lunes, 2 de noviembre de 2026

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

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—¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya.

Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y observó a Saori con una incredulidad que no se molestó en disimular. ¿Ella, una muchacha rica que apenas había entrenado con los Santos, decidiría quién era digno de una Armadura de Oro? La idea le parecía absurda. Para Seiya, esas armaduras pertenecían al Santuario y a sus guerreros; Saori, por más que se presentara como heredera de Mitsumasa Kido, no tenía derecho a jugar con ellas como si fueran trofeos de una competencia.

La pregunta golpeó a Saori más de lo que dejó ver. Por un instante, su rostro se contrajo en una mueca de duda. La seguridad que había mostrado al hablar de la Armadura de Oro se resquebrajó y, detrás de ella, reapareció la muchacha de dieciséis años que todavía no sabía si las palabras que pronunciaba eran suyas. Miró a Seiya y luego apartó los ojos, buscando algo en el salón que le permitiera sostenerse.

Su mirada se posó en el enorme retrato de Mitsumasa Kido que presidía la estancia. El anciano aparecía de cuerpo entero, con una mano apoyada sobre el bastón y la expresión de fría determinación que conservaba en todas sus fotografías. Los ojos pintados no tenían vida, pero a Saori le pareció que la observaban desde el lienzo, aguardando a que ella recordara qué debía decir.

Entonces una respuesta afloró en su mente. No la encontró como quien reconstruye un recuerdo perdido. Simplemente apareció, completa y ordenada, como si hubiese estado allí desde siempre.

—Un torneo —dijo Saori.

Su voz sonó más firme de lo que esperaba. Las palabras parecían haber encontrado por sí mismas el camino hasta sus labios.

—El Torneo Galáctico. Mi abuelo dijo que, una vez reunidos los Santos, debían mostrar su fuerza y su valor. De entre ellos, quien resultara más digno recibiría el Manto de Oro.

Al pronunciarlo, la duda volvió a estremecerla. ¿Lo había oído de Mitsumasa? ¿Lo había leído en algún documento? ¿O una voluntad ajena estaba organizando los recuerdos por ella? Saori no pudo distinguirlo. Sin embargo, sus ojos violetas brillaron con una luz renovada, y su postura adquirió la rectitud de alguien acostumbrado a dar órdenes.

—Ese es mi propósito —continuó—. Un caballero digno de Sagitario es lo que el mundo necesita.

Seiya no respondió enseguida. La miró como si quisiera descubrir quién acababa de hablar. La voz había sido la de Saori, pero la seguridad con que anunciaba un torneo y distribuía una Armadura de Oro no correspondía a la muchacha que recordaba de su infancia. Jabu, a un lado, inclinó la cabeza con respeto. Para él, la propuesta parecía natural; para Seiya, era una nueva señal de que algo no encajaba.

El joven escupió al suelo. El sonido resonó en el salón elegante y rompió el silencio.

—¡Eso me importa una mierda! —gruñó, sin prestar atención a la mirada de Saori—. ¡Estoy aquí para hablar con el viejo Kido! Él me envió a ese infierno en Grecia y él es el único al que debo explicaciones.

Jabu no pudo soportarlo más. El insulto a Mitsumasa y el desafío abierto a Saori fueron la gota que colmó el vaso. Su cuerpo se tensó, y la energía del Unicornio se concentró en su brazo. En un borrón apenas perceptible para los ojos humanos, se lanzó sobre Seiya.

El aire crujió a su paso.

Pero Seiya, pese a su imprudencia, no era lento. Su cuerpo reaccionó por instinto. Giró lo justo para evitar el golpe; el puño de Jabu pasó junto a su rostro y apenas le rozó el hombro. La fuerza del ataque alcanzó la pared del fondo y sacudió el aire alrededor de ambos.

Antes de que Jabu pudiera volver a cargar, Saori alzó una mano.

—¡Alto!

No elevó la voz. No fue necesario. La palabra vibró en el salón con una fuerza que no procedía del volumen, sino de algo más profundo. Un poder invisible atravesó la estancia y obligó a los dos Santos a retroceder. La presión no era física; era cósmica. El Cosmos de Jabu se replegó como una llama ante el viento, mientras el de Seiya quedó contenido dentro de su cuerpo.

Jabu se detuvo a centímetros de Seiya, con el brazo aún extendido y el rostro contorsionado por la frustración. El joven le sostuvo la mirada un instante, pero luego sus ojos volvieron a caer al suelo. La vergüenza se le marcó en las facciones. Sentía la misma incomodidad que cuando su maestro Aiolia lo reprendía, cuando Marin le señalaba una imprudencia o cuando el Patriarca hablaba y él comprendía que había sido insolente.

No entendía por qué Saori tenía ese efecto en él. La autoridad de ella no se parecía a la de un maestro ni a la de un comandante. Su cuerpo la obedecía antes de que su razón pudiera decidir si debía hacerlo. La sensación lo irritaba y, al mismo tiempo, le helaba la sangre.

Saori los miró a ambos. La firmeza que había tenido al ordenarles que se detuvieran fue cediendo y, bajo ella, apareció una tristeza profunda.

—Mi abuelo… murió hace unos meses.

La noticia cayó como un balde de agua fría. El salón, ya tenso, quedó sumido en un silencio sepulcral. Solo se oyó el murmullo de la fuente y el suave tintineo de una copa que todavía vibraba sobre una mesa.

Esta vez la voz de Saori sí era completamente suya. Real, joven y quebrada. No sonó como una diosa, ni como una heredera, ni como la dirigente de una fundación. Sonó como una nieta que llevaba meses tratando de acostumbrarse a una pérdida que aún no comprendía.

Seiya quedó inmóvil. El mundo pareció detenerse alrededor de él.

—¿Muerto? —dijo, casi sin voz—. ¿El viejo Kido… murió?

La furia desapareció de su rostro, reemplazada por una confusión paralizante. Había regresado para hablar con Mitsumasa, para exigirle explicaciones y averiguar por qué lo había enviado a Grecia. Ahora descubría que la única persona que podía responderle ya no estaba. La noticia lo golpeó con la fuerza de un puño invisible. La razón que lo había mantenido unido a ese lugar se desvaneció de golpe, y con ella desapareció también la esperanza de encontrar una respuesta inmediata.

Saori lo observó. Una punzada de empatía le cruzó el semblante. Ella sabía que Seiya quería encontrar a su hermana. Sabía lo que le habían prometido y cuánto había sufrido para obtener la Armadura. Por un momento quiso acercarse, ofrecerle una palabra amable o decirle que entendía su dolor.

Pero la voz que resonaba dentro de ella tomó otro rumbo. No fue un grito ni una orden. Era una claridad fría, una estrategia que se desplegaba como un tablero ante sus ojos. Si quería que Seiya se quedara, debía obligarlo a mirar lo que tenía delante; si quería descubrir de qué era capaz, debía poner a prueba aquello que más deseaba.

Las palabras que salieron de su boca no fueron cariñosas.

—Y tú, Seiya, ¿qué haces aquí? —preguntó, con una voz desprovista de calidez—. ¿Acaso crees que el mundo te debe algo? ¡Por tu propia ineptitud no has encontrado a tu hermana!

La dureza de la frase sorprendió incluso a Jabu. Seiya se encogió como si las palabras lo hubieran golpeado en el pecho. Su expresión se cerró; el dolor por la muerte de Mitsumasa dio paso al resentimiento.

—¡Solo lo hice por mi hermana! —replicó—. ¡Me obligaron a ir a Grecia para encontrarla!

Saori no le dio tregua. Su mirada se mantuvo fija en él, penetrante y gélida. Había en ella una parte de sí misma que observaba la reacción de Seiya y medía cada silencio, cada movimiento de sus ojos. La compasión seguía presente, pero la voz interior la trataba como una debilidad que debía ponerse al servicio de una meta mayor.

—La Corporación Graad te dio de comer —dijo—. Te dio un techo. Te proporcionó las herramientas para adquirir el poder que ahora posees. Con tus habilidades podrías haber buscado a tu hermana por tu cuenta, haberla encontrado y regresar a casa sin necesidad de este… espectáculo.

Seiya retrocedió un paso. La acusación le dolió porque contenía una parte de verdad y una injusticia que no podía responder con facilidad. No sabía cuánto había dispuesto Mitsumasa en su favor ni quién había financiado realmente su entrenamiento. Solo sabía que había sufrido durante años con la esperanza de volver a ver a su hermana.

Saori hizo una pausa calculada.

—¿Por qué estás aquí, Seiya? ¿Por qué regresaste?

El pánico floreció en los ojos del joven. Él era un espía del Santuario, enviado para investigar a la Fundación Graad y a Saori misma. Esa era una verdad que ella no debía conocer. Sin embargo, su pregunta parecía haber atravesado la fachada que Seiya intentaba sostener. El joven sintió que ella sabía más de lo que decía; por un instante, tuvo la sensación de que no podía esconderle nada.

Saori notó su reacción. La frialdad dentro de su mente le indicó el camino. La manipulación podía ser una herramienta para alcanzar la victoria, y la victoria justificaba el uso de toda herramienta eficaz. Una alternativa apareció ante ella, clara e irresistible.

—Sin embargo —continuó, y su tono adquirió una promesa que parecía casi irreal—, si eres capaz de mostrar verdadera honestidad en el Torneo Galáctico; si participas con valor y demuestras tu fuerza… Si el Manto de Oro te reconoce como digno, no solo por ganarlo, sino por tu espíritu inquebrantable, volcaré los recursos de la Corporación Graad en encontrar a tu hermana.

Seiya no dijo nada. Saori dejó que la oferta llegara hasta él antes de completar la promesa.

—Cada departamento. Cada contacto. Cada centavo. La encontraremos, Seiya. Te lo prometo.

La frase cayó entre ambos como un pacto. Era tentadora y peligrosa, una promesa que podía devolverle lo que más deseaba y, al mismo tiempo, atarlo a la voluntad de Saori. Ella lo sabía. La diosa dentro de ella comprendía la fuerza de un deseo humano y la manera de convertirlo en una cuerda. La muchacha de dieciséis años, en cambio, sintió vergüenza de haber usado la esperanza de Seiya como una palanca.

Jabu intentó intervenir. Abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Saori no había alzado la voz, sin embargo, su presencia parecía llenar todo el salón. Sus ojos, antes cálidos por la tristeza, ahora eran regios y nobles, con un brillo que trascendía lo humano. Jabu, el más leal de sus Santos, bajó la cabeza. La sumisión brotó de él como una reacción instintiva.

Seiya no hizo lo mismo. La promesa de encontrar a su hermana debería haber bastado para obtener su obediencia, pero él la miraba con preguntas y expectativas, no con devoción. Algo en Saori le resultaba ajeno a la niña que había conocido. Esa autoridad no lo convencía; lo intrigaba tanto como lo intimidaba.

—¿Y qué pasa si gano el Manto Dorado y decido no obedecerla? —preguntó.

Saori sonrió.

Era una sonrisa pequeña y enigmática, distinta de la sonrisa tímida de una joven y también diferente de la que usaba ante las cámaras o los invitados. No era dulce. Parecía pertenecer a alguien que ya había visto innumerables victorias y sabía que cada una exigía un precio. La voz de la Diosa de la Victoria susurró dentro de su mente, ofreciéndole la respuesta que debía dar.

Saori no permitió que el gesto de su rostro cambiara.

—¿Lo usarías para asegurar que la justicia siempre sea la que salga victoriosa? —preguntó.

Sus ojos violetas se fijaron en los de Seiya, como si pudieran mirar más allá de su enojo y encontrar el credo que lo sostenía.

Seiya asintió con una convicción que pocas veces mostraba.

—Sí.

La respuesta alcanzó algo profundo en Saori. Por un instante, la influencia de la Diosa de la Victoria pareció disiparse. La presión que la mantenía erguida se aflojó, y volvió a ser la muchacha que había querido consolarlo unos segundos antes. No desaparecieron las voces ni la sensación de compartir su cuerpo con una voluntad antigua, pero, durante ese breve momento, Saori pudo hablar por sí misma.

—Ese es mi único deseo —dijo.

Su voz adquirió un tono infinitamente maternal. La calidez sorprendió a todos, incluido Seiya. No había cálculo en esas palabras, ni una oferta destinada a conseguir algo a cambio. Saori hablaba desde un deseo sincero: quería que la justicia prevaleciera y estaba dispuesta a sostener a quienes lucharan por ella.

—Yo te sostendré y te apoyaré en ello.

La promesa no consistía solo en recursos, dinero o poder. Era también una oferta de compañía, una forma de decirle que no tendría que cargar solo con el peso de su misión. Seiya la miró y, por primera vez, dejó de ver únicamente a la niña malcriada que recordaba o a la autoridad sobrenatural que había percibido. Vio a una joven con un propósito noble, dispuesta a convertirse en apoyo para quienes se enfrentaran a lo que consideraban injusto.

La tensión del salón comenzó a disiparse, aunque no desapareció por completo. Jabu seguía tieso, y Shun observaba a Saori con atención renovada. La fuente continuó murmurando bajo la luz de las lámparas. Un sirviente recogió una copa que había caído al suelo y trató de hacerlo sin llamar la atención.

Seiya tomó el cofre del Manto del León Menor. El metal estaba frío y pulido bajo sus dedos. Se lo acomodó a la espalda y dio media vuelta, dejando a Saori frente a él. Su gesto expresaba con claridad su intención de marcharse. La opulencia del salón y las miradas expectantes de los otros Santos le importaban poco.

—Seiya, espera —dijo Saori.

Su voz sonó más suave de lo que él esperaba, casi suplicante. La muchacha pareció buscar una forma de retenerlo que no fuese una orden. Por un instante, la diosa no habló por ella; solo Saori quiso evitar que se marchara molesto, herido y convencido de que no tenía lugar allí.

—Las instalaciones del hotel están a tu disposición. Hay habitaciones preparadas, estudios de entrenamiento y todo lo que la Fundación Graad puede ofrecerte para que estés cómodo y preparado para el torneo.

Seiya soltó un bufido despectivo. No se giró. La invitación sonaba generosa, pero también le recordaba todo lo que Saori y la Fundación podían darle —y quitarle— con una simple decisión.

—No, gracias —respondió con brusquedad—. Hay alguien que conozco que emigró a América hace unos años. Quiero visitarla. Cuando me necesiten, envíen a uno de sus trajeados. Pueden mandarme un mensaje por un loro mensajero o enviar a un par de esos sirvientes que parecen asustarse de su propia sombra.

El sarcasmo era evidente en sus últimas palabras.

Jabu, que hasta entonces había contenido su ira con dificultad, no pudo soportar la insolencia. Extendió una mano y dejó que su Cosmos brillara tenuemente. Intentó usar su telequinesis para despojar a Seiya del cofre que llevaba a la espalda.

—¡Esa Armadura es propiedad de la Fundación! —bramó—. ¡No puedes llevártela como si nada, insolente!

La frustración le distorsionó el rostro. El cofre se tensó sobre la espalda de Seiya, pero no se movió.

Seiya no era un novato. Gruñó y expandió su Cosmos, no para atacar, sino para formar una barrera invisible alrededor de la Caja y de su propio cuerpo. La energía de Jabu chocó contra ella con un chisporroteo. El aire entre los dos pareció cargarse de electricidad.

—¡Jabu, basta! —ordenó Saori.

Su tono contenía exasperación, pero también aquella autoridad intrínseca que Jabu no podía ignorar. Era la misma voz que había detenido la pelea momentos antes. La energía del Unicornio se replegó de inmediato. Jabu bajó la cabeza, avergonzado y furioso a la vez. El cofre permaneció sujeto a Seiya.

El joven no dijo nada más. Caminó hacia la salida sin apresurarse. Saori lo siguió con la mirada. Quiso llamarlo otra vez, pero no encontró una frase que no sonara como una orden o una estrategia.

Cuando Seiya cruzó el umbral, su corazón pareció detenerse por un instante.

Una imagen borrosa se superpuso a la de Saori que quedaba atrás. Vio a una dama de belleza sobrenatural, etérea, rodeada por una luz dorada. Una corona de laureles enmarcaba su rostro y su presencia irradiaba una majestad que no pertenecía a ninguna mujer mortal. La visión duró una fracción de segundo.

Luego se desvaneció como humo entre sus pensamientos.

Seiya soltó una carcajada áspera y despectiva, intentando ahogar la extraña reverencia que aquella aparición había provocado en él.

—¿Hermosa Saori? —se burló sin girarse—. Esa tonta me perseguía con un rebenque para caballos de niños. Solo es una malcriada.

Y sin mirar atrás, abandonó el gran salón. La puerta se cerró con un clic suave, dejando a Saori y a los demás Santos sumidos en un silencio tenso.

Saori mantuvo la vista fija en la puerta. Una parte de ella quería ir tras Seiya; otra, más antigua y distante, consideraba que su salida también formaba parte del curso esperado. No sabía cuál de las dos tenía razón. Jabu seguía con la cabeza inclinada. Shun permanecía junto a la fuente, serio, y la flor de loto flotaba tranquila sobre el agua.

Saori no dijo nada.

Afuera, Seiya se detuvo en la calle. El ruido del tráfico neoyorquino y el murmullo incesante de la gente reemplazaron el eco de su frustración. Los coches avanzaban por las avenidas y los transeúntes llenaban las aceras. La ciudad parecía demasiado grande para que alguien pudiera sentirse perdido en ella, pero Seiya llevaba ese sentimiento consigo desde que había dejado Grecia.

Sacó del bolsillo un papel doblado que el «apestoso de Tatsumi» le había entregado en el avión. «Un regalo de la señorita», había dicho el mayordomo con su habitual solemnidad.

Seiya desdobló la hoja. En ella, escrita con letra pulcra, se leía: Mino Atatsami. Debajo aparecía una dirección en las afueras de aquella ciudad enorme y contaminada.

Entonces lo entendió.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. Había sido manipulado. La mocosa Kido había previsto que él rechazaría la opulencia y que no aceptaría hospedarse en el hotel. En lugar de insistir, le había ofrecido algo que no podía ignorar: la posibilidad de un encuentro familiar, la calidez de una amiga de la infancia.

Seiya suspiró.

La imagen de Mino se filtró en su mente, no como un recuerdo nítido, sino como una sucesión de sensaciones: el sol cálido sobre la arena del orfanato, el olor de la tierra mojada después de la lluvia y la risa cristalina de una niña de cabello revuelto.

—¡Seiya, más rápido! —gritaba Mino, con las rodillas raspadas y la ropa empolvada, mientras ambos corrían por el patio.

Ella siempre parecía ir un paso por delante, llena de energía, incapaz de quedarse quieta. Seiya trataba de alcanzarla, pero las piernas le ardían y la respiración se le desordenaba.

—¡No es justo, Mino! ¡Tú tienes las piernas más largas! —protestaba, cayendo al suelo entre carcajadas.

Mino lo esperaba y le tendía una mano para ayudarlo a levantarse. Su rostro, siempre jovial y lleno de vida, había sido un faro de normalidad en un mundo que pronto se volvería incomprensiblemente cruel.

Seiya recordaba el día en que se despidieron. Mino tenía los ojos hinchados por el llanto y se aferraba a él, sin entender por qué la separaban de su hogar y de sus amigos.

—No llores, Mino —le había dicho, intentando sonar valiente, aunque el corazón se le encogía—. Seré un Santo y vendré a buscarte, lo prometo. Te traeré de vuelta.

Ella había asentido, aferrándose a esa promesa como a un salvavidas. Después, una mujer de rostro severo se la llevó. Seiya la vio desaparecer entre la multitud de niños y nunca volvió a verla.

La Corporación Graad había prometido buscar a su hermana. Esa promesa, y no la Armadura, lo había mantenido con vida en Grecia. Ahora Saori se la ofrecía como un trato, como una recompensa que dependía de su desempeño en un torneo.

Seiya miró otra vez la dirección escrita en el papel. El gesto de Saori podía ser un acto de compasión; también podía ser una forma de asegurarse de que él siguiera el camino previsto. No sabía cuál de esas posibilidades era más cierta.

Pensó en la diferencia entre el Patriarca y Saori. En el Santuario, el Patriarca emanaba una justicia severa, casi gélida, pero al menos Seiya había podido reconocer en él una convicción. Saori, en cambio, emanaba poder y ansias de victoria. Sin embargo, cuando le había prometido que lo apoyaría, su voz había cambiado. Por un instante, pareció hablarle desde un lugar sincero, como una joven que quería defender algo justo.

Esa mezcla le resultaba más difícil de comprender que una amenaza abierta.

—Ella es el enemigo silencioso del Santuario —se dijo.

La idea se formó en su mente mientras apretaba el papel.

¿Saori era quien reclutaba Santos y reunía las Cloth de Atena? ¿Con qué propósito? ¿Por qué tenía la Armadura de Oro de Sagitario y hablaba de escoger a su portador mediante un torneo? Eso solo podía descubrirlo participando.

El Torneo Galáctico ya no le parecía una simple competencia. Empezaba a verlo como una trampa cuidadosamente orquestada, un circo mediático destinado a fines que todavía desconocía. La mención de Nike, la Diosa de la Victoria, resonaba en su memoria junto a la voz de Saori y la visión de la mujer coronada con laureles. Se preguntó si aquellos métodos serían tan crueles como necesarios para alcanzar la victoria.

Guardó el papel.

Sabía que debía participar, no solo por su hermana, sino también para descubrir la verdad detrás de Saori Kido y de sus intenciones. Las sospechas crecían, aunque todavía no tenían forma definida. No podía decidir si la muchacha era una enemiga, una aliada o alguien tan atrapado por fuerzas desconocidas como él.

Seiya levantó la vista. La ciudad se extendía ante él, una maraña de rascacielos, luces y avenidas. La propaganda del Torneo Galáctico ya cubría los anuncios. Vallas publicitarias gigantes mostraban la silueta de la Armadura de Sagitario y prometían: «La batalla por el Oro». Las pantallas parpadeaban con los logotipos de la Fundación Graad. La imagen de la competencia se repetía sobre los edificios, como si Nueva York ya hubiese decidido convertir a los Santos en un espectáculo.

Seiya contempló su propio destino convertido en un anuncio.

Sin pensarlo dos veces, echó a correr.

El hotel de la Fundación Graad, probablemente situado cerca del corazón de Manhattan, quedó atrás. No buscó un taxi amarillo ni bajó al metro. Su instinto de Santo le dictó una ruta más directa y salvaje. Con un salto ágil, aterrizó sobre el capó de un taxi estacionado. La chapa cedió ligeramente bajo el impacto de sus botas.

El conductor abrió la boca, pero Seiya ya se impulsaba hacia arriba con la fuerza de su Cosmos naciente. Alcanzó el techo de un autobús en movimiento y cayó sobre él con una precisión que hizo vibrar la estructura.

Los transeúntes de la Quinta Avenida se detuvieron. Muchos levantaron sus teléfonos para capturar lo que creían un truco publicitario o una escena de película. Reconocieron la silueta del cofre de Bronce que Seiya llevaba a la espalda.

—¿Es parte de la promoción del torneo? —preguntó alguien.

—¡Mira, tiene una armadura!

Unos niños lo vitorearon desde la acera. Seiya no les prestó atención. El viento le azotaba el rostro mientras corría por los tejados, saltando de una cornisa a otra con una facilidad pasmosa. La adrenalina le bombeaba por las venas y el ruido de la ciudad se mezclaba con el eco de su Cosmos creciente.

Atravesó el denso bosque de rascacielos de Manhattan, esquivando antenas y ventiladores industriales. Los edificios pasaban bajo sus pies; las luces de las oficinas se reflejaban en los cristales. Cruzó estructuras de acero cuyos bordes vibraban cuando aterrizaba. Cada salto lo alejaba del lujo del hotel y lo acercaba a los barrios menos opulentos.

Buscaba la silueta más baja de las afueras, donde debía estar el orfanato de Mino, lejos del glamour y la ostentación de la Fundación. La ciudad se extendía ante él como una maraña de cemento y asfalto. Cada cartel luminoso con el logotipo del Torneo Galáctico era un recordatorio de su siguiente paso.

Al saltar sobre una azotea particularmente amplia, lo vio.

Una de las enormes vallas publicitarias instaladas para el torneo mostraba la silueta de la Armadura de Sagitario. A su lado aparecía una fotografía de Seiya, tomada probablemente al llegar al aeropuerto. Sonreía con una mueca forzada, el puño levantado en una pose heroica que no recordaba haber adoptado.

«El Torneo Galáctico», anunciaba el eslogan en letras enormes. «¡Sé testigo de la batalla por la Armadura de Oro!»

Una risa seca escapó de sus labios. La Fundación Graad no perdía el tiempo. Ya lo habían convertido en parte del espectáculo, en otra figura de un teatro construido por Saori Kido.

Pero no iría solo a ese circo.

Primero, iría a buscar a Mino.

 

Arco del Torneo Galáctico — La voz de Atena

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Saori Kido —¿o era alguien más?— levantó una mano temblorosa hacia el espejo. Sus dedos se detuvieron a unos centímetros del cristal, suspendidos en el aire como si temiera que la superficie pudiera responderle. La imagen frente a ella imitaba cada movimiento: el rostro pálido, los labios apretados, el cabello oscuro con reflejos violáceos. Aun así, el reflejo parecía pertenecerle a otra persona. Saori inclinó la cabeza y observó sus propios ojos, buscando en ellos a la niña que había sido antes. Antes de qué, no podía recordarlo.

Últimamente, las lagunas en su memoria eran más frecuentes. Al principio habían sido pequeños vacíos: unos minutos que desaparecían durante una conversación, el recuerdo confuso de haber cruzado una habitación sin saber por qué había llegado hasta allí. Después comenzaron a perderse horas enteras. A veces despertaba en otra parte de la casa, con una prenda distinta o las manos manchadas de tinta, sin recordar cómo había llegado allí. En esos intervalos solo quedaba una niebla blanca, profunda e inmóvil, atravesada por voces que hablaban desde lugares imposibles.

Voces en griego antiguo.

Saori nunca había estudiado aquella lengua. Sin embargo, algunas palabras empezaban a resultarle familiares, como si las hubiera aprendido antes de nacer. En sueños las repetía sin querer; las sílabas le quemaban la lengua y despertaban en su pecho una resonancia que no reconocía. No eran frases completas, sino fragmentos de oraciones, gritos de batalla, nombres de constelaciones que no aparecían en las cartas estelares modernas.

«Protege… el Sant… Atena…»

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se acercó un poco más al espejo y observó el color de sus ojos. Verdes, cada vez más verdes. ¿Cuándo habían dejado de ser marrones? Recordaba fotografías de su infancia en las que sus ojos tenían un tono cálido, oscuro, fácil de confundir con el cabello. Ahora brillaban con una claridad extraña, casi luminosa, que a veces parecía intensificarse cuando las voces regresaban.

Saori retrocedió. El lavabo de mármol estaba frío bajo sus manos. Se obligó a respirar despacio, tal como le habían enseñado para contener el pánico antes de una aparición pública. Inhaló por la nariz, contó en silencio y expulsó el aire con cuidado. El procedimiento solía ayudar. Esa mañana apenas le permitió mantener el equilibrio.

—¿Señorita Saori?

La voz de una sirvienta la sacó del trance.

La mujer permanecía junto a la puerta, con las manos cruzadas frente al delantal. Era japonesa, de rostro demacrado y dedos callosos. Tenía el pelo recogido con pulcritud, aunque algunas hebras grises se habían soltado alrededor de sus sienes. No miró a Saori a los ojos. Ninguna de las sirvientas lo hacía últimamente. Todas inclinaban la cabeza y apartaban la mirada, como si ella estuviera de pie ante un altar.

—El coche está listo —dijo—. Los Santos llegarán al anochecer.

Santos. Otra palabra que ahora le erizaba la piel.

—Gracias, Sumire —murmuró Saori.

Forzó una sonrisa, aunque no sintió que el gesto le perteneciera. Sumire inclinó el cuerpo en una reverencia tan profunda que rozó la servidumbre y salió sin añadir nada. La puerta se cerró con suavidad, pero el clic de la cerradura sonó desproporcionadamente fuerte en la habitación.

Saori mantuvo la vista en la puerta. Luego apretó los dedos contra el borde del lavabo hasta que las uñas le dolieron. Quiso gritar que no era una diosa, que solo tenía dieciséis años y que no sabía qué significaban aquellas voces. Quería elegir su propia ropa, reírse de chistes estúpidos, enamorarse de alguien que no la mirara con temor ni se arrodillara al entrar en la habitación.

Pero el miedo era más fuerte que el deseo de protesta.

En los momentos de vacío, cuando las voces la arrastraban a un lugar atemporal, algo respondía dentro de ella. No era un sonido ni una memoria. Era una presencia que se extendía por su cuerpo, ocupaba sus sentidos y parecía conocer cada rincón de su conciencia. Algo que no era ella. Algo que llevaba siglos esperando.

El espejo se empañó con su aliento. Saori limpió el vaho con la palma. Por un segundo creyó ver, sobre su hombro, la silueta de una mujer acorazada con un yelmo y una lanza. La figura era alta, solemne y estaba rodeada por una luz pálida. Saori se volvió de golpe.

No había nadie.

Cuando miró otra vez, solo encontró su reflejo.

—¿Quién soy? —susurró.

El silencio, como siempre, fue su única respuesta.

Su mirada se apartó del espejo y cayó sobre el busto de bronce que dominaba el estudio contiguo. Mitsumasa Kido. La escultura había sido encargada años atrás y representaba al anciano con el porte severo que conservaba en sus fotografías. El metal no conseguía reproducir del todo la intensidad de sus ojos; tampoco la forma en que, en vida, parecía mirar más allá de las palabras y encontrar aquello que los demás intentaban esconder.

Ahora el busto parecía juzgarla desde el otro lado de la habitación.

—¿Esto es lo que querías, abuelo?

La pregunta se le atragantó antes de terminar. Mitsumasa había sido el arquitecto de todo: los niños arrancados de sus familias, enviados a lugares inhóspitos y sometidos a entrenamientos brutales, solo para regresar convertidos en armas vivientes. Santos. Sus Santos. La Fundación Graad había dispuesto el dinero, los medios y la discreción necesarios; el Santuario había aportado la tradición, los maestros y las Armaduras. Saori había crecido en medio de aquel proyecto sin comprender cuánto sufrimiento contenía.

Un dolor agudo le atravesó el pecho. No era el vacío de sus lagunas de memoria, sino algo más terrenal y reconocible: culpa. La imagen de los muchachos enviados a entrenar se le mezcló con la de las sirvientas inclinándose ante ella y con la de Mitsumasa observándola desde su busto.

Durante un instante, quiso apartarse de todo aquello. Renunciar a las reuniones, a los Santos, a la Fundación y a la identidad que otros parecían haber decidido por ella. Pero algo dentro de su mente se tensó, como un mecanismo antiguo que no admitía interrupciones.

—No hay tiempo para dudas —murmuró.

Apretó los puños hasta que las uñas dejaron medias lunas en sus palmas. La frase no sonó como una decisión que hubiese tomado por voluntad propia. Se le presentó con la claridad de una orden, firme y serena, y Saori la obedeció antes de preguntarse por qué.

El plan debía continuar.

Cruzó la suite con pasos firmes, aunque la bata de seda se le enredaba en las piernas. El hotel había sido una de las propiedades más lujosas de Mitsumasa Kido en Nueva York. Desde las ventanas se veían avenidas, edificios altos y una ciudad que no parecía detenerse nunca. La suite ocupaba varios salones comunicados entre sí, con alfombras gruesas, muebles de madera oscura y cuadros escogidos por el propio Mitsumasa. Todo era amplio, caro y cuidadosamente dispuesto para que el dinero pareciera natural.

Al fondo, detrás de un biombo lacado, se encontraba el objeto que solo ella podía salvaguardar: la Caja de Pandora de Sagitario.

No era grande; apenas tenía el tamaño de un joyero, aunque su peso y su presencia parecían exceder sus dimensiones. Los relieves dorados representaban escenas de una guerra celestial: héroes alados y acorazados, bestias míticas que se enfrentaban bajo un cielo estrellado y, en el centro, un arquero apuntando hacia las alturas. La luz de la habitación se reflejaba en el oro, pero no era su brillo lo que llamaba la atención. La caja parecía guardar una luz propia, tenue y profunda, que palpitaba bajo la superficie.

Saori extendió la mano, pero se detuvo a centímetros de la tapa.

—¿Qué son los Santos, en realidad?

La pregunta quedó suspendida entre ella y la Caja. No eran solo guerreros. Tampoco eran únicamente huérfanos reclutados y manipulados por un multimillonario. Había algo más. Lo había visto en el modo en que sus Cosmos se encendían durante las batallas, en la gravedad con que pronunciaban el nombre de Atena y en la manera en que algunas Armaduras parecían reconocer a sus portadores.

Su reflejo se deformó sobre el oro. El metal parecía luchar por rechazar incluso su imagen. Saori retiró la mano. La última vez que había tocado la Caja tenía siete años.

Recordaba el calor.

No había sido como el de una llama. Era más profundo, más antiguo, como si hubiera sumergido la mano en el núcleo de una estrella. El dolor había llegado de inmediato. Sus dedos se enrojecieron y empezaron a ampollarse antes de que los sirvientes pudieran apartarla. Ella gritó, y alguien la envolvió en una manta mientras otros corrían a buscar ayuda.

Pero lo que más la aterrorizó no fue la agonía física.

Fue el cambio en su cabello.

Un solo mechón sobre la sien izquierda perdió su tono castaño en cuestión de segundos. Saori recordaba haberlo visto caer delante de sus ojos, pálido al principio, luego teñido de un violeta profundo. Para cuando Mitsumasa llegó —corriendo como nunca lo había visto correr—, aquel rizo ya era del color que ahora dominaba partes de su melena.

—No te acerques a esto de nuevo, pequeña paloma —le había dicho esa noche.

El anciano le sostuvo las manos vendadas entre las suyas. No había ira en su voz, solo miedo. Saori recordaba la manera en que Mitsumasa trataba de ocultarlo, la presión protectora de sus dedos y la rapidez con que pidió a todos los presentes que salieran de la habitación. En aquel momento creyó que la estaba protegiendo de la Caja.

Al día siguiente comenzaron las voces.

Ahora, años después, estaba nuevamente frente al cofre. Su respiración se aceleró y tuvo que apoyar una mano en el biombo para no retroceder. ¿Por qué solo Mitsumasa podía tocarlo? El anciano había levantado la Caja sin esfuerzo, como si fuera un simple relicario. Incluso en sus últimos días, cuando el cáncer parecía devorarle los huesos, la acariciaba con una devoción que a Saori le resultaba incomprensible.

—Tu herencia —la había llamado—. Lo único que importa.

Pero nunca le había dicho de quién era esa herencia.

Saori Kido no aparecía en ningún registro familiar. El clan Kido no tenía herederos legítimos, y Mitsumasa nunca se había casado. Ella había crecido creyendo que era su nieta adoptiva, bastarda de un bastardo de Kido tal vez, pero había documentos que no cuadraban y silencios que resultaban demasiado estudiados. ¿Era hija de algún vástago secreto? ¿La descendiente de una rama que Mitsumasa había ocultado? ¿O había algo peor en la respuesta?

El dinero había borrado todo rastro. Periódicos, gobiernos e incluso la Iglesia habían guardado silencio ante las donaciones de la Fundación Graad. Las fotografías familiares podían desaparecer; los registros podían corregirse o perderse; las preguntas podían quedar sin contestación durante años. Pero el amor de su abuelo —¿o era su guardián?— había sido tan vasto como sus mentiras.

Un golpe seco la sobresaltó.

La puerta se abrió antes de que Saori pudiera apartarse de la Caja. Jabu de Unicornio cruzó el umbral con la mezcla de torpeza y solemnidad que lo acompañaba desde la infancia. Su armadura no estaba puesta, pero llevaba la postura de un Santo que había aprendido a presentarse ante una autoridad. Al verla, se inclinó enseguida.

—Mi señora.

Antes de que Saori pudiera protestar, ya estaba arrodillado. La frente casi le rozó el suelo de mármol.

El gesto le revolvió el estómago.

De niños, Jabu había sido su primer —y único— amigo entre los Santos. Mientras los demás entrenaban hasta sangrar, él encontraba la forma de acercarse a ella. Le llevaba flores robadas de los jardines y se las entregaba con una sonrisa que le arrugaba los ojos.

—Para la princesa —decía.

Saori se reía y le ordenaba que no se inclinara tanto. A veces le quitaba las flores y se las ponía en el cabello; otras, lo perseguía por los senderos hasta que los dos terminaban riendo. En aquellos recuerdos, Jabu era un niño que compartía con ella juegos y pequeños secretos. No era un sirviente ni un guerrero que cumplía un juramento.

Pero, al ver su nuca expuesta ante ella, la princesa de su memoria pareció desaparecer. Solo quedó alguien a quien se le debía reverencia.

—Levántate, Jabu —dijo Saori, esforzándose para que su voz no traicionara el nudo en la garganta—. No hagas eso.

El Santo levantó la cabeza, confundido. Sus ojos, antes llenos de camaradería infantil, ahora brillaban con una devoción que la sofocaba.

—Perdóneme, mi señora. Pero es mi deber. Los Santos de Andrómeda y del León Menor han llegado de Japón. Esperan en el ala este.

Saori apretó los dientes. Shun. Seiya. Los nombres resonaron como presagios de un futuro que se precipitaba hacia ella. No sabía si debía alegrarse de que estuvieran vivos, temer lo que podían preguntarle o preocuparse por la manera en que los recibiría. La presencia de ambos no era solo una reunión con antiguos conocidos. Representaban el resultado de los planes de Mitsumasa y las consecuencias que Saori llevaba días tratando de comprender.

—¿Y cómo están? —preguntó, forzándose a sonar humana.

Jabu parpadeó, sorprendido de que le preguntara por ellos. Durante un instante pareció buscar una respuesta formal. Luego la rigidez de su rostro cedió un poco.

—Andrómeda parece tranquilo, mi señora. Pero el León Menor…

Una sonrisa casi nostálgica cruzó su rostro.

—Igual que siempre. Terco como una mula.

Por un momento, el Jabu de su infancia reapareció. Saori casi rió, casi lo abrazó, casi le recordó que ambos seguían siendo personas. La memoria le devolvió la imagen de un niño con las manos llenas de flores y las rodillas raspadas, que se esforzaba por hacerla sonreír sin inclinarse demasiado.

Pero Jabu bajó la mirada de nuevo, y el momento se hizo añicos.

—Gracias —murmuró Saori, con una frialdad que no sentía—. Diles que iré pronto.

—Sí, mi señora.

Jabu se inclinó otra vez antes de retirarse. Saori no consiguió detenerlo. Cuando la puerta se cerró, se llevó las manos a la cara. El cabello le rozó las mejillas y la seda de la bata crujió bajo sus dedos.

¿Por qué su reverencia dolía tanto?

Porque era sincera.

El gran salón del hotel de Mitsumasa Kido en Nueva York era una oda al lujo desmedido. Las lámparas de araña de cristal extendían una luz dorada sobre las alfombras persas, gruesas y suaves, que silenciaban cada paso. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y terciopelo carmesí. En ellas colgaban obras de arte de valor incalculable, elegidas para llenar el espacio sin hacerlo parecer un museo.

En el centro, una fuente de mármol con estatuas clásicas murmuraba mientras el agua caía sobre una pileta circular. El sonido era delicado, casi sereno, pero no alcanzaba a disipar la impresión de que todo en el salón había sido colocado para demostrar poder. El mobiliario, los candelabros y hasta las flores frescas parecían formar parte de una puesta en escena cuidadosamente dispuesta por la Fundación Graad.

Seiya se encontraba de pie junto a su Caja de Pandora. La armadura del León Menor estaba limpia y pulida tras los cuidados exprés de la Fundación, y el cofre descansaba a sus pies, con el emblema del león reflejando la luz. Él, en cambio, no parecía impresionado por la elegancia del lugar. Tenía las cejas ligeramente fruncidas y los brazos cruzados sobre el pecho.

El ambiente le resultaba demasiado pulcro. Después del Santuario, los caminos, el barco y el viaje a Japón, el salón parecía pertenecer a un mundo que no tenía relación con su vida. Las alfombras absorbían el sonido de sus botas, el aire estaba perfumado y hasta el agua de la fuente parecía seguir un ritmo ensayado.

A pocos metros, Shun descansaba junto a la pileta. Se había apoyado en el borde de mármol, con la mirada fija en una flor de loto que flotaba sobre el agua. La humedad del salón le resultaba agradable después de los años de entrenamiento en la remota Isla Andrómeda. Allí, el aire salado y las olas habían formado parte de su vida diaria; por eso, incluso el murmullo de la fuente parecía ofrecerle un breve recuerdo de tranquilidad.

Sus ojos seguían el desplazamiento lento de la flor. El agua la hacía girar con suavidad y los pétalos se inclinaban cada vez que la corriente la acercaba a la pared de la pileta. Shun no parecía preocupado por la tensión que crecía en el salón. Su calma no era descuido; era una forma de permanecer presente sin dejarse arrastrar por los gestos ajenos.

La puerta se abrió y Jabu irrumpió en el salón con sus habituales ínfulas de grandeza. Su figura, más imponente que en la infancia, no lograba ocultar la torpeza de sus movimientos. Entró con demasiado impulso, casi rozó una mesa lateral y recuperó el equilibrio como si aquel paso en falso hubiera sido deliberado.

Su voz resonó en el espacio amplio:

—¡Así que finalmente se dignan a aparecer, Santos de pacotilla!

Se pavoneaba con las manos en las caderas, como un gallo de riña que acabara de descubrir un público. Su mirada de desaprobación se detuvo primero en la ropa de Seiya y después en la de Shun.

—¡Y con esas pintas! ¿Es que acaso no saben presentarse ante la señorita Kido? ¡Qué vergüenza! Más de siete meses de retraso y llegan como si vinieran de un campamento de gitanos. Obtuvieron sus Mantos Sagrados más tarde de lo indicado y ahora se atreven a mostrarse así. ¿Creen que la Fundación Graad es una lavandería barata?

Seiya lo observó sin responder. El tono de Jabu no le era desconocido; tampoco la necesidad de demostrar su superioridad delante de otras personas. La diferencia era que ahora el muchacho no sentía ninguna inclinación a reírse o a devolverle la broma. Había atravesado el Santuario, soportado un enfrentamiento con Shaina, viajado de manera clandestina y llegado a Nueva York sin saber qué querían de él. La paciencia que le quedaba se había vuelto escasa.

Shun apenas parpadeó. Su mirada seguía fija en la flor. La retahíla de insultos se deslizaba sobre él como el agua sobre los pétalos. No parecía ignorar a Jabu; sencillamente, no consideraba necesario responderle.

Seiya, en cambio, notó cómo su paciencia se agotaba. Su mandíbula se tensó. La irritación le subió por el cuello y los puños se cerraron lentamente, aunque mantuvo los brazos cruzados.

—¿Terminaste ya tu espectáculo, Jabu? —preguntó.

Su voz fue tranquila, casi un susurro, pero llevaba una amenaza implícita. El tono sereno hizo que la frase sonara más dura que un grito. Alrededor de ellos, los sirvientes que ordenaban la sala detuvieron sus movimientos. La fuente siguió murmurando, y el agua continuó su curso, ajena a la disputa.

El rostro de Jabu se contorsionó en un rictus de ofensa. No estaba acostumbrado a que lo desafiaran, mucho menos a que alguien lo silenciara delante de los demás. Un rubor le cubrió las mejillas.

—¿Mi espectáculo? —replicó, con la voz algo más aguda—. ¡Lo que estás viendo, Seiya, es la disciplina y el respeto que tú y tu amiguito andrógino carecen! ¡Siempre fuiste un irrespetuoso!

Seiya descruzó los brazos.

—¿Irrespetuoso yo? —dijo. Su voz continuó baja y peligrosa—. Y tú sigues siendo el mismo perro faldero de siempre. ¿O tal vez el nuevo poni de la señorita? Yo no vine a verla a ella, sino al viejo Kido.

Jabu palideció. La mención de Mitsumasa pareció haberlo herido más que el insulto anterior. Levantó la barbilla, tratando de recuperar el control de la discusión, pero la tensión en sus hombros lo traicionaba.

—¡Cállate! ¡El señor Mitsumasa no querría verte, desagradecido! Él hizo una donación invaluable al mundo, y tú no eres digno ni siquiera de mencionarlo.

Un sonido gutural escapó de la garganta de Seiya.

No era todavía una palabra ni un grito. Era el sonido de un Cosmos que comenzaba a levantarse bajo la piel. El salón pareció estrecharse a su alrededor; la luz de las lámparas se reflejó con mayor intensidad en el oro de la Caja.

El Cosmos de Seiya se expandió violentamente. No surgió como una ráfaga que se disipara al instante, sino como una presión creciente, un aura dorada y peligrosa que lo rodeó. Al mismo tiempo, Jabu liberó su propia energía. Su Cosmos explotó con una furia cruda e impulsiva, y ambas fuerzas chocaron en el espacio entre ellos.

La cristalería del salón comenzó a vibrar con un chirrido agudo. Las copas vacías se balancearon sobre las mesas y varias piezas tintinearon unas contra otras. El agua de la fuente burbujeó con más fuerza. La flor de loto que Shun observaba empezó a temblar, girando sobre la superficie.

Shun no se inmutó. Sus ojos permanecieron fijos en la flor, aunque su postura se volvió un poco más alerta. La tranquilidad que lo rodeaba no era indiferencia: era una calma tan firme que el choque de Cosmos apenas parecía alterarla.

Los sirvientes de los pisos contiguos no fueron tan afortunados. De un momento a otro, un terror sin nombre invadió sus almas. Un escalofrío les recorrió la espalda; la piel se les erizó y un pánico irracional los hizo gritar y correr. Algunos abandonaron las bandejas que llevaban; otros se aferraron a las paredes, buscando una salida sin entender qué los había asustado.

No veían a los Santos ni comprendían lo que estaba ocurriendo. Solo sentían la presión de dos energías jóvenes y volátiles que habían dejado de contenerse. Era un miedo primordial, una advertencia del cuerpo ante algo que excedía su experiencia.

—¡Alto!

La voz de Saori Kido resonó en el salón y cortó la tensión como un filo de acero.

Había llegado a la entrada. Su presencia era innegable. Vestía con elegancia y llevaba la espalda erguida, pero el peso de su autoridad no provenía de la ropa ni del rango de la Fundación. Tenía dieciséis años y, aun así, en aquel instante parecía encarnar algo mucho más antiguo que una joven heredera.

Seiya retrocedió. Su Cosmos, que se había disparado como una llamarada, se retrajo con la misma rapidez. La mirada que hasta hacía un momento estaba llena de desafío cayó al piso. Se sintió abochornado, como cuando Aiolia lo reprendía por su imprudencia, cuando Marin le señalaba una falta durante el entrenamiento o cuando el Patriarca le hablaba y él comprendía, demasiado tarde, que había cruzado un límite.

Lo que más le molestaba era que no entendía de dónde venía aquella sumisión.

De Saori solo recordaba a una niña de papá, malcriada y caprichosa; una humana corriente con ínfulas de princesa. Pero ahora había algo más. Algo que trascendía su belleza, su riqueza e incluso el linaje de los Kido. Era una presencia, un aura que le recordaba la sabiduría imponente del Santuario.

El brillo zarco de sus ojos pareció intensificarse. Su figura era pequeña en comparación con los hombres del salón, pero se alzaba con una seguridad que la hacía parecer inmensa. Seiya sintió que la sangre se le enfriaba. Ya no veía a la niña que lo había exasperado durante su infancia, sino a una fuerza que su cuerpo reconocía y respetaba antes de que su mente pudiera comprenderla.

El silencio se instaló en el salón. Saori controlaba la escena sin necesidad de acercarse. Jabu, con la furia aún latente, se había quedado mudo. Su postura seguía desafiante, pero ya no parecía dispuesto a lanzarse sobre Seiya.

Shun levantó la mirada de la flor. Sus ojos verdes se posaron en Saori. En ellos no había el desafío de Seiya ni la devoción rígida de Jabu. Tras unos segundos, inclinó la cabeza con una formalidad poco habitual en él.

—Mi maestro, Albiore de Cefeo, envía sus saludos y desea saber cuál es su objetivo.

Saori no supo qué responder.

La pregunta la tomó por sorpresa. Por un instante, su fachada de autoridad titubeó. Albiore de Cefeo: el Santo de Plata de la Isla Andrómeda, el maestro de Shun. Según los rumores, se había negado a obedecer al Santuario y había entrenado a su discípulo lejos de sus órdenes. Saori conocía fragmentos de aquella historia, pero no sabía qué había contado Albiore a Shun ni cuánto sabía el joven sobre la situación.

—¿Cuál es mi objetivo? —repitió, como si necesitara ganar tiempo.

Las palabras que siguieron no parecieron surgir de una decisión consciente. Saori sintió que algo se movía en su interior, una presencia que tomaba forma en su voz antes de que ella pudiese detenerla. La frase llegó completa, firme y antigua, como si la hubiera pronunciado muchas veces en otra época.

—En mi posesión se encuentra uno de los doce Mantos de Oro —declaró.

Su voz resonó en el vasto salón. La mirada abarcó a los Santos presentes, pero no se detuvo en ninguno de ellos.

—Es mi deseo ver quién entre ustedes es digno de portarlo, para mantener la paz en el mundo.

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El despertar del Cisne

  [Índice]

El frío de la tormenta no le afectaba.

Los copos caían sobre sus hombros y se fundían antes de llegar a tocarlo, como si la nieve recordara, al acercarse a su cuerpo, que no tenía derecho a cubrirlo. El viento barría la llanura helada y azotaba las tiendas de la aldea, pero alrededor del joven parecía desviarse. No había calor visible ni una llama que lo protegiera; solo una quietud extraña, una delgada frontera que mantenía a raya la ventisca.

Permanecía inmóvil ante el bloque de hielo eterno, como un centinela olvidado por el tiempo. Llevaba una camisa azul sin mangas que ondeaba perezosamente sobre su torso delgado y definido. El tejido se agitaba apenas, aunque a su alrededor el viento rugía con violencia. Sus botas, hundidas en la escarcha, crujían cada vez que cambiaba el peso de una pierna a la otra. No llevaba abrigo ni protección contra el clima. Tampoco parecía necesitarla.

El glaciar se alzaba frente a él, alto y liso, aislado de las formaciones que lo rodeaban. Su superficie era tan pulida que devolvía el reflejo de los presentes con una claridad inquietante. No tenía las protuberancias ni las grietas habituales de un bloque de hielo natural. Parecía haber sido tallado, aunque no se distinguían marcas de herramientas. La luz gris del cielo se extendía sobre la superficie y se perdía en sus profundidades, como si el hielo hubiera absorbido todos los colores del paisaje.

A pocos pasos, el anciano de la aldea inuit se sujetaba la capucha de piel con una mano. El viento le había agrietado los labios y le hacía entrecerrar los ojos, pero no dejaba de mirar al visitante. Había visto llegar a otros hombres con palabras de entrenamiento y promesas de gloria. Algunos habían llevado insignias del Santuario; otros, ropa de exploradores y aparatos que ninguno en la aldea podía nombrar. Todos habían terminado frente al mismo bloque de hielo.

—Nadie ha podido romperlo —dijo el anciano—. Ni siquiera los que vinieron del Santuario. Ni siquiera los que murieron intentándolo.

Su voz era áspera por el viento, aunque no le faltaba firmeza. Había temor en ella, pero también la cautela de quien se ha acostumbrado a convivir con un misterio demasiado grande para explicarlo. El viejo no hablaba como un hombre que quisiera asustar a Hyōga; hablaba como quien le advertía que no debía confundir la juventud con la invulnerabilidad.

El joven no respondió.

Sus ojos azules recorrieron la superficie del glaciar. Eran demasiado claros, demasiado atentos; parecían guardar recuerdos que no correspondían a su edad. Se detuvieron en las vetas apenas visibles bajo el hielo, en las sombras atrapadas en su interior y en el reflejo distorsionado de la figura que tenía delante. Por un instante, Hyōga tuvo la impresión de que no estaba observando un bloque de hielo, sino una puerta cerrada sobre una historia que nadie había podido terminar de contar.

—Dicen —continuó el anciano, como si necesitara llenar el silencio antes de que los dioses descendieran a castigarlo— que fue un Santo de Oro quien lo creó. Hace décadas. Un muchacho como tú. Pero más terrible. Más frío que el hielo que dejó atrás.

Hyōga no apartó la vista del glaciar.

—¿Quién lo dijo?

El anciano encogió los hombros dentro de su abrigo.

—Los que viven aquí desde antes de que yo naciera. Y los que vinieron desde el sur a buscar lo que había quedado atrapado. Algunos dijeron que el hombre de hielo era un Santo. Otros no se atrevieron a llamarlo hombre.

El viento hizo crujir las pieles de las tiendas. En la distancia, una puerta golpeó contra su marco y alguien gritó para que la cerraran. Nadie se acercó al glaciar. Los habitantes de la aldea se mantenían lejos, detrás del anciano y de las construcciones más próximas, observando desde una distancia que parecía haberse convertido en una costumbre heredada.

Hyōga se arrodilló lentamente.

La nieve se acumuló sobre una rodilla y se deslizó por la tela azul de su pantalón. Apoyó una mano enguantada en el suelo y puso la otra, desnuda, contra la superficie del hielo. La diferencia entre ambas manos era evidente: el guante protegía una de ellas del contacto directo; la otra tocó el glaciar sin vacilar.

No tembló.

El anciano retrocedió. No supo explicar por qué. Algo había cambiado en el viento, aunque la tormenta seguía soplando en la misma dirección. La presión del aire parecía moverse alrededor de Hyōga, como si la ventisca hubiese empezado a rodearlo en círculos. El viejo sintió un estremecimiento que no provenía del frío.

Hyōga cerró los ojos.

Su Cosmos comenzó a expandirse.

No surgió como una llamarada ni como una explosión visible. Primero fue un brillo gélido y tenue, apenas una línea de luz bajo la piel. Luego se extendió a su alrededor con la precisión de un cristal que crece en silencio. Su energía no perseguía el calor ni lo consumía. Parecía retirar el movimiento del aire, enfriar la distancia entre las cosas y obligar a cada copo a detenerse antes de tocarlo.

La temperatura bajó.

El anciano cayó de rodillas. No fue un golpe lo que lo hizo desplomarse, sino la presión repentina que le cerró el pecho. Intentó aspirar aire y sintió que le costaba llenar los pulmones. El viento continuaba soplando, pero su ruido se había vuelto distante, casi apagado.

El hielo, en cambio, respondió.

Una grieta débil apareció bajo la mano desnuda de Hyōga. No se extendió más que unos centímetros, y apenas podía distinguirse sobre aquella superficie inmensa. Sin embargo, allí estaba. Por primera vez en décadas, el glaciar había reaccionado.

Como si reconociera a uno de los suyos.

—Sin duda, es obra de mi maestro —murmuró Hyōga. Su voz era baja, casi dirigida al hielo—. Siempre me pregunté por qué sellaría una Armadura de Bronce con más secreto que algunas de Plata.

Dejó que su mano descansara sobre el bloque. La grieta no avanzó. El glaciar conservó su silencio, aunque una vibración delicada llegó hasta su palma.

Hyōga hizo una pausa. No necesitó abrir los ojos para recordar las palabras que su maestro había pronunciado durante el entrenamiento. Tampoco tuvo que imaginar su rostro. La memoria se encontraba allí, mezclada con la dureza de las lecciones, con la paciencia que rara vez se expresaba en palabras y con el frío que el maestro había convertido en su disciplina.

—Bueno —añadió, con un humor leve y cansado—. Supongo que es mejor que matar a un compañero de entrenamiento en combate.

El viento se detuvo por un momento.

No se apagó poco a poco. Simplemente dejó de soplar, como si las palabras hubiesen tocado algo sagrado o maldito. Los copos quedaron suspendidos durante una fracción de segundo. El anciano levantó la cabeza. Las pieles de las tiendas dejaron de agitarse y hasta el ruido de la aldea pareció retirarse bajo una capa de silencio.

Un sollozo rompió la quietud.

Entre los copos inmóviles apareció un niño. Apenas se distinguía bajo las gruesas túnicas de piel de foca que llevaba encima. Tenía las mejillas rojas, los ojos húmedos y la nariz enrojecida por el frío. Las lágrimas que le habían caído por el rostro se secaban de inmediato con el viento.

—¡Hyōga, no mueras! —gritó.

El niño tropezó al correr hacia él. Sus botas se hundieron en la nieve y los brazos se le movieron torpemente para recuperar el equilibrio. El anciano se volvió hacia él, pero no alcanzó a detenerlo. El muchacho llegó hasta Hyōga y se aferró a sus piernas con toda la fuerza de sus pequeños brazos.

Hyōga apenas giró la cabeza.

El niño apretó la cara contra su ropa. El llanto le sacudía los hombros, aunque trataba de contenerlo. Había visto a otros hombres ir hasta el glaciar. Había escuchado sus promesas, sus gritos y, después, el silencio que seguía a sus intentos. Para él, el nombre de Hyōga ya estaba ligado al temor de perder a alguien más.

El joven puso una mano sobre la cabeza del niño. El gesto fue ligero, casi cuidadoso, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera asustarlo más.

—No moriré.

Su voz era suave, como la brisa que precede a una tormenta. No sonó como una jactancia ni como una promesa hecha para tranquilizarlo. Hyōga hablaba con la seguridad de quien conocía el peligro y, aun así, había decidido continuar.

—Por eso vine. Por eso entrené durante diez años.

El niño lloró en silencio. Sus brazos no se aflojaron alrededor de las piernas de Hyōga. No sabía si creerle. Otros habían dicho lo mismo: hombres del sur, viajeros que hablaban de estrellas y guerreros que traían símbolos del Santuario. Habían asegurado que podían abrir el hielo. Algunos incluso habían dicho que la Armadura los esperaba.

Ninguno había regresado.

Pero Hyōga era diferente.

El niño no podía explicar por qué. Quizá era la manera en que el joven miraba el bloque de hielo, sin desafiarlo ni suplicarle. Tal vez era la calma con que había recibido la tormenta, o el hecho de que no intentara apartarlo cuando se abrazó a sus piernas. Hyōga no parecía ignorar el peligro. Parecía escucharlo.

El Cosmos se expandió de nuevo.

Esta vez no fue un destello tenue. Se deslizó por la nieve como una onda invisible, sin levantarla ni dispersarla. El campo alrededor del glaciar pareció perder profundidad. Los sonidos se alejaron y el color del cielo se volvió más pálido. La energía de Hyōga no se extendía como un fuego; abría una grieta silenciosa en el núcleo del mundo.

Con el frío llegaron los recuerdos.

El rostro de una madre perdida en las profundidades. La imagen de un cuerpo inmóvil bajo el agua helada. El silencio de un barco atrapado entre masas de hielo. Una promesa hecha a un maestro de ojos glaciales. Y, bajo todo aquello, la soledad que nunca dejaba de dolerle, incluso cuando se acostumbraba a ella.

Hyōga no apartó la mano del glaciar.

No podía olvidar a su madre. Tampoco podía dejar que el recuerdo lo gobernara. Cada vez que buscaba el hielo, una parte de él volvía a las profundidades donde ella había quedado. El entrenamiento le había enseñado a transformar el dolor en concentración, pero no a borrarlo. Aquel peso seguía dentro de él, como una segunda temperatura.

Ante su mano, el glaciar tembló.

La vibración recorrió el monolito desde la superficie hasta el centro. No era un sonido, sino una respuesta que se transmitió por el brazo de Hyōga. La grieta inicial se prolongó un poco más y se bifurcó en dos líneas finas.

El hielo aún no se rompió.

Pero, por primera vez en décadas, respondió.

Hyōga se levantó despacio y dio un paso adelante, entrando en la ventisca como quien cruza el umbral de una catedral en ruinas. El niño soltó sus piernas. No intentó detenerlo otra vez. Se quedó cerca del anciano, con las manos apretadas contra el pecho, observando cómo la figura azul se alejaba hacia el bloque.

El viento cortaba como cuchillas, pero el Cosmos de Hyōga ardía alrededor de su cuerpo. No era fuego, sino una combustión inversa: una expansión glacial que desafiaba la naturaleza. Se formó un campo invisible de frío absoluto, un vacío térmico que rechazaba la ventisca. La nieve dejó de caer sobre él. Los copos se desintegraban al acercarse y desaparecían en el silencio.

El cuerpo se mantenía cálido.

Su alma, en cambio, descendía.

El glaciar se alzaba ante él como un ataúd de hielo eterno, incoloro e intemporal. No parecía guardar solo una armadura. La superficie había quedado congelada en un momento de desesperación, como si el universo hubiese encerrado dentro de ella una voluntad que todavía se resistía a desaparecer. Ninguna técnica ordinaria habría podido darle aquella forma. No era un bloque natural, sino una prisión ancestral.

Camus.

El Mago de Hielo.

Hyōga respiró hondo. El aire frío entró en sus pulmones y se volvió parte de su concentración. Cerró los ojos y buscó la forma de su Cosmos, la disciplina que Camus le había enseñado y el control que todavía intentaba alcanzar.

No iba a golpear el glaciar con rabia. No pretendía destruirlo por fuerza bruta. Debía encontrar la temperatura adecuada, la frecuencia precisa, el punto en el que el hielo dejara de resistir sin quebrarse de manera descontrolada. El maestro le había enseñado que el frío tenía límites, pero también que esos límites podían tocarse sin atravesarlos.

Hyōga levantó el brazo.

—¡Polvo de Diamantes!

El Cosmos explotó sin violencia y sin sonido.

Una onda surgió de su puño. No fue un golpe convencional, sino una ausencia: el movimiento del aire se comprimió, el vapor se congeló en formas fractales y, en un suspiro blanco, la escarcha de diamante se estrelló contra el glaciar. La descarga recorrió el espacio con una velocidad que el ojo apenas pudo seguir.

El contacto fue imperceptible.

Durante un segundo, no ocurrió nada.

Hyōga mantuvo el brazo extendido. La energía abandonó su cuerpo y desapareció en la superficie. El glaciar conservó su forma, sin fragmentos ni señales de ruptura. El niño contuvo el aliento. El anciano bajó la cabeza, quizá convencido de que había presenciado otro intento fallido.

Entonces el glaciar comenzó a cantar.

No se escuchó una grieta, sino un lamento profundo. Era una canción formada por presión y resistencia, por siglos de voluntad contenida. El sonido parecía nacer en el interior del hielo y atravesar la nieve antes de llegar a los oídos. Las líneas que recorrían la superficie se desplegaron como flores de escarcha o cicatrices sagradas.

El hielo aún no se rompía.

Pero una luz azul se filtró desde su núcleo.

Hyōga bajó el brazo. No apartó la vista. Su golpe había sido perfecto, aunque sabía que eso no bastaba. El glaciar había recibido la técnica, había respondido, pero seguía cerrado. La verdadera batalla comenzaba ahora.

El hielo no cedería sin luchar.

El joven se quedó quieto mientras la vibración disminuía. Sentía el agotamiento en los músculos del brazo, pero no permitió que se reflejara en su rostro. Su respiración era controlada. El Cosmos permanecía alrededor de él, atento a la respuesta del glaciar.

Entonces llegó algo que ni el viento, ni el hielo, ni siquiera Hyōga habían previsto.

Desde dentro del monolito surgió una vibración distinta.

Un pulso. Un latido.

Hyōga abrió los ojos. Su Cosmos no solo había golpeado el hielo: lo había despertado. Algo dentro del glaciar respondió, primero como una luz tenue, semejante a un suspiro atrapado bajo el cristal, y luego como una presión creciente, una conciencia antigua que se extendió por la superficie.

El hielo se fracturó desde el interior. Las grietas se multiplicaron con una precisión inhumana. No nacían de zonas débiles ni se abrían al azar; se ramificaban en diseños que parecían trazados por una voluntad. El glaciar no cedía por debilidad. Algo estaba liberándose.

El anciano se cubrió la boca con una mano. El niño dio un paso atrás, sin apartar los ojos del monolito. La luz azul se hizo más intensa y recorrió las grietas como sangre bajo una piel transparente.

Con un rugido silencioso, el ataúd se partió.

Las dos mitades se separaron apenas unos centímetros. Una ráfaga de aire gélido salió del interior y levantó la nieve alrededor de Hyōga. El joven no retrocedió. Sus ojos seguían fijos en el núcleo del glaciar, donde una forma metálica comenzó a desprenderse del hielo.

La Armadura del Cisne emergió como un ave que alza el vuelo.

No cayó ni flotó sin rumbo. Se elevó sobre la ventisca, trazando una curva elegante entre los copos de nieve. El niño la vio ascender como si el alma del Ártico hubiera encontrado una forma. Las piezas plateadas y azules reflejaban el resplandor del hielo; por un instante, todo el paisaje pareció formar parte de la armadura.

La Cloth giró en el aire.

Su silueta recordaba la de un cisne con las alas extendidas. Cada placa poseía un brillo propio, y el conjunto transmitía una belleza severa, sin adornos innecesarios. No era un objeto abandonado. Parecía haber esperado durante décadas a alguien capaz de despertarlo.

A mitad de su vuelo, comenzó a desintegrarse.

No como algo que muere, sino como algo que regresa. Las placas se separaron en fragmentos de luz azul y plateada. Giraron alrededor de Hyōga en una espiral que no levantó la nieve. Sus ropas se disolvieron, deshechas por el Cosmos divino, y las piezas de la Armadura comenzaron a ensamblarse sobre su cuerpo.

Primero se ajustó una malla metálica azul, de textura helada, que cubrió su torso como una segunda piel. No era rígida; se adaptaba a sus movimientos sin perder la protección de sus pequeñas placas. Luego se formaron los guanteletes, que enfundaron sus brazos. Uno se expandió y adquirió la forma de un escudo alado, elegante y firme.

Las hombreras se asentaron con un susurro de acero templado. La diadema rodeó su frente, y un cinturón ornamentado se abrochó a su cintura. Finalmente, las grebas completaron la armadura, cubriendo las piernas con una austeridad que armonizaba con el paisaje.

El proceso concluyó en unos segundos.

Hyōga permaneció de pie, vestido con la Armadura del Cisne. El viento aulló como un lamento ancestral y sus alas metálicas reflejaron la luz azul que aún emanaba del glaciar.

La Cloth no era una reliquia sin vida.

Era un legado viviente, un pacto entre el hielo y el alma. Y ahora le pertenecía a Hyōga.

El niño lo contemplaba desde lejos. El anciano, todavía arrodillado, no lograba apartar la mirada. Ninguno de los dos se acercó. La figura del joven parecía pertenecer al mismo paisaje que lo había rodeado desde el inicio: la nieve, las montañas y el bloque de hielo abierto formaban un escenario tan antiguo como la armadura que acababa de despertar.

El viento comenzó a cambiar de dirección.

Una figura descendió por la ladera nevada. Vestía como un investigador polar: abrigo sintético gris, guantes térmicos y gafas para la nieve. Su paso era preciso, pero no tenía la cautela de quien teme resbalar. Avanzaba con una facilidad que no provenía de la ropa ni del equipo. Su Cosmos, disciplinado y helado, lo protegía de la tormenta.

La ventisca amainó a su paso, como si reconociera en él a otro Santo.

Hyōga se volvió hacia la figura. Los fragmentos de hielo todavía flotaban alrededor del glaciar y el resplandor de su Armadura se reflejaba en las gafas oscuras del recién llegado. El hombre se detuvo a unos pasos y se las quitó. Sus ojos eran azules, fríos y serenos, pero no había resentimiento en ellos.

—Superior Alexei —saludó Hyōga formalmente.

Ocultó la emoción que se le había agolpado en el pecho. No era fácil mostrarla. El maestro de ojos glaciales le había enseñado a contener sus impulsos y a distinguir entre lo que debía sentir y lo que debía permitir que los demás vieran.

Alexei asintió.

—Lo has hecho bien, Hyōga. El Cisne ha regresado. Lo necesitábamos.

Su voz no mostraba orgullo. Solo gravedad. Miró el glaciar abierto y las grietas que se extendían sobre su superficie. La armadura de Hyōga reflejaba en ellas destellos azules.

—Muchas Armaduras ensangrentadas —de Bronce y de Plata— se perdieron en guerras pasadas —continuó—. Pero pocos entienden que algunas no fueron destruidas. Algunas se escondieron. Algunas… durmieron. La tuya fue una de ellas.

Hyōga bajó la mirada hacia su guantelete. El metal tenía un resplandor frío y limpio. Las alas del Cisne parecían plegadas sobre su brazo, pero cada curva de la pieza estaba diseñada para moverse con él.

—¿Armaduras ensangrentadas?

Alexei se ajustó el cuello del abrigo. El viento levantó el borde de la prenda, pero su Cosmos permaneció estable.

—Armaduras que vieron demasiada sangre. Absorbieron la agonía de sus portadores y regresaron del Hades sin purificarse. Muchas fueron selladas y enterradas en los confines del mundo.

Su tono se oscureció. No miraba a Hyōga, sino al glaciar.

—Pero ahora, mientras las estrellas cambian de nuevo, están despertando. Y no todas lo harán en manos leales a la diosa.

El silencio cayó sobre ellos. El hielo gimió bajo sus pies y una línea de nieve se desprendió de una cornisa cercana. Ninguno se movió.

Hyōga no reaccionó enseguida. Las palabras de Alexei eran frías y afiladas. Se quedaron en su mente con la misma claridad que una herida recién abierta. Su mirada se detuvo en el brillo azul metálico del guantelete, pero ya no veía solamente la armadura. Pensaba en su madre, perdida en las profundidades; en la promesa hecha a Camus, y en la soledad que nunca había logrado dejar atrás.

El recuerdo de su padre también cruzó su mente: una sombra ausente, perdida entre la nieve de Vladivostok. Hyōga no había conseguido ordenar aquellas imágenes ni convertirlas en una historia completa. El nombre de Mitsumasa Kido, sin embargo, hacía que todo pareciera menos lejano.

—Nueve Armaduras de Bronce, quizás más —dijo Alexei, observando el hielo destrozado—. No fueron robadas. Las obtuvieron aprendices que después desaparecieron. Fueron entrenados y luego desertaron. Como si todo se hubiese planeado desde hace mucho tiempo.

Hyōga apretó los dientes.

—¿Quién los entrenó?

—Todavía no lo sabemos. No cazamos ladrones. Cazamos ex-Santos.

Alexei se volvió hacia él.

—Tu nombre está entre los cien niños japoneses reclutados por Mitsumasa Kido.

Hyōga no lo negó. La nieve se acumuló sobre las alas de su Armadura y se deslizó antes de derretirse. Una parte de él quiso preguntar qué sabía Alexei, cuánto tiempo llevaba el Santuario vigilando a Kido y por qué nadie le había hablado de aquellos reclutas antes. Sin embargo, mantuvo la boca cerrada. No quería convertir la conversación en una disputa antes de conocer el propósito de su visita.

Alexei se ajustó el cuello del abrigo. Sus movimientos eran sobrios, pero la tensión de sus hombros delataba que la misión no admitía demora.

—En cualquier caso, esta no es una misión de entrenamiento. Es una recuperación armada. El Santuario te necesita, Cisne. Y esta vez nadie esperará.

Hyōga levantó la vista. El Cosmos brilló en torno a él como escarcha suspendida. Ya no era el niño que buscaba el hielo por nostalgia, ni el aprendiz que esperaba una explicación de su maestro. La Armadura se había despertado y la misión estaba ante él.

—Entonces, vámonos —dijo—. Mi Armadura… ha despertado.

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El camino del León hacia el Este

 [Índice]

Cuando Seiya despertó, lo primero que sintió fue el peso de la Armadura. No era el dolor de una herida ni el cansancio de un combate, sino una presión continua que parecía envolverlo desde los hombros hasta los tobillos. Las placas se aferraban a su cuerpo como un caparazón de hierro forjado, y hasta el menor movimiento exigía un esfuerzo que no estaba seguro de poder realizar. Por un instante no supo dónde se encontraba. Tenía la boca llena de tierra, los oídos embotados y los párpados tan pesados que le costó abrirlos.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde su enfrentamiento con Shaina. ¿Un día? ¿Más? El cielo sobre él estaba pálido, sin estrellas, y la luz tenía esa claridad incierta que precedía al amanecer o seguía al atardecer. No podía distinguirlo. Al girar la cabeza, vio el borde de una roca fracturada y, más allá, una extensión de tierra seca cubierta de polvo. El Santuario quedaba detrás de él, aunque desde el suelo no alcanzaba a ver los templos.

Seiya intentó incorporarse. El brazo le tembló y volvió a caer. El impacto levantó una nube pequeña de polvo que le entró en la nariz. Tosió, y el esfuerzo le arrancó una punzada en el pecho. La Armadura se movió con él, pesada e inflexible, y el roce de sus placas contra la tierra produjo un sonido áspero.

Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, comenzó a arrastrarse. Avanzó centímetro a centímetro, apoyando las palmas y los antebrazos, buscando en el suelo un lugar firme donde hacer palanca. Cada movimiento le recordaba lo poco que le quedaba de fuerza. El polvo se le pegaba a la piel; las piedras le raspaban las manos y las rodillas. La Caja de Pandora, todavía sujeta a su espalda, golpeaba contra las rocas cada vez que conseguía avanzar un poco.

Apenas había logrado cruzar la barrera del Santuario. El mundo más allá de sus límites se extendía ante él con una inmensidad que no había tenido ocasión de contemplar desde que llegó a Grecia. No había columnas, templos ni senderos de piedra pulida. Solo montañas, vegetación silvestre y un camino lejano que descendía hacia los valles. Estaba fuera, pero esa libertad no le servía de mucho mientras no tuviera fuerzas para levantar la cabeza.

La sed le quemaba la garganta. Tenía los labios secos y agrietados, y la lengua se le pegaba al paladar. Su estómago se contraía con un rugido hueco, aunque el hambre parecía lejana, amortiguada por el dolor. Seiya intentó calcular cuánto tiempo podía llevar sin beber, pero no logró ordenar sus recuerdos. Recordaba el golpe, la luz, la voz de Misti y la orden de abandonar el Santuario antes del amanecer. Después, solo tenía imágenes sueltas: el suelo bajo sus manos, las piedras, la oscuridad.

Entonces, como si respondiera a su agonía, la Armadura del León Menor se activó por última vez.

Una vibración suave recorrió su cuerpo. No fue un golpe ni una descarga. La sintió bajo las placas, como un temblor que nacía en el centro de su pecho y se extendía hasta las manos. El manto comenzó a separarse. Las piezas blancas con detalles dorados se desprendieron de su cuerpo y flotaron en el aire, sostenidas por una fuerza que Seiya no podía ver. La tela escamada roja se deshizo en destellos de luz que se arremolinaron sobre él.

El muchacho se quedó inmóvil, demasiado débil para reaccionar. Vio las placas girar lentamente, cada una en su propia órbita. Los relieves de leones se encendieron con un resplandor tenue antes de plegarse hacia el centro. La Armadura se estaba retirando, como si su energía comprendiera que su portador ya no podía sostenerla.

Las piezas se reensamblaron en la figura del León Menor. El símbolo quedó erguido, firme e imponente, con las patas bien asentadas y la cabeza levantada. Luego, con un destello final, la Caja de Pandora se formó alrededor de la estructura. El metal cerró sobre sí mismo con un clic preciso. La caja cayó al suelo y levantó polvo, silenciosa, sólida y completamente indiferente al muchacho que había llevado su Armadura.

Seiya, sin embargo, quedó desnudo.

Tardó unos segundos en comprender lo ocurrido. Miró su cuerpo, cubierto de polvo y sudor, y después la Caja cerrada. Su piel estaba curtida por los años de entrenamiento y marcada por cicatrices. Las heridas más graves, aquellas que debían haberlo dejado tendido para siempre, se habían cerrado. No obstante, los músculos todavía le dolían y el cansancio se le había metido en los huesos.

—Claro… —susurró, con un humor seco que apenas lograba disimular el agotamiento—. Las Armaduras destruyen la ropa cuando se fusionan… Por eso los antiguos Santos usaban quitones cortos, fáciles de quitar y poner…

La frase terminó en un murmullo. Seiya bajó la mirada y trató de cubrirse con los brazos, aunque no había nadie a la vista. El aire fresco le erizó la piel. La explicación que acababa de formular no lo ayudaba con el problema más inmediato.

—Creo que necesito pantalones. Y algo para comer. Y beber. Y… una forma de viajar.

Se dejó caer junto a la Caja con una risa ronca. La risa le dolió en el pecho, pero no pudo evitarla. La misión apenas había comenzado y él no tenía nada: ni comida, ni agua, ni ropa, ni dinero, ni un plan. Solo conservaba la vida y la caja que contenía una Armadura que no podía usar en aquel estado.

¿Sería suficiente?

El hambre y la sed nublaban su juicio. Seiya ya no pensaba como un guerrero, sino como un animal herido que intentaba mantenerse lejos del peligro. A lo lejos, por un camino de piedra que descendía de las montañas, escuchó risas. El sonido pertenecía a un grupo de turistas. Hablaban con despreocupación, se llamaban unos a otros y se detenían para tomar fotografías. No parecían sospechar que, a poca distancia, un muchacho herido acababa de salir del Santuario.

Para ellos, el mundo era sencillo. Había rutas para caminar, monumentos que visitar y paisajes que guardar en una cámara. No sabían nada de las Armaduras Sagradas ni de las batallas celestiales entre hombres y dioses. Tampoco tenían razón para saberlo.

Seiya miró la Caja. No podía llevarla a la vista sin llamar la atención, pero tampoco podía abandonarla. El cofre era voluminoso y pesado, y carecía de una mochila donde ocultarlo. Se arrastró hasta unos arbustos y los apartó con dificultad. Las ramas le rozaron los hombros y la piel desnuda. Recogió hojas grandes y se cubrió con ellas lo mejor que pudo; luego se embadurnó los brazos y el pecho con polvo y tierra para disimularse entre la vegetación.

No era una solución elegante, pero era la única que tenía.

El grupo de turistas se detuvo cerca de unas estatuas helenísticas. Sus voces se hicieron más claras. Seiya pudo distinguir el clic de una cámara y las instrucciones de alguien que pedía a los demás que se movieran un poco para no tapar el monumento. Un muchacho de su edad se apartó del grupo y caminó detrás de unas rocas.

Seiya esperó.

No quería atacar a nadie. No quería robar. Pero su cuerpo necesitaba ropa y no tenía fuerzas para buscar un camino alternativo. Cuando el joven se alejó lo suficiente de sus compañeros, Seiya se deslizó entre los arbustos. La Caja de Pandora quedó oculta entre las ramas mientras él avanzaba, encorvado, con los pies desnudos sobre la tierra.

Se acercó por detrás. El otro muchacho estaba distraído y no lo oyó. Seiya lo sujetó con un brazo, le cubrió la boca y lo inmovilizó con una llave limpia, firme y breve. No apretó más de lo necesario. El joven forcejeó apenas unos segundos antes de perder el conocimiento.

Seiya lo sostuvo para que no golpeara la cabeza contra una piedra y lo acomodó en el suelo. Después se quedó inmóvil, respirando con dificultad, mientras la culpa empezaba a abrirse paso entre la urgencia y el hambre.

—Perdóname… —murmuró.

Le quitó la camiseta, los pantalones cortos y las zapatillas. También encontró una billetera con documentos y algo de dinero. No tomó más de lo que necesitaba. Se puso la ropa a toda prisa, torpe por el cansancio, y luego comprobó que el muchacho respirara con normalidad.

—No soy un ladrón —dijo en voz baja, como si el joven pudiera oírlo—. Soy un Santo.

Se miró la camiseta prestada, manchada de polvo.

—Aunque ahora ni siquiera estoy seguro de eso.

Regresó por la Caja, se la cargó a la espalda y se mezcló con los turistas. Nadie sospechó que aquel joven sudoroso, vestido como un mochilero cualquiera, llevaba una Armadura Sagrada capaz de rivalizar con el poder de los dioses. La gente siguió conversando. Algunos se acercaron a las estatuas; otros consultaron sus teléfonos. Seiya avanzó sin mirar atrás.

Ahora tenía lo mínimo indispensable para comenzar la misión: ropa, unas monedas y la Caja del León Menor. En su mente resonaba la voz de Misti, rígida y distante.

—Debes viajar al Este… y descubrir quién está reuniendo las Armaduras Sagradas.

Seiya caminó con pasos medidos. La figura ya no llamaba la atención entre los visitantes; era solo otro joven vestido como cualquier mochilero que deambulaba por Grecia con sueños de aventura. Los pantalones prestados le quedaban algo grandes, y la camiseta conservaba una mancha de tierra que desde lejos podía parecer parte del estampado. La chaqueta de mezclilla le protegía del frío y la gorra ocultaba su cabello despeinado.

Bajo la correa de cuero que cruzaba su pecho, la Caja de Pandora pesaba contra su espalda. Seiya se esforzaba por caminar con naturalidad, aunque cada movimiento le recordaba el daño que había sufrido. La caja no parecía una mochila deportiva, pero a cierta distancia su forma podía confundirse con la de un equipo de excursionista. No quería atraer miradas ni preguntas.

La ciudad lo recibió con el ruido del crepúsculo. Atenas mezclaba piedras antiguas con bocinas, motores y voces que se acumulaban en las calles. El aire olía a humo, comida caliente y polvo. Seiya reconoció algunos lugares. Recordaba haber caminado por el mercado de Monastiraki junto a Aiolia, probando aceitunas negras especiadas mientras su maestro hablaba de honor y del silencio del Cosmos. Aiolia explicaba las cosas sin prisa; a veces acompañaba una lección con una anécdota, y otras veces se quedaba callado, esperando que Seiya entendiera por sí mismo.

Marin le había enseñado algo distinto. Le había mostrado cómo leer los rostros, distinguir una sonrisa sincera de otra que escondía una amenaza y escuchar lo que las personas evitaban decir. En las calles, Seiya intentó recordar aquellas lecciones. No debía mirar demasiado a nadie; tampoco podía caminar como si temiera que todos lo persiguieran.

Atenas era su hogar, pero también su exilio. Cada esquina le resultaba familiar y extraña al mismo tiempo. Había vivido allí durante años, pero ahora atravesaba la ciudad como un fugitivo que no sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que alguien descubriera su ausencia.

Encontró un cibercafé en una calle estrecha. El local estaba iluminado por tubos fluorescentes y olía a café recalentado y plástico caliente. Un grupo de jóvenes ocupaba los terminales. Algunos jugaban, otros conversaban en voz baja. Seiya esperó hasta que uno de los puestos quedó libre y pagó con unas pocas monedas.

La pantalla se encendió. Tardó unos segundos en recordar cómo buscar una ruta. Sus dedos estaban rígidos y el cansancio le hacía más difícil concentrarse. Necesitaba llegar a Serpolion, un pequeño puerto de baja seguridad en el noreste que todavía mantenía tránsito hacia Asia. No podía tomar un avión. La Armadura, si se activaba o si despertaba una respuesta detectable, podía llamar la atención de las autoridades humanas y de la policía. Debía avanzar por tierra y mar.

Consultó las rutas disponibles: autobús hasta Tesalónica, trenes regionales y, finalmente, un ferry. No era un recorrido sencillo. Las conexiones dependían de horarios que no conocía, y no podía permitirse gastar más dinero del necesario. Anotó algunos nombres en un papel y apagó la pantalla.

Al salir, el aire de la calle le pareció más frío. Su estómago gruñó con fuerza. Seiya miró las monedas que le quedaban y se acercó a un puesto de comida. Compró un souvlaki y una botella de agua. El pan estaba tibio, la carne salada y las especias le picaron en la lengua. No era una comida abundante, pero para él supo a festín. Cada bocado le recordaba que seguía vivo.

Bebió despacio, obligándose a no vaciar la botella de una sola vez. El agua le alivió la garganta, aunque la sed no desapareció de inmediato. Se apoyó un momento contra una pared y respiró con los ojos cerrados. El ruido de la ciudad continuó alrededor: conversaciones, motores y pasos que se cruzaban sin detenerse.

En la terminal encontró un asiento junto al panel de horarios. La luz de los anuncios se reflejaba en el cristal y, por un instante, pudo verse en la ventana del autobús. La imagen mostraba a un joven cansado, con la ropa arrugada y los ojos oscuros todavía encendidos. Parecía más viejo de lo que se sentía y más joven de lo que había tenido que ser.

El León Menor había rugido por primera vez. Ahora su camino se dirigía al Este.

¿Qué estaba ocurriendo con las Armaduras Sagradas? ¿Quién tenía el poder de reunirlas? ¿Por qué el Santuario no intervenía directamente? Las preguntas regresaban una y otra vez, pero ninguna encontraba respuesta. Seiya apoyó la cabeza contra el cristal. Cuando el cielo terminó de oscurecerse, el cansancio lo venció.

El sueño lo atrapó sin resistencia.

Seiya se desplomó sobre un banco de metal en el puerto. La Caja de Pandora del León Menor quedó a su lado, cerrada y silenciosa, como un guardián que no necesitaba dormir. La brisa marina le revolvió el cabello y trajo consigo olor a sal, combustible y madera húmeda. A lo lejos, las luces de los barcos se reflejaban en el agua.

Unas voces lo despertaron solo a medias.

—Está dormido. Esa caja debe valer algo.

—Mira cómo brilla. Seguro es de oro.

Dos ladrones observaban desde un callejón cercano. Se movían con cautela, atentos a los pasajeros y a los trabajadores del puerto. Seiya no los vio. El agotamiento lo mantenía sumergido en un sueño pesado.

Uno de los hombres se aproximó a la Caja. Primero se quedó a unos pasos, observando el grabado del León Menor. El metal reflejaba una luz tenue que no parecía provenir de ninguna lámpara. El ladrón extendió la mano y rozó el borde.

Una descarga lo sacudió.

El hombre gritó y tropezó hacia atrás. Su mano humeaba; la sacudió con una maldición y se la apretó contra el pecho. El otro se quedó paralizado un instante, luego sacó un cuchillo.

—¡No la toques! —le advirtió su compañero.

El ladrón lo ignoró. Acercó la hoja con cuidado, pero apenas el metal tocó la superficie de la Caja, el cofre vibró. Una luz dorada brotó de las placas y los envolvió.

—¡Maldita sea! ¡Es brujería!

—¡Corre!

Los dos huyeron por el callejón y desaparecieron entre las sombras. Seiya siguió profundamente dormido, ajeno a lo ocurrido. La Caja permaneció intacta a su lado, quieta bajo la luz del puerto.

En su mente, la memoria se convirtió en sueño.

Volvió a encontrarse en las montañas nevadas de Japón. El frío le mordía las mejillas y el aire olía a madera húmeda, nieve y humo de incienso. Frente a él estaba Mitsumasa Kido, vestido con ropas tradicionales que le daban el aspecto solemne de un samurái de una obra antigua. La barba blanca caía en dos largos mechones sobre su pecho; las arrugas le surcaban el rostro como líneas talladas en piedra.

Seiya era otra vez un niño, no mayor de diez años. Las manos pequeñas se le cerraban sobre las mangas de su ropa. Miraba al anciano con una mezcla de esperanza y miedo.

—Si traigo la Armadura… —preguntó—, ¿me ayudarás a encontrar a mi hermana?

Mitsumasa entrecerró los ojos. En el sueño, la expresión del anciano parecía cargada de gravedad, pero también de una paciencia casi paternal.

—Sí, Seiya. Si te conviertes en Santo de Atena, honraré esa promesa.

El niño intentó descubrir en su rostro si hablaba en serio. Quería creerle. La posibilidad de volver a ver a su hermana era lo único que le permitía imaginar un futuro más allá del entrenamiento. Mitsumasa le había dicho que debía viajar, aprender y conseguir una Armadura; nunca le había explicado cuánto dolor habría en el camino.

Detrás del anciano, en la terraza de un dojo, una niña de cabello castaño claro observaba la escena. Tenía los ojos verde oliva y unos rasgos marcadamente occidentales: el rostro alargado, la nariz fina, los labios rosados y la piel pálida como la porcelana. Saori Kido jugaba con una muñeca importada, vestida con un traje costoso que desentonaba con la sobriedad de las montañas.

Jabu, todavía niño, permanecía junto a ella, atento a cada gesto. La seguía como un pequeño servidor y parecía dispuesto a cumplir cualquier deseo que expresara.

Saori miró a Seiya con desdén.

—¿Ves lo que hace por mí, Seiya? —dijo sin siquiera acercarse—. Y tú… tú solo sabes pelear.

El dolor de aquellas palabras lo atravesó incluso en el sueño. No importaba que la escena perteneciera al pasado o que la niña pudiera estar repitiendo una vieja humillación: Seiya sintió cómo la frase se le clavaba bajo las costillas. Quiso responder, pero la voz no le salió.

La terraza, el dojo y las montañas comenzaron a desvanecerse. Una niebla cubrió el suelo y borró los bordes de las figuras. El aire se llenó de olor a incienso y nieve derretida. Mitsumasa siguió frente a él, pero su rostro se volvió borroso; Saori y Jabu desaparecieron detrás de una cortina gris.

Seiya despertó con un sobresalto.

Amanecía. El cielo sobre el puerto estaba teñido de azul pálido y rosa. Las primeras voces del día llegaban desde los muelles, junto con el ruido metálico de las cadenas y las órdenes de los trabajadores. Estaba solo. La Caja seguía a su lado.

Tenía la boca seca y el cuerpo entumecido. El sueño lo había dejado agitado y confundido, pero también más determinado. Se incorporó con dificultad y miró el cofre. La superficie permanecía sellada, aunque conservaba un poco de calor al tacto.

—Hermana… —dijo con voz ronca—. Espera un poco más.

Se puso de pie. El ferry a Serpolion zarparía pronto y no podía perderlo. Se ajustó las correas de la Caja, comprobó que no se hubieran aflojado durante la noche y se encaminó hacia el embarcadero.

Cinco días habían pasado desde que Seiya dejó el Santuario.

El trayecto hasta el Pireo había sido lento y agotador. Había tenido que avanzar con la ropa prestada, racionar el poco dinero que conservaba y ocultar la Caja cuando pasaba cerca de los guardias. Después tomó un ferry hasta la isla de Serpolion. Desde allí, con la ayuda de contrabandistas y marineros que no le hicieron demasiadas preguntas, abordó un barco mercante con destino a Asia.

El viaje no fue directo. El barco hizo escala en distintos puertos y, en cada uno, Seiya tuvo que permanecer escondido. A veces se acomodaba entre contenedores; otras, encontraba un espacio junto a sacos de arroz o tanques de maquinaria. Dormía poco, con la espalda apoyada contra superficies duras y la Caja siempre cerca. El olor de la carga, el combustible y la sal se mezclaba en el interior del barco.

Comía lo que podía conseguir. En ocasiones recibía un poco de comida de algún marinero amable; otras veces tenía que conformarse con lo que encontraba. No preguntaba demasiado y procuraba no llamar la atención. La ropa se le empapaba de sal y humo, y el cabello le quedaba pegado a la frente por el calor de los compartimentos cerrados. La travesía le dejó la piel reseca, los labios agrietados y el cuerpo aún más delgado.

El barco atracó en Haifa, después en Bombay y más tarde en Hong Kong. Cada puerto tenía sonidos y olores distintos. Seiya observaba desde su escondite cuando podía: grúas que movían carga, marineros que gritaban órdenes, vehículos que cruzaban los muelles y pasajeros que subían o bajaban con prisa. A veces se preguntaba cuántos de ellos sabrían que, a pocos metros, viajaba un Santo con una Armadura antigua.

Finalmente llegaron a Yokohama. Seiya bajó sin llamar la atención y tomó un tren hacia la Estación de Tokio. El trayecto le pareció casi irreal después de tantos días entre el mar y los contenedores. Las luces de la ciudad pasaban al otro lado de la ventana y los anuncios en japonés se sucedían con una rapidez que le costaba seguir.

Su japonés estaba oxidado. Los años en Grecia lo habían hecho tropezar con palabras que antes pronunciaba sin pensar. Al pedir indicaciones, tenía que detenerse y formular cada frase con cuidado. Aun así, logró encontrar el camino hacia la sede de Graad Corporation, una de las empresas más poderosas del país y el brazo financiero de la familia Kido.

El edificio se elevaba sobre la calle con una fachada de vidrio y piedra clara. Sus puertas automáticas se abrieron al acercarse. Dentro, el vestíbulo estaba iluminado con una claridad impecable; el suelo pulido reflejaba las lámparas del techo y una recepción amplia separaba a los visitantes del resto de las oficinas.

Seiya entró con la Caja de Pandora del León Menor atada a la espalda. La recepción guardó silencio durante un instante. La mujer detrás del mostrador lo miró, primero con sorpresa y luego con inquietud, cuando escuchó su nombre. La sangre se le fue del rostro. Tomó el teléfono y empezó a hacer llamadas, tratando de hablar sin que los demás visitantes la oyeran.

Seiya permaneció junto a la entrada, incómodo bajo la mirada de los empleados. Sus ropas estaban arrugadas, salpicadas de polvo y sal. El cansancio del viaje se notaba en su postura. La Caja parecía desproporcionada contra su espalda y llamaba la atención de cualquiera que pasara.

—¿Puede avisar al señor Kido que estoy aquí? —preguntó.

La recepcionista tapó el micrófono con una mano.

—Ya lo estamos haciendo. Por favor, espere.

Pasó medio día mientras lo trasladaban de piso en piso y de sala de espera en sala de espera. Las secretarias lo observaban con curiosidad; los burócratas revisaban sus documentos, preguntaban su nombre y volvían a desaparecer detrás de puertas de vidrio. Seiya no sabía si lo estaban verificando o si simplemente nadie se atrevía a tomar una decisión.

En una sala alfombrada y silenciosa le ofrecieron agua. La bebió despacio, agradeciendo el frescor. La alfombra amortiguaba los pasos y las ventanas mostraban una vista amplia de la ciudad. El contraste con el barco mercante y los puertos todavía le resultaba extraño.

Finalmente, una puerta se abrió de golpe.

Apareció Tatsumi, el viejo mayordomo de la familia Kido, con el rostro severo y el bastón en la mano. Su expresión no era la de alguien que acabara de reencontrarse con un muchacho desaparecido; era la de un hombre que llevaba meses esperando una explicación.

—¡¿Dónde diablos te has metido, muchacho?! —bramó—. ¡Llegas casi siete meses tarde! ¿Crees que esto es un viaje escolar?

Seiya se puso de pie. El cansancio seguía pesándole, pero enderezó los hombros.

—Estuve en el Santuario. Entrenando. La Armadura…

—¿Crees que nos importan las excusas? —lo interrumpió Tatsumi—. ¡La señorita Kido está con el maestro Mitsumasa en Nueva York! Están reuniendo a los Santos sobrevivientes, y tú irás allí inmediatamente.

Seiya apretó los puños. Durante unos segundos no dijo nada. El sonido del bastón de Tatsumi contra la alfombra fue apenas un roce, pero llenó el silencio entre ambos.

—¿Por qué? —preguntó al fin, en voz baja—. De niño nunca cuestioné nada. Pero ahora… ¿cuál es el propósito de todo esto? ¿Por qué entrenarnos? ¿Por qué tanto sufrimiento?

Tatsumi lo miró con algo entre desdén y lástima. Sus facciones no se suavizaron.

—¿Quieres encontrar a tu hermana o no?

El silencio se hizo espeso como plomo. Seiya sintió que la herida en su corazón seguía abierta, igual que el día en que había partido. Recordó la promesa de Mitsumasa, el rostro de su hermana y los años que había pasado entrenando sin saber si algún día volvería a verla.

Al principio no respondió. Después asintió lentamente.

—Sí.

Los llevaron al aeródromo privado de Graad Corporation. La pista estaba oculta entre hangares y jardines bien cuidados, custodiada por hombres silenciosos vestidos con traje oscuro. El orden del lugar contrastaba con el viaje clandestino que Seiya acababa de completar. Allí todo parecía limpio, vigilado y dispuesto con anticipación.

Un avión blanco y dorado esperaba en la pista. Tenía la escalera desplegada y el emblema de la Fundación cerca de la cabina. El sol se reflejaba en el fuselaje, y el sonido distante de los motores vibraba en el aire.

Seiya sintió una presión familiar en el pecho al ver a otro muchacho que esperaba junto al avión.

El joven llevaba la Caja de Pandora de Andrómeda a la espalda, sujeta con cuero verde y dorado ornamentado. Incluso cerrada, la Armadura parecía tan letal como hermosa. Su portador era esbelto, de estatura similar a la de Seiya. El cabello verde esmeralda le caía naturalmente hasta el cuello y sus ojos grandes y húmedos brillaban bajo la luz del mediodía. Vestía jeans oscuros, una camisa blanca y una chaqueta ajustada. A pesar de la ropa civil, no podía ocultar su porte de Santo.

Seiya se quedó quieto unos segundos. Reconoció a Shun. En otro tiempo lo había molestado, convencido de que provocarlo lo haría más fuerte. No lo había hecho por crueldad, aunque ahora comprendía que sus bromas podían haberle dolido. Al verlo allí, con su propia Caja de Pandora, entendió que también había sobrevivido al entrenamiento.

Había soportado las pruebas. Se había convertido en Santo de Bronce.

Seiya se acercó y le tendió la mano, intentando que el gesto pareciera solemne.

—Shun, ¿verdad?

Shun no le estrechó la mano. Lo abrazó de inmediato, con fuerza y emoción. Seiya se quedó rígido un instante, sorprendido por el contacto. Después le dio unas palmadas en la espalda. Shun lloraba; sus hombros temblaban y su respiración se quebraba contra la chaqueta de Seiya.

—Seiya… Gracias a los cielos. Eres tú. ¡Estás vivo!

Seiya no encontró enseguida qué responder. El abrazo tenía una calidez que no esperaba. En los últimos días había recibido órdenes, golpes y preguntas, pero no un gesto de alivio tan sincero.

Shun se apartó un poco y se limpió las mejillas.

—De casi cien enviados… menos de doce sobrevivimos.

A Seiya se le hizo un nudo en el estómago. Había sabido que el entrenamiento era peligroso, pero oír la cifra de esa manera le dio otro peso a la ausencia de los demás. Las cajas que no estaban allí, los nombres que no se pronunciaban y los jóvenes que nunca habían regresado cobraron una forma más concreta.

—Shun… ¿tiene sentido todo esto? —preguntó—. Si somos Santos, las Armaduras están destinadas a proteger a la humanidad, ¿verdad? En caso de que los dioses regresen o el equilibrio cósmico se rompa. Pero esto se siente como una guerra que no es nuestra. ¿Por qué…?

Shun asintió sombríamente. Sus ojos, todavía húmedos, se fijaron en la Caja del León Menor.

—Mi maestro, Albiore de Cefeo, no confiaba del todo en el Santuario. Me lo dijo antes de que nos separáramos. Decía que había fuerzas dentro que habían olvidado a quién servíamos… y otras que respondían a algo más oscuro.

Seiya mantuvo la mirada en él. Las palabras de Misti, el encargo de investigar las Armaduras y la conversación con Marin se amontonaron en su memoria. No sabía si Albiore se refería a lo mismo que ellos habían descubierto, pero la advertencia aumentó la inquietud que ya sentía.

Antes de que pudieran continuar, Tatsumi reapareció. Golpeó el suelo con su bastón, marcando el final de la conversación.

—¡Basta de melancolía! El avión sale en quince minutos. Suban y acomódense.

Seiya y Shun se volvieron hacia la escalera. El interior del avión era más amplio de lo que Seiya había imaginado. Los asientos estaban dispuestos con comodidad y las superficies claras reflejaban la luz que entraba por las ventanillas. Sin embargo, antes de que pudieran sentarse, un grupo de personas los interceptó.

Había médicos, nutricionistas, fisioterapeutas e incluso un par de esteticistas. Todos vestían uniformes impecables y llevaban carpetas, instrumentos y maletines. Un médico se acercó a Seiya con una expresión profesional; detrás de él, una mujer miraba el estado de su ropa y su cabello con visible preocupación.

Seiya miró al grupo, luego a Tatsumi.

—¿Qué es esto?

—Órdenes directas de la señorita Kido —respondió el médico—. Dijo que no solo deben estar en forma, sino también presentables.

Seiya bajó la vista hacia sus pantalones manchados, la camiseta arrugada y las manos todavía ásperas por el viaje. No sabía qué parte de su aspecto consideraban más urgente. Shun, a su lado, sonrió débilmente, medio resignado y medio divertido.

—Supongo que es mejor que las pruebas en las montañas heladas de Etiopía…

Seiya soltó un resoplido.

—Preferiría cien latigazos de Marin o la mirada desdeñosa de Aiolia antes que una manicura.

 

 

Saint Seiya Fanfic: Arco del Torneo Galáctico — El precio del Manto Dorado

  [ Índice ] —¿Y cómo pretende saber eso, señorita? —preguntó Seiya. Su voz goteaba condescendencia. Alzó una ceja, cruzó los brazos y o...