domingo, 1 de noviembre de 2026

Crónicas del renacer de occidente. El precio de una vida y el anhelo de libertad

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Damaris abandonó las dependencias administrativas con el corazón encogido y una tristeza que procuraba ocultar bajo su habitual expresión severa. Había acudido a encontrarse con Cateuncio aprovechando que la mayoría de los servidores estaban ocupados con los preparativos del viaje, pero la conversación había resultado muy distinta de lo que esperaba. El liberto había estado distante, casi impaciente, y cuando ella intentó hablarle de los afectos que compartían desde hacía algún tiempo, él respondió con evasivas, comentarios sobre sus obligaciones y una inoportuna observación acerca de lo inconveniente que resultaba despertar rumores entre los esclavos. Damaris, que durante tantos años había gobernado la servidumbre de Ferrata con una autoridad difícil de discutir, descubría que su posición no significaba gran cosa frente al hombre al que amaba. Había llegado incluso a preguntarle si se avergonzaba de ella, de su edad o de su origen, y Cateuncio, en lugar de tranquilizarla, había respondido que no estaba dispuesto a discutir semejantes tonterías. Ahora caminaba con los ojos húmedos, avergonzada de haber mostrado una vulnerabilidad que no concedía siquiera a sus subordinados. Fue entonces cuando escuchó su voz al pie de la torre del patricio. Se detuvo instintivamente, reconoció aquella entonación burlona que tan bien conocía y descubrió al liberto obstruyendo el paso de Albia, quien sostenía una pequeña bandeja con una infusión destinada a Marco y a su abuelo.

—¡Pero qué tenemos aquí! —comentaba Cateuncio, apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa desagradable—. La pequeña pelirroja del señorito Marco. Dicen que ahora no puedes separarte de él ni para dormir. ¡Qué fortuna la tuya! Algunas esclavas pasan toda la vida fregando suelos, mientras que otras descubren que basta con resultar agradables a un hijo de buena familia para conseguir mejores ocupaciones. —Albia permaneció inmóvil, procurando mantener la bandeja equilibrada. No era la primera vez que el liberto le dirigía comentarios maliciosos, pero jamás había tenido la imprudencia de interponerse físicamente entre ella y sus obligaciones. —Permitidme pasar, señor Cateuncio. El joven dominus me ha ordenado llevar esta infusión. —¡Ah, naturalmente! Las órdenes del joven dominus. ¡Qué expresión tan solemne! Cualquiera diría que ya eres una matrona y no una esclavita que todavía necesita permiso para salir de la cocina. —El hombre soltó una carcajada y se inclinó ligeramente hacia ella—. Ten cuidado, pequeña. Los favores de los aristócratas son como las flores de primavera: hoy te adornan el cabello y mañana terminan pisoteados en el barro. —Albia apretó los labios, pero no bajó la mirada. —Os ruego que dejéis de hablarme de esa manera. Si continuáis, tendré que informar a mi señor. —Cateuncio volvió a reír, esta vez con verdadero desprecio—. ¿Vas a amenazarme con un niño? ¡Por Hércules! Pronto tendremos que pedirle audiencia a cada mocoso de esta casa antes de dirigirnos a sus juguetes.

—¡Cateuncio! —La voz de Damaris resonó por el corredor con una autoridad que hizo enderezarse inmediatamente al liberto. La administradora avanzó hacia ambos con el rostro rígido, aunque todavía conservaba las huellas de su reciente disgusto. —¿Qué significa este escándalo a las puertas de las habitaciones del patricio? ¿No tienes asuntos más importantes que atender? —Cateuncio cambió de expresión con una facilidad que habría resultado admirable de no ser tan irritante. —Nada grave, mater Damaris. Solamente estaba conversando con nuestra pequeña cantora. Parece que últimamente se ha vuelto muy susceptible. —Pues busca otra persona con quien conversar. La muchacha está cumpliendo una orden y tú le impides el paso. —Durante un instante, Albia sintió un alivio tan profundo que estuvo a punto de agradecer la intervención. Damaris parecía haber recuperado su habitual sentido de la disciplina, y la autoridad de una orden directa del nieto de Aecio era indiscutible. Cateuncio, sin embargo, dirigió a la administradora una mirada cargada de aquella familiaridad que solamente ella podía interpretar. —Como dispongas, mi querida vilica. Siempre tan celosa de tus obligaciones. —La última frase llevaba una ironía apenas disimulada. Damaris comprendió perfectamente que aludía a la conversación que acababan de mantener y sintió que la humillación le ascendía nuevamente hasta las mejillas. —Retírate, Cateuncio. —El liberto inclinó la cabeza con exagerada cortesía, dedicó a Albia una última sonrisa insolente y desapareció por el corredor sin apresurarse.

Durante varios segundos, Damaris permaneció contemplando el lugar por donde se había marchado. Albia, creyendo concluido el incidente, hizo una pequeña reverencia. —Gracias, mater Damaris. Debo subir antes de que se enfríe la infusión. —Aquellas palabras, inocentes en cualquier otra circunstancia, provocaron una reacción inesperada. La administradora volvió lentamente la cabeza y observó a la muchacha con una expresión endurecida. Había defendido su autoridad delante de Cateuncio, pero él se había retirado sin concederle siquiera una mirada de afecto. Y ahora aquella esclava, tan joven, tan favorecida por su señor y tan segura de que podía invocar su protección, pretendía marcharse después de haber presenciado el desaire. —¿De manera que ahora amenazas a los libertos de esta casa con acudir a tu dueño? —preguntó Damaris. —No los he amenazado, mater. Solamente le he pedido que me dejase cumplir mis obligaciones. —¡No me contradigas! —Albia retrocedió ligeramente, sorprendida por el cambio de tono. —Pero es verdad. El joven dominus me ordenó esperar aquí y llevarle una infusión cuando terminara de hablar con su abuelo. —Damaris sintió que aquellas explicaciones razonables solamente aumentaban su irritación. La muchacha tenía una respuesta para todo, una orden que justificar y un señor dispuesto a escucharla. Ella, en cambio, había perdido aquella tarde la dignidad delante de un hombre que ni siquiera parecía agradecer sus sentimientos. —¡Basta de insolencias! Deja esa bandeja. —Albia obedeció, colocándola cuidadosamente sobre un banco de piedra. —Mater Damaris, por favor, no he hecho nada malo. —Aquella súplica terminó de desatar una cólera que llevaba demasiado tiempo buscando un destinatario.

Damaris la sujetó bruscamente por el cabello y la obligó a inclinarse. Albia soltó un grito de sorpresa y llevó ambas manos hacia la muñeca de la administradora, pero se detuvo antes de intentar apartarla por la fuerza. Sabía demasiado bien cuáles podían ser las consecuencias de resistirse a una superior. —¡Aprenderás a respetar a quienes gobiernan esta casa! —exclamó Damaris, extrayendo de su cinturón el látigo corto que acostumbraba llevar durante las inspecciones de las cuadrillas domésticas. El primer golpe arrancó a la muchacha un gemido ahogado. El segundo la hizo perder el equilibrio y caer de rodillas sobre las losas. —¡Perdón, mater! ¡Os suplico que me perdonéis! —Pero Damaris apenas parecía escucharla. Cada latigazo descargaba una cólera que no había nacido de aquella falta imaginaria, sino de las humillaciones que había acumulado durante la tarde. La administradora hablaba de disciplina, obediencia y respeto mientras Albia intentaba protegerse instintivamente, sin atreverse a levantar una mano contra ella. Cuando finalmente dejó de golpearla, la muchacha permaneció encogida junto al banco, llorando con una desesperación silenciosa que resultó mucho más perturbadora que sus anteriores súplicas. Su túnica estaba desgarrada y las heridas de su espalda comenzaban a teñirla de rojo.

La ira abandonó a Damaris casi tan bruscamente como había llegado. Contempló el látigo que sostenía entre los dedos y después a la pequeña figura encogida a sus pies. Durante un instante pareció dispuesta a pronunciar alguna justificación, quizá una nueva advertencia acerca de la obediencia, pero las palabras no acudieron a sus labios. Había castigado a una muchacha que cumplía las órdenes de Marco, precisamente mientras este conversaba con el viejo Aecio; una muchacha cuya única falta había consistido en encontrarse en el lugar equivocado cuando ella necesitaba descargar su amargura. —Levántate, niña —murmuró finalmente, con una voz mucho menos firme—. Vamos, no puedes quedarte aquí. —Albia intentó incorporarse, pero el dolor la obligó a apoyarse contra la columna. Damaris guardó apresuradamente el látigo y se inclinó para sostenerla, procurando acomodarle los restos de la túnica sobre los hombros. —No llores tan fuerte. Vas a despertar a toda la casa. —Sin embargo, al sentir cómo temblaba la muchacha entre sus brazos, comprendió que había ido demasiado lejos. Se quedó junto a ella, sosteniéndola torpemente, mientras en lo alto de la torre continuaba una conversación que ambas habían interrumpido sin saberlo.

Albia permanecía tendida sobre las losas frías, con la mejilla apoyada contra la piedra y los dedos crispados alrededor de un pliegue de su túnica desgarrada. El dolor de la espalda se extendía hasta los hombros y descendía por los costados, convirtiendo cada respiración profunda en una pequeña tortura. Había dejado de contar los latigazos después de los primeros golpes, cuando comprendió que ninguna súplica conseguiría detener a Damaris y que resistirse solamente prolongaría el castigo. Ahora escuchaba a la anciana moverse a su lado, guardar el látigo y murmurar unas palabras que pretendían tranquilizarla, pero su mente se había apartado de aquel corredor para regresar a un recuerdo que llevaba dos años intentando enterrar. Fue el olor de la sangre, mezclado con el polvo húmedo de las piedras, lo que terminó por devolverla a aquella mañana terrible en que habían sepultado a su hermana. Se llamaba Sabina. Al menos ese era el nombre que ambas habían recibido después de ser vendidas como esclavas a los romanos, porque Albia era demasiado pequeña cuando las separaron de su familia para recordar cómo las habían llamado sus padres. Sabina sí lo sabía, o había llegado a saberlo, pero jamás consiguió enseñárselo. Durante sus primeros años en Ferrata, la mayor había procurado conservar algunos fragmentos de su vida anterior: palabras de una lengua que nadie en la casa comprendía, una canción que pronunciaba casi en secreto, el recuerdo de una casa de madera donde siempre olía a humo y una mujer de manos ásperas que las abrazaba cuando llegaban las tormentas.

Albia recordaba esos relatos como se recuerdan los sueños de la primera infancia, llenos de imágenes incompletas y sensaciones que no podían convertirse en palabras. Había olvidado el rostro de su madre, el nombre de su padre y hasta el sonido verdadero de su propia lengua. Sabina constituía el último vínculo entre aquella existencia perdida y la servidumbre en que ambas habían crecido. Cuando la mayor murió, Albia comprendió que también había desaparecido la única persona capaz de decirle quién había sido antes de convertirse en Albia. Ni siquiera recordaba su nombre verdadero. Aquella pérdida le había resultado más difícil de explicar que la muerte misma, porque una esclava podía llorar a su hermana, pero ¿cómo debía lamentar la desaparición de una identidad que nunca había llegado a conocer? Durante mucho tiempo había imaginado que bastaría con recordar alguna palabra, algún rostro o algún olor para recuperar una parte de aquel pasado. Sin embargo, los años transcurrían y los recuerdos se desvanecían en lugar de hacerse más claros. Sabina le había prometido que algún día, cuando fueran mayores, le enseñaría nuevamente las palabras de su pueblo y le contaría todo cuanto recordaba de sus padres. También había prometido que nunca permitiría que las separasen.

Había incumplido ambas promesas, aunque Albia jamás consiguió reprochárselo. La muerte no era una desobediencia que pudiera castigarse, por mucho que Damaris pareciera haber tratado de demostrar lo contrario. Albia cerró los ojos y volvió a escuchar, como si sucediera nuevamente, aquella voz familiar que la llamaba desde el otro extremo de los dormitorios inferiores, pidiéndole que terminase sus obligaciones antes de que la vilica regresara. Después recordó el silencio. Un silencio espantoso, mucho más definitivo que los gritos que lo habían precedido. Sabina había muerto a consecuencia de una paliza ordenada por la misma mujer que ahora pretendía levantarla del suelo y acomodarle la túnica sobre las heridas. La diferencia era que, dos años atrás, nadie había acudido a socorrer a su hermana. Albia había aprendido entonces que los castigos podían concluir de dos maneras: cuando quien sostenía el látigo se cansaba o cuando el cuerpo que recibía los golpes dejaba de responder. Su hermana había conocido la segunda. Y ahora, mientras intentaba respirar sin que el dolor la hiciera sollozar nuevamente, la pequeña esclava no podía evitar preguntarse qué habría ocurrido si Damaris hubiese decidido descargar unos cuantos golpes más.

Durante los primeros años de ambas muchachas en Ferrata, su existencia había transcurrido casi exclusivamente en las dependencias inferiores de la propiedad, entre almacenes, cocinas de servicio, patios de lavado y habitaciones destinadas a los trabajadores de condición más humilde. Allí la vida comenzaba antes del amanecer y terminaba mucho después de que los señores hubieran concluido sus cenas. Las mujeres transportaban agua, lavaban telas, limpiaban utensilios, preparaban verduras y reparaban prendas desgastadas, mientras los niños demasiado pequeños para realizar trabajos pesados recogían desperdicios, separaban legumbres, alimentaban animales y cumplían encargos que parecían multiplicarse precisamente cuando creían haber terminado los anteriores. Sabina había sido destinada inicialmente a las cocinas, pero su constitución fuerte hizo que pronto la enviaran también a los lavaderos, donde las manos permanecían sumergidas durante horas en agua fría y las espaldas soportaban el peso de las telas empapadas. Albia, más pequeña, la acompañaba siempre que podía y aprendió de ella a realizar las tareas con rapidez suficiente para evitar las reprimendas. Sabina tenía una manera particular de protegerla: aceptaba los trabajos más desagradables, intercambiaba sus raciones cuando la menor enfermaba y fingía que ciertos castigos habían sido consecuencia de sus propias equivocaciones. Aquella protección no era perfecta, porque ninguna esclava podía enfrentarse abiertamente a los administradores sin arriesgarse a recibir una corrección mucho peor, pero durante algún tiempo bastó para proporcionar a Albia una sensación de seguridad. Damaris, sin embargo, ejercía una autoridad que llegaba hasta el último rincón de la propiedad. La vilica había sido durante años una figura casi maternal para algunos miembros de la familia, especialmente para Marco, que todavía la llamaba nutrix con una familiaridad imposible de imaginar en boca de los demás servidores. Entre los esclavos inferiores, en cambio, su nombre provocaba una reacción muy diferente. Era diligente, conocía los suministros, recordaba las obligaciones de cada trabajador y podía identificar una pérdida de trigo con una precisión que habría avergonzado a muchos contadores. También poseía una memoria extraordinaria para las faltas ajenas y una convicción casi religiosa acerca de la necesidad de castigar cualquier desafío a su autoridad. Sabina había recibido varias correcciones por defender a su hermana, por retrasarse en alguna tarea o por responder con una franqueza que Damaris consideraba insolente.

La última disputa había comenzado por una cuestión tan insignificante que Albia apenas podía recordarla: unas prendas que no estaban listas, una orden contradictoria o quizá una jarra rota cuya responsabilidad nadie quiso asumir. Recordaba, en cambio, que Sabina había protestado cuando la acusaron de mentir. Damaris ordenó entonces una corrección ejemplar, y aquella corrección terminó convirtiéndose en un castigo prolongado que ni las súplicas de las otras mujeres consiguieron detener. Después llegó la fiebre, el delirio y la muerte. Albia recordaba especialmente el entierro, celebrado junto a una pequeña parcela reservada para los servidores cristianos de la propiedad. Era poco común que el propio Flavio Aecio asistiera a las exequias de una esclava, sobre todo tratándose de una muchacha que jamás había servido personalmente en sus aposentos. Sin embargo, el viejo patricio había aparecido acompañado de Leoncio y de dos servidores, permaneciendo durante buena parte de la ceremonia junto a una columna del pequeño recinto funerario. Albia, que entonces apenas comprendía las jerarquías de aquella casa, supuso que debía de estar aburrido o que había acudido por alguna obligación que no alcanzaba a entender. No habló con ella ni se aproximó para consolarla. Simplemente escuchó las oraciones, contempló cómo descendían el cuerpo de Sabina a la tierra y permaneció allí con una expresión tan severa que nadie se atrevió a dirigirle la palabra. Su presencia había despertado murmullos entre los trabajadores, porque algunos afirmaban que la muerte había irritado al patricio más de lo acostumbrado, mientras otros sostenían que existía algún problema administrativo relacionado con las dos muchachas. Albia no comprendió aquellos comentarios hasta varias horas después, cuando una discusión estalló en las dependencias de los escribas con una violencia verbal que jamás había escuchado entre los hombres libres de la casa.

Leoncio era habitualmente un hombre de modales impecables, de voz medida y una cortesía que conservaba incluso cuando debía corregir las equivocaciones más exasperantes de sus subordinados. Su posición como secretario y responsable de buena parte de la documentación doméstica le exigía tratar con comerciantes, administradores, recaudadores y funcionarios imperiales, de modo que había aprendido a esconder sus emociones detrás de una disciplina casi profesional. Albia lo recordaba como un hombre que rara vez levantaba la voz y que consideraba las palabras groseras una señal de pobreza intelectual. Por eso resultó tan extraordinario escucharlo aquella tarde, cuando su indignación resonó por los corredores inferiores hasta obligar a varios servidores a detenerse. —¡Es la última vez que permitiré que pongas tus manos en mi papelería, bruja de mierda! —había gritado Leoncio, golpeando una mesa con un conjunto de tablillas—. ¡La última! ¡He tolerado tus intromisiones, tus peticiones, tus correcciones y esa maldita costumbre de retirar documentos de mis estantes sin dejar constancia de dónde los has puesto! ¡Pero esta vez has ido demasiado lejos! —Damaris, que hasta entonces había conseguido mantener una expresión ofendida, reaccionó levantando la barbilla—. Cuida tu lengua, Leoncio. He servido a esta casa muchos más años de los que tú llevas contando monedas. Si necesito consultar los registros de los servidores para distribuir sus obligaciones, tengo tanto derecho a hacerlo como cualquier administrador.

 —¡Consultar! —repitió él con una carcajada furiosa—. ¡Tú no consultas los documentos, los secuestras! ¡Los retiras, los cambias de lugar y después exiges que encuentre aquello que tú misma has extraviado! ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscando los contratos de compra de esas dos muchachas? ¿Lo sabes? —Damaris respondió que los papeles debían encontrarse entre los registros de trabajadores, donde correspondía guardarlos, pero aquella explicación solamente consiguió aumentar la cólera del secretario. —¡No! ¡No estaban allí! ¡Los encontré esta mañana mezclados con las cuentas de animales de carga y con unas antiguas compras de herramientas! ¡Herramientas, Damaris! ¡Habías colocado los documentos de adquisición de dos personas entre los recibos de herraduras y los registros de mantenimiento de los establos! —La administradora intentó replicar que probablemente algún escribiente había cometido el error, pero Leoncio la interrumpió con un gesto despectivo—. ¡No me hables de mis escribientes! Reconozco perfectamente las anotaciones que haces cuando crees que nadie tendrá que interpretarlas después. ¡Y ahora escúchame! ¿Sabes cuánto pagamos realmente por esas dos? ¿Lo sabes? ¡No, no lo sabes! ¡Tú solamente pides y gastas, gastas y pides! ¡Solicitas más lino, más aceite, más manos para los lavaderos, más esclavos para las cocinas, y cuando te pregunto qué ha ocurrido con los anteriores me respondes que trabajan poco, que enferman demasiado o que necesitan una corrección! ¡Por todos los santos, algún día terminarás pidiéndome que compre una nueva familia entera porque has conseguido matar a la anterior! —Damaris enrojeció violentamente.

—¡Basta, Leoncio! ¡No permitiré que me hables como si fuera una ladrona! —¡Entonces deja de comportarte como si los bienes de esta casa fueran infinitos! —replicó él, acercándole un pergamino abierto—. ¡Mira esto! ¡Léelo! ¿Reconoces el sello del vendedor? ¿Reconoces la cantidad? ¡Esas dos niñas no fueron adquiridas como esclavas ordinarias para trabajar en los lavaderos! ¡Se pagó por ellas una suma considerable, suficiente para comprar varios trabajadores adultos de buena constitución! Y no solamente por su edad o su apariencia, sino porque el comerciante aseguró que procedían de un hogar donde habían recibido cierta instrucción y podían ser destinadas al servicio doméstico superior. ¡Pero tú decidiste enviarlas a las dependencias más miserables de Ferrata porque no encontraste sus registros entre los documentos que acostumbrabas consultar! —Damaris examinó el pergamino con creciente incomodidad. Había supuesto que las dos muchachas pertenecían a alguna partida de cautivos adquiridos a bajo precio, y nadie se había tomado la molestia de corregir aquella impresión. —Si eran tan valiosas, debiste informármelo —respondió finalmente, procurando conservar una apariencia de autoridad—. No puedo administrar correctamente aquello cuya procedencia desconozco. —Leoncio la contempló con una incredulidad casi dolorosa—. ¡Te informé! ¡Firmaste la recepción de ambas! ¡Tu propia marca figura en el registro! ¡Pero claro, es mucho más sencillo culpar a los demás que reconocer que no has leído un documento antes de guardarlo donde te ha venido en gana!

La discusión habría podido concluir allí, pero Damaris cometió el error de intentar justificar el castigo de Sabina. —Sea cual fuere el precio de aquellas muchachas, la mayor era insolente y desobediente. No pienso disculparme por exigir disciplina. Si una esclava se niega a obedecer, debe aceptar las consecuencias. —Leoncio permaneció inmóvil durante algunos segundos, como si necesitara asegurarse de haber escuchado correctamente. Después recogió lentamente el pergamino y lo dejó sobre la mesa con una delicadeza mucho más amenazante que sus anteriores gritos. —Está muerta, Damaris. —La vilica apartó la mirada—. Una desgracia que nadie deseaba. —¡Está muerta! —repitió Leoncio, golpeando nuevamente la mesa—. ¡No ha enfermado, no ha escapado, no se ha perdido en las montañas! ¡La has hecho azotar hasta que su cuerpo no pudo resistirlo! ¿Y todavía pretendes explicarme que cumplías con tus obligaciones? —La administradora endureció el rostro—. No recibí ninguna orden que me prohibiera castigar a los servidores. El propio dominus ha exigido siempre que la disciplina se mantenga con firmeza. Si comenzamos a consentir desobediencias por sentimentalismo, pronto perderemos el control de toda la propiedad.

—¡Disciplina! ¡Siempre la misma palabra! —exclamó Leoncio—. ¿Acaso crees que un látigo puede sustituir a la inteligencia? ¡Un animal de carga también necesita disciplina, y no por ello lo golpeamos hasta matarlo cuando tropieza! ¡Sabes perfectamente que el dominus exige que se conserven sus bienes, que se eviten gastos inútiles y que los castigos tengan una finalidad! ¿Qué finalidad tiene matar a una muchacha que todavía podía servir durante décadas? ¡Explícamelo! —Damaris respondió que nadie podía prever la debilidad de ciertos cuerpos y que Sabina había enfermado después del castigo, no durante él. Aquella distinción provocó una carcajada amarga en el secretario. —¡Ah, magnífico! ¡Entonces debemos felicitarte! La muchacha no murió mientras la golpeaban, sino después. ¡Una diferencia que seguramente alegrará muchísimo a sus parientes! —La administradora apretó los puños—. Estás utilizando una desgracia para desacreditarme porque nunca has soportado que tenga autoridad sobre los trabajadores. —¡No necesito desacreditarte! ¡Te bastas perfectamente para hacerlo tú sola! —Leoncio señaló los documentos dispersos sobre la mesa—. Y no vuelvas a hablarme de autoridad como si fuese una posesión personal. La tuya procede de la confianza del dominus, exactamente igual que la mía. No eres dueña de estas tierras, no eres propietaria de los esclavos y no tienes derecho a disponer de ellos como si hubiesen nacido para satisfacer tus arrebatos. —Fue entonces cuando una voz grave, procedente de la entrada, interrumpió la discusión—. Basta. —Flavio Aecio había llegado sin que ninguno de los presentes advirtiera sus pasos.

El viejo general contempló primero a Leoncio, después los documentos y finalmente a Damaris, que inclinó inmediatamente la cabeza. —¿Es cierto cuanto afirma? —preguntó. La vilica intentó explicar que había existido una confusión administrativa, que los registros estaban incompletos y que la muchacha había mostrado una indisciplina intolerable. Aecio la escuchó sin interrumpirla, pero sus ojos se endurecieron cuando ella volvió a invocar la necesidad de mantener la obediencia. —Te pregunté si es cierto que los contratos fueron extraviados bajo tu responsabilidad. —Sí, domine, aunque... —¿Y es cierto que la muchacha murió después de un castigo ordenado por ti? —Sí, domine, pero... —Entonces no necesito escuchar otra explicación sobre tus intenciones. —El anciano se acercó a la mesa y examinó brevemente los registros. Leoncio, todavía desencajado, comenzó a enumerar los errores que había encontrado: compras duplicadas, raciones mal asignadas, prendas registradas dos veces y documentos trasladados entre dependencias sin autorización. Aecio levantó una mano para detenerlo y volvió su mirada hacia Damaris—. Has servido fielmente a esta familia durante muchos años. Has criado a mis descendientes, has administrado sus habitaciones y conoces estas propiedades mejor que muchos de mis intendentes. Precisamente por eso esperaba de ti un juicio superior al de una muchacha recién llegada. —La vilica abrió la boca, pero el patricio señaló los pergaminos con un dedo—. De ahora en adelante, no tendrás acceso a la documentación de la casa. Toda consulta de registros deberá realizarse por medio de Leoncio o de los escribientes que él designe. No retirarás contratos, no modificarás inventarios y no ordenarás traslados de servidores sin que exista constancia escrita. Continuarás dirigiendo las tareas domésticas, pero las cuentas, las adquisiciones y los documentos de propiedad quedarán fuera de tu autoridad. —Damaris palideció. Aquello no significaba solamente perder una atribución administrativa; era una humillación que alteraba el equilibrio de poder que había mantenido durante décadas. —Domine, os suplico que reconsideréis... —No. —La respuesta fue tan breve que no dejó lugar a nuevas súplicas.

Leoncio, todavía furioso, recogió los documentos y se dispuso a retirarse, pero Aecio lo detuvo antes de que alcanzara la puerta—. Y tú aprenderás a custodiar mejor tus propios registros. Si una mujer puede extraviar durante años documentos de semejante importancia sin que lo adviertas, también has faltado a tus obligaciones. No vuelvas a obligarme a descubrir cuánto dinero ha perdido esta casa porque mis administradores prefieren disputar entre sí antes que cumplir con su trabajo. —Leoncio inclinó la cabeza, aceptando la reprimenda con una rigidez que apenas conseguía ocultar su indignación. Damaris permaneció inmóvil, incapaz de comprender cómo una muchacha esclava, muerta y enterrada aquella misma mañana, había conseguido privarla de una parte tan considerable de su autoridad. Aecio contempló por última vez el contrato de adquisición y añadió con una sequedad que Albia jamás olvidaría—: La próxima vez que consideres necesario imponer un castigo semejante, recuerda que no se te ha confiado esta casa para que la vacíes de sus habitantes. La disciplina debe conservar lo que gobierna. Si lo destruye, es incompetencia.

Albia había escuchado buena parte de aquella discusión desde un rincón del corredor, oculta detrás de unas ánforas de aceite que aguardaban su traslado a los almacenes. Comprendió entonces que los hombres importantes podían enfurecerse por la muerte de una esclava, pero que sus razones no necesariamente coincidían con las de quienes la habían amado. Leoncio había hablado del precio de compra, de las cantidades registradas y del dinero desperdiciado; Flavio Aecio había condenado la negligencia administrativa y el abuso de autoridad. Ninguno había preguntado cómo cantaba Sabina, qué cosas le gustaban o por qué había procurado proteger siempre a su hermana pequeña. Albia no podía reprocharles aquella indiferencia, porque sabía que entre las preocupaciones de una casa aristocrática existían asuntos mucho mayores que la muerte de una sirvienta. Y, sin embargo, había experimentado una satisfacción culpable cuando vio a Damaris abandonar las dependencias de los escribas con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. Desde aquel día, la autoridad de la vilica había comenzado a reducirse lentamente. Ya no podía consultar libremente las cuentas, debía solicitar autorización para modificar determinadas asignaciones y encontraba cada vez más dificultades para justificar gastos extraordinarios.

Leoncio revisaba sus peticiones con una minuciosidad casi vengativa y los administradores inferiores, que antes habían aceptado sin discusión sus instrucciones, comenzaron a exigir documentos escritos cuando alguna orden comprometía recursos importantes. Damaris conservaba todavía un poder considerable sobre la vida cotidiana de los esclavos, pero había perdido aquella libertad para disponer de cuanto necesitaba sin que nadie le pidiera explicaciones. Albia recordaba cómo algunos servidores habían celebrado discretamente aquella reducción de atribuciones, aunque ninguno se atrevió a manifestar su alegría delante de la anciana. Con el transcurso de los meses, las relaciones entre Damaris y Leoncio se volvieron cada vez más tensas, y hasta Cateuncio, que mantenía sus propias ambiciones dentro de la administración, comenzó a aprovechar los desacuerdos para favorecer sus intereses. La vilica seguía siendo temida, pero ya no resultaba intocable. Albia había encontrado cierto consuelo en aquella transformación. No era justicia, al menos no una justicia que pudiera devolverle a su hermana, pero representaba la demostración de que incluso las personas más poderosas podían perder aquello que creían poseer para siempre. Por eso, durante los dos años siguientes, había aprendido a observar cuidadosamente las pequeñas derrotas de Damaris: una petición rechazada, una orden modificada por Leoncio, una reprensión del patricio o una intervención de Valeria que recordaba a todos quién ejercía verdaderamente la autoridad sobre las dependencias familiares. Cada una de aquellas situaciones le proporcionaba una satisfacción secreta que procuraba no demostrar.

A veces se avergonzaba de disfrutar con las humillaciones ajenas, porque Sabina le había enseñado que la crueldad no dejaba de ser crueldad cuando se ejercía contra alguien desagradable. Pero otras veces recordaba el pequeño montículo de tierra bajo el cual descansaba su hermana y comprendía que todavía era incapaz de perdonar. Ahora, tendida nuevamente sobre las losas, con la espalda desgarrada por el mismo látigo que había marcado los últimos días de Sabina, Albia pensó que Damaris había vuelto a cometer un error. Esta vez había golpeado a una esclava cuya presencia reclamaba personalmente Marco, un muchacho que disfrutaba del afecto de Valeria y de una atención cada vez más evidente por parte del viejo Aecio. Si los administradores habían intervenido por la muerte de Sabina, seguramente los señores reaccionarían con mayor severidad al descubrir que la vilica había desobedecido indirectamente las instrucciones de su nieto. Aquella idea la reconfortó durante unos instantes. Damaris volvería a perder algo. Tal vez autoridad, tal vez privilegios, quizá incluso la confianza que todavía le dispensaban algunos miembros de la familia. Albia no sabía qué castigo recibiría la anciana, pero estaba convencida de que Marco no permanecería indiferente. Él había demostrado demasiadas veces que podía enfrentarse a personas mucho mayores cuando consideraba que tenía razón. La muchacha se aferró a esa certeza mientras intentaba incorporarse, aunque una nueva punzada de dolor la obligó a detenerse.

Sin embargo, había algo profundamente desagradable en aquella esperanza, algo que Albia no había sabido expresar durante sus primeros años de servidumbre y que ahora comenzaba a inquietarla cada vez más. Su seguridad dependía enteramente de las decisiones ajenas. Cuando Sabina vivía, había confiado en que su hermana la protegiera. Después de su muerte, había aprendido a obedecer cuidadosamente para no despertar la ira de Damaris. Más adelante, cuando fue destinada al servicio de Marco, descubrió que la cercanía del muchacho le proporcionaba una protección que ninguna de sus compañeras poseía. Los castigos disminuyeron, sus obligaciones se volvieron menos agotadoras y comenzó a disponer de horas para aprender cosas que jamás habría imaginado conocer. Marco le enseñó a leer con mayor soltura, a reconocer palabras griegas, a modular la voz y a cantar con una disciplina que al principio le pareció excesiva. Había sido paciente con sus equivocaciones, severo con sus ejercicios y sorprendentemente generoso al permitirle acercarse a conocimientos reservados normalmente a personas muy superiores a ella. Pero incluso aquella fortuna tenía un aspecto que comenzaba a incomodarla.

Albia podía aprender porque Marco deseaba enseñarle. Podía cantar porque él encontraba placer en escucharla. Podía permanecer a su lado porque el patricio había permitido que la muchacha le perteneciera. Si mañana su joven señor cambiaba de opinión, se aburría de sus lecciones o decidía entregarla a otro miembro de la familia, ella carecería de medios para oponerse. Era una esclava, una mujer y, por añadidura, una extranjera sin parentesco conocido ni fortuna propia. Tres condiciones que convertían sus deseos en asuntos secundarios para casi cualquier persona que tuviera autoridad sobre su vida. Pensó en Sabina, que había intentado protegerla utilizando los únicos recursos a su alcance, y comprendió con una claridad dolorosa que su hermana había muerto precisamente porque nunca poseyó una autoridad que los demás estuvieran obligados a respetar. Su valentía no había bastado. Su amor tampoco. ¿De qué servía tener razón cuando otra persona podía castigarte por pronunciarla? ¿De qué servía ser obediente cuando las órdenes se contradecían y cada superior reclamaba el derecho de imponer su voluntad?

Albia miró sus manos, todavía pequeñas, manchadas por el polvo del corredor, y sintió una indignación distinta de la que había experimentado durante el castigo. No era solamente odio hacia Damaris, aunque seguía odiándola. Era una irritación profunda ante la idea de convertirse durante toda su existencia en una hoja arrastrada por los vientos de los demás. Quería poder decidir algo, aunque fuera insignificante. Elegir cuándo cantar, qué aprender, adónde dirigirse o a quién obedecer. Quería que alguna de sus acciones dependiera de su voluntad y no exclusivamente de la benevolencia de un dueño. Inmediatamente se avergonzó de aquellos pensamientos.

¿Qué tonterías estaba imaginando? Había tenido más suerte que muchas esclavas de su edad. Recibía buena alimentación, dormía bajo un techo seguro y tenía un joven señor que la trataba con una consideración poco común. Podría haber terminado trabajando en una cantera, sirviendo en una cocina miserable o vendida a una casa donde nadie se molestara siquiera en aprender su nombre. Pero aquella comparación, que antes habría bastado para devolverle la resignación, ya no consiguió tranquilizarla. Ser afortunada no significaba ser libre, y sentirse agradecida no eliminaba el deseo de disponer de su propia existencia. Damaris se inclinó entonces sobre ella y trató de ayudarla a levantarse, murmurando que debía dejar de llorar y procurar que nadie descubriera el incidente. Albia aceptó el apoyo porque sus piernas temblaban demasiado para sostenerla, pero en su interior se produjo una separación que jamás había experimentado con tanta claridad. Su cuerpo todavía pertenecía a aquella casa, sus obligaciones continuaban siendo las de una esclava y su supervivencia dependía de la voluntad de los Aecianos.

Sin embargo, por primera vez comprendió que sus pensamientos podían pertenecerle exclusivamente a ella. Nadie sabía lo que deseaba, nadie podía ordenarle que dejase de desearlo y ningún látigo conseguiría arrancarle una ambición que todavía no se atrevía a pronunciar. Recordó entonces que Sabina, poco antes de morir, le había dicho que procurara aprender cuanto pudiera, porque las cosas que uno sabía eran las únicas que podían acompañarlo incluso cuando le arrebataban todo lo demás. Albia había interpretado aquellas palabras como un consejo para convertirse en una servidora más útil. Ahora comenzaba a sospechar que su hermana había querido decir algo mucho más importante. Y mientras permanecía apoyada contra Damaris, intentando contener los sollozos, se prometió silenciosamente que algún día encontraría una manera de no depender enteramente de la misericordia ajena. No sabía cómo conseguirlo, ni siquiera si semejante aspiración era posible para una muchacha de su condición. Pero aquella incertidumbre ya no le pareció razón suficiente para renunciar. Por el momento, solamente deseaba que Marco bajara de la torre. Después, cuando sus heridas hubieran sanado y pudiera cantar nuevamente sin sentir dolor, comenzaría a pensar en lo demás.

 

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