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Damaris abandonó las dependencias
administrativas con el corazón encogido y una tristeza que procuraba ocultar
bajo su habitual expresión severa. Había acudido a encontrarse con Cateuncio
aprovechando que la mayoría de los servidores estaban ocupados con los
preparativos del viaje, pero la conversación había resultado muy distinta de lo
que esperaba. El liberto había estado distante, casi impaciente, y cuando ella
intentó hablarle de los afectos que compartían desde hacía algún tiempo, él
respondió con evasivas, comentarios sobre sus obligaciones y una inoportuna
observación acerca de lo inconveniente que resultaba despertar rumores entre
los esclavos. Damaris, que durante tantos años había gobernado la servidumbre
de Ferrata con una autoridad difícil de discutir, descubría que su posición no
significaba gran cosa frente al hombre al que amaba. Había llegado incluso a
preguntarle si se avergonzaba de ella, de su edad o de su origen, y Cateuncio,
en lugar de tranquilizarla, había respondido que no estaba dispuesto a discutir
semejantes tonterías. Ahora caminaba con los ojos húmedos, avergonzada de haber
mostrado una vulnerabilidad que no concedía siquiera a sus subordinados. Fue
entonces cuando escuchó su voz al pie de la torre del patricio. Se detuvo
instintivamente, reconoció aquella entonación burlona que tan bien conocía y
descubrió al liberto obstruyendo el paso de Albia, quien sostenía una pequeña
bandeja con una infusión destinada a Marco y a su abuelo.
—¡Pero qué tenemos aquí! —comentaba Cateuncio,
apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa desagradable—. La pequeña
pelirroja del señorito Marco. Dicen que ahora no puedes separarte de él ni para
dormir. ¡Qué fortuna la tuya! Algunas esclavas pasan toda la vida fregando
suelos, mientras que otras descubren que basta con resultar agradables a un
hijo de buena familia para conseguir mejores ocupaciones. —Albia permaneció
inmóvil, procurando mantener la bandeja equilibrada. No era la primera vez que el
liberto le dirigía comentarios maliciosos, pero jamás había tenido la
imprudencia de interponerse físicamente entre ella y sus obligaciones.
—Permitidme pasar, señor Cateuncio. El joven dominus me ha ordenado llevar esta
infusión. —¡Ah, naturalmente! Las órdenes del joven dominus. ¡Qué expresión tan
solemne! Cualquiera diría que ya eres una matrona y no una esclavita que
todavía necesita permiso para salir de la cocina. —El hombre soltó una
carcajada y se inclinó ligeramente hacia ella—. Ten cuidado, pequeña. Los
favores de los aristócratas son como las flores de primavera: hoy te adornan el
cabello y mañana terminan pisoteados en el barro. —Albia apretó los labios,
pero no bajó la mirada. —Os ruego que dejéis de hablarme de esa manera. Si
continuáis, tendré que informar a mi señor. —Cateuncio volvió a reír, esta vez
con verdadero desprecio—. ¿Vas a amenazarme con un niño? ¡Por Hércules! Pronto
tendremos que pedirle audiencia a cada mocoso de esta casa antes de dirigirnos
a sus juguetes.
—¡Cateuncio! —La voz de Damaris resonó por el
corredor con una autoridad que hizo enderezarse inmediatamente al liberto. La
administradora avanzó hacia ambos con el rostro rígido, aunque todavía
conservaba las huellas de su reciente disgusto. —¿Qué significa este escándalo
a las puertas de las habitaciones del patricio? ¿No tienes asuntos más
importantes que atender? —Cateuncio cambió de expresión con una facilidad que
habría resultado admirable de no ser tan irritante. —Nada grave, mater Damaris.
Solamente estaba conversando con nuestra pequeña cantora. Parece que
últimamente se ha vuelto muy susceptible. —Pues busca otra persona con quien
conversar. La muchacha está cumpliendo una orden y tú le impides el paso.
—Durante un instante, Albia sintió un alivio tan profundo que estuvo a punto de
agradecer la intervención. Damaris parecía haber recuperado su habitual sentido
de la disciplina, y la autoridad de una orden directa del nieto de Aecio era
indiscutible. Cateuncio, sin embargo, dirigió a la administradora una mirada
cargada de aquella familiaridad que solamente ella podía interpretar. —Como
dispongas, mi querida vilica. Siempre tan celosa de tus obligaciones. —La
última frase llevaba una ironía apenas disimulada. Damaris comprendió
perfectamente que aludía a la conversación que acababan de mantener y sintió
que la humillación le ascendía nuevamente hasta las mejillas. —Retírate,
Cateuncio. —El liberto inclinó la cabeza con exagerada cortesía, dedicó a Albia
una última sonrisa insolente y desapareció por el corredor sin apresurarse.
Durante varios segundos, Damaris permaneció
contemplando el lugar por donde se había marchado. Albia, creyendo concluido el
incidente, hizo una pequeña reverencia. —Gracias, mater Damaris. Debo subir
antes de que se enfríe la infusión. —Aquellas palabras, inocentes en cualquier
otra circunstancia, provocaron una reacción inesperada. La administradora
volvió lentamente la cabeza y observó a la muchacha con una expresión
endurecida. Había defendido su autoridad delante de Cateuncio, pero él se había
retirado sin concederle siquiera una mirada de afecto. Y ahora aquella esclava,
tan joven, tan favorecida por su señor y tan segura de que podía invocar su
protección, pretendía marcharse después de haber presenciado el desaire. —¿De
manera que ahora amenazas a los libertos de esta casa con acudir a tu dueño?
—preguntó Damaris. —No los he amenazado, mater. Solamente le he pedido que me
dejase cumplir mis obligaciones. —¡No me contradigas! —Albia retrocedió
ligeramente, sorprendida por el cambio de tono. —Pero es verdad. El joven
dominus me ordenó esperar aquí y llevarle una infusión cuando terminara de
hablar con su abuelo. —Damaris sintió que aquellas explicaciones razonables
solamente aumentaban su irritación. La muchacha tenía una respuesta para todo,
una orden que justificar y un señor dispuesto a escucharla. Ella, en cambio,
había perdido aquella tarde la dignidad delante de un hombre que ni siquiera
parecía agradecer sus sentimientos. —¡Basta de insolencias! Deja esa bandeja.
—Albia obedeció, colocándola cuidadosamente sobre un banco de piedra. —Mater
Damaris, por favor, no he hecho nada malo. —Aquella súplica terminó de desatar
una cólera que llevaba demasiado tiempo buscando un destinatario.
Damaris la sujetó bruscamente por el cabello y
la obligó a inclinarse. Albia soltó un grito de sorpresa y llevó ambas manos
hacia la muñeca de la administradora, pero se detuvo antes de intentar
apartarla por la fuerza. Sabía demasiado bien cuáles podían ser las
consecuencias de resistirse a una superior. —¡Aprenderás a respetar a quienes
gobiernan esta casa! —exclamó Damaris, extrayendo de su cinturón el látigo
corto que acostumbraba llevar durante las inspecciones de las cuadrillas
domésticas. El primer golpe arrancó a la muchacha un gemido ahogado. El segundo
la hizo perder el equilibrio y caer de rodillas sobre las losas. —¡Perdón,
mater! ¡Os suplico que me perdonéis! —Pero Damaris apenas parecía escucharla.
Cada latigazo descargaba una cólera que no había nacido de aquella falta
imaginaria, sino de las humillaciones que había acumulado durante la tarde. La
administradora hablaba de disciplina, obediencia y respeto mientras Albia
intentaba protegerse instintivamente, sin atreverse a levantar una mano contra
ella. Cuando finalmente dejó de golpearla, la muchacha permaneció encogida
junto al banco, llorando con una desesperación silenciosa que resultó mucho más
perturbadora que sus anteriores súplicas. Su túnica estaba desgarrada y las
heridas de su espalda comenzaban a teñirla de rojo.
La ira abandonó a Damaris casi tan bruscamente
como había llegado. Contempló el látigo que sostenía entre los dedos y después
a la pequeña figura encogida a sus pies. Durante un instante pareció dispuesta
a pronunciar alguna justificación, quizá una nueva advertencia acerca de la
obediencia, pero las palabras no acudieron a sus labios. Había castigado a una
muchacha que cumplía las órdenes de Marco, precisamente mientras este
conversaba con el viejo Aecio; una muchacha cuya única falta había consistido en
encontrarse en el lugar equivocado cuando ella necesitaba descargar su
amargura. —Levántate, niña —murmuró finalmente, con una voz mucho menos firme—.
Vamos, no puedes quedarte aquí. —Albia intentó incorporarse, pero el dolor la
obligó a apoyarse contra la columna. Damaris guardó apresuradamente el látigo y
se inclinó para sostenerla, procurando acomodarle los restos de la túnica sobre
los hombros. —No llores tan fuerte. Vas a despertar a toda la casa. —Sin
embargo, al sentir cómo temblaba la muchacha entre sus brazos, comprendió que
había ido demasiado lejos. Se quedó junto a ella, sosteniéndola torpemente,
mientras en lo alto de la torre continuaba una conversación que ambas habían
interrumpido sin saberlo.
Albia permanecía tendida sobre las losas
frías, con la mejilla apoyada contra la piedra y los dedos crispados alrededor
de un pliegue de su túnica desgarrada. El dolor de la espalda se extendía hasta
los hombros y descendía por los costados, convirtiendo cada respiración
profunda en una pequeña tortura. Había dejado de contar los latigazos después
de los primeros golpes, cuando comprendió que ninguna súplica conseguiría
detener a Damaris y que resistirse solamente prolongaría el castigo. Ahora
escuchaba a la anciana moverse a su lado, guardar el látigo y murmurar unas
palabras que pretendían tranquilizarla, pero su mente se había apartado de
aquel corredor para regresar a un recuerdo que llevaba dos años intentando
enterrar. Fue el olor de la sangre, mezclado con el polvo húmedo de las
piedras, lo que terminó por devolverla a aquella mañana terrible en que habían
sepultado a su hermana. Se llamaba Sabina. Al menos ese era el nombre que ambas
habían recibido después de ser vendidas como esclavas a los romanos, porque
Albia era demasiado pequeña cuando las separaron de su familia para recordar
cómo las habían llamado sus padres. Sabina sí lo sabía, o había llegado a
saberlo, pero jamás consiguió enseñárselo. Durante sus primeros años en
Ferrata, la mayor había procurado conservar algunos fragmentos de su vida
anterior: palabras de una lengua que nadie en la casa comprendía, una canción
que pronunciaba casi en secreto, el recuerdo de una casa de madera donde
siempre olía a humo y una mujer de manos ásperas que las abrazaba cuando
llegaban las tormentas.
Albia recordaba esos relatos como se recuerdan
los sueños de la primera infancia, llenos de imágenes incompletas y sensaciones
que no podían convertirse en palabras. Había olvidado el rostro de su madre, el
nombre de su padre y hasta el sonido verdadero de su propia lengua. Sabina
constituía el último vínculo entre aquella existencia perdida y la servidumbre
en que ambas habían crecido. Cuando la mayor murió, Albia comprendió que
también había desaparecido la única persona capaz de decirle quién había sido antes
de convertirse en Albia. Ni siquiera recordaba su nombre verdadero. Aquella
pérdida le había resultado más difícil de explicar que la muerte misma, porque
una esclava podía llorar a su hermana, pero ¿cómo debía lamentar la
desaparición de una identidad que nunca había llegado a conocer? Durante mucho
tiempo había imaginado que bastaría con recordar alguna palabra, algún rostro o
algún olor para recuperar una parte de aquel pasado. Sin embargo, los años
transcurrían y los recuerdos se desvanecían en lugar de hacerse más claros.
Sabina le había prometido que algún día, cuando fueran mayores, le enseñaría
nuevamente las palabras de su pueblo y le contaría todo cuanto recordaba de sus
padres. También había prometido que nunca permitiría que las separasen.
Había incumplido ambas promesas, aunque Albia
jamás consiguió reprochárselo. La muerte no era una desobediencia que pudiera
castigarse, por mucho que Damaris pareciera haber tratado de demostrar lo
contrario. Albia cerró los ojos y volvió a escuchar, como si sucediera
nuevamente, aquella voz familiar que la llamaba desde el otro extremo de los
dormitorios inferiores, pidiéndole que terminase sus obligaciones antes de que
la vilica regresara. Después recordó el silencio. Un silencio espantoso, mucho
más definitivo que los gritos que lo habían precedido. Sabina había muerto a
consecuencia de una paliza ordenada por la misma mujer que ahora pretendía
levantarla del suelo y acomodarle la túnica sobre las heridas. La diferencia
era que, dos años atrás, nadie había acudido a socorrer a su hermana. Albia
había aprendido entonces que los castigos podían concluir de dos maneras:
cuando quien sostenía el látigo se cansaba o cuando el cuerpo que recibía los
golpes dejaba de responder. Su hermana había conocido la segunda. Y ahora,
mientras intentaba respirar sin que el dolor la hiciera sollozar nuevamente, la
pequeña esclava no podía evitar preguntarse qué habría ocurrido si Damaris
hubiese decidido descargar unos cuantos golpes más.
Durante los primeros años de ambas muchachas
en Ferrata, su existencia había transcurrido casi exclusivamente en las
dependencias inferiores de la propiedad, entre almacenes, cocinas de servicio,
patios de lavado y habitaciones destinadas a los trabajadores de condición más
humilde. Allí la vida comenzaba antes del amanecer y terminaba mucho después de
que los señores hubieran concluido sus cenas. Las mujeres transportaban agua,
lavaban telas, limpiaban utensilios, preparaban verduras y reparaban prendas desgastadas,
mientras los niños demasiado pequeños para realizar trabajos pesados recogían
desperdicios, separaban legumbres, alimentaban animales y cumplían encargos que
parecían multiplicarse precisamente cuando creían haber terminado los
anteriores. Sabina había sido destinada inicialmente a las cocinas, pero su
constitución fuerte hizo que pronto la enviaran también a los lavaderos, donde
las manos permanecían sumergidas durante horas en agua fría y las espaldas
soportaban el peso de las telas empapadas. Albia, más pequeña, la acompañaba
siempre que podía y aprendió de ella a realizar las tareas con rapidez
suficiente para evitar las reprimendas. Sabina tenía una manera particular de
protegerla: aceptaba los trabajos más desagradables, intercambiaba sus raciones
cuando la menor enfermaba y fingía que ciertos castigos habían sido
consecuencia de sus propias equivocaciones. Aquella protección no era perfecta,
porque ninguna esclava podía enfrentarse abiertamente a los administradores sin
arriesgarse a recibir una corrección mucho peor, pero durante algún tiempo
bastó para proporcionar a Albia una sensación de seguridad. Damaris, sin
embargo, ejercía una autoridad que llegaba hasta el último rincón de la
propiedad. La vilica había sido durante años una figura casi maternal para
algunos miembros de la familia, especialmente para Marco, que todavía la
llamaba nutrix con una familiaridad imposible de imaginar en boca de los demás
servidores. Entre los esclavos inferiores, en cambio, su nombre provocaba una
reacción muy diferente. Era diligente, conocía los suministros, recordaba las
obligaciones de cada trabajador y podía identificar una pérdida de trigo con
una precisión que habría avergonzado a muchos contadores. También poseía una
memoria extraordinaria para las faltas ajenas y una convicción casi religiosa
acerca de la necesidad de castigar cualquier desafío a su autoridad. Sabina
había recibido varias correcciones por defender a su hermana, por retrasarse en
alguna tarea o por responder con una franqueza que Damaris consideraba
insolente.
La última disputa había comenzado por una
cuestión tan insignificante que Albia apenas podía recordarla: unas prendas que
no estaban listas, una orden contradictoria o quizá una jarra rota cuya
responsabilidad nadie quiso asumir. Recordaba, en cambio, que Sabina había
protestado cuando la acusaron de mentir. Damaris ordenó entonces una corrección
ejemplar, y aquella corrección terminó convirtiéndose en un castigo prolongado
que ni las súplicas de las otras mujeres consiguieron detener. Después llegó la
fiebre, el delirio y la muerte. Albia recordaba especialmente el entierro,
celebrado junto a una pequeña parcela reservada para los servidores cristianos
de la propiedad. Era poco común que el propio Flavio Aecio asistiera a las
exequias de una esclava, sobre todo tratándose de una muchacha que jamás había
servido personalmente en sus aposentos. Sin embargo, el viejo patricio había
aparecido acompañado de Leoncio y de dos servidores, permaneciendo durante
buena parte de la ceremonia junto a una columna del pequeño recinto funerario.
Albia, que entonces apenas comprendía las jerarquías de aquella casa, supuso
que debía de estar aburrido o que había acudido por alguna obligación que no
alcanzaba a entender. No habló con ella ni se aproximó para consolarla. Simplemente
escuchó las oraciones, contempló cómo descendían el cuerpo de Sabina a la
tierra y permaneció allí con una expresión tan severa que nadie se atrevió a
dirigirle la palabra. Su presencia había despertado murmullos entre los
trabajadores, porque algunos afirmaban que la muerte había irritado al patricio
más de lo acostumbrado, mientras otros sostenían que existía algún problema
administrativo relacionado con las dos muchachas. Albia no comprendió aquellos
comentarios hasta varias horas después, cuando una discusión estalló en las
dependencias de los escribas con una violencia verbal que jamás había escuchado
entre los hombres libres de la casa.
Leoncio era habitualmente un hombre de modales
impecables, de voz medida y una cortesía que conservaba incluso cuando debía
corregir las equivocaciones más exasperantes de sus subordinados. Su posición
como secretario y responsable de buena parte de la documentación doméstica le
exigía tratar con comerciantes, administradores, recaudadores y funcionarios
imperiales, de modo que había aprendido a esconder sus emociones detrás de una
disciplina casi profesional. Albia lo recordaba como un hombre que rara vez levantaba
la voz y que consideraba las palabras groseras una señal de pobreza
intelectual. Por eso resultó tan extraordinario escucharlo aquella tarde,
cuando su indignación resonó por los corredores inferiores hasta obligar a
varios servidores a detenerse. —¡Es la última vez que permitiré que pongas tus
manos en mi papelería, bruja de mierda! —había gritado Leoncio, golpeando una
mesa con un conjunto de tablillas—. ¡La última! ¡He tolerado tus intromisiones,
tus peticiones, tus correcciones y esa maldita costumbre de retirar documentos
de mis estantes sin dejar constancia de dónde los has puesto! ¡Pero esta vez
has ido demasiado lejos! —Damaris, que hasta entonces había conseguido mantener
una expresión ofendida, reaccionó levantando la barbilla—. Cuida tu lengua,
Leoncio. He servido a esta casa muchos más años de los que tú llevas contando
monedas. Si necesito consultar los registros de los servidores para distribuir
sus obligaciones, tengo tanto derecho a hacerlo como cualquier administrador.
—¡Consultar! —repitió él con una carcajada
furiosa—. ¡Tú no consultas los documentos, los secuestras! ¡Los retiras, los
cambias de lugar y después exiges que encuentre aquello que tú misma has
extraviado! ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscando los contratos de compra de esas
dos muchachas? ¿Lo sabes? —Damaris respondió que los papeles debían encontrarse
entre los registros de trabajadores, donde correspondía guardarlos, pero
aquella explicación solamente consiguió aumentar la cólera del secretario.
—¡No! ¡No estaban allí! ¡Los encontré esta mañana mezclados con las cuentas de
animales de carga y con unas antiguas compras de herramientas! ¡Herramientas,
Damaris! ¡Habías colocado los documentos de adquisición de dos personas entre
los recibos de herraduras y los registros de mantenimiento de los establos! —La
administradora intentó replicar que probablemente algún escribiente había
cometido el error, pero Leoncio la interrumpió con un gesto despectivo—. ¡No me
hables de mis escribientes! Reconozco perfectamente las anotaciones que haces
cuando crees que nadie tendrá que interpretarlas después. ¡Y ahora escúchame!
¿Sabes cuánto pagamos realmente por esas dos? ¿Lo sabes? ¡No, no lo sabes! ¡Tú
solamente pides y gastas, gastas y pides! ¡Solicitas más lino, más aceite, más
manos para los lavaderos, más esclavos para las cocinas, y cuando te pregunto
qué ha ocurrido con los anteriores me respondes que trabajan poco, que enferman
demasiado o que necesitan una corrección! ¡Por todos los santos, algún día
terminarás pidiéndome que compre una nueva familia entera porque has conseguido
matar a la anterior! —Damaris enrojeció violentamente.
—¡Basta, Leoncio! ¡No permitiré que me hables
como si fuera una ladrona! —¡Entonces deja de comportarte como si los bienes de
esta casa fueran infinitos! —replicó él, acercándole un pergamino abierto—.
¡Mira esto! ¡Léelo! ¿Reconoces el sello del vendedor? ¿Reconoces la cantidad?
¡Esas dos niñas no fueron adquiridas como esclavas ordinarias para trabajar en
los lavaderos! ¡Se pagó por ellas una suma considerable, suficiente para
comprar varios trabajadores adultos de buena constitución! Y no solamente por
su edad o su apariencia, sino porque el comerciante aseguró que procedían de un
hogar donde habían recibido cierta instrucción y podían ser destinadas al
servicio doméstico superior. ¡Pero tú decidiste enviarlas a las dependencias
más miserables de Ferrata porque no encontraste sus registros entre los
documentos que acostumbrabas consultar! —Damaris examinó el pergamino con
creciente incomodidad. Había supuesto que las dos muchachas pertenecían a
alguna partida de cautivos adquiridos a bajo precio, y nadie se había tomado la
molestia de corregir aquella impresión. —Si eran tan valiosas, debiste
informármelo —respondió finalmente, procurando conservar una apariencia de
autoridad—. No puedo administrar correctamente aquello cuya procedencia
desconozco. —Leoncio la contempló con una incredulidad casi dolorosa—. ¡Te
informé! ¡Firmaste la recepción de ambas! ¡Tu propia marca figura en el
registro! ¡Pero claro, es mucho más sencillo culpar a los demás que reconocer
que no has leído un documento antes de guardarlo donde te ha venido en gana!
La discusión habría podido concluir allí, pero
Damaris cometió el error de intentar justificar el castigo de Sabina. —Sea cual
fuere el precio de aquellas muchachas, la mayor era insolente y desobediente.
No pienso disculparme por exigir disciplina. Si una esclava se niega a
obedecer, debe aceptar las consecuencias. —Leoncio permaneció inmóvil durante
algunos segundos, como si necesitara asegurarse de haber escuchado
correctamente. Después recogió lentamente el pergamino y lo dejó sobre la mesa
con una delicadeza mucho más amenazante que sus anteriores gritos. —Está
muerta, Damaris. —La vilica apartó la mirada—. Una desgracia que nadie deseaba.
—¡Está muerta! —repitió Leoncio, golpeando nuevamente la mesa—. ¡No ha
enfermado, no ha escapado, no se ha perdido en las montañas! ¡La has hecho
azotar hasta que su cuerpo no pudo resistirlo! ¿Y todavía pretendes explicarme
que cumplías con tus obligaciones? —La administradora endureció el rostro—. No
recibí ninguna orden que me prohibiera castigar a los servidores. El propio
dominus ha exigido siempre que la disciplina se mantenga con firmeza. Si
comenzamos a consentir desobediencias por sentimentalismo, pronto perderemos el
control de toda la propiedad.
—¡Disciplina! ¡Siempre la misma palabra!
—exclamó Leoncio—. ¿Acaso crees que un látigo puede sustituir a la
inteligencia? ¡Un animal de carga también necesita disciplina, y no por ello lo
golpeamos hasta matarlo cuando tropieza! ¡Sabes perfectamente que el dominus
exige que se conserven sus bienes, que se eviten gastos inútiles y que los
castigos tengan una finalidad! ¿Qué finalidad tiene matar a una muchacha que
todavía podía servir durante décadas? ¡Explícamelo! —Damaris respondió que
nadie podía prever la debilidad de ciertos cuerpos y que Sabina había enfermado
después del castigo, no durante él. Aquella distinción provocó una carcajada
amarga en el secretario. —¡Ah, magnífico! ¡Entonces debemos felicitarte! La
muchacha no murió mientras la golpeaban, sino después. ¡Una diferencia que
seguramente alegrará muchísimo a sus parientes! —La administradora apretó los
puños—. Estás utilizando una desgracia para desacreditarme porque nunca has
soportado que tenga autoridad sobre los trabajadores. —¡No necesito desacreditarte!
¡Te bastas perfectamente para hacerlo tú sola! —Leoncio señaló los documentos
dispersos sobre la mesa—. Y no vuelvas a hablarme de autoridad como si fuese
una posesión personal. La tuya procede de la confianza del dominus, exactamente
igual que la mía. No eres dueña de estas tierras, no eres propietaria de los
esclavos y no tienes derecho a disponer de ellos como si hubiesen nacido para
satisfacer tus arrebatos. —Fue entonces cuando una voz grave, procedente de la
entrada, interrumpió la discusión—. Basta. —Flavio Aecio había llegado sin que
ninguno de los presentes advirtiera sus pasos.
El viejo general contempló primero a Leoncio,
después los documentos y finalmente a Damaris, que inclinó inmediatamente la
cabeza. —¿Es cierto cuanto afirma? —preguntó. La vilica intentó explicar que
había existido una confusión administrativa, que los registros estaban
incompletos y que la muchacha había mostrado una indisciplina intolerable.
Aecio la escuchó sin interrumpirla, pero sus ojos se endurecieron cuando ella
volvió a invocar la necesidad de mantener la obediencia. —Te pregunté si es
cierto que los contratos fueron extraviados bajo tu responsabilidad. —Sí,
domine, aunque... —¿Y es cierto que la muchacha murió después de un castigo
ordenado por ti? —Sí, domine, pero... —Entonces no necesito escuchar otra
explicación sobre tus intenciones. —El anciano se acercó a la mesa y examinó
brevemente los registros. Leoncio, todavía desencajado, comenzó a enumerar los
errores que había encontrado: compras duplicadas, raciones mal asignadas,
prendas registradas dos veces y documentos trasladados entre dependencias sin
autorización. Aecio levantó una mano para detenerlo y volvió su mirada hacia
Damaris—. Has servido fielmente a esta familia durante muchos años. Has criado
a mis descendientes, has administrado sus habitaciones y conoces estas
propiedades mejor que muchos de mis intendentes. Precisamente por eso esperaba
de ti un juicio superior al de una muchacha recién llegada. —La vilica abrió la
boca, pero el patricio señaló los pergaminos con un dedo—. De ahora en
adelante, no tendrás acceso a la documentación de la casa. Toda consulta de
registros deberá realizarse por medio de Leoncio o de los escribientes que él
designe. No retirarás contratos, no modificarás inventarios y no ordenarás
traslados de servidores sin que exista constancia escrita. Continuarás dirigiendo
las tareas domésticas, pero las cuentas, las adquisiciones y los documentos de
propiedad quedarán fuera de tu autoridad. —Damaris palideció. Aquello no
significaba solamente perder una atribución administrativa; era una humillación
que alteraba el equilibrio de poder que había mantenido durante décadas.
—Domine, os suplico que reconsideréis... —No. —La respuesta fue tan breve que
no dejó lugar a nuevas súplicas.
Leoncio, todavía furioso, recogió los
documentos y se dispuso a retirarse, pero Aecio lo detuvo antes de que
alcanzara la puerta—. Y tú aprenderás a custodiar mejor tus propios registros.
Si una mujer puede extraviar durante años documentos de semejante importancia
sin que lo adviertas, también has faltado a tus obligaciones. No vuelvas a
obligarme a descubrir cuánto dinero ha perdido esta casa porque mis
administradores prefieren disputar entre sí antes que cumplir con su trabajo.
—Leoncio inclinó la cabeza, aceptando la reprimenda con una rigidez que apenas
conseguía ocultar su indignación. Damaris permaneció inmóvil, incapaz de
comprender cómo una muchacha esclava, muerta y enterrada aquella misma mañana,
había conseguido privarla de una parte tan considerable de su autoridad. Aecio
contempló por última vez el contrato de adquisición y añadió con una sequedad
que Albia jamás olvidaría—: La próxima vez que consideres necesario imponer un
castigo semejante, recuerda que no se te ha confiado esta casa para que la
vacíes de sus habitantes. La disciplina debe conservar lo que gobierna. Si lo
destruye, es incompetencia.
Albia había escuchado buena parte de aquella
discusión desde un rincón del corredor, oculta detrás de unas ánforas de aceite
que aguardaban su traslado a los almacenes. Comprendió entonces que los hombres
importantes podían enfurecerse por la muerte de una esclava, pero que sus
razones no necesariamente coincidían con las de quienes la habían amado.
Leoncio había hablado del precio de compra, de las cantidades registradas y del
dinero desperdiciado; Flavio Aecio había condenado la negligencia administrativa
y el abuso de autoridad. Ninguno había preguntado cómo cantaba Sabina, qué
cosas le gustaban o por qué había procurado proteger siempre a su hermana
pequeña. Albia no podía reprocharles aquella indiferencia, porque sabía que
entre las preocupaciones de una casa aristocrática existían asuntos mucho
mayores que la muerte de una sirvienta. Y, sin embargo, había experimentado una
satisfacción culpable cuando vio a Damaris abandonar las dependencias de los
escribas con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Desde aquel día, la
autoridad de la vilica había comenzado a reducirse lentamente. Ya no podía
consultar libremente las cuentas, debía solicitar autorización para modificar
determinadas asignaciones y encontraba cada vez más dificultades para justificar
gastos extraordinarios.
Leoncio revisaba sus peticiones con una
minuciosidad casi vengativa y los administradores inferiores, que antes habían
aceptado sin discusión sus instrucciones, comenzaron a exigir documentos
escritos cuando alguna orden comprometía recursos importantes. Damaris
conservaba todavía un poder considerable sobre la vida cotidiana de los
esclavos, pero había perdido aquella libertad para disponer de cuanto
necesitaba sin que nadie le pidiera explicaciones. Albia recordaba cómo algunos
servidores habían celebrado discretamente aquella reducción de atribuciones,
aunque ninguno se atrevió a manifestar su alegría delante de la anciana. Con el
transcurso de los meses, las relaciones entre Damaris y Leoncio se volvieron
cada vez más tensas, y hasta Cateuncio, que mantenía sus propias ambiciones
dentro de la administración, comenzó a aprovechar los desacuerdos para
favorecer sus intereses. La vilica seguía siendo temida, pero ya no resultaba
intocable. Albia había encontrado cierto consuelo en aquella transformación. No
era justicia, al menos no una justicia que pudiera devolverle a su hermana,
pero representaba la demostración de que incluso las personas más poderosas
podían perder aquello que creían poseer para siempre. Por eso, durante los dos
años siguientes, había aprendido a observar cuidadosamente las pequeñas
derrotas de Damaris: una petición rechazada, una orden modificada por Leoncio,
una reprensión del patricio o una intervención de Valeria que recordaba a todos
quién ejercía verdaderamente la autoridad sobre las dependencias familiares.
Cada una de aquellas situaciones le proporcionaba una satisfacción secreta que
procuraba no demostrar.
A veces se avergonzaba de disfrutar con las
humillaciones ajenas, porque Sabina le había enseñado que la crueldad no dejaba
de ser crueldad cuando se ejercía contra alguien desagradable. Pero otras veces
recordaba el pequeño montículo de tierra bajo el cual descansaba su hermana y
comprendía que todavía era incapaz de perdonar. Ahora, tendida nuevamente sobre
las losas, con la espalda desgarrada por el mismo látigo que había marcado los
últimos días de Sabina, Albia pensó que Damaris había vuelto a cometer un
error. Esta vez había golpeado a una esclava cuya presencia reclamaba
personalmente Marco, un muchacho que disfrutaba del afecto de Valeria y de una
atención cada vez más evidente por parte del viejo Aecio. Si los
administradores habían intervenido por la muerte de Sabina, seguramente los
señores reaccionarían con mayor severidad al descubrir que la vilica había
desobedecido indirectamente las instrucciones de su nieto. Aquella idea la
reconfortó durante unos instantes. Damaris volvería a perder algo. Tal vez
autoridad, tal vez privilegios, quizá incluso la confianza que todavía le
dispensaban algunos miembros de la familia. Albia no sabía qué castigo
recibiría la anciana, pero estaba convencida de que Marco no permanecería
indiferente. Él había demostrado demasiadas veces que podía enfrentarse a
personas mucho mayores cuando consideraba que tenía razón. La muchacha se
aferró a esa certeza mientras intentaba incorporarse, aunque una nueva punzada
de dolor la obligó a detenerse.
Sin embargo, había algo profundamente
desagradable en aquella esperanza, algo que Albia no había sabido expresar
durante sus primeros años de servidumbre y que ahora comenzaba a inquietarla
cada vez más. Su seguridad dependía enteramente de las decisiones ajenas.
Cuando Sabina vivía, había confiado en que su hermana la protegiera. Después de
su muerte, había aprendido a obedecer cuidadosamente para no despertar la ira
de Damaris. Más adelante, cuando fue destinada al servicio de Marco, descubrió
que la cercanía del muchacho le proporcionaba una protección que ninguna de sus
compañeras poseía. Los castigos disminuyeron, sus obligaciones se volvieron
menos agotadoras y comenzó a disponer de horas para aprender cosas que jamás
habría imaginado conocer. Marco le enseñó a leer con mayor soltura, a reconocer
palabras griegas, a modular la voz y a cantar con una disciplina que al
principio le pareció excesiva. Había sido paciente con sus equivocaciones,
severo con sus ejercicios y sorprendentemente generoso al permitirle acercarse
a conocimientos reservados normalmente a personas muy superiores a ella. Pero
incluso aquella fortuna tenía un aspecto que comenzaba a incomodarla.
Albia podía aprender porque Marco deseaba
enseñarle. Podía cantar porque él encontraba placer en escucharla. Podía
permanecer a su lado porque el patricio había permitido que la muchacha le
perteneciera. Si mañana su joven señor cambiaba de opinión, se aburría de sus
lecciones o decidía entregarla a otro miembro de la familia, ella carecería de
medios para oponerse. Era una esclava, una mujer y, por añadidura, una
extranjera sin parentesco conocido ni fortuna propia. Tres condiciones que
convertían sus deseos en asuntos secundarios para casi cualquier persona que
tuviera autoridad sobre su vida. Pensó en Sabina, que había intentado
protegerla utilizando los únicos recursos a su alcance, y comprendió con una
claridad dolorosa que su hermana había muerto precisamente porque nunca poseyó
una autoridad que los demás estuvieran obligados a respetar. Su valentía no
había bastado. Su amor tampoco. ¿De qué servía tener razón cuando otra persona
podía castigarte por pronunciarla? ¿De qué servía ser obediente cuando las
órdenes se contradecían y cada superior reclamaba el derecho de imponer su
voluntad?
Albia miró sus manos, todavía pequeñas,
manchadas por el polvo del corredor, y sintió una indignación distinta de la
que había experimentado durante el castigo. No era solamente odio hacia
Damaris, aunque seguía odiándola. Era una irritación profunda ante la idea de
convertirse durante toda su existencia en una hoja arrastrada por los vientos
de los demás. Quería poder decidir algo, aunque fuera insignificante. Elegir
cuándo cantar, qué aprender, adónde dirigirse o a quién obedecer. Quería que
alguna de sus acciones dependiera de su voluntad y no exclusivamente de la
benevolencia de un dueño. Inmediatamente se avergonzó de aquellos pensamientos.
¿Qué tonterías estaba imaginando? Había tenido
más suerte que muchas esclavas de su edad. Recibía buena alimentación, dormía
bajo un techo seguro y tenía un joven señor que la trataba con una
consideración poco común. Podría haber terminado trabajando en una cantera,
sirviendo en una cocina miserable o vendida a una casa donde nadie se molestara
siquiera en aprender su nombre. Pero aquella comparación, que antes habría
bastado para devolverle la resignación, ya no consiguió tranquilizarla. Ser
afortunada no significaba ser libre, y sentirse agradecida no eliminaba el
deseo de disponer de su propia existencia. Damaris se inclinó entonces sobre
ella y trató de ayudarla a levantarse, murmurando que debía dejar de llorar y
procurar que nadie descubriera el incidente. Albia aceptó el apoyo porque sus
piernas temblaban demasiado para sostenerla, pero en su interior se produjo una
separación que jamás había experimentado con tanta claridad. Su cuerpo todavía
pertenecía a aquella casa, sus obligaciones continuaban siendo las de una
esclava y su supervivencia dependía de la voluntad de los Aecianos.
Sin embargo, por primera vez comprendió que
sus pensamientos podían pertenecerle exclusivamente a ella. Nadie sabía lo que
deseaba, nadie podía ordenarle que dejase de desearlo y ningún látigo
conseguiría arrancarle una ambición que todavía no se atrevía a pronunciar.
Recordó entonces que Sabina, poco antes de morir, le había dicho que procurara
aprender cuanto pudiera, porque las cosas que uno sabía eran las únicas que
podían acompañarlo incluso cuando le arrebataban todo lo demás. Albia había
interpretado aquellas palabras como un consejo para convertirse en una
servidora más útil. Ahora comenzaba a sospechar que su hermana había querido
decir algo mucho más importante. Y mientras permanecía apoyada contra Damaris,
intentando contener los sollozos, se prometió silenciosamente que algún día
encontraría una manera de no depender enteramente de la misericordia ajena. No
sabía cómo conseguirlo, ni siquiera si semejante aspiración era posible para
una muchacha de su condición. Pero aquella incertidumbre ya no le pareció razón
suficiente para renunciar. Por el momento, solamente deseaba que Marco bajara
de la torre. Después, cuando sus heridas hubieran sanado y pudiera cantar
nuevamente sin sentir dolor, comenzaría a pensar en lo demás.
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