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—¿Y cómo pretende saber eso, señorita?
—preguntó Seiya.
Su voz goteaba condescendencia. Alzó una
ceja, cruzó los brazos y observó a Saori con una incredulidad que no se molestó
en disimular. ¿Ella, una muchacha rica que apenas había entrenado con los
Santos, decidiría quién era digno de una Armadura de Oro? La idea le parecía
absurda. Para Seiya, esas armaduras pertenecían al Santuario y a sus guerreros;
Saori, por más que se presentara como heredera de Mitsumasa Kido, no tenía
derecho a jugar con ellas como si fueran trofeos de una competencia.
La pregunta golpeó a Saori más de lo que dejó
ver. Por un instante, su rostro se contrajo en una mueca de duda. La seguridad
que había mostrado al hablar de la Armadura de Oro se resquebrajó y, detrás de
ella, reapareció la muchacha de dieciséis años que todavía no sabía si las
palabras que pronunciaba eran suyas. Miró a Seiya y luego apartó los ojos,
buscando algo en el salón que le permitiera sostenerse.
Su mirada se posó en el enorme retrato de
Mitsumasa Kido que presidía la estancia. El anciano aparecía de cuerpo entero,
con una mano apoyada sobre el bastón y la expresión de fría determinación que
conservaba en todas sus fotografías. Los ojos pintados no tenían vida, pero a
Saori le pareció que la observaban desde el lienzo, aguardando a que ella
recordara qué debía decir.
Entonces una respuesta afloró en su mente. No
la encontró como quien reconstruye un recuerdo perdido. Simplemente apareció,
completa y ordenada, como si hubiese estado allí desde siempre.
—Un torneo —dijo Saori.
Su voz sonó más firme de lo que esperaba. Las
palabras parecían haber encontrado por sí mismas el camino hasta sus labios.
—El Torneo Galáctico. Mi abuelo dijo que, una
vez reunidos los Santos, debían mostrar su fuerza y su valor. De entre ellos,
quien resultara más digno recibiría el Manto de Oro.
Al pronunciarlo, la duda volvió a
estremecerla. ¿Lo había oído de Mitsumasa? ¿Lo había leído en algún documento?
¿O una voluntad ajena estaba organizando los recuerdos por ella? Saori no pudo
distinguirlo. Sin embargo, sus ojos violetas brillaron con una luz renovada, y
su postura adquirió la rectitud de alguien acostumbrado a dar órdenes.
—Ese es mi propósito —continuó—. Un caballero
digno de Sagitario es lo que el mundo necesita.
Seiya no respondió enseguida. La miró como si
quisiera descubrir quién acababa de hablar. La voz había sido la de Saori, pero
la seguridad con que anunciaba un torneo y distribuía una Armadura de Oro no
correspondía a la muchacha que recordaba de su infancia. Jabu, a un lado,
inclinó la cabeza con respeto. Para él, la propuesta parecía natural; para
Seiya, era una nueva señal de que algo no encajaba.
El joven escupió al suelo. El sonido resonó
en el salón elegante y rompió el silencio.
—¡Eso me importa una mierda! —gruñó, sin
prestar atención a la mirada de Saori—. ¡Estoy aquí para hablar con el viejo
Kido! Él me envió a ese infierno en Grecia y él es el único al que debo
explicaciones.
Jabu no pudo soportarlo más. El insulto a
Mitsumasa y el desafío abierto a Saori fueron la gota que colmó el vaso. Su
cuerpo se tensó, y la energía del Unicornio se concentró en su brazo. En un
borrón apenas perceptible para los ojos humanos, se lanzó sobre Seiya.
El aire crujió a su paso.
Pero Seiya, pese a su imprudencia, no era
lento. Su cuerpo reaccionó por instinto. Giró lo justo para evitar el golpe; el
puño de Jabu pasó junto a su rostro y apenas le rozó el hombro. La fuerza del
ataque alcanzó la pared del fondo y sacudió el aire alrededor de ambos.
Antes de que Jabu pudiera volver a cargar,
Saori alzó una mano.
—¡Alto!
No elevó la voz. No fue necesario. La palabra
vibró en el salón con una fuerza que no procedía del volumen, sino de algo más
profundo. Un poder invisible atravesó la estancia y obligó a los dos Santos a
retroceder. La presión no era física; era cósmica. El Cosmos de Jabu se replegó
como una llama ante el viento, mientras el de Seiya quedó contenido dentro de
su cuerpo.
Jabu se detuvo a centímetros de Seiya, con el
brazo aún extendido y el rostro contorsionado por la frustración. El joven le
sostuvo la mirada un instante, pero luego sus ojos volvieron a caer al suelo.
La vergüenza se le marcó en las facciones. Sentía la misma incomodidad que
cuando su maestro Aiolia lo reprendía, cuando Marin le señalaba una imprudencia
o cuando el Patriarca hablaba y él comprendía que había sido insolente.
No entendía por qué Saori tenía ese efecto en
él. La autoridad de ella no se parecía a la de un maestro ni a la de un
comandante. Su cuerpo la obedecía antes de que su razón pudiera decidir si
debía hacerlo. La sensación lo irritaba y, al mismo tiempo, le helaba la
sangre.
Saori los miró a ambos. La firmeza que había
tenido al ordenarles que se detuvieran fue cediendo y, bajo ella, apareció una
tristeza profunda.
—Mi abuelo… murió hace unos meses.
La noticia cayó como un balde de agua fría.
El salón, ya tenso, quedó sumido en un silencio sepulcral. Solo se oyó el
murmullo de la fuente y el suave tintineo de una copa que todavía vibraba sobre
una mesa.
Esta vez la voz de Saori sí era completamente
suya. Real, joven y quebrada. No sonó como una diosa, ni como una heredera, ni
como la dirigente de una fundación. Sonó como una nieta que llevaba meses
tratando de acostumbrarse a una pérdida que aún no comprendía.
Seiya quedó inmóvil. El mundo pareció
detenerse alrededor de él.
—¿Muerto? —dijo, casi sin voz—. ¿El viejo
Kido… murió?
La furia desapareció de su rostro,
reemplazada por una confusión paralizante. Había regresado para hablar con
Mitsumasa, para exigirle explicaciones y averiguar por qué lo había enviado a
Grecia. Ahora descubría que la única persona que podía responderle ya no
estaba. La noticia lo golpeó con la fuerza de un puño invisible. La razón que
lo había mantenido unido a ese lugar se desvaneció de golpe, y con ella
desapareció también la esperanza de encontrar una respuesta inmediata.
Saori lo observó. Una punzada de empatía le
cruzó el semblante. Ella sabía que Seiya quería encontrar a su hermana. Sabía
lo que le habían prometido y cuánto había sufrido para obtener la Armadura. Por
un momento quiso acercarse, ofrecerle una palabra amable o decirle que entendía
su dolor.
Pero la voz que resonaba dentro de ella tomó
otro rumbo. No fue un grito ni una orden. Era una claridad fría, una estrategia
que se desplegaba como un tablero ante sus ojos. Si quería que Seiya se
quedara, debía obligarlo a mirar lo que tenía delante; si quería descubrir de
qué era capaz, debía poner a prueba aquello que más deseaba.
Las palabras que salieron de su boca no
fueron cariñosas.
—Y tú, Seiya, ¿qué haces aquí? —preguntó, con
una voz desprovista de calidez—. ¿Acaso crees que el mundo te debe algo? ¡Por
tu propia ineptitud no has encontrado a tu hermana!
La dureza de la frase sorprendió incluso a
Jabu. Seiya se encogió como si las palabras lo hubieran golpeado en el pecho.
Su expresión se cerró; el dolor por la muerte de Mitsumasa dio paso al
resentimiento.
—¡Solo lo hice por mi hermana! —replicó—. ¡Me
obligaron a ir a Grecia para encontrarla!
Saori no le dio tregua. Su mirada se mantuvo
fija en él, penetrante y gélida. Había en ella una parte de sí misma que
observaba la reacción de Seiya y medía cada silencio, cada movimiento de sus
ojos. La compasión seguía presente, pero la voz interior la trataba como una
debilidad que debía ponerse al servicio de una meta mayor.
—La Corporación Graad te dio de comer —dijo—.
Te dio un techo. Te proporcionó las herramientas para adquirir el poder que
ahora posees. Con tus habilidades podrías haber buscado a tu hermana por tu
cuenta, haberla encontrado y regresar a casa sin necesidad de este…
espectáculo.
Seiya retrocedió un paso. La acusación le
dolió porque contenía una parte de verdad y una injusticia que no podía
responder con facilidad. No sabía cuánto había dispuesto Mitsumasa en su favor
ni quién había financiado realmente su entrenamiento. Solo sabía que había
sufrido durante años con la esperanza de volver a ver a su hermana.
Saori hizo una pausa calculada.
—¿Por qué estás aquí, Seiya? ¿Por qué
regresaste?
El pánico floreció en los ojos del joven. Él
era un espía del Santuario, enviado para investigar a la Fundación Graad y a
Saori misma. Esa era una verdad que ella no debía conocer. Sin embargo, su
pregunta parecía haber atravesado la fachada que Seiya intentaba sostener. El
joven sintió que ella sabía más de lo que decía; por un instante, tuvo la
sensación de que no podía esconderle nada.
Saori notó su reacción. La frialdad dentro de
su mente le indicó el camino. La manipulación podía ser una herramienta para
alcanzar la victoria, y la victoria justificaba el uso de toda herramienta
eficaz. Una alternativa apareció ante ella, clara e irresistible.
—Sin embargo —continuó, y su tono adquirió
una promesa que parecía casi irreal—, si eres capaz de mostrar verdadera
honestidad en el Torneo Galáctico; si participas con valor y demuestras tu
fuerza… Si el Manto de Oro te reconoce como digno, no solo por ganarlo, sino
por tu espíritu inquebrantable, volcaré los recursos de la Corporación Graad en
encontrar a tu hermana.
Seiya no dijo nada. Saori dejó que la oferta
llegara hasta él antes de completar la promesa.
—Cada departamento. Cada contacto. Cada
centavo. La encontraremos, Seiya. Te lo prometo.
La frase cayó entre ambos como un pacto. Era
tentadora y peligrosa, una promesa que podía devolverle lo que más deseaba y,
al mismo tiempo, atarlo a la voluntad de Saori. Ella lo sabía. La diosa dentro
de ella comprendía la fuerza de un deseo humano y la manera de convertirlo en
una cuerda. La muchacha de dieciséis años, en cambio, sintió vergüenza de haber
usado la esperanza de Seiya como una palanca.
Jabu intentó intervenir. Abrió la boca, pero
las palabras se le atascaron en la garganta. Saori no había alzado la voz, sin
embargo, su presencia parecía llenar todo el salón. Sus ojos, antes cálidos por
la tristeza, ahora eran regios y nobles, con un brillo que trascendía lo
humano. Jabu, el más leal de sus Santos, bajó la cabeza. La sumisión brotó de
él como una reacción instintiva.
Seiya no hizo lo mismo. La promesa de
encontrar a su hermana debería haber bastado para obtener su obediencia, pero
él la miraba con preguntas y expectativas, no con devoción. Algo en Saori le
resultaba ajeno a la niña que había conocido. Esa autoridad no lo convencía; lo
intrigaba tanto como lo intimidaba.
—¿Y qué pasa si gano el Manto Dorado y decido
no obedecerla? —preguntó.
Saori sonrió.
Era una sonrisa pequeña y enigmática,
distinta de la sonrisa tímida de una joven y también diferente de la que usaba
ante las cámaras o los invitados. No era dulce. Parecía pertenecer a alguien
que ya había visto innumerables victorias y sabía que cada una exigía un
precio. La voz de la Diosa de la Victoria susurró dentro de su mente,
ofreciéndole la respuesta que debía dar.
Saori no permitió que el gesto de su rostro
cambiara.
—¿Lo usarías para asegurar que la justicia
siempre sea la que salga victoriosa? —preguntó.
Sus ojos violetas se fijaron en los de Seiya,
como si pudieran mirar más allá de su enojo y encontrar el credo que lo
sostenía.
Seiya asintió con una convicción que pocas
veces mostraba.
—Sí.
La respuesta alcanzó algo profundo en Saori.
Por un instante, la influencia de la Diosa de la Victoria pareció disiparse. La
presión que la mantenía erguida se aflojó, y volvió a ser la muchacha que había
querido consolarlo unos segundos antes. No desaparecieron las voces ni la
sensación de compartir su cuerpo con una voluntad antigua, pero, durante ese
breve momento, Saori pudo hablar por sí misma.
—Ese es mi único deseo —dijo.
Su voz adquirió un tono infinitamente
maternal. La calidez sorprendió a todos, incluido Seiya. No había cálculo en
esas palabras, ni una oferta destinada a conseguir algo a cambio. Saori hablaba
desde un deseo sincero: quería que la justicia prevaleciera y estaba dispuesta
a sostener a quienes lucharan por ella.
—Yo te sostendré y te apoyaré en ello.
La promesa no consistía solo en recursos,
dinero o poder. Era también una oferta de compañía, una forma de decirle que no
tendría que cargar solo con el peso de su misión. Seiya la miró y, por primera
vez, dejó de ver únicamente a la niña malcriada que recordaba o a la autoridad
sobrenatural que había percibido. Vio a una joven con un propósito noble,
dispuesta a convertirse en apoyo para quienes se enfrentaran a lo que
consideraban injusto.
La tensión del salón comenzó a disiparse,
aunque no desapareció por completo. Jabu seguía tieso, y Shun observaba a Saori
con atención renovada. La fuente continuó murmurando bajo la luz de las
lámparas. Un sirviente recogió una copa que había caído al suelo y trató de
hacerlo sin llamar la atención.
Seiya tomó el cofre del Manto del León Menor.
El metal estaba frío y pulido bajo sus dedos. Se lo acomodó a la espalda y dio
media vuelta, dejando a Saori frente a él. Su gesto expresaba con claridad su
intención de marcharse. La opulencia del salón y las miradas expectantes de los
otros Santos le importaban poco.
—Seiya, espera —dijo Saori.
Su voz sonó más suave de lo que él esperaba,
casi suplicante. La muchacha pareció buscar una forma de retenerlo que no fuese
una orden. Por un instante, la diosa no habló por ella; solo Saori quiso evitar
que se marchara molesto, herido y convencido de que no tenía lugar allí.
—Las instalaciones del hotel están a tu
disposición. Hay habitaciones preparadas, estudios de entrenamiento y todo lo
que la Fundación Graad puede ofrecerte para que estés cómodo y preparado para
el torneo.
Seiya soltó un bufido despectivo. No se giró.
La invitación sonaba generosa, pero también le recordaba todo lo que Saori y la
Fundación podían darle —y quitarle— con una simple decisión.
—No, gracias —respondió con brusquedad—. Hay
alguien que conozco que emigró a América hace unos años. Quiero visitarla.
Cuando me necesiten, envíen a uno de sus trajeados. Pueden mandarme un mensaje
por un loro mensajero o enviar a un par de esos sirvientes que parecen
asustarse de su propia sombra.
El sarcasmo era evidente en sus últimas
palabras.
Jabu, que hasta entonces había contenido su
ira con dificultad, no pudo soportar la insolencia. Extendió una mano y dejó
que su Cosmos brillara tenuemente. Intentó usar su telequinesis para despojar a
Seiya del cofre que llevaba a la espalda.
—¡Esa Armadura es propiedad de la Fundación!
—bramó—. ¡No puedes llevártela como si nada, insolente!
La frustración le distorsionó el rostro. El
cofre se tensó sobre la espalda de Seiya, pero no se movió.
Seiya no era un novato. Gruñó y expandió su
Cosmos, no para atacar, sino para formar una barrera invisible alrededor de la
Caja y de su propio cuerpo. La energía de Jabu chocó contra ella con un
chisporroteo. El aire entre los dos pareció cargarse de electricidad.
—¡Jabu, basta! —ordenó Saori.
Su tono contenía exasperación, pero también
aquella autoridad intrínseca que Jabu no podía ignorar. Era la misma voz que
había detenido la pelea momentos antes. La energía del Unicornio se replegó de
inmediato. Jabu bajó la cabeza, avergonzado y furioso a la vez. El cofre
permaneció sujeto a Seiya.
El joven no dijo nada más. Caminó hacia la
salida sin apresurarse. Saori lo siguió con la mirada. Quiso llamarlo otra vez,
pero no encontró una frase que no sonara como una orden o una estrategia.
Cuando Seiya cruzó el umbral, su corazón
pareció detenerse por un instante.
Una imagen borrosa se superpuso a la de Saori
que quedaba atrás. Vio a una dama de belleza sobrenatural, etérea, rodeada por
una luz dorada. Una corona de laureles enmarcaba su rostro y su presencia
irradiaba una majestad que no pertenecía a ninguna mujer mortal. La visión duró
una fracción de segundo.
Luego se desvaneció como humo entre sus
pensamientos.
Seiya soltó una carcajada áspera y
despectiva, intentando ahogar la extraña reverencia que aquella aparición había
provocado en él.
—¿Hermosa Saori? —se burló sin girarse—. Esa
tonta me perseguía con un rebenque para caballos de niños. Solo es una
malcriada.
Y sin mirar atrás, abandonó el gran salón. La
puerta se cerró con un clic suave, dejando a Saori y a los demás Santos sumidos
en un silencio tenso.
Saori mantuvo la vista fija en la puerta. Una
parte de ella quería ir tras Seiya; otra, más antigua y distante, consideraba
que su salida también formaba parte del curso esperado. No sabía cuál de las
dos tenía razón. Jabu seguía con la cabeza inclinada. Shun permanecía junto a
la fuente, serio, y la flor de loto flotaba tranquila sobre el agua.
Saori no dijo nada.
Afuera, Seiya se detuvo en la calle. El ruido
del tráfico neoyorquino y el murmullo incesante de la gente reemplazaron el eco
de su frustración. Los coches avanzaban por las avenidas y los transeúntes
llenaban las aceras. La ciudad parecía demasiado grande para que alguien
pudiera sentirse perdido en ella, pero Seiya llevaba ese sentimiento consigo
desde que había dejado Grecia.
Sacó del bolsillo un papel doblado que el
«apestoso de Tatsumi» le había entregado en el avión. «Un regalo de la
señorita», había dicho el mayordomo con su habitual solemnidad.
Seiya desdobló la hoja. En ella, escrita con
letra pulcra, se leía: Mino Atatsami. Debajo aparecía una dirección en las
afueras de aquella ciudad enorme y contaminada.
Entonces lo entendió.
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
Había sido manipulado. La mocosa Kido había previsto que él rechazaría la
opulencia y que no aceptaría hospedarse en el hotel. En lugar de insistir, le
había ofrecido algo que no podía ignorar: la posibilidad de un encuentro
familiar, la calidez de una amiga de la infancia.
Seiya suspiró.
La imagen de Mino se filtró en su mente, no
como un recuerdo nítido, sino como una sucesión de sensaciones: el sol cálido
sobre la arena del orfanato, el olor de la tierra mojada después de la lluvia y
la risa cristalina de una niña de cabello revuelto.
—¡Seiya, más rápido! —gritaba Mino, con las
rodillas raspadas y la ropa empolvada, mientras ambos corrían por el patio.
Ella siempre parecía ir un paso por delante,
llena de energía, incapaz de quedarse quieta. Seiya trataba de alcanzarla, pero
las piernas le ardían y la respiración se le desordenaba.
—¡No es justo, Mino! ¡Tú tienes las piernas
más largas! —protestaba, cayendo al suelo entre carcajadas.
Mino lo esperaba y le tendía una mano para
ayudarlo a levantarse. Su rostro, siempre jovial y lleno de vida, había sido un
faro de normalidad en un mundo que pronto se volvería incomprensiblemente
cruel.
Seiya recordaba el día en que se despidieron.
Mino tenía los ojos hinchados por el llanto y se aferraba a él, sin entender
por qué la separaban de su hogar y de sus amigos.
—No llores, Mino —le había dicho, intentando
sonar valiente, aunque el corazón se le encogía—. Seré un Santo y vendré a
buscarte, lo prometo. Te traeré de vuelta.
Ella había asentido, aferrándose a esa
promesa como a un salvavidas. Después, una mujer de rostro severo se la llevó.
Seiya la vio desaparecer entre la multitud de niños y nunca volvió a verla.
La Corporación Graad había prometido buscar a
su hermana. Esa promesa, y no la Armadura, lo había mantenido con vida en
Grecia. Ahora Saori se la ofrecía como un trato, como una recompensa que
dependía de su desempeño en un torneo.
Seiya miró otra vez la dirección escrita en
el papel. El gesto de Saori podía ser un acto de compasión; también podía ser
una forma de asegurarse de que él siguiera el camino previsto. No sabía cuál de
esas posibilidades era más cierta.
Pensó en la diferencia entre el Patriarca y
Saori. En el Santuario, el Patriarca emanaba una justicia severa, casi gélida,
pero al menos Seiya había podido reconocer en él una convicción. Saori, en
cambio, emanaba poder y ansias de victoria. Sin embargo, cuando le había
prometido que lo apoyaría, su voz había cambiado. Por un instante, pareció
hablarle desde un lugar sincero, como una joven que quería defender algo justo.
Esa mezcla le resultaba más difícil de
comprender que una amenaza abierta.
—Ella es el enemigo silencioso del Santuario
—se dijo.
La idea se formó en su mente mientras
apretaba el papel.
¿Saori era quien reclutaba Santos y reunía
las Cloth de Atena? ¿Con qué propósito? ¿Por qué tenía la Armadura de Oro de
Sagitario y hablaba de escoger a su portador mediante un torneo? Eso solo podía
descubrirlo participando.
El Torneo Galáctico ya no le parecía una
simple competencia. Empezaba a verlo como una trampa cuidadosamente orquestada,
un circo mediático destinado a fines que todavía desconocía. La mención de
Nike, la Diosa de la Victoria, resonaba en su memoria junto a la voz de Saori y
la visión de la mujer coronada con laureles. Se preguntó si aquellos métodos
serían tan crueles como necesarios para alcanzar la victoria.
Guardó el papel.
Sabía que debía participar, no solo por su
hermana, sino también para descubrir la verdad detrás de Saori Kido y de sus
intenciones. Las sospechas crecían, aunque todavía no tenían forma definida. No
podía decidir si la muchacha era una enemiga, una aliada o alguien tan atrapado
por fuerzas desconocidas como él.
Seiya levantó la vista. La ciudad se extendía
ante él, una maraña de rascacielos, luces y avenidas. La propaganda del Torneo
Galáctico ya cubría los anuncios. Vallas publicitarias gigantes mostraban la
silueta de la Armadura de Sagitario y prometían: «La batalla por el Oro». Las
pantallas parpadeaban con los logotipos de la Fundación Graad. La imagen de la
competencia se repetía sobre los edificios, como si Nueva York ya hubiese
decidido convertir a los Santos en un espectáculo.
Seiya contempló su propio destino convertido
en un anuncio.
Sin pensarlo dos veces, echó a correr.
El hotel de la Fundación Graad, probablemente
situado cerca del corazón de Manhattan, quedó atrás. No buscó un taxi amarillo
ni bajó al metro. Su instinto de Santo le dictó una ruta más directa y salvaje.
Con un salto ágil, aterrizó sobre el capó de un taxi estacionado. La chapa
cedió ligeramente bajo el impacto de sus botas.
El conductor abrió la boca, pero Seiya ya se
impulsaba hacia arriba con la fuerza de su Cosmos naciente. Alcanzó el techo de
un autobús en movimiento y cayó sobre él con una precisión que hizo vibrar la
estructura.
Los transeúntes de la Quinta Avenida se
detuvieron. Muchos levantaron sus teléfonos para capturar lo que creían un
truco publicitario o una escena de película. Reconocieron la silueta del cofre
de Bronce que Seiya llevaba a la espalda.
—¿Es parte de la promoción del torneo?
—preguntó alguien.
—¡Mira, tiene una armadura!
Unos niños lo vitorearon desde la acera.
Seiya no les prestó atención. El viento le azotaba el rostro mientras corría
por los tejados, saltando de una cornisa a otra con una facilidad pasmosa. La
adrenalina le bombeaba por las venas y el ruido de la ciudad se mezclaba con el
eco de su Cosmos creciente.
Atravesó el denso bosque de rascacielos de
Manhattan, esquivando antenas y ventiladores industriales. Los edificios
pasaban bajo sus pies; las luces de las oficinas se reflejaban en los
cristales. Cruzó estructuras de acero cuyos bordes vibraban cuando aterrizaba.
Cada salto lo alejaba del lujo del hotel y lo acercaba a los barrios menos
opulentos.
Buscaba la silueta más baja de las afueras,
donde debía estar el orfanato de Mino, lejos del glamour y la ostentación de la
Fundación. La ciudad se extendía ante él como una maraña de cemento y asfalto.
Cada cartel luminoso con el logotipo del Torneo Galáctico era un recordatorio
de su siguiente paso.
Al saltar sobre una azotea particularmente
amplia, lo vio.
Una de las enormes vallas publicitarias
instaladas para el torneo mostraba la silueta de la Armadura de Sagitario. A su
lado aparecía una fotografía de Seiya, tomada probablemente al llegar al
aeropuerto. Sonreía con una mueca forzada, el puño levantado en una pose
heroica que no recordaba haber adoptado.
«El Torneo Galáctico», anunciaba el eslogan
en letras enormes. «¡Sé testigo de la batalla por la Armadura de Oro!»
Una risa seca escapó de sus labios. La
Fundación Graad no perdía el tiempo. Ya lo habían convertido en parte del
espectáculo, en otra figura de un teatro construido por Saori Kido.
Pero no iría solo a ese circo.
Primero, iría a buscar a Mino.