitaba explicar absolutamente nada. Era suficiente con escuchar las risas de su hermana, las observaciones de su madre y el ronroneo de un gato mugroso que, a juzgar por su expresión satisfecha, seguía considerándose el verdadero señor de toda la comitiva.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...